Giorgio Sangiorgi
Mi primer robot era
un juguete de hojalata, cuadrado y pintado de verde. Funcionaba con dos pilas
alcalinas y, una vez activado, avanzaba hacia mí dando tumbos. Su pecho se
iluminaba y quizá –han pasado demasiados años– también tenía un mecanismo de
piedra de chispa que lanzaba destellos, un dispositivo muy de moda en los
juguetes de aquella época y que hoy haría estremecerse a cualquier bombero.
Aquel juguete era la quintaesencia
de todo lo que debería resultar inquietante en una máquina antropomorfa: un
gigante verde que avanzaba de forma amenazadora, con ojos inexpresivos y un
chisporroteo constante.
Sin embargo, para mí no existía
visión más mágica ni más reconfortante.
Después de aquello, durante varias
décadas, tuve que conformarme con soñar con los robots: en los libros, en los
cómics y más tarde en las películas. ¿Cómo olvidar a Robin Williams diciendo:
—Si me necesita, siempre estaré
aquí para usted. Ha sido un honor servirle...
Llegaron otros juguetes
inteligentes, pero no quise dejarme tentar por ellos. Como la zorra de la
fábula con las uvas, repetía por todas partes:
—¡No compraré un robot hasta que
sea capaz de traerme las pantuflas o el mando a distancia!
Pero por entonces ya se estaban
realizando experimentos interesantes. Había máquinas capaces de caminar,
hablar, tocar el violín o jugar al ajedrez. Sin embargo, ninguna sabía hacer
todas esas cosas a la vez. Faltaba potencia de cálculo. Después las cosas se
precipitaron.
Se hablaba de numerosos prototipos
prometedores y yo intuía que estaba asistiendo al amanecer de una revolución
superior incluso a la llegada de las computadoras, una revolución destinada a
transformar la sociedad. Hasta el día en que me encontré uno delante de mí. Estaba
ya cerca de jubilarme. Era blanco, con articulaciones metálicas. Empujaba un
carrito y era evidente que había sustituido a uno de nuestros empleados
internos en el reparto de correspondencia.
Caminaba con seguridad. Lo observé
atravesar el pasillo. Pasó frente a mí y, de manera instintiva, lo saludé.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió con una
leve inclinación de cabeza.
Me quedé inmóvil observándolo
alejarse. Sonreía mientras una lágrima descendía desde el rabillo de mi ojo
derecho. Aquel aparato seguramente le había quitado el trabajo a un ser humano.
Pero yo me sentía como si uno de mis sueños más imposibles hubiera tomado forma
y se hubiera subido a mi mismo autobús.
Nunca lo olvidaré.
Cuántas cosas he visto desde
entonces. Cuánto ha cambiado el mundo. Ahora tengo ciento un años y estoy a
punto de morir. Por muchos caprichos del destino, estaría aquí agonizando
completamente solo si no fuera porque Walter, mi robot mayordomo, está conmigo.
Walter me ha cuidado y atendido fielmente durante los últimos veinte años. Ha
sido mi compañero y ahora será mi último testigo.
—¿Siente dolor, señor? —me pregunta
Walter, inclinándose hacia mí con preocupación. Lo tranquilizo cerrando los
ojos. Ya ni siquiera puedo hablar. Así que Walter recibe mis pensamientos y los
almacena para que no se pierdan. Cuando yo muera, Walter también se apagará,
aunque conservará intactos mis archivos. Sus sofisticadas circunvoluciones
neurotrónicas se quemarán y él no será más que un muñeco inútil. No, no fui yo
quien lo ordenó. Fue decisión suya. No consideraba elegante servir a otras
personas después de mí. Además, sabe que ahora existen nuevos Walter de modelos
más avanzados. Yo no estoy de acuerdo, pero él cree que nadie lo querría ya.
Cuando yo muera, inclinará la
cabeza hacia adelante y aquel rostro amable e ingenioso perderá la luz de la
conciencia. Permaneceremos juntos, esperando que cada uno sea enviado a su
correspondiente destino final. Aunque, en cierto modo, empezamos a parecernos. Yo
llevo implantados algunos microchips. Y quizá él tenga en algún lugar un
verdadero corazón humano. Tal vez se equivoquen. Quizá lo envíen a él al
cementerio y a mí al desguace. Walter ya ha registrado mi vida, mis últimas
voluntades, mi dolor por las personas que amé y que ya no están, y mi despedida
final para quienes todavía me aprecian y siguen vivos. Y ahora, precisamente
ahora que siento cómo la vida me abandona, solo tengo una cosa que decir:
–Gracias, Walter... mi querido compañero... robot.

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