Juan Pablo Goñi Capurro
El
comisario Constantini ingresó en sus dominios con un semblante que pronosticaba
tormentas. Quienes lo advirtieron, desaparecieron; la mujer de la mesa de
entradas no pudo hacerlo, obligada por su puesto. Sus tímidos buenos días
recibieron una orden como respuesta.
—Traeme
un vaso de agua.
La
agente dirigió una mirada a la centralita.
—Yo
me encargo del teléfono —aseguró el comisario, y se llevó una mano a la frente.
El
inconveniente dolor de cabeza del comisario provocó que fuera él quien
atendiera la llamada, mientras extraía dos pastillas blancas de un blíster.
Habló con una mujer; más bien, intercaló alguna palabra en el discurso airado.
—El
olor es imposible, tres días que llamamos, no menos de seis veces llamamos,
¿por qué no se fijan lo que pasa, porque no tenemos plata?
A
un hombre salido de los sótanos de la sociedad como Constantini pocas cosas lo
enojaban más que ser acusado de favorecer al poder. Apenas la mujer colgó, se
metió las pastillas en la boca e intentó tragarlas. Las pastillas se empeñaron
en negarse a pasar por su garganta pero no se distrajo; estudió el libro de
llamadas y sí, había seis denuncias sobre el domicilio Independencia 715.
El
vaso de agua llegó y el comisario pudo introducir las aspirinas en su
organismo. Pidió la lista de partes de los últimos tres días, sin moverse del
mostrador. Cerró los ojos, inútil recurso que no aceleró los efectos de los
calmantes. Recibió los papeles y comenzó a pasarlos con los dedos, deteniéndose
en las direcciones. Constató que las seis veces las patrullas habían acudido al
domicilio; los partes eran similares. La ausencia de signos sospechosos de la
comisión de un delito los hizo retirarse.
El
comisario revisó los participantes en los procedimientos. Ignoraba si estaban
de turno, pero los quería ya mismo. Los llamó a los gritos. El dolor de cabeza
se disparó con el esfuerzo.
Albina
Serrandi dudó; el comisario tenía los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás. Los
abrió en simultáneo con el puñetazo que descargó en el mostrador. Albina
tembló.
—¿Se
puede saber qué es esto, ni siquiera tocaron el timbre?
Albina
se atragantó; la enorme cabeza del comisario enrojecida, sus gruesas manos
apretando un papel, la impresionaron como si estuviera ante un gigante muñido
de un garrote. El comisario dejó el parte arrugado sobre el mostrador.
—Pero...
comisario... esa es la casa embrujada.
Algunas
cabezas asomaron de sus escondites; el inusual silencio en el edificio les
había permitido oír los gritos destemplados. Entre ellos, el compañero de
patrullaje de la Serrandi
Constantini
demoró la respuesta; a su derecha, la telefonista escondía la cara en el libro
de registro. Delante de él, Albina, cabeza gacha, contraía sus músculos en un
esfuerzo por no orinarse.
—¿Casa
embrujada, ¿casa embrujada dijo, oficial Serrandi?
—Sí
señor. Usted no es de aquí pero todos en la ciudad saben que esa casa está
embrujada.
—¡Casa
embrujada, las pelotas! —bramó el comisario.
Las
lágrimas derrotaron su timidez y escaparon de los párpados de Albina, en
simultáneo con la orina que inició el trazado de una mancha oscura sobre sus
pantalones azules. Constantini alzó la trampa del mostrador y la dejó caer tras
su paso, el estrépito ahuyentó a los curiosos. Caminó hacia la salida seguido
por la mirada de la telefonista.
El
comisario abandonó el edificio, un suspiro colectivo aflojó la tensión y hasta las
caras de los retratos enmarcados mostraron alivio. Albina Serrandi corrió,
empujó a los compañeros que se interponían y se encerró en el baño, a llorar a
sus anchas. Hubo movimientos, conversaciones y rostros temerosos. Una pregunta
se repitió en los ambientes de la comisaría, ¿hacia dónde se había marchado el
comisario?
Dos
segundos efectivos tuvo la visita del comisario a la casa de la calle
Independencia; tres minutos le había tomado forzar la puerta de madera con una
barreta; seis minutos estuvo contemplando la casa antes de decidirse a hacerlo.
Seis minutos invertidos en aceptar que esa anodina edificación desmejorada
fuera la supuesta casa embrujada; esperaba una mansión de varias plantas, con
torres y tejados. Tres minutos consumidos en bajar, oler, abrir el baúl y
ejercer presión contra la cerradura. Dos segundos para ver el cuerpo
descompuesto, con un astillón de madera hundido en el pecho.
La
rapidez evitó que las náuseas fueran intensas; observado por los vecinos
apostados en las veredas contiguas, Constantini tomó la radio y citó a todo el
mundo, desde peritos a médico forense, incluyendo efectivos para custodia y
fotógrafos. Movió el coche cincuenta metros para que no tomara olor; la casa
hedía como una porqueriza. Regresó, espantando a dos adolescentes que estaban a
punto de meterse en la casa; habían pensado que el taciturno hombre de camisa
oscura se marchaba. Con un pañuelo a mano, estudió la zona.
Vio
casas modestas pero nuevas, alguna todavía en construcción. La del número 715
era la única rodeada por pasto, las restantes iban de medianera a medianera.
Dispares pero con dimensiones similares al frente.
Satisfecho,
Constantini se concentró en la que importaba. Baja, metida cuatro metros al
interior, cercada por las viviendas contiguas y un paredón al fondo. La persiana
delantera, cerrada, mostraba pintura descarada y herrumbre, pero no huellas de
ruptura. Él mismo había constatado que la puerta del frente tenía llave puesta.
Era necesario comprobar las demás aberturas.
Aunque
el olor se intensificó, por más que el comisario escogió caminar casi pegado a
las paredes vecinas, se encargó de hacer la revisión. Topó con tres persianas
cerradas, deterioradas como la otra, y una enclenque puerta trasera. Cuidándose
de los cardos espinosos, caminó hasta ella. Tomó el picaporte, empujó; la
puerta resistió. No quiso violentarla, era innecesario. Volvió al sendero
hollado por él mismo sobre pajas y otros yuyos para regresar a la vereda. Había
dos patrullas detenidas.
El
dolor de cabeza, anestesiado desde que llegara a la casa, resurgió con crudeza.
Constantini dio un golpe al capó de la primera camioneta; bastó para que los
uniformados de ambas dotaciones saltaran al piso y se cuadraran. El comisario
dudó; había visto un cadáver pero podía haber más, era necesario recorrer el
interior de la vivienda.
Los
cuatro efectivos, ninguna mujer entre ellos, estaban formados en la vereda,
actitud insólita en ellos. Enviarlos al interior solo provocaría el deterioro
de la escena del crimen; Constantini los colocó de custodia, con orden de
impedir que se acercaran los vecinos. La camioneta de la científica dobló la
esquina, el comisario podía dejarlos a cargo y liberarse. Echó un vistazo a los
congregados en la vereda opuesta; adolescentes, infantes y unas diez mujeres. Había
participado en tantos homicidios que ya no llevaba la cuenta, pero no había
visto expresiones como las de esa gente; en sus pupilas había un miedo profundo
al que la razón nunca llegaría.
Tras
dar indicaciones a los peritos, Constantini cruzó la calle. Los pequeñines se
colocaron detrás de sus madres, los adolescentes se apartaron. Las mujeres no
se movieron, el comisario se preguntó con cuál de ellas había hablado;
sostuvieron su escrutadora mirada, desafiantes casi. Constantini, tras cerrar
los ojos unos segundos, empezó a preguntar. Obtuvo respuestas en cantidad, sin
que una sola le diera una pista sobre el crimen; en esos últimos días nadie
había visto algo diferente a los trastornos padecidos por años. Las menciones a
ruidos fuertes, golpes continuos, risas fantasmagóricas y alaridos incesantes,
explicaron el mote de «casa embrujada». Recogió un dato importante: nadie vivía
allí. Las otras palabras fueron destinadas a la policía, a su inacción y a la
indefensión del barrio.
Constantini
se retiró convencido de una sola cosa; la actitud de la gente hacia la casa la
convertía en un sitio ideal para eliminar a una persona. Apenas oscurecía, los
vecinos cerraban las persianas y no salían. La cuadra no contaba con alumbrado,
más garantías para un intruso. Durante el día, la gente cruzaba de vereda para
no pasar delante de ella. Nadie recordó haber visto las ventanas o la puerta de
calle abierta alguna vez. El comisario se vio impelido a involucrarse de lleno
en la investigación; no podía confiar en sus subalternos cuando tantos
elementos esotéricos hacían pensar que se hallaban ante uno de esos casos
dignos de ser novelados.
Junto
a su automóvil se reunió con la gente que salía de la casa, efectuadas las
primeras diligencias. Todos se quitaron los barbijos recién al llegar junto a
él. Recogió información oral, ya habría tiempo de leer las pericias. Detectó
que una joven policía —habían llegado tres patrullas más— bebía agua mineral;
le solicitó la botella e ingirió otras dos aspirinas.
El
forense no pudo darle fecha exacta del deceso, pero estimó que, al menos, había
sido una semana atrás; creía evidente que había muerto asesinado con la estaca,
pero le daría más precisiones en la autopsia. Concordaba con el llamado, tres
días de olor insoportable, pero chocaba con los testimonios que referían
lamentos y golpes la misma noche anterior. «Sugestión», apostó, y revisó las
fotos tomadas por Clausen. Pasó rápido las del cuerpo, tendido de espaldas en
el centro de una sala sencilla. « Al menos, es un solo cadáver», se dijo. Había
tomas del resto de la casa; pocas cosas en las dos habitaciones, colchones
desnudos, muebles vacíos. En el baño, pese al evidente desuso, no había rastros
de orín ni huellas de humedad.
Los
peritos agregaron otro dato extraño; en toda la casa no habían hallado una sola
huella, las del cadáver estaban borradas. Ni en el piso ni en los muebles había
polvo acumulado, tampoco rastros del uso de cloro, detergente u otros productos
de limpieza. Tampoco hallaron documentos del muerto, llevaba puesto un reloj
muñeca, un anillo con una calavera y una cadenilla de la que colgaba una cruz. «Incoherente»,
agregó la vivaz informante.
Constantini
sintió que la cefalea reanudaba sus ataques. Sus ojos buscaron una víctima
propicia; dieron con el teniente Pescini. Lo llamó y le ordenó hacerse cargo de
las tareas restantes; precintar la casa cuando acabaran las diligencias, interrogar
al vecindario y dejar una pareja como custodia, algo le decía que no bastarían
las cintas plásticas para impedir el ingreso a quien quisiera meterse. El
teniente marchó, dos enfermeros cargaban una camilla, trasladando el cuerpo en una
bolsa negra. El comisario pensó que había demasiada gente allí; sacudió su
cabeza y subió al coche, que el teniente se hiciera cargo. Bastante tenía con revisar
y dar vistos a los papeles acumulados en su escritorio.
Tres días
más tarde, viernes, el comisario recorría los pasillos tomándose el vientre; la
cena de la víspera le había caído mal. Sospechaba que el asado había sido menos
culpable que las indirectas lanzadas por el intendente. Hubo en ellas un
subtexto que el hábil Constantini captó de inmediato; el jefe comunal evaluaba
pedir un sustituto si no se resolvía el crimen de la casa embrujada antes que
trascendiera las comidillas de la ciudad. Asumió el comisario que había
detalles para exacerbar el morbo, actividad favorita de la prensa policial;
ruidos y gritos, cadáver sin identificar, la inexplicable limpieza absoluta de
una casa abandonada, más los condimentos que agregarían con gustos los vecinos
ante las cámaras de televisión.
Las
voces y un ruido que se negó a aceptar lo hicieron abrir la puerta de una sala;
confirmó que el ruido provenía de un cubilete, en ese instante una joven
arrojaba el dado sobre la mesa rodeada de efectivos. Las voces callaron al ver
al jefe, el dado rodó hasta detenerse en un seis.
Los
uniformados retrocedieron hasta las paredes, atropellando sillas en el camino. Constantini,
cuya intención original fuera pedir un Sertal u algún otro compuesto que le
aliviara el estómago, no atinó a hablar. La misma joven que arrojara el dado,
Perla Borges, se atrevió a explicar.
—No
es lo que parece, señor comisario, no estamos jugando por dinero o algo así.
Estamos decidiendo quien hará la guardia esta noche en la casa encantada.
—¡Casa
encantada las pelotas! —gritó el comisario.
La
joven, viéndose perdida de todas formas, se atrevió a desafiarlo.
—De
verdad, señor comisario, las dos noches que pasaron dividimos los turnos, todos
escuchamos los gritos que venían de adentro.
El
comisario imaginó el oído atento de un periodista escuchando ese comentario de
una fuente policial; en horas tendrían a los medios nacionales frente a la
casa. Él lo vería por televisión, en un pueblo perdido en el campo al que
habría sido destinado.
—El
juego se acabó, esta noche me encargo yo mismo.
A las veintidós,
Constantini se estacionó delante de la casa. La calle, a oscuras y desierta.
Noche sin luna. Unas hebras de luz escapaban de persianas y puertas de las viviendas
de la cuadra. Se acomodó mejor, arrepentido por la decisión tomada; amanecería
con un dolor de cintura insoportable. Se disponía a inclinar el asiento cuando
escuchó voces lastimosas. A diferencia de sus subordinados, sacó el arma de la
pistolera y bajó, dispuesto a acabar con el gracioso.
Al
entrar, pulsó el interruptor; la luz se encendió. Constantini no se dio cuenta
de la rareza; la luz encendía en una casa que llevaba años sin servicio
eléctrico.
Sin
detenerse a pensar, efectuó la misma operación en las habitaciones restantes.
Nadie. Silencio total.
Regresó
a la sala, quedaban huellas de sangre donde estuviera el cadáver. Creyó oír un
ruido, giró y a punto estuvo de disparar a su imagen en el espejo. Maldijo,
efectuó uno de sus habituales cierres de ojos y, al reabrirlos, encontró una
frase escrita con vapor en la superficie del cristal.
«¿Te habías olvidado de mí?».
El
comisario dio un respingo. Desoyó el deseo de sus piernas y no se movió. La
frase se borró y, delante mismo del comisario, letra por letra apareció otra.
«Jirafa,
¿de verdad no me recuerdas?»
Una
sola persona en la vida lo había llamado jirafa. Esta vez fueron las piernas
las que no obedecieron la orden de huir.
Constantini
giró el tronco, apuntando a la nada.
—¡Marilina,
estás muerta!
«Pero
mi asesino sigue libre».
Constantini
no consiguió despegar sus zapatos del piso. Quiso decirle que su asesino
seguiría libre pero se sintió un idiota, planeando conversar con un vidrio.
«Me
llevó años dar contigo y con Matute».
Matute
Coria, no lo veía desde... El muerto tenía un anillo con una calavera, ¡Matute
usaba uno! ¿Cómo no se había dado cuenta?
Retrocedió,
arrastrando las suelas; no se percató, estaba donde cayera el muerto, los
zapatos pisaban la sangre seca. Su mente rechazó lo que veía; Marilina
Verlanga, la que quiso denunciar la violación perpetrada por los oficiales
Constatini y Coria. La forzaron entre velas aromáticas y mandalas, habían
acudido al consultorio astrológico para responder su llamada por un robo.
Marilina, la médium trucha, la que no quiso callar.
«Hasta
pronto Constantini»
Quiso decirle que faltaba la coma en la frase, pero se borró muy rápido. El comisario se vio a sí mismo en el espejo. Y vio la estaca de madera que se acercaba rauda a su pecho.

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