Patricio Ramos Gatti
Cuando
el cielo comenzó a pudrirse, los hombres construyeron refugios, cavaron sótanos
y aprendieron a mirar el suelo.
Taparon ventanas. Levantaron techos
improvisados sobre las terrazas. Aprendieron a calcular la lluvia por el olor
del aire y a caminar rápido cuando las nubes adquirían ese color oscuro,
parecido al de una fruta ya demasiado madura.
Solo uno hizo lo contrario.
Cada mañana arrastraba una escalera hasta
el desierto y pintaba pedazos de cielo sobre un muro abandonado. Celeste limpio. Nubes lentas. Un poco de sol.
Nadie sabía exactamente de dónde venía.
Algunos decían que había sido maestro. Otros, que antes de las tormentas
trabajaba reparando carteles de las rutas. Los más viejos aseguraban que
simplemente había aparecido una mañana con la escalera al hombro y que desde
entonces nunca dejó de volver.
Los cuervos se reían de él desde los
escombros. Las tormentas respondían con relámpagos.
—Es inútil —le gritaban los que aún
pasaban por allí—. Estás perdiendo el
tiempo, chango. Mirá para arriba. ¿No ves cómo se está muriendo
el cielo?
Una mujer llegó a decirle que estaba loco.
Un camionero le ofreció trabajo descargando chatarra. Un grupo de chicos le
arrojó piedras una tarde.
El hombre seguía pintando.
A veces el viento le tiraba los tarros de
pintura. A veces una tormenta borraba parte del trabajo de la semana. Entonces
regresaba al día siguiente y empezaba otra vez, como si no hubiera perdido
nada.
Con los meses empezó a ocurrir algo extraño.
Primero desaparecieron las aves oscuras. Después
llegaron palomas, gorriones y otras criaturas que nadie veía desde hacía años.
Al principio fueron apenas cuatro o cinco.
Luego llegaron decenas. Después, cientos.
Se reunían frente al muro como peregrinos
frente a una ventana.
La gente también empezó a quedarse mirando. Al
principio por curiosidad. Después por costumbre.
Algunos llevaban sillas. Otros termos para
el mate. Había quienes no creían en el mural, pero igual regresaban cada
semana. Se quedaban un rato en silencio y después volvían a sus casas. Nadie
decía que se sentía mejor al marcharse. Sin embargo, todos regresaban. Como si
frente a aquella pared todavía fuera posible recordar algo que el mundo había
olvidado.
Una tarde, mientras una tormenta
desgarraba el horizonte, una paloma blanca atravesó la pintura. Nadie la vio
venir. Salió desde algún lugar detrás de los escombros y avanzó directamente
hacia el muro. No chocó contra la pared. No intentó esquivarla. Simplemente
siguió volando. Las alas desaparecieron entre las nubes pintadas igual que una
piedra desaparece en un pozo profundo.
El hombre observó cómo se perdía en
aquella profundidad imposible. Permaneció inmóvil varios segundos. Tenía
manchas de azul en las manos y una gota de pintura resbalaba lentamente por uno
de sus dedos. Entonces se dio cuenta de que no estaba reproduciendo el cielo.
Nunca lo había estado haciendo.
Lo estaba reparando.
Por primera vez en muchos años sonrió. Subió
un peldaño más y continuó trabajando hasta el anochecer. Nadie se animó a
interrumpirlo. Y cuando cayó la noche siguió trabajando todavía un poco más,
iluminado apenas por los relámpagos que cruzaban la tormenta.
A la mañana siguiente encontraron la
escalera vacía. El pincel aún colgaba de un escalón. El balde seguía lleno. La
pintura azul seguía fresca. Las huellas terminaban junto al muro. No había
rastros de que hubiera regresado al camino.
Y en el centro del muro había aparecido
una figura diminuta, alejándose entre nubes luminosas.
Algunos aseguraron que la figura levantaba
una mano. Otros dijeron que era solo una mancha de pintura. Nadie consiguió
ponerse de acuerdo.
Desde entonces, cuando las tormentas
cubren el mundo y parece que ya no
queda esperanza, las palomas regresan al viejo muro. Se posan
frente a la pared. Esperan unos minutos. Quietas. Atentas. Como si escucharan
algo que los hombres ya no pueden oír.
Y luego atraviesan el cielo.

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