Sergio Gaut vel Hartman
Después de la muerte de Jorge anduve un tiempo juntando recuerdos
por todos los rincones de la casa, como si fueran ropa sucia, y guardándolos en
un canasto con la esperanza de sacarlos algún día, lavarlos, tenderlos al sol,
plancharlos y tal vez usarlos… como se hace con una vieja camisa, gastada pero
cómoda. Pero fue una falsa esperanza; no funcionó.
La tristeza que me impregnaba era tan fuerte que la
casa se convirtió en una prisión, y cada minuto empezó a parecerse a los que
miden una condena a reclusión perpetua, instantes tan sórdidos que sumados te
hacen desear la pena máxima, el final del suplicio. Deambulaba por las
habitaciones arrastrando los pies, levantando un objeto para dejarlo de
inmediato en su sitio, procurando que no cambiara de posición ni siquiera un
milímetro. Hice varios inútiles inventarios y descubrí que las cerámicas y
marfiles pueden tener más vida que un ser humano, en especial si ese ser humano
está lastimado, si el dolor enquistado en su carne actúa como un veneno que lo
paraliza.
Pero algo tenía que hacer para no hundirme por
completo, por lo que me obligué a actuar, aconsejada por parientes y amigos, y
adquirí la costumbre de caminar por el barrio todos los días, peregrinando por
las calles que Jorge y yo habíamos recorrido juntos tantas veces. Caminaba y
caminaba contemplando distraída los jardines y fachadas; bares, parques,
negocios, monumentos. Pero no obtenía ningún placer haciéndolo. Era agradable,
suave, pero no tardé en descubrir que era menos peligroso permanecer encerrada,
ya que cada esquina terminaba siendo un puñetazo en la mandíbula propinado por
los recuerdos, los benditos y malditos recuerdos…
Así que renuncié a los paseos para quedarme las
mañanas, las tardes y las noches mirando televisión, con la mente en blanco,
sin el menor interés en lo que estaba viendo. ¿Qué hacer? ¿Mudarme? Me inhibía
por completo la sola idea de embalar los objetos y sentir que cada uno de ellos
era un pasaje de ida a la nostalgia, una invitación a la melancolía. Una
querida amiga sugirió que fuera a un lugar de encuentros, que allí podría
conocer a un hombre con el que rehacer mi vida. ¿Rehacer mi vida? Mi vida no estaba
deshecha, solo había dejado de existir, era una nulidad, un enorme agujero
vacío.
El otoño fue tétrico y el invierno espantoso. Creo que
leí una veintena de novelas, aburrida de la televisión y vi mil programas
idiotas, harta de las ficciones ridículas en las que la gente padecía problemas
más vastos y lacerantes que los míos, pero los resolvía con una facilidad que
me aterraba. Sin problemas económicos ni hijos que me requirieran ni nietos a
los que amar, seguí hundiéndome en la ciénaga, olvidada en medio de un
territorio inhóspito que nadie atravesaba.
¿Preguntan si lloré? Lloré hasta secarme, hasta que me
convencí de que llorar no serviría de nada, que Jorge no iba a regresar y que
yo no poseía el valor suficiente como para ir en su busca. El peso aplastante
de mi falta de fe se hizo sentir en ese momento. Si por lo menos pudiera
fantasear con un lugar más allá de la vida, en el que él me estuviera
esperando.
Septiembre no
fue mejor que agosto y octubre mucho peor que cualquier mes de cualquier año.
Las horas, elásticas, se estiraban con una perversidad digna de monstruos de
ficción, y mi ansiedad por abandonar la casa empezó a mezclarse con la
imposibilidad de poner un pie fuera de ella. Oscilaba como un péndulo, bipolar,
perpleja, aturdida como una liebre encandilada en medio de la ruta. ¿No hay
salida? No la hay, respondí a la pregunta que no necesitaba ser contestada.
De todos modos, poco antes de Navidad cerré la casa y
partí hacia la playa. Al principio ignoraba mis motivos para hacerlo, aunque
tal vez imaginé, refugiada en un cuarto cerrado de mi mente, que poner
distancia con los objetos y lugares cotidianos me ofrecería una oportunidad de
ver las cosas desde otra perspectiva.
No era cierto. Lo que estaba buscando era recuperar un
momento vivido junto a Jorge, tres años atrás. Iba en busca de aquel instante
de mágica zozobra, cuando sentados en las gradas de un improvisado anfiteatro,
asistimos a las evoluciones de una joven pareja de acróbatas. Aquel verano,
acunados por la música perfecta y desolada del Adagietto de
Tampoco funcionó. En la plaza había payasos, idiotas
con guitarras y armónicas, jugadores de ajedrez, titiriteros, pero ellos no
estaban. Tonta de mí, pensé. ¿Qué me hizo suponer que estarían en ese mismo
lugar, tres años después, volando y girando en el aire, acunados por la sublime
música de Mahler? ¡Hay tantas playas!
Abandoné la plaza y caminé hacia el mar. El verano
declinaba. Pronto comenzaría el éxodo; el desierto y el silencio ganarían la
batalla. Los muelles, en los que se movían unos pocos pescadores, se hacían eco
de mi desolación. Me dirigí por la rambla hacia el puerto, alejándome del
centro, tratando de hurgar en la penumbra para hallar a mi fantasma perdido.
Pero Jorge no estaba, por supuesto. Mis fantasías seguirían siendo eso, sombras
condenadas a permanecer en sus cofres, collares de nada, pájaros de espuma que
se disuelven en la noche.
Me acodé en la balaustrada de la rambla y dejé que mis
lágrimas corrieran sin ningún pudor. De todos modos, nadie podía verme, y si
alguien me viera, me dije… ¿a quién le importa una vieja que llora a su amado
muerto? Lo irrecuperable de la situación me tomó por asalto una vez más, pero
no me resistí. Así sería hasta el final, y por primera vez deseé que ese final
no se demorara demasiado.
Tardé un momento en advertir que, a unos metros de
donde yo estaba, un malabarista revoleaba sus clavas con pericia pero sin
voluntad. Nadie observaba su acto, y me pareció raro que siguiera lanzando y
recogiendo, lanzando y recogiendo, en una repetición mecánica de la rutina.
Pero de pronto se detuvo, recogió las clavas y me encaró directamente.
—La estaba esperando —dijo.
—¿A mí? —Mi perplejidad era genuina. Era aquel
acróbata, el muchacho que, colgado de un armazón metálico, lanzaba a su pareja
entre lienzos rojos y amarillos, le sujetaba la mano o se la soltaba para que
se precipitara al abismo; la alzaba y la volvía a soltar, formando una
coreografía demente que no parecía tener fin. Era él, por cierto. Pero ¿me
estaba esperando? Nunca habíamos cruzado una palabra, no podía recordarme, yo
era una sombra más, perdida entre el público, hipnotizada por los giros y la
música.
—Sí, a usted —dijo—. ¿Por qué no? Mahler quedó en silencio, ¿sabe? La música se extinguió. Ya no hay un Adagietto sonando en la plaza. No logré sujetarla y ella cayó desde siete metros. —Me tapé la boca con la mano y reprimí un sollozo. No supe qué decir, pero él sí supo—. Yo también me quedé solo, ¿se da cuenta?

No hay comentarios:
Publicar un comentario