martes, 16 de junio de 2026

EL PINTOR DE TORMENTAS

Patricio Ramos Gatti

 

Cuando el cielo comenzó a pudrirse, los hombres construyeron refugios, cavaron sótanos y aprendieron a mirar el suelo.

Taparon ventanas. Levantaron techos improvisados sobre las terrazas. Aprendieron a calcular la lluvia por el olor del aire y a caminar rápido cuando las nubes adquirían ese color oscuro, parecido al de una fruta ya demasiado madura.

Solo uno hizo lo contrario.

Cada mañana arrastraba una escalera hasta el desierto y pintaba pedazos de cielo sobre un muro abandonado. Celeste limpio. Nubes lentas. Un poco de sol.

Nadie sabía exactamente de dónde venía. Algunos decían que había sido maestro. Otros, que antes de las tormentas trabajaba reparando carteles de las rutas. Los más viejos aseguraban que simplemente había aparecido una mañana con la escalera al hombro y que desde entonces nunca dejó de volver.

Los cuervos se reían de él desde los escombros. Las tormentas respondían con relámpagos.

—Es inútil —le gritaban los que aún pasaban por allí—. Estás perdiendo el tiempo, chango. Mirá para arriba. ¿No ves cómo se está muriendo el cielo?

Una mujer llegó a decirle que estaba loco. Un camionero le ofreció trabajo descargando chatarra. Un grupo de chicos le arrojó piedras una tarde.

El hombre seguía pintando.

A veces el viento le tiraba los tarros de pintura. A veces una tormenta borraba parte del trabajo de la semana. Entonces regresaba al día siguiente y empezaba otra vez, como si no hubiera perdido nada.

Con los meses empezó a ocurrir algo extraño.

Primero desaparecieron las aves oscuras. Después llegaron palomas, gorriones y otras criaturas que nadie veía desde hacía años.

Al principio fueron apenas cuatro o cinco. Luego llegaron decenas. Después, cientos.

Se reunían frente al muro como peregrinos frente a una ventana.

La gente también empezó a quedarse mirando. Al principio por curiosidad. Después por costumbre.

Algunos llevaban sillas. Otros termos para el mate. Había quienes no creían en el mural, pero igual regresaban cada semana. Se quedaban un rato en silencio y después volvían a sus casas. Nadie decía que se sentía mejor al marcharse. Sin embargo, todos regresaban. Como si frente a aquella pared todavía fuera posible recordar algo que el mundo había olvidado.

Una tarde, mientras una tormenta desgarraba el horizonte, una paloma blanca atravesó la pintura. Nadie la vio venir. Salió desde algún lugar detrás de los escombros y avanzó directamente hacia el muro. No chocó contra la pared. No intentó esquivarla. Simplemente siguió volando. Las alas desaparecieron entre las nubes pintadas igual que una piedra desaparece en un pozo profundo.

El hombre observó cómo se perdía en aquella profundidad imposible. Permaneció inmóvil varios segundos. Tenía manchas de azul en las manos y una gota de pintura resbalaba lentamente por uno de sus dedos. Entonces se dio cuenta de que no estaba reproduciendo el cielo. Nunca lo había estado haciendo.

Lo estaba reparando.

Por primera vez en muchos años sonrió. Subió un peldaño más y continuó trabajando hasta el anochecer. Nadie se animó a interrumpirlo. Y cuando cayó la noche siguió trabajando todavía un poco más, iluminado apenas por los relámpagos que cruzaban la tormenta.

A la mañana siguiente encontraron la escalera vacía. El pincel aún colgaba de un escalón. El balde seguía lleno. La pintura azul seguía fresca. Las huellas terminaban junto al muro. No había rastros de que hubiera regresado al camino.

Y en el centro del muro había aparecido una figura diminuta, alejándose entre nubes luminosas.

Algunos aseguraron que la figura levantaba una mano. Otros dijeron que era solo una mancha de pintura. Nadie consiguió ponerse de acuerdo.

Desde entonces, cuando las tormentas cubren el mundo y parece que ya no queda esperanza, las palomas regresan al viejo muro. Se posan frente a la pared. Esperan unos minutos. Quietas. Atentas. Como si escucharan algo que los hombres ya no pueden oír.

Y luego atraviesan el cielo.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

 

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