sábado, 20 de junio de 2026

LA CIGUAPA

Rafael Martínez Liriano

 

A finales del siglo XIX, un rico comerciante inglés de apellido Rooney se estableció junto con su familia en lo profundo de la sierra de Bahoruco. Su intención era explotar los vastos recursos de aquel territorio aún sin explorar. Sin embargo, el inglés fue advertido por los lugareños de la presencia de la ciguapa, un ser sobrenatural con forma de una bella mujer de cabello negro azabache, que corría libre en lo profundo de la selva, manteniendo alejado a todo aquel cuyas intenciones no estuvieran en armonía con el bosque y sus habitantes. Aquella historia, por supuesto, no amedrentó al altivo inglés, que como hombre proveniente de un mundo civilizado no prestó especial atención a aquella leyenda local. 

Sucedió que, a pesar de las promesas de un pago más alto de lo establecido, nadie quería aventurarse en lo profundo de la selva por temor a la ciguapa. No sirvieron los ruegos, ni siquiera las amenazas. Mister Rooney estaba furioso con sus empleados, que por cuentos baratos ponían en peligro no solo su futuro sino también el de toda su familia. Cansado de que sus planes fueran afectados por la ignorancia de sus hombres, el inglés se decidió a terminar con la leyenda de una vez. Avisando que cazaría a la ciguapa, se internó solo en lo profundo del bosque. 

Como experto cazador, no se extrañó de estar rodeado por la naturaleza. Aunque no creía en las historias de los aldeanos, decidió preparar una trampa por si acaso algún ser inteligente moraba en medio de aquel bosque. Lo primero que hizo fue despojarse de todas sus armas, excepto por un pequeño cuchillo que escondió en su entrepierna. En segundo lugar, se propinó a sí mismo varias heridas –ninguna de gravedad, por supuesto– para aparentar ser un pobre hombre perseguido que no había tenido otra opción que internarse en el bosque huyendo de sus captores. Mister Rooney apelaría a la bondad de aquellos seres para derrotarlos. 

 Pasó varios días vagando noche y día en aquel bosque de ramajes espesos y una fronda que podía resultar asfixiante. Dolorido y hambriento, comía las pocas frutas que estaban a su alcance. Al octavo día, su voluntad se quebró y solo deseó volver al calor y la comodidad de su hogar, junto a su familia. Listo para emprender el camino de vuelta, el crujir de las hojas secas lo detuvo. 

 Repentinamente notó la presencia de una mujer parada a su lado: joven, de estatura media, cubierta por una frondosa cabellera negra. En silencio, extendió sus manos ofreciéndole unos mangos. El hambriento inglés comió la fruta con voracidad ante la mirada complacida de la criatura. Mientras comía, observó atento cualquier descuido de la mujer. En un instante, la tomó por la muñeca y, con rápido movimiento, le cortó la garganta. 

 La muchacha se revolcó por el suelo del bosque mientras su sangre abonaba la tierra. Mister Rooney esperó hasta estar seguro de que estaba muerta. Al levantar el cuerpo, notó que aquella mujer tenía los tobillos dislocados y puestos al revés. Orgulloso por su hazaña, el inglés cargó el cuerpo de la ciguapa hasta el centro del pueblo y lo exhibió como un trofeo. 

El terror se propagó por el pueblo como el fuego en una pradera seca. Todos corrieron a esconderse, temiendo las desgracias que estaban por suceder. Rooney, por su parte, regresó a casa con su familia, presto a celebrar lo que él creía una victoria. Sin embargo, esa noche la selva se encargó de demostrarle lo equivocado que estaba. 

 Desde el anochecer, el ambiente se tornó pesado y asfixiante. Un rumor de bestias desatadas –invisibles, pero presentes– llegaba desde los alrededores de la casa, mientras el desasosiego y la angustia se apoderaban de los miembros de la residencia Rooney. La señora Rooney y los pocos sirvientes que no habían abandonado la casa elevaban plegarias suplicando protección, al tiempo que los niños, bajo las camas, lloraban muertos de miedo. Mister Rooney, entre tanto, trataba de mantener la calma. Sabía que, por más cosas extrañas que sucedieran afuera, estarían seguros dentro de la casa. Ordenó a los sirvientes que buscaran armas y protegieran las puertas. 

De pronto, el sonido de un cristal explotando en mil pedazos detuvo los corazones de todos por un segundo. Después, un grito infantil hizo sentir miedo, por fin, al estoico señor Rooney. Al llegar a la habitación de sus hijos, sus ojos buscaron entre los niños que lloraban desconsolados. Buscó a la pequeña Margaret –siete años–, pero no la halló. En su lugar, solo encontró una habitación con dos niños llorando, señalando con su mirada una ventana rota. Al otro lado, solo había un pozo de infinita oscuridad, listo para tragarse a su próxima víctima. 

Dejando de lado cualquier precaución o temor a lo desconocido, Rooney se lanzó selva adentro, gritando el nombre de Margaret a todo pulmón. Buscó inútilmente por días, sin hallar siquiera rastro de la niña. 

—Una vida por otra —murmuraban en el pueblo, tratando de explicar la desaparición—. La selva se cobró aquello que le había sido arrebatado. 

Rooney perdió a su hija aquella noche. Después, perdió al resto de su familia, que, aterrados por lo sucedido, decidieron regresar a Inglaterra. 

Rooney, ahora, es un fantasma. Solo la sombra del altivo hombre de mundo que llegó a los montes de Quisqueya dispuesto a imponer su voluntad sobre el misticismo y la naturaleza. Hoy es solo un ermitaño que vive en una casucha y que, de vez en cuando, se interna en el bosque en busca de un fantasma: una ciguapa de cabellos dorados que corre por la espesura, dejándose ver de vez en cuando por algún desdichado que ha perdido el camino.

Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9.

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