martes, 23 de junio de 2026

MI PRIMER ROBOT

Giorgio Sangiorgi

 

Mi primer robot era un juguete de hojalata, cuadrado y pintado de verde. Funcionaba con dos pilas alcalinas y, una vez activado, avanzaba hacia mí dando tumbos. Su pecho se iluminaba y quizá –han pasado demasiados años– también tenía un mecanismo de piedra de chispa que lanzaba destellos, un dispositivo muy de moda en los juguetes de aquella época y que hoy haría estremecerse a cualquier bombero.

Aquel juguete era la quintaesencia de todo lo que debería resultar inquietante en una máquina antropomorfa: un gigante verde que avanzaba de forma amenazadora, con ojos inexpresivos y un chisporroteo constante.

Sin embargo, para mí no existía visión más mágica ni más reconfortante.

Después de aquello, durante varias décadas, tuve que conformarme con soñar con los robots: en los libros, en los cómics y más tarde en las películas. ¿Cómo olvidar a Robin Williams diciendo:

—Si me necesita, siempre estaré aquí para usted. Ha sido un honor servirle...

Llegaron otros juguetes inteligentes, pero no quise dejarme tentar por ellos. Como la zorra de la fábula con las uvas, repetía por todas partes:

—¡No compraré un robot hasta que sea capaz de traerme las pantuflas o el mando a distancia!

Pero por entonces ya se estaban realizando experimentos interesantes. Había máquinas capaces de caminar, hablar, tocar el violín o jugar al ajedrez. Sin embargo, ninguna sabía hacer todas esas cosas a la vez. Faltaba potencia de cálculo. Después las cosas se precipitaron.

Se hablaba de numerosos prototipos prometedores y yo intuía que estaba asistiendo al amanecer de una revolución superior incluso a la llegada de las computadoras, una revolución destinada a transformar la sociedad. Hasta el día en que me encontré uno delante de mí. Estaba ya cerca de jubilarme. Era blanco, con articulaciones metálicas. Empujaba un carrito y era evidente que había sustituido a uno de nuestros empleados internos en el reparto de correspondencia.

Caminaba con seguridad. Lo observé atravesar el pasillo. Pasó frente a mí y, de manera instintiva, lo saludé.

—Buenos días.

—Buenos días —respondió con una leve inclinación de cabeza.

Me quedé inmóvil observándolo alejarse. Sonreía mientras una lágrima descendía desde el rabillo de mi ojo derecho. Aquel aparato seguramente le había quitado el trabajo a un ser humano. Pero yo me sentía como si uno de mis sueños más imposibles hubiera tomado forma y se hubiera subido a mi mismo autobús.

Nunca lo olvidaré.

Cuántas cosas he visto desde entonces. Cuánto ha cambiado el mundo. Ahora tengo ciento un años y estoy a punto de morir. Por muchos caprichos del destino, estaría aquí agonizando completamente solo si no fuera porque Walter, mi robot mayordomo, está conmigo. Walter me ha cuidado y atendido fielmente durante los últimos veinte años. Ha sido mi compañero y ahora será mi último testigo.

—¿Siente dolor, señor? —me pregunta Walter, inclinándose hacia mí con preocupación. Lo tranquilizo cerrando los ojos. Ya ni siquiera puedo hablar. Así que Walter recibe mis pensamientos y los almacena para que no se pierdan. Cuando yo muera, Walter también se apagará, aunque conservará intactos mis archivos. Sus sofisticadas circunvoluciones neurotrónicas se quemarán y él no será más que un muñeco inútil. No, no fui yo quien lo ordenó. Fue decisión suya. No consideraba elegante servir a otras personas después de mí. Además, sabe que ahora existen nuevos Walter de modelos más avanzados. Yo no estoy de acuerdo, pero él cree que nadie lo querría ya.

Cuando yo muera, inclinará la cabeza hacia adelante y aquel rostro amable e ingenioso perderá la luz de la conciencia. Permaneceremos juntos, esperando que cada uno sea enviado a su correspondiente destino final. Aunque, en cierto modo, empezamos a parecernos. Yo llevo implantados algunos microchips. Y quizá él tenga en algún lugar un verdadero corazón humano. Tal vez se equivoquen. Quizá lo envíen a él al cementerio y a mí al desguace. Walter ya ha registrado mi vida, mis últimas voluntades, mi dolor por las personas que amé y que ya no están, y mi despedida final para quienes todavía me aprecian y siguen vivos. Y ahora, precisamente ahora que siento cómo la vida me abandona, solo tengo una cosa que decir:

–Gracias, Walter... mi querido compañero... robot.

Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

COJO