martes, 23 de junio de 2026

¿QUIÉN TOMA EL TÉ CON VAL GARDENA?

Adriana Lucero

 

Val Gardena siempre me pareció una persona correcta, cortés, con una sonrisa pintada en el rostro tal vez demasiado fingida. Unos modales tan finos, tan cuidados, que uno no podía evitar sentirse algo vulgar ante aquel espíritu altamente educado. Nunca hablaba más de lo necesario, nunca decía una palabra fuera de lugar. Sus gestos no manifestaban euforia, nerviosismo o exaltación, sólo denotaban tranquilidad, mesura, autocontrol. A decir verdad, siempre pensé que Val mantenía una intensa lucha consigo mismo y todo lo que aparentaba externamente era fruto de un gran esfuerzo por ocultar su verdadera personalidad. Digo esto porque yo estuve a su lado en sus últimos días y pude percibir que algo atormentaba su alma, pero no se atrevía a confesarlo a nadie.

Todos saben que Val Gardena no tenía amigos o parientes, ni siquiera algún romance clandestino que acompañara sus noches. Creo que yo fui lo más cercano a un amigo para él, aunque Val nunca se haya dado cuenta de eso. Recuerdo que manteníamos largas charlas intelectuales donde tocábamos temas referentes a literatura, pintura, música, filosofía, religión…no había nada sobre lo que él no manifestara notable interés. Tenía una sabiduría asombrosa, un vasto bagaje de conocimientos ante los cuales yo quedaba extasiado y sentía la admiración y respeto que se le debe a todo gran maestro. Cuando hablábamos de música, mi amigo no podía disimular su fascinación por Bach y toda su obra y eran esos los únicos momentos en que Val parecía revelar su verdadero espíritu, apasionado y amante de las composiciones del padre del “Arte de la fuga”.

En cuanto a su pasado, nadie sabía nada sobre él. ¿Cuál era su profesión? ¿Qué hacía en su juventud?  ¿Porqué había ido a parar a aquel hogar de ancianos una persona con virtudes tan elevadas como él? Eran preguntas para las cuales nadie tenía respuestas. Lo cierto era que todos coincidíamos con que, sin duda, Val había sido un personaje importante y destacado en su época.

Su edad también era un misterio; era viejo, claro está, como todos en el hogar, pero no podíamos precisar con exactitud cuántos años tenía. Y él jamás lo había revelado.

Val no solía compartir ninguno de nuestros pasatiempos. Raras veces salía de su habitación y, cuando lo hacía, solicitaba con un tono que no daba lugar a réplica, que le sirvieran su té en el jardín. Nuestras charlas, en cambio, siempre ocurrían en su cuarto y sólo se realizaban si mi amigo me mandaba llamar. Yo jamás me presentaba sin su invitación previa y me retiraba cuando él así lo quería.

Esta extraña relación que manteníamos comenzó a cambiar radicalmente de un día para otro. Conversábamos cada vez con menos frecuencia y por escasos minutos. Val se había vuelto mucho más silencioso y parecía tener sus pensamientos en algún otro lugar totalmente ajeno a los temas que tratábamos. Ahora salía al jardín con mucha más frecuencia, creo que casi todos los días. Se sentaba con su té, que casi nunca terminaba, y esperaba a un extraño hombre que acudía a visitarlo. En el hogar estábamos completamente anonadados, sobre todo yo; habíamos podido jurar que él no tenía a nadie a quién le importase lo suficiente como para acudir a visitarlo. Nunca había recibido una carta o un llamado. En los días de visita Val se quedaba como siempre encerrado en su habitación, así que era claro nuestro asombro con ese extraño visitante salido de la nada y que, para colmo, lo visitaba permanentemente.

Mi amigo parecía de golpe tan cambiado, tan intranquilo y nervioso, tan ajeno a esa compostura característica en él que nosotros admirábamos tanto. Estaba ansioso, sus manos, su rostro, todo en él así lo revelaba. Y no nos cabía duda de que su ansiedad provenía de aquella visita. Si un día el hombre no acudía a la cita, Val se desesperaba, hablaba solo, lloraba por momentos, se arrancaba los cabellos y se sumía en un estado tan lastimoso que nos resultaba imposible no sentir cierta lástima por ese ser que nos había parecido sumamente extraordinario. Yo trataba de hablarle, de consolarlo, de sacarlo de ese estado, pero era en vano. Ya no me escuchaba, evitaba mirarme a los ojos y parecía no tolerar mi presencia ni la de nadie.

Pero aquel visitante siempre regresaba y Val lo recibía no con alegría o emoción, sino con un alivio que sólo duraba el tiempo de la visita y que luego volvía a transformarse en ansiedad hasta el próximo encuentro y así sucesivamente.

El misterio de estos encuentros se prolongó un tiempo más, con las mismas características. Val no volvió a ser el que era antes, ni siquiera por un instante, ni siquiera conmigo, su único amigo. Porque yo sabía y podía afirmar que la visita no era su amigo, ni su pariente ni nadie relacionado con su pasado o sus afectos.

Como ya dije, el hombre siempre volvía, pero supuse que en cualquier momento esto iba a cambiar. En uno de los encuentros, el extraño tomó el sombrero que Val usaba todos los días y, esbozando una sonrisa (que, a decir verdad, me pareció macabra y me produjo un raro escalofrío en el cuerpo), estrechó su mano y sencillamente desapareció. Creo que yo fui el único que presenció esto porque estaba atento a todo lo que sucedía en estas visitas. Tuve la sensación, o mejor dicho, la certeza, de que este sería su último encuentro. Y así fue.

El visitante no regresó, ni al día siguiente, ni al próximo, ni nunca. Pero Val ya no perdió el control. Dejó de esperar esos raros encuentros.

De pronto, todo pareció volver a la normalidad. O casi todo. Val y yo jamás volvimos a hablar y dejó de salir al jardín para tomar su té. Pero volvió a conseguir su tranquilidad, su mesura, aunque yo sigo creyendo que esa era su mascarada porque, interiormente, Val temblaba y aguardaba atento, como lo había hecho toda su misteriosa vida.

 

Hace unos días desperté con un fuerte bullicio en el hogar. Les pregunté a mis compañeros qué sucedía y fue entonces que me dieron la trágica noticia: Val Gardena había fallecido en su propio lecho. Decían que de muerte natural. Pero también se comentaba que el rostro de mi amigo parecía desfigurado por un miedo mortal, como si en sus últimos instantes hubiese visto algo extremadamente pavoroso. Además, averigüé algo que no deja de inquietarme: su sombrero favorito, ese que el extraño visitante se había llevado en el último encuentro, yacía en la cabeza de Val, ligeramente inclinado, como él solía usarlo.

No se habló de asesinato ni de nada parecido. Yo tampoco lo hubiera creído. Aparentemente había ocurrido lo más común en el hogar; Val había “muerto de viejo”, como decían por ahí.

No sé si es cierto, pero escuché que mi amigo tenía 115 años. Jamás lo hubiese imaginado. Después de todo, parecía más joven que muchos de nosotros.

Hasta ahora nadie lo sabe y creo que ya nadie se lo pregunta, excepto yo. Sólo quisiera saber ¿quién era el que tomaba el té con Val Gardena?



Adriana Guadalupe Lucero es Licenciada en Letras, Profesora de italiano, Magister en Tecnologías de la Comunicación, Profesora de Educación Musical, investigadora y escritora. Nació en San Miguel de Tucumán, el 17 de enero de 1983. Entre sus publicaciones se destacan: “El Guardián” (2011, Plan Nacional de Lectura); “Un preludio” (2011, Editorial Dunken), en la antología de relatos Acaso la Vida; los libros de cuentos Extraña Presencia (2013, Ed. del Parque), Entre Sombras y sueños (2015, Ed. del Parque), Vuelta al deseo en cuarenta mundos (2017, Ed. del Parque); En las Tierras de David, antología de microrrelatos (2022, La Aguja de Buffon Ed.); Reunidas, antología de poetas tucumanas (2022, Tafí Viejo Ed.); Coordenadas, 4° Festival de Poesía de Boedo, antología poética (2024, Clara Beter Ed.); Fervor de Tucumán II, antología de microrrelatos (2024, La Aguja de Buffon Ed.), Más allá del borde (2025, Puerta Roja Ediciones) y trabajos de investigación publicados en Libros y Actas de Congresos, Simposios y Jornadas. Actualmente se desempeña como docente de italiano en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, en el Instituto Superior de Música y es personal adscripto en la Dirección Artística de Letras del Ente Cultural de Tucumán. Además, es miembro de la Asociación literaria de microrrelatistas “Dr. David Lagmanovich”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

COJO