Alejandro Aguilar R.
En esta sala del museo podrán conocer de primera mano un ritual chamánico. Basta, como en las otras ocasiones, que sincronicen sus cascos visores para sumergirse en esta experiencia. Tengan presente que las luces intermitentes rápidas o los patrones de alto contraste pueden sobreestimular el cerebro, por lo que con este botón azul en su mano derecha, siempre podrán contar con una salida del emulador si lo requieren. Recuerden que el programa utilizado para esta experiencia es tecnología de última generación, lo que quiere decir, que el sistema crea escenarios diferentes en cada inmersión. En grupo, nos colocamos y encendimos los cascos y de pronto, me vi de pie sobre una ladera de montaña rocosa, con escasa vegetación y noté a mi alrededor que todos éramos hombres, vestíamos traje, usábamos corbatas y portábamos maletín en nuestra mano derecha. ¿Dónde habrían quedado las mujeres que entraron también a la sala? Uno comenzó a caminar cuesta arriba hasta el lindero de la loma, giró su mirada hacia todos y nos indicó con un gesto que subiéramos. ¿Por qué todos vestíamos igual? Nos congregamos alrededor de una mujer chamán, que sostenía un humeante cuenco alzado entre sus manos hacia el cielo, sobre un tapete modesto de telas. Impasibles observábamos a la mujer. El sol despuntaba, no corría viento pero el humo serpenteaba. Ningún hombre se movía. Rígidos, fijos, petrificados mirando al humo volar y la mujer deslizarse en un ritual de danza, dando pequeños brincos con un pie, luego el otro. Vibraban los cascabeles en sus tobillos, sus manos giraban ondulantes sobre sus muñecas. Gozaba, sonriendo, luego sufría, gimiendo. Y declamó. Soy la fuerza que vislumbra el equilibrio de los ciclos del bosque, de la armonía, soy la fuente de sabiduría y emociones, la fuerza que camina, que descansa y que no descansa, que caza, la garra, la familia, pero soy también la divina luna, hermosa, radiante, atracción que impulsa, soy el rostro visible y la sombra que desea y aspira y embellece. Soy la libélula, pequeño pétalo de la Madre Dios, soy el beso de las estrellas en la mejilla Tierra que infunde una nueva vida, soy el padre y la madre unidos en amor por el futuro, el mar desbordante que sala la playa azufrosa en un eterno vaivén. Soy también el pasado, el eterno hielo que congela y en cuyo deshielo germina la primavera y toda la energía cósmica. Soy también lo fijo, la personalidad, el destino, el origen y el fin que me fue dado al nacer. Soy el pasado que salvará mi futuro. Soy el alba, el punto más hermoso de la noche y desde allí baño en oro las cumbres de todo lo existente como el sol que soy. Elfego. Yaunvir. Yar. Huy. Val. Bun. Yiomunb. Depntre. Das. Be. Mon. Kwe. Un señor interrumpió el canto, abrió su maletín de cuero y extrajo unos archivos azules que repasó con aplomo. Frunció el ceño, se dio media vuelta y se marchó, desapareciendo al instante. Otro más se acomodó su corbata, carraspeó su garganta y desapareció. Insuficiente, dijo otro. Pérdida de tiempo. Sin sentido. Charlatana. Falsa. Mentira. Inviable. Imposible. Inimaginable. Huraña. Hereje. Ofensiva. Subjetiva. Sugestiva. Taruga. Incrédula. Pordiosera. Insulsa. Ocurrente. Subnormal. Sentí lástima por la mujer. ¿Quién era? ¿Será reproducción sobre un hecho real, sobre una persona verdadera? Los hombres, uno tras otro, observaban, criticaban y se marchaban. Me sentí incómodo, angustiado. Un creciente nudo en mi garganta apretaba mi corbata contra mi cuello. Maldita. Inservible. Desgraciada. Olvidada. Despreciable. Odiosa. ¡Basta! grité. El remanente del grupo se me quedó viendo, yo creo que no sabían si aquello había sido un genuino ruido emitido por mí o un producto de la emulación. Descuidado. Fachoso. Inútil. Holgazán. Decepción. Los hombres me acosaban ahora a mí, no a ella. ¡Ayuda! ¡Auxilio! Débil. Impotente. Cobarde. El peso de las injurias me sofocaba, pero ella continuaba. Bailaba a pesar de que la ofendían, de que me agredían, danzaba a pesar de que el sol transcurría sobre el cielo, disfrutaba a pesar de las circunstancias. Dejé caer mi maletín sin querer, el cual, al golpear el suelo rodó por la montaña hasta que se atoró, no muy lejos, en unos matorrales. ¡Perdí mi salida! ¿Qué hacer? Improductivo. Lastre. Rufián. La mujer pareció notar mi presencia, quien lentamente, comenzó a caminar bailando hacia mí, mirándome, mientras yo respiraba profusamente, porque estaba asustado. ¿Cuándo fue la última vez que bailaste? me preguntó la mujer. No respondí. ¿Era esto parte de la emulación o un glitch? Sonrió dándose cuenta de mi nerviosismo y tomó de su oreja una pequeña florecita margarita roja, la cual me ofreció con su mano izquierda. ¿Cuándo fue la última vez que viste un amanecer, que disfrutaste de un momento simple, de un paseo al aire libre? Retrasado. Demente. Donnadie. Ignorante. Supersticioso. Por impulso me di media vuelta, descendí como pude hasta llegar a mi maletín, lo abrí y desperté en la seguridad de la cápsula, sudando, agitado. Me tomó unos minutos recuperar el aliento, quizás había sufrido una de esas sobrecargas de las que advertían en las instrucciones. Me bajé del emulador mientras notaba otros curiosos espectadores entrando y saliendo de la experiencia, indiferentes. ¿Habría alguno de ellos vivido algo parecido a lo que me tocó a mí? No lo sé, ni lo pregunté. Tomé mis cosas de los casilleros y me fui. Al salir del edificio, noté, como no me di cuenta antes cuando llegué, unas bellas jardineras de florecitas rojas en los costados de la entrada. Las bañaba el atardecer en un cálido sol. La imagen me pareció diluir el tiempo, hasta que el claxon de un auto pasando me asustó y aturdido y molesto, como a quien levantan de un sueño profundo, continué mi camino al hotel.

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