miércoles, 27 de mayo de 2026

RECUERDOS

Frank Hebben

 

La voz de una vieja película.

Mono apagado, dos compases de música,

una luz de lluvia en la ventana.

 

—La compro —dijo la muchacha de ojos de mariposa—. ¿Cuántos fragmentos costará?

El comerciante se inclinó sobre el transmisor, un aparato con forma de cubo, con cables a ambos lados y adhesivos dorados para la frente.

—Quince.

—¿Qué? ¿Quince? —La muchacha despegó el adhesivo con dos dedos—. Eso son más de tres recuerdos.

—De la mejor calidad —añadió el comerciante con una sonrisa de vendedor—. Imágenes cristalinas, emociones limpias. Solo aceptamos Alpha-Memories.

—Caro, muy caro.

—¡Y con razón! —El comerciante abrió las manos—. Este recuerdo proviene del año 1964, Europa occidental, tal vez Francia; tiene más de doscientos años. —Su sonrisa se ensanchó—. La Bohème, si entiende a qué me refiero.

—La Bohème —repitió la muchacha pensativa—. Bien, de acuerdo, ¿también intercambian recuerdos malos?

—Depende.

—Tengo una experiencia de la fábrica escolar, dos noches en prisión y el asesinato de mi madre.

El comerciante aspiró aire entre los dientes.

—¿Asesinato? Somos un negocio serio, no podemos aceptar algo así aquí. Recuerdos de libros, de películas que nuestro gobierno hizo destruir, esos sí nos interesan. Atardeceres, recuerdos de animales y plantas. Un picnic en el bosque. ¿Tiene fragmentos así?

—No —respondió la muchacha con tristeza, y sus ojos destellaron en mil colores—. Oh, una vez tuve un perro.

—¿Un perro? Hay coleccionistas para eso. ¿Qué raza era?

—No lo sé. Tenía el pelaje azul rey.

El comerciante hizo un gesto de rechazo.

—Nada artificial, lo siento.

—Lo pensaré otra vez —susurró la muchacha. Se colocó la capucha de su impermeable de plástico y tiró de las cintas—. Adiós.

—Vuelva cuando le ocurra algo bueno. —El comerciante retiró el adhesivo—. ¡Que tenga una buena noche!

 

Gota tras gota, lluvia ácida,

a veces sangre teñida de rojo por el neón.

Un club entre las sombras.

 

Adentro, las voces estaban amortiguadas artificialmente; de los reservados solo llegaba un murmullo agradable. La muchacha se sentó junto al escaparate y observó a la gente que pasaba apresurada. Llovía a cántaros.

—¿Qué puedo traerte? —preguntó la camarera mientras dejaba la bandeja con las tazas para tener las manos libres. Sacó una libreta y un lápiz, y esperó.

—Sunburn sin hielo —dijo la muchacha sin mirarla—. Doble.

—Mal día, ¿eh?

—Mala vida.

La lluvia seguía cayendo. Pasaron dos hombres, una mujer, un hombre más, un policía. La muchacha se apartó rápidamente de la ventana.

—¿Cómo te llamas? —preguntó la camarera.

—Céline.

—Ánimo, Céline, no dejes que te aplasten.

—Sunburn sin hielo, doble.

—Enseguida.

Céline se quitó el bolso y el impermeable de plástico, y colgó ambas cosas en un gancho. Cuando la camarera regresó con la bebida, ella pagó de inmediato y con el importe exacto, sin dejar propina, y luego se acurrucó en el rincón entre el acolchado y la ventana. Su aliento empañó el vidrio. Con cuidado, llevó el vaso a sus labios y bebió un sorbo. Cerró los ojos y pensó en su recuerdo favorito, el único hermoso que le quedaba; todos los demás habían sido vendidos.

 

El mar azul e inmenso, tan frío y claro.

Su respiración uniforme entrando y saliendo.

Arriba, aves y el sol.

 

El cóctel hizo efecto, un cálido cosquilleo en el vientre, como el amor, y Céline suspiró con placer; ahora se sentía mucho mejor. Pidió otro vaso.

—¿Sunburn? —preguntó la camarera.

—Doble.

—Enseguida.

—Espera —dijo Céline—. Estoy buscando a alguien, alguien que intercambie malos recuerdos.

—Quieres deshacerte de ellos, ¿verdad, pequeña? ¿Qué es, un amor desgraciado? Corazón, todos sufrimos por eso.

—¿Conoces a alguien? —preguntó Céline en voz baja.

—Quizá la Aguja los acepte. Malos recuerdos y nuevas drogas, eso es lo único que la mantiene viva; ella ya no puede sentir nada por sí misma. Pruébalo, ofréceselos. Merodea por el puerto, en el mercado de pulgas de los sueños.

—Sé dónde es.

—Busca detrás de los puestos. Bien, te traeré el cóctel.

—Gracias.

Cuando la camarera regresó a la mesa, Céline vació la bebida de un trago, pagó y se puso de pie. Tomó su impermeable y se lo puso encima, agarró el bolso y salió del bar. En la siguiente esquina dobló a la izquierda y siguió las calles hasta llegar al mercado de pulgas del puerto. Tras buscar un poco encontró a la Aguja, apoyada cansadamente contra una farola, una mujer en sus últimos años, de cuerpo consumido y mejillas hundidas.

—¿A ti te llaman la Aguja?

—¿Quién quiere saberlo? —Los ojos azul cristal de la mujer la atravesaron; implantes de neón.

—¿Intercambias malos recuerdos? —preguntó Céline.

—¿Perdiste tu peluche? —La Aguja estiró los labios en una sonrisa.

—Hablo de un asesinato, el de mi madre.

Breve silencio.

—Pobre idiota —dijo la Aguja—. Tan joven y tu vida ya está arruinada.

—No, no, yo no fui.

—Ah, ya veo. ¿Buena calidad?

—Eso creo.

—Bien —dijo la Aguja—, déjame verlo. —Metió la mano detrás de la farola, donde estaban sus pertenencias, sacó un cubo y se pegó el adhesivo en la frente—. Acércate, voy a echarle un vistazo. —La Aguja hizo un gesto; Céline palpó su arma, dudó un instante y se acercó—. Quiero algo bonito a cambio.

—¿Algo bonito? ¿Un recuerdo de nieve?

—¿Tienes algo así? —preguntó Céline sorprendida.

—¿Yo? —Una carcajada sacudió a la Aguja—. ¡Claro!

—¿Y qué tienes?

—¿Qué tal payasos? Un viejo sueño con payasos.

—Bien, ¿por qué no?

—Acércate.

 

Noche, oscura es la callejuela.

Un bisturí, no dos.

Hojas grabadas.

Un dragón en una, un demonio en la otra.

¡Rasga, corta!

Y sangre por todas partes.

 

—Ahora yo —dijo la Aguja, y pulsó el segundo botón del transmisor.

 

¡Ja, ja!

Los payasos coloridos y riendo.

Las tartas vuelan.

Tin tin tin tin

¡Miren, ahí viene el cuerpo de bomberos!

 

Céline soltó una risita alegre. No sabía por qué, pero se sentía aliviada. Una sombra se había apartado de su alma. Relajada, se quitó el adhesivo de la frente.

—Un buen intercambio —le dijo a la Aguja.

—¿Te gusta? Yo también estoy satisfecha, emociones intensas, miedo. —Pensó en la noche—. Ah, bien —dijo entonces—. Espera un momento, ¡conozco a ese tipo!

—¿A quién?

—Al de los bisturíes.

—No tengo idea de qué estás hablando. —Céline se volvió para irse.

—Del asesino de tu madre.

Ella se detuvo.

—¿Qué?

El efecto del Sunburn desapareció.

—Salvador Dalí.

—¿Dalí? —preguntó Céline mientras abría distraídamente el cierre de su bolso.

—Es su nombre de la calle. —La Aguja rebuscó dentro de su abrigo y sacó una lata; la abrió y se metió tres píldoras en la boca. Sus pupilas parpadearon, primero amarillas y luego rojo sangre—. Lleva años cazando en el barrio dorado, recolectando órganos y piel para sus creaciones. Hay compradores para ese tipo de… obras de arte. Vi una exposición hace poco.

—Quiero todos los recuerdos.

—Niña, déjalo, ese hombre es realmente peligroso.

—Los quiero todos. —Céline sacó su pistola—. ¡Todos, todos! ¡Y quiero recuperar los míos!

Amplia luz azul del mar.

En la sala, cuadros, claros y fríos; órganos, grasa

Su respiración uniforme.

Él ríe. Él sonríe.

Codiciosa fascinación.

Una mujer los quiere y los compra, para DeLanys.

Arriba, aves y el sol.

 

—¡No! —gritó Céline mientras arrancaba el adhesivo—. ¡Me lo arruinaste con tu aparato de mierda! —Le apoyó la pistola en la garganta.

—Yo… —jadeó la Aguja—. ¿Qué hice…?

Céline quitó el seguro del arma.

—¡No ella, cualquier cosa menos ella!

—Lo siento, no quería… —La Aguja se arrodilló lentamente—. ¡Por favor!

—¡Maldita basura! —rugió Céline, apartando el arma. Dos lágrimas brotaron de sus ojos—. ¡No tenía nada más!

Llorando, se dio vuelta y salió corriendo.

 

Casas, calles, personas.

Todo sombras tras el vidrio.

Ira y tristeza y ningún camino fuera del laberinto

 

La joven vendedora de cabello rubio acero de DeLanys llevaba una bata médica; el cliente común no podía imaginar por qué. Céline abrió las puertas de vidrio del atelier y se acercó a la primera de las obras expuestas; El mago, tinta sobre cartón, 2134.

—Un retrato maravilloso —dijo la vendedora detrás de ella—. El rostro es expresivo, aunque parece vacío, esos ojos ardientes, las mejillas esqueléticas, huecas pero marcadas.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó Céline.

La vendedora sonrió artificialmente.

—Oh, eso no puedes pagarlo. En una subasta alcanzaría más de veintiocho mil.

—¿Fragmentos?

—¡Qué va! —rio la vendedora—. ¡Efectivo! —Señaló un soporte con postales 3D—. Pero tenemos reproducciones de primera calidad que puedes enviarles a tus amigos.

Céline se apartó.

—No me gusta tanto. —Miró hacia una cortina verde hospital que separaba aquella sala de la siguiente—. Prefiero el arte orgánico.

—¡Aaah! —exclamó la vendedora, recuperando su sonrisa artificial; Céline se preguntó cuánto habría costado—. ¿Has oído hablar de eso?

—¿De las obras de Dalí?

—Sí, exactamente.

—Fui invitada a la última exposición.

—Y quieres volver a verlas —añadió la vendedora—. Lo entiendo. Es un verdadero artista, pone la piel de gallina.

—No podría describirse mejor. —Céline intentó imitar la sonrisa—. ¿Puedo verlas ahora?

—Hoy estoy sola en la tienda, sabes, no tengo tiempo para ese tipo de favores.

—Por favor.

—Está bien, haré una excepción contigo. —La joven de la bata le guiñó un ojo—. Pero solo un momento.

—Muchas gracias —dijo Céline.

—No hay problema, ven. —Apartó la cortina y dejó pasar a Céline; ambas recorrieron un largo corredor y luego bajaron dos escaleras. A un lado se abría un atelier iluminado con una luz azul ártica. En las paredes colgaban vitrinas de cristal, cada una cubierta con una tela. Céline fue conducida hacia la más grande de las piezas expuestas.

—De esta no tenemos reproducciones, así que mírala bien —rio la vendedora—. Aquí. —Arrancó la tela de un tirón.

Otro mal recuerdo más, pensó Céline antes de que el shock la dominara. Solo quedó un zumbido en su cabeza, como el de un televisor sin imagen. Se quedó mirando fijamente la vitrina, incapaz de decir una palabra.

—…está sellada al vacío, naturalmente; de otro modo la conservación…

Sudor frío en la frente.

—…la muerte como arte, ese es uno de los mensajes principales de su…

Las manos temblaban.

—…en la primera etapa, hace unos siete años… —La vendedora interrumpió su explicación—. Oye, ¿te sientes bien?

Céline apartó la vista de la obra y la miró.

—¿Qué?

—Dije: ¿te sientes bien?

—Oh… sí, sí, es solo que aquí hace muchísimo frío.

La vendedora volvió a cubrir la vitrina.

—Tenemos que mantener esta sala refrigerada, también por la conservación. —Se dirigió hacia la puerta; Céline la siguió—. Lo siento, no tengo más tiempo. Tal vez mañana.

—Gracias —consiguió decir Céline mientras intentaba disipar el mareo—. Me gustaría un autógrafo.

—¿Mío? —La mujer le guiñó un ojo—. Te refieres a él. No tenemos tarjetas autografiadas; tendrás que pedírselo personalmente.

—¿Cuándo es la próxima exposición? ¿Hoy?

—Quieres decir la inauguración. No, ¿por qué lo preguntas?

—¿Dónde puedo encontrar a Salvador Dalí?

—Vaya, de verdad estás fascinada con él, ¿eh? —rio la vendedora—. No es frecuente que chicas tan jóvenes se interesen tanto por el arte moderno.

Subieron el primer tramo de escalera; en el descanso del segundo, Céline se detuvo bruscamente.

—¿Dónde encuentro al artista? ¿Dónde?

—Lo siento, no podemos dar nombres ni direcciones; la semana que viene tendrás oportunidad…

Céline sacó el arma del bolso, apuntó primero al pecho y luego a la garganta de la vendedora.

—La dirección de ese loco, ahora mismo. No lo repetiré.

—Estás loca —dijo la mujer con calma—. Guarda esa pistola y vete, o llamaré a la policía. —Se volvió hacia la escalera y subió un par de peldaños, hasta que Céline le barrió las piernas. Su mentón golpeó violentamente contra los escalones y gritó de dolor.

—¿Dónde vive ese cerdo? —escupió Céline entre dientes—. ¡Habla!

—Es médico en el hospital St. John —jadeó la mujer. Se palpó el tabique nasal para comprobar si estaba roto—. Vive y trabaja allí.

—¿Su nombre?

—Doctor Randell, se llama doctor Randell. —La vendedora se puso de pie con cautela—. Estás obsesionada, ¡déjalo en paz!

—Abajo —siseó Céline apuntándole con el arma—. ¡Vamos! —Obligó a la vendedora a bajar las escaleras y regresar a la sala de las obras—. Ponte contra la pared.

—No, por favor —suplicó la vendedora.

—¡Contra la pared! —gritó Céline—. ¡De espaldas a mí! —Metió la mano apresuradamente en el bolso y sacó un pequeño cubo—. Toma el adhesivo. ¡Toma el adhesivo, maldita sea! Pégalo en tu frente.

Céline se colocó el suyo.

—Bien, quiero todos los recuerdos sobre mí, todo el último cuarto de hora. ¿Entendido?

—Sí —respondió la vendedora en voz baja, y Céline pulsó el botón.

 

Una muchacha con bolso, impermeable,

ojos de mariposa.

Parece triste.

Sola en el mundo.

Como tantos otros, también.

 

—No te des vuelta.

—¿Quién es usted? —preguntó la vendedora, confundida.

—Tengo un arma apuntándote. Si te das vuelta, estás muerta.

—¡Quiere robar las obras!

—¡Pueden quedarse con toda esta basura! —Retrocediendo, Céline caminó hacia la salida—. Ahora voy a cerrar la puerta. Cuenta hasta cien y después llama a los policías. Quédate junto a la pared; no quiero dispararte.

—Sí, de acuerdo.

Céline cerró la puerta tras ella.

Y entonces corrió. Subió las escaleras, atravesó la tienda, salió por la puerta y volvió a la lluvia. A la izquierda, luego a la derecha, y siguió corriendo, siempre hacia el barrio dorado.

Rostros vacíos, brillantes como vidrio.

La luz de neón pinta máscaras de colores.

Chamanes, ángeles y demonios.

 

Bajo la lluvia, el hospital parecía una iglesia, un edificio ancho coronado por una cruz luminosa. Céline avanzó decidida hacia la entrada principal, la atravesó y preguntó por recepción. Allí habló con una enfermera.

—Busco al doctor Randell.

—¿De qué se trata?

—Es mi padre, tengo que hablar con él. Mi madre murió.

—Oh, lo siento mucho. —La enfermera tomó una lista y recorrió las líneas con sus largas uñas—. El turno del doctor Randell acaba de terminar. Si se apresura, tal vez pueda alcanzarlo en la salida del personal; salga por allí a la derecha y doble la esquina.

Céline volvió apresuradamente, atravesó la puerta giratoria y pasó junto a las columnas publicitarias hasta llegar al callejón lateral. Un médico caminaba hacia ella; se detuvo.

—¿Doctor Randell?

—¿Sí?

—He visto sus cuadros, sus obras de arte hechas de carne.

—¿Y le gustaron? —Con una intuición repentina, el doctor Randell tomó distancia.

—No —respondió Céline mientras sacaba el arma—. ¡Me repugnan!

—A mucha gente le ocurre —explicó el doctor Randell mientras se alejaba paso a paso. Echó una rápida mirada hacia una furgoneta estacionada en la esquina—. No comprende el mensaje. La belleza total del ser humano, eso es lo que quiero mostrar. Ni más ni menos.

—¿Para eso matas personas? ¡Eso es enfermizo! —Céline redujo la distancia—. Quédate donde estás.

—¿Matar? Uso cadáveres como materia prima.

—¡No me mientas! —gritó Céline mientras se acercaba aún más—. ¡Cazas de noche, eliges nuevas víctimas como un animal! ¡Lo vi, cerdo perverso!

El doctor Randell adoptó una expresión amable.

—Disparates, me está confundiendo con otra persona.

—Hojas grabadas, un dragón y un demonio.

—Maldita sea —exclamó Randell, y corrió hacia la furgoneta, abriendo la puerta con desesperación.

—¡Alto!

Dos disparos resonaron en el callejón. Uno hizo añicos la ventanilla del vehículo; el segundo impactó en la pierna de Randell.

—¿Qué quieres? —Con esfuerzo, intentó arrastrarse hasta el asiento del conductor.

Céline le disparó en el brazo; Randell jadeó, tembló y cayó sobre la cuneta.

—¿Qué quiero? —gritó ella con voz ronca—. Por fin una vida, un hogar, familia y amigos. ¡Y olvidar todo esto! ¡Despídete de este mundo, psicópata demente!

 

Una mancha de sangre en el pecho,

grande como un puño.

Los ojos vacíos y blancos como plástico

Un último aliento y nada más

 

—Hermana mía, ¿quiere desprenderse de algo más? —preguntó el sacerdote con suavidad—. Yo acepto todos los recuerdos, los tristes, los malos, los crueles. —Alzó las manos hacia el cielo—. ¡Para ustedes soy el receptáculo!

—No, gracias —respondió sonriendo Céline mientras se colocaba la capucha—. Ya no tengo nada más que confesar.

Frank Hebben nació en 1975 en Neuss, Renania del Norte-Westfalia, Alemania. Es básicamente un autor de ciencia ficción que estudió Filología Germánica y Filosofía en la Universidad Heinrich-Heine de Düsseldorf. Conformado por una trayectoria que combina literatura especulativa y una sólida formación académica, su obra se destaca por su profundidad temática y estilo innovador. Sus últimos tres libros de ficción publicados fueron: Im Nebel kein Wort (2016), Die Fugen einer Stadt (2017) y Vampirnovelle (2019).

 

martes, 26 de mayo de 2026

LA ÚLTIMA CARTA

Eduardo Contreras Villablanca

 

La carpa estaba vacía desde hacía horas. Afuera, la feria de invierno se apagaba entre humo de castañas y luces cansadas. Dentro, solo quedaba encendida la lámpara a gas con diseños antiguos de Madame Zarifa, y unas velas, que balanceaban sombras sobre las cartas del tarot extendidas sobre la mesa.

Ella esperaba clientes. Tenía dos dedos de sus manos envejecidas con anillos, uno de cobre y otro de plata, llevaba muchas pulseras en sus muñecas y su melena aún negra estaba casi cubierta por un pañuelo púrpura con adornos dorados.

Decían que era gitana, aunque nadie sabía realmente de dónde venía. Otros decían que era una árabe que se las daba de gitana. Algunos aseguraban que había leído la suerte en puertos rusos; otros, que había escapado de un circo incendiado en Rumania. Zarifa jamás corregía ninguna historia. Las mentiras solían darle más dinero que la verdad.

El viento agitó la lona.

Entonces entró el visitante.

Al principio ella creyó que era un hombre muy alto y delgado cubierto por un abrigo húmedo. Pero cuando levantó la cabeza, la lámpara reveló una piel verdosa, lisa como piedra mojada. Un cuello delgado. Una cabeza ovalada imposible. Y dos ojos enormes, completamente negros, sin párpados visibles.

Zarifa no gritó. Solo apartó lentamente su taza de té.

—Bueno —murmuró—. He visto maridos peores.

La criatura inclinó la cabeza. Tardó unos segundos en hablar, como si buscara una frecuencia adecuada dentro de sí.

—¿Usted… lee… destinos?

La voz no salía exactamente de su boca. Vibraba en el aire, como una radio mal sintonizada.

—Eso dicen mis carteles.

El extraterrestre observó las telas bordadas, las velas, el mazo de cartas sobre la mesa.

—Necesito saber… si hice bien.

En cuarenta años leyendo tarot había conocido personas desesperadas, codiciosas, enamoradas, supersticiosas. Pero jamás alguien que preguntara si había hecho bien. La mayoría solo quería saber si el futuro les convenía.

Le señaló la silla.

—Toma asiento, cielo.

La criatura obedeció con movimientos rígidos, como alguien usando un cuerpo prestado.

Zarifa mezcló las cartas.

—¿Tu nombre?

Hubo un silencio extraño.

—No puede pronunciarse.

—Perfecto. Entonces te llamaré Julián.

El alienígena aceptó aquello con un leve movimiento de cabeza. Ella comenzó a repartir; Primera carta: El Ermitaño. Segunda: La Torre. Tercera: La Luna.

Zarifa sintió un escalofrío.

—Vaya… —susurró.

El extraterrestre se inclinó hacia adelante.

—¿Qué sale?

—Mucho viaje. Mucha soledad. Y una catástrofe.

Los ojos negros del visitante no pestañearon, no podría haberlo hecho.

—Continúe.

Zarifa colocó otra carta. La Estrella. Después otra. El Juicio. Y finalmente, el Diez de Espadas. La lámpara parpadeó.

Durante un instante, ella creyó escuchar un zumbido inmenso detrás de la realidad. Como si el cielo entero estuviera lleno de motores.

—¿Has venido de muy lejos? —preguntó.

—Sí.

—¿Y destruiste algo?

El extraterrestre tardó demasiado en responder.

—Sí.

La feria entera parecía haber desaparecido. Ya no se oían voces ni música. Solo el viento. Zarifa apoyó las manos sobre las cartas.

—Las cartas no hablan de guerra exactamente… hablan de un holocausto.

La temperatura descendió. Y Zarifa vio. No con los ojos. Con algo más antiguo.

Vio un planeta rojo bajo dos lunas. Ciudades transparentes creciendo como cristales. Millones de seres altos y silenciosos, como el visitante, moviéndose bajo torres luminosas.

Y vio miedo.

Una enfermedad. No del cuerpo. Del pensamiento. Una especie de locura colectiva. Mucha codicia, demasiada. Los habitantes se atacaban unos a otros, los líderes creaban mentiras y las difuminaban, luego los demás les felicitaban y renovaban la confianza en esos liderazgos. De a poco iban dejando de pensar. La mayoría caminaba hacia el vacío riendo, y confiando en futuro mejor. Luego se sacaban los ojos unos a otros.

Y entonces lo vio a él. Solo frente a una máquina gigantesca suspendida sobre un océano negro. Temblando. Llorando. Tomando su decisión.

Después…Fuego. Un planeta entero convertido en polvo brillante.

Zarifa apartó las manos violentamente. Respiraba agitada.

—Así que fue eso —dijo ella.

—Era necesario.

—¿Para quién?

Hubo otro silencio.

—Para el resto. Para los que huimos, los que nos propusimos reiniciar todo, darnos una segunda oportunidad.

La tarotista encendió un cigarro con dedos algo temblorosos.

—Cariño… he conocido asesinos. Pero tú exterminaste un mundo.

—Mi mundo.

Ella lo miró largo rato. Por primera vez notó algo extraño en aquellos ojos oscuros. No eran vacíos. Estaban llenos de cansancio.

—¿Y qué quieres de mí?

La criatura miró las cartas.

—En mi especie no existe la adivinación. El tiempo se percibe de otro modo. Quisiera saber que perspectivas ves en mí, eres parte de este mundo… me interesa tu visión.

Zarifa soltó humo lentamente.

—¿Y viniste a preguntarle a una anciana de feria si hiciste bien al matar a los tuyos y venir con tus amigos a La Tierra reiniciar una civilización aquí?

—Sí.

Ella observó nuevamente las cartas. Tocó algunas de las cartas abiertas sobre la mesa. La Torre. La Luna. Se detuvo en una; El Juicio. Entonces entendió algo terrible. La visión que tuvo, no hablaba solo del pasado del extraterrestre.

Hablaba del futuro del planeta Tierra.

—Oh, no… —susurró.

—¿Qué ocurre?

Zarifa levantó los ojos.

—Ustedes quieren partir de nuevo acá… ¡sin nosotros! Tenemos síntomas parecidos a lo que describes de tu planeta. Una enfermedad del alma, que nos lleva a confiar en las peores abominaciones. Tomarán con nosotros la misma decisión que tomaron con los suyos.

La criatura quedó inmóvil. Largo rato.

—Con tu silencio me respondiste —dijo ella.

Él comenzó a levantarse hacia ella. La mujer se agarró la cabeza, miró nuevamente las cartas. Las observó por largo tiempo, se estremeció, y luego lo miró a él.

—¡Espera, Julián! La enfermedad no murió. Sigue en ti y en tus compañeros.

—Eso es imposible. Al final logramos obtener un antídoto, no alcanzaba para todos…

—Las cartas no mienten. Algo sobrevivió contigo, y con cuántos de los tuyos hayan venido. El nuevo ciclo que quieren iniciar volverá a repetir lo mismo. Como nuestros propios ciclos… Volverán a elegir imbéciles, como nosotros lo hacemos, seguirán despedazándose unos a otros, cada vez más carencias, más desesperación.

La lámpara se apagó. La carpa quedó apenas iluminada por las velas.

El extraterrestre se llevó las manos al cráneo. Afuera, la feria entera guardaba un silencio antinatural.

Más que sentarse, el alienígena cayó sobre su asiento.

—Debí destruirme también…

Zarifa sintió recuerdos ajenos atravesándole la cabeza: océanos negros, soles muertos, criaturas imposibles moviéndose entre estrellas vacías.

—Quizás solo aceleraste lo que iba a ocurrir de todos modos —dijo ella—, te lo digo por si eso te consuela. La mala noticia es que no valió la pena. La pregunta es, ¿qué van a hacer ahora?

Él miro el mazo. Ella también, volvió a sacar cartas, siguió haciéndolo. Una tras otra.

El Loco.

La Muerte.

El Diablo.

Nada que le diera una esperanza.

—Lo siento, ya no puedo detenerlos —dijo él—, mis compañeros ya comenzaron, por eso se apagó la lámpara… y ahora se apagan las velas

La tarotista respiró hondo. Curiosamente, ya no tenía miedo. Quizás porque a su edad el fin del mundo parecía simplemente otro cliente difícil.

—Si todo ya estaba en marcha, ¿porqué viniste a mi carpa?

—Quería conocerlos, antes de… No debí hacerlo, sobre todo ahora que sé que ya nada de esto tiene sentido.

Ella sacó una última carta.

El Mundo.

Zarifa observó las últimas brasas consumirse dentro del fogón que estaba detrás del alienígena. Luego sonrió con una tristeza casi maternal. Él permaneció inmóvil. Afuera, la última luz de la feria terminó de apagarse.  


Eduardo Contreras Villablanca (Chillán, 1964) es un escritor chileno, cuya obra aborda con frecuencia el exilio, la memoria y la violencia política. Vivió fuera del país entre 1973 y 1983, experiencia que ha marcado gran parte de su literatura. Cultiva especialmente la novela, el cuento y la microficción, combinando tensión narrativa con reflexión histórica y social. Fue discípulo del escritor Poli Délano y posteriormente asumió la dirección de su taller literario. Ha publicado novelas como Estación Yungay, y La Verdad secuestrada (a cuatro manos con Cecilia Aravena), libros de cuentos como Dos gardenias y otros cuentos, y ¿Veremos el sol mañana?, y de microcuentos (Tiempos oscuros). Además, integra la corporación Letras de Chile y la Sociedad de Escritores de Chile (SECH).

EL EMPERADOR

Jabbar Yassin

 

Apareció por detrás de los palmerales con las primeras luces del alba. Se lavó en el agua del río mientras el sol aún mantenía su color escarlata y bajo una morera gigante se echó y se quedó dormido. En lo purpureo del encantamiento lo vio un niño que siguió contando y puliendo la historia, como pulen las olas las piedras de la costa, hasta que la vejez lo atrapó, la senilidad se apoderó de él, olvidando el asunto. Pero el recuerdo permaneció en las cabezas de la gente: le tallaron la estatua de un emperador del tamaño de la mano y un día les enseñaron a los nietos lo que habían contado de él, para que volviera aquel relato que él vio en su infancia. Siguió narrando hasta que se agotó su memoria y murió.

Contó que el sol se apagó cuando su luz alcanzó el corazón de los campos de arroz, donde se recostó el que llegaba a lo lejos y se quedó dormido. Sintió el susurro de unos pasos que cubrían unas hojas secas. No separó los párpados ni giró a la derecha “Dormía sobre su lado izquierdo”, al contrario de la costumbre. Escuchó la voz de una niña que decía: Está durmiendo, y luego, otra voz femenina: Está cansado. Ha debido de venir de muy lejos. Dejémoslo descansar. Después se alejaron las voces y desaparecieron entre el eco de los pasos que se iban. Habían dejado cerca de su cabeza una bandeja de cobre de la que emanaban olores a pan, caldo, verduras frescas y esencia de arroz. En ese momento escuchó el zureo de unas palomas que lloraban, el eco del movimiento de una rana que daba un brinco en el agua y un viento que atravesaba veloz entre las espigas de trigo, emitiendo un silbido como si él solo tocara una flauta.

Se frotó los ojos y éstos se saciaron con la luz del mediodía. Recordó el pasaje de una vieja poesía en su alabanza y seguidamente engulló su comida de una sentada. Al terminar, vio a la gente saliendo de entre las palmeras y se congregaron en derredor, formando un círculo humano. Acudieron los hombres más ancianos y le preguntaron por el secreto de su llegada.

Respondió: Cierto día fui el gobernante de Babilonia, la ciudad más hermosa del mundo, y desde su cumbre dominé el mundo. En un solo día me convertí en el gobernante de Persia y de Atenas. Dirigí los destinos de Roma durante siglos y ocupé el trono de Bizancio. Vagué por ciudades y provincias y vi las cabeceras de los ríos y las desembocaduras. Comandé infinidad de incursiones y jamás fui derrotado. Siglos después, goberné Bagdad y me convertí en califa para muchas criaturas entre el mar y el océano. Jugué con el oro, las piedras preciosas y el harén que no refirieron los libros. Quien anunció mi asesinato, mintió.

Alzó su mano, ante la que el sol se había sometido siglos atrás y brilló su anillo como un relámpago. La gente quedó consternada y él sonrió. Anunció entonces: Éste es el anillo del Califato y ha pasado por los dedos de generaciones y generaciones, pero nunca ha abandonado mi anular. El brillo de su piedra preciosa, que no tenía nombre, no había perdido intensidad. Desde su posición en el dedo se refugió en él y no moriría ni por un sable ni por una bala. Guardó silencio unos segundos y luego gritó con fuerza. Reveló que estaba cansado, pues cada día pasaba penalidades sin alegrías ni satisfacciones, solo, durante siglos. De un lugar lejano a otro más remoto, pues todos los lugares quedaban lejos cuando uno no goza de compañía. Luego, lloró.

En un instante fugaz, se quitó el anillo del dedo y lo lanzó al aire. El cielo relampagueó con un fuerte destello y la gente se arrodilló atemorizada. El anillo siguió girando, encendido como un disparo y después se marchitó y desapareció. En ese momento todo el mundo, mujeres, hombres y niños, echaron a correr hacia los campos de arroz en busca del anillo, pero no lo encontraron, y cuando regresaron no hallaron ni rastro del emperador.

Años después, una tarde de otoño, un niño, colgado de las faldas de su madre entre una multitud inmensa de seres humanos, gritó: ¡El Emperador! Señaló a un mendigo andrajoso que ceñía su cabeza con un harapo. Estaba de pie ante la entrada de un mausoleo, en Alkadimiya, implorando con un tono servil. Nadie oyó el grito del niño. La voz de la llamada a la oración se propagaba por los altavoces que estaban en lo alto de los cuatro minaretes, ensordecedora, más fuerte que las voces de la multitud que accedía al mausoleo bajo las líneas rojas de la puesta del sol. Mientras, el emperador recogía de rodillas una moneda que le había tirado uno de los visitantes.


Jabbar Yassin nació en Bagdad en 1954. En 1976 se ve obligado a abandonar Iraq y se dirige a Francia, país en el que reside actualmente. En 1977, en colaboración con otros iraquíes exiliados, funda Aswatt (Voces), la primera revista independiente en Francia de literatura árabe. Es novelista, poeta y autor de cuentos para niños. Sus obras han sido traducidas a varias lenguas. Tiene publicados una decena de libros en árabe y en francés entre ellos se destacan: Adiós Niño (1995), y El lector bagdadí (2005).

 

 

EL OTRO MOTIVO

Jorge Ortiz

 

El Abad se sentó, hizo a un costado la pila de libros para despejar el escritorio y abrió cuidadosamente el sobre. El autor de la carta lo había sorprendido y sintió curiosidad por leerla.

Buenos Aires, 30 de diciembre de... Sr. Abad del monasterio:

Sinceramente, no pensé que alguna vez en la vida iba a necesitar oír una opinión como la suya. Nunca creí que la palabra de alguien como usted podría tener algún significado para mí, pero, en vista de los hechos, esta carta es mi último y desesperado recurso.

Ignoro por completo si el estilo de vida que usted lleva (tan incomprensible para mí) le permite recibir información del mundo exterior. Por eso, y a causa de lo que voy a relatarle, creo necesario decir que soy uno de los hombres más poderosos de este empobrecido país, donde bastan unos pocos negocios con la «pantalla» adecuada para justificar fortunas injustificables.

No voy a entrar en detalles acerca de cómo comenzó todo; simplemente le bastará saber que durante muchos años, y sin el menor sentimiento de culpa, fui uno de los nexos más importantes en el país de un mercado internacional que, sin precedentes en la historia del mundo, crece vorazmente para beneficio de algunos pocos y se despliega donde se inclina la balanza a favor de la fama o de la insignificancia, del lujo o de la miseria, del placer sin límites o del dolor insoportable, produciendo riquezas incalculables que, en algunos casos, conviven detrás del poder político de países más pobres y más ricos que el nuestro.

Jamás quise ver el destino final. Nunca me interesó mezclarme con quienes dejaban todo para enriquecernos, arruinando sus vidas, las de sus familiares y amigos. Era fundamental dejar a mi propia familia fuera de esto y evitar que se ensuciara con el solo contacto de su presencia. Así me sentía limpio, y, sin inmutarme, gocé durante muchos años de este productivo negocio.

En los últimos meses las cosas se pusieron difíciles; a condición de ciertos gastos extras, hice desaparecer toda huella que pudiera incriminarme. A decir verdad, nunca sentí temor por el castigo de los hombres; solo tomé la precaución de decir lo contrario al rozarme con alguna acusación, o de hablar con la persona adecuada para que el asunto tomara otros caminos. Nunca sentí temor al castigo de la ley; es un privilegio de mi posición.

Todo fue muy bien hasta que sucedió algo terrible.

La noche del primero de noviembre, la de ese día que llaman «de todos los muertos», una pesadilla, una visión, me visitó en sueños. Sé que para ustedes los sueños han sido un modo de anunciar realidades extrañas al curso natural de la vida, un modo de anunciar misterios sobrenaturales. Esa noche me arrebató la oscura sensación de mi propia muerte.

Vi a mi lado a un hombre vestido de luz (juro que su figura me recordó a una vieja estampita del Ángel de la Guarda que alguna vez había visto siendo niño). Estaba vuelto de espaldas, tapándose el rostro con ambas manos, y se lamentaba profundamente de mi suerte. Frente a mí, una larga hilera de hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes, se aprestaban a declarar como testigos de mi propio juicio. Aunque nunca los había visto antes, por sus rostros demacrados, sus cuerpos flacos, sus brazos marcados con una huella inconfundible, cargados de nuevas enfermedades, tuve la certeza de saber quiénes eran. Uno a uno expusieron su penoso alegato, y cada vez me sentí más culpable de su dolor y su desdicha.

Así transcurrió un momento sin tiempo, y al final todos lloraron amargamente. No escuché la sentencia, pero me sentí lejos de toda esperanza. Una terrible sensación de soledad me hizo transpirar sangre y me conmovió la certeza de una nueva y extraña muerte. Me sacudió el espanto de la muerte eterna.

Al despertar esa mañana no pude olvidar la angustia del vacío infinito. Desde ese día no hubo forma de cerrar esa herida abierta más allá del cuerpo y de la mente, esa herida del alma. Dejé pasar algún tiempo esperando que acabara esa pesadilla, pero crece en mi interior el peso insoportable de la desesperanza. No sé si queda algo que pueda hacer. Quizá pueda decirme si hay todavía alguna posibilidad, a pesar de lo hecho, de no morir para siempre.

 

Las campanas de la tarde, que anunciaban el Ángelus, sobresaltaron al Abad, absorto en la lectura. Salió de su celda en dirección a la capilla. Atravesó rápidamente el corredor, iluminado difusamente por la extraña luz coloreada que los vitrales dejaban pasar. Tenía necesidad de orar.

Más tarde presidió el rezo de vísperas y, colocándose en medio de los otros, dijo:

—Hermanos, bajo promesa de silencio, necesito contarles algo. A decir verdad, necesito de la oración y del consejo de todos ustedes para responder a un hombre desesperado...

Esa noche nadie durmió en el convento; permanecieron en oración hasta maitines. Luego, se reunieron en asamblea. Ya de mañana, después del rezo de laudes, el Abad regresó a su celda y escribió:

 

Doctor:

Nuestra vida está orientada a rezar por las necesidades del mundo y de los hombres; estamos bien informados y sabemos quién es usted. Lo ha dicho muy bien: un hombre como yo solo puede intentar darle una respuesta desde la fe y decirle que solo Dios sabe hasta dónde lo persigue la sombra de su oscura culpa o, tal vez, la luz de un claro designio que le ha dado la posibilidad de conocer lo que pudo haberle ocurrido de seguir con esa vida de corrupción, de pecado y de muerte. Solo Dios lo sabe.

Por mi parte, solo puedo agregar dos consejos, y creo que deberá ponerlos en práctica urgentemente. En principio, y si aún es posible, haga todos los esfuerzos necesarios para reparar el mal causado a tantos desdichados y dispóngase a cumplir la pena material y espiritual que por ello merece. Un hombre de leyes como usted sabe cuál es el camino.

En segundo lugar, creo que tiene una misión que cumplir. Un compromiso por el resto de su existencia. Haga una lista de la gente que usted conoce y que aún persiste en ese nefasto mercado, escríbales y reláteles lo ocurrido. Quiera Dios que, si no es por amor a los hombres, si no es por el temor de matar a la juventud que asegura el futuro del mundo, si no es por miedo a las leyes humanas, al menos la posibilidad cierta de tan terrible eternidad los haga detenerse y salvarse. Y rescatar a muchos de una muerte segura en esta y en la otra vida.

A lo mejor así haya alguien que lo defienda en el tribunal de su conciencia, o en el de su destino sobrenatural.

 

El sobre llegó el dos de enero en medio de la confusión, y fue apilado junto a tantos otros con el mismo e infortunado destinatario, muerto la noche anterior mientras dormía.

lunes, 25 de mayo de 2026

A LAS TRES EN PUNTO DE LA MADRUGADA

 Nancy Jane Moore

 

Te despiertas en mitad de la noche y estiras la mano para tocar a tu esposo, pero solo encuentras colchón. El sonido de las sirenas de la policía te sacude y te despierta por completo.

Entonces oyes –más fuerte que las sirenas– la voz sensual que promete a los que llaman a la mujer de sus sueños por solo tres noventa y cinco el minuto. Tu esposo se ha quedado dormido en la sala con el televisor encendido.

No estás segura de qué fue lo que te despertó. La luz del farol de la esquina se filtra por los bordes de las persianas. Puedes ver los contornos de los muebles: las cómodas de falsa teca, la biblioteca llena de novelas góticas románticas. Nada distinto.

Estabas soñando. Pero no recuerdas qué.

Lo que sí recuerdas es que no terminaste ese informe del trabajo sobre el porcentaje de reclamos de seguros correctamente archivados. Esperas llegar temprano y hacerlo.

Enciendes la radio. La voz tranquilizadora de un locutor de la BBC te habla de un genocidio en algún lugar de África. Vuelves a quedarte dormida.

Cuando despiertas otra vez, la luz del sol se cuela por la ventana. Son las siete y cuarto. Te has quedado dormida de más. Te pones la bata y corres a la cocina para hacer café.

Tu esposo sigue tendido en el sillón reclinable de cuerina marrón, medio dormido, mirando las noticias. Lleva los pantalones desabrochados y gira la cabeza como si tuviera una contractura en el cuello.

En la televisión, una joven animada de cabello rubio corto dice:

—Noticias locales: apareció un muro en medio de la ciudad durante la noche.

La pantalla se llena con una enorme extensión de concreto. Un reportero está junto a ella, hablando a un micrófono. El muro se eleva muy por encima de su cabeza.

—El muro apareció en algún momento entre las dos y las cuatro de la madrugada —dice.

Sabes que el muro levantándose fue lo que te despertó a las tres de la mañana. Aunque eso no tiene sentido. El muro está muy lejos de tu casa. Corre junto a las vías del tren que separan el lado correcto de la ciudad del lado incorrecto.

—Buena idea —dice tu esposo—. No necesitamos a esa clase de gente. —Se incorpora bruscamente, abandona el sillón y se instala en el baño. No puedes ducharte hasta las siete y cuarenta y cinco, así que sales tarde, te encuentras con un embotellamiento y llegas al trabajo después de las nueve.

Acaba de producirse una crisis: el vicepresidente ejecutivo senior de reducción de costos necesita saber por qué tu departamento utiliza un 3,2 por ciento más de suministros que los otros departamentos de revisión de reclamos. Te unes a la empleada administrativa para ayudarla a documentar que no se desperdicia ningún suministro, y eso hace que olvides tu informe hasta casi el mediodía, cuando tu jefe te lo pide. Así que te saltas el almuerzo para terminarlo.

Una mujer del departamento de compras vive del otro lado del muro y no apareció. Nadie habla de ello.

De regreso a casa, el locutor de radio dice con voz enérgica:

—Las autoridades locales informan que no hay manera de atravesar ni de superar el muro. En deportes, los muchachos de la ciudad pierden otra vez. Y esta noche tendremos lluvia.

Quieres ver las noticias, pero tu esposo está viendo una repetición de una comedia de situación donde unos jóvenes disparatados que comparten un departamento increíblemente elegante hablan de sexo sin parar, pero nunca lo practican realmente. Durante los comerciales cambia de canal con rapidez, deteniéndose apenas cuando aparecen rubias voluptuosas –aunque por lo demás muy delgadas– en traje de baño.

Sirves la cena frente al televisor y te sientas a mirar un concurso en el que todas las preguntas son sobre programas de televisión. Aunque sabes todas las respuestas, no las dices en voz alta. Finalmente te vas a dormir.

Y vuelves a despertarte a las tres de la mañana. Cambias la radio a las noticias locales y escuchas durante quince minutos antes de que digan algo sobre el muro. Se ha movido. Está más cerca de tu casa.

Al día siguiente, más personas no se presentan al trabajo. Miras fijamente la pantalla de la computadora e intentas concentrarte en encontrar errores en los reclamos de seguros que tienes delante. Cuesta concentrarse en el trabajo. Le envías un correo electrónico a una compañera al otro lado de la oficina para preguntarle qué ha oído sobre los muros. Cuando llega la respuesta, es del departamento de recursos humanos, recordándote que no debes usar el correo electrónico para asuntos personales.

Al día siguiente faltan dos personas de tu departamento, y tu jefe da un discurso acerca de que todos deben hacer un pequeño esfuerzo extra durante la crisis. Te asigna otra región. Te quedas hasta tarde y, cuando llegas a casa, tu esposo ha pedido pizza y se la ha comido toda. Cenas cereal frío.

Cuando despiertas a las tres de la mañana siguiente, tu corazón late muy rápido. Tu esposo no está en la cama, pero puedes oír la televisión. Te gustaría tener compañía, pero simplemente permaneces acostada, sintiendo los latidos acelerados. No quieres saber qué ocurrió, así que solo enciendes la BBC. Solo que están hablando de muros apareciendo por todas partes y, de pronto, ya no suenan tan tranquilizadores.

Manifestantes están incendiando una embajada estadounidense en algún lugar de Medio Oriente. El primer ministro británico expresa su profunda preocupación. El secretario general de las Naciones Unidas convoca una reunión especial del Consejo de Seguridad. Apagas la radio y te quedas acostada en la oscuridad.

La rubia animada de las noticias matutinas te informa las novedades: un segundo muro, del otro lado de la ciudad. Este los separa de los más acomodados.

—Mejor —dice tu esposo—. No necesitamos a esos estirados.

Más personas no van al trabajo. Tu jefe te asigna otra región más. Ese día te quedas dos horas extra. Te preguntas por qué debes hacer tanto cuando muchas de las personas cuyos reclamos revisas están del otro lado del muro. Pero no te quejas.

Dos días después llegas a casa y encuentras a tu esposo despatarrado en el sillón reclinable, con una pila de latas de cerveza volcadas junto a la silla. Intentó ir a trabajar, pero se encontró con un muro. Tratas de despejarlo, cocinas una buena cena de pollo frito y puré de papas, pero a mitad de la comida se levanta y sale dando un portazo. Regresa quince minutos después con una bolsa enorme de tortillas fritas y un paquete de seis latas de la nueva cerveza light cuya publicidad no deja de aparecer en televisión.

Te gustaría consolarlo, pero ya no sabes cómo. Te preguntas si él siente lo mismo o si, en realidad, simplemente no le importa.

El locutor entusiasta de las noticias informa al día siguiente que han surgido nuevos muros en dirección perpendicular.

—Las autoridades especulan que algunas partes de la ciudad parecen un gran tablero de damas —dice, y su compañera lanza la risa protocolaria.

Una mañana, cuando despiertas a las tres, sabes que ahora hay un muro entre tu casa y el trabajo. Te preguntas si otras personas también despiertan cuando aparecen los muros. No has oído nada sobre eso en las noticias.

Te levantas y te vistes de todos modos. Tu esposo sigue roncando en el sillón cuando sales. Conduces por la calle hasta encontrarte con un muro. Es la primera vez que realmente ves uno.

Por las imágenes de televisión esperabas que fuera liso, pero es de concreto áspero, apenas terminado. Ves a un hombre intentando escalarlo, usando las partes rugosas como apoyo para manos y pies, pero pierde el equilibrio y cae pesadamente al suelo. Permanece allí unos minutos, luego se arrastra hasta ponerse de pie y empieza a trepar otra vez. Tú te marchas antes de que vuelva a caer.

Tu esposo está bebiendo el desayuno y viendo los programas matutinos. No dicen nada sobre los muros. Otra rubia animada entrevista al autor de un libro de dietas que te permite comer toda la carne vacuna que quieras, pero no pollo ni pescado. Ni verduras. La rubia asegura que funciona y dice haber perdido quince kilos.

Empiezas a limpiar. Frotas las juntas de los azulejos del baño con un viejo cepillo de dientes. Lavas los zócalos. Subes a un banquito y limpias la parte superior del refrigerador. Pasas la aspiradora hasta que tu esposo te grita que el ruido interfiere con la televisión.

Al día siguiente trabajas en el jardín. Cortas el césped aunque apenas hace tres días que lo cortaste. Arrancas malezas del cantero. Cavas un hoyo para una nueva azalea y vas al vivero a comprarla, solo para encontrarte con un muro.

Por la noche miras la televisión junto a tu esposo. Ven una nueva comedia sobre unos jóvenes disparatados que viven en una estación espacial. Hablan de sexo sin parar, pero nunca lo practican realmente. Ninguno de los dos se ríe.

Empiezan las noticias de la noche. El presentador adopta su expresión más solemne y les informa que un hombre fue partido en dos cuando un muro cayó encima de él. No muestran imágenes. El presentador dice que no es la primera vez que las personas resultan heridas por los muros. Sus palabras sugieren un encubrimiento gubernamental. Parece más preocupado por eso que por la gente lastimada por los muros.

Transmiten un fragmento del presidente expresando compasión por la familia de la víctima y prometiendo designar una comisión gubernamental para estudiar los muros. Tu esposo empieza a roncar, y tú interpretas eso como la señal para irte a dormir.

A las tres de la mañana despiertas jadeando, como si hubieras estado corriendo durante horas a toda velocidad. Permaneces acostada, mirando los muebles familiares y escuchando la televisión. No oyes nada.

Quizás se cortó la luz. Pero no: el reloj de la radio cambia de 3:07 a 3:08. Intentas calmar el corazón para poder oír por encima de sus latidos, escuchas otra vez. Nada.

Tienes miedo de moverte, pero igual te levantas, te pones la bata y las pantuflas y avanzas por el pasillo.

Y chocas contra el muro. Cruza la casa por la mitad, separando los dormitorios de la sala y la cocina. Suspiras, lamentando lo de la cocina. Pero al menos tienes el baño. Lo usas en ese momento antes de volver a la cama, donde ya no consigues dormir.

Por la mañana sales por la ventana del dormitorio. Un muro atraviesa tu propiedad en dos. Otro corta la casa de los vecinos. La calle está bloqueada en ambas direcciones. La única salida es a través de los patios. No parece que se pueda llegar muy lejos así.

Golpeas la puerta de los vecinos. No hay respuesta. Probablemente estaban en la cama cuando ocurrió. Entonces recuerdas que las casas son iguales. Su cocina debe estar de este lado. Rompes una ventana y entras. Encuentras café y cereal.

El vecino es de los que siempre arreglan cosas. Tomas su taladro, revisas las brocas y encuentras las adecuadas para concreto. Pasas un alargador y comienzas a perforar el muro. Tarda más de lo que esperabas incluso hacer una pequeña marca.

A media tarde has desgastado todas las brocas para concreto y solo has logrado una hendidura de unos ocho centímetros de profundidad. Pruebas con las brocas para madera y no avanzas nada.

Regresas a tu dormitorio llevando comida y herramientas.

A las tres de la mañana despiertas intentando gritar, pero no puedes emitir sonido alguno. El cuarto está completamente oscuro. Sabes, sin mirar, que el muro está justo afuera de la ventana del dormitorio.

Te levantas tambaleándote, pensando vagamente en beber agua. Pero chocas de lleno contra el otro muro. Está entre tú y la puerta.

Retrocedes lentamente, tropiezas con la cama y vuelves a dejarte caer sobre ella. Pero este no es momento de rendirse.

Tomas el pico que robaste a tu vecino y empiezas a golpear el piso del armario. La madera cede fácilmente y pronto haces un agujero que deja al descubierto otra capa de madera. La destrozas hasta que puedes ver la tierra y agradeces a Dios que la casa no esté construida sobre una losa de concreto.

Una vez que el agujero es lo bastante grande, tomas una pala y empiezas a cavar. Primero arrojas la tierra al espacio bajo el piso, pero se llena rápidamente, así que comienzas a amontonarla en el dormitorio. Al amanecer puedes permanecer de pie dentro del pozo hasta los hombros. Es casi tan ancho como el armario.

Comes un sándwich de mantequilla de maní y admiras tu trabajo. Es hora de comenzar el túnel lateral.

Cavas como una mujer poseída. Ahora le perdonas a tu esposo su pereza: si no hubieras pasado tanto tiempo trabajando en el jardín, nunca habrías tenido la fuerza suficiente para cavar ese túnel. Lo haces lo bastante ancho y profundo para poder avanzar arrastrándote sobre manos y rodillas.

Después de unos pocos metros ya no puedes usar la pala. Te arrastras hacia adentro y utilizas una paleta de jardinería. Ahora avanzas más despacio. Descansas un momento y comes el resto de la mantequilla de maní.

Calculas que debes estar casi en el borde de la casa. Pronto pasarás por debajo del muro y empiezas a emocionarte pensando en lo que podría haber del otro lado. ¿Estarán allí los vecinos, con la casa otra vez intacta? ¿Tendrás que explicar lo de la comida y las herramientas?

Empiezas a cavar cada vez más rápido.

Y entonces: clonc.

Has golpeado una roca. Retrocedes y haces lo que haces cuando trabajas en el jardín: cavar un poco más lejos.

Clonc.

Lentamente comprendes la verdad. No golpeaste una roca. Golpeaste el muro.

Después de un rato te cansas de llorar y simplemente dejas de hacerlo. Te pasas un antebrazo sucio por el rostro, te suenas la nariz con la parte superior del pijama y sales arrastrándote del agujero. Abres una lata de atún.

Una vez alimentada de nuevo, vuelves a entrar en el agujero. Sabes que nunca rodearás el muro, sabes que se hunde demasiado profundo como para pasar por debajo. Empiezas a cavar.

Nancy Jane Moore creció en un entorno rural idílico en la costa del Golfo de Texas, a las afueras de un pequeño pueblo fundado por cuáqueros. A los 18 años se mudó a Austin para asistir a la Universidad de Texas y desde entonces ha vivido en ciudades. En la universidad, formó parte del programa Plan II, el programa de honores en artes liberales, lo que le permitió explorar los clásicos, la sociología, las ciencias políticas y la historia sin especializarse en ninguna materia. Sus relatos cortos han aparecido en numerosas antologías y revistas, desde el National Law Journal hasta Lady Churchill's Rosebud Wristlet. Su primer libro para Aqueduct fue la novela corta Changeling, y una colección de sus cuentos fue publicada por PS Publishing bajo el título Conscientious Inconsistencies. Tras crecer en la costa del Golfo y pasar muchos años en la costa este, Moore ahora vive al otro lado del océano, en Oakland, California, con el hombre que conoció después de que él leyera algunos de sus artículos en WisCon Chronicles. Es decir, tras una vida de feliz soltería, encontró el amor de un buen hombre gracias a su franqueza feminista y a su pasión por la ciencia ficción.

COMO UNO SOLO