lunes, 22 de junio de 2026

EL NUEVO TELEVISOR

Krzysztof Dąbrowski

Mark compró un televisor nuevo. Lo colgó en la pared.

Era perfectamente plano, de alta definición, e incluso permitía ver películas en 3D.

La cuarentena no era ninguna broma. Habría sido difícil sobrevivir sin una pantalla enorme.

Sí, siempre podía ser mejor. Por ejemplo, podría convertir la sala en un cine en casa con tecnología 3D y 4DX. Dos butacas delante y mesas a los lados para estar cómodos durante las noches de cine con Monica. Y algunas plazas más atrás, por si familiares o amigos querían ver una película juntos.

Ah, eso sí que sería un sueño, suspiró para sus adentros, porque por el momento no podía permitirse semejante locura.

Se acarició la cabeza rapada. El cabello que volvía a crecer resultaba desagradablemente áspero.

Supuestamente debía alegrarse de no ser calvo por naturaleza ni tener entradas como sus amigos, que se avergonzaban de ello. Pero, como practicaba deporte y sufría hiperhidrosis, prefería no tener cabello antes que pasarse media hora secándolo para que volviera a empaparse de sudor pocos minutos después.

¿Qué más había en aquellos sueños?

Sin duda, un cine en casa, un gimnasio en el sótano, una piscina frente a la casa y una vivienda, preferiblemente en Tailandia.

Necesariamente cerca del mar.

Además, personal de limpieza y de compras, un chófer particular y un chef.

Esa era su vida ideal si sus sueños llegaban a cumplirse.

Sin embargo, ya tenía cuarenta años y todo indicaba que ni siquiera se iría de vacaciones ese año, aunque había trabajado duro durante los tres anteriores precisamente para poder descansar a conciencia.

Por desgracia, una inesperada epidemia había provocado que ahora disfrutara de unas vacaciones forzosas en casa.

Monica pasaría por allí dentro de dos horas y ambos se encerrarían.

Cuarentena.

Un televisor nuevo y un paquete ampliado de canales, junto con acceso a Netflix y a varias plataformas de cine en línea, era su idea para sobrevivir al aislamiento.

Pero ¿cuánto tiempo podía uno ver películas y series sin volverse loco por la inactividad?

—¿Y si me vuelvo loco y compro también una cinta de correr? —se preguntó.

Después de todo, el gimnasio estaba cerrado. Y a partir del día siguiente tampoco estaría permitido salir a caminar. Aquel sería el último día en que podría correr al aire libre. ¿Y después qué?

Se imaginó una enorme barriga ocupando el lugar de los abdominales marcados por los que había trabajado, sudado y sufrido durante meses.

¿Tantos sacrificios y dedicación para acabar así?

Está decidido. Hay provisiones suficientes. Junto a las bolsas de comida se alzaba ya una inmensa torre de paquetes de papel higiénico. Así que gastar el resto de sus ahorros para salvar su forma física no haría ningún daño.

Monica seguramente lo comprendería. Quizá incluso se animaría a hacer ejercicio con él. Sería muy divertido, pensó sonriendo ampliamente mientras imaginaba a ambos corriendo por el vecindario y regresando juntos al gimnasio cuando terminara la cuarentena. Siempre había soñado con compartir su vida con una mujer aficionada al deporte. Y cuánto se divertirían mientras él le enseñaba todo. Sí, sin duda compraría una cinta de correr aquella misma noche, mientras la tienda siguiera abierta.

Había que reconocer que, dadas las circunstancias, era una bendición disponer de un establecimiento donde, además de comida basura, vendían aparatos electrónicos, electrodomésticos y equipamiento deportivo.

—¡Juegos! —exclamó dándose una palmada en la frente. Eso era especialmente importante. Después de todo, había que abastecerse de videojuegos para los tiempos difíciles. Sobre todo porque la enorme pantalla parecía suplicar que la utilizaran para algún juego espectacular. Sin embargo, decidió comprar los juegos cuando realizara la inversión deportiva. Por ahora debía comprobar cómo funcionaba su nueva adquisición.

Pulsó un botón, tomó el mando a distancia y...

No ocurrió nada. La pantalla permaneció negra. Ni siquiera se encendió un solo indicador luminoso.

—Qué extraño...

La preocupación comenzó a invadirlo.

En la pequeña cocina integrada en la sala sonó el silbido de una tetera, y aquello lo distrajo momentáneamente del problema técnico. Colocó el teléfono móvil en la base de carga y fue a prepararse un café.

No sabía que, en ese mismo instante, el televisor se encendió por sí solo y, por una coincidencia tan extraña como inexplicable, mostró a Mark removiendo algo negro en una taza dentro de la cocina.

Como si, por arte de magia, el teléfono móvil –que seguía en modo de reposo– hubiera comenzado a grabarlo y a transmitir la imagen al televisor.

Mientras tanto, Mark terminó de remover el café, dejó la cucharilla en el fregadero y regresó dispuesto a resolver el problema. Sin embargo, lo más extraño era que el Mark que aparecía en la pantalla seguía en la cocina. Y mientras esperaba que el café se enfriara, tomó el mismo teléfono móvil que estaba delante del verdadero Mark y llamó a alguien.

El teléfono colocado en la base comenzó a sonar. Entonces Mark vio lo que estaba ocurriendo en la pantalla. El impacto fue tan grande que dejó caer la taza. Esta se hizo añicos al chocar contra el suelo, salpicando café por todas partes.

Ni siquiera sintió la quemadura.

Miró incrédulo la pantalla. Allí estaba él mismo, sentado en la cocina, realizando una llamada telefónica. El móvil sobre la base seguía reproduciendo una alegre melodía.

Temblando de pies a cabeza, pálido como un fantasma, Mark se acercó y observó la pantalla del aparato. Mostraba una notificación:

Número oculto llamando.

Dudó unos instantes. Finalmente respondió. El hombre de la pantalla comenzó a hablar. Y Mark escuchó su propia voz a través del teléfono.

—Hola. Escucha, tengo que decirte algo extremadamente importante. Será mejor que te sientes.

Incapaz de pronunciar una sola palabra, Mark obedeció y se dejó caer en el sofá. Mientras tanto, el de la pantalla se puso de pie y comenzó a acercarse. Cada vez ocupaba más espacio dentro de la imagen. Mark lanzó una mirada hacia la cocina. En realidad, nadie venía desde allí. Volvió los ojos hacia el televisor. Y quedó horrorizado. Prácticamente toda la pantalla estaba ocupada por el rostro sonriente y burlón de aquel otro Mark.

Esto debe de ser una alucinación, pensó. Debo haberme contagiado del virus. Quizá esa maldita cosa esté devorando mi cerebro. Dios mío, no quiero morir.

Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Entonces el hombre de la pantalla reaccionó y pronunció solamente dos palabras. Dos palabras que le helaron la sangre.

—Maté a Monica.

La imagen desapareció. El televisor se apagó. El teléfono también quedó en silencio. Aturdido, Mark dejó caer el aparato y se puso de pie. Apenas logró hacerlo. La cabeza le daba vueltas. Escuchó un zumbido cada vez más intenso en los oídos. Manchas oscuras aparecieron ante sus ojos y crecieron con cada latido de su corazón. Un momento después, la habitación, apenas visible ya, comenzó a retorcerse de forma extraña. Mientras perdía el conocimiento, alcanzó a comprender que estaba cayendo. Y se desmayó.

No tenía idea de cuánto tiempo permaneció inconsciente. Lo despertó el insistente sonido del timbre. Parpadeó. El sol que entraba por la ventana lo cegó momentáneamente. Al cabo de unos segundos, el timbre cesó. En su lugar escuchó un estruendo ensordecedor. Algo pesado cayó al suelo. Después oyó el golpe de unas botas. Un par de hombres irrumpieron en la habitación. Parecían sacados de una película sobre unidades antiterroristas o fuerzas especiales.

—¡Al suelo! —rugió uno de ellos mientras le apuntaba con un arma parecida a una pequeña ametralladora.

El otro se abalanzó sobre él y lo derribó de una patada. Sintió dolor en las costillas. Un instante después percibió un peso desagradable sobre el cuerpo. Alguien lo inmovilizaba contra el frío suelo. Mientras le retorcía los brazos y le colocaba unas esposas, el hombre recitó una frase rutinaria que Mark conocía perfectamente por las películas:

—Mark Scott, queda detenido por el asesinato de Monica Zvchak. Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra...

Mark percibió entonces que algo extraño volvía a sucederle. La voz del agente se alejó. Cada segundo sonaba más débil. Parecía provenir de otra realidad. También la oscuridad regresó. Perdió el conocimiento una vez más. Su mente, saturada de estímulos, decidió que ya había soportado suficiente emoción para una sola tarde.


Krzysztof T. Dąbrowski nació en Łódź y vive en Cracovia, Polonia. Es autor, entre otros, de los libros: Nasmierciny (2008), Anima vilis (2010), Grobbing (2012), Z życia Dr. Abble (2013), Anomalia (2016), Ucieczka (2017), Nie w inność (2019), Nieznośna niewyraźność bytu (2022) y Obyś żył w ciekawych czasach (2023). Sus historias han sido traducidas y publicadas en revistas y antologías de Estados Unidos, Eslovaquia, República Checa, Hungría, Rusia, Alemania, Italia, Inglaterra, España, Israel, Brasil, México y Argentina.

 

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