Lewis Shiner
Jim trabajaba para
una empresa de alquiler de equipos: martillos neumáticos, vallas y señales
portátiles. Conoció a Karla cuando contrató a algunos empleados temporales de
la agencia que ella dirigía. Había algo en ella. La sensación de que, si alguna
vez lograba liberarse de todo lo que la retenía, sería capaz de hacer casi
cualquier cosa.
La relación empezó con lentitud.
Ella lo llamó justo cuando él estaba saliendo para pasar a recogerla en la
primera cita. Seguía en la oficina y tendría que quedarse al menos una hora
más.
—¿Podrías dejar que pase yo a
buscarte? Será tarde, quizá alrededor de las nueve.
Jim aceptó.
La cena fue un poco deslucida.
Karla bebió demasiado vino y Jim demasiado café. Cuando regresaron al
apartamento de él, Jim la invitó a entrar, más por cortesía que por otra cosa.
Ella se disculpó diciendo que al día siguiente tenía una reunión muy temprano.
Esto no va a ninguna parte,
pensó Jim.
Pero cuando se inclinó para darle
el beso de despedida, Karla ya lo esperaba con los labios entreabiertos.
Tenía unos kilos de más y el
cabello rizado de un color indefinido entre rubio y castaño, casi sin matices.
Jim tenía el pelo negro, aunque cada vez más escaso, y algunas mañanas se
sentía como un muñeco cuyo relleno hubiera abandonado los brazos y las piernas
para acumularse en el abdomen.
Estaba atravesando la etapa final
de su segundo divorcio.
Karla solo había estado casada una
vez, durante muy poco tiempo, justo después de terminar la escuela secundaria.
De eso ya hacía bastante.
No era una de esas parejas que se
pasan el tiempo riendo. Casi siempre hablaban de lo que les ocurría en el
trabajo. A Jim nada de eso le parecía importante. Lo que realmente contaba era
que, desde el principio, comprendió que ambos necesitaban algo que solo podían
encontrar el uno en el otro.
Karla no tenía ninguna prisa por
acostarse con él.
Aun así, después de unas semanas
era evidente que solo era cuestión de tiempo.
Una noche, mientras estaban
tumbados en el sofá de Jim viendo viejas comedias por Nickelodeon, él abordó el
tema con cautela.
Karla opinó que debía ser algo
especial, que merecía la pena hacer de ello una ocasión importante. Tal vez
podrían escaparse un fin de semana.
Quizá a Galveston.
Al día siguiente ella lo llamó al
trabajo.
Acababa de leer en el periódico que
el sábado siguiente habría un concurso de castillos de arena en la playa de
Surfside.
—Claro —dijo Jim—. ¿Por qué no?
El viaje hasta
Surfside duraba dos horas.
A mitad de semana Jim había tenido
un pequeño accidente de tráfico, de modo que ahora iban en un Ford Escort
alquilado, cortesía de la compañía de seguros.
Llegaron alrededor del mediodía.
Tuvieron que comprar un permiso
para estacionar en la playa: una pequeña calcomanía roja que costaba seis
dólares y era válida hasta fin de año.
Jim se sentía incómodo con sus
holgados pantalones de baño y una camiseta que tenía un agujero bajo una axila.
Además, no quería pegar la calcomanía en un automóvil alquilado y que luego se
desperdiciara el resto de su vigencia.
—Tal vez puedas despegarla cuando
regreses a casa —dijo Karla.
—Tal vez no.
—Yo pago la calcomanía. ¿Te parece
bien?
—No es cuestión de dinero. Es una
cuestión de principios. —Karla suspiró, cruzó los brazos y se recostó en el
rincón más alejado del asiento—. Está bien —dijo Jim—. Está bien, por el amor
de Dios. La voy a pegar.
Doblaron a la izquierda y
comenzaron a recorrer la playa.
Era el primero de junio. El verano
ya no admitía discusión.
El sol caía implacable sobre
grandes cilindros de agua marrón que rompían en espuma justo al borde del
camino. La arena, húmeda, tenía un tono beige, y Jim no dejaba de preocuparse
por la posibilidad de que el coche quedara atascado, aunque no veía señales de
que nadie hubiera tenido ese problema.
Condujeron durante diez minutos sin
encontrar rastro alguno de castillos de arena.
La playa estaba abarrotada de
automóviles rojos, niños pequeños, universitarios con termos de metal y gorras blancas
de promociones y madres divorciadas sentadas en sillas plegables verdes y
amarillas. Los equipos de música portátiles reproducían música bailable con un
volumen tan alto que ya no parecían canciones, sino simples estallidos de
ruido.
Pasaron bajo un muelle donde un
cartel decía: «Pida aquí su comida», aunque no había comida ni nadie que la
sirviera. El aire olía a creosota, a materia en descomposición y a sol
ardiente. Por fin Jim vio un edificio azul de dos plantas. Una camioneta de una
emisora de radio de música suave hacía sonar viejos éxitos a un volumen
ensordecedor. Sobre el lugar colgaban banderines de colores.
No era, ni de lejos, la multitud
que él había imaginado. Estacionó el Escort sobre una zona de arena compacta y
bajaron. El aire marino se sentía como una compresa de algodón caliente.
Una gota de sudor se desprendió y
resbaló por el costado izquierdo de Jim. No sabía si debía tomar la mano de
Karla o no.
Dentro del área delimitada por
estacas había apenas media docena de esculturas de arena.
Jim recorrió con la vista el resto
de la playa y no vio más que automóviles, neveras portátiles y sillas
plegables.
—Supongo que esto es todo —dijo. Karla
se encogió de hombros.
En un extremo había un tiburón de
tamaño natural con la cabeza de un buzo entre las mandíbulas. Lo habían pintado
con aerosol negro, gris y color carne, además de una salpicadura roja alrededor
de la boca. Junto a él, un hombre y tres mujeres cavaban un foso. Todos
llevaban el cabello largo y diminutos trajes de baño. Jim cruzó la cuerda que
separaba a los participantes del público.
—¿Es esto todo? —preguntó al
hombre, casi gritando para hacerse oír por encima de la música.
—El gran concurso es el de
Galveston. Allí participan arquitectos, ¿sabe? Digamos que son los
profesionales. Nosotros somos solo aficionados.
—Pensé que habría... no sé... más
gente.
—El de Galveston es enorme. Hay un
cono de helado gigante del que se derrama el planeta Tierra, animales, un
billete gigantesco hecho de arena... Una locura. Perfecto.
Jim miró hacia Karla, que seguía
del otro lado de la cuerda.
—¿Participan todos los años?
—No. Es la primera vez. Pensé:
«¿Por qué no?». Es gratis y cualquiera puede hacerlo. Ustedes también deberían
inscribirse. Hay cubos, palas y todo lo necesario junto a la camioneta.
Demonios, tienen doce trofeos y ni siquiera hay tantos participantes. Seguro
que ganan alguno. Justo aquí queda un buen lugar.
Señaló una estaca con un número de
inscripción clavada en un terreno todavía liso.
—No lo sé...
—Al menos vayan a ver los trofeos.
Jim asintió y el hombre volvió a su
trabajo. Todavía era imposible adivinar qué estaba construyendo. Regresó junto
a Karla y recorrieron las demás esculturas.
Solo había un auténtico castillo,
bastante bonito, como si hubiera brotado de la cima de una pequeña colina. También
había una serpiente marina de larga cola. Las otras dos esculturas parecían
figuras humanoides que emergían lentamente de la arena.
—Esto resulta un poco decepcionante
—dijo Jim.
—Me pregunto qué harán con ellas
cuando termine el concurso —comentó Karla.
Apenas podía oírla por encima de la
música.
—¿A qué te refieres?
—Están demasiado lejos del agua
para que la marea las destruya. ¿No se supone que eso es parte de la gracia?
Excavar fosos y correr de un lado a otro intentando retrasar lo inevitable...
Jim negó con la cabeza.
—¿Quieres una Coca-Cola o algo?
—No lo sé. ¿De verdad no quieres
participar? ¿Ganar un trofeo?
—Creo que no.
—Vamos. Podría ser divertido.
Jim miró la parcela vacía de arena.
La estaca. No consiguió verla.
—Voy al coche a buscar una
Coca-Cola. ¿Quieres una o no?
—Supongo que sí.
Se tomó su tiempo
para regresar, intentando librarse de su mal humor.
Nada era fácil.
Todo terminaba convirtiéndose en
una lucha y, casi siempre, además, en una discusión.
Abrió el maletero y sacó dos latas
de Coca-Cola de la hielera, cuyo hielo estaba ya casi completamente derretido. Abrió
una y dio un largo trago antes de emprender el regreso. Al principio no
encontró a Karla. Anduvo de un lado a otro durante un minuto hasta descubrirla
junto a la orilla. Había tomado un cubo y una pequeña pala del concurso y había
levantado una plataforma cuadrada de arena.
Sobre ella dejaba caer barro muy
líquido desde el cubo, formando pequeñas estalactitas retorcidas e invertidas. La
observó construir cinco o seis antes de que ella levantara la vista. Parecía haberse
sonrojado.
—Cuando era niña hacía esto muy a
menudo —dijo—. Lo llamaba el Bosque Encantado. —Jim se puso en cuclillas
a su lado—. Piensas que esto es una tontería, ¿verdad? —Tomó otro puñado de
barro y formó otro árbol.
—No —respondió él. Miró
alternativamente el Bosque Encantado y el golfo. Cerca de la costa el
agua era marrón y espumosa; más lejos adquiría un profundo tono azul. Sintió
que algo dentro de él comenzaba a derretirse, a derrumbarse y a desaparecer
arrastrado por las aguas—. No —repitió—. Es hermoso.

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