lunes, 22 de junio de 2026

MARIEL

Hernán Bortondello

 

Las primeras luces del amanecer se insinuaban tras el cortinado zaparrastroso del cuarto. Colgó la minifalda blanca e introdujo, bien doblado, el dorado bandeau en el cajón donde descansaban dos más, uno bermellón y otro negro, ambos de falso terciopelo. Luego de cerrar las puertas del añoso ropero permaneció un momento frente al mueble, con la mirada fija en la madera deslucida y casi sin barniz, luego inclinó la cabeza y observó las gastadas puntas de sus zapatos de tacón, como cavilando. Con un profundo suspiro giró y se dejó caer sentada a los pies de la cama. Bastaron dos pataditas al aire para descalzarse, desabrochó su corpiño y los senos fueron libres otra vez, pero ahora ella era la única testigo. Sintió un escozor molesto en los hombros y se friccionó suavemente las marcas de los breteles. Se deshizo de las medias de nylon con deliberada lentitud, arrojándolas luego, displicente, sobre una vieja silla de madera, ironizando divertida parte de su rutina.  Recostó la espalda contra el colchón y se quitó ágilmente la tanga, dejándola en el piso, huérfana.

Desnuda. Ahora estaba al fin desnuda para sí misma, no para el personaje y sus admiradores. Para Mariel, eso tenía un profundo significado y era uno de los momentos más plenos del día.

Incorporándose, se analizó largamente en el espejo de cuerpo entero. Le sonrió divertida a su reflejo. Dio un alegre saltito y se dejó caer de bruces sobre las sábanas con los brazos en cruz. Inmóvil, tal como había caído, cerró los ojos y comenzó a volar despierta.

Casi siempre imaginaba estar descansando sobre una muy fina arena, y otras veces, como ahora, sobre la hierba fresca. Sabía, sin darse vuelta, que un sol glorioso le acariciaba tibiamente la espalda. Su ilusión era tan intensa que sentía como el calor se incrementaba, bronceándole la pálida piel. ¿Cómo hacer para que esta sensación de gloria se prolongase? Necesitaba lograr que esta paz reine en su espíritu más allá de los breves y mágicos instantes previos a perder la conciencia y dormir. Dormir el sueño sin sueños de una muchacha agotada.

Sí, estoy cansada, se dijo mentalmente. Cansada de la rutina, cansada de un trabajo abusivo por el que sólo gano migajas. Cansada de ser objeto de las chismosas del edificio miserable en el que alquilo. ¡Viejas de porquería! Llevan sus malvadas lenguas a todos los comercios de este barrio de mala muerte. Estoy cansada, cansada… Cansada de estar sola. Sola, repitió apenas en un murmullo mientras su mano derecha, como con vida propia, se encargaba de apagar la luz del velador y caía desmayada al costado del lecho.

Reinaba la más absoluta de las oscuridades y así permaneció por un largo rato. De repente, una blanquísima luna llena se proyectó sobre el pequeño escenario, agujereando la negrura. Nadie respiró por unos segundos, congelados por la nívea blancura de la pequeña mujercita. Plantada sobre el tablado en el que parecía haber reinado por siempre, dirigía su mirada por encima de la audiencia como recorriendo un reino de fronteras remotas. Luego de unos segundos que parecieron horas, una mano blanquísima cual paloma de prestidigitador voló lento y rozó su delgada cintura. La mínima pollerita había caído bruscamente desde las lascivas caderas, rompiendo la regla no escrita de la lentitud. No llevaba bragas y ellos, sorprendidos, se encontraron observando el triangulito de vello negro antes de lo previsto. Alguien, cuya garganta no se había secado tanto, alcanzó a exclamar: Gott, das ist der Venusberg!

Ella, impávida, intensificó aún más el impacto quedándose totalmente quieta, juntando los talones y con la pollera en sus tobillos. Los hombres notaron, recién entonces, que no había música y se sintieron solos ante la maliciosa joven, tragando saliva los que pudieron.

Lo único que la separaba de la desnudez era un negro soutien de encaje negro. Sádica, muy, pero muy lentamente, levantó un pie y lo volvió a apoyar, luego lo hizo con el otro, con la misma exasperante lentitud, y el pollerín quedó a un lado, como la piel vieja de una serpiente.

Mariel, ahora, dirigía su mirada severa e hipnótica hacia sus víctimas. Con un perceptible desprecio en los labios, se arrodilló sobre como una niña sobre las tablas. Subieron las manos, lentas, implacables y los breteles resbalaron desde sus hombros, sin apuro, con desgano. La música seguía ausente y el silencio dominaba el mundo. La visión de aquellas generosas tetas, de turgentes pezones rosados, arrancó un ahogado rugido a la penumbra.

La mente de alguien enloquecida por el deseo que mal disimulaba su entrepierna, se dijo: Dieses Weibchen muss mir gehören, so wie es heute Abend ist.

No abrió los ojos, pero se había despertado. Clavo la cara en la almohada y masculló unas cuantas malas palabras. Giró sobre sí misma y con unas cuantas patadas enojadas empujó las sábanas, destapándose. ¡Otra noche que debo ponerme en cueros, joder!, exclamó para sus adentros amargamente. Sin entusiasmo alguno, ni mucho menos, se sentó al borde de la cama, despeinada y desnuda. Las sábanas estaban allí abajo, sobre el bello piso de mármol blanco. Sábanas de seda negra. Semidormida, le llevó unos minutos darse cuenta de las lujosas discordancias, levantó la vista y atónita recorrió la suntuosa habitación que no era ciertamente su humilde departamentito. Totalmente desorientada, se calzó unas barrocas alpargatas árabes de terciopelo carmesí –de verdadero terciopelo carmesí– y caminó lentamente hacia una gran mampara de cristal corrediza que se extendía de una punta a otra de aquel salón dormitorio. Estaba entreabierta y un etéreo cortinado de voile se agitaba lánguidamente al influjo de la brisa marina. La fastuosa mansión coronaba una barranca rocosa y a sus pies, Mariel, pudo ver un bosque de mástiles blancos que se mecían en las azules aguas de la Bahía de Montecarlo.


Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

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