Jabbar Yassin
Apareció por detrás de los palmerales con las
primeras luces del alba. Se lavó en el agua del río mientras el sol aún
mantenía su color escarlata y bajo una morera gigante se echó y se quedó
dormido. En lo purpureo del encantamiento lo vio un niño que siguió contando y
puliendo la historia, como pulen las olas las piedras de la costa, hasta que la
vejez lo atrapó, la senilidad se apoderó de él, olvidando el asunto. Pero el
recuerdo permaneció en las cabezas de la gente: le tallaron la estatua de un
emperador del tamaño de la mano y un día les enseñaron a los nietos lo que
habían contado de él, para que volviera aquel relato que él vio en su infancia.
Siguió narrando hasta que se agotó su memoria y murió.
Contó
que el sol se apagó cuando su luz alcanzó el corazón de los campos de arroz,
donde se recostó el que llegaba a lo lejos y se quedó dormido. Sintió el
susurro de unos pasos que cubrían unas hojas secas. No separó los párpados ni giró
a la derecha “Dormía sobre su lado izquierdo”, al contrario de la costumbre.
Escuchó la voz de una niña que decía: Está durmiendo, y luego, otra voz
femenina: Está cansado. Ha debido de venir de muy lejos. Dejémoslo descansar.
Después se alejaron las voces y desaparecieron entre el eco de los pasos que se
iban. Habían dejado cerca de su cabeza una bandeja de cobre de la que emanaban
olores a pan, caldo, verduras frescas y esencia de arroz. En ese momento
escuchó el zureo de unas palomas que lloraban, el eco del movimiento de una
rana que daba un brinco en el agua y un viento que atravesaba veloz entre las
espigas de trigo, emitiendo un silbido como si él solo tocara una flauta.
Se
frotó los ojos y éstos se saciaron con la luz del mediodía. Recordó el pasaje
de una vieja poesía en su alabanza y seguidamente engulló su comida de una
sentada. Al terminar, vio a la gente saliendo de entre las palmeras y se
congregaron en derredor, formando un círculo humano. Acudieron los hombres más
ancianos y le preguntaron por el secreto de su llegada.
Respondió:
Cierto día fui el gobernante de Babilonia, la ciudad más hermosa del mundo,
y desde su cumbre dominé el mundo. En un solo día me convertí en el gobernante
de Persia y de Atenas. Dirigí los destinos de Roma durante siglos y ocupé el
trono de Bizancio. Vagué por ciudades y provincias y vi las cabeceras de los
ríos y las desembocaduras. Comandé infinidad de incursiones y jamás fui
derrotado. Siglos después, goberné Bagdad y me convertí en califa para muchas
criaturas entre el mar y el océano. Jugué con el oro, las piedras preciosas y
el harén que no refirieron los libros. Quien anunció mi asesinato, mintió.
Alzó
su mano, ante la que el sol se había sometido siglos atrás y brilló su anillo
como un relámpago. La gente quedó consternada y él sonrió. Anunció entonces: Éste
es el anillo del Califato y ha pasado por los dedos de generaciones y
generaciones, pero nunca ha abandonado mi anular. El brillo de su
piedra preciosa, que no tenía nombre, no había perdido intensidad. Desde su
posición en el dedo se refugió en él y no moriría ni por un sable ni por una
bala. Guardó silencio unos segundos y luego gritó con fuerza. Reveló que estaba
cansado, pues cada día pasaba penalidades sin alegrías ni satisfacciones, solo,
durante siglos. De un lugar lejano a otro más remoto, pues todos los lugares
quedaban lejos cuando uno no goza de compañía. Luego, lloró.
En un
instante fugaz, se quitó el anillo del dedo y lo lanzó al aire. El cielo
relampagueó con un fuerte destello y la gente se arrodilló atemorizada. El
anillo siguió girando, encendido como un disparo y después se marchitó y
desapareció. En ese momento todo el mundo, mujeres, hombres y niños, echaron a
correr hacia los campos de arroz en busca del anillo, pero no lo encontraron, y
cuando regresaron no hallaron ni rastro del emperador.
Años después, una tarde de otoño, un niño, colgado de las faldas de su madre entre una multitud inmensa de seres humanos, gritó: ¡El Emperador! Señaló a un mendigo andrajoso que ceñía su cabeza con un harapo. Estaba de pie ante la entrada de un mausoleo, en Alkadimiya, implorando con un tono servil. Nadie oyó el grito del niño. La voz de la llamada a la oración se propagaba por los altavoces que estaban en lo alto de los cuatro minaretes, ensordecedora, más fuerte que las voces de la multitud que accedía al mausoleo bajo las líneas rojas de la puesta del sol. Mientras, el emperador recogía de rodillas una moneda que le había tirado uno de los visitantes.

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