miércoles, 17 de junio de 2026

EL SUEÑO DE AMRAGH

Øyvind K. Myhre

 

Se susurra una historia en las tabernas llenas de humo de Thraa, Ilarnek y Kadatheron. Los marineros de piel curtida que han combatido contra piratas en el traicionero río Ai bajan la mirada hacia sus jarras con gesto sombrío cuando la oyen. Los hombres del desierto, que han cruzado las llanuras de arena hasta Ulthar y Nir y han regresado con vida, trazan el signo de Hastur al escucharla y se alejan en silencio. Es la historia de Amragh, la ciudad eterna.

Nadie sabe quién la construyó, hace incontables edades, ni dónde. En conocimientos oscuros y secretos debieron de superar incluso a los habitantes de Sarnath cuando aquella ciudad condenada se hallaba en el apogeo de su poder. Pero los gobernantes de Amragh no edificaron imperios como hicieron los reyes de Sarnath; construyeron su ciudad y dejaron que todo lo demás se deteriorara.

Construyeron con mármol y oro, y con metales cuyos nombres ya nadie conoce. Alzaron sus resplandecientes torres cada vez más altas hacia el cielo y las extendieron cada vez más lejos sobre las llanuras. No reconocían otros dioses que la ciudad, y la veneraban como otros pueblos veneran a sus antepasados tribales o a sus divinidades más poderosas.

Crearon demonios de metal capaces de transportarlos de un extremo de la ciudad al otro en apenas unos instantes, y que satisfacían hasta sus deseos y necesidades más insignificantes. Construyeron demonios que les llevaban comida y bebida, que curaban sus enfermedades y que daban a luz a sus hijos.

Y en otras ciudades y en las llanuras que se extendían entre ellas, los hombres soñaban con Amragh. Muchos se dirigieron hacia aquella ciudad resplandeciente, porque la fama de su esplendor y riqueza hablaba con claridad a sus corazones, mientras que las voces de los dioses de sus padres apenas podían oírse.

Pero el Señor Hastur contempló Amragh desde lo alto y juzgó que su paciencia había durado lo suficiente. Envió profetas para ordenar al pueblo y a sus gobernantes que abandonaran su soberbia y regresaran a sus verdaderos dioses. Pero los profetas fueron objeto de burlas. Y cuando se negaron a callar, el pueblo envió demonios que los mataron y los enterraron entre piedras y espinas.

Tres veces envió el Señor Hastur profetas a Amragh, y tres veces los profetas fueron enterrados entre piedras y espinas, porque ni el pueblo ni sus gobernantes quisieron arrepentirse.

Entonces el Señor Hastur arrojó su maldición sobre la ciudad y la eliminó de la superficie de la Tierra. Porque vio que sus habitantes se habían vuelto semejantes a sus propios demonios.

Sin embargo, los hombres de las ciudades y de las llanuras que las separan siguen soñando con Amragh.

A veces los viajeros pueden verla, sobre todo en el desierto o en las áridas mesetas, bajo las frías estrellas y el gran silencio. Entonces Amragh flota en la distancia como un sueño centelleante, y quienes la contemplan son poseídos por una locura de añoranza tan intensa que no pueden hallar reposo hasta caminar por las calles de Amragh.

Muchos han buscado Amragh, y muchos más sueñan con encontrarla. Se dice que quienes la buscan durante el tiempo suficiente terminan hallándola.

Pero sus calles están vacías de seres humanos. Solo los demonios de metal se desplazan aullando entre las luces parpadeantes y las galerías doradas. Los susurros que recorren las calles son los alientos de los fantasmas humanos. Y tampoco ellos encuentran jamás descanso, porque la ciudad ha devorado sus almas.

Quien llega a Amragh pronto se convierte en uno de esos fantasmas. Su alma es consumida por la ciudad y pasa a formar parte de su resplandeciente e inhumana belleza.

Pero también se dice que, después de doce mil años, Amragh descenderá de nuevo sobre la Tierra.

Entonces su poder será inconmensurablemente mayor que cuando estaba habitada por hombres vivos. Engullirá todas las ciudades menores y todas las tierras que se extienden entre ellas. Devorará las almas humanas y crecerá sobre el mundo entero como una pesadilla de esplendor inhumano.

Al final cubrirá todos los continentes con sus galerías, sus agujas y sus demonios de metal aullantes, y ya no se oirá ninguna voz humana; solo el soplo que atraviesa las calles de miles de millones de fantasmas que añoran las almas que perdieron.

Tal es la sentencia de Hastur sobre Amragh, sobre los hombres de Thraa, Ilarnek y Kadatheron, y sobre todos aquellos que todavía no han purificado sus corazones del sueño de Amragh.

Y de esos doce mil años ya han transcurrido once mil y buena parte del duodécimo, y los hombres aún no han purificado sus corazones del sueño de Amragh.

Por eso, en las tabernas llenas de humo junto al río Ai, en Thraa, Ilarnek y Kadatheron, los viejos marineros menean la cabeza cuando oyen esta historia, porque no creen que los hombres vayan a renunciar jamás al sueño de Amragh.

Øyvind Myhre, nacido en 1945, es un nombre ineludible en la ciencia ficción y la fantasía noruegas. No solo fue editor de la revista NOVA durante varios años (1974-78), sino que ha publicado alrededor de 22 libros desde su debut con Aster (1974), la mayoría de ellos del género fantástico. Sin embargo, tras la novela ambientada en la Edad de Piedra Vindens datter, bjørnens bror (1997), desapareció de la escena durante mucho tiempo. No obstante, en los últimos años, Myhre se ha comprometido con dos nuevas novelas: Kommer aldri levende herfra igjen (2022), publicada únicamente en formato digital, y la nueva novela fantástica de este año, Elide av Sarande, llena de ingenio y sarcasmo. 

 

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