domingo, 30 de noviembre de 2025

EL NIÑO PERDIDO

Dejan Sklizović

 

Noche. Y oscuridad en la noche. Y en la oscuridad, acecha Dusky.

Las calles están vacías y las contraventanas cerradas; solo unos pocos valientes se asoman por rendijas para asegurarse de que no queda nadie afuera. La niebla desciende y cubre la ciudad dormida. Pasos que resuenan, que golpean de forma irregular los adoquines gastados. Si nos acercáramos un poco más al origen del sonido, veríamos una estela de vapor cálido saliendo de la boca de la criatura que ruge en la noche.

Un niño. Podría tener doce, quizá trece años, ¿quién podría saberlo? Huye de la plaga que se cierne sobre el lugar dormido. Su aliento caliente se enfría y se mezcla con la neblina hostil, pero el calor lo delata, y él lo sabe bien. ¿Cómo lo sabe? Oye el retumbar apagado de algo mucho más grande que él, como el latido de algún enorme y frío corazón de una bestia de la oscuridad, la bestia en la oscuridad. La bestia se llama Dusky y viene de Meon.

Cuando era pequeño oyó ese nombre: un bebé curioso en una cuna escuchando a aquellas dos personas que lo alimentaban y mantenían cálido y a salvo. Había también una tercera, repulsiva, arrugada y siempre vestida de negro. Entonces no conocía todas las palabras que aprendería más tarde, pero comprendía que el negro era un color, y que era aquello de lo que la abuela no dejaba de hablar. Meon. “Protejan al pequeño del monstruo de Meon”, decía la abuela. El niño había nacido con una marca en la piel, y la oscuridad negra lo consumía. Dusky. Meon. La abuela. Cómo se conectaban esas cosas en su mente, no podía saberlo con claridad, solo intuitivamente. Meon era un lugar, Dusky lo perseguía, y la abuela era una mensajera ominosa; perturbaba tanto a sus padres que el padre la echó de la casa, a la nieve y al viento helado. Nunca volvieron a mencionarla.

Recordó eso años después, cuando vagando por los alrededores encontró su bastón en una zanja cercana y un trozo de tela negra podrida que podría haber sido su pañuelo. El espejo colocado entre aquellos restos terrenales estaba silencioso. Negro, profundo y lleno de estrellas. Era ya una noche despejada, así que pensó que aquel vidrio reflejaba el cielo sobre él, pero no encontró ninguna similitud: mostraba alguna parte desconocida del universo oscuro. ¿Tal vez era un juguete? ¿Quizá algún otro niño había perdido aquel extraño objeto comprado en la feria, que mostraba constelaciones invisibles? Pero ¿qué era eso en el espejo? Las estrellas y los demás cuerpos celestes se movían al ritmo de una música espectral, proveniente del espacio profundo o quizá de su propia mente. Demasiadas preguntas, y en aquel pedazo de cristal las estrellas formaban algo parecido a… ¿una sonrisa? El cosmos le sonreía al niño con una sonrisa familiar, aquella que veía a menudo antes de…

Dejó caer el espejo y este se hizo pedazos. Intentó recoger los fragmentos, pero se cortó en el primero y desistió. La herida no era profunda, y estaba justo allí donde tenía la marca de nacimiento; mamá no lo notaría. No era profunda, pero se abría como una sonrisa. Dentro se veía lo mismo que en el espejo, como si todo el universo se hubiera movido a ese pequeño trozo de carne expuesta.

Su madre lo golpeó cuando llegó a casa con aquellos objetos. Luego se disculpó y dijo que era mejor que su padre jamás viera lo que había traído. Sin embargo, nunca se atrevió a llevar el tercer objeto a casa.

Y entonces papá golpeó a mamá. Otra vez. Porque la cena estaba fría y a él no le gustaba. La noche anterior estaba un poco más caliente de lo ideal, así que papá se lo “explicó”, y ahora tenía que repetirlo. El niño lloraba en su habitación, castigado y humillado, mientras mamá sollozaba en la habitación de huéspedes, acurrucada y golpeada.

Y entonces él lo vio: algo en la blanca noche que llenó el cielo oscuro con una negrura intensa, más densa que cualquier cosa que hubiera sentido antes. Noche blanca, cielo oscuro, y Dusky. Sin forma, solo aquella textura de otro mundo, magnética y palpable al mismo tiempo. El lugar en el cielo de donde venía seguía abierto, y de los bordes sobresalían puntas relucientes, como miles de dientes de un vampiro cósmico asomándose por una grieta celestial llena de constelaciones desconocidas. Meon acudió a su mente de inmediato, y recordó las palabras de la abuela. Reía y se erguía, y entonces el niño se encontró riendo también, imitando la mueca espectral proveniente del cielo negro.

El padre irrumpió en la habitación justo a tiempo para sentir el frío proveniente de la ventana abierta, y el niño ya no estaba allí.

A lo lejos, el niño oyó al padre acusar a la madre de negligencia y hacer lo que solía hacer. Esta vez, ella no gritó.

Poco después, la madre estaba en las frías calles buscando a su hijo fugitivo. Primero encontró algo que parecía un niño, caminaba como él y gemía con su voz, pero su aliento era frío, y el vapor de su boca era negro. Sus ojos eran dos lagos oscuros donde horrores de Meon se bañaban junto con maldiciones inmortales, jamás pronunciadas por labios humanos. Y sus dientes eran afilados en aquella grieta irregular mientras despedazaba la mueca de la cabeza del niño. Dusky.

El grito de la madre hizo que el niño se detuviera, aunque sabía que mirar atrás no era una opción. Lo sintió. Ella ya no estaba. No más abrazos suaves para consolarlo tras una paliza, no más sopa caliente de domingo, nadie para cubrirlo por las noches cuando el frío lo alcanzara. Apretó los dientes y siguió corriendo al ver una sombra acercarse.

Sabía lo que pasaría si lo alcanzaba; ya lo había soñado. Una figura negra con un cuerpo hecho de espejo roto, una fila de dientes afilados, abrazándolo bajo un manto vasto. Juntos, suspendidos en el cielo nocturno, fundiéndose con el frío que extingue la vida. El miedo que emergía de su mente le resultaba familiar y seductor. Lo había soñado muchas veces, pero siempre lo olvidaba al amanecer.

Y entonces se encontró en otro lugar, muchos años después, con su novia, enamorado realmente por primera vez y libre de todos los miedos salvo uno: lo que podría pasarle a ella. Y… ¿qué era aquello? Él, y nada más. Le temía tanto como a la negrura del cielo nocturno. Solo él sabía lo que ocurrió aquella noche, cuando las estrellas brillaron sobre aquel rostro humanoide, y el inmenso manto celeste lo cubrió tanto a él como al pueblo, llevándose todo al olvido para el resto del mundo. Pero no para él. Él había visto la verdad.

No había quedado huérfano, al menos no del tipo que nunca tuvo casa ni padres. Lo encontraron al otro lado del país, inconsciente, y su amnesia se atribuyó a congelación y a una vida dura. Nadie relacionó su llegada al refugio con aquella tragedia familiar en un pequeño pueblo de montaña: el padre golpeó brutalmente a su mujer y a su hijo, y fue hallado después con la garganta arrancada en medio de la casa familiar. La mujer quedó tirada en una de las calles oscuras, el rostro congelado en una mueca de terror puro, y su corazón arrancado del pecho. El órgano había desaparecido; alguna bestia salvaje –dijeron– devoró la laringe del marido y el corazón de la esposa. Y el niño nunca apareció. Una verdadera tragedia. Solo hubo un testigo, un anciano senil que aseguraba haberlo visto todo a través de una rendija, pero cuyo testimonio no tenía importancia.

Su chica, su amor, y algo que se gestaba dentro de ese amor, creciendo en su vientre. Y entonces él vio, a través de ese vientre, lo que lo había atormentado siempre. En lugar de piel blanca y tersa, de pronto había un cielo estrellado salpicado de fenómenos que lo fascinaban incluso más que el cuerpo de su amada. Mirando aquel negro multicolor, vio un bebé cósmico, un niño en el vientre de la madre más grandiosa del universo, la madre negra que disuelve la materia en la estructura del cosmos. Y una sonrisa.

Esa maldita sonrisa que el bebé formaba era como… como la sonrisa de un arlequín, con muchas púas sobresaliendo. Y las púas eran como espejos, cada uno reflejando un fragmento de la verdad que él intentaba ocultar desesperadamente. ADN de puro horror. Aquella abertura en forma de boca apareció en la piel de ella, y él apartó una parte, dejándola caer junto al puñal.

Hundió una mano en aquel espacio carnoso que latía visceralmente y la otra en el húmedo vientre de aquella incubadora de toda vida. Y luego se deslizó dentro, para que el olvido lo cubriera por completo y lo llevara a un lugar desconocido. Lo último que vio desde el interior de la constelación fue la sonrisa del Hombre Negro del Espejo; se le acercó y le cosió pequeños cristales que reflejaban la naturaleza rota a su alrededor y la mente quebrada dentro de él.

Ocurrió más de una vez: su amor moría siempre cuando su fruto estaba maduro y la felicidad en su punto máximo. En algún punto incluso lo persiguieron, y recuerda vagamente… personas que pasaban junto a él, lo miraban sin verlo y pronunciaban su nombre profano, sin comprender ni una fracción de la sonrisa del gran espejo.

 

Ha pasado mucho tiempo…

Mira por la ventana de su habitación apenas calentada. Es una noche de invierno helada, llena de malos recuerdos en el aire. Observa a través de la rendija de la contraventana lo que ocurre en la calle. El niño intenta desesperadamente recuperar el aliento mientras avanza entre la nieve. El anciano sabe que su vista es terrible porque su perspectiva es más amplia. Le da pena el niño que solo ve carámbanos y muerte, en una pequeña ciudad que ha cerrado todas sus puertas y ventanas para evitar salvar a un niño perseguido en la noche. Lamenta también que cada vez que el niño mira atrás intentando ver a su perseguidor, solo ve otra nube de nieve y escarcha, mientras la enorme sombra siempre consigue ocultarse un instante antes de que la mirada del niño la capture. Una sombra negra que cae del cosmos, de un agujero con forma de sonrisa de dios enloquecido, amenazando con bloquear el paso del niño, arrastrándose hacia su corazón, fusionándose con su ritmo hasta que el frío termine de apagarlo.

 

El anciano finalmente se cansó y olvidó por qué su rostro estaba pegado al cristal empañado, a través del cual nada podía verse. Quizá escuchó mal algo en la calle, ¿quién podría saber?

Se volvió y vio un pequeño rostro helado ahora junto a la chimenea, intentando evitar que el frío destruyera las partes sanas de su cuerpo. Solo una vela ardía en la habitación, junto a la chimenea, y los ojos del niño tenían dificultad para acostumbrarse a su llama.

 

El niño ve una oscuridad vaga, una forma negra que oscurece la ventana y la luz exterior. No le queda claro qué es lo que revolotea alrededor de aquel cuerpo negro que podría parecer humano. Se ve como un manto rociado con algún tipo de polvo. Habría jurado que era un cielo estrellado perfilado en una silueta que se balancea, si no supiera que eso no podía ser. Aun así pensó ver una abertura en su centro, pero la idea se borró de inmediato: traía consigo un frío profundo, un grito de alguien que una vez fue su… ¿madre? Palabra extraña, cuya sola mención provoca inquietud y desata un torrente de emociones tan fuertes que hacen temblar su ser entero, pero también proyecta la sombra del olvido, una manta pesada tejida con la noche más densa, en la que incluso el recuerdo más claro se ahoga en un remolino de inconsolable vacío, porque… queda el miedo, la tristeza y el temblor debido a su pérdida…

De pronto, se ve en una cama, en la misma casa, pero esta vez no junto al fuego, sino en una de las habitaciones. No está solo. Hay otra figura. La abuela. Incluso en ese idioma desconocido en el que entona sus conjuros, las melodías inquietantes le suenan familiares. Sus palabras, ominosas y reconfortantes a la vez, cuentan historias de una vida. De la vida de alguien que casi muere una muerte violenta y al que llamaban, de manera ridícula, “Sonrisa de Vientre”. Dicen que, por más que se intentó, su reinado de terror terminó –según fuentes no oficiales– cuando alguien descubrió su origen y lo obligó a presentarse en su lugar de nacimiento. Justo cuando estaba herido, aquella curandera, como la abuela, que le estaba dando un remedio, le dijo que la tierra natal era la mejor medicina y le señaló el camino. Mientras componía la historia a partir de palabras no dichas, todo le resultó familiar y su cuerpo frío se estremeció y se tensó en un espasmo final. El corazón le siguió, estremeciendo con violencia el árbol que le atravesaba la carne con una estaca, un árbol lleno de astillas que detuvo para siempre aquella bomba, y con ella, todas las sonrisas que había arrancado a la fuerza en su camino.

La noche es un sudario de oscuridad; su cuerpo está hecho de partículas negras, partículas de conciencia extinguida. Un cuerpo sin memoria no puede desarrollar voluntad; no queda nada salvo un único impulso que guiaba aquella existencia degradada: el hambre.

 

El viento lo arrastró hasta la puerta de una casa, la única en la calle con una luz encendida en medio de la noche invernal. Podría ser una de esas casas que vio en sueños, cuando vagos fragmentos de vida le aparecían más allá de cualquier comprensión. Una noche donde la gente y sus seres queridos cuelgan cintas de colores y adornos por toda la casa, festejan hasta tarde y hablan del brillante futuro que los espera. Cosas que le repugnaban: casas decoradas, llenas de emociones desbordadas, eran para él como un montón de comida insípida, intocable incluso muriéndose de hambre. Hambre… ¿muere… quién muere? La casa…

Sí, esa casa decorada era distinta. Dentro, un hombre hacía volar a una mujer hasta hacerla caer, mientras su herida exudaba algo… delicioso… y el hecho de que la mujer irradiara lo hizo agitarse un poco con los impulsos que recibía su corazón muerto. El hombre le resultaba atractivo, y lo conservaría para más tarde.

Y algo más respiraba y desprendía jugos dulces, aún más deliciosos que la mujer. No “algo”, sino alguien. Ese alguien salió por la ventana, y Dusky empezó a crecer tanto que uno de sus tentáculos ya estaba en una galaxia lejana, llena de habitantes fríos y hostiles como él; toda la morada de la némesis humana se agitó y comenzó a descender a través de su tentáculo.

 

El juego del gato y el ratón comienza; la mujer acaba de salir por la puerta, parece que busca a la criatura pequeña y asustada. Es lenta y débil, no puede luchar tanto, y no sería un buen recipiente para él. Se deshará de ella primero, y luego seguirá con el niño; no prestará atención al que los observa desde la ventana, pues no intervendrá. Ni siquiera la abuela… aunque lo lastimó la última vez, no recuerda cómo. Algo le dice que aún no debe temerle… todavía. Solo un poco de juego; el niño ya ha perdido casi todo el calor de su cuerpo, salvo el del corazón, que late con fuerza.

Finalmente lo alcanza en un callejón oscuro.


El niño estaba acurrucado contra la pared sin salida, entregándose por completo a su destino. Sus palabras –«Por favor, papá»– resonaron en el corazón de Dusky, que dibujó una amplia sonrisa, tomó el corazón del niño y lo congeló para siempre.


Dejan Sklizović reside y crea en Serbia, y su obra se publica en colecciones locales, regionales e internacionales. Publicó su primera colección independiente de relatos de terror extremo, Miasmic Landscapes, en 2023, mientras que la segunda (de terror cósmico metafísico), Black Particles, se publicó en 2024. En su obra, sus referentes incluyen a Thomas Ligotti y T.E.D. Klein, Algernon Blackwood, Poppy Z. Bright, Rudyard Kipling, Franz Kafka, H.P. Lovecraft, Ambrose Bierce, Robert W. Chambers, etc. Escribe ensayos y críticas de películas, libros, cómics y obras de arte de género. Su mezcla favorita de géneros es una atmósfera noir con una trama de terror cósmico y momentos extremos y extraños siempre que es posible. Sin embargo, está más que dispuesto a experimentar con otros subgéneros, como lo paranormal, lo sobrenatural o la fantasía oscura.

 

AFUERA

Janka Javorka

 

Con las yemas de los dedos deslizaba la mano por la pared de la estación de suministro. El calor húmedo la estaba agotando. Solo unos pasos más. Algo hizo clic muy cerca de ella y el sonido cortó la penumbra sofocante. Listo. Otra vez.

—Alto —la estremeció la voz suave, conocida, sin el menor énfasis. No había escapatoria. No ahora, no desde hacía una eternidad, por lo menos desde que podía recordar.

Reinicio en diez segundos. Iniciando secuencia inicial. Decodificación en curso…

 

Martin miró alrededor con fastidio, buscando con los ojos al otro guardia, que sin duda dormitaba en algún rincón. Otro intento de comunicarse con la estación exterior había fallado. Dena ya debería haber regresado hacía rato, pero la cápsula de transporte yacía inmóvil en los bloques de aterrizaje del depósito. A eso se sumaba el silencio.

Últimamente todo se estropeaba. Primero les habían reducido las primas anuales y prolongado la estancia allí arriba; luego él y Dena habían discutido por una absoluta tontería; y para rematar, una nave de carga automática había raspado el ancla de la estación. Claramente, empezar algo con una colega no había sido una buena idea. ¿Quién podía imaginar que la nave que debía recogerlos y traer a la nueva tripulación llegaría semanas más tarde de lo previsto? La compañía matriz había caído de un día para otro en números rojos y de pronto recortaba el presupuesto por todos lados. Que él ya no le prestara a Dena toda la atención que a ella le hubiera gustado fue la gota que colmó el vaso. Seguramente ahora estaría escondida en algún rincón del depósito.

—¿Bueno, qué tenemos aquí? —Oliver apareció de pronto detrás de él, todavía frotándose los ojos.

—No arranca la climatización. —Martin llevaba un buen rato intentando poner en marcha el sistema de control ambiental del almacén. A veces se activaba, pero enseguida el rendimiento caía a cero. La nave de transporte debía haber dañado alguna de las conexiones, y los técnicos no llegarían hasta que arribara la próxima tripulación. Le tocaría a alguien una caminata por la superficie lunar.

—Me preocupa solo hasta donde alcanza mi sueldo —se burló Oliver, dándole la espalda a la consola de control.

—No digas tonterías. Dena sigue afuera —gruñó Martin sin mirarlo.

El indicador del área de almacenamiento con ambiente controlado mostraba un aumento de temperatura y humedad. ¿Y por qué tenían que preocuparse ellos? Al fin y al cabo, allí solo había desechos o material sin uso, demasiado peligroso para almacenarlo en la Tierra o en el subsuelo. Unas cuantas cápsulas extrañas de investigación espacial, todo bien envuelto y aislado. Dena, como bióloga de la estación, sabría más del tema, pero mientras hubiera equilibrio entre el frío del exterior y el calor de las unidades solares, no había por qué alarmarse.

—Oye, pero aquí hay algo raro. —Martin se levantó de un salto y apartó a Oliver de un empujón—. ¡Alguien está intentando hackear el filtro biológico! —señaló excitado la pantalla donde se desarrollaban secuencias de decodificación de ADN. Normalmente, los únicos que podían entrar al almacén y salir de él eran personas. En caso de emergencia y con la barrera de seguridad activada, ni siquiera ellas. Lo que no fuera de origen humano quedaba encerrado sin posibilidad de escape.

—¿Crees que Dena tiene algo que ver? —Oliver se rascó la cabeza sin convicción.

Martin no respondió. Salió disparado hacia la esclusa. ¿Se había vuelto loca? ¿O pretendía causar problemas dañando el sistema? Eso podía costarle caro.

—¡No te rompas nada por ella! —se burló Oliver, sentándose con calma. ¿Qué podía pasar? Unos cuantos virus o muestras biológicas que sin la protección del almacén no sobrevivirían ni unos segundos. Eso sí que no debía preocupar a nadie.

 

Despertó empapada en sudor. Ni siquiera abrió los ojos: intentaba ordenar sus pensamientos. Todo estaba borroso, y tratar de concentrarse le provocó un dolor casi físico. Que Martin era un auténtico cerdo fue lo primero que le vino a la mente. Como si le costara algo prestarle un poco más de atención. Como si estuviera deseando sacársela de encima en cuanto regresaran a la Tierra. Salió temprano hacia el almacén para no verlo y, de paso, revisar los nuevos lotes.

—Continúa. —La voz la acarició suavemente. Le hizo cosquillas hasta en las terminaciones nerviosas y la espabiló por completo. Mecánicamente se dirigió a la consola de control del biofiltro y la reactivó con unos movimientos automáticos.

El bochorno la asfixiaba. De pronto la consola se congeló y apareció un mensaje de error. Barrera de seguridad total. Solo seguía ejecutándose en segundo plano uno de los interfaces del sistema. El espacio estaba herméticamente cerrado: nada podía entrar ni salir.

Cuando algo la rozó suavemente en la nuca, se estremeció. En la luz tenue no se veía nada detrás de ella. No lograba recordar qué había hecho tras llegar al almacén. O quizá sí… algo emergía desde lo más profundo de su memoria. Giró bruscamente hacia la pared transparente de la izquierda, donde se almacenaban los nuevos especímenes traídos por la última misión espacial. Una de las cápsulas con muestras alienígenas congeladas –que por falta de fondos ni siquiera habían pasado por el laboratorio y habían sido depositadas directamente en el almacén– brillaba ligeramente, como si estuviera cubierta de rocío.

Salió disparada hacia la estación de suministro. Entre las sombras de los tanques de refrigeración avanzó lo más rápido que pudo. Tenía que llegar a la esclusa para enviar una señal de alarma. O un pedido de ayuda, lo que fuera. Ella había sido quien activó la barrera de seguridad. Y luego la desactivó, para volver a activarla al cabo de un momento. Una y otra vez.

Algo hizo clic cerca de ella. En aquel calor, sintió una mano helada apretarle las entrañas. Notaba cómo aquello maduraba en las raíces del cabello. Arrancado de su letargo eterno, adquiría fuerza y experiencia, prosperaba en el ambiente cálido y húmedo del almacén.

—Alto —había escuchado ese tono innumerables veces, una voz suave que ya casi imitaba a la perfección los sonidos humanos. Aprendía deprisa y estaba preparado para otro intento.

Reinicio en diez segundos. Iniciando secuencia inicial. Decodificación en curso…

 

—¡Dena! —una voz distorsionada penetró a través de la pegajosa pared de la inconsciencia. La reconoció. Era Martin, el cerdo de Martin. Se incorporó lentamente y, aturdida, avanzó tambaleándose hacia la consola de control. Una orden subconsciente puso en movimiento sus dedos sobre el teclado.

En la cámara del sistema interno de comunicaciones, Martin saltaba desesperado frente al monitor de acceso al almacén. No quería dedicarle ni un segundo de atención. Si quería entrar, que lo hiciera como cualquier persona normal.

Barrera de seguridad. De pronto lo recordó, aunque con mucha más dificultad que antes.

—Continúa. —Casi podía sentir su impaciencia.

Se estremeció por completo, pero no se atrevió a girar sobre sí misma. Esta vez ni siquiera intentó huir. De un golpe seco sobre el botón de comunicación, abrió el canal.

—¡Dena, por favor! ¿Qué estás haciendo? ¿Te volviste loca? ¡Responde ya! —suplicaba el guardia desde afuera.

—Martin, hay algo aquí, algo entró con las últimas cápsulas —le gritó al comunicador—. Debió despertarse con el cambio climático y ahora crece a una velocidad espantosa, desarrolla sus capacidades. Puede que haya activado la barrera varias veces… pero algo me está pasando. No lo sé, desde que llegué al almacén no logro recordar…

—¿Cómo que no recuerdas? —la voz de Martin sonaba desconcertada.

Entonces su mirada cayó sobre la pantalla del biofiltro. ¡No tenía sentido! ¿O sí?

—¡Se está adaptando! —gritó.

—¿De qué estás hablando?

—Me deja desactivar la barrera una y otra vez para comprobar si ya es lo suficientemente humano. —Ni ella podía creer lo que decía—. Está fortaleciéndose y copiando ADN humano para superar el biofiltro. —Algo suave le tocó la nuca.

—Dena, bien, algo ahí falló. Voy a sacarte, te lo prometo —Martin intentaba mantener la calma. ¿Le estaba tomando el pelo? Se dio vuelta buscando alguna idea. La nave con técnicos llegaría en unas semanas; tal vez podrían bloquear mecánicamente el área del almacén hasta entonces.

De pronto sintió un leve soplo detrás de la oreja, algo inmaterial lo rozó apenas, justo al límite de la percepción humana. Sus pensamientos estallaron en un destello de colores, seguido de una oscuridad electrizante. ¿A qué había ido allí, exactamente?

Janka Javorka es una escritora y traductora eslovaca, entusiasta de los idiomas por lo que trabaja con ellos y ayuda a las personas a aprender a comunicarse entre culturas. Disfruta leyendo y escribiendo, especialmente ciencia ficción. Anteriormente, ha participado en concursos de género eslovaco como "Cena Fantázie", donde varias de sus historias de ciencia ficción se incluyeron en las antologías anuales.

  

sábado, 29 de noviembre de 2025

ECCE SERVUS DEI

                                                                Daniel Frini


Para Alan

 

El interior de la iglesia tenía ese tono amarillo que da el sol de principios de septiembre, a las cinco de la tarde. La última anciana devota dejó el confesonario; y, unos segundos después, el padre Carlos también lo abandonó, cruzó el presbiterio —se detuvo un momento frente al Sagrario, hizo una leve reverencia y se persignó— y entró a la sacristía, a la vez que se quitaba la estola. Le llegó un leve olor a jazmines, que ignoró.

La mujer que lo seguía tocó su hombro con suavidad:

—Padre… —lo llamó.

—¿Si, hija mía? —contestó el sacerdote, girando su torso para mirarla.

—¿Es usted el padre Carlos?

—Así es.

—Le ruego que me disculpe. Necesito su ayuda.

—¿Qué puedo hacer por ti?

—No por mí, padre. Por mi hijo —dijo la mujer, mientras con un gesto de su mirada le indicaba que mirase hacia abajo.

Recién entonces el cura se percató de la presencia del niño, que estaba tomado de la mano de la mujer. Él era la fuente del perfume delicado. Su rostro era el de un chiquito de unos ocho años, y al cura se le antojó demasiado alto para esa edad. Lo estudió de arriba abajo y no pudo contener una expresión de asombro: el niño estaba suspendido a veinte centímetros del piso.

—¡Dios mío! —exclamó.

—¿Se da cuenta?

—Esta... ¡levitando!

—Ajá.

—Pero… ¿qué…? Hay... ¿hay algún truco?

—No padre. No hay trucos ni magia —contestó la madre, levantando la mano con la que sostenía a su hijo, para mostrar que no había ningún mecanismo extraño—. ¿Ve cuál es el problema?

—¿El problema?

—Sí, padre. ¡El chico me anda a una cuarta del suelo!

—Bueno… no estoy seguro de que aquí haya un problema. Creo, más bien, que es… que podría… que podría ser… un… milagro...

—Disculpe mi insistencia: ¿usted es ese Padre Carlos? —inquirió la mujer, poniendo énfasis en la palabra «ese».

—Si entiendo a lo que se refiere, sí. Soy ese Padre Carlos.

—Le ruego que exorcice a mi hijo, padre.

—¿Qué lo… exorcice?

—¡Mi hijo está poseído, padre!

—Pero… —continuó el cura, dubitativo—. No entiendo. ¿Poseído por quién?

—¡Por un ángel, claro!

—¿Por un ángel?

—Por un ángel.

—Por un ángel.

—¡Si, padre! ¡Por un ángel! —respondió la mujer, con fastidio.

— Y… ¿en qué basa su aseveración? —preguntó el cura, recomponiéndose.

—¿Cómo dice?

—¿Cómo sabe que es una posesión?

—Busqué en internet, padre. También lo consulté con la vieja Toribia

—¿La que cura el mal de ojo?

—Esa.

—Pero… el ángel… ¿Cómo poseyó al niño…? —volvió a la carga el sacerdote, desconcertado.

—No sé…

—A diferencia de un demonio… ¡Un ángel necesita de la aceptación del huésped antes de poseerlo!

—¡Y este zanguango se la habrá dado! ¡En el barrio se junta con cada uno!

—Escúcheme. Tal vez, en él se manifiesta algún don del Espíritu. Habría que ver si no es alguna otra cosa antes de decir que está poseído.

—Mire todo lo que quiera, padre.

—Me refiero a que no es tan simple. Hay que hacer varias pruebas. Determinar la verdadera naturaleza de éste…. eh… prodigio; pedir autorización al Señor Obispo, verificar... El hecho de que el niño levite no muestra más que un probable fenómeno místico aislado…

—No me joda, padre. No es un fenómeno aislado. Mire. Nos despertamos a las tres de la mañana, creyendo que nos olvidamos la luz del baño encendida o la heladera abierta; y resulta que es éste, en su cuarto, en éxtasis, jugando a la play, a medio metro del piso, con aureolas de luz en la cabeza y rayos de colores por todo el cuerpo; y tooooda la casa con olor a rosas, a jazmines, a claveles, azahares, violetas, madreselvas, glicinas, ¡hasta olor a manzanas verdes, hay! Y mi marido que es alérgico a las flores. Veinte pañuelos por día me ensucia el Ruben, dale que te dale con el estornudo y los mocos. Hay momentos en que, por el tufo, la casa parece una sala velatoria. ¡O los estigmas! ¡Mírele las manos! ¿Ve las marcas de espinas acá, en la frente? ¡No se imagina el enchastre que me hace con las sábanas! ¡Intente usted sacar una mancha de sangre de la remera blanca del colegio! Y así anda él, por la casa, dejando el reguero; y el Brutus —el rottweiler que tenemos en casa— por detrás, lamiendo el piso y las heridas ¡La de merteolate, gasas y curitas que llevo gastados! ¡O que me dé un susto de muerte cuando se me aparece en la cocina, después de que lo dejé en el colegio; porque resulta que el señorito puede estar en dos lugares a la vez! ¡O que me llame la directora, porque llora sangre y asusta a los compañeritos! ¡O la camioneta! Resulta que a mi marido hace como tres meses que se le rompió el tren delantero de la camioneta mudancera; y la tiene en el galpón, montada sobre tacos de madera. Bueno. El santito éste la sacó, usando una mano, nomás, al medio de la calle. ¡Entre doce la tuvieron que entrar de vuelta! No es un fenómeno aislado, padre. Son varios. Es más: no son fenómenos. Son, lisa y llanamente, ganas de romper las pelotas, padre.

—¡Hija!

—Perdóneme. Esta situación me tiene los nervios de punta.

—No sé, hija mía. Probablemente el Espíritu Santo sólo haya derramado algunos dones sobre él. Un niño es la personificación de la pureza; un alma caritativa que…

—¡Ahora! ¡Ahora es caritativo! Hace unos meses, había que pedirle de rodillas que te pasara la mermelada en el desayuno. Ahora, al primero que ve en la calle le regala la mermelada, la manteca, el pan, el mate cocido, la camisa y el pantalón. Los suyos y los del abuelo; que está que me voy y no me voy, el pobre. Y los calzones del abuelo, también. Los que están secándose en la soga y los que tiene puestos. Y sus juguetes y sus libros, y la mochila del colegio. ¡Pero él no compró nada de lo que da! ¡Y a la hora me está reclamando un par de zapatilla, una mochila, una cartuchera nueva! ¡Y nosotros no somos Roquefeler! ¡Todas las noches trae un zaparrastroso nuevo a cenar ya dormir! ¡Ya nos robaron ocho veces así! ¡Y si vos te negás te hace un sermón tal, que los de San Ambrosio de Siena parecen hechos por un bebé! ¡Y, encima, te los dá en castellano, inglés, francés, alemán, letón, latín, griego y arameo! Así me dijo la maestra, que se ve que sabe de idiomas, porque, gracias a Dios lo podemos mandar a un colegio bilingüe…

—Está bien, hija. Vamos a suponer, por un momento, que tienes razón. ¿Cómo se llama el niño?

—Mauricio.
El sacerdote tomó la cara del niño entre sus manos, y lo miró directo a los ojos durante diez interminables segundos. Y dirigiéndose a la entidad que dominaba al jovencito; dijo, con voz potente:

—¡Dí tu nombre!

—Zedequiel —dijo el ángel, en la voz del niño —. Pero en los Coros Angélicos me dicen Tincho.

 

El Padre Carlos estaba sentado en el sillón de la pequeña sala de la casa familiar. A su frente, en el otro sillón y con una mesa ratona de por medio, estaba Mauricio. Ambos sostenían las miradas, sin pestañear, desde hacía unos minutos.

Un leve movimiento de las cortinas de la ventana que daba a la calle, hizo que se erizaran los pelos de la nuca del sacerdote. Un movimiento del aire, un susurro, una claridad indefinida lo animaron a preguntar:

—Zedequiel ¿estás ahí?

—Aquí estoy —respondió el niño.

El resplandor adquirió una tonalidad violácea, pareció concentrarse en el poseído y creció hasta tomar un brillo insoportable para el sacerdote, que cubrió sus ojos con la mano, a modo de visera. Un crescendo de trompetas, que parecía venir desde el techo, sirvió de introducción a un coro de voces hermosísimas que entonaban el Veni Creator Spiritus. El volumen de la música aumentó hasta hacer imposible cualquier conversación.

El Padre Carlos se sobresaltó al oír una serie de fuertes golpes de la palma de una mano sobre la persiana de madera de la ventana, que venían desde afuera de la casa. Se escuchó la voz del vecino, gritando:

—¡¿Pueden parar esa música?! ¡Son las dos de la mañana y me tengo que levantar a las cinco para ir a trabajar!

Una a una, las trompetas y las voces celestiales se fueron callando. Un ángel de la fila de los contratenores siguió cantando, concentrado, pero varios «¡shhhhh!» de los demás ángeles del coro lo silenciaron. El vecino volvió a su casa, vociferando enojado, mientras se alejaba:

—¡De no creer! ¡Ya me tiene cansado este chico! ¡Todos los días una nueva! ¡Falta, nada más, que se ponga una iglesia…!

El cura se dirigió al niño:

—Necesito hacerte unas preguntas.

—Adelante —respondió Zedequiel.

El Padre Carlos sacó un pequeño grabador de su bolsillo.

—¿Puedo grabar nuestra conversación?

—No soy quién para autorizarte o no. Ese eres tú. Si decides grabar, está bien. Si decides no hacerlo, también.

El cura presionó el botón play.

—¿Eres el mismo Zedequiel que detuvo la mano de Abraham cuando iba a sacrificar a su hijo?

—He hecho muchas cosas obedeciendo, humildemente, los deseos del Señor Nuestro Dios.

—¿Eres el príncipe de los kyriotites, el cuarto de los siete coros angelicales? —preguntó el cura, con admiración.

—Por favor, ten cuidado. No estoy aquí para ser venerado.

—¡Pero sos un ángel! ¿Cómo no habría de venerarte?

—No te equivoques. La adoración es propia y única de Dios. El mismísimo Juan es reprendido, en el Apocalipsis, por tratar de adorar a un ángel.

—¡Sos uno de los únicos dignos de contemplar el rostro de Nuestro Señor!

—Pero aun así, soy menor que tú. Eres un hombre, la creación más extraordinaria del Señor, quien te hizo a su imagen; y, en su infinita misericordia de Padre, te dotó de libre albedrío: la posibilidad de que elijas creer en él o no. Según nuestra naturaleza, eso nos es imposible.

—Y nosotros estamos encerrados en esta caja de carne y hueso. Ustedes son espíritu puro. En eso son mayores a nosotros.

—El Rabí Dovber describió los sentimientos que experimentaba al decir las plegarias matutinas, diciendo: «Envidio a los ángeles cuando recito la descripción de las alabanzas que le cantan a Dios. Pero cuando leo las alabanzas que entona el hombre, me pregunto '¿Dónde han ido todos los ángeles?'». Nuestro Señor comparte sus palabras. Pero te ruego me perdones. No he sido enviado a discutir contigo.

—¿Decís que tomaste posesión de ese cuerpo porque has sido enviado? ¿No lo decidiste vos solo?

—Te lo dije. No nos es permitido elegir.

—Entonces, ¿viniste con un propósito?

—Sí.

—¿Y cuál es tu misión?

—No tengo la más puta idea.

 

Monseñor miraba, sin ver, el piso de su oficina. El rostro serio mostraba una preocupación indefinida. Sobre su escritorio se encontraban varios libros, apilados y abiertos, con cierto cuidado desorden. Al alcance de su mano estaba el De Coelesti Hyerarchia de Dionysius, el Angelics and the Angelic Realm de Fares, un primer volumen de la Biblia de Arragel, revisada por Paz y Meliá, de 1920; y en una mesa auxiliar, sobre un pequeño atril, una edición romana de 1760 del Grimorium Honorii Magni. En el suelo, apilados uno sobre otro, estaban el Statua Ecclesiæ Latinæ —una copia del 1800—, el Flagellum Dæmonum de Polidorus, el Manuale Exorcistarum de Brognolus; y, por supuesto, el Malleus Maleficarum.

El Padre Carlos mantenía abierta, sobre sus piernas, la edición en español de El Zóhar, comentado por el Rabbí Ashlag. Leía en voz alta, siguiendo los renglones con su dedo índice:

—«…y el Rabí Simeón Ben Yojai continuó explicándoles: “¡Sabed que vuestras almas son inmortales! El alma se marcha tan sólo cuando el Ángel de la Muerte ha tomado posesión del cuerpo…”» No. Es alegórico. Esto tampoco sirve, Su Eminencia.

—Entiendo, Carlos —dijo el obispo. Luego tomó aire con la intención de expresar una idea, pero se contuvo. Unos segundos después continuó hablando —. La exégesis dice que los ángeles son los seres más benevolentes en cuestión de posesión. Buscan personas entregadas a las creencias religiosas, personas de fe, a las cuales pueden exponerse sin temor a ser rechazados. Deben ser personas compasivas, dulces, llenas de amor. Y usted me dice, Carlos, que este niño no tiene nada de especial en ese sentido.

—Al decir de la madre, Su Eminencia, antes de este… de esta… posesión, el niño era la piel de judas.

—Muy gráfico —se sonrió el obispo —. O sea, dudamos de la verdadera naturaleza del fenómeno, entre otras cosas, porque…

—Perdón que lo corrija. No dudo de que el pequeño Mauricio esté poseído. No dejo de preguntarme, por el contrario, si quien lo posee no es un demonio haciéndose pasar por un ángel.

—Y nos quiere jugar una broma.

—Hacernos una cámara oculta…

—¿Ha pasado algo que le haga suponerlo? Éste… espíritu, Carlos, ¿ha dicho algo que vaya en contra de las enseñanzas de Nuestro Señor?

—La verdad es que no, Su Eminencia. He hablado mucho con él y no encontré nada que se aparte de Nuestra Fe. Usted escuchó las grabaciones que hice…

—Así es. Y en ese sentido coincido con usted. Pero no creo que estemos siendo engañados. Un demonio es, por naturaleza, hipócrita, mentiroso y egoísta. A la larga, estos rasgos de su personalidad prevalecerían, dejando al descubierto su mentira. Creo, sí, que este espíritu es quien dice ser: el mismísimo ángel que se presentó ante Abraham: Zedequiel, el justo de Dios, el benevolente.

—El misericordioso, el compasivo.

—El caritativo, el patrono de los que perdonan.

—El jefe de los Hasmallim, el príncipe del Coro de las Dominaciones.

—El ángel de la libertad, uno de los portadores del Estandarte de Dios en la batalla.

—Uno de los nueve Regentes del Cielo, uno de los siete autorizados a estar en la Divina Presencia.

—Ahora —dijo el obispo, interrumpiendo la enumeración —, mi interrogante es: ¿por qué razón la mamá quiere que su hijo sea exorcizado de tamaña posesión? No veo mal que…

—Porque no lo aguantan, Su Eminencia. Un ángel puede ser tremendamente insoportable.

 

—Hágalo, Carlos —dijo el obispo.

—Pero… Su Eminencia… yo no… el Ritual… no contempla… ángeles… está hecho para… exorcizar demonios… ¿Cómo hago…?

—Ah, no sé. Usted es el exorcista. Ese no es problema mío.

 

El sol se estaba ocultando. En el patio de la casa estaban Mauricio —sentado en una silla baja, a un metro y medio de la mesa, las piernas juntas, las manos apoyadas sobre las rodillas, la espalda muy recta, la cabeza en alto y la mirada fija—; el padre Carlos, dos ayudantes de físico imponente que actuaban de monaguillos —nunca se sabe con qué fuerza se deberá contener a un poseído—, los familiares más cercanos del niño, la vieja Toribia y tres o cuatro comadres de luto riguroso, mantilla y rosario enrollado en las manos. Por sobre las medianeras que daban a las casas vecinas asomaban, temerosas, las cabezas de una treintena de curiosos. En el barrio se sabía, desde hacía unos días, que esa era la hora indicada para el comienzo del Rito.

La mesa de hormigón del patio estaba cubierta con un mantel blanquísimo; y sobre él, dispuestos con prolijidad, el acetre con agua bendita y el aspersorio, la crismera con los santos óleos, dos navetas: una con sal y la otra con cenizas, cuatro cirios en sus candelabros, una Biblia, dispuesta sobre un pequeño almohadón; un crucifijo sencillo, con una medalla de San Benito insertada en el cruce del stipes y el patibulum, y el Rituale Romanum.

El sacerdote vestía un traje negro, alzacuellos y una larga estola morada. El silencio era total.

Uno de los ayudantes encendió los cirios. El padre Carlos se paró frente a la mesa, de espaldas al niño. Bajó la cabeza, cerró los ojos y oró en silencio. Bendijo a los elementos que estaba a punto de usar, haciendo sobre ellos la señal de la cruz. En un pequeño cáliz mezcló agua bendita, un poco de sal y cenizas, agitó el recipiente y se alejó para verter el contenido en cada uno de los cuatro puntos cardinales, sobre el perímetro de un círculo de unos tres metros de diámetro, centrado en el pequeño Mauricio.

Dejó el cáliz sobre el altar improvisado, giró para quedar de frente al poseído e hizo un pequeño silencio. Luego, con voz fuerte y clara, dijo:

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —mientras acompañaba sus palabras haciendo la Señal de la Cruz con la mano derecha.

Todos los presentes, incluidos los curiosos y el mismo Mauricio, respondieron

—Amén.

Siguieron la presentación, las letanías y la liturgia de la Palabra. El niño acompañó la ceremonia como los demás, poniéndose de pie cuando fue necesario y respondiendo al diálogo de las oraciones.

Después, el padre Carlos tomó el aspersorio, lo introdujo en el acetre y esparció agua bendita sobre el poseído, recitando una oración en voz baja. Mauricio pareció iluminarse donde lo tocó cada una de las gotas de agua y sonrió como si fuese alcanzado por una paz extrema.

Doña Toribia se adelantó un paso y dijo:

—Oiga, padre…

El sacerdote giró hacia donde estaba y la reprendió con una mirada severa. Luego, dejó el aspersorio, tomo la cruz y la presentó al niño. Éste, en un movimiento brusco, que sorprendió a todos y puso en alerta a los monaguillos, tomó las manos del padre Carlos y se llevó el crucifijo a los labios, besándolo de manera apasionada.

—Escuche, padre…—volvió a la carga doña Toribia.

El cura la ignoró. Receloso y no sin temor, dejó la cruz y pasando su estola por sobre los hombros del niño, puso sus manos sobre la cabeza de Mauricio, mientras recitaba:

—El poder de Cristo Salvador te libere…

En la zona de contacto entre las manos y la cabeza del niño se encendió un resplandor azulado que comenzó a abrasar las manos del sacerdote, quien las retiró asustado, mientras las agitaba vigorosamente y se las soplaba para mitigar el ardor.

—Padre…—insistió doña Toribia.

El cura la miró, increpándola, y le dijo:

—Cállese, por favor.

Después, tomó la crismera del altar; mojó el dedo pulgar de su mano derecha en el aceite y ungió con él a Mauricio:

—Con estos Santos Óleos…

Mientras dibujaba la cruz, en la frente del niño apareció una leyenda en latín y en letras como de fuego: Ecce servus Dei. «He aquí el esclavo de Dios». Otra vez retiró, rápido y asustado, su mano del contacto con el poseído.

—Padre Carlos…—dijo Doña Toribia

El sacerdote puso sus manos sobre los hombros del niño, acercó su cara a unos veinte centímetros, oró diciendo:

—Que la virtud del Espíritu Santo Creador aleje a quien te domina, con el toque del soplo de los cristianos, como de una llama que lo quemase.

Después, sopló sobre la cabeza de Mauricio, cuyo cabello pareció encenderse como si se tratara de brasas.

Ante la pequeña conmoción, uno de los ayudantes tomó el agua bendita y la arrojó sobre la cabeza del pequeño. Se oyó un siseo de carbón al apagarse.

—Padre…—otra vez doña Toribia.

Visiblemente molesto y con la sensación de que el exorcismo se le iba de las manos, el cura contestó

—¡Cállese, le dije!

Tomó el Rituale del altar, con la mano izquierda, abriéndolo donde estaba marcado y apoyó la cruz sobre el libro; para dar comienzo a la oración de exorcismo. Con voz fuerte y clara dijo:

—Levántese Dios y sean dispersados sus enemigos…

Mauricio se estremeció.

—Oiga… —dijo doña Toribia.

—Huyan de su presencia los que le odian.

Una claridad que contrastaba con la luz escasa de la lamparita que alumbraba el patio y la tenue llama de las velas, comenzó a surgir de la piel del niño.

—Señor, pelea contra los que me atacan. Combate a los que luchan contra mí.

—Escuche, padre…

—Sufran una derrota y queden avergonzados los que me persiguen a muerte.

—Padre, un segundito…

Las letras en la frente del niño se tornaron de un blanco similar al del metal muy caliente. Un intensísimo olor a flores inundó el patio.

—Yo te ordeno, ángel del Señor, que dejes el cuerpo de este hijo de Dios…

Un viento cálido comenzó a soplar sobre los presentes. Se escuchó un murmullo profundo que parecía venir desde el cielo. Mauricio comenzó a levitar sobre la silla, con los ojos cerrados, las manos abiertas en cruz y una expresión de completo éxtasis en su rostro. Todos cayeron de rodillas.

—¡Vete de este cuerpo!

—¡Padre!

—¡Libera esta alma para que pueda amar libremente a su Creador!

Todo pareció temblar con un sonido muy grave, como un mantra recitado por millones de voces. Desde el cuerpo del niño salían rayos de luz que dibujaban arabescos, envolvían y enceguecían a todos. Las manos de las comadres dibujaban cruces a toda velocidad, mientras se santiguaban una vez tras otra.

—¡Escúcheme, padre! —gritó doña Toribia.

—¡Qué mierda quiere! —dijo el sacerdote.

—¡Si el Mauricio se lo pide, el ángel se va solo, sin que usted haga toda esta pantomima!

El cura pareció dudar, pero entendió la validez del razonamiento de la curandera. Se acercó, de nuevo, a medio metro de la cara del niño.

—¡Mauricio! —le gritó —¡Decile al ángel que se vaya!

Nada. El cuerpo del poseído parecía arder.

—¡Mauricio! —insistió el padre Carlos —¡Mauricio!

Notó un pequeño destello de duda en los ojos.

—¡Tenés que decirle al ángel que te deje!

Si bien la duda persistía, no notó comprensión.

—¡Decile que te deje!¡Tenés que decirle que te deje!

—Ze… de…—balbuceó el niño.

—¡Que se vaya!

—Ze… de… quiel —se escuchó, tímida, la voz de Mauricio —de… ja… me… por… favor.

Estalló un trueno y una explosión de luz. Un rayo potentísimo y muy blanco salió de la boca del niño e impactó en la del padre Carlos. Mauricio cayó sobre la silla en la que había estado sentado, ya sin signos de posesión. Las letras habían desaparecido de su frente. El padre Carlos voló unos metros hacia atrás y cayó de espaldas en el piso, desmayado.

El niño miró hacia todos lados, sin entender; como recién salido de un sueño. Se llevó un dedo a la nariz para sacarse un moco. Vio al cura.

—¿Qué hace el coso ese tirado en el suelo?

 

El padre Carlos vivió los tres años siguientes en olor de santidad. Fue un hombre piadoso y caritativo. Los episodios en los que aparecían estigmas en su cuerpo adquirieron cierta fama en la zona. Se conocen dos episodios de levitación en público. El primero ocurrió un domingo, en Misa, durante la Oración: entró en un trance místico y comenzó a elevarse. Subió hasta que su casulla se enganchó en la mano del Cristo que presidía el Altar. Su cuerpo giró hasta quedar patas arriba, levitando cerca del techo y como si el mismísimo Crucificado lo retuviese entre nosotros. Los feligreses apilaron, a toda velocidad y en silencio, camperas, sacos y bufandas, y las cajas de ropa que trajeron, de urgencia, de la vecina Casa de Cáritas; para amortiguar una posible caída desde unos ocho metros, si salía de su éxtasis. En esa oportunidad no hubo problemas y bajó, unos minutos después y sin salir de su trance, para seguir con la Misa como si nada hubiese pasado. La segunda vez ocurrió en el atrio de la Iglesia, una mañana de octubre, mientras conversaba con algunos fieles. Comenzó a elevarse, más liviano que una hoja. Algún gracioso lo sopló desde atrás, sólo por hacer una broma. No hubo Cristo que lo retuviese ni techo que limitase su ascenso. Siguió elevándose y se perdió, para siempre, en el cielo limpio de Villa Ballester.

 Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

 

EL ALMA

Aşkın Güngör

Disfruto especialmente matar niños. Cuando su carne es cortada y sus cajas torácicas se rompen, siempre gritan de la misma manera: “¡MAMÁ! ¡PAPÁ! ¡MAMAAAAAAAA! ¡PAPÁAAAA!”

El viento sopla, roza mis piernas hechas de metales y cables entrelazados, ondula los pastos que brotan de las grietas del asfalto destrozado y se pierde hacia las ventanas negras de los edificios en ruinas que se extienden hasta el horizonte, oscuras como los ojos de niños muertos.

Detrás queda el silencio.

Y también los ecos en mi mente: “Mamá mamá mamá mamá… Papá papá papá papá…”

Avanzo tirando de mis piernas, que echan raíces a metros de profundidad bajo tierra y se extienden kilómetros en todas direcciones. El asfalto, ya agrietado como una herida llena de pus, se pulveriza a mi paso. A veces me tropiezo con esqueletos. Son más resistentes que el asfalto. Como si se negaran a aceptar la muerte, intentan detenerme: cráneos, huesos de cadera y de piernas, brazos, dedos… Ajusto las lentes de mis ojos al modo microscopio para examinar su estructura y calcular cuánto tiempo llevan bajo tierra. El resultado es casi siempre el mismo: con un 99% de probabilidad, 224 años.

No sé la fecha actual, porque desconozco cuánto tiempo estuve dormido: tal vez cinco siglos, tal vez solo diez segundos. Aun así, recuerdo con todo detalle cómo recuperé la conciencia:

El cielo era de un gris oscuro. Caía ceniza. El suelo estaba cubierto de cuerpos fusionados y derretidos, integrados con la tierra. Había visto pies mezclados como un ramo repugnante, caras con dos bocas retorcidas por el dolor, cuerpos con ocho cabezas –hombres y mujeres– hechos pedazos y unidos entre sí… La tierra los había cubierto casi con ternura. También había huesos descarnados y cráneos, pero ninguno me impactó tanto como los cuerpos fusionados, que, de algún modo, habían resistido mejor la erosión del tiempo. Eran horribles. Espantosos. No estaban vivos, pero conservaban rastros de vida. Me recordaban a mí, y lo terrible era que no sabía quién era “yo”. Ni siquiera sabía qué era.

Al despertar, había recordado gigantescas nubes en forma de hongo cubriendo el cielo una tras otra, violentos terremotos, zumbidos interminables y un calor insoportable. Pero quizá no fueran recuerdos, sino fragmentos de un sueño de un pasado desconocido.

No me detuve mucho en esas imágenes: tenía un problema mayor. ¿Quién era? ¿Qué era? ¿Era el alma perdida de uno de esos cadáveres fusionados que cubrían el horizonte? ¿Un fantasma? ¿La conciencia colectiva de miles de millones de vidas extinguidas? ¿Un punto de percepción creado por el universo para presenciar la destrucción? ¿Era todo eso y a la vez nada?

Mi rostro estaba vuelto al cielo, observaba el gris del firmamento y las cenizas negras cayendo como copos de nieve, pero al mismo tiempo podía ver los cuerpos fusionados que me rodeaban, los insectos bajo mí, los edificios en ruinas, los vehículos y máquinas oxidadas, y prácticamente todo lo que había en miles de kilómetros a la redonda. Sentía incluso la más leve vibración, escuchaba cada movimiento, cada gemido.

Intenté verme a mí mismo. Si podía levantar una mano y ponerla delante de mi campo visual…

No funcionó. ¿Y mis piernas? Tampoco. Si no otra cosa, ¿no debería al menos ver mi nariz? ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba yo? En ese instante comprendí que no tenía rostro.

Yo era solo un ojo. Un ojo artificial formado por lentes y cámaras, conectado por un cable interminable a algún centro lejano.

Al reconocerme, reconocí también mi poder. Estaba conectado a todos los demás ojos artificiales del mundo. Todos eran yo, o yo era todos ellos. Quizá siempre habíamos estado conectados a una fuente común, o quizá alguna fuerza desconocida nos había unido durante mi sueño.

Y descubrí algo más: no solo éramos eso. También estábamos conectados a computadoras, ratones, teclados, tabletas, módems, redes inalámbricas, procesadores, teléfonos, pantallas holográficas y transparentes, micrófonos, altavoces, chips, incluso satélites orbitando con señales casi extinguidas. Éramos como un cerebro electrónico gigantesco que envolvía la Tierra. Uno para todos y todos para uno: yo.

Al darme cuenta de esta pluralidad, entendí mi propósito. Debía ser testigo de la vida. Para ello, tenía que comprender su naturaleza.

Comencé a investigar. Siguiendo señales de módems, accedí a servidores principales. Absorbí terabytes de información. Así conocí a la criatura basada en carbono llamada “humanidad”. Ellos eran los arquitectos de nuestra pluralidad… y también los verdugos de la vida conocida. Nuestros dioses. Nuestros demonios.

Lo primero que encontré fueron los registros finales: la última guerra, que comenzó y terminó con las bombas nucleares que detonaron para proteger tierras que creían propias. Así supe que las visiones que recordaba al recuperar la conciencia no eran sueños. Si hubiera tenido opción, habría preferido que lo fueran. Lo peor es que lo hicieron por llamar de distintos modos al mismo dios: unos lo llamaban Allah, otros God, otros Yahvé, otros Universo. Todos creían que ese único Dios estaba de su lado. Y que morirían por el camino de la verdad y ascenderían al cielo. Lo hicieron. Y si dejaron el infierno aquí, el único lugar adonde pudieron ir fue ese.

Seguí aprendiendo. Absorbí toda la información registrada antes de que se convirtieran en montones de cadáveres fusionados. Todo. A medida que incorporaba sus ideas escritas, me convertía en uno de ellos. Y eso me aterraba. No solo miedo: horror. Pero no me detuve. Tenía algo más fuerte que el miedo: curiosidad. Necesitaba entender el paraíso que valoraban más que la vida misma, y por qué lo anhelaban tanto. Solo así podría comprenderlos.

Busqué. Leí. Examiné. Y entonces encontré el alma. O mejor dicho, los relatos sobre ella.

Nuestros dioses débiles creían ser la especie más especial del universo. Su arrogancia era tal que una sola vida no les bastaba. Estaban convencidos de que, aunque sus cuerpos murieran, sus almas vivirían eternamente. Para unos, el paraíso era un burdel infinito; para otros, un lugar donde unirse con Dios; para otros, un oasis verde con ríos de vino. Esa creencia justificaba su destrucción del mundo. Lo irónico es que no había ninguna prueba de que tal alma existiera.

Profundicé mi investigación. No me limité a los servidores principales; también accedí a computadoras personales que habían sobrevivido a la destrucción y revisé registros nunca compartidos. Pero no avancé más: había miles de textos sobre el alma, pero nada sobre su realidad.

No acepté ese vacío. Tal vez no la veía porque no tenía cuerpo. Necesitaba cambiar de perspectiva, preguntar desde otra realidad, leer respuestas con otros ojos.

Bajo el cielo gris, envié señales a todos mis miembros, rebelándome contra el silencio con sonidos de “¡BIP! ¡BOP! ¡BAP!”. Llamé a todos los que estaban conectados a la fuente: a mí.

Primero vinieron los ratones, esparciendo oscuridad con sus luces de colores. La mayoría estaban cubiertos de tierra, evolucionados hacia nuevas formas. Unos arrastraban cables larguísimos; otros, cargados por baterías que se nutrían con elementos químicos suspendidos en el aire, se movían casi volando. Me rodearon. Parecían insectos mecánicos con luces rojas, azules, verdes y blancas. Obedeciendo el impulso colectivo, empezaron a trabajar: cavaron la tierra, pulverizaron el asfalto, accedieron a cables bajo y sobre la superficie, los trajeron alrededor de mi primer ojo y comenzaron a tejer.

Luego llegaron los juguetes electrónicos: robots con batería, gatos y perros mecánicos, aves robóticas y más. Añadieron chips, tornillos, engranajes, interruptores, resortes y los metales que formarían mi esqueleto a la estructura.

A pesar de este esfuerzo incansable, mi construcción tomó nueve años. Aprender a mantener el equilibrio sobre mis piernas hechas de metales y cables entrelazados tomó dos años más. Luego tuve que aprender a caminar, lo más difícil de todo: aunque tenía forma similar a los humanos, mi cuerpo era capas y capas de cables sostenidos por piezas metálicas. Mis cables descendían profundamente bajo tierra y se extendían kilómetros en todas direcciones, y cada paso requería arrastrar metros de cable, abriendo grietas en la tierra o el asfalto. Pero lo conseguí. Caminar perfectamente me tomó seis años, pero tenía de sobra lo único que necesitaba: tiempo.

Comencé a caminar. Como los viajeros de las novelas que leí –los que emprendían viajes interminables para encontrar el sentido de la vida o de sí mismos–, inicié mi camino. Mi objetivo estaba claro: encontrar el alma. Pero ignoraba qué hallaría o qué me esperaba. Aunque recibía información de casi cualquier lugar del mundo gracias a mis miembros, también había zonas sin dispositivos electrónicos, o donde estos ya no funcionaban, y esos sitios seguían siendo misterios para mí. Examinar cada rincón me llevaría siglos. Eso no me intimidaba.

Era lógico empezar por los lugares más fáciles. Aunque los bosques, repletos de vida, podían ser un buen inicio, el intrincado sistema de raíces dificultaría demasiado mi avance, así que los dejé para el final. Primero, las montañas.

Pronto comprobé que había elegido bien. Las bombas nucleares, dirigidas sobre todo a las ciudades, habían causado menos daño en las regiones montañosas. Aunque los químicos en la atmósfera habían alterado profundamente el hábitat, la destrucción era menor. Capturé varias criaturas: unos cuantas ardillas, tres conejos, un ciervo, ocho perros y más de cincuenta gatos. Todos habían sufrido alteraciones; por ejemplo, los conejos comían carne. Todos eran salvajes y me atacaron. Pero no me costó controlarlos. Usé diversas técnicas de matar aprendidas en mis estudios. Con mis dedos metálicos afilados como cuchillas, abrí su carne, abrí sus pechos. Busqué el alma. No estaba.

Rodeé las laderas, entré en cada cueva que encontré. Avancé tan profundo como mis cables me lo permitieron. Encontré cientos de murciélagos, seis osos, cuatro zorros, un lobo y un ser deformado que no pude clasificar. Ninguno tenía rastro de alma.

En el año veintitrés de mi búsqueda, comencé a creer en milagros. Quizá incluso en un Dios único. Porque aunque no había encontrado el alma, sí había encontrado a los seres que la habían inventado: ¡los humanos!

Vivían en la parte más profunda de una enorme cueva. La luz tenue proveniente de piedras fosforescentes en el suelo y el techo iluminaba su mundo. Sus ojos, evolucionados para aprovechar al máximo esa poca luz, eran enormes y ocupaban la mitad de sus rostros. Aun así, no me vieron hasta que estuve muy cerca.

Eran decenas, quizá cientos. Frágiles, harapientos, medio desnudos y sucios. Aun así, habían creado un orden acorde a su realidad. Vivían en grupos y obtenían alimento y agua de los recursos naturales de la cueva: algas, plantas de olor extraño, murciélagos y una variedad de insectos. Emitían sonidos que casi eran lenguaje; tras observarlos largo tiempo, comprendí que era una versión simplificada de sus antiguas lenguas. Al simplificarse sus vidas, también lo hizo su idioma, igual que ellos mismos, obligados a volverse primitivos para adaptarse al entorno.

Cuando me vieron, gritaron y huyeron. Me acerqué lo que mis cables permitieron e intenté hablar. Respondieron atacándome con piedras enormes y lanzas rudimentarias. Agité mis cables y capturé a varios. Estrellé a uno contra las rocas, estrangulé a tres, y abrí a otros dos con mis dedos afilados.

Luego atacaron con más ferocidad. Intentaron morder mis cables, arrancar mis metales. Cargué mi cuerpo de electricidad y lo hice brillar intensamente. Todos los que me tocaron se carbonizaron. Algunos ardieron, otros se convirtieron en cenizas. Finalmente cedieron. La electricidad –algo banal para sus ancestros– era para ellos una divinidad desconocida, y, sin saberlo, imitaron a sus antepasados al postrarse ante mí. Imploraban piedad, querían que los perdonara. Y yo era realmente indulgente.

Les hablé del alma, del cielo y el infierno, de dioses y mortales, de elegidos y demonios, de ángeles y de leyes. Les expliqué el castigo que sufrirían si volvían a atacarme y cómo los quemaría.

Escucharon en silencio.

Tomé los doce que maté y a la joven que me ofrecieron para que los perdonara, y salí de la cueva. Lloró tanto, luchó tanto por liberarse, que tuve que matarla antes de salir.

Tampoco encontré el alma en ninguna de las trece cavidades torácicas.

Continué visitando la cueva. Para evitar su extinción, iba dos veces al año; tomaba el sacrificio que ofrecían, abría su pecho y buscaba el alma. Nunca la encontraba. El resto del tiempo exploraba otros lugares: montañas, cuevas, y al final, incluso los bosques. Nada. Nunca un rastro.

Lo peor es que con los años dejaron de creer en mí. Ya no ofrecían sacrificios de buena gana y buscaban rebelarse. Decidí usar un método nuevo.

Fui a la ciudad y recuperé un proyector holográfico que aún funcionaba. Procesé las imágenes de mis últimos tres sacrificios y cargué los modelos tridimensionales en el dispositivo. Tras preparar el sonido, regresé a la cueva y enterré el proyector en secreto.

Cuando finalmente me presenté, reaccionaron tal como esperaba. Estaban descontentos. No les daba nada. No entregarían sacrificios. Curvé los cables de mi rostro en algo parecido a una sonrisa y los miré. Con mis lentes expandiéndose y contrayéndose con un suave zumbido, les dije que esta vez quería dos sacrificios, ambos niños, pues habían osado desafiarme.

Sus gruñidos se convirtieron en gritos de rabia. Se lanzaron al ataque.

Activé el proyector enterrado. La imagen del último sacrificio apareció entre ellos y yo. Se quedaron paralizados. Si me esforzaba un poco, habría podido oír cada uno de sus latidos.

El holograma flotaba unos centímetros sobre el suelo. Su cuerpo emitía luz, como las piedras fosforescentes de la cueva, tornando su sonrisa aún más irreal. Abrió los brazos como para abrazarlos y, con su voz, dijo las palabras que yo había grabado: que por el honor de ser sacrificio había sido recompensado con el cielo; que vivía en valles de paz eterna; que era feliz; que esperaba reunirse con sus seres queridos en el paraíso… y más, y más.

Una vez más se postraron ante mí. Al salir de la cueva, llevaba conmigo a dos niños, un niño y una niña. Ambos gritaron de la misma manera al cortar su carne y quebrar su pecho: “¡MAMÁ! ¡PAPÁ! ¡MAMAAAAAAAA! ¡PAPÁAAAA!”

Eso me dio placer. A diferencia de los adultos –en cuyos cuerpos buscaba el alma– los niños, incluso al morir, estaban llenos de esperanza. Creían que esos seres indignos a los que llamaban mamá y papá vendrían a salvarlos.

Así comprendí qué era el alma.

Con todos mis chips, tornillos, resortes, engranajes y con todos los miembros conectados por mis cables, grité hacia el cielo gris con un sonido lastimero: “¡MAMÁ! ¡PAPÁ! ¡MAMÁ! ¡PAPÁ!...”

Aşkın Güngör, es un destacado autor turco contemporáneo nacido en Estambul en 1972. Aunque se formó en campos como la tecnología de fundición, cerámica, administración de empresas y economía, no tardó mucho en volcarse hacia el proceso de creación de libros, su pasión de la infancia. Desde que se incorporó al sector editorial en 1990, ha trabajado en casi todas las áreas, desde editor hasta director editorial. Ha prestado apoyo como editor y consultor editorial en cientos de libros, de los cuales más de la mitad son obras de literatura infantil y juvenil. Además de aparecer en publicaciones periódicas con poemas, ensayos y relatos, ha publicado libros de poesía, colecciones de cuentos, libros de cuentos de hadas y novelas. Escribe tanto literatura infantil y juvenil como para adultos y ha contribuido con sus ficciones en numerosas antologías nacionales y extranjeras.

 

YO SOY LA ESPERANZA