lunes, 29 de junio de 2026

CITA EN LA CALLE INDEPENDENCIA

Juan Pablo Goñi Capurro

 

El comisario Constantini ingresó en sus dominios con un semblante que pronosticaba tormentas. Quienes lo advirtieron, desaparecieron; la mujer de la mesa de entradas no pudo hacerlo, obligada por su puesto. Sus tímidos buenos días recibieron una orden como respuesta.

—Traeme un vaso de agua.

La agente dirigió una mirada a la centralita.

—Yo me encargo del teléfono —aseguró el comisario, y se llevó una mano a la frente.

El inconveniente dolor de cabeza del comisario provocó que fuera él quien atendiera la llamada, mientras extraía dos pastillas blancas de un blíster. Habló con una mujer; más bien, intercaló alguna palabra en el discurso airado.

—El olor es imposible, tres días que llamamos, no menos de seis veces llamamos, ¿por qué no se fijan lo que pasa, porque no tenemos plata?

A un hombre salido de los sótanos de la sociedad como Constantini pocas cosas lo enojaban más que ser acusado de favorecer al poder. Apenas la mujer colgó, se metió las pastillas en la boca e intentó tragarlas. Las pastillas se empeñaron en negarse a pasar por su garganta pero no se distrajo; estudió el libro de llamadas y sí, había seis denuncias sobre el domicilio Independencia 715.

El vaso de agua llegó y el comisario pudo introducir las aspirinas en su organismo. Pidió la lista de partes de los últimos tres días, sin moverse del mostrador. Cerró los ojos, inútil recurso que no aceleró los efectos de los calmantes. Recibió los papeles y comenzó a pasarlos con los dedos, deteniéndose en las direcciones. Constató que las seis veces las patrullas habían acudido al domicilio; los partes eran similares. La ausencia de signos sospechosos de la comisión de un delito los hizo retirarse.

El comisario revisó los participantes en los procedimientos. Ignoraba si estaban de turno, pero los quería ya mismo. Los llamó a los gritos. El dolor de cabeza se disparó con el esfuerzo.

Albina Serrandi dudó; el comisario tenía los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás. Los abrió en simultáneo con el puñetazo que descargó en el mostrador. Albina tembló.

—¿Se puede saber qué es esto, ni siquiera tocaron el timbre?

Albina se atragantó; la enorme cabeza del comisario enrojecida, sus gruesas manos apretando un papel, la impresionaron como si estuviera ante un gigante muñido de un garrote. El comisario dejó el parte arrugado sobre el mostrador.

—Pero... comisario... esa es la casa embrujada.

Algunas cabezas asomaron de sus escondites; el inusual silencio en el edificio les había permitido oír los gritos destemplados. Entre ellos, el compañero de patrullaje de la Serrandi

Constantini demoró la respuesta; a su derecha, la telefonista escondía la cara en el libro de registro. Delante de él, Albina, cabeza gacha, contraía sus músculos en un esfuerzo por no orinarse.

—¿Casa embrujada, ¿casa embrujada dijo, oficial Serrandi?

—Sí señor. Usted no es de aquí pero todos en la ciudad saben que esa casa está embrujada.

—¡Casa embrujada, las pelotas! —bramó el comisario.

Las lágrimas derrotaron su timidez y escaparon de los párpados de Albina, en simultáneo con la orina que inició el trazado de una mancha oscura sobre sus pantalones azules. Constantini alzó la trampa del mostrador y la dejó caer tras su paso, el estrépito ahuyentó a los curiosos. Caminó hacia la salida seguido por la mirada de la telefonista.

El comisario abandonó el edificio, un suspiro colectivo aflojó la tensión y hasta las caras de los retratos enmarcados mostraron alivio. Albina Serrandi corrió, empujó a los compañeros que se interponían y se encerró en el baño, a llorar a sus anchas. Hubo movimientos, conversaciones y rostros temerosos. Una pregunta se repitió en los ambientes de la comisaría, ¿hacia dónde se había marchado el comisario?

 

Dos segundos efectivos tuvo la visita del comisario a la casa de la calle Independencia; tres minutos le había tomado forzar la puerta de madera con una barreta; seis minutos estuvo contemplando la casa antes de decidirse a hacerlo. Seis minutos invertidos en aceptar que esa anodina edificación desmejorada fuera la supuesta casa embrujada; esperaba una mansión de varias plantas, con torres y tejados. Tres minutos consumidos en bajar, oler, abrir el baúl y ejercer presión contra la cerradura. Dos segundos para ver el cuerpo descompuesto, con un astillón de madera hundido en el pecho.

La rapidez evitó que las náuseas fueran intensas; observado por los vecinos apostados en las veredas contiguas, Constantini tomó la radio y citó a todo el mundo, desde peritos a médico forense, incluyendo efectivos para custodia y fotógrafos. Movió el coche cincuenta metros para que no tomara olor; la casa hedía como una porqueriza. Regresó, espantando a dos adolescentes que estaban a punto de meterse en la casa; habían pensado que el taciturno hombre de camisa oscura se marchaba. Con un pañuelo a mano, estudió la zona.

Vio casas modestas pero nuevas, alguna todavía en construcción. La del número 715 era la única rodeada por pasto, las restantes iban de medianera a medianera. Dispares pero con dimensiones similares al frente.

Satisfecho, Constantini se concentró en la que importaba. Baja, metida cuatro metros al interior, cercada por las viviendas contiguas y un paredón al fondo. La persiana delantera, cerrada, mostraba pintura descarada y herrumbre, pero no huellas de ruptura. Él mismo había constatado que la puerta del frente tenía llave puesta. Era necesario comprobar las demás aberturas.

Aunque el olor se intensificó, por más que el comisario escogió caminar casi pegado a las paredes vecinas, se encargó de hacer la revisión. Topó con tres persianas cerradas, deterioradas como la otra, y una enclenque puerta trasera. Cuidándose de los cardos espinosos, caminó hasta ella. Tomó el picaporte, empujó; la puerta resistió. No quiso violentarla, era innecesario. Volvió al sendero hollado por él mismo sobre pajas y otros yuyos para regresar a la vereda. Había dos patrullas detenidas.

El dolor de cabeza, anestesiado desde que llegara a la casa, resurgió con crudeza. Constantini dio un golpe al capó de la primera camioneta; bastó para que los uniformados de ambas dotaciones saltaran al piso y se cuadraran. El comisario dudó; había visto un cadáver pero podía haber más, era necesario recorrer el interior de la vivienda.

Los cuatro efectivos, ninguna mujer entre ellos, estaban formados en la vereda, actitud insólita en ellos. Enviarlos al interior solo provocaría el deterioro de la escena del crimen; Constantini los colocó de custodia, con orden de impedir que se acercaran los vecinos. La camioneta de la científica dobló la esquina, el comisario podía dejarlos a cargo y liberarse. Echó un vistazo a los congregados en la vereda opuesta; adolescentes, infantes y unas diez mujeres. Había participado en tantos homicidios que ya no llevaba la cuenta, pero no había visto expresiones como las de esa gente; en sus pupilas había un miedo profundo al que la razón nunca llegaría.

Tras dar indicaciones a los peritos, Constantini cruzó la calle. Los pequeñines se colocaron detrás de sus madres, los adolescentes se apartaron. Las mujeres no se movieron, el comisario se preguntó con cuál de ellas había hablado; sostuvieron su escrutadora mirada, desafiantes casi. Constantini, tras cerrar los ojos unos segundos, empezó a preguntar. Obtuvo respuestas en cantidad, sin que una sola le diera una pista sobre el crimen; en esos últimos días nadie había visto algo diferente a los trastornos padecidos por años. Las menciones a ruidos fuertes, golpes continuos, risas fantasmagóricas y alaridos incesantes, explicaron el mote de «casa embrujada». Recogió un dato importante: nadie vivía allí. Las otras palabras fueron destinadas a la policía, a su inacción y a la indefensión del barrio.

Constantini se retiró convencido de una sola cosa; la actitud de la gente hacia la casa la convertía en un sitio ideal para eliminar a una persona. Apenas oscurecía, los vecinos cerraban las persianas y no salían. La cuadra no contaba con alumbrado, más garantías para un intruso. Durante el día, la gente cruzaba de vereda para no pasar delante de ella. Nadie recordó haber visto las ventanas o la puerta de calle abierta alguna vez. El comisario se vio impelido a involucrarse de lleno en la investigación; no podía confiar en sus subalternos cuando tantos elementos esotéricos hacían pensar que se hallaban ante uno de esos casos dignos de ser novelados.

Junto a su automóvil se reunió con la gente que salía de la casa, efectuadas las primeras diligencias. Todos se quitaron los barbijos recién al llegar junto a él. Recogió información oral, ya habría tiempo de leer las pericias. Detectó que una joven policía —habían llegado tres patrullas más— bebía agua mineral; le solicitó la botella e ingirió otras dos aspirinas.

El forense no pudo darle fecha exacta del deceso, pero estimó que, al menos, había sido una semana atrás; creía evidente que había muerto asesinado con la estaca, pero le daría más precisiones en la autopsia. Concordaba con el llamado, tres días de olor insoportable, pero chocaba con los testimonios que referían lamentos y golpes la misma noche anterior. «Sugestión», apostó, y revisó las fotos tomadas por Clausen. Pasó rápido las del cuerpo, tendido de espaldas en el centro de una sala sencilla. « Al menos, es un solo cadáver», se dijo. Había tomas del resto de la casa; pocas cosas en las dos habitaciones, colchones desnudos, muebles vacíos. En el baño, pese al evidente desuso, no había rastros de orín ni huellas de humedad.

Los peritos agregaron otro dato extraño; en toda la casa no habían hallado una sola huella, las del cadáver estaban borradas. Ni en el piso ni en los muebles había polvo acumulado, tampoco rastros del uso de cloro, detergente u otros productos de limpieza. Tampoco hallaron documentos del muerto, llevaba puesto un reloj muñeca, un anillo con una calavera y una cadenilla de la que colgaba una cruz. «Incoherente», agregó la vivaz informante.

Constantini sintió que la cefalea reanudaba sus ataques. Sus ojos buscaron una víctima propicia; dieron con el teniente Pescini. Lo llamó y le ordenó hacerse cargo de las tareas restantes; precintar la casa cuando acabaran las diligencias, interrogar al vecindario y dejar una pareja como custodia, algo le decía que no bastarían las cintas plásticas para impedir el ingreso a quien quisiera meterse. El teniente marchó, dos enfermeros cargaban una camilla, trasladando el cuerpo en una bolsa negra. El comisario pensó que había demasiada gente allí; sacudió su cabeza y subió al coche, que el teniente se hiciera cargo. Bastante tenía con revisar y dar vistos a los papeles acumulados en su escritorio.

 

Tres días más tarde, viernes, el comisario recorría los pasillos tomándose el vientre; la cena de la víspera le había caído mal. Sospechaba que el asado había sido menos culpable que las indirectas lanzadas por el intendente. Hubo en ellas un subtexto que el hábil Constantini captó de inmediato; el jefe comunal evaluaba pedir un sustituto si no se resolvía el crimen de la casa embrujada antes que trascendiera las comidillas de la ciudad. Asumió el comisario que había detalles para exacerbar el morbo, actividad favorita de la prensa policial; ruidos y gritos, cadáver sin identificar, la inexplicable limpieza absoluta de una casa abandonada, más los condimentos que agregarían con gustos los vecinos ante las cámaras de televisión.

Las voces y un ruido que se negó a aceptar lo hicieron abrir la puerta de una sala; confirmó que el ruido provenía de un cubilete, en ese instante una joven arrojaba el dado sobre la mesa rodeada de efectivos. Las voces callaron al ver al jefe, el dado rodó hasta detenerse en un seis.

Los uniformados retrocedieron hasta las paredes, atropellando sillas en el camino. Constantini, cuya intención original fuera pedir un Sertal u algún otro compuesto que le aliviara el estómago, no atinó a hablar. La misma joven que arrojara el dado, Perla Borges, se atrevió a explicar.

—No es lo que parece, señor comisario, no estamos jugando por dinero o algo así. Estamos decidiendo quien hará la guardia esta noche en la casa encantada.

—¡Casa encantada las pelotas! —gritó el comisario.

La joven, viéndose perdida de todas formas, se atrevió a desafiarlo.

—De verdad, señor comisario, las dos noches que pasaron dividimos los turnos, todos escuchamos los gritos que venían de adentro.

El comisario imaginó el oído atento de un periodista escuchando ese comentario de una fuente policial; en horas tendrían a los medios nacionales frente a la casa. Él lo vería por televisión, en un pueblo perdido en el campo al que habría sido destinado.

—El juego se acabó, esta noche me encargo yo mismo.

 

A las veintidós, Constantini se estacionó delante de la casa. La calle, a oscuras y desierta. Noche sin luna. Unas hebras de luz escapaban de persianas y puertas de las viviendas de la cuadra. Se acomodó mejor, arrepentido por la decisión tomada; amanecería con un dolor de cintura insoportable. Se disponía a inclinar el asiento cuando escuchó voces lastimosas. A diferencia de sus subordinados, sacó el arma de la pistolera y bajó, dispuesto a acabar con el gracioso.

Al entrar, pulsó el interruptor; la luz se encendió. Constantini no se dio cuenta de la rareza; la luz encendía en una casa que llevaba años sin servicio eléctrico.

Sin detenerse a pensar, efectuó la misma operación en las habitaciones restantes. Nadie. Silencio total.

Regresó a la sala, quedaban huellas de sangre donde estuviera el cadáver. Creyó oír un ruido, giró y a punto estuvo de disparar a su imagen en el espejo. Maldijo, efectuó uno de sus habituales cierres de ojos y, al reabrirlos, encontró una frase escrita con vapor en la superficie del cristal.

 «¿Te habías olvidado de mí?».

El comisario dio un respingo. Desoyó el deseo de sus piernas y no se movió. La frase se borró y, delante mismo del comisario, letra por letra apareció otra.

«Jirafa, ¿de verdad no me recuerdas?»

Una sola persona en la vida lo había llamado jirafa. Esta vez fueron las piernas las que no obedecieron la orden de huir.

Constantini giró el tronco, apuntando a la nada.

—¡Marilina, estás muerta!

«Pero mi asesino sigue libre».

Constantini no consiguió despegar sus zapatos del piso. Quiso decirle que su asesino seguiría libre pero se sintió un idiota, planeando conversar con un vidrio.

«Me llevó años dar contigo y con Matute».

Matute Coria, no lo veía desde... El muerto tenía un anillo con una calavera, ¡Matute usaba uno! ¿Cómo no se había dado cuenta?

Retrocedió, arrastrando las suelas; no se percató, estaba donde cayera el muerto, los zapatos pisaban la sangre seca. Su mente rechazó lo que veía; Marilina Verlanga, la que quiso denunciar la violación perpetrada por los oficiales Constatini y Coria. La forzaron entre velas aromáticas y mandalas, habían acudido al consultorio astrológico para responder su llamada por un robo. Marilina, la médium trucha, la que no quiso callar.

«Hasta pronto Constantini»

Quiso decirle que faltaba la coma en la frase, pero se borró muy rápido. El comisario se vio a sí mismo en el espejo. Y vio la estaca de madera que se acercaba rauda a su pecho.

Juan Pablo Goñi Capurro es un escritor y actor argentino, radicado en la ciudad de Olavarría, nacido el 11 de octubre de 1966. Publicó: “Soltando la mano”, La Verónica Cartonera, España 2020; “El cadáver disfrazado”, Just Fiction, 2019; «Agosto», «Destino» y «Cabalgata» (Colección Breves), 2019; “La mano” y “A la vuelta del bar” 2017; “Bollos de papel” 2016; “La puerta de Sierras Bayas”, USA 2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera, 2015. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, 2002. Ha publicado más de quinientos trabajos en antologías y revistas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

BOOKFIX