martes, 19 de mayo de 2026

CÓMO LAS TORTUGAS NINJA CASI PROVOCAN MI MUERTE

Nenad Pavlović

 

Todo el mundo sabe que las Tortugas Ninja viven en las alcantarillas, pero yo empezaba a dudar de que vivieran en nuestras alcantarillas. Mientras que la de ellas era un lugar seco y espacioso, ideal para hacer toda clase de geniales trucos con la patineta, nuestra alcantarilla era solo un tonto círculo metálico con un montón de agujeros que se tragaba las bolitas cuando hacías un tiro especialmente desafortunado y en el que podías arrojar piedras para escuchar un “¡ca-plonc!” si estabas realmente aburrido.

Durante una semana lluviosa que transformó nuestra calle en un deslizadero de barro lleno de charcos, descubrí que había mucho más en nuestra alcantarilla de lo que había imaginado. Primero, podía taparse (la alcantarilla de las Tortugas Ninja jamás se tapaba). Segundo, podía abrirse. No sé cómo; debía tener algún mecanismo secreto, porque todos los niños de la calle intentamos abrirla muchísimas veces y nunca pudimos. Mi padre decía que la tapa era simplemente pesada, pero yo sabía que mentía, porque Zach, la Quinta Tortuga, podía levantarla sin problemas. Ya sé que Zach tenía casi catorce años y yo apenas nueve, pero no podía ser tanto más fuerte que yo… ¿o sí?

Así que no era solo un círculo metálico en el suelo: debajo había un agujero, aunque era oscuro y asqueroso, y yo estaba bastante seguro de que allí no había Tortugas Ninja. Una buena cosa que aprendí aquel día fue que todas esas bolitas no se perdían para siempre: aquel plomero nos sacó un auténtico tesoro desde el fondo. Eso sí, estaban todas cubiertas de barro. Mi primer vecino dijo que eso no era barro y le pareció divertidísimo, por alguna razón, cuando limpié cada una de ellas con mi camiseta. Así que aprendí que definitivamente no había Tortugas Ninja en nuestra alcantarilla y que ahora era unas cincuenta bolitas más rico (con casi trescientas en total, probablemente el niño más rico de mi calle). En resumen, había sido un día bastante bueno.

De todo aquello concluí que las Tortugas Ninja probablemente vivían en otra ciudad. Mi mejor amiga, Mary Ann, decía que debían vivir en Italia, porque siempre estaban comiendo pizza, pero yo sospechaba que estaba equivocada; no sabía mucho sobre ese país, pero jamás había visto la Torre Chueca de Italia en ninguna parte de la caricatura. Y durante un tiempo, eso fue todo respecto a buscar a las Tortugas Ninja.

Más tarde, aquel mismo verano, mi otro mejor amigo, Alexander, vino a decirme que había hecho un descubrimiento radical: ¡había encontrado la verdadera alcantarilla donde vivían las Tortugas Ninja! Y no estaba en Italia ni en otra ciudad, sino cerca, junto al río.

Por supuesto, tuve mis dudas: sus dos descubrimientos anteriores –las armas olvidadas de la Segunda Guerra Mundial en un molino embrujado y el tesoro de un vampiro en otro molino embrujado distinto– habían resultado falsos (aunque, en realidad, aquel último nunca se confirmó porque nos acobardamos y jamás entramos). Pero esta vez no solo juraba que era cierto: estaba dispuesto a mostrármelo la próxima vez que fuéramos a pescar.

Se suponía que quedaba río abajo, más allá de los rápidos poco profundos donde normalmente pescábamos cachos. Había muchísimas historias fantásticas sobre aquellos lugares río abajo. Si realmente existía una enorme roca blanca desde la cual uno podía lanzarse a una poza profunda llena de bagres monstruosos, entonces también podía existir una alcantarilla habitada por auténticas Tortugas Ninja de verdad (digo “de verdad” para diferenciarlas de las Tortugas Ninja falsas que había visto en el cine, que obviamente eran solo tipos disfrazados).

Yo estaba seguro de que solo quería tomarme el pelo, y también tenía un poco de miedo de que nos metiéramos en problemas por alejarnos demasiado del vecindario, pero apenas caminamos un poco más allá de los rápidos, se detuvo y señaló unos arbustos.

Y allí estaba.

Una entrada de alcantarilla real, casi exactamente igual a las del programa y, desde luego, lo bastante grande como para que una Tortuga Ninja pudiera deslizarse por ella en patineta.

Era un atardecer de verano, y los rayos dorados y rojizos apenas ofrecían luz suficiente para explorar cuevas. Además, íbamos cargados con equipo de pesca y bolsas llenas de peces vergonzosamente pequeños. Pero prometimos volver al día siguiente, justo después del desayuno, y convertirnos en la Sexta y la Séptima Tortuga Ninja antes de la hora del almuerzo.

No salió como habíamos planeado.

La entrada de la alcantarilla seguía allí, pero no había manera de llegar hasta ella: las orillas del río eran empinadas y resbaladizas por el barro y la hierba mojada, y además estaban llenas de trampas de abrojos y ortigas. Y ni siquiera podíamos rodearla porque había demasiada agua cerca e incluso dentro del tubo.

—Tenemos que volver cuando baje el nivel del agua —dijo Alexander con una voz sospechosamente parecida a la de un adulto.

—¿Y cuándo va a ser eso? —pregunté, decepcionado, jugando con mi diminuta linterna, que tenía tantas ganas de usar aquel día.

—No sé. Supongo que para finales del verano.

Durante los días siguientes fui en bicicleta hasta el río todos los días para comprobar si el nivel del agua había bajado, pero nunca estaba lo bastante seco como para entrar caminando por el tubo sin arruinar las zapatillas (y ganarse una buena paliza).

La búsqueda de las Tortugas Ninja nunca fue olvidada por completo, aunque sí pasó a un segundo plano por culpa de otras cosas que ocurrieron mientras tanto. Principalmente, las maratones nocturnas de películas del Canal Ocho.

¡Dios, qué maravillosas eran aquellas maratones!

Era como ir varias veces al videoclub, solo que gratis, y además podías ver películas para las que normalmente jamás te habrían dado permiso. Algunos días daban películas aburridas, como dramas (o bostezatones, como yo las llamaba), pero otras veces había comedias, dibujos japoneses con robots y ninjas, ciencia ficción… y mis favoritas, las que yo personalmente prefería: ¡las películas de terror!

Por supuesto, yo no podía quedarme despierto hasta tan tarde, aunque me hubieran dejado. Ahí entraba la magia de programar el videocasete (creo que mi padre jamás se perdonó haberme enseñado cómo hacerlo).

La mejor parte de todo era no saber qué ibas a encontrarte: la programación de televisión solo decía “Maratón de películas” y el género de las películas emitidas, sin mencionar títulos. Así que ver la cinta al día siguiente era como abrir regalos en Navidad.

Mi última captura había sido una película llamada Demons, que mi padre calificó como “la cosa más tonta jamás hecha”. A mí me había parecido bastante buena, salvo por el hecho de que se llamara Demons cuando los monstruos en realidad eran zombis; supongo que el tipo que la hizo no sabía demasiado sobre monstruos.

Así que, naturalmente, me emocioné mucho cuando metí el último casete que aún podía grabar encima (que anteriormente contenía Astérix, Horton Hears A Who! y una película extraña con mujeres desnudas) y programé la grabación para la medianoche.

A la mañana siguiente me levanté a las siete, me senté frente al televisor con un plato de sándwiches y presioné “play”, ansioso por descubrir qué clase de monstruo aparecería esta vez.

Pero la película ni siquiera había llegado a la mitad cuando no solo perdí el apetito, sino también casi todo el color del rostro.

Aquella película de terror no era divertida. ¡Era aterradora!

Casi todas las películas de horror trataban sobre un héroe que luchaba y finalmente derrotaba a un monstruo que claramente era un hombre con un traje de goma o un efecto especial (nunca entendí qué tenían de “normales” los efectos normales). En otras palabras: adultos peleando contra algo inventado.

Pero esta película trataba sobre niños siendo devorados por algo que yo había visto con mis propios ojos y sabía con absoluta certeza que existía de verdad:

¡Un payaso!

Y eso ni siquiera era la peor parte.

El lugar donde vivía el payaso asesino, su espantosa guarida, se veía exactamente igual al sitio donde casi habíamos entrado para buscar a las Tortugas Ninja.

Al borde del llanto, con el video en pausa, permanecí sentado, empapado en sudor frío, pensando en aquello: habíamos estado a punto de entregarnos voluntariamente a un monstruo tan terrible que ni siquiera todas las Tortugas Ninja juntas, incluso con la ayuda del maestro Splinter, podrían derrotarlo jamás.

Cuando vi a Alexander más tarde aquel mismo día, gritó:

—¡Ya lo sé!

Corrió calle abajo hacia mí, y de inmediato comprendí qué era exactamente lo que sabía.

Prometimos que nunca volveríamos a acercarnos a aquella horrible entrada de alcantarilla. Ni por el bagre más grande del mundo ni por la posibilidad de conocer a las Tortugas Ninja jamás.

Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

 

EL GRAN INTERCAMBIO

Boris Glikman

 

Después de que ocurrió el cataclismo, la gente –o más bien los seres en los que la gente se transformó– comenzó a referirse a éste como el Gran Intercambio. Cuando aquellos seres recordaban cómo había sido el mundo antes del Gran Intercambio, lo que más los impresionaba era cuán ciegos habían sido en aquellos tiempos.

Por entonces, las enseñanzas religiosas y las teorías científicas mantenían obediente a la humanidad, sometida mediante ominosas profecías de apocalipsis y armagedones en los que toda la vida sobre la Tierra, o incluso el Universo entero, llegaría a su fin. Lo que nadie había previsto era que pudieran existir calamidades mucho peores que la aniquilación universal.

El Gran Intercambio fue un proceso que hizo que los aspectos interiores y exteriores de los seres humanos intercambiaran lugares, de modo que las características emocionales, mentales y espirituales pasaron a ser externas y viceversa. Debe subrayarse que no se trató simplemente de que las características interiores intangibles se volvieran visibles; más bien, los seres interiores literalmente se convirtieron en los cuerpos físicos exteriores, mientras que los cuerpos físicos pasaron a transformarse en entidades internas invisibles.

Naturalmente, las consecuencias de este acontecimiento fueron monumentales y de gran alcance. Ya nadie podía ocultar su verdadero yo interior; este quedaba expuesto en toda su gloria y toda su vergüenza, en toda su belleza y toda su fealdad. Muchas vidas quedaron destruidas, relaciones arruinadas y carreras arrasadas, ya que las neurosis internas, ansiedades, delirios, odios, prejuicios, inseguridades y defectos de carácter de una persona quedaban revelados ante parejas, familiares, amigos, colegas y desconocidos. La propia estructura de la sociedad se vio amenazada, pues su funcionamiento fluido dependía en gran medida de que las personas reprimieran y ocultaran su verdadera naturaleza y sus sentimientos.

Después del Gran Intercambio, una gran parte de la población mundial desapareció por completo. Entre todas las teorías que intentaron explicar aquella desaparición, la más popular sostenía que las vidas superficiales y vacías llevadas por muchos habían terminado por volverlos emocional, mental y espiritualmente huecos. En consecuencia, una vez ocurrido el Gran Intercambio, aquellas personas quedaron exteriormente vacías y se volvieron invisibles.

Sin embargo, para algunos aquel giro de los acontecimientos resultó una bendición. Antes del Gran Intercambio, la apariencia física tenía una importancia primordial; las impresiones y opiniones que los demás formaban sobre uno dependían sobre todo del aspecto exterior. En las interacciones cotidianas, uno era juzgado constante e instantáneamente por su apariencia. La esencia interior, al ser imperceptible para los demás, requería mucho más tiempo y esfuerzo para ser descubierta. Pocos tenían interés o disposición para hacerlo, ya que, en aquellos tiempos vertiginosos, las personas apenas disponían de tiempo para descubrir su propio yo interior, mucho menos el de los demás.

Y así, resultaba especialmente conmovedor contemplar el orgullo y la alegría de algunos de aquellos que antes de este acontecimiento habían sido físicamente feos; aquellos que, pese a todos los desprecios y desaires que el mundo les había infligido, conservaron su dignidad y su respeto por sí mismos, sin permitir que sus almas se ensuciaran con amargura, odio hacia sí mismos o envidia. Ahora, su pureza interior resplandecía brillantemente para que todos pudieran verla y admirarla.

Por otra parte, era raro encontrar a alguien que hubiera sido extraordinariamente hermoso tanto antes como después del Gran Intercambio. Tal vez no debería haber sorprendido, pues, dada la incesante atención, admiración y favoritismo prodigados a quienes poseían gran belleza física, era inevitable que terminaran volviéndose egocéntricos e incapaces de empatía. Así, después de este cataclismo, una gran proporción de los deslumbrantemente hermosos se transformó en algunos de los seres más horrendos imaginables, con una fealdad que hacía que los demás apartaran la vista con horror y repulsión. Sin embargo, también hacia ellos existía compasión y un deseo de ayudarlos de algún modo.

Resultaba particularmente irónico que el espejo, antes la posesión más preciada de la gente hermosa, se hubiera convertido ahora en la pesadilla de su existencia: algo que debía evitarse a toda costa, para no contemplar sus nuevos seres transformados. En verdad, los espejos y otras superficies reflectantes pasaron a ser objetos detestados y aterradores para muchos en aquel mundo posterior al Intercambio. Pocos poseían el valor suficiente para verse exactamente como eran. Quizá temían enfrentarse a las verdades desnudas que sus reflejos pudieran revelar. O tal vez tenían miedo de aquello que no verían, considerando lo fácil que había sido, en el mundo anterior al Intercambio, engañarse a uno mismo creyendo poseer talentos ocultos y potenciales inexplorados, convenciéndose de que todos esos dones maravillosos supuestamente permanecían escondidos en las profundidades y sombras de la mente y el alma.

Debe mencionarse en este punto que el Gran Intercambio fue tan absoluto que sus efectos no se limitaron a la humanidad. Todos los organismos vivos, desde las bacterias hasta las ballenas, y todo lo existente entre ambos extremos, también resultaron afectados. Sin embargo, a diferencia de muchos seres humanos, ninguno de los otros organismos vivos desapareció tras este acontecimiento, resolviendo de una vez por todas la antiquísima cuestión de si únicamente el hombre poseía alma. Ahora era indiscutible que todos los microorganismos, plantas y animales también tenían un yo interior.

Además, en marcado contraste con la abundancia de fealdad presente en la humanidad posterior al Intercambio, todos ellos se transformaron en seres de una belleza sencilla pero inconfundible. De ello podía concluirse que toda criatura viva no humana, sin importar cuán repulsiva o dañina hubiera parecido a ojos de la humanidad, sin importar cuán carente pareciera de rasgos redentores, poseía un alma pura y hermosa. Por mucho sufrimiento y muerte que organismos como las bacterias de la fiebre tifoidea, los mosquitos transmisores de malaria o los piojos hubieran causado a la humanidad a lo largo de los eones, sus seres interiores brillaban todos con la misma radiación sencilla y constante.

Cómo ocurrió exactamente el Gran Intercambio y qué lo causó sigue siendo motivo de intensos debates. ¿Fue obra de Dios? ¿O acaso una etapa natural del proceso evolutivo hasta entonces desconocida? Quizá fue algo completamente distinto: un fenómeno singular y sin precedentes que ni la ciencia ni la religión podían explicar. Lo que no admite discusión es la transformación radical que aquella convulsión produjo en la Tierra, pues afectó a todas y cada una de las entidades vivientes. Ni siquiera los embriones y fetos gestándose en el interior de sus madres estuvieron a salvo de sus efectos.

Tal vez el escenario que he descrito parezca implausible y absolutamente absurdo. Sin embargo, ¿quién puede afirmar que nuestra realidad actual no sea, en verdad, una aberración temporal respecto al estado de existencia descrito anteriormente? ¿Y si solo durante este período de existencia poseemos brevemente características físicas en el exterior y rasgos emocionales, mentales y espirituales en el interior? ¿Y si, una vez en el Más Allá, existimos por toda la eternidad con nuestros seres interiores exteriorizados?

¿No es esa una razón suficientemente válida para comenzar a trabajar sobre nuestras almas, para empezar a dedicar tanto tiempo al desarrollo y perfeccionamiento de nuestros aspectos emocionales, mentales y espirituales como el que dedicamos a mejorar y embellecer nuestros cuerpos físicos? Después de todo, estos frágiles cuerpos corpóreos nos pertenecen apenas por un instante, mientras que nuestros seres interiores podrían vivir para siempre.

Los dejo reflexionando sobre estas cuestiones. Y si deciden descartar mis sugerencias como un absurdo sin sentido, volvamos a reunirnos para hablar de ellas cuando ambos habitemos el Más Allá. Entonces les diré, sin el menor rastro de suficiencia o regocijo malicioso en mi voz:

—Se los dije.

Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

 

lunes, 18 de mayo de 2026

HANNA, EL ÁNGEL

Rodica Bretin

 

Alix me miró, luego al cielo despejado, salpicado de estrellas. Era de noche y, desde las murallas almenadas, la isla parecía un barco navegando mar adentro.

—Muéstramelo.

Extendí las manos hacia ella, con los dedos separados, como si empujara una barrera invisible, que se volvió más delgada y desapareció por completo cuando Alix apoyó sus palmas contra las mías.

De pronto, tuve la sensación aguda de alguien que despierta de un coma profundo. Imágenes, sonidos y olores explotaron a mi alrededor, como si estuviera en medio de un deslumbrante espectáculo de fuegos artificiales. Podía oír la luz de las estrellas y cada una sonaba diferente, como los instrumentos de una orquesta interpretando la sinfonía del cielo. Distinguía la vibración de un púlsar, el estruendo en cascada de un agujero negro, seguido por la obertura in crescendo de la explosión de una supernova. Podía ver a través del mar hasta las profundidades recorridas por tiburones, ballenas, delfines y pulpos y, más abajo aún, en el abismo acuático donde extrañas siluetas se deslizaban entre los corales, criaturas antediluvianas arrastraban la cola por la arena en la que cohortes de cangrejos marchaban en formación, preparándose para el Día D en que invadirían las playas del mundo. Percibía el olor de los cigarrillos de marihuana que fumaban dos pescadores en algún bote a kilómetros de distancia, el aroma de la resina de pino en un bosque al noroeste, el hedor de neumáticos quemados de un camión donde un muchacho y una muchacha hacían el amor, ella por primera vez, él…

¿Y Alix? ¿Desde cuándo se había vuelto translúcida, como una estatua de cristal? Podía ver sus huesos y músculos, arterias y venas donde la sangre latía en armonía con los ritmos eternos de la naturaleza. Escuché el latido… ¿de dos corazones?

Alix apartó las manos y mi universo volvió a ser como antes, una copia pálida y desvaída, una representación en blanco y negro de lo que Alix vivía, momento a momento. Alix, que… no era del todo humana. Algunos la llamarían diosa mortal, ¡pero no sabían nada! Desde afuera parecía siempre satisfecha consigo misma y con quienes la rodeaban, irradiando equilibrio y serena aceptación, un oasis de calma en un desierto de locura.

Alix oyó mi pensamiento.

—No exactamente —me contradijo sin levantar la voz—. Hubo un tiempo en que yo era igual que tú.

—¿Quieres decir siempre enfadada por cualquier cosa o por cualquiera?

Sonrió, pero sus ojos siguieron fijos en un pasado sombrío.

—Es difícil no saber quién eres, pero es aún más difícil no saber qué eres. Hasta los nueve años pensé que era normal. Nunca conocí a mis padres, pero eso no tenía nada de extraordinario; en aquellos días muchos niños de Estocolmo, Copenhague y Oslo terminaban como yo, abandonados, mendigando en las calles, dependiendo de la misericordia de los extraños. ¿Recuerdas a la niña de las cerillas, que murió congelada en la nieve mientras los ricos y sus familias celebraban la Navidad? ¿Un cuento que conmovió y despertó la sensibilidad de generaciones de lectores o un hecho real registrado por Hans Christian Andersen con dramático realismo? Yo tuve más suerte que la mayoría. Terminé en un orfanato parroquial. Tenía un techo sobre mi cabeza, una cama con un colchón relleno de paja, una manta viscosa y un lugar en la mesa común, donde el manjar cotidiano era un guiso de nabos. Todo estaba racionado. Cuando la ropa nos quedaba pequeña, nos daban otra igual de remendada y gastada. En cuanto a los zapatos, no teníamos. Debíamos estar agradecidas por las sobras, los harapos, un trozo de pan mohoso y una manzana carcomida por gusanos, porque no nos echaban afuera, a la ventisca. Éramos una carga sobre los hombros del personal del orfanato, de la cocinera que todos los días debía enfrentarse a una difícil decisión: ¿papas hervidas o al horno? Sufríamos hambre, frío, estábamos sucias y harapientas, pero podía ser peor… y oíamos aquello hasta que las otras huérfanas y yo empezamos a creerlo.

—Pero no Hanna.

—Hanna era mi amiga, la muchacha de cabello dorado y ojos de un azul tan pálido que parecían dos ópalos. Hanna hablaba poco y solo conmigo, pero no porque fuera tímida, silenciosa o retraída. Hanna creía que era un ángel. Sus padres celestiales se habían visto obligados a dejarla atrás, pero no la habían abandonado. Mañana, o dentro de un año, regresarían para llevársela con ellos. A veces podía oírlos llamándola por su nombre, diciéndole que no perdiera la paciencia ni la esperanza. Se habían marchado por un tiempo, pero…

—¿Adónde fueron? —le pregunté un día.

—La noche siguiente nos escabullimos por la ventana del ático del dormitorio y nos quedamos juntas contemplando el cielo estrellado desde el tejado. “¡Allí!”, dijo ella. Me mostró un destello igual a miles y miles de otros. Pero para Hanna aquella estrella era un faro, iluminando el camino de regreso a casa. Y desde entonces salíamos al tejado cada noche en que el cielo estaba despejado. Una vez me susurró otro secreto al oído. “Me han brotado alas invisibles. Si las abro, podría elevarme por encima de las casas, de los árboles.” ¿Y yo? le pregunté. “No te dejaré, Alix”, me respondió. Cuando mis padres vengan por mí, nos iremos juntas. Cuarenta niñas vivíamos en el dormitorio del ático. Una de ellas, nunca supe cuál, le informó a la supervisora sobre nuestras escapadas nocturnas. En el orfanato todo era escaso y estaba racionado: la comida, el calor, la cera de las velas… todo excepto los castigos. Durante casi dos días nos obligaron a permanecer arrodilladas sobre cáscaras trituradas de nuez. Luego nos dieron cepillos, jabón y cubos de agua para limpiar la sangre de las tablas del suelo. Pero el verdadero castigo aún estaba por llegar. La directora había llamado a un herrero para colocar barrotes de hierro en las ventanas del ático. Y la noche anterior a que el dormitorio se convirtiera en una prisión, Hanna se acercó a mi cama y puso un dedo sobre mis labios. No pronunció una sola palabra, pero comprendí su pensamiento. Aquellos eran nuestros últimos momentos de libertad. ¿Por qué desperdiciarlos? En el cielo, la negrura que cubría las estrellas comenzaba a disiparse. Antes había llovido y el tejado estaba mojado y resbaladizo. ¿Pero qué importaba? Hanna tenía alas, las estrellas parpadeaban entre las nubes desgarradas, pronto el firmamento estaría despejado y sería todo nuestro. Cuando las tejas resbalaron bajo mis pies, Hanna me sujetó de los brazos tratando de detenerme, pero no funcionó. Ambas nos precipitamos por encima del desagüe y caímos catorce metros hasta el patio pavimentado con granito. Desperté en la enfermería del orfanato. El médico me dijo que Hanna había quedado destrozada y había muerto al instante. Era una mentira cruel y me negué a creerla. ¡Hanna había volado! Había abierto las alas y flotaba en algún lugar sobre la ciudad. Pero ¿por qué me había dejado allí? Tal vez me dejó atrás porque todos mis huesos estaban rotos. Nadie en el orfanato creía que sobreviviría hasta la mañana, y esperaron y esperaron. Al amanecer aún no había dado mi último aliento y por la tarde pedí un vaso de agua.

—¿Había ocurrido un milagro?

—El médico me miró horrorizado y asustado, como si yo fuera un ternero de tres cabezas… ¿y qué? Hanna había escapado; volvería para llevarme lejos de él, de todos ellos. Aquella noche la fiebre descendió, pude mantenerme en pie y me levanté de la cama. El baño estaba al otro extremo del corredor y casi había llegado cuando percibí un olor extraño, como flores marchitas. Abrí una puerta, luego otra. En la tercera habitación encontré a Hanna, cubierta con una sábana manchada de óxido. Pero era sangre. La arranqué y contemplé el cuerpo destrozado y el rostro desfigurado de mi amiga. Había sido una niña que soñaba ser una criatura alada; ahora no era más que un cadáver anónimo que el orfanato estaba a punto de vender a la Clínica Real como material de estudio para estudiantes de medicina. Y en cuanto a mí, ¿era un ángel, un demonio, una abominación? Me trasladaron del dormitorio común a un armario en el sótano, pasándome la comida por una rendija de la puerta, como si tuviera lepra, peste o alguna otra enfermedad contagiosa. La directora había llamado a un exorcista y el médico informó a sus colegas anatomistas que prepararan la mesa y los instrumentos de disección, aunque no antes de realizar algunos experimentos científicos. ¿Era resistente al agua helada, al fuego o al ácido sulfúrico? ¿Podrían conservarme en formaldehído? Me llamaban la niña de huesos de goma, que había caído de un tejado y se había levantado sin un rasguño. Así nacen las leyendas urbanas. ¿Era afortunada o hija del diablo? Nunca llegaron a averiguarlo. El tercer día después del accidente que me trajo aquella fama indeseada, escapé del orfanato, dejando atrás la ciudad y luego Suecia. No permanecí más de un par de días en un mismo lugar, todavía huyendo aunque nadie me persiguiera, sin más equipaje que mis recuerdos. Hasta conocerte, Hanna había sido mi única amiga.

—Una muchacha que pensaba que era un ángel y otra que se imaginaba humana —dije—. Ambas estaban equivocadas y tenían razón al mismo tiempo. Pero al final, después de tantos caminos recorridos, ¿descubriste quién eres, qué eres?

Alix inclinó la cabeza hacia un lado y me observó bajo las pestañas.

—Al final… ¿es realmente tan importante?


Rodica Bretin es narradora, miembro de la Unión de Escritores, P.E.N. Rumania y la Asociación de Creadores de Ficción. Ha escrito volúmenes de cuentos (el más reciente, Tigrii viséza ín culori, publicado en 2024) y novelas, abordando temas como la memoria, el realismo fantástico, la historia novelada y las fronteras del conocimiento. Ha publicado antologías y traducciones, y su obra figura en diccionarios y volúmenes colectivos. Publica narrativa, ensayos y artículos en las revistas literarias más importantes tanto de Rumania (România literară, Viaţa românească, Convorbiri literare, Luceafărul de dimineaţă, Familia, Vatra, Tribuna, Curtea de la Argeş, Matca literară, Ficțiunea, Leviathan, Astralis, Neuma, Libris, Ateneu, Timpul, Euphorion, Hyperion, Literadura) como de otros países. Ha recibido numerosas distinciones, entre ellos el "Premio COLIN", edición de 2017, el "Premio Daniel Drăgan" en 2022 y el de la Rama de Brașov de la Unión de Escritores, por la colección de cuentos Amurgul elkilor, el "Premio de Ficción", 2023, por el cuento "A opta moarte", y el "Premio de la Revista Literaria Libris a la Prosa", en 2024.

DURAK

Anatoly Belilovsky

 

—Es peligroso, este hielo —dijo el ruso.

La gran masa congelada se acercaba lentamente, mientras el camarero luchaba por empujar el carrito a través del umbral de la sala de cartas.

—Estoy de acuerdo —dijo el neoyorquino.

Barajó un mazo de cartas con bastante desgano.

—Parece que está a punto de provocarle una hernia a nuestro camarero.

—Yo solo quería suficiente para poner en mi brandy —dijo el texano—. ¿Por qué trajo el bloque entero?

—La White Star Line se enorgullece mucho de su servicio —dijo el camarero.

—En el Titanic no hacen nada en pequeño —dijo el neoyorquino—. Al menos no en primera clase.

El camarero descargó el picahielo con un golpe experto. Fragmentos de hielo cayeron brillando sobre el plato. El camarero los dejó caer dentro del vaso del texano.

—El peligro ahora mismo —dijo el inglés— es que entre un francés. Estaría perfectamente en su derecho de dispararle por este sacrilegio. Hielo en el armagnac…

—Es solo brandy —dijo el texano—. Usted no es francés, ¿verdad, muchacho?

—No, señor —respondió el camarero.

—Tiene un acento raro —dijo el texano—. ¿De dónde es?

—De Transilvania, señor —dijo el camarero.

—Anginas —dijo el ruso—. El frío puede enfermar la garganta y uno muere de anginas. Eso pasó con su George Washington. Murió de anginas.

El ruso hizo una pausa.

—En diciembre. Cuando hace frío.

—Murió por las sangrías —dijo el neoyorquino.

—¿En América usan sangrías? —preguntó el ruso—. En Rusia usamos sanguijuelas. Nadie muere por sanguijuelas. ¿Qué usan en Inglaterra?

—Transilvanos —dijo el inglés.

—¿Qué? —preguntó el ruso.

—¿Desean algo más? —preguntó el camarero.

—No —dijo el ruso—. ¿Transilvanos como sanguijuelas?

—Vampiros —dijo el inglés.

—Ah —dijo el ruso—. Del libro del señor Stoker. Es divertido.

—¿Leyó Drácula? —preguntó el neoyorquino.

—Leo todos los libros ingleses —dijo el ruso—. Sherlock Houses. Capitanes valientes. Máquina de los tiempos.

—¡H. G. Wells! —exclamó el inglés—. ¡Le gusta Wells!

—Leo a Wells —dijo el ruso—. No me gusta Wells.

—Yo tampoco soporto a Wells. Maldito socialista —dijo el texano.

—A mí me gustó bastante La guerra de los mundos —dijo el neoyorquino—. Al final, cuando los invasores mueren de influenza…

—¿Desean que traiga más hielo? —preguntó el camarero.

—Tenemos de sobra —dijo el texano—. Lo que escribió Wells… son puras tonterías. Eso no puede pasar.

—¿Por qué no? —preguntó el inglés.

—Primero que nada, allá en el rancho, si tiene vacas enfermas, las mantiene alejadas de las sanas, pero los pavos y las gallinas estarán perfectamente. La idea de que los marcianos agarren peste bovina cuando las cabras no la agarran… bueno, eso es ridículo.

—Es cierto —dijo el neoyorquino.

—Y en segundo lugar —dijo el texano—, no hay nada en Marte. Si hubiera algo allí, habrían dejado algo visible. Estoy seguro de que el señor Lowell habría visto ciudades, no solo canales, si existieran marcianos como los del libro.

—Ahora no hay nada alrededor del Caspio —dijo el ruso—. Y todos venimos de allí.

—¿Más armagnac, quizás? —sugirió el camarero.

—Tenemos suficiente armagnac —dijo el neoyorquino—. ¿Qué es eso del Caspio?

—Eso es un mar, ¿verdad? —preguntó el texano.

—Creo que se refiere a la hipótesis póntica sobre la urheimat indoeuropea —dijo el inglés.

—¿Le importaría hablar en inglés? —dijo el texano.

—¿Podría traerles un nuevo mazo de cartas? —preguntó el camarero—. No han terminado su partida de bridge.

—Estoy harto del bridge —dijo el neoyorquino—. Me aburro hasta la muerte. Nunca pasa nada en el Titanic.

—¿De qué se está quejando? —preguntó el texano—. La comida es perfecta, la orquesta es de primera. Y el servicio…

Hizo un gesto hacia el camarero.

—Habla por sí solo.

—El Titanic —dijo el camarero— recibió el mejor personal cuidadosamente seleccionado de toda la White Star Line, de la cual me enorgullece formar parte. ¿Quizás podría traer queso o sorbete?

—¿Ven a lo que me refiero? —dijo el neoyorquino—. No puedo quejarme de nada aquí. Quiero volver a casa. En Nueva York puedo quejarme. Me pone nervioso no hacerlo. No veo la hora de bajarme de este maldito barco.

—Qué lenguaje —dijo el inglés.

—Lomonósov escribió sobre lenguaje —dijo el ruso—. Dva siempre es dos, tri siempre es tres, kot siempre es gato, en eslavo y germánico y en hindustaní. Todos idiomas parecidos, todos vienen de la estepa. Ahora no hay nada allí.

—Interesante —dijo el inglés—. Creo que entiendo lo que quiere decir.

—Es como juego ruso de cartas —dijo el ruso—. Se llama Durak.

—Durak… ¿No es la palabra rusa para “tonto”? —preguntó el neoyorquino—. Uno la oye mucho caminando por el Lower East Side.

El ruso asintió.

—“Durak” también es el perdedor en el juego.

Desde el rincón de la sala, el camarero observaba con enorme interés.

—¿Cigarros? —preguntó—. ¿Desean que les traiga cigarros?

—Si no le importa, no queremos cigarros —dijo el inglés—. Me gustaría aprender este… Durak.

El ruso tomó las cartas y miró alrededor.

—¿Tengo permiso? —preguntó.

Los otros asintieron.

El ruso repartió rápidamente seis cartas para él y el inglés. Dio vuelta la decimotercera carta; era la jota de diamantes. El resto del mazo lo dejó boca abajo junto a la carta descubierta.

—Esta carta —dijo señalando la jota— nos dice cuál es el triunfo. Los triunfos funcionan igual que en bridge: una carta más alta vence a una más baja, pero solo dentro de su palo, y cualquier triunfo vence a cualquier otra carta excepto a un triunfo más alto. Ahora ataco.

Puso un siete de tréboles boca arriba.

—Creo que entiendo —dijo el inglés.

Lo cubrió con un diez de tréboles.

—Ahora —dijo el ruso— solo puedo continuar atacando con cartas del mismo valor que ya están sobre mesa: dieces y sietes.

Puso un siete de corazones.

—Por supuesto, fue buena idea empezar con carta que tenía en pareja…

El inglés puso un seis de diamantes.

—Ahora sabemos lo que no tiene —comentó el texano—. Si tuviera un corazón más alto que siete, lo habría jugado.

—Exactamente —dijo el ruso—. Y por suerte para mí…

Puso un seis de corazones.

El inglés levantó la vista.

—No tengo corazones y no tengo más diamantes. ¿Y ahora?

—Ahora las recoge. Son sus cartas ahora —dijo el ruso—. Yo me quedo con tres cartas, así que tomo tres del mazo.

Tomó tres cartas.

—Ahora vuelvo a tener seis y, como gané esta mano, ataco otra vez.

Puso una jota de espadas.

El inglés respondió con un as de espadas.

—Ahora puede atacar con una jota o un as, ¿correcto?

—Correcto —dijo el ruso—. Sin embargo, pensé que podría tener reina o rey y entonces continuaría. Pero así como está, terminé. Esto va al descarte.

Colocó las dos cartas sobre la mesa formando una nueva pila y tomó una carta del mazo de reserva.

—Ahora usted ataca.

El inglés empezó con un siete de corazones.

—Recuperando lo mío, ¿no? —dijo el ruso, cubriéndolo con una reina de corazones.

El inglés continuó con un siete de tréboles.

El ruso cubrió con una jota.

—Si hubiera tenido esto en la mano anterior… —dijo—. Pero la acabo de sacar ahora mismo.

Cubrió el siete con una reina de espadas.

—Tengo carta más baja —dijo— pero es bueno limitar opciones del oponente, ¿no? ¿Tiene algo para atacar?

El inglés negó con la cabeza.

—No más sietes, ni jotas, ni reinas.

El ruso reunió las cartas de la mesa.

—Defensa exitosa —dijo mientras las ponía en el descarte—. Ahora necesito tres, pero espero por usted, ya que defendió. Usted tiene…

—Cinco —dijo el inglés—. Entonces tomo una, ¿verdad?

El ruso asintió. El inglés tomó una carta, seguido por el ruso.

—¿Pudín Waldorf? —sugirió el camarero.

—¿Quiere dejar ya de preguntar? —dijo el neoyorquino—. Bien, ¿por dónde íbamos?

—Una carta, hacen seis, y es mi turno de atacar —dijo el inglés—. Hasta ahora parece un gran juego.

—¿En qué es mejor que el bridge? —preguntó el texano.

—Se parece más a una guerra real —dijo el inglés—. Las fuerzas usadas en una batalla siguen allí para la siguiente… aunque no necesariamente del mismo lado. Y supongo que las alianzas no son permanentes, como sí lo son en el bridge.

—Sí, aliados —dijo el ruso—. Más tarde les mostraré Durak con mucha gente, ya verán… se puede cambiar de aliados en mitad de mano.

—Las guerras napoleónicas —dijo el inglés—. O la Guerra de los Treinta Años. O las guerras de los sucesores de Alejandro.

—Tenemos pastel Napoleón —dijo el camarero—. Es muy bueno.

—No queremos pastel —dijo el texano—. Ahora, ¿cuál es el objetivo del juego?

—Es —dijo el ruso— quedarse sin cartas cuando se acaba mazo de reserva.

—Eso es un poco raro —dijo el neoyorquino—. En la vida real, ¿cómo se gana quedándose sin nada?

El ruso sonrió.

—¿Qué idiomas hablamos, además de inglés? Yo hablo ruso, francés y polaco.

—Algo de panyabí, en mi caso —dijo el inglés—. De mis días en el ejército.

—Español —dijo el texano.

—Alemán —dijo el neoyorquino.

—¿Pastel alemán de chocolate? —preguntó el camarero.

—Estoy lleno como un cerdo —dijo el texano—. Ese bistec con hígado picado… Y… ah, sí. ¿Qué tienen en común todos esos idiomas?

—Son lenguas indoeuropeas —dijo el inglés—. Originadas probablemente en las estepas al norte del mar Caspio, en su propio país.

—¿Alguna vez estuvo allí? —preguntó el ruso.

—¿Duraznos en gelatina de Chartreuse? —preguntó el camarero.

El texano negó con la cabeza, muy parecido a un caballo espantando una mosca molesta.

—¿Por qué sigue interrumpiendo? Apenas se puede mantener una conversación con todas estas interrupciones. ¿Qué fue lo último? Ah, sí. No, nunca he estado en su país.

—Créame, señor —continuó el ruso—, ahora no hay nada ni nadie allí.

—Interesante idea —dijo el neoyorquino.

—¿Y qué tiene eso que ver con el señor Wells?

—¿Empezaría juego de Durak atacando con as o triunfo? —preguntó el ruso.

—No —dijo el neoyorquino—. Porque entonces el oponente podría usarlo contra usted más adelante en la partida. Como en…

—Los cipayos tenían nuestros rifles cuando se rebelaron —dijo el inglés.

—Y Washington fue entrenado por los británicos —dijo el neoyorquino—. Y los japoneses pasaron de juncos a acorazados en cuarenta años después de la visita del señor Perry.

—Tenemos excelentes éclairs de chocolate y vainilla —dijo el camarero.

—Tienen excelentes acorazados en la marina japonesa —dijo el ruso—. Yo los vi. En Tsushima.

Sacudió la cabeza.

—El Pacífico no es un buen lugar para estar en bote salvavidas. Un bote salvavidas nunca es un buen lugar para estar.

—Entonces es improbable que los marcianos atacaran con armamento demasiado avanzado —dijo el inglés—. Rayos calóricos o algo parecido.

—No si son inteligentes —dijo el neoyorquino—. Ahora bien, si tomamos el libro del señor Stoker…

—¡Vampiros marcianos! —exclamó el inglés—. ¡Los muertos vivientes de otro mundo!

—Me alegra que alguien esté encontrándole sentido a todo esto —dijo el texano—. ¿Le importaría explicarlo?

—Descartemos, digamos, la fantasiosa idea de que quien es mordido se convierte en vampiro —dijo el inglés—. Conservemos la larga expectativa de vida y las peculiares necesidades alimenticias. Y consideremos la curiosa inmunidad del vampiro al espejo y al daguerrotipo. Tenemos entonces una raza de seres invisibles –o simplemente muy pequeños– capaces de proyectar su apariencia y su voz directamente en nuestra mente mediante poder mesmerista, y de levitar gracias a algún otro medio científico. Podrían haber caminado entre nosotros desde antes de la época de Vlad Tepes. Desde antes de Gilgamesh, de hecho. Y nosotros jamás lo habríamos sabido.

—¿Helado? —preguntó el camarero—. Vainilla francesa…

—El frío enferma, produce anginas o tuberculosis —dijo el ruso, frotándose la garganta—. Marte es como la tundra siberiana: frío, vacío, mal clima. Buen lugar del cual huir. Leí sobre José de Acosta, él pensaba que indios escaparon a América desde Siberia. No queda nada en la tundra. No queda nada en Marte.

—Supongo que eso significa que uno de nosotros podría ser un vampiro marciano —dijo el texano—. ¿No es así, muchacho?

Agregó esto último haciendo un gesto al camarero.

—La White Star Line jamás permitiría —dijo el camarero— que una persona de carácter dudoso abordara uno de sus barcos.

Lentamente, casi imperceptiblemente, retrocedió alejándose de la mesa.

—Fácil averiguarlo —dijo el neoyorquino.

Sacó una cigarrera pulida.

—Aquí estoy yo —dijo, sentándose cerca del ruso— y aquí está usted. Dos reflejos.

Luego le entregó la cigarrera al texano.

—Y aquí estamos nosotros dos —dijo el texano inclinándose hacia el inglés—. ¡Camarero! Venga aquí, muchacho. Le toca a usted.

—En un momento, señor —dijo el camarero desde la puerta.

—Vuelva aquí. Quiero ver su cara en el espejo —gritó el texano—. ¿Adónde va, muchacho?

—A un asunto de suma importancia, señor —dijo el camarero—. Debo traer más hielo.

Y se apresuró a salir.

—Todavía hay un bloque entero sobre la mesa —dijo el neoyorquino—. ¿Qué piensa traer, un iceberg?

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

DIAGONAL Y DESPUÉS

Virginia Caramés

 

Que se te vaya el cuerpo me decía, hay que acompañar con el cuerpo. Es el cuerpo.

El cuerpo.

Ya chispeaba y yo ahí parada, en Diagonal Norte, mirando los personajes de piedra Mar del Plata. Me iba a mojar. Se me iba a mojar el cuerpo... el cuerpo.

Entra Ismene, o sea yo.

Ismene.

Ismene en el cuerpo mío.

Repaso mentalmente mi parlamento mientras miro los seres de piedra Mar del Plata. Debo dejar que se me vaya el cuerpo.

El ensayo terminó antes por el llamado telefónico. Juntamos papeles y abrigos y nos dispersamos luego de un saludo rápido.

Ahora chispeaba y a mí no se me iba el cuerpo, me estaba mojando.

Creonte se fue a tomar el subte, Hemón se iba para el lado de Corrientes a retirar unas entradas que le habían dejado de cortesía a su nombre en la boletería del Astral. Eurídice no había ido al ensayo y Antígona, la que sí ponía el cuerpo, ella, la que se entregaba blandamente a las palabras, a ella no se la veía por allí. Qué diferencia con los personajes de piedra Mar del Plata de Fioravanti: duros, erguidos, firmes diría. Esos personajes no se comunicaban con el cuerpo como Antígona, la que sí sabía hacerlo.

Antígona se había demorado mientras los demás salíamos, yo caminé unos metros hasta Diagonal y ahí estoy, tiesa, mojándome lentamente como se están mojando el expresidente de piedra Mar del Plata y los otros. Los otros miran para otras calles, para Florida por ejemplo, pero para mi lado y por encima de mi cabeza, el que mira es Sáenz Peña que está rígido y se moja.

Cuando tuvimos la primera reunión en la que nos comunicaron la propuesta, la protodirectora dijo: vamos a hacer una tragedia. 

Antígona, pensé.

Antígona, dijo.

—¿Antígona?

—Antígona.

Hay algo con el cuerpo, algo que no dejo de sujetar.

— ¡Que se te vaya el cuerpo!

Y yo intento..., hay que dominarlo a la vez que hay que dejarlo ir. Y esa cara de decepción de la directora...

Es odiosa.

Vamos, dice en un tono demasiado enfático. Vamos, que se te vaya el cuerpo.

¿Cree que no lo intento?

Veo caer la lluvia y de pronto evoco algo de mi niñez. Voy de la mano de mi padre, ahí mismo, en Diagonal.

"Ahora vas a ver", decía mientras nos acercábamos por Carlos Pellegrini.
En mis recuerdos el espectáculo empezó no bien llegamos pero debía estar ya sucediendo. Era diciembre ya entrado y último día laboral antes de las fiestas, calor, y de pronto la nieve. Una nieve de papeles que lanzaban manos anónimas desde las ventanas, desde todas las ventanas, diría, y la calle iba poniéndose blanca. Pasaron varios años hasta que conocí la nieve de nieve, la de verdad.

Ahora solo quedaba el ensayo de la escena final: Antígona condenada a muerte, Creonte que no pudo con ella y yo con mi cuerpo a cuestas.

"Que se te vaya el cuerpo" era el eco que se repetía en mi cabeza.

La mujer con el niño que hizo Fioravanti por detrás de Sáenz Peña desde donde yo la veo, es tan piedramardelplata como los demás, yo la miro bajo la llovizna y pienso: ¡Mujer, que se te vaya el cuerpo! ¿En qué idioma, si no, me estás diciendo qué?

Mi Ismene es piedra Mar del Plata.

No dejo al cuerpo ir hacia la sumisa.

Donde caían papeles, cae la llovizna y yo sin pensarlo arranco a caminar. Cuando entiendo que Ismene es solo el artilugio de Sófocles para hacer el contrapunto, ya estoy cruzando Florida.


Virginia Caramés es argentina, nació en La Plata, vive en Buenos Aires. Publicó la novela Las cuerdas de Jacobo (2021), el poemario Aves, moscas y otras máquinas (2023) y una nueva publicación en 2024 de la novela Las cuerdas de Jacobo. Formó parte de la Antología cubana de diez poetas argentinos El Silencio Organizado (2024) y de Poesía argentina del siglo XXI (2025) y el poemario Bloque de hueso (2025). Tiene en proceso de edición un libro de cuentos y la novela Elisa Brulet (suite de sus cosas diversas y emparentadas). También se desempeña en artes visuales: escultura (monumento a Pappo en la plaza Saenz Peña de La Paternal CABA), trabajos de talla de piedra, arcilla, orfebrería, joyería , escenografía, tiene varios trabajos de arte textil que forman parte de los catálogos y salones del Centro Argentino de Arte Textil, participó en muestras colectivas de escultura y fue ayudante en el curso de escultura - extensión universitaria en la escuela de posgrado en arte E. de la Cárcova de Buenos Aires, formó parte de la idea y puesta en acto del Museo Urbano (arte itinerante). Fue jurado en concursos de narrativa y poesía.





domingo, 17 de mayo de 2026

LA BESTIA

José Massaroli

 

“Envidiaba la felicidad de las bestias.”

Arthur Rimbaud

 

Partimos inmediatamente después de recibir la señal de alarma en el Comando Espacial.

Nuevamente ha aparecido la bestia en las selvas de Tierra'1.

¡Tierra'1! ¡La cuna de la humanidad! Inhabitable durante siglos, después de la espantosa guerra nuclear que acabó con la civilización y prácticamente toda la biósfera en el planeta, desde hace algunas décadas ha comenzado a mostrar, de manera acelerada, signos de vida vegetal y animal; algunos de ellos realmente alarmantes, como La Bestia.

Desde Tierra'3, única colonia superviviente de la catástrofe, ubicada en el planeta Marte, se mantiene una estricta vigilancia. Satélites que cubren toda la superficie y robots de vigilancia diseminados por los cinco continentes, captan y transmiten cada signo de vida al Centro de Control Planetario. Hay una consigna insoslayable grabada a fuego en nuestras mentes, y es "Que no se vuelva a repetir nunca más un cataclismo como el del siglo XXI"...

B'12 y yo, justamente, pertenecemos a la sub|casta de Mantenimiento del Orden. Una unidad especializada en borrar cualquier tipo de amenaza hacia la civilización que se ha logrado preservar hasta ahora. Somos una de las castas menos favorecidas en la distribución de bio|inteligencia, debo aclarar; pero no necesitamos más para el tipo de misiones que nos han sido destinadas. Como ésta, por ejemplo, casi de rutina, donde sólo hay que ir, cumplir un protocolo sencillo, y regresar.

El micro|bote de desembarco ha partido de la nave madre, que dejamos orbitando alrededor del planeta. El trayecto desde Marte hasta aquí fue normal, todo lo rápido que amerita la situación de alarma. Ahora nos toca a nosotros dos continuar a solas con la misión.

—¡Tierra’1!

Las vibraciones del inter|chip cerebral hieren nuestros sensores.

—Bien, B'12, ya estamos en órbita alrededor de la vieja y querida Tierra. ¿Está todo preparado para el descenso? —pregunto, según el protocolo, a mi compañero.

—Todo listo, D'04, señor —contesta B'12 según el protocolo.

Aterrizamos con el pequeño micro|bote de desembarco. Pisamos tierra. Los drones que nos precedieron han seleccionado el mejor lugar para posarnos. Según sus informes y la inteligencia satelital previa, la Bestia ha de estar cerca. Nuestra misión es aniquilarla.

—¿Dónde está Sabú Z'15?

—Allí viene.

—Bienvenidos, bwanas. Aquí están sus armas.

El Z’15 es el mejor modelo de robot|guía para zonas tropicales. No tiene piernas; no las necesita, ya que se traslada sobre un colchón de plasm[hidrógeno. Por algún capricho de la Tecno|Inteligencia Suprema, que a veces abreva en los archivos históricos de las culturas extinguidas, el robot ha recibido el nombre de Sabú, y su vestimenta holo|sintética fue diseñada y confeccionada según lo acostumbrado en la antigua India durante la colonización británica.

Este instrumento de vigilancia in situ es quien transmitió la alarma sobre la aparición de la Bestia; pero no está programado para destruirla. Por eso nos entrega inmediatamente un par de pisto|lásers de última generación. El "trabajo sucio" es exclusividad de nuestra sub'casta. Nunca fallamos.

Ahora avanzamos por la verde y tupida vegetación de este sector del planeta que, milenios atrás, ocupaba la Antártida. Con el apocalipsis nuclear, la Tierra cambió su eje de rotación y de ahí este clima tropical, donde antes sólo hubo hielo y frío. Nadie diría que hace siglos la región era un vasto páramo radioactivo como el resto del planeta. ¡La ingeniería núcleo|reconstructiva ha hecho milagros últimamente!

—¿Ves esas aves, Sabú? —digo, mientras levantan vuelo unos vistosos pájaros de tres ojos, cuernos y brillante plumaje tornasolado. Siento una inexplicable inquietud. Empuño mi arma. Mi mano apunta con precisión aunque con un ligero temblor. ¿Un rasgo humano? Deberé estar en guardia! Hago la pregunta obligatoria—: ¿Puedo dispararles?

—Está prohibido, bwana. Son neo|especies útiles para la Ciencia. Están siendo estudiadas por varios laboratorios y se hallan protegidas por los protocolos 758 y 902 —es la respuesta inmediata, mecánica, invariable en estos casos.

No entiendo por qué me siento frustrado. Sé perfectamente que no nos está permitido relacionarnos con ninguna especie de la Tierra ni afectarla de ninguna manera, excepto cuando se nos ha asignado una misión como ésta. Ni siquiera debí preguntar. Creo distinguir, a través de los visores, una tenue sonrisa en el rosto habitualmente imperturbable, de B’12. Eso tampoco me resulta comprensible.

De pronto, nuestros inter|chips captan nítidamente una voz humana, muy cercana, en un radio de apenas 40 ó 50 metros. La exuberante vegetación no nos permite ver quién la emite. Le hago una seña a mi compañero y nos dirigimos hacia el lugar que nos indica el geo|localizador, extremando las precauciones para no ser detectados. La voz, que se expresa en un grosero dialecto primitivo apenas comprensible por nuestros audi|traductores, continúa:

¡...Y mi próxima ley será la de pena de muerte!

Cada vez más cercana, la voz. Capto un tono airado, agudo, irritante; se podría catalogar en la categoría "discurso de odio", o también como “Peligrosa+” según la programación básica de la sub|casta, pienso. Enseguida me llega el pensamiento de B'12 que responde al mío: “Pienso lo mismo, jefe...”. ¡Es una suerte estar neuro|conectados permanentemente!

—¡...Muerte a todos los traidores que se pongan al servicio de nuestros enemigos!

Ahora lo veo. Un ejemplar de regular tamaño en medio de un amplio claro entre la vegetación. Habla sin ningún tipo de micrófono o inter|chip, lo que demuestra su primitivismo extremo. Lleva una especie de uniforme militar del siglo XX, con gorra y pistolera al cinto incluida, y se dirige con gestos ampulosos a una irregular manada de unos cien individuos de su mismo tipo, machos y hembras, pero menos desarrollados físicamente. Por lo que se ve; sólo saben decir "¡Sí!", "¡Viva!" y aplaudir.

¡...Enemigos que vienen de otro planeta, que nos odian y nos temen!! —enfatiza la Bestia, amenazante, exhibiendo sus colmillos cariados y revoleando un puño amenazador.

Rodea a la Bestia una guardia de varios ejemplares de humanos bastante robustos y armados con lanzas y puñales. Veo también en su poder otras armas rudimentarias, similares a los antiquísimos mosquetes y arcabuces de los primeros tiempos de las armas de fuego en la Tierra. Pero no hay que subestimarlas: con ellas se encendió la mecha que terminó destruyendo la vida en el planeta cuando se llegó en pocos siglos a la energía nuclear. También puedo apreciar dos ejemplares del sexo femenino, en óptima condición reproductiva, con escasa y provocativa vestimenta, echadas a los pies del líder de la manada, la Bestia…

—Las hembras son hermosas…

Interrumpe mi observación el súbito e inapropiado pensamiento de B'12 a través del inter|chip. A veces mi compañero me sorprende, realmente. Tendré que informar. Tal vez haya que hacerlo pasar por un curso de reprogramación cuando volvamos a la base.

—Sí... pero recuerda las leyes... —le doy la respuesta prevista en el protocolo de Conductas Alteradas.

…¡Y haremos la guerra a toda otra manada que trate de oponerse a nuestras justas necesidades de espacio vital y alimento! Porque la nuestra es la Causa de la Libertad y la Justicia!

Es un ejemplar claramente peligroso pero no demasiado impresionante; los he eliminado peores. Sin embargo, es evidente que posee un considerable poder de seducción sobre la manada. Las órdenes son claras… Lo tengo en la mira...

—¡Fuego!

Disparamos al unísono, una milésima de segundo después de que yo transmitiera la orden.

Un solo disparo de las pisto|láser basta. La Bestia cae fulminada, con el pecho destrozado y las extremidades ardiendo. Las hembras, salpicadas con su sangre, han salido ilesas y alborotan con sus gritos destemplados La manada huye en desorden. No vale la pena eliminarlos… por ahora. Sin la conducción del líder, volverán a su estado natural de apatía e ignorancia y estoy al tanto de que a la Tecno’Inteligencia Suprema le interesa investigar sus características y evolución.

—No hay que olvidarse de llevar la cabeza de la Bestia, como prueba de su destrucción —le digo a B'12, quien de inmediato cumple la orden y le rebana limpiamente el cuello con su electro|machete.

Nuestra misión está cumplida. Sólo nos queda regresar a la base y esperar una nueva misión. Sabú nos acompaña hasta donde se halla posado nuestro mini|bote de desembarco.

La cabeza de la bestia gotea una sangre roja, caliente, desde su cuello cortado, mientras oscila colgada de la mano de mi compañero. Me quedo mirando cómo esa sangre forma un charco en el suelo, empapando la verde gramilla; nunca termino de acostumbrarme a este espectáculo. ¡Hay tanta vida allí! Una vida que acabamos de extinguir, claro… De pronto me preocupan estos pensamientos. ¿No denotan cierta... como diría, cierta envidia… cierta empatía? Son sentimientos prácticamente erradicados de nuestra mente, de nuestra civilización... ¿Tendré que informar? ¿Necesitaré yo también un curso de reprogramación?

—Adiós, bwanas.

—Hasta la próxima, Sabú.

Despegamos. Ya todo es rutina. Una vez en la nave madre, sólo quedará redactar un amplio y aburrido informe y emprender el regreso a Tierra'3, en Marte. B'12 ha colocado la cabeza en el refrigerador cuántico y yo me encargo de poner en marcha el protocolo de regreso. Entramos en el modo Ahorro de Energía. Antes de caer en el sueño profundo que nos evita malgastar días o semanas de inacción sin provecho alguno, me asalta otro de esos pensamientos inquietantes, prohibidos, tan peligrosos: “¿No tendrán más derecho a la existencia esos míseros seres acosados por el clima, las enfermedades y nuestra vigilancia implacable y a pesar de todo eso, deseosos de existir, de defender su espacio y su derecho a la libertad, a elegir sus propios líderes, a progresar?... Después de todo, descienden de aquellos que nos crearon hace milenios”… ¡Oh, oh!… La palabra “progresar”, una de las tantas excluidas de nuestro vocabulario; ha encendido la señal de alarma en el chip|sensor correspondiente. Su vibración me aturde hasta que pulso el botón de Acatamiento Absoluto. Esto, como todo, queda registrado y me costará, seguramente, una reprogramación… ¡Quién sabe si me volverán a encomendar otra misión! Al personal dudoso lo trasladan al Depósito Ultra|dimensional… Se apagan mis circuitos. Antes de caer en la inconsciencia tengo un último pensamiento, si así se lo puede llamar:

“Tal vez no debimos devolverle las armas a Sabú, al marcharnos. En Tierra'3 no se utilizan para nada; no hacen falta. Sólo nosotros, robots modelo T'50, los más avanzados, que fuimos proporcionados a la sub|casta de mantenimiento del orden por la Tecno|Inteligencia Suprema, estamos programados para saber usarlas… Tal vez…”

José María Massaroli (Ramallo, Buenos Aires; 30 de septiembre de 1952) es un dibujante y guionista de historieta y animación argentino, dedicado, desde 1991, a ilustrar cómics de los personajes de Walt Disney. Desde 2010, publica libros de historieta sobre hechos de la historia argentina. Y en los últimos años ha incursionado en la narrativa, gracias a lo cual ha publicado cuentos de ciencia ficción en la revista Sensacional #13 y #22 y en Fantasías Futurísticas #4. En 2025 se publicó su libro Planeta Cancelado y Otros Relatos, que contiene diez cuentos de ciencia ficción y fantasía.

DRAGA