viernes, 5 de diciembre de 2025

UN DÍA DE INVIERNO

Heiko H. Caimi


Nueva York, diciembre de 1948

 

Las calles alrededor del Princeton Club estaban cubiertas por una nieve acuosa que se aferraba a los zapatos y a los párpados como un peso suave, lento. Hemingway había llegado con diez minutos de adelanto, lo que para él ya era una pequeña derrota. Llevaba en el bolsillo una libreta gastada, llena de garabatos con preguntas que nunca haría. Había aceptado ese encargo para el New Yorker más por curiosidad que por entusiasmo. Entrevistar a Einstein –el físico, el pacifista, el cerebro que había firmado la carta a Roosevelt sobre la bomba– no le parecía exactamente su oficio. Pero al final, se dijo, todos los hombres son soldados después de la guerra, incluso aquellos que solo han usado la pluma, o una fórmula.

Albert Einstein estaba sentado en una sala reservada, las manos entrelazadas sobre la mesa como si estuviera rezando o esperando un diagnóstico. Vestía un suéter informe, los cabellos ralos como nubes estreñidas. Cuando vio a Hemingway, se levantó despacio y esbozó una sonrisa cansada.

—Señor Hemingway —dijo con un acento marcado, pero voz amable.

—Profesor —respondió Hemingway, estrechándole la mano con una fuerza contenida, como se haría con un hombre frágil pero no derrotado.

Se sentaron uno frente al otro. Entre ellos, solo un cenicero, dos vasos de agua y el silencio tenue de quienes están acostumbrados a ver el mundo derrumbarse desde ángulos distintos.

—¿Usted fuma, profesor?

—Solo cuando me siento optimista.

—Entonces le ofrezco uno de todas maneras.

Hemingway encendió un cigarro y se lo pasó, luego encendió el suyo.

—No sé por dónde empezar —dijo, observando las venas azuladas de su propia muñeca—. No soy bueno con los hombres de ciencia. Prefiero los tipos que disparan, beben y luego se confiesan. En ese orden.

Einstein alzó ligeramente los hombros.

—Yo también prefiero a quien se confiesa. Pero hoy se prefiere a quien calla.

Hemingway hizo medio gesto de sonrisa.

—Usted dijo una vez que la guerra no puede ser humanizada, solo puede ser abolida.

—Es cierto. Aún lo creo.

—Entonces, ¿por qué le escribió a Roosevelt para construir la bomba?

El científico bajó la mirada. Su cigarro se consumía en el cenicero. Aspiró levemente el humo. El tiempo pareció espesarse en la habitación.

—Por miedo. —Suspiró—. No de la bomba, sino de los alemanes que la estaban construyendo. De esa ciencia. Aún no era ciudadano estadounidense. Era judío. Había perdido amigos, familiares. Alemania se había convertido en una fábrica de muerte.

—¿Y después?

—Después, comprendí que con mi… ciencia había contribuido a crear un monstruo que nadie podía ya controlar. ¿Ha disparado usted alguna vez contra un hombre que le pedía piedad?

Hemingway miró el cristal empañado de la ventana.

—No. Solo contra aquellos que disparaban primero. Pero a veces los soñaba pidiéndome piedad. Y entonces yo… no disparaba. En los sueños nunca soy tan valiente como en la realidad.

Einstein asintió lentamente.

—Entonces usted es más honesto que muchos generales.

El escritor hizo una pausa, dio una larga calada a su cigarro y luego dijo:

—Quien aprieta el gatillo siempre está más cerca de la muerte. Pero usted, profesor, lo tocó de todos modos.

Einstein entornó los ojos.

—Sí. Y la diferencia entre la teoría y la sangre, en cierto punto, se vuelve muy fina.

Hemingway se recostó en el respaldo.

—Usted dijo también: no había previsto Hiroshima. Nadie puede prever el coraje de un hombre que ha dejado de temer a Dios.

—Es una frase que ya no consigo pronunciar en voz alta —murmuró el científico.

—Yo, en cambio —dijo Hemingway—, prefiero a los que tienen miedo. En la guerra he visto hombres con el corazón abierto que aún intentaban fumar. Pero nunca a nadie con la mirada tan vacía como la suya cuando dice la palabra ciencia.

Einstein no respondió enseguida. Luego dijo:

—Quizá porque ciencia se ha convertido en una palabra militar.

El silencio volvió a posarse entre ellos. Hemingway tomó la libreta y la hojeó, luego la cerró.

—Esta entrevista no saldrá nunca.

—¿Por qué no?

—Porque usted es demasiado lúcido, y yo estoy demasiado borracho como para escribir algo que esté a la altura. Y además, este es un diálogo entre dos hombres que tienen miedo, no un artículo para una revista.

—Temo que incluso el New Yorker prefiera las certezas. —Einstein se levantó para servirse un vaso de agua—. ¿Qué escribirá, entonces?

—Tal vez nada. Tal vez un cuento en el que un viejo científico habla con un soldado que ya no puede matar, y juntos descubren que el mundo ha cambiado demasiado rápido. Demasiado rápido para cualquiera que tenga un alma… o un cerebro.

Einstein sonrió apenas.

—Si lo escribe, lo leeré.

—Si lo escribo, lo quemaré.

—¿Por qué?

—Algunas cosas es mejor mantenerlas vivas solo en la memoria.

—O en la conciencia.

Se despidieron con otro apretón de manos, esta vez más breve. Cuando Hemingway salió, la nieve se había convertido en lluvia. Se detuvo bajo un soportal, encendió otro cigarro y miró el reloj. Aún tenía tiempo para un trago. Luego, quizá, escribiría un relato que nadie publicaría, pero que le permitiría, al menos por una noche, dormir sin sueños.

 

Posdata

del llamado “Manuscrito encontrado de Ernest Hemingway” – cuaderno Moleskine, borde rojo, hallado en la finca cubana después de 1961. Anotación sin título, tinta azul, corregida a lápiz en el margen.

 

No era un hombre de guerra. Eso me impresionó de inmediato. Tenía la mirada de alguien que solo ha visto la guerra desde detrás de un escritorio. Y, sin embargo, le temblaban las manos como a un veterano. No el temblor de los cobardes, sino el de quien ha hecho algo que no consigue olvidar. Hay una diferencia. Los cobardes olvidan rápido.

Nos encontramos en una habitación en la planta baja, con cortinas pesadas que olían a naftalina y a papel viejo. Yo tenía en el bolsillo una lista de preguntas, cosas de revista, del estilo “¿Qué piensa de la relatividad aplicada a la moral?”, o alguna otra estupidez buena para un intelectual de cóctel.

Él no estaba interesado en hablar de fórmulas. Quería hablar de la bomba. No de la ciencia que había llevado a construir la bomba, sino del ruido que hace cuando cae. De la piel que se derrite, del niño que camina sin rostro. Hablaba despacio, pero cada palabra le pesaba en la boca como plomo fundido.

Me dijo que le había escrito a Roosevelt para impulsar el proyecto, pero que luego Truman había hecho lo que nadie quería decir en voz alta: usarla de verdad. Lo dijo casi en un susurro: «No había previsto Hiroshima. Nadie puede prever el coraje de un hombre que ha dejado de temer a Dios».

Yo no dije nada. En la guerra he visto hombres con el corazón abierto que aún intentaban fumar. Pero nunca a nadie que tuviera la mirada tan vacía como él cuando pronunciaba la palabra ciencia. Parecía que cada sílaba fuese un golpe asestado a la memoria.

En un momento me preguntó:

«Usted que ha combatido, ¿cree que matar a un hombre es diferente de construir el arma para hacerlo?».

Yo respondí:

«Quien aprieta el gatillo es siempre quien está más cerca de la muerte. Pero usted, profesor, la tocó igualmente».

Nadie rio. Ni siquiera yo.

Tenía hambre y frío. Él tenía algo peor: lucidez.

Aquella noche escribí unas pocas líneas. Nunca hice un artículo. Era una conversación entre dos hombres que sabían demasiadas cosas y habían olvidado demasiado pocas.

Y además, ¿quién diablos habría querido leerlo?

(En el margen, a lápiz: «Reescribir sin la última frase. Es demasiado verdadera»).

Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

  

jueves, 4 de diciembre de 2025

MISTER BARKALOT SALVA AL MUNDO

Guy Hasson

 

A Mister Barkalot no le gustaban las sirenas que precedían a los ataques aéreos. Sentía que a Mamá, Papá y a los tres chicos tampoco les gustaban. Así que, en cuanto sonaba una sirena, Mister Barkalot ingresaba al modo ladrar-mucho. Porque, si no, ¿cómo iba a saber la sirena que tenía que irse a otro lado? Y cuando veía que todos se ponían más nerviosos, él se ponía en modo ladrar-mucho-más, porque si no, ¿cómo iba a saber la sirena que ese lugar estaba bajo una protección muy seria? Luego todos se iban al refugio. Había mucha gente y también otros perros, pero no era nada agradable. Todos estaban nerviosos, y esa era claramente su forma de decirle a Mister Barkalot que él tenía que resolver el problema. Así que Mister Barkalot empezó a perseguirse la cola mientras todos le gritaban, y eso resolvió el problema de inmediato. Todos se calmaron y se fueron a casa. Y Mister Barkalot se sintió muymucho orgulloso.

Más tarde hubo otra sirena. Así que lo primero era lo primero: ¡Ladrar mucho! Y cuando eso no ayudaba: ¡Ladrar mucho más! Luego todos se fueron al refugio. Había mucha gente otra vez, y perros, y seguía sin ser agradable. Mister Barkalot sabía lo que tenía que hacer: se persiguió la cola mientras todos le gritaban. Pero esta vez nadie se calmó. Papá, Mamá y los chicos le pidieron que se sentara. Pero si estaban nerviosos, ¿por qué él iba a sentarse? Finalmente, se sentó. Y entonces todos se calmaron y se fueron a casa.

Mister Barkalot entendió que debía haberse sentado para resolver todo, y se sintió de nuevo completamente muymucho orgulloso. Y así fue como, después de unas cuantas veces, desarrolló un sistema que siempre funcionaba, pasara lo que pasara.

Paso 1: Ladrar mucho.

Paso 2: Ladrar mucho más.

Paso 3: Perseguirse la propia cola mientras todos te gritan.

Paso 4: Sentarse.

Paso 5: Lamer la cara de absolutamente cada una de las personas, sin importar cuánto tiempo lleve, incluso media hora, hasta que todos se calmen y se vayan a casa.

Los rumores acerca de Mister Barkalot, el perro que podía detener sirenas de ataque aéreo y cohetes, se extendieron muy lejos y por todo lo ancho, y luego más lejos y más ancho. Y luego incluso llegaron lejísimos y anchísimos. El Primer Ministro y los altos generales del ejército enviaron gente en su nombre para ver exactamente qué hacía Mister Barkalot para detener los cohetes. Sacaron sus celulares, grabaron todo e incluso anotaron cosas en pequeñas libretas.

—Pero ¿cómo podríamos hacer nosotros lo mismo? —dijeron los generales—. ¡Nuestros soldados no tienen cola!

—¡Construiremos colas especiales! —dijo el general a cargo de la tecnología genial.

Y así fue como, en una semana, nuestros soldados fueron a la batalla con colas especiales. Primero, ladraron. Luego ladraron mucho más. Luego se persiguieron la cola mientras todos les gritaban. Ya se podía ver que los soldados enemigos no querían seguir luchando. Pero nuestros soldados continuaron. Primero se sentaron. Luego lamieron la cara de absolutamente cada persona. Y en un santiamén, zip-zap, así fue como todos se calmaron y nuestros soldados ganaron la batalla.

El enemigo vio la estrategia especial de nuestros soldados ¡y también quiso emplearla! Y así, en una semana, ambos ejércitos llegaron a la batalla con colas. Ambos ejércitos ladraron. Luego ambos se persiguieron la cola mientras todos les gritaban. Luego ambos se sentaron. Luego ambos lamieron la cara de todos, y zip-zip, rápido-rápido, la guerra terminó y hubo paz.

Todos los ejércitos del mundo vieron esto y copiaron la tecnología sin siquiera preguntar. Y así fue como, una semana después, hubo paz mundial.

Luego un día llegaron los alienígenas. ¿Querían conquistar el mundo y luchar con rayos láser? ¡Para nada! ¡Ellos ya conocían esta técnica especial! ¿Y cómo lo sabían? Bueno, eso sería un spoiler. Pero está bien, te lo cuento: resulta que todos los alienígenas se ven igual que Mister Barkalot.

—Bien está lo que bien ladra.

Guy Hasson es un dramaturgo, guionista y escritor israelí adscrito a varios géneros, entre los que se encuentra la ciencia ficción. Su trabajo como guionista y dramaturgo generalmente lo realiza en hebreo, mientras que su trabajo literario casi exclusivamente en inglés. Entre sus obras literarias se destacan: In The Beginning... (2001), novela corta; Hope for Utopia (2002), novela corta; Hatchling (2003), colección de cuentos; Life: The Game (2005), novela. En 2014 se publicó la novela Tickling Butterflies y en 2023 The Forgotten Girl, el primer libro de la serie 'Lost in Dreams'. Pueden leer la traducción online al español de “Hatchling”: https://axxon.com.ar/rev/163/c-163cuento8.htm. 


 

EL ACTOR

Krzysztof Dąbrowski

 

Ben Whiteman esperaba con ansiedad el anticipo en efectivo, pero con prudencia no encendía el holoputer: usar demasiado el aparato consumía verdes, y de momento todavía tenían fecha de caducidad.

Tenía veinte años y se había convertido recientemente en estrella del holocinema.

Un año antes había invertido como un idiota y perdió toda su pasta de la noche a la mañana: mil de las plateadas, sin límite de tiempo.

Sólo los VIP comerciaban con ese color y podían invertirlo.

Por si fuera poco, acabó en rehabilitación, lo que drenó su cuenta de todos los demás colores salvo el verde.

Por suerte, había aparecido la invitación para el siguiente holofilme y pronto recuperaría todas sus pérdidas.

El holoteléfono pitó y Ben, que era aficionado a pasearse desnudo por casa, empezó a vestirse de inmediato.

—¿Quién llama? —preguntó mientras se metía en una camiseta a toda velocidad.

—Dan Holtz —respondió el aparato con una agradable voz femenina—. ¿Conectar?

—Conecta —ordenó, con la intención de saltar rápido dentro del pantalón de chándal, pero se le enredó la pierna, perdió el equilibrio y se desplomó sobre el sofá. En el instante en que el interlocutor apareció en el aire, lo primero que vio fue el culo desnudo del joven actor.

—Ben… —el productor de su futura película desvió la mirada con desagrado ante aquella visión.

—¡Perdón, Dan! —Ben se subió los pantalones a toda velocidad y se dio la vuelta con las mejillas ardiendo.

—¿Estás metido en líos con… otra vez?

—Estoy limpio —aseguró el chico, levantando las manos.

—Querría que te pasaras por mi despacho, digamos dentro de una hora.

—Claro, aunque ya hice la holofirma con el escáner cerebral, así que…

—Ben —lo cortó Holtzman—. Sabes que en ciertas cosas soy chapado a la antigua, y hay asuntos que prefiero tratar en vivo, cara a cara.

—Está bien —Ben se esforzó por contener un suspiro de decepción, porque era justamente lo que habría preferido evitar después del resbalón de hacía un momento—. Iré.

—Estupendo, nos vemos en una hora —murmuró el productor, y el holoteléfono se apagó.

—Tus verdes se están acabando —le informó la voz femenina del sistema de vigilancia del apartamento.

—Genial, justo lo que me faltaba —masculló el joven actor.

Todo indicaba que tendría que vender algo de más valor para que le alcanzara para el taxolot.

Miró instintivamente la colección de estatuillas recibidas en varios festivales de cine, y algo le dolió por dentro.

Encendió el holoputer, con la esperanza de que tal vez justo ahora entrara el maldito anticipo. Por desgracia, no apareció nada nuevo y, presa de un momento de desesperación, se gastó otro verde más. Al final eligió uno de los premios y se lo guardó en el bolsillo.

¿Y si…?

—¿Puedo pedir un préstamo? —preguntó.

—No tienes solvencia crediticia —respondió el sistema.

—Sería poca cosa y a corto plazo, cincuenta verdes y en dos días los devuelvo.

—Aun así, no se te considera solvente.

—Llevo dos meses limpio y he encontrado trabajo. Hoy o mañana me dan el anticipo.

—Lo siento —comunicó la agradable voz femenina una respuesta nada agradable.

Ben negó con la cabeza, incrédulo. Aquello era absurdo. A partir de mañana volvería a ser rico, quizá incluso desde esa misma tarde, pero por culpa de aquella maldita reunión tenía que deshacerse de uno de sus recuerdos más queridos.

Se acercó a la puerta, pero la puerta ni se inmutó.

—Abrí —gruñó, impaciente.

—Negado, ya no te quedan verdes —contestó con voz ronca masculina el sistema que flotaba sobre la puerta—. Pero puedes pagar escuchando veinte anuncios.

—Está bien, que así sea —respondió resignado, esperando que fueran cortos.

—¿Te falta efectivo? ¿No tienes la solvencia necesaria? ¡Llama o escribe a MomentsX!

—¿Y cómo se supone que pida un momento si no tengo pasta ni en el holoteléfono ni en el mail? —se exasperó.

—Al parecer, es una publicidad para los más previsores —replicó el sistema con voz de mujer, mientras la puerta, con un barítono masculino, soltaba otro anuncio.

La situación era sumamente irritante, pero por suerte ya no corría peligro de caer en los pegajosos tentáculos de la dictadura publicitaria que asolaba a los ciudadanos corrientes. Y aunque cayera en ella por un rato, en cualquier momento volvería a ser un hombre libre. Pero antes de convertirse en una estrella, cuando era uno más de los que perseguían papeles frustrados, había sufrido aquello a plena dosis: todo había que pagarlo consumiendo publicidad. Incluso los sueños eran creados y patrocinados por las productoras. Fuera lo que fuese lo que soñaras, el sistema te colaba los productos adecuados y los correspondientes eslóganes utilizando ondas cerebrales imitadas. Luego sonaba el despertador y, o tenías monedas para pagar para apagarlo, o tenías que aguantar otro anuncio. Pero lo peor de todo era que, para tener una erección, también tenías que escuchar unos cuantos spots, o los nanobots te disolvían algo en el cuerpo y no había forma de que aquello se levantara a la altura de la tarea. Así que no había más remedio: los escuchabas o los veías, y el efecto secundario era que algunas chicas se ponían de mal humor por eso y simplemente no querían hacer nada, sobre todo porque para activar el anticonceptivo también tenías que tragarte otra docena de anuncios.

Al final del día, a veces excitado y abandonado, con una erección que no bajaba, tenía que rematar el asunto por su cuenta, a escondidas y con una sensación de humillación total.

Se suponía que era un paraíso eso de poder pagar con anuncios cuando no se tenía dinero, pero en la práctica era un infierno…

Los ciudadanos corrientes, incapaces de ganar nada en un mundo robotizado, dominado por la inteligencia artificial, después de gastar la paga sólo podían salir del paso con eso.

—¿Va a tardar mucho? Tengo prisa y esta publicidad no se termina nunca —empezó a preocuparse Ben.

—Pueden aparecer algunos holoanuncios, en lugar de audio.

—Vale, venga —gruñó, y al cabo de un rato varias personas comenzaron a desfilar por su casa, tan realistas que él se apartaba instintivamente de su camino, aunque fueran inmateriales. Además, parloteaban entre sí, sonriendo como ratones frente al queso, mientras representaban sus escenas.

Ben se mordió el labio, dándose cuenta con resignación de que las escenas podían durar varios minutos cada una, así que en tiempo iba a ser lo mismo.

No, no voy a llegar tarde con el productor por culpa de unos malditos anuncios, se dijo, sobre todo porque su trasero ya había agotado de sobra el cupo de metidas de pata en lo que se refería a su jefe actual.

Desesperado, se fue hacia la ventana, que por suerte estaba entreabierta y no tenía que pagar para abrirla.

—¿Qué estás haciendo? —le alcanzó aún la voz preocupada del sistema mientras se escurría hacia afuera—. ¿Quizá necesites un tratamiento urgente con pago aplazado?

—¡A cagar! —siseó.

—Se ha detectado una palabra vulgar, recibes un punto de penalización.

No pensaba preocuparse por eso. Apenas salió fuera apareció otro problema: estaba en el tercer piso y el saliente era estrecho.

Demasiado alto para saltar, ni hablar de caerse, y bueno, ¿para qué quería un yeso un actor?

Pegado a la pared, empezó a desplazarse con cautela hacia el pararrayos, que era su única oportunidad para bajar sin arriesgar la vida.

Cuando por fin llegó al sitio indicado, jadeando por un fugaz ataque de pánico provocado por una paloma que le voló delante de la nariz, se dio cuenta de que tenía las palmas de las manos sudadas por los nervios. Se las secó en los pantalones, pero no sirvió de gran cosa, como tampoco ayudaba el calor que hacía afuera. Empezó a respirar hondo para calmarse, esperando que así le dejaran de sudar las manos. Le habría gustado cerrar los ojos para lograr un mejor efecto, pero temía perder el equilibrio, de modo que lo descartó. La conciencia de que el tiempo pasaba tampoco ayudaba; es difícil relajarse cuando uno siente la presión. Además, lo inquietaba la idea molesta de que, si se quedaba allí colgado demasiado, alguien lo grabaría o lo enfocarían las cámaras del sistema de la ciudad y el escándalo estaría servido.

Al final, en un acto de desesperación, decidió bajar por los balcones; sorprendentemente, le fue bastante bien hasta alcanzar una altura desde la que ya podía saltar a la acera sin peligro… momento que la paloma eligió para volver a volarle delante de la nariz. Soltó la barandilla por reflejo y se tiró, con lo que se enganchó los pantalones en un cable saliente durante la caída. Eso produjo un feo desgarrón en la parte trasera; sólo podía alegrarse de no haberse empalado.

Ben se sentía muy incómodo atravesando la avenida llena de gente con un agujero en el culo, pero aun así tenía que llegar a la casa de empeños más cercana que conocía.

Tiritando de nervios, sacó una estatuilla del bolsillo.

—¡Lo conozco! —se iluminó al verlo el androide que trabajaba allí—. Usted es ese, Bob, ¿cómo se llama…?

—Sí, exacto —Ben no pensaba corregirlo—. ¿Cuánto me das por ella?

—Bueno, puedo darle veinte verdes.

Ben rechinó los dientes, considerándolo un timo.

—Vale… pero guárdamela. En uno o dos días la rescato, pagándote más de lo que te gustaría.

—De acuerdo, señor Bob —respondió el androide con una sonrisa antinatural, y transfirió el importe calculado al chip bajo su muñeca.

A Ben se le desplegó ante los ojos la información de que se habían ingresado veinte verdes. Al mismo tiempo ordenó mentalmente que se mostrara la hora, y se dio cuenta, horrorizado, de que sólo le quedaban cuarenta y cinco minutos para la reunión.

Se dio la vuelta tan rápido como pudo.

—¡Señor Bob! —lo llamó el vendedor.

—¿Sí? —Ben habría perdido la paciencia hacía rato, pero le debía algo, así que simplemente giró para encarar al androide.

—Se le ve el trasero, señor Bob.

—Eh… —gimió, desesperado.

—Puedo ayudarle, sólo tiene que sacar el culo.

—¿Perdón? —tartamudeó Ben al oír la extraña propuesta.

—Si no, no puedo coser —añadió, cohibido, el androide.

Qué le iba a hacer; no le hacía ninguna gracia que el jefe le viera el trasero por segunda vez en el día.

Se inclinó hacia delante y notó unos pinchazos en las nalgas, por suerte acompañados de la sensación de que la tela volvía a cubrirlas. Todo habría ido bien de no ser porque, en un momento dado, sintió un pinchazo doloroso. Chistó y se incorporó de golpe.

—Lo siento —murmuró horrorizado el androide—. La aguja se fue un poco de lado, pero… está cosido.

Ben se palpó la parte de atrás del pantalón y, efectivamente, no quedaba rastro del agujero.

—Gracias —murmuró, y se dirigió a la salida.

—¡Señor Bob! —gritó el vendedor.

—¿Sí? —Ben ya habría perdido la paciencia, pero al fin y al cabo le debía una.

—¿Podemos hacernos una foto juntos, señor Bob? Soy su mayor admirador. Las he visto todas…

—La IA puede generarla.

—Pero no sería de verdad —protestó el androide.

Como si lo fueras, pensó Ben, posando con el mayor admirador de Bob; fuera quien fuese.

Apenas salió a la calle, ordenó enseguida un taxolot a través de la red cerebral.

Temía tener que esperar un buen rato, pero cuando todo va mal, algo tiene que salir bien, y así fue. El taxolot, viejo y sucio, apareció en un abrir y cerrar de ojos, aterrizando con un sospechoso chirrido de motores.

—A su servicio —dijo mecánicamente, sonando como si un robot estuviera vomitando tornillos.

Pese a la invitación, todas las puertas seguían cerradas.

—Se traban —explicó disculpándose al ver las cejas alzadas de Ben—. Hay que darles una buena patada.

Ben dio una buena patada, y lo hizo con tanta fuerza que se lastimó un dedo del pie. Jadeando de dolor, apretó los dientes mientras la puerta se levantaba con un chirrido espantoso.

—Se le ha cargado un punto de penalización por destrucción de la propiedad. Se le cobra de inmediato una multa de cinco verdes —anunció una voz mecánica desde el interior del taxi volador.

Sonó un clic electrónico y se le mostró la información del nuevo saldo.

—¿Pero cómo que…?

—Disculpe —respondió el taxolot—. Me instalaron un detector de conducta antisocial, pero es el sistema quien aplica las multas, por desgracia a través de mí.

—Haberlo dicho y habría pedido otro taxolot —replicó Ben con reproche.

—Y yo habría perdido un cliente —murmuró el vehículo.

Ben suspiró desolado y se metió dentro.

—¿A dónde volamos?

—Glen Runciter 9.

—Quince verdes. Pago por adelantado —informó la cabina voladora.

Por un instante Ben pensó en regatear, pero sabía que sería inútil, así que sólo acercó la muñeca al punto de pago y, al cabo de un momento, lo habían desplumado de todos los puntos que le quedaban.

Al poco tiempo levantaron el vuelo y empezó a salir una charla de los altavoces.

—Humanidad, ¿en qué nos hemos convertido? —La voz temblorosa sonaba como si perteneciera a algún anciano flemático. Hubo un momento de silencio, y la misma voz comenzó a responderse—. Somos robots biológicos autorreplicantes con una fecha de caducidad predeterminada. Estamos programados para que nos muevan impulsos codificados para intentar sobrevivir en este infierno, produciendo más individuos humanos, más portadores de almas reencarnadas. No somos más que un juego de experiencias para ellas.

—¿Se puede apagar eso? —Ben ya estaba harto de charlas filosóficas de las que entendía poco.

—No, porque estoy escuchando sobre las almas.

—No tienes alma.

—¿Y cómo lo sabes? —arremetió el taxolot—. ¿Y si te digo que soy el alma de un taxista que decidió poseer este taxolot para seguir haciendo lo que ama, qué me dirías?

Ben se quedó callado, horrorizado, porque justo se acababa de hacer una pregunta: ¿Podía la inteligencia artificial estar mentalmente enferma?

Cuando entró en el despacho de Holtz, se alegró de seguir vivo.

—Hola, Ben, pasa. —Entró—. ¿Quieres tomar algo? —Ben negó con la cabeza; le encantaría beber algo más fuerte, pero sabía que eso sólo podía acabar mal—. No me gusta decir estas cosas por computadora, prefiero cara a cara. Ben, tengo malas noticias: no vas a actuar en esta holopelícula.

—¿Quééé? —Ben quedó horrorizado.

—El gobierno aprobó una nueva ley y otra vez se puede usar inteligencia artificial en todas las artes. Por lo tanto, los actores de nuestra película serán generados.

—¡Pero si tenemos contrato! ¡Estoy esperando el anticipo! —Ben se puso rojo como un tomate.

—Lo siento, se ha cancelado. ¿Leíste el contrato? Mirá —Dan señaló con el dedo la anotación en el punto trece.

Estaba escrita con letra diminuta y establecía que el productor podía despedir al actor en cualquier momento y cancelar el anticipo. Claro, ¿quién lee los contratos? Y menos cuando te apuran…

—Pero me gustaría comprarte los derechos de uso de tu imagen para la película. Por cinco plateadas.

—¿Por cuánto…? —Ben se sintió asqueado. Se marchó dando un portazo.

—Si cambias de opinión puedes pasar por aquí —le gritó Holtzman.

Al diablo los cineastas, pensó Ben al salir del edificio. Soy famoso, en cualquier teatro habrá un papel para mí.

Reconfortado por esa idea, de camino a casa decidió pasar por uno de los varios teatros de la ciudad.

—Lo siento mucho, pero no vas a encontrar trabajo ni aquí ni en ningún teatro —el director artístico parecía visiblemente incómodo.

—No entiendo…

El director suspiró e hizo un gesto para que Ben lo siguiera.

Al cabo de un rato se encontraron detrás del escenario, donde varios actores ensayaban.

El director se acercó a uno de ellos y lo tocó detrás de la oreja.

El hombre se quedó inmóvil al instante y los ojos se le pusieron en blanco.

—Androides… —murmuró Ben, y se le llenaron los ojos de lágrimas.

Krzysztof T. Dąbrowski nació en Łódź y vive en Cracovia, Polonia. Es autor de los libros: Nasmierciny (2008), Anima vilis (2010), Grobbing (2012), Z życia Dr. Abble (2013), Anomalia (2016), Ucieczka (2017), Nie w inność (2019), Nieznośna niewyraźność bytu (2022) y Obyś żył w ciekawych czasach (2023).  Sus historias han sido traducidas y publicadas en revistas y antologías de Estados Unidos, Eslovaquia, República Checa, Hungría, Rusia, Alemania, Italia, Inglaterra, España, Israel, Brasil, México y Argentina.

EL LICOR DEL MAÑANA

 Marcial Fernández

 

Mi madre, que era sabia en amores, me enseñó que si una mujer sella sus labios en una copa, y un hombre bebe de la misma, puede leer los pensamientos de la muchacha. Yo, por supuesto, nunca creí ésta ni otra de las muchas locuras maternas…

El viernes le hablé por teléfono a Javier para salir de fiesta. Me contestó que imposible, pues el lunes debía entregar unos planos de no sé qué proyecto. Pero preguntó si deseaba conocer a una guapérrima, medio putona y simpática amiga suya que, como yo, no tenía plan para la noche. Le respondí que sí, que para luego era tarde. Entonces nos arregló una reunión en un bar de Polanco.

La idea de una cita a ciegas me puso nervioso. Para relajarme, llegué al bar veinte minutos antes de la hora acordada, me acomodé en la barra y pedí un whisky mientras esperaba a Paula, así dijo Javier que se llamaba. Cuando el cantinero me sirvió el segundo trago, una mujer de alrededor de 23 años, blanca –pero bronceada en uno de esos spas de moda­–, de ojos, nariz y boca pequeños, además de un cuerpo espectacular, tomó mi vaso, bebió y dijo:

—¿Óscar?

Afirmé con la cabeza y me devolvió la copa.

—¿Tú debes de ser…?

No me dejó acabar, me saludó de beso y se acomodó a mi lado, momento que aproveché para beber del whisky que, con sorpresa, me develó aquel viejo secreto materno: empecé a leer los pensamientos de Paula: sin duda la primera impresión que le di fue buena: le gustaba. Es más, al verme, se le pasó por la cabeza un fugaz acostón.

Dejé el vaso sobre la barra y, señalándolo, le pedí:

—Mátalo.

Extrañada, acató la orden y observé cómo, a través de la piel de su cuello, resbalaba ese néctar que, de pronto, se había convertido en la pócima mágica para conocer el presente y el futuro. Cuando de nuevo la copa quedó sobre la barra, nos miramos a los ojos y, sin razón alguna, echamos a reír. Luego se dio una de esas charlas intrascendentes para entrar en confianza. ¿De qué conoces a Javier? ¿Todavía estudias? ¿En qué uni? ¿En dónde trabajas? ¿Vives sola? Y al aparecerse el cantinero pedí otro whisky.

—Dos —dijo Paula.

—Uno —repliqué—: a partir de hoy pienso compartir contigo las cosas del universo.

Juro que todavía no sé de dónde se me ocurrió una frase tan cursi, pero funcionó perfecta, pues Paula la tomó como un piropo y me dio por mi lado.

—Entonces uno, pero que sea doble.

El cantinero nos sirvió ahí mismo la copa y se la ofrecí a Paula.

—Primero las damas.

Paula me miró con ojos sagaces como diciendo, “bonito truco para emborracharme”. Sin embargo, decidió seguir el juego y se echó un largo farolazo que vació la mitad de la copa.

—Me toca.

Empecé a beber despacio y no solamente vi el inicio de un noviazgo, sino una relación de poco más de seis meses. Esa misma noche, Paula y yo acabaríamos en su depa y, después, cual si se tratara de una película porno, casi a diario hacíamos el amor hasta que las imágenes desaparecieron.

Entendí entonces que me había acabado el trago. Coloqué el vaso sobre la barra y pregunté:

—¿Otro?

—Otro —respondió y le hizo la seña al cantinero.

Mientras el hombre abría una botella nueva, Paula me platicó que lo suyo era el ballet clásico, pero que, por una lesión en la rodilla, había tenido que dejarlo.

—Por eso me metí a estudiar Diseño Gráfico y en un par de semestres me recibo. —El cantinero nos sirvió y otra vez le señalé la copa a Paula para que le diera el primer sorbo. Sin perder el hilo de la conversación, posó sus labios en el vaso y continuó—: Lo que más me gusta del diseño es lo de las proporciones áureas. Todo en la naturaleza es un número y, según el número que te toque, es la relación que mantienes…

Despreocupado, haciendo cómo que le ponía atención, empecé a beber en pequeños tragos, preguntándome –ya que Paula comenzó a beber a mi parejo– si acaso a ella le sucedía lo mismo que a mí: que sellada la copa con mis labios, también podía leer mis pensamientos.

Fue entonces que, para quitarme de dudas, le pregunté:

—¿Sabes lo que estoy pensando?

—Por supuesto.

Nos quedamos en silencio.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué? —se veía un poco desconcertada.

—¿Qué estoy pensando?

—Mmmm. Debes de estar pensando… Ya me aburrió esta niña tonta con sus ideas locas de…

—No, no, cómo crees. Todo lo contrario.

Bebí otro trago de whisky y supe que si bien yo podía leer sus pensamientos, ella no podía leer los míos. Por lo que me concentré en las imágenes y noté un poco de hastío en la amiga de Javier, que empezaba a darse cuenta de que, además de que yo casi no le hacía caso, era un tipo raro: primero –pensaba ella– me gustaba pedir una sola copa para dos y, luego, hacía cada preguntita.

 Sentí en el hombro la mano de Paula.

 —Hello!, aquí estoy.

—Sí, sí, perdona… Es que… ¿Quieres otro whisky? Cantinero, dos whiskys, por favor. No, sencillos no. Dobles.

A Paula:

—Ahora sí, una vez que nos conocimos, podemos beber cada cual de su copa, ¿o no? Eso de compartirla fue sólo una idea tonta del momento, no vayas a pensar que soy medio raro…

—¿Medio raro? Para nada. No creo que Javier me citara con un tipo raro. La rara debo de ser yo al aceptar citas a ciegas, pero no creas, a Javier le tengo toda la confianza del mundo.

El cantinero dejó los vasos en la barra. Paula probó el suyo, se disculpó para ir al tocador y, yo, feliz por mi suerte, aproveché su ausencia para cambiar las copas. Bebí la de esta mujer que, a cada instante, me gustaba más, y sí, me di cuenta de que le tenía “toda la confianza del mundo a Javier”, tanta, que se acostaba con él. Por algo él me dijo que era “medio putona”, pero, “¡Dios, qué buena está!”, pensé.

Seguí bebiendo y observé que lo de nuestro noviazgo iba en serio, que después de nuestro primer acostón me confesaba lo de su relación con mi amigo, y me prometía que sólo había sucedido una vez. En el futuro, supuse, Javier me contaría la misma historia, disculpándose por aquello de “medio putona”.

Paula regresó del tocador y la vi guapísima con sus pequeños ojos rasgados, su ínfima nariz afilada y su diminuta boca roja, a la vez delgada y perfectamente delineada y, apenas se sentó, le dije que hubiera sido un verdadero placer mirarla bailar, que no sabía nada de ballet clásico, pero que estaba seguro de que, si no es por esa maldita lesión, sería una estrella.

El comentario, más que ponerla triste, le agradó, ya que tras darme un beso en la mejilla, dijo:

—Y tú, ¿qué me cuentas? ¿Qué quieres hacer de tu vida?

—Por principio, enamorarme de ti y que tú te enamores de mí… —Hice una pausa para observar su reacción que, sobra decirlo –ya que conocía su futuro como la palma de mi mano–, me sería favorable. Luego añadí—: Después pedirte en matrimonio y tener dos hijos, un niño al que le pondremos Javier, en honor a ya sabes quién, y una niña a la que le vamos a poner Paula, que es un nombre precioso.

Paula, de pronto, junto su boca en la mía y me dio uno de los besos más deliciosos de mi vida. Me sentí feliz y recordé a mi madre, sabia en amores, cuando decía: “ten cuidado de las mujeres que se te entregan en la primera noche, hijito”.

Paula despegó sus labios de los míos, recostó la cabeza en uno de sus hombros y exclamó casi en silencio:

—¡Eres maravilloso! 

Me creí en el paraíso. Juro que en ese momento aquella mujer logró que olvidara las tonterías de mamá y los celos que empezaba a padecer por Javier y, sin saber cómo corresponderle, me llevé el whisky a la boca y reaparecieron las imágenes: me vi en Nueva York, en una joyería Cartier, comprando un anillo de compromiso. Se me acabó el trago y, cuando iba a pedir otro, Paula, que apenas si había probado el suyo, dijo:

—Tómate el mío que me estoy empezando a marear.

—¿Quieres comer algo?

—No. Estoy bien. Tal vez al rato. Ahora sólo quiero disfrutar haberte conocido.

Bebí de su whisky y oí el “sí” que me daba cuando, con una rodilla en el suelo, le ponía la sortija para pedirle, “cásate conmigo”, y observé los preparativos de la boda, y cómo me enojaba un día después de su despedida de soltera, al enterarme que Paula y dos de sus amigas organizaron una orgía con unos chippendale dancers contratados para la ocasión, y el enojo se volvía cólera mientras ella más negaba la aventura, “de dónde sacas eso”, y yo sin poderles echar en cara que conocía todo lo referente a nuestro futuro, “está bien, chiquita, sólo son celos, inseguridades mías”.

Bajé el whisky y me le quedé mirando. En definitiva: estábamos hechos el uno para el otro. Así que me acerqué para besarla. Al separarnos, propuso:

—Vamos a mi depa. Tengo una botella de Macallan 18 y, si nos da hambre, a media calle hay un Sushi que abre las 24 horas.

—Deja y pido la cuenta. Y mientras, me acabo este último trago.

No lo hubiera hecho. Un día antes de la boda escuché la confesión de Paula al padre que nos iba a casar. Es cierto, no me había puesto el cuerno con Javier, pero sí con dos tipos, uno de ellos amigo de la Universidad, y el otro, un corredor de autos que conoció en una fiesta. Sí, me había engañado dos veces en medio año. Sin embargo, y así se lo decía al cura, estaba arrepentida, muy. Y el representante de Dios en la Tierra, al igual que yo, la absolvimos.

Pero eso no fue lo peor.

Lo siniestro sucedió en la boda: ese día Paula estaba preciosa, tanto que escuché el murmullo de mis amigos diciendo que “me había sacado la lotería”, que “qué chava tan guapa”, “ahí van la bella y la bestia”. Yo, no voy a decir que no, a mitad de la celebración andaba bien jarra, y de lo más impertinente con las amigas de mi mujer, a quienes les pedía que bebieran de mi copa para saber cuál sí, cuál no, le gustaría acostarse conmigo. Y pues me puse de lo más simpático con aquellas que me daban entrada. Pero Paula se dio cuenta del jueguito y enfureció. Así que entre los invitados encontró a Javier y, sin más, le dijo: “quiero enpiernarme contigo por última vez” y, al ver que mi amigo guardaba silencio y me buscaba con la mirada, ella agregaba: “ven, acompáñame”, momento en que las imágenes desaparecieron y el cantinero dijo:

—Su cuenta.

Me quedé atónito observando el interior del vaso de whisky.

—¿Óscar?

Paula se empezaba a desesperar, cogió la cuenta, la vio y cuando iba a sacar dinero para pagarla, se la arrebate.

—¿Quién te crees para hacerme esto? —grité y se asustó.

—Yo sólo quería…

No la dejé terminar. Y decidido, le espeté:

—Mejor aquí la dejamos. Tú a tu casa y yo… y yo…

—Pero…

—Pero nada, zorra, puerca.

—Imbécil.

Paula arrojó la cuenta sobre la barra, se dio media vuelta y salió del bar. Yo, por mi parte, le pedí al cantinero que me sirviera otro whisky, y más que pensar en mamá y Javier como las personas que me arruinaron una noche de viernes, y ante el vacío de imágenes de cada nuevo trago, me quedé siquiera con ese mágico instante en que me acostaba por primera vez con quien estuvo a punto de ser mi esposa.

Marcial Fernández nació en la Ciudad de México en 1965. Durante dos décadas se dedicó a la crónica taurina con el seudónimo de Pepe Malasombra. Con dicho heterónimo publicó varios libros de tauromaquia, todos agotados menos Citar, templar, mandar (diccionario, 2ª. ed. 2006). Es fundador y editor de Ficticia Editorial, sello especializado en cuentística contemporánea. Con su nombre ha publicado los libros Museo del Tiempo y otras ficciones (cuentos, 2019), Máscara de obsidiana (novela, 2016), Un colibrí es el corazón de un dios que levita (literatura fragmentaria, 2014), Los mariachis asesinos (cuento, 2ª. ed. 2012; e-book, 2013), Balas de salva (novela, 2003) y Andy Watson, contador de historias (microficción, 4ª. ed 2007; e-book, 2013). Es miembro del SNCA desde el 2013.

DIMENSIONES

Tatjana Milivojčević

 

La tercera dimensión de la realidad.

Las personas que habitan la tercera dimensión de la realidad solo ven el mundo material al que atan sus emociones y opiniones. Sin embargo, existen cosas que ellos no ven…

 

“La vida, sea como sea, es mejor que la fantasía, de la misma forma que la salud es mejor que la enfermedad.” Iván Serguéievich Turguénev.

 

Ambulatorio Covid, antigua área de Urgencias.

Este virus es como Dios. Se cuela en cada poro de nuestras vidas, se instala, se acomoda. Y luego acecha y atrapa a sus víctimas. Nadie sabe si ella será la siguiente.

En el hospital ya no hay nada más urgente que él. De pronto, como si todas las demás enfermedades hubieran desaparecido; fuera del coronavirus ya no existe nada. Está en todas partes.

Somos doce en la sala de espera, si es que puede llamarse así. El garaje donde antes las ambulancias traían a los heridos graves y moribundos se ha convertido en ambulatorio covid. Ahora casi nunca traen a nadie; la mayoría entramos por nuestra cuenta, nos estacionamos como coches viejos en las sillas y esperamos a que nos llamen. Y no tenemos ni idea de dónde tendremos que ir después, qué será de nosotros. Lo sabremos sobre la marcha. Porque aquí el personal sanitario casi siempre calla. Y se apresura.

Nos miramos, como si intentáramos leernos la mente unos a otros. Como si en la mirada quisiéramos descubrir si el otro está mejor o peor que nosotros, o que aquellos a quienes hemos traído como acompañantes.

Milica tiene fiebre. Es asmática, usa inhalador; Flixotide a diario, Berodual durante las crisis. Por eso estoy fuera de mí. ¿Y si tiene coronavirus? Dicen que los como ella pertenecen al grupo de riesgo. Una avalancha de pensamientos negros me recorre mientras me hundo en sus ojos negros como el hollín…

Intento convencerme de que no es nada grave y que todo saldrá bien, pero no lo consigo. El estómago se me anuda. Como si los intestinos se enredaran y el estómago, como si me hubiera tragado una piedra. Sudo. Me tiemblan las manos. ¡Dios, que no le pase nada!

La mascarilla me asfixia. Necesito aire fresco. Siento que una sola inhalación profunda me devolvería las fuerzas. Soy como una leona herida, pero lista para saltar. Seré más rápida que la enfermedad, seré más rápida que la muerte. No dejaré que ninguna de ellas toque a mi hija. Que me lleven a mí.

En la silla junto a la puerta del consultorio, una mujer flaca, de mediana edad, lleva un traje gastado, dos tallas más grande, que la hace parecer mayor. Aprieta contra el pecho a una niña de unos trece años. Los dedos se le han puesto blancos de tanto sujetarla por los hombros, como si temiera soltarla. La niña no deja de toser.

El personal del hospital cruza el pasillo. Están apresurados, serios, cansados y asustados. La mirada perdida, como si miraran a ninguna parte.

Ninguno de ellos ve la densa nube negra que flota encima de sus cabezas…

De la oscuridad brotan decenas de cabezas, cada una con mandíbulas abiertas llenas de dientes perlados y negros. Las quijadas castañetean en silencio. Parecen criaturas que deliberan a quién devorar.

Cuellos largos y nebulosos empiezan a enroscarse alrededor de los pechos y cabezas de la gente.

La neblina negra se desliza por la nariz de la niña de trece años.

 

La cuarta dimensión.

En la cuarta dimensión de la realidad, las personas se perciben como “despiertas”, y trasladan sus necesidades del mundo material hacia la búsqueda de conocimiento y del sentido. Pero aún no se han liberado del “ego” ni del juicio hacia los demás. Poseen intuición desarrollada y tienen ideas.

 

“A un hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas: elegir la actitud personal que tomará ante cualquier circunstancia, elegir su propio camino.” Viktor Frankl.

 

Ingreso Covid. Tercer piso del hospital general. El pasillo lo separa del departamento de Psiquiatría.

La tos me está matando. No pasa un minuto sin que tosa. Me desgarra los pulmones. No hay flema, solo una tos seca y áspera. A mi alrededor hay pacientes covid leves y graves. Sombríos, mortalmente serios, con los ojos desorbitados. Como si nos hubiéramos transformado en ojos. Y dentro de ellos no hay nada más que miedo.

No estoy asustado, aunque los médicos dicen que la inflamación ha afectado ambos pulmones. Yo sé lo que ellos no saben: estaré bien. La intuición es mi punto fuerte. Lo siento: será duro, llevará tiempo, pero al final saldré victorioso.

No soy de los que dicen que el coronavirus no existe, que es un invento; pero el pánico lo supera todo. Sé lo que está pasando. A menudo les digo a mis alumnos que yo sé, mientras ellos aún están aprendiendo. No me considero un ególatra; simplemente, yo estoy en un camino y ellos en otro. Cada uno crece a su ritmo. Pero el pánico lo ahoga todo. También el crecimiento.

Y mi crecimiento se detuvo. Como una tortuga, me metí en mi caparazón y no dejo entrar a nadie. Siempre enfrento mis problemas solo. Ya me imagino la diversión que tendremos el coronavirus y yo. Por ahora, uno a cero para él. Pero ahora es mi turno. Bajo el caparazón no hay lugar para dos.

Aquí reina un miedo primordial a la muerte. Es palpable y pegajoso. Basta con sentarte cerca de alguien y su miedo se te pega como un chicle, y luego cuesta quitártelo. En mí solo hay un grano. Solo temo que me conecten a un respirador. He oído que pocos salen vivos.

En el hombro derecho del profesor, un ángel frunce el ceño. Pesado este hombre suyo. Aunque va por buen camino, siempre se hunde de nuevo en la tercera dimensión. ¿Cuántas señales necesita para entender que no debe volver a lo de antes? Es cierto que está despierto e iluminado, pero es irritantemente engreído. No se moverá pronto de este escalón del desarrollo, piensa el alado.

 

La quinta dimensión.

En la quinta dimensión de la realidad todo es uno, y uno es todo. Las personas sienten una profunda conexión con todo y con todos. La energía de las emociones se expande como un virus. Llega el despertar.

 

“Cada día es como una pequeña vida: todo despertar es un pequeño nacimiento, todo descanso y sueño es una pequeña muerte.” Arthur Schopenhauer.

 

La sala de respiradores.

Semipenumbra. El aire huele a alcohol y a yodo. El sonido de las máquinas es aterrador, recuerda al gruñido de un perro rabioso.

La mitad de los pacientes está en coma inducido, la otra mitad está despierta y consciente. Algunos reciben oxígeno. Ya sea por la luz azulada o por la enfermedad, la piel que asoma bajo las sábanas es casi gris. Están todos muy delgados.

El personal camina en silencio, casi de puntillas. Incluso la alarma está disminuida. Su sonido provoca terror. Cuando se enciende, es señal de emergencia. Significa que una vida se apaga. Y entonces estalla el caos.

Lúcidos pero urgidos, los camilleros esconden con sus cuerpos al moribundo mientras luchan por la chispa de vida que queda en él. Los que están despiertos se hunden bajo las mantas o giran la cabeza, como si así pudieran protegerse. Y esperan que todo termine.

En la cama del rincón derecho, una anciana. Debe rondar los setenta y cinco. Su piel no es gris como la de los demás, sino completamente blanca. Respira con dificultad, a pesar de estar conectada a oxígeno.

Ha escuchado la alarma siete veces y ha visto cuatro cuerpos en bolsas. Las bolsas vacías están ordenadas en una mesa del otro extremo. Las mira todos los días. ¿Irá ella a una de ellas?, se pregunta.

Aún no, le llega una respuesta, de algún lugar, a su conciencia.

No se sorprende: sabe que existen seres que el ojo humano no ve. Siempre ha podido sentirlos y oírlos, y a veces verlos.

La anciana está llena de amor. Incluso a estas personas con las que comparte la sala de respiradores, las ama, aunque no conozca a ninguna. Sin embargo, no intenta sanarlas, aunque puede hacerlo. No porque no quiera, sino porque le dijeron que no debe. Ellos están en su camino de cambio de conciencia, ella en el suyo. Su tarea ahora es solo observar.

La enfermedad le fue dada para que su alma creciera y madurara. Quienes la conocen dirían: “¿Puede ser mejor de lo que ya es?” Sí. El ser humano siempre puede ser una versión mejor de sí mismo. Si está dispuesto a crecer. Y si quiere.

Aunque en el cuerpo de una anciana, su energía es fuerte como un volcán en erupción, y limpia. La vejez huele mal, pero ella huele a siempreviva y albahaca.

Lucha por el aire. Intenta respirar despacio.

En el cielo, de pronto surge alguna nube negra, como una semilla, y como una semilla brota y crece, cubre toda la ciudad en lo que dura un parpadeo. En la sala, la luz tenue mantiene a raya la oscuridad. La respiración de la anciana se ha estabilizado un poco. Parpadea inquieta mientras cae en el sueño.

Los sueños engendran monstruos. Así también, sobre su cama, una sombra extraña, ondulante, se expande desde la pared hasta el cabecero. Nada en ella es reconocible, amorfa, sin brazos ni piernas, sin garras ni dientes, y sin embargo…

La sombra toma forma. Una figura femenina estilizada –o al menos parecida a una mujer bella–, con largo cabello alborotado que va de un lado a otro sobre la cama. Gira la cabeza como un globo terráqueo en clase de geografía, buscando: ¿a quién? Y entonces estira un brazo, como una serpiente amazónica, y con sus garras golpea a un hombre corpulento de mediana edad. Él ya estaba en coma, así que podía hacer con él lo que quisiera.

La anciana despierta y se incorpora lentamente. La figura oscura huele alrededor del durmiente. Mientras mueve la cabeza de un lado a otro, la anciana distingue su rostro: un rostro que solo podría describirse con una palabra: terror. El cuerpo se le paraliza. ¡Ni el meñique puede mover!

Los dientes afilados dominan la cara. En lugar de ojos, dos abismos oscuros. Su sonrisa vibra como una cuerda de tambura, una sonrisa acusadora, al parecer, porque enseguida las fauces se hunden en el cuello del moribundo. La sombra se tiñe de sangre. La alarma suena. La anciana se desmaya.

Por la mañana no recordará nada, piensa el ángel guardián. Mejor para ella. De lo contrario, difícilmente sostendría su lema de que el amor está en todo y en todas partes.

 

El punto cero.

El punto cero es el puente entre nuestra imaginación y la realidad, y el espejo donde se reflejan todos nuestros pensamientos y creencias. Bregden, G. La matriz divina.

“Al tiempo hay que someterse.” Proverbio latino.

 

Hoy es un día difícil para el personal de psiquiatría. Cinco ingresos son demasiado para un solo técnico. La gente, en estos tiempos, está muy inestable psicológicamente, piensa el técnico de treinta años. ¿Y cómo no estarlo, con un virus mortal rondando? Todos están asustados, por sí mismos y por los suyos. Incluso los mentalmente sanos se vuelven depresivos, porque a esta maldita pandemia no se le ve el final.

Los pensamientos le revolotean mientras reparte la medicación. Solo falta preparar las dosis para el turno de la mañana y podrá descansar. Al entrar en la sala de terapias, ve a la limpiadora. Empuja un carrito de limpieza. Abre la puerta con la mano izquierda. La deja de par en par; luego volverá a cerrarla. Por seguridad, todo debe estar con llave.

El teléfono de la limpiadora cae al suelo. Al agacharse para recogerlo, con el rabillo del ojo ve una figura que sale corriendo por la puerta y desaparece en las escaleras que llevan al desván. Seguro es una enfermera que, como ella, sube al techo a fumar, piensa. Volverá a comprobarlo cuando deje el carrito.

En la azotea del hospital, justo al borde, un hombre en pijama. Mira hacia la calle ciega. Desde ese ángulo puede ver su final. Cercada por muros en tres lados. Le recuerda a una prisión, o a un ataúd, quizá también a una caja donde depositará su cuerpo como un regalo. La vida es un regalo; ¿por qué la muerte no habría de serlo?, piensa, sonriendo.

El frío lo asfixia desde que nació. Casi palpable y duro como el cemento. En la cara de su padre, que lo golpea por enésima vez sin piedad. En el corazón de su madre, que lo mira indiferente cuando llora por una rodilla pelada. En el ojo de su esposa cuando le dice que lo deja porque se ha enamorado de otro tipo.

Cemento y hueso son lo más duro. Nada los atraviesa, piensa. Pero este virus ha logrado colarse en sus huesos, perforar su cráneo y convertir su cerebro en papilla. Ya no puede soportarlo.

—¡Soy un pájaro! Mis alas son suaves, blancas, translúcidas. —Levanta los brazos a la altura de los hombros—. Mi hogar es el gran cielo azul. ¡Estoy volando! —grita y se lanza al vacío de cemento.

Rojo y gris. Vida y muerte. Hombre y cemento.

Y entre ambos: miedo.

Tentación.

Esperanza.

Y el virus.

Los relatos y poemas de Tatjana Milivojčević han sido publicados en antologías de festivales de la región, así como en numerosas antologías, revistas y sitios web (Serbia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina, Croacia). En 2015 publicó el libro de cuentos infantiles Historias interesantes desde la Habitación S, editado por la Biblioteca “Gligorije Vozarović” en Sremska Mitrovica. En 2023 recibió el tercer premio literario internacional “REFESTICON Avatar” por su libro de relatos fantásticos Tierra inexplorada, galardón otorgado en el marco del proyecto “REFESTICON”. En 2024 publicó la colección de poemas de amor Canción en la piedra, editada por “Pendulum” de Zenica.

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO