jueves, 11 de diciembre de 2025

LA CABAÑA DEL BOSQUE

Laura Irene Ludueña

 

Cuando Ivana anunció durante el desayuno que se iría a vivir sola, sus padres dejaron caer los cubiertos. Les explicó, con una sonrisa desafiante, que había comprado la cabaña del bosque, esa que los vecinos murmuraban que estaba maldita. Su madre palideció; su padre negó con la cabeza, recordándole historias de sombras y lamentos. Ivana soltó una risa breve y clara, burlándose de tantas prevenciones absurdas. Les aseguró que solo eran leyendas para asustar niños y que, por primera vez, quería un espacio propio. Aun así, sus ojos brillaban con una inquietud difícil de admitir en el fondo de su risa.

Esa tarde, cuando Ivana terminó de cargar la vieja camioneta que había comprado como parte de su nueva independencia, su amiga Lucía apareció sin avisar.

—¿De verdad vas a hacerlo? —preguntó, con esa voz suave que siempre usaba antes de decir algo que temía arruinar.

—¡Claro! De verdad voy a hacerlo —respondió Ivana, secamente.

Lucía bajó la mirada, pero no se fue.

—Entonces te ayudo.

—Mirá que ya está oscureciendo. Si venís, te vas a tener que quedar a dormir en la cabaña… ¿o querés volver sola caminando? —dijo Ivana con una sonrisa desafiante.

—Me quedo. Cuando tu mamá me avisó lo que pensabas hacer, avisé en casa que no se preocuparan si no volvía esta noche. Les dije que me quedaría a ayudarte con la mudanza.

—Gracias, amiga —respondió Ivana subiendo a la camioneta e invitando a Lucía a sentarse a su lado.

Las chicas se conocían desde la niñez. Habían sido vecinas, luego fueron a la escuela juntas y más tarde a la universidad, aunque Lucía no llegó a terminar la carrera de psicología porque falleció su padre y tuvo que volver a casa a sostener a su madre. Tenían personalidades diametralmente opuestas, pero se querían con la certeza de que, si una se caía, la otra estaría ahí para levantarla, incluso cuando no estuvieran de acuerdo en nada.

El camino al bosque olía a tierra húmeda. La luz del atardecer se filtraba entre las coníferas que, a medida que avanzaban, parecían adquirir formas humanas: brazos, torsos, cabezas inclinadas… como si el bosque entero estuviera observándolas pasar.

Ivana conducía repiqueteando los dedos en el volante. No solo disfrutaba de ese paisaje fantasmagórico, sino que le divertía la expresión de miedo en la cara de su amiga.

—Tranqui, Lucy —rio— No pasa nada.

A Lucía le temblaba hasta el alma, pero no quería demostrarlo para que Ivana no se burlara de ella.

—No es la casa en sí —dijo de pronto—. Es lo que había antes de la casa. Mi abuela decía que eso no era terreno para vivir. Que era…

—¿Sagrado? ¿Maldito? —interrumpió Ivana, con una sonrisa incrédula.

Lucía no sonrió.

—Habitado —susurró Lucía, encogida en el asiento—. A vos te parece gracioso. Pero sabes que este bosque está en una zona donde pasan cosas.

—¿Cosas como qué? —respondió Ivana pasando la mirada del camino a su amiga.

—Como lo que escuchaste mil veces —respondió Lucía—. Las luces, los ruidos, las voces… la gente que dice que…

—No sigas —interrumpió Ivana—. No son voces, ni luces sagradas, ni presencias. Son proyecciones. Miedo acumulado. Condicionamiento cultural. La mente interpreta patrones para darle sentido a lo desconocido. Está recontra estudiado. Si hubieras terminado la carrera lo sabrías mejor que nadie.

Lucía se mordió el labio, herida más por el tono que por las palabras.

—No necesitas ser psicóloga para saber que no todo lo que existe se explica. Lo que pasa es que vos estas peleada con la fe —susurró.

—Y no necesitas creer para estar tranquila —devolvió Ivana—. El cerebro inventa historias para soportar la incertidumbre. Las personas ven lo que necesitan ver. Dios, santos, fantasmas, señales… lo que sea. Es puro mecanismo de supervivencia. —Lucía no respondió. Afuera, las coníferas parecían inclinarse hacia el vehículo, como si observaran en silencio la discusión—. Lucy —continuó Ivana, hablando más suavemente—, yo no estoy peleada con la fe. Solo digo que necesito pruebas, coherencia, causa y efecto. No puedo creer en algo solo porque produce consuelo.

—Y yo no puedo dejar de creer solo porque no se puede medir —respondió Lucía.

Se miraron un segundo. Ninguna buscó convencer a la otra. Tenían un pacto tácito, podían estar en desacuerdo sin dejar de ser amigas, sin dejar de quererse.

Cuando la camioneta dobló hacia el desvío final, el bosque se abrió en un claro. Allí, entre sombras azuladas, se levantaba la cabaña.

Lucía se estremeció. No sabía si era por el frío, por el miedo o por la sensación de que algo –o alguien– las estaba esperando.

Ivana sonrió, triunfal.

—¿Ves? No es más que una vieja cabaña. Nada más que madera, humedad y bichos —señaló riendo.

Pero cuando apagó el motor, ambas escucharon algo. Un sonido breve, seco, imposible de confundir con el viento.

—¿Escuchaste? —susurró Lucía.

Ivana tragó saliva. Quiso decir “sí”, pero lo que salió de su boca fue otra cosa.

—No. No escuché nada.

El sonido quedó flotando entre ellas. Ivana lo empujó fuera de su cabeza antes de que se acomodara en algún lugar incómodo. La cabaña estaba envuelta en un silencio tan compacto que sofocaba incluso el sonido de sus propias respiraciones. No había viento, ni canto de pájaros. Entraron luego de forzar la puerta que parecía atascada.

—Debe ser la humedad — señaló la propietaria para agregar volviéndose a Lucy—, ¿ves?  sólo es madera oscura y ventanas de vidrios muy sucios. Abramos un poco para que se renueve el aire. Si duda hay que limpiar los vidrios, no se ve nada.

Descargaron la camioneta y comenzaron a desempacar en silencio. Lucía evitaba mirar los rincones como si temiera encontrar algo.

—No sé por qué la gente inventa historias —dijo Ivana para romper la tensión—. Supongo que necesitan creer en algo más grande que ellos mismos.

—Yo no necesito creer —corrigió Lucía, dejando una caja sobre la mesa—; necesito respetar. Y cerremos las ventanas que empieza a hacer frío.

Fue entonces cuando se escuchó otro sonido; un sollozo casi imperceptible, como el llanto de un niño que venía de lejos, muy lejos.

—Un animal —dijo Ivana, antes de que Lucía dijera una sola palabra.

Pero Lucía no se movió.

—Los animales no lloran así —susurró.

Esa noche fue un rompecabezas de silencios, sombras y sobresaltos involuntarios. Cenaron poco, más por obligación que por hambre. Lucía propuso rezar; Ivana le dijo que hiciera lo que quisiera, pero que ella no necesitaba rituales. Pretendía hacer una lista de las cosas que necesitaba para que la cabaña fuera un lugar habitable. Sin embargo, cuando las luces se apagaron, permanecieron acostadas espalda contra espalda, buscándose sin admitirlo.

Al principio no pasó nada. Solo la respiración de ambas, inquieta. Hasta que la casa vibró, como si alguien hubiese apoyado la palma de una mano gigante sobre el techo. Luego un gemido, esta vez muy cerca, dentro, tal vez abajo. Lucía contuvo un grito. Ivana se incorporó de golpe y sintió la adrenalina quemarle la garganta.

—Debe haber un animal atrapado —dijo, pero la frase sonó más a un ruego que a una explicación.

El llanto volvió, claro, humano. Un niño o algo que sonaba como un niño. Ivana se abrazó a sí misma sin darse cuenta. Lucía se sentó a su lado.

—No estás sola —le dijo a su amiga.

Y aunque Ivana hubiera jurado minutos antes que no creía en nada, esa frase la mantuvo entera. Pasaron así horas que parecieron siglos, temblando con cada ruido. En algún momento, el llanto se detuvo. El día regresó con el amanecer asomando entre las rendijas.

Cuando Ivana abrió la puerta para que entrara el sol, tuvo la revelación que más esperaba: el bosque volvía a ser solo un bosque. Nada se veía fuera de lugar. Ninguna huella, ningún rastro, nada que demostrara lo que habían vivido la noche anterior.

Lucía observaba a su amiga desde el interior, esperando.

—Fue… un episodio de sugestión colectiva —dijo Ivana finalmente—. El cansancio, la noche, el miedo… Todo encaja —afirmó más para sí misma que para su compañera. Lucía no discutió.

Ivana decidió volver al pueblo y regresar a la cabaña después de hacerle algunos arreglos como pintura, luces exteriores, muebles más modernos… Mientras cargaban las últimas cosas en la camioneta, se encontraron con algo que no habían detectado antes: una pequeña mano dibujada en la puerta, parecía hecha con tierra húmeda. El tamaño era innegable, era la mano de un niño.

Lucía se llevó la mano al pecho. Ivana se quedó inmóvil. Había mil explicaciones posibles… y ninguna.

—Yo lo voy a respetar —susurró Lucía, con un hilo de voz al mismo tiempo que se persignaba.

Ivana no respondió. Pasó los dedos sobre la marca, como queriendo borrar la historia, pero también queriendo recordarla. Subieron a la camioneta.

—¿Te vas a quedar a vivir aquí igual? — preguntó Lucía en un susurro antes de que el vehículo arrancara.

Ivana tardó en contestar. Miraba el bosque, la cabaña, la puerta marcada.

—Sí, cuando haga algunos arreglos y traiga más muebles—dijo al fin— Si me voy, entonces sí estaría creyendo.

Lucía asintió, sin ironía.

—Y si te quedás, quizá aprendas a escuchar.

Esa vez ninguna rio. La camioneta se alejó lentamente, tragada por la mañana.

Detrás, la cabaña quedó en silencio. Un silencio tan espeso que todos los ruidos del día –los pájaros, el viento, las ramas– sonaban como si fueran por primera vez. Y por un instante –solo un instante– Ivana creyó oír un susurro que no necesitaba interpretación. Un susurro que no estaba ni fuera ni dentro, sino en un punto exacto entre lo real y lo posible. Un susurro que no buscaba respuesta, solo presencia.

No se dio vuelta.

 Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022) y el ensayo Justicia social y resistencia conservadora: la ciudad de Rafaela en los años cuarenta. Su intensa actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo sus compañeros. Su labor está reflejada en este blog.

 

miércoles, 10 de diciembre de 2025

EL SEGUNDO NACIMIENTO DE EDWARD MORDAKE

Ignacio Fritz

Un centelleante candado Odis aseguraba, firme, el cerrojo de una puerta de hierro y refulgía, llamativo, aunque había una oscuridad profunda, de boca de lobo, en el living-room de la casa que vigilaban desde hacía meses.

—¿Y…? —Yonquigirl sentía un peso en el interior, una honda aspereza que le dificultaba levantarse cada noche y hacer de tripas corazón y enfrentar una existencia que no había elegido. Desde luego, tema ingrato en el cual solo podía aceptar, lisa y llanamente, como el preludio de un destino amargo, molesto como una enfermedad venérea, en la Eternidad en la que estaban apostados, desde hacía meses, esperando ese día en particular.

—Nada, solo esperar a que traigan la llave. Seguro vendrá uno de los chicos para los mandados, el delivery. —Y el candado traveseaba con destellos como de diamante. Tanto, que Maldadoso cerró un poco los ojos—. Seguro que sí. —Maldadoso arqueó una ceja.

No habían elegido lo que padecían por aquellos aciagos días de incertidumbres y rarezas, de espejismos y maldad, de drogas y pérdida de fe, de tenebrosidades perpetuas y hurtos sentimentales que en nada los ayudaba, porque lo sensitivo no cuadraba en ese Antimundo en el que se sumergían cada noche.

Yonquigirl dijo:

—¿Seguro…? Ese hombre, Edward Mordake, tenía una cara extra en la parte posterior de su cabeza. Era su «cara de demonio», que le susurraba cosas, cosas como las que oigo a cada rato, esas vocecillas imperantes de chalada que tengo.

—Bah, ¿y qué? —refutó Maldadoso, que entendía ese panorama como uno más para soportar en los últimos trechos en los cuales se había involucrado desde hacía años, cuando ambos decidieron ahogarse en los tumultos de la anormalidad—. Los huesos de Mordake están allí, guardados en ese cuarto con puerta de fierro, con ese candado con vida propia, metidos en un ataúd de ébano, y ahora debe estar volviendo a la vida, si es que eso sea la vida, ¿no es cierto?

—Y con luz propia, como ese candado, en efecto —agregó ella.

—Sí, nosotros solo esperamos la llave para abrir y recibirlo. —Pausa—. Hay grandes planes para los tres. Un noble inglés estará junto a nosotros, se llama Edward Mordake y aparecerá aquí, en Santiago de Chile, y será un burgués que ayudará a que los demonios salgan de abajo. —Observó el piso flotante y la oscuridad cubría el living-room como una telaraña espesa, como un género tiznado o una marea de petróleo.

—Allí hay un tesoro —comentó Yonquigirl y mascaba chicle, lenta como mamífero rumiante.

Había una sensación marchita, como de cementerio de abadía inglesa.

—Se trata de la osamenta de Edward Mordake en un ataúd y el conjuro lo traerá a la vida una vez obtenida la llave del candado Odis. Abriremos y le daremos la bienvenida. Meter la llave en el candado es el conjuro que lo convertirá en lo que fue cuando vivía en el siglo diecinueve.

—Es un candado embrujado, ¿no, Maldadoso? ¿Eso lo traerá a la vida? ¿Eso llenará de carne y piel y órganos sus huesos polvorientos en su ataúd de ébano?

—Sí, Yonquigirl. Aunque para mí ese candado no está embrujado —negó con la cabeza—. No es un candado embrujado. No alharaquees.

—Pero si se ilumina solo en la negrura. ¿Qué es, entonces, Maldadoso? ¿Otra huevada rara de estos seres?

—Yo no los llamaría seres. Son demonios, más bien. —Acto seguido un sofá Scott de tres cuerpos se deslizó diez centímetros y los dos no se percataron de nada. Lidiar con ese tipo de fenómenos se había vuelto pan de cada día, de manera que no se cercioraban de cada suceso lindante al poltergeist.

—Un bicho, una mierda rara. Edward Mordake fue una falla de la Naturaleza.

—Pensar que yo me creía un fenómeno de la Naturaleza, Yonquigirl.

—De la Naturaleza no, pero sí de la Hermandad Halloween —juzgó ella.

Maldadoso pulsó el interruptor y el candado dejó de brillar por la luz.

—Increíble que ese candado estuviese iluminando, antes, cuando conversábamos en la oscuridad, sentados a la mesa y esperando que llegue ese delivery. ¿Son ellos los que lo envían…? ¡Qué horror, sí! Hasta tienen gente trabajando. Tal vez un venezolano que arrancó de Maduro, ¿no? ¿Tu celular indica en qué calles está?

—Nones. Lo tengo sin batería —contestó él.

Se oyó un golpeteo por detrás de la puerta y el candado Odis se sacudió, como si estuviera al vaivén de los golpes de nudillos por detrás de esa puerta, resistente como un barco a la deriva.

—Golpean la puerta por el otro lado —comentó Maldadoso, circunspecto.

—Sí, golpean. Son como contraseñas en una sesión de espiritismo. Quizá Mordake ya se levantó de su ataúd. Quizá ya es humano. Quizá ya nació por segunda vez.

—No, pues… Si falta la llave en la cerradura del candado. No enredes, Yonquigirl.

—Siempre, toda mi vida, enredo. Lo que sucede atrás de esa puerta corrobora lo que siempre he pensado, ¿eh?

—Sí, lo sé. Me he ido acostumbrando a los ruidos y entes y aparecidos y…

Hubo otro golpe fortísimo, y se detuvo para dar paso a una confesión desinteresada por parte de Yonquigirl:   

—¿Cuánto tiempo llevo convertida…? ¿Siendo la guardiana de las pelotudeces que siempre han impuesto los de la Hermandad Halloween?

—Uy, no sé. La última vez no logramos conseguir nada, incluso metiéndome yo en el hospital San José a medianoche y eludiendo a toda esa gente, los médicos y enfermeros o lo que sea. Incluso creo que esa noche me topé con esa monja fantasma de la época del cólera y nada de sangre fresca pude robar para que te alimentaras. —Yonquigirl rio.

Luego hubo un instante de mutismo.

—¿Mordake tendrá hambre? No lo sabemos —dijo ella, ya más reposada—. Ese lugar es como una habitación del pánico, ¿no? Y sus despojos crecerán, volviendo a la vida, y eso que ellos solo habían conseguido sus restos traídos en un vuelo chárter desde Inglaterra. —Pausa—. O quizá ya está listo y golpea la puerta porque quiere salir.

—Uf, se suicidó a los veintitrés años y tenía un título nobiliario y… ¿Qué más, Yonquigirl? Fue todo un caso ese hombre.

Después ninguno dijo nada. Del otro lado volvían los sonidos, similares a los provocados en las sesiones de espiritismo. O tal vez en un ajetreado poltergeist.

Maldadoso concluyó:

—Mordake es un fenómeno, una criatura con una cara en la parte trasera de la cabeza, que con su boca le susurraba de todo, todo a su parte «normal» de una manera demencial, como si fuera una réplica, un hermano demoniaco pegado en su cabeza, la causa de los problemas de cada individuo, sino de la misma Humanidad.

—¿Y…?

—Hablamos de él y aguardamos. Esperamos. Damos vida a Mordake departiendo esta sarta de huevadas mientras esperamos al delivery, ¿cómo llamarlo de otra manera…? ¿Junior? ¿Cadete? ¿Chico de los mandados? La llave calzará perfecta en la abertura del candado que se ilumina solo y abrirá esa puerta de fierro, del Infierno, en la que está Mordake. —Pausa—. Allí está, en su ataúd elegante. Se convertirá en un ser humano que usará una capucha para cubrir su otra cara trasera, y saldrá en la noche a cazar mujeres vírgenes para beber su sangre prístina. O tal vez ya no tendrá esa cara en la parte posterior de su cabeza, quién sabe. Sí, no creo que la Hermandad Halloween acepte que esa cara se mofe de él y que, de nuevo, termine suicidándose a los veintitrés años.

—¿Y, qué más, Maldadoso?

—Nada, solo esperar a que llegue la llave y nazca por segunda vez.

Algo desconocido, en efecto, crujía detrás de la puerta de fierro, como si Edward Mordake estuviese destrozando el ataúd de ébano en un arrebato de furia, asunto incierto porque volvería a la vida solo si se introducía la llave del delivery en el candado Odis.

—Sí, claro —afirmó ella con vesania—, tenemos toda la Eternidad para conocer a Mordake. Seguro es un tipo interesante, sofisticado.

—Sofisticado mi falo, Yonquigirl —zanjó él.

De manera puntual, un aguerrido toque de campana anunció la llegada del delivery, y tal vez ese inglés volvería a la vida: joven que padeció del síndrome congénito de duplicación craneofacial, y reposaba en ese cuarto cerrado a cal y canto.

Eufórica y guillada, Yonquigirl exclamó:

—¡Qué horror, sí! ¡Llegó…! ¡Por fin…! Ojalá resulte todo esto, ¿sí? —Luego descansaron mientras una suave música de otras épocas inundaba la casa y la lluvia comenzaba a golpear contra el tejado.

Ignacio Fritz nació en Santiago, Chile, en 1979. Licenciado en Comunicación Social y Periodista (UNIACC) con estudios inconclusos de Literatura y Derecho. Ostenta un diplomado en Escritura Creativa de la Universidad Diego Portales. Sus primeros cuentos aparecieron en el suplemento juvenil «Zona de Contacto», del diario El Mercurio, a fines de la década de los 90. Ha publicado los libros de cuentos Eskizoides y obtuvo el primer lugar en el concurso de cuentos de Unión Latina con el relato Camila Rochet. Su última novela se titula Terrorismo marxista.

FLUSH

Francesco Verso

 

Cuando lo probé por primera vez no sabía qué esperar. Desaparecer, quizá morir y luego regresar, pero ¿adónde y sobre todo desde qué? Nadie sabía nada. O mejor dicho, nadie hablaba del asunto sin perderse en refunfuños y balbuceos. Entre ellos, estaban los que juraban haber sobrevivido a la experiencia más terrorífica de su vida y, por la cara que ponían, la exhibían como prueba definitiva: se habían vuelto más fuertes porque todavía estaban vivos.

¿Por qué, entonces, quería hacerlo? ¿Por qué someterme a un suplicio semejante?

Miro la hora, luego el cartel del local y me digo: Simon, ¿seguro que vale la pena?

 

La música trance hace pulsar la sangre en las venas a 150 rpm. Rebota afuera, a lo largo de las paredes descascaradas del callejón, que rezuma humedad y pintura flúorescente. Unos tipos sospechosos permanecen en la sombra negociando. Lo siento: todo conspira para distraerme. Mi ropa es improbable: pantalones beige de cuando pesaba 95 kilos, una camisa celeste que no sabía que tenía y unas sandalias marrones viejas, de viajero empedernido. Apago el móvil para que ninguna app urbana demasiado invasiva me pesque.

El lugar de la cita, la Madriguera del Ruido Blanco, no es un sitio donde uno quiera llamar la atención. Es un club en las afueras, frecuentado por fanáticos de los volúmenes ensordecedores, ese tipo de estruendo que te distrae y puede hacerte cambiar de idea cada tres minutos. Incluso menos, si vas acompañado por alguien que te haga de caja de resonancia. Quizá por eso me decidí: meterme en el “pozo” y colarme en la Madriguera del Ruido. No distinto de los que han caído antes y que, reincidentes, volverían a hacerlo. Desde afuera, la Madriguera parece peor que un agujero cavado en la tierra. La entrada es una plancha de metal inclinada, montada sobre gruesos goznes que se hunden en la piedra. Luego se baja por un túnel iluminado con llamitas. El aire es desplazado tanto por las vibraciones sonoras como por enormes conductos de ventilación.

Una caverna polvorienta funciona como pista de baile y alrededor de las paredes hay tablas clavadas y lacadas en rojo. Miro a mi alrededor: en un cubículo reservado para VIP, hundido en un asiento raído de VIRGIN AIRLINES, hay un vietnamita de piel aceitunada con un chándal paramilitar. Me acerco, le hago una seña con la cabeza y él me regala una sonrisa torcida y una dentadura de orfebrería.

Mi contacto, Charlie Cuatro Dedos, hizo un buen trabajo de intermediación: quizá le pidió a su chiquita brasileña que le hiciera una lap-a-samba al tipo; quizá ella fue lo bastante hábil como para hacerle olvidar un día miserable. El hecho es que él acepta reunirse conmigo. Levanta una mano larga y huesuda y me hace señas de que lo siga.

—Al baño. En un minuto. Entro yo primero.

No dice nada más. ¿Hay un modo correcto de hacerlo? ¿Precauciones? ¿Cosas que evitar?

He comido un lumpia y bebido dos cervezas. Tal vez debería esperar. O tal vez dudo porque no estoy convencido. A mi pesar, me dejé sugestionar por las voces que circulan sobre el aire que me atraviesa la cabeza, los agujeros negros de comprensión y los torbellinos de extrañamiento. Voces absurdas que hablan de vacíos de alma hiperbáricos y pensamientos-espejo de memorias ajenas. Cajas mentales dentro de otras cajas. Ilusiones tan desagradables y molestas que te hacen perder la orientación y la lucidez. Mierda, ¿pero cuántas versiones existen de lo mismo?

De acuerdo, es algo subjetivo, algo que cada uno vive por sí y para sí, pero debe existir un denominador común, algo asociable al Flush.

El Flush o Succión es el nombre de batalla de la experiencia en cuestión: Silenciador, en cambio, es el nombre con que las autoridades de medio planeta lo han prohibido.

Solo me queda descubrir el motivo de ese nombre.

Inspiro y me encamino hacia el símbolo parpadeante del baño.

Para llegar tengo que esquivar a los que se divierten al ritmo de un redoble intercalado con estampidos de cañón. Si los llamamos “esquizofónicos”, por algo será…

 

En mi vida jamás he esnifado basura dura. Espinas de skunk y pasteles de maría, algún vapor de pegamento y, como mucho, unas dosis subliminales. Nunca toqué coca, hero, mescalina, anfetaminas o LSD. Me gusta el contacto con la naturaleza, por así decirlo. Y sin embargo para el Flush estoy dispuesto a romper esta regla. Sea lo que sea, esa experiencia circularía dentro de mí, fluiría por las venas o por cualquier otro órgano donde pudiera propagarse.

Confiado e inconsciente, cruzo el umbral del baño, después de haber salido indemne del tratamiento acústico de la pista de baile. Los oídos me zumban y parece que escupen desde los tímpanos picos de melodías sobrantes. En el baño de hombres me sorprende el ruido torrencial de un par de grifos abiertos, de los que sale un líquido espeso y verdoso. Una sustancia que desde pequeños nos enseñaron a usar con cautela: el fluido verdoso, con un vago olor a menta (nadie sabe describir su sabor sin terminar en un lavado gástrico), se debe al agente químico encargado de exterminar cualquier sustancia nociva. Si lo llamamos “higiene preventiva”, por algo será…

Agazapado detrás de la puerta como un felino al acecho, Ho Chi Minh se apresura a colgar afuera un cartel que dice AVERIADO para luego cerrarnos dentro. Quizá tengo dos minutos antes de que se desate el caos en busca de un urinario libre.

—¿Eres Simon?

—Sí, el amigo de Cuatro Dedos.

Voy a sacar un documento pero él me detiene.

—Me basta tu palabra. Total, antes tengo que ver los euros.

—Espera, quiero probarlo. ¿Cómo sé que no me estás encajando una basura de baja frecuencia?

El tipo frunce las cejas y me dedica una expresión de chacal, dejándome en claro cómo son las cosas. Si suelto semejante disparate solo puede significar una cosa: que es mi primera vez. Así que me trata de toxicómano, de esquizofónico cualquiera, el típico glotón de novedades audiosérgicas con las que colocarse.

—Tienes que confiar, amigo. No puedo hacer que lo pruebes.

Callo. El misterio del Flush me atrapó desde el comienzo. No me queda más que abrir la mano y darle el pago. Precio de mercado. Ho Chi Minh no negocia, estira un brazo y me quita los créditos. Luego sonríe burlón y abre la otra mano en forma de cuenco.

—Que te diviertas, y agua en la boca. Si te pillan, traga. Son biodegradables. A prueba de análisis de heces. Para incriminarte, tienen que abrirte el estómago en menos de media hora.

Otra sonrisa de jade y luego salta sobre el lavabo y se mete por la rendija de la ventana superior. Nunca sale por la misma puerta por donde entra. Antes de desaparecer en el callejón, silba.

—Amigo, quita el cartel si no quieres que primero rompan la puerta y luego a ti.

Me quedo allí, paralizado y dudando de haberme desprendido de tantos euros para nada. Bajo la mirada a la palma de la mano y veo lo que he comprado por una cifra equivalente a dos meses de alquiler.

¿Un par de malditos auriculares? ¿Dos miserables tapones para los oídos?

No lo puedo creer. ¿Tienen el descaro de elevar estos trucos baratos al rango de droga sintética?

Los hago saltar en la mano, intentando encontrar un sentido más profundo a esos objetos, cuando unos golpes tremendos contra la puerta me despiertan de la hipnosis de la estafa.

Meto los auriculares en el bolsillo y salgo corriendo y esquivando a dos energúmenos cuya vejiga atascada es la causa de mi salvación. Sus insultos no me habrían herido demasiado. Recorro de nuevo el túnel, ahora en subida.

Jadeo.

El humo me nubla la vista y destroza el olfato; el estruendo de los decibelios explosivos tritura el resto de mis sensaciones. Sacudo la cabeza buscando un apoyo. Aunque sea el brazo de alguien que me guíe afuera. Me tambaleo, rebotando de hombro en hombro. Choco con desconocidos que se burlan de mí y se ofenden por la molestia que les causo. Si supieran cuánta me causan ellos…

Cuento los giros, miro las paredes, busco señales para orientarme. El aire tiembla y se infla con los retumbos de un bajo que atraviesa la carne, irrumpe en los tímpanos y es absorbido –y solo parcialmente amortiguado– por mi esqueleto.

Distingo unos neones de emergencia en la distancia. Deben indicar la superficie.

Mi vista se duplica y de las orejas me corre un hilo de sangre tibia. Parece incandescente como la frecuencia del sonido. Agarro la baranda, donde muchos caen cada noche. Siento su sudor seco, sus angustias deslizándose bajo mi palma.

Fuera de la Madriguera recupero el aliento. Entre los sonidos apagados del callejón, los ojos enceguecidos y los oídos aturdidos, estoy tentado de probar el Flush ahí mismo, de pie.

Veo a dos tipos armados con alaridos contundentes y a un grupo de tres sílfides protegidas por un halo de música defensiva. Desisto; no quiero que me ataquen con algún ruido malévolo. Pero pensándolo bien, ¿qué podría pasarme tan terrible si esa cosa, unos simples tapones para los oídos, está en la lista negra de drogas?

Recuerdo a Ho Chi Minh. En este momento, debe estar bebiendo un trago a mi salud. Con los auriculares en el bolsillo, me echo a caminar, apresurado y furtivo. Doblo en la Cristóbal Colón, cuyos efectos Doppler, emitidos por los neumáticos de los bólidos, si bien no me molestan tanto, me inquietan: llevo tecnología ilegal y cualquiera podría bajar de un coche y obligarme a una requisa audiométrica.

La acera –en el tramo de autopista donde inauguraron un HyperStore 24x7– rebosa de noctámbulos, jóvenes y no tan jóvenes, mareados por la charla fácil, y One-Man-Sounds, versificadores de voz seductora que se divierten vendiendo insultos improvisados y frases de éxito para ligar, intercambiables según la ocasión.

Me duelen los oídos cuando no llevo mis Sennheiser acolchados para aislar sonidos con otros sonidos. Y como idiota las dejé en casa. Porque sonido mata sonido: si lo llamamos “terapia de bajo contenido de satisfacción”, por algo será…

 

Busco un lugar aislado, un parque, un garaje, cualquier sitio abandonado donde la agresión del ruido me conceda una tregua, aunque sea momentánea, del remolino que me tapa los oídos. En el fondo, todos queremos escapar. Unos en la tele, otros comprando, otros en el estadio y otros en la discoteca. Y ninguno querría estar en otro lado en ese momento.

La reclusión de quien está inmerso en una huida aparente no es más que la admisión de una escapadita. Prisiones dentro de otras prisiones. Ruidos dentro de otros ruidos. Con un solo efecto peor a largo plazo.

Quien huye de verdad no vuelve. Quien huye de verdad no hace zapping a otro canal, ni busca una tienda alternativa. Quien huye de verdad no cambia de partido, ni se inscribe en otro club. Quien huye no busca algo: ya lo encontró.

Mi barrera antisonora, compuesta de dos puntas con forma de lóbulos de oreja, ya no oscila. Es mi modo de zahorí para encontrar el punto X, aquel en que los ruidos no me alcancen ni me atrapen en una red de distracciones.

Donde estoy ahora no hace falta hacer escándalo para escucharse.

El susurro del viento entre las ramas exige apenas una fracción de mi atención. En compensación, el ser humano más cercano está a cien metros. Una distancia suficiente como para tranquilizarme y hacerme sacar los auriculares del bolsillo.

Me recuesto en un banco junto a un sendero arbolado. En pleno control del espectro sonoro de los alrededores, observo mis compras del día: color rosa “epidérmico camuflado”, forma de cono alargado y recubiertos de un material esponjoso que no conozco. No son plástico, corcho ni goma. ¿Quién sabe cómo se mezclan las moléculas de los objetos que nos rodean?

Cuanto más los miro, más me abstraigo, invadido por una mezcla de rabia por el precio prohibitivo y curiosidad por un objeto que, en teoría, promete devolverme una experiencia única.

Los sacudo y agito.

Los foros que revisé antes de decidirme no mencionaban ningún consejo ni truco. Quizás no existan. Quizás sea solo instinto. Entonces, me di cuenta de algo obvio: objetos tan simples no pueden transmitir una experiencia tan compleja. Tanto es así que separo los auriculares, los levanto y los mantengo firmes a la altura de los ojos. Observo cómo los conos se apuntan entre sí. Estoy en el medio, manteniendo el circuito abierto.

Entonces sucede algo. Entiendo el misterio, pero no me atrevo a lanzarme.

Lento como un monje preparando té, acerco los auriculares a mis oídos. Giro a la derecha, luego a la izquierda. No entiendo si soy yo quien se coloca entre ellos o ellos los que interactúan a través de mí.

Al unísono acerco las manos y dejo que la consistencia ambigua del material se incruste en mis canales auditivos y se adapte a la forma de mis tímpanos. Es una sensación táctil enrarecida, que se siente incluso en la oscuridad de mi oído.

Tras juntar suavemente los dos extremos, no me doy cuenta de que me he hundido. Frunzo el ceño al percibir la presencia de otra realidad, la del silencio absoluto. Siguiendo mi estado de ánimo, entorno los ojos. El silencio asociado a la oscuridad profunda es algo que se ingiere en dosis diminutas. Infinitesimales.

Si históricamente el colocón siempre ha estado ligado a cualquier distorsión, a una deformación a gusto de la realidad, entonces he empezado a drogarme bien. Es como un cambio de presión en un avión, una sensación de succión que primero te estira y luego te comprime.

Absurda, aunque cierta, es la sensación de aire filtrándose por la cabeza, un espacio vacío y sideral en lugar del cerebro.

La ausencia de percepción auditiva, en contraste con el ruido que ruge por doquier, actúa desde dentro, sutilmente: el silencio absoluto es un torbellino capaz de abrir profundos abismos en su interior, destrozando toda sensación de seguridad e ilusión de autocontrol.

Sobre todo, el silencio, con el paso del tiempo, no disminuye, sino que se acumula. Primero, alerta y consciente de dónde estoy, imagino cómo dosis crecientes de Flush me llevan a lugares desconocidos, recovecos internos que normalmente permanecen inaccesibles a la conciencia bombardeada por sonidos. Luego, lentamente, me invade el pánico…

La mente al vacío, libre incluso de la más mínima vacilación y desatención, esa de la que hablan y murmuran los usuarios más experimentados en sitios dedicados al fenómeno, se mete en mi cabeza. Los miedos más oscuros y los deseos más inconfesables se condensan en una visión tan irreal como fantasiosa. Visiones de mis exparejas, como cirros, se acumulan bajo densas nubes de miedo y angustia. Entretanto, destellos nítidos desencadenan recuerdos fragmentados.

En el silencio de la realidad apagada, lo que toma forma es inmanejable, no se puede modular en absoluto.

La oficina donde trabajo como especialista de IT ya no es el “open-space” ensordecedor donde la privacidad es violada deliberadamente, sino que se parece a una colmena habitada por zánganos que representan el papel de víctimas frente a reinas del negocio al borde de la histeria horaria.

Mi Elisa se transfigura en un pilar de ébano procaz, una columna de escenas pornográficas, tomadas y arrojadas sobre carne desde el receptáculo de mi kamasutra personal.

Quizá el sueño sea el comparativo más cercano a lo que estoy viviendo. Un filamento onírico, lúcido y borroso, un desvarío virulento durante el cual los conceptos con los que mido mi identidad se retraen, asustados por la presencia abrumadora de un evento tan único y raro.

Por anatomía, historia y cultura, y en tanto seres humanos, estamos todos ligados a la comunicación física, escrita y verbal. Sin embargo, cuando el pánico mudo toma el control y el silencio persiste dentro de nosotros durante un tiempo suficientemente largo, es la consciencia la que se enciende.

Ni siquiera el latido acelerado pero constante del corazón me consuela. Poseo una existencia más allá de la fluctuación mental, pero aun así estoy en caída libre.

Con un esfuerzo de voluntad abro los ojos y ¡sorpresa! Un mundo igualmente mudo me muestra su rostro enmudecido.

Las hojas susurran entre las ramas, los pájaros cruzan el cielo en bandadas ordenadas y los grillos saltan entre la hierba, empujados por el aliento del viento. Todo es quieto, silencioso, sin remedio.

Tendido un velo sobre el sonido de la realidad, un pliegue de verdad me golpea en la cara. ¿Cuánta parte del cerebro está sometida por los ruidos? ¿Cuánta parte de nosotros se pierde atendiendo a los sonidos?

No querría ser sordo, sobre todo porque una prótesis auditiva restituye plenamente el placer del oído, efectos especiales incluidos, pero entiendo por qué el Flush es ilegal.

La monotonía de la ausencia de sonido es un interruptor para colocarse y al mismo tiempo una prueba para demostrarse a uno mismo que se puede escuchar, además de sobrevivir. Dos hechos que, si se separan, pueden ser acusados de degradar el espíritu y propagar prácticas contrarias a la seguridad personal, pero que, si se unen en un solo y único evento, refuerzan la capacidad de enfocarse y liberan del yugo de la distracción.

Queda el riesgo de PVS (Estado Vegetativo Permanente) y de la incomunicabilidad del silencio, por la cual cada uno es una isla en un océano de emociones fluidas, quebradizas y tan maleables como para rechazar la palabra. Y aun así, incluso estos impedimentos pueden superarse ante la difusión del ritual compartido del Flush: ya se ven por ahí las primeras bandas de silenciados avanzando absortos en la contemplación de una existencia más elevada, inmunes a la captura de vitrinas brillantes, himnos al consumo y el diluvio de señales subliminalmente sublimes.

Veo a algunos que gesticulan, moviendo las manos en complejas maniobras gramaticales de LSD, el Lenguaje de los Signos Desonorizado, y se agitan en una mímica propia, inaccesible para los demás.

Despojado de todo revestimiento sonoro, me levanto y vago por senderos enmudecidos y locuaces en un otroverso. En un lenguaje carente de toda cacofonía, comunican formas más intensas de sentido, un sentido renovado en el germen. Es una premonición.

Es el enfoque por debajo del umbral de audibilidad.

Lo que sorprende es sentirse desintonizado.

Francesco Verso es un escritor italiano de ciencia ficción y traductor de ciencia ficción del inglés al italiano. Nacido en Bolonia, Italia, vive y trabaja en Roma. Comenzó a escribir en 1996, primero poemas y luego la novela Antidoti umani , que fue nominada al Premio Urania 2004. En 2009 ganó el Premio Urania con la novela Il fabbricante di sorrisi. En 2010, terminó su tercera novela, Lívido, que en 2012 ganó el Premio Odissea y también el Premio Cassiopea en 2014, tras lo cual recibió el Premio Italia a la mejor novela italiana de ciencia ficción. Ese mismo año, la editorial australiana Xoum adquirió los derechos australianos de la novela y se publicó en inglés con el título Livid. En 2015 ganó su segundo Premio Urania con su novela Bloodbusters exequo Sandro Battisti por la novela L'impero restaurato. En 2018 ganó un Premio Italia como mejor editor por la serie de libros publicados en Future Fiction y en 2019 recibió en la Convención Refesticon en Montenegro el Premio Dragón de Oro (Zlatni Zmaj) por logros en el desarrollo de la literatura de ciencia ficción.

GUERREROS DE SOMBRA

Mile Kostov



 

La luna llena reptaba sobre las colinas dentadas como un pálido dron de vigilancia, su luz fría siguiendo cada movimiento allí abajo.

Marko se sintió expuesto bajo ella.

Un blanco.

Sus pasos vacilaron y luego aceleraron en un ritmo nervioso mientras se apretaba contra las paredes mojadas, intentando fundirse con las sombras.

La noche estaba mal, demasiado quieta, demasiado observadora.

Las farolas parpadeantes proyectaban círculos estrechos de luz moribunda sobre el asfalto húmedo por la lluvia, cada reflejo temblando como si le advirtiera que diera media vuelta.

Luego las luces empezaron a apagarse. Una. Un latido. Otra. Y otra.

Un apagón progresivo devoró la calle, bombilla por bombilla, avanzando con la certeza depredadora de algo que se acercaba.

La respiración de Marko se tensó. El frío en su piel se profundizó hasta convertirse en algo vivo.

Se metió en un pequeño hueco. Pegó la espalda a la piedra. Intentó no respirar.

Un roce. Suave. Cerca. El susurro de una tela. Una presencia.

Tres siluetas se desprendieron de la oscuridad: una delante, una a la izquierda, una a la derecha. Humanas en contorno. Inhumanas en quietud.

Sin rostro, solo vacíos con forma de hombres.

Marko se congeló.

El aire se espesó, comprimiéndose a su alrededor. Las figuras se deslizaron hacia él. La última farola murió.

Un auto rojo irrumpió en la calle, neumáticos chillando. Derrapó de costado, bloqueando el paso. La puerta del acompañante se abrió de golpe.

—¡Muévete! —ordenó una voz de mujer. Firme, cortante.

Marko siguió pegado a la pared, los músculos paralizados.

Las sombras se abalanzaron sobre él.

Se lanzó hacia adelante. Cayó sobre el asiento. El auto arrancó de inmediato. La puerta se cerró, golpeándole la pierna.

 

Detrás de ellos, las siluetas se detuvieron… luego se disolvieron mientras las farolas volvían a encenderse.

Marko se desplomó, con los pulmones ardiendo.

Cuando volvió la cabeza, la vio. El reconocimiento lo atravesó como un chispazo. Una chica que había visto correr junto al Vardar. Sudadera con capucha. Sonrisa rápida. Un instante que se había quedado con él sin permiso.

Ahora se veía distinta, más afilada, enfocada, eléctrica.

—Teuta —dijo ella.

—Eres… la chica del parque.

Ella no contestó.

El auto redujo la velocidad. Se detuvo frente a su edificio.

—Descansa —dijo—. Mañana cambia todo.

Él bajó, vacilante.

—¿Te gustaría…?

—No.

La puerta se cerró con una firmeza definitiva. Las luces traseras del auto se perdieron entre las sombras de la noche.

Marko abrió la puerta de su departamento y se quedó helado.

Caos. Cajones arrancados. Papeles desparramados. Ropa destripada del armario. Los cables del escritorio colgando como venas seccionadas. Su computadora… desaparecida.

El pulso se le disparó. Bajó corriendo las escaleras, cerrando con llave detrás de sí.

Cuando llegó al escondite del profesor Mihailov, apenas podía sostenerse en pie. Se tambaleó hacia adentro.

El santuario estaba destrozado.

Estantes volcados. Manuscritos dispersos. Toda una vida de investigación hecha trizas.

Abrió el cajón del escritorio. Vacío. Se dejó caer en un sillón rojo y marcó.

PROFESOR.

Sin señal. Otra vez. Lo mismo.

Tragó saliva y llamó a emergencias.

—Ha habido un allanamiento… y robo…

Su visión se nubló. Blanco. Negro. Rojo…

 

El crepúsculo sangraba sobre el horizonte, extendiendo un púrpura manchado sobre las colinas lejanas.

Marko se agazapó detrás de una roca, respiración tenue, mirando un claro iluminado por un fuego antinatural.

Dos hechiceros se enfrentaban. Uno con túnicas rojas como metal fundido. Otro de negro, aferrando un bastón de pastor con nudillos blancos como hueso. Antiguos. Míticos. Vivos por error.

El hechicero rojo atacó primero; un pilar de fuego estalló hacia arriba, desgarrando el cielo. El mago negro alzó un escudo brillante y luego lanzó un enjambre de chispas como estrellas. Se arremolinaron hacia afuera en una constelación letal. La capa roja se retorció, absorbiéndolas, devorando la luz.

Marko se estremeció. Y un dolor brutal explotó en su pierna.

Perros –enormes, salvajes– saltaron desde los arbustos. Uno le mordió el muslo; lo desgarró. Marko lanzó un grito.

Un fogonazo cegador estalló desde el bastón del mago negro. Los perros salieron despedidos, arrastrados por la tierra.

—¡Corre! —gritó.

Marko giró sobre sí mismo.

La hoja de un cuchillo se hundió en la espalda del mago.

El hechicero rojo sonrió mientras el negro caía. La capucha se deslizó: era el profesor Mihailov.

—¡Profesor! —gritó Marko.

—No confíes… en nadie… —jadeó Mihailov. Empujó su bastón hacia Marko. La madera cayó a medio camino.

Ambos extendieron la mano. La de Marko lo alcanzó primero.

Una explosión de fuego le golpeó la espalda. El dolor detonó en su columna. Se arrastró por la tierra, alejándose del infierno. Un perro le mordió la pantorrilla. Tiró de él hacia atrás. Se cubrió la cara.

El mundo se apagó.

Justo antes de que la oscuridad lo engullera, la voz del profesor –desencarnada, helada– cortó el vacío.

—Marko… te encontraron.

Un golpe violento lo despertó.

Marko se incorporó bruscamente en su sillón. El sudor se le aferraba a la piel como escarcha. Otro golpe… más fuerte todavía.

Abrió un poco la puerta. Teuta lo empujó hacia adentro, casi derribándolo.

 

—Fuera. Ahora. ¿Otra salida?

—¿Qué?

Unos pasos retumbaron por la escalera. Teuta no esperó. Abrió el armario y lo empujó dentro, metiéndose después. Sus cuerpos quedaron apretados. La respiración cálida de la mujer contra la mejilla de él. Su perfume cortando el pánico.

La puerta de su departamento estalló al abrirse.

Por la rendija, Marko vio a dos policías. Botas triturando vidrio roto. Cajones tirados. Almohadones volcados. Uno salió al pasillo. El otro se acercó al armario.

Teuta se tensó. Rígida. Silenciosa. Armada.

La mano del oficial tocó el picaporte. La pistolera en su cinturón hizo clic. El picaporte empezó a girar.

—Déjalo —anunció el otro oficial—. No está aquí.

Un silencio tenso. La mano se retiró. Las botas se alejaron.

Los pulmones de Marko por fin se expandieron.

—¿Por qué esconderse? —susurró—. Yo los llamé. Era la policía.

—La policía no puede protegerte.

—¿De quién?

—Silencio.

Cuando la calle estuvo suficientemente concurrida, salieron y se mezclaron con la gente.

Entraron en un café elegante, casi vacío. Teuta eligió el rincón más apartado. En una pantalla gigante pasaban un desfile de modas. Marko apartó la vista.

—¿No te gusta? —preguntó Teuta.

—Contigo me alcanza.

Una pequeña sonrisa. Desvanecida al instante.

—Así que escribes ciencia ficción —dijo ella—. ¿Por qué?

—Para investigar la verdad… la verdad antigua. Oculta —respondió Marko—. ¿Cómo sabes tanto sobre mí? —preguntó—. No solo me buscaste en internet.

—Te observo.

—¿Por qué?

—Para mantenerte vivo.

—¿Quién me persigue?

—Responde primero. —Sus ojos se clavaron en los de él. Sin parpadear—. ¿En qué trabajaban tú y el profesor?

Marko exhaló.

—Religiones ocultas.

—¿Cuáles?

—Los antiguos ilirios.

—¿Porque son locales?

—Porque eran poderosos.

Ella se recostó.

—Quizá demasiado poderosos.

El camarero se acercó a Teuta. Ella hizo el pedido.

Entonces se abrió la puerta. Entraron tres hombres, anchos, silenciosos, sincronizados. Una mujer se levantó y tomó distancia de la pareja. Los hombres formaron una jaula alrededor de la salida.

Teuta se levantó.

—Ahora vuelvo. —Fue al baño.

Marko observó a los recién llegados. Sus posturas. Depredadores.

Se movió hacia la puerta. La chaqueta de uno se movió; seguramente iba a sacar algo.

Marko empujó al camarero. Una cerveza explotó sobre la mesa. Los hombres retrocedieron por instinto. Marko salió corriendo a la calle.

Arriba, Teuta tecleaba rápido.

Peligro. Necesito refuerzos.

Refuerzos ocupados. Estás sola.

Un fuerte golpe en la puerta del baño que se abrió de par en par.

Teuta no alcanzó a gritar.

 

Marko corría por la calle mojada. Los pasos de sus perseguidores tronaban detrás.

Un auto dobló la esquina derrapando, luces altas cegándolo. Resbaló, chocó contra una baranda.

Dos gigantes lo arrastraron al asiento trasero. Vendas en los ojos. Oscuridad.

—Causaste problemas —gruñó una voz.

 

Le arrancaron la venda.

Una sala de cemento. Una mesa metálica. Luz dura. Los manuscritos del profesor desplegados como evidencia.

—Habla —ordenó alguien.

—¿Sobre qué?

Un puñetazo le aplastó la espalda.

—¿Qué dice el mensaje?

—¿Dónde está el profesor? —disparó Marko.

Otro golpe.

Entró un nuevo hombre, alto, elegante, una fría autoridad irradiaba de él.

—¡Habla! Di lo que sabes.

Antes de que Marko pudiera responder resonó un grito ahogado.

Arrastraron a Teuta. Muñecas atadas. Cabello enmarañado. Ojos ardiendo.

Algo en Marko hizo clic.

—Egipto no fue la primera civilización —dijo—. Antes que ellos hubo colonizadores. Alienígenas. —Un estremecimiento recorrió la sala—. Los ilirios defendieron este mundo —continuó—. Su guerra no fue terrenal. —El individuo elegante se inclinó hacia él—. Fue cósmica.

—Y su dios? —siseó el hombre.

—La Serpiente. —Marko señaló algo detrás de él—. Serpiente.

Las luces parpadearon. Luego temblaron violentamente. Una silueta masiva se deslizó por el piso. Estalló el caos. Hubo disparos. Humo. Gritos. Explotaron granadas de humo. Unas sombras silenciosas irrumpieron en la sala, ejecutando a los secuestradores con precisión quirúrgica. Unas aAlarmas rojas pulsaron en lo alto. Una sombra atrapó a Teuta.

Marko se zambulló…

Lo agarraron manos invisibles, arrastrándolo hacia la oscuridad. El grito ahogado de ella lo siguió mientras todo colapsaba.

 

Se despertó con el golpeteo de las palas del rotor sobre él. Agua azul abajo. Una montaña se alzaba al frente.

—Biokovo —dijo una voz.

El profesor Mihailov.

Marko exhaló con alivio crudo. Teuta yacía a su lado, apenas consciente.

—Leíste el mensaje —dijo Mihailov.

 

El helicóptero descendió sobre un llano de piedra rodeado de monolitos imponentes.

—El Observatorio Ilirio —dijo el profesor—. Un santuario construido por una orden antigua.

Marko observó la precisión de la alineación cósmica esculpida en piedra.

—¿Qué pasó?

—La verdad —dijo Mihailov—. Egipto e Iliria lucharon a través de sistemas estelares. Los guerreros ilirios sobrevivieron. Ocultos. Protegiendo a la humanidad.

Marko frunció el ceño.

—El rescate… demasiado fácil. Como si alguien quisiera que nos capturaran.

La expresión de Teuta se endureció. Fría. Triunfante.

—Correcto —dijo—. Era una trampa. Ahora conocen tu ubicación. Sus fuerzas vienen en camino. Ríndete y vive.

Los ojos de Mihailov se volvieron puro acero.

—Te lo advertí. No confíes en nadie.

—¿En mi sueño? —susurró Marko.

—Sueño. Visión. Memoria —dijo Mihailov—. La verdad permanece. Especialmente cuando posee un rostro hermoso… y toma prestado el nombre de una reina iliria.

Teuta se tensó.

Dos aeronaves rugieron sobre ellos. Varios soldados descendieron en rápel, la capturaron. Su confianza se hizo pedazos.

—Táctica egipcia —dijo Mihailov—. Un señuelo. Pero el verdadero localizador no era ella.

Se volvió hacia los soldados.

—Bórrenles la memoria. Envíenlos a casa. Que recuerden que se aman.

Marko sintió la mano de Teuta deslizarse lejos de la suya.

—Algunos secretos deben permanecer enterrados —dijo Mihailov, desapareciendo entre las piedras, cargando con la última verdad de la orden guerrera iliria.

Mile Kostov nació en Veles y vive en Skopie, ambas ciudades de Macedonia del Norte. Se dice de él que escribe desde lo desconocido; se rumorea que sus historias no son imaginadas, sino descubiertas: extraídas de mitos olvidados, historias codificadas y secretos enterrados bajo las ruinas de los castillos de los Balcanes. Sus novelas vibran con civilizaciones antiguas, tecnologías perdidas y fuerzas que se niegan a permanecer ocultas. Los lectores insisten en que hay un patrón que conecta sus obras. Kostov no lo confirma. Solo dice: «Algunas sombras son más antiguas que la memoria». Y sigue escribiendo.

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO