domingo, 24 de mayo de 2026

MONSTRUO SOLITARIO

Csaba Béla Varga 

 

“Las civilizaciones aisladas, pero viables, tras superar el choque cultural, son perfectamente capaces de reintegrarse a la civilización galáctica sin mayores dificultades.”
Fragmento del Manual de Antropología Cósmica

 

 

Periferia Galáctica, en algún lugar del espacio profundo

El almirante supremo Dascoleo lanzó una mirada de disgusto al teniente que se agitaba nervioso frente a él.

—¿Por qué me viene con semejantes estupideces, hombre? ¡Muestre un poco de iniciativa y resuelva el asunto usted mismo!

—Pero, señor, yo solo pensaba que...

—Usted no piense, teniente, o terminará destinado a una base de observación solar. ¿No ve que quiero cenar antes del híper salto?

—Los radares de profundidad detectaron señales de civilización muy débiles en el borde de la zona pacificada. Tal vez sea una base de los rebeldes...

A través de las ventanas del puente de mando, el almirante contempló cómo los relucientes buques de guerra se acomodaban lentamente alrededor del crucero imperial en formación de salto. Aquella temible flota finalmente podría dejar atrás la Periferia y, en el futuro, imponer la voluntad de la corte imperial en los mundos más civilizados de los sistemas interiores. Escuadrones de cazas pasaban junto a la nave insignia.

—Idioteces. Debe de ser algún mundo bárbaro perdido en medio de la nada. Envíe un bombardero semi cíborg.

—Entendido, mi señor. Tras destruir los objetivos, el bombardero llegará a alguna guarnición del sector dentro de uno o dos años.

—Y nosotros dejaremos orden detrás de nosotros. Bien, me voy a comer. Los saltos siempre me revuelven el estómago.

Veinte minutos después, un CB Barracuda abandonó la compuerta de lanzamiento trasera de uno de los destructores. El responsable de suministros de la flota imperial, que acababa de aplastar en sangre la rebelión xeno, eliminó la nave de la lista de unidades en ruta hacia el sistema Shoga.

Tras completar la operación, apartó la vista de la pantalla con aburrimiento. No prestó atención al mensaje emergente que indicaba que el poder de las unidades imperiales había disminuido un 0,0000000000001 por ciento.

 

Periferia, planeta Nova Tierra, Palacio de Arkonium

Alguien sacudió el hombro del arkon de Rogros. El Padre del Pueblo gimió y miró alrededor de la sala con expresión desconcertada. En el húmedo gran salón de la antigua Asamblea Planetaria, oficiales borrachos yacían desparramados sobre el piso cubierto de vómito y charcos de alcohol, entre prostitutas medio desnudas que babeaban por efecto de las drogas.

—¿Qué demonios pasa? —le rugió Rogros al sirviente que había interrumpido la celebración.

Hacía tres meses que la Unión había eliminado los últimos focos de resistencia de la Confederación. Las columnas de tanques de Rogros habían entrado triunfalmente en la capital y desde entonces él era el amo del mundo entero. El primer hombre de todo el planeta. Había logrado lo que ningún caudillo había conseguido antes. Las purgas todavía continuaron durante un mes; las noches de Novapolis eran iluminadas por las agonías de los prisioneros arrojados a hogueras de queroseno, pero desde entonces el arkon estaba aburrido. Ya no quedaba nadie a quien derrotar.

—Es Dom Roshill, señor. Quiere hablar de inmediato con vuestra excelencia.

Al entrar en su despacho, Rogros activó con un chasquido la enorme pantalla que cubría la pared. En el monitor en blanco y negro apareció el profesor doctor doctor Roshill, principal ideólogo de la Unión. El Cerebro.

—¡Aquí está la prueba, Rogros, aquí, en mis manos! ¡Sí existe inteligencia entre las estrellas! ¡Sí somos descendientes de los dioses del espacio! —agitó triunfante la cinta perforada del telegrama.

—¿Qué demonios quieres? ¿Ocurrió algo?

—¡Una nave del espacio, Rogros! Apareció en el borde del sistema solar y se acerca cada vez más. ¡Lo que siempre dije! ¡Aquí está la prueba! ¡Los dioses han regresado!

Rogros se despejó en un instante. Aunque el tema favorito de Roshill le importaba muy poco, durante los largos años de lucha por el poder absoluto había oído miles de veces la teoría del científico: el pueblo gherri, la tribu que daba los dirigentes de la Unión, descendía de dioses astronautas. A diferencia de todos los demás pueblos inferiores y esclavos de Nova Tierra. Él mismo sabía que ningún hallazgo arqueológico tenía más de dos mil años de antigüedad, pero el pasado del único mundo habitado del sistema no le interesaba en lo más mínimo. Como señor de la guerra de la Unión, vivía para la lucha y para el presente.

Y ahora había aparecido un nuevo adversario.

Justo a tiempo.

 

Base espacial B 417, luna minera Helene

Con la bandeja en la mano, Jonniby se detuvo un instante, pero nadie quiso hacerle lugar en ninguna mesa. El hombre detrás de él recibió su ración, avanzó y lo empujó con el hombro. Jonniby se dio vuelta con expresión amarga y, como siempre, se acercó al estante fijado a la pared oscura del comedor para comer solo aquella soja aguada y maloliente. Una bonita muchacha de cocina de cabello corto recogía las bandejas. Pasó junto a Jonniby como si el muchacho no existiera.

En la sala reinaba un ambiente opresivo. B 411, B 412 y B 413 habían sido destruidas y, según decían, el monstruo ya había abandonado las lunas de Poseidón y se preparaba para aniquilar las pequeñas bases alrededor de Artemisa. Era imposible resistirlo. En un solo día recorría distancias para las que incluso los transbordadores más modernos heredados de la Confederación necesitaban meses. Utilizaba armas con las que los científicos de Nova Tierra ni siquiera se atrevían a soñar, aunque la guerra mundial de cuarenta años había impulsado enormemente el desarrollo de la tecnología militar. Tal vez tuvieran razón quienes afirmaban que el encuentro entre civilizaciones excluía toda cooperación. La más débil, la menos desarrollada, estaba condenada a perecer.

El comandante de la base, Dom Romer, permanecía de pie en el centro de la sala con los brazos cruzados. Nada escapaba a sus ojos penetrantes.

Jonniby había oído los rumores más absurdos, aunque, mientras preparaba sus exámenes, apenas abandonaba su camarote lleno de libros, del tamaño de un ataúd. No es que alguna vez saliera demasiado. El personal confederado que aún no había sido ejecutado gracias a sus conocimientos especializados susurraba acerca de la venganza de los dioses. Los mineros de gas de la Unión, en cambio, consideraban aquel horror surgido de improviso un arma secreta del enemigo derrotado. Nadie dudaba, sin embargo, de que tarde o temprano el arkon Rogros acabaría enfrentándolo.

 

El maltrecho CB Barracuda emergió de la boca de la caverna. Desplegó sus redes recolectoras para recargar las cámaras de plasma agotadas durante la destrucción del objetivo anterior. El bombardero tripulado por una dotación parcialmente ciborgizada no había sido diseñado para misiones como aquella, pero aun así se desempeñaba de maravilla. Los soldados de piel escamosa y ampollada que flotaban en el líquido incoloro hacía mucho que no se sentían tan bien. Después de tantas humillaciones y derrotas, por fin saboreaban la dulzura de la victoria. En regiones más civilizadas no habrían tenido demasiadas oportunidades contra los mezones o los zarg. En casa, tarde o temprano, los obsoletos Barracuda acabarían desmantelados y fundidos, mientras que a la tripulación le aguardaría el desempleo en la superficie. Allí, en cambio, podían sentirse dioses.

Dioses de la destrucción.

Y no era una sensación desagradable.

—¿Otra vez tuviste mala suerte? —preguntó Yom, el maestro armero.

—No, simplemente no tenía nada que hacer. Pensé en bajar para ayudar un poco —respondió Jonniby.

—¿Así que no te enviaron como castigo? ¡Eso sí que es nuevo! ¿Por qué no cortejas a las chicas o sales a divertirte con tus amigos?

—Estoy pensando en esa nave extraterrestre. Qué súper civilización debe ser si envían una sola nave para conquistar un sistema solar entero. Además, no tengo amigos. Y las chicas... bueno, no suelen hablarme.

—Estás loco, muchacho. Hay que vivir mientras uno es joven. —El hosco y solitario maestro armero siguió trabajando en uno de los lanzacohetes—. El monstruo llegará pronto. Quiero que esta pequeña belleza funcione para entonces. No es un arma milagrosa, pero es lo único que tenemos.

—¿Puedo ayudar en algo?

—Claro, si no te molesta ensuciarte.

 

—¿Señor? —El comandante Romer permanecía rígido frente a la diminuta pantalla en blanco y negro.

—Sé breve —Arkon Rogos observó a su subordinado con expresión sombría. Un ladrón, un malversador, o quizás alguien de origen dudoso. De lo contrario, no lo habrían escondido en ese agujero de piedra en medio de la nada, pensó el caudillo—. No podemos enviar ayuda —dijo—. Nuestros ocho transbordadores fueron destruidos. Todavía faltan meses para iniciar la producción de los cohetes portanaves Brutal de la Unión. Así que tendrás que resolver la situación con tus propios medios. Y rápido.

—¿Autoriza la ejecución de mi plan, mi señor?

—No tenemos alternativa. La nave llegada de las estrellas debe ser destruida.

—La destruiremos, señor.

—Solo una cosa, Romer. ¿A quién piensas enviar a la mina?

—El teniente Roskhal es mi mejor hombre. Un verdadero tipo duro. Sangre gherri cien por ciento pura.

—Entonces ¿por qué lo desterraron a ese agujero?

—Violó a unas monjas de una raza inferior.

—¿Y quién no lo hizo? ¿Solo por eso?

—Frente a las cámaras de la Televisión Mundial, señor. Dos días después del funeral del arzobispo.

—¡Debieron ejecutarlo!

—No fue posible, señor. El general Dom Robald es su padrino.

—Entiendo —el dictador de Nova Tierra tamborileó pensativo con los dedos—. No, Romer, tendrás que enviar a otro. Es una misión suicida y no quiero que alguna familia noble consiga un mártir. Busca a alguien por quien nadie derrame lágrimas. Una rata solitaria. Que no tenga amigos, amantes ni parientes influyentes. Envía a uno de esos contra el monstruo.

—Tengo justo a alguien así, señor. Un imbécil perdido. No bebe, no anda con mujeres. Un ratón de biblioteca. La muerte será una liberación para él.

 

—Después de la destrucción de B 415 —dijo Romer—, los exploradores encontraron el escondite del monstruo. Se refugia en esta mina. Aquí podremos atraparlo.

—Podemos introducir el explosivo por esta galería. Pero ¿cómo apuntaremos? El control remoto no funciona a través de media milla de roca —le preguntó Yom al comandante.

—No hará falta control remoto. Enviaremos una bomba viviente.

—¿Quién llevará la carga? ¿Algún soldado de asalto?

—Claro que no. Ese chico que a veces baja por aquí. Total, no tiene mucho que perder —Romer escupió con desprecio.

 

Jonniby permanecía agazapado en el suelo, abrazándose las rodillas y temblando. Como tantas otras veces, estaba aterrorizado. Romer lo había mandado llamar, le explicó lo que debía hacer y luego se marchó. Ni siquiera se interesó por saber qué opinaba del asunto. No es que Jonniby hubiera tenido el valor de negarse. Nunca había sabido decir que no. El capellán militar de la colonia minera lo bendijo apresuradamente y le aseguró que todos sabrían en qué clase de gran héroe se había convertido. Pasó toda la noche dando vueltas sin dormir, imaginando mil veces la forma espantosa en que moriría. Entre una oleada de terror y otra trató de pensar en algo más alegre, pero no se le ocurría nada. Como si su vida hubiera estado formada únicamente por habitaciones estrechas e idénticas. El orfanato, el internado, el cuartel, la biblioteca, las pequeñas celdas universitarias. Habitaciones estrechas, frías y vacías. Nunca había nadie. Siempre estuvo solo, como si fuera un leproso.

O un monstruo.

Golpearon la puerta. Se recompuso y salió. Para su sorpresa, no vino a buscarlo un soldado de asalto, sino Yom.

—Vamos —dijo el anciano con el rostro rígido.

—No puedo, me tiemblan las piernas —gimió.

—Bebe esto —el maestro armero le ofreció una cantimplora metálica—. Te ayudará.

La bebida casi le abrasó la garganta, pero una cálida oleada lo inundó y consiguió ponerse en marcha.

—¡Mantente erguido! —lo reprendió Yom—. Todos te estarán mirando. ¡Muéstrales a las chicas cómo es un héroe solitario!

De verdad todos conocían la misión. Todo el personal de la base se apiñaba en el abarrotado corredor. También las chicas. Jonniby descubrió con asombro que las mujeres claramente se habían dado cuenta de que existía. Eso nunca le había ocurrido antes. Se ruborizó, pero se enderezó y avanzó hacia la esclusa exterior con la espalda recta. La multitud murmuró. Jonniby habría jurado que nadie se burlaba de él.

Era una sensación extraña.

 

Llevaban seis horas avanzando en el vehículo oruga por la superficie rocosa y sin atmósfera de la luna. Sobre ellos brillaban miles de estrellas. La espiral ardiente de la galaxia se veía con absoluta claridad. Millones de estrellas, millones de planetas. Y a través del infinito espacio había llegado hasta ellos un monstruo asesino.

—¿Habías estado aquí afuera alguna vez? —preguntó Yom.

—¿En la superficie? Nunca.

—Vale la pena venir. Cuando miras el cielo, te ves obligado a enfrentarte contigo mismo. A pensar qué hiciste bien y qué hiciste mal. Las estrellas purifican el alma.

Jonniby miró al anciano sin comprender. Nunca antes lo había oído hablar tanto.

—Tengo miedo —dijo—. Queremos adherir una vieja mina magnética a la invencible máquina de guerra de una súper civilización. No tengo ninguna posibilidad. Debe ser una nave terriblemente avanzada, el arma más moderna de los extraterrestres, si enviaron una sola para conquistar un sistema entero y ocho mil millones de personas.

—No era eso lo que esperabas, ¿verdad? Tus libros hablaban de majestuosas flotas de naves espaciales de kilómetros de longitud. Discos de acero del tamaño de montañas sobre las grandes ciudades del mundo. Enormes armadas amenazantes. ¡Rayos mortales resplandecientes! ¡Terribles máquinas tentaculares!

—Sí. Un enemigo gigantesco. Una resistencia heroica. No una nave diminuta, más pequeña incluso que un transbordador.

—Llegó sola y aun así puede destruirnos. Un monstruo solitario. En las montañas, cuando yo era niño, cazaban osos grises con hachas. Eso sí era un verdadero horror. No estaba permitido tener armas de fuego. Los cazadores solo tenían posibilidades de sobrevivir si sorprendían al oso mientras dormía. Nosotros sabemos dónde duerme la bestia. Allí la atraparemos.

—Sabrá que me acerco. Debe tener sensores y radares superiores. Está muchísimo más avanzada que nosotros.

—Solo detecta tecnología. Radiación, máquinas en funcionamiento. Desde aquí arrastraremos el torpedo. Hay una vieja galería inclinada que conduce a la mina. Cuando te dé la señal, bajarás por ella. Irás deslizándote montado sobre el torpedo. El monstruo estará debajo de ti. Caerás sobre él, te adherirás y después... tres segundos y boom.

—Lo sé. Dom Romer también me lo explicó.

—¿Y no le preguntaste cómo ibas a salir antes de la explosión? —En el enorme traje protector solo se veían los ojos del anciano.

—Ni se me ocurrió.

Yom detuvo el vehículo, descendió y levantó junto al torpedo una caja metálica parecida a una mochila.

—Él es demasiado importante para ocuparse de detalles tan pequeños. Armé esto mientras tú limpiabas el torpedo.

—¿Qué es?

—Tu boleto hacia un mundo mejor.

 

El CB Barracuda apagó sus motores y avanzó únicamente impulsado por sus elevadores antiG hacia la entrada de la mina abandonada que utilizaban como escondite. Muy lejos detrás de él, al otro lado del mar de polvo, seguía brillando el cráter donde hacía poco vivían cinco mil personas en la base B 417. Los soldados semi cíborg todavía conocían otros dos objetivos en la luna. Cuando terminaran con ellos, partirían hacia el único planeta habitado del sistema.

De pronto, el instrumento del navegante detectó una emisión radial junto a la entrada de la caverna. El mensaje era breve, tal vez una sola palabra, pero los aparatos igualmente reaccionaron. El artillero activó el turboláser de a bordo y en la pantalla apareció enseguida una diminuta figura adherida a la roca.

—¿Un explorador bárbaro?

—Destrúyanlo.

Jonniby oyó la orden y, justo después, vio el destello en el borde de la pared rocosa.

—¡Yom! —gritó al micrófono, olvidando todas las normas de seguridad—. ¡¿Qué ocurre contigo?!

No obtuvo respuesta.

Agarró el cable de liberación y tiró de él. El torpedo montado sobre los patines comenzó a deslizarse cuesta abajo. El muchacho aferró con fuerza el timón y contempló el frente con los dientes apretados. Avanzaba a toda velocidad por la oscuridad con media tonelada de explosivos bajo el cuerpo.

El torpedo aceleraba. Unos segundos más y alcanzaría la boca del túnel, el lugar por donde el monstruo debía pasar camino a su escondite. De pronto, de la oscuridad emergió el fragmento de una antiquísima viga de hormigón. Jonniby apartó la cabeza, pero aun así la viga le rozó el casco. Luego el deslizamiento terminó y el torpedo quedó suspendido en el vacío.

Como si el tiempo se hubiera detenido.

Jonniby observó inmóvil cómo debajo de él aparecía lenta, muy lentamente, el monstruo. No parecía aterrador ni la máquina de guerra más avanzada de una civilización lejana. Más bien daba la impresión de estar gastado, deteriorado y castigado por las tormentas.

El torpedo alcanzó el blanco. Se estremeció violentamente al chocar contra el lomo de la nave y, desde sus costados, saltaron los ganchos dentados de cabeza diamantina desmontados de antiguas máquinas mineras. El impacto arrojó al muchacho fuera del asiento. Tras girar varias veces en el aire, fue a estrellarse contra algo que sobresalía de la parte trasera de la nave. No perdió el conocimiento, pero el golpe lo dejó incapaz de moverse.

A través de una estrecha y gruesa ventana creyó ver el interior de la nave: había personas que flotaban en cilindros de vidrio y lo miraban estupefactas. Aunque parte de sus rostros estaba cubierta de metal y de sus narices salían tubos pulsantes, era imposible no advertir su sorpresa.

Jonniby apartó la mirada de aquellos seres mitad humanos mitad máquina y logró ponerse de pie. Detrás de él, el mecanismo explosivo del torpedo adherido a la nave indicaba que faltaban apenas unos segundos para la detonación.

La nave continuó flotando lentamente a través del gigantesco recinto. Jonniby levantó la vista. Bajo la luz del casco distinguió el estrecho pozo vertical del que Yom le había hablado. Apretó los dientes, se enderezó y golpeó el botón de la infernal mochila que llevaba en la espalda.

Los cohetes se activaron al instante y lo lanzaron hacia arriba como un petardo de fuegos artificiales. Solo que, esta vez, el resplandor del estallido no brilló sobre él, sino muy por debajo.

 

—¡Felicitaciones, joven héroe! —Dom Rogos, Padre del Pueblo, sonreía jovialmente bajo el fuego cruzado de las cámaras—. Llegarás lejos. Sigue así, muchacho.

Jonniby observó confundido al amo del mundo. O mejor dicho, al amo del planeta. Al dictador de un único planeta habitado. Porque en aquella nave había seres humanos. Más o menos iguales que ellos. Y tarde o temprano llegarían más naves. Entonces descubrirían que Nova Tierra no era el mundo entero, sino solo una isla.

Y el jefe de los nativos de aquella isla apenas era una figura más o menos importante entre muchas otras. No el amo todopoderoso del universo. No aquella especie de dios que él había imaginado hasta entonces. Ese pensamiento hizo vibrar algo en su interior. Como si una enorme piedra hubiera caído de sus hombros. Se enderezó, hizo una reverencia y se mezcló entre los festejantes que se agitaban en el salón iluminado.

Claro que cambiar el mundo todavía podía esperar un poco.

Cuando una muchacha hermosa, realmente hermosa, se acercó al joven héroe y, con un gesto completamente natural, lo tomó del brazo para invitarlo a bailar, Jonniby sintió que la tierra se abría bajo sus pies. Pero entonces recordó las palabras de Yom. Se irguió y posó la mano sobre la de la muchacha.

Durante el baile solo le pisó el pie una vez.

La nueva vida realmente había comenzado.

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

EL NIÑO DEL ESPACIO

Meghashri Dalvi

Era famoso incluso antes de nacer.

El frenesí había comenzado cuando se propuso por primera vez aquella idea. Se intensificó cuando sus padres aceptaron. Alcanzó un gran auge cuando se anunció la concepción. Y llegó a su punto máximo cuando nació.

Lo llamaron el Niño del Espacio. El primer niño concebido y nacido en el espacio. El pionero de la Frontera Final. El primero, y el único.

Por supuesto, su madre estaba agotada y exhausta al final de todo aquello. Y su padre absolutamente rendido. Pero no importaba. El experimento había sido un éxito.

Entonces tomó el control todo un ejército de personas. Enfermeras especiales, nutricionistas, psicólogos, maestros y otros especialistas.

Su padre visitaba la estación espacial de vez en cuando. Su madre iba con más frecuencia. Lo observaba con diversión y ocasionalmente lo abrazaba. No le resultaba fácil hacer mucho más delante de las omnipresentes cámaras.

Él siguió creciendo. Ignorante de sus circunstancias extraordinarias. Era un niño sano y de inteligencia sobresaliente. No conocía nada más allá de su cubículo en la estación espacial. Allí jugaba, allí se caía y allí aprendió a caminar.

Cuando cumplió un año, su enfermera lo llevó al cubículo contiguo. Como un regalo especial de cumpleaños. Sus padres atesoraron el día, el Presidente bendijo la ocasión y un puñado de periodistas cuidadosamente seleccionados cubrió el acontecimiento. El mundo celebró el primer año completo del niño especial.

Quedó completamente desconcertado al ver tantas cosas nuevas. Los globos, la torta y, por supuesto, las personas. Tal vez más desconcertado aún por descubrir que existía un lugar fuera de su habitación.

Nadie lo advirtió entonces, pero aquello fue un comienzo. El comienzo de la búsqueda de sí mismo por parte de un niño solitario.

 

Luego fue sometido a un extenso programa educativo. Sus maestros eran los mejores de la Tierra, especialmente preparados para ocuparse de él. Le enseñaron el alfabeto, las palabras y luego las oraciones. Más adelante aprendió algo de ciencias, conocimientos generales y matemáticas. Comprendía con una facilidad extraordinaria todo lo que le enseñaban. Los científicos lo atribuían a su hambre de novedades. Pero solo él sabía que aquello era una manera de combatir su soledad.

Después de algunos años comenzó a surgir cierta inquietud en torno al experimento. En la Tierra, un pequeño grupo manifestaba preocupación por aquel niño brillante y saludable. Por su futuro y su vida. Por su desarrollo y su normalidad. Pero aquellas voces eran débiles, principalmente porque, después de todo, el experimento había resultado exitoso. Él era el perfecto niño del espacio, preparado para una larga vida entre las estrellas.

Poco a poco aprendió todo acerca de ello. Aprendió que era diferente del resto de la humanidad. Incluso diferente de la tripulación de la estación espacial. Ellos habían nacido y crecido en la Tierra. Y con frecuencia se tomaban largas pausas para visitar a sus familias allí. Él era el único que jamás había puesto un pie en la Tierra.

A menudo se encontraba contemplando el gran globo azul suspendido en el espacio. Las nubes blancas arremolinadas y los océanos relucientes. Intentaba imaginar la vida allí abajo. Niños yendo a la escuela en coloridos autobuses escolares, llenos de risas y alboroto. Niños jugando y peleándose para luego ser abrazados por sus padres. Padres contando historias y chistes, compartiendo carcajadas con sus hijos.

Deseaba experimentar todo aquello. Incluso los castigos ocasionales. Deseaba profundamente conocer la vida en la Tierra.

Un día reunió el valor suficiente para preguntárselo a su madre. La pobre mujer se esforzó por mantener un tono estrictamente objetivo. Le explicó la gravedad cero de la estación espacial y la pesada gravedad terrestre. Le describió los lugares abarrotados y la escasa higiene. También se extendió sobre la contaminación y las distintas enfermedades.

Al final, él seguía deseándolo todo.

De regreso en la Tierra, su madre lloró durante días pensando en su pequeño hijo. Llamó impotente a su exmarido, pero él no le dio demasiada importancia.

—Es parte del paquete —intentó justificarse.

Ella reflexionó largamente y luego decidió unirse al grupo que simpatizaba con el Niño del Espacio.

 

Tenía ocho años cuando conoció a otros niños por primera vez. Los jóvenes visitantes de la Tierra llevaban pesados trajes protectores y lo observaban desde cierta distancia. Pero él no lo notó. Descubrió que podía hablar sin parar. Mostrándoles cosas y comportándose como el anfitrión perfecto.

La euforia duró poco tiempo. Los niños regresaron a la Tierra y él volvió a quedarse solo. Ahora dominaba cuatro idiomas, era excelente en matemáticas, experto en resolver acertijos lógicos, músico talentoso y estudiante sobresaliente de historia. Pero seguía siendo un niño muy solitario.

Sin embargo, lo había aceptado. Ahora sabía que su futuro estaba en el espacio. Sería el primero en recorrer el espacio exterior en busca de nuevos mundos y nuevas formas de vida. Sabía que en la Tierra estaban terminando de preparar su nave espacial especial y que su viaje estaba siendo planeado meticulosamente.

También sabía que el momento llegaría pronto. Tal vez en un par de años. Pensaba en la larga vida que tenía por delante. Una vida compartida con máquinas, robots y el oscuro vacío del espacio. Una vida confinada a la nave espacial, con apenas algunos intercambios con la tripulación terrestre. Anhelaba compañía, pero había aceptado que jamás la tendría.

Había oído hablar de las relaciones que las personas tenían en la Tierra. De los primos, vecinos, amigos e incluso enemigos. Del amor, el cuidado y la ira. Del amor tierno entre un hombre y una mujer. Se preguntaba si alguna vez experimentaría algo así. A veces se imaginaba allí con una compañera. Una hermosa muchacha de grandes ojos encantadores y cuerpo delicado. La imaginaba sonriéndole y se descubría sonriéndole también.

¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Por qué cualquiera, en realidad? ¿Por qué este experimento? ¿Por qué ir al espacio? ¿Por qué abandonar las maravillas de la Tierra? ¿Por qué molestarse?

Sabía que nadie le respondería. Las personas de la Tierra eran muy cuidadosas al hablar con él. Lo trataban de manera especial. Como a la realeza. Como a un objeto frágil y costoso. Como a alguien que nunca verían entre ellos. Como a alguien que debía ser protegido. Mantenido lejos de las respuestas perturbadoras.

Así que continuó viviendo como ellos querían. Protegido, mimado, persuadido y profundamente solo.

 

Cuando cumplió doce años, la nave espacial estuvo lista. Las celebraciones en la Tierra fueron casi tan grandes como las que acompañaron su nacimiento. Solo que esta vez él comprendía todo. Todo lo que representaba para la gente de la Tierra. Sus sueños, su fe y sus esperanzas.

Había sido entrenado completamente para hacerse cargo de la nave. Su mente aguda había dominado todos los aspectos técnicos y los procedimientos.

El Presidente acudió a la estación espacial junto con algunos periodistas. Su madre, que ya había aceptado su destino, también subió. Él sonrió y estrechó la mano de todos. Sus ojos se detuvieron un instante más en su madre. Pero luego siguió adelante con firmeza. Ya no esperaba nada de nadie.

Sus valientes hombros ansiaban ahora asumir aquella tarea gigantesca. Preparado para vivir solo y soportar el encierro de la nave espacial, estaba listo para el largo viaje.

Abandonó la estación espacial por primera vez. El único hogar que había conocido. Desde la nueva nave espacial observó la estación en toda su extensión. Parecía tan grande y, sin embargo, tan acogedora. Sabía que no volvería allí. No pudo evitar dejar escapar un pequeño suspiro.

Dentro de la nave espacial observó todo detenidamente. Aquel sería su hogar durante muchísimos años. Por un instante fugaz pensó en las casas terrestres que había visto en fotografías. Luego apartó la idea. No tenía sentido anhelar aquello que no se posee y nunca se poseerá, se dijo a sí mismo.

Realizó todas las comprobaciones. Satisfecho, levantó el pulgar hacia la tripulación terrestre.

Dispararon.

El Niño del Espacio finalmente partió hacia las estrellas. Hacia el lugar al que supuestamente pertenecía. Hacia la inmensa vaciedad del espacio. Confiado, ansioso, curioso y completamente solo.

La doctora Meghashri Dalvi nació en Mumbai, Maharashtra, India. Es asesora en comunicación estratégica y de marketing cuando no escribe ciencia ficción ni imparte clases de gestión. Ha publicado más de 150 relatos de ciencia ficción en maratí y más de 40 en inglés. Sus relatos en inglés han aparecido en numerosas publicaciones y revistas web. Sus relatos forman parte de las antologías Written Tales y The Writer's Notebook. También se han publicado dos recopilaciones de sus relatos.

 

 

BARRIDO Y LIMPIEZA

Hernán Bortondello

 

Fernando López, astronauta y capitán de la pequeña nave exploradora “Gitana”, acababa de regresar a la Tierra dos siglos después de emprender un viaje interplanetario que para él duró solo cinco años. Previendo el desfasaje espacio temporal, había sido preparado para enfrentar distintos escenarios a su regreso. No lo hubiera sorprendido, por ejemplo, un mundo híper tecnológico donde los robots hubieran reemplazado a los humanos y sus limitaciones. Tampoco le habría asombrado encontrar una civilización terrestre autodestruida y los hombres vueltos a la bestialidad. Incluso consideró posibles alternativas utópicas, como descubrir a una humanidad despegada de lo material, seducida por un movimiento neo hippie, entre otras. Sin embargo, ahora la realidad se manifestaba ante él, quitándole el piso bajo los pies. El puerto espacial Jorge Newbery lo recibía con una inexplicable desolación; demasiado pulcro, demasiado familiar. Atónito por la ausencia de personas, comenzó a caminar adentrándose en su entrañable ciudad de Buenos Aires. Mientras deambulaba al azar, su mirada descubrió algo asombroso: la capital estaba exactamente como la recordaba, excepto por un silencio imposible y abrumador, como el de una catedral vacía. Después de caminar durante una hora, angustiado por la soledad irreal que lo rodeaba y la ausencia del bullicio típico de la gran urbe, el inconfundible rasgueo de una escoba lo sobresaltó como si se tratara de un estallido. Cerca de la esquina hacia la que se dirigía, un empleado municipal barría el cordón de la vereda. Ansioso, Fernando, apuró su paso hasta alcanzarlo.

—Buenos días, señor, disculpe… ¿Dónde están todos? —preguntó tratando de que su creciente inquietud no se convierta en pánico.

El hombre, un cincuentón de cara curtida por soles veraniegos y el viento gélido de demasiados inviernos, pareció sobresaltarse ligeramente al ser abordado. Tras alzar la vista, observa a Fernando entre sorprendido y extrañado.

—No sé, jefe. Solo quedamos los necesarios —contestó el hombre con serena resignación y un ligero levantar de hombros.

—¿Cómo que no sabe, amigo? ¿Qué me quiere decir con que solo quedan los necesarios? ¿Los necesarios para qué? —Fernando sintió que le faltaba el aire.

—No lo sé. Un día simplemente no estuvieron más. Sólo quedamos los de mantenimiento: barrenderos, recolectores de basura, bomberos, técnicos y pocos más.

—¡Madre de Dios! Pero… ¿Qué supone que ocurrió? —Fernando rogó por una respuesta, al borde de la náusea.

—Escuche, frente a nuestras casas aparecen packs de supervivencia, y no aparecen si no trabajamos. Quién sabe… Supongo que ellos desean que les cuidemos las instalaciones.

—¿Ellos? ¿A qué se refiere con ellos? —Al borde de la histeria, la voz del astronauta sonó aflautada.

—¿Qué quiere que le conteste, señor? —respondió el barrendero perdiendo la paciencia—. Ellos, algo, o alguno, o algunos… ¡Carajos, no tengo idea! Lo cierto es que se han llevado al grueso de nuestra gente. ¡Millones y millones de nosotros! ¿Entiende? —Hizo la pregunta con los ojos desencajados—. Millones de nosotros… —masculló en voz muy baja, tratando de calmarse. Y luego de una larga pausa, continuó hablando—. Vuelvo a repetirle, muchacho —dijo en un tono más tranquilo y paternal—, estos entes, o como usted quiera llamarlos, distribuyen regularmente lo necesario para que los restantes sobrevivamos; pero nunca los vemos. Saque usted sus propias conclusiones, porque en lo que a mí respecta… —no alcanzó a terminar la frase; la persona que lo había estado interrogando acababa de desaparecer ante sus ojos.

Horrorizado, Fernando solo atinó a persignarse mientras se quedaba mirando reverentemente al espacio que segundos antes ocupaba el barrendero. Finalmente, venciendo su perplejidad, y todavía temblando, empuñó con una mano la escoba y con la otra una pala de mango alto; recogió la basura acumulada y la volcó dentro del carrito de recolección. Luego, con paso lento y reflexivo, continuó su recorrido calle abajo sin volver la vista atrás. Trató de pensar que, luego de barrer las tres cuadras que le restaban, podría volver a su casa y a encontrarse con su familia que lo esperaba para almorzar.


Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

sábado, 23 de mayo de 2026

FLORES EN EL BARRO

Rosa Lía Cuello

Todavía puedo, como cuando era chica, y mi mamá me contaba cuentos, me mostraba los dibujos de cada hoja, y las letras. Amaba la voz de mi madre. Yo la escuchaba leer, cerraba los ojos y me caía dentro del cuento.

Aún es posible, no sé por cuánto tiempo. Sobre todo hoy, siento que voy a lograrlo. Justo ahora, cuando la puerta de calle se cierra con furia y el olor a hierba y alcohol invade todo.

Noche otra vez. Estas cosas pasan siempre de noche, como en las películas. Ruidos de pasos que se acercan. Luces apagadas La respiración se entrecorta, el sudor frío me paraliza. En el mismo momento en que se abre la puerta de la habitación yo abro la puerta del silencio y toco la sangre de mis muertos. Veo sus pálidas caras, ellos estiran sus huesudas manos. Sus bocas son una mueca del destino.

Alguien tironea mi cadena con la cruz y una voz pastosa grita, me empuja y golpeo contra algo duro y frío. Un líquido rojo se esparce por el aire. No sé si duele. No hago tiempo a caer que ya estoy otra vez en pie. No, no duele. No ahora, que es que cuando me escabullo por los blancos pasillos de un cuento; allí me espera mi amiga de la infancia, y me abraza con tristeza.

Nada puede doler. Ni los borceguíes incrustándose en mí, sobre mí, alrededor. Ni siquiera la lluvia que acabo de inventar en un mágico acto.

Una mano torpe y callosa intenta retenerme, pero otras más suaves ya me están ayudando. Es la princesa, mi amiga de la infancia Nos alejamos de allí, salimos corriendo hacia el bosque que está detrás de la casa. Vamos entre los árboles viejos hasta un pozo en la tierra, una trinchera. ¿Qué hace ese agujero profundo y estrecho en el patio del palacio? En el fondo hay barro salpicado de flores blancas; piso pero no me hundo, solo esquivo las flores que de pronto toman la forma de pequeñas caras. (Si cruzamos el infierno, me dice mi amiga, ganamos).

La última vez fue mi madre la que me condujo por estos caminos, y me daba la mano El juego de la trinchera cansa, quita el aliento, después me despertaré con la boca seca, los labios casi partidos.

Siento el cuerpo pesado y húmedo. No deseo seguir corriendo, ya no. Cierro los ojos, quiero dormir pero la voz áspera se amplifica, rebota en mi cuerpo, mis órganos sienten lo extraño.

Alguien, desde lejos, pregunta qué sucede, la voz pastosa contesta: métase en su vida. Yo quiero contarle. No puedo, mi voz se pierde. De nuevo estoy en el cuento que mi madre me contaba cuando niña. El del príncipe y el zapato de cristal, o el del príncipe convertido en sapo. No recuerdo, mi memoria ahora es frágil, se quiebra y oigo el ruido de los recuerdos desparramándose.

Otra vez aparece mi amiga, que no sé dónde se había metido. Me ayuda a ponerme de pie, salimos del barro. Las flores-rostros permanecen en su sitio, parecen manchadas por algo que no distingo Con esfuerzo, transitamos por un bosque lleno de verde y aroma a pino…

Ahora Se abre otra puerta en el camino, sé que debo cruzarla, esta vez es imprescindible. Subimos una escalera, la bruma blanca nos cubre los pies, ella me lleva de la mano, cada tanto se da vuelta y sonríe. Hay campanas que no suenan pero las oigo. Es como una música desconocida que me llama.

Esta sensación es vieja, creí que ya no se repetiría. Pasó tanto tiempo desde la última vez, tanto miedo, tanta sumisión, tanta lágrima.

¿Pienso por qué no escapé antes, por qué no cerré la puerta con llave, y ahogué gritos, que destrozan por centésima vez. Era yo, me cuestiono. ¿Quién era, quién soy? Ya no lo recuerdo.

Eso me angustia y comienzo a caer por un túnel estrecho. Siento paz.

Veo la imagen de una flor que cae al barro, golpea sus pétalos y salpica las paredes. No mires, me dice, mientras me tironea el brazo, no mires.

Igual no deseo abrir los ojos, ni despertar de este cuento absurdo. Es una sensación de placidez la que me embarga, un deseo de partir como nunca antes. Sigo cayendo en un agujero sin final. Suelto su mano que intenta en vano retenerme.

Veo otra vez la sangre de mis muertos y a mi madre que se acerca con sus ojos tristes y, me susurra: vamos, basta, ya terminó…

No comprendo bien, adónde me quiere llevar, tengo la mente obnubilada. El cuerpo no responde, la noche quiere tragarme como una ciénaga oscura, pero de repente sale el sol, y ya no llueve en los ojos de mi madre.

Ahora floto, soy una mariposa que se escapa del cuento, me alejo despacio, me siento liviana, nada me retiene. Vuelo hasta el techo de la habitación, ahí me detengo, y miro, observo el desorden, la sangre en el piso y a un hombre que golpea con furia.

Abajo está lo que queda de mí.

Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online.

 

EL SUPLICIO DE LOS QUEMADOS

Ignacio Fritz

 

Piso 1

Suelo estar falto de cobardía cada vez que entro en un ascensor. A pesar de que es inusual terminar encerrado en la cabina –un ataúd de acero– y que lleguen los bomberos –con estridencia en un ingente y llamativo camión rojo con brillosos cromados–, o que los resistentes cables que lo sujetan se rompan y se acabe cayendo en picada varios pisos y terminar aplastado en tierra firme, o en concreto sólido, tal como vi en una teleserie brasileña –no recuerdo cómo se llamaba, pero la emitían a la hora de la siesta, tres de la tarde–, donde una mujer terminó con el cuello roto, cubierta con su propia sangre producto del severo impacto.

 

Piso 2

En el piso dos entra Annie Murphy, actriz que reconozco porque, sí, no es famosa-famosa-famosa: rechazo la hiperexposición de las celebridades; basta que una sea Scarlett Johansson para execrarla sin contemplaciones, en vilo, sin mayores fundamentos.

—Buenas tardes —le digo, pero no me oye. No me contesta el saludo y ni siquiera cruzamos miradas. Simplemente, no me percibe ni me ve. Se limita, con toda naturalidad, a pulsar el botón del último piso, el de la azotea, y pienso que podría ser una persona que se le parezca, eso es común, pero se me mete entre ceja y ceja que podría ser su doppelgänger –«el que camina al lado»–, un sosias fantasmal aparecido en un dos por tres, que solo yo puedo divisar.

Por algo será.

—¿Eres tú, Annie? —persisto.

No responde.

Pienso: «La Murphy es una maleducada».

Me percato que es de carne y hueso, no se trata de una «bilocación». Lo sé porque el blanco de sus ojos, la esclerótica, brilla; es posible que eso, seguro, no se exprese en un doble fantasmal, un doppelgänger, menos el de una actriz. Aparte, usa una minifalda modelo gypsy con una polera que le ciñe perfecta, sobre todo en su esquelética cintura de avispa. Sus brazos, delgados, los enseña caídos, flojos, y sus manos poseen dedos largos, de uñas pintadas de un espléndido amarillo rey, semejantes al sol, o como los bordes de una llama de fuego.

 

Piso 3

Annie Murphy nació en diciembre de 1986, en la actualidad tiene treinta y cuatro años, es joven, canadiense, caucásica: cabello tonalidad miel, pero también con un blondo más intenso; no puedo ser más específico porque nada sé de melenas teñidas; supongo que es su caso, se colorea el pelo.

No tengo pruebas de si lo hace o no.

—Lindo pelo —lanzo el piropo. Miento, luego—: Muy natural.

Recogiendo lo más importante, el físico de Annie Murphy no resalta, no es que tenga silicona en las mamas o bótox en la cara: se ve muy natural, cercana al promedio, pero es muy fina y supongo que debe ser vegana y animalista y medioambientalista y seguro que quedará embarazada en los próximos dos años y el Antimundo sabrá quién es tanto como yo sé: la veo en la pantalla y me rio a mandíbula batiente, sobre todo cuando me salgo del loop y me introduzco en los aparatos tecnológicos, en la internet.

 

Piso 4

Ella es divertida, tal como se observa en la comedia Schitt’s Creek’, donde encarna a Alexis Rose, hija de unos millonarios que pierden su fortuna y terminan hacinados en un «pueblo de mierda», como reza el título de la serie.

Imaginarla como un doppelgänger que pueda permanecer estancada en un determinado lugar –este ascensor, junto a mí para toda la Eternidad– me excita más que su semblante o su cuerpo o sus ojos o lo que sea, aunque no estoy seguro si soportaré permanecer tanto tiempo unido a ella, en una sincronía que me tiene bajándome en el piso 12 –el piso del incendio– cada día.

¿Alguien recuerda lo que pasó, aquí, en la torre Santa María, el veintiuno de marzo de 1981?

 

Piso 5

Su histrionismo, rayano en lo jovial, se plasma en la comedia Schitt’s Creek’. Reconozco que aquello me entusiasma más que su físico, tema que atrae a los burdos, hombres que primero ven el culo y luego hablan con alguna chica equis, y lo siento si «A quien le quepa el sayo, que se lo ponga», como dicta la frase ya que el mundo –y no el Antimundo– se rige por temas más prosaicos y elementales, como lo expuesto y atribuido a Guillermo de Ockham (1280-1349), fraile franciscano, filósofo y lógico escolástico, que planteaba que «En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable».

¿Annie Murphy está en este ascensor como una doppelgänger que me acompañará en mi travesía en esta suerte de limbo?

No, lo siento. Estoy solo. Aburrido de hacer un acto una y otra vez desde que fallecí aquí mismo, en este ataúd de acero, el veintiuno de marzo de 1981, hace más de cuatro décadas.

—¿Eres Anne Frances Murphy, la actriz? —le pregunto, pero no me oye.

Otra vez no me dirige la palabra. Es enervante, lo juro.

—Tu actuación en Schitt’s Creek’ me mata —insisto por otro lado, el de su trabajo.

Es una mujer parecida a ella, y NO ELLA. Intempestivamente se frota los brazos descubiertos, siente frío y retira un celular fosforescente y se taponea las orejas con unos audífonos y oye la canción «True Faith», de New Order, a gran volumen, todo con el frío que se origina aquí, siendo que afuera, en la calle, se caen los patos asados.

 

Piso 6

De acuerdo con el principio de Guillermo de Ockham, olvidémonos que nos hemos encontrado en un ascensor con el doppelgänger de Annie Murphy. Debe haber una explicación más prosaica, más simple, pero que yo sepa no se está filmando un comercial en la azotea, ni menos una película o una serie de Netflix, y no creo que esté de visita en Chile, en plan anónimo, y que visite la torre Santa María, menos en un ascensor junto a una aparición que soy yo, aunque no me he manifestado aún, solo he logrado en el ascensor un vientecillo gélido, atribuible al aire acondicionado.

Ser un espectro es un tema tedioso; de ahí que me gustaría estar aquí con su doppelgänger, acompañado en la Eternidad, o hasta que derriben la torre como fueron derribadas las torres del World Trade Center; esto último ni en broma; basta de desgracias mundiales; basta de muertes.

Con la mía fue suficiente.

 

Piso 7

En realidad –hasta ahora– nunca me he puesto a pensar en los inconvenientes de usar un ascensor varias veces al día en mi trabajo –o situación– en la torre Santa María: ciento diez metros de altura, treinta pisos y cuatro subterráneos. Aparte –aquí mismo y con respecto a mi ser–, en marzo de 1981 hubo ese alarmante incendio y fallecieron once personas, de una, entre las cuales me encontraba yo, para mi desgracia.

Me asfixié en este ascensor producto de la humareda y otros tampoco se salvaron porque no supieron usar las vías de escape por lo modernas e inusuales. Esa mañana, sonó la sirena del cuartel y salimos a toda pastilla y tuve la desgracia de no poder apagar el incendio en el piso 12 y luego encerrarme en el ascensor y fallecer de una manera más o menos torturante.

—¿De visita en Santiago de Chile? ¿Una película? ¿Me darías tu autógrafo? —arremeto, sin resultados óptimos.

 A todos nos succiona la Parca, ese gran embudo como agujero de gusano, ese puente de Einstein-Rose que ataja el espacio/tiempo.

 

Piso 8 

Annie Murphy está casada con el cantante y compositor Menno Versteeg. En 2013 perdieron su hogar y casi todas sus pertenencias en un siniestro, un incendio; llamaradas en danza carbonizadora, macabra. Con todo, el hecho de que una actriz haya sufrido el trauma de un incendio –asunto experimentado por mí– me deja pensando por varios segundos y la música de New Order me despierta de mis cavilaciones, de estar en Jauja, distraído, ahíto, empachado, a pesar de que le he hablado sin resultados concretos y he creído que será mi pareja fantasmal por el resto de los días en la Humanidad, hasta que esta construcción colapse o desaparezca del reino de Dios.

 

Piso 9

La torre Santa María fue inaugurada en 1980. Por aquellos días era el edificio más alto de Chile: minirascacielo instalado en los faldeos del distintivo cerro San Cristóbal, con una arquitectura vanguardista, acristalada e inspirada en el World Trade Center de Nueva York, pero en menor escala, acaso «a la chilena».

—¿Te gusta Chile? ¿Estás de visita? ¿De incógnito? —repito en saco roto, sin lograr nada. No me da bola, aunque tal vez porque se lo pregunto en español y no en inglés, que es su idioma nativo, supongo, allá en Canadá, junto al francés.

Vuelve a frotarse los brazos y los vellos se le erizan por el frío.

 

Piso 10

La tragedia de 1981 no se compara con la del World Trade Center el once de septiembre de 2001, cuando se logró volar la santabárbara con lo fatídico a gran escala, producto de magníficas explosiones, fruto del choque de dos aviones comerciales contra el dúo de imponentes edificios neoyorquinos, símbolos del capitalismo salvaje.

Ambas edificaciones –la torre Santa María y las Twin Towers– sufrieron en carne propia una catástrofe, pero en diferentes niveles, ya que hablamos de construcciones con pisos que se relacionan por los siniestros y porque el World Trade Center inspiró la construcción de este bloque.

—¿Por qué vas a la azotea, Annie? —No hay réplica—. ¿Motivos de trabajo…? Sé que eres actriz, y de las buenas. La comedia es un género dificilísimo. No cualquiera la ejecuta con naturalidad ante las cámaras.

Parezco idiota de tanto preguntarle con ineficacia.

 

Piso 11

En el piso once pienso en Santa Bárbara, icono mártir de todos los que profesamos la religión católica, Patrona de la Artillería y de todas aquellas profesiones que se encuentran ligadas al mundo del fuego abrasador. Cada cuatro de diciembre todos –absolutamente todos– los bomberos y electricistas y mineros le rinden tributo a Santa Bárbara.

Hoy es cuatro de diciembre de 2021.

Recién veo que Annie Murphy lleva una mascarilla en la boca y nariz, no sé por qué. Juro que no distinguí el antifaz: está a mi lado y quema –o vuela– la santabárbara y la sincronía resulta especial porque el World Trade Center –las Twin Towers– colapsaron incendiadas y todo esto remite a la idea de que hemos sido víctimas del fuego, con una llama oscura como el destino.

—Los ascensores son peligrosos, Annie —añado.

Nada.

 

Piso 12

Siempre es lo mismo, a mi pesar: entro al ascensor e intento charlar con la gente que no me ve en la mayoría de los casos, aunque a veces me pronuncio, asusto, intimido. Quedan turulatos. Un espectro está en un loop tedioso y repetitivo, durante años y años, décadas y siglos. Una misa en mi honor me vendría bien, sería lo ideal, estaría en paz. Cavilo que tal vez ella irá a una misa en la azotea. O que ella es la mismísima Santa Bárbara. O que tal vez yo no fallecí asfixiado ese veintiuno de marzo de 1981, ni con quemaduras en las vías respiratorias ni llagas exasperantes en todo mi cuerpo –quemaduras de segundo y tercer grado, por lo mínimo–, a pesar del traje de bombero, con la chaqueta de cuero, el casco y la toalla blanca y húmeda alrededor del gaznate.

Nada ese día pudo ayudarme, ni siquiera el hacha.

—En este piso doce se originó un gravísimo incendio por un cigarrillo mal apagado que entró en contacto con una moqueta impregnada en adhesivo de contacto —suelto—. Fallecí de manera trágica y ahora estoy aquí. ¿Quieres cenar conmigo? —Y, sin más, me bajo del ascensor.

Me realizo preguntas fundamentales, que quedarán sin respuesta, o sin ser pronunciadas, como las que le he formulado en estos doce pisos: no sabré qué hay en la azotea, Annie Murphy no es un doppelgänger, ni si quiera se trata de la actriz canadiense de Schitt’s Creek’, y la incandescencia deflagra, hiere, tuesta, resulta tan eterna como el suplicio de los quemados, asfixiados en un tiempo que avanza como un ascensor cuando sube cada vez, en un loop crispante, perpetuo, carbonizado.  

Ignacio Fritz nació en Santiago, Chile, en 1979. Licenciado en Comunicación Social y Periodista (UNIACC) con estudios inconclusos de Literatura y Derecho. Ostenta un diplomado en Escritura Creativa de la Universidad Diego Portales. Sus primeros cuentos aparecieron en el suplemento juvenil «Zona de Contacto», del diario El Mercurio, a fines de la década de los 90. Ha publicado los libros de cuentos Eskizoides y obtuvo el primer lugar en el concurso de cuentos de Unión Latina con el relato Camila Rochet. Su última novela se titula Terrorismo marxista.

COMO UNO SOLO