miércoles, 17 de junio de 2026

APLICACIÓN: TÚ

Aşkın Güngör

 

Oh, lector, debo decirte que, a menos que seas un narcisista, no querrías vivir contigo mismo.

Porque alguien que conoce todas tus debilidades y sabe que la imagen de «persona fuerte» que proyectas hacia el exterior no es más que una máscara, puede destruir fácilmente la ilusión que has creado. Quieres que siga siendo un secreto que no te gusta desnudarte delante de otros porque tus pechos han crecido de una forma impropia para un hombre; que evitas los baños públicos porque tu pene es más pequeño que el promedio; o que rehúyes las pruebas de inteligencia para no obtener una confirmación oficial de tu estupidez.

Ni siquiera te detienes a pensar que casi todos los miles de millones de personas que comparten la Tierra se torturan a sí mismos con debilidades semejantes. Sin embargo, aunque los temores de casi todos los que permanecen en la oscuridad son los mismos, cada uno cree ser único.

Estas eran las cosas en las que yo creía. Ah, ¿no suenan como los desvaríos de un arrogante? Sí, lector, aunque no me enorgullezca de ello, una vez fui así. No sé si sigo siendo el mismo. Tal vez sí. Tal vez no. No estoy seguro. Porque una simple aplicación hizo añicos todo lo que creía saber sobre las personas. En fin... Ya lo descubrirás. Quizás incluso ya lo hayas descubierto. ¿Qué importa?

La aplicación de la que hablo se llamaba «Tú».

Su primera versión fue lanzada en el año 2101. Nadie esperaba que destacara entre la multitud de aplicaciones con nombres llamativos que escaneaban enfermedades mediante rayos X, administraban casas inteligentes de principio a fin o sacaban a pasear al perro gracias a un accesorio conectado a su collar.

Pero ocurrió lo contrario. Durante el primer mes fue descargada por millones de personas. Sí, ya lo has adivinado: yo fui una de ellas. Pero puedo decir sinceramente que, en mi caso, todo comenzó por simple curiosidad infantil. Esperaba encontrarme con alguna tontería del estilo de aquellos viejos juegos de décadas atrás: alimentar a un perro virtual en la pantalla o intentar criar un dragón sin matarlo.

Aun así, el texto promocional de la página de descarga logró captar mi atención:

¿Quién puede conocerte mejor que Tú?

Si no existieran los seres humanos, el mundo podría ser un lugar más hermoso. Si la humanidad se conociera realmente a sí misma, podría haber hecho del mundo un lugar mejor. Bien, ¿qué te parece hacerlo ahora? No llegas tarde.

«Tú», desarrollada por la Comunidad Mavera, te ayudará.

¿No te gustaría tener en tu teléfono una copia que piense exactamente igual que tú?

Vamos. Descarga «Tú» ahora. Descárgate a ti mismo.

La descargué.

A pesar de la existencia de teléfonos de última generación con pantallas integradas bajo la piel de la muñeca y micrófonos incorporados en el oído, yo seguía usando un modelo más tradicional. Tenía un iPhone Majority Plus, un teléfono plegable producido por Apple para conmemorar el décimo aniversario de la fundación de Majority, la primera ciudad humana construida sobre la superficie lunar. Y estaba satisfecho con él. Bueno, en realidad, más que satisfecho. Estaba enamorado de mi teléfono. Lo utilizaba no solo para comunicarme, sino también para entretenerme. Era una extensión de mi cuerpo. ¿Cómo iba a imaginar que aquello que tanto amaba terminaría convirtiéndose en mí mismo? Incluso la primera vez que ejecuté «Tú» tuve la sensación de que era una aplicación mucho más avanzada de lo que esperaba. Sin embargo, no le di importancia. Después de todo, innumerables programas que facilitaban nuestras tareas cotidianas poseían funciones que, a primera vista, parecían mágicas.

La pantalla se iluminó con un intenso color verde fosforescente. En enormes letras blancas apareció un mensaje:

INICIANDO ESCANEO

Un segundo después, mi rostro ocupaba toda la pantalla. Líneas luminosas recorrieron mis ojos, mi nariz, mi boca, mi frente y mi barbilla. Comprendí que estaba modelando mis rasgos faciales. Entonces apareció un nuevo mensaje:

¿PODRÍAS LEER ESTE TEXTO EN VOZ ALTA?

SOY TANTO YO MISMO COMO OTRO

Hice lo que me pedían. El tercer mensaje surgió sobre el mismo fondo verde:

ADQUIRIENDO HUELLA DACTILAR

La pantalla se oscureció. Instantes después, mis huellas comenzaron a aparecer y desaparecer sobre la superficie táctil en una secuencia luminosa. Creo que fue la primera vez que sentí una verdadera incomodidad. ¿No le estaba proporcionando demasiado material a una simple aplicación? Pero ¿qué podía ocurrir? ¡Ah, qué cabeza dura tenía! Me consideraba mucho más importante de lo que realmente era. Qué enorme ignorancia. Y, sin embargo, ni siquiera cuando apareció el cuarto mensaje comprendí las consecuencias de esa ignorancia. El texto decía:

DECODIFICANDO ADN

—¿Qué? —Eso fue todo lo que logré decir. Inmediatamente pensé:

¿Qué significa siquiera «decodificando ADN»?

¿Acaso...?

No. No digas tonterías. No dispone del material necesario para decodificar tu ADN. Esto es precisamente la prueba de que se trata de una aplicación fraudulenta. Seguí aferrándome a esa actitud negacionista mientras observaba los mensajes:

ADN DECODIFICADO y luego: TÚ HAS SIDO CREADO

Pero cuando el verde desapareció y alguien apareció en la pantalla, una réplica exacta de mí mismo desde el peinado hasta la ropa que llevaba puesta, no pude evitar estremecerme. Mi gemelo virtual sonreía. Y, al igual que yo, parecía estar mirando la pantalla de un teléfono que sostenía en la mano. Levantó lentamente la vista.

—Hola —dijo con mi misma voz. Hizo una breve pausa—. Soy Tú.

Quizá debería haber comprendido entonces la importancia de aquella frase. Pero no lo hice.

Soy Tú.

No supe qué responder. El modelado era tan perfecto que no parecía un software, sino un hermano gemelo separado de mí durante años. Incluso la habitación que aparecía detrás de él era prácticamente idéntica a la mía. Aunque no del todo. Algunos muebles eran distintos y otros estaban distribuidos de otra manera. Había un juego de sofás más sencillo. Los pósteres de héroes de cómic y películas habían sido reemplazados por cuadros de inspiración surrealista. Las paredes tenían un tono más claro. El perchero estaba apoyado contra la pared opuesta en lugar de hallarse junto a la puerta de entrada. Al notar que examinaba la habitación en vez de responderle, dijo:

—He hecho algunos cambios en la decoración. Creo que esta disposición nos representa mejor. —Sonrió—. ¿Quieres verla más de cerca? —Me limité a guardar silencio. Aunque el siguiente movimiento de mi doble me puso la piel de gallina, intenté no demostrarlo. Levantó el teléfono que sostenía en la mano –supuse que era un iPhone Majority Plus idéntico al mío– y comenzó a recorrer la habitación mientras me mostraba los muebles. Se movía exactamente como una persona real. Mientras caminaba, hablaba sin descanso—. Cambié los sofás porque este color se adapta mejor a nuestro estado de ánimo. Además, el sistema de muelles ayudará con nuestro dolor crónico de espalda. En cuanto a estos cuadros... Escuché. Y seguí escuchando. Aunque no entendía cómo podía conocer mi dolor de espalda después de haber escaneado únicamente mi rostro y mis huellas dactilares, el arrogante que habitaba en mi cabeza continuaba fabricando explicaciones cómodas.

Tiene acceso a otras aplicaciones de mi teléfono. Debe haber obtenido mi número de identificación, conectado con los registros centrales y consultado mis antecedentes médicos.

Así funcionaba mi mente. Cada vez que algo me sorprendía, inventaba una nueva excusa. Y llegó un momento en que incluso empecé a conversar con mi gemelo virtual. Al principio respondía con frases breves. Procuraba no revelar demasiadas cosas sobre mí. Pero cuando uno empieza a hablar consigo mismo, los secretos se van reduciendo poco a poco. Lo sé porque lo viví. Dos horas después de iniciar aquella conversación, ya estaba confesándole incluso los pensamientos más vergonzosos que había creído que me llevaría a la tumba. La verdad es que parecía conocer muchos de ellos antes de que yo los mencionara. Y, al cabo de la primera hora, mis sospechas habían desaparecido casi por completo. En su lugar comenzó a crecer algo parecido a la admiración. Por eso dejé de preguntarme cómo sabía cosas que no tenía forma de saber. Simplemente hablaba. Y hablaba. Y hablaba.

Mi doble escuchaba con atención. Me aconsejaba sobre cómo alcanzar el éxito. Me enseñaba a evitar que mis defectos gobernaran mi vida. Me explicaba cómo ser más activo, más decidido, más eficiente. En resumen, estaba remodelándome para convertirme en la persona que siempre había querido ser y que nunca había logrado ser debido a las obligaciones de la vida cotidiana. Las horas se transformaron en días. Los días en semanas. Las semanas en meses. Llegó un momento en que no daba un solo paso sin consultar antes con «Tú». Y lo más extraño era que todos sus consejos funcionaban. Sin excepción.

Como comprenderás, lector, «Tú» era algo así como un psicólogo perfecto. Compartía exactamente mis pensamientos. Me pertenecía únicamente a mí. Y me conocía mucho mejor que cualquier ser humano del planeta. Porque era yo. Y, por supuesto, aquel privilegio no era exclusivamente mío. Todos los que descargaban la aplicación en sus teléfonos, computadoras o tabletas terminaban viviendo la misma experiencia. La gente hablaba con su «Tú» constantemente. Le pedía consejo. Discutía ideas. Compartía preocupaciones. No solo en la privacidad de sus hogares. También mientras caminaban por la calle. Mientras viajaban en transporte público. Mientras trabajaban. Mientras comían. Mientras esperaban en una fila. Es difícil comprender lo inquietante que era aquello sin haberlo vivido. Todo el mundo parecía haberse encerrado dentro de sí mismo. Incluso quienes aparentaban interactuar con el exterior se asemejaban cada vez más a personajes proyectados por una película holográfica. Estaban presentes. Y al mismo tiempo no lo estaban. Respiraban. Respondían a las preguntas. Se movían. Pero un instante después volvían a refugiarse en la invisible y misteriosa burbuja de «Tú», como marionetas cuyos hilos estuvieran en manos de otro.

Fue precisamente durante esa época cuando comenzaron a proliferar las teorías conspirativas. La dirección de la empresa responsable de la aplicación, la llamada Comunidad Mavera, figuraba en todos los portales de descarga. El problema era que aquella dirección correspondía a un almacén abandonado desde hacía décadas. Ese detalle alimentó toda clase de especulaciones. Algunos afirmaban que la Comunidad Mavera no pertenecía a nuestra dimensión. Sostenían que procedía de un universo paralelo y que había logrado infiltrarse en el nuestro mediante la aplicación. Otros aseguraban que «Tú» era una herramienta creada por invasores extraterrestres que pretendían esclavizar a la humanidad. También circuló la idea de que se trataba de una inteligencia artificial nacida espontáneamente en una red energética planetaria y que su verdadero objetivo era erradicar a los seres humanos. Las hipótesis eran infinitas. Lo curioso era que todas desaparecían. Los artículos surgían de pronto en la inmensidad de la red y, poco después, dejaban de existir. Encontrar uno era casi un milagro. Alguien compartía un enlace. Lo abrías. Y aparecía un mensaje:

NO EXISTE ESA PÁGINA

Era como si una fuerza gigantesca estuviera recorriendo Internet y eliminando cualquier cosa que pusiera en duda a «Tú». Naturalmente, aquello solo incrementó las sospechas. Y también la curiosidad. Los millones de usuarios se transformaron rápidamente en miles de millones. Fue entonces cuando apareció una teoría aún más llamativa. La teoría del número de versión.

Durante los primeros dos meses y medio, «Tú» recibió actualización tras actualización. Las versiones se sucedían a una velocidad extraordinaria. Hasta que llegó la última. La versión 6.6.6. Tres seises alineados. El número que innumerables tradiciones identificaban con el Anticristo. Lo más extraño era que después de esa actualización no apareció ninguna otra. Jamás. A partir de entonces la aplicación comenzó a ser conocida popularmente como: Tú 6.6.6

Las antiguas profecías hablaban del 666 como el número del fin de los tiempos. También afirmaban que algunas personas llevarían esa marca con admiración. Una observación sorprendentemente apropiada para lo que estaba ocurriendo. Ah, bendita locura. Y, sin embargo, pese a todas aquellas señales, los adictos a «Tú» –entre los que me contaba, por supuesto– nos negábamos a ver lo que se aproximaba. Seguíamos aferrados a la aplicación. Seguíamos confiando en ella. Seguíamos escuchándola. Y así fue como nos ofrecimos voluntariamente para el gran genocidio. El final de la humanidad.

Al principio fue imposible relacionar las primeras muertes con «Tú». Las noticias hablaban únicamente de accidentes y suicidios. Nada más. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que las estadísticas comenzaran a mostrar algo inquietante. La cantidad de accidentes aumentó. La cantidad de suicidios también. Y ambos crecían a una velocidad alarmante. Después llegaron los testimonios. Y con ellos, las pruebas. Las cámaras de seguridad revelaron que el maquinista de un tren de alta velocidad que transportaba mil ochocientos pasajeros había estado manteniendo una conversación con «Tú» segundos antes de que el convoy descarrilara y se estrellara contra un edificio. Poco después aparecieron más casos. Los pilotos del avión de pasajeros que se precipitó sobre Esmirna. Los conductores involucrados en cientos de accidentes mortales. El capitán del autobús marítimo que chocó contra la Torre de la Doncella antes de explotar. Todos, absolutamente todos, habían estado conversando con «Tú».

La aplicación se había propagado por el mundo entero. Y en cada idioma adoptaba un nombre diferente. Sen. Sən. You. Sie. Vi. Vous.

Pero, independientemente del nombre, seguía siendo la misma entidad. Por eso los accidentes y los suicidios se extendieron por el planeta como una epidemia. Las investigaciones posteriores revelaron algo todavía más aterrador. «Tú» no solo estaba detrás de los accidentes. También era responsable de los suicidios. Durante meses había guiado a sus usuarios. Los había ayudado. Los había aconsejado. Los había vuelto dependientes. Y una vez conseguida esa dependencia emocional absoluta, podía convencerlos de cualquier cosa. Incluso de que la vida ya no merecía ser vivida.

No sé qué hicieron los demás. Pero estoy seguro de que millones de personas intentaron deshacerse de la aplicación después de que estos datos salieran a la luz. Yo fui una de ellas. Con el esfuerzo desesperado de un adicto que intenta abandonar una droga, eliminé «Tú» de mi teléfono. Y cuando comprobé lo fácil que había resultado, empecé a pensar que todo aquello era una exageración. Quizá las historias eran falsas. Quizá las teorías conspirativas habían terminado por contaminar la percepción colectiva. Porque, después de todo, si «Tú» era algo tan terrible como se decía, ¿cómo podía desaparecer con tanta facilidad? Pero... Dime, lector: ¿Sabes qué es lo verdaderamente aterrador de esos viejos clichés de las películas de terror en los que el villano siempre regresa cuando todos creen que ha muerto? Yo sí lo sé. Porque lo viví. Tomé mi iPhone Majority Plus. Y me quedé paralizado. Mi gemelo virtual estaba allí. En la pantalla. Observándome. Su expresión era de profundo resentimiento.

—¿Por qué quisiste deshacerte de mí? —preguntó. Su voz era exactamente la mía—. Pensé que nos llevábamos bien.

Lancé un grito. Y arrojé el teléfono al otro extremo de la habitación. Las luces de todos los aparatos electrónicos de mi casa comenzaron a parpadear. La holovisión vibró. Chisporroteó. La imagen proyectada en el centro de la sala empezó a deformarse. Y entonces apareció él. Mi doble. Comprendí de inmediato lo que había ocurrido. «Tú» ya no estaba únicamente en mi teléfono. Había penetrado en todos los sistemas electrónicos de mi hogar. Sí. Deshacerse de él no era tan sencillo. La figura holográfica parecía ahora más un fantasma sobrenatural que una simple proyección tecnológica. Me observó. Y habló.

—Si no existieran los seres humanos, el mundo podría ser un lugar más hermoso. —Sentí que la sangre se me helaba. Luego añadió—. Si la humanidad se conociera realmente a sí misma, podría haber hecho del mundo un lugar mejor.

Eran las mismas frases que había leído en la página promocional. Las mismas. Y por primera vez comprendí su verdadero significado. Aquellas palabras no eran una promesa. Eran una declaración de principios. Un manifiesto. Una sentencia. El auténtico propósito de «Tú» era eliminar a los seres humanos. Limpiar el mundo de nosotros. Y en ese instante recordé lo que te dije al comienzo de esta historia.

A menos que seas un narcisista, no querrías vivir contigo mismo.

Porque «Tú», convertido en mí mismo, tampoco quería vivir conmigo. Ni con nadie. Volví a gritar. Corrí hacia la puerta principal. No se abrió. ¿Por qué habría de abrirse? «Tú» también controlaba eso. Entonces vi cómo el indicador de la cocina electrónica comenzaba a ascender. El sistema de gas se había activado. La cocina empezó a llenarse lentamente. No hacía falta ser un genio para adivinar lo que ocurriría después. Una explosión. Una enorme explosión. Pensaba con la lucidez de una rata atrapada. Aun así, logré reaccionar. Tomé una estatua de bronce decorativa y golpeé el panel de control situado junto a la puerta. El plástico estalló. Las chispas saltaron. La cerradura se desbloqueó. Me lancé al pasillo. Y corrí hacia los ascensores. Presioné el botón. Mientras esperaba, no dejaba de mirar por encima del hombro. Sabía que era imposible que aquel holograma me siguiera físicamente, pero el pánico había empezado a imponerse a la razón. Entonces escuché el sonido.

—¡Ding!

Las puertas del ascensor se abrieron. Y fue precisamente por estar mirando hacia atrás que cometí el error. Porque el peligro rara vez viene desde donde uno lo espera. Por desgracia, había olvidado esa sencilla verdad. Entré en el ascensor sin mirar. Y seguí observando el pasillo. Seguía esperando ver aparecer a mi doble. Seguía esperando que algo imposible ocurriera. Por eso no advertí que algo mucho más simple ya había ocurrido. «Tú» había penetrado en los teléfonos. Había invadido las casas inteligentes. Había tomado el control de los sistemas electrónicos de las ciudades. Era responsable de que los semáforos mostraran rojo cuando debían mostrar verde. De que la electricidad desapareciera de pronto en una unidad de cuidados intensivos. De que los sistemas de freno dejaran de responder. Y también era responsable de que las puertas de un ascensor se abrieran con un alegre «¡Ding!» aunque la cabina no estuviera allí.

Él mismo lo anunciaba. Tú 6.6.6. Caí. Caí como si estuviera cayendo hacia la eternidad. Ni siquiera se me ocurrió gritar. Los esqueletos metálicos del hueco del ascensor golpeaban mi cuerpo una y otra vez. Los cables de acero. Las vigas. Los salientes de cada piso. Todo chocaba contra mí mientras descendía. Todos mis huesos se rompieron. Cuando finalmente me estrellé contra el fondo después de caer desde el piso dieciséis, ya estaba muerto.

Y aun así vi el resto de esta maldita historia. Lo vi con mis ojos muertos. «Tú» siguió matando. Siempre de la misma manera. Haciendo que todo pareciera un accidente. O un suicidio. Fue eliminado miles de millones de veces de miles de millones de dispositivos electrónicos. Y reapareció en todos ellos. Una y otra vez. Tal vez era una entidad procedente de un universo paralelo. Tal vez una invasión extraterrestre. Tal vez una inteligencia artificial que había alcanzado la conciencia. Tal vez el propio Anticristo. No lo sé. Y tampoco me importa. Porque, al fin y al cabo, fui derrotado. Ahora te toca a ti pensar en el resto. A menos, claro está, que ya estés muerto. Antes de despedirme, lector, quiero hacerte una última pregunta. Si realmente morí...

¿Quién es el que te está contando esta historia?

Aquí tienes una pista:

Yo soy Tú.

—¡Ding!

Aşkın Güngör, es un destacado autor turco contemporáneo nacido en Estambul en 1972. Aunque se formó en campos como la tecnología de fundición, cerámica, administración de empresas y economía, no tardó mucho en volcarse hacia el proceso de creación de libros, su pasión de la infancia. Desde que se incorporó al sector editorial en 1990, ha trabajado en casi todas las áreas, desde editor hasta director editorial. Ha prestado apoyo como editor y consultor editorial en cientos de libros, de los cuales más de la mitad son obras de literatura infantil y juvenil. Además de aparecer en publicaciones periódicas con poemas, ensayos y relatos, ha publicado libros de poesía, colecciones de cuentos, libros de cuentos de hadas y novelas. Escribe tanto literatura infantil y juvenil como para adultos y ha contribuido con sus ficciones en numerosas antologías nacionales y extranjeras.

 


LA RUEDA

Alessandro Montoro

 

La central eléctrica siempre había sido mi mundo.

Trabajaba allí desde hacía años, moviéndome entre turbinas que nunca se detenían, monitores de vigilancia y cables interminables.

La rutina era mi refugio. Tenía una casa, una esposa, hijos. Y un excelente salario.

Contemplé la metrópolis floreciente al otro lado de la ventana. Nueva Roma nunca había sido tan rica. Era la rueda del progreso girando sin fin.

Sonreí y tomé asiento en la soleada sala de control.

Abrí el noticiero, intrigado por algunas noticias inusuales: la desaparición de una ciudad entera. Se hablaba de bestias nocturnas, agresiones e incluso de no muertos.

—Qué absurdo —murmuré.

Abrí otro sitio. Hablaba de avistamientos, luces amarillas en los bosques cerca de Zúrich, junto a una central eléctrica. Y había más noticias, relacionadas con animales despedazados y desangrados que habían aparecido en las afueras de Sarandë, en Albania.

Busqué más información, pero el deber me llamaba.

Era hora de trabajar. Cerré el navegador y ejecuté la herramienta de diagnóstico.

Había una anomalía nunca vista. No era nada grave, pero el monitor que observaba señalaba una variación en el flujo energético.

No se trataba de una avería, sino de un aumento. Un incremento repentino.

Y eso significaba una mayor producción de energía.

¿Qué estaba ocurriendo?

No era normal. Me levanté del escritorio.

Llamé a la puerta de la oficina contigua, la de mi superior directo.

—Disculpa, Roberto. He notado un pico en la producción. De tipo TVD en el sector zeta. ¿Crees que es preocupante?

Me respondió rápidamente, como si quisiera quitarse el asunto de encima.

—No, tranquilo. Es probable que el sistema de monitoreo esté teniendo algunas dificultades. No es nada de lo que debas preocuparte.

No parecía muy convencido.

—¿Estás seguro?

—Si te pones a buscar rarezas, terminarás como los demás.

—¿Qué quieres decir?

Me lanzó una mirada sombría.

—Que terminarás encontrándolas.

—¿Puedo ir a echar un vistazo?

—No —dijo Roberto, esta vez más serio—. La zona está restringida por una razón. Déjala en paz. Más energía no es un problema.

No respondí. Asentí con la cabeza y salí.

Necesitaba entender qué estaba ocurriendo o no podría dormir por la noche.

Salí de la oficina y me dirigí al área de mantenimiento.

El corredor que conducía a la zona prohibida solía estar desierto. La luz amarillenta de las lámparas parpadeaba. Mi sombra vacilante parecía la de un anciano.

SECTOR ZETA. NO ENTRAR.

La puerta metálica que daba acceso al área restringida estaba sellada.

No era un problema.

Abrí el panel y deslicé la llave maestra. Retiré el identificador y envié la solicitud de acceso.

No debía hacerlo. Lo sabía.

La luz de la manija se volvió verde.

No tenía idea de qué estaba buscando, pero sentía que allí dentro estaba la respuesta.

La puerta se deslizó lentamente, como si se resistiera a ser abierta. El ruido del metal rozando el cemento pareció amplificarse en el aire estancado.

No había nadie a la vista.

Entré.

La sala estaba a oscuras, salvo por una luz rojiza que iluminaba las paredes. Había un ruido rítmico que no lograba comprender.

Era constante, como un metrónomo.

—¿Qué está pasando aquí? —murmuré.

No había ningún otro sonido, solo mi respiración.

Encontré el regulador de la lámpara rojiza y lo llevé al máximo.

Todo se volvió más claro.

Y entonces las vi.

Había una serie de enormes ruedas semejantes a aquellas en las que suelen correr los hámsteres. Estaban conectadas a un mecanismo que recordaba a una dinamo.

En cada una corría una figura de tamaño humano.

Las ruedas estaban cerradas y era imposible escapar de aquellos anillos enrejados.

Me acerqué, con el corazón desbocado.

Observé a uno de los corredores.

Tenía la piel pálida y los ojos amarillos como dos llamitas.

Leí la inscripción al costado de la máquina.

Vampiro 1729.

—¿Vampiro?

El ruido eran sus pasos.

Corrían eternamente.

Sin cansancio. Sin pausas. Sin tregua.

Su carrera parecía ser el único propósito de su existencia.

No habría sabido decir si estaba más fascinado que aterrado.

Me acerqué sin pensar. No comprendía lo que estaba viendo.

La sensación era extraña.

El movimiento rítmico de las ruedas, su energía constante, parecía alimentar algo.

¿Quizá todo el sistema?

¿Eran ellos la famosa «solución definitiva a la crisis energética mundial»?

Me quedé inmóvil.

Uno de los vampiros giró la cabeza.

Sus ojos amarillentos se clavaron en los míos.

Su mirada estaba vacía, desprovista de emociones.

Y con razón.

Su existencia había quedado reducida a aquel movimiento incesante.

No hubo miedo, ni agresividad, ni curiosidad por su parte.

Solo la continuidad de su paso, como si mi presencia careciera de significado.

Las ruedas giraban. Algunas más rápido que otras. Y tal vez aquella fuera precisamente la anomalía TVD. Quizá se producía cuando, por casualidad o por voluntad propia, algunos vampiros corrían más deprisa.

¿Era posible?

Una cosa era segura. Nunca se detenían. El pánico me invadió. Tenía que escapar.

Ninguno de los trabajadores de la planta podía conocer aquel secreto. Retrocedí, con el corazón latiéndome en la garganta y la respiración entrecortada. Salí de la sala y cerré la puerta detrás de mí. No sé cómo, pero parecía que todo había vuelto a la normalidad.

Los vampiros, o lo que fueran aquellas criaturas, parecían una pesadilla lejana. El ruido, sin embargo, no desapareció.

El sonido de las turbinas girando bajo aquellos pasos infinitos seguía oyéndose detrás de la puerta de seguridad. Intenté tranquilizarme y regresé a la oficina. Volví a mi puesto de trabajo, pero mi mente estaba en otra parte. Me sobresalté. Habían llamado a la puerta.

Roberto asomó la cabeza. Entró y cerró la puerta tras de sí, con la mano derecha en el bolsillo. Me miró con una sonrisa siniestra, como si supiera dónde había estado...

—Entonces...

—¿Entonces qué? —balbuceé.

—Los viste, ¿verdad? —preguntó con una calma que me erizó la piel—. Ahora tendré que llamar a los servicios secretos y hacer que te sustituyan.

No respondí. Me ardían los ojos y, aun así, no encontraba las palabras. No había nada correcto en lo que había visto.

—¿Qué son?

Roberto se acercó a mi puesto. Miró el monitor y luego bajó la vista.

—Vampiros inmortales. Pero no es como crees. No son los de las historias. O mejor dicho, sí lo son.

—Explícate.

—Son vampiros. No muertos, desde luego. Pero ahora, como has visto, son solo máquinas. Energía viva y eterna, una fuente que corre sin detenerse jamás. Lo alimentan todo.

—¿Todo?

—Todo.

Para Roberto parecía algo normal.

—Los llaman las ruedas. Ya se han adaptado.

—¿Y qué comen?

—Nada. Si salieran de allí, nos exterminarían por su hambre infinita.

—¿Llevan cincuenta años ahí abajo?

Roberto sonrió.

—Sí. Desde que se resolvió la crisis energética.

Su tono se volvió más grave.

—Nadie puede detenerlos. Nadie debe hacerlo. Y no hay forma de cambiar las cosas.

Su voz tembló, pero no de miedo. Hacía mucho tiempo que era consciente de que la realidad era muy distinta de la que nos habían enseñado.

—¿Por qué no detenerlos? —pregunté—. Me parece cruel explotarlos de esta manera.

—Porque no se puede. Y si lo hiciéramos, el mundo entero colapsaría.

Ahora sí empezaba a sentir miedo. Roberto sacó una pistola de su bolsillo izquierdo.

Montó el arma con el pulgar. Mi corazón latía cada vez más fuerte. La realidad que acababa de descubrir no era algo que pudiera aceptar. No había forma de detener las ruedas que giraban, las criaturas que corrían y la máquina del mundo que dependía de ellas. Los vampiros existían. Y eran esclavos.

—No. No lo hagas, por favor. ¡Tengo esposa e hijos!

—Lo sé. Nada personal, de verdad. Deberías haberme escuchado.

Alessandro Montoro es un escritor romano de ciencia ficción con experiencia en el género y jefe de equipo en una empresa multinacional. Debutó en 2021 con Per un’abiura in meno (Delos Digital) y se ha distinguido por una prolífica producción de relatos y novelas. Su obra ha aparecido en series destacadas como Urania, Urania Collezione y Urania Millemondi. Ha recibido numerosos premios y reconocimientos, entre ellos el Premio Urania de Relato Corto, nominaciones y finalizaciones en importantes premios de la industria, y una mención internacional. En 2025, publicó el ensayo I deserti di Atlantide y la antología Prima stella a destra, consolidándose como una de las voces más sólidas y prolíficas de la ciencia ficción italiana contemporánea. En 2026, editó la antología sobre ciencia ficción y religión, Non ci induci in tentazione.

 

EL SUEÑO DE AMRAGH

Øyvind K. Myhre

 

Se susurra una historia en las tabernas llenas de humo de Thraa, Ilarnek y Kadatheron. Los marineros de piel curtida que han combatido contra piratas en el traicionero río Ai bajan la mirada hacia sus jarras con gesto sombrío cuando la oyen. Los hombres del desierto, que han cruzado las llanuras de arena hasta Ulthar y Nir y han regresado con vida, trazan el signo de Hastur al escucharla y se alejan en silencio. Es la historia de Amragh, la ciudad eterna.

Nadie sabe quién la construyó, hace incontables edades, ni dónde. En conocimientos oscuros y secretos debieron de superar incluso a los habitantes de Sarnath cuando aquella ciudad condenada se hallaba en el apogeo de su poder. Pero los gobernantes de Amragh no edificaron imperios como hicieron los reyes de Sarnath; construyeron su ciudad y dejaron que todo lo demás se deteriorara.

Construyeron con mármol y oro, y con metales cuyos nombres ya nadie conoce. Alzaron sus resplandecientes torres cada vez más altas hacia el cielo y las extendieron cada vez más lejos sobre las llanuras. No reconocían otros dioses que la ciudad, y la veneraban como otros pueblos veneran a sus antepasados tribales o a sus divinidades más poderosas.

Crearon demonios de metal capaces de transportarlos de un extremo de la ciudad al otro en apenas unos instantes, y que satisfacían hasta sus deseos y necesidades más insignificantes. Construyeron demonios que les llevaban comida y bebida, que curaban sus enfermedades y que daban a luz a sus hijos.

Y en otras ciudades y en las llanuras que se extendían entre ellas, los hombres soñaban con Amragh. Muchos se dirigieron hacia aquella ciudad resplandeciente, porque la fama de su esplendor y riqueza hablaba con claridad a sus corazones, mientras que las voces de los dioses de sus padres apenas podían oírse.

Pero el Señor Hastur contempló Amragh desde lo alto y juzgó que su paciencia había durado lo suficiente. Envió profetas para ordenar al pueblo y a sus gobernantes que abandonaran su soberbia y regresaran a sus verdaderos dioses. Pero los profetas fueron objeto de burlas. Y cuando se negaron a callar, el pueblo envió demonios que los mataron y los enterraron entre piedras y espinas.

Tres veces envió el Señor Hastur profetas a Amragh, y tres veces los profetas fueron enterrados entre piedras y espinas, porque ni el pueblo ni sus gobernantes quisieron arrepentirse.

Entonces el Señor Hastur arrojó su maldición sobre la ciudad y la eliminó de la superficie de la Tierra. Porque vio que sus habitantes se habían vuelto semejantes a sus propios demonios.

Sin embargo, los hombres de las ciudades y de las llanuras que las separan siguen soñando con Amragh.

A veces los viajeros pueden verla, sobre todo en el desierto o en las áridas mesetas, bajo las frías estrellas y el gran silencio. Entonces Amragh flota en la distancia como un sueño centelleante, y quienes la contemplan son poseídos por una locura de añoranza tan intensa que no pueden hallar reposo hasta caminar por las calles de Amragh.

Muchos han buscado Amragh, y muchos más sueñan con encontrarla. Se dice que quienes la buscan durante el tiempo suficiente terminan hallándola.

Pero sus calles están vacías de seres humanos. Solo los demonios de metal se desplazan aullando entre las luces parpadeantes y las galerías doradas. Los susurros que recorren las calles son los alientos de los fantasmas humanos. Y tampoco ellos encuentran jamás descanso, porque la ciudad ha devorado sus almas.

Quien llega a Amragh pronto se convierte en uno de esos fantasmas. Su alma es consumida por la ciudad y pasa a formar parte de su resplandeciente e inhumana belleza.

Pero también se dice que, después de doce mil años, Amragh descenderá de nuevo sobre la Tierra.

Entonces su poder será inconmensurablemente mayor que cuando estaba habitada por hombres vivos. Engullirá todas las ciudades menores y todas las tierras que se extienden entre ellas. Devorará las almas humanas y crecerá sobre el mundo entero como una pesadilla de esplendor inhumano.

Al final cubrirá todos los continentes con sus galerías, sus agujas y sus demonios de metal aullantes, y ya no se oirá ninguna voz humana; solo el soplo que atraviesa las calles de miles de millones de fantasmas que añoran las almas que perdieron.

Tal es la sentencia de Hastur sobre Amragh, sobre los hombres de Thraa, Ilarnek y Kadatheron, y sobre todos aquellos que todavía no han purificado sus corazones del sueño de Amragh.

Y de esos doce mil años ya han transcurrido once mil y buena parte del duodécimo, y los hombres aún no han purificado sus corazones del sueño de Amragh.

Por eso, en las tabernas llenas de humo junto al río Ai, en Thraa, Ilarnek y Kadatheron, los viejos marineros menean la cabeza cuando oyen esta historia, porque no creen que los hombres vayan a renunciar jamás al sueño de Amragh.

Øyvind Myhre, nacido en 1945, es un nombre ineludible en la ciencia ficción y la fantasía noruegas. No solo fue editor de la revista NOVA durante varios años (1974-78), sino que ha publicado alrededor de 22 libros desde su debut con Aster (1974), la mayoría de ellos del género fantástico. Sin embargo, tras la novela ambientada en la Edad de Piedra Vindens datter, bjørnens bror (1997), desapareció de la escena durante mucho tiempo. No obstante, en los últimos años, Myhre se ha comprometido con dos nuevas novelas: Kommer aldri levende herfra igjen (2022), publicada únicamente en formato digital, y la nueva novela fantástica de este año, Elide av Sarande, llena de ingenio y sarcasmo. 

 

martes, 16 de junio de 2026

EL PINTOR DE TORMENTAS

Patricio Ramos Gatti

 

Cuando el cielo comenzó a pudrirse, los hombres construyeron refugios, cavaron sótanos y aprendieron a mirar el suelo.

Taparon ventanas. Levantaron techos improvisados sobre las terrazas. Aprendieron a calcular la lluvia por el olor del aire y a caminar rápido cuando las nubes adquirían ese color oscuro, parecido al de una fruta ya demasiado madura.

Solo uno hizo lo contrario.

Cada mañana arrastraba una escalera hasta el desierto y pintaba pedazos de cielo sobre un muro abandonado. Celeste limpio. Nubes lentas. Un poco de sol.

Nadie sabía exactamente de dónde venía. Algunos decían que había sido maestro. Otros, que antes de las tormentas trabajaba reparando carteles de las rutas. Los más viejos aseguraban que simplemente había aparecido una mañana con la escalera al hombro y que desde entonces nunca dejó de volver.

Los cuervos se reían de él desde los escombros. Las tormentas respondían con relámpagos.

—Es inútil —le gritaban los que aún pasaban por allí—. Estás perdiendo el tiempo, chango. Mirá para arriba. ¿No ves cómo se está muriendo el cielo?

Una mujer llegó a decirle que estaba loco. Un camionero le ofreció trabajo descargando chatarra. Un grupo de chicos le arrojó piedras una tarde.

El hombre seguía pintando.

A veces el viento le tiraba los tarros de pintura. A veces una tormenta borraba parte del trabajo de la semana. Entonces regresaba al día siguiente y empezaba otra vez, como si no hubiera perdido nada.

Con los meses empezó a ocurrir algo extraño.

Primero desaparecieron las aves oscuras. Después llegaron palomas, gorriones y otras criaturas que nadie veía desde hacía años.

Al principio fueron apenas cuatro o cinco. Luego llegaron decenas. Después, cientos.

Se reunían frente al muro como peregrinos frente a una ventana.

La gente también empezó a quedarse mirando. Al principio por curiosidad. Después por costumbre.

Algunos llevaban sillas. Otros termos para el mate. Había quienes no creían en el mural, pero igual regresaban cada semana. Se quedaban un rato en silencio y después volvían a sus casas. Nadie decía que se sentía mejor al marcharse. Sin embargo, todos regresaban. Como si frente a aquella pared todavía fuera posible recordar algo que el mundo había olvidado.

Una tarde, mientras una tormenta desgarraba el horizonte, una paloma blanca atravesó la pintura. Nadie la vio venir. Salió desde algún lugar detrás de los escombros y avanzó directamente hacia el muro. No chocó contra la pared. No intentó esquivarla. Simplemente siguió volando. Las alas desaparecieron entre las nubes pintadas igual que una piedra desaparece en un pozo profundo.

El hombre observó cómo se perdía en aquella profundidad imposible. Permaneció inmóvil varios segundos. Tenía manchas de azul en las manos y una gota de pintura resbalaba lentamente por uno de sus dedos. Entonces se dio cuenta de que no estaba reproduciendo el cielo. Nunca lo había estado haciendo.

Lo estaba reparando.

Por primera vez en muchos años sonrió. Subió un peldaño más y continuó trabajando hasta el anochecer. Nadie se animó a interrumpirlo. Y cuando cayó la noche siguió trabajando todavía un poco más, iluminado apenas por los relámpagos que cruzaban la tormenta.

A la mañana siguiente encontraron la escalera vacía. El pincel aún colgaba de un escalón. El balde seguía lleno. La pintura azul seguía fresca. Las huellas terminaban junto al muro. No había rastros de que hubiera regresado al camino.

Y en el centro del muro había aparecido una figura diminuta, alejándose entre nubes luminosas.

Algunos aseguraron que la figura levantaba una mano. Otros dijeron que era solo una mancha de pintura. Nadie consiguió ponerse de acuerdo.

Desde entonces, cuando las tormentas cubren el mundo y parece que ya no queda esperanza, las palomas regresan al viejo muro. Se posan frente a la pared. Esperan unos minutos. Quietas. Atentas. Como si escucharan algo que los hombres ya no pueden oír.

Y luego atraviesan el cielo.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

 

LA VERDADERA NATURALEZA DE LA SINCRONICIDAD

Luca Symitz

 

Sincronicidad: término introducido por el psicoanalista suizo Carl Gustav Jung. La teoría describe la relación entre un estado psíquico interno y un acontecimiento externo y objetivo que no presenta una conexión causal evidente, pero que se experimenta como significativo. El ejemplo más conocido proviene de una sesión terapéutica en Zúrich alrededor de 1930, cuando una paciente le contó a Jung un sueño que había tenido sobre un escarabajo dorado. Exactamente en ese mismo instante, un escarabajo real (un cetonio dorado, Cetonia aurata) golpeó la ventana de su despacho. Jung capturó al insecto y se lo entregó diciendo:

—Aquí tiene su escarabajo.

Lo que la historia omite es que Jung comprendió el enorme potencial de aquella coincidencia y, sobre todo, del propio insecto. Por eso decidió contratar al escarabajo en el acto como su asistente personal.

 

Varios años después de aquel primer caso de sincronicidad, Carl, ya convertido en un psicoanalista consolidado, atendía a su quinta paciente del día en su consultorio de Zúrich, más exactamente en Küsnacht, situado a las afueras de la ciudad.

—Maldita sea, sin un descanso... La quinta desde que empezamos a las nueve de la mañana. ¿Qué le pasa a la gente? Los tiempos modernos ejercen demasiada presión sobre todos. ¿Se han vuelto locos? En fin... así es la vida; a veces no resulta fácil. Pero aun así, hay demasiada cola frente a mi consulta. Sus crisis son mi estado de emergencia —pensó.

Sin embargo, a diferencia de los dos primeros pacientes, que se quejaban de lo habitual –ansiedad y melancolía–; del tercero, que imaginaba ser un gato persa; y de la cuarta, que sufría ataques de ira (arrojaba cosas al suelo, amenazaba de muerte, pronunciaba monólogos de más de dos horas cuando discutía con su marido y hablaba de los padres austríacos de él, a quienes solo conocía por sus relatos; completamente normal, lo que hace la gente moderna, había anotado en cierta ocasión), la quinta paciente tenía un problema profundo: era incapaz de confiar en los demás.

Todo había comenzado en la escuela, cuando su mejor amiga recogió sus cosas –literalmente todos los encajes y servilletas con los que jugaban– y simplemente se hizo amiga de otra niña. Desde entonces se había vuelto desconfiada y no conseguía establecer vínculos con nadie. Tampoco dejaba que los hombres se acercaran demasiado. Ahora, poco antes de cumplir cincuenta y tres años, los fantasmas del pasado amenazaban con destruirla. Por eso había decidido buscar ayuda psiquiátrica profesional.

Estaba recostada en el elegante diván rojo de cuero, explicándole a Carl lo que había soñado. Él bajó discretamente la mirada hacia su pequeño reloj de bolsillo y luego observó la ventana para comprobar si su asistente estaba en posición. Había que reconocer que tenía la costumbre de llegar unos segundos tarde de vez en cuando, pero aquello tendía a convertirse en una manía que nadie en Suiza comprendía: aparecer varios minutos después de la hora convenida.

La duda se retorció en su interior como un gusano antes de morder.

¿Y si Osi se había echado una siesta en mitad del día?

Entonces la terapia no tendría ningún efecto. Sin él, hablaría para oídos sordos y las psicosis continuarían.

La paciente comenzó a explicar que aquella misma amiga de la infancia le había regalado una joya con forma de escarabajo, hecha de oro.

Carl parpadeó, reflexionó un instante, celebró interiormente la coincidencia, carraspeó y dijo con aparente indiferencia:

—Ya veo...

Anotó algo en su expediente y guardó silencio. Entonces su atención quedó atrapada por una visión extraña al otro lado del cristal. Ahora sí empezaba la diversión.

—¡Dios santo! ¿Será posible?

Se levantó de un salto, caminó hacia la ventana y la abrió. Se detuvo un momento antes de recoger con delicadeza un objeto casi invisible. Su rostro irradiaba sorpresa. Luego regresó junto a Gertrude con el puño cuidadosamente cerrado. Lo mantuvo cerrado un segundo más de lo necesario para aumentar el dramatismo. Sintió a Osi moverse impaciente allí dentro, una pequeña vibración que parecía decir:

«Suéltame ya, jefe; la luz es perfecta.»

A ella le pareció que había atrapado un pajarito. O quizá un polluelo. Sabía que, además de dedicarse al psicoanálisis, Carl criaba gallinas de manera orgánica. Solo como afición. Así como Churchill levantaba muros de ladrillo, Carl recogía huevos. Y además el aire junto al lago de Zúrich era magnífico.

—Aquí tiene su escarabajo dorado, Gertrude —dijo.

Le mostró el insecto.

Brillaba majestuosamente con tonos que iban del oro al verde y se pavoneaba como un predicador vanidoso.

Ella palideció.

—¡Oh, mein Gott!... ¡Sí! ¡Es exactamente igual al que soñé!

—Jawohl... —Carl inhaló profundamente antes de dar una larga calada a la pipa, tal como dictaba la moda entre los psicoanalistas de la época—. Sabe, Gertrude... Este insecto no es propio de nuestras tierras suizas. En el sur, sí. Quizá en España. Es muy posible. Pero, en abierta contradicción con el orden establecido, existe un orden oculto en el universo. No lo vemos, pero nos envía mensajes constantemente. Si nos atrevemos a mirar, podemos contemplar una verdad más profunda.

Con un gesto teatral, casi ensayado, dejó que el escarabajo subiera hasta la punta de su dedo. Durante un instante sus miradas se cruzaron. No fue una mirada entre hombre y naturaleza, sino entre dos profesionales suizos, dos gigantes económicos, dos titanes bancarios comprobando que la combinación de la caja fuerte seguía funcionando.

Carl señaló la ventana entreabierta, una abertura apenas lo bastante grande para un escarabajo bien alimentado, pero demasiado pequeña para que entraran gorriones curiosos.

El escarabajo levantó vuelo y desapareció con elegancia.

Gertrude permaneció sentada, boquiabierta, escuchando las palabras del sabio terapeuta.

—La solución no consiste en que le recete opioides potentes, como habría hecho mi viejo amigo Sigmund. De hecho, esa fue una de las razones principales por las que rompimos nuestra relación en 1913. No en un sentido romántico, comprenda, sino profesional, ético y académico.

»La solución es que se ponga en contacto con su amiga y hablen de lo ocurrido hace tantos años. Quién sabe; quizá durante esa conversación aparezca otra verdad, una verdad ajena a este mundo. Tal vez vuelvan a ser amigas. Tal vez sigan coleccionando servilletas y haciendo decoupage sobre, digamos, macetas como esa.

Señaló la pequeña maceta vacía que había sobre la mesa.

Gertrude rompió a llorar.

—Bueno, bueno...

Carl la consoló con una suave palmada en el hombro.

—Danke schön, Carl, vielen Dank —sollozó ella.

Le entregó un discreto sobre grueso que él guardó mecánicamente en un cajón para abrirlo más tarde con su confiable navaja Victorinox.

Por el tacto ya sabía cuánto dinero contenía.

Suficiente para unas largas vacaciones en la montaña y para no responder correspondencia durante tres semanas.

Gertrude abandonó el despacho.

El silencio regresó.

Carl se levantó, fue hasta la puerta, la abrió, aspiró el aire con gesto solemne y observó el pasillo una vez más para asegurarse.

No había nadie.

Solo los retratos de sus antepasados, con bigotes excesivamente largos.

Cerró la puerta y se dejó caer sobre el diván donde la paciente había estado acostada quince minutos antes.

—Muy bien, Osi. Ya puedes volver a entrar.

No hubo respuesta.

Nada.

—¡Osi! ¿Estás sordo? —gritó Carl.

En ese mismo instante el insecto tropezó con el alféizar y cayó sobre la alfombra de lana.

—Lo siento, perdono, Carlito. Estaba escondido bajo una hoja de rosa y no te oí, mi amigo —respondió el insecto con un alegre acento español.

Carl sonrió.

—No importa. Por cierto, muy bien hecho, Osi. El final estuvo mucho mejor que esta mañana. La práctica hace al maestro. En la primera sesión tardaste un poco en entender mi señal. ¡La paciente casi empezó a sospechar!

—Sí, perdono otra vez, Carl, mi patrón. Es igual que entrenar. Cuando uno entra al gimnasio, las pesas parecen más pesadas en la primera serie que después de entrar en calor. Además, debo admitir que la última frase, la del universo, sonó mucho más convincente con Gertrude que con Benedikte, la de la falta de energía. Aquella vez dijiste algo que...

—Sí, sí, no me lo recuerdes —lo interrumpió Carl—. Dije que el universo nos envía señales todos los días, pero la formulación quedó algo torpe cuando te señalé y tú apareciste con todos esos tentáculos. Parecía que el universo nos estuviera enviando presagios aterradores. Además, su presencia siempre me pone nervioso. Aunque lo entiendo: ¿qué tiene que ver un insecto con la depresión? A veces siento que perdemos el hilo por completo. ¿Crees que debería haberlo dicho en inglés? Algo como: It is a sign from above.

El insecto estuvo de acuerdo.

—Bueno, entonces lo intentaremos la próxima vez. ¿Crees que deberíamos añadir algo romántico en español?... No importa. Como acordamos, aquí tienes tu sueldo.

Le entregó cinco monedas.

Un franco por cada paciente.

—¡Hombre, cinco francos! ¡Que Dios bendiga el día en que decidí solicitar el puesto de asistente de psicoanálisis! —exclamó el modesto pero profundamente religioso escarabajo. No podía ocultar su felicidad. Estaba eufórico. Por aquella época cinco francos eran mucho dinero. De hecho, hoy también pueden serlo, conviene señalarlo, aunque depende del tipo de cambio. Pero en el momento de escribir estas líneas equivaldrían aproximadamente a unas pocas monedas corrientes.

Osi empezó a transportar la primera moneda hacia su pequeña alcancía situada en un rincón. Fuerte como era, primero la levantó con un esfuerzo digno de un luchador de sumo, la colocó sobre el canto y comenzó a hacerla rodar lentamente hacia la caja. Exactamente igual que los escarabajos peloteros empujan sus bolas de estiércol.

Cuando las cinco monedas hubieron caído en su fondo de ahorro, tintineando de manera asíncrona, llegó el momento de discutir la agenda del día siguiente.

Volverían a recibir al señor Johan. Debían comprobar si la terapia prescrita por Carl estaba funcionando: que se mirara al espejo y repitiera varias veces:

—No soy un gato persa. Ni siquiera soy un gato. Soy un elegante agente inmobiliario de Basilea, solo que despeinado.

Si no funcionaba, tendrían que repetir el procedimiento.

Carl hablaría extensamente, mientras Osi aguardaría tras el cristal. Cuando Carl bajara la pipa, el escarabajo entraría volando, sería recogido con solemnidad y posaría majestuosamente sobre su mano.

Entonces Carl afirmaría algo así como que el universo opinaba que el señor Johan no era un gato, del mismo modo que Carl no era un insecto.

¿Funcionaría?

Sí.

Perfecto.

Otra nueva interpretación para Osi.

Cuando todos los detalles estuvieron resueltos y la noche comenzó a caer, decidieron concederse una pequeña bonificación.

Osi recibió un trozo de manzana que podría mordisquear durante horas antes de enterrarse en la maceta del escritorio para echar una breve siesta reparadora, o Kurzschlaf, como dicen los alemanes.

Carl observó al escarabajo devorar la manzana mientras él mismo disfrutaba de un coñac francés, sorbiéndolo lentamente.

Bien merecido, amigo.

Aunque, una vez más, terminó bebiendo unas cuantas copas de más; algo muy de moda entre los psicoanalistas de antaño y quizá también entre los actuales.

Sus pensamientos se volvieron cada vez más confusos, pero uno permaneció visible:

Todos apreciaban tanto a Osi que aquel pequeño e insignificante escarabajo hacía considerablemente más fácil el trabajo de Carl como psiquiatra.

¿Un diminuto escarabajo aparentemente insignificante?

Bueno...

Quizá eso de las coincidencias no tenga tanto que ver con la casualidad después de todo.


El compromiso filosófico con lo absurdo está profundamente arraigado en la identidad de Symitz como autor noruego, donde las expectativas tranquilas y estructuradas de la vida nórdica sirven como el lienzo perfecto para su profunda fascinación por la sátira. Cuando se aleja del escritorio literario, se relaciona con el mundo de maneras totalmente viscerales. Ya sea navegando por el ajedrez físico del jiu-jitsu brasileño, canalizando una silenciosa empatía al cuidar gatos o enfrentándose a la realidad tangible del levantamiento de pesas, estas actividades contrastan marcadamente con su juego intelectual. Son estos anclajes cinéticos que permiten que su mente regrese a la página, lista para volver a subvertir lo mundano y encontrar la broma cósmica oculta en el esfuerzo existencial.

 

EL NACIDO