Daniel Antokoletz
En
la base arqueológica Ares 7, en el valle Marineris de Marte, se levantaba una
serie de domos interconectados que sus habitantes llaman base. Se acercaba el
atardecer del sol 214 de la primera expedición de investigación de anomalías en
Marte, a mediados del año 2187 tiempo de la Tierra.
El detector de partículas emitió tres pitidos cortos.
La doctora María Ricco dejó la taza a medio terminar, un mejunje de proteínas
con un sabor que intentaba, sin éxito, de imitar al café. Esos tres pitidos era
la alarma para algo que nadie en la base quería escuchar: problemas en los
filtros de recirculación de aire. Y lo peor, esa no era la primera vez que sucedía.
Se asomó al panel de control y leyó los números dos
veces. Luego una tercera.
—Ingeniero Gorialoff —dijo con una calma que no
sentía—, necesito que vengas a la sala de monitoreo.
Martín Gorialoff llegó en cuarenta segundos, aun
secándose las manos con un trapo de taller. Miró la pantalla. No dijo nada
durante un momento.
—El pulso gamma —murmuró al fin sin mostrar ninguna
reacción.
—Parece.
Veintiséis horas antes, los sensores automáticos de la
base habían registrado una explosión de rayos gamma en los bordes del sistema
solar. Una detonación de energía tan salvaje que los modelos de impacto la
clasificaron como "evento de extinción regional". En ese momento los
seis miembros de la expedición la observaron fascinados, tomando notas, sin
entender todavía que el frente de onda que viajaba hacia el interior del
sistema no discriminaba entre asteroides y planetas pequeños con atmósferas
delgadas y débiles escudos magnéticos.
La Tierra recibió el impacto de lleno, estaba en el
centro del haz, Marte apenas de manera marginal.
Los últimos mensajes llegaron de manera fragmentada
desde una estación de Australia, mezclados con interferencia: ciudades del
hemisferio norte incendiadas, sistemas de comunicación caídos, atmósfera
consumiéndose, luego algo sobre la base lunar Asimov fuera de línea o destruida.
Y al fin, nada. Sólo estática en todas las frecuencias en las que, ahora, nadie
respondía.
Diez personas. Dieciocho meses de suministros, si eran
cuidadosos. Filtros de aire que no durarían ni la mitad. Mostraban
microfracturas en tres de los cinco módulos principales, causadas por la misma
tormenta de partículas que había barrido el sistema solar.
Sin repuestos. Sin refuerzos. Sin hogar adonde volver,
ni manera de hacerlo. Nadie los vendría a buscar.
La arqueóloga Jésica Pareslak llevaba dos semanas
obsesionada con la anomalía detectada en el sector C-9. Es una formación
geológica que los drones de exploración habían marcado como "posiblemente
artificial, origen no determinado". A poca distancia, dos kilómetros al
norte del campamento principal y enterrada bajo cuatro metros de regolito,
había algo que no debería existir.
Con la crisis del aire, el comandante Rémi Beaumont
había prohibido las salidas de campo. Pero Jésica era la clase de persona que
interpretaba las prohibiciones como sugerencias, y no siempre aceptaba
sugerencias. La tarde de Sol 217 tomó un traje de presión, su escáner de mano y
sin decirle nada a nadie salió por la exclusa hacia su rover.
Se mantuvo supervisando a los robots mientras
terminaban de excavar con rapidez, despejando el regolito con suavidad y precisión.
De pronto, la excavación se detuvo. Los robots, al unísono, se agruparon en
formación a metros de la excavación. Habían terminado. Lo que encontró la dejó
inmóvil durante más tres minutos.
Era un umbral. Perfectamente rectangular. Tallado en
algo parecido al basalto marciano con precisión milimétrica. Ningún proceso
natural podría explicar algo como eso y menos en Marte. Los bordes mostraban
patrones geométricos que alternaban con lo que podría interpretarse como
escritura o como circuitos. O como ambas cosas a la vez.
El escáner detectó una cavidad de aproximadamente
ochocientos metros cuadrados del otro lado, bajando lo que podía ser escalera.
Temperatura interior: cuatro grados centígrados. Atmósfera interior: dióxido de
carbono, nitrógeno, argón, algo de oxígeno y trazas de algo que el equipo no
supo clasificar, pero no muy diferente a la atmósfera marciana.
Jésica entró.
El laboratorio –porque era eso, un laboratorio, no un
templo, aunque la distinción podía volverse irrelevante– estaba intacto. Los
estantes translúcidos brillaban débilmente bajo la luz de su casco, como
costillas de cristal. La sorprendió el silencio, apenas roto por el ulular del
viento en la superficie. En el centro, la plataforma baja esperaba con unos
brazos robóticos plegados, cubiertos de un polvo que parecía respirar.
Jésica dio un paso hacia la plataforma. Sus botas
produjeron un crujido suave sobre el polvo acumulado. Dió un paso más, entonces
el polvo se despertó. Emitió un susurro seco, de arena deslizándose como una
lluvia fina.
No flotó. No fue arrastrado. Se deslizó por el suelo
con intención, como un enjambre de diminutas hormigas rojas, convergiendo hacia
sus botas. Algunos granos saltaron y se adhirieron al traje, trepando por el
tejido con una determinación inquietante. Sintió un cosquilleo cálido en la
muñeca izquierda, justo donde el guante se unía al antebrazo. Pensó en la
electricidad estática y se lo sacudió apenas, sin ganas. Su excitación fue
captada por los sensores del traje y transmitida al campamento base por los
sistemas de telemetría.
La voz de Beaumont llegó tensa, notablemente quebrada.
—¿Qué carajos haces afuera? Estamos racionando hasta
el último mililitro de oxígenos y te vas de paseo. ¡Regresa ya mismo!
—Rémi, tarde o temprano el oxígeno se acabará. Si voy
a morir acá, quiero hacerlo sabiendo qué mierda encontramos. Dame unos minutos.
—¡Regresa de inmediato!
Jésica se tomó unos minutos más y luego emprendió el
regreso.
Los
síntomas comenzaron al sol siguiente.
Primero fue el apetito. Jésica consumió la mitad de su
ración sin sentir hambre. Luego el sueño: dormía cuatro horas y despertaba
completamente restaurada, con una energía que, ella misma, describió como
"eléctrica". Sabrina Adler, la médica de la expedición, le tomó
muestras de sangre y pasó varias horas mirando los resultados con la expresión
de alguien que está calculando cuánto tiempo le queda de cordura.
—Hay estructuras extrañas en tu torrente sanguíneo —le
dijo a Jésica—. Son nanométricas. Se replican.
—¿Nanobots?
—Sí. No, no exactamente. Algo más orgánico que
mecánico. Algo... intermedio. —Sabrina no levantaba la vista del microscopio.
Para el sol 220, Jésica podía ver en la oscuridad
total. Para el sol 223, su necesidad de consumo de oxígeno había caído un
treinta y ocho por ciento. Para el sol 225, el geólogo Marcus Ito, que había
entrado al laboratorio con ella un par de soles después a buscar muestras del
polvo, comenzó a mostrar los mismos síntomas.
El
comandante Beaumont convocó la reunión que nadie quería tener.
—Los filtros —dijo Gorialoff, y no necesitó terminar
la frase. Todos sabían los números: a la tasa de degradación actual, tendrían
aire respirable para otros cuatro meses. Quizás cinco si reducían la actividad
física al mínimo.
—Jésica consume menos oxígeno cada sol —dijo Marcus,
con una voz que intentaba sonar neutral y no lo lograba del todo—. Yo también.
Y si el proceso continúa...
—No sabemos adónde lleva este proceso —interrumpió
Sabrina—, ni si podrán sobrevivir a él. Y yo no tengo la cura.
—No, no sabemos —admitió Jésica—. Pero, sé cómo me
siento. No me siento enferma. Me siento más...
Hubo un silencio largo.
—¿Más qué? —la apuró Beaumont.
Jésica buscó las palabras durante un momento. Miró por
la escotilla triangular. Afuera, el viento marciano arrastraba polvo rojo
contra las paredes del módulo con un sonido que a veces parecía respiración.
—Más... adecuada —dijo al fin mirando cómo el polvo
rojo se arremolinaba frente a la escotilla—. Como si mi cuerpo se hubiera
abandonado y dejado de pelear contra esta planeta, como si comenzara a
entenderlo. Anoche soñé con océanos, Rémi. Océanos que nunca vi, olores que
nunca sentí.
Los
soles siguientes fueron los más difíciles.
Rémi y la técnica Amara Diallo se resistieron. Era
comprensible: la humanidad acababa de sufrir su mayor catástrofe en la historia
registrada, y rendirse a una transformación de origen alienígena se sentía como
otra derrota, como la última. Sabrina oscilaba entre la fascinación científica
y el terror. Gorialoff simplemente preguntó si la transformación dolía, y
cuando Jésica respondió que no, asintió despacio y no dijo más. Se quedó
mirando por la escotilla.
El dilema se volvió concreto cuando los filtros del
módulo tres fallaron completamente. Cuatro meses de aire se convirtieron en
tres. Luego, cuando un micrometeorito abrió una grieta en el módulo dos,
dejándolo partido al medio.
Marcus llegó a la reunión de crisis con datos.
—He estado analizando lo que están haciendo los
nanobots —dijo—. No solo alteran nuestro metabolismo, alteran el ADN. Están
rediseñando la relación entre nuestros organismos y el entorno marciano. El
CO2, las temperaturas, la presión, la radiación de fondo. Estamos siendo...
adaptados.
—Para vivir aquí —dijo Beaumont.
—Para vivir aquí —confirmó Marcus.
—¿Sin trajes?
—Eventualmente. Sí.
Otro silencio.
—Lo que queda de la humanidad —dijo Amara con una voz
tensa—, está en esta habitación. Si hacemos esto, ¿seguiremos siendo humanos?
—Si morimos, tampoco seremos humanos. Lo que quedaba
de la humanidad también estaba en la Tierra —dijo Jésica, y no fue un argumento
cruel sino simplemente una verdad que dolía—. Y la radiación los mató a todos,
y si alguien sobrevivió…
El zumbido agonizante de los filtros de aire llenaba
la sala, un sonido grave y entrecortado que recordaba a un animal moribundo. El
aire olía a sudor viejo, miedo y metal caliente.
Amara tenía los ojos rojos, pero la voz firme.
—Si hago esto… si me convierto en lo que sea que esa
cosa quiere… ¿qué queda de mis padres? ¿De mi hermana? ¿De todo lo que fuimos?
—Su respiración entrecortada era perfectamente audible en el silencio pesado.
Jésica no tuvo una respuesta fácil.
—Lo que quedó de la humanidad en la Tierra fue ceniza
y silencio —se limitó as decir—. Aquí todavía respiramos.
Lo
que ninguno de ellos supo hasta el sol 241 fue lo que Sabrina encontró en la
plataforma central, después de semanas de análisis paciente de los símbolos
grabados en sus paredes.
No era el laboratorio de una civilización marciana. No
era marciano en absoluto.
Era un laboratorio de una civilización que había
llegado a Marte desde algún otro lugar, hacía aproximadamente ochocientos
millones de años, cuando la Tierra todavía era un mundo joven de océanos y
microorganismos.
Los nanobots no habían sido diseñados para adaptar a
los huéspedes a Marte.
Habían sido diseñados para adaptar a los marcianos, a
sus habitantes originales, a un nuevo planeta que acababan de descubrir: uno
azul, templado, con una química de carbono prometedora.
La plataforma era un punto de partida. El polvo que
había absorbido a Jésica era el archivo genético de una especie que había
sobrevivido a su propia catástrofe viajando a otro mundo y convirtiéndose en
algo nuevo. En algo nuevo que en el estado actual, no podía sobrevivir.
Sabrina leyó la secuencia completa dos veces antes de
entender lo que significaba.
Los nanobots no estaban martizando a Jésica, a Marcus
y a los demás.
Estaban restaurándolos.
Afuera, el polvo rojo barría el valle bajo un cielo
color óxido, y en algún punto profundo de su nueva biología, Jésica Pareslak
sintió algo que no supo nombrar pero que, si hubiera tenido que hacerlo, habría
llamado memoria.
En el sol 300, Amara Diallo se puso el
traje sin decir una palabra.
Caminó sola hacia el
laboratorio bajo un amanecer color óxido. Cuando abrió la compuerta exterior,
el viento marciano levantó un remolino de polvo rojo que, por un instante,
pareció darle la bienvenida. Ese viento marciano produjo un gemido bajo y
prolongado.
Y nadie le preguntó
por qué.
Ya sabían la
respuesta.

No hay comentarios:
Publicar un comentario