Øyvind K. Myhre
Se susurra una
historia en las tabernas llenas de humo de Thraa, Ilarnek y Kadatheron. Los
marineros de piel curtida que han combatido contra piratas en el traicionero
río Ai bajan la mirada hacia sus jarras con gesto sombrío cuando la oyen. Los
hombres del desierto, que han cruzado las llanuras de arena hasta Ulthar y Nir
y han regresado con vida, trazan el signo de Hastur al escucharla y se alejan
en silencio. Es la historia de Amragh, la ciudad eterna.
Nadie sabe quién la construyó, hace
incontables edades, ni dónde. En conocimientos oscuros y secretos debieron de
superar incluso a los habitantes de Sarnath cuando aquella ciudad condenada se
hallaba en el apogeo de su poder. Pero los gobernantes de Amragh no edificaron
imperios como hicieron los reyes de Sarnath; construyeron su ciudad y dejaron
que todo lo demás se deteriorara.
Construyeron con mármol y oro, y
con metales cuyos nombres ya nadie conoce. Alzaron sus resplandecientes torres
cada vez más altas hacia el cielo y las extendieron cada vez más lejos sobre
las llanuras. No reconocían otros dioses que la ciudad, y la veneraban como
otros pueblos veneran a sus antepasados tribales o a sus divinidades más
poderosas.
Crearon demonios de metal capaces
de transportarlos de un extremo de la ciudad al otro en apenas unos instantes,
y que satisfacían hasta sus deseos y necesidades más insignificantes.
Construyeron demonios que les llevaban comida y bebida, que curaban sus
enfermedades y que daban a luz a sus hijos.
Y en otras ciudades y en las
llanuras que se extendían entre ellas, los hombres soñaban con Amragh. Muchos
se dirigieron hacia aquella ciudad resplandeciente, porque la fama de su
esplendor y riqueza hablaba con claridad a sus corazones, mientras que las
voces de los dioses de sus padres apenas podían oírse.
Pero el Señor Hastur contempló
Amragh desde lo alto y juzgó que su paciencia había durado lo suficiente. Envió
profetas para ordenar al pueblo y a sus gobernantes que abandonaran su soberbia
y regresaran a sus verdaderos dioses. Pero los profetas fueron objeto de
burlas. Y cuando se negaron a callar, el pueblo envió demonios que los mataron
y los enterraron entre piedras y espinas.
Tres veces envió el Señor Hastur
profetas a Amragh, y tres veces los profetas fueron enterrados entre piedras y
espinas, porque ni el pueblo ni sus gobernantes quisieron arrepentirse.
Entonces el Señor Hastur arrojó su
maldición sobre la ciudad y la eliminó de la superficie de la Tierra. Porque
vio que sus habitantes se habían vuelto semejantes a sus propios demonios.
Sin embargo, los hombres de las
ciudades y de las llanuras que las separan siguen soñando con Amragh.
A veces los viajeros pueden verla,
sobre todo en el desierto o en las áridas mesetas, bajo las frías estrellas y
el gran silencio. Entonces Amragh flota en la distancia como un sueño
centelleante, y quienes la contemplan son poseídos por una locura de añoranza
tan intensa que no pueden hallar reposo hasta caminar por las calles de Amragh.
Muchos han buscado Amragh, y muchos
más sueñan con encontrarla. Se dice que quienes la buscan durante el tiempo
suficiente terminan hallándola.
Pero sus calles están vacías de
seres humanos. Solo los demonios de metal se desplazan aullando entre las luces
parpadeantes y las galerías doradas. Los susurros que recorren las calles son
los alientos de los fantasmas humanos. Y tampoco ellos encuentran jamás
descanso, porque la ciudad ha devorado sus almas.
Quien llega a Amragh pronto se
convierte en uno de esos fantasmas. Su alma es consumida por la ciudad y pasa a
formar parte de su resplandeciente e inhumana belleza.
Pero también se dice que, después
de doce mil años, Amragh descenderá de nuevo sobre la Tierra.
Entonces su poder será
inconmensurablemente mayor que cuando estaba habitada por hombres vivos.
Engullirá todas las ciudades menores y todas las tierras que se extienden entre
ellas. Devorará las almas humanas y crecerá sobre el mundo entero como una pesadilla
de esplendor inhumano.
Al final cubrirá todos los
continentes con sus galerías, sus agujas y sus demonios de metal aullantes, y
ya no se oirá ninguna voz humana; solo el soplo que atraviesa las calles de
miles de millones de fantasmas que añoran las almas que perdieron.
Tal es la sentencia de Hastur sobre
Amragh, sobre los hombres de Thraa, Ilarnek y Kadatheron, y sobre todos
aquellos que todavía no han purificado sus corazones del sueño de Amragh.
Y de esos doce mil años ya han
transcurrido once mil y buena parte del duodécimo, y los hombres aún no han
purificado sus corazones del sueño de Amragh.
Por eso, en las tabernas llenas de
humo junto al río Ai, en Thraa, Ilarnek y Kadatheron, los viejos marineros
menean la cabeza cuando oyen esta historia, porque no creen que los hombres
vayan a renunciar jamás al sueño de Amragh.
Øyvind Myhre, nacido en 1945, es un
nombre ineludible en la ciencia ficción y la fantasía noruegas. No solo fue
editor de la revista NOVA durante varios años (1974-78), sino que ha publicado
alrededor de 22 libros desde su debut con Aster (1974), la mayoría de ellos del
género fantástico. Sin embargo, tras la novela ambientada en la Edad de Piedra
Vindens datter, bjørnens bror (1997), desapareció de la escena durante mucho
tiempo. No obstante, en los últimos años, Myhre se ha comprometido con dos
nuevas novelas: Kommer aldri levende herfra igjen (2022), publicada únicamente
en formato digital, y la nueva novela fantástica de este año, Elide av Sarande,
llena de ingenio y sarcasmo.

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