martes, 30 de junio de 2026

CIELO COLOR ÓPALO

Veronika Santo

 

—Buenos días a todos, comencemos con los preparativos —dijo Konstantin recorriéndonos con la mirada. Su cabello era azul y rígido y en determinadas situaciones parecía erizarse.

Tal vez era de mañana, o tal vez no. Porque ¿mañana con respecto a qué? ¿Al planeta Tierra que acabábamos de abandonar o al planeta rojo parduzco que flotaba frente a nosotros y que había sido designado como destino de nuestro viaje? Pero Konstantin parecía estar de buen humor; le gustaba estar en acción y no permitía que detalles como esos lo distrajeran.

Un instante antes habíamos sido expulsados del túnel espaciotemporal y el capitán ya nos había convocado a la sala de reuniones.

Cuando una nave sale de un túnel espaciotemporal, el universo se abre de pronto a su alrededor como si, en una antigua película japonesa, una geisha desplegara de repente su abanico. Las estrellas aparecen como cintas centelleantes, todavía deformadas por la distorsión del tránsito, y luego se transforman en puntos fríos y brillantes, inmóviles en la inmensidad del espacio. Aquí y allá, finas nebulosas se extienden como hebras de humo, difundiendo a su alrededor un resplandor rojizo que pulsa lentamente, como un corazón metafísico.

Todo esto para decir que no es habitual convocar reuniones inmediatamente después de atravesar un túnel espaciotemporal, que es una experiencia extremadamente delicada. Mi sensación personal siempre había sido la de estar sumergido cabeza abajo en un mar negro e infinitamente profundo, algo que ciertamente no ayuda a la concentración. Normalmente se establece un período para recuperar el equilibrio psicofísico, pero esta vez no era posible.

—Delante de nosotros hay una estrella de tipo M, una enana roja cálida —dijo Ema, nuestra científica principal—. La radiación predominante es roja e infrarroja. El período orbital del planeta en el que debemos aterrizar es de sesenta días. La rotación dura veintiocho horas. La flora y la fauna del planeta son compatibles con estas condiciones.

Habíamos dejado atrás un mundo que acababa de salir de una guerra planetaria con una población más que diezmada. Apenas nos quedaban unos pocos cruceros operativos como el nuestro, naves capaces de activar puentes de Einstein-Rosen que abrían atajos a través del espacio.

El gobierno mundial restablecido había llegado a la conclusión de que nos vendría bien la ayuda de alguna otra especie: lo bastante parecida para que pudiéramos entendernos y lo bastante diferente para evitar mezclarnos genéticamente con ella. Debía encontrarse en un nivel de desarrollo inferior, de modo que nos obedeciera y nos ayudara a realizar aquello para lo que ya no quedábamos suficientes personas; sobre todo, reconstruir lo que acabábamos de destruir.

Podíamos trasladarlos a la Tierra mediante un puente espaciotemporal, y nuestra misión consistía precisamente en eso: encontrarlos y llevarlos.

—Todos han recibido los datos completos en sus Ecos digitales —dijo Ema.

Todavía conservábamos nuestras inteligencias artificiales personales, los llamados Ecos digitales, aunque con capacidades reducidas. Ya no confiábamos demasiado en las inteligencias artificiales; no después de los acontecimientos de las últimas guerras. Habían mostrado demasiada independencia y demasiada inclinación a ayudarnos incluso cuando no se lo pedíamos. Seguían allí, pero las habíamos devuelto a un nivel anterior de desarrollo y, de algún modo, las manteníamos bajo vigilancia.

—Como ya saben, las condiciones para la vida de tipo terrestre son favorables. Todos los datos, como ya dijo Ema, están en sus Ecos —añadió el capitán.

Normalmente, todos evitábamos a nuestra querida Ema, algo que en una nave espacial nunca es posible. No era una persona sociable; parecía tener siempre la capacidad de arruinar el ambiente. Sin embargo, era excelente en su trabajo.

La tripulación era reducida y por eso era importante que todos supieran exactamente qué hacer. Que solo fuéramos treinta y siete personas en una misión tan importante decía mucho sobre la situación de nuestro planeta natal.

Ema tenía apenas dos ayudantes científicos, y lo mismo ocurría en las demás especialidades. En otros tiempos habrían enviado varios miles de soldados y algunas unidades de élite a bordo de varios cruceros de combate. Y no habría habido demasiadas discusiones sobre lo que los habitantes de un planeta quisieran o no quisieran. Nunca habíamos sido de pedir permiso. Éramos quienes decidían. Pero la historia no es lineal. Nuestra antigua gloria ya no existía y no debía cegarnos.

—Solo queda decidir quién descenderá —continuó Konstantin.

Todos sabíamos que la decisión ya estaba tomada, pero era necesario mantener al menos una apariencia democrática. Nuestro capitán tenía una larga carrera militar detrás y sabía cómo dirigir una tripulación.

—Veamos, necesitamos tres personas. La Santísima Trinidad ha aparecido en más de una religión a lo largo de la historia humana. Vamos a tratar con humanoides que, por lo que sabemos, se parecen bastante a nosotros en muchos aspectos, aunque, si nada ha cambiado entretanto, se encuentran aproximadamente al nivel de nuestra Edad del Bronce.

—¿Dos diosas y un dios o al revés? —preguntó Maja, la ingeniera principal de la nave. Maja era alta, musculosa; el traje espacial se ajustaba a su cuerpo exactamente donde debía, y por supuesto yo tenía debilidad por ella. A veces, cuando todavía estábamos en la base, compartíamos la cama por las noches, pero desde que habíamos partido se mostraba distante y yo no estaba seguro de cómo me trataría a partir de entonces.

—Lo someteremos a votación —dijo Konstantin—. La propuesta es que vaya yo, como capitán de la nave; Andreas, como médico de a bordo; y Maja, como ingeniera principal. Ema vendrá con nosotros, pero permanecerá en el transbordador. ¿Alguien se opone?

Yo no compartía del todo la idea de llevar una nueva colonia de humanoides a la Tierra, pero no era más que un médico y no tenía influencia alguna sobre las decisiones globales. Todo aquello me olía a importación de mano de obra, a la instauración de algo parecido a una casta o, peor aún, a la esclavitud, y no precisamente al enriquecimiento cultural de una civilización menos desarrollada.

Habíamos revisado antiguos informes y encontrado varios planetas habitados, aunque las razas humanoides eran escasas y solo una cumplía con los parámetros establecidos. Los datos más recientes que teníamos sobre ellos tenían unos doscientos años de antigüedad, pero eso no era un problema: la evolución de los humanoides suele caminar más que correr. Por lo tanto, no podían haber avanzado demasiado.

—¿Se dan cuenta de lo miserable que resulta presentarse ante alguien como un dios? Entrar en los sistemas religiosos ajenos siempre es arriesgado —dijo Ema con amargura.

—Hemos recibido una misión y la cumpliremos —respondió Konstantin con firmeza—. ¿Tienes una idea mejor? ¿La tiene alguien?

Recorrió nuevamente la sala con la mirada. Por supuesto, todos guardaron silencio, aunque quizá algunos sí la tenían.

—No. Nosotros cuatro descenderemos en el transbordador auxiliar dentro de una hora. Durante mi ausencia, Aldo quedará al mando, como establece el protocolo.

Aldo era el primer oficial, un hombre enérgico que siempre estaba dispuesto a ayudar o a cubrir cualquier necesidad.

Ema levantó la vista. Pareció que iba a decir algo, pero finalmente desistió.

Mientras tanto, Maja ya estaba concentrada en una serie de cálculos que su Eco proyectaba en una pantalla holográfica frente a ella. A pesar de su aspecto imponente, era una persona extraordinariamente práctica y eficiente. Y, a diferencia de Ema, rara vez cuestionaba las tareas que le asignaban.

Poco después los cuatro estábamos en el transbordador, descendiendo hacia una órbita baja alrededor del planeta.

Solo había un continente, extendido parcialmente por el hemisferio norte y parcialmente por el sur.

Los datos disponibles procedían de los tiempos anteriores a la guerra. En aquella época, la humanidad había comenzado a utilizar túneles espaciotemporales en busca de nuevas rutas comerciales y, de paso, de alguna posible colonia. Los resultados no habían sido especialmente impresionantes, al menos no los que esperábamos. O tal vez estábamos demasiado ocupados con otros asuntos.

Fuera como fuese, hacía mucho tiempo que habíamos dejado de buscar especies afines, y por eso esta misión representaba una novedad para nuestra época.

Lo que apareció bajo nosotros me impresionó profundamente.

Acabábamos de abandonar el lado nocturno del planeta y entrábamos en la luz rojiza del amanecer. El cielo estaba cubierto por todas las tonalidades imaginables de rosa, naranja y rojo, reflejadas en una danza salvaje sobre las olas del océano.

En la frontera entre la noche y la aurora, el agua era oscura, azul negruzca, casi violeta, semejante a metal fundido bajo un cielo color ópalo.

A medida que la luz aumentaba, el océano adquiría tonos de bronce y finalmente el naranja intenso del fuego. Incluso Konstantin quedó momentáneamente sin palabras ante aquel espectáculo. Para quienes proveníamos de un mundo predominantemente azul y verde, aquel paisaje resultaba casi irreal. A diferencia del océano, el continente parecía una enorme alfombra rojiza y parda, aunque aquí y allá emergían manchas de vegetación verde, como islas dispersas.

—Las plantas han desarrollado pigmentos capaces de absorber mejor las longitudes de onda rojas e infrarrojas —explicó Ema—. Las zonas verdes son lugares donde las condiciones se parecen más a las terrestres o donde la intensidad de la luz es mayor.

—Tenemos coordenadas para descender cerca de donde estuvo nuestra antigua base de investigación, en una de esas elevaciones verdes. Lo extraño es que la estrella es más antigua que nuestro Sol y, sin embargo, la civilización se encuentra en un nivel inferior de desarrollo.

Todavía orbitábamos el planeta a baja altura.

—¿Quién dijo que todas las civilizaciones deban desarrollarse del mismo modo y al mismo ritmo? —pregunté—. La historia de la Tierra está llena de debates semejantes. Y muchas veces terminaron mal cuando los supuestamente civilizados fueron a civilizar a otros.

Era una de mis cuestiones favoritas.

—Ahora no tenemos tiempo para esas discusiones —intervino Maja con impaciencia.

No era la primera vez que interrumpía una de mis reflexiones en voz alta. Aquel magnífico cuerpo albergaba una mente excesivamente racional.

—Muy bien, bajemos —ordenó Konstantin.

Maja comenzó a introducir los datos necesarios para mantener el transbordador en una órbita estable.

—¿Y qué harán una vez allí abajo? —preguntó Ema.

Konstantin se volvió hacia ella, luego nos miró a Maja y a mí.

—Actuaremos según las circunstancias. ¿Todos entienden en qué nos estamos metiendo? ¿O no?

Esta vez nadie respondió.

—Bien. De acuerdo con nuestro plan inicial de presentarnos como seres superiores, activaremos un puente Einstein-Rosen temporal. El efecto debería ser impresionante. Nuestro descenso puede tener espectadores o no, pero más vale estar preparados para el primer contacto.

Yo conocía el efecto al que se refería para nuestra presentación. No era una mala idea. Una columna vibrante de energía atravesaría la atmósfera como la espada Excalibur y nos conduciría hasta la superficie.

—Lleven sus mochilas con el equipo imprescindible. Sujétenlas bien a la espalda —añadió Konstantin.

Y así descendimos, deslizándonos por un arco de luz que unía nuestro crucero con una de las elevaciones verdes situadas bajo nosotros, atravesando el resplandeciente cielo color ópalo. Visto desde abajo, debía de ser un espectáculo extraordinario.

No sé qué esperaban Konstantin y Maja de aquel descenso digno de admiración, pero yo, lo admito, había imaginado rostros asombrados, exclamaciones, adoradores locales arrojándose al suelo y cosas por el estilo, mientras nosotros tres emergíamos de la luz como dioses de Valhalla o del Olimpo.

Por supuesto, nada de eso ocurrió.

Era aproximadamente el mediodía. Sobre nosotros brillaba un sol rojo en un cielo color durazno, atravesado por reflejos violetas y anaranjados que se transformaban en un púrpura apagado hacia el horizonte.

Abajo se extendía una inmensa selva primigenia de tonos rojizos y pardos que parecía estar ardiendo. La luz teñía todo de rojo, incluso la cima de la colina cubierta de vegetación verde donde nos encontrábamos.

Y también una decena de construcciones modulares situadas justo bajo las copas de los árboles.

Observé con estupor lo que tenía delante.

Por fin comprendí que aquellos módulos eran idénticos a los que se habían utilizado siglos atrás en nuestras estaciones de investigación. Había visto hologramas de las expediciones científicas enviadas por la humanidad a distintos rincones de la galaxia antes de la gran guerra. Había alguien dentro de aquellas estructuras. Hasta nosotros llegaban risas y brindis ruidosos. Se estaba celebrando algo. Nos miramos con incredulidad. Lo último que esperábamos encontrar en aquel planeta era una fiesta de estilo terrestre.

En ese momento, la puerta de uno de los módulos se abrió y un hombre alto y rubio salió tambaleándose al claro.

—¡Eh, eh! —gritó hacia alguien que estaba detrás de él. Llevaba una botella en la mano. Luego se volvió hacia nosotros. Nos observó boquiabierto—. ¡Eh! ¡Eh! —volvió a gritar. Añadió algo casi ininteligible y corrió de nuevo hacia el interior. Un instante después reapareció acompañado por otros dos hombres. Los tres sostenían algún tipo de pistola láser. Era un modelo antiguo, pero seguramente todavía eficaz.

—Algo no está bien —dijo Konstantin frunciendo el ceño mientras su mano descendía hacia el cinturón para sacar una pistola similar, aunque mucho más moderna.

—Espera —dijimos Maja y yo al mismo tiempo.

Entonces la realidad a nuestro alrededor titiló.

Los colores comenzaron a fundirse unos con otros, como si la selva rojiza hubiera crecido de repente y se hubiera derramado sobre el verde de la colina, mezclándose luego con el cielo color ópalo que se extendía sobre nuestras cabezas.

Era como si un pintor invisible hubiera mezclado todos los colores y nos hubiera arrastrado hacia un océano creado exclusivamente para él.

Por un instante tuve la sensación de que aquel mar de colores penetraba en mis ojos y en mis pulmones, como si intentara ahogarme. El miedo apareció y desapareció de inmediato. Un relámpago del familiar arco luminoso dividió aquel océano en dos. Y al instante siguiente estábamos de nuevo en la nave.

—Los traje de regreso porque me pareció urgente —dijo Ema.

Estaba sentada frente a las consolas, completamente concentrada junto a su Eco. En uno de los hologramas podía verse el rostro preocupado de Aldo.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Konstantin.

Todavía tenía la mano sobre la empuñadura de su pistola láser. La retiró lentamente, abrió y cerró los dedos enguantados y finalmente se quitó los guantes.

—Una fluctuación cuántica —dijo Maja antes de que nadie más pudiera hablar.

—Exactamente —asintió Aldo—. Sabemos que puede ocurrir con este tipo de puente espaciotemporal, pero es extremadamente raro. El cuello del canal colapsa y puede provocar desviaciones imprevisibles. Creo que hemos tenido suerte. Han conseguido regresar.

—El error es nuestro. Deberíamos haber tenido en cuenta esa posibilidad. O al menos haber comprendido de inmediato lo que estaba ocurriendo —dijo Ema.

Todos sabíamos que estaba inmersa en uno de sus habituales procesos de feroz autocrítica.

Había sido Maja, y no ella, quien había identificado la fluctuación cuántica.

—Creo que terminamos en el pasado —dije, decidido a cambiar el tema.

Yo también seguía estremecido por lo que podría haber sucedido, pero Konstantin tenía razón: ninguno de nosotros podía haber previsto aquello. Todos me miraron.

—Por favor, no empieces otra vez con tus teorías —dijo Maja levantando la vista.

Hasta entonces había estado realizando cálculos junto a su Eco sin prestarnos atención.

—Mi formación es más amplia que la tuya. Sé algo de historia —respondí con ironía.

Me arrepentí en el acto. Todos estábamos nerviosos.

—Paz —intervino Konstantin de pronto.

Volvía a ser el de siempre. Nos observó uno por uno.

—Estamos en una misión peligrosa y no sabemos si lograremos completarla con éxito. Tendremos que improvisar. Y colaborar.

Se quedó pensativo unos instantes.

—Aquel hombre de abajo dijo algo en intra-lengua, pero no lo entendí. —Se dirigía a mí.

—Así es. Una de las antiguas variantes de la intra-lengua, la que se utilizaba cuando las tripulaciones estaban formadas por personas de distintas nacionalidades y era necesario comunicarse de alguna manera.

Aquello ocurrió antes del establecimiento del gobierno mundial y de la lengua universal, que vino acompañada de la ilusión de que la humanidad había dejado atrás las guerras, la sed de poder y los conflictos.

—Me pareció que dijo algo como: “¿Quién demonioses son estos?”

—¿Cómo es posible? —preguntó Maja, desconcertada—. ¿Quiénes eran esas personas? ¿No se suponía que debíamos presentarnos como dioses ante una civilización de la Edad del Bronce?

—La intra-lengua dejó de utilizarse hace unos doscientos años —respondí—. ¿La misión de investigación?

—Pensé exactamente lo mismo —asintió Konstantin—. Nuestra expedición científica estuvo aquí hace unos doscientos años y la fluctuación cuántica nos arrojó al momento en que todavía permanecían en el planeta.

—Y, afortunadamente, no podemos repetir el fenómeno aunque quisiéramos —intervino Maja—. Ya calculé las probabilidades y les envié los datos a sus Ecos.

Durante unos momentos todos examinamos sus cálculos. Tenía razón. La posibilidad de que algo semejante volviera a ocurrir era tan pequeña que podía ignorarse.

—Entonces... —pregunté.

—Entonces —respondió Konstantin— volveremos a descender. Esta vez, con total seguridad, en nuestro propio tiempo. Y continuaremos exactamente donde nos quedamos.

—¿Otra vez en el papel de dioses? ¿Con efectos luminosos y todo lo demás? —pregunté.

Konstantin guardó silencio unos segundos.

—No. Esta vez sin ningún circo.

Y pocos minutos después nos encontrábamos nuevamente sobre la misma elevación que habíamos abandonado menos de una hora antes. Y otra vez nos quedamos sin palabras. Pero por motivos completamente distintos. Ahora todo era diferente. Nubes multicolores ocultaban parcialmente el sol. Llovía. Las gotas reflejaban la luz y todo parecía teñido de rojo y oro. Pequeños arroyos dorados descendían por una colina casi desnuda, ahora rodeada en parte por gruesos troncos verticales clavados en el suelo. Formaban una especie de empalizada, una pequeña fortaleza, detrás de la cual se alzaban una decena de viviendas dispersas, algunas grandes y otras pequeñas. La lluvia rojo-dorada caía alegremente sobre casas, techos y cercas. O mejor dicho, sobre lo que quedaba de ellas. Las casas estaban dañadas. La empalizada había sido derribada en un sector. Y en varios puntos, pese a la lluvia, todavía se elevaban columnas de humo. Olía a ceniza, a bosque y a carne quemada. La selva roja, bañada por la lluvia, resplandecía bajo la colina verde como si reflejara el propio sol. Todo resultaba hermoso, insensato y peligroso al mismo tiempo.

—Esto no me gusta nada —dijo lentamente Konstantin.

—Hay alguien aquí —advirtió Maja señalando los sensores termocinéticos de su traje.

Se oyó un ruido. De una de las casas salió un hombre bajo y ya entrado en años. Llevaba una especie de arma primitiva que mi Eco identificó como arco y flechas. La dejó lentamente en el suelo y levantó las manos mostrando las palmas para indicar que estaba desarmado. La lluvia le pegaba el cabello a la cabeza y una de sus mangas estaba empapada de sangre. Vestía una túnica de tejido basto, pantalones y botas de cuero. Parecía haber estado revolcándose en el barro hasta hacía apenas unos minutos.

Los tres dimos un paso atrás al mismo tiempo. Konstantin levantó una mano indicándole que permaneciera donde estaba. En la otra sostenía una pistola láser. Maja tenía otra igual. Ni siquiera me había dado cuenta de cuándo las habían sacado. La mía seguía en el cinturón.

La situación era extraña, pero no me parecía que estuviéramos en peligro inmediato. El hombre comenzó a hablar. Parpadeaba bajo la lluvia. Levantaba los brazos, gesticulaba, explicaba algo.

Maja recurrió a su Eco, pero tanto Konstantin como yo ya habíamos reconocido aquella lengua. Era la misma variante de la intra-lengua que habíamos escuchado durante nuestro primer descenso. Mientras tanto, otras cabezas comenzaron a asomarse desde la casa de la que había salido el hombre. Poco a poco aparecieron más personas. Figuras desaliñadas y cubiertas de suciedad emergían de refugios improvisados. Se oían susurros, murmullos, exclamaciones contenidas. Hombres y mujeres abandonaban las viviendas de madera o espiaban desde puertas y ventanas medio destruidas. Detrás de los adultos aparecieron varios niños. Los adultos portaban armas. Mi Eco identificó algunos largos bastones como atlatls, antiguos lanzadardos compuestos por una empuñadura, un gancho y una lanza ligera. También había arcos, flechas, cuchillos y espadas. Intra-lengua y armas primitivas. No sabía qué pensar.

Poco a poco cesó el murmullo.

Entonces, uno tras otro, comenzaron a acercarse y a depositar sus armas delante de nosotros. Hablaron todos a la vez. Se interrumpían mutuamente. Intentaban explicarnos algo. En cierto momento, uno de los ancianos rompió a llorar. Una mujer cayó de rodillas.

Ahí estaba, pensé. Por fin alguien se arrodillaba. Era evidente que se encontraban en una situación desesperada.

—He comparado sus rasgos faciales —informó Ema desde la nave—. No pueden ser habitantes autóctonos. Pertenecen a nuestro propio linaje genético. Son, con toda seguridad, descendientes del primer grupo de exploradores con el que se encontraron durante el descenso anterior.

—Y así termina la historia de los humanoides de la Edad del Bronce ante los que debíamos presentarnos como dioses —comenté.

El hombre que nos había hablado primero volvió a tomar la palabra. La lluvia rojo-dorada seguía cayendo. El agua corría por su manga mezclándose con la sangre. Mi Eco traducía fragmentos. Comprendía algunas cosas y otras no. Mi atención estaba dispersa entre los rostros que nos observaban, el color de la lluvia, de las nubes y del cielo. Las gotas parecían por momentos pequeñas chispas de fuego deslizándose por cabellos y rostros.

—Cuando logremos comprender toda la historia, sospecho que no nos gustará demasiado —dijo finalmente Konstantin—. Según lo que han contado hasta ahora, llegaron a ser unas quinientas personas. Ahora quedan apenas cincuenta.

Guardó silencio unos instantes.

—La pregunta es: ¿qué ocurrió con los nativos? ¿Dónde están? ¿Qué hacen? Parece que fueron ellos quienes los atacaron.

Luego se volvió hacia Maja y hacia mí.

—Y creo que ya es hora de que nosotros también digamos algo.

Solo entonces advertí que hasta ese momento nos habíamos limitado a escuchar y observar.

—Primero pongámonos a cubierto de la lluvia. Veo allí una estructura que puede servirnos de refugio. Después intentaremos averiguar qué está ocurriendo.

De repente, el hombre que había estado hablando lanzó un grito. Todo se transformó en caos. Cada uno recuperó su arma y corrió hacia las casas. Varios venablos se clavaron en el suelo a nuestro alrededor. No hubo tiempo para pensar. Corrimos tras el hombre, que se había refugiado en una vivienda. Se colocó junto a una ventana, tomó su arco y tensó una flecha. Un grupo de personas acababa de atravesar la sección destruida de la empalizada. Eran altos, de piel oscura, y sus intenciones resultaban evidentes. Una lluvia de flechas y lanzas comenzó a caer por todas partes.

—¿Los traigo de vuelta a la nave? —escuchamos la voz de Ema.

Jamás estaré completamente seguro de lo que ocurrió después. Pero tampoco olvidaré nunca la magnífica criatura que apareció entonces en la puerta de la casa donde nos refugiábamos. Bajo una sencilla túnica de tela, su piel brillaba como el cobre. Alto, de movimientos fluidos, con largos músculos que parecían danzar bajo la piel a cada paso, realmente daba la impresión de ser una antigua divinidad. Llevaba brazaletes de un metal reluciente en brazos y piernas. Su cabello estaba recogido en lo alto de la cabeza. Sus ojos, grandes y muy separados, eran oscuros, casi violetas. Serenos. Inteligentes. Nos observó con detenimiento y luego dirigió la mirada hacia el capitán. Empuñaba una hoja ancha, más parecida a un sable que a una espada. Konstantin avanzó un par de pasos hacia él y se detuvo. Pensé que sacaría su pistola. Pensé que el hombre cobrizo blandiría su arma. No ocurrió ninguna de las dos cosas. Simplemente permanecieron allí, frente a frente, observándose. ¿Cuántos segundos? ¿Cuántos minutos? No lo sé. Finalmente, el hombre cobrizo se volvió, salió al exterior y levantó una mano. La batalla terminó de inmediato. Las flechas dejaron de caer. Las lanzas dejaron de volar. Todo quedó en silencio. Como si atacantes y defensores obedecieran una voluntad invisible y tranquila.

La magnífica figura se alejó con paso rápido a través del poblado. Y los atacantes desaparecieron con la misma repentina rapidez con la que habían aparecido. La lluvia también cesó.

Konstantin se volvió hacia nosotros. Parpadeó varias veces, como si no pudiera vernos. Luego miró a su alrededor, desconcertado, como si intentara recordar dónde estaba. En la casa donde nos habíamos refugiado encontré una cocina con una mesa y varias sillas. Ahora estaba sentado en una de ellas, examinando, suturando y tratando las heridas que podía. Mientras tanto, Konstantin se había sentado con el hombre que nos había recibido primero y, ayudado por el Eco y por la antigua intra-lengua, intentaba desenredar su historia. El hombre se llamaba Mart'in, una evidente evolución de algún antiguo nombre terrestre. Ahora nos encontrábamos nuevamente a bordo, en órbita alrededor del planeta. Esta vez, los cinco estábamos reunidos: el capitán, Maja, Ema, Aldo y yo. Aldo había sido convocado físicamente a aquella reunión extraordinaria.

—Increíble —dijo, rascándose la cabeza, un gesto habitual cuando estaba confundido—. Los descendientes de una misión científica han sobrevivido durante doscientos años rodeados por una población local menos desarrollada.

—Nosotros aparecimos durante los primeros tiempos de su estancia en el planeta y les dimos una idea de cómo relacionarse con los habitantes locales. Efectos luminosos, pequeños milagros y demás. Lo suficiente para que los nativos los consideraran dioses y les proporcionaran lo que necesitaban. Les gustó. Después de todo, no está nada mal ser un dios, y el planeta parecía prometedor...

—Les gustó, ¿eh? —no pude evitar interrumpir.

—Prolongaron su estancia —continuó Konstantin sin prestar atención a mi comentario—. Luego la situación se les fue de las manos. Sus instrumentos comenzaron a averiarse. Ya no pudieron utilizar el puente espaciotemporal y se convirtieron en una isla perdida en medio del océano. Mientras tanto, en la Tierra, las cosas empezaron a empeorar y la misión fue olvidada. Y ahora me temo que no fue la única. Para sobrevivir comenzaron a retroceder tecnológicamente, mientras la población local avanzaba. Ellos iban hacia atrás; los nativos, hacia adelante. Su relación atravesó distintas etapas. Después de un período inicial de adoración, los habitantes locales empezaron a evitarlos. Digamos que ambas comunidades permanecieron separadas durante mucho tiempo.

—Y luego comenzaron los ataques —añadí—. Probablemente terminaron percibiéndolos como un organismo percibe un virus y trataron de erradicarlos.

—Mart'in dice que los ataques se intensificaron en los últimos años porque su grupo se volvió cada vez más débil. Además, los habitantes locales parecen haber desarrollado técnicas psíquicas que desconocemos. Si no hubiéramos llegado, probablemente los supervivientes habrían desaparecido muy pronto.

En un momento conseguí hablar a solas con el capitán.

—¿Qué ocurrió mientras estaban allí mirándose? —pregunté rápidamente.

—Me dijo que los recogiera y los llevara a casa —respondió Konstantin.

—¿Eso fue todo?

—No. Se comunican telepáticamente.

—Ah.

De inmediato comprendí por qué había preferido no mencionarlo delante de los demás.

—También dijo que los miembros de la misión nunca llegaron a vincularse con los colores. Sea lo que sea que eso signifique. No estoy seguro de incluirlo en el informe.

Me observó con atención.

—Creo que deberías hacerlo —respondí—. Tal vez nos ayude a ver las cosas de otra manera.

—¿Volvemos a bajar para recoger a los nativos? —preguntó Ema algún tiempo después.

—No —respondió Konstantin con calma.

Todos lo miramos.

—¿Y nuestra misión? —insistió Ema, con un tono cercano a la histeria—. ¿Traer varios miles de nuevos humanoides a la Tierra?

La observé con interés profesional. ¿No había sido precisamente ella quien más había criticado aquella misión? ¿O quizá esperaba algún ascenso que ahora podía verse comprometido?

—No me parece una buena idea —dijo Konstantin recorriéndonos con la mirada—. No creo que la población local se sintiera cómoda entre nosotros. Ni nosotros entre ellos. Dejémoslos seguir su propio camino, sea cual sea. Todos tienen derecho a sus ascensos y a sus caídas. Tanto los individuos como las civilizaciones.

—Me lavo las manos respecto de lo que acabas de decir —declaró Ema, apretando los labios.

—No te preocupes, asumiré toda la responsabilidad —replicó Konstantin.

Luego se volvió hacia el primer oficial.

—Aldo, regresa al puente de mando. Prepara un puente Einstein-Rosen temporal y recoge a todos los supervivientes de la misión para traerlos a bordo.

—Podríamos buscar el registro de las misiones perdidas dispersas por la galaxia e intentar devolverlas a casa —dije en voz alta mientras reflexionaba—. Quizá al final sumen unos cuantos miles de personas. Justo lo que necesitamos.

—Por una vez has dicho algo inteligente —comentó Maja mirándome—. Aunque Ema también tiene razón: la misión ha fracasado.

Era la primera vez, al menos que yo recordara, que ambas coincidían en algo.

—En realidad no ha fracasado —dijo Konstantin—. Era una hipótesis que hemos comprobado sobre el terreno y descartado.

Se encogió de hombros.

—Seguimos adelante.

Lo observé con interés. Aquello suponía un cambio bienvenido en alguien a quien siempre había considerado un hombre capaz únicamente de recibir y dar órdenes. Maja me sonrió. Y empecé a esperar que aquella noche —dondequiera que pudiéramos considerar que estaba la noche— no durmiera solo.

Ema, por supuesto, lo advirtió todo y nos lanzó una mirada de absoluto desprecio.

En resumen, las cosas comenzaban a volver a la normalidad.

Regresamos en el transbordador a nuestro crucero principal, describiendo un arco bajo el cielo color ópalo y el resplandor de aquel sol rojo. Era tan hermoso como inquietante. ¿Quién sabía qué clase de civilización había surgido bajo aquella estrella? Konstantin tenía razón. Ni nosotros éramos adecuados para ellos, ni ellos para nosotros.

—Comencemos de inmediato los preparativos para el regreso —ordenó Konstantin una vez de vuelta en la nave principal.

La tripulación ocupó sus puestos y comenzaron las verificaciones habituales previas al salto. Fui a ver a nuestros invitados para prepararlos para el primer salto espaciotemporal de sus vidas. Ya habían sido bañados, desinfectados, alimentados y vestidos con sencillos monos blancos. Parecían animados. Supongo que algo parecido a los antiguos emigrantes cuando regresaban a la patria de sus antepasados. Todavía no les habíamos contado todo lo que había ocurrido en la Tierra desde que sus ancestros la abandonaron. Primero debían superar el tránsito. Cuando estuviéramos cerca de casa, habría tiempo para lo demás. La nave comenzó a alejarse de la estrella. El rojo se fue apagando hasta convertirse en naranja, como una brasa que muere lentamente en la noche. La geisha cerraba ahora su abanico con elegancia y lentitud. El planeta parecía una oscura semiesfera envuelta por un manto rosado y gris formado por el océano. Y poco a poco se fue hundiendo en el recuerdo. El espacio delante de nosotros vibró. Luego se tensó. Las estrellas se estiraron en largas cintas luminosas que el vacío parecía absorber. La enana roja desapareció primero. Cerré los ojos, pero seguía viendo destellos violetas y blancos lechosos. Tuve la sensación de que algo me transportaba, aunque permanecía inmóvil. Era el reflejo de un universo que se extendía más allá del horizonte de nuestra comprensión. Y por más que lo perforáramos, lo diseccionáramos y lo analizáramos, seguía siendo tan misterioso para nosotros como lo había sido para Adán y Eva. Pensé en nuestra superioridad tecnológica. Ante aquel hombre de la Edad del Bronce se había derretido y desvanecido. Nos había demostrado que, antes de volver a internarnos entre las galaxias, debíamos sacudirnos el peso de nuestros prejuicios heredados.

Y entonces, de pronto, llegó el regreso al espacio normal.

Una explosión de luz blanca y azul, demasiado intensa después del ardiente rojo del sol que habíamos dejado atrás. Las cintas de seda luminosa se enrollaron hasta convertirse nuevamente en pequeños y brillantes ovillos de estrellas. Todos buscamos con la mirada el Sol. Nuestro cálido faro amarillo. Estábamos en casa.

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosque, Pasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.

 

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