domingo, 14 de junio de 2026

GUERRA SANTA

Nino Martino

 

1

La cafetera burbujea mientras prepara el café. En mi cocina desnuda cuelga una jaula, y dentro de la jaula hay un canario malinois. Es extraordinario que, en una sociedad que parece destinada al desastre total, todavía haya gente que críe canarios.

Fui a buscarlo a Alpe Devero. Antiguamente era una localidad turística; se dejaba el automóvil antes de la meseta y se continuaba a pie, entre senderos y pistas de esquí.

El criador era un joven barbudo llamado Ernesto.

—¿Cómo haces para vivir aquí arriba? —le había preguntado.

—¿Y tú cómo haces para vivir allá abajo?

—Estoy obligado a vivir en la ciudad.

—No me interesa por qué. Yo vivo aquí e intento sobrevivir aquí. Cuando todo se vaya al desastre, espero arreglármelas.

—Crías canarios.

—Los canarios cantan. Y yo soy feliz con su canto.

—Están enjaulados.

—Todos estamos enjaulados.

—Pero queremos salir.

—El canario no quiere salir. Afuera no sobreviviría.

—Estás perpetuando una especie que quiere permanecer en una jaula.

—Entonces, ¿por qué quieres comprar uno?

—Porque su canto me tranquiliza.

—¿Ves?

—¿Cuánto quieres por él?

—Te lo regalo.

—¿Por qué?

—No vivo de vender canarios. Cultivo lo que necesito. Ya casi no queda nadie por aquí. La especie humana también es una especie que quiere permanecer en una jaula.

—¿Qué jaula?

—Hay muchas maneras de estar en una jaula. Cada cual tiene la suya. —Guardó silencio un instante y luego añadió—: Siempre se está solo al amanecer.

Así fue como me lo regaló.

En realidad, había subido hasta allí porque la noticia de aquel criadero me proporcionaba una cobertura perfecta. Mientras descendía había instalado un nodo de la red negra, camuflado entre los árboles. Desde ese punto podían mantenerse conexiones seguras con buena parte de la llanura y con la base lunar.

Ahora la habitación empieza a iluminarse. El sol aún no ha salido, pero el primer resplandor invade el cielo y el canario comienza su largo trino modulador.

La olovisión está frente a mí y permanece apagada. Si fuera un buen ciudadano debería encenderla, pero instalé un dispositivo que simula su funcionamiento y nadie puede saber que he renunciado al derecho-deber de estar informado.

Me sirvo el café.

El canario picotea las semillas. Le introduzco entre los barrotes una hoja de achicoria silvestre. Adora las hierbas amargas; todos los canarios adoran las hierbas amargas.

La taza tiene un motivo azul: dos avefrías asomadas. Es una taza hecha en Cerdeña. Aparto los recuerdos. No es el momento. Me acerco a la ventana.

Desde el último piso veo los tejados de la ciudad, los dos rascacielos, la torre de telecomunicaciones y la catedral sobre el islote en medio del río.

El amanecer es rojo, de un rojo violento. Hermoso de contemplar, aunque provocado por el polvo atmosférico que regala atardeceres y amaneceres magníficos.

Comienza otro día y no sé qué traerá.

—Bach, Suite n.º 4, Sarabanda, Casals.

La habitación se llena con el sonido del violonchelo. Observo cómo despierta la ciudad. Las luces se apagan una tras otra. Empieza el tráfico.

Pablo Casals hace mucho que es menos que polvo, pero su música sigue existiendo. El canario intenta imponerse sobre ella. Junto a la jaula, una luz azul comienza a palpitar.

—Conexión.

El holograma aparece en el centro de la habitación.

Rafaela está sentada ante su escritorio. Los cabellos rizados le cubren parte del rostro. Sus ojos son negros y directos.

—Que la fuerza del amanecer te acompañe —susurra con ironía.

—Donde tú estás todavía debe de ser de noche.

—Noche avanzada.

Sonríe.

—¿Qué te impulsa a buscarme en mitad de la noche? —pregunto.

—Desde luego, no el deseo de verte. —Se ríe echando la cabeza hacia atrás—. Quién sabe. En cualquier caso, ya estás despierto, escuchando a Bach y probablemente mirando el amanecer.

—Como siempre.

—Y, como siempre, tu canario está cantando.

—Nunca fuiste una defensora de los canarios.

—Un canario. En estos tiempos. —Suspira—. Pero no, no estás loco.

Me observa un instante.

—Hay noticias importantes desde la base lunar y desde la expedición a Marte.

—No sé nada.

—Lo imaginaba. Debes ir adonde sabes. Quizá sea necesaria una intervención.

—¿Tan grave es?

—Requerirá toda la potencia de la red. —Guarda silencio un instante—. Ya hemos enviado los datos a vuestra sede. Tú tienes el segundo código.

—Entonces sí es una emergencia.

—Bastante.

Sonrío.

—Y me avisan desde Brasil.

—Un lugar vale tanto como cualquier otro. Es la red. —Permanece callada unos segundos—. Tal vez algún día nos veamos en persona.

—Me gustaría.

—Escucharemos juntos tu Bach. Y contemplaremos esta ciudad desde tu ventana.

—Eso espero.

—No lo esperes. Haz que ocurra. —Vuelve a sonreír—. Que la fuerza del día te acompañe.

El holograma desaparece y, mientras el malinois retoma su canto, termino mi café, me visto y salgo.

La calle discurre entre edificios que ocultan parte del cielo. El tráfico ya es intenso. Personas que van al trabajo, transportan datos, producen datos, consumen datos. La vida continúa bombardeada por noticias.

Busco las calles secundarias.

En las vías estrechas la publicidad holográfica es menos invasiva. Cuando me veo obligado a pasar por una avenida más amplia, los anuncios se agolpan a mi alrededor: perfumes, noticiarios, promesas de felicidad, crisis internacionales.

Todo es información. Incluso la publicidad es información. La hiperinformación que borra la realidad.

La multitud aumenta.

Algunos rechazan las tecnologías avanzadas y se refugian en pequeñas comunidades de resistencia; otros sobreviven como pueden en los márgenes de la ciudad. Estoy casi llegando cuando un hombre con la capucha bajada sobre el rostro se acerca.

—Dame todo lo que llevas.

Empuña una navaja.

—No seas idiota —le siseo.

La hoja se despliega.

Abro el abrigo y le muestro la señal luminosa de los blumen.

Vacila.

—¿Un bluman...?

—Exacto.

Otro hombre, a cierta distancia, le grita:

—¿Te has vuelto loco?

La navaja desaparece.

—Tengo hambre, amigo.

—Consérvala.

Sigo caminando. Nadie me sigue.

Esta es la ribera izquierda. Una ciudad que vive en estado de guerra permanente, incluso cuando no caen bombas. La guerra por trabajar, la guerra por sobrevivir, la guerra por controlar el relato del mundo. Y, de pronto, me sorprendo imaginando un paseo junto al mar con Rafaela. Romanticismos de otra época. Me detengo frente a un portal que parece de madera desgastada. En realidad es blindado. Un sensor invisible me reconoce. Una pequeña abertura aparece en la superficie y vuelve a cerrarse tras de mí. Atravieso otros niveles de seguridad y desciendo a las entrañas de la ciudad, por lo que antaño fueron los canales de las viejas alcantarillas. Finalmente entro en la sala. Hologramas, datos, pantallas suspendidas. Mi segundo mundo. Bach y el canario han quedado lejos.

Y Ambra ya está allí esperándome.

 

2

Ambra está sentada en su sillón y unas gafas de realidad aumentada enmarcan sus ojos azules. Hoy lleva el cabello del color del cielo.

—Hola. Hay novedades —me dice.

—Lo sé. Aquí estoy. ¿Son buenas?

—No. —Se quita las gafas y se frota los ojos—. ¿No viste la olovisión?

—No.

Me mira sorprendida.

—Es obligatoria.

—Precisamente.

Se ríe.

—Has hackeado la olovisión.

—Me pareció un uso razonable de nuestros protocolos.

—Podrías perderte algo importante.

—Lo dudo. Estamos librando una gran batalla por la civilización y la democracia. Nuestras tropas combaten la barbarie. Mediante un ataque preventivo defensivo hemos aniquilado una posible amenaza en XXX; dos corzos han sido rescatados y ahora reciben los amorosos cuidados de YYY. ¿Olvido algo?

—No. El tono ha sido perfecto. —Se pone seria—. Hay dos noticias. Una tiene que ver con Marte. La otra con una posible guerra.

—Marte.

—Lo sabía.

—Marte.

—De acuerdo.

Se recuesta en el respaldo.

—La expedición vinculada a la base lunar ha encontrado enormes depósitos de níquel-60.

—¿Y qué?

—El níquel-60 procede de la desintegración del cobalto-60.

Permanezco inmóvil.

—El cobalto-60...

—Exactamente.

Por primera vez desaparece por completo su sonrisa.

—Hemos descubierto por qué Marte se convirtió en lo que es.

—Un desierto.

—Una guerra nuclear.

Las palabras quedan suspendidas entre nosotros.

—¿Están seguros?

—Casi. El níquel fue solo la primera pista. Después llegaron otras. Demasiadas.

Observo los hologramas flotando en la sala.

Códigos, coordenadas, señales. El futuro y el pasado mezclados en la misma habitación.

—Así que este fue su final.

—Sí.

Marte. Un planeta muerto y desertificado no por una catástrofe natural, no por el destino, sino por decisión propia. Por una guerra. Durante un momento nadie habla. Veo las imágenes, los datos, los gráficos, y me parece estar contemplando la Tierra desde muy lejos, desde otro tiempo.

—¿Y la otra noticia?

Ambra suspira.

—Los medios están inundados de noticias sobre un inminente ataque de la Federación Oriental. Vídeos, testimonios, imágenes de atrocidades. La mayoría son falsas; otras han sido modificadas y animadas mediante inteligencia artificial.

—Siempre dicen lo mismo.

—Sí. Y siempre funciona.

—Debemos defender la civilización.

—Exactamente.

—De la barbarie.

—Exactamente.

—Golpeando primero.

—Exactamente. —Me mira—. La nuestra es una guerra santa.

—Ellos dicen lo mismo.

—Todos tienen siempre una guerra santa que cumplir.

Permanecemos en silencio.

Observo su cabello azul.

—Hoy está azul.

—Me gusta recordar el color del cielo.

—Hace mucho que el cielo dejó de ser azul.

—Pero alguna vez lo fue.

—Y no volverá a serlo.

—Eres pesimista.

—No. Soy observador.

Ambra baja la mirada.

Cuando vuelve a alzarla ya no sonríe.

—Todavía no conoces lo peor.

—Dispara.

—Han puesto en alerta la red de misiles nucleares.

La frase cae en la habitación como un peso. Por un instante solo oigo el zumbido de los equipos. Tenemos una gran base lunar, puestos avanzados en  Marte, inteligencias artificiales, las tecnologías más avanzadas jamás construidas... Y al mismo tiempo la vieja tentación de siempre. La guerra.

—Quizá haya llegado el momento de activar la red.

—Con todos los riesgos que implica.

—Quizá ya no tengamos elección.

Aún estaba hablando cuando un holograma rojo se encendió en el centro de la sala. La señal de emergencia. Aparece Rafaela. Su rostro está pálido.

—Se ha lanzado un misil nuclear. La Federación Occidental ha lanzado un misil nuclear.

El silencio se rompe.

—Que vuelen los estorninos. La clave. La frase que esperábamos no tener que utilizar jamás.

—Que vuelen los estorninos.

Las luces de la sala se multiplican. Nuestras inteligencias artificiales despiertan. Una tras otra. Como una constelación que cobra vida. Rafaela sigue hablando. Su voz permanece controlada, pero percibo la tensión.

—Desde la Luna confirman el lanzamiento. —Traga saliva—. Todavía no consigo creerlo.

—¿Objetivo?

Por un instante vacila.

—No es la Federación Oriental.

—¿Entonces quién?

—París.

Nadie dice nada. París. No una base militar. No una flota. París.

—Quieren atribuir la culpa a los otros —dice Rafaela—. Provocar una reacción. Si lo consiguen, será el final.

La gran pantalla de la sala se enciende y el mapa del mundo aparece ante nosotros. Puntos luminosos. Redes. Trayectorias. Millones de datos en movimiento. Y nosotros ya estamos dentro de la tormenta.

—París. —La palabra queda suspendida en el aire. Rafaela inspira lentamente.

—Quieren culpar a la Federación Oriental. Los troles, una marea de troles, ya se han activado. Las noticias falsas están inundando la red. Si la gente las cree, la guerra comenzará de verdad.

En la pantalla aparece la trayectoria del misil. Una línea luminosa que atraviesa el mar.

—¿Podemos detenerlo? —pregunta Ambra.

Nadie responde de inmediato. Llevábamos años preparándonos para aquel momento. Años construyendo la red. Años desarrollando inteligencias artificiales independientes. Años imaginando lo inimaginable. Pero prepararse para una posibilidad no significa estar listo cuando llega.

—Lo intentaremos —dice finalmente Rafaela.

Las luces azules se multiplican una tras otra. Son nuestras inteligencias artificiales entrando en acción. Nodos que se conectan. Sistemas que despiertan. Una red invisible que emerge de las sombras mientras, en la pantalla, el misil continúa su recorrido. París. Pienso en las calles, los puentes, las casas. Pienso en las personas que están comenzando su jornada sin saber nada. Pienso en Marte. Quizá toda civilización llegue siempre al mismo punto. Quizá la diferencia resida únicamente en lo que decide hacer cuando llega allí. Rafaela habla con rapidez. Órdenes. Confirmaciones. Coordenadas. Ambra sigue el flujo de datos. Yo observo cómo las luces azules se propagan por el mapa. La Gran Operación. Aquella que esperábamos no tener que utilizar jamás. Si fracasamos, la guerra comenzará. Si triunfamos, nadie podrá seguir ignorando nuestra existencia. En cualquiera de los dos casos, el mundo cambiará. El tiempo parece ralentizarse. Entonces Ambra se pone de pie de golpe.

—¡Lo tenemos!

En la pantalla la trayectoria se quiebra. Un punto luminoso se desvía. Desciende. Desaparece. Durante un instante nadie habla.

—Ha caído al mar —susurra.

Rafaela cierra los ojos. Cuando vuelve a abrirlos, brillan.

—Lo hemos conseguido.

En algún lugar, en la Luna, ya lo saben. En algún otro lugar, los gobiernos intentan comprender qué ha sucedido. Las luces azules siguen creciendo. La red está despierta. Ya no podrá volver a dormir. Un mensaje atraviesa los canales clandestinos e inunda la red: la responsabilidad de la intervención es nuestra. Ninguna federación. Ningún ataque enemigo. Ninguna represalia, por el momento. El holograma de Rafaela sonríe, pero es una sonrisa cansada.

—Ahora llega la parte difícil.

—Nos toca a nosotros —digo.

Asiente.

—Nuestras inteligencias artificiales han salido a la luz. Hemos impedido una guerra. Ahora debemos impedir todo lo demás.

—La historia está llena de fracasos.

—Lo sé.

—Y aun así seguimos adelante.

—Es lo único sensato que podemos hacer.

Por primera vez la tensión parece aflojarse.

Rafaela me mira.

—Será necesario que vaya a visitarte.

Oigo a Ambra reír por lo bajo.

—Por fin.

—Te llevaré a Alpe Devero —digo.

—¿Con tu criador de canarios?

—Exactamente.

—Me gusta la idea.

—Tal vez te regale un canario.

—Y tal vez escuchemos a Bach.

—Por favor, continúen —interviene Ambra—. Resulta muy edificante.

Sonrío.

—A veces buscar un momento de serenidad parece casi un delito.

Rafaela niega con la cabeza.

—No. Es todo lo contrario.

Permanece callada unos segundos.

—Creo que es justo seguir soñando. Sabiendo cuánto cuesta hacerlo.

Sus palabras quedan flotando en la habitación. Sueños. Luchas. Derrotas. Amores. Tal vez la historia de la humanidad nunca haya sido otra cosa.

—Entonces está decidido —digo—. Vendrás.

—¿Estás seguro de que quieres conocerme de verdad?

—Precisamente. Pongamos las cartas sobre la mesa.

Se ríe.

—Siempre he querido ver París.

—¿Yo solo sería un pretexto?

—El pretexto es el caos que está a punto de comenzar.

—¿Y Alpe Devero?

—Eso lo doy por descontado.

Durante un instante nadie habla. Fuera de nuestra sala, los medios ya se han vuelto locos. ¿Quién lanzó el misil? ¿Por qué cayó al mar? ¿Quién intervino? Las versiones se multiplican y las acusaciones rebotan de un extremo al otro del mundo, intentando desesperadamente desviar la atención, ocultar, minimizar. Pero bajo la superficie circula también otra verdad. Alguien ha detenido la guerra. Alguien que no pertenece a ninguno de los dos bandos.

Rafaela me mira.

—Quién sabe cómo terminará todo esto.

—Siempre está en equilibrio.

—Basta una pequeñez.

Asiento.

—Pero, por ahora, no acabaremos como Marte. —Sonríe.

En mi habitación hay un canario malinois. Alpe Devero sigue existiendo, lejos de las grandes ciudades. Allí arriba, Ernesto cría canarios, cultiva plantas y contempla cómo el sol se eleva sobre las montañas. Y estoy casi seguro de que, en mi cocina ahora vacía, el canario sigue cantando. Quizá realmente no terminemos como Marte.


Nino Martino creció en Génova, donde se licenció en Física. Profesor de matemáticas y física, ha vivido y trabajado en Milán, Lipari y Cagliari. En la década de 1960, publicó relatos de ciencia ficción en las revistas Oltre il cielo, Galaxy y Galassia; posteriormente, cofundó y codirigió dos revistas: Il Gioco della materia e delle idee para el Departamento de Física de Génova y Asterischi di Fisica en Cagliari. Publicó el ensayo «Educazione scientifica e curricolo verticale» (Educación científica y currículo vertical) (2015) y gestiona la web La Natura delle Cose, donde publica sus trabajos junto con un grupo de científicos, filósofos y críticos literarios. Actualmente jubilado, continúa su labor como formador de docentes y ha retomado su gran pasión: la ciencia ficción.

sábado, 13 de junio de 2026

EL POZO

Ivana Gavrić

 

Después de varias noches sin dormir, empecé a preguntarme: ¿por qué?, ¿para qué? Estoy en una trinchera. Mi compañero Blaža está a mi lado, pero es como si estuviera solo. Es una sensación extraña. No le temo a la muerte. Solo al dolor y a la impotencia.

Es de noche. Invierno. Estamos equipados con ropa más o menos abrigada y botas que no dejan pasar el agua. Apestan como el mismo demonio, eso sí, pero al menos tengo los pies secos. Me pregunto si quien las usó antes que yo seguirá con vida.

Divago, no logro concentrarme, y debería hacerlo: mi vida depende de ello. Los observamos desde la trinchera. Se mueven. Está oscuro, pero vemos el movimiento.

Nos enviaron en misión de reconocimiento. Estamos en tierra de nadie. Lo bastante cerca como para oír toser a uno de sus centinelas. Su posición está frente a nosotros, en una aldea de unas veinte casitas. Allí hubo una masacre unas noches atrás.

—No, no vayas por ese camino ahora, Boro —me reprendo—. ¡Déjalo!

Desde aquella noche infernal duermo poco. Temo que las imágenes en mi cabeza vuelvan a cobrar vida.

Y el único lugar donde consigo dormir es la trinchera, cuando estoy de guardia.

Veo al enemigo moverse. Están recogiendo leña. Ellos también están metidos en la misma mierda: se están congelando. Sufrimos las mismas penurias, solo que en bandos distintos.

Nosotros también atravesamos aquel pueblo de esa manera. El comandante obligó a la gente a salir de sus casas. No sé qué demonios hacíamos allí, pero me tocó marchar al final de la columna.

El comandante Joksimović. Todos estábamos hartos de él. Los más viejos ya lo conocían antes de la guerra. Lo llamaban Calígula.

Avanzábamos despacio. La anciana del pañuelo negro que iba delante de mí apenas podía caminar. Se detenía cada pocos pasos. Le dolían sus piernas deformadas. El tiempo pasaba y nosotros avanzábamos cada vez más despacio por su culpa. Cuanto más evidente le resultaba al comandante que la anciana se estaba quedando atrás, más nos apuraba. Yo también me rezagaba; caminaba despacio detrás de ella. En silencio. No sabía adónde íbamos ni por qué llevábamos civiles con nosotros. Pero lo sospechaba.

Joksimović podía ver perfectamente que la mujer desfallecía. Se detuvo inmóvil. De pronto sus ojos brillaron cuando miró hacia nosotros. Primero la observó a ella y luego a mí. Se acercó lentamente y le habló casi pegado al rostro:

—Vamos, vieja, más rápido.

La anciana se esforzaba, hacía todo lo posible por seguir adelante, pero su cuerpo envejecido ya no respondía. Entonces cayó sobre la tierra congelada y comenzó a sollozar suavemente.

Me miró. Buscaba protección en mí. Salvación. Le dolía. La palabra NO me desgarraba la garganta, un acto de rebeldía jamás pronunciado.

Sin el menor rastro de compasión, Joksimović le ordenó con voz tranquila que se levantara.

—No puedo, hijo. Quisiera, pero no tengo fuerzas —suplicó la anciana entre jadeos. Entonces Joksimović me miró a mí. Juro que había algo en aquella mirada. Algo que solo había visto allí, en el frente, en ciertas personas y en algunos miembros de los paramilitares que habían estado allí la otra noche.

Se acercó con paso seguro. Lo suficiente para que pudiera oler el perfume barato que usaba.

—¿Y tú, Đurić? ¿Qué estás haciendo? —Disfrutaba viendo cómo los demás le tenían miedo—. ¡Muévela! Esa vieja es ahora tu responsabilidad, muchacho. ¡Muévela! ¡Pégale!

No podía creer lo que me estaba pidiendo. Intenté ayudarla a levantarse.

—No puedo, hijo, no puedo. —La anciana lloraba desconsoladamente.

Joksimović me vio intentando ayudarla.

—¡Alto! —gritó de pronto. Volvió a acercarse. Con la bota sacudió a la mujer—. ¡Vieja, levántate! ¡Por tu culpa vamos retrasados!

—¡No puedo, hijo! No puedo del dolor. Sin mi bastón no puedo caminar, ¡y no me dejaste traerlo!

Joksimović la observó a ella y luego a mí con absoluta calma.

—Đurić, ¿qué estás esperando? ¡Dispara!

Lo miré paralizado.

—No... ella es... de alguien...

—No, hijo. Ya no lo es.

La comisura de sus labios se curvó apenas al mencionar a la familia de la anciana.

—¡Dispara!

Su expresión volvió a endurecerse de golpe. Era una mirada vacía. No podía moverme. Apreté los puños hasta clavarme las uñas en la carne, pero seguí inmóvil. Entonces la tomó del cabello y la arrastró hasta un pozo cercano. Yo observaba petrificado. La anciana gemía de dolor.

—No, hijo, te lo ruego por Dios. No. Por el alma de tu madre. Déjame aquí. Soy demasiado lenta para seguirlos.

—Vamos, vieja. El diablo ha venido a reclamar lo suyo. ¿Ves que no quiere aliviarte? —Me señaló sin apartar los ojos de los míos—. Esta es tu última oportunidad, Đurić. Acaba con su sufrimiento. Aquí no hay mucho que pensar, hijo.

Empecé a respirar agitadamente. Apreté el fusil. Al verlo, él se apartó un poco, esperando con avidez mi siguiente movimiento. Levanté el arma. Vi a la anciana a través de la mira mientras sollozaba en silencio. No me miraba. Ya había aceptado su destino. Permanecí así unos instantes. Y entonces arrojé el fusil al suelo.

—¡No puedo hacerlo!

No me atreví a mirarlo.

—Đurić, ven aquí, hijo.

Estaba perfectamente tranquilo. Aquello me revolvió el estómago. Me acerqué. Él levantó despacio a la anciana y la arrojó dentro del pozo.

—La has condenado, Đurić. Esto es obra tuya.

Mientras hablaba, desde las profundidades se oyó un golpe sordo contra el agua, seguido de chapoteos y gritos de auxilio.

 

Ahora cabeceo en la trinchera y aquello me sobresalta.

—¡Maldita sea!

Blaža me sacude.

—Vamos, despierta. Estás delirando.

Tomo el visor nocturno.

Veo que varios de ellos se dirigen al otro extremo de la aldea.

Pero algo me impulsa a mirar detrás.

Distingo claramente algo moviéndose, algo con forma humana, pero no logro comprender qué es.

Avanza lentamente sobre unas piernas que se doblan en ángulos imposibles.

—¡Blaža, mira eso, demonios!

Blaža observa. No dice una sola palabra.

—¿Qué demonios es eso?

Pregunto antes de atreverme a mirar otra vez. Entonces reconozco el pañuelo negro. Empapado por un agua oscura. Una figura encorvada, cubierta de harapos. La cabeza torcida en un ángulo antinatural, rota. Me mira directamente. Y empieza a acercarse.

La trinchera se vuelve demasiado estrecha y profunda, como un pozo. Me falta el aire. El barro bajo mis pies me impide moverme. No sé cómo, pero consigo salir. Huyo presa del pánico. Disparo a todo lo que me rodea. Tengo que escapar de aquí, aunque me acribillen en el intento. Blaža me llama en voz baja. Pero yo sigo corriendo.

 

Despierto en el puesto médico. Estoy atado a la cama. Todo parece ir más despacio. No sé cuándo ni cómo llegué allí. Miro mis piernas. Estoy entero. Qué alivio. Pero... ¿Qué demonios hago aquí? Me quedo mirando el techo. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Al cabo de un rato entra un médico.

—¿Estás despierto, Đurić?

Me examina, me apunta con una linterna a los ojos, comprueba mis reflejos. Me hacen muchas preguntas. Entre otras cosas, quieren saber si recuerdo lo que vi en la trinchera. Claro que lo recuerdo. La anciana que Joksimović me obligó a matar había vuelto de entre los muertos.

—¿Blaža logró escapar de ella? —pregunto preocupado.

El médico me mira fijamente.

—¿No lo recuerdas? Blaža está muerto. No mirabas adónde disparabas. Te enviaremos a casa. Tendrás que continuar tratamiento psiquiátrico. Tú no sirves para el frente.

Al oír aquellas palabras, fragmentos de recuerdos comenzaron a surgir ante mis ojos. Entonces lo recordé. Yo había disparado en todas direcciones. Yo... Blaža. ¿Qué he hecho?

 

Han pasado meses desde entonces y todavía no soy una persona completamente funcional. Tomo mi medicación con regularidad. Me dejan volver a casa, pero bajo vigilancia constante. Mi madre enfermó de preocupación. También mi Sara. Tuvo que irse. Alejarse de mí. Y llevarse a la pequeña. Dicen que soy inestable. Dicen que una noche las ataqué. Dicen que les gritaba que me dejaran en paz, que yo no había querido arrojarlas allí, que no debían haber salido del pozo. Deliraba. Terminé otra vez en el hospital psiquiátrico. La doctora dice que tendré que tomar medicación toda la vida. Que las psicosis son demasiado fuertes. Que las alucinaciones regresan constantemente a pesar de los potentes antipsicóticos. Cada noche mi madre vela por mí. Es lo único que me queda. Mis tormentos la están matando lentamente. La observo consumirse. Todo lo que ocurrió allí me persigue. A la anciana solo la veo en sueños. Me llama desde el pozo. Me reprocha no haberla protegido. Y luego aparece Blaža, tendido a mi lado en la trinchera, cubierto de sangre. Aquella noche, en la aldea... No me permite olvidarla. No me permite borrarla. Los paramilitares dejaron tras de sí una devastación indescriptible. Yo no estaba allí cuando ocurrió.  Por suerte. Pasamos por allí a la mañana siguiente. Las brasas seguían ardiendo entre los escombros. La blancura de la nieve estaba profanada por la sangre y las cenizas. Los cuerpos de los civiles yacían en los patios y junto a las paredes de las casas, en posiciones que me revolvían el estómago. Entre todas las imágenes que vi, hubo una que se grabó más profundamente que las demás: el cuerpo de una mujer, profanado hasta quedar irreconocible, y el silencio que lo rodeaba. Al ver la escena, un sargento veterano se detuvo para vomitar. Otro suboficial tomó el primer trozo de tela que encontró y me lo puso en las manos.

—Ve a cubrir a la pobre mujer.

Esas imágenes me persiguen en los sueños. Y a veces también a plena luz del día. La guerra terminó hace años. Pero dentro de mí continúa. Ahora me destruye sin ametralladoras ni granadas.

Mi madre ya no está. Mi Sara no quiere verme. Me teme. Y teme también por la pequeña, porque cree que podría hacerle daño durante uno de mis ataques. Pero yo estoy tranquilo. Durante el día. Por la noche me alcanza. La anciana me llama. Todavía escucho sus gritos desde el pozo.

Joksimović se inclina sobre mí.

—Dispara, Đurić —me dice con frialdad—. Sálvala.

Entonces veo unas manos que levantan a la anciana del suelo y la arrojan al pozo. Y son mis manos. Yo lo hice. No lo recuerdo con claridad. ¿De verdad fui yo? ¿Son realmente mis manos.

Ivana Gavrić es una autora de Belgrado, Serbia, propietaria del canal de YouTube "Gavranica". Ha publicado historias en el fanzine Sci&Fi Portal y en la antología de ciencia ficción, fantasía y terror Regia Fantastica.

LA MOTOSIERRA COCODRILO

Tom Paulsen

 

Benjamin se negaba a dormir. No esta vez. Con cuidado deslizó la almohada bajo la nuca. No había razón para acostarse demasiado cómodo.

Ella estaba sentada en el borde de la cama y le acomodó la manta hasta justo debajo de la barbilla. El voluminoso libro rojo descansaba profundamente hundido en su regazo cubierto de flores blancas.

—¿Qué cuento quieres escuchar hoy? —preguntó.

La joven mente infantil reflexionó o, al menos, fingió hacerlo. Benjamin ya había tomado una decisión desde hacía mucho tiempo. Aun así, con la esperanza de no parecer demasiado repetitivo, deseaba que ella lo propusiera primero.

—Jovencito, creo que sé exactamente lo que estás pensando —dijo ella, acompañando las palabras con un guiño alegre—. ¿Qué te parece el cuento popular del granjero y el cocodrilo?

El niño tuvo ganas de gritar de alegría. ¡Sí, sí, sí! Pero ya estaba demasiado somnoliento. Necesitaría sus fuerzas. Tenía que mantenerse despierto. Aunque fuera solo esta vez, por fin escucharía el final.

Benjamin asintió con suavidad. Debía ahorrar energía.

—Gracias, mamá.

La mujer del vestido blanco enderezó la espalda y se aclaró la garganta. Su capacidad para contar historias dejaba bastante que desear. No era precisamente una buena narradora, pero era mamá. El comienzo le resultaba más familiar que el resto. Era la clase de inicio con que comenzaban todos los cuentos. Incluso los de esta clase, horribles y macabros.

 

Había una vez un granjero que vivía solo en condiciones miserables. Hambriento de vida y de campos verdes, vagaba inquieto por lo más profundo del bosque más oscuro. Su estómago rugía cuando de pronto tropezó con una sierra tirada en el suelo. Los dientes de la hoja metálica brillaban pulidos, y la sierra era del tipo motorizado.

—¡Mira por dónde caminas! —gritó la motosierra.

Sobresaltado, el granjero levantó la monstruosa herramienta. No vio señales de boca ni de ojos, pero aun así decidió preguntar:

—¿Puedes hablar?

—Claro que puedo hablar. Y si me utilizas correctamente, también puedo alimentarte para el resto de tu vida.

El hombre jadeó de asombro. Llevó la sierra consigo hasta la granja. Con una enorme sonrisa, colocó la herramienta mágica sobre una mesa manchada de la sala y se sentó frente a ella.

—Acércate más —susurró la motosierra.

Los dientes de la hoja comenzaron a girar lentamente.

«Es una fuerza mágica», pensó el granjero mientras acercaba el oído. Por el rabillo del ojo distinguió el débil reflejo de un enorme ojo rojo.

—Obtendrás doce años adicionales de vida sin hambre por cada extremidad cercenada que coloques ante mí —dijo la herramienta mágica.

El granjero sonrió ampliamente, aunque tuvo que explicarle a la criatura que no había vecinos en kilómetros a la redonda y que su familia, bueno, ya no estaba allí. Hacía muchísimo tiempo que su esposa y su hijo habían sido colocados sobre aquella misma mesa. Había utilizado su hacha. Había cortado sus cuerpos famélicos en pequeños trozos, suficientes para llenar una enorme olla de estofado, y luego había masticado aquella carne correosa, parecida a la del cerdo. Comida tibia para un solo hombre durante semanas.

—Entonces te sugiero que empieces cortándote una de tus propias extremidades —dijo la sierra.

De pronto emitió un estruendo ensordecedor y el hombre dio un salto hacia atrás. Los dientes de la motosierra giraban más rápido de lo que podía contarlos, mientras una humareda negra llenaba la sala con olor a diésel.

—Pero... pero... —balbuceó el granjero—. Voy a desangrarme.

—No te preocupes. Un hierro al rojo vivo detendrá la hemorragia. Al fin y al cabo, ¿de qué sirven los brazos y las piernas si te mueres de hambre?

El hombre asintió. En el granero había un viejo hierro oxidado que llevaba generaciones allí. Corrió a buscarlo. Lo calentó sobre el fogón mientras la herramienta mágica, apoyada sobre la mesa, ronroneaba mecánicamente como una gata en celo.

Una vez más, el granjero se sentó frente a la mesa. Extendió la mano izquierda; al menos conservaría la mano con la que se masturbaba. Las gruesas venas azules palpitaban a lo largo de la muñeca y el brazo.

El granjero apretó los dientes mientras las afiladas púas rozaban la suave costra de la piel, alcanzando el frágil esqueleto. El dolor se transformó en vibraciones heladas, un dolor incontrolable, antes de cesar repentinamente.

Sobre la mesa, frente a la motosierra, yacía la mitad de un brazo humano. Empapado y envuelto en un charco de sangre.

El sufrimiento regresó de golpe al muñón que le quedaba, más intenso que durante el propio corte.

Sudoroso y chorreando sangre, el hombre sacudió el hierro y presionó el resplandor anaranjado contra la masa roja del muñón hasta que el vapor de aquella atrocidad le invadió las fosas nasales. Se negó a desmayarse. No se atrevía.

El granjero observó el brazo amputado sobre la mesa. Lo atrajo hacia sí, como si fuera una enorme pierna de cordero, y clavó los dientes en la carne húmeda y velluda.

Comenzó a masticar.

—¡Idiota! ¿Qué demonios estás haciendo? —gritó la criatura mágica, cuya voz resonó como un eco agresivo dentro de su cerebro.

—Tal vez debería haberlo cocinado primero —se disculpó el granjero.

—¡No debes comértelo! Acerca el brazo hacia mí.

El hombre hizo lo que la criatura le ordenó. Entonces vio el limo pegajoso que rezumaba desde la carcasa de la motosierra. Aquella sustancia, parecida a una vaselina aguada, se adhirió a la parte superior del brazo y soldó la extremidad a la herramienta.

La motosierra, convertida ahora en un monstruo de un solo brazo, se aferró al borde de la mesa y descendió al suelo. Comenzó a arrastrarse lentamente hacia la puerta cuando el granjero se puso de pie indignado.

—¡Me prometiste doce años sin hambre, pero no veo ni una migaja de comida sobre la mesa!

—Créeme —respondió la criatura con aquel desagradable eco mental—. Mañana, cuando despiertes, tu huerto florecerá. No necesitarás alimento, ya que durante un tiempo serás inmortal. Vende lo que puedas. Conserva el resto para los tiempos difíciles que vendrán. Dentro de doce años, cuando el hambre vuelva a llamarte, regresaré.

El granjero se despidió de la motosierra de un solo brazo.

Al día siguiente ocurrió exactamente lo que la sierra había predicho y, poco después, el hombre vivía como un rico terrateniente. Cada mañana arrancaba enormes zanahorias, recogía repollos frescos y patatas saludables. Las tardes las dedicaba a cosechar cebollas antes de llenarse el estómago con la sopa de verduras más deliciosa que recordara hombre alguno. No porque tuviera hambre, sino porque podía hacerlo.

Al menos una vez al mes visitaba el mercado para vender sus verduras. Con los bolsillos repletos de monedas regresaba a la granja.

Y así, el granjero vivió feliz durante todos sus días.

Pero incluso esos días, como todos los demás, terminaron por acabarse.

Poco a poco la hierba se volvió gris. Las verduras dejaron de crecer. El estómago volvió a dolerle y, por primera vez en muchos años, comenzó otra vez a rugir.

Demacrado y frágil, el granjero fue atacado por una enfermedad inexplicable. Durante ciertos períodos, una sustancia viscosa brotaba de todas las aberturas imaginables de su cuerpo: mucosidad, lágrimas, vómito y excrementos.

A menudo, todo al mismo tiempo.

Cansado, hambriento y postrado en cama, oyó de pronto unos golpes en la puerta.

—¡Adelante! ¡Está abierta! —gritó con voz ronca.

Tosió, carraspeó y escupió un moco blanquecino que cayó al suelo.

La manija descendió lentamente.

Una criatura de un solo brazo se arrastró por el piso, se encaramó a la mesita de noche y exhibió los dientes de su hoja metálica. Ya no estaban tan relucientes como antes. Ahora eran más bien marrones.

—¿Qué dice este buen hombre a otros doce años sin hambre? —preguntó la sierra.

—¿Y también curarás esta enfermedad? —preguntó el granjero.

La criatura soltó una carcajada histérica.

—Ni hablar. Las enfermedades siempre vienen y van, pero tu vida continuará. ¿No era eso lo que deseabas?

El hombre enfermo asintió. Se incorporó lentamente en la cama hasta quedar sentado.

—Si voy a pasar todo el día aquí acostado, probablemente no necesite dos pies.

La motosierra ronroneó mecánicamente desde la mesita de noche. Luego ayudó con su único brazo: calentó el hierro y arrastró un taburete junto a la cama para que el pie del granjero quedara lo más recto posible.

—Debo disculparme, amigo —dijo la sierra con un tono engañosamente cordial—, si mis dientes se han oxidado un poco desde la última vez.

Desde la mesita, la motosierra se alzó apoyándose en su brazo y luego se precipitó sobre la pierna del granjero como el ataque final de dos luchadores cubiertos de barro.

También esta vez el hombre tuvo que apretar los dientes mientras las púas abrían camino a través de la gruesa piel. Los dientes voraces de la hoja mordieron el hueso.

Un corte helado, vibrante y prolongado.

Un par de días después, cuando la criatura se marchó llevándose un pie como trofeo, la salud del granjero mejoró.

«Las enfermedades vienen y van», tal como había dicho la herramienta mágica.

Y, en efecto, casi siempre era así.

Una vez más llegaron los días felices.

A diferencia de la ocasión anterior, resultaba difícil llegar al mercado con un solo pie, pero eso tampoco importaba demasiado. El granjero pasaba la mayor parte de su tiempo sentado junto a la ventana. Arrancaba cebollas mientras observaba el césped verde brillar bajo los rayos del sol y contemplaba las hileras saludables de verduras.

De vez en cuando, cuando se sentía con ánimo, salía dando saltos fuera de la casa y arrancaba una zanahoria.

No porque tuviera hambre.

Solo por el placer de su sabor refrescante.

Pero aquellos días también llegaron a su fin.

Una vez más la enfermedad regresó.

Por fortuna era mucho menos repugnante que la anterior, aunque parecía más permanente. A pesar de la inextinguible sensación de saciedad, el cabello del granjero comenzó a volverse gris a medida que se acercaba el final de aquel nuevo período de doce años.

Eso era normal con la edad y no le preocupaba demasiado.

Lo que sí le preocupaba era su estado mental.

Algunas veces creía ver a su hijo caminando por el huerto. Sin embargo, todavía conservaba suficiente lucidez para comprender que aquello era imposible. Su querido muchacho había muerto de hambre poco después de su madre. Y si el granjero no se hubiera comido a ambos, él mismo habría corrido la misma suerte.

Los episodios más terribles eran aquellos en los que, de repente, se sentía otra vez un niño de corta edad.

Momentos en los que ya no podía distinguir los recuerdos de la realidad.

Aunque solo fuera por breves períodos, comenzaba a sentir la sombra de su propio padre en la habitación. Como hijo único, temía el regreso de la vara. Los golpes brutales que salpicaban las paredes con manchas de sangre. Quería correr a esconderse. Refugiarse bajo las mantas. Esperar a que su madre se sentara en el borde de la cama para contarle una historia antes de dormir. Porque entonces sabía que el día había terminado y estaría a salvo hasta la mañana siguiente.

Cuando la motosierra volvió a irrumpir por la puerta, el granjero levantó la palma de la mano.

—Detente ahí, criatura. Regresa al bosque. No puedo soportarlo más.

Además de su brazo y su pierna, la sierra mágica había adquirido ahora otro brazo, más delgado y casi femenino, que sobresalía de uno de sus costados.

«Es difícil describirla como otra cosa que no sea un cocodrilo motosierra mutilado», pensó el granjero mientras la observaba con mirada cansada.

—¿No querías vivir una vida sin hambre? —preguntó la criatura.

—Sí, antes sí. Pero incluso sin hambre, el cuerpo y la mente se desgastan. Creo que ya es hora de que mi vida también termine algún día.

La motosierra rugió con violencia.

—¡No! —bramó—. Me tambaleo demasiado con estas tres extremidades. Realmente esperaba conseguir una cuarta. ¡Ya no tienes derecho a elegir!

Sobresaltado, el granjero se lanzó hacia atrás, tropezó con el taburete y cayó de espaldas con estrépito. El dolor estalló en cada una de sus articulaciones mientras la criatura se abalanzaba sobre él.

La herrumbrosa y descascarada hilera de dientes siseó con furia cuando el horrible roedor de la Codicia duplicó el precio de su oferta para que el hombre pudiera vivir saciado durante todos los días de su existencia.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

 

El cuento popular terminó con el ruido del exterior. Llamaron a la puerta. Benjamín quiso esconderse bajo las sábanas, pero descubrió con horror que no tenía brazos. Tampoco tenía pies. Brazos y pies, solo muñones.

—¡Mamá, mamá! —gritó el niño.

—Cállate, campesino senil —respondió la mujer vestida de blanco—. No soy tu madre. —Cuando se levantó del borde de la cama, Benjamín notó que a ella también le faltaba un brazo—. Viene el amo —agregó; ahora sí la recordaba. No era su madre. Nunca lo había sido.

La seguridad de la cama desapareció.

La motosierra destrozó la puerta de madera.

—Es hora de cortarte la última extremidad, idiota. Porque ¿qué vas a hacer con eso cuando tu mano de mierda me pertenezca?

Tom Paulsen nació el 4 de julio de 1990 en la ciudad costera noruega de Haugesund. Desde que tiene memoria, siempre le ha interesado contar historias: ver películas, jugar videojuegos, leer libros. De los 13 a los 18 años formó parte de un grupo local de teatro infantil. De 2009 a 2012 vivió en la pequeña ciudad de Rena, donde estudió cine. Tras finalizar sus estudios, se mudó, junto con un compañero de estudios, más al norte. El plan era dirigir una compañía cinematográfica comercial desde Vardø, una ciudad en la zona ártica. Este proyecto duró unos cuatro años. A finales de 2016, Tom Paulsen regresó a su ciudad natal, Haugesund. Desde 2017 trabaja en el servicio postal. Debutó como autor en 2022 con la novela de fantasía y humor Kaffeverden. Desde entonces, ha publicado varios relatos cortos, que se encuentran en antologías y en internet.

Ilustración de Kenneth Gismarvik

EL RÍO