martes, 23 de junio de 2026

MI PRIMER ROBOT

Giorgio Sangiorgi

 

Mi primer robot era un juguete de hojalata, cuadrado y pintado de verde. Funcionaba con dos pilas alcalinas y, una vez activado, avanzaba hacia mí dando tumbos. Su pecho se iluminaba y quizá –han pasado demasiados años– también tenía un mecanismo de piedra de chispa que lanzaba destellos, un dispositivo muy de moda en los juguetes de aquella época y que hoy haría estremecerse a cualquier bombero.

Aquel juguete era la quintaesencia de todo lo que debería resultar inquietante en una máquina antropomorfa: un gigante verde que avanzaba de forma amenazadora, con ojos inexpresivos y un chisporroteo constante.

Sin embargo, para mí no existía visión más mágica ni más reconfortante.

Después de aquello, durante varias décadas, tuve que conformarme con soñar con los robots: en los libros, en los cómics y más tarde en las películas. ¿Cómo olvidar a Robin Williams diciendo:

—Si me necesita, siempre estaré aquí para usted. Ha sido un honor servirle...

Llegaron otros juguetes inteligentes, pero no quise dejarme tentar por ellos. Como la zorra de la fábula con las uvas, repetía por todas partes:

—¡No compraré un robot hasta que sea capaz de traerme las pantuflas o el mando a distancia!

Pero por entonces ya se estaban realizando experimentos interesantes. Había máquinas capaces de caminar, hablar, tocar el violín o jugar al ajedrez. Sin embargo, ninguna sabía hacer todas esas cosas a la vez. Faltaba potencia de cálculo. Después las cosas se precipitaron.

Se hablaba de numerosos prototipos prometedores y yo intuía que estaba asistiendo al amanecer de una revolución superior incluso a la llegada de las computadoras, una revolución destinada a transformar la sociedad. Hasta el día en que me encontré uno delante de mí. Estaba ya cerca de jubilarme. Era blanco, con articulaciones metálicas. Empujaba un carrito y era evidente que había sustituido a uno de nuestros empleados internos en el reparto de correspondencia.

Caminaba con seguridad. Lo observé atravesar el pasillo. Pasó frente a mí y, de manera instintiva, lo saludé.

—Buenos días.

—Buenos días —respondió con una leve inclinación de cabeza.

Me quedé inmóvil observándolo alejarse. Sonreía mientras una lágrima descendía desde el rabillo de mi ojo derecho. Aquel aparato seguramente le había quitado el trabajo a un ser humano. Pero yo me sentía como si uno de mis sueños más imposibles hubiera tomado forma y se hubiera subido a mi mismo autobús.

Nunca lo olvidaré.

Cuántas cosas he visto desde entonces. Cuánto ha cambiado el mundo. Ahora tengo ciento un años y estoy a punto de morir. Por muchos caprichos del destino, estaría aquí agonizando completamente solo si no fuera porque Walter, mi robot mayordomo, está conmigo. Walter me ha cuidado y atendido fielmente durante los últimos veinte años. Ha sido mi compañero y ahora será mi último testigo.

—¿Siente dolor, señor? —me pregunta Walter, inclinándose hacia mí con preocupación. Lo tranquilizo cerrando los ojos. Ya ni siquiera puedo hablar. Así que Walter recibe mis pensamientos y los almacena para que no se pierdan. Cuando yo muera, Walter también se apagará, aunque conservará intactos mis archivos. Sus sofisticadas circunvoluciones neurotrónicas se quemarán y él no será más que un muñeco inútil. No, no fui yo quien lo ordenó. Fue decisión suya. No consideraba elegante servir a otras personas después de mí. Además, sabe que ahora existen nuevos Walter de modelos más avanzados. Yo no estoy de acuerdo, pero él cree que nadie lo querría ya.

Cuando yo muera, inclinará la cabeza hacia adelante y aquel rostro amable e ingenioso perderá la luz de la conciencia. Permaneceremos juntos, esperando que cada uno sea enviado a su correspondiente destino final. Aunque, en cierto modo, empezamos a parecernos. Yo llevo implantados algunos microchips. Y quizá él tenga en algún lugar un verdadero corazón humano. Tal vez se equivoquen. Quizá lo envíen a él al cementerio y a mí al desguace. Walter ya ha registrado mi vida, mis últimas voluntades, mi dolor por las personas que amé y que ya no están, y mi despedida final para quienes todavía me aprecian y siguen vivos. Y ahora, precisamente ahora que siento cómo la vida me abandona, solo tengo una cosa que decir:

–Gracias, Walter... mi querido compañero... robot.

Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

 

 

¿QUIÉN TOMA EL TÉ CON VAL GARDENA?

Adriana Lucero

 

Val Gardena siempre me pareció una persona correcta, cortés, con una sonrisa pintada en el rostro tal vez demasiado fingida. Unos modales tan finos, tan cuidados, que uno no podía evitar sentirse algo vulgar ante aquel espíritu altamente educado. Nunca hablaba más de lo necesario, nunca decía una palabra fuera de lugar. Sus gestos no manifestaban euforia, nerviosismo o exaltación, sólo denotaban tranquilidad, mesura, autocontrol. A decir verdad, siempre pensé que Val mantenía una intensa lucha consigo mismo y todo lo que aparentaba externamente era fruto de un gran esfuerzo por ocultar su verdadera personalidad. Digo esto porque yo estuve a su lado en sus últimos días y pude percibir que algo atormentaba su alma, pero no se atrevía a confesarlo a nadie.

Todos saben que Val Gardena no tenía amigos o parientes, ni siquiera algún romance clandestino que acompañara sus noches. Creo que yo fui lo más cercano a un amigo para él, aunque Val nunca se haya dado cuenta de eso. Recuerdo que manteníamos largas charlas intelectuales donde tocábamos temas referentes a literatura, pintura, música, filosofía, religión…no había nada sobre lo que él no manifestara notable interés. Tenía una sabiduría asombrosa, un vasto bagaje de conocimientos ante los cuales yo quedaba extasiado y sentía la admiración y respeto que se le debe a todo gran maestro. Cuando hablábamos de música, mi amigo no podía disimular su fascinación por Bach y toda su obra y eran esos los únicos momentos en que Val parecía revelar su verdadero espíritu, apasionado y amante de las composiciones del padre del “Arte de la fuga”.

En cuanto a su pasado, nadie sabía nada sobre él. ¿Cuál era su profesión? ¿Qué hacía en su juventud?  ¿Porqué había ido a parar a aquel hogar de ancianos una persona con virtudes tan elevadas como él? Eran preguntas para las cuales nadie tenía respuestas. Lo cierto era que todos coincidíamos con que, sin duda, Val había sido un personaje importante y destacado en su época.

Su edad también era un misterio; era viejo, claro está, como todos en el hogar, pero no podíamos precisar con exactitud cuántos años tenía. Y él jamás lo había revelado.

Val no solía compartir ninguno de nuestros pasatiempos. Raras veces salía de su habitación y, cuando lo hacía, solicitaba con un tono que no daba lugar a réplica, que le sirvieran su té en el jardín. Nuestras charlas, en cambio, siempre ocurrían en su cuarto y sólo se realizaban si mi amigo me mandaba llamar. Yo jamás me presentaba sin su invitación previa y me retiraba cuando él así lo quería.

Esta extraña relación que manteníamos comenzó a cambiar radicalmente de un día para otro. Conversábamos cada vez con menos frecuencia y por escasos minutos. Val se había vuelto mucho más silencioso y parecía tener sus pensamientos en algún otro lugar totalmente ajeno a los temas que tratábamos. Ahora salía al jardín con mucha más frecuencia, creo que casi todos los días. Se sentaba con su té, que casi nunca terminaba, y esperaba a un extraño hombre que acudía a visitarlo. En el hogar estábamos completamente anonadados, sobre todo yo; habíamos podido jurar que él no tenía a nadie a quién le importase lo suficiente como para acudir a visitarlo. Nunca había recibido una carta o un llamado. En los días de visita Val se quedaba como siempre encerrado en su habitación, así que era claro nuestro asombro con ese extraño visitante salido de la nada y que, para colmo, lo visitaba permanentemente.

Mi amigo parecía de golpe tan cambiado, tan intranquilo y nervioso, tan ajeno a esa compostura característica en él que nosotros admirábamos tanto. Estaba ansioso, sus manos, su rostro, todo en él así lo revelaba. Y no nos cabía duda de que su ansiedad provenía de aquella visita. Si un día el hombre no acudía a la cita, Val se desesperaba, hablaba solo, lloraba por momentos, se arrancaba los cabellos y se sumía en un estado tan lastimoso que nos resultaba imposible no sentir cierta lástima por ese ser que nos había parecido sumamente extraordinario. Yo trataba de hablarle, de consolarlo, de sacarlo de ese estado, pero era en vano. Ya no me escuchaba, evitaba mirarme a los ojos y parecía no tolerar mi presencia ni la de nadie.

Pero aquel visitante siempre regresaba y Val lo recibía no con alegría o emoción, sino con un alivio que sólo duraba el tiempo de la visita y que luego volvía a transformarse en ansiedad hasta el próximo encuentro y así sucesivamente.

El misterio de estos encuentros se prolongó un tiempo más, con las mismas características. Val no volvió a ser el que era antes, ni siquiera por un instante, ni siquiera conmigo, su único amigo. Porque yo sabía y podía afirmar que la visita no era su amigo, ni su pariente ni nadie relacionado con su pasado o sus afectos.

Como ya dije, el hombre siempre volvía, pero supuse que en cualquier momento esto iba a cambiar. En uno de los encuentros, el extraño tomó el sombrero que Val usaba todos los días y, esbozando una sonrisa (que, a decir verdad, me pareció macabra y me produjo un raro escalofrío en el cuerpo), estrechó su mano y sencillamente desapareció. Creo que yo fui el único que presenció esto porque estaba atento a todo lo que sucedía en estas visitas. Tuve la sensación, o mejor dicho, la certeza, de que este sería su último encuentro. Y así fue.

El visitante no regresó, ni al día siguiente, ni al próximo, ni nunca. Pero Val ya no perdió el control. Dejó de esperar esos raros encuentros.

De pronto, todo pareció volver a la normalidad. O casi todo. Val y yo jamás volvimos a hablar y dejó de salir al jardín para tomar su té. Pero volvió a conseguir su tranquilidad, su mesura, aunque yo sigo creyendo que esa era su mascarada porque, interiormente, Val temblaba y aguardaba atento, como lo había hecho toda su misteriosa vida.

 

Hace unos días desperté con un fuerte bullicio en el hogar. Les pregunté a mis compañeros qué sucedía y fue entonces que me dieron la trágica noticia: Val Gardena había fallecido en su propio lecho. Decían que de muerte natural. Pero también se comentaba que el rostro de mi amigo parecía desfigurado por un miedo mortal, como si en sus últimos instantes hubiese visto algo extremadamente pavoroso. Además, averigüé algo que no deja de inquietarme: su sombrero favorito, ese que el extraño visitante se había llevado en el último encuentro, yacía en la cabeza de Val, ligeramente inclinado, como él solía usarlo.

No se habló de asesinato ni de nada parecido. Yo tampoco lo hubiera creído. Aparentemente había ocurrido lo más común en el hogar; Val había “muerto de viejo”, como decían por ahí.

No sé si es cierto, pero escuché que mi amigo tenía 115 años. Jamás lo hubiese imaginado. Después de todo, parecía más joven que muchos de nosotros.

Hasta ahora nadie lo sabe y creo que ya nadie se lo pregunta, excepto yo. Sólo quisiera saber ¿quién era el que tomaba el té con Val Gardena?



Adriana Guadalupe Lucero es Licenciada en Letras, Profesora de italiano, Magister en Tecnologías de la Comunicación, Profesora de Educación Musical, investigadora y escritora. Nació en San Miguel de Tucumán, el 17 de enero de 1983. Entre sus publicaciones se destacan: “El Guardián” (2011, Plan Nacional de Lectura); “Un preludio” (2011, Editorial Dunken), en la antología de relatos Acaso la Vida; los libros de cuentos Extraña Presencia (2013, Ed. del Parque), Entre Sombras y sueños (2015, Ed. del Parque), Vuelta al deseo en cuarenta mundos (2017, Ed. del Parque); En las Tierras de David, antología de microrrelatos (2022, La Aguja de Buffon Ed.); Reunidas, antología de poetas tucumanas (2022, Tafí Viejo Ed.); Coordenadas, 4° Festival de Poesía de Boedo, antología poética (2024, Clara Beter Ed.); Fervor de Tucumán II, antología de microrrelatos (2024, La Aguja de Buffon Ed.), Más allá del borde (2025, Puerta Roja Ediciones) y trabajos de investigación publicados en Libros y Actas de Congresos, Simposios y Jornadas. Actualmente se desempeña como docente de italiano en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, en el Instituto Superior de Música y es personal adscripto en la Dirección Artística de Letras del Ente Cultural de Tucumán. Además, es miembro de la Asociación literaria de microrrelatistas “Dr. David Lagmanovich”.

lunes, 22 de junio de 2026

UNA MUÑECA DE TRAPO ROBADA

Franco Ricciardiello

 

El viaje por mar hasta Túnez fue una experiencia brutal.

Un siciliano nos hizo descender a la cisterna vacía de un carguero que navegaba bajo bandera griega. El muchacho de Novara que había hecho el viaje conmigo se demoró en cubierta, con las manos hundidas en los bolsillos, tratando de retrasar el momento de bajar a aquella cisterna maloliente a productos químicos; pero el intermediario lo empujó por los hombros, insultándolo.

—Malditos polentones —exclamó mientras cerraba la escotilla, procurando que todos lo oyéramos—. Querrían viajar en primera clase, seguramente.

La travesía duró toda la noche, entre el olor nauseabundo a disolvente de la cisterna; la tripulación estaba al tanto de nuestra presencia clandestina, pero nadie se asomó para arrojarnos un pedazo de pan.

Todavía no había amanecido cuando un marinero se inclinó finalmente sobre el rectángulo de la escotilla. Lo seguimos hasta cubierta; junto al carguero había una lancha con dos hombres a bordo. Éramos cuatro los inmigrantes clandestinos; descendimos por la escalera impregnada de alquitrán para tumbarnos en el fondo de la embarcación.

Nos alejamos con el motor al mínimo y, por fin, el aroma mediterráneo del aire nocturno nos recibió y nos acompañó durante el trayecto hasta la costa.

Cuando desembarcamos en la playa pagamos mil piastras, la otra mitad de la suma acordada con el intermediario, y nos pusimos en marcha a través de la arena hacia las tentadoras luces matinales de una autopista de alta velocidad que parecía correr paralela a la costa tunecina.

La mañana seguía siendo oscura y ya abrasadora, pero yo llevaba una chaqueta de cuero curtido porque cuando salí de Turín hacía frío. Desde la ciudad de Túnez llegaban toda clase de sonidos: música electrónica para bailar, rugidos de automóviles, voces humanas, incluso el chapoteo del agua marina. También oímos el canto modulante de un muecín desde un minarete, o al menos eso creímos hasta que nos dimos cuenta de que se trataba de un potente altavoz digital.

En la autopista los automóviles pasaban a gran velocidad: coches grandes, cromados, elegantes, de fabricación saudí, no los vehículos argelinos de tercera mano que importábamos en Italia.

Nos detuvimos justo antes de la calzada para observar el cielo, un cielo extraño, diferente, que las innumerables luces artificiales de Túnez desteñían hasta convertirlo en un oscuro color amaranto.

Me sentía emocionalmente cargado, excitado, como si no fuera un emigrante por desesperación. Mis compañeros ocasionales de viaje, además del muchacho de Novara, eran dos brutos de las montañas vénetas, ignorantes y toscos, con quienes no buscaba intimidad porque yo había estudiado dos años en un instituto técnico agrario de Turín (aunque mi sueño de continuar los estudios en el extranjero, en alguna universidad de los países industrializados, Yemen o Etiopía, se había desvanecido por razones económicas).

El amigo de Novara persistía en su intención de continuar hacia la gran, cosmopolita y materialista Argel; yo, en cambio, tenía el viaje ya organizado por mi cuñado, que trabajaba en las obras de construcción de Asuán, en Egipto; me esperaba, por tanto, un recorrido de miles de kilómetros. Me despedí entonces de mis compañeros de viaje y seguí adelante con la chaqueta sobre los hombros y mi bolsa de tela con unas pocas pertenencias en la mano.

No sabía nada de Túnez, pero tenía la dirección de alguien que podría ayudarme, un conocido que trabajaba como lavaplatos en un renombrado restaurante iraní del paseo marítimo.

Mientras caminaba entre la multitud densa y multicolor del paseo de las palmeras, me sentía observado, aunque en realidad muy pocos árabes me dedicaban algo más que una mirada superficial.

Todos los hombres me parecían personas importantes, bien vestidos con largos caftanes de moda, adamascados, de una gama de colores que iba desde un elegante tono bígaro hasta un azul eléctrico; todas las mujeres me parecían hermosísimas, cargadas de joyas exóticas: perlas del mar Rojo, adornos de oro procedentes de las antiguas colonias siberianas, pendientes y diminutos diamantes en las aletas de la nariz; bellísimas, con la piel uniforme color café con leche, largos cabellos negros y vestidos abiertos por tajos que llegaban hasta la cadera; no como las mujeres europeas, enterradas bajo vestidos de lana negra, con el cabello cubierto por un velo, las faldas hasta los pies y la cruz de castidad colgando del cuello.

Pensé en hacer una videollamada a mi esposa desde el restaurante iraní para tranquilizarla respecto al buen resultado de la travesía, pero mi conocido, que trabajaba allí, me disuadió.

—Imposible —dijo sacudiendo la cabeza—. Si me descubren, me despedirán. El sindicato no puede hacer nada por nosotros, los inmigrantes.

Sin embargo, me permitió comer algunos platos sobrantes al final del servicio, después del desayuno, mientras sus compañeros árabes hacían la vista gorda ante el propietario.

A la mañana siguiente subí al tren con destino a Trípoli, la fantástica antigua capital imperial de una Italia colonizada hasta pocas décadas antes, que bombardeaba Sicilia con transmisiones televisivas sobre la opulencia de la nación árabe. El billete había sido pagado por adelantado por mi cuñado, una suma que jamás habría podido permitirme, equivalente a media temporada de salario como vigilante durante los trabajos agrícolas en los campos piamonteses. Permanecí absorto durante todo el viaje, no sin advertir que algunos pasajeros parecían tolerar mal mi presencia.

Sin embargo, una joven árabe me ofreció un caramelo de enebro y se mostró amable durante el resto del trayecto, quizá también por una mal entendida sensación de culpa porque, según me contó, su padre había sido oficial del ejército libio durante la cruenta guerra de independencia italiana; pero yo, poco acostumbrado a tanta iniciativa femenina por parte de alguien que no fuera mi esposa, continué mirando con vergüenza por la ventanilla.

El paisaje era una sucesión de plantaciones frutales y playas repletas de turistas llegados de todas partes de África; el aire tenía aroma de libertad y prosperidad. Sin embargo, al aproximarnos a Trípoli atravesamos grandes concentraciones de fábricas, refinerías y obras; finalmente cruzamos todo un barrio europeo, un gueto en los suburbios de la metrópoli; en los muros descascarados de una fábrica leí, en italiano y árabe: «Europeos y libios unidos contra la explotación laboral»; desde la ventanilla vi a muchas mujeres que también habían cruzado el Mediterráneo para seguir a maridos e hijos, para huir de la superpoblación, el desempleo, la miseria, la represión policial y el fanatismo integrista.

Los libios estaban tan acostumbrados a la presencia de europeos como nosotros que apenas me prestaron atención al llegar a la estación. Paseé cansado y hambriento por las calles del centro, observando en los escaparates regalos para mis hijos que jamás podría permitirme, mascando rabia ante la prosperidad de aquel país y la indigencia endémica del mío, donde parecía no llover nunca con suficiente fuerza como para lavar el dolor.

Mi contacto en Trípoli era un hombre de Asti que trabajaba como repartidor para una empresa de transportes: su camión partía aquella misma noche y se esforzó por convencer al conductor de que me llevara con ellos sin que el propietario se enterara.

Logré dormir tumbado en la parte trasera, entre los fardos de algodón ucraniano de la carga, hasta nuestra llegada a Bengasi.

La mujer se interesó mucho por mi historia: mientras el hombre roncaba con la cabeza apoyada sobre la mesa, adormecido por la botella de barbera que yo había sacado de mi bolsa de tela, ella me habló de su hermano menor, que había estudiado ingeniería en Bagdad y que, al regresar a Noruega, había sido secuestrado por los escuadrones de la muerte de los integristas cristianos: nunca más se supo nada de él.

Su hombre seguía durmiendo profundamente. La noche de Bengasi olía a rosas y mar; por la ventana abierta entraban voces alegres y el ruido de motores potentes y, más tarde, las notas de instrumentos de cuerda procedentes de una radio.

La noruega me llevó a su habitación, que tenía una cama cubierta por una colcha adamascada y paredes sin revocar. Seguimos conversando durante toda la noche; le pedí que viniera conmigo a Egipto, pero por fortuna no me respondió: permaneció mirando el techo de estuco bajo el calor sofocante de aquella noche impregnada de salitre y flores.

A la mañana siguiente me acompañaron a la delegación local de la Media Luna Roja, donde encontré a otros europeos esperando una oportunidad para desplazarse hacia el este gastando poco dinero. Un español de mediana edad y desagradable aspecto nos cobró veinte rupias egipcias a cada uno por llevarnos en automóvil hasta la frontera.

Me despedí de la noruega con un abrazo, pero parecía haberse olvidado de la intimidad verbal de la noche anterior. Viajamos incómodamente en un viejo automóvil argelino hasta el puesto fronterizo, donde nos dejaron sin demasiadas ceremonias. Las leyes de inmigración del rico y populoso Egipto son restrictivas y severas. Caminé por las calles de aquella miserable ciudad fronteriza, por las aceras que daban acceso a los enormes almacenes libres de impuestos, símbolos de la opulencia de la nación árabe. Me crucé con bastantes europeos que vendían pequeños objetos de contrabando: adornos de cobre o hierro moldeados en forma de oso o de soldado romano, capas de tartán escocés, zuecos holandeses tallados a mano, encajes de Flandes, reproducciones de la Alhambra o de la mezquita de Córdoba.

Uno de ellos me indicó la cooperativa local de inmigrantes, donde, a cambio de unas pocas piastras, recibí un plato de polenta y verduras escaldadas. Dormí en un catre después de escribir, a la luz de una vela, una carta para mi esposa.

Al día siguiente me uní a un grupo de daneses: un intermediario egipcio nos condujo en todoterreno hacia el interior, hasta las primeras extensiones del desierto vuelto fértil; tras una tarde de marcha alcanzamos el primer oasis más allá de la frontera, ocultándonos varias veces entre las interminables plantaciones de árboles frutales porque los helicópteros de la policía fronteriza pasaban bajos y amenazantes sobre los canales de irrigación.

Al llegar me quité los zapatos de los pies martirizados y sangrantes, cubiertos de ampollas. No entendía una sola palabra de lo que decían los daneses, y ni ellos ni yo hablábamos árabe. Aun así los seguí hasta la mezquita local, donde un religioso barbudo nos distribuyó gratuitamente té de menta muy dulce y galletas de sésamo.

Me sentía cansado y desmoralizado; hasta aquel momento no había ganado una sola piastra; por el contrario, había gastado casi todos los ahorros de dos años de trabajo y todavía me faltaban mil quinientos kilómetros para llegar a Asuán.

Hacía muchísimo calor, demasiado. Nos permitieron dormir en una tienda contigua a la mezquita, pero la temperatura era asfixiante y no tenía ganas ni de respirar para no inhalar fuego. Un ataque de disentería me acompañó durante toda aquella noche de insomnio.

Al día siguiente el religioso puso a nuestra disposición una afeitadora eléctrica y una videollamada para cada uno: me irrité la piel al afeitarme y llamé al párroco de mi pueblo para que avisara a mi esposa, ya que el videoteléfono en las viviendas particulares es un lujo en toda Europa.

Me sentía debilitado y desanimado; vino a visitarnos a la tienda un turbio milanés que, al descubrir que yo era italiano, me ofreció trabajo: tendría que pasar una temporada vendiendo pequeños objetos en una de las localidades turísticas del mar Rojo.

No acepté; en cambio, emprendí el camino hacia la costa, solo y febril, tratando de conseguir que algún automóvil me llevara. Tuve que esconderme cuando apareció una patrulla de guardias fronterizos, quizá alertados de mi presencia.

Esperé a que llegara la noche y luego seguí avanzando por la carretera, tambaleándome por la fiebre. Se detuvo un motociclista palestino que me llevó hasta la costa, donde llegué con el cabello pegado por el viento y los huesos doloridos por el frío.

Lloré de hambre y rabia en el paseo marítimo bordeado de palmeras datileras, esquivado por los árabes que paseaban. Dos policías nubios de piel color ciruela me detuvieron; permanecí en la comisaría consumido por la fiebre hasta la mañana siguiente, cuando recibí la visita de un médico que no hablaba ninguna lengua europea.

Inmediatamente después, los policías me llevaron ante un juez, en presencia de un traductor portugués; estamparon en mi pasaporte el sello «Indeseable» en siete idiomas y me subieron a un tren con destino a la frontera libia, acompañado de una orden de expulsión redactada en una lengua que apenas comprendía.

El médico me había administrado una inyección de antibiótico; al llegar a la primera estación, al sentirme mejor, bajé y subí sin billete a un tren que viajaba en dirección contraria, hacia el Nilo. Durante todo el trayecto esperé que la policía ferroviaria me descubriera; finalmente descendí en Alejandría, la espléndida metrópoli costera, el principal puerto del Mediterráneo. Me sentí renovado en los inmensos jardines de cedros, a lo largo de los interminables bulevares de palmeras datileras, junto a mujeres bellísimas, desinhibidas y cargadas de joyas, bronceadas y de ojos y cabellos oscuros, entre estudiantes universitarios llegados de todas partes del mundo que daban vida a la metrópoli.

Habría querido quedarme en Alejandría en lugar de remontar el Nilo para reunirme con mi cuñado en las obras del Alto Egipto.

Encontré a algunos compatriotas que me orientaron hacia uno de los centros de acogida para inmigrantes situados en la periferia; abordé sin billete un aerodeslizador de línea regular, observado con desconfianza por los pasajeros, pero al bajar me di cuenta de que algo no marchaba bien: me crucé con grupos de escandinavos y eslavos que no hablaban lenguas romances y que tampoco lograban hacerse entender en árabe.

Había una agitación extraña; los árabes caminaban con paso apresurado, las ventanas se cerraban herméticamente y los automóviles desaparecían de las calles. Mientras avanzaba con mi bolsa de tela, oí el aullido furioso de vehículos de emergencia.

No pude siquiera llegar al centro de acogida: logré detener a un compatriota que huía y que me contó confusamente algo sobre disturbios, sobre un enfrentamiento entre inmigrantes franceses y alemanes entre las tiendas del campamento. Barras, cuchillos, cuerdas; había habido muertos y la policía había intervenido. Comprendí que la situación podía volverse peligrosa y seguí a aquel hombre, dejando que me guiara en la huida. Nos cruzamos con vagabundos y volvimos a oír las sirenas, después un ruido rítmico que se acercaba, cada vez más fuerte; no tenía valor para volverme mientras corría, la presión de aquel ruido en mi oído interno me obligaba a correr más deprisa. Casi choqué contra un grupo de rezagados y entonces comenzaron a caer los gases.

Empecé a llorar; entre los dedos apretados contra el rostro para protegerme los ojos, doblado por las contracciones espasmódicas en la boca del estómago, vi descender del cielo las aterradoras siluetas de los helicópteros antidisturbios, semejantes a los míticos elefantes desaparecidos de África a causa de la contaminación.

Ya no pude dar un paso más; sentía que los ojos se me derretían en lágrimas y sufría arcadas que no producían nada porque tenía el estómago vacío. Entre el dolor oí acercarse un vehículo y luego unas manos poco amables me levantaron.

No conseguía mantenerme en pie; recibí patadas en los riñones mientras porras electrificadas me golpeaban el cuello y los costados. Me cargaron por la fuerza en un vehículo junto con otros desesperados; intenté decir que había perdido mi bolsa de tela, o quizá me la habían arrancado, pero solo conseguí toser. Todavía no podía ver debido a los gases.

Nos llevaron esposados ante un tribunal; también había un traductor. Intenté explicarle que me había encontrado en aquella calle por pura casualidad, pero no me prestó atención.

Revisaron mis documentos: no tenía visado de entrada y constaba que ya había sido expulsado del país aquella misma mañana. Me embarcaron en el primer buque de pasajeros con destino a Génova.

Permanecí medio cegado, físicamente destrozado, en un rincón de la cubierta principal durante buena parte de la travesía, llorando de rabia y dolor, aunque casi aliviado por el hecho de regresar a casa. Había intentado huir de la miseria, del desempleo, del miedo y de la superstición; pero aquella noche de semiceguera tuve que admitir que cualquier intento de fuga era una solución provisional destinada al fracaso, porque no podía incluir a mi esposa ni a mis hijos.

Paseé bajo cubierta, sucio y despeinado, con los ojos inflamados, sin importarme que todos me evitaran; en la tienda libre de impuestos vi una hermosa muñeca de tela de fabricación palestina, que costaba la mitad del dinero que me quedaba. Sentí la intensa tentación de comprarla para mi hija como único recuerdo de mi desventura en los países industrializados. Era suave y hermosa, vestida con una tela que no tenía nada que ver con los tejidos ásperos e imperfectos de fabricación europea. Sabía que esconderla bajo la chaqueta podía costarme muy caro en una sociedad que parecía no distinguir entre la gravedad de los distintos delitos.

Más tarde, asomado al ojo de buey de la cubierta de pasajeros sobre la noche mediterránea, esperé despierto la llegada a Génova.

Saqué la muñeca que había robado.

Al verla, los ojos se me llenaron de lágrimas por el recuerdo urgente de mis hijos y al pensar que de mi intento de buscar fortuna en el extranjero no quedaba más que una muñeca de tela robada.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

EL NUEVO TELEVISOR

Krzysztof Dąbrowski

Mark compró un televisor nuevo. Lo colgó en la pared.

Era perfectamente plano, de alta definición, e incluso permitía ver películas en 3D.

La cuarentena no era ninguna broma. Habría sido difícil sobrevivir sin una pantalla enorme.

Sí, siempre podía ser mejor. Por ejemplo, podría convertir la sala en un cine en casa con tecnología 3D y 4DX. Dos butacas delante y mesas a los lados para estar cómodos durante las noches de cine con Monica. Y algunas plazas más atrás, por si familiares o amigos querían ver una película juntos.

Ah, eso sí que sería un sueño, suspiró para sus adentros, porque por el momento no podía permitirse semejante locura.

Se acarició la cabeza rapada. El cabello que volvía a crecer resultaba desagradablemente áspero.

Supuestamente debía alegrarse de no ser calvo por naturaleza ni tener entradas como sus amigos, que se avergonzaban de ello. Pero, como practicaba deporte y sufría hiperhidrosis, prefería no tener cabello antes que pasarse media hora secándolo para que volviera a empaparse de sudor pocos minutos después.

¿Qué más había en aquellos sueños?

Sin duda, un cine en casa, un gimnasio en el sótano, una piscina frente a la casa y una vivienda, preferiblemente en Tailandia.

Necesariamente cerca del mar.

Además, personal de limpieza y de compras, un chófer particular y un chef.

Esa era su vida ideal si sus sueños llegaban a cumplirse.

Sin embargo, ya tenía cuarenta años y todo indicaba que ni siquiera se iría de vacaciones ese año, aunque había trabajado duro durante los tres anteriores precisamente para poder descansar a conciencia.

Por desgracia, una inesperada epidemia había provocado que ahora disfrutara de unas vacaciones forzosas en casa.

Monica pasaría por allí dentro de dos horas y ambos se encerrarían.

Cuarentena.

Un televisor nuevo y un paquete ampliado de canales, junto con acceso a Netflix y a varias plataformas de cine en línea, era su idea para sobrevivir al aislamiento.

Pero ¿cuánto tiempo podía uno ver películas y series sin volverse loco por la inactividad?

—¿Y si me vuelvo loco y compro también una cinta de correr? —se preguntó.

Después de todo, el gimnasio estaba cerrado. Y a partir del día siguiente tampoco estaría permitido salir a caminar. Aquel sería el último día en que podría correr al aire libre. ¿Y después qué?

Se imaginó una enorme barriga ocupando el lugar de los abdominales marcados por los que había trabajado, sudado y sufrido durante meses.

¿Tantos sacrificios y dedicación para acabar así?

Está decidido. Hay provisiones suficientes. Junto a las bolsas de comida se alzaba ya una inmensa torre de paquetes de papel higiénico. Así que gastar el resto de sus ahorros para salvar su forma física no haría ningún daño.

Monica seguramente lo comprendería. Quizá incluso se animaría a hacer ejercicio con él. Sería muy divertido, pensó sonriendo ampliamente mientras imaginaba a ambos corriendo por el vecindario y regresando juntos al gimnasio cuando terminara la cuarentena. Siempre había soñado con compartir su vida con una mujer aficionada al deporte. Y cuánto se divertirían mientras él le enseñaba todo. Sí, sin duda compraría una cinta de correr aquella misma noche, mientras la tienda siguiera abierta.

Había que reconocer que, dadas las circunstancias, era una bendición disponer de un establecimiento donde, además de comida basura, vendían aparatos electrónicos, electrodomésticos y equipamiento deportivo.

—¡Juegos! —exclamó dándose una palmada en la frente. Eso era especialmente importante. Después de todo, había que abastecerse de videojuegos para los tiempos difíciles. Sobre todo porque la enorme pantalla parecía suplicar que la utilizaran para algún juego espectacular. Sin embargo, decidió comprar los juegos cuando realizara la inversión deportiva. Por ahora debía comprobar cómo funcionaba su nueva adquisición.

Pulsó un botón, tomó el mando a distancia y...

No ocurrió nada. La pantalla permaneció negra. Ni siquiera se encendió un solo indicador luminoso.

—Qué extraño...

La preocupación comenzó a invadirlo.

En la pequeña cocina integrada en la sala sonó el silbido de una tetera, y aquello lo distrajo momentáneamente del problema técnico. Colocó el teléfono móvil en la base de carga y fue a prepararse un café.

No sabía que, en ese mismo instante, el televisor se encendió por sí solo y, por una coincidencia tan extraña como inexplicable, mostró a Mark removiendo algo negro en una taza dentro de la cocina.

Como si, por arte de magia, el teléfono móvil –que seguía en modo de reposo– hubiera comenzado a grabarlo y a transmitir la imagen al televisor.

Mientras tanto, Mark terminó de remover el café, dejó la cucharilla en el fregadero y regresó dispuesto a resolver el problema. Sin embargo, lo más extraño era que el Mark que aparecía en la pantalla seguía en la cocina. Y mientras esperaba que el café se enfriara, tomó el mismo teléfono móvil que estaba delante del verdadero Mark y llamó a alguien.

El teléfono colocado en la base comenzó a sonar. Entonces Mark vio lo que estaba ocurriendo en la pantalla. El impacto fue tan grande que dejó caer la taza. Esta se hizo añicos al chocar contra el suelo, salpicando café por todas partes.

Ni siquiera sintió la quemadura.

Miró incrédulo la pantalla. Allí estaba él mismo, sentado en la cocina, realizando una llamada telefónica. El móvil sobre la base seguía reproduciendo una alegre melodía.

Temblando de pies a cabeza, pálido como un fantasma, Mark se acercó y observó la pantalla del aparato. Mostraba una notificación:

Número oculto llamando.

Dudó unos instantes. Finalmente respondió. El hombre de la pantalla comenzó a hablar. Y Mark escuchó su propia voz a través del teléfono.

—Hola. Escucha, tengo que decirte algo extremadamente importante. Será mejor que te sientes.

Incapaz de pronunciar una sola palabra, Mark obedeció y se dejó caer en el sofá. Mientras tanto, el de la pantalla se puso de pie y comenzó a acercarse. Cada vez ocupaba más espacio dentro de la imagen. Mark lanzó una mirada hacia la cocina. En realidad, nadie venía desde allí. Volvió los ojos hacia el televisor. Y quedó horrorizado. Prácticamente toda la pantalla estaba ocupada por el rostro sonriente y burlón de aquel otro Mark.

Esto debe de ser una alucinación, pensó. Debo haberme contagiado del virus. Quizá esa maldita cosa esté devorando mi cerebro. Dios mío, no quiero morir.

Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Entonces el hombre de la pantalla reaccionó y pronunció solamente dos palabras. Dos palabras que le helaron la sangre.

—Maté a Monica.

La imagen desapareció. El televisor se apagó. El teléfono también quedó en silencio. Aturdido, Mark dejó caer el aparato y se puso de pie. Apenas logró hacerlo. La cabeza le daba vueltas. Escuchó un zumbido cada vez más intenso en los oídos. Manchas oscuras aparecieron ante sus ojos y crecieron con cada latido de su corazón. Un momento después, la habitación, apenas visible ya, comenzó a retorcerse de forma extraña. Mientras perdía el conocimiento, alcanzó a comprender que estaba cayendo. Y se desmayó.

No tenía idea de cuánto tiempo permaneció inconsciente. Lo despertó el insistente sonido del timbre. Parpadeó. El sol que entraba por la ventana lo cegó momentáneamente. Al cabo de unos segundos, el timbre cesó. En su lugar escuchó un estruendo ensordecedor. Algo pesado cayó al suelo. Después oyó el golpe de unas botas. Un par de hombres irrumpieron en la habitación. Parecían sacados de una película sobre unidades antiterroristas o fuerzas especiales.

—¡Al suelo! —rugió uno de ellos mientras le apuntaba con un arma parecida a una pequeña ametralladora.

El otro se abalanzó sobre él y lo derribó de una patada. Sintió dolor en las costillas. Un instante después percibió un peso desagradable sobre el cuerpo. Alguien lo inmovilizaba contra el frío suelo. Mientras le retorcía los brazos y le colocaba unas esposas, el hombre recitó una frase rutinaria que Mark conocía perfectamente por las películas:

—Mark Scott, queda detenido por el asesinato de Monica Zvchak. Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra...

Mark percibió entonces que algo extraño volvía a sucederle. La voz del agente se alejó. Cada segundo sonaba más débil. Parecía provenir de otra realidad. También la oscuridad regresó. Perdió el conocimiento una vez más. Su mente, saturada de estímulos, decidió que ya había soportado suficiente emoción para una sola tarde.


Krzysztof T. Dąbrowski nació en Łódź y vive en Cracovia, Polonia. Es autor, entre otros, de los libros: Nasmierciny (2008), Anima vilis (2010), Grobbing (2012), Z życia Dr. Abble (2013), Anomalia (2016), Ucieczka (2017), Nie w inność (2019), Nieznośna niewyraźność bytu (2022) y Obyś żył w ciekawych czasach (2023). Sus historias han sido traducidas y publicadas en revistas y antologías de Estados Unidos, Eslovaquia, República Checa, Hungría, Rusia, Alemania, Italia, Inglaterra, España, Israel, Brasil, México y Argentina.

 

MARIEL

Hernán Bortondello

 

Las primeras luces del amanecer se insinuaban tras el cortinado zaparrastroso del cuarto. Colgó la minifalda blanca e introdujo, bien doblado, el dorado bandeau en el cajón donde descansaban dos más, uno bermellón y otro negro, ambos de falso terciopelo. Luego de cerrar las puertas del añoso ropero permaneció un momento frente al mueble, con la mirada fija en la madera deslucida y casi sin barniz, luego inclinó la cabeza y observó las gastadas puntas de sus zapatos de tacón, como cavilando. Con un profundo suspiro giró y se dejó caer sentada a los pies de la cama. Bastaron dos pataditas al aire para descalzarse, desabrochó su corpiño y los senos fueron libres otra vez, pero ahora ella era la única testigo. Sintió un escozor molesto en los hombros y se friccionó suavemente las marcas de los breteles. Se deshizo de las medias de nylon con deliberada lentitud, arrojándolas luego, displicente, sobre una vieja silla de madera, ironizando divertida parte de su rutina.  Recostó la espalda contra el colchón y se quitó ágilmente la tanga, dejándola en el piso, huérfana.

Desnuda. Ahora estaba al fin desnuda para sí misma, no para el personaje y sus admiradores. Para Mariel, eso tenía un profundo significado y era uno de los momentos más plenos del día.

Incorporándose, se analizó largamente en el espejo de cuerpo entero. Le sonrió divertida a su reflejo. Dio un alegre saltito y se dejó caer de bruces sobre las sábanas con los brazos en cruz. Inmóvil, tal como había caído, cerró los ojos y comenzó a volar despierta.

Casi siempre imaginaba estar descansando sobre una muy fina arena, y otras veces, como ahora, sobre la hierba fresca. Sabía, sin darse vuelta, que un sol glorioso le acariciaba tibiamente la espalda. Su ilusión era tan intensa que sentía como el calor se incrementaba, bronceándole la pálida piel. ¿Cómo hacer para que esta sensación de gloria se prolongase? Necesitaba lograr que esta paz reine en su espíritu más allá de los breves y mágicos instantes previos a perder la conciencia y dormir. Dormir el sueño sin sueños de una muchacha agotada.

Sí, estoy cansada, se dijo mentalmente. Cansada de la rutina, cansada de un trabajo abusivo por el que sólo gano migajas. Cansada de ser objeto de las chismosas del edificio miserable en el que alquilo. ¡Viejas de porquería! Llevan sus malvadas lenguas a todos los comercios de este barrio de mala muerte. Estoy cansada, cansada… Cansada de estar sola. Sola, repitió apenas en un murmullo mientras su mano derecha, como con vida propia, se encargaba de apagar la luz del velador y caía desmayada al costado del lecho.

Reinaba la más absoluta de las oscuridades y así permaneció por un largo rato. De repente, una blanquísima luna llena se proyectó sobre el pequeño escenario, agujereando la negrura. Nadie respiró por unos segundos, congelados por la nívea blancura de la pequeña mujercita. Plantada sobre el tablado en el que parecía haber reinado por siempre, dirigía su mirada por encima de la audiencia como recorriendo un reino de fronteras remotas. Luego de unos segundos que parecieron horas, una mano blanquísima cual paloma de prestidigitador voló lento y rozó su delgada cintura. La mínima pollerita había caído bruscamente desde las lascivas caderas, rompiendo la regla no escrita de la lentitud. No llevaba bragas y ellos, sorprendidos, se encontraron observando el triangulito de vello negro antes de lo previsto. Alguien, cuya garganta no se había secado tanto, alcanzó a exclamar: Gott, das ist der Venusberg!

Ella, impávida, intensificó aún más el impacto quedándose totalmente quieta, juntando los talones y con la pollera en sus tobillos. Los hombres notaron, recién entonces, que no había música y se sintieron solos ante la maliciosa joven, tragando saliva los que pudieron.

Lo único que la separaba de la desnudez era un negro soutien de encaje negro. Sádica, muy, pero muy lentamente, levantó un pie y lo volvió a apoyar, luego lo hizo con el otro, con la misma exasperante lentitud, y el pollerín quedó a un lado, como la piel vieja de una serpiente.

Mariel, ahora, dirigía su mirada severa e hipnótica hacia sus víctimas. Con un perceptible desprecio en los labios, se arrodilló sobre como una niña sobre las tablas. Subieron las manos, lentas, implacables y los breteles resbalaron desde sus hombros, sin apuro, con desgano. La música seguía ausente y el silencio dominaba el mundo. La visión de aquellas generosas tetas, de turgentes pezones rosados, arrancó un ahogado rugido a la penumbra.

La mente de alguien enloquecida por el deseo que mal disimulaba su entrepierna, se dijo: Dieses Weibchen muss mir gehören, so wie es heute Abend ist.

No abrió los ojos, pero se había despertado. Clavo la cara en la almohada y masculló unas cuantas malas palabras. Giró sobre sí misma y con unas cuantas patadas enojadas empujó las sábanas, destapándose. ¡Otra noche que debo ponerme en cueros, joder!, exclamó para sus adentros amargamente. Sin entusiasmo alguno, ni mucho menos, se sentó al borde de la cama, despeinada y desnuda. Las sábanas estaban allí abajo, sobre el bello piso de mármol blanco. Sábanas de seda negra. Semidormida, le llevó unos minutos darse cuenta de las lujosas discordancias, levantó la vista y atónita recorrió la suntuosa habitación que no era ciertamente su humilde departamentito. Totalmente desorientada, se calzó unas barrocas alpargatas árabes de terciopelo carmesí –de verdadero terciopelo carmesí– y caminó lentamente hacia una gran mampara de cristal corrediza que se extendía de una punta a otra de aquel salón dormitorio. Estaba entreabierta y un etéreo cortinado de voile se agitaba lánguidamente al influjo de la brisa marina. La fastuosa mansión coronaba una barranca rocosa y a sus pies, Mariel, pudo ver un bosque de mástiles blancos que se mecían en las azules aguas de la Bahía de Montecarlo.


Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

domingo, 21 de junio de 2026

CENIZAS

Julian Gallo

 

El café se encontraba al borde del Puerto Viejo. Las mesas daban al agua, con una magnífica vista de la Basílica de Notre-Dame de la Garde a lo lejos. Cuarenta años antes, Leo se había sentado allí con Ashley, recién casados, felices, con todo el futuro abierto ante ellos. Recordaba cómo ella había colocado el estuche de su violín sobre la mesa, ocupando casi todo el espacio, y cómo solo decidió ponerlo junto a su silla cuando el camarero finalmente trajo el vino. Ahora, en el mismo lugar donde había descansado aquel estuche, estaba su urna: una pequeña caja de madera colocada entre una taza de café y un vaso lleno de agua.

Leo miró más allá de ella, hacia el puerto.

El puerto estaba tranquilo y azul allí donde lo acariciaba el sol, más allá de los barcos atracados que se mecían suavemente sobre el agua. Algunos cúmulos flotaban en el cielo y, de vez en cuando, se interponían ante el sol, atenuando momentáneamente la luz antes de permitir que el brillo regresara. El clima era casi exactamente igual al de la primera vez que se sentaron allí.

Le alegró descubrir que el café seguía existiendo, ahora que habían regresado tal como siempre habían planeado hacerlo. Aunque no de esta manera.

Encendió un cigarrillo y observó los barcos balanceándose suavemente contra sus amarras. Más lejos, hacia el otro extremo del puerto, un ferry avanzaba lentamente por el agua.

Apoyó una mano sobre la urna y la contempló mientras daba una larga calada a su cigarrillo. Gitanes. La misma marca que fumaba cuando visitaron el lugar por primera vez. Lo curioso era que ya no fumaba, pero ¿qué importancia tenía ahora?

Volvió a mirar el puerto, sin retirar la mano de la urna, observando una gaviota que planeaba en el aire con una gracia semejante a la de un bailarín. Otra la siguió antes de que ambas desaparecieran de su vista. El café se había enfriado. No lo bebió.

Cuando decidieron ir a Marsella por primera vez, Ashley pensó que la ciudad era demasiado áspera para ser hermosa y demasiado hermosa para ser áspera.

Había cambiado mucho desde entonces.

Por aquellos años, a Ashley le gustaba observar a los pescadores remendando sus redes junto a los costosos yates. Le gustaba el olor de los mariscos procedente de los restaurantes cercanos. Le gustaban el ruido y los aromas de la sal marina, el combustible diésel y el pan recién horneado de los cafés próximos.

Leo también disfrutaba de todo aquello, quizá incluso más que ella, porque había sido idea suya pasar allí la luna de miel.

¿Por qué París? Todo el mundo va a París, le había dicho.

Hagamos algo diferente.

Las cosas eran más fluidas en aquellos tiempos. Todo era una experiencia esperando suceder. Sin planes. Sin itinerarios. Solo la vida y cada instante tal como llegaba. Eso era lo que más amaba de Ashley. Su disposición a aceptar cualquier cosa. Nunca se quejaba.

O casi nunca.

Aunque Leo disfrutaba del ambiente marítimo, era la música lo que más fascinaba a Ashley. Una noche había un violinista callejero tocando bajo una arcada. No era muy bueno, pensaba ella, pero eso no importaba. Lo escuchó de todos modos.

El violinista era joven, todavía un muchacho en muchos aspectos, y ella respetaba eso, respetaba su pasión y el hecho de que tocara por el puro placer de hacerlo. No todos tenían el privilegio de tocar con una orquesta sinfónica o de subir a un escenario de conciertos.

—Cada ciudad canta de manera diferente —le había dicho ella cuando se alejaron—. ¿Esta? Canta como alguien que intenta recordar quién es.

Él nunca olvidó esas palabras. Pensó en ellas durante años y siempre las recordaba cuando viajaba por trabajo, ya fuera a Ginebra o a Pittsburgh. Esa era la manera de ver el mundo que tenía Ashley. Con los ojos de un niño. Con los ojos de una artista.

El camarero llegó y Leo despertó de su trance. Se llevó el café frío y, en lugar de pedir otro, Leo optó por una copa de vino. No importaba que ni siquiera fuera mediodía. ¿Qué importaba ya nada?

Ahora, más presente, el puerto parecía más ruidoso. O quizá él era simplemente más silencioso. Seguía hablando con Ashley, aunque no en voz alta. Ella le respondía en su mente, pero no lo bastante fuerte como para ahogar el súbito aumento del volumen de la vida que lo rodeaba. Voces. Motocicletas. El estrépito de persianas metálicas al abrirse. Bocinas lejanas. Las conversaciones de los nuevos clientes que llegaban al café. Uno de ellos se fijó en la urna sobre la mesa y simplemente la observó, con una expresión cargada de empatía. Leo lo notó y, casi por reflejo, apoyó una mano sobre la urna. Cuando lo hizo, el cliente apartó la mirada. Leo volvió a mirar la urna. En su interior estaba todo lo que quedaba del amor de su vida. La hermosa mujer que había llenado salas de conciertos. La mujer que hacía reír a todos. La mujer que hacía sentir apreciados a quienes la rodeaban.

No era justo, pensó. Y durante semanas había intentado comprenderlo. Quizá nunca lo lograría. Quizá, con el tiempo, sí. Ya no estaba seguro de nada.

El camarero regresó con una copa de vino.

Leo tomó un pequeño sorbo. Le sentó bien. Volvió a dirigir su atención hacia el puerto. Qué inmóvil estaba el agua. Las aguas tranquilas son profundas, dice el refrán. Una pequeña voz en su interior le dijo que había una lección en aquello. O quizá era la voz de Ashley, aunque sonaba como la suya. Normalmente no pensaba en cosas así, de modo que tal vez fuera ella, tendiendo un puente a través del tiempo y del espacio para hacerle saber que seguía con él. La gente siempre estaba buscando lecciones, significados o mensajes. A veces las cosas simplemente suceden. Sin razón. Sin enseñanza. Simplemente son. Eso era lo que más le costaba aceptar. Ashley creía que todo, sin importar qué fuera, ocurría por una razón.

Él no lo creía.

Un niño que corría por el muelle con una barra de pan bajo el brazo interrumpió sus pensamientos. Parecía un niño francés, pensó, aunque vestido más o menos como cualquier muchacho de su edad. Aquello le resultó divertido. Qué infancia tan magnífica, reflexionó. Crecer rodeado de todo aquello, día tras día. El aire fresco. El mar. Los aromas. Contrastaba enormemente con el entorno urbano estadounidense en el que él había crecido.

Leo y Ashley nunca tuvieron hijos.

No hay nada peor que un niño perdiendo a uno de sus padres, especialmente a su madre. No había hijos a quienes consolar. No había que intentar responder todas esas preguntas imposibles. No. Ashley no quería hijos. Su música era su hija. Y la cuidaba como si realmente lo fuera.

Él siempre estuvo más abierto a formar una familia, pero tampoco le decepcionó que nunca la tuvieran. Ahora estaba agradecido por ello. Habían vivido su vida juntos suponiendo que siempre habría tiempo, es decir, si Ashley alguna vez cambiaba de opinión. Pero entonces ocurrieron cosas. Lo inesperado. Lo no planeado. Sin rima ni razón. Simplemente sucedieron.

Bebió otro sorbo de vino lentamente.

La luz del sol había cambiado. Más nubes se habían desplazado sobre el agua. Recordó haberla visto detrás del escenario antes de una actuación en Viena, un sueño de infancia para ella. Ya habían estado en Viena una vez, durante el cuarto año de su matrimonio. Ella quería visitar la ciudad de los grandes compositores y hablaba constantemente de cómo algún día actuaría allí. Siempre estuvo convencida de que lo lograría y hablaba de ello con tanta seguridad que no quedaba más remedio que creerle. Cuando por fin llegó aquel día, estaba preparada. Ni una pizca de nerviosismo. Ni una sombra de duda. Él estaba más nervioso que ella. Le costaba creer que no sintiera absolutamente ningún miedo.

—¿Nunca te pones nerviosa?

—Cada vez que subo a un escenario —le respondió. Pero nadie lo habría adivinado.

Así era Ashley. Cuando comenzaba a tocar, él la observaba desde un lateral del escenario, nervioso y sudoroso. La música parecía descender sobre ella como un regalo venido de lo alto. Era la música la que la guiaba a ella, y no al revés. Nunca olvidó aquello.

Y bastó un sorbo de vino para despertar ese recuerdo.

Aquel momento proustiano le hizo pensar en el vino que compartieron en un café vienés después de aquella actuación. Y entonces, un día, la música desapareció. El violín permaneció intacto, en la sala de música donde ella lo había dejado por última vez. Después desapareció la intérprete. Así, sin más. Todo lo que quedó fueron la urna y el eco de su vida. ¿Destino? ¿Fatalidad? ¿Casualidad? ¿Quién podía saberlo con certeza? Si era el destino, lo imaginaba como una corriente submarina. Invisible e inevitable. Uno puede navegar contra ella durante un tiempo. Puede fingir que elige el rumbo. Pero tarde o temprano la corriente lo lleva a otro lugar. A menudo se preguntaba si había sido el destino lo que los había unido desde el principio. Y, si así era, ¿por qué el destino habría de intervenir para arrebatársela? Si todo tenía una razón, como Ashley creía firmemente, ¿cuál era la razón de aquello? Era más fácil cuando uno es joven, pensó. Cuando eres joven estás más seguro de todo. Aparece esa arrogancia juvenil y nadie puede decirte nada. Así era como ellos habían enfrentado el mundo. Entonces. Después las cosas cambian. Te das cuenta de que no sabes tanto como creías. Y, de hecho, aprendes muy deprisa que en realidad no sabías absolutamente nada.

Volvió a mirar la urna y apoyó una mano sobre ella.

Luego dirigió la vista más allá, hacia la basílica situada sobre la colina que dominaba la ciudad. ¿Qué ocurrirá ahora?, se preguntó. Dentro de aquel edificio, los sacerdotes se alzaban ante los fieles rebosantes de certeza. Ellos tenían la respuesta. O al menos eso creían. Los filósofos también lo creían. Y los científicos. Sin embargo, parecía que todas sus respuestas terminaban conduciendo a la misma puerta. Y nadie regresaba jamás desde detrás de ella para ofrecer una respuesta definitiva. Lo desconocido seguía siendo desconocido.

Y se preguntó si esa no sería precisamente la cuestión.

Más nubes llegaron flotando y bloquearon momentáneamente la luz del sol sobre el agua. En algún lugar, a lo lejos, sonó una campana. Leo bebió lentamente su vino, encendió otro cigarrillo y contempló el puerto. Pensó en una tarde, durante la semana de su luna de miel. Habían estado mirando el puerto desde aquel mismo lugar. Ashley apoyó la cabeza sobre su hombro y le tomó la mano. Las luces del puerto temblaban sobre el agua oscura.

—¿Cómo crees que será cuando seamos viejos? —le preguntó.

Leo soltó una carcajada.

—Supongo que lo descubriremos —respondió, todavía riendo.

—No. Dímelo —insistió ella—. Hablo en serio.

—Seguiremos juntos —respondió él con una sonrisa.

—Buena respuesta —dijo ella, y ahora fue su turno de reír. Y parecía que el tiempo estaba de su lado. Tenían todo el tiempo del mundo. ¿No era así?

De pronto el viento se intensificó.

Sintió un escalofrío extraño recorrerle el cuerpo. Sin embargo, no hacía frío, ni siquiera junto al agua. Su mano seguía apoyada sobre la urna, como si todavía sostuviera la mano de Ashley. La pequeña caja de madera tenía un color parecido al de su violín. No era casualidad. Por eso la había elegido.  Entonces sintió una soledad inmensa. Una soledad como jamás había experimentado. Intentando mantener la compostura, bebió lentamente un sorbo de vino y dio una larga calada a su cigarrillo. Ayudó. Aunque apenas. Volvió a pensar en aquella tarde. En cómo el agua se había vuelto negra. En lo impresionante que era la vista. En los diminutos puntos de luz sobre la colina bajo la basílica. Por lo demás, el cielo estaba oscuro. Y seguía pensando en aquella oscuridad. No con miedo. Con curiosidad. No pasaría mucho tiempo antes de que él mismo entrara en ella, pensó.

Aquello solía asustarlo.

Ya no. Quería creer que aquello era solo una separación temporal. Que algún día volverían a verse. Y esta vez tendrían tiempo. Tiempo infinito. Y ninguna de aquellas preguntas importaría ya. Mantuvo la mano sobre la urna, decidido a cumplir su promesa.

Miró una vez más el puerto.

Aquellas aguas cristalinas y azules en las que había sido bautizada la nueva vida que comenzaron juntos. Por un instante casi pudo sentir nuevamente la cabeza de Ashley apoyada sobre su hombro. La sensación fue tan real que tuvo que tocarse el brazo. Entonces se echó a reír. Porque sintió que ella se reía de él. Dentro de él. Por permanecer allí sentado junto a lo que quedaba de ella. Aunque también sabía que quien ella había sido ya no estaba allí. Aun así, tenía una promesa que cumplir. Pagó la cuenta, tomó la urna y comenzó a caminar por el muelle, con la pequeña caja de madera bajo el brazo. Siguió avanzando por el mismo recorrido que solían hacer durante sus paseos vespertinos.

Después abordó el ferry en Mairie.

Cuando llegó al otro lado del puerto, continuó caminando por el Quai de Rive Neuve. A pocos metros del lugar donde había desembarcado, salió a un embarcadero de madera, todavía con la urna bajo el brazo. Miró la fila de embarcaciones ancladas en el puerto. Luego observó a su alrededor. Había algunas personas cerca. Quizá demasiadas. Pero estaba decidido a cumplir su promesa. Colocó la urna frente a él sobre el embarcadero y se arrodilló como si fuera a atarse los cordones de los zapatos. Después abrió la urna y miró el agua. Cumplió su promesa. No dijo adiós mientras observaba las cenizas disolverse en el puerto. Mientras las veía dispersarse en múltiples direcciones. Aquello no era una despedida. Era solo una separación temporal. Luego volvió a guardar la urna vacía bajo el brazo y continuó caminando por el muelle. El viento volvió a levantarse. Y le arrancó una sonrisa. No miró hacia atrás.

No tenía necesidad de hacerlo.

Julian Gallo es el autor de 'Laberintos existenciales', 'El último Tondero en París', 'El pingüino y el pájaro' y otras novelas. Sus relatos cortos han aparecido en The Sultan's Seal (El Cairo), Exit Strata, Budget Press Review, Indie Ink, Short Fiction UK, P.S. I Love You, The Dope Fiend Daily, The Rye Whiskey Review, Latinoture, Angles, Verdad, Modern Literature (India), Mediterranean Poetry (San Pedro y Miquelón), Borderless Journal (Singapur), Woven Tales, Wilderness House, Egophobia (Rumania), Plato’s Caves, Avalon Literary Review, VIA: Voices in Italian Americana, The Argyle, Doublespeak Magazine (India), Bardics Anonymous, Tones of Citrus, The Cry Lounge (Alemania), Deal Jam, 22/28, Active Muse (India), Zero Readers, Hominum Journal, Write Now Lit (Nigeria), MiniMAG, Paradox Magazine, Penman Review, Lowestoft Chronicles, Marrow Magazine, Lanae Literature and Review, Helix Literary Magazine, Interweaved Magazine, Pattern Recognition, October Hill Magazine, Lit Ezine, Inkwell y Flora Fauna.

 

LA CALAVERA DE CRISTAL