Hernán Bortondello
Las primeras luces del amanecer se insinuaban tras
el cortinado zaparrastroso del cuarto. Colgó la minifalda blanca e introdujo,
bien doblado, el dorado bandeau en el cajón donde descansaban
dos más, uno bermellón y otro negro, ambos de falso terciopelo. Luego de cerrar
las puertas del añoso ropero permaneció un momento frente al mueble, con la
mirada fija en la madera deslucida y casi sin barniz, luego inclinó la cabeza y
observó las gastadas puntas de sus zapatos de tacón, como cavilando. Con un
profundo suspiro giró y se dejó caer sentada a los pies de la cama. Bastaron
dos pataditas al aire para descalzarse, desabrochó su corpiño y los senos
fueron libres otra vez, pero ahora ella era la única testigo. Sintió un escozor
molesto en los hombros y se friccionó suavemente las marcas de los breteles. Se
deshizo de las medias de nylon con deliberada lentitud, arrojándolas luego,
displicente, sobre una vieja silla de madera, ironizando divertida parte de su
rutina. Recostó la espalda contra el colchón y se quitó ágilmente la
tanga, dejándola en el piso, huérfana.
Desnuda. Ahora estaba al fin desnuda para sí misma, no para el personaje y
sus admiradores. Para Mariel, eso tenía un profundo significado y era uno de
los momentos más plenos del día.
Incorporándose, se analizó largamente en el espejo de cuerpo entero. Le
sonrió divertida a su reflejo. Dio un alegre saltito y se dejó caer de bruces
sobre las sábanas con los brazos en cruz. Inmóvil, tal como había caído, cerró
los ojos y comenzó a volar despierta.
Casi siempre imaginaba estar descansando sobre una muy fina arena, y otras
veces, como ahora, sobre la hierba fresca. Sabía, sin darse vuelta, que un sol
glorioso le acariciaba tibiamente la espalda. Su ilusión era tan intensa que
sentía como el calor se incrementaba, bronceándole la pálida piel. ¿Cómo hacer
para que esta sensación de gloria se prolongase? Necesitaba lograr que esta paz
reine en su espíritu más allá de los breves y mágicos instantes previos a
perder la conciencia y dormir. Dormir el sueño sin sueños de una muchacha
agotada.
Sí, estoy cansada, se dijo mentalmente. Cansada de la rutina,
cansada de un trabajo abusivo por el que sólo gano migajas. Cansada de ser
objeto de las chismosas del edificio miserable en el que alquilo. ¡Viejas de
porquería! Llevan sus malvadas lenguas a todos los comercios de este barrio de
mala muerte. Estoy cansada, cansada… Cansada de estar sola. Sola,
repitió apenas en un murmullo mientras su mano derecha, como con vida propia,
se encargaba de apagar la luz del velador y caía desmayada al costado del
lecho.
Reinaba la más absoluta de las
oscuridades y así permaneció por un largo rato. De repente, una blanquísima
luna llena se proyectó sobre el pequeño escenario, agujereando la negrura.
Nadie respiró por unos segundos, congelados por la nívea blancura de la pequeña
mujercita. Plantada sobre el tablado en el que parecía haber reinado por
siempre, dirigía su mirada por encima de la audiencia como recorriendo un reino
de fronteras remotas. Luego de unos segundos que parecieron horas, una mano
blanquísima cual paloma de prestidigitador voló lento y rozó su delgada
cintura. La mínima pollerita había caído bruscamente desde las lascivas
caderas, rompiendo la regla no escrita de la lentitud. No llevaba bragas y
ellos, sorprendidos, se encontraron observando el triangulito de vello negro
antes de lo previsto. Alguien, cuya garganta no se había secado tanto, alcanzó
a exclamar: Gott, das ist der
Venusberg!
Ella, impávida, intensificó aún más
el impacto quedándose totalmente quieta, juntando los talones y con la pollera
en sus tobillos. Los hombres notaron, recién entonces, que no había música y se
sintieron solos ante la maliciosa joven, tragando saliva los que pudieron.
Lo único que la separaba de la
desnudez era un negro soutien de encaje negro. Sádica, muy, pero muy
lentamente, levantó un pie y lo volvió a apoyar, luego lo hizo con el otro, con
la misma exasperante lentitud, y el pollerín quedó a un lado, como la piel
vieja de una serpiente.
Mariel, ahora, dirigía su mirada severa e hipnótica hacia sus víctimas. Con
un perceptible desprecio en los labios, se arrodilló sobre como una niña sobre
las tablas. Subieron las manos, lentas, implacables y los breteles resbalaron
desde sus hombros, sin apuro, con desgano. La música seguía ausente y el
silencio dominaba el mundo. La visión de aquellas generosas tetas, de turgentes
pezones rosados, arrancó un ahogado rugido a la penumbra.
La mente de alguien enloquecida por
el deseo que mal disimulaba su entrepierna, se dijo: Dieses Weibchen muss
mir gehören, so wie es heute Abend ist.
No abrió los ojos, pero se había despertado. Clavo la cara en la almohada y masculló unas cuantas malas palabras. Giró sobre sí misma y con unas cuantas patadas enojadas empujó las sábanas, destapándose. ¡Otra noche que debo ponerme en cueros, joder!, exclamó para sus adentros amargamente. Sin entusiasmo alguno, ni mucho menos, se sentó al borde de la cama, despeinada y desnuda. Las sábanas estaban allí abajo, sobre el bello piso de mármol blanco. Sábanas de seda negra. Semidormida, le llevó unos minutos darse cuenta de las lujosas discordancias, levantó la vista y atónita recorrió la suntuosa habitación que no era ciertamente su humilde departamentito. Totalmente desorientada, se calzó unas barrocas alpargatas árabes de terciopelo carmesí –de verdadero terciopelo carmesí– y caminó lentamente hacia una gran mampara de cristal corrediza que se extendía de una punta a otra de aquel salón dormitorio. Estaba entreabierta y un etéreo cortinado de voile se agitaba lánguidamente al influjo de la brisa marina. La fastuosa mansión coronaba una barranca rocosa y a sus pies, Mariel, pudo ver un bosque de mástiles blancos que se mecían en las azules aguas de la Bahía de Montecarlo.

Exquisito cuento, destaca su poder descriptivo.
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