Víctor Lowenstein
Downing,
el bar de Penny, no era el lugar más elegante de la zona portuaria de
Liverpool, pero a fuerza de ser el puerto más activo y bullicioso de la costa
oeste de la isla se podría decir que gozaba de alguna buena reputación. Su
barra solía estar atestada de borrachos de a pie, y olía tan mal como ellos,
pero por allí circulaba suficiente cerveza para llenar barriles de bodega y
bolsillos como los de Penny, el obeso y grasoso dueño del bar, tan bebedor como
cualquiera de sus buenos clientes, de los que había en cantidad pues los
comerciantes ricos de la franja del Lane iban con frecuencia a calmar su sed a
la atestada barra del bar de Penny, quizá el único donde se servía la cerveza
acompañada por salame, que cada cliente podía cortar en el grueso de rodajas
que quisiera, acompañado de pan del día. Ya dije que no era un mal bar, incluso
contaba con un salón con mesas y sillas para los comensales que gustaban beber
sentados. las mesas no tenían manteles ni estaban muy limpias, pero le
otorgaban al Downing cierto prestigio de taberna medianamente decente, al
menos.
Los sábados por la tarde el bar cobraba una inusual vida. Por allí se
dejaban ver las caras conocidas. El enorme Gordon Henney, dueño de una cadena
de mercerías y posiblemente uno de los hombres más ricos de Lane. Le seguían el
licorero Chase y el sastre Malykan. Más lejos se ubicaban Doyle, levantador de
apuestas, Del, aduanero, y Kevork, estibador retirado. Los tres se acodaban
juntos para beber, conscientes de su menor rango social.
Cada cual tenía lo suyo. Henney era el más desaforado y aspaventoso.
Podía repetir a los gritos y sin cansarse que era "el empresario más
exitoso de todo Londres" y que tenía más dinero que todos los allí
presentes, incluido Penny. Un asco de sujeto. Chase y Malykan lo detestaban por
igual, pero eran lo bastante hipócritas para brindar en su honor cada una de
las muchas veces que los invitaba con una nueva ronda de bebidas.
Doyle, Del y Kevork eran a fuerza los más discretos. vestían gastadas
gabardinas y bebían callados y sin molestar a nadie. A Doyle y Del les tocaba
el último lugar en la barra; a Kevork el cuchillo más desafilado de todos los
que Penny repartía para cortar el salame, por lo que se hizo popular entre la
muchachada por llevar el suyo propio; en rigor una pequeña navaja con mango de
peltre, muy oxidada en los costados.
Entre Gordon Henney y Brian Kevork existía una relación muy peculiar.
Eran, claramente, extremos opuestos de un mismo círculo social. Henney era el
rechoncho burgués, vanidoso y extrovertido. Kevork, el flaco proletario,
humilde y callado. Rara vez hablaba y pocos conocían su voz, que era grave y
aguardentosa. Chasqueaba su lengua agrietada sólo para ordenar cervezas, que
bebía hasta quedar casi inconsciente. En eso y sólo en eso se parecía a su
contraparte, Henney: el obeso comerciante no paraba de hablar de sí mismo, de
su posición, sus excelsos trajes y hasta de la delicadeza de sus rasgos de
alcurnia. Al resaltar así su agraciada estampa, aprovechaba invariablemente
para mencionar la nariz de Kevork. La nariz del ex estibador era carnosa y
torcida, y lo afeaba bastante, razón por la que Henney lo acechaba con todo
tipo de burlas.
—Eh, tú, portuario, no vayas a hundir mucho esa narizota en la jarra
de cerveza, o se la beberá por ti —le gritaba, entre tremendas risotadas
compartidas por los parroquianos chispeados del bar. Kevork toleraba las burlas
sin un resoplido. incluso, cuando la tarde estaba avanzada y varios cabeceaban
por la ebriedad, Henney solía acercarse a Kevork y rodearle los hombros con su
brazo para seguir las chanzas, sin que el "portuario" mostrara el
menor interés en responder las ofensas.
Henney no estaba desadvertido. Brian Kevork era un tipo indudablemente
tranquilo, pero de buena estatura y robustos brazos. Sus manos eran como pinzas
de cangrejo, grandes y fibrosas. Aunque nunca pronunciaba una queja, sobre
aquella gibosa nariz suya brillaba lúgubremente una mirada gris de rencores
apenas ocultos que nadie precavido hubiera tomado en solfa.
—¡Ya. déjale en paz, Henney! —le advertía Chase atusando sus finos
bigotes—. ¡El tío Kevork te va a dar una paliza un día de éstos!
—¡Bah! ¡Vete a vender tu licor! —se mofaba el mercero.
—¡No lo provoque más! —susurraba Malykan a su oído, ahuecando sus
finas manos— o te clavará su cuchillito donde menos te gusta, viejo aspaventoso...
—¡Hala! ¡A zurcir calzones, costurero! —le respondía
despreciativamente Henney.
Hasta Penny, que presenciaba el descaro con el que el mercero le
rodeaba la espalda al ex estibador, lo llamaba casi con asco
"portuario", y acercaba su cara a esa otra cara ruda que apenas hacía
un gesto, para escarnecerlo con sus burlas, podía observar cómo la expresión
del viejo estibador se agriaba y endurecía y sus ojos iban adquiriendo una
mirada torva cuando no temeraria. No obstante no movía un músculo, salvo para
continuar bebiendo como si nada. Penny temía una desgracia y se lo hacía saber
a su mejor cliente.
—Gordon, por amor de Dios, deja de molestarlo —le decía cerca de su
oído, pero Henney lo despachaba entre risotadas y pedidos de escocés, que se
iba a beber con sus amigos a alguna de las mesas, ya molesto por los recelos
del cantinero.
El
ataque nocturno a Gordon Henney, semanas después, conmocionó a buena parte del
barrio de Lane. Los vecinos que oyeron sus alaridos aquel sábado a la
medianoche afirmaban que lo encontraron al pie de una columna del Dorsey Street,
con las menos conteniendo su cara ensangrentada. Al intentar examinar sus
heridas, quienes lo habían encontrado fueron presa del horror, pues el agresor
le había mutilado enteramente la nariz con un objeto cortante. Rayones de la
misma arma afilada marcaban el frontis de la columna en buen número, lo que
decía mucho sobre la furia del atacante. Fue llevado en andas a una sala de
primeros auxilios de Doverty, donde lograron detener la hemorragia para
trasladarlo a un hospital de clínicas.
En el Downing la noticia corrió como pólvora encendida. El suceso fue
objeto de múltiples comentarios por parte de todos los parroquianos del bar.
Henney era, claramente, el tipo más odiado del vecindario. Lo repudiaban tanto
deudores como acreedores, clientes estafados y comerciantes arruinados por su
competencia desleal. Gordon Henney no era de los comerciantes honestos que
saben ganar el afecto de sus conocidos. De hecho, su hijo mayor había sido
recientemente desheredado durante un pleito familiar y se rumoreaba que le
había jurado venganza.
Chase y Malykan se dejaron caer por el bar una semana más tarde.
contaron, entre tragos y risas que Henney se restablecía muy lentamente en su
casa, fuera de peligro pero horriblemente desfigurado y sin intenciones de
dejarse ver por nadie. Su buena esposa los había atendido en la puerta de su
residencia, sin decirles mucho más. Malykan se lamentaba ya que Gordon ya no
pagaría más cervezas, en tanto Chase confesó que echaría de menos los whiskies
con que solía invitarlos el mercero después de las pintas. Penny los escuchaba
rascándose la barbilla mal afeitada con sus dedos sucios, pensando que con
amigos así, Henney no necesitaba enemigos, aunque debía tenerlos.
Era curioso que, habiendo tenido tantos enemigos, nadie debatiera
abiertamente sobre el responsable del
ataque a Gordon Henney. Se notaba el rencor acumulado hacia el acaudalado
mercero. Con apretadas sonrisas los parroquianos comentaban la partida de su
primogénito a América, seguramente corrido por alejarse de toda culpabilidad
por el ataque a su padre. También se hablaba como al pasar de algunos
prestamistas que habrían decidido cobrarse a cuchillo las deudas de Henney. No
lo decían en serio, claro está, todo terminaba en un coro de risotadas y
eructos de cerveza. Penny, sin embargo, los escuchaba con atención, repasando
la barra una y otra vez con el mismo mugriento trapo con el que se secaba las
manos grasientas. Pensativo, volvía la mirada constantemente hacia el mismo
bebedor al final de la barra: Kevork.
Con su gabarda gastada, las grandes manos aferradas al borde de la
barra para sostenerse y tan taciturno como siempre, el viejo estibador pasaba
las tardes frente a su cerveza, callado e inmóvil.
Con el tiempo, Chase y Malykan dejaron de frecuentar el Downing; ya no
estaba el mecenas que pagaba los tragos. Doyle, Del y Kevork ganaron el dudoso
privilegio de usar los cuchillos menos desafilados para poder cortar el salame
servido en la barra.
Los días pasaron, pero mientras cada cual se ocupaba de sus asuntos y
el ataque a Henney era ya un recuerdo, Penny no se podía sacar el tema de la
cabeza. Algo no encajaba en sus razonamientos. Mirando a Kevork cortar un trozo
de pan, una tarde de sábado, se acercó para darle un poco de conversación.
—Oye, Brian, ¿qué pasó con tu navaja de bolsillo? —preguntó con la
mayor inocencia.
—La perdí —respondió Kevork sin dejar de masticar pan con salame.
—Ah, la perdiste. Cuánto lo
siento —remató Penny dando por finalizada la charla.
El
siguiente sábado, el Downing permaneció extrañamente vacío. Del había fallecido
en su casa de un paro cardíaco, razón de la ausencia de varios clientes y por
la que el apostador John Doyle pasó sólo un rato para beberse un brandy y
saludar al compadre Kevork, que se quedó toda la tarde bebiendo sobre la barra
como era su costumbre. Cuando Penny lo vio buscando un cuchillo para cortar un
pan, aprovechó la ocasión para volver a hablarle.
—¿Y tu cuchillo, estibador? Veo que ya no lo traes contigo.
—Te dije que lo perdí —murmuró Brian Kevork, como si su respuesta
fuese la continuación de la misma pregunta formulada por Penny una semana
atrás.
John Doyle no volvió a aparecer
en el bar. Ni Malykan ni Chase ni Shawn ni Cook ni ninguno de los que
habitualmente cargaban su vejiga en los sábados del Downing. Londres empezaba a
sufrir una de las peores crisis económicas del viejo siglo, y las estrecheces
comenzaban a sentirse sobre todo en los barrios de las costas sureñas. En
consecuencia, una semana más tarde, y las que seguirían, la población sabatina
del Downing se redujo a cuatro o cinco bebedores, que tampoco bebían tanto como
antes del crack.
Penny estaba más decaído que nunca. Llevaba varios días sin bañarse y
tenía la barba crecida, ya que su tiento de afeitar estaba gastado y no tenía
un penique de más para reemplazarlo. Tan abatido e irritado por el infortunio
estaba que se acercó al incombustible estibador, con todo ánimo de molestarlo un
poco.
—Eh, portuario —le dijo acercándose—. ¿Sabías que todavía no
encuentran al atacante de Gordon Henney?
—Mmm... —murmuró Kevork, con la boca llena de pan y cerveza.
—Me preocupa —prosiguió el cantinero, empinando los codos en la
grasienta barra— pues el atacante no sólo se ensañó con su cara, sino que melló
con su cuchillo la pared donde cayó Gordon luego de ser herido... hay que tener
mucho odio para hacer algo así. ¿No crees?
El otro no respondió. A Penny no parecía preocuparle la falta de
correspondencia en el diálogo.
—¿Y tu cuchillo? Hace tiempo que no lo usas, amigo portuario; ¿acaso
lo perdiste?
Kevork dejó de beber, rebuscó en los bolsillos de su vieja gabarda
hasta que pareció hallar lo que buscaba. Era la navaja de peltre, que el
estibador dejó sobre la barra esta vez.
—¿Qué te parece? —preguntó un
animado Penny—. Ahí estuvo todo el tiempo...
Con toda parsimonia Kevork abrió su navaja. La hoja estaba picada y
rota, saltada en varias partes. Como si alguien hubiera hecho chocar el filo
contra un hueso al cortar carne, o la hubiese refregado contra una pared muchas
veces.
—Como verás —comenzó a decir Kevork, con voz de aguardiente— ya no
sirve para cortar nada...
Los ojos de Penny se encontraron con la lúgubre mirada del viejo
estibador. Dicho lo cual, volvió a cerrar la navaja para hacerla desaparecer de
nuevo en uno de sus bolsillos.
Penny, con mano trémula, le alcanzó el mejor cuchillo de la barra. Luego se corrió hasta el final, para enjugarse el sudor de la frente con el mismo mugroso trapo de cocina que utilizaba siempre.

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