Rafael Martínez Liriano
A finales del siglo XIX, un rico comerciante
inglés de apellido Rooney se estableció junto con su familia en lo
profundo de la sierra de Bahoruco. Su intención era explotar los vastos
recursos de aquel territorio aún sin explorar. Sin embargo, el inglés fue
advertido por los lugareños de la presencia de la ciguapa, un ser sobrenatural
con forma de una bella mujer de cabello negro azabache, que corría libre en lo
profundo de la selva, manteniendo alejado a todo aquel cuyas intenciones no estuvieran
en armonía con el bosque y sus habitantes. Aquella historia, por supuesto, no
amedrentó al altivo inglés, que como hombre proveniente de un mundo civilizado
no prestó especial atención a aquella leyenda local.
Sucedió que, a pesar de las promesas de un pago más alto de lo
establecido, nadie quería aventurarse en lo profundo de la selva por temor a la
ciguapa. No sirvieron los ruegos, ni siquiera las
amenazas. Mister Rooney estaba furioso con sus empleados, que
por cuentos baratos ponían en peligro no solo su futuro sino también el de toda
su familia. Cansado de que sus planes fueran afectados por la ignorancia de sus
hombres, el inglés se decidió a terminar con la leyenda de una vez. Avisando que
cazaría a la ciguapa, se internó solo en lo profundo del bosque.
Como experto cazador, no se extrañó de estar rodeado por la naturaleza.
Aunque no creía en las historias de los aldeanos, decidió preparar una trampa
por si acaso algún ser inteligente moraba en medio de aquel bosque. Lo primero
que hizo fue despojarse de todas sus armas, excepto por un pequeño cuchillo que
escondió en su entrepierna. En segundo lugar, se propinó a sí mismo varias
heridas –ninguna de gravedad, por supuesto– para aparentar ser un pobre hombre
perseguido que no había tenido otra opción que internarse en el bosque huyendo
de sus captores. Mister Rooney apelaría a la bondad de aquellos
seres para derrotarlos.
Pasó varios días vagando noche y día en aquel
bosque de ramajes espesos y una fronda que podía resultar asfixiante. Dolorido
y hambriento, comía las pocas frutas que estaban a su alcance. Al octavo día,
su voluntad se quebró y solo deseó volver al calor y la comodidad de su hogar,
junto a su familia. Listo para emprender el camino de vuelta, el crujir de las
hojas secas lo detuvo.
Repentinamente notó la presencia de una mujer
parada a su lado: joven, de estatura media, cubierta por una frondosa cabellera
negra. En silencio, extendió sus manos ofreciéndole unos mangos. El hambriento
inglés comió la fruta con voracidad ante la mirada complacida de la criatura.
Mientras comía, observó atento cualquier descuido de la mujer. En un instante,
la tomó por la muñeca y, con rápido movimiento, le cortó la garganta.
La muchacha se revolcó por el suelo del bosque
mientras su sangre abonaba la tierra. Mister Rooney esperó hasta
estar seguro de que estaba muerta. Al levantar el cuerpo, notó que aquella
mujer tenía los tobillos dislocados y puestos al revés. Orgulloso por su
hazaña, el inglés cargó el cuerpo de la ciguapa hasta el centro del pueblo y lo
exhibió como un trofeo.
El terror se propagó por el pueblo como el fuego en una pradera seca.
Todos corrieron a esconderse, temiendo las desgracias que estaban por
suceder. Rooney, por su parte, regresó a casa con su familia, presto a
celebrar lo que él creía una victoria. Sin embargo, esa noche la selva se
encargó de demostrarle lo equivocado que estaba.
Desde el anochecer, el ambiente se tornó pesado
y asfixiante. Un rumor de bestias desatadas –invisibles, pero presentes–
llegaba desde los alrededores de la casa, mientras el desasosiego y la angustia
se apoderaban de los miembros de la residencia Rooney. La
señora Rooney y los pocos sirvientes que no habían abandonado la casa
elevaban plegarias suplicando protección, al tiempo que los niños, bajo las
camas, lloraban muertos de miedo. Mister Rooney, entre tanto, trataba
de mantener la calma. Sabía que, por más cosas extrañas que sucedieran afuera,
estarían seguros dentro de la casa. Ordenó a los sirvientes que buscaran armas
y protegieran las puertas.
De pronto, el sonido de un cristal explotando en mil pedazos detuvo los
corazones de todos por un segundo. Después, un grito infantil hizo sentir
miedo, por fin, al estoico señor Rooney. Al llegar a la habitación de sus
hijos, sus ojos buscaron entre los niños que lloraban desconsolados. Buscó a la
pequeña Margaret –siete años–, pero no la halló. En su lugar, solo encontró una
habitación con dos niños llorando, señalando con su mirada una ventana rota. Al
otro lado, solo había un pozo de infinita oscuridad, listo para tragarse a su
próxima víctima.
Dejando de lado cualquier precaución o temor a lo
desconocido, Rooney se lanzó selva adentro, gritando el nombre de
Margaret a todo pulmón. Buscó inútilmente por días, sin hallar siquiera rastro
de la niña.
—Una vida por otra —murmuraban en el pueblo, tratando de explicar la
desaparición—. La selva se cobró aquello que le había sido arrebatado.
Rooney perdió a su hija aquella noche. Después, perdió al resto de
su familia, que, aterrados por lo sucedido, decidieron regresar a Inglaterra.
Rooney, ahora, es un fantasma. Solo la sombra del altivo hombre de mundo que llegó a los montes de Quisqueya dispuesto a imponer su voluntad sobre el misticismo y la naturaleza. Hoy es solo un ermitaño que vive en una casucha y que, de vez en cuando, se interna en el bosque en busca de un fantasma: una ciguapa de cabellos dorados que corre por la espesura, dejándose ver de vez en cuando por algún desdichado que ha perdido el camino.

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