Heiko H. Caimi
Al principio creía
que el silencio era una habitación. Un lugar apartado donde refugiarme cuando
las voces del mundo se parecían demasiado al zumbido de las moscas cuando
rondan la carne muerta.
Después comprendí que el silencio
es una divinidad, una sustancia invisible que precede toda palabra y sobrevive
a todas las lenguas.
Dios mismo, cuando creó el mundo,
tuvo que desgarrar una inmensa extensión de silencio para hacer nacer la luz.
Y ese fue el primer pecado.
Yo, en cambio, he elegido devolver
la creación a su condición original. No hablo desde hace once años, tres meses
y diecisiete días. Dejé de hacerlo una mañana de invierno, frente a una mujer
que me preguntaba si quería azúcar en el café. Recuerdo el vapor que ascendía
de la taza como el alma de un animal sacrificado. Recuerdo sus labios
moviéndose sin descanso. Y, sobre todo, recuerdo el horror repentino: cada
palabra que pronunciaba era una herida infligida al cuerpo del universo. Y no
era diferente cuando hablaba cualquier otra persona.
Desde entonces he custodiado el
silencio como otros custodian reliquias u hostias consagradas.
Al principio me tomaron por un
excéntrico. Mi madre lloraba. Mi hermano se reía. Los médicos tomaban notas en
hojas blancas, con esa caligrafía nerviosa que tienen los sacerdotes de la
ciencia. Uno de ellos me mostró imágenes del cerebro. Dijo que el lenguaje es
necesario para el equilibrio psíquico.
Pensé que la sangre también es
necesaria para la supervivencia y, sin embargo, los santos aprendieron a
desangrarse por amor a Dios. Además, Dios también es mudo: nos gobierna, pero
no nos habla.
Comencé a vivir mediante gestos
mínimos. Una inclinación de cabeza para agradecer. Dos dedos levantados para
pedir agua. La mirada baja cuando alguien exigía una respuesta. Privado de mi
voz, el mundo se volvió lentamente más distante. Y en esa distancia finalmente
vi su verdadera naturaleza. Los hombres hablan porque tienen miedo. Hablan en
los bares, en los autobuses, en los hospitales. Hablan durante los funerales,
junto a las tumbas todavía abiertas, mientras la tierra espera al muerto con la
paciencia de los antiguos rituales. Hablan incluso durante el amor, incapaces
de soportar el maravilloso silencio de los cuerpos. Las palabras son anzuelos
lanzados contra el vacío.
Yo, en cambio, he elegido habitar
ese vacío. Cada día, sentado en mi habitación, escucho la respiración de las
paredes. Las tuberías vibran como órganos sumergidos. Las vigas del techo gimen
suavemente bajo el peso de la noche, con la solemnidad de los tubos de un
órgano atravesados por un aliento invisible. Y el latido de mi sangre contra
los tímpanos adquiere la cadencia grave de una liturgia celebrada en las
profundidades del cuerpo. Incluso el polvo posee un sonido, una especie de
lento crepitar cósmico.
El silencio no es ausencia. Es un
continente inmenso que los hombres cubren con charlas por miedo a precipitarse
en él. Con el paso de los años mi cuerpo ha cambiado. La voz, sin uso, se ha
retirado a algún rincón del pecho como un animal herido. Cuando intento toser
percibo un estertor cavernoso, como si perteneciera a otro ser enterrado dentro
de mí. La propia lengua se ha vuelto pesada, inmóvil como una reliquia guardada
tras un cristal. También he dejado de escribir. La escritura no es más que una
forma más lenta de ruido. Ahora vivo rodeado de cuadernos vacíos. Los abro cada
noche y contemplo sus páginas en blanco. Son las verdaderas escrituras
sagradas: textos todavía inmunes a la contaminación del significado. A veces
permanezco horas enteras frente a una hoja intacta. Me parece estar
contemplando el rostro de Dios antes de la creación.
La gente del barrio ha comenzado a
evitarme. Algunos niños me siguen por la calle haciéndose la señal de la cruz. Una
mujer me llamó «el monje de la nada». No ha entendido nada.
La nada sigue siendo una palabra.
Yo sirvo a algo que viene antes.
Una noche soñé con una catedral
inmensa construida enteramente de silencio. No había muros ni altares ni
imágenes sagradas. Y, sin embargo, sentía su presencia cerniéndose sobre mí
como una montaña. En el centro había una figura sin rostro. Comprendí de
inmediato que era Dios. No hablaba. Ninguna revelación. Ningún mandamiento. Solo
aquella presión absoluta e insoportable, semejante a los abismos marinos. Me
desperté llorando.
Desde entonces sé que el Paraíso no
estará hecho de coros angelicales. Esas son fantasías inventadas por los
hombres para hacer soportable la eternidad. El verdadero Paraíso será un
silencio tan vasto que borrará incluso el pensamiento de uno mismo.
De vez en cuando la tentación
regresa. Ocurre sobre todo en los mercados, en los lugares concurridos, cuando
el murmullo humano se convierte en un pantano que trepa por las piernas. Entonces
siento nacer en mi garganta el deseo monstruoso de gritar. Una sola palabra
bastaría para romperlo todo. Una blasfemia. El nombre de mi madre. Cualquier
cosa. Sería como escupir dentro del tabernáculo. Resisto apretando los dientes
hasta hacerlos sangrar. Porque he comprendido una verdad que los hombres
rechazan desde hace milenios: el lenguaje no sirve para comunicar, sino para
ocultar. Cada palabra añadida al mundo aleja las cosas de su esencia. Los
árboles se asfixian bajo el nombre de «árbol». El mar queda encarcelado dentro
de la palabra «mar». Incluso Dios, desde que los hombres lo nombran, se ha
vuelto más pequeño. Yo intento liberarlo. Cuando muera, nadie conocerá mis
últimas palabras. Eso me llena de alegría. Imagino al médico inclinado sobre mi
cuerpo, a los familiares esperando una frase definitiva, una confesión, una
señal. Y, sin embargo, encontrarán únicamente mi boca entreabierta, semejante a
una puerta abierta sobre el desierto. Solo entonces comprenderán que mi
silencio no era una renuncia, sino una plegaria.

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