Carlos Eduardo Sánchez
Miro
la remanida escena con desgano.
Algunos me acusan de ser un tipo duro,… puede ser:
últimamente estoy algo insensible a la violencia… Pensándolo bien: quizá no sea
insensibilidad, sino hartazgo; tanto dolor sobreactuado llegó a aburrirme.
Mary está a mi lado, desearía haber venido solo; ella es
muy impresionable. Como siempre cuando está nerviosa come caramelos, el sonido
quebradizo del papel me irrita. No le digo nada.
Atado a una silla, bajo la lamparilla mugrienta, está Bill;
la iluminación mortecina permite intuirlo asustado e indefenso. Aparentemente
no quiere hablar, pero sospecho, por cómo actúa, que no sabe nada.
Desde hace un rato el grandote Bob lo golpea, duro, pero
sin saña, profesionalmente.
Cada dos o tres sopapos lo interroga con serenidad.
—Dime, basura, ¿quién es el soplón?
Bill con un mazacote sanguinolento por nariz lloriquea y
jura no saber de qué le hablan; en su afán por negar, mueve la cabeza como una
marioneta salpicando con gotas de sangre aguachenta la camisa de su torturador.
El mastodonte, que de pronto parece perder la calma, gira
la cabeza y pregunta:
—Richard, ¿qué hacemos con este hijo de perra?
—Bob, déjame intentarlo. Bill, amigo, no te hagas golpear
innecesariamente, dinos, quién es el traidor y te dejamos libre.
El cautivo intenta responder, pero como si no soportara el
peso de su cabeza, la deja caer como una vieja aldaba sobre su pecho; una
secreción pardusca le cuelga de la boca entreabierta.
Escucho a Mary murmurer.
—Richard… Richard.
—¿Qué? —le respondo impaciente.
—No puedo mirar, esto es muy desagradable.
—Entonces, quedate callada y no mirés.
Bob tira un balde de agua sucia sobre el desmayado, y con
cara de perro obediente dice:
—Richard, ¿sigo?
La respuesta afirmativa parece darle nuevas fuerzas: toma
al prisionero de los cabellos y le hunde, una y otra vez, la cabeza en un tacho
lleno de, lo que parece, un líquido inmundo.
A lo lejos se escucha el ulular de sirenas.
—Richard… Richard.
—¿Qué?
—¿Ya terminó todo?
—¡No!
Bill, grotesco, abre la boca con desesperación para tomar
aire cuando se lo permite su verdugo.
—¡Habla, mal nacido! —grita Bob, fuera de sí.
—Richard, creo que este sujeto no sabe nada.
—Está bien Bob, mátalo y arrójalo al río.
—Será un placer, jefe.
—Richard… Richard.
—¿Qué querés? —No puedo creer que me interrumpa de nuevo.
—Vayámonos, por favor, no soporto esto.
—Esperá, ya termina todo.
Bill yace retorciéndose en el suelo, el grandote le apunta
con su escopeta de caño recortado; le dice burlándose:
— Lo siento amigo, no es nada personal…
Puntual y oportuno, irrumpe en escena el altavoz de la
policía:
—Richard, Bob, están rodeados; arrojen sus armas y
entréguense con las manos en alto.
El grandote Bob, con nerviosismo teatral, da vueltas por la
habitación; casi gimiendo pregunta a su jefe:
—Richard, ¿qué hacemos? —Sin esperar respuesta,
estúpidamente sale a la calle y, profiriendo insultos, se enfrenta a la
policía. Forzado a un destino igual al de muchos otros, que desempeñaron
papeles similares, muere acribillado por los uniformados.
—Richard.
—¿Qué pasa ahora?
—¿Querés pochoclo?
El The End me sorprende discutiendo con Mary.
Al encenderse las luces, caminamos hacia la salida; estoy
algo desilusionado, a pesar de lo convencional del desenlace, me habría gustado
haberlo visto.
—Richard.
—¿Qué?
—Qué casualidad que el jefe de los hampones tuviera tu
mismo nombre, ¿no?
—Sí —le respondo fastidiado.

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