Esa
noche nos encontrábamos en el bar Central festejando con una cena que al fin,
luego de varias tentativas fallidas, había logrado que el bibliotecario, José
Zgarbick, diera una simultánea de quince tableros a ciegas: catorce ganadas y
una tablas. En la sobremesa, luego de que José se retirara, los comentarios
recayeron sobre las partidas jugadas.
—Realmente una demostración de memoria e
inteligencia colosal —dijo Mariscal.
—Cuando me dijo “jaque mate”, hasta me
puse contento. ¡Un genio! —se emocionaba el Osito.
—Acaso hablan de esa demostración de
trucos de feria que vimos hace un rato. —La voz llegó desde un rincón en
sombras, que ocultaban al interlocutor, aunque a pesar de eso lo reconocí.
—Mire, Maestro —le retruqué, molesto por
su intento de sabotear mi éxito como organizador—; usted abandonó en veinte
jugadas.
—Tenía una jaqueca terrible, por eso dejé
una partida ganada, no lo dije antes porque no quise ofender a nuestro
invitado, pero no creo que sea un prodigio comparable a las partidas
literalmente a ciegas disputadas por un antepasado mío —agregó mirando a la
concurrencia a los ojos—. Tal vez haya en esta reunión alguno que quizás aún no
lo sepa, pero hace unos años heredé por parte de mi tío paterno, Antonio
Márquez Heredia Ponce de Soria, un diario redactado durante varias generaciones
de los Soria, donde se puede ver como la historia familiar está atravesada por
el ajedrez desde el 1500 Anno Domini,
hasta la fecha. En el mismo se puede leer…
—¡Vamos, Soria!, ¿acaso pretende que
creamos que ese diario existe? —La voz de Sam interrumpió el relato.
Sin decir palabra, el
Maestro, esbozando una sonrisa cómplice, como diciendo “gracias, Sam”, salió
del bar y regresó cinco minutos después trayendo un libro muy viejo, con
cubierta de cuero y hojas apergaminadas, encuadernado artesanalmente.
—Esta reliquia familiar
—continuó Soria—, fue comenzada a escribir por el clérigo Héctor Soria, quien
recibió la tonsura de manos del abad del monasterio de San Pedro de Montes,
refundado por San Genadio, que terminó sus días viviendo en penitencia en las
cuevas de Santiago Peñalba, donde se encontraron cinco piezas del juego de
ajedrez más antiguo de Europa, al cual se le atribuyen cualidades milagrosas.
La historia a la que me refiero está escrita en este diario y, para que después
ninguno me trate de mentiroso, lo ofrezco al que quiera leerla.
Se hizo un largo silencio
y nadie se atrevió a agarrar el diario de los Soria, hasta que, dando un paso
adelante, Manuel De Pauli casi lo arrancó de manos del Maestro, lo hojeó y se
lo devolvió.
—Ya me parecía que
viniendo de Soria algo raro surgiría de ese diario.
—¿Acaso duda usted que
este libro lo escribió un Soria? —protestó el Maestro con aire indignado.
—Allí se lee el nombre de
un tal Héctor Joao Soria, pero… el resto del libro está escrito en latín —le
respondió Manuel.
—Lógico —dijo Soria— fue
escrito por un monje de la regla de San Benito en la edad media. Bueno viendo
que nadie lee latín lo haré yo.
‹‹Hodie Anno Domini 1550, venit ad monasterium, tertio puer non Joao de
Soria, est specialis filius, qui fuerit natus, cum gratia Dei, et baptizatus in
Spiritu sancto.
Los muchachos de la barra
ni siquiera se molestaron en protestar y dándole la espalda empezaron a charlar
de otros temas. Con una sonrisa en los labios miraba al Maestro que estaba a
punto de estallar en insultos
—Estás leyendo en latín,
Héctor —le dije, colocándole una mano en el hombro.
—¡Ah, perdón! Es que me
embarga la emoción; no todos los días se lee a un antepasado de varios siglos
—y continuó en castellano.
«Hoy, 1501 Anno Domini, ha llegado al monasterio el
tercer hijo de don Felipe de Soria. Es un niño especial que ha nacido con la
gracia de Dios y fue bautizado en el Espíritu Santo. Cuenta a la sazón con
cinco años y es ciego de nacimiento. Su educación me ha sido confiada por ser
primo directo por parte de padre. Haremos lo posible por dar a esta alma una
vida en el seno de la Santa Iglesia. —Saltando varias páginas, Soria continuó
con la lectura—. A Máximo Soria, tal era el nombre de esta desgraciada criatura,
se lo asignó a la cocina del convento, lugar que prefería a cualquier otro,
convirtiéndose en un ayudante eficaz. De su vida espiritual e intelectual me
ocupé personalmente y demostró ser un niño despierto e inteligente en grado
sumo. Aprendió a contar, sumar y restar; a pesar de ser ciego quiso conocer el
abecedario y las palabras. Para ello le tallé las letras en corteza de abedul
y, combinándolas, aprendió a leer y a escribir. Hubiera pasado toda la vida en
la cocina del convento de no ser que Dios –algunos dicen que fue el ajedrez de
San Genadio–, tenía otros planes para él. Contaba con la edad de quince años
cuando aconteció la muerte del hermano Benito, que redujo a trece la cantidad
de comensales en las cenas del convento; situación que llevó a sentar a Máximo
a la mesa del abad, quien además de ser un sibarita, era un amante del ajedrez.
Por eso, una vez concluida la cena, con otros dos de los hermanos nos poníamos
a jugar olvidados de la presencia de Máximo, quietito en su silla, escuchando
nuestras blasfemias al perder una partida; quedándonos hasta altas horas de la
madrugada. No pasó demasiado tiempo hasta que, cierto día, Máximo me preguntó
que hacíamos en la sala después de la cena que era tan divertido. Le conté del
ajedrez: de sus torres, caballeros, obispos, reyes, reinas y vasallos; de su
tablero y casillas... de la magia de las partidas. Quedó fascinado y su
espíritu inquieto quiso aprender a jugar. Cada vez que nos encontrábamos me
obligaba a contarle sobre el movimiento de una pieza, la captura de un herrero,
un paje, o el jaque mate. Aprendió todas las reglas de juego. Más de una vez lo
sorprendí en la sala recorriendo con dedos trémulos los relieves de las piezas,
o dibujando el contorno del tablero emocionado hasta las lágrimas. Por todo
esto, cuando me pidió de jugar una partida no me sentí sorprendido sino
conmovido. ¡Era apenas un niño! ¡¿Cómo explicarle que siendo ciego nunca podría
mover las piezas?! Antes de que llegara a comunicarle mis pensamientos, Máximo,
tomó la caja, volcó las piezas sobre la mesa y las acomodó en el orden correcto
sobre el tablero, luego me dijo “el herrero avanza una casilla”.
«Lo mire con una sonrisa
condescendiente en los labios, sin darme cuenta de lo banal de mi reacción. Y
no atiné a hacer nada. El esperó unos minutos y repitió la misma frase.
«“El herrero avanza una
casilla” —y agregó a guisa de explicación—. “El herrero avanza una casilla por
delante del caballero, en el flanco del rey”.»
—Pero… ¿ese no es el
sistema descriptivo de ajedrez, Maestro? —lo interrumpió otra vez Sam.
—Sí, muy parecido —le
contestó muy serio el Maestro —. Si se lo estudia con atención tiene algunas
variantes con respecto a este. Les muestro las anotaciones que están en el
diario y ustedes mismos verán las diferencias.
De más está decir que ni
siquiera Manuel tomó la posta esta vez, solo el Chacho Rasuf hizo una acotada
observación.
—Ese sistema, si no me
equivoco, fue inventado varios siglos después, por lo tanto, ¿cómo es posible
que su antepasado usara una versión primitiva del mismo, sin que quedara ningún
registro histórico, Soria?
—¡Claro! ¿Y ahora también
me van a decir que el primero que llegó a América fue Colón! Máximo Soria,
hubiera revolucionado la historia del ajedrez de no haber caído en desgracia, y
yo hoy no tendría que dar tantas explicaciones. Si me dejan llegar al final de
mi lectura todas las dudas quedaran satisfechas.
Se hizo un profundo
silencio y el Maestro continuó con su relato.
—Luego de esta primera
partida, que por supuesto perdí, Máximo se convirtió en un jugador único, de un
talento excepcional y muy pronto, no tuvo rival en el convento. Su fama
traspuso los muros de esta insigne institución y comenzaron a llegar jugadores de
todas partes para medirse con el cieguito que jugaba al ajedrez. A pesar de
esto, la vida continuó su ritmo normal y así pasaron cinco años, hasta que el
Papa Julio II oyó hablar de él. Sabida es la afición del Santo Padre por este
juego, en cuya lid se cree imbatible, por lo cual no pudo evitar el deseo de
medirse con Máximo en un encuentro, tablero de por medio. A medida que
aumentaba la nombradía del jugador ciego, el deseo de Julio II se transformó en
obsesión; trasladándose finalmente al convento con el fin de jugar una partida.
De la llegada del Santo Padre, nos enteramos cuando el aposentador golpeó a
nuestras puertas con el objeto de que hiciéramos los preparativos para
recibirlo con su séquito. Conocedores del sorpresivo e inminente arribo, advertimos
a Máximo de las ventajas que supondría para nuestra orden que se dejase ganar.
Estábamos escasos de dinero y cada vez costaba más conseguir las provisiones.
Sabíamos que, si se iba contento, el papa sería generoso. En un principio
logramos convencerlo pero… luego de la primera partida, Julio II, pecó de
soberbia y dijo: “realmente lo único que tiene de maravilloso es que siendo
ciego juegue al ajedrez. Por lo demás es un jugador mediocre”. ¡Imposible
contener a Máximo, herido mortalmente en su orgullo! Armando de nuevo el juego
retó al Santo Padre a un match a cuatro partidas. El resultado fue funesto.
Aplastó sobre el tablero a Julio II y al terminar le dijo: “Tal vez sea un buen
papa, pero lo que sí es seguro es que es un mediocre jugador”.
«Al escuchar semejante
blasfemia caímos todos de rodillas frente a su Santidad y fue el hermano Pedro
quien sugirió que Máximo debía estar poseído para obrar de esa manera. Esto fue
suficiente para el Santo Padre: mandó a detener a Máximo y lo hizo trasladar a
Roma para juzgarlo por hereje, excomulgando latae
sententiae, a todo aquel que volviese a pronunciar su nombre. En cuanto al
juego utilizado se le debía arrojar a la hoguera. Estábamos aun tratando de
asimilar las desgracias que lloverían sobre nuestras cabezas, cuando de repente
las puertas del salón principal del convento se abrieron de par en par sin que
nadie las tocara y, el propio San Genadio, traspuso el umbral. Sus pies no
tocaban el suelo, sus ojos echaban chispas y su voz sonó profunda y cavernosa,
como si estuviera en una cueva. “¡Qué posesión ni mil demonios! El muchacho
viene conmigo a las cuevas de Santiago Peñalba”. Dicho esto, lo tomó de la mano
y Máximo se dejó guiar por el Santo Varón, más allá de los muros del convento.
Esa fue la última vez que lo vi.
«Tardamos dos días en recobrarnos de este
milagroso suceso, en los que el Santo Padre se quedó con nosotros, para
dedicarse a un asunto menor: a poner sitio a Florencia, con el fin de que
Miguel Ángel regresara a terminar su tumba. Antes de irse dejo dos órdenes a
seguir bajo pena, ya no de excomunión, sino de muerte.
«Primero: Que no se
volviese a jugar ajedrez en el convento.
«Segundo: Que no se
volviese a mencionar el nombre de Máximo y que se lo quitara de los libros de
registro.
«De más está decir que
nunca volvimos a nombrar a Máximo. Es por eso por lo que comencé a escribir
este cuaderno, para que algún día la verdad salga a luz».
Llegado a este punto del
relato la voz de Soria murió. Todos en el bar estábamos bajo los efectos del
místico relato y fue el propio Manuel de Pauli, quien, tras persignarse,
comenzó a rezar un padrenuestro, oración a la que nos unimos todos.
A la semana de este suceso pasé por la
biblioteca Homero a agradecerle a José por haber dado la simultánea en la
academia; jugamos unas partidas, charlamos y cuando me iba me dijo.
—Un rato antes de que
llegaras estuvo Soria, casi te lo cruzás; vino a devolverme un misal con tapas
de cuero escrito en latín; se lo presté el día que di la simultánea en el bar.
Dude mucho en hacerlo, es un ejemplar único, un verdadero incunable, que data
de la edad media; pero el esgrimió como argumento que quería leer el libro
porque su nombre era el mismo que el del autor. Al final, cedí. Solo tengo una
duda ¿vos sabés si Soria lee en latín medieval?
—No solo lo lee, mi
querido bibliotecario, sino que lo traduce como el mejor de los latinistas.
Tras decir esto lo miré a los ojos, esboce una sonrisa, le di la mano y me fui.

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