jueves, 9 de julio de 2026

APNEA

Mario Gazzola

 

Se sentía en ruinas.

¿Cuándo volvería el Joven junto a él?

Siempre había dormido como un tronco durante más de sesenta años.

Había dormido la noche anterior al examen de ingreso a la universidad, la noche anterior a la defensa de su tesis, la noche en que ella le dijo que estaba embarazada. Había dormido, al cabo de un tiempo, incluso la noche después del parto y hasta la noche posterior a que lo despidieran sin previo aviso de la empresa donde trabajaba.

Dormir nunca había sido un problema para el viejo Eddie.

Solo que ahora se había convertido en un viejo despojo. Y con frecuencia le llegaba una especie de dolor de cabeza...

¿Cuándo conseguiría volver a enlazar con su yo joven en ese otro mundo escurridizo?

¿Podía de algún modo hacerlo regresar, justo ahora que más lo necesitaba?

Porque el verdadero problema no era el sueño; era la vejez. A medida que pasaban los años, los diligentes controles médicos le habían notificado que, antes de acostarse, sería mejor que tomara todas las noches una pastilla para la próstata; después, que bastaba con verlo para comprender que, mientras dormía, rechinaba los dientes: si esperaba llevárselos enteros a la tumba, convenía que se hiciera con una férula de goma que los protegiera del derrumbe autoinfligido durante la noche. Él la había rebautizado sarcásticamente «la dentadurita». Y se la puso, resignándose mientras el dolor de cabeza aumentaba.

Otra pastilla para intentar contener la neuropatía en las extremidades. Estas, sobre todo las inferiores, también habían empezado a dolerle al caminar, a causa de unas calcificaciones que –había aprendido con disgusto– podían superarse fácilmente mediante un adecuado «bombardeo de ondas de choque» (expresión que, de todos modos, a él le hacía pensar en una batalla de Infantería del Espacio).

Para alguien de una generación criada bajo el mito de la eterna juventud de Mick Jagger y David Bowie, que ya había vivido como un desagradable incumplimiento de contrato la necesidad de usar gafas para leer después de los cuarenta y cinco años, aquello era demasiado: pese a conservar un cuerpo todavía esbelto y juvenil y una orgullosa cabellera con apenas unos pocos cabellos blancos, esa era la primera señal verdaderamente molesta de que el envejecimiento ya no era solo un problema de los demás.

Ya no.

Y ahora, por fin, le tocaba descubrir que su sueño no era únicamente «industrial noise muzik», como llevaba años protestando su esposa: estaba muy lejos de ser tranquilo, dijera él lo que dijese. ¿Que no lo creía? Pues que lo comprobara por sí mismo (con las gafas correspondientes): allí estaba un inquietante registro de apneas nocturnas, obtenido después de pasar una noche conectado a cables y sondas como un cíborg.

Eran frecuentes, maldición, muy frecuentes. ¿Pero acaso sabía él a qué se exponía? No, en absoluto. ¿Corría algún riesgo aparte de terminar con una almohada sobre la cara cuando roncaba? Claro que sí: además de los dolores de cabeza, tenía excelentes probabilidades de sufrir un infarto prematuro. Y, aun si lograba esquivar el golpe mortal, el peligro avanzaría de forma insidiosa hacia sus tan estimadas facultades intelectuales. ¿Nunca le daba sueño al volante? Rara vez. ¿Y aquella traicionera somnolencia de primera hora de la tarde, después del almuerzo, que había convertido en una farsa algunas reuniones de trabajo cuando todavía era empleado? Bueno, esa sí, a menudo, casi siempre... Ahí estaba: ¡era apenas el comienzo! Luego podrían llegar los olvidos, la dificultad para encontrar las palabras mientras hablaba, los problemas de concentración...

¿Problemas de concentración? ¿Y cómo iba a ponerse de una vez con la Gran Novela que llevaba años soñando escribir, sin haber conseguido todavía desplegarle las velas al viento, si el cerebro empezaba a apagársele a intervalos dentro de unos pocos años? Una lenta decadencia cotidiana era una amenaza mucho peor que el rayo fulminante. El horror del senil «¿qué era lo que estaba diciendo...?».

Así que se resignó, melancólicamente, a un nuevo y amenazador artilugio ciberpunk con el simpático nombre en clave de «chip up», que para él sonaba a orden de un policía motorizado californiano, aunque en realidad se escribía CPAP, es decir, Continuous Positive Airway Pressure: un aparato que bien podía haber salido del taller de algún Q de una película de James Bond de los años setenta, que zumbaba silenciosamente como un enorme gato sobre la mesa de noche, insuflando por las fosas nasales del Aspirante a Novelista Canoso una corriente de aire oxigenado suficiente para mantener abiertas las vías respiratorias y evitar que las estructuras anatómicas responsables de las apneas alcanzaran el temido estado de relajación que provocaba aquel trastorno potencialmente letal.

Así, disfrazado como un buzo enemigo de James Bond, con una mascarilla de goma sobre la nariz, un tubo corrugado que unía la parte superior de la máscara con el enorme gato-motor del aparato y, además, la inevitable férula en la boca para no rechinar los dientes, Eddie se preparaba, como un gladiador posapocalíptico, para un sueño por fin reparador, ese que, evidentemente, le faltaba desde hacía años.

—Verá que es una molestia mínima. Se acostumbrará enseguida y luego apreciará cuánto mejora su descanso.

Quién sabe si también desaparecería aquel dolor de cabeza...

Del cuerpo del aparato salía además un tubito negro, más fino que una pajita para beber, que, por el pequeño orificio previsto en la mascarilla, parecía destinado a conectarse directamente con ella. Sin embargo, la enfermera Eloisa le había dicho que no le prestara atención.

—Ah, ese déjelo por ahora. Solo se utiliza en algunos cuadros especialmente agudos que, de momento, no son su caso...

Pero ¿acaso alguien podía convertirse en un Gran Autor Maldito bajo una armadura digna de Hannibal Lecter suministrada por la seguridad social?

Equipado, aunque escéptico, Eddie tuvo que admitir que el aparato funcionaba: la chatarra volvió a disfrutar de noches de sueño ininterrumpido, muchas veces incluso sin aquellos despertares de mitad de la noche para ir al baño como un ninja en la oscuridad, sonarse la nariz y beber algo (preferiblemente perjudicial para la dieta).

Además, como efecto secundario no anunciado por los gurús, volvió también a soñar.

La primera noche recordaba haber ingresado en una misteriosa clínica. Dos agradables enfermeras lo recibían vistiendo esas batas de quirófano abiertas por detrás, de manera que, al caminar delante de él, le ofrecían alegremente la vista de sus espaldas desnudas y de sus nalgas cubiertas únicamente por la ropa interior, mientras le explicaban los detalles prácticos de su internación. Un raro sueño lleno de promesas tentadoras; pero, por desgracia, el recuerdo terminaba allí mismo, en la recepción.

—Veo que está usando bien la máquina; funciona toda la noche y no hay fugas de aire... —lo felicitó por teléfono, unos días después, la diligente Eloisa, guardiana de sus tareas nocturnas y escrupulosa recolectora de los datos que Matrix, evidentemente, le enviaba en grandes cantidades sin que el desprevenido Eddie interviniera en absoluto.

Sin embargo, él quedó mucho más impresionado por el sueño de la noche siguiente.

El del Joven.

El Joven era tan alto como él, pero más delgado, con el cabello más abundante y salvaje, como el suyo unos cuarenta años atrás. Caminaba hacia él con aire desafiante. Tenía algo familiar. Bajo el brazo llevaba tres o cuatro libros.

Se sentaba a una mesa, mirándolo con una sonrisa.

Daba las gracias a todos por haber acudido.

Entonces Eddie comprendía que formaba parte del público.

Estaba asistiendo a la presentación de Future Hydes, el nuevo libro del Joven.

Eddie estuvo a punto de sufrir un infarto incluso dentro del sueño, aun con el aparato respiratorio: ese era el libro que había pensado escribir él, una historia sobre el Mister Hyde de Stevenson proyectado hacia el futuro. Estaba tan orgulloso del juego de palabras del título, que aludía al mismo tiempo a los «Hyde del futuro» y a «un futuro que permanece oculto». El Joven se le había adelantado.

Le había robado la idea.

Por eso sonreía con tanta arrogancia ante sus ávidos lectores; estaba a punto de ofrecerles el oro de la idea de Eddie, esa que él jamás vería publicada con su nombre artístico en la portada, un nombre inspirado precisamente en el perverso doble de Jekyll, al que había elegido como su icono.

Tenía que hacer algo. Tenía que oponerse. Tenía que gritar que...

Se despertó angustiado.

Estaba furioso y decepcionado consigo mismo por no haber escrito nunca aquel libro con el que llevaba años soñando, permitiendo que el Joven se lo robara para pavonearse ante sus fieles lectores... ¿Cómo podía volver a enlazar con él, retomar el sueño y hacer valer sus derechos? Y, sobre todo, ¿quién era ese engreído que le había robado la idea y presumía de ella como si fuera enteramente suya?

Entonces advirtió una llamativa cubierta azul y roja que yacía en el suelo, junto a la cama, al lado del aparato.

La recogió y...

Sí, era Future Hydes.

Exactamente el libro que el joven rival había agitado durante la presentación. Se había materializado allí, a pocos centímetros de donde él había dormido profundamente.

Lo tomó y empezó a hojearlo. Pero, mientras intentaba leer cómo el Joven había desarrollado aquella idea que él había concebido un año antes, descubrió que las palabras impresas no soportaban la exposición a la luz de la realidad: apenas pasaba una página, las letras comenzaban a desteñirse con rapidez, impidiéndole leerlas con atención.

Al final se encontró sosteniendo su propio cuaderno de notas, cuyas páginas aparecían otra vez completamente en blanco.

Solo le quedó un vago recuerdo de la historia de Hyde en el futuro, una sensación...

Tendría que haberse vuelto a dormir enseguida, aunque ya era hora de ponerse a trabajar. Pero ¿cómo iba a retomar el sueño exactamente en el punto donde lo había dejado, como si fuera un DVD puesto en pausa?

Decidió empezar a escribir de inmediato, reconstruyendo el libro a partir de aquella especie de memoria automática.

Permaneció en un estado febril durante todo el día, con el resultado de rendir extraordinariamente bien en el trabajo: escribió una gran cantidad de páginas, aunque siempre con una vaga insatisfacción, temiendo que su escritura diurna fuera incapaz de reproducir la fuerza visionaria que parecía irradiar el libro onírico.

Ahora estaba mucho más dispuesto a volver a utilizar cuanto antes aquel instrumento de tecnomancia para poner también las cosas en orden dentro del sueño, que seguía atravesado como una espina en la garganta.

La noche siguiente preparó cuidadosamente el aparato y se acostó muy temprano.

Durmió.

Y soñó.

Otra vez estaba allí el Joven, pero ya no en la presentación del libro, donde él también formaba parte del público.

Ahora se encontraba solo, sentado ante la mesa de su estudio, evidentemente dedicado a una nueva obra.

Eddie concentró toda su voluntad en dirigir el sueño desde dentro y consiguió entrever el título que el muchacho había escrito al comienzo de la página:

Sobre el escenario oscuro.

Era otra idea que él incubaba desde hacía años: la historia de un director teatral maldito que hacía representar obras a delincuentes encarcelados, con consecuencias trágicas.

No era posible.

El Joven también le había arrebatado aquella historia y la estaba llevando a término.

Parecía completamente inspirado.

Eddie trató desesperadamente de enfocar las frases que escribía a mano en un cuaderno de espiral, pero no consiguió descifrar aquella letra diminuta desde detrás de su hombro.

Se despertó.

Desesperado.

Todas sus ideas estaban siendo saqueadas por un rival; peor aún, por una versión mejorada de sí mismo.

Miró junto a la cama y, también esa vez, allí estaba el libro. O, mejor dicho, el cuaderno rojo.

Esta vez actuó con más inteligencia.

A medida que iba abriendo cada página, la fotografiaba con el teléfono móvil y corría a copiar las frases escritas por el Joven antes de que se desvanecieran, como había ocurrido con las de Future Hydes.

Al final consiguió salvar una buena parte antes de que la realidad diurna borrara las escrituras del sueño.

Confiaba en que, si trabajaba con verdadera dedicación, lograría reconstruir la obra del Joven y, por fin, presentarla a un editor real con su propia firma.

De hecho, el primer avance de lo que había conseguido reconstruir de Future Hydes ya había despertado cierto interés en la editorial Tannhäuser.

Así que era verdad. Sus ideas no eran tan malas. Solo necesitaban tomar forma, en lugar de seguir... sí, soñándolas. ¿Quién sabía cuántos libros tenía aún reservados el Joven? ¿Cuántas de aquellas ideas inconclusas habían encontrado una forma acabada en el mundo de los sueños? Y, además, ¿tendría aquel irritante muchacho alguna idea propia, no robada a traición de la mente de Eddie?

A partir de entonces comenzó a acostarse cada vez más temprano, con el propósito deliberado de regresar a aquel bosque onírico de libros que, al fin, iba haciendo realidad para convertirse en el Escritor con el que siempre había soñado.

Ya disponía de varios manuscritos suficientemente avanzados para completarlos: Future Hydes, Sobre el escenario oscuro y Teatro cruel, una continuación protagonizada por el mismo director maldito, que se adentraba en el ocultismo para conferir a sus espectáculos la intensidad de un rito chamánico. La reservaría para el caso de que la primera novela tuviera éxito y el editor le pidiera volver al escenario de la condenación.

Sus jornadas en la realidad de la vigilia se habían convertido en una desvaída espera del vibrante momento de colocarse la mascarilla de respiración asistida y hundirse en el sueño creador, para volver a vivir en el mundo que sentía como verdaderamente suyo.

Deambulaba por la casa entre el aburrimiento y la impaciencia, aguardando la llegada de la noche y el momento de acostarse, porque nada le producía una embriaguez comparable a arrancarle al sueño hallazgos literarios capaces de satisfacerlo.

Hallazgos que, por fin, hacían realidad aquello que él solo nunca había sido capaz de realizar.

El resto de su existencia se había reducido a una insípida supervivencia sometida a las necesidades del cuerpo: comer, ir al baño, lavarse, hacer las compras para volver a comer por la noche... y así sucesivamente.

Su frenético ocio se vio interrumpido por una llamada telefónica de la enfermera, dominadora absoluta de su destino terapéutico.

Al finalizar la semana tendría que presentarse nuevamente en el hospital para devolver el aparato CPAP.

La prueba llegaba a su fin.

Después sería libre de decidir si compraba por su cuenta el aparato para seguir utilizándolo hasta el final de sus días o si iniciaba los trámites necesarios para...

—¿Al final de la semana?

No había previsto que la búsqueda onírica de sus tesoros literarios fuera un viaje con fecha de caducidad.

Tenía que darse prisa.

Debía extraer de sus viajes a la dimensión del Joven todo cuanto pudiera para alimentar sus futuras obras.

Basta de vigilia.

Si aquella máquina abría, de algún modo que él jamás llegaría a comprender, una puerta hacia otra realidad, tenía que encontrar la manera de prolongar al máximo aquel prodigioso fenómeno.

Y, si lo conseguía, se trasladaría definitivamente al Otro Lado, ocupando el lugar del Joven, igual que Hyde sustituía a Jekyll.

Porque, a esas alturas, ya había comprendido que aquel parecido no podía ser casual.

El Joven era él mismo muchos años atrás: más ágil, más fuerte, más sano.

Y, sobre todo, más confiado.

Más de lo que él había sido nunca, incapaz de dar vida por sí solo a aquellos libros durante los años que lo habían conducido a convertirse en la Ruina que era ahora.

No era otro quien escribía aquellas historias en su lugar.

Era él mismo. ÉL. Años antes. Quizá el Otro Lado no fuera otro lugar, sino otro tiempo. Tal vez el aparato lo estuviera llevando hacia atrás en el tiempo. Fuera cual fuese la explicación, el resultado era siempre el mismo: una segunda oportunidad en la vida.

Debía intentar quedarse dormido y prolongar un único Gran Sueño hasta el momento inevitable de devolver el aparato, recogiendo los frutos que habían permanecido demasiado tiempo dentro de él, en el pasado.

Quién sabía si aquel misterioso tubito que le habían dicho que no utilizara podría servir de ayuda...

«Solo se usa en algunos cuadros especialmente agudos...»

¿Cuáles? ¿Cuáles eran esos casos tan graves que requerían el tubito adicional? Tal vez escritores especialmente perezosos y torpes, incapaces de recuperar bien sus ideas desde el Otro Lado. Quizá también sirviera para músicos, directores de cine... ¿O era él un caso único? ¿Una conjunción astral irrepetible, producida únicamente en este lado del desconocido Kadath?

Lo mejor era probar. Al fin y al cabo, ¿qué podía perder? La experiencia terminaría de todos modos el viernes siguiente.

Todo o nada.

Conseguiría el germen de un opus magnum que le otorgara la inmortalidad artística: El castillo francés sobre la cuarta cuerda, un gran misterio musical alimentado por la verdadera historia del rock, entrelazada con enigmas inexplicables.

¿Y si había efectos secundarios? ¿Y qué? ¿Quién quería ya aquella otra vida descolorida de consultorías redactadas en un lenguaje pomposo para cobrarles a las empresas por un poco de humo de marketing? Cuando uno está dispuesto incluso a morir, si es necesario, todo lo demás deja de dar miedo.

¿Y si el tubito arruinaba la transferencia?

Bueno, lo desconectaría y volvería al tratamiento habitual, sin quitarse nunca más el respirador. ¿Y si el efecto secundario no fuera la muerte, sino una demencia senil?

Tener todos sus libros delante y no recordar siquiera qué eran; ser incapaz incluso de reconocerse en sus propios logros.

Había que intentarlo de todas formas. No podía existir una demencia peor que perder todo lo que había conquistado. Preparó el aparato. Después tomó una generosa dosis del somnífero que casi nunca había utilizado hasta entonces, con la esperanza de propiciarse el sueño más largo que biológicamente fuera posible.

Se acostó en plena luz del día, bajó las persianas y esperó que llegara el sueño, saboreando de antemano los amores de Chopin y George Sand, y luego las historias de Iggy y Ziggy en el estudio de grabación del castillo francés, entre lecturas cabalísticas, cocaína, suicidios y fantasmas convertidos en música.

Pensó incluso en favorecer el viaje con un buen disco de fondo, al menos hasta quedarse dormido.

La elección recayó en el histórico Surrealistic Pillow, de Jefferson Airplane.

Con la cabeza apoyada sobre aquella almohada surrealista, Eddie aguardó el sueño mientras disfrutaba de las prometedoras inspiraciones carrollianas de los jóvenes hippies de San Francisco.

Estaba algo nervioso. Esta vez el viaje significaba demasiado. No era fácil relajarse lo suficiente para dormirse. Comenzó a repetirse mentalmente la lista de los discos históricos grabados en el Château d'Hérouville, en Francia, cuyos misterios pensaba revelar en su thriller sobre el mundo del rock...

Pero no funcionó.

Ni siquiera la enumeración de las colaboraciones imposibles entre grandes músicos ya fallecidos consiguió apagar aquel cerebro cada vez más excitado y despierto. Y dolorido.

Entonces conectó, por fin, el misterioso tubito a la mascarilla.

Inspiró profundamente el aire impregnado del perfume de sintetizadores azulados y abstractos que penetraba con renovada potencia en sus fosas nasales, haciéndole sentir en todo el cuerpo un álbum celestial de Miles Davis y Jimi Hendrix, junto con otros imposibles deleites paradisíacos cuyos contornos empezaban ya a desdibujarse.

Y desapareció por completo el dolor de cabeza.

Hasta que, finalmente, sin saber cómo –porque nunca se sabe exactamente cómo ni cuándo uno se queda dormido–, se encontró al Otro Lado.

Justo en los puestos fronterizos de Carcosa Port, donde la fila de los pasajeros se dividía entre Residentes y Visitantes.

Eligió Residentes. Le pareció una opción más profesional. Al fin y al cabo, no pensaba limitarse a hacer una excursión turística con todo incluido por el Parnaso de las artes.

Pasó, emocionado, junto al grupo formado por H. P. Lovecraft, R. W. Chambers y C. A. Smith, que discutían acaloradamente sobre el renacimiento de Weird Tales y acerca de si las portadas debían confiarse al veterano Walter Sickert o a la joven y más audaz Jane Mason. Después mostró su pasaporte a Paul Kantner, de Jefferson Airplane, quien lo dejó pasar con una sonrisa cómplice sin siquiera revisarlo.

Echó a andar hacia el bar de aquel sublime puerto espacial, donde Miles Davis y Prince intentaban convencer a David Lynch para que dirigiera el videoclip de su nuevo álbum de funk sauvage.

Se preguntó dónde estaría el Joven.

¿Habría una sala de conferencias donde presentaría su flamante thriller ocultista-musical, ya completamente terminado? No lograba decidir si esa posibilidad le provocaría alegría o rabia. Y, además, ¿era el único que podía circular allí abajo en dos versiones temporalmente distintas? ¿O debía esperar encontrarse también con el joven Burroughs dando lecciones al joven Kerouac, mientras el Burroughs anciano conversaba con Kurt Cobain? ¿Y Leonor Fini, disfrazada de gato en una fiesta junto a Anna Magnani y Jean Genet? ¿Qué edad tendrían allí? La respuesta llegó en forma de un saludo amistoso.

Arthur Machen y Robert Bloch lo habían reconocido desde lejos.

—Siempre tan viejo muchachón nuestro Eddie, ¿eh? ¿Cómo va eso, jovencito? ¿Sigues bebiendo la pócima de Jekyll para mantenerte en forma? ¿Todavía estás escribiendo esas historias sobre músicos degenerados del siglo XX?

Solo entonces Eddie se vio reflejado en la vidriera del bar. No encontraría al Joven en ninguna sala de presentaciones, presumiendo de un libro nuevo. Porque él era el Joven. El Joven era él mismo. Había recuperado, por fin, la imagen de sí mismo que siempre había conservado en la memoria y que ya no encontraba en el espejo de su casa: ni un gramo de barriga, el cabello abundante y desordenado, ningunas gafas para leer lo que escribía, ningún dolor en las articulaciones, y bajo el brazo el mismo apetitoso montón de libros, todos suyos, lo sabía con absoluta certeza.

El Joven era el Yo Perfecto que siempre había anhelado.

Ahora podía sentirse orgulloso incluso del clima de camaradería que compartía con dos de sus grandes ídolos de la literatura fantástica, Machen y Bloch.

Pero se le heló la sangre al oír su propia voz responder:

—No. Lo he dejado momentáneamente en un cajón para dedicarme a un nuevo relato.

—¿Y de qué trata, amigo mío? —preguntó Bloch, conocido admirador también de la saga de Jekyll y Hyde y de las hazañas de Jack el Destripador.

—Bueno... trata de un viejo fracasado que depende de un respirador artificial para poder dormir. Ya ni siquiera recuerdo de dónde salió una idea tan triste...

Mario Gazzola (Milán, 1964) es escritor, ensayista y periodista cultural. Es autor de las novelas Rave di morte (2009), Buio in scena (2022), Hyde in Time (2023) y la distopía Situation Tragedy (2024), varias de ellas ilustradas por Roberta Guardascione. Junto con Andrea Carlo Cappi editó la antología Fantasmi di oggi e leggende nere dell’età moderna (2025). Recibió el Premio Vegetti (2019) por el ensayo FantaRock y el Premio Torre Crawford (2022) por el cuento La bambola di scena. Ha publicado relatos en diversas antologías y revistas especializadas, y ha desarrollado una extensa labor como crítico de música rock, cine y teatro. Cofundador y director del sitio Posthuman.it, también colaboró con el programa televisivo Wonderland (Rai 4) y con la Enciclopedia Treccani della Musica del XX Secolo. Además, ha trabajado como guionista, realizador audiovisual y fotógrafo.

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