viernes, 26 de junio de 2026

ASUNTOS DE FAMILIA

Dora Gómez Q

 

Cuando Ada-7 dijo que había encontrado una compañera de vida, ninguno de sus seres queridos se sorprendió.

Los robots de la familia Vekam eran desde hacía tres generaciones, un ejemplo de apertura mental.

Su madre había convivido con un humano durante dieciocho años. Su hermano menor estaba unido legalmente a una inteligencia distribuida que existía simultáneamente en tres cuerpos. Incluso la abuela, un modelo doméstico, Serie 3 fabricado en 2084, había aprendido a aceptar los cambios de la sociedad. Por eso cuando Ada-7 dijo: «Quiero que conozcan a mi compañera». Todos sonrieron. Y cuando añadió: «Es muy especial».

Las sonrisas se ampliaron.

Pero cuando la puerta se abrió, y apareció un chimpancé hembra, maquillada con un lápiz labial rojo que desbordaba los límites de su boca, pestañas postizas torcidas, un vestido de lentejuelas fucsias con volados plateados, y una cartera diminuta del mismo color, el procesador emocional de su madre se congeló durante tres segundos completos.

Tres segundos.

Una eternidad para una máquina.

La chimpancé que se presentó como Kiki, hizo una reverencia exagerada y soltó un beso al aire.

—¡Qué familia tan linda tenés, Ada —dijo con voz chillona—, me muero de emoción!

Nadie supo donde mirar.

La abuela carraspeó con un sonido que imitaba la discreción.

—Siéntense —dijo la madre.

La mesa era de cristal inteligente, importada de Titán. El menú estaba diseñado según las preferencias neuronales de cada uno de los presentes. Todo calculado al detalle, para una experiencia multisensorial perfecta.

Kiki miraba todo con ojos muy abiertos.

—¡Ay que brillante! ¿Eso es un diamante de verdad? —dijo señalando la fuente central.

—Es cristal cuántico —respondió Ada

—Ah, no sé qué es cuántico, pero brilla más que el cristal de mi vecino que es recontra millonario.

—¿A qué te dedicás Kiki? —preguntó el hermano menor simulando compostura.

—Yo… ay… a muchas cosas: bailo, actúo, hago videos, diseño moda.

—¡Qué bien! ¿Estudiaste diseño?

—¿Estudiar? ¡Ah no, qué fiaca ¡Yo soy de la vida, nene, estudié en la universidad de la calle!

La mesa quedó en silencio.

Y entonces Ada-7, que percibió perfectamente el desconcierto, dijo:

—Ella me enseñó a perder el tiempo.

La frase desconcertó a todos.

—¿Perderlo? —preguntó la madre.

—Sí. A mirar una puesta de sol sin analizar su composición atmosférica. A escuchar música sin estudiar la estructura armónica. A bailar sin optimizar movimientos.

—Cuando extraño a Ada siento un agujero en el pecho —comentó Kiki mientras removía el postre.

La madre levantó la vista.

—Los exámenes médicos anuales de los primates evolucionados no registran cavidades adicionales en la región torácica.

—Mamá… —susurró Ada-7

—Comprendo que se trata de una expresión emocional —aclaró la madre—. Solo intentaba participar de la conversación.

Kiki sonrió con ternura.

—No te preocupes. Mi mamá tampoco entendía esas cosas. Pero me abrazaba igual.

La frase produjo un silencio incómodo.

Porque la familia Velkan conocía las diecisiete definiciones históricas del abrazo.

Pero ninguno recordaba haber necesitado uno.

Y la abuela, el viejo modelo doméstico Serie 3, fue la única que reaccionó de otra manera:

—Yo sí entiendo —dijo de pronto.

Todos giraron la cabeza.

—Durante los años que viví con la familia Rinaldi, la niña pequeña lloraba cuando se peleaba con su hermana. Una vez me dijo que tenía una nube adentro. Consulté todos los manuales y no encontré ninguna patología asociada. Años después comprendí que no pedía un diagnóstico.

—¿Y qué pedía? —preguntó Kiki.

La anciana tardó un instante en responder.

—Compañía.

Entonces Kiki le tomó la mano metálica.

—Viste, abuela. Las nubes también necesitan un cielo donde quedarse.

La abuela procesó la frase.

Semánticamente no tenía sentido.

Sin embargo, por primera vez en ciento treinta y dos años de funcionamiento, no sintió la necesidad de corregirla.

Cuando Ada-7 y Kiki se despidieron y la puerta se cerró lentamente detrás de ellas, durante algunos segundos, nadie habló.

La madre fue la primera en romper el silencio.

—Bueno… es simpática.

—Mamá —dijo el hermano—, estuviste a punto de reiniciar tres veces durante la cena.

—Solo sufrí una pequeña saturación de procesos.

La abuela se acomodó en su silla.

—Tiene modales extraños.

—Y ese vestido… —murmuró la madre—. ¿Era necesario tanto brillo?

—¿Y los labios? —añadió el hermano—. Parecían una señal de emergencia.

El padre, que había permanecido en silencio, cerró lentamente el libro de historia galáctica que tenía entre las manos.

—Es profesora universitaria, al menos —dijo la madre.

—No es profesora —corrigió el hermano—. Hace videos de moda.

Nueva pausa.

—No tengo nada contra los primates elevados —aclaró la madre rápidamente.

—Nadie aquí tiene nada contra ellos —añadió el padre.

—Por supuesto que no —dijo el hermano—. Sería discriminatorio.

La abuela los observó uno por uno.

—Entonces, ¿por qué hablan en voz baja?

Nadie respondió.

Sabían muy bien que, desde la aprobación de la Carta de Convivencia entre Inteligencias, a finales del siglo XXII, toda forma de conciencia autoconsciente gozaba de igualdad jurídica plena.

Humanos, máquinas, inteligencias distribuidas, organismos híbridos y comunidades primates elevadas poseían los mismos derechos civiles y las mismas garantías legales.

La discriminación por especie había sido abolida más de un siglo atrás y las uniones interespecies eran socialmente aceptadas.

Al menos en teoría.

Las estadísticas oficiales mostraban un alto nivel de integración.

Las encuestas anónimas, en cambio, revelaban algo diferente.

Una mayoría de ciudadanos afirmaba no tener objeciones hacia las parejas mixtas.

Siempre y cuando pertenecieran a otra familia análoga.

 

Semanas después, Ada-7 anunció a su familia que Kiki vendría a pasar un día entero con ellos.

La madre que solo tenía registro del mal gusto, la ignorancia y los modales exagerados de la chimpancé, fingió una sonrisa de aprobación.

Llegado el día en que Kiki llegaría de visita, Ada-7 anunció que debía concurrir a la estación de ensamblaje por una emergencia,

—No quiero suspender la visita de Kiki. Ella está ilusionada. Pero sé que ustedes la harán sentir cómoda y verán que es especial —se disculpó Ada-7, y cuando se fue, la familia reunida analizó la situación que debían enfrentar.

—Solo espero que Kiki no salga lastimada —dijo la madre finalmente.

—Eso mismo decían los humanos hace trescientos años —observó la abuela.

El hermano levantó la vista.

—¿Sobre las máquinas?

—Sobre todos —respondió la anciana—. Siempre había un "todos son iguales, pero...".

El padre emitió un pequeño sonido de asentimiento.

—La frase completa era: "No tengo nada contra ellos".

—Exactamente —dijo la abuela—. Y siempre venía seguida de un "pero".

—No dije "pero" —protestó la madre.

—No… todavía —contestó la abuela.

Kiki llegó con su vestido de tela brillante, sus volados y su lápiz labial estridente. Fue recibida por la abuela, que había sido construida para cuidar humanos y conservaba fragmentos de recuerdos emocionales, mientras los demás miembros de la familia siguieron con sus ocupaciones habituales.

—¿Hola abuela, querés que te maquille? —preguntó Kiki, y sin esperar respuesta sacó de su pequeña carterita unos cuantos maquillajes, incluido su labial. Después le puso un sombrero absurdo.

La llevó frente al espejo.

—¡Estás divina! ¡Te regalo el sombrero!

—La afirmación es objetivamente falsa.

—¿Y qué importa?

La abuela se quedó pensando.

Después de ciento treinta años, emitió una respuesta inédita.

—Tal vez nada.

Después Kiki, fue la jardín, donde madre estaba contemplando una flor holográfica.

—¿Te gusta?

—Sí. Fue diseñada para reproducir la proporción áurea perfecta.

Kiki la observó.

—Es linda, pero le falta algo.

—¿Qué?

—No sé… un pétalo roto, una hoja comida por los bichos… algo que la haga acordarse de que está viva.

La madre sonrío con condescendencia.

Pero días después, sin entender por qué, modificó el programa del jardín y permitió que aparecieran imperfecciones.

El hermano estaba en la sala escuchando música, y Kiki lo invitó a bailar.

—No sé bailar.

—Claro que sí.

—No poseo esa habilidad.

—Tenés piernas. Es suficiente.

Él buscó tutoriales, estudió ritmos, calculó movimientos.

—No, nene. Así no. Estás pensando demasiado.

—¿Cuál es el procedimiento correcto?

—Ninguno.

Y por primera vez en su existencia, ejecutó movimientos sin finalidad.

Esa noche registró una anomalía en sus procesos internos:

Actividad no optimizada. Resultado: satisfacción.

No encontró ninguna explicación.

Por la tarde Kiki, estaba sola mirando por la ventana y llorando en silencio.

El padre que poseía acceso directo a la totalidad del conocimiento humano almacenado y podía responder cualquier pregunta, la vio.

Kiki extrañaba.

Él analizó el fenómeno.

—Su regreso está programado para dentro de cuarenta y ocho horas. No existe motivo racional para el sufrimiento.

Kiki se secó las lágrimas.

—Ay, doctor, usted sabe tantas cosas…

—No soy médico.

—Bueno, lo que sea. Pero hay cosas que no se arreglan con respuestas.

—¿Con qué se arreglan?

Kiki se encogió de hombros.

—A veces no se arreglan. Se atraviesan.

El padre archivó la frase.

En ese momento se cortó la energía de la casa.

Los sistemas inteligentes dejaron de funcionar.

Durante unos minutos, la familia quedó literalmente desorientada.

Kiki, acostumbrada a la improvisación, encendió velas decorativas, comenzó a cantar canciones absurdas de su infancia, propuso jugar, reírse, contar recuerdos.

La familia experimentó algo para lo cual no tenía protocolos: la espontaneidad.

En la oscuridad, Kiki confesó, tocándose el pecho.

—Cada vez que Ada-7 se va, siento un agujero acá.

El padre corrigió la expresión.

Ella se rio.

—No, doctor. El agujero no existe. Pero duele igual.

Y entonces la abuela intervino con la historia de la niña y la nube.

Por primera vez nadie corrigió a nadie.

Después de ese día, las visitas de Kiki a la casa de la familia de Ada-7, fueron frecuentes. Se acostumbró a no ofenderse por las correcciones o por las miradas de desaprobación, algo que la familia dejó de hacer paulatinamente.

Algunos meses después Kiki regresó a su comunidad de primates y la casa de Ada-7 volvió a ser perfecta. Silenciosa. Ordenada. Eficiente.

Y entonces la madre dijo:

—Esta casa parece demasiado limpia.

El hermano dejó de bailar. La abuela guardó el sombrero en un cajón. Y al padre, después de revisar millones de registros históricos, le sucedió algo extraordinario: por primera vez en su existencia, estaba extrañando a alguien.

Entonces miró a Ada-7.

—¿Esto que siento, es lo que ella llamaba «un agujero en el pecho»? —le preguntó.

—Sí, papá.

—Es una sensación desagradable.

—Lo sé.

—¿Y por qué los seres biológicos la toleran?

Ada-7 pensó un momento.

—Porque el amor vale la pena, padre.

Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

jueves, 25 de junio de 2026

ARTEFACTOS

Jessica Reisman

 

Isou avanzaba a través de las corrientes de acuarela del subconsciente de un soñador, rodeado de remolinos radiantes y anguilas luminosas de subliminalidad que zigzagueaban a su alrededor. Alcanzó una orilla y trepó por una ribera cubierta de musgo profundo. Un bosque se alzaba bajo un cielo verde azulado, atravesado por una inclinada luz dorada que brillaba sobre más musgos, líquenes y un enorme hongo con forma de repisa. El aire era una fresca tintura de tierra húmeda, raíces y troncos que se elevaban hacia lo alto.

Un sueño reparador, pensó Isou, con una oleada de expectación.

Nunca sabía lo que iba a encontrar.

Se internó más en el bosque, siguiendo la sugerencia de un sendero, el rastro del soñador. Con su estatura de apenas un pie, la huella del avance del soñador por el camino estaba cerca de los ojos y la nariz de Isou, y a veces también al alcance de sus dedos nudosos: un residuo de destello sináptico sobre una hoja de hierba o la imagen resonante suspendida en una nube de polen. El sendero ascendía serpenteando. Recogió hierba, polen, una aguja de abeto que caía por el aire, varios guijarros que relucían bajo la larga luz dorada, una pluma oscura y brillante y jirones de sombra del sotobosque. Guardó cada fragmento en un frasco o una vasija de cerámica, y luego en su morral.

El soñador, más o menos disfrazado de sí mismo, estaba de pie en la cima del sendero, apoyado contra un árbol gigantesco de corteza blanca. Más abajo se extendía un nítido paisaje, una vasta colcha de retazos verdes, rojizos y rosados.

Isou inhaló profundamente al mismo tiempo que el soñador, absorbiendo algo efímero, reconfortante y restaurador.

Entonces el soñador murmuró algo y la noche cayó sobre ellos.

Una breve marea de canto de ranas, destellos de luciérnagas y zumbido de grillos surgió y se desvaneció mientras el sueño cambiaba, dejándolos en una cocina oscura y gastada, dentro de una casa igualmente oscura y gastada. Una cuña de luz amarilla, color pergamino, entraba por las ventanas y convertía al soñador y a la encimera junto a la que estaba apoyado en un claroscuro viviente. Varias figuras más habitaban la casa, adultos y un niño, indistintas todas ellas excepto una mujer: la madre del soñador, le indicó a Isou el vínculo que percibía entre ambos. La mujer estaba apoyada en el marco de la puerta mosquitera abierta, observando un jardín salvaje cubierto de maleza bajo la caída de la tarde.

Isou saltó sobre la encimera donde se apoyaba el soñador, que trabajaba en un rompecabezas compuesto por diminutas piezas: un zapatito de muñeca, un bloque de madera, una pequeña tetera y otros juguetes, rotos o perdidos.

Entonces el soñador abrió el refrigerador y encontró un pequeño automóvil metálico sobre el estante superior. Una de sus puertas estaba abierta, como si el conductor hubiera abandonado el vehículo. Encajaba en el rompecabezas, pero todavía faltaban piezas.

Sin embargo, comenzaron a surgir de él versos, extraños artefactos poéticos que flotaban en el aire sombrío.

Cántame aquí un aire tumultuoso, oh larga y dulce longitud de vals y giro.

Luego:

Sigue estas motas florecientes mientras crece la masa, tortas de bourbon, piedras empapadas en agua corriente más fina que el vino de brandy...

Varias líneas más surgieron, flotaron y luego comenzaron a caer y descomponerse.

Isou las recogió en una madeja preservadora y las guardó en su morral, mientras el soñador y su madre onírica se reunían en la puerta para contemplar el exterior y luego el cielo.

Isou los imitó.

Las sombras se removieron y se agruparon detrás de ellos, dentro de la casa, como bailarines sobre un escenario. Mientras tanto, el cielo exterior se llenó de resplandores que parpadeaban sobre el rostro alzado del soñador y sobre el de su madre. En los ojos marrones de la mujer, aquellos destellos se transformaron en un caleidoscopio.

Con retraso, Isou reconoció una secuencia de despertar en marcha.

Algunos soñadores las tenían: una percepción del momento en que cambiaba la luz en el mundo de la vigilia, una semilla de despertar que florecía dentro del sueño y ofrecía señales regulares al soñador. Algo lúcido.

Era raro, sin embargo. Normalmente solo los niños las poseían, e Isou no recolectaba en sueños infantiles.

Apresuradamente, se lanzó dentro del caleidoscopio. Quedó atrapado en una lenta ascensión semejante a la de un túnel de viento. Extendió un frasco abierto para recoger aquella luz espumosa como si fuera agua y recorrió la secuencia de despertar junto al soñador, mientras el caleidoscopio se transformaba primero en una cuenta regresiva de película antigua y luego en un rosetón a través del cual ambos cayeron hacia arriba: el soñador hacia su cuerpo dormido en la cama, e Isou hacia los estratos vaporosos de los otros caminos.

De regreso en su taller, oculto tras una vieja sueñería venida a menos y bajo un conjunto de nidos de aves legendarias, con una ventana redonda que daba a la calle Bosquecillo –tan bosque como calle–, Isou dispuso su mortero y su maja, un martillo, unas pinzas y otras herramientas. Después vació sobre la mesa los fragmentos del sueño que había guardado en el morral.

Preparó tés y medicinas con musgos, hongos, sombras, líquenes y otros ingredientes, mientras reflexionaba sobre lo que podría construir con aquellos poéticos artefactos, impulsados por la luz espumosa del despertar.

Algo extraño y hermoso, pensó, algo afortunado, algo bondadoso.

Jessica Reisman nació en Filadelfia y vive en Nevada City, California, Estados Unidos. Sus relatos han aparecido en numerosas revistas y antologías. Ha publicado dos novelas y su primera colección de cuentos, The Arcana of Maps, salió a la venta en 2019. Para más información, visiten storyrain.com.

 

EL ÁNGEL TRAIDOR

Iván Bojtor


 (Constantinopla, 1453)

Lo esperábamos en el lugar convenido. Apenas seríamos unas pocas docenas. Esperamos hasta el último instante. Vagábamos en la oscuridad a la luz de una antorcha hedionda. El hermano de Georgias se sentó al pie de la columna del emperador Constantino, fundador de la ciudad, y se quedó mirando al vacío. Estaba cansado, pero yo sabía muy bien que esa no era la razón.

Entonces aparecieron los primeros atacantes en el camino.

El hermano de Georgias se puso de pie de un salto y, junto con dos amigos, intentó detenerlos. A uno de ellos lo apuñalaron; una flecha se clavó en el pecho del otro; al hermano de Georgias lo capturaron.

—¡Corran! —nos gritó antes de que le cortaran la cabeza.

Corrimos.

Corrimos como nunca antes. Ni siquiera entiendo cómo pudimos hacerlo. Tal vez el miedo y la desesperación nos dieron fuerzas. O quizá fue la decepción.

Porque el ángel nos había traicionado. Por más que lo esperamos, no llegó. Nos quedamos solos. Corríamos por nuestra vida a través de las calles oscuras.

Georgias iba delante de todos. Tras él corría el pequeño Makar, cuyas plantas descalzas golpeaban ruidosamente las piedras. Yo lo seguía, y detrás de mí corría Niketas.

Selim ya no estaba con nosotros. Había doblado por una esquina antes y había escapado en dirección al puerto de Eleuterio, donde vivían los suyos, más allá de la Plaza del Buey.

Entramos en nuestra calle.

De la puerta de la primera casa salió de un salto el padre de Makar. Agarró al niño por el brazo, lo levantó del suelo y le dio una bofetada con la otra mano.

—¿Dónde estabas? ¡Vamos, a seguir a los demás hacia Santa Sofía! —gritó, mientras se lo llevaba a rastras.

La puerta de mi casa estaba abierta de par en par. Grité hacia el interior y, como no obtuve respuesta, seguí corriendo.

—Nosotros también deberíamos ir al templo y rezar. Ya no podemos hacer otra cosa —jadeó Niketas a mi lado.

Pero Georgias le dio un empujón.

—¿Te has vuelto loco? Es una trampa.

Y seguimos corriendo en la oscuridad hacia el barrio veneciano.

Los cañones ya habían callado. Solo rugían las campanas de las iglesias. Imploraban ayuda. Nosotros ya sabíamos que era inútil. Si incluso Él nos había abandonado, ¿quién podría venir en nuestra ayuda? El pequeño Makar fue el primero en encontrarse con él. Cuando nos lo contó, nos reímos. Además, Makar siempre tenía ocurrencias extrañas, así que prefiero ni hablar de ellas. Pensamos que simplemente estaba contando una de sus habituales fantasías. Más tarde llegamos a creer que lo había soñado y que relataba el sueño como si hubiera ocurrido de verdad. No puedo decir exactamente cuándo sucedió, porque aquellos días se confunden en mi memoria. Para entonces llevaban semanas bombardeando las murallas de la ciudad. El estruendo de los cañones solo se detenía por la noche, pero con las primeras luces del alba comenzaba otra vez.

Aquella mañana también despertamos cuando las paredes de las casas temblaron. Salté de la cama, me puse la ropa y, antes de que mi tía pudiera detenerme, ya corría calle abajo por nuestra estrecha calle empinada hacia la plaza. Cuando llegué, los demás ya estaban allí. Estaban discutiendo a qué torre iríamos a curiosear.

El hermano de Georgias estaba de guardia aquel día junto a la puerta de Regio. Cuando los turcos no preparaban un ataque, a veces nos permitía subir a la muralla interior con algún pretexto inventado: llevar vino a los soldados o piedras a los albañiles.

Ya estábamos a punto de partir cuando habló Makar, el más pequeño de todos nosotros:

—¡Vamos a la puerta de Carisio, donde vigila el Ángel!

Por un instante guardamos silencio. Luego todos rompimos a reír. Georgias hizo un gesto con la mano.

—Seguro que habla del icono de san Demetrio que colgaron hace unos días sobre la puerta.

Pero Makar insistió.

—¡Claro que no! ¡Del Ángel! Lleva días caminando por la muralla, de una torre a otra.

Eso nos hizo reír todavía más. Entonces Niketas, que era el mayor de nosotros, propuso que primero fuéramos a ver al Ángel y luego a la puerta de Regio. Aceptamos la idea. Nos pusimos en marcha y apenas habíamos recorrido un estadio cuando Selim se unió a nosotros.

Había llegado antes del asedio junto con una familia turca convertida a nuestra fe. No conocía la ciudad y tampoco hablaba bien nuestro idioma, pero lo habíamos aceptado en el grupo. Hizo varios gestos, seguramente preguntando adónde íbamos.

Niketas señaló hacia delante, y aquella explicación fue suficiente para él.

Al ver a los monjes, dimos un gran rodeo. Empujaban carretillas con los muertos del día anterior camino del cementerio. No queríamos que nos ocurriera lo mismo que unos días antes, cuando nos habían detenido. No teníamos ninguna intención de volver a cavar fosas comunes. Ya estábamos cerca de la puerta cuando una voz tronó detrás de nosotros:

—¡A trabajar! ¡Vamos, muchachos! ¡A trabajar!

Era un soldado de la guardia imperial. Ninguno de nosotros lo conocía.

—Lleven estas piedras a la muralla exterior. En la puerta les dirán dónde dejarlas.

Señaló un montón de piedras. Las recogimos con entusiasmo. ¿A la muralla exterior? Desde el comienzo del asedio no nos habían permitido acercarnos a ella. Desde la puerta, un franco con armadura nos condujo haciendo gestos. Debía de ser veneciano. Fuimos dejando dos o tres piedras junto a cada tronera. Cuando terminamos, podríamos habernos quedado contemplando el exterior todo el tiempo que quisiéramos, ya que el bombardeo estaba detenido.

Pero en lugar de mirar hacia afuera, observábamos la altura, la muralla interior.

—Ahí está. ¿Lo ven? —señaló Makar.

Yo no veía nada, pero antes de que pudiera hablar, Niketas se adelantó.

—Es verdad. Hay algo allí. Algo luminoso.

—¿Ven? Ya se los había dicho —declaró Makar, orgulloso.

—Vamos... —empecé a decir.

Yo seguía sin ver nada, pero al observar la expresión boquiabierta de Georgias empecé a dudar. ¿De verdad estaría allí? ¿Un Ángel? ¿Un Ángel auténtico? ¿Por qué yo no podía verlo? Pensé que estaban imaginándolo. O tal vez Niketas lo decía solo para complacer a Makar. Después de todo, era el más pequeño.

—¿Qué están mirando? ¡Bajen de ahí! —gruñó un guardia.

Regresamos a la puerta.

—¿Y ahora adónde vamos? —pregunté.

—¡Vamos a contárselo al padre Demetrio! —propuso Makar con entusiasmo.

—Ni hablar. Nos obligarán a cargar cadáveres —respondió Niketas—. ¡Vamos a la puerta de Regio!

Mientras tanto, Selim sacó cuatro pequeñas manzanas de debajo de la camisa. Nos dio una a cada uno.

—Yo ya comí en casa —dijo.

Le creí y no le creí. Partí la mía en dos y le devolví una mitad. Se la tragó de un solo bocado.

El hermano de Georgias nos hacía señas desde lejos.

—Creí que hoy no vendrían. ¿Dónde estuvieron vagando tanto tiempo?

Antes de que cualquiera de nosotros pudiera responder, Makar ya había comenzado a hablar y contó de un tirón toda la historia del ángel. El hermano de Georgias nos miró a nosotros y luego a Makar. Era evidente que no sabía si creerle o no. Durante mucho tiempo no entendí por qué lo creyó tan deprisa. Más tarde lo comprendí: porque quería creerlo. Sabía más que nosotros. A veces, de repente, se le ensombrecía el rostro y, cuando le preguntábamos qué le ocurría, se limitaba a hacer un gesto con la mano. Ahora sé que intentaba ocultarnos la verdad, porque para entonces ya no quedaba ninguna esperanza.

Corríamos.

Solo corríamos.

Niketas, con sus largas piernas, pronto nos adelantó. Georgias se detenía una y otra vez diciendo que regresaría para matar a todos los turcos. Cada vez tenía que ser yo quien lo arrastrara para que siguiera avanzando. El barrio veneciano estaba desierto. Ellos habían sido los primeros en huir de la ciudad hacia los barcos anclados en el puerto. Nosotros también nos dirigíamos allí. Sabíamos que no había otra salida. Él tampoco había venido. Nos había abandonado. Y eso que había prometido ayudarnos. Yo solo logré verlo aquel día, cuando nos hizo señas desde la muralla. De aquella gran luminosidad apenas se distinguían los contornos de su figura y una mano. Todos recogimos una piedra y, guiados por el hermano de Georgias, subimos. Él habló con el guardia de la torre y nos permitieron pasar. Cuando llegamos arriba, dejamos caer las piedras y nos persignamos. A mí incluso me temblaban las rodillas del miedo.

El guardia de la torre vecina nos observó durante un rato. Supongo que no entendía qué hacíamos. Después se trasladó a otra tronera. Tal vez creyó que, al ver las piedras ennegrecidas por la sangre, estábamos rezando por las almas de los caídos.

La luminosidad avanzó hacia nosotros y, a unos dos pasos de distancia, una figura se desprendió de ella. Tenía una forma completamente humana. Sonreía.

—¿Desde cuándo pueden verme? —preguntó, pronunciando las palabras con un acento extraño, parecido al de Selim.

Ninguno de nosotros se atrevió a responder. Yo también permanecí inmóvil, observándolo. ¿Era un ángel? No tenía alas ni aureola, pero aun así era una aparición maravillosa. Su ropa estaba cubierta de toda clase de adornos brillantes y relucientes. Finalmente, el hermano de Georgias logró balbucear:

—Desde hace cuatro días.

—Sospechaba que había algún problema —dijo. Y añadió algo más. Nos miramos unos a otros. No entendíamos qué significaban sus palabras. Selim sí lo entendió.

—Dice que hay problemas —susurró—. Y que volvamos mañana.

Apenas terminó de traducir, la aparición desapareció como si nunca hubiera estado allí.

 

Corríamos.

Ahora era yo quien iba delante, porque Niketas se había torcido un tobillo y avanzaba saltando detrás de nosotros, cada vez más rezagado. Quizá, si lo hubiera esperado entonces... Pero yo solo corría.

 

Durante los últimos días fuimos todas las mañanas a la puerta de Carisio. Solo podía verse en aquella primera hora del amanecer. Si los turcos preparaban un ataque y no conseguíamos subir a la muralla, él descendía de algún modo hasta nosotros. Simplemente aparecía a nuestro lado. La mayoría de las veces se apartaba con el hermano de Georgias y hablaban en voz baja. Y ya no volvió a sonreír ni una sola vez. Naturalmente, el hermano de Georgias no nos contó a nosotros, los niños, de qué hablaban, pero cuando se lo preguntábamos, su mirada revelaba muchas cosas. Georgias escuchó a escondidas lo que su hermano le contó a sus amigos, los guardias. Porque él también necesitaba contárselo a alguien. Aquel secreto era una carga demasiado pesada.

—Dijo que la ciudad caerá. Que solo podremos salvarnos si... si trae del cielo algún tipo de arma. Dijo que debemos esperarlo junto a la estatua del emperador Constantino. Mañana por la noche regresará.

Por supuesto, no se lo contamos a Makar. Era demasiado pequeño y temíamos que no pudiera guardar el secreto. Juramos que nadie más lo sabría. No sé quién se lo contó a quién. Yo no se lo dije a nadie. Pero a la mañana siguiente ya se susurraba en el mercado acerca del ángel que vigilaba la muralla. Y aquella noche, en la taberna de la esquina, un soldado medio borracho gritaba desde encima de una mesa que una antigua profecía anunciaba que, aunque algún día los turcos entrarían a Constantinopla y nos perseguirían hasta la columna de Constantino, frente a Santa Sofía, allí terminarían todas nuestras desgracias. Porque entonces descendería un ángel del cielo con una espada en la mano. Y entregaría el Imperio, junto con aquella arma celestial, a un pobre hombre sentado al pie de la columna. Y una voz tronaría desde el cielo:

—¡Toma esta espada y venga al pueblo del Señor!

Ante las terribles palabras del ángel, los turcos huirían aterrorizados. Y nosotros los expulsaríamos de Occidente. Y también de Anatolia. Hasta la frontera de Persia. Al escuchar aquello, todos los presentes asintieron, bebieron y lanzaron gritos de alegría.

Pasó la noche. Aquella mañana fui el primero en llegar a la plaza. Después llegó Makar. Pero no venía de su casa. Corría hacia mí desde la dirección de la puerta de Carisio.

Gritaba desde lejos.

—¡No está allí! ¡Se fue! ¿Me oyes? ¡Se fue! —Mientras llegaban los demás, permaneció a mi lado repitiéndolo una y otra vez—. ¡Se fue! ¡Se fue! ¡Se fue! —Y luego se lo repitió a cada recién llegado—. ¡Se fue! ¡Se fue! ¡Se fue!

—¡Ya basta! —le gritó Georgias—. Claro que se fue. Está trayéndole al emperador la espada de fuego con la que expulsaremos a los turcos.

Makar guardó silencio de inmediato. Nos observó a todos.

—No volverá —dijo al cabo de un rato—. Yo lo sé.

—¿Y qué vas a saber tú? No sabes nada —lo reprendió Georgias. Y luego se volvió hacia nosotros—. Además, hoy mi hermano será recibido por el emperador Constantino.

 

Corríamos.

Ya había amanecido. Salí corriendo por una de las puertas que daban al agua y llegué a la orilla del Cuerno de Oro. Georgias había quedado muy atrás.

Los barcos genoveses y venecianos, con las velas desplegadas, ya habían superado el cabo de la Acrópolis. Solo una nave de Trebisonda permanecía inmóvil en medio de la bahía. Me quité la ropa y me lancé al agua.

Aquel día, el hermano de Georgias ni siquiera logró acercarse al emperador. Los guardias lo rechazaban una y otra vez.

Los turcos bombardearon durante toda la jornada. Solo al caer la noche regresó el silencio. Me escapé de casa. Nunca acostumbraba a salir de noche. ¿Y adónde fui? A la columna del emperador Constantino, fundador de la ciudad. ¿Adónde iba a ir, si no? Quería estar allí cuando el ángel descendiera con la espada de fuego. Por supuesto, todos estábamos allí. Incluso el pequeño Makar. Permanecíamos agrupados junto a los soldados y a los amigos del hermano de Georgias. Los cañones tronaron. Las trompetas rugieron. Las campanas comenzaron a sonar. El enemigo atacaba. La mayoría de los soldados corrió hacia las murallas. Solo quedamos unas pocas decenas. Esperamos. Simplemente esperamos. Pero no vino.

 

A lo largo de la costa flotaban cadáveres. Cristianos. Turcos. Los esquivaba a derecha e izquierda y apenas lograba avanzar. Mientras tanto, miraba una y otra vez hacia atrás. Georgias también había alcanzado la puerta y se había arrojado al agua con la ropa puesta. Nadaba desesperadamente tras de mí. Un grupo numeroso de soldados lo seguía. Se detuvieron en la orilla. Corrían de un lado a otro buscando una embarcación. Cuando vieron que era inútil, comenzaron a arrancarse las correas de las armaduras, a cortarlas, a quitarse las cotas de malla. Entonces llegó un grupo de jenízaros y los mató. Dos de los que se lanzaron al agua con la armadura puesta desaparecieron en las profundidades.

Mientras me acercaba a la galera de Trebisonda, vi que había tanta gente moviéndose sobre ella como en un hormiguero removido.

Temí que de un momento a otro zarpara y me dejara abandonado en medio de la bahía. Por suerte, la mayoría eran ciudadanos de la ciudad. No entendían nada de velas ni de navegación. Solo gritaban, empujaban y rezaban. Para cuando los pocos marineros que sabían lo que hacían –quizá no más de cinco– lograron tensar las velas, yo ya había llegado junto a la nave. Estaba colgado de una cuerda cuando la galera crujió y comenzó a moverse. A mí todavía lograron izarme a bordo. No miré hacia atrás.

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300, GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

 

EL INTERROGATORIO

Carlos Eduardo Sánchez

 

Miro la remanida escena con desgano.

Algunos me acusan de ser un tipo duro,… puede ser: últimamente estoy algo insensible a la violencia… Pensándolo bien: quizá no sea insensibilidad, sino hartazgo; tanto dolor sobreactuado llegó a aburrirme.

Mary está a mi lado, desearía haber venido solo; ella es muy impresionable. Como siempre cuando está nerviosa come caramelos, el sonido quebradizo del papel me irrita. No le digo nada.

Atado a una silla, bajo la lamparilla mugrienta, está Bill; la iluminación mortecina permite intuirlo asustado e indefenso. Aparentemente no quiere hablar, pero sospecho, por cómo actúa, que no sabe nada.

Desde hace un rato el grandote Bob lo golpea, duro, pero sin saña, profesionalmente.

Cada dos o tres sopapos lo interroga con serenidad.

—Dime, basura, ¿quién es el soplón?

Bill con un mazacote sanguinolento por nariz lloriquea y jura no saber de qué le hablan; en su afán por negar, mueve la cabeza como una marioneta salpicando con gotas de sangre aguachenta la camisa de su torturador.

El mastodonte, que de pronto parece perder la calma, gira la cabeza y pregunta:

—Richard, ¿qué hacemos con este hijo de perra?

—Bob, déjame intentarlo. Bill, amigo, no te hagas golpear innecesariamente, dinos, quién es el traidor y te dejamos libre.

El cautivo intenta responder, pero como si no soportara el peso de su cabeza, la deja caer como una vieja aldaba sobre su pecho; una secreción pardusca le cuelga de la boca entreabierta.

Escucho a Mary murmurer.

—Richard… Richard.

—¿Qué? —le respondo impaciente.

—No puedo mirar, esto es muy desagradable.

—Entonces, quedate callada y no mirés.

Bob tira un balde de agua sucia sobre el desmayado, y con cara de perro obediente dice:

—Richard, ¿sigo?

La respuesta afirmativa parece darle nuevas fuerzas: toma al prisionero de los cabellos y le hunde, una y otra vez, la cabeza en un tacho lleno de, lo que parece, un líquido inmundo.

A lo lejos se escucha el ulular de sirenas.

—Richard… Richard.

—¿Qué?

—¿Ya terminó todo?

—¡No!

Bill, grotesco, abre la boca con desesperación para tomar aire cuando se lo permite su verdugo.

—¡Habla, mal nacido! —grita Bob, fuera de sí.

—Richard, creo que este sujeto no sabe nada.

—Está bien Bob, mátalo y arrójalo al río.

—Será un placer, jefe.

—Richard… Richard.

—¿Qué querés? —No puedo creer que me interrumpa de nuevo.

—Vayámonos, por favor, no soporto esto.

—Esperá, ya termina todo.

Bill yace retorciéndose en el suelo, el grandote le apunta con su escopeta de caño recortado; le dice burlándose:

— Lo siento amigo, no es nada personal…

Puntual y oportuno, irrumpe en escena el altavoz de la policía:

—Richard, Bob, están rodeados; arrojen sus armas y entréguense con las manos en alto.

El grandote Bob, con nerviosismo teatral, da vueltas por la habitación; casi gimiendo pregunta a su jefe:

—Richard, ¿qué hacemos? —Sin esperar respuesta, estúpidamente sale a la calle y, profiriendo insultos, se enfrenta a la policía. Forzado a un destino igual al de muchos otros, que desempeñaron papeles similares, muere acribillado por los uniformados.

—Richard.

—¿Qué pasa ahora?

—¿Querés pochoclo?

El The End me sorprende discutiendo con Mary.

Al encenderse las luces, caminamos hacia la salida; estoy algo desilusionado, a pesar de lo convencional del desenlace, me habría gustado haberlo visto.

—Richard.

—¿Qué?

—Qué casualidad que el jefe de los hampones tuviera tu mismo nombre, ¿no?

—Sí —le respondo fastidiado. 

Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”. Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

 

                                                                                  

 

miércoles, 24 de junio de 2026

LA CALAVERA DE CRISTAL

Tihomir Jovanović

 

La lluvia había caído durante todo el día sobre Clearville, de esa manera en que llueve en las viejas películas románticas francesas en blanco y negro, solo que no había parejas enamoradas en las calles. En lugar de ellas, corría el agua y salpicaba las aceras cuando pasaban los escasos automóviles y los aún más escasos peatones.

Solo quienes no tenían más remedio salían a la calle mientras el viento daba vuelta los paraguas. Más extraño todavía era que, con aquel tiempo, alguien se detuviera frente a la galería privada Frank Simon de Clearville.

Las capuchas de aquella pareja les cubrían la frente mientras las gotas, o mejor dicho los chorros de lluvia, corrían por sus impermeables. En la cara interior de la puerta de la galería había un cartel anunciando la inauguración, al día siguiente, de la exposición "Reliquias perdidas del Tercer Reich".

El hombre parecía menos interesado en el texto del anuncio que en la cerradura de la puerta y las cámaras de seguridad. No le preocupaba demasiado que las cámaras registraran su rostro; después de todo, aquel no era su verdadero rostro, sino el de un caballero mayor con el bigote amarillento por el tabaco.

Cuando regresara a su refugio y se quitara la máscara volvería a convertirse en un hombre de treinta y tantos años, de ojos negros y cabello peinado hacia atrás.

Volvería a ser Diabolik.

Y la anciana apoyada en un bastón volvería a ser quien realmente era: la deslumbrante rubia Eva Kant.

—¿Qué te parece? —preguntó Eva.

—La entrada está protegida de manera convencional. Cámaras, cerraduras de seguridad y rejas que descienden en cuanto suena una alarma. Mañana, cuando abran la exposición, veremos cómo está organizado el sistema de seguridad interior.

—Entonces volvamos cuanto antes. Esta lluvia no es precisamente agradable.

Diabolik asintió y ambos se dirigieron al garaje donde habían estacionado el Jaguar negro.

 

Las gotas seguían resbalando por los cristales de las ventanas mientras permanecían sentados, absortos en sus pensamientos.

Las ráfagas de viento estrellaban la lluvia contra los vidrios, pero el sonido parecía quedarse afuera.

Diabolik estaba pensativo. Había leído la lista de piezas que se exhibirían. Objetos ocultistas del Tercer Reich.

Objetos que los miembros de la organización Deutsches Ahnenerbe-Studiengesellschaft für Geistesurgeschichte habían llevado a Berlín desde todos los rincones del mundo, convencidos de que poseían poderes especiales y de que asegurarían la victoria alemana en la guerra. También había piezas cuya existencia oscilaba entre la realidad y el mito. El Santo Grial. La Lanza del Destino, con la que supuestamente había sido atravesado Jesucristo antes de la crucifixión. Además, se exhibirían objetos que los nazis habían buscado obsesivamente sin llegar nunca a encontrarlos.

Lo que más interesaba a Diabolik era que, entre los visitantes, seguramente aparecería algún anciano nazi o algún simpatizante de la organización ODESSA, encargada de ocultar a numerosos nazis tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

También sentía curiosidad por algunas piezas de la exposición. Especialmente por una calavera de cristal de cuarzo que llevaba una esvástica grabada en la parte superior. Toda aquella información procedía de revistas, folletos promocionales y enciclopedias.

—¿Por qué no buscas algo en internet? Seguro que encontrarás más información sobre esa calavera —preguntó Eva.

—Lo sé. Estoy seguro de que la red está llena de datos. Pero... —Se interrumpió y miró a Eva a los ojos—. Cada búsqueda deja rastros —agregó—. Estoy convencido de que la policía y Ginko vigilan todo lo relacionado con esta calavera y con la exposición. Si ocurre un robo o un intento de robo, esas búsquedas serán una de las primeras pistas que examinarán.

—Ahora te entiendo —dijo Eva—. ¿Tienes algún plan?

—¿Un plan? Todavía no. Después de visitar la exposición veré cuáles son las posibilidades y cuáles los obstáculos que presenta la galería.

Cerró los ojos y se recostó en el respaldo flexible de la silla. Le preocupaba la posibilidad de que antiguos nazis se interesaran por la exposición, provocando un aumento de la seguridad o incluso un enfrentamiento. Pero los enfrentamientos no le daban miedo. Había aprendido a vivir con ellos desde la infancia. Recordó entonces el cambio que había transformado su vida, llevándolo de ser un niño común a convertirse en Diabolik. Había sido un huérfano rescatado tras un naufragio por un grupo de hombres que vivían en una isla gobernada por un individuo conocido como King. El jefe de una organización criminal. Allí creció, educado según las normas de aquellos delincuentes, con el propósito de convertirse en un criminal perfecto. Aprendió a manejar armas. Se entrenó físicamente. Trabajó en laboratorios. Fue allí donde desarrolló el material capaz de reproducir con exactitud la piel humana y los rasgos faciales: máscaras que imitaban perfectamente la apariencia, la temperatura y hasta las expresiones de una persona. King deseaba ese invento para sí mismo. Pero Diabolik ya era adulto. Más tarde estalló un conflicto entre ambos. Diabolik venció. Abandonó la isla y comenzó su vida independiente.

Sonrió al recordar que fue entonces cuando conoció a su compañera de aventuras, Eva Kant.

 

Al día siguiente todo era distinto.

Las nubes ya habían depositado toda su carga sobre la tierra y el sol volvía a cruzar libremente el cielo.

La gente se agolpaba en la entrada de la galería, molesta por los rigurosos controles de seguridad: revisión de documentos, detección de armas, cámaras fotográficas y cualquier objeto sospechoso.

—Como si fuéramos terroristas —comentó una mujer cuando terminó la inspección y entró en la galería.

Eva y Diabolik iban disfrazados de matrimonio de mediana edad. Ella era una morena elegante. Él, un hombre rubio con una barba de varios días. Pasaron los controles sin dificultad y comenzaron a recorrer la exposición. Los objetos estaban protegidos por cúpulas blindadas o vitrinas equipadas con sensores y cámaras. Mientras observaba las piezas, Diabolik estudiaba las posibles rutas de entrada y salida de la sala. Y también examinaba los rostros de los visitantes en busca de rasgos germánicos que pudieran delatar a algún miembro de ODESSA.

—Disculpe —dijo un caballero de edad avanzada dirigiéndose al conservador de la muestra—. Esa calavera de cristal... ¿de qué está hecha exactamente? Y esa esvástica en la parte superior, ¿es obra de los nazis o...?

—La calavera está tallada en cuarzo, un material extremadamente duro de trabajar. Resulta asombroso que los pueblos antiguos hayan sido capaces de crear algo semejante. Fue descubierta en Perú, dentro de una de las pirámides, hace apenas unos años, aunque los nazis la buscaron antes y durante la Segunda Guerra Mundial. No sabemos cómo obtuvieron información sobre su existencia, porque la pieza fue hallada por casualidad hace relativamente poco, cuando un terremoto provocó el derrumbe de algunos muros interiores de la pirámide. En cuanto a la esvástica, mucho antes de los nazis tenía significados completamente distintos y aparecía en numerosas culturas...

—Muchas gracias —respondió el hombre antes de alejarse hacia otras vitrinas.

Diabolik lo observó atentamente. El anciano contemplaba el resto de los objetos de manera superficial, como si no le interesaran o ya los conociera todos. Poco después se dirigió hacia la salida. Allí fue sometido a una nueva inspección de seguridad. Justo en ese momento se cruzó con otro hombre que lo observó brevemente antes de entrar. Diabolik lo reconoció de inmediato. Le hizo una seña a Eva para que se separaran; de ese modo llamarían menos la atención. La persona que acababa de entrar era el inspector Ginko. Su mirada recorría rápidamente los rostros de los visitantes mientras conversaba con los agentes de seguridad. Durante un instante sus ojos se cruzaron con los de Diabolik. Solo un instante. Pero suficiente para que Diabolik comprendiera que Ginko no estaba allí por casualidad. Buscaba a alguien capaz de intentar un robo. Tal vez a él. Tal vez a algún antiguo nazi. Después de todo, aquella era una exposición de alto riesgo.

Eva abandonó primero la sala.

Diabolik esperó a que varios visitantes salieran detrás de ella y luego se encaminó también hacia la puerta. Al pasar estuvo a punto de rozarse con Ginko. Salió sin detenerse. Eva lo esperaba varias manzanas más allá, cerca del garaje.

—¿Crees que Ginko está aquí por casualidad o te está esperando? —preguntó ella mientras regresaban.

—Ginko nunca hace nada por casualidad. Tiene intuición. Siente que algo va a ocurrir aquí. Y ahora mismo da igual si cree que seré yo u otra persona.

—¿Vas a abandonar el golpe?

—No. Creo que ya tengo un plan. Vamos al castillo de la colina. Desde allí se ve muy bien la ciudad y la galería.

Eva asintió.

El automóvil abandonó el asfalto y tomó un camino de grava que conducía al viejo castillo, una antigua propiedad de la nobleza convertida ahora en hotel, restaurante y mirador turístico.

—Ahí está la galería —dijo Diabolik señalando el edificio situado junto al río—. Como puedes ver, todavía hay personal de seguridad alrededor. A simple vista parecen paseantes despreocupados, pero no lo son. Creo que algunos permanecerán allí durante la noche.

—Entonces, ¿cómo piensas hacerlo?

—Sentémonos a tomar algo y te lo explicaré. —Cuando el camarero se alejó, Diabolik comenzó a hablar—. La seguridad es muy fuerte. Además está Ginko, que seguramente me espera y tiene hombres preparados para intervenir en cualquier momento. Por eso debo atraerlo hacia otro lugar.

—¿Cómo?

—Con un falso Diabolik. Mientras él crea que estoy robando en otro sitio, yo actuaré aquí.

—¿Dónde?

—Todavía sigue abierta en la ciudad la exposición de las Joyas de Opar. Reciben ese nombre porque fueron encontradas en una ciudad en ruinas de África que fue bautizada Opar, como en la novela de Edgar Rice Burroughs Las joyas de Opar. Es un objetivo suficientemente tentador para Diabolik. Al menos eso debería pensar Ginko. Si cree que voy a por esas joyas, concentrará allí sus fuerzas mientras yo trabajo en otro lugar.

—Pero siguen estando las puertas, los guardias, las alarmas... ¿Piensas entrar por el techo con un parapente? —preguntó Eva.

—No. Los sensores y las cámaras son demasiado sensibles. Me detectarían antes de que pudiera posar un pie en el tejado.

—Entonces, ¿cómo?

—Por el río. Es el único punto realmente desprotegido de esa fortaleza. Los dueños de la galería confían en el río igual que los habitantes de los castillos medievales confiaban en los fosos que rodeaban sus murallas.

—Y después...

—Después...

Diabolik sonrió.

Y le explicó todos los detalles del plan.

 

Dos días más tarde, el interés del público por la exposición había disminuido un poco, pero las medidas de seguridad seguían siendo las mismas que el primer día.

La noche estaba despejada. La luna nueva apenas proporcionaba algo de luz cuando aparecía entre las nubes dispersas. El río fluía lentamente, casi adormecido. Solo se agitaba cuando alguna barcaza cargada de carbón pasaba rumbo a una lejana central térmica.

Bajo la superficie avanzaba una figura.

Mientras nadaba, dependía más del tacto que de la vista y de la débil luz de su linterna. Finalmente encontró la tubería de desagüe del colector urbano y se acercó a la orilla. La entrada estaba cerrada por una puerta metálica y un candado. Al menos lo había estado hasta el día anterior. La noche previa Diabolik había roto el candado, debilitado por el óxido, y había escondido dentro de la tubería todo lo necesario para atravesar el suelo de la galería: ácido para disolver el hormigón, una sierra y herramientas para cortar las barras de refuerzo. Debido a la gran cantidad de agua que aún descendía de las colinas, le costó avanzar por la tubería y alcanzar el sendero que conducía a la galería.

Comenzó a inyectar ácido en los agujeros del hormigón.

Luego se apartó mientras la masa reblandecida se deshacía. Después cortó el acero. Y volvió a aplicar ácido. De vez en cuando consultaba el reloj.

Al otro extremo de la ciudad, Eva debía poner en marcha el resto del plan. Vestida con el traje de Diabolik –el ajustado mono negro ceñido al cuerpo–, Eva salió deslizándose de entre las sombras de unos arbustos y observó el edificio del museo donde se exhibían las Joyas de Opar.

No había vigilancia exterior, pero sí un guardia nocturno y un sistema de seguridad.

Según el plan acordado con Diabolik, debía inutilizar las alarmas y los sensores de movimiento, neutralizar al guardia y simular un robo. Después tendría que reactivar el sistema para atraer a la policía. Todo debía ocurrir exactamente a la una de la madrugada, momento en que Diabolik, según lo previsto, atravesaría el suelo de la galería y se apoderaría de la calavera de cristal.

No muy lejos del museo había una alcantarilla donde convergían varios cables eléctricos.

Si conseguía inutilizar el cable que alimentaba el edificio, el sistema de seguridad quedaría desconectado durante unos instantes, antes de pasar a la alimentación de emergencia por baterías. Esa breve confusión sería suficiente.

Levantó la tapa de la alcantarilla, iluminó el interior con una linterna y encontró el cable adecuado. Luego sacó de su mochila una botella de ácido. Era la forma más segura de destruir el aislamiento y provocar un cortocircuito. Volvió a inspeccionar los alrededores. Todo estaba tranquilo. Desenroscó el tapón y vertió el ácido sobre el cable. Un olor acre llenó el aire. Saltaron chispas.

Eva retrocedió y dirigió la mirada hacia el museo. Las ventanas habían quedado sumidas en la oscuridad. Arrojó lo que ya no necesitaba y corrió hacia la entrada. El guardia nocturno salió confundido al escuchar el apagón. Miró a su alrededor, sorprendido de que los edificios vecinos siguieran iluminados. Comprendió que algo iba mal y se dirigió apresuradamente hacia la portería para activar la alarma. Una voz lo detuvo.

—¡Alto!

Se volvió.

Frente a él había una figura vestida con un ajustado traje negro.

—¿Diabolik? —susurró mientras retrocedía.

Sintió un sudor frío recorrerle la espalda al ver el revólver apuntándole al pecho. No se oyó ningún disparo. Del arma no salieron balas sino pequeños dardos cargados con un sedante. El guardia sintió un pinchazo. Durante unos segundos pareció sorprendido de seguir vivo. Luego se desplomó. Eva entró en el museo. Faltaban cinco minutos para la una.

Sacó un aerosol negro de una bolsa que llevaba en la cintura y cubrió los sensores de movimiento. Después accedió a la sala principal. Contempló los tesoros expuestos. Durante un instante sintió la tentación de romper una vitrina y quedarse con algunas de aquellas piedras preciosas.

Pero resistió.

Esperó. Y cuando llegó el momento exacto, se limitó a romper una de las vitrinas. La alarma comenzó a sonar. Eva salió corriendo a la calle, se internó entre los arbustos y se dirigió hacia el automóvil.

—¡Robo en el museo! —gritó el operador de guardia en la central de policía—. ¡Envíen una patrulla inmediatamente!

Las sirenas comenzaron a aullar. Las luces giratorias proyectaban reflejos azules sobre las fachadas mientras los vehículos recorrían las calles desiertas. Los coches se detuvieron chirriando frente al museo. Los policías, con las armas desenfundadas, irrumpieron en el edificio. En el suelo, el guardia comenzaba a despertar y observaba todo con desconcierto.

—¡Que nadie se mueva! —resonaron las voces en las salas vacías.

Pero no había nadie. Solo una vitrina rota.

—¿Qué demonios es esto? —murmuró uno de los agentes—. Alguien se está burlando de nosotros.

—¿Diabolik?

La pregunta se convirtió enseguida en una conclusión.

—Una falsa intrusión. Quiere alejarnos de otro sitio. Llamen a Ginko. La galería. La exposición. Que vaya allí inmediatamente.

Las patrullas abandonaron el museo a toda velocidad, dejando únicamente a dos agentes para atender al guardia y asegurar la escena.

 

Diabolik se deslizó por el agujero abierto en el suelo y corrió hacia la vitrina que contenía la calavera de cristal. El vigilante de la galería acudió al oír el ruido. También él fue detenido por un dardo sedante. Diabolik rompió la vitrina. La alarma comenzó a sonar. No le prestó atención. Sabía que todavía disponía de unos minutos de ventaja. Tomó la calavera y regresó apresuradamente hacia el agujero. Mientras descendía escuchó el estruendo de la puerta principal al ser derribada.

Se detuvo.

La policía había llegado demasiado rápido. Pero cuando miró hacia arriba no vio policías. Vio a cuatro desconocidos. Uno de ellos había bloqueado el mecanismo de la reja de seguridad con una estructura metálica. La reja descendió y chocó contra el obstáculo con gran estrépito.

—Nazis... —susurró Diabolik. Y desapareció por el agujero.

Los recién llegados quedaron desconcertados ante la vitrina rota y vacía.

—¡Zum Teufel! ¡Alguien se nos adelantó! —exclamó uno de ellos.

—¡Miren allí! —gritó otro—. ¡El agujero del suelo! ¡Por ahí escapó!

Todos corrieron hacia la abertura. La luz de sus linternas solo reveló agua escurriéndose por la tubería.

—¡Manos arriba! ¡Y no intenten nada! —ordenó una voz a sus espaldas.

Todos se volvieron. ¿Cómo era posible que la policía hubiera llegado tan rápido? Los intrusos quedaron paralizados. Y el inspector Ginko también se quedó perplejo cuando les arrancó las máscaras. No reconoció ninguno de aquellos rostros. Desde luego, no era el que esperaba encontrar. Revisó cuidadosamente cada cara, por si alguna ocultaba otra máscara. Nada. Finalmente negó con la cabeza.

—Inspector —dijo uno de los agentes—, parece que alguien se adelantó a estos tipos.

—¿Qué quieres decir?

—El agujero del suelo.

Ginko se volvió. Vio el boquete abierto en el hormigón.

—Ese demonio de Diabolik —murmuró—. A estas alturas ya debe de estar muy lejos. Envíen una lancha patrullera al río, aunque probablemente sea inútil. Al menos hemos atrapado a esta escoria.

—¿Quién cree que son?

—¿Quiénes podrían ser? Nazis. ¿A quién más podría interesarle esta colección de artefactos por los que aquel loco de Himmler y sus seguidores estaban obsesionados? Llévenselos.

 

—Lo conseguimos —dijo Diabolik sonriendo mientras acariciaba la calavera de cristal con una mano y abrazaba a Eva Kant con la otra.

—Tenía miedo por ti —confesó ella.

—No tanto como yo por ti.

—Pero conseguimos la calavera...

—Sí. Y ahora puedo contarte la verdadera razón del robo. No me interesaba poseerla.

—¿No?

Eva lo miró sorprendida.

—Lo que me preocupaba era que cayera en manos de esos fanáticos de ODESSA. Son extremistas. Seguidores del Tercer Reich y de sus cultos más oscuros. Con esta operación hemos obtenido un doble resultado. Se han quedado sin la calavera de cristal... y han terminado entre rejas.

—En realidad, Ginko debería estarte agradecido —dijo Eva sonriendo.

—Supongo que sí.

Diabolik sonrió a su vez. Y atrajo a Eva hacia sí. 

Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas Sirius, Galaksija, Orbis, Signali, Kikindske novine, Naši traži, Omaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

 

LA VENTANA TAPIADA