Adriana Lucero
Val
Gardena siempre me pareció una persona correcta, cortés, con una sonrisa
pintada en el rostro tal vez demasiado fingida. Unos modales tan finos, tan
cuidados, que uno no podía evitar sentirse algo vulgar ante aquel espíritu
altamente educado. Nunca hablaba más de lo necesario, nunca decía una palabra
fuera de lugar. Sus gestos no manifestaban euforia, nerviosismo o exaltación,
sólo denotaban tranquilidad, mesura, autocontrol. A decir verdad, siempre pensé
que Val mantenía una intensa lucha consigo mismo y todo lo que aparentaba
externamente era fruto de un gran esfuerzo por ocultar su verdadera
personalidad. Digo esto porque yo estuve a su lado en sus últimos días y pude
percibir que algo atormentaba su alma, pero no se atrevía a confesarlo a nadie.
Todos saben que Val Gardena no tenía amigos o parientes, ni
siquiera algún romance clandestino que acompañara sus noches. Creo que yo fui
lo más cercano a un amigo para él, aunque Val nunca se haya dado cuenta de eso.
Recuerdo que manteníamos largas charlas intelectuales donde tocábamos temas
referentes a literatura, pintura, música, filosofía, religión…no había nada
sobre lo que él no manifestara notable interés. Tenía una sabiduría asombrosa,
un vasto bagaje de conocimientos ante los cuales yo quedaba extasiado y sentía
la admiración y respeto que se le debe a todo gran maestro. Cuando hablábamos
de música, mi amigo no podía disimular su fascinación por Bach y toda su obra y
eran esos los únicos momentos en que Val parecía revelar su verdadero espíritu,
apasionado y amante de las composiciones del padre del “Arte de la fuga”.
En cuanto a su pasado, nadie sabía nada sobre él. ¿Cuál era
su profesión? ¿Qué hacía en su juventud?
¿Porqué había ido a parar a aquel hogar de ancianos una persona con
virtudes tan elevadas como él? Eran preguntas para las cuales nadie tenía
respuestas. Lo cierto era que todos coincidíamos con que, sin duda, Val había
sido un personaje importante y destacado en su época.
Su edad también era un misterio; era viejo, claro está,
como todos en el hogar, pero no podíamos precisar con exactitud cuántos años
tenía. Y él jamás lo había revelado.
Val no solía compartir ninguno de nuestros pasatiempos.
Raras veces salía de su habitación y, cuando lo hacía, solicitaba con un tono
que no daba lugar a réplica, que le sirvieran su té en el jardín. Nuestras
charlas, en cambio, siempre ocurrían en su cuarto y sólo se realizaban si mi
amigo me mandaba llamar. Yo jamás me presentaba sin su invitación previa y me
retiraba cuando él así lo quería.
Esta extraña relación que manteníamos comenzó a cambiar
radicalmente de un día para otro. Conversábamos cada vez con menos frecuencia y
por escasos minutos. Val se había vuelto mucho más silencioso y parecía tener
sus pensamientos en algún otro lugar totalmente ajeno a los temas que
tratábamos. Ahora salía al jardín con mucha más frecuencia, creo que casi todos
los días. Se sentaba con su té, que casi nunca terminaba, y esperaba a un
extraño hombre que acudía a visitarlo. En el hogar estábamos completamente
anonadados, sobre todo yo; habíamos podido jurar que él no tenía a nadie a
quién le importase lo suficiente como para acudir a visitarlo. Nunca había
recibido una carta o un llamado. En los días de visita Val se quedaba como
siempre encerrado en su habitación, así que era claro nuestro asombro con ese
extraño visitante salido de la nada y que, para colmo, lo visitaba
permanentemente.
Mi amigo parecía de golpe tan cambiado, tan intranquilo y
nervioso, tan ajeno a esa compostura característica en él que nosotros
admirábamos tanto. Estaba ansioso, sus manos, su rostro, todo en él así lo
revelaba. Y no nos cabía duda de que su ansiedad provenía de aquella visita. Si
un día el hombre no acudía a la cita, Val se desesperaba, hablaba solo, lloraba
por momentos, se arrancaba los cabellos y se sumía en un estado tan lastimoso
que nos resultaba imposible no sentir cierta lástima por ese ser que nos había
parecido sumamente extraordinario. Yo trataba de hablarle, de consolarlo, de
sacarlo de ese estado, pero era en vano. Ya no me escuchaba, evitaba mirarme a
los ojos y parecía no tolerar mi presencia ni la de nadie.
Pero aquel visitante siempre regresaba y Val lo recibía no
con alegría o emoción, sino con un alivio que sólo duraba el tiempo de la
visita y que luego volvía a transformarse en ansiedad hasta el próximo
encuentro y así sucesivamente.
El misterio de estos encuentros se prolongó un tiempo más,
con las mismas características. Val no volvió a ser el que era antes, ni
siquiera por un instante, ni siquiera conmigo, su único amigo. Porque yo sabía
y podía afirmar que la visita no era su amigo, ni su pariente ni nadie
relacionado con su pasado o sus afectos.
Como ya dije, el hombre siempre volvía, pero supuse que en
cualquier momento esto iba a cambiar. En uno de los encuentros, el extraño tomó
el sombrero que Val usaba todos los días y, esbozando una sonrisa (que, a decir
verdad, me pareció macabra y me produjo un raro escalofrío en el cuerpo),
estrechó su mano y sencillamente desapareció. Creo que yo fui el único que
presenció esto porque estaba atento a todo lo que sucedía en estas visitas. Tuve
la sensación, o mejor dicho, la certeza, de que este sería su último encuentro.
Y así fue.
El visitante no regresó, ni al día siguiente, ni al
próximo, ni nunca. Pero Val ya no perdió el control. Dejó de esperar esos raros
encuentros.
De pronto, todo pareció volver a la normalidad. O casi
todo. Val y yo jamás volvimos a hablar y dejó de salir al jardín para tomar su
té. Pero volvió a conseguir su tranquilidad, su mesura, aunque yo sigo creyendo
que esa era su mascarada porque, interiormente, Val temblaba y aguardaba
atento, como lo había hecho toda su misteriosa vida.
Hace
unos días desperté con un fuerte bullicio en el hogar. Les pregunté a mis
compañeros qué sucedía y fue entonces que me dieron la trágica noticia: Val
Gardena había fallecido en su propio lecho. Decían que de muerte natural. Pero
también se comentaba que el rostro de mi amigo parecía desfigurado por un miedo
mortal, como si en sus últimos instantes hubiese visto algo extremadamente
pavoroso. Además, averigüé algo que no deja de inquietarme: su sombrero
favorito, ese que el extraño visitante se había llevado en el último encuentro,
yacía en la cabeza de Val, ligeramente inclinado, como él solía usarlo.
No se habló de asesinato ni de nada parecido. Yo tampoco lo
hubiera creído. Aparentemente había ocurrido lo más común en el hogar; Val
había “muerto de viejo”, como decían por ahí.
No sé si es cierto, pero escuché que mi amigo tenía 115
años. Jamás lo hubiese imaginado. Después de todo, parecía más joven que muchos
de nosotros.
Hasta ahora nadie lo sabe y creo que ya nadie se lo pregunta, excepto yo. Sólo quisiera saber ¿quién era el que tomaba el té con Val Gardena?

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