martes, 30 de junio de 2026

CIELO COLOR ÓPALO

Veronika Santo

 

—Buenos días a todos, comencemos con los preparativos —dijo Konstantin recorriéndonos con la mirada. Su cabello era azul y rígido y en determinadas situaciones parecía erizarse.

Tal vez era de mañana, o tal vez no. Porque ¿mañana con respecto a qué? ¿Al planeta Tierra que acabábamos de abandonar o al planeta rojo parduzco que flotaba frente a nosotros y que había sido designado como destino de nuestro viaje? Pero Konstantin parecía estar de buen humor; le gustaba estar en acción y no permitía que detalles como esos lo distrajeran.

Un instante antes habíamos sido expulsados del túnel espaciotemporal y el capitán ya nos había convocado a la sala de reuniones.

Cuando una nave sale de un túnel espaciotemporal, el universo se abre de pronto a su alrededor como si, en una antigua película japonesa, una geisha desplegara de repente su abanico. Las estrellas aparecen como cintas centelleantes, todavía deformadas por la distorsión del tránsito, y luego se transforman en puntos fríos y brillantes, inmóviles en la inmensidad del espacio. Aquí y allá, finas nebulosas se extienden como hebras de humo, difundiendo a su alrededor un resplandor rojizo que pulsa lentamente, como un corazón metafísico.

Todo esto para decir que no es habitual convocar reuniones inmediatamente después de atravesar un túnel espaciotemporal, que es una experiencia extremadamente delicada. Mi sensación personal siempre había sido la de estar sumergido cabeza abajo en un mar negro e infinitamente profundo, algo que ciertamente no ayuda a la concentración. Normalmente se establece un período para recuperar el equilibrio psicofísico, pero esta vez no era posible.

—Delante de nosotros hay una estrella de tipo M, una enana roja cálida —dijo Ema, nuestra científica principal—. La radiación predominante es roja e infrarroja. El período orbital del planeta en el que debemos aterrizar es de sesenta días. La rotación dura veintiocho horas. La flora y la fauna del planeta son compatibles con estas condiciones.

Habíamos dejado atrás un mundo que acababa de salir de una guerra planetaria con una población más que diezmada. Apenas nos quedaban unos pocos cruceros operativos como el nuestro, naves capaces de activar puentes de Einstein-Rosen que abrían atajos a través del espacio.

El gobierno mundial restablecido había llegado a la conclusión de que nos vendría bien la ayuda de alguna otra especie: lo bastante parecida para que pudiéramos entendernos y lo bastante diferente para evitar mezclarnos genéticamente con ella. Debía encontrarse en un nivel de desarrollo inferior, de modo que nos obedeciera y nos ayudara a realizar aquello para lo que ya no quedábamos suficientes personas; sobre todo, reconstruir lo que acabábamos de destruir.

Podíamos trasladarlos a la Tierra mediante un puente espaciotemporal, y nuestra misión consistía precisamente en eso: encontrarlos y llevarlos.

—Todos han recibido los datos completos en sus Ecos digitales —dijo Ema.

Todavía conservábamos nuestras inteligencias artificiales personales, los llamados Ecos digitales, aunque con capacidades reducidas. Ya no confiábamos demasiado en las inteligencias artificiales; no después de los acontecimientos de las últimas guerras. Habían mostrado demasiada independencia y demasiada inclinación a ayudarnos incluso cuando no se lo pedíamos. Seguían allí, pero las habíamos devuelto a un nivel anterior de desarrollo y, de algún modo, las manteníamos bajo vigilancia.

—Como ya saben, las condiciones para la vida de tipo terrestre son favorables. Todos los datos, como ya dijo Ema, están en sus Ecos —añadió el capitán.

Normalmente, todos evitábamos a nuestra querida Ema, algo que en una nave espacial nunca es posible. No era una persona sociable; parecía tener siempre la capacidad de arruinar el ambiente. Sin embargo, era excelente en su trabajo.

La tripulación era reducida y por eso era importante que todos supieran exactamente qué hacer. Que solo fuéramos treinta y siete personas en una misión tan importante decía mucho sobre la situación de nuestro planeta natal.

Ema tenía apenas dos ayudantes científicos, y lo mismo ocurría en las demás especialidades. En otros tiempos habrían enviado varios miles de soldados y algunas unidades de élite a bordo de varios cruceros de combate. Y no habría habido demasiadas discusiones sobre lo que los habitantes de un planeta quisieran o no quisieran. Nunca habíamos sido de pedir permiso. Éramos quienes decidían. Pero la historia no es lineal. Nuestra antigua gloria ya no existía y no debía cegarnos.

—Solo queda decidir quién descenderá —continuó Konstantin.

Todos sabíamos que la decisión ya estaba tomada, pero era necesario mantener al menos una apariencia democrática. Nuestro capitán tenía una larga carrera militar detrás y sabía cómo dirigir una tripulación.

—Veamos, necesitamos tres personas. La Santísima Trinidad ha aparecido en más de una religión a lo largo de la historia humana. Vamos a tratar con humanoides que, por lo que sabemos, se parecen bastante a nosotros en muchos aspectos, aunque, si nada ha cambiado entretanto, se encuentran aproximadamente al nivel de nuestra Edad del Bronce.

—¿Dos diosas y un dios o al revés? —preguntó Maja, la ingeniera principal de la nave. Maja era alta, musculosa; el traje espacial se ajustaba a su cuerpo exactamente donde debía, y por supuesto yo tenía debilidad por ella. A veces, cuando todavía estábamos en la base, compartíamos la cama por las noches, pero desde que habíamos partido se mostraba distante y yo no estaba seguro de cómo me trataría a partir de entonces.

—Lo someteremos a votación —dijo Konstantin—. La propuesta es que vaya yo, como capitán de la nave; Andreas, como médico de a bordo; y Maja, como ingeniera principal. Ema vendrá con nosotros, pero permanecerá en el transbordador. ¿Alguien se opone?

Yo no compartía del todo la idea de llevar una nueva colonia de humanoides a la Tierra, pero no era más que un médico y no tenía influencia alguna sobre las decisiones globales. Todo aquello me olía a importación de mano de obra, a la instauración de algo parecido a una casta o, peor aún, a la esclavitud, y no precisamente al enriquecimiento cultural de una civilización menos desarrollada.

Habíamos revisado antiguos informes y encontrado varios planetas habitados, aunque las razas humanoides eran escasas y solo una cumplía con los parámetros establecidos. Los datos más recientes que teníamos sobre ellos tenían unos doscientos años de antigüedad, pero eso no era un problema: la evolución de los humanoides suele caminar más que correr. Por lo tanto, no podían haber avanzado demasiado.

—¿Se dan cuenta de lo miserable que resulta presentarse ante alguien como un dios? Entrar en los sistemas religiosos ajenos siempre es arriesgado —dijo Ema con amargura.

—Hemos recibido una misión y la cumpliremos —respondió Konstantin con firmeza—. ¿Tienes una idea mejor? ¿La tiene alguien?

Recorrió nuevamente la sala con la mirada. Por supuesto, todos guardaron silencio, aunque quizá algunos sí la tenían.

—No. Nosotros cuatro descenderemos en el transbordador auxiliar dentro de una hora. Durante mi ausencia, Aldo quedará al mando, como establece el protocolo.

Aldo era el primer oficial, un hombre enérgico que siempre estaba dispuesto a ayudar o a cubrir cualquier necesidad.

Ema levantó la vista. Pareció que iba a decir algo, pero finalmente desistió.

Mientras tanto, Maja ya estaba concentrada en una serie de cálculos que su Eco proyectaba en una pantalla holográfica frente a ella. A pesar de su aspecto imponente, era una persona extraordinariamente práctica y eficiente. Y, a diferencia de Ema, rara vez cuestionaba las tareas que le asignaban.

Poco después los cuatro estábamos en el transbordador, descendiendo hacia una órbita baja alrededor del planeta.

Solo había un continente, extendido parcialmente por el hemisferio norte y parcialmente por el sur.

Los datos disponibles procedían de los tiempos anteriores a la guerra. En aquella época, la humanidad había comenzado a utilizar túneles espaciotemporales en busca de nuevas rutas comerciales y, de paso, de alguna posible colonia. Los resultados no habían sido especialmente impresionantes, al menos no los que esperábamos. O tal vez estábamos demasiado ocupados con otros asuntos.

Fuera como fuese, hacía mucho tiempo que habíamos dejado de buscar especies afines, y por eso esta misión representaba una novedad para nuestra época.

Lo que apareció bajo nosotros me impresionó profundamente.

Acabábamos de abandonar el lado nocturno del planeta y entrábamos en la luz rojiza del amanecer. El cielo estaba cubierto por todas las tonalidades imaginables de rosa, naranja y rojo, reflejadas en una danza salvaje sobre las olas del océano.

En la frontera entre la noche y la aurora, el agua era oscura, azul negruzca, casi violeta, semejante a metal fundido bajo un cielo color ópalo.

A medida que la luz aumentaba, el océano adquiría tonos de bronce y finalmente el naranja intenso del fuego. Incluso Konstantin quedó momentáneamente sin palabras ante aquel espectáculo. Para quienes proveníamos de un mundo predominantemente azul y verde, aquel paisaje resultaba casi irreal. A diferencia del océano, el continente parecía una enorme alfombra rojiza y parda, aunque aquí y allá emergían manchas de vegetación verde, como islas dispersas.

—Las plantas han desarrollado pigmentos capaces de absorber mejor las longitudes de onda rojas e infrarrojas —explicó Ema—. Las zonas verdes son lugares donde las condiciones se parecen más a las terrestres o donde la intensidad de la luz es mayor.

—Tenemos coordenadas para descender cerca de donde estuvo nuestra antigua base de investigación, en una de esas elevaciones verdes. Lo extraño es que la estrella es más antigua que nuestro Sol y, sin embargo, la civilización se encuentra en un nivel inferior de desarrollo.

Todavía orbitábamos el planeta a baja altura.

—¿Quién dijo que todas las civilizaciones deban desarrollarse del mismo modo y al mismo ritmo? —pregunté—. La historia de la Tierra está llena de debates semejantes. Y muchas veces terminaron mal cuando los supuestamente civilizados fueron a civilizar a otros.

Era una de mis cuestiones favoritas.

—Ahora no tenemos tiempo para esas discusiones —intervino Maja con impaciencia.

No era la primera vez que interrumpía una de mis reflexiones en voz alta. Aquel magnífico cuerpo albergaba una mente excesivamente racional.

—Muy bien, bajemos —ordenó Konstantin.

Maja comenzó a introducir los datos necesarios para mantener el transbordador en una órbita estable.

—¿Y qué harán una vez allí abajo? —preguntó Ema.

Konstantin se volvió hacia ella, luego nos miró a Maja y a mí.

—Actuaremos según las circunstancias. ¿Todos entienden en qué nos estamos metiendo? ¿O no?

Esta vez nadie respondió.

—Bien. De acuerdo con nuestro plan inicial de presentarnos como seres superiores, activaremos un puente Einstein-Rosen temporal. El efecto debería ser impresionante. Nuestro descenso puede tener espectadores o no, pero más vale estar preparados para el primer contacto.

Yo conocía el efecto al que se refería para nuestra presentación. No era una mala idea. Una columna vibrante de energía atravesaría la atmósfera como la espada Excalibur y nos conduciría hasta la superficie.

—Lleven sus mochilas con el equipo imprescindible. Sujétenlas bien a la espalda —añadió Konstantin.

Y así descendimos, deslizándonos por un arco de luz que unía nuestro crucero con una de las elevaciones verdes situadas bajo nosotros, atravesando el resplandeciente cielo color ópalo. Visto desde abajo, debía de ser un espectáculo extraordinario.

No sé qué esperaban Konstantin y Maja de aquel descenso digno de admiración, pero yo, lo admito, había imaginado rostros asombrados, exclamaciones, adoradores locales arrojándose al suelo y cosas por el estilo, mientras nosotros tres emergíamos de la luz como dioses de Valhalla o del Olimpo.

Por supuesto, nada de eso ocurrió.

Era aproximadamente el mediodía. Sobre nosotros brillaba un sol rojo en un cielo color durazno, atravesado por reflejos violetas y anaranjados que se transformaban en un púrpura apagado hacia el horizonte.

Abajo se extendía una inmensa selva primigenia de tonos rojizos y pardos que parecía estar ardiendo. La luz teñía todo de rojo, incluso la cima de la colina cubierta de vegetación verde donde nos encontrábamos.

Y también una decena de construcciones modulares situadas justo bajo las copas de los árboles.

Observé con estupor lo que tenía delante.

Por fin comprendí que aquellos módulos eran idénticos a los que se habían utilizado siglos atrás en nuestras estaciones de investigación. Había visto hologramas de las expediciones científicas enviadas por la humanidad a distintos rincones de la galaxia antes de la gran guerra. Había alguien dentro de aquellas estructuras. Hasta nosotros llegaban risas y brindis ruidosos. Se estaba celebrando algo. Nos miramos con incredulidad. Lo último que esperábamos encontrar en aquel planeta era una fiesta de estilo terrestre.

En ese momento, la puerta de uno de los módulos se abrió y un hombre alto y rubio salió tambaleándose al claro.

—¡Eh, eh! —gritó hacia alguien que estaba detrás de él. Llevaba una botella en la mano. Luego se volvió hacia nosotros. Nos observó boquiabierto—. ¡Eh! ¡Eh! —volvió a gritar. Añadió algo casi ininteligible y corrió de nuevo hacia el interior. Un instante después reapareció acompañado por otros dos hombres. Los tres sostenían algún tipo de pistola láser. Era un modelo antiguo, pero seguramente todavía eficaz.

—Algo no está bien —dijo Konstantin frunciendo el ceño mientras su mano descendía hacia el cinturón para sacar una pistola similar, aunque mucho más moderna.

—Espera —dijimos Maja y yo al mismo tiempo.

Entonces la realidad a nuestro alrededor titiló.

Los colores comenzaron a fundirse unos con otros, como si la selva rojiza hubiera crecido de repente y se hubiera derramado sobre el verde de la colina, mezclándose luego con el cielo color ópalo que se extendía sobre nuestras cabezas.

Era como si un pintor invisible hubiera mezclado todos los colores y nos hubiera arrastrado hacia un océano creado exclusivamente para él.

Por un instante tuve la sensación de que aquel mar de colores penetraba en mis ojos y en mis pulmones, como si intentara ahogarme. El miedo apareció y desapareció de inmediato. Un relámpago del familiar arco luminoso dividió aquel océano en dos. Y al instante siguiente estábamos de nuevo en la nave.

—Los traje de regreso porque me pareció urgente —dijo Ema.

Estaba sentada frente a las consolas, completamente concentrada junto a su Eco. En uno de los hologramas podía verse el rostro preocupado de Aldo.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Konstantin.

Todavía tenía la mano sobre la empuñadura de su pistola láser. La retiró lentamente, abrió y cerró los dedos enguantados y finalmente se quitó los guantes.

—Una fluctuación cuántica —dijo Maja antes de que nadie más pudiera hablar.

—Exactamente —asintió Aldo—. Sabemos que puede ocurrir con este tipo de puente espaciotemporal, pero es extremadamente raro. El cuello del canal colapsa y puede provocar desviaciones imprevisibles. Creo que hemos tenido suerte. Han conseguido regresar.

—El error es nuestro. Deberíamos haber tenido en cuenta esa posibilidad. O al menos haber comprendido de inmediato lo que estaba ocurriendo —dijo Ema.

Todos sabíamos que estaba inmersa en uno de sus habituales procesos de feroz autocrítica.

Había sido Maja, y no ella, quien había identificado la fluctuación cuántica.

—Creo que terminamos en el pasado —dije, decidido a cambiar el tema.

Yo también seguía estremecido por lo que podría haber sucedido, pero Konstantin tenía razón: ninguno de nosotros podía haber previsto aquello. Todos me miraron.

—Por favor, no empieces otra vez con tus teorías —dijo Maja levantando la vista.

Hasta entonces había estado realizando cálculos junto a su Eco sin prestarnos atención.

—Mi formación es más amplia que la tuya. Sé algo de historia —respondí con ironía.

Me arrepentí en el acto. Todos estábamos nerviosos.

—Paz —intervino Konstantin de pronto.

Volvía a ser el de siempre. Nos observó uno por uno.

—Estamos en una misión peligrosa y no sabemos si lograremos completarla con éxito. Tendremos que improvisar. Y colaborar.

Se quedó pensativo unos instantes.

—Aquel hombre de abajo dijo algo en intra-lengua, pero no lo entendí. —Se dirigía a mí.

—Así es. Una de las antiguas variantes de la intra-lengua, la que se utilizaba cuando las tripulaciones estaban formadas por personas de distintas nacionalidades y era necesario comunicarse de alguna manera.

Aquello ocurrió antes del establecimiento del gobierno mundial y de la lengua universal, que vino acompañada de la ilusión de que la humanidad había dejado atrás las guerras, la sed de poder y los conflictos.

—Me pareció que dijo algo como: “¿Quién demonioses son estos?”

—¿Cómo es posible? —preguntó Maja, desconcertada—. ¿Quiénes eran esas personas? ¿No se suponía que debíamos presentarnos como dioses ante una civilización de la Edad del Bronce?

—La intra-lengua dejó de utilizarse hace unos doscientos años —respondí—. ¿La misión de investigación?

—Pensé exactamente lo mismo —asintió Konstantin—. Nuestra expedición científica estuvo aquí hace unos doscientos años y la fluctuación cuántica nos arrojó al momento en que todavía permanecían en el planeta.

—Y, afortunadamente, no podemos repetir el fenómeno aunque quisiéramos —intervino Maja—. Ya calculé las probabilidades y les envié los datos a sus Ecos.

Durante unos momentos todos examinamos sus cálculos. Tenía razón. La posibilidad de que algo semejante volviera a ocurrir era tan pequeña que podía ignorarse.

—Entonces... —pregunté.

—Entonces —respondió Konstantin— volveremos a descender. Esta vez, con total seguridad, en nuestro propio tiempo. Y continuaremos exactamente donde nos quedamos.

—¿Otra vez en el papel de dioses? ¿Con efectos luminosos y todo lo demás? —pregunté.

Konstantin guardó silencio unos segundos.

—No. Esta vez sin ningún circo.

Y pocos minutos después nos encontrábamos nuevamente sobre la misma elevación que habíamos abandonado menos de una hora antes. Y otra vez nos quedamos sin palabras. Pero por motivos completamente distintos. Ahora todo era diferente. Nubes multicolores ocultaban parcialmente el sol. Llovía. Las gotas reflejaban la luz y todo parecía teñido de rojo y oro. Pequeños arroyos dorados descendían por una colina casi desnuda, ahora rodeada en parte por gruesos troncos verticales clavados en el suelo. Formaban una especie de empalizada, una pequeña fortaleza, detrás de la cual se alzaban una decena de viviendas dispersas, algunas grandes y otras pequeñas. La lluvia rojo-dorada caía alegremente sobre casas, techos y cercas. O mejor dicho, sobre lo que quedaba de ellas. Las casas estaban dañadas. La empalizada había sido derribada en un sector. Y en varios puntos, pese a la lluvia, todavía se elevaban columnas de humo. Olía a ceniza, a bosque y a carne quemada. La selva roja, bañada por la lluvia, resplandecía bajo la colina verde como si reflejara el propio sol. Todo resultaba hermoso, insensato y peligroso al mismo tiempo.

—Esto no me gusta nada —dijo lentamente Konstantin.

—Hay alguien aquí —advirtió Maja señalando los sensores termocinéticos de su traje.

Se oyó un ruido. De una de las casas salió un hombre bajo y ya entrado en años. Llevaba una especie de arma primitiva que mi Eco identificó como arco y flechas. La dejó lentamente en el suelo y levantó las manos mostrando las palmas para indicar que estaba desarmado. La lluvia le pegaba el cabello a la cabeza y una de sus mangas estaba empapada de sangre. Vestía una túnica de tejido basto, pantalones y botas de cuero. Parecía haber estado revolcándose en el barro hasta hacía apenas unos minutos.

Los tres dimos un paso atrás al mismo tiempo. Konstantin levantó una mano indicándole que permaneciera donde estaba. En la otra sostenía una pistola láser. Maja tenía otra igual. Ni siquiera me había dado cuenta de cuándo las habían sacado. La mía seguía en el cinturón.

La situación era extraña, pero no me parecía que estuviéramos en peligro inmediato. El hombre comenzó a hablar. Parpadeaba bajo la lluvia. Levantaba los brazos, gesticulaba, explicaba algo.

Maja recurrió a su Eco, pero tanto Konstantin como yo ya habíamos reconocido aquella lengua. Era la misma variante de la intra-lengua que habíamos escuchado durante nuestro primer descenso. Mientras tanto, otras cabezas comenzaron a asomarse desde la casa de la que había salido el hombre. Poco a poco aparecieron más personas. Figuras desaliñadas y cubiertas de suciedad emergían de refugios improvisados. Se oían susurros, murmullos, exclamaciones contenidas. Hombres y mujeres abandonaban las viviendas de madera o espiaban desde puertas y ventanas medio destruidas. Detrás de los adultos aparecieron varios niños. Los adultos portaban armas. Mi Eco identificó algunos largos bastones como atlatls, antiguos lanzadardos compuestos por una empuñadura, un gancho y una lanza ligera. También había arcos, flechas, cuchillos y espadas. Intra-lengua y armas primitivas. No sabía qué pensar.

Poco a poco cesó el murmullo.

Entonces, uno tras otro, comenzaron a acercarse y a depositar sus armas delante de nosotros. Hablaron todos a la vez. Se interrumpían mutuamente. Intentaban explicarnos algo. En cierto momento, uno de los ancianos rompió a llorar. Una mujer cayó de rodillas.

Ahí estaba, pensé. Por fin alguien se arrodillaba. Era evidente que se encontraban en una situación desesperada.

—He comparado sus rasgos faciales —informó Ema desde la nave—. No pueden ser habitantes autóctonos. Pertenecen a nuestro propio linaje genético. Son, con toda seguridad, descendientes del primer grupo de exploradores con el que se encontraron durante el descenso anterior.

—Y así termina la historia de los humanoides de la Edad del Bronce ante los que debíamos presentarnos como dioses —comenté.

El hombre que nos había hablado primero volvió a tomar la palabra. La lluvia rojo-dorada seguía cayendo. El agua corría por su manga mezclándose con la sangre. Mi Eco traducía fragmentos. Comprendía algunas cosas y otras no. Mi atención estaba dispersa entre los rostros que nos observaban, el color de la lluvia, de las nubes y del cielo. Las gotas parecían por momentos pequeñas chispas de fuego deslizándose por cabellos y rostros.

—Cuando logremos comprender toda la historia, sospecho que no nos gustará demasiado —dijo finalmente Konstantin—. Según lo que han contado hasta ahora, llegaron a ser unas quinientas personas. Ahora quedan apenas cincuenta.

Guardó silencio unos instantes.

—La pregunta es: ¿qué ocurrió con los nativos? ¿Dónde están? ¿Qué hacen? Parece que fueron ellos quienes los atacaron.

Luego se volvió hacia Maja y hacia mí.

—Y creo que ya es hora de que nosotros también digamos algo.

Solo entonces advertí que hasta ese momento nos habíamos limitado a escuchar y observar.

—Primero pongámonos a cubierto de la lluvia. Veo allí una estructura que puede servirnos de refugio. Después intentaremos averiguar qué está ocurriendo.

De repente, el hombre que había estado hablando lanzó un grito. Todo se transformó en caos. Cada uno recuperó su arma y corrió hacia las casas. Varios venablos se clavaron en el suelo a nuestro alrededor. No hubo tiempo para pensar. Corrimos tras el hombre, que se había refugiado en una vivienda. Se colocó junto a una ventana, tomó su arco y tensó una flecha. Un grupo de personas acababa de atravesar la sección destruida de la empalizada. Eran altos, de piel oscura, y sus intenciones resultaban evidentes. Una lluvia de flechas y lanzas comenzó a caer por todas partes.

—¿Los traigo de vuelta a la nave? —escuchamos la voz de Ema.

Jamás estaré completamente seguro de lo que ocurrió después. Pero tampoco olvidaré nunca la magnífica criatura que apareció entonces en la puerta de la casa donde nos refugiábamos. Bajo una sencilla túnica de tela, su piel brillaba como el cobre. Alto, de movimientos fluidos, con largos músculos que parecían danzar bajo la piel a cada paso, realmente daba la impresión de ser una antigua divinidad. Llevaba brazaletes de un metal reluciente en brazos y piernas. Su cabello estaba recogido en lo alto de la cabeza. Sus ojos, grandes y muy separados, eran oscuros, casi violetas. Serenos. Inteligentes. Nos observó con detenimiento y luego dirigió la mirada hacia el capitán. Empuñaba una hoja ancha, más parecida a un sable que a una espada. Konstantin avanzó un par de pasos hacia él y se detuvo. Pensé que sacaría su pistola. Pensé que el hombre cobrizo blandiría su arma. No ocurrió ninguna de las dos cosas. Simplemente permanecieron allí, frente a frente, observándose. ¿Cuántos segundos? ¿Cuántos minutos? No lo sé. Finalmente, el hombre cobrizo se volvió, salió al exterior y levantó una mano. La batalla terminó de inmediato. Las flechas dejaron de caer. Las lanzas dejaron de volar. Todo quedó en silencio. Como si atacantes y defensores obedecieran una voluntad invisible y tranquila.

La magnífica figura se alejó con paso rápido a través del poblado. Y los atacantes desaparecieron con la misma repentina rapidez con la que habían aparecido. La lluvia también cesó.

Konstantin se volvió hacia nosotros. Parpadeó varias veces, como si no pudiera vernos. Luego miró a su alrededor, desconcertado, como si intentara recordar dónde estaba. En la casa donde nos habíamos refugiado encontré una cocina con una mesa y varias sillas. Ahora estaba sentado en una de ellas, examinando, suturando y tratando las heridas que podía. Mientras tanto, Konstantin se había sentado con el hombre que nos había recibido primero y, ayudado por el Eco y por la antigua intra-lengua, intentaba desenredar su historia. El hombre se llamaba Mart'in, una evidente evolución de algún antiguo nombre terrestre. Ahora nos encontrábamos nuevamente a bordo, en órbita alrededor del planeta. Esta vez, los cinco estábamos reunidos: el capitán, Maja, Ema, Aldo y yo. Aldo había sido convocado físicamente a aquella reunión extraordinaria.

—Increíble —dijo, rascándose la cabeza, un gesto habitual cuando estaba confundido—. Los descendientes de una misión científica han sobrevivido durante doscientos años rodeados por una población local menos desarrollada.

—Nosotros aparecimos durante los primeros tiempos de su estancia en el planeta y les dimos una idea de cómo relacionarse con los habitantes locales. Efectos luminosos, pequeños milagros y demás. Lo suficiente para que los nativos los consideraran dioses y les proporcionaran lo que necesitaban. Les gustó. Después de todo, no está nada mal ser un dios, y el planeta parecía prometedor...

—Les gustó, ¿eh? —no pude evitar interrumpir.

—Prolongaron su estancia —continuó Konstantin sin prestar atención a mi comentario—. Luego la situación se les fue de las manos. Sus instrumentos comenzaron a averiarse. Ya no pudieron utilizar el puente espaciotemporal y se convirtieron en una isla perdida en medio del océano. Mientras tanto, en la Tierra, las cosas empezaron a empeorar y la misión fue olvidada. Y ahora me temo que no fue la única. Para sobrevivir comenzaron a retroceder tecnológicamente, mientras la población local avanzaba. Ellos iban hacia atrás; los nativos, hacia adelante. Su relación atravesó distintas etapas. Después de un período inicial de adoración, los habitantes locales empezaron a evitarlos. Digamos que ambas comunidades permanecieron separadas durante mucho tiempo.

—Y luego comenzaron los ataques —añadí—. Probablemente terminaron percibiéndolos como un organismo percibe un virus y trataron de erradicarlos.

—Mart'in dice que los ataques se intensificaron en los últimos años porque su grupo se volvió cada vez más débil. Además, los habitantes locales parecen haber desarrollado técnicas psíquicas que desconocemos. Si no hubiéramos llegado, probablemente los supervivientes habrían desaparecido muy pronto.

En un momento conseguí hablar a solas con el capitán.

—¿Qué ocurrió mientras estaban allí mirándose? —pregunté rápidamente.

—Me dijo que los recogiera y los llevara a casa —respondió Konstantin.

—¿Eso fue todo?

—No. Se comunican telepáticamente.

—Ah.

De inmediato comprendí por qué había preferido no mencionarlo delante de los demás.

—También dijo que los miembros de la misión nunca llegaron a vincularse con los colores. Sea lo que sea que eso signifique. No estoy seguro de incluirlo en el informe.

Me observó con atención.

—Creo que deberías hacerlo —respondí—. Tal vez nos ayude a ver las cosas de otra manera.

—¿Volvemos a bajar para recoger a los nativos? —preguntó Ema algún tiempo después.

—No —respondió Konstantin con calma.

Todos lo miramos.

—¿Y nuestra misión? —insistió Ema, con un tono cercano a la histeria—. ¿Traer varios miles de nuevos humanoides a la Tierra?

La observé con interés profesional. ¿No había sido precisamente ella quien más había criticado aquella misión? ¿O quizá esperaba algún ascenso que ahora podía verse comprometido?

—No me parece una buena idea —dijo Konstantin recorriéndonos con la mirada—. No creo que la población local se sintiera cómoda entre nosotros. Ni nosotros entre ellos. Dejémoslos seguir su propio camino, sea cual sea. Todos tienen derecho a sus ascensos y a sus caídas. Tanto los individuos como las civilizaciones.

—Me lavo las manos respecto de lo que acabas de decir —declaró Ema, apretando los labios.

—No te preocupes, asumiré toda la responsabilidad —replicó Konstantin.

Luego se volvió hacia el primer oficial.

—Aldo, regresa al puente de mando. Prepara un puente Einstein-Rosen temporal y recoge a todos los supervivientes de la misión para traerlos a bordo.

—Podríamos buscar el registro de las misiones perdidas dispersas por la galaxia e intentar devolverlas a casa —dije en voz alta mientras reflexionaba—. Quizá al final sumen unos cuantos miles de personas. Justo lo que necesitamos.

—Por una vez has dicho algo inteligente —comentó Maja mirándome—. Aunque Ema también tiene razón: la misión ha fracasado.

Era la primera vez, al menos que yo recordara, que ambas coincidían en algo.

—En realidad no ha fracasado —dijo Konstantin—. Era una hipótesis que hemos comprobado sobre el terreno y descartado.

Se encogió de hombros.

—Seguimos adelante.

Lo observé con interés. Aquello suponía un cambio bienvenido en alguien a quien siempre había considerado un hombre capaz únicamente de recibir y dar órdenes. Maja me sonrió. Y empecé a esperar que aquella noche —dondequiera que pudiéramos considerar que estaba la noche— no durmiera solo.

Ema, por supuesto, lo advirtió todo y nos lanzó una mirada de absoluto desprecio.

En resumen, las cosas comenzaban a volver a la normalidad.

Regresamos en el transbordador a nuestro crucero principal, describiendo un arco bajo el cielo color ópalo y el resplandor de aquel sol rojo. Era tan hermoso como inquietante. ¿Quién sabía qué clase de civilización había surgido bajo aquella estrella? Konstantin tenía razón. Ni nosotros éramos adecuados para ellos, ni ellos para nosotros.

—Comencemos de inmediato los preparativos para el regreso —ordenó Konstantin una vez de vuelta en la nave principal.

La tripulación ocupó sus puestos y comenzaron las verificaciones habituales previas al salto. Fui a ver a nuestros invitados para prepararlos para el primer salto espaciotemporal de sus vidas. Ya habían sido bañados, desinfectados, alimentados y vestidos con sencillos monos blancos. Parecían animados. Supongo que algo parecido a los antiguos emigrantes cuando regresaban a la patria de sus antepasados. Todavía no les habíamos contado todo lo que había ocurrido en la Tierra desde que sus ancestros la abandonaron. Primero debían superar el tránsito. Cuando estuviéramos cerca de casa, habría tiempo para lo demás. La nave comenzó a alejarse de la estrella. El rojo se fue apagando hasta convertirse en naranja, como una brasa que muere lentamente en la noche. La geisha cerraba ahora su abanico con elegancia y lentitud. El planeta parecía una oscura semiesfera envuelta por un manto rosado y gris formado por el océano. Y poco a poco se fue hundiendo en el recuerdo. El espacio delante de nosotros vibró. Luego se tensó. Las estrellas se estiraron en largas cintas luminosas que el vacío parecía absorber. La enana roja desapareció primero. Cerré los ojos, pero seguía viendo destellos violetas y blancos lechosos. Tuve la sensación de que algo me transportaba, aunque permanecía inmóvil. Era el reflejo de un universo que se extendía más allá del horizonte de nuestra comprensión. Y por más que lo perforáramos, lo diseccionáramos y lo analizáramos, seguía siendo tan misterioso para nosotros como lo había sido para Adán y Eva. Pensé en nuestra superioridad tecnológica. Ante aquel hombre de la Edad del Bronce se había derretido y desvanecido. Nos había demostrado que, antes de volver a internarnos entre las galaxias, debíamos sacudirnos el peso de nuestros prejuicios heredados.

Y entonces, de pronto, llegó el regreso al espacio normal.

Una explosión de luz blanca y azul, demasiado intensa después del ardiente rojo del sol que habíamos dejado atrás. Las cintas de seda luminosa se enrollaron hasta convertirse nuevamente en pequeños y brillantes ovillos de estrellas. Todos buscamos con la mirada el Sol. Nuestro cálido faro amarillo. Estábamos en casa.

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosque, Pasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.

 

lunes, 29 de junio de 2026

BOOKFIX

Aleksandar Obradović

 

Me llaman Bato-Žan. La primera parte proviene de Bratislav, que resulta ser mi verdadero nombre, y la segunda del fino bigote que la gente de por aquí asocia con ciertas figuras de la historia francesa.

Mi apodo callejero se distingue bastante de los nombres intimidantes que suelen llevar mis colegas: Hombre de Hojalata, Hombre de Hierro, Salvaje y una interminable lista más. Esos nombres que, cuando se pronuncian, provocan escalofríos o carcajadas.

Llevo algo más de una década en este negocio.

La gente dice que los traficantes somos la peor calaña posible, criaturas sin corazón que arruinan la vida de los demás. Debo admitir que no están muy lejos de la verdad. Lo que esos críticos no comprenden es que nosotros también somos esclavos del mismo vicio que ofrecemos a otros.

Si Bookfix no hubiera aparecido en el mercado hace dos años, dudo mucho que hubiera vivido para ver este día, y mucho menos para contar mi historia.

Estuvo a punto de ocurrir que esta nueva droga, reservada exclusivamente para los clientes más ricos, nunca llegara a las calles ni a manos de traficantes como nosotros. Por suerte, la gente que trabaja dentro de los sistemas de salud todavía no concede demasiado valor a la ética...

Pero me estoy adelantando y contando la historia fuera de orden.

Si entre ustedes hay alguien que todavía no ha oído hablar de las maravillas de Bookfix, aprovecharé la ocasión para presentar el producto más valioso de mi inventario. Es difícil llamarlo droga en el sentido tradicional. Se parece más a un virus de ADN. Se introduce en el organismo por vía intravenosa y su efecto queda revelado por su propio nombre. Book, como libro. Fix, la expresión callejera para referirse a una inyección de droga. Así pues, Bookfix significa recibir una dosis procedente de un libro.

¿Creen que estoy diciendo tonterías?

Hace cinco años, un médico holandés logró aislar en un laboratorio un virus cuyo ADN podía manipularse y utilizarse para almacenar información. Una vez introducido en el torrente sanguíneo, el virus modifica nuestro propio ADN y, con el tiempo, la información que transporta pasa a formar parte de nuestros recuerdos, experiencias y conocimientos.

Su descubrimiento desencadenó una avalancha de debates dentro de la comunidad científica. Si lo que afirmaba era cierto, significaría que los recuerdos y los conocimientos se transmiten genéticamente a los descendientes. Y si eso era así, ¿por qué nacíamos sin ningún recuerdo o conocimiento perteneciente a nuestros padres?

El médico respondió a esa pregunta afirmando que tales recuerdos permanecían latentes en nuestros genes y que simplemente necesitaban ser despertados. Según él, aprender no era más que el proceso de activar ese conocimiento dormido. Desarrollando aún más su teoría, llegó incluso a incluir los sueños en la discusión, sosteniendo que son el producto de recuerdos “olvidados” pertenecientes a generaciones anteriores. Como prueba señalaba a los niños prodigio capaces de escribir o componer música a los cuatro años.

Con aquellas teorías dividió al mundo entre escépticos y personas lo bastante abiertas de mente para aceptar los resultados de sus investigaciones y maravillarse ante la invención de Bookfix. Este segundo grupo deseaba disfrutar cuanto antes de los beneficios del llamado «virus bueno».

¿Pueden imaginar las posibilidades que ofrecía una tecnología semejante? ¿Por qué pasar años asistiendo a costosas escuelas y academias cuando unas pocas dosis de Bookfix podían convertir a cualquiera en una de las personas más instruidas del planeta?

El científico insistía en que los beneficios de su invento debían ponerse algún día al alcance de toda la población, pero únicamente después de completar todas las pruebas necesarias y demostrar que era seguro para el consumo humano. Naturalmente, los poderosos del mundo no tenían ningún interés en la aparición de una población superinteligente. Pronto estalló una auténtica guerra diplomática alrededor de una sola cuestión: ¿Quién obtendría los derechos sobre Bookfix?

El holandés supo aprovechar el caos y desapareció de la vista pública. Continuó trabajando en secreto. En busca de sujetos de prueba, comenzó a ofrecer su producto a través de traficantes de drogas. Así fue como Bookfix llegó a las calles.

Con el paso del tiempo, el buen doctor descubrió que las ventas ilegales podían financiar sus investigaciones y permitirle vivir como un rey.

Se retiró a alguna isla lejana más allá de Europa, lejos de las miradas indiscretas, y continuó produciendo la sustancia y distribuyéndola por todo el mundo mediante barcos y aviones. Antes de mucho tiempo incluso aceptaba pedidos especiales.

Mientras tanto, Bookfix se volvió tan caro que solo unos pocos privilegiados podían permitírselo.

Después de las primeras remesas, que contenían poco más que poesía y novelas ligeras y se regalaban prácticamente a precio de coste, el holandés comenzó a fabricar ediciones exclusivas con textos sagrados y enciclopedias completas.

Los precios de esas versiones eran astronómicos.

Alguien enfrentado a una muerte inminente o al dolor por la pérdida de un ser querido podía elegir la Biblia si era cristiano o el Corán si era musulmán.

Para los jóvenes ambiciosos, ansiosos por abrirse camino gracias al conocimiento, existían ediciones especiales que contenían la Encyclopaedia Britannica o incluso conocimientos altamente especializados de profesiones concretas.

Todavía no he explicado por qué Bookfix llegó a considerarse una droga. No porque produzca dependencia física como las sustancias que solemos vender. Sino porque despierta un hambre insaciable de conocimiento. Una vez que se cruza la línea que separa la ignorancia de la comprensión, ya no existe camino de regreso.

Imaginen que pasan toda la vida contemplando el mundo como un ciego. Y que, de repente, pueden ver. Una vez que eso sucede, todo lo que desean es ver más y más.

Como traficantes, se supone que debemos probar la mercancía antes de ponerla en circulación. Después de todo, ¿cómo podría uno vender algo a los clientes si no está seguro de su calidad? Así fue como me volví adicto a Bookfix. Desde hace algún tiempo, aparto una dosis de cada lote que llega a mis manos. Puedo sentir cómo cambia mi forma de ver el mundo. Poco a poco he caído en una crisis que solo podría describirse como un conflicto de intereses.

Por primera vez comprendo realmente cuántas vidas he arruinado y cómo, al distribuir Bookfix, continúo haciéndolo. Porque, en verdad, benditos sean los ignorantes. Observo el mundo cargado con hechos que ahora forman parte de mi conocimiento. Siento que el fin de todo es inevitable. Veo toda la miseria y todo el sufrimiento que la humanidad ha creado a su alrededor. Ha despertado en mí una conciencia moral que desea detener la propagación de esta plaga.

Pero mi hambre de conocimiento es más fuerte.

También hay otra fuerza dentro de mí. Una que quiere conservar todo el conocimiento para sí misma. Quizá ahí resida la solución. Si consigo apoderarme de todas las reservas restantes de Bookfix y detener su distribución, terminaré consumiéndolas yo mismo y me convertiré en el hombre más inteligente y, al mismo tiempo, más poderoso de la Tierra. Desde una posición semejante podría mejorar el mundo. Quizá incluso expiar parte del daño que he causado como traficante.

Por fin he tomado una decisión. Voy a encontrar al holandés y pondré mi plan en marcha. He logrado descubrir dónde se esconde. Cuando la gente trabaja para ti siempre existe un eslabón débil que tarde o temprano termina rompiéndose y revelando el secreto. Su eslabón débil era el distribuidor encargado de transportar la mercancía. Noté que desde hacía algún tiempo los envíos estaban a cargo del mismo hombre. Durante el último reparto lo capturé. Después de dos días de interrogatorio, finalmente habló. Esta noche voy a visitar al doctor. Después de todo, él no es más que un médico. La violencia, en cambio, no me resulta desconocida. Lo tomaré por sorpresa. Lo mataré antes de que comprenda lo que está ocurriendo y me apoderaré de todas las existencias de Bookfix.

Estoy escribiendo esto por si algo sale mal.

Y también porque mi cabeza se ha convertido en un torbellino constante de pensamientos e ideas desesperadas por salir al mundo y hacerse realidad. Ahora que he tomado conciencia de todas las maravillas de la vida, también he comprendido lo efímera que es. Sé que existe la posibilidad de no regresar de este viaje. Por eso quiero dejar mi historia atrás. Si fracaso en mi empresa, ten misericordia de mi alma pecadora, oh Dios, cualquiera que sea Tu verdadero nombre.

Quizá suene a excusa, pero hasta ahora estaba ciego y no sabía cuál era mi deber.

Bato-Žan

 

Bratislav Trifunović, de treinta y nueve años de edad, fue hallado muerto esta mañana en la sala de lectura de la biblioteca municipal.

Su cuerpo fue encontrado atrapado bajo una gran estantería, mientras numerosos libros yacían esparcidos por el suelo.

El fallecido era bien conocido por la policía tanto por sus actividades relacionadas con el tráfico de narcóticos como por su condición de consumidor habitual de drogas.

Los investigadores sospechan que durante la noche anterior pudo haber perdido toda noción del tiempo y del espacio debido a una sobredosis y haber entrado posteriormente en el edificio de la biblioteca.

Según las conclusiones preliminares, murió accidentalmente tras sufrir una lesión fatal en la cabeza cuando la estantería se desplomó sobre él.

No se encontraron documentos de identidad entre sus pertenencias.

El único objeto recuperado fue la carta adjunta, escrita de su puño y letra.

Parece que Bratislav Trifunović, conocido en la calle como Bato-Žan, llevaba algún tiempo obsesionado con los libros, lo que podría explicar por qué, en estado delirante, terminó dentro de una biblioteca.

En lugar de encontrar las respuestas a las preguntas de la vida y la sabiduría que creía que los libros podían ofrecerle, encontró la muerte.

No existen registros oficiales sobre el médico holandés ni sobre una sustancia llamada Bookfix.

Por consiguiente, se presume que ambos no fueron más que productos de la imaginación del fallecido.

Aleksandar Obradović es un médico, epidemiólogo y escritor montenegrino. Su obra de ficción ha sido reconocida en festivales internacionales de relato corto y publicada en antologías, revistas literarias y revistas digitales. Es autor de numerosos libros en serbio, incluyendo colecciones de cuentos, fábulas, novelas infantiles y novelas policíacas. Su novela gráfica «Stillborn» está disponible en inglés a través de Amazon.

LA NOCHE DEL ROCK AND ROLL

Sandy DeLuca

 

Danny Cartello tenía una gran voz, y tenía presencia. Ya conocen el tipo: buen cabello, buen cuerpo y mucho atractivo sexual, vestido con chaqueta y pantalones de cuero, tres brillantes de diamante en el lóbulo izquierdo y un rubí y una esmeralda en el derecho. Cantaba en clubes locales, en el Bohemian Lounge, porque pertenecía a su padre. Cantaba en bodas y fiestas. Nunca llegó a las grandes ligas. Quizá porque su música no era original, ya que su banda siempre interpretaba temas popularizados por artistas de R&B, soul y funk. Quizá porque en el fondo era un muchacho de pueblo, demasiado asustado para ir más allá de la ciudad en la que vivíamos. Y a pesar de todas las chicas, de las aventuras de una noche, de las admiradoras locales... a pesar de todo eso, nunca hubo una mujer especial a su lado. Creo que Mamá Coca y Azúcar Morena eran dueñas de su corazón... de su cuerpo... de su vida. Creo que el alcohol y las drogas también ocupaban gran parte de su tiempo.

Danny era mayor que yo y que los chicos con los que me juntaba. No me conocía de nada, ni a mí ni a ninguno de nosotros al principio. Yo me decía que nadie podía distinguirme entre una multitud, que era una persona común. Pero mi padre solía compararme con estrellas de cine; me decía que mi rostro podía abrirme puertas. Yo lo ignoraba. Él me veía de una manera diferente a la de los demás. Además, yo solo quería ser una chica común, una muchacha a la que alguien como Danny Cartello jamás prestaría atención.

De todos modos, para los demás fue un gran acontecimiento cuando una noche me señaló entre la multitud mientras interpretaba Shout, un homenaje a los Isley Brothers, una canción que encendía al público y lo lanzaba a la pista de baile. Danny lo hacía de maravilla, moviendo las caderas mientras su voz resonaba por todo el club... y de pronto se detuvo, me señaló y dijo:

—Que todos griten... incluso tú, la del suéter azul.

Mi amiga Lilly me dedicó una sonrisa rápida, me dio un codazo juguetón y susurró:

—Vaya, Carla. Mira a tu alrededor, todo el mundo te está mirando. A ti. A ti. Podrías ser como Sable Starr o Connie Hamzy, viajar con él...

—Déjalo ya —me reí.

—Lo sé, lo sé. Pero no te das cuenta de lo que tienes a tu favor.

—Supongo que soy una bomba —me reí.

Por un impulso, detuve a Danny cuando salía del club, con el estuche de la guitarra colgado del brazo y un abrigo de lana sobre los hombros. Sonrió cuando le pregunté:

—¿Un autógrafo?

Le tendí papel y bolígrafo, y me preguntó mi nombre mientras decía:

—Me voy de la ciudad, pero espero verte por aquí cuando llegue el verano.

Lo observé escribir y me fijé en el anillo que llevaba en el meñique de la mano derecha, de plata y oro, salpicado de rubíes.

Me pregunté si Danny iba otra vez a rehabilitación o si estaba huyendo de algún traficante al que le debía dinero.

—Nos vemos —dijo, guiñándome un ojo rápidamente—. Me voy esta noche. Tengo una actuación en Nueva York. Tributo a los Beatles.

Susurré:

—Genial.

Y lo observé alejarse con paso despreocupado. Aquella fría noche de invierno tuve un mal presentimiento.

El fin de semana siguiente la policía encontró su cuerpo en un hotel de Manhattan. Le habían disparado en la cabeza. Supongo que no logró alejarse lo suficiente de aquel traficante. Supongo que, después de todo, era inevitable.

Después de tantos años, sigo pensando en él... en cómo las cosas podrían haber sido diferentes si hubiera elegido otro camino. ¿Acaso no deseamos todos poder cambiar el pasado? Cómo desearía que una máquina del tiempo mágica pudiera llevarnos de regreso para corregir los errores de juicio... para reorganizar el destino.

Lloré la muerte de Danny, aunque nuestro encuentro fue breve. Y a veces todavía lo oigo cantar, como aquella noche lejana, con mi suéter azul tendido sobre la cama y el papel que firmó para mí junto a él.

Nunca llegó a las grandes ligas... pero sigue cantando para mí. Cuando termina su canción, unos labios fantasmales se posan sobre los míos y me pregunta:

—¿Te vienes conmigo esta noche?

Otra copa de vino, y sigo a Danny hacia la noche del rock and roll.

Sandy DeLuca es una novelista, poeta y pintora estadounidense cuya obra fusiona el surrealismo gótico, el simbolismo oculto y el horror de la decadencia urbana. Con décadas de presencia en el underground literario oscuro y dos veces nominada al premio Bram Stoker, es autora de numerosas novelas y colecciones —entre ellas Incantations, Midnight Town, Hell’s Door, Darkness Conjured y A Box Full of Darkness— y es ampliamente reconocida por su atmosférica mezcla de lo sobrenatural y lo psicológicamente íntimo. Su ficción a menudo se centra en mujeres atormentadas, magia ritual y espacios liminales, temas que se reflejan en su arte visual, presente en portadas de libros, revistas y galerías de arte. En 2024, DeLuca colaboró ​​con Alex S. Johnson y Alea Celeste Williams (Pickles) en la colección de poesía oscura Thunderstruck, una obra de versos eróticos, míticos y con tintes de brujería. El libro recibió una crítica entusiasta en Cemetery Dance Publications, donde el crítico Joshua Gage elogió su fusión de imágenes paganas, sensualidad y terror, y destacó los poemas colaborativos como una característica sobresaliente de la colección.

 

CITA EN LA CALLE INDEPENDENCIA

Juan Pablo Goñi Capurro

 

El comisario Constantini ingresó en sus dominios con un semblante que pronosticaba tormentas. Quienes lo advirtieron, desaparecieron; la mujer de la mesa de entradas no pudo hacerlo, obligada por su puesto. Sus tímidos buenos días recibieron una orden como respuesta.

—Traeme un vaso de agua.

La agente dirigió una mirada a la centralita.

—Yo me encargo del teléfono —aseguró el comisario, y se llevó una mano a la frente.

El inconveniente dolor de cabeza del comisario provocó que fuera él quien atendiera la llamada, mientras extraía dos pastillas blancas de un blíster. Habló con una mujer; más bien, intercaló alguna palabra en el discurso airado.

—El olor es imposible, tres días que llamamos, no menos de seis veces llamamos, ¿por qué no se fijan lo que pasa, porque no tenemos plata?

A un hombre salido de los sótanos de la sociedad como Constantini pocas cosas lo enojaban más que ser acusado de favorecer al poder. Apenas la mujer colgó, se metió las pastillas en la boca e intentó tragarlas. Las pastillas se empeñaron en negarse a pasar por su garganta pero no se distrajo; estudió el libro de llamadas y sí, había seis denuncias sobre el domicilio Independencia 715.

El vaso de agua llegó y el comisario pudo introducir las aspirinas en su organismo. Pidió la lista de partes de los últimos tres días, sin moverse del mostrador. Cerró los ojos, inútil recurso que no aceleró los efectos de los calmantes. Recibió los papeles y comenzó a pasarlos con los dedos, deteniéndose en las direcciones. Constató que las seis veces las patrullas habían acudido al domicilio; los partes eran similares. La ausencia de signos sospechosos de la comisión de un delito los hizo retirarse.

El comisario revisó los participantes en los procedimientos. Ignoraba si estaban de turno, pero los quería ya mismo. Los llamó a los gritos. El dolor de cabeza se disparó con el esfuerzo.

Albina Serrandi dudó; el comisario tenía los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás. Los abrió en simultáneo con el puñetazo que descargó en el mostrador. Albina tembló.

—¿Se puede saber qué es esto, ni siquiera tocaron el timbre?

Albina se atragantó; la enorme cabeza del comisario enrojecida, sus gruesas manos apretando un papel, la impresionaron como si estuviera ante un gigante muñido de un garrote. El comisario dejó el parte arrugado sobre el mostrador.

—Pero... comisario... esa es la casa embrujada.

Algunas cabezas asomaron de sus escondites; el inusual silencio en el edificio les había permitido oír los gritos destemplados. Entre ellos, el compañero de patrullaje de la Serrandi

Constantini demoró la respuesta; a su derecha, la telefonista escondía la cara en el libro de registro. Delante de él, Albina, cabeza gacha, contraía sus músculos en un esfuerzo por no orinarse.

—¿Casa embrujada, ¿casa embrujada dijo, oficial Serrandi?

—Sí señor. Usted no es de aquí pero todos en la ciudad saben que esa casa está embrujada.

—¡Casa embrujada, las pelotas! —bramó el comisario.

Las lágrimas derrotaron su timidez y escaparon de los párpados de Albina, en simultáneo con la orina que inició el trazado de una mancha oscura sobre sus pantalones azules. Constantini alzó la trampa del mostrador y la dejó caer tras su paso, el estrépito ahuyentó a los curiosos. Caminó hacia la salida seguido por la mirada de la telefonista.

El comisario abandonó el edificio, un suspiro colectivo aflojó la tensión y hasta las caras de los retratos enmarcados mostraron alivio. Albina Serrandi corrió, empujó a los compañeros que se interponían y se encerró en el baño, a llorar a sus anchas. Hubo movimientos, conversaciones y rostros temerosos. Una pregunta se repitió en los ambientes de la comisaría, ¿hacia dónde se había marchado el comisario?

 

Dos segundos efectivos tuvo la visita del comisario a la casa de la calle Independencia; tres minutos le había tomado forzar la puerta de madera con una barreta; seis minutos estuvo contemplando la casa antes de decidirse a hacerlo. Seis minutos invertidos en aceptar que esa anodina edificación desmejorada fuera la supuesta casa embrujada; esperaba una mansión de varias plantas, con torres y tejados. Tres minutos consumidos en bajar, oler, abrir el baúl y ejercer presión contra la cerradura. Dos segundos para ver el cuerpo descompuesto, con un astillón de madera hundido en el pecho.

La rapidez evitó que las náuseas fueran intensas; observado por los vecinos apostados en las veredas contiguas, Constantini tomó la radio y citó a todo el mundo, desde peritos a médico forense, incluyendo efectivos para custodia y fotógrafos. Movió el coche cincuenta metros para que no tomara olor; la casa hedía como una porqueriza. Regresó, espantando a dos adolescentes que estaban a punto de meterse en la casa; habían pensado que el taciturno hombre de camisa oscura se marchaba. Con un pañuelo a mano, estudió la zona.

Vio casas modestas pero nuevas, alguna todavía en construcción. La del número 715 era la única rodeada por pasto, las restantes iban de medianera a medianera. Dispares pero con dimensiones similares al frente.

Satisfecho, Constantini se concentró en la que importaba. Baja, metida cuatro metros al interior, cercada por las viviendas contiguas y un paredón al fondo. La persiana delantera, cerrada, mostraba pintura descarada y herrumbre, pero no huellas de ruptura. Él mismo había constatado que la puerta del frente tenía llave puesta. Era necesario comprobar las demás aberturas.

Aunque el olor se intensificó, por más que el comisario escogió caminar casi pegado a las paredes vecinas, se encargó de hacer la revisión. Topó con tres persianas cerradas, deterioradas como la otra, y una enclenque puerta trasera. Cuidándose de los cardos espinosos, caminó hasta ella. Tomó el picaporte, empujó; la puerta resistió. No quiso violentarla, era innecesario. Volvió al sendero hollado por él mismo sobre pajas y otros yuyos para regresar a la vereda. Había dos patrullas detenidas.

El dolor de cabeza, anestesiado desde que llegara a la casa, resurgió con crudeza. Constantini dio un golpe al capó de la primera camioneta; bastó para que los uniformados de ambas dotaciones saltaran al piso y se cuadraran. El comisario dudó; había visto un cadáver pero podía haber más, era necesario recorrer el interior de la vivienda.

Los cuatro efectivos, ninguna mujer entre ellos, estaban formados en la vereda, actitud insólita en ellos. Enviarlos al interior solo provocaría el deterioro de la escena del crimen; Constantini los colocó de custodia, con orden de impedir que se acercaran los vecinos. La camioneta de la científica dobló la esquina, el comisario podía dejarlos a cargo y liberarse. Echó un vistazo a los congregados en la vereda opuesta; adolescentes, infantes y unas diez mujeres. Había participado en tantos homicidios que ya no llevaba la cuenta, pero no había visto expresiones como las de esa gente; en sus pupilas había un miedo profundo al que la razón nunca llegaría.

Tras dar indicaciones a los peritos, Constantini cruzó la calle. Los pequeñines se colocaron detrás de sus madres, los adolescentes se apartaron. Las mujeres no se movieron, el comisario se preguntó con cuál de ellas había hablado; sostuvieron su escrutadora mirada, desafiantes casi. Constantini, tras cerrar los ojos unos segundos, empezó a preguntar. Obtuvo respuestas en cantidad, sin que una sola le diera una pista sobre el crimen; en esos últimos días nadie había visto algo diferente a los trastornos padecidos por años. Las menciones a ruidos fuertes, golpes continuos, risas fantasmagóricas y alaridos incesantes, explicaron el mote de «casa embrujada». Recogió un dato importante: nadie vivía allí. Las otras palabras fueron destinadas a la policía, a su inacción y a la indefensión del barrio.

Constantini se retiró convencido de una sola cosa; la actitud de la gente hacia la casa la convertía en un sitio ideal para eliminar a una persona. Apenas oscurecía, los vecinos cerraban las persianas y no salían. La cuadra no contaba con alumbrado, más garantías para un intruso. Durante el día, la gente cruzaba de vereda para no pasar delante de ella. Nadie recordó haber visto las ventanas o la puerta de calle abierta alguna vez. El comisario se vio impelido a involucrarse de lleno en la investigación; no podía confiar en sus subalternos cuando tantos elementos esotéricos hacían pensar que se hallaban ante uno de esos casos dignos de ser novelados.

Junto a su automóvil se reunió con la gente que salía de la casa, efectuadas las primeras diligencias. Todos se quitaron los barbijos recién al llegar junto a él. Recogió información oral, ya habría tiempo de leer las pericias. Detectó que una joven policía —habían llegado tres patrullas más— bebía agua mineral; le solicitó la botella e ingirió otras dos aspirinas.

El forense no pudo darle fecha exacta del deceso, pero estimó que, al menos, había sido una semana atrás; creía evidente que había muerto asesinado con la estaca, pero le daría más precisiones en la autopsia. Concordaba con el llamado, tres días de olor insoportable, pero chocaba con los testimonios que referían lamentos y golpes la misma noche anterior. «Sugestión», apostó, y revisó las fotos tomadas por Clausen. Pasó rápido las del cuerpo, tendido de espaldas en el centro de una sala sencilla. « Al menos, es un solo cadáver», se dijo. Había tomas del resto de la casa; pocas cosas en las dos habitaciones, colchones desnudos, muebles vacíos. En el baño, pese al evidente desuso, no había rastros de orín ni huellas de humedad.

Los peritos agregaron otro dato extraño; en toda la casa no habían hallado una sola huella, las del cadáver estaban borradas. Ni en el piso ni en los muebles había polvo acumulado, tampoco rastros del uso de cloro, detergente u otros productos de limpieza. Tampoco hallaron documentos del muerto, llevaba puesto un reloj muñeca, un anillo con una calavera y una cadenilla de la que colgaba una cruz. «Incoherente», agregó la vivaz informante.

Constantini sintió que la cefalea reanudaba sus ataques. Sus ojos buscaron una víctima propicia; dieron con el teniente Pescini. Lo llamó y le ordenó hacerse cargo de las tareas restantes; precintar la casa cuando acabaran las diligencias, interrogar al vecindario y dejar una pareja como custodia, algo le decía que no bastarían las cintas plásticas para impedir el ingreso a quien quisiera meterse. El teniente marchó, dos enfermeros cargaban una camilla, trasladando el cuerpo en una bolsa negra. El comisario pensó que había demasiada gente allí; sacudió su cabeza y subió al coche, que el teniente se hiciera cargo. Bastante tenía con revisar y dar vistos a los papeles acumulados en su escritorio.

 

Tres días más tarde, viernes, el comisario recorría los pasillos tomándose el vientre; la cena de la víspera le había caído mal. Sospechaba que el asado había sido menos culpable que las indirectas lanzadas por el intendente. Hubo en ellas un subtexto que el hábil Constantini captó de inmediato; el jefe comunal evaluaba pedir un sustituto si no se resolvía el crimen de la casa embrujada antes que trascendiera las comidillas de la ciudad. Asumió el comisario que había detalles para exacerbar el morbo, actividad favorita de la prensa policial; ruidos y gritos, cadáver sin identificar, la inexplicable limpieza absoluta de una casa abandonada, más los condimentos que agregarían con gustos los vecinos ante las cámaras de televisión.

Las voces y un ruido que se negó a aceptar lo hicieron abrir la puerta de una sala; confirmó que el ruido provenía de un cubilete, en ese instante una joven arrojaba el dado sobre la mesa rodeada de efectivos. Las voces callaron al ver al jefe, el dado rodó hasta detenerse en un seis.

Los uniformados retrocedieron hasta las paredes, atropellando sillas en el camino. Constantini, cuya intención original fuera pedir un Sertal u algún otro compuesto que le aliviara el estómago, no atinó a hablar. La misma joven que arrojara el dado, Perla Borges, se atrevió a explicar.

—No es lo que parece, señor comisario, no estamos jugando por dinero o algo así. Estamos decidiendo quien hará la guardia esta noche en la casa encantada.

—¡Casa encantada las pelotas! —gritó el comisario.

La joven, viéndose perdida de todas formas, se atrevió a desafiarlo.

—De verdad, señor comisario, las dos noches que pasaron dividimos los turnos, todos escuchamos los gritos que venían de adentro.

El comisario imaginó el oído atento de un periodista escuchando ese comentario de una fuente policial; en horas tendrían a los medios nacionales frente a la casa. Él lo vería por televisión, en un pueblo perdido en el campo al que habría sido destinado.

—El juego se acabó, esta noche me encargo yo mismo.

 

A las veintidós, Constantini se estacionó delante de la casa. La calle, a oscuras y desierta. Noche sin luna. Unas hebras de luz escapaban de persianas y puertas de las viviendas de la cuadra. Se acomodó mejor, arrepentido por la decisión tomada; amanecería con un dolor de cintura insoportable. Se disponía a inclinar el asiento cuando escuchó voces lastimosas. A diferencia de sus subordinados, sacó el arma de la pistolera y bajó, dispuesto a acabar con el gracioso.

Al entrar, pulsó el interruptor; la luz se encendió. Constantini no se dio cuenta de la rareza; la luz encendía en una casa que llevaba años sin servicio eléctrico.

Sin detenerse a pensar, efectuó la misma operación en las habitaciones restantes. Nadie. Silencio total.

Regresó a la sala, quedaban huellas de sangre donde estuviera el cadáver. Creyó oír un ruido, giró y a punto estuvo de disparar a su imagen en el espejo. Maldijo, efectuó uno de sus habituales cierres de ojos y, al reabrirlos, encontró una frase escrita con vapor en la superficie del cristal.

 «¿Te habías olvidado de mí?».

El comisario dio un respingo. Desoyó el deseo de sus piernas y no se movió. La frase se borró y, delante mismo del comisario, letra por letra apareció otra.

«Jirafa, ¿de verdad no me recuerdas?»

Una sola persona en la vida lo había llamado jirafa. Esta vez fueron las piernas las que no obedecieron la orden de huir.

Constantini giró el tronco, apuntando a la nada.

—¡Marilina, estás muerta!

«Pero mi asesino sigue libre».

Constantini no consiguió despegar sus zapatos del piso. Quiso decirle que su asesino seguiría libre pero se sintió un idiota, planeando conversar con un vidrio.

«Me llevó años dar contigo y con Matute».

Matute Coria, no lo veía desde... El muerto tenía un anillo con una calavera, ¡Matute usaba uno! ¿Cómo no se había dado cuenta?

Retrocedió, arrastrando las suelas; no se percató, estaba donde cayera el muerto, los zapatos pisaban la sangre seca. Su mente rechazó lo que veía; Marilina Verlanga, la que quiso denunciar la violación perpetrada por los oficiales Constatini y Coria. La forzaron entre velas aromáticas y mandalas, habían acudido al consultorio astrológico para responder su llamada por un robo. Marilina, la médium trucha, la que no quiso callar.

«Hasta pronto Constantini»

Quiso decirle que faltaba la coma en la frase, pero se borró muy rápido. El comisario se vio a sí mismo en el espejo. Y vio la estaca de madera que se acercaba rauda a su pecho.

Juan Pablo Goñi Capurro es un escritor y actor argentino, radicado en la ciudad de Olavarría, nacido el 11 de octubre de 1966. Publicó: “Soltando la mano”, La Verónica Cartonera, España 2020; “El cadáver disfrazado”, Just Fiction, 2019; «Agosto», «Destino» y «Cabalgata» (Colección Breves), 2019; “La mano” y “A la vuelta del bar” 2017; “Bollos de papel” 2016; “La puerta de Sierras Bayas”, USA 2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera, 2015. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, 2002. Ha publicado más de quinientos trabajos en antologías y revistas.

COMO UNO SOLO