Mario Gazzola
Se sentía en ruinas.
¿Cuándo volvería el Joven junto a
él?
Siempre había dormido como un
tronco durante más de sesenta años.
Había dormido la noche anterior al
examen de ingreso a la universidad, la noche anterior a la defensa de su tesis,
la noche en que ella le dijo que estaba embarazada. Había dormido, al cabo de
un tiempo, incluso la noche después del parto y hasta la noche posterior a que
lo despidieran sin previo aviso de la empresa donde trabajaba.
Dormir nunca había sido un problema
para el viejo Eddie.
Solo que ahora se había convertido
en un viejo despojo. Y con frecuencia le llegaba una especie de dolor de
cabeza...
¿Cuándo conseguiría volver a
enlazar con su yo joven en ese otro mundo escurridizo?
¿Podía de algún modo hacerlo
regresar, justo ahora que más lo necesitaba?
Porque el verdadero problema no era
el sueño; era la vejez. A medida que pasaban los años, los diligentes controles
médicos le habían notificado que, antes de acostarse, sería mejor que tomara
todas las noches una pastilla para la próstata; después, que bastaba con verlo
para comprender que, mientras dormía, rechinaba los dientes: si esperaba
llevárselos enteros a la tumba, convenía que se hiciera con una férula de goma
que los protegiera del derrumbe autoinfligido durante la noche. Él la había
rebautizado sarcásticamente «la dentadurita». Y se la puso, resignándose
mientras el dolor de cabeza aumentaba.
Otra pastilla para intentar
contener la neuropatía en las extremidades. Estas, sobre todo las inferiores,
también habían empezado a dolerle al caminar, a causa de unas calcificaciones
que –había aprendido con disgusto– podían superarse fácilmente mediante un
adecuado «bombardeo de ondas de choque» (expresión que, de todos modos, a él le
hacía pensar en una batalla de Infantería del Espacio).
Para alguien de una generación
criada bajo el mito de la eterna juventud de Mick Jagger y David Bowie, que ya
había vivido como un desagradable incumplimiento de contrato la necesidad de
usar gafas para leer después de los cuarenta y cinco años, aquello era
demasiado: pese a conservar un cuerpo todavía esbelto y juvenil y una orgullosa
cabellera con apenas unos pocos cabellos blancos, esa era la primera señal
verdaderamente molesta de que el envejecimiento ya no era solo un problema de
los demás.
Ya no.
Y ahora, por fin, le tocaba
descubrir que su sueño no era únicamente «industrial noise muzik», como
llevaba años protestando su esposa: estaba muy lejos de ser tranquilo, dijera
él lo que dijese. ¿Que no lo creía? Pues que lo comprobara por sí mismo (con
las gafas correspondientes): allí estaba un inquietante registro de apneas
nocturnas, obtenido después de pasar una noche conectado a cables y sondas como
un cíborg.
Eran frecuentes, maldición, muy
frecuentes. ¿Pero acaso sabía él a qué se exponía? No, en absoluto. ¿Corría
algún riesgo aparte de terminar con una almohada sobre la cara cuando roncaba?
Claro que sí: además de los dolores de cabeza, tenía excelentes probabilidades
de sufrir un infarto prematuro. Y, aun si lograba esquivar el golpe mortal, el
peligro avanzaría de forma insidiosa hacia sus tan estimadas facultades
intelectuales. ¿Nunca le daba sueño al volante? Rara vez. ¿Y aquella
traicionera somnolencia de primera hora de la tarde, después del almuerzo, que
había convertido en una farsa algunas reuniones de trabajo cuando todavía era
empleado? Bueno, esa sí, a menudo, casi siempre... Ahí estaba: ¡era apenas el
comienzo! Luego podrían llegar los olvidos, la dificultad para encontrar las
palabras mientras hablaba, los problemas de concentración...
¿Problemas de concentración? ¿Y
cómo iba a ponerse de una vez con la Gran Novela que llevaba años soñando
escribir, sin haber conseguido todavía desplegarle las velas al viento, si el
cerebro empezaba a apagársele a intervalos dentro de unos pocos años? Una lenta
decadencia cotidiana era una amenaza mucho peor que el rayo fulminante. El
horror del senil «¿qué era lo que estaba diciendo...?».
Así que se resignó,
melancólicamente, a un nuevo y amenazador artilugio ciberpunk con el simpático
nombre en clave de «chip up», que para él sonaba a orden de un policía
motorizado californiano, aunque en realidad se escribía CPAP, es decir, Continuous
Positive Airway Pressure: un aparato que bien podía haber salido del taller
de algún Q de una película de James Bond de los años setenta, que zumbaba
silenciosamente como un enorme gato sobre la mesa de noche, insuflando por las
fosas nasales del Aspirante a Novelista Canoso una corriente de aire oxigenado
suficiente para mantener abiertas las vías respiratorias y evitar que las
estructuras anatómicas responsables de las apneas alcanzaran el temido estado
de relajación que provocaba aquel trastorno potencialmente letal.
Así, disfrazado como un buzo
enemigo de James Bond, con una mascarilla de goma sobre la nariz, un tubo
corrugado que unía la parte superior de la máscara con el enorme gato-motor del
aparato y, además, la inevitable férula en la boca para no rechinar los
dientes, Eddie se preparaba, como un gladiador posapocalíptico, para un sueño
por fin reparador, ese que, evidentemente, le faltaba desde hacía años.
—Verá que es una molestia mínima.
Se acostumbrará enseguida y luego apreciará cuánto mejora su descanso.
Quién sabe si también desaparecería
aquel dolor de cabeza...
Del cuerpo del aparato salía además
un tubito negro, más fino que una pajita para beber, que, por el pequeño
orificio previsto en la mascarilla, parecía destinado a conectarse directamente
con ella. Sin embargo, la enfermera Eloisa le había dicho que no le prestara
atención.
—Ah, ese déjelo por ahora. Solo se
utiliza en algunos cuadros especialmente agudos que, de momento, no son su
caso...
Pero ¿acaso alguien podía
convertirse en un Gran Autor Maldito bajo una armadura digna de Hannibal Lecter
suministrada por la seguridad social?
Equipado, aunque escéptico, Eddie
tuvo que admitir que el aparato funcionaba: la chatarra volvió a disfrutar de
noches de sueño ininterrumpido, muchas veces incluso sin aquellos despertares
de mitad de la noche para ir al baño como un ninja en la oscuridad, sonarse la
nariz y beber algo (preferiblemente perjudicial para la dieta).
Además, como efecto secundario no
anunciado por los gurús, volvió también a soñar.
La primera noche recordaba haber
ingresado en una misteriosa clínica. Dos agradables enfermeras lo recibían
vistiendo esas batas de quirófano abiertas por detrás, de manera que, al
caminar delante de él, le ofrecían alegremente la vista de sus espaldas desnudas
y de sus nalgas cubiertas únicamente por la ropa interior, mientras le
explicaban los detalles prácticos de su internación. Un raro sueño lleno de
promesas tentadoras; pero, por desgracia, el recuerdo terminaba allí mismo, en
la recepción.
—Veo que está usando bien la
máquina; funciona toda la noche y no hay fugas de aire... —lo felicitó por
teléfono, unos días después, la diligente Eloisa, guardiana de sus tareas
nocturnas y escrupulosa recolectora de los datos que Matrix, evidentemente, le
enviaba en grandes cantidades sin que el desprevenido Eddie interviniera en
absoluto.
Sin embargo, él quedó mucho más
impresionado por el sueño de la noche siguiente.
El del Joven.
El Joven era tan alto como él, pero
más delgado, con el cabello más abundante y salvaje, como el suyo unos cuarenta
años atrás. Caminaba hacia él con aire desafiante. Tenía algo familiar. Bajo el
brazo llevaba tres o cuatro libros.
Se sentaba a una mesa, mirándolo
con una sonrisa.
Daba las gracias a todos por haber
acudido.
Entonces Eddie comprendía que
formaba parte del público.
Estaba asistiendo a la presentación
de Future Hydes, el nuevo libro del Joven.
Eddie estuvo a punto de sufrir un
infarto incluso dentro del sueño, aun con el aparato respiratorio: ese era el
libro que había pensado escribir él, una historia sobre el Mister Hyde de
Stevenson proyectado hacia el futuro. Estaba tan orgulloso del juego de
palabras del título, que aludía al mismo tiempo a los «Hyde del futuro» y a «un
futuro que permanece oculto». El Joven se le había adelantado.
Le había robado la idea.
Por eso sonreía con tanta
arrogancia ante sus ávidos lectores; estaba a punto de ofrecerles el oro de la
idea de Eddie, esa que él jamás vería publicada con su nombre artístico en la
portada, un nombre inspirado precisamente en el perverso doble de Jekyll, al
que había elegido como su icono.
Tenía que hacer algo. Tenía que
oponerse. Tenía que gritar que...
Se despertó angustiado.
Estaba furioso y decepcionado
consigo mismo por no haber escrito nunca aquel libro con el que llevaba años
soñando, permitiendo que el Joven se lo robara para pavonearse ante sus fieles
lectores... ¿Cómo podía volver a enlazar con él, retomar el sueño y hacer valer
sus derechos? Y, sobre todo, ¿quién era ese engreído que le había robado la
idea y presumía de ella como si fuera enteramente suya?
Entonces advirtió una llamativa
cubierta azul y roja que yacía en el suelo, junto a la cama, al lado del
aparato.
La recogió y...
Sí, era Future Hydes.
Exactamente el libro que el joven
rival había agitado durante la presentación. Se había materializado allí, a
pocos centímetros de donde él había dormido profundamente.
Lo tomó y empezó a hojearlo. Pero,
mientras intentaba leer cómo el Joven había desarrollado aquella idea que él
había concebido un año antes, descubrió que las palabras impresas no soportaban
la exposición a la luz de la realidad: apenas pasaba una página, las letras
comenzaban a desteñirse con rapidez, impidiéndole leerlas con atención.
Al final se encontró sosteniendo su
propio cuaderno de notas, cuyas páginas aparecían otra vez completamente en
blanco.
Solo le quedó un vago recuerdo de
la historia de Hyde en el futuro, una sensación...
Tendría que haberse vuelto a dormir
enseguida, aunque ya era hora de ponerse a trabajar. Pero ¿cómo iba a retomar
el sueño exactamente en el punto donde lo había dejado, como si fuera un DVD
puesto en pausa?
Decidió empezar a escribir de
inmediato, reconstruyendo el libro a partir de aquella especie de memoria
automática.
Permaneció en un estado febril
durante todo el día, con el resultado de rendir extraordinariamente bien en el
trabajo: escribió una gran cantidad de páginas, aunque siempre con una vaga
insatisfacción, temiendo que su escritura diurna fuera incapaz de reproducir la
fuerza visionaria que parecía irradiar el libro onírico.
Ahora estaba mucho más dispuesto a
volver a utilizar cuanto antes aquel instrumento de tecnomancia para poner
también las cosas en orden dentro del sueño, que seguía atravesado como una
espina en la garganta.
La noche siguiente preparó
cuidadosamente el aparato y se acostó muy temprano.
Durmió.
Y soñó.
Otra vez estaba allí el Joven, pero
ya no en la presentación del libro, donde él también formaba parte del público.
Ahora se encontraba solo, sentado
ante la mesa de su estudio, evidentemente dedicado a una nueva obra.
Eddie concentró toda su voluntad en
dirigir el sueño desde dentro y consiguió entrever el título que el muchacho
había escrito al comienzo de la página:
Sobre el escenario oscuro.
Era otra idea que él incubaba desde
hacía años: la historia de un director teatral maldito que hacía representar
obras a delincuentes encarcelados, con consecuencias trágicas.
No era posible.
El Joven también le había
arrebatado aquella historia y la estaba llevando a término.
Parecía completamente inspirado.
Eddie trató desesperadamente de
enfocar las frases que escribía a mano en un cuaderno de espiral, pero no
consiguió descifrar aquella letra diminuta desde detrás de su hombro.
Se despertó.
Desesperado.
Todas sus ideas estaban siendo
saqueadas por un rival; peor aún, por una versión mejorada de sí mismo.
Miró junto a la cama y, también esa
vez, allí estaba el libro. O, mejor dicho, el cuaderno rojo.
Esta vez actuó con más
inteligencia.
A medida que iba abriendo cada
página, la fotografiaba con el teléfono móvil y corría a copiar las frases
escritas por el Joven antes de que se desvanecieran, como había ocurrido con
las de Future Hydes.
Al final consiguió salvar una buena
parte antes de que la realidad diurna borrara las escrituras del sueño.
Confiaba en que, si trabajaba con
verdadera dedicación, lograría reconstruir la obra del Joven y, por fin,
presentarla a un editor real con su propia firma.
De hecho, el primer avance de lo
que había conseguido reconstruir de Future Hydes ya había despertado
cierto interés en la editorial Tannhäuser.
Así que era verdad. Sus ideas no
eran tan malas. Solo necesitaban tomar forma, en lugar de seguir... sí,
soñándolas. ¿Quién sabía cuántos libros tenía aún reservados el Joven? ¿Cuántas
de aquellas ideas inconclusas habían encontrado una forma acabada en el mundo
de los sueños? Y, además, ¿tendría aquel irritante muchacho alguna idea propia,
no robada a traición de la mente de Eddie?
A partir de entonces comenzó a
acostarse cada vez más temprano, con el propósito deliberado de regresar a
aquel bosque onírico de libros que, al fin, iba haciendo realidad para
convertirse en el Escritor con el que siempre había soñado.
Ya disponía de varios manuscritos
suficientemente avanzados para completarlos: Future Hydes, Sobre el
escenario oscuro y Teatro cruel, una continuación protagonizada por
el mismo director maldito, que se adentraba en el ocultismo para conferir a sus
espectáculos la intensidad de un rito chamánico. La reservaría para el caso de
que la primera novela tuviera éxito y el editor le pidiera volver al escenario
de la condenación.
Sus jornadas en la realidad de la
vigilia se habían convertido en una desvaída espera del vibrante momento de
colocarse la mascarilla de respiración asistida y hundirse en el sueño creador,
para volver a vivir en el mundo que sentía como verdaderamente suyo.
Deambulaba por la casa entre el
aburrimiento y la impaciencia, aguardando la llegada de la noche y el momento
de acostarse, porque nada le producía una embriaguez comparable a arrancarle al
sueño hallazgos literarios capaces de satisfacerlo.
Hallazgos que, por fin, hacían
realidad aquello que él solo nunca había sido capaz de realizar.
El resto de su existencia se había
reducido a una insípida supervivencia sometida a las necesidades del cuerpo:
comer, ir al baño, lavarse, hacer las compras para volver a comer por la
noche... y así sucesivamente.
Su frenético ocio se vio
interrumpido por una llamada telefónica de la enfermera, dominadora absoluta de
su destino terapéutico.
Al finalizar la semana tendría que
presentarse nuevamente en el hospital para devolver el aparato CPAP.
La prueba llegaba a su fin.
Después sería libre de decidir si
compraba por su cuenta el aparato para seguir utilizándolo hasta el final de
sus días o si iniciaba los trámites necesarios para...
—¿Al final de la semana?
No había previsto que la búsqueda
onírica de sus tesoros literarios fuera un viaje con fecha de caducidad.
Tenía que darse prisa.
Debía extraer de sus viajes a la
dimensión del Joven todo cuanto pudiera para alimentar sus futuras obras.
Basta de vigilia.
Si aquella máquina abría, de algún
modo que él jamás llegaría a comprender, una puerta hacia otra realidad, tenía
que encontrar la manera de prolongar al máximo aquel prodigioso fenómeno.
Y, si lo conseguía, se trasladaría
definitivamente al Otro Lado, ocupando el lugar del Joven, igual que Hyde
sustituía a Jekyll.
Porque, a esas alturas, ya había
comprendido que aquel parecido no podía ser casual.
El Joven era él mismo muchos años
atrás: más ágil, más fuerte, más sano.
Y, sobre todo, más confiado.
Más de lo que él había sido nunca,
incapaz de dar vida por sí solo a aquellos libros durante los años que lo
habían conducido a convertirse en la Ruina que era ahora.
No era otro quien escribía aquellas
historias en su lugar.
Era él mismo. ÉL. Años antes. Quizá
el Otro Lado no fuera otro lugar, sino otro tiempo. Tal vez el aparato lo
estuviera llevando hacia atrás en el tiempo. Fuera cual fuese la explicación,
el resultado era siempre el mismo: una segunda oportunidad en la vida.
Debía intentar quedarse dormido y
prolongar un único Gran Sueño hasta el momento inevitable de devolver el
aparato, recogiendo los frutos que habían permanecido demasiado tiempo dentro
de él, en el pasado.
Quién sabía si aquel misterioso
tubito que le habían dicho que no utilizara podría servir de ayuda...
«Solo se usa en algunos cuadros
especialmente agudos...»
¿Cuáles? ¿Cuáles eran esos casos
tan graves que requerían el tubito adicional? Tal vez escritores especialmente
perezosos y torpes, incapaces de recuperar bien sus ideas desde el Otro Lado. Quizá
también sirviera para músicos, directores de cine... ¿O era él un caso único?
¿Una conjunción astral irrepetible, producida únicamente en este lado del
desconocido Kadath?
Lo mejor era probar. Al fin y al
cabo, ¿qué podía perder? La experiencia terminaría de todos modos el viernes
siguiente.
Todo o nada.
Conseguiría el germen de un opus
magnum que le otorgara la inmortalidad artística: El castillo francés
sobre la cuarta cuerda, un gran misterio musical alimentado por la
verdadera historia del rock, entrelazada con enigmas inexplicables.
¿Y si había efectos secundarios? ¿Y
qué? ¿Quién quería ya aquella otra vida descolorida de consultorías redactadas
en un lenguaje pomposo para cobrarles a las empresas por un poco de humo de
marketing? Cuando uno está dispuesto incluso a morir, si es necesario, todo lo
demás deja de dar miedo.
¿Y si el tubito arruinaba la
transferencia?
Bueno, lo desconectaría y volvería
al tratamiento habitual, sin quitarse nunca más el respirador. ¿Y si el efecto
secundario no fuera la muerte, sino una demencia senil?
Tener todos sus libros delante y no
recordar siquiera qué eran; ser incapaz incluso de reconocerse en sus propios
logros.
Había que intentarlo de todas
formas. No podía existir una demencia peor que perder todo lo que había
conquistado. Preparó el aparato. Después tomó una generosa dosis del somnífero
que casi nunca había utilizado hasta entonces, con la esperanza de propiciarse
el sueño más largo que biológicamente fuera posible.
Se acostó en plena luz del día,
bajó las persianas y esperó que llegara el sueño, saboreando de antemano los
amores de Chopin y George Sand, y luego las historias de Iggy y Ziggy en el
estudio de grabación del castillo francés, entre lecturas cabalísticas,
cocaína, suicidios y fantasmas convertidos en música.
Pensó incluso en favorecer el viaje
con un buen disco de fondo, al menos hasta quedarse dormido.
La elección recayó en el histórico Surrealistic
Pillow, de Jefferson Airplane.
Con la cabeza apoyada sobre aquella
almohada surrealista, Eddie aguardó el sueño mientras disfrutaba de las
prometedoras inspiraciones carrollianas de los jóvenes hippies de San
Francisco.
Estaba algo nervioso. Esta vez el
viaje significaba demasiado. No era fácil relajarse lo suficiente para
dormirse. Comenzó a repetirse mentalmente la lista de los discos históricos
grabados en el Château d'Hérouville, en Francia, cuyos misterios pensaba
revelar en su thriller sobre el mundo del rock...
Pero no funcionó.
Ni siquiera la enumeración de las
colaboraciones imposibles entre grandes músicos ya fallecidos consiguió apagar
aquel cerebro cada vez más excitado y despierto. Y dolorido.
Entonces conectó, por fin, el
misterioso tubito a la mascarilla.
Inspiró profundamente el aire
impregnado del perfume de sintetizadores azulados y abstractos que penetraba
con renovada potencia en sus fosas nasales, haciéndole sentir en todo el cuerpo
un álbum celestial de Miles Davis y Jimi Hendrix, junto con otros imposibles
deleites paradisíacos cuyos contornos empezaban ya a desdibujarse.
Y desapareció por completo el dolor
de cabeza.
Hasta que, finalmente, sin saber
cómo –porque nunca se sabe exactamente cómo ni cuándo uno se queda dormido–, se
encontró al Otro Lado.
Justo en los puestos fronterizos de
Carcosa Port, donde la fila de los pasajeros se dividía entre Residentes
y Visitantes.
Eligió Residentes. Le pareció una
opción más profesional. Al fin y al cabo, no pensaba limitarse a hacer una
excursión turística con todo incluido por el Parnaso de las artes.
Pasó, emocionado, junto al grupo
formado por H. P. Lovecraft, R. W. Chambers y C. A. Smith, que discutían
acaloradamente sobre el renacimiento de Weird Tales y acerca de si las
portadas debían confiarse al veterano Walter Sickert o a la joven y más audaz
Jane Mason. Después mostró su pasaporte a Paul Kantner, de Jefferson Airplane,
quien lo dejó pasar con una sonrisa cómplice sin siquiera revisarlo.
Echó a andar hacia el bar de aquel
sublime puerto espacial, donde Miles Davis y Prince intentaban convencer a
David Lynch para que dirigiera el videoclip de su nuevo álbum de funk
sauvage.
Se preguntó dónde estaría el Joven.
¿Habría una sala de conferencias
donde presentaría su flamante thriller ocultista-musical, ya
completamente terminado? No lograba decidir si esa posibilidad le provocaría
alegría o rabia. Y, además, ¿era el único que podía circular allí abajo en dos
versiones temporalmente distintas? ¿O debía esperar encontrarse también con el
joven Burroughs dando lecciones al joven Kerouac, mientras el Burroughs anciano
conversaba con Kurt Cobain? ¿Y Leonor Fini, disfrazada de gato en una fiesta
junto a Anna Magnani y Jean Genet? ¿Qué edad tendrían allí? La respuesta llegó
en forma de un saludo amistoso.
Arthur Machen y Robert Bloch lo
habían reconocido desde lejos.
—Siempre tan viejo muchachón
nuestro Eddie, ¿eh? ¿Cómo va eso, jovencito? ¿Sigues bebiendo la pócima de
Jekyll para mantenerte en forma? ¿Todavía estás escribiendo esas historias
sobre músicos degenerados del siglo XX?
Solo entonces Eddie se vio
reflejado en la vidriera del bar. No encontraría al Joven en ninguna sala de
presentaciones, presumiendo de un libro nuevo. Porque él era el Joven. El Joven
era él mismo. Había recuperado, por fin, la imagen de sí mismo que siempre
había conservado en la memoria y que ya no encontraba en el espejo de su casa: ni
un gramo de barriga, el cabello abundante y desordenado, ningunas gafas para
leer lo que escribía, ningún dolor en las articulaciones, y bajo el brazo el
mismo apetitoso montón de libros, todos suyos, lo sabía con absoluta certeza.
El Joven era el Yo Perfecto que
siempre había anhelado.
Ahora podía sentirse orgulloso
incluso del clima de camaradería que compartía con dos de sus grandes ídolos de
la literatura fantástica, Machen y Bloch.
Pero se le heló la sangre al oír su
propia voz responder:
—No. Lo he dejado momentáneamente
en un cajón para dedicarme a un nuevo relato.
—¿Y de qué trata, amigo mío?
—preguntó Bloch, conocido admirador también de la saga de Jekyll y Hyde y de
las hazañas de Jack el Destripador.
—Bueno... trata de un viejo
fracasado que depende de un respirador artificial para poder dormir. Ya ni
siquiera recuerdo de dónde salió una idea tan triste...
Mario Gazzola (Milán, 1964) es escritor, ensayista
y periodista cultural. Es autor de las novelas Rave di morte (2009), Buio
in scena (2022), Hyde in Time (2023) y la distopía Situation
Tragedy (2024), varias de ellas ilustradas por Roberta Guardascione. Junto con Andrea Carlo Cappi
editó la antología Fantasmi di oggi e leggende nere dell’età moderna
(2025). Recibió el Premio Vegetti (2019) por el ensayo FantaRock y el
Premio Torre Crawford (2022) por el cuento La bambola di scena. Ha
publicado relatos en diversas antologías y revistas especializadas, y ha
desarrollado una extensa labor como crítico de música rock, cine y teatro.
Cofundador y director del sitio Posthuman.it, también colaboró con el
programa televisivo Wonderland (Rai 4) y con la Enciclopedia Treccani
della Musica del XX Secolo. Además, ha trabajado como guionista, realizador audiovisual y
fotógrafo.

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