sábado, 20 de junio de 2026

PANSPERMIA

Nenad Smiljkovic

 

En un mundo donde la vida y la conciencia son apenas una parte de un proceso mucho más antiguo y frío, extrañas entidades de apariencia humana visitan a mujeres y hombres estériles, otorgándoles fertilidad y la posibilidad de prolongar su linaje. Nadie conoce su origen, su propósito, ni es posible seguirles el rastro.

La esterilidad: cada época ha actualizado a su manera este fenómeno eterno entre los seres vivos. Ah, pero la esterilidad entre los humanos, esos conjuntos de células que han aprendido a pensar y hablar demasiado, liberados de depredadores concretos en la cadena alimentaria...

Los seres humanos buscaron las causas de la infertilidad en todo tipo de factores y la justificaron de mil maneras: promiscuidad excesiva, consumo de tabaco, alcohol, alcaloides pesados, predominio de genes recesivos defectuosos. La obesidad como causa de infertilidad era descartada por los delgados; los infértiles no fumadores desconfiaban de la teoría del humo de tabaco como agente espermicida. Los habitantes urbanos, infértiles y contaminados por sustancias repletas de metales y pesticidas, convencionalmente llamadas alimentos, observaban con incredulidad a los montañeses estériles criados en las regiones más puras del planeta. Veían la infertilidad como consecuencia de fallas de salud, como un fenómeno cosmopolita, una enfermedad, una maldición. Una pesada marca personal y social.

Pero apareció un hombre. Surgía de la nada; nadie conocía su origen, si es que un vagabundo puede tener uno. Establecía rápidamente relaciones, amistades y contactos sexuales con mujeres. Cazaba exclusivamente a las infértiles. Caminaba por las calles observando discretamente los edificios circundantes, con una mirada semejante a un aparato de rayos X o una cámara termográfica. A través de las paredes distinguía los ovarios disfuncionales de las mujeres estériles, los niveles anormalmente bajos de estrógeno y progesterona, el anhelo de dar a luz.

Antes frecuentaba bailes y carnavales; hoy, más bien bodas y fiestas rave. En los bosquecillos de regiones rurales remotas encontraba mujeres desesperadas y decepcionadas, al borde de perder la voluntad de vivir por no tener descendencia. Las ayudaba a encontrar ovejas perdidas del rebaño o cargaba un saco de harina hasta el molino junto al cual ellas se desplomaban agotadas; poco después también les concedía una familia. Intelectuales furiosas y seguras de sí mismas, eternamente despreciativas hacia los hombres y convencidas de que la culpa residía en toda semilla masculina y no en ellas mismas, sucumbían ante él en busca de la oportunidad de tener hijos. Llegó a embarazar a cuatro mujeres «al mismo tiempo», porque participaban juntas en una especie de ociosas orgías lésbicas interestatales de mujeres infértiles cuando él apareció. También alcanzaba a aquellas rodeadas y absorbidas por la transmisión genética de mascotas o hijos ajenos, convencidas de que una descendencia propia era completamente innecesaria; ellas también terminaban dando a luz, descubriendo un extraordinario talento para la maternidad. Respetaba, sin embargo, las decisiones firmes de las mujeres estériles que no deseaban tener hijos.

La descendencia no siempre se parecía a él, porque él mismo rara vez se parecía a sí mismo. Cambiaba de aspecto con el paso del tiempo; aparecía con otra fisonomía, se transformaba, combinando un gran carisma con un cuerpo atlético para alcanzar mental, hormonal o físicamente a mujeres estériles de determinados intereses y aspiraciones intelectuales. No prestaba atención a sus preferencias personales ni a lo que, según sus propios gustos, podía considerarse una mujer bella, atractiva o divertida; simplemente cumplía una misión. Las emociones y la atracción física eran herramientas para llevarla a cabo. Nunca envejecía ni moría; solo cambiaba. ¿Qué era? ¿Un demonio o una deidad? ¿Un organismo dotado de una vitalidad superior? ¿Un ser de vida extraordinariamente larga? ¿Un Matusalén? ¿Un extraterrestre? ¿La fuerza vital de antiguos mundos dormidos? ¿Una forma de supravida?

Todo había comenzado por culpa del agua mezclada con un meteorito extinguido, del tamaño de un balón de fútbol. Tenía mucha sed y la bebió hace varios millones de años, poco después de erguirse sobre dos piernas y de que los pulgares de sus manos se rebelaran contra la formación disciplinada de los demás dedos, modificando el atavismo reptiliano heredado de sus antepasados. Era un vertebrado alterado por los horrores invisibles de las fuerzas cósmicas. Había ingerido agua contaminada por secretos procedentes de rincones desconocidos del cosmos. Incorporó fragmentos de cuerpos astrales ignotos o residuos de materia oscura. Al menos eso es lo que mi mente alcanza a comprender, pues carece de capacidad para ir más allá.

Desde la perspectiva de una criatura pensante terrestre, era un vertebrado bípedo de apariencia humana poseído por algo ajeno, una combinación perfectamente integrada de material hereditario terrestre y leche astral, reactivos, enzimas, genomas, quién sabe qué.

Generaciones de inspectores, detectives, forenses, psicólogos y perfiladores no lograron seguirle el rastro, porque algunos de ellos llevaban inconscientemente sus genes; el material astral presente en ellos renunciaba a perseguir a su ancestro. Las mujeres que alguna vez habían sido infértiles y eran más generosas compartían su secreto con primas, amigas y conocidas que sufrían el mismo problema. Las egoístas querían reservarlo para sí mismas, pero él desaparecía. Lo buscaron inútilmente mediante electroforesis y otras pruebas de paternidad, avanzando cada vez más hacia métodos primitivos del pasado.

Él no criaba a sus hijos. Procreaba y desaparecía. Seguía adelante por otros bulevares llenos de edificios habitados por mujeres infértiles, por barrios de parejas incapaces de concebir, por bosques de brujas estériles, por campos y aldeas de campesinas sin descendencia, por ciudades y países. Lo atraía el olor de la infertilidad, la despreocupación de los adultos maduros sin hijos. Lo percibía a kilómetros de distancia, como un tiburón hambriento detecta sangre en el mar. Se ocultaba en el océano de relaciones sexuales humanas, útiles o inútiles, centenares de ellas en cada instante, dentro de esa maldición de la vida: prolongarse en el espacio y en el tiempo.

¿Qué inspector o forense podría descubrir algo así? El sexo perpetuo que lo rodeaba era su coartada constante. Nadie consiguió rastrearlo para reclamar pensiones alimenticias, aunque decenas de mujeres lo intentaron.

Su semilla revitalizaba el sistema reproductor marchito de una mujer estéril. Los óvulos muertos revivían y, allí donde ya no existían, introducía en el útero un espermatozoide especial con una envoltura adicional capaz de transformar una célula epitelial en un óvulo y fecundarla después. Por eso todas las mujeres embarazadas por él conservaban siempre el cincuenta por ciento de la herencia genética de sus hijos. Los niños se parecían a sus madres, y las madres los reconocían como propios tras superar el estricto examen de la vista, el olfato, el oído, el tacto y las hormonas maternas.

Sabía que aquello era necesario para las madres del grupo evolutivamente más reciente de mamíferos, porque él mismo era, en parte, un antiguo mamífero. Con la aparición del cigoto, el cuerpo decadente de la mujer estéril despertaba. Las hormonas se desataban, transformando aquel organismo adormecido en una feroz criatura prehistórica cuya única misión era sobrevivir y criar a sus hijos.

No sentía competencia por parte de otros machos, pues todos los posibles genes humanos estaban representados en él. Apenas conseguía atender a tantas mujeres. A las más desesperadas, aquellas al borde del suicidio, se les aparecía en sueños para pedirles paciencia. Algunas esperaron toda la vida.

Evitaba a quienes deseaban más hijos, porque ya no podía percibir en ellas el aroma de la infertilidad. Solo regresó unas pocas veces a lo largo de los milenios para repetir la concepción cuando una familia había sido destruida por guerras o epidemias. Entonces el olor volvía, y aquellas mujeres lo llamaban en sueños desde miles de kilómetros de distancia, pues la conexión ya había sido establecida.

Raramente engendraba gemelos. Incluso para él era un simple juego de probabilidades matemáticas dentro de un útero recién restaurado. El material estelar que habitaba en su interior le había enseñado que las madres humanas no poseían la capacidad reproductiva de los roedores, por lo que intervenía únicamente después de transcurrido aproximadamente un tercio de la esperanza de vida femenina, que fue aumentando a lo largo de los milenios.

Ignoraba a las menores de edad. Consideraba que un ser humano se liberaba completamente de la adolescencia solo después de los veinticinco años.

Era acosado por los homosexuales. No podía percibirlos mediante su peculiar sentido; simplemente se cruzaba con ellos por casualidad. Los evitaba con inteligencia y los ignoraba, porque no veía sentido en desperdiciar su semilla ni su tiempo. La homosexualidad se fundamentaba principalmente en las emociones, mientras que su misión consistía en expandir la vida, no el amor, entendido desde determinadas perspectivas antropocéntricas. Consideraba la homosexualidad una herramienta útil en regiones afectadas por una fuerte explosión demográfica. Él actuaba principalmente en territorios golpeados por el invierno demográfico, revitalizando antiguas civilizaciones consumidas por migraciones masivas, cambios climáticos y errores sociales y tecnológicos de origen humano.

También era bondadoso. Durante el coito, su órgano sexual analizaba los genes del hombre con quien la mujer estéril deseaba concebir con mayor frecuencia. Los replicaba y luego depositaba en el útero un conjunto genético capaz de hacer que el niño se pareciera a ese esposo, amante o novio habitual, dejando a la mujer en un estado de desconcierto semiconsciente. Su órgano reproductor era una antena que evaluaba y anticipaba posibles impulsos infanticidas o rechazos por parte del hombre encargado de criar al niño, en caso de que el recién nacido mostrara rasgos demasiado diferentes.

Poseía un origen parcialmente reptiliano y mamífero, además de genes heredados de aves caracterizadas por su dedicación al cuidado de las crías. Transmitía también esas cualidades protectoras, aunque él mismo se comportara como una fría hembra de víbora que deposita los huevos entre hojas podridas y continúa su camino. Sin embargo, en este caso aquellas hojas cálidas y fértiles eran madres humanas afectuosas.

Presentaba un defecto genético. Sufría ocasionales interferencias visuales, pérdida de saturación en los colores y perturbaciones provocadas por frecuencias cercanas al límite inferior de las radiaciones ionizantes. No era perfecto. El material astral procedente de regiones remotas del cosmos no era completamente compatible con los elementos y compuestos terrestres. Aun así, reparaba con extraordinaria eficacia los sistemas reproductivos dañados o atrofiados de las mujeres. Toda enfermedad de transmisión sexual presente en el organismo humano desaparecía después de una sola sesión reproductiva con una mujer madura e infértil que anhelara ser madre.

No tenía religión, ideología política, opiniones dogmáticas, sermones fanáticos, preferencias musicales, escritores favoritos, estilos de vestir, hábitos alimentarios ni vicios predilectos, aunque todo eso hubiera pasado a través de él durante las épocas. Según las investigaciones, parecía inclinarse por la dieta asociada al grupo sanguíneo B, de acuerdo con los testimonios posteriores de algunas mujeres fecundadas por él, aunque parte del equipo consideraba semejante hipótesis una completa tontería.

Había atravesado gran parte del Cenozoico, sustentado sobre profundas raíces heredadas del Mesozoico. No propagaba la vida por placer sexual, por ese postre de éxtasis que sigue al acto reproductivo y con el que las especies son recompensadas por perpetuarse. Había acumulado millones de orgasmos en la memoria de sus experiencias. Poseía conocimientos dignos de un alquimista supremo.

Simplemente caminaba y resolvía problemas de infertilidad, alimentado por la leche astral contenida en aquel asteroide caído. ¿Era eso la Providencia? No le preocupaba. Se limitaba a hacer aquello para lo que estaba capacitado. Creía que algún nivel superior de existencia astral se ocupaba de esas cuestiones. Él era apenas un soldado, un trabajador, un ejecutor biológico. Las más refinadas nanoestructuras del cosmos primordial presentes en su cuerpo de vertebrado cumplían las órdenes recibidas por esa entidad básica.

Caminaba absorbiendo, dentro de cierto radio, todas las impresiones emocionales de quienes lo rodeaban. Alegrías, felicidad, sufrimiento, dolor, orgasmos ajenos; filtraba todo aquello y concentraba su atención en los «tormentos de la infertilidad».

¿Cómo lo hacía?

Utilizaba una forma de comunicación basada en el nitrógeno, incomprensible para los seres humanos. Cuatro quintas partes del aire están compuestas por nitrógeno, y aproximadamente una trigésima parte del cuerpo humano también lo contiene. Así era como se comunicaba con las mujeres en sueños.

Utilizaba nitrógeno.

Mujeres sabias, brujas, científicas, maridos celosos y toda clase de hombres persiguieron durante siglos su identidad al advertir el inexplicable aumento de embarazos dentro de poblaciones oficialmente registradas como infértiles. Robaban muestras degradadas de su semen, seguían su rastro mediante leyendas, testimonios verbales, documentos escritos, videntes y adivinas; más tarde recurrieron a cámaras de vigilancia y análisis genéticos de su ADN perfectamente camuflado. Siempre terminaban confundidos.

Siempre estaba varios pasos por delante.

Una vez incluso lograron arrestarlo. Le dispararon y lo hirieron. Se preparaban para abrirlo con bisturíes, analizar sus tejidos con reactivos y buscar sus secretos bajo los objetivos de poderosos microscopios.

Desapareció.

Curado.

Las cámaras registraron todo lo ocurrido en la habitación, pero él simplemente dejó de estar allí. Nadie supo cómo. Del mismo modo que manipulaba células infértiles, también dominaba la conciencia humana, reflejo de esas mismas células. Después de todo, incluso aquella tecnología electrónica había sido concebida por individuos portadores de sus genes.

La descendencia de su estirpe difería de la producida por parejas humanas ordinarias. Tendía a una mayor armonía con la naturaleza y con el cosmos. Gracias a su semilla surgían arquitectos, jueces, deportistas, naturalistas, artistas de todas las disciplinas, agricultores, ministros, ascetas, filósofos, educadores, sacerdotes, estudiantes disidentes, revolucionarios, marginados sociales, magos y brujas, teósofos, alquimistas, criminales de múltiples talentos, entusiastas y altruistas.

Todos ellos difundían pequeñas porciones de conocimiento y sabiduría estelar entre una humanidad torpe y tambaleante, intentando restablecer el equilibrio con la naturaleza, única garantía de supervivencia.

Muchos fueron asesinados o encarcelados, porque esa misma humanidad prefería revolcarse en la inercia del egoísmo, la inmovilidad y la decadencia estereotipada, temiendo cualquier cambio.

Algunos miembros de su linaje tuvieron éxito y fundaron sociedades herméticas y conglomerados secretos donde el conocimiento era transmitido de forma clandestina mediante libros olvidados y prohibidos.

¿Por qué hacía todo aquello? Porque tenía un propósito: propagar la vida.

Panspermia.

Era una llave errante que encontraba y abría las cerraduras atascadas de este mundo. ¿Quién le había otorgado esa misión? La leche astral procedente del asteroide caído.

Su mente terrestre visualizaba a su Creador como algo vagamente semejante a Azathoth, la deidad ficticia –o quizá real– del caos. El soberano del caos primordial, anterior a las primeras estrellas, cuya existencia la humanidad ni siquiera sospecha. Para cualquier escritor de horror sería una entidad irresistible, una fuente inagotable de espanto. Sin embargo, no existe combinación posible de palabras o frases que su mente no hubiera procesado a lo largo de miles de años. Incluso había engendrado, de cuando en cuando, virtuosos del lenguaje capaces de acercarse a tales conceptos, otorgándoles fama o conduciéndolos a la hoguera si nacían en épocas oscuras.

¿Tenía buenas intenciones al conceder descendencia a mujeres cuyo tiempo reproductivo estaba a punto de agotarse? Yo no lo creo. Yo, que escribo estas líneas. Yo, una de las detectives que conoció de cerca su magistral fuga después del arresto. Aunque a primera vista parezca altruismo, se trata de una simbiosis pura. Él ofrece una familia; ellas aportan descendencia dotada de propiedades astrales y características perfectamente humanas, sin deseos de huir a otros mundos ni de transmitir información a una flota oculta detrás de algún planeta remoto.

Hemos escuchado, leído, escrito, dibujado, observado y soñado demasiado acerca de invasiones extraterrestres maliciosas. Pero esto no era una invasión. Era una simbiosis. No un parasitismo. No una depredación.

Las formas de vida procedentes de distintos rincones del cosmos deseaban conocerse y combinarse. Una descendencia viable era la prueba de que esa integración funcionaba. Respetaba el terreno reproductivo de los hombres terrestres, interviniendo únicamente allí donde ellos eran impotentes para hacerlo, sembrando de ese modo embajadores astrales.

Según cierta lógica, la Tierra es también una especie de cuerpo astral, una micropartícula del Big Bang, ese pedo primordial de Azathoth a partir del cual todo cobró forma gracias a la astronomía, la astrofísica, las hipótesis, el «astro-algo», tal y como uno podría intentar comprenderlo.

Sí, la Tierra es un cuerpo astral.

Y él simplemente reconciliaba el aislamiento terrestre con el resto del cosmos. Nos habíamos aislado demasiado. Nos habíamos convertido en alienígenas para el propio universo. Comprendí eso porque yo misma llevo semilla estelar en mis tejidos. Mi madre sufrió enormemente antes de darme a luz, en un edificio que alguna vez estuvo lleno de mujeres estériles y que Él visitó.

Por supuesto, abandoné la búsqueda de mi padre astral. Fui yo quien lo ayudó a escapar de prisión. El nitrógeno me habló en sueños. Me dijo que no levantara la mano contra mi propia sangre. Y así lo ayudé. Estoy convencida de que, durante aquella fuga imposible, ni siquiera utilizó el diez por ciento de su capacidad mental.

 

Al mismo tiempo, entre los seres humanos caminaba una mujer.

Y todavía camina. Ella caza hombres estériles. Su labor es más prolongada, porque permanece junto a la familia mientras debe alimentar a la descendencia con su leche sagrada, hasta que aparecen los dientes capaces de masticar alimento sólido. Entonces desaparece. Deja atrás a un hombre radiante de felicidad por haber formado una familia y sale en busca del siguiente. Transformada. Con otra apariencia física. Con otra personalidad. Con otro cuerpo. Y así, aproximadamente cada dos años.

Ella también bebió aquella antigua agua mezclada con los condimentos astrales del asteroide caído...

Nenad Smiljković (nacido el 23 de junio de 1983 en Skopje) es un escritor serbio de terror y ficción especulativa. Es licenciado en Biología por la Universidad de Niš y trabaja como profesor de biología en el sur de Serbia. Su obra fusiona escenarios rurales, folclore y terror cósmico-biológico, creando una voz singular arraigada en la atmósfera, la herencia cultural y la transformación humana. Sus relatos exploran la frontera entre la naturaleza, la historia y fuerzas que escapan a la comprensión humana, donde el horror surge como una consecuencia lógica del mundo, más que como una intrusión repentina. Su obra también ha aparecido en revistas y antologías como Diskurs (Croacia), Athanatik (Montenegro) y la serie de antologías Iza Uma (Más allá de la mente) de Croacia. Vive, trabaja, lee y escribe cerca de Vranje, en el sur de Serbia. Es padre de tres hijos. 

Blog del autor: https://priceizabiti.blogspot.com/?m=1

 

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EL SILENCIO