lunes, 22 de junio de 2026

UNA MUÑECA DE TRAPO ROBADA

Franco Ricciardiello

 

El viaje por mar hasta Túnez fue una experiencia brutal.

Un siciliano nos hizo descender a la cisterna vacía de un carguero que navegaba bajo bandera griega. El muchacho de Novara que había hecho el viaje conmigo se demoró en cubierta, con las manos hundidas en los bolsillos, tratando de retrasar el momento de bajar a aquella cisterna maloliente a productos químicos; pero el intermediario lo empujó por los hombros, insultándolo.

—Malditos polentones —exclamó mientras cerraba la escotilla, procurando que todos lo oyéramos—. Querrían viajar en primera clase, seguramente.

La travesía duró toda la noche, entre el olor nauseabundo a disolvente de la cisterna; la tripulación estaba al tanto de nuestra presencia clandestina, pero nadie se asomó para arrojarnos un pedazo de pan.

Todavía no había amanecido cuando un marinero se inclinó finalmente sobre el rectángulo de la escotilla. Lo seguimos hasta cubierta; junto al carguero había una lancha con dos hombres a bordo. Éramos cuatro los inmigrantes clandestinos; descendimos por la escalera impregnada de alquitrán para tumbarnos en el fondo de la embarcación.

Nos alejamos con el motor al mínimo y, por fin, el aroma mediterráneo del aire nocturno nos recibió y nos acompañó durante el trayecto hasta la costa.

Cuando desembarcamos en la playa pagamos mil piastras, la otra mitad de la suma acordada con el intermediario, y nos pusimos en marcha a través de la arena hacia las tentadoras luces matinales de una autopista de alta velocidad que parecía correr paralela a la costa tunecina.

La mañana seguía siendo oscura y ya abrasadora, pero yo llevaba una chaqueta de cuero curtido porque cuando salí de Turín hacía frío. Desde la ciudad de Túnez llegaban toda clase de sonidos: música electrónica para bailar, rugidos de automóviles, voces humanas, incluso el chapoteo del agua marina. También oímos el canto modulante de un muecín desde un minarete, o al menos eso creímos hasta que nos dimos cuenta de que se trataba de un potente altavoz digital.

En la autopista los automóviles pasaban a gran velocidad: coches grandes, cromados, elegantes, de fabricación saudí, no los vehículos argelinos de tercera mano que importábamos en Italia.

Nos detuvimos justo antes de la calzada para observar el cielo, un cielo extraño, diferente, que las innumerables luces artificiales de Túnez desteñían hasta convertirlo en un oscuro color amaranto.

Me sentía emocionalmente cargado, excitado, como si no fuera un emigrante por desesperación. Mis compañeros ocasionales de viaje, además del muchacho de Novara, eran dos brutos de las montañas vénetas, ignorantes y toscos, con quienes no buscaba intimidad porque yo había estudiado dos años en un instituto técnico agrario de Turín (aunque mi sueño de continuar los estudios en el extranjero, en alguna universidad de los países industrializados, Yemen o Etiopía, se había desvanecido por razones económicas).

El amigo de Novara persistía en su intención de continuar hacia la gran, cosmopolita y materialista Argel; yo, en cambio, tenía el viaje ya organizado por mi cuñado, que trabajaba en las obras de construcción de Asuán, en Egipto; me esperaba, por tanto, un recorrido de miles de kilómetros. Me despedí entonces de mis compañeros de viaje y seguí adelante con la chaqueta sobre los hombros y mi bolsa de tela con unas pocas pertenencias en la mano.

No sabía nada de Túnez, pero tenía la dirección de alguien que podría ayudarme, un conocido que trabajaba como lavaplatos en un renombrado restaurante iraní del paseo marítimo.

Mientras caminaba entre la multitud densa y multicolor del paseo de las palmeras, me sentía observado, aunque en realidad muy pocos árabes me dedicaban algo más que una mirada superficial.

Todos los hombres me parecían personas importantes, bien vestidos con largos caftanes de moda, adamascados, de una gama de colores que iba desde un elegante tono bígaro hasta un azul eléctrico; todas las mujeres me parecían hermosísimas, cargadas de joyas exóticas: perlas del mar Rojo, adornos de oro procedentes de las antiguas colonias siberianas, pendientes y diminutos diamantes en las aletas de la nariz; bellísimas, con la piel uniforme color café con leche, largos cabellos negros y vestidos abiertos por tajos que llegaban hasta la cadera; no como las mujeres europeas, enterradas bajo vestidos de lana negra, con el cabello cubierto por un velo, las faldas hasta los pies y la cruz de castidad colgando del cuello.

Pensé en hacer una videollamada a mi esposa desde el restaurante iraní para tranquilizarla respecto al buen resultado de la travesía, pero mi conocido, que trabajaba allí, me disuadió.

—Imposible —dijo sacudiendo la cabeza—. Si me descubren, me despedirán. El sindicato no puede hacer nada por nosotros, los inmigrantes.

Sin embargo, me permitió comer algunos platos sobrantes al final del servicio, después del desayuno, mientras sus compañeros árabes hacían la vista gorda ante el propietario.

A la mañana siguiente subí al tren con destino a Trípoli, la fantástica antigua capital imperial de una Italia colonizada hasta pocas décadas antes, que bombardeaba Sicilia con transmisiones televisivas sobre la opulencia de la nación árabe. El billete había sido pagado por adelantado por mi cuñado, una suma que jamás habría podido permitirme, equivalente a media temporada de salario como vigilante durante los trabajos agrícolas en los campos piamonteses. Permanecí absorto durante todo el viaje, no sin advertir que algunos pasajeros parecían tolerar mal mi presencia.

Sin embargo, una joven árabe me ofreció un caramelo de enebro y se mostró amable durante el resto del trayecto, quizá también por una mal entendida sensación de culpa porque, según me contó, su padre había sido oficial del ejército libio durante la cruenta guerra de independencia italiana; pero yo, poco acostumbrado a tanta iniciativa femenina por parte de alguien que no fuera mi esposa, continué mirando con vergüenza por la ventanilla.

El paisaje era una sucesión de plantaciones frutales y playas repletas de turistas llegados de todas partes de África; el aire tenía aroma de libertad y prosperidad. Sin embargo, al aproximarnos a Trípoli atravesamos grandes concentraciones de fábricas, refinerías y obras; finalmente cruzamos todo un barrio europeo, un gueto en los suburbios de la metrópoli; en los muros descascarados de una fábrica leí, en italiano y árabe: «Europeos y libios unidos contra la explotación laboral»; desde la ventanilla vi a muchas mujeres que también habían cruzado el Mediterráneo para seguir a maridos e hijos, para huir de la superpoblación, el desempleo, la miseria, la represión policial y el fanatismo integrista.

Los libios estaban tan acostumbrados a la presencia de europeos como nosotros que apenas me prestaron atención al llegar a la estación. Paseé cansado y hambriento por las calles del centro, observando en los escaparates regalos para mis hijos que jamás podría permitirme, mascando rabia ante la prosperidad de aquel país y la indigencia endémica del mío, donde parecía no llover nunca con suficiente fuerza como para lavar el dolor.

Mi contacto en Trípoli era un hombre de Asti que trabajaba como repartidor para una empresa de transportes: su camión partía aquella misma noche y se esforzó por convencer al conductor de que me llevara con ellos sin que el propietario se enterara.

Logré dormir tumbado en la parte trasera, entre los fardos de algodón ucraniano de la carga, hasta nuestra llegada a Bengasi.

La mujer se interesó mucho por mi historia: mientras el hombre roncaba con la cabeza apoyada sobre la mesa, adormecido por la botella de barbera que yo había sacado de mi bolsa de tela, ella me habló de su hermano menor, que había estudiado ingeniería en Bagdad y que, al regresar a Noruega, había sido secuestrado por los escuadrones de la muerte de los integristas cristianos: nunca más se supo nada de él.

Su hombre seguía durmiendo profundamente. La noche de Bengasi olía a rosas y mar; por la ventana abierta entraban voces alegres y el ruido de motores potentes y, más tarde, las notas de instrumentos de cuerda procedentes de una radio.

La noruega me llevó a su habitación, que tenía una cama cubierta por una colcha adamascada y paredes sin revocar. Seguimos conversando durante toda la noche; le pedí que viniera conmigo a Egipto, pero por fortuna no me respondió: permaneció mirando el techo de estuco bajo el calor sofocante de aquella noche impregnada de salitre y flores.

A la mañana siguiente me acompañaron a la delegación local de la Media Luna Roja, donde encontré a otros europeos esperando una oportunidad para desplazarse hacia el este gastando poco dinero. Un español de mediana edad y desagradable aspecto nos cobró veinte rupias egipcias a cada uno por llevarnos en automóvil hasta la frontera.

Me despedí de la noruega con un abrazo, pero parecía haberse olvidado de la intimidad verbal de la noche anterior. Viajamos incómodamente en un viejo automóvil argelino hasta el puesto fronterizo, donde nos dejaron sin demasiadas ceremonias. Las leyes de inmigración del rico y populoso Egipto son restrictivas y severas. Caminé por las calles de aquella miserable ciudad fronteriza, por las aceras que daban acceso a los enormes almacenes libres de impuestos, símbolos de la opulencia de la nación árabe. Me crucé con bastantes europeos que vendían pequeños objetos de contrabando: adornos de cobre o hierro moldeados en forma de oso o de soldado romano, capas de tartán escocés, zuecos holandeses tallados a mano, encajes de Flandes, reproducciones de la Alhambra o de la mezquita de Córdoba.

Uno de ellos me indicó la cooperativa local de inmigrantes, donde, a cambio de unas pocas piastras, recibí un plato de polenta y verduras escaldadas. Dormí en un catre después de escribir, a la luz de una vela, una carta para mi esposa.

Al día siguiente me uní a un grupo de daneses: un intermediario egipcio nos condujo en todoterreno hacia el interior, hasta las primeras extensiones del desierto vuelto fértil; tras una tarde de marcha alcanzamos el primer oasis más allá de la frontera, ocultándonos varias veces entre las interminables plantaciones de árboles frutales porque los helicópteros de la policía fronteriza pasaban bajos y amenazantes sobre los canales de irrigación.

Al llegar me quité los zapatos de los pies martirizados y sangrantes, cubiertos de ampollas. No entendía una sola palabra de lo que decían los daneses, y ni ellos ni yo hablábamos árabe. Aun así los seguí hasta la mezquita local, donde un religioso barbudo nos distribuyó gratuitamente té de menta muy dulce y galletas de sésamo.

Me sentía cansado y desmoralizado; hasta aquel momento no había ganado una sola piastra; por el contrario, había gastado casi todos los ahorros de dos años de trabajo y todavía me faltaban mil quinientos kilómetros para llegar a Asuán.

Hacía muchísimo calor, demasiado. Nos permitieron dormir en una tienda contigua a la mezquita, pero la temperatura era asfixiante y no tenía ganas ni de respirar para no inhalar fuego. Un ataque de disentería me acompañó durante toda aquella noche de insomnio.

Al día siguiente el religioso puso a nuestra disposición una afeitadora eléctrica y una videollamada para cada uno: me irrité la piel al afeitarme y llamé al párroco de mi pueblo para que avisara a mi esposa, ya que el videoteléfono en las viviendas particulares es un lujo en toda Europa.

Me sentía debilitado y desanimado; vino a visitarnos a la tienda un turbio milanés que, al descubrir que yo era italiano, me ofreció trabajo: tendría que pasar una temporada vendiendo pequeños objetos en una de las localidades turísticas del mar Rojo.

No acepté; en cambio, emprendí el camino hacia la costa, solo y febril, tratando de conseguir que algún automóvil me llevara. Tuve que esconderme cuando apareció una patrulla de guardias fronterizos, quizá alertados de mi presencia.

Esperé a que llegara la noche y luego seguí avanzando por la carretera, tambaleándome por la fiebre. Se detuvo un motociclista palestino que me llevó hasta la costa, donde llegué con el cabello pegado por el viento y los huesos doloridos por el frío.

Lloré de hambre y rabia en el paseo marítimo bordeado de palmeras datileras, esquivado por los árabes que paseaban. Dos policías nubios de piel color ciruela me detuvieron; permanecí en la comisaría consumido por la fiebre hasta la mañana siguiente, cuando recibí la visita de un médico que no hablaba ninguna lengua europea.

Inmediatamente después, los policías me llevaron ante un juez, en presencia de un traductor portugués; estamparon en mi pasaporte el sello «Indeseable» en siete idiomas y me subieron a un tren con destino a la frontera libia, acompañado de una orden de expulsión redactada en una lengua que apenas comprendía.

El médico me había administrado una inyección de antibiótico; al llegar a la primera estación, al sentirme mejor, bajé y subí sin billete a un tren que viajaba en dirección contraria, hacia el Nilo. Durante todo el trayecto esperé que la policía ferroviaria me descubriera; finalmente descendí en Alejandría, la espléndida metrópoli costera, el principal puerto del Mediterráneo. Me sentí renovado en los inmensos jardines de cedros, a lo largo de los interminables bulevares de palmeras datileras, junto a mujeres bellísimas, desinhibidas y cargadas de joyas, bronceadas y de ojos y cabellos oscuros, entre estudiantes universitarios llegados de todas partes del mundo que daban vida a la metrópoli.

Habría querido quedarme en Alejandría en lugar de remontar el Nilo para reunirme con mi cuñado en las obras del Alto Egipto.

Encontré a algunos compatriotas que me orientaron hacia uno de los centros de acogida para inmigrantes situados en la periferia; abordé sin billete un aerodeslizador de línea regular, observado con desconfianza por los pasajeros, pero al bajar me di cuenta de que algo no marchaba bien: me crucé con grupos de escandinavos y eslavos que no hablaban lenguas romances y que tampoco lograban hacerse entender en árabe.

Había una agitación extraña; los árabes caminaban con paso apresurado, las ventanas se cerraban herméticamente y los automóviles desaparecían de las calles. Mientras avanzaba con mi bolsa de tela, oí el aullido furioso de vehículos de emergencia.

No pude siquiera llegar al centro de acogida: logré detener a un compatriota que huía y que me contó confusamente algo sobre disturbios, sobre un enfrentamiento entre inmigrantes franceses y alemanes entre las tiendas del campamento. Barras, cuchillos, cuerdas; había habido muertos y la policía había intervenido. Comprendí que la situación podía volverse peligrosa y seguí a aquel hombre, dejando que me guiara en la huida. Nos cruzamos con vagabundos y volvimos a oír las sirenas, después un ruido rítmico que se acercaba, cada vez más fuerte; no tenía valor para volverme mientras corría, la presión de aquel ruido en mi oído interno me obligaba a correr más deprisa. Casi choqué contra un grupo de rezagados y entonces comenzaron a caer los gases.

Empecé a llorar; entre los dedos apretados contra el rostro para protegerme los ojos, doblado por las contracciones espasmódicas en la boca del estómago, vi descender del cielo las aterradoras siluetas de los helicópteros antidisturbios, semejantes a los míticos elefantes desaparecidos de África a causa de la contaminación.

Ya no pude dar un paso más; sentía que los ojos se me derretían en lágrimas y sufría arcadas que no producían nada porque tenía el estómago vacío. Entre el dolor oí acercarse un vehículo y luego unas manos poco amables me levantaron.

No conseguía mantenerme en pie; recibí patadas en los riñones mientras porras electrificadas me golpeaban el cuello y los costados. Me cargaron por la fuerza en un vehículo junto con otros desesperados; intenté decir que había perdido mi bolsa de tela, o quizá me la habían arrancado, pero solo conseguí toser. Todavía no podía ver debido a los gases.

Nos llevaron esposados ante un tribunal; también había un traductor. Intenté explicarle que me había encontrado en aquella calle por pura casualidad, pero no me prestó atención.

Revisaron mis documentos: no tenía visado de entrada y constaba que ya había sido expulsado del país aquella misma mañana. Me embarcaron en el primer buque de pasajeros con destino a Génova.

Permanecí medio cegado, físicamente destrozado, en un rincón de la cubierta principal durante buena parte de la travesía, llorando de rabia y dolor, aunque casi aliviado por el hecho de regresar a casa. Había intentado huir de la miseria, del desempleo, del miedo y de la superstición; pero aquella noche de semiceguera tuve que admitir que cualquier intento de fuga era una solución provisional destinada al fracaso, porque no podía incluir a mi esposa ni a mis hijos.

Paseé bajo cubierta, sucio y despeinado, con los ojos inflamados, sin importarme que todos me evitaran; en la tienda libre de impuestos vi una hermosa muñeca de tela de fabricación palestina, que costaba la mitad del dinero que me quedaba. Sentí la intensa tentación de comprarla para mi hija como único recuerdo de mi desventura en los países industrializados. Era suave y hermosa, vestida con una tela que no tenía nada que ver con los tejidos ásperos e imperfectos de fabricación europea. Sabía que esconderla bajo la chaqueta podía costarme muy caro en una sociedad que parecía no distinguir entre la gravedad de los distintos delitos.

Más tarde, asomado al ojo de buey de la cubierta de pasajeros sobre la noche mediterránea, esperé despierto la llegada a Génova.

Saqué la muñeca que había robado.

Al verla, los ojos se me llenaron de lágrimas por el recuerdo urgente de mis hijos y al pensar que de mi intento de buscar fortuna en el extranjero no quedaba más que una muñeca de tela robada.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

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