viernes, 12 de diciembre de 2025

EL REMEDIO DE LA NOCHE

Liana Zilber Vivekananda

 

—Necesito hablar con usted sobre el remedio de la noche. —El doctor Clóvis, con la cabeza baja, escribía de manera descuidada en una ficha sobre su escritorio de madera de caoba. El consultorio permanecía en penumbra a cualquier hora del día, una penumbra verdosa con una iluminación difusa que dejaba nervioso a Henrique—. ¿Doctor?

—Sí, ¡Henrique!

—No quiero seguir tomando ese remedio de la noche.

—¿Podría decirme por qué? —preguntó el médico, mirando al muchacho por encima de sus lentes de lectura.

—Ya se lo dije la semana pasada, doctor.

—¡Humm! ¿Podría repetirlo, por favor?

Henrique hizo un gesto de resignación. Su ropa estaba ajada y sus ojos oscuros tenían profundas ojeras.

—Porque no quiero volver más a ese lugar. —Un escalofrío recorrió la espalda del joven.

—Déjeme entender, ¡joven! ¿Me está diciendo que el remedio de la noche lo transporta a algún lugar?

—Diciéndolo así, usted me pone en una posición extraña, como si yo fuera un loco.

—“Loco” es una palabra en desuso, mi estimado. La locura es algo de lo que ya no se habla.

—¡Pues sí! Pero ni por eso dejaron de existir los locos, ¿no es verdad? —Con un gesto de irritación, Henrique se movió en la poltrona verde.

—Percibo que está nervioso hoy, Henrique, ¿será que tendremos que aumentar…

—¡Pare! Por favor, pare doctor. ¡No me aumente nada más, por favor! ¡Ya me siento como un zombi durante el día y como un paracaidista perdido durante la noche!

—Hummm —El doctor escribió algo en la ficha frente a él—. ¿Paracaidista, eh?

—¿Usted no conoce las metáforas, doctor? ¿O cree que nosotros, los locos, no las usamos?

—¿Por qué se refiere a sí mismo como loco, joven? ¿Puede decirme cuándo comenzó a tener esa idea?

—Bueno, doctor, si no me falla la memoria, hace tres meses me quejaba de dolores insoportables en la espalda. Fui al ortopedista y le dije que era como si llevara una silla a cuestas. No sé por qué, me derivó a usted, que me recetó ese remedio de la noche.

—¿Y el dolor de espalda?

—La medicación que usted me prescribe me hace sentir tan mal que el dolor hoy es secundario.

—¿Entonces se curó de su dolor de espalda?

—No, doctor. ¡Pero dejemos eso para otro momento! Quiero hablar del remedio de la noche. ¡Por favor, no me haga perder el foco!

—En fin, ¿qué tiene el remedio de la noche?

—¡Es lo que intento decirle desde que llegué! No me gusta el efecto que me causa. Usted puede anotarlo ahí en su ficha kilométrica, pero el hecho es que este remedio aparentemente me hace dormir. ¡Déjeme terminar! Fíjese en lo que dije: aparentemente.

No es que el médico no hubiera escuchado esa queja antes; pero esta vez Henrique parecía aún más alterado. ¿Un caso clásico de esquizofrenia? Bastante interesado, cruzó los brazos sobre la mesa e inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado.

—¿Entonces no ha dormido bien?

—No es esa la cuestión. El hecho es que el remedio me transporta a un lugar que no me gusta para nada —A Henrique se le erizó la piel desde los pies hasta la nuca.

El doctor Clóvis perdió la paciencia y habló señalándolo con el dedo.

—¡Imposible! Imposible, repita conmigo, ¡mi estimado! ¡Imposible! El único efecto que su remedio causa es sueño. Además, ningún medicamento transporta personas. Si usted insiste con eso, me veré obligado a intervenir e internarlo en una clínica para trastornos severos. Esto parece ser un caso clásico de trastorno delirante. —El médico hizo una pausa para calmarse; después, adoptando una postura menos tensa, continuó con voz serena y profesional—. Pues bien, joven, le haré una propuesta. Tengo guardia en el hospital psiquiátrico esta noche. Preséntese allí sobre las nueve y media. Tómese la medicación allí mismo. Yo lo monitorearé personalmente y lo filmaré durante toda la noche. Si usted no desaparece, pasará la próxima semana con nosotros para una evaluación. ¿Acepta?

Henrique se preocupó bastante con la propuesta del médico. ¿Y si era una trampa para internarlo? ¿Quién sabe cuándo lograría salir? Por otro lado, estaba seguro de que no permanecía en su cama después de tomar la medicación… Entonces tuvo una idea. Le pediría a su amigo Guilherme que fuera con él al hospital. Los amigos son para esos momentos.

—Doctor, ¿puedo llevar un acompañante?

—Sí, puede. Quién sabe, tal vez él viaje con usted en ese teletransporte, ¡jajaja!

Henrique suspiró, avergonzado por la broma de mal gusto.

Al salir del consultorio, Henrique fue directo a la casa de Guilherme. No veía la hora de explicarlo todo, de desahogarse con el amigo, que estaba en el quinto año de Medicina. Ya era prácticamente un médico.

—¡Hola! ¡Habla, loco! —respondió Guilherme, animado, cuando atendió su llamada.

—Necesito hablar contigo. ¿Estás en casa? —preguntó Henrique, ansioso.

—Estoy, ¡claro! ¡Tengo exámenes la semana que viene! ¿Pasó algo? —la voz de Guilherme sonaba preocupada.

—Prefiero explicártelo en persona. En cinco minutos llego.

Dobló la esquina después de la plaza arbolada y llegó a la calle donde vivía Guilherme. En poco tiempo estaba tocando el timbre.

—Caramba, ¿qué cara es esa? Pareces con resaca de dos barriles de cerveza.

—En serio, amigo, no duermo bien desde hace noches. Y el doctor Clóvis no me cree. Se burla de mí y encima me hace tomar un barbitúrico por la noche. Ahora incluso quiere internarme.

—¿El doctor Clóvis? ¿El psiquiatra? —Guilherme se rascó la nuca, un poco confuso.

—Ese mismo. ¿Lo conoces?

—Sí, da clases para nosotros. ¿Por qué estás yendo a verlo?

—Porque tenía dolores en la espalda.

Guilherme puso cara de no entender nada; al fin y al cabo, nadie termina en un psiquiatra por dolores de espalda.

—El ortopedista es extranjero y creo que no entiende nada de lenguaje figurado. Apenas dije que cargaba una silla en la espalda y me mandó con Clóvis. Y desde que voy, estoy cada vez peor.

—¿Y el dolor de espalda?

—Peor que antes, pero es lo que menos me molesta ahora. El doctor Clóvis me recetó un medicamento para dormir. Él no me cree, pero las pastillas tienen un efecto muy extraño.

—¿Qué efecto? —preguntó el amigo con preocupación.

—Me quedo en una especie de entresueño por un tiempo y termino en un lugar maldito. Pero no estoy hablando de sueños. Voy físicamente, soy transportado, ¿entiendes?

Guilherme no supo qué decir; se quedó de pie, con los ojos muy abiertos, observando al amigo.

Henrique suspiró y bajó la cabeza, desconsolado.

—Ni tú me crees, pero a veces despierto incluso con marcas en el cuerpo. De hecho, así descubrí que realmente voy allá.

—Amigo mío, escucha tus propias palabras. ¿Dijiste que tomas la medicación y eres llevado a otro lugar?

Henrique asintió con desaliento.

—Si hasta tú dudas de lo que digo… En fin, prometí pasar una noche en el hospital psiquiátrico, donde el doctor Clóvis me va a monitorizar. Si no lo hago, creo que me internará. ¡Tienes que pasar la noche allí conmigo e impedir que eso pase!

—¡Espera, espera! ¿Quieres que duerma contigo en un hospital psiquiátrico?

—Exacto. Por favor, di que sí. Eres mi amigo. —Henrique hablaba casi desesperado.

—¿Pero en un hospital psiquiátrico?

—Eres médico, o casi. Si el doctor Clóvis quiere internarme, ¡tú no lo permitas, por favor!

El sentido común dictaba que Guilherme se negara, pero su curiosidad y la vieja amistad pesaron más. Aun así, quiso entender mejor el caso antes de responder.

—¿Puedes explicar mejor ese teletransporte nocturno?

El interés de Guilherme llenó de esperanza a Henrique.

—Como te dije, no lograba conciliar el sueño, sobre todo por el dolor de espalda. Fui al ortopedista y él me mandó con el doctor Clóvis, que me pasó unas pastillas para dormir. En la primera noche que las tomé, pasé en un estado de semisueño, como si estuviera flotando.

—Deberías haber hablado con él al día siguiente, pedirle ajustar la dosis o cambiar la medicación.

—Pensé que necesitaba tiempo para adaptarme y, después, cuando comencé a hablar de eso con él, el doctor Clóvis empezó a dudar de mi salud mental…

—Entiendo… Pero dijiste que eres transportado. Continúa.

—Eso. La segunda noche, además de flotar, comenzaron a aparecer imágenes. Fue cuando ocurrió el fenómeno. Sentí un tremendo sacudón que empeoró aún más el dolor de mi espaldas y desperté. ¿Adivina dónde estaba?

Guilherme se encogió de hombros; no tenía idea.

—Sentado en el suelo del apartamento de playa donde pasé algunas vacaciones con mi abuela de niño. —Henrique hizo una pausa esperando que Guilherme comentara, pero él solo lo observó en silencio, petrificado. Así que siguió—. No quise creerlo. Miré alrededor: estaba en la pequeña copa donde armaban una cama de campaña bajo la mesa. Hasta hoy recuerdo el terror de las cucarachas caminando por el suelo de noche y de la lagartija que encontré una vez en la cama. En esa época me daban un polvito para dormir porque decían que yo era muy tenso. ¿Quién no estaría tenso sabiendo que cucarachas y lagartijas podían caminar sobre uno al dormirse? —Guilherme comprendió que los problemas del amigo eran antiguos, pero no quiso arriesgar un diagnóstico; aún era solo un estudiante. Todo era muy extraño. No podía culpar al doctor por pensar que Henrique necesitaba tratamiento. Solo escuchó en silencio—. Ser tenso es una cosa, pero despertar sentado en ese viejo apartamento en un crepúsculo fantasmagórico es otra muy distinta —la cara de Henrique se iluminó—. ¡Espera! ¡Traje algunas cosas!

—¿Qué cosas?

Henrique sacó algo del bolsillo y abrió la mano ante el amigo.

—Las pruebas de que digo la verdad, Guilherme. ¡Mira!

—¿Conchas de playa?

—Sí, señor. Vinieron en el bolsillo de mi pijama. No tuve valor de mostrárselas al médico.

Guilherme examinó el puñado de conchitas rosadas en la palma del amigo.

—¡Vaya! Hace años que no veo estas conchas rosadas.

—¿Sabes por qué? Porque ya no existen. Puedes buscar. Son conchas de hace veinte años.

Guilherme frunció el ceño.

—Pero Henrique, eso no prueba nada. Pudo ser que las guardaste y te olvidaste, y luego…

Henrique lo interrumpió, irritado.

—¿También piensas que estoy loco, verdad? ¿Crees que inventaría algo así?

—Claro que no. Creo que estás exhausto mentalmente por las noches mal dormidas. Y el efecto de la medicación… En esas circunstancias alguien puede confundirse y fantasear cosas.

—¿Ah, sí? ¿Y esto? —Henrique sacó algo del otro bolsillo: una cajita de polvo de arroz con el nombre “Ester” grabado en oro.

—¿Qué reliquia es esta? —preguntó Guilherme, sin duda de su antigüedad.

—Era el maquillaje que mi abuela usaba todos los días. Lo tomé en su cuarto mientras se distraía haciendo avena para mí.

—¿Lo tomaste cuándo? ¿Cuando eras niño?

—No. Anoche, después de tomar las malditas pastillas y ser llevado al apartamento de mi abuela.

Guilherme tragó saliva. El caso parecía más grave que lo que imaginaba: no solo había alucinaciones, sino intentos de probar su veracidad. Tal vez el doctor Clóvis tuviera razón en internarlo.

—Entonces, tu abuela estaba allí anoche, viva, preparando avena en aquel viejo apartamento de playa.

Henrique asintió.

—Vivísima y gruñona como siempre. Y el apartamento igual: la heladera vieja y mohosa, el fogón azul de tres hornallas, las sillas llenas de arena… Todos los objetos que me inspiraban miedo de niño están allí… Al mismo tiempo, el lugar parece fuera de la realidad. Siempre hay un crepúsculo eterno, y aunque pase la noche allí, la luz no cambia.

—¿Y te asusta estar allí?

—¿Cómo no? Henrique, de veintiocho años, despierta sentado en el apartamento que lo aterrorizaba de niño, con la compañía de su abuela, muerta hace diez años.

—¿Y cómo vuelves a tu cuarto?

—Me siento en una mecedora y empiezo a desaparecer, a esfumarme, y recibo otro sacudón y regreso a mi cama.

—¡Así no se sana ningún dolor de espalda!

—Es porque mi abuela no quiere que vuelva y se aferra a la mecedora. Cuando ya no resiste, suelta y por eso el sacudón… Las últimas veces ha intentado retenerme. Anoche quiso atarme a la silla, pero logré deshacer los nudos. —Henrique levantó la manga mostrando la marca morada del supuesto lazo—. Luego salió a llamar a mi tío para que me sujetara. Fue cuando recibí el trancazo y volví.

Guilherme pasó la mano por el cabello. No quería creer lo que oía.

—¿Tu tío? ¿El gigante que cuidó a tu abuela hasta que murió? ¿También muerto?

—Ese mismo. ¡Imagínate si me sujetaban allá! —Suspiró guardando las conchas y el polvo de arroz, frotándose el rostro—. No estoy enloqueciendo, Guilherme. De verdad está pasando.

—Amigo, no creo que estés loco, pero debiste sufrir un trauma en la infancia. Algo que ocurrió en ese apartamento, con tu abuela y tu tío. Ahora, por alguna razón, los recuerdos reprimidos volvieron. Eso hay que investigarlo a fondo, no esa absurda idea de que un remedio te transporta físicamente.

—Pero sí lo hace…

Guilherme respiró hondo. Su amigo estaba desesperado y necesitaba ayuda.

—Está bien. Voy contigo al hospital. Pero prométeme que iniciarás un tratamiento serio.

—¿Con el doctor Clóvis?

—Si no te gusta, busca una segunda opinión. Pero debes tratarte. ¿Lo prometes?

—Gracias, amigo. ¡Lo prometo!

A las nueve de la noche, Henrique y Guilherme llegaban a los portones del hospital, donde ya eran esperados. En cuanto entraron, las enormes rejas fueron cerradas y aseguradas con grandes candados y cadenas. Eso le provocó un escalofrío a Henrique; su miedo solo era menor porque tenía al amigo al lado, aunque notó que incluso Guilherme parecía incómodo.

Los llevaron directamente con el doctor Clóvis, quien los saludó fríamente y no mostró señal alguna de reconocer a Guilherme, a pesar de que era su alumno. Esa actitud confirmó una sospecha que Guilherme tenía desde hacía tiempo: que el médico era un gran patán. Luego, los enviaron a uno de los dormitorios con dos camas, una mesa y, sobre la puerta, una cámara. Un espacio blanco e impersonal, típico de un hospital psiquiátrico, que hizo temblar a Henrique ante la perspectiva de ser considerado loco y no salir nunca de allí.

Los muchachos llevaban cada uno una bolsa con ropa y objetos personales. Se cambiaron a los pijamas y se sentaron en silencio en sus camas. Guilherme incluso pensó en decir algo como “Todo saldrá bien”, pero el ambiente era tan opresivo que cualquier frase sonaría falsa. Se preguntó por qué el doctor Clóvis pondría a su amigo en una situación tan estresante.

No mucho después, el médico entró acompañado de un enfermero que sostenía una bandeja con un vaso de agua y una pastilla verde.

—Entonces, Henrique, llegó la hora de la verdad. Tome su pastilla, pero no vaya a ponerse a volar por el hospital, ¿eh? —Se rio escandalosamente.

Guilherme reviró los ojos ante aquella falta absoluta de profesionalismo. ¿Era ese el modo de tratar a un paciente? No era de extrañar que Henrique estuviera empeorando. Pensó en guardar silencio por el momento, pero hablaría con Henrique al día siguiente y le sugeriría no volver nunca más con aquel médico. Siempre había considerado al doctor Clóvis como un buen profesor, pero viendo cómo trataba a un paciente, comenzó a replantearse esa opinión.

—Esta noche quedará demostrado que todo eso no es más que fantasía en su cabeza —continuó el médico, con evidente desprecio hacia el estado psicológico de Henrique.

Guilherme se mordió la lengua para no intervenir. Pensó seriamente en denunciarlo por falta ética.

Henrique no ocultaba el temor que le provocaba tomar su “remedio de la noche”. Miraba la pastilla verde en la palma de su mano, sudada por el nerviosismo. El color era exactamente el mismo de la luz del apartamento de playa.

Guilherme finalmente habló:

—Coraje, Henrique. Estoy contigo. Voy a estudiar todavía; me quedaré despierto un buen rato. Vas a poder dormir tranquilo.

—¡Dormir tranquilo…!

—Hazle caso a tu amigo. Mañana por la mañana tendrás la prueba de que esto no es más que pánico. Estaré en la sala de al lado, observándote toda la noche —dijo, señalando la cámara sobre la puerta. Luego, mirando a Guilherme, añadió—: Tuve un paciente con miedo de dormir durante años. Decía que dentro del armario había un bicho negro que le abría la puerta y lo miraba como listo para saltar.

—¡Pues debería haberle creído! —replicó Henrique, irritado.

—Basta ya y tómese su remedio —ordenó el médico, sin disimular su impaciencia.

Henrique tragó la pastilla de golpe y se acostó. Solo entonces el médico y el enfermero salieron.

Mirando a su amigo, Henrique le hizo prometer que lo despertaría si notaba algo extraño. Poco después, cayó en sueño profundo. Guilherme sonrió, le acomodó las mantas y disminuyó la luz sin apagarla del todo, consciente de que el médico estaría monitoreando a través de la cámara.

Una corriente de aire helado sopló desde algún lugar desconocido. Guilherme regresó a su cama, se cubrió bien y abrió un libro para estudiar.

Un estruendo. Guilherme se estremeció y se acomodó con sobresalto: había dormido sin darse cuenta. La habitación se iluminó con un relámpago. Imaginó que el ruido había sido un trueno. Aun así, presa de un presentimiento extraño, se volvió hacia Henrique. Y un terror gélido lo recorrió al descubrir que su amigo había desaparecido.

Saltó de la cama y abrió la puerta apresuradamente, corriendo hacia el pasillo.

—¡Doctor Clóvis! ¿Henrique está con usted? ¡Doctor Clóvis! —gritaba, golpeando la puerta contigua con los puños.

El médico abrió con expresión soñolienta y sobresaltada. Guilherme no dudó de que se había quedado dormido. En resumen: nadie había vigilado a Henrique.

—Tranquilo, muchacho, no grites así. Los pacientes duermen.

Guilherme miró a su alrededor. El hospital tenía un aire fantasmagórico, intensificado por los relámpagos verdes que parpadeaban.

—¡Doctor, Henrique desapareció!

—¿Cómo que desapareció? ¿Acaso no estabas con él? —preguntó el médico, alarmado, mientras iba a mirar dentro del cuarto.

—Yo estaba estudiando y acabé durmiéndome sin darme cuenta. ¡Pero usted debía estar monitoreándolo, no yo!

—Y lo estaba. Cerré los ojos solo unos segundos para descansar la vista —dijo el médico.

Guilherme no creyó una palabrade lo que decía el psiquiatra, pero no tenía sentido discutir en ese momento.

—Tenemos que encontrar a Henrique —dijo, intentando mantener la calma—. Tal vez sea sonámbulo.

El médico señaló una dirección y comenzó a caminar. Guilherme lo siguió.

—El sonambulismo es una posibilidad. Daré el alerta y reuniré a todo el personal de guardia. Revisaremos el hospital entero. Él no puede haber salido. Hay rejas y candados en todas las salidas. Hay guardias, alarmas, incluso cerca eléctrica en el muro.

—Este lugar parece una prisión. Discúlpeme, doctor, pero póngase en el lugar de un paciente.

—Ellos ni se dan cuenta, están sumergidos en sus propios mundos. No perciben nada.

—¿Cómo puede alguien mejorar en un lugar tan deprimente?

—Eres mi alumno, ¿verdad? Quinto año, si no estoy equivocado.

Guilherme asintió.

—Cuando seas médico lo entenderás. —Guilherme dudaba mucho de que así fuera. Jamás trabajaría en un lugar así ni trataría a nadie como lo hacía Clóvis—. Eres amigo de Henrique —agregó el médico, molesto—. ¿Crees que está gastándonos una broma?

—Él no es de ese tipo. Estaba muy asustado, nada más.

—Ah, se nota que no tienes experiencia…

La noche tormentosa fue bastante caótica. El doctor Clóvis ordenó a todas las enfermeras, médicos, guardias y auxiliares que registraran el hospital de punta a punta. Incluso revisaron debajo de cada cama. Buscaron al paciente en cada lavabo, en cada ducha, incluso en la cocina y en la despensa cerrada. Buscaron en la lavandería, debajo de las mesas del comedor donde comían los pacientes. ¡Nada! Encendieron los focos del exterior del edificio y registraron el jardín, detrás de cada árbol y arbusto. Finalmente, el doctor Clóvis se vio obligado a llamar a la policía, que realizó otra búsqueda dentro y fuera del hospital. Henrique no había dejado rastro. El mayor misterio era cómo había salido del edificio, ya que el personal no había encontrado ninguna puerta, portón ni ventana abierta. Henrique había desaparecido sin preocuparse de dejar atrás la bolsa con sus pertenencias: cartera, celular, ropa, zapatos. En otras palabras, vagaba por la ciudad en pijama, descalzo, sin documentos ni medios de comunicación. Tras la investigación inicial, que incluyó entrevistas con Guilherme, el doctor Clóvis y cada empleado, la policía anunció que registrarían el barrio. Si Henrique iba a pie y no tenía cómo pagar un billete de autobús o un taxi, no debía estar lejos. Si no lo encontraban, irían a buscar a familiares y amigos, y así sucesivamente. Guilherme esperó noticias durante unas horas, pero estaba agotado mentalmente. Terminó pidiéndole al médico un sedante suave para calmarse y dormir unas horas. Ya había hecho todo lo posible por encontrar a su amigo, y no tenía sentido permanecer despierto.

Se despertó a las once de la mañana, desorientado, hasta que recordó lo sucedido y fue al mostrador donde estaba la misma enfermera que había acompañado al doctor Clóvis a su habitación la noche anterior para darle la medicina a Henrique. Le dijo que el médico había terminado su turno y se había ido a casa. No había noticias de Henrique. La policía aún no lo había encontrado, pero continuaban la búsqueda.

El caso aún no debería haber llegado a la prensa, pero seguramente empezarían a hablar de la misteriosa desaparición en las próximas horas. Este tipo de historias siempre se filtran… Guilherme anticipó que no lo dejarían en paz hasta que diera entrevistas. No tenía ni idea de cómo respondería a las preguntas para que no pensaran que estaba completamente loco. Lo cierto es que nadie le creería si decía la verdad, así que tendría que concertar una conversación con el médico, quien, sin duda, también sería acosado por los medios. Pidió la dirección y el teléfono del doctor Clóvis, pero el enfermero negó con la cabeza, afirmando que no podía dar ninguna información personal sin su consentimiento.

 

—Claro, claro… Al menos hazme el favor de darle mi número de teléfono. —Tomó una libreta y un bolígrafo que estaban en el mostrador, anotó su nombre y número de teléfono y se los entregó al enfermero, quien prometió hacerlo en cuanto el médico llamara o regresara al hospital para su siguiente turno.

El joven regresó a la habitación, empacó sus cosas y las de su amigo, y se fue. Abatido y triste, pensó: ¿Y si Henrique decía la verdad? ¿Y si su abuela lo encerraba en ese mundo extraño y crepuscular? En el fondo, Guilherme empezaba a creer la historia sobrenatural de su amigo. ¿Qué otra cosa podría explicar lo sucedido?

Subió al autobús y se sentó en uno de los asientos traseros, reflexionando sobre qué hacer en las próximas horas. Seguramente llamaría a la policía y, dependiendo de lo que dijeran, contactaría con otros amigos y familiares para preguntar si habían visto u oído hablar del hombre desaparecido; si nadie tenía pistas, emprendería una peregrinación a los lugares que solía frecuentar Henrique. ¡Menudo desastre!, se dijo Guilherme, rascándose la barbilla con insistencia. Incluso se sentía culpable de que su amigo hubiera sido secuestrado por la medicación nocturna y llevado a un mundo oscuro que temía.

Sintió que había cambiado después de esa experiencia. Ya no había forma de pensar en todo racionalmente. Tenía pruebas de la existencia de lo sobrenatural. ¿Cómo, entonces, podía ejercer la medicina de forma tradicional, intentando encontrar respuestas naturales y lógicas a fenómenos inexplicables que podrían atormentar a algún paciente suyo en el futuro? Guilherme se sentía tan desconcertado que incluso se replanteó su profesión.

Estaba a dos paradas de bajarse cuando se desató un alboroto delante del autobús, y el conductor lo detuvo en el arcén. Una extraña premonición lo hizo levantarse y ver qué pasaba. Oyó que alguien comentaba que había un niño atrapado debajo del asiento. El conductor ya había saltado de su asiento y, junto con algunos pasajeros, lo arrastraba hacia el pasillo. Guilherme se acercó, dispuesto a ayudar; después de todo, era casi un médico.

Una oleada de terror la recorrió al reconocer a la víctima. Era Henrique, en ropa interior, amordazado, atado e inconsciente en el pasillo del autobús.

Liana Zilber Vivekananda nació en São Paulo, Brasil, y vive actualmente en Curitiba. Es miembro del Centro de Literatura y Cine André Carneiro y de la Academia de Letras José de Alencar. Ha participado en numerosas colecciones, principalmente de cuentos fantásticos. Entre sus libros en solitario destacan Um dia sem Calendário, Mistérios de Curitiba, Neblina y Na solidão da noite. Se licenció en Arquitectura y Filosofía. Estudió en la Escuela Panamericana de Arte de São Paulo y Curitiba, y realizó tres cursos de posgrado: filosofía clínica, psicología cognitivo-conductual y neurociencia. Evidentemente es ecléctica. Le encanta leer y la literatura es su pasión.

jueves, 11 de diciembre de 2025

QUEMADO Y CALLADO

Sadık Yemni

 

Para Mohammed Abu Khdeir y su familia enlutada

Eliza miró con desasosiego la puerta del restaurante que daba a la terraza. Estaba sentada en una mesa para dos. Tenía el rostro vuelto hacia la entrada. Cuando estaba sola, casi nunca se sentaba de espaldas a la calle, pero por alguna razón esta vez había decidido hacerlo así. Las demás mesas de la amplia terraza estaban repletas. A su derecha, en una mesa para cuatro, dos niños estaban sentados junto a su madre y su padre. Los pequeños, uno de ocho y el otro de unos diez años, llevaban camisetas rojas anaranjadas del mismo modelo. En sus espaldas, de cara a Eliza, se leía en grandes letras blancas: “QUEMADO y CALLADO”.

En la mesa de delante había cuatro muchachos. Permanecían inmóviles, con la cabeza ligeramente inclinada, como si estuvieran meditando o rezando antes de comer. Detrás de la familia con niños, dos mesas habían sido unidas. Un grupo mixto de jóvenes observaba en silencio sus platos de pizza sin moverse.

Poco a poco, la joven comenzó a percibir la presencia de algo inquietante. La inmovilidad y el silencio dominaban el ambiente. En la terraza había, contando a Eliza, trece personas. Excepto ella, todos tenían una pizza servida en sus platos. Nadie la comía. Nadie bebía sus bebidas. Todos permanecían quietos, cabezas inclinadas, mirando los platos. No cruzaban ni una palabra entre ellos.

Eliza había sido la última en llegar. Como todos habían sido atendidos, le tocaba a ella, pero hasta ese momento no había visto ni a un solo camarero. El cielo estaba nublado. Cuando los fragmentos de nubes, empujados por el viento, pasaban sobre ellos, los colores se apagaban y, al salir el sol, volvían a cobrar vida. No se escuchaba ningún coche ni bocina desde la calle. Aquello era un punto de alarma. Las personas, inmóviles, que seguían mirando sus pizzas, ya eran un estímulo suficientemente inquietante, pero la calle era otra cosa.

Decidió no volverse hacia la calle. Su intuición le decía: “No mires, o no entenderás el secreto de todo esto”. Una parte de ella quería alejarse del contenido de lo oculto, que podía descarrilar su vida cotidiana, pero la otra parte era más fuerte. Estaba decidida a dar el paso final.

Ignorando la voz que susurraba: “Mira a la calle, ¿por qué está tan silenciosa?”, se incorporó y caminó hacia la puerta. Al pasar entre las mesas, nadie la siguió con la mirada. Era como si no percibieran su presencia. Eliza era una persona de intuición fuerte, y el sentimiento familiar que crecía en su interior lo tomaba muy en serio.

Sabes perfectamente qué es todo esto.

No es un sueño.

No despertarás en tu cama.

El lugar es real, el tiempo está torcido.

Mientras empujaba la puerta de grueso cristal –que no dejaba ver el interior– vio reflejada su propia figura y parte de los clientes detrás. Seguían allí, inmóviles. Empujó la puerta y entró.

Se encontraba en un espacio cúbico, blanco, de diez metros por diez metros. El techo parecía altísimo.

En un pasado invierno, la joven había estado varias veces en aquella pizzería. El interior era totalmente distinto: solía haber diez o doce mesas, sillas, plantas decorativas en enormes macetas, un horno, clientes paseando y camareros circulando. Quizá estaban en reformas, pensó. Pero entonces, ¿de dónde venían las pizzas que llegaron a la terraza? No olía a masa horneada por ningún lado.

De pronto, vio en la pared de enfrente, justo al centro, un televisor LCD montado allí. Aquel televisor gigantesco había surgido como una boya que emerge desde el fondo del agua. Mientras lo miraba con asombro, los brotes del miedo en su pecho florecieron. Sus pies quisieron volverse hacia la salida, pero se contuvo. Había nadado demasiado para echarse atrás. No saldría de allí sin entender qué estaba ocurriendo.

Mientras pensaba qué hacer, sintió un movimiento a su izquierda y se sobresaltó. Parecía haberse acostumbrado demasiado a ser el único ser en movimiento en aquel espacio abstracto.

—Hola. Espero no haberla asustado.

Era un muchacho de unos quince años, de cabello castaño oscuro y ojos grandes. Llevaba pantalón negro y camisa blanca, con un chaleco rojo encima. Sobre el pecho había un emblema circular. En el fondo rojo anaranjado, las letras blancas decían: QUEMADO y CALLADO.

¿Qué significaba aquello? ¿Era el emblema de un club?

Eliza sonrió al muchacho de ojos brillantes y tristes.

—No, en absoluto. Esto… ¿Qué ha pasado aquí? ¿Hay reformas?

El chico estaba a punto de responder cuando la pantalla cobró vida. Apareció una mujer de labios carnosos, ojos grandes y cabello castaño oscuro, vestida con chaqueta azul marino y camiseta negra. El rostro de Eliza la reconoció al instante: era Ayelet Shaked, diputada de extrema derecha del parlamento israelí.

—Debemos matar a todas las madres palestinas y a sus bebés aún no nacidos. Solo así podremos detener el terrorismo. Derramar sangre árabe es un acto meritorio.

Cuando la imagen se congeló, Eliza soltó el aliento que había estado conteniendo y miró al muchacho.

—Ayelet Shaked.

—¿La conoces, entonces?

—A esa gente la conozco muy bien.

El sistema nervioso de Eliza estaba alterado. Recordó que era lunes 14 de julio. Año 2014. Año islámico 1435. Tiempo de sietes. Había salido de casa a hacer compras y, al sentir hambre, había entrado allí a comer. Si aquello no era un sueño, ¿qué era entonces? La mirada triste del muchacho le resultaba familiar. ¿Dónde lo había visto tan recientemente? No aquí. Allí trabajaban más mujeres, y jamás había visto a un empleado de su edad.

—¿Cómo te llamas?

—Mohammed Abu Khdeir.

A Eliza se le volcó el estómago.

—¿El joven palestino…?

Él asintió.

Mohammed Abu Khdeir había sido secuestrado días antes por soldados israelíes. Tenía dieciséis años. Fue torturado y luego obligado a beber gasolina, y quemado vivo. Un asesinato espantoso. Eliza, judía de Turquía, había sufrido una crisis al enterarse. Había llorado y sentido una profunda vergüenza. Aquello era una crueldad que dejaría huella en la historia. ¿Podía la gente ser aniquilada con un poder tan desproporcionado? No era guerra: era masacre. Un asesinato puro y simple. Una traición al ideal israelí. Nada podía justificarlo. No había forma. La violencia estaba desbordándose. Deberían hacerse películas sobre ello, para que esa matanza no se olvidara.

—Lo siento muchísimo.

El muchacho sonrió con comprensión.

—Lo sé. Lo siento en ti. Expresaste tu tristeza con mucha sinceridad en tus tuits. Muchos te apoyaron, pero otros fueron crueles contigo. Ya sabes, la presión del entorno… Siempre aparecen. En cuanto a esa mujer… Ayelet tiene un demonio dentro. Que Dios la guíe y le perdone sus pecados.

Los ojos de Eliza se humedecieron. Recordó que el nombre Ayelet –gacela del alba, Venus, Sirio– también tenía entre sus significados Lucifer. Iba a comentarlo cuando el muchacho señaló la puerta.

—Ahora debes irte. Tu tiempo se acabó. El mío también. Voy a volver a mi último estado.

Eliza asintió. Estaba a punto de correr hacia la puerta cuando se detuvo. Caminó hacia el muchacho y lo abrazó.

—Lo siento mucho, Mohammed. Muchísimo.

Él la abrazó suavemente y la soltó. Ambos tenían los ojos húmedos.

—Anoche aparecí en el sueño de mi madre. Me preparó mis comidas favoritas. Charlamos mucho y lloramos. Estaba tan feliz de verme comer… Una parte de su mente había olvidado que estoy muerto. También olvidó mi edad. Mientras horneaba un börek, me cantó nanas. Una de ellas jamás la había oído antes. Era muy conmovedora. Mi corazón se hizo tan grande como este salón, créeme.

Eliza, madre de una niña de seis años, sintió el pecho desbordarse. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Las imágenes que él describía se dibujaban en su mente como si estuviera allí: el diván cubierto de kilim, la cocina de suelo de piedra, el rostro triste de la madre. Conocía apenas unas palabras de árabe, pero cada una que oía se le grababa en el cerebro como un grabado en piedra.

—Ahora vete, por favor. Rápido. El fuego puede llegar en cualquier momento.

Eliza percibió olor a gasolina. Sus pies reaccionaron al pánico y se movieron. Corrió a la puerta. La abrió y salió. Los clientes inmóviles seguían igual que antes. En la calle, la vida también parecía detenida. Mientras cruzaba entre las mesas, las pizzas comenzaron a arder y se convirtieron en carbón en uno o dos segundos. Las pestañas de las personas inmóviles ni siquiera temblaron.

Cuando llegó a la puerta de la terraza y sintió el calor detrás de ella, pensó que el fuego iba a devorarla. Lanzó un grito. Y en aquel grito había una cualidad extraordinaria. La voz que salió de su garganta se transformó al instante en pájaros negros. Cientos de aves del tamaño de estorninos se elevaron hacia el cielo. Por un instante, estuvo rodeada solo por un suelo de negrura alada y movediza.

Cuando creyó que no podría respirar, se encontró dentro de su coche. Estaba en una calle que desembocaba en una de las avenidas más concurridas de Estambul. Estaba sentada en su auto, estacionado. A medida que su memoria volvía a funcionar, lo recordó todo. Hoy era lunes. El primer día de sus vacaciones anuales. Mañana viajaría con su hija y su esposo a la casa de verano en Ayvalık, donde se quedarían dos semanas. Había salido de compras, había sentido hambre y había entrado a comer pizza.

No podía ver desde allí el lugar donde acababa de estar, pero sabía que todo debía estar en su estado normal. El lugar en que había estado correspondía a un espacio interno, simbólico. La pena y el estrés de los últimos días habían abierto esa puerta dentro de ella.

Eliza se secó las mejillas con el dorso de la mano y encendió el motor del coche. El hambre había desaparecido. Lo mejor era ir con su madre. Su hija estaba allí. Iría, la abrazaría y le cantaría la nana que la madre de Mohammed Abu Khdeir le cantaba.

La joven cerró los ojos y murmuró unas palabras. La letra y la melodía de la nana seguían intactas en su memoria. Había en esas palabras aladas –que llevaban a los niños al reino del sueño– una cualidad capaz de atravesar diferencias y de impedir que los panes se convirtieran en carbón. Esa cualidad debía impregnarse en el tiempo, cuanto antes.

Sadık Yemni nació en 1951 en Kurtuluş, Tatavla, Estambul. A los tres años, se mudó a Esmirna con su familia. Vivió en Ámsterdam de 1975 a 2013. Ha publicado 25 libros en Turquía, incluyendo 21 novelas, una autobiografía, una colección de ensayos y tres colecciones de relatos, además de 104 cuentos. También ha escrito cientos de artículos y aproximadamente 200 obras en vídeo.

ORGONIZACIÓN

Biljana Kosmogina

 

—¿Bajo la jurisdicción de quién me encuentro, distinguidos señores? ¿Esto es una investigación, un juicio, un acto terrorista o simplemente el capricho de alguien? ¿Entienden serbio? ¿Por qué me han quitado la ropa, me han atado y me apuntan con reflectores a la cara? ¡No distingo nada, voy a quedarme ciego! ¿Por qué me han secuestrado y encarcelado? ¡Nadie les dará ni un céntimo por mi rescate! ¿De qué se me acusa y dónde estoy? ¿Esto es una comisaría? Voy a quejarme al ministro del Interior y al defensor del pueblo por la brutalidad y las condiciones inhumanas en las que me mantienen. La silla a la que estoy atado pertenece a la Inquisición, a la oscuridad medieval y a la época de la esclavitud, no a una sociedad moderna. ¿¡Hola!? ¿Han oído hablar de los derechos humanos? ¿Qué he hecho para merecer esto? ¿QUIÉNES SON USTEDES?

Grito desesperado, intentando interrumpir el mal sueño en el que he caído como en un pozo misterioso lleno de luz, un deslumbramiento insoportable y un siniestro silencio. El cuerpo lo tengo entumecido en posición sentada. La cabeza, el pecho, el abdomen y las extremidades están sujetos con correas de cuero como en una silla eléctrica. Dentro de mí crece un horror cada vez mayor, una desesperanza extrema, pero la realidad de la situación es innegable, por mucho que me niegue a aceptarla. Estoy rodeado de haces de luz intensa que me golpean sin piedad desde todos los ángulos. Para colmo, la luz cegadora no emite calor, así que siento cada vez más frío debido a la mala circulación y a la falta de ropa. Me consume una vergüenza insuperable por mi desnudez. Mantengo los ojos cerrados para no quedarme ciego, pero la luz atraviesa mis párpados y me punza el cerebro. No puedo determinar si estoy en una habitación, un hangar, una celda o una cámara. He perdido la orientación temporal: no sé cuánto llevo sometido a esta tortura ni por qué estoy aquí, pero intuyo que mis aparatos de orgón están directamente relacionados con esto. Nadie viene durante horas; no ocurre nada y no oigo nada más que mi propio jadeo. Me agotan desde hace días, probablemente también me drogan. Tengo sed, hambre, ganas de orinar… A cada minuto, mi miedo a morir crece más. Un ciclo interminable de rabia incontrolable, furia, y luego nuevamente impotencia y desesperación.

Si el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones, todo lo que podría decir en mi defensa es que tuve la mejor de las intenciones. Quería ser útil, mejorar viejas patentes olvidadas, utilizar el potencial natural para el bien común y contribuir, aunque fuera un poco, al avance de la humanidad. Pero así pensaba Giordano Bruno y acabó en la hoguera. Así pensaba Wilhelm Reich a mediados del siglo pasado, y los reaccionarios quemaron sus libros en Nueva York, lo arrestaron, lo acusaron de herejía por su práctica revolucionaria y finalmente lo aniquilaron en prisión.

Cuando Reich construyó en el siglo pasado el acumulador de orgón y el cañón de orgón (captador y destructor de nubes), no previó que sus alumnos y seguidores perfeccionarían esos inventos y los adaptarían a distintos fines, y menos aún que algunos de ellos se saldrían de control y podrían ser mal utilizados. Pero llamar “uso indebido” a algo suele ser solo una mala interpretación de la capacidad de lograr un éxito que derriba los parámetros antiguos y establece otros nuevos incompatibles con los existentes. Tesla seguramente no estaba preocupado por el mal uso mientras trabajaba en la transmisión inalámbrica de energía. Muchas patentes relevantes habrían muerto con sus creadores y la ciencia habría quedado estancada si, después de su muerte, otros no hubiesen continuado aplicándolas de nuevos modos. Así también yo reestructuré, reprogramé y perfeccioné los dispositivos orgónicos de Reich, creando varios prototipos según su efecto de acumulación, emisión o bloqueo de la energía orgónica. Pero juro que nunca quise otra cosa que ayudar a la gente en problemas. Utilicé exclusivamente un recurso natural: el orgón omnipresente, la energía cósmica, el fundamento básico de todos los procesos vitales que funciona eficientemente tanto en la formación de galaxias como en el nivel celular y macrobiológico.

¡Oooh nooo, empieza otra vez la tortura del estroboscopio! No podré soportar otro ataque fotoepiléptico. ¡APAGUEN ESE MALDITO ESTROBO, CRETINOS!

Antes de perder el conocimiento, siento que la vejiga se me vacía, pero no me alivia, porque el conducto urinario me arde mientras el chorrito tibio resbala por mi muslo y forma debajo de mi trasero un charco nada agradable para sentarse. Me echo a reír como un loco, con los ojos apretados, mientras la pánico se atenúa levemente. Me resigno, consciente de que no puedo hacer nada. La sensación de impotencia no elimina el deseo de saber cuanto antes en manos de quién he caído y por qué. Con esfuerzo calmo mi desnudo cuerpo y me entrego resignado al trono de madera del cautiverio, pues cualquier intento muscular se topa con el dolor agudo de las correas que aprietan mis extremidades.

El frío, el silencio y el brillo agresivo me resultan más insoportables que las correas y la silla de tortura. Mi corazón empieza a latir acelerado y de repente comienzo a hipar. En el instante siguiente siento tensión entre las piernas y tengo una erección. No puedo mover la cabeza pero instintivamente bajo la vista hacia mi entrepierna. Mi órgano se hincha, se endurece y crece hasta dimensiones enormes. Se vuelve doloroso, muy doloroso. Seguramente me han inyectado algún líquido radiológico y medicamentos mientras estaba inconsciente tras la tortura con el estrobo. Quizás participo forzadamente en algún experimento. No sé de qué tipo ni de quién, pero estoy ahora cien por cien seguro de que mis experimentos con los dispositivos de orgón están detrás de todo. Aunque no estoy seguro de qué aparato han obtenido ni qué les interesa más: mi acumulador, estabilizador, ionizador, deshidratador, hidrolizador, neutralizador, orgasmatron, acelerador, fragmentador, desfragmentador, levitador o desfibrilador orgónico.

No es difícil dominar la energía orgónica. Reich fue famoso como sexólogo que ayudaba a la gente a liberar su potencial sexual mediante el orgón y curar problemas psiconeuróticos, pero yo no soy famoso por nada. Tomé sus ideas y traté de ampliarlas en mi laboratorio ilegal e improvisado en el sótano de mi casa. Escribía mis bocetos, fórmulas y resultados en un cuaderno, pero también los subía a mi blog creyendo que nadie lo leía. Descuidé mi profesión de técnico químico-operador, aprovechando parcialmente el equipo del laboratorio estatal hasta que me atreví a adquirir mi propia tecnología, como un microscopio, un EEG de segunda mano y un mini escáner. Cuando descubrí hace poco que mi cuaderno había desaparecido y que mi blog había sido hackeado, se lo conté a mi esposa Ivona y a mi amigo Darko. Son las únicas dos personas al tanto de lo que hago, pero ambos me consideran un idiota y un perdedor, y solo colaboran conmigo porque no tienen ocupaciones propias y porque los soborno con pequeños favores. Con mi esposa, bajo la influencia del orgasmatron orgónico, era muy activo en la cama, ya que exponía a ambos regularmente a su acción. Pero hace un tiempo ella empezó a mostrar rechazo al tratamiento, así que le conseguí un sustituto. Decía que estaba saturada y que mi laboratorio depravado ya no le interesaba, como tampoco el sexo conmigo. Se sentía bien sin ello, pero a mi insistencia aceptó acostarse con Darko. Él tampoco se negó demasiado. Quizás exageré con la irradiación orgónica, pues los exponía tres veces al día durante media hora a potentes haces de orgón y luego analizaba la intensidad de sus orgasmos. Darko había tenido problemas de disfunción eréctil por años de alcoholismo, que conseguimos eliminar en apenas dos meses. El alcoholismo permaneció, porque en ese momento me ocupaba solo de la potencia sexual, pero más tarde lo ayudé con el hidrolizador orgónico para reducir la bebida al mínimo. Me resultaba más fácil juntarlo con mi mujer que reclutar nuevos sujetos de prueba a los que tenía que pagar. En situaciones anteriores yo tenía un dilema moral y me sentía como un proxeneta. Al no ser médico licenciado, tenía que recurrir a la ilegalidad: publicar anuncios y pagar a chicas desconocidas 30 euros por una jornada de ocho horas expuestas al orgo-ionizador y al orgo-orgasmatron, para observar sus relaciones sexuales con Darko. Darko floreció junto con su libido resucitada. Monitorizaba con electroencefalograma y orgazmómetro sus reacciones cerebrales y corporales. El EEG defectuoso lo compré en una subasta del Centro Clínico de Serbia hace cinco años, vendiendo un Ford Escort usado que había heredado de mi difunto padre, y el orgazmómetro lo construí yo mismo. Detecta y mide contracciones orgásmicas, pulso, temperatura y hace diagnóstico por iris. Las chicas se iban renovadas, protestando solo un poco por el estado de embriaguez de su compañero, pero Darko funcionaba bastante bien incluso tras grandes cantidades de vodka, bebida que consume sin límite desde la secundaria técnica donde estudiamos juntos. No tiene otros amigos aparte de mí y mi esposa, así que no le reprochamos cuando, después de cenar, se desploma borracho en nuestro diván y se queda roncando. Igual siempre está allí por la mañana, listo para continuar con la terapia orgónica después de dos vasitos de vodka. Por él inventé el orgo-hidrolizador, que liga las moléculas de alcohol en sangre al agua, de modo que en media hora queda sobrio. Tras medirle los niveles con un alcoholímetro de la policía de tráfico, que conseguí en el mercado negro, emocionado le demostraba que era posible eliminar el alcohol en veinte minutos, mientras él asentía indiferente, con la mirada clara, para luego servirse otro trago. Ivona no lo quiere, pero parece acostumbrada a él. Por mi causa ha tenido que acostarse con él regularmente durante años, con cortas pausas. Me decía que era brusco, vulgar y sin sensibilidad, pero no nos ocupábamos de romanticismo, ambiente ni juegos previos: solo del contacto sexual directo, lo más importante para mi investigación sobre la intensidad y canalización de la energía orgónica.

Independientemente de las funciones sexuales, considero el deshidratador orgónico mi mayor descubrimiento. La primera vez que lo probé con fruta, en cuestión de minutos obtuvimos ciruelas, albaricoques, uvas, higos, escaramujos y tomates cherry perfectamente deshidratados. El deshidratador, apoyado por otro aparato, el acelerador orgónico, extrae increíblemente rápido toda la humedad de la carne y de los cultivos vegetales: tallos, hojas o frutos. Lográbamos jamón crudo de excelente calidad a partir de carne de cerdo o ternera en solo media hora bajo los rayos concentrados del deshidratador y el acelerador. Los alimentos deshidratados se conservan durante un largo tiempo sin perder valor nutritivo. Esperaba obtener algún beneficio económico de la industria alimentaria, pero aún no he patentado mis inventos, así que debo esperar. Reich estaría orgulloso al ver cuán amplia es la aplicación del orgón. Llegué a otro resultado sorprendente cuando descubrí que el deshidratador también actúa sobre células muertas. Funciona como la mejor y más rápida secadora. Cuando traté con él el cadáver de un gato atropellado y lo traje a casa, tras una hora solo quedaba un pequeño montículo de polvo seco, con restos visibles de uñas, dientes y pelo. Luego ese mismo montículo lo traté adicionalmente con el deshidratador y el acelerador durante 15 minutos simultáneamente desde ambas manos. Mediante mini haces orgónicos, las uñas, dientes y pelos se convirtieron en polvo ante mis ojos. En el efecto contrario, con el hidrolizador orgónico logré inducir una enorme concentración de humedad del aire en un trapo seco sin rociarlo con agua. Plástico, vidrio y metal no pueden detener el flujo del orgón, y las formas geométricas como cilindros, conos y pirámides facilitan su canalización y redirección. Cuando creé un gran cañón de orgón que saqué desde el sótano hasta el techo a través de la chimenea, resultó extremadamente eficaz para neutralizar el efecto negativo del HAARP, las estelas químicas y la radiación de las antenas de telefonía móvil, pero accidentalmente desencadené lluvias intensas e inundaciones en mayo de este año. Fue catastrófico, pero uno aprende a base de errores propios y ajenos. Variando el nivel de orgón, puedo cambiar la concentración de vapor de agua en el aire y atraer o dispersar nubes. Poco después de las inundaciones de Obrenovac y Šabac, causé accidentalmente una tormenta y granizo terrible en Kragujevac, pero desde entonces he dominado la localización precisa de coordenadas y radio de acción del cañón. Su radio es ahora de 150 km, pero estoy seguro de que en unos años podré enviar nubes salvadoras a los desiertos africanos, drenar pantanos para crear campos fértiles, reducir precipitaciones cerca del ecuador y resolver la descomposición rápida, digna y ecológica de cadáveres humanos y animales en todo el planeta, sin importar las costumbres culturales o religiosas. Ese es un aporte duradero a la humanidad. El largo proceso de putrefacción post mortem no es inevitable, pues mi deshidratador puede acelerarlo de forma instantánea, dejando solo medio kilo de polvo orgánico tras deshidratar completamente un cuerpo de cien kilos. Ese polvo es un fertilizante natural y nutritivo, útil para cultivos agrícolas sin aditivos transgénicos ni herbicidas.

A pesar de algunos errores, estaré siempre orgulloso de mis proyectos orgónicos. Quizás habría obtenido un Nobel por mi aporte científico si no hubiese acabado tan miserablemente, atrapado en esta silla de tortura. No me sorprendería si activan alta tensión y me fríen. Y quizá mis verdugos sean mis más cercanos: mi desvergonzada esposa Ivona y el cabrón de Darko. Sin duda conspiraron contra mí, decididos a eliminarme y explotar mis avances. Claro, mientras yo estaba dedicado a la ciencia, ellos se acercaban a mis espaldas. No les bastaba con que yo les estimulase las penetraciones, ni que observara y estudiara sus orgasmos: codiciosos quieren quedarse con todo lo que hice para asegurarse un futuro brillante mediante traición y robo de mis conocimientos. ¿Cómo no lo vi antes? Debía haber sido más cauteloso. Curados y fortalecidos gracias a mis inventos, primero me derribaron la web, luego me drogaron y me encerraron aquí hasta que muera de sed y hambre, o con suerte de un infarto.

—¿Qué harán sin mí, panda de desgraciados? ¡Yo di sentido a sus vidas y así me lo pagan! ¡Muéranse, bestias, muéranse entre los peores sufrimientos! ¡Degenerados sin juicio, tener sexo es lo único que saben hacer! ¡No sirven para nada más! —rugía mi desesperación en plena histeria. El sol blanco sobre mi cabeza cambió de color a azulado. Finalmente lloré de rabia e impotencia. Si me exponen al orgón del deshidratador, estoy acabado. Tal vez no duela, pero la muerte es muerte, por muy indolora que sea. ¡Me matarán con mi propio invento, para borrar mi rastro, recoger mi polvo con una escoba, meterme en un frasco y tirarlo luego por la alcantarilla!

Me retorcí con todas mis fuerzas intentando liberar brazos y piernas, pero cuanto más me movía, más se clavaban dolorosamente las correas en mi carne. Quizá no debí haber enviado a los americanos las fotos y el polvo de aquel gato muerto, la fruta deshidratada y la documentación escaneada de mis investigaciones. En vez de ofrecerme trabajo, tal vez fueron ellos los que me secuestraron… pensé fugazmente antes de que el estroboscopio volviera a titilar frente a mis ojos, atacando mis neuronas sin piedad. Grité con la garganta ronca tanto como pude, aunque ni siquiera estaba seguro de que alguien me oyera:

“¡Tengan en cuenta que el desfragmentador, el desfibrilador y el levitador orgónicos los tengo escondidos en un lugar seguro! ¡Jamás los obtendrán!”

—¿Qué grita el sujeto? ¿Por qué salió el traductor? No autoricé pausa para fumar. ¡Que vuelva de inmediato! Tenemos trabajo pendiente aquí —ordenó con severidad el jefe de la Agencia Espacial Americana.

—¡Apaguen el estroboscopio, pónganle una infusión y revitalicen su orgón hasta que le saquemos todo!

—¡Sí, señor Griffin! ¡No hay problema, señor Griffin! —respondió obediente Darko y corrió a buscar al traductor—. ¡Ivona, Ivona, vuelve ya! Griffin se volvió loco cuando oyó algo sobre un maldito desfragmentador y un levitador. ¿Sabes algo de eso o son solo delirios de moribundo? Estoy perdiendo la paciencia. Los malditos yanquis nos prometieron que nos pagarían enseguida y que no nos retendrían más de un día, y ya llevamos siete encerrados aquí como pájaros en una jaula, observando a ese idiota drogado mientras esperamos que diga algo más. Un hombre normal habría muerto ya, ¡y ese perro aún se revuelca como un poseso, maldita organización orgónica!

Biljana Kosmogina es una artista multimedia de Belgrado, Serbia, que se dedica a la literatura, performances, fotografía y periodismo. Sus relatos han sido incluidos en tres antologías de prosa serbia traducidas al italiano, alemán y albanés. Publica en revistas literarias, antologías y portales web en toda la región y ha recibido cuatro premios literarios: tres por prosa y uno por poesía. Ha publicado dos libros de cuentos: F book (2009, Kornet & Karpos) y El círculo del pecho (2023, Rende). Premios: primer premio de la Sociedad Serbia a la mejor historia de ciencia ficción “Hilandarska maja” (1999); premio por el ensayo Transvestismo como diferencia individual (2003); primer premio a la mejor historia queer Porn Star en el festival Queer Zagreb (2004); y premio a la mejor poesía activista del Centro Cultural Rex (2021). En los últimos años publica regularmente relatos en la antología Regia Fantastica (SCI&F).

UN ACONTECIMIENTO EN TRES DIMENSIONES

Peyman Ardeshiry

Saeed abandonó a regañadientes el refugio tibio de su cama. El teléfono llevaba un rato insistiendo desde el recibidor, llenando la casa de ese timbre metálico que perfora la calma. Avanzó a medias, aún envuelto en el sopor, descolgó el auricular y murmuró:

—¿Sí?

—¿Dónde te metes, muchacho? ¿Por qué no contestas?

—¿Qué quieres…? Estaba dormido.

—Son las diez y media de la mañana. ¿Hasta cuándo piensas dormir?

—Dime qué necesitas. No estoy de humor.

—Esta noche te toca hacer guardia frente a la morgue.

Saeed sintió cómo el poco descanso que llevaba encima se le desplomaba como un castillo de naipes.

—Dios mío… Debe ser una broma. ¿Qué idiota decidió eso?

—Yo mismo vi tu nombre en la lista.

—¿Y me llamas solo para darme esta alegría?

—Hubieras debido enterarte antes. A muchos guardias no les sienta bien ese turno.

—¿Algo más?

—No irás a volver a dormir, ¿verdad?

—Necesito prepararme para esta noche. Adiós.

Sin esperar respuesta, colgó. Aún le quedaba un año de servicio militar, y cada guardia nocturna —tres por semana, como un castigo puntual— lo acercaba un poco más a la extenuación.

Regresó al dormitorio y se arropó con fuerza. No había tortura más refinada que abandonar una cama caliente.

Como si una guardia no fuera ya lo bastante desagradable, pensó con amargura… y encima frente a la morgue.

A pesar del sueño reparador de la noche anterior, sus párpados volvieron a cerrarse. Lentamente cayó en esa frontera deliciosa entre la vigilia y el sueño.

Pero no llegó a cruzarla. El timbre de la puerta irrumpió con violencia, como un hachazo en la quietud de la casa. Quien llamaba mantuvo el dedo sobre el timbre, sin piedad. Saeed se levantó sobresaltado, mascullando una maldición. No había nadie más en casa, así que debía enfrentarse él mismo a la interrupción.

Al abrir la puerta, se encontró con un anciano andrajoso.

—Señor, ayúdeme. Estoy enfermo… No tengo dinero para mi esposa y mis hijos.

Saeed, irritado y desvelado, perdió toda paciencia.

—¿No entiendes? ¿Por qué llamas así? ¡La gente duerme!

—Por Dios, ayúdeme…

—No quiero verte por aquí otra vez. Lárgate. Y no vuelvas a tocar el timbre, o atente a las consecuencias.

Cerró la puerta con brusquedad, profiriendo insultos dirigidos a nadie y a todos. El sueño se había evaporado, sustituido por una creciente furia. Unos minutos después se metió bajo la ducha; el agua caliente logró disipar parte del malestar.

 

A las diez de la noche, Saeed tomó el arma del guardia anterior y se instaló en una silla cercana –aunque no demasiado– a la puerta de la morgue. El guardia saliente le dijo:

—Tengo una radio portátil. Te la dejo si quieres. Va bien para espantar el sueño.

—No, gracias. No creo necesitarla.

—Como quieras. Adiós.

La noche se fue haciendo más honda y silenciosa. Saeed, sin otra tarea que acompañar el paso del tiempo, se hundió en sus pensamientos. Las agujas del reloj avanzaban con la paciencia de un verdugo, y sus párpados, cada minuto más pesados, parecían seguir el mismo ritmo. Apoyó el arma contra la pared, colocó la mano bajo la barbilla y cerró los ojos.

Qué placer sería dormir ahora en mi cama… dormir sin interrupciones, sin frío, sin miedo.

Se dejó llevar por esa imagen doméstica, tan dulce. El sueño ya estaba a punto de atraparlo cuando un leve golpe sonó en la puerta. Un golpeteo suave, casi tímido.

Saeed abrió los ojos con esfuerzo. Se puso en pie arrastrando el cansancio y caminó hacia la puerta. La abrió.

Y entonces lo comprendió todo de golpe, como una descarga eléctrica que atraviesa la mente.

Aquella no era la puerta de su casa. Era la puerta de la morgue.

Allí dentro solo había cadáveres. ¿Quién podía haber tocado?

El pensamiento pasó fugazmente, pero para entonces la puerta ya estaba abierta de par en par.

Y frente a él, enmarcado por el frío de la sala, estaba el rostro familiar del mendigo que esa misma mañana había llamado a su casa. Tenía un aspecto extraño, antinatural. Algo en su mirada no pertenecía al mundo de los vivos.

Saeed lanzó un grito desgarrador, un sonido nacido del terror puro. Retrocedió a toda prisa. El miedo lo gobernó por completo; corrió sin pensar, hasta chocar violentamente contra algo. Después, la oscuridad.

 

Despertó a la mañana siguiente en una cama de hospital. Un enfermero se acercó, compasivo:

—Pobre muchacho… Lo que te pasó fue terrible. Me imagino el susto.

Saeed sintió que el recuerdo lo envolvía como un sudario.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó.

—Todo coincidía. El hombre que viste frente a la morgue murió cinco minutos antes de que empezaras tu turno. Lo trajeron directamente allí.

—¿Entonces por qué el guardia anterior no me lo dijo?

—Quizá no quiso asustarte.

Saeed murmuró:

—Dios mío… es increíble. ¿Cómo puede un muerto volver a la vida?

—No es tan extraordinario —explicó el enfermero—. A veces dejamos a quienes sufren un infarto una o dos horas en reposo, por si muestran signos de vida otra vez. Este pobre hombre murió en la calle. Nadie pudo asistirlo.

—¿Y ahora está vivo?

—No. Dio unos pasos fuera de la morgue y volvió a morir. Imagino que ver tantos cadáveres lo asustó incluso más que a ti. Lo siento mucho. Ha sido un mal episodio para todos.

Saeed suspiró.

—Ayer por la mañana fue a mi casa pidiendo ayuda. Le abrí dos veces: una en mi hogar, otra en la morgue. Qué mundo tan extraño.

—En fin, ya pasó. Creo que puedes irte. ¿Te sientes bien?

—Sí, completamente.

Saeed abandonó el hospital con la cabeza llena de sombras.

Lo humillé ayer… y anoche me devolvió el susto. Pero qué experiencia tan extraña. ¿Será esto cotidiano para los médicos?

Decidió visitar a un amigo que vivía en el séptimo piso de un edificio. Pasó allí una hora y luego se despidió. Entró en el ascensor y apretó el botón de la planta baja.

El ascensor se puso en marcha con movimientos torpes, irregulares.

Saeed sintió un presentimiento oscuro.

El ascensor aceleró.

Lo que Saeed no sabía era que el ascensor estaba cayendo.

Unos segundos después, el impacto lo sacudió todo. Sintió un dolor insoportable en la cabeza. Después, nada.

 

Abrió los ojos de nuevo, pero el mundo era distinto. Se incorporó con facilidad y atravesó la puerta cerrada del ascensor sin resistencia. En el pasillo, por tercera vez, estaba el mendigo harapiento, observándolo en silencio.

El terror lo empujó hacia el interior del ascensor. Y allí vio su propio cuerpo, tendido en el suelo, cubierto de sangre.

Saeed había muerto.

Y esta vez, lo que veía no era el espíritu del mendigo.

Era el espíritu de un muerto mirando al espíritu de otro.

Peiman Ardeshiry nació y vive en la ciudad de Shiraz, Irán. Ha publicado más de treinta libros en su país, tanto para adultos como infantiles, abordando los más diversos géneros. Los títulos de algunas de sus obras (traducidas fonéticamente), son: Madar, Gozhpasht parseh, Npamsar etesh, Afsaneh cpehei parsi, Hadeseh dar Porspolis y Esh dokhtar Ler.

 

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO