lunes, 5 de enero de 2026

SENSITIVITY READER

Silvio Sosio

 

La mujer avanzó y entró. La sala de espera era austera y transmitía una sensación de frío, a pesar de los cuadros coloridos colgados en las paredes, que reproducían portadas de libros. Libros que, honestamente, nunca había oído mencionar, aunque eso no tenía nada de extraño. Con una amplia sonrisa estampada en el rostro se acercó al escritorio donde la aguardaba un empleado. A pesar de ser pequeña y menuda, ya algo entrada en años, se movía con exuberancia.

—¿Qué desea? —preguntó el secretario.

—He sido convocado por el editor. Me llamo Asimov, Isaac Asimov.

El secretario observó a la mujercita con una mueca perpleja.

—¿Usted es Asimov?

—Me dijeron que no era posible elegir y me asignaron este cuerpo.

El secretario arqueó una ceja.

—Está bien, siéntese allí y espere su turno.

Asimov se sentó. Al poco rato la puerta de entrada se abrió y entró un joven de proporciones claramente abundantes. Vestía ropa gastada, pero se comportaba como si llevara un traje de diseñador. Habló con el secretario y fue invitado a sentarse. Se acomodó lo más lejos posible de Asimov, lanzándole apenas una mirada de suficiencia.

De pronto la puerta del despacho se abrió y salió un hombre de piel oscura, visiblemente alegre, que saludó al secretario y se dirigió hacia la salida. El secretario miró a Asimov.

—Adelante, vamos, le toca a usted.

Asimov entró. Era una habitación aún más fría y gris que la anterior. En lugar de portadas, las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de carpetas. Detrás de un amplio escritorio de madera maciza había una mujer de mediana edad que escribía en una computadora portátil.

—Siéntese, señor Asimov —dijo sin levantar la vista.

—Doctor.

—¿Cómo? —levantó la mirada. Era fría como el hielo, y Asimov no pudo evitar un escalofrío al encontrarse con ella.

—Doctor Asimov. Soy licenciado en química.

—Sí, como quiera. Un momento y termino.

Asimov permaneció inmóvil. Se sentía incómodo, algo que le ocurría muy pocas veces. Se preguntó si el hecho de haber sido encarnado en el cuerpo de una mujer debilitaba de algún modo su personalidad, pero descartó la idea. Era un pensamiento machista, y él había superado esas cosas, se dijo.

Finalmente la mujer dejó de escribir.

—Bien —dijo, volviendo a mirarlo—. Doctor Asimov, ¿sabe dónde se encuentra, cuándo se encuentra y, sobre todo, por qué?

—Me lo explicaron a grandes rasgos —respondió Asimov—. Estoy en el futuro, he sido traído de vuelta de la muerte para discutir algún asunto editorial.

La mujer hizo una mueca leve.

—Más o menos. Yo soy la directora del departamento legal de HPMD, la editorial que publica sus libros.

—Yo era publicado por Doubleday.

—HPMD significa Hachette Harper Penguin Macmillan Doubleday. Hubo algunas fusiones. ¿Puedo continuar?

Levantó las manos.

—Por favor, adelante.

—Entonces: no está en el futuro, sino en el presente, obviamente, el año 2076. No ha sido traído de vuelta de la muerte. Se entrenó una inteligencia artificial utilizando todos sus escritos para recrear su personalidad. Sin embargo, como las personalidades humanas son más coherentes dentro de un cuerpo humano, la IA fue insertada en el cuerpo de una persona fallecida. Solo podemos usar personas muertas desde hace menos de veinticuatro horas, así que las opciones son limitadas, lo siento.

—No importa, es una experiencia interesante estar en el cuerpo de una mujer.

—¿Así puede tocarse el trasero usted mismo?

—¿Disculpe?

—¿No era usted famoso por esa manía de manosear a todas las mujeres que conocía? Incluso escribió un manual al respecto.

—Sí, es cierto —Asimov bajó la mirada—. Pero me arrepentí, después de una experiencia directa. Una vez Alfred Bester me abrazó; lo hizo con afecto, pero yo me sentí indefenso, y comprendí el daño que había causado con mi comportamiento. Debo haberlo escrito en algún lugar.

—Es evidente. Si no lo hubiera escrito, no lo recordaría. En fin, sigamos. Estamos aquí porque debemos revisar juntos algunos pasajes de sus libros.

Asimov echó la cabeza hacia atrás, perplejo.

—¿Revisar? Pensé que querían renovar algún contrato o algo por el estilo.

La directora lo miró con impaciencia.

—Doctor Asimov, usted murió en 1992, sus derechos ya han expirado.

—Ah. ¿Y de qué morí?

—De sida. Mucha gente murió de esa enfermedad en su época, sobre todo homosexuales.

Asimov se sonrojó.

—¿Homosexuales? Usted no pensará que yo…

—Me importa muy poco, pero sé perfectamente que usted no lo era, quédese tranquilo.

—De acuerdo, de acuerdo, por supuesto que no; aunque no habría habido nada de qué avergonzarse, en cualquier caso, discúlpeme, en mis tiempos…

—Sí, está bien. En cualquier caso, seguimos publicando sus libros, que por razones que no comprendo siguen siendo leídos; sin embargo, hay algunas cuestiones que, según nosotros, deberían adecuarse a la sensibilidad moderna, ¿me entiende? En el pasado hicimos revisiones de este tipo y hubo críticas porque modificamos libros sin el consentimiento del autor fallecido. Así que ahora, antes de hacerlo, “resucitamos” al autor y le pedimos permiso.

—Me parece una forma de proceder muy correcta. ¿El señor que estaba antes que yo también era escritor?

—¿El negro? Sí, se llama Roald Dahl. Escribía cosas para niños. Prácticamente nos dio permiso para hacer lo que quisiéramos con sus libros, con tal de que le levantáramos una estatua en su país natal, un lugar horrible en Gales.

Asimov suspiró profundamente, tratando de adaptarse a la idea.

—Revisar mis textos. De acuerdo, supongo que se tratará de detalles machistas, o de body shaming, o cosas por el estilo. No tengo problema, al contrario, me alegra. Si en algo no estoy de acuerdo, lo dejarán como está, ¿verdad?

—O entrenaremos otra IA intentando que sea más complaciente y nos volveremos a ver.

Asimov tragó saliva.

—Está bromeando, ¿verdad?

—No. Usted es la decimoctava versión de Asimov con la que me reúno.

Asimov abrió los ojos de par en par, pero la mujer sonrió con ironía.

—Sí, bromeaba, doctor Asimov. Usted es el primero, y no habrá otros, al menos durante algunos años. Simplemente, si no llegamos a un acuerdo dejaremos de publicar sus libros. Tal vez entrenemos una IA para escribir otros similares, pero dejaremos en paz su legado. ¿Contento?

Asimov se acomodó en la silla.

—Bien.

—De todos modos, no —continuó la directora—. Nada de machismo, racismo ni cosas por el estilo, ya hemos superado eso; nuestra sociedad ya no se deja condicionar por esas ideas… ¿cómo las llamaban? ¿gender? ¿woke? Siempre las confundo. Tonterías de hace décadas. A nosotros nos interesan las cosas verdaderamente importantes. Por ejemplo: en la página 49 de Foundation, usted llama al rey de Anacreon “su alteza”. Ser alto va contra la moral pública: cuanto más bajo se es, menos espacio común se ocupa. ¿Podemos cambiarlo por “su bajeza”?

La reunión se prolongó durante una buena hora, y para Asimov fue una tortura. Pero aceptó todos los cambios, incluso los más absurdos: lo único que le importaba era que sus libros siguieran siendo leídos, y si al editor le parecía correcto eliminar toda referencia a las orejas y hacer que el cabello de Arkadia Darrell fuera violeta porque así lo exigía la decencia pública, que así fuera.

Cuando salió estaba exhausto. El jovencito obeso (no, ni siquiera debo pensarlo, se corrigió mentalmente; aunque quizá en esta época les daba igual) se levantó erguido, se alisó la chaqueta y lo miró con un dejo de disgusto.

Desde el despacho llegó la voz ácida de la directora:

—Vamos, haga pasar a ese Ian Fleming, así terminamos por hoy.

Asimov echó una última mirada a las portadas, preguntándose quiénes podrían ser esos grandes escritores del futuro, y se dirigió hacia la salida.

 Silvio Sosio nació en Milán, Italia, el 5 de octubre de 1963. Es un periodista, editor y antólogo. Su actividad en el campo de la ciencia ficción comenzó en la década de 1980 con el fanzine La spada spezzata (ganador del Premio de la European Science Fiction Society al mejor fanzine europeo de ciencia ficción en 1986). En 1994 fundó, junto con Luigi Pachì, la revista en línea Delos Science Fiction. En 1996 fundó el portal Fantascienza.com. Entre 1999 y 2020 ganó diez veces el Premio Italia. Desde 1993 se dedica a la difusión de la ciencia ficción por vía telemática, primero en el mundo de las BBS con la conferencia dedicada al fantástico Fantatalk en la red OneNet (que sobrevivió hasta 2003 en la Rete Civica Milanese). Además de su actividad periodística, Silvio Sosio también ha escrito algunos relatos, uno de los cuales, “Ketama”, ganó el premio Courmayeur en 1996 y se publicó en Italia y Francia, mientras que otros se han publicado en Urania.

 

LA EPIDEMIA

Martin Auer

 

Después de que por fin se hubieran superado el cólera y el tifus, y de que se acabaran de eliminar las consecuencias del último terremoto, nuestra ciudad fue asolada por una plaga de niños. Nadie sabía con certeza de dónde venían. ¿Salían arrastrándose de las cloacas o los escupían los bosques? En pocos días, la ciudad quedó inundada por hordas de niños sin dueño. Había niños de todas las edades: mocosos con la nariz sucia que fumaban colillas de cigarrillos, pequeñines que apenas balbuceaban sus primeras palabras… Los mayores cargaban bebés a la espalda o llevaban a los más pequeños de la mano; algunos llegaban en grupos de una docena o más, aferrándose unos a otros por el faldón de la ropa. Inundaban las calles y las plazas de la ciudad, se agazapaban en portales y bajo los aleros, se arrastraban por el césped de los parques, sitiaban los surtidores públicos y también los baños. Aunque casi no gritaban, su mera masa llenaba las calles de un zumbido y un estruendo constantes; su deambular y correr desordenados, su manera absorta de agazaparse en los lugares más inverosímiles hacía intransitables las aceras. Aquí avanzaban en círculo, tomados de la mano y guiados por una niña mayor, saltando de vez en cuando sobre una sola pierna o dando suaves palmadas; allí estaban sentados, apiñados formando nudos, trenzándose mutuamente, con silenciosa concentración, con cintas sucias en el cabello. Algunos empujaban una piedra de un lado a otro según reglas incomprensibles, con una mano atada a la espalda; otros jugaban a un juego en el que se daban entre sí, en rápida sucesión, un cierto número de golpes en distintas partes del cuerpo; o bien, con pequeños cuchillos, picoteaban velozmente de un lado a otro entre los dedos separados de la mano apoyada en el suelo.

Todos los intentos de establecer contacto con los niños fracasaron. Parecían no entender lo que se les decía ni estar interesados en hacerse entender. Y sin embargo, lo que se podía captar de sus gritos y de sus canciones de juego parecía estar compuesto por palabras de nuestra lengua, aunque nadie lograra comprender nada coherente.

Los niños se dejaron conducir sin dificultad a alojamientos habilitados con rapidez por los funcionarios de los orfanatos municipales y de los servicios de protección infantil, a quienes en un primer momento se había encargado el problema. Sin embargo, el hospital y la cárcel pronto se vieron desbordados, lo mismo que las escuelas y los salones parroquiales, ya que la cantidad de niños, que aumentaba constantemente, no podían ser vigilados en absoluto y salían de los alojamientos casi tan rápido como se los hacía entrar. Pronto también se involucró a la policía, cuya impotencia se hizo evidente con rapidez. En el estado mayor de crisis que se formó apresuradamente se incluyó asimismo a los bomberos y al mando militar local. Se vigilaron las vías de acceso, el río y los canales, ante todo para impedir la llegada de nuevas masas de niños. Incluso se activó la vigilancia del espacio aéreo. A pesar de todo, seguían infiltrándose continuamente nuevos grupos de niños. Cuando las unidades del ejército expulsaban a un grupo en las afueras de la ciudad, otro entraba por detrás.

Al principio, los ciudadanos aún salían con pan y leche entre la multitud infantil para alimentarlos. Al comienzo incluso algunas mujeres acogieron niños en sus casas para integrarlos en sus familias. Más tarde, sin embargo, la gente se encerró en sus viviendas; algunos incluso se atrincheraron de manera sistemática para mantener la plaga fuera.

Los niños, que antes apenas habían sido impertinentes, más bien tímidos, fueron empujados ahora, por su sola cantidad, de las calles a los jardines delanteros; y si se abría una puerta de una casa, era casi imposible volver a cerrarla sin que uno o dos niños ya estuvieran agazapados en el vestíbulo.

Los ciudadanos apenas podían seguir con su trabajo. El tráfico quedó completamente paralizado; el mercado semanal tuvo que suspenderse porque todo lo comestible era tomado en silencio de inmediato por los niños y devorado.

Circulaban todo tipo de teorías sobre el origen de la plaga infantil, pero ninguna pudo confirmarse. No se pudo averiguar si huían de una catástrofe natural, de una guerra o de una guerra civil; si habían sido abandonados por sus padres o enviados por una potencia enemiga para preparar la ciudad para una conquista; o si se trataba de una nueva raza surgida por mutación, que se reproducía en estado infantil.

Tras dos o tres semanas, el fenómeno desapareció, tan inexplicablemente como había comenzado. Solo de forma aislada se encontraron restos de la multitud infantil en tuberías de alcantarillado, bajo puentes o en baños públicos. Pronto la ciudad quedó completamente limpia de ellos.

Solo después de algún tiempo comenzó a notarse una creciente inseguridad entre los ciudadanos. Ninguno de nosotros podía decir con convicción si los niños que habían quedado en nuestras casas eran los nuestros o no.

Martin Auer nació en Viena en 1951. Cursó estudios universitarios, saltándose un año de alemán e historia y luego otro de interpretación. En su lugar, se dedicó al teatro. Durante siete años, fue actor, dramaturgo y músico en el "Theater im Künstlerhaus" (Teatro en la Künstlerhaus). Después, fundó una banda. Actuó como cantautor. Dio clases de guitarra. Se preparó para la revolución mundial (gratis). Como redactor publicitario y de relaciones públicas, difundió información exagerada, falsa y parcial (a cambio de dinero). Trabajó para periódicos. Se formó como mago. Actuó en fiestas de empresa y cumpleaños infantiles. En algún momento, incluso escribió un libro infantil, que se publicó en 1986. Desde entonces, se ha considerado un escritor y ha escrito más de cuarenta libros, aproximadamente dos tercios de ellos para niños. También ha ganado varios premios, incluido el Premio del Libro Infantil del Ministro de Cultura de Renania del Norte-Westfalia en 1990, el Premio Austriaco del Libro Infantil y Juvenil en 1994, 1998 y 2000, el Premio al Avance del Ministerio Federal de Transporte de Austria (que en ese momento también era responsable de la ciencia y el arte) en 1996, y el Premio del Libro Juvenil de la Ciudad de Viena en 1997 y 2002. Fue nominado para el Premio Alemán de Literatura Juvenil en 1997 y para el Premio Internacional Hans Christian Andersen en 1997. En 2005, se le otorgó el título profesional de Profesor por servicios a la República de Austria, que encuentra honorable pero también algo divertido. En 2016, comenzó a estudiar antropología cultural y social y se graduó en 2022 con una licenciatura en Artes. Desde 2021, colabora con  Científicos para el Futuro. Martin Auer es padre de una hija adulta, abuelo de dos nietos algo menores y padre de una hija que ya no es tan pequeña.

 

LA SANGRE DE LOS SEÑORES

Boris Mišić

 

El crepúsculo se deslizaba lentamente hacia el castillo, en lo alto de las colinas, mientras él observaba por la ventana las cumbres silenciosas y solitarias del Ben Nevis. Cada vez le costaba más respirar; los ojos lo traicionaban, la sangre se agolpaba detrás de ellos, lista para romper en cualquier momento a través del tejido y la piel. Con una mano flaca y huesuda se aferró al respaldo de la silla. La fuerza lo abandonaba. Ahora odiaba el castillo, la montaña y los lagos circundantes.

No debería haber acabado aquí, pensó, no con colinas ajenas ante mis ojos, no en esta tierra maldita. Daría cualquier cosa por volver a volar de noche sobre los oscuros y densos bosques de los Cárpatos. Lo daría todo por un solo vuelo sobre su patria.

Pero no habría vuelo, lo intuía. La fuerza se le escapaba, gota a gota.

Se desplomó en la silla; la fiebre y los escalofríos volvieron a apoderarse de él. Estuvo a punto de aullar de dolor cuando la sangre envenenada comenzó a brotarle bajo los ojos. En ese instante la puerta se abrió en silencio y en la habitación entró Desmond, su fiel sirviente. Llevaba un cáliz en las manos.

Desmond. Tantos años le había servido con lealtad, mientras él construía su imperio empresarial en aquella parte tranquila y misteriosa del mundo. Necesitaba alejarse del bullicio de Londres, Glasgow y Edimburgo. Demasiados rastros sangrientos quedaban atrás; empezaba a atraer la atención de la prensa sensacionalista, de los competidores, de Scotland Yard…

Desmond lo había cambiado todo.

Con él había levantado un imperio. Ya no tenía que morder los cuellos de las prostitutas que asaltaba en los rincones oscuros de Londres, ni chupar el rubor de ambiciosos jóvenes ejecutivos con los que primero cerraba tratos y luego los sellaba con sangre.

Ya no necesitaba hacerlo, porque Desmond, a través de sus contactos en el sistema sanitario inglés y escocés, le suministraba regularmente sangre joven y sana de donantes fuertes y poderosos. Y cuando la sangre es sana, no hay obstáculos, y a alguien de su calibre no le tomó mucho tiempo ascender hasta la cima.

Y justo cuando se encontraba en la cúspide de la fama y el poder, a punto de eclipsar a sus ilustres antepasados, justo entonces comenzó todo.

Fiebres, temperaturas altas, hemorragias atroces… Los rayos del sol lo quemaban como nunca antes; sentía que la piel se le desprendía, que se pudría por dentro, que algo más oscuro y terrible que las catacumbas bajo sus bosques natales lo estaba devorando, algo más espantoso incluso que la peste que asoló aquellas tierras cuando era joven.

Amy había sembrado la duda. Él no lo creía; se negaba a creerlo. Amy… de piel suave, flexible, de un dorado oscuro. Su amante, su esclava, su juguete obediente. ¿De dónde había sacado la idea de que Desmond lo estaba envenenando? Sabía que no se soportaban, que Amy odiaba a Desmond. Pero una cosa eran los presentimientos femeninos y otra muy distinta desconfiar de su sirviente más leal. Desmond era más que un sirviente: era su amigo. Una amistad que duraba siglos.

La primera vez que ella le propuso acudir al Funcionario de la Máquina de los Muertos, le dio una bofetada. Amy lloró en silencio y le besó la mano. Guardó silencio varios días, pero luego su lengua volvió a ser más rápida que su juicio. La segunda vez le arrancó la piel de la espalda con el látigo. Después de eso, calló.

Desmond dejó el cáliz frente a él. Sus ojos observaban con preocupación a su Señor. El Lord miró el líquido que nadaba en el recipiente. Sangre: de color pleno, joven, fuerte. En apariencia.

Quién diría, pensó, que en ese néctar tan atractivo se escondiera la muerte.

Los ojos del Lord buscaron los de Desmond, tratando de encontrar en ellos rastros de miedo, traición o deslealtad. Nada. Era un actor perfecto, pensó. Había esperado durante siglos, aprendido, observado, preparado el momento, ganándose la confianza de su Señor.

Descargaba su ira y su furia sobre Amy, dejándole moretones sangrientos por todo el cuerpo, pero ella lo perdonaba todo y lo besaba y seducía con humildad. Hasta que ocurrió algo que no había sucedido en siglos: no pudo hacerlo, y la sangre comenzó a brotar por todas partes, por todos sus orificios y órganos; la piel adquirió un tono púrpura cadavérico, los ojos le ardían tanto que sentía que iban a saltar de las órbitas. Gritaba de dolor y humillación, mientras Amy, insatisfecha y aterrorizada, temblaba sobre las sábanas ante su furia impotente.

Y así como ahora estaba sentado mirando fijamente la sangre del cáliz, así también, al día siguiente del fallido acto sexual, se sentó frente al Funcionario y su Máquina.

El Funcionario (el nombre se había establecido con el paso de los siglos; los individuos que atendían la Máquina de los Muertos cambiaban, pero el contenido y el sentido de la función no, de modo que no hacía falta un título pomposo o misterioso: Funcionario era un nombre perfectamente adecuado para todos los que utilizaban los servicios de la Máquina) no tenía nada de especial: un hombrecito bajo, algo calvo, con lentes. Anotaba algo en un papel y luego lo introducía en la computadora. Datos habituales: altura, peso, ¿ha padecido alguna enfermedad?, año de nacimiento, por favor.

—Mil ochenta y tres —respondió el Lord.

—Mil ochenta… —El hombrecito se detuvo—. ¿Cómo dice… mil ochenta y tres?

—Como se te dice, gusano. —El Lord extendió una mano enferma, azulada pero aún fuerte, y lo agarró del cuello.

Se acercó al rostro del hombrecito y sus ojos le perforaron la mente. Este oyó gritos; en su cabeza cobraron vida imágenes ancestrales: lobos corriendo en la noche, murciélagos emitiendo sonidos humanos, cabezas empaladas por miles, y una risa horrible y siniestra brotando de labios muertos… y de pronto todo desapareció.

—Sí, sí, por supuesto, como usted diga —balbuceó el hombre.

Introdujo los datos. El Lord se cortó el pulgar y dejó caer unas gotas de sangre en la Máquina del Funcionario. Durante unos segundos todo giró, y luego la Máquina arrojó el resultado.

El hombrecito palideció. Y el Lord también. La Máquina nunca se equivocaba.

—Morirá porque consume sangre infectada con ébola.

El Lord aulló con la voz de un ancestral lobo de los Cárpatos y lanzó el cáliz directamente contra la cabeza de Desmond. Desmond trastabilló por el impacto, y el Lord reunió sus últimas fuerzas en un salto y en un instante estuvo sobre él; sus colmillos cortaron las arterias del cuello del sirviente y sintió una oleada de pasión mientras bebía la sangre caliente de la víctima, que aún se debatía. Hacía demasiado tiempo que no cazaba seres humanos y comprendió cuánto placer le había negado Desmond y cuán ciego y acomodado había estado al renunciar a la caza.

Pero la fuerza seguía abandonándolo. La fiebre regresó al cabo de pocos minutos; volvía a arder y a sangrar, y ni siquiera la sangre fresca del traidor le servía de ayuda. Intentó llamar a Amy, pero desistió. No quería… no quería que ella lo viera morir. Que lo recordara poderoso, no encogido en el suelo como un perro viejo y enfermo. Con voz temblorosa, a través del monitor, ascendió al sustituto de Desmond, Pistorius, a jefe de la propiedad; ordenó que las cámaras no se apagaran y que los guardias no dejaran entrar a nadie. No quería que nadie disfrutara de su caída, y menos aún los socios comerciales y esas hienas del gobierno británico. Amy sería la única que lo lamentaría.

Se quedó dormido en un sueño oscuro y enfermo. En el sueño recorría los lejanos Cárpatos, pero también ellos estaban cambiados, enfermos. Los lobos gemían y cavaban en el suelo como caballos. No había nieve ni siquiera en las cumbres más altas; un calor anormal derretía el asfalto, los árboles, todo se descomponía y se pudría. También habían desaparecido sus fieles pequeños murciélagos domésticos; en su lugar acechaban criaturas de ojos enormes y ardientes. Serpientes del largo de un autobús se arrastraban por los campos; había monos balanceándose entre los árboles… ¿monos? Todo se pudría y se desmoronaba… ¿dónde estaba? Ese no era su hogar, esos no eran…

Abrió los ojos.

—¿Los Cárpatos?

Yacía en el suelo del castillo, en un antiguo castillo escocés, pudriéndose, sangrando, deshaciéndose. Frente a él estaba Amy, pero ya no era la Amy frágil y delicada que aceptaba el látigo en silencio como penitencia. Ahora era alta, de extremidades largas, flexibles y poderosas; sus ojos brillaban con un fuego sangriento. Un mono se aferraba a su cuello, murciélagos enormes colgaban de sus brazos, y a su alrededor se arrastraban criaturas que le cortaban la respiración: mambas negras y pitones africanos. Intentó decir algo, pero la voz lo abandonó; trató de extender los brazos hacia ella, pero ya no le obedecían.

—No te preocupes —dijo ella, y su voz también era distinta: más fuerte, más profunda, más ominosa—. Pistorius apagó las cámaras, abrió todas las entradas; mi gente se ocupó de todos los que te eran leales. El pobre Desmond te era sinceramente fiel… y te daba sangre sana. Yo contraje el virus hace mucho tiempo, amor, y mi organismo lo absorbió con éxito. El tuyo no fue capaz de combatirlo. Todas esas mordidas, todas esas heridas que me hiciste… ahora sabes lo que te ocurrió. Son débiles, ustedes los vampiros europeos. Merecen morir. Son flácidos, indolentes. No cazan. Beben sangre de hospitales, comercian en la bolsa y con bienes raíces, se rodean de riqueza y lujo. Ya no son cazadores, sino parásitos. El tiempo los ha derrotado. Ahora llega nuestro tiempo. Traeré el África aquí. Todos ustedes, su continente entero, se desmoronará, del Bósforo a Aberdeen; morirán, nadarán en sangre, le rezarán a su Dios miserable para que los vuelva a castigar con la peste, porque comparada con el ébola, la peste les parecerá un evangelio. Y ahora, amor mío… —sus ojos destellaron y enormes colmillos afilados asomaron entre sus labios. —Miró al Lord, si es que aún podía llamarse Lord a la criatura que se retorcía en el suelo, gimoteando de dolor—. Aún tenemos algo de tiempo antes de que mueras.

Por un instante le abrió una ventana a su mente, y en ella vio cómo le arrancaba las correas de piel. No con el látigo. Con los dientes.

Cerró los ojos, llamando a los Cárpatos y a Desmond.

Boris Mišić nació el 6 de mayo de 1974. Vive y trabaja en Novi Sad, Serbia, donde se graduó de la Facultad de Derecho. Sus relatos de fantasía, ciencia ficción y terror se han publicado en varias colecciones y revistas de Serbia y la región: Iron GateGuardians of the Golden Fleece 2, Something Breathes in my CakeShades of EvilShades of Time, Besan, Maksim, Omaja, UBIQ, Regia fantasticaVarios de sus relatos fueron traducidos al esloveno y publicados en la revista eslovena de ciencia ficción Supernova. También publicó tres colecciones independientes de relatos de fantasía y terror: Šatorica Fairy, Bells of Heaven y Heart of Dinara.

domingo, 4 de enero de 2026

ENCHUFOS, GOFRES Y NUDOS

Michael Haulică

 

Todo el mundo me llama Ollie. No sé por qué, porque a mí me llamo Sylvester. Todo el día los oigo: Ollie, no te olvides, el lunes a las siete. O: mañana a las seis, Ollie.

Yo soy stalker. Eso, en la jerga, significa una especie de guía. En realidad, sin mí estarían perdidos. Ninguno de los que entraron solos en el Nudo 14 volvió jamás. No sé qué demonios hacen ahí dentro para no dar con las puertas. Al fin y al cabo es sencillo. Miras hacia delante, esperas veinte segundos, das dos pasos y despiertas del otro lado. Después miras a la derecha, esperas ocho segundos y, tras medio paso, estas en otro “otro lado”.

Lo que acabo de decir no hay que tomarlo al pie de la letra, fue solo un ejemplo, porque, claro, cada vez es distinto. Pero no entiendo cómo los demás no se dan cuenta. Parecen todos unos imbéciles.

Ahora llevo a un grupo de enchufos. En lugar de quedarse, carajo, con los sockets clavados en la cabeza y los ojos en blanco, les dio por salir de paseo. Oyeron que después de la Puerta del Dragón aparece de vez en cuando un chino con unos sockets más especiales. ¡Bah! Ya una vez metí a un enchufo en un grupo y casi pierdo la clientela por cuestiones de moral. Por suerte soy el único stalker de verdad y no tienen alternativa: si quieren volver del otro lado, tienen que contratarme. Y al final, ¿estas excursiones no son también una forma de droga? ¿Cuál es la diferencia entre su necesidad-placer de viajar por las puertas más allá del Nudo 14 y las alucinaciones de los que caen en estado de postración después de meterse los sockets en la cabeza? Drogadictos, todos. Yo soy el único sano.

Podrían preguntarme por qué hago esto, de todos modos. Por qué los guío. Bueno, por un sentimiento de deber y gratitud hacia mis semejantes. Su necesidad me hace sentir útil. Conocen esa sensación, ¿no? Es maravillosa. Mi razón de ser es traer de vuelta a casa a los excursionistas. Porque ir, igual irían. Hay algo allí que los llama… No sé qué es, yo no siento esa llamada. Yo solo los llevo a donde quieren y me aseguro de que regresen. Ya les dije que solos no pueden.

Llegó la hora acordada. Son cinco, como quedamos. Nunca tomo más, me cuesta controlarlos. Las tentaciones son enormes para ellos y en cualquier momento puedo verme sorprendido por sus reacciones. Observo a mis clientes y ellos me miran con miedo; saben que les revuelvo los rincones del cerebro y les hago olvidar ciertos pensamientos. Por eso en sus miradas hay una mezcla de temor y respeto. ¡Qué ingenuos son estos chicos! Sé perfectamente que siempre descubro a los que quieren quedarse del otro lado y aun así, cada vez, les encuentro planes de fuga escondidos por todos lados. Algunos están muy bien armados, seguramente diseñados por esos canallas del Sur que cobran mucho dinero por hacerlo.

Listo. A tres de ellos ya les saqué de la cabeza la idea de quedarse. Ahora podemos irnos. Se lo anuncio y, como por orden, los cinco se colocan enchufes antiemocionales que los dejarán afectivamente inertes durante las primeras tres puertas. Reconozco el diseño y el color. ¡Yo mismo se los traje anteayer desde la Puerta Gerocco 6! Vendí cien en dos horas. Estos cinco no podían dejar pasar la oportunidad, claro.

No sé qué llevaron como moneda de cambio. Todos cargan sacos de plastimet. Creo que se enteraron de que no puedo ver a través de eso. Uno de ellos sonríe. Se dice a sí mismo: “Te la hice, Ollie”, y añade esa expresión cuyo significado no conozco y que nadie quiere explicarme. Cuando pregunto, todos estallan en carcajadas. Entonces me enfurezco y a ellos les empieza a doler la cabeza. Se la golpean contra las paredes y gritan como descerebrados. Normalmente me voy y los dejo solos. No soporto el dolor ajeno. La verdad es que vivimos en un mundo muy mal hecho, y la gente es, muchos de ellos, la mayoría, muy indefensa. A mí nunca me duele nada. Solo a ellos. ¿Por qué será?

Ya dejamos atrás tres puertas. Los cinco están alrededor mío, ¡gracias a Dios! Estamos cerca de la Puerta del Dragón. Ahora debo estar muy atento: los enchufos van a buscar al chino que vende sockets. Alguno podría equivocarse de momento al entrar.

¡Ahí está! ¡La puerta! ¡Ahora!

Esta vez hay que entrar en un charco. Está ahí. Les grito y corro detrás de ellos como si fueran gallinas. No es nada fácil. Al final consigo meterlos a todos. Si me demoraba dos segundos más, perdía la puerta. Me quedaba como un idiota en medio del charco.

Estamos en la Tierra del Dragón. Una calle estrecha y polvorienta. Puesto tras puesto frente a casas bajas pero de dos pisos. En los puestos, de todo, lo que quieras y lo que no. Ayer tuve a uno que se llenó los bolsillos de integradores de sensaciones. No era revendedor, se llevó uno de cada modelo. Cualquiera le habría servido para hacer el amor sin importar la raza de la pareja. Creo que era un maniático sexual. Debería haberlo denunciado a la policía. No lo hice. Tampoco me gustan los policías.

Consigo mantener a los enchufos dentro de mi campo. Les prometí llevarlos con el chino. Y los llevo. Él me da cien por cada cliente. Y todos van a comprarse ese socket con la toneziana… Dejar que esa mujer te vista, sentir cada milímetro cuadrado de su piel… ¡es una cosa increíble! Se los mostré anoche. Dejé que cada uno se lo pusiera una vez. Evidentemente ninguno había hecho el amor con una toneziana. Me hice rogar y al final acepté llevarlos a que se compraran uno también. Qué se le va a hacer. Yo también consigo clientes como puedo.

Ahí está el chino. En el fondo de su cerebro me hace una señal cómplice. “Sí, son estos. Cinco enchufos.” Le envío el pensamiento y se superpone a su señal. Hasta le ahorro memoria. Mientras mis enchufos se esfuerzan por recordar que la posición normal de las mandíbulas es “cerrada”, continúo la conversación con el chino:

—Queda el 10 %, ¿sí?

—Como acordamos.

—¿Nada más?

—Eso no lo acordamos.

—Podemos acordarlo ahora. Al fin y al cabo, los chicos pueden arrepentirse. O exigir más. ¿Quién sabe qué se les pasa por la cabeza?

—¿Puedes influir sobre ellos?

—Depende.

—Tengo un socket colectivo. ¿Qué te parece?

—¿De qué?

—Violación en grupo.

—Hm.

—Comando.

—Hm.

—Seppuku. Para dos, con posibilidad de cambio de roles.

—Eso sí. ¿Cuánto?

—5 % del negocio.

—Me parece justo. Voy a ver qué puedo hacer.

No fui del todo sincero con el chino. Sabía que bastaba con enumerar los temas. Les gustó lo de la violación. ¡Chicos! Los convencí de que les conseguía descuento si compraban el socket individual y la entrada al colectivo. También les saqué un 5 % a ellos.

Literalmente los arrastro conmigo. Tengo que meterme en sus cabezas, infiltrarme en el programa del socket para convencerlos de completar todo el itinerario contratado. Con su mentalidad, volverían de inmediato a casa. En cierto modo los entiendo. Es difícil hacerlo caminando. Pero nadie los obligó a ponerse los sockets ahí mismo. Mejor los dejo apoyados contra una pared y los recojo a la vuelta. Tengo que pasar obligatoriamente por los Estudios. Mañana tengo un grupo de actores.

Eso hago. Les digo que me esperen un poco y salgo de sus cabezas. Los veo deslizarse por una pared, con caras estúpidas, inconscientes. ¡Drogados!

La puerta más idiota es la que lleva a los Estudios. Está junto a una carreta que se mueve sin parar. Hay que caerse de la carreta para acertar la puerta. En el momento justo, claro, porque si no cualquier imbécil podría atraparla por casualidad.

Aquí, de este lado del Nudo 14, nada es casual.

Siempre tuve problemas con los actores. Están acostumbrados a que en escenas peligrosas los doblen. Imagínense lo difícil que es convencerlos de que se caigan de una carreta en movimiento. Pero les lanzo al cerebro la imagen de la portada de ESTRELLA DE CINE, con ellos sosteniendo la Estrella en las manos, y listo. ¿Quién no soñó alguna vez con ganar el trofeo?

A veces también les doy un empujoncito.

¿Pero dónde demonios está esa carreta?

No está. Doy vueltas como un loco. No hay nada.

Alguien se la habrá robado.

Tengo que concentrarme bien para encontrarla. Por ahora veo su rastro en el aire. Subo la calle. Oigo su traqueteo. Casi la paso de largo; el ruido de las ruedas sobre el empedrado está disimulado como un susurro de hojas, pero eso es trabajo de aficionados. Mercancía barata. Solo el borracho de Harry Longo mueve cosas tan malas. O bueno, yo entiendo de estas cosas y me fue fácil darme cuenta.

Entro por una gran puerta verde y, del otro lado, la carreta con la puerta gira en círculos. En ella hay unos ocho tipos que de vez en cuando se tiran. Pero aparte de despellejarse y oír crujir sus huesos, no consiguen nada.

¡Así no, chicos! ¡Si no saben cómo, no lo hagan!

Estoy en la carreta. Nada. Ese larguirucho de allá se adueñó de ella. Cinco monedas el intento. ¡Maldito tipo! Le metes la moneda en el bolsillo y vas a romperte los huesos. En este patio jamás van a encontrar la puerta.

Por cien alquilo la carreta un cuarto de hora. Salgo a la calle y me dejo llevar.

Siento cómo me tiemblan las aletas de la nariz. Huele a madera barnizada y a aserrín. Parece que alguien hablara por un megáfono. Sé que apenas es mediodía, pero tengo la sensación de que cae la noche. ¡Ahora! Salto de la carreta y entro en los Estudios.

Es de noche. Se está filmando. El decorado de madera está recién barnizado. También se siente el olor del aserrín. Los actores fingen no notarlo. Total, el director ya les grita por el megáfono. Los actores me miran con gran respeto. Yo les arreglé el asunto. Cinco por ciento. En sus mentes encuentro también pensamientos de agradecimiento, porque con mi aparición, Il Maestro dejó de regañarlos.

El director se me acerca. Sé lo que quiere. Dos actores y tres actrices. Mañana por la mañana.

—Quiero dos hombres y tres mujeres.

—¿Cuándo?
Me hago el desentendido. Igual no lo entendería.

—Mañana por la mañana.

—¿Cuánto?
—Lo de siempre, cien por cabeza.

—Trato hecho.

—Hay algo más. A la noche necesito unas veinte chicas. Lindas. Humanas.

—¿Veinte humanas? Eso cuesta.

—Lo sé. Pero eso quiero.

Salgo por el espejo del baño. Si me quedaba negociando el precio de las veinte, perdía la puerta de regreso. El precio lo fijaré en la entrega.

Me deslizo junto a dos tipos que fingen no verme. Claro que me reconocieron. Qué idea, hacer la puerta en una cama de hotel. Menos mal que no aparecí debajo de ellos. Habría sido incómodo.

Los enchufos están donde los dejé. Unos cuantos chicos los miran. Y con razón. ¡Son ridiculísimos! Por cómo se ríen y menean el trasero, creo que se pusieron el socket colectivo de la violación. Niños… Me uno al grupo y se tranquilizan, confundidos. Como si quisieran disculparse, pero los tomo rápido y los hago desconectarse para poder irnos. Les hacen gestos obscenos a los espectadores.

Nos vamos. En la primera esquina nos cruzamos con una zorgata y el recuerdo del programa común que acaban de consumir les altera los instintos. Ninguno se contiene: todos le manosean la joroba al pasar. Agradecida, la zorgata silba detrás de ellos por todos sus orificios. Qué se le va a hacer, ¡chicos jóvenes!

Pasamos por el puesto del chino. Los enchufos se dan codazos y le sonríen cómplices. Él finge no conocerlos y, mentalmente, me da las gracias. Junto a ese mensaje encuentro la información de que en dos días recibirá algo “gordo” de Kalotronia. De primera mano. Original.

Miente. Nunca nadie de su linaje tuvo en la mano un producto original de Kalotronia. Pero le mando un pensamiento de agradecimiento y la seguridad de que “sí, sin duda iré”. Ya veré. Por ahora quiero sacarme de encima a estos mocosos. Parece que se volvieron idiotas. Ninguno logra sacarse de la cabeza lo de la violación. Creo que serían capaces de hacerlo de verdad. Debería hablar con su profesora de comportamiento. Es zorgata. Al menos que sepa a qué podría enfrentarse. Quién sabe, quizá le doy una buena noticia.

Nos queda una puerta. Me meto en sus cabezas y les ordeno que se pongan los sockets antiemocionales. No quiero problemas ahora. Me miran de reojo. Con odio, casi. Pero ¿qué pueden hacer? Me necesitan para sacarlos de aquí.

Se ponen los sockets, obedientes. Demasiado obedientes. Ahí está el pozo. Uno por uno los arrojo dentro. Tras el último corrí bastante, pero al final lo atrapé. Primero con el pensamiento. Luego con la mano.

—¡Gofre asqueroso!

Otra vez. ¿Qué demonios es eso?

Hace mucho que me lo dicen, pero nadie quiere explicarme qué significa.

Paso yo también por la puerta y salgo.

He vuelto. Los cinco están sentados sobre un muro derruido. Cuando aparezco, despliegan todo su arsenal de gestos obscenos y salen corriendo a los gritos.

—¡Ollie gofre! ¡Ollie gofre!

No voy a rebajarme a su nivel.

Michael Haulică, nacido en 1955 en Armășești, Vâlcea, Rumania, se graduó en la Facultad de Matemáticas, especializándose en Informática, de la Universidad Transilvania de Brașov. Fue programador durante 25 años, y luego se dedicó por completo a la escritura. Actualmente es editor en Art Publishing House y coordinador de las colecciones de ciencia ficción y fantasía de Paladin Publishing House. Es el editor jefe de la revista Argos. Desde 2010 es miembro de la Unión de Escritores Rumanos. Entre sus obras publicadas se cuentan Madia Mangalena (1999, 2011, 2015); Despre singurătate și îngeri (2001); Așteptînd-o pe Sara (2005, 2006, 2012, 2016); Nu sînt guru (2007); Povestiri fantastice (2010, 2011); ... nici Torquemada (2011); Transfer (2012, 2013, 2014); O hucă în minunatul Inand, (2014) y 9 1/2 elegii (2016).

 

LA GRIETA

 Krzysztof Dąbrowski

Una tormenta reinaba afuera. Las gotas tamborileaban de forma intrusiva contra el techo de la vieja casa de una sola planta. Una y otra vez, los relámpagos iluminaban la oscuridad y sacaban a la luz el rostro aterrorizado de Anya.

Tenía doce años. Sus padres habían salido para una reunión importante con amigos. Ella les aseguró que ya era lo suficientemente mayor y que sabía cuidarse sola.

Y ahora, todo lo que sucedía afuera la llenaba de un miedo creciente.

Los truenos eran lo peor. No los destellos, sino esos retumbos repentinos. Saltaba inquieta, sobresaltándose.

Para empeorar las cosas, se fue la luz.

Recordó que en esas situaciones sus padres solían bajar al sótano para arreglarlo.
Una vez incluso había acompañado a su padre, así que sabía cómo era.

Antes de apartarse de la ventana, oyó el sonido de un vaso de agua volcándose sobre la mesa.

Se quedó inmóvil, temerosa de darse la vuelta.

—¿Hay alguien aquí? —murmuró con voz temblorosa, con la esperanza de que, si se trataba de un ladrón, se asustara y huyera. O me matará… —se estremeció.

Sin embargo, nadie respondió, así que con cuidado, muy despacio, giró la cabeza.

Miró fijamente durante largo rato, pero por supuesto no pudo ver nada en la impenetrable oscuridad.

Podría haber un relámpago ahora; prefería temerle al trueno antes que a lo que pudiera ocultarse en la oscuridad.

¿Por qué no llamar a mis padres?, pensó. No, al final no lo haré.

Finalmente decidió esperar, y tomó el hecho de que no sucediera nada como una buena señal.

¿O quizá el vaso estaba al borde de algo desde donde simplemente tenía que caerse? ¿Tal vez bastó alguna vibración imperceptible del impacto de un rayo para que ocurriera?

Por fin llegó el destello tan esperado, seguido de inmediato por un segundo, golpeando y deformando las sombras alargadas de formas familiares, aunque más inquietantes de lo habitual.

Ese instante fue suficiente para que recorriera la habitación con la mirada presa del pánico.

No vio a nadie, pero justo después de que la oscuridad regresara, algo volcó una silla. Algo invisible…

¡Dios mío, un fantasma! —Su corazón se detuvo a medio latido, porque no encontraba otra explicación para aquel suceso extraño.

Corrió con todas sus fuerzas hacia la puerta del sótano, deseosa de devolver la luz a la casa lo antes posible.

Parecía un salvavidas en esa situación. Es cierto que no estaba segura de que ahuyentara al espectro, pero al menos se sentiría mejor.

 

Comenzó a bajar las escaleras lentamente y con cuidado, aunque sentía ganas de precipitarse de cabeza. Pero eso probablemente habría sido el final, así que prefirió no arriesgarse.

Además, rodeada por una negrura impenetrable, tenía la impresión de que alguien la observaba, y que ese ser podía estar en cualquier lugar, tanto detrás como delante de ella. Esa sensación hacía muy difícil mantener el pánico bajo control.

No estoy en peligro, no tiene cuerpo, no puede hacer nada, se repetía para tranquilizarse. Pero… el vaso y la silla sí se volcaron.

Paso a paso, poco a poco, con las piernas temblorosas y blandas como algodón, tocando instintivamente con la mano la fría pared de piedra, descendía. Y descendía. Y descendía. Y el miedo iba cediendo lentamente a una especie de mansedumbre, porque cuanto más tiempo convivía con él, menos intenso se volvía.

Cuanto más tiempo… cuando se calmó un poco, se dio cuenta de que estaba tardando demasiado en bajar, y que incluso haciéndolo tan despacio como ahora, ya debería haber llegado al fondo, al sótano.

Con cada escalón, esperaba que se terminara, se engañaba diciéndose que era el terror lo que provocaba ese efecto en su mente.

Y entonces comprendió que no, que se estaba engañando de nuevo, que algo iba muy mal.

¿Debería volver? La idea le cruzó por la mente. No, está demasiado lejos… ¿o quizá era precisamente por ese miedo?

Y en ese momento vio una mancha de luz en algún punto más abajo.

De nuevo sintió el impulso de correr, pero otra vez decidió no hacerlo, aunque le resultaba difícil.

Seguía sintiendo aprensión, pero además estaba llena de una curiosidad difícil de controlar.

 

Cuanto más se acercaba al lugar, más se daba cuenta de que se encontraba en un espacio extraño que tal vez ya no era su casa; después de todo, las escaleras al sótano de la casa terminaban pronto…

Dondequiera que estuviera, la luz era tranquilizadora.

Sin embargo, antes de alcanzarla, la oscuridad volvió a caer sobre ella.

Decidió seguir bajando, tanteando la pared para orientarse hacia el lugar de donde provenía la luz.

Se sentía decepcionada, confundida y profundamente asustada.

Y entonces algo brilló allí, y un momento después oyó un trueno distante…

¡Tormenta! ¡Hay una tormenta afuera!

¡Y si hay tormenta, hay una salida!

Después de todo lo que había pasado, los relámpagos, los truenos y la lluvia ya no le impresionaban tanto; al contrario, se alegró de oírlos.

 

Cuando por fin se acercó a la grieta y vio lo que había al otro lado, quedó atónita.

Esperaba que fuera una salida al exterior o, pese a todo, un sótano con una ventana cerca del techo. Pero no: era la casa, la suya y la de sus padres. El mismo suelo y la misma sala de estar con el gran comedor.

Y ni siquiera eso fue lo más impactante. Al atravesar la grieta, notó que era tan fina como una hoja de papel –lo cual era absurdo, porque la pared debería haber sido mucho más gruesa–, pero lo que más la conmocionó fue ver a sí misma unos instantes antes: Anya, de pie junto a la ventana, asustada por la tormenta.

¿Había vuelto atrás en el tiempo?

No tuvo tiempo de responderse, porque inadvertidamente rozó con la mano, apoyada en la mesa, un vaso de agua.

La que estaba junto a la ventana, igual que ella entonces, se quedó inmóvil y luego preguntó:

—¿Hay alguien aquí?

Anya se quedó paralizada, pero enseguida comprendió que la que estaba en la ventana era ella misma en un pasado reciente, y que en aquel momento no había notado a nadie.

Dos relámpagos.

Sí, debería verme.

¿Quizá al menos puede oírme?

—Oye, soy yo —llamó—. Es decir, tú, del futuro cercano.

Nada cambió.

Vaya, al final soy invisible, pensó entonces, y se asustó tanto que dio un paso atrás, enganchando al mismo tiempo el pie en la silla.

Claro, por eso pensé que era un fantasma. Comprendió lo que había ocurrido, mientras la del pasado, presa del pánico, se lanzaba hacia la puerta del sótano.

¿O soy yo un fantasma? Anya se quedó inmóvil, mientras la del pasado desaparecía tras la puerta. No, tengo cuerpo, incluso tropiezo con los objetos.

Entonces, ¿por qué no puede verte ni oírte? En su mente surgió una voz desagradable y desconocida.

No se le ocurrió ninguna respuesta sensata, lo que le provocó una punzada intensa de ansiedad.

Decidió no ceder a ella y pensó que lo mejor era seguir a su yo del pasado.

¿Cuando lleguemos a la grieta ya seremos tres? No sabía si sentía más miedo o curiosidad por lo que iba a ocurrir.

Todo le recordaba a un episodio de alguna serie extraña, como tantas que circulaban ahora por Internet.

 

La del pasado debió sentirla, porque estaba inquieta y miraba con atención a los lados y hacia atrás pese a la oscuridad.

Además, era apenas visible, y cuando subió algunos escalones, su tenue silueta desapareció por completo de la vista de Anya.

¿Y si vuelvo atrás? Se dio vuelta por reflejo y se horrorizó al descubrir que detrás de ella no había nada más que una pared que bloqueaba su retirada; además, la pared avanzaba lentamente hacia ella, al mismo ritmo que la del pasado descendía.

Todo parecía como si la realidad innecesaria para aquella se hubiera plegado y limitado su alcance a algún campo invisible alrededor de la que bajaba.

Pero no alcanzaba a Anya. Ella no se hacía ese tipo de preguntas ni tenía ese tipo de pensamientos. Solo era una niña confundida y perdida de doce años, aterrorizada por el hecho de que una pared que nunca había estado allí se deslizara lentamente hacia ella, empujándola fuera del escalón en el que estaba.

Le temblaban las piernas como hojas de álamo, pero de algún modo logró bajar un poco más y darse vuelta.

No había rastro de la Anya anterior, así que siguió tras ella, sin querer quedarse sola otra vez.

Aceleró todo lo que pudo, siguiendo el principio de apresurarse despacio, y aunque estaba convencida de que bajaba mucho más rápido que la otra y ya debería haberla alcanzado, nada de eso ocurrió.

Seguía habiendo solo una negrura impenetrable y un silencio espantoso frente a ella.

¿Dónde estás?, pensó febrilmente. Por favor, no me dejes aquí sola. Te lo ruego…

—¡Anya! —gritó, pero nadie respondió.

No puede oírme. Yo tampoco oí nada cuando bajaba entonces, recordó.

¿Y la transición a la casa, al pasado? También debería haber estado allí hace rato.

¿O quizá desapareció cuando aquella pasó?

No le quedaba más que seguir descendiendo, con la esperanza de que tal vez fuera posible salir de nuevo por algún sitio.

¿O quizá será posible con ella? ¿Tal vez desciendas así por toda la eternidad? Otra vez aquella voz ajena y desagradable, como si algún gnomo se hubiera instalado en su cabeza y se riera de manera increíble.

—Ja, ja, ja, qué gracioso —dijo en voz alta; normalmente se habría sentido ridícula hablando al vacío, pero después de todo nadie podía verla, y ya que añadía algo de diversión, ¿por qué no?

 

No tenía idea de cuánto tiempo llevaba descendiendo, pero sin duda era demasiado; tanto, que había perdido la noción del lapso transcurrido.

Y seguía habiendo solo esa maldita oscuridad, negrura, negrura y más negrura, como si se hubiera quedado ciega.

¿Quizá te has quedado ciega? —se burló el gnomo en su cabeza.

—¡No estoy ciega! ¡Déjame en paz! —gritó.

—¿Cómo puedes estar segura? ¿Cómo puedes comprobarlo? —Habría jurado que oyó otra risita repugnante, apenas audible, en algún lugar fuera de su cabeza…

¿Me estoy volviendo loca? ¿Me estoy volviendo loca? Siempre había pensado que solo los adultos se volvían locos.

¿Así es como pasa? ¿Hay que estar solo durante mucho tiempo, en la oscuridad, y tener demasiado miedo… así es como uno se vuelve loco?

Ella no iba a volverse loca.

—Todo está en mi cabeza, se dijo, tan calmadamente como pudo. Y luego siguió bajando, paso a paso, centímetro a centímetro, hacia abajo, cada vez más abajo.

Trató de no pensar en nada, solo de concentrarse en el siguiente escalón, en bajar, en el ritmo lento de su cuerpo avanzando con cautela.

Era tranquilizador, la calmaba mucho.

Finalmente vio una luz tenue a lo lejos, pero mucho más brillante que la anterior, como si fuera de día al otro lado.

Su corazón latió más rápido; sintió alegría e impaciencia, deseaba llegar al paso hacia la casa lo antes posible.

Pero se detuvo con prudencia y vio en su mente lo que ocurriría si tropezaba y caía: una mirada inmóvil y sin vida, o llena de la agonía de la muerte, y sangre, más o menos, pero sin duda una mancha de sangre, y sus brazos y piernas rotos y doblados en ángulos extraños, y si todo salía mal, también fracturas abiertas, huesos sobresaliendo de su cuerpo desgarrado…

¡Brr! Se estremeció solo de pensarlo y, como una adulta, pensó que en una situación así preferiría estar muerta antes que morir con agonía o sobrevivir como una inválida paralizada.

Siguió bajando con cuidado.

Despacio, sin prisa.

¿Y si desaparece?, se burló el gnomo en su cabeza. ¿Y si esta es tu única oportunidad y, si no la aprovechas, te quedas aquí para siempre?

—Oh, cállate ya —siseó entre dientes—. Antes decías que me quedaría ciega, y todavía puedo ver.

Pero en verdad, cuanto más se acercaba a la grieta, más temía que eso ocurriera.

No ocurrió. Llegó allí, y el paso al viejo mundo seguía allí, solo que era un mundo del futuro.

 

Atravesó la grieta y se encontró en el comedor.

Todo parecía familiar, igual que antes, pero algunos objetos habían desaparecido. En su lugar habían aparecido otros nuevos.

Pero lo que más la sorprendió fue el cambio en el aspecto de sus padres, que estaban sentados a la mesa comiendo en un silencio sombrío: parecían los mismos de siempre, pero distintos, y de algún modo más viejos.

—¿Mamá? ¿Papá? —llamó, pero por supuesto no respondieron; no podían, porque tampoco la veían.

Se acercó a su padre y comprendió qué los hacía verse diferentes: cambios sutiles, como las primeras canas en el cabello y la barba, más arrugas, el rostro un poco más caído, y ojeras, como si hubiera dormido mal.

Comía mientras leía el periódico, que de vez en cuando se manchaba con salpicaduras de sopa; era conocido por eso, y a ella siempre le había parecido gracioso que nunca lograra llevar la cuchara a la boca sin derramar algo.

Con su madre ocurría lo mismo: pequeños cambios…

Pero lo peor eran sus ojos mientras comía la sopa pensativa; estaban llenos de tristeza.

Anya comprendió que esa tristeza era mucho peor que la que sentía cuando sacaba una mala nota, aunque supiera todo, pero el estrés borrara momentáneamente el conocimiento de su cabeza.

Entonces sentía que el mundo a veces era terriblemente injusto, porque quienes no estudiaban a veces eran mejores que ella.

Pero la tristeza de su madre era mucho más profunda, del tipo que carcome el alma y cambia a una persona de manera irreversible.

Estaba aterrorizada.

Claro, están preocupados por mi desaparición. Me pregunto cuánto tiempo ha pasado.

Decidió hacerles saber que estaba allí; agitó la mano frente a los ojos de su madre.

Esperaba que quizá su madre percibiera de algún modo su presencia.

Por desgracia, no fue así.

¿Quizá podría tocar algún objeto? Sí, era una buena idea.

El salero. Movió la mano una y otra vez, pero esta atravesó el objeto.

¿Cómo es posible? Antes funcionó…

¿Será porque estoy en el futuro?

Entonces, cuando te asustaste a ti misma, ¿no lo estabas?, preguntó la fría voz de la lógica.

Es cierto…

Pero aquello estaba muy cerca del futuro, mientras que aquí todo indicaba que había pasado mucho tiempo.

¿Tal vez por eso?

¿O quizá necesito chocar con el objeto por accidente?

¿Pero cómo hacerlo? Incluso si empezara a saltar por la habitación de forma caótica, seguiría siendo una acción deliberada.

¿Pero tal vez ese caos sería suficiente?

Decidió intentarlo; no tenía nada que perder.

Comenzó a saltar y correr, pero no pasó nada, y habría seguido intentándolo durante mucho tiempo, porque no se sentía cansada, si no hubiera notado algo que la inquietó profundamente: la grieta había desaparecido…

Es cierto que la puerta del sótano seguía allí, y sin duda podría llegar hasta ella tarde o temprano, pero estaba en el futuro. ¿Cómo se suponía que iba a volver al presente, donde era visible para todos y podía influir en los objetos con el tacto?

No lo sabía, pero parecía que en esa situación no tenía otra opción que volver a bajar las escaleras y ver adónde la llevaban esta vez.

Su preocupación se desvaneció de manera extrañamente rápida, sustituida por la aceptación.

Pensó que, dado que su mano había atravesado el salero, quizá podría atravesar la puerta sin problemas.

Miró a sus padres por última vez y sintió tristeza, pero era una tristeza extrañamente apagada, como si ya no le incumbiera, como si no fueran sus padres.

Mis padres están en el pasado, en una reunión importante, y cuando regrese a mí misma, ellos también volverán pronto y todo será como antes. Y lo que ocurre aquí no ocurrirá en absoluto, así que dejarán de existir aquí, y cuando pase el tiempo y lleguen al presente, no estarán tan terriblemente tristes, sino normales, como siempre lo fueron.

Se dirigió hacia la puerta.

Se detuvo un momento ante ella porque se sentía incómoda; nunca había atravesado una puerta antes, no sabía cómo era ni si sentiría algo.

¿Y si meduele?, se preguntó con ansiedad.

Decidió hacerlo despacio y empezar con el dedo.

Extendió la mano.

No dolió, no sintió nada.

Apenas había suspirado aliviada cuando apareció otro pensamiento inquietante.

¿Y si hay algo ahí dentro y me muerde el dedo?

No, es una tontería, se reprendió. Ya he estado allí y nada me atacó.

Está oscuro ahí dentro…

Yo estuve en la oscuridad y no me pasó nada; es solo la falta de luz, se explicó con paciencia.

Antes eso no habría ayudado; podría haberse convencido durante horas y seguir teniendo miedo, pero no ahora.

El miedo pasó con sorprendente rapidez.

Sintió una sorpresa fugaz, apenas perceptible, y se concentró en la cuestión de la puerta.

Y fue como si no existiera en absoluto; de repente se encontró al otro lado.

 

De forma inesperada, la bombilla colgante del techo comenzó a parpadear. Una luz tenue, amarillenta.

Se sorprendió al ver esta vez algunos escalones y el suelo del sótano.

Es extraño cómo a veces la normalidad parece extraña, anormal.

De pronto se dio cuenta de que podía ver algo más: la pierna de una niña.

Medias blancas, como las suyas…

Comenzó a bajar despacio, pero no sentía miedo ni sorpresa, como si visitara una especie de exposición virtual.

Cuando llegó al fondo, se vio a sí misma tendida en un charco de sangre que crecía y comprendió que había vuelto a su presente, que había muerto y que ahora era un fantasma.

No sintió tristeza ni arrepentimiento. Ahora le era completamente indiferente.

Así que ya era un fantasma que se perseguía a sí misma, pensó, y le resultó bastante divertido.

¿Pero y ahora? ¿Qué sigue?

Se oyó un leve crujido en algún lugar arriba.

Levantó la vista instintivamente y vio que era la puerta del sótano, que se abría lentamente por sí sola.

No se sorprendió en absoluto.

Tampoco la sobresaltó la luz brillante que entraba por la abertura.

No sintió miedo, sino alivio y alegría, porque era algo bueno, y se sentía como si regresara a casa, a su verdadero hogar.

Subió corriendo las escaleras, ya sin cuidado, porque como fantasma no podía morir ni romperse los huesos.

Avanzó con decisión hacia la luz cegadora, y la puerta detrás de ella desapareció al instante.

Nunca se había sentido más feliz, pero solo duró un momento, porque de repente algo invisible comenzó a morderla.

Dolía terriblemente…

Krzysztof T. Dąbrowski nació en Łódź y vive en Cracovia, Polonia. Es autor, entre otros, de los libros: Nasmierciny (2008), Anima vilis (2010), Grobbing (2012), Z życia Dr. Abble (2013), Anomalia (2016), Ucieczka (2017), Nie w inność (2019), Nieznośna niewyraźność bytu (2022) y Obyś żył w ciekawych czasach (2023).  Sus historias han sido traducidas y publicadas en revistas y antologías de Estados Unidos, Eslovaquia, República Checa, Hungría, Rusia, Alemania, Italia, Inglaterra, España, Israel, Brasil, México y Argentina.

 

EL DESEO DEL PASADO