sábado, 6 de diciembre de 2025

LAURITA

María Cristina Rolnik

 

Ya sentía cada parpadeo. La caída y el esfuerzo por levantarlos de nuevo. Entonces, comenzó el rito heredado de su tío, de quién también había heredado el oficio: camionero. Bajás la ventanilla, encendés música, mirás la línea pintada a los costados del camino. Fumá. Si sos sanito mascá chiclets. Hablá con tu compañero de ruta, nunca viajes solo, Santiago. Menos mal que te tengo a vos. No te rías, de tu tío, che, no estoy borracho. Solo triste no más. No sé por que. Llegar a viejo. Pero esta vida está buena, ser camionero. Cuando yo me muera, todas las rutas serán para vos, los amigos, las mujeres, las ciudades, los pueblos. No te rías Santi, las mujeres de los caminos son las mejores, pero siempre con respeto ¿sabés? Siempre con respeto.

Santiago prendió su cigarrillo y bajó la ventanilla. El aire helado. Sacudió la cabeza y comenzó su propio rito, hablar en voz alta, con el tío, ese que lo miraba desde la foto de la guantera, junto a la estampitas. Virgen de Itatí, virgen de Luján, Difunta Correa, Gauchito Gil y tío Andrés. Sus protectores.

—Tío, ¿dónde carajo estoy? Si esto es Corrientes, por qué hace tanto frío en enero?

Levantó la ventana casi hasta el final. No hay línea blanca para mirar, se dijo, los yuyos se la comieron hace rato, estos políticos, tenías razón, tío, pagar peaje para qué… si son todos privados, la plata se la llevan los yanquis, las rutas siguen siendo un desastre y cada vez peor. Encendió la radio. Nada. ¿Ahora qué hago tío…? La Bety ya no viaja más conmigo, está embarazada y mejor que se quede con la madre. Si es varón se va a llamar Andrés, como vos, eso sí, va a ser hincha de Independiente, no de Racing. Santiago sonrió pensando en la Bety y su panza. Trabajar más horas, hacer más entregas; ya llega el hijo y quiere una casita para los tres solos. Más horas, más días y más noches. Pero el sueño. Otra vez. Caen los párpados, y un volantazo trata de evitar un animal blanco. ¿Será una garza, una lechuza albina, una gran bolsa de plástico tirada al viento? Pero era bastante grande eso sí… Buscó el comunicador para avisarles a sus compañeros de ruta; además sería bueno conversar un rato. Muy bien: una señal.

—¿Quién anda ahí? —dijo.

—Hola, culeao, ¿estás en la zona? —Le alegró esa tonada inconfundible. Pedro, viejo amigo de su tío.

—Sí, cordobés; voy para Paso de los Libres.

—Yo voy para Posadas; te estoy viendo ya, bajamos a tomar algo al pueblo. Está cerca y las chichis están buenas.

Santiago tragó saliva, y pensó en descansar; hablar con el cordobés, besar a unas guainas y mañana será… pero otra vez la cara del tío. Santiago, vos serás un buen camionero. Si querés ser alguien, nada de alcohol. Si prometés algo, lo cumplís. Que no te mate el vino como a tu papá; un varonazo, che, pero el vino y la junta… Sí, tío, y las guainas, me duele el cuerpo de no tocarlas, hace tanto tiempo. La Bety es sagrada ahora, vos sabés cómo es esto. Bety, bebé, casa…

—Pedro, no puedo, tengo que llegar antes de la madrugada.

—Ta bien, culeao.

—Cuidado con el animal blanco grande, te lo vas a cruzar enseguida, creo que lo pisé.

—Santiaguito, el calor te tiene mal, a vos, no hay nada, se habrá escapado, ¿no estarás muy cansado?, cuidado che.

¿Calor? Se sorprendió Santiago. ¿Ningún animal blanco en la ruta? Tiritando de frío respondió con bocinazos al cordobés que lo pasaba y se iba. Decidió volver; eran pocos kilómetros… ¿y si era un perro? No se le había ocurrido, tan blanco como Copito, el que cuidaba a la Bety, ahora. Una persona. No, no puede ser, no hay ranchos por aquí y para el pueblo faltan kilómetros. Pero no se alivió y dio la vuelta. Allí estaba, de pié al borde de la ruta. Era una mujer de vestido blanco y tacones rojos.

Se detuvo, ella se acercó. Tenía carita de niña, toda pecas, entre los ojos negros grandes, su piel morena y la sonrisa más dulce del mundo. Después de la de la Bety, se amonestó Santiago.

—¿A dónde va, señorita? —le dijo.

—Al pueblo, en la Casa Grande hay una fiesta, toca una banda y todo, ¿usted puede llevarme?

—Claro, suba. —Ella se encaramó como pudo a la alta cabina; de cerca podía oler su perfume a manzanilla y también reconocer que la niña (eso era nada más, tan flaquita) temblaba, de frío, de miedo (se sentó bien lejos de él)—. No te preocupes guaina, yo tengo mi mujer, y soy decente. Te llevo a dónde me digas, si es el pueblo para allá vamos. —Ella suspiró aliviada y separó los brazos en defensa que cubrían su cuerpito. Pero temblaba todavía. Y sí, qué bestia soy, pensó Santiago, con el fresquete este—. Agarrá la campera que está debajo del asiento, ¿cómo te llamas? Yo soy Santiago.

Laurita. —La chicas se envolvió contenta en la campera.

—Piba, es peligroso andar sola por ahí. Se nota que sos una buena niña, no una atorranta. —Ella lo miró con esos ojazos de noche.

—Estaba esperando a mi novio —dijo—, yo me escapé de la casa por él ¿sabés? Me dijo que si no venía a la fiesta me dejaba. En casa no quieren que salga con Patricio. Dicen que anda en cosas raras con esa junta de chicos ricos, el hijo del intendente, del comisario. Pero yo no puedo dejar de pensar en él, lo extraño y lloro mucho. Mañana, me dijo, cuando me traiga a casa le va a pedir a mi papá permiso para casarme con él. Lo prometió. Pero esta noche tardaron mucho en dormirse mis papás, no se por qué, me miraban y me miraban. Cuando pude salir, ya no lo encontré en la ruta como habíamos quedado. Tampoco podía volver a casa, tengo que ir a la fiesta, encontrarme con Patricio o si no me deja. —La voz de Laurita se quebró en un sollozo.

—Vamos, no llores, falta bastante pero…

—Es aquí —dijo Laurita sin darse cuenta habían llegado a la entrada del pueblo. Él miró hacia donde ella señalaba: una casa iluminada, ruido de música, gente gritando—. Mejor bajo aquí, no quiero que el Patricio se enoje si sabe que vine con usted, en el camión. —Santiago miró el reloj: eran las tres de la mañana, ¿cómo pudo retrasarse tanto? Si cuando habló con el cordobés eran las once de la noche… qué raro. Ella abrió la puerta y antes de salir le tendió la mano, fría muy fría—. Gracias por traerme, gracias. Le devuelvo la campera, en agosto hace frío ¿no? Pero yo no tengo otro vestido.

Santiago pasó por alto “agosto” y se apresuró a entregarle nuevamente la campera.

—Déjesela, ya es tarde, de todas maneras me quedo a dormir en el pueblo y después paso por su casa a buscarla, es un regalo de mi mujer ¿sabe?

Ella sonrió y dijo gracias de nuevo.

—La voy a cuidar muchísmo, se lo prometo y mañana vendrá a casa a tomar unos mates, ya va a ver lo bueno que es Patricio y estaremos todos contentos, mamá, papá, Patricio. Nuestra casa está en el camino dónde me encontró, detrás de los eucaliptos.

La vio alejarse caminando raro con esos zapatos demasiado grandes, tal vez de la madre. Un muchacho de camisa verde loro la empujó hacia adentro.

Buscó donde dormir. Estacionó el camión. A la mañana, el sol le hacía picar todo el cuerpo, tan alto y fuerte estaba. ¡Debía estar en la frontera antes del mediodía! No podía creer el calor que hacía. ¿Agosto? ¿Enero? Medio dormido todavía, llegó a los eucaliptos y vió el rancho: barro, madera, chapas, gallinas, tierra seca, calor, calor. Aplaudió para que lo atiendan: salió una vieja encorvada, vestida de negro.

—Buenos días señora, busco a Laura.

La vieja pareció enderezarse un poco y los ojos claros de cataratas, se abrieron.

—¿Qué me dice?

—Laura, le presté una campera, la necesito, ¿no le contó?

—Ah, Laurita, pase, pase —invitó la señora. Santiago tardó un poco en acostumbrarse a la oscuridad, solo había unas velas en el cuarto—. Mi Laurita. Pensé que se habían olvidado de ella. Después que murió mi marido, ya no tuve fuerzas para ir a las marchas, para gritar. Los parientes también me dejaron sola, cuando los periodistas dejaron de venir, no había televisión ni nada. Casi no veo, pero usted acérquese, es periodista ¿no? Cuéntele, cuéntele al presidente de Laurita. —Señaló hacia la cómoda y entre las velas aparecían las fotos de la niña: los ojazos francos, la sonrisa—. Mi angelito, si parece estar viva en las fotos ¿no?

—Perdón quiero mi campera debo irme, dígale a su hija que quiero mi campera —dijo el camionero, enojado por el calor y la confusión ¿Agosto? ¿Enero? ¿Angelito? ¿Viva?

—Laurita está muerta —dijo la mujer—; la mataron el agosto pasado en la fiesta del hijo del intendente. Fueron ellos, los amigos de Patricio, y Patricio. Todos escaparon para la capital, todos se ocultaron. El poder. Se escaparon, menos Patricio que murió aplastado por un camión, dicen. El pueblo incendió la Casa Grande. Vinieron los periodistas. Después se cansaron y se fueron. Mi marido dejo de comer, de hablar de vivir. Venga, están los dos juntitos debajo de los árboles. —Santiago se sentía muy débil, muy cansado. Siguió a la señora, más en busca de la sombra que por curiosidad—. Aquí están: José y Laurita. La vieja volvió a encorvarse, encerrándose con un gemido. Santiago avanzó hacia el cemento, las flores de plástico, los rosarios y la foto de Laura. En la tumba, doblada con amoroso cuidado, estaba su campera. Lentamente la levantó, a pesar del calor, se la puso, sintió el olor a manzanilla. Abrazó a la señora y se dirigió hacia el camión. Ya atardecía, pero el reloj y el calendario de la chica esa que a Bety la enojaba… no existían. Nada era real. Excepto su tristeza y el olor a manzanilla. Cuando decidió marcharse, la luna lo aprobó. Arrancó el camión y apretó el acelerador al máximo: huir, huir…

Cuando vio a ese muchacho, haciendo zigzag de borracho en la ruta, a carcajadas rojas, escuchó un murmullo de niña.

—Patricio, Patricio, ¿por qué?

El pie de Santiago apretó a fondo el acelerador y el golpe fue solo eso: un golpe, algo que se arrastra y queda, muy lejos, tirado en la ruta, sangrando vergüenza.

Santiago bajó la ventanilla hacía calor. Encendió la radio; era pura cumbia nomás y de la buena. Miró la foto del tío.

—Ya llegamos a la frontera —dijo.

María Cristina Rolnik nació en 1973 en la provincia de Corrientes, Argentina, y morirá, asegura, en el 2073 en la provincia de Corrientes (Estados del Sur Unidos por el Norte). Hizo estudios primarios, secundarios y terciarios, completos, por lo que puede afirmarse que es el orgullo de mamá y papá. Estudió danzas clásicas, pero las abandonó cuando se vio horrenda con más tutú que encanto. Estudió francés comercial, inglés de postguerra y sabe algunas palabras en guaraní y polaco. Actualmente hace ejercicio casi legal de la Medicina. Película favorita: Las alas del deseo. Escritor favorito: Edgar A. Poe. Poeta favorito: Alejandra Pizarnik. 

LA CONSPIRACION

Tanya Tynjälä

 

Al llegar ante la presencia de Padre, Wzn se sintió orgulloso. No era habitual que Él llamase específicamente a un miembro de la Sociedad. Sabía que algún gran honor le estaba reservado.

—Wzn —dijo padre con el rostro grave—. Debes cumplir una importante misión.

Padre era el único en poseer rasgos faciales reconocibles en la Sociedad. Quizá se debía a que era solo un gran rostro o quizá era por algo más que los otros seres no llegaban a comprender. En Wzn y los otros miembros de la Sociedad apenas si se adivinaba una boca o una nariz en el semblante. Pero a ellos, al igual que a Padre, los envolvía un halo luminoso que expresaba sus sentimientos.

—He logrado descifrar un mensaje proveniente del tercer planeta —continuó Padre y su rostro se opacó ligeramente. Wzn sabía que eso significaba malas noticias—. Por algún motivo, incomprensible para nuestras mentes, han decidido invadir nuestro planeta y destruirnos. Sabes muy bien que ellos poseen el extraño concepto de guerra y que eso los induce a invadir territorios ajenos para apropiarse de sus riquezas. Esto es causado por la necesidad de satisfacer otro concepto: Poder. Al parecer ellos consideran que tener más riquezas, acrecienta su poder. —Yo sé que esto resulta inimaginable para los miembros de nuestra Sociedad. Nuestra evolución intelectual nos coloca muy lejos de cualquier sentimiento beligerante. Nuestra Sociedad se encuentra basada en la paz y el equilibrio. Sin embargo, esto no nos impide defendernos si es necesario—. He construido una nave transportadora —continuó Padre—. En ella viajarás junto con un arma que al ser lanzada contra el tercer planeta lo destruirá por completo. Debemos realizar esta misión antes de que ellos lleguen. Prepárate para tu gran viaje.

—Jamás he estado en una nave transportadora. ¿Qué es? No necesitamos transportarnos en naves. Basta con pensar en el lugar al que queremos ir para encontrarnos de inmediato allí.

—Sin embargo, resultaría imposible hacerlo para llegar al tercer planeta. La distancia es muy grande. Por otro lado, no seríamos capaces de transportar el arma.

—¿Cómo utilizar la nave transportadora? ¿Qué hacer con el arma?

—Sabes muy bien que tengo la capacidad de grabar en tu memoria cualquier tipo de conocimiento. ¿Qué temes?

Wzn se sintió ligeramente ofuscado.

—Es mucha la responsabilidad.

—Por eso confío en ti. Sé que eres el más adecuado para esta misión. Ahora, mírame fijamente a los ojos.

Wzn lo miró y de inmediato todo lo que necesitaba saber para cumplir con su cometido formaba parte de sus conocimientos.

—Mañana partirás.

El rostro de Padre se esfumó rápidamente, dejando a Wzn solo en el Salón de las Estrellas. Este se quedó unos segundos inmóvil, sin saber adónde ir; luego se dirigió preocupado a su cubículo.

 

Durante el trayecto no dejaba de pensar en la mejor manera de informarle a su compañera. Era un gran honor, sin duda… pero también un trabajo peligroso.

Mzx se encontraba preparando los alimentos. Buscó el envase de drosófilas cantarinas para terminar de sazonar la ensalada de lianas algodonosas (la favorita de Wzn) y encontró que apenas si había unas pocas. Debo pasar por el abastecimiento para comprar más drosófilas, se dijo.

En ese momento oyó ingresar a Wzn. La luz de Mzx se acentuó por la felicidad y se dirigió al encuentro de su compañero; tenía una importante noticia que comunicarle. Sin embargo, la intensidad de su luz bajó al ver que Wzn tenía un ligero tinte azul, indicio de preocupación.

—Preparé lianas —dijo, controlando sus ganas de preguntarle por la razón de su color. Prefería no parecer entrometida. Por otro lado, no existían secretos entre ellos. Sabía que él terminaría por contarle el motivo de su preocupación.

—Padre me recibió hoy.

Ella sabía que eso significaba algo importante, y en su Sociedad importante era sinónimo de positivo. ¿Por qué entonces Wzn estaba azul?

Él se acercó suavemente y enlazó sus extremidades con las de ella.

—Tengo una grave misión que cumplir. Muy arriesgada pero vital para todos nosotros.

Y le contó todo.

La luz de Mzx también adquirió un tono azuloso, inclusive más intenso que el de Wzn. El jamás había salido de la Sociedad, menos había visitado otro planeta (al igual que los otros miembros por cierto). ¿Cómo sería capaz de viajar en una nave? No obstante ella confiaba en que las decisiones de Padre siempre eran las más idóneas. Él se veía forzado a actuar de manera tan radical debido a la desagradable situación creada por los crueles seres del tercer planeta.

—¿Por qué quieren destruirnos los seres del tercer planeta?

Era más una queja que una pregunta. Desde niños, todos los seres de la Sociedad sabían lo peligroso que era el tercer planeta, lleno de seres extraños e irracionales. Se le consideraba un sub-mundo en el cual se nacía como castigo. ¿Por qué deseaban destruirlos los seres del tercer planeta? Porque simplemente eran los seres del tercer planeta. Nada bueno emanaba de ellos.

Comieron en silencio, Mzx se disculpó por las pocas drosófilas en la ensalada. Wzn contestó que estaba bien, que como todo lo que ella hacía obviamente estaba bien. Fueron a dormir sin que ella le contase que esa mañana había recibido la autorización para encargar un hijo, su primer hijo.

 

El sueño de Mzx fue interrumpido por la extraña sensación de ser vigilada. Una débil tercera luz le indicó la presencia de alguien más en la habitación. Sin tratar de hacer mucho ruido, despertó a su marido. Wzn se levantó de un salto al ver a ese otro ser en su cuarto.

—No teman, no les haré daño.

Por el tono amarillento de su luz, se podía ver que era un anciano.

—Me he atrevido a entrar aquí pues tengo algo muy trascendental que decir en cuanto a la supuesta misión de Padre.

El halo del anciano creció hasta envolver a Wzn y a Mzx. De inmediato todos fueron trasladados a otro lugar. Era una habitación extraña, llena de innumerables instrumentos que jamás antes habían visto y de una inmensa pantalla al fondo.

—¿Dónde estamos? – Preguntó Mzx

—Es una parte de nuestra Sociedad de la cual nadie solo conocemos la existencia Padre y yo. Se podría decir que aquí se inició la… “vida” de la Sociedad. Déjenme mostrarles lo que se conoce como una película.

El anciano pasó su mano sobre algunos de los instrumentos y la pantalla se iluminó. En ella se vio a seres que, como Padre, tenían rasgos faciales reconocibles y como los otros seres, tenían cuerpos. Sin embargo, los individuos de la pantalla no brillaban.

—¿Quiénes son? —volvió a preguntar Mzx.

—Son humanos, los seres del tercer planeta.

Los humanos vestían trajes que parecían muy pesados, una especie de material transparente cubría sus rostros. Realmente son irracionales, pensó Wzn. ¿Para qué visten esos trajes que al parecer les impide moverse con facilidad?

Se encontraban en constante actividad, moviendo pesadas cajas de lo que parecía ser un inmenso cubículo hacia un lugar árido y polvoriento. Luego abrieron las cajas en las cuales había piezas de metal de diversos tamaños y empezaron a unirlas.

—Y lo que están haciendo —dijo el anciano— es ensamblar a Padre.

—No comprendo —dijo Wzn.

—Padre es lo que ellos llaman una máquina de inteligencia artificial. Fue instalado aquí para estudiar este planeta. Su misión era poner en funcionamiento cuerpos mecánicos llamados robots y recoger con la ayuda de ellos muestras de terreno, con propósitos que no soy capaz de comprender. No puedo negar que padre tiene razón al decir que los humanos son ilógicos y belicosos. Una guerra entre ellos se inició poco tiempo después de dejar a Padre aquí. De pronto este planeta ya no les era de interés y por algunos años olvidaron a Padre. Quizá debido a lo que ellos llaman aburrimiento, Padre empezó a crear un mundo en donde él era el líder, algunos humanos objetarán que esto es imposible que ocurra con una máquina, lo cierto es que Padre creó esta sociedad virtual en la que ahora nos encontramos.

—¿Sociedad virtual? ¡Es lo más absurdo que he escuchado en toda mi existencia! —reaccionó Mzx—. ¡Somos reales! ¡Nacemos, envejecemos, morimos! ¿Cómo puedes decir algo así? ¡Tú no estarías aquí si eso fuera cierto! ¡Padre no puede haberte creado! ¡Eres solo un anciano que ha perdido la razón!

—Soy lo que los humanos llaman el sistema de seguridad de la máquina de inteligencia artificial. Padre no puede nada contra mí. He sido creado para que pase lo que pase, yo defienda a los humanos.

—No es posible, no es posible —murmuró Mzx.

—Quiéranlo o no, ustedes son él y él está en todos los miembros de la sociedad. No tenemos cuerpo, no somos seres vivos, apenas un reflejo de Padre. —Wzn durante todo ese tiempo permaneció en silencio, pensando que muchas cosas que nunca comprendió sobre el funcionamiento de la Sociedad ahora cobraban sentido—. La guerra ha terminado —prosiguió el anciano—. Hay paz en el tercer planeta, sus sociedades vuelven a trabajar en conjunto y han decidido volver por el material que olvidaran hace años. Pronto vendrán a desconectar a padre.

—¿Qué significa eso? —preguntó Wzn, rompiendo su silencio.

—Que las piezas de Padre serán desconectadas, así él dejará de funcionar.

—¿Y qué pasará con nosotros? —agregó Mzx alarmada.

—Al dejar de funcionar Padre, no existiremos más. —Un pesado silencio se instaló en la habitación—. Padre ha interceptado el mensaje proveniente del tercer planeta, en donde por cierto se han asombrado al comprobar que después de todo este tiempo él aún muestre signos de funcionamiento. Él realmente ha creado un arma y una nave transportadora. Los robots funcionan aún. Te programará dentro de la nave para que destruyas el tercer planeta. Mi deber es impedirlo, pero no puedo hacer nada más que plantearte el problema y dejarte elegir lo que harás. Pero recuerda, nosotros solo existimos virtualmente, mientras que los humanos tienen realmente vida.

—Pero existimos —susurró Mzx tímidamente.

—Pero no estamos vivos —dijo el anciano.

—¡Qué significa estar vivo! ¿Acaso no pienso, acaso no dudo, no temo? —agregó Mzx, asombrada al descubrir, por primera vez, una faceta agresiva en sí misma.

—Quizá podamos explicarles a los humanos quienes somos —intervino Wzn.

—Es verdad, es una opción. Entonces ellos podrían utilizar nuestros conocimientos para su beneficio.

—Y seguiríamos siendo individuos —dijo alegremente Wzn.

—No, solo seríamos lo que ellos llaman información. Solo información a su servicio. La sociedad desaparecería.

Todos volvieron a quedar en silencio.

—Debes decidir, Wzn.

Él buscó las manos de su esposa. Ella lo miró como nunca antes lo había hecho, con una mirada tan penetrante que casi fue capaz de ver sus ojos.

—Destrúyelos —dijo ella firmemente—, y salva nuestra Sociedad; ellos harían lo mismo.

—Gracias —murmuró el anciano.

Tanya Tynjälä ha seguido estudios de pedagogía en el Instituto Superior Pedagógico de Lima y en la Universidad de Grenoble Francia. Actualmente realiza su doctorado en filología francesa en la Universidad de Helsinki. Ha publicado la novela de ciencia - ficción La Ciudad de los Nictálopes y el libro de cuentos de hadas Cuentos de la princesa Malva con la editorial NORMA. Poemas suyos han sido incluidos en la antología Canto a un prisionero de la Editorial Poetas Antiimperialistas de América 2005, Ottawa, Canadá. En 2003 fue nominada escritora del año para la colección Torre de Papel Amarilla por la misma editorial Norma. En 2007 ganó el primer premio en la categoría de monólogo teatral hiperbreve del Concurso Internacional de Microficción «Garzón Céspedes».

EL ESPECIALISTA

Csaba Béla Varga

 

En el lugar adecuado, en el momento adecuado. Ese es el secreto del éxito.

Pero este no es el lugar adecuado, ¡y el tiempo parece haberse congelado! Un planeta cuyo nombre ya nadie recuerda, en el borde de la Zona Prohibida.

¡El infierno!

Con el aumento del poder de los ataques zarg, fue inevitable que el Imperio renunciara a uno de sus tabúes centenarios y se decidiera a enfrentar, también en la superficie de los mundos conquistados, a los invasores llegados desde más allá de la galaxia.

Millones de soldados fueron entrenados para la operación, decenas de miles de transportes del tamaño de ciudades fueron equipados, miles de planetas y asteroides fueron escenario de los ataques. Los mundos ardieron.

Hasta ahora, no habían logrado vencer en ninguna parte. Quien descendía a la superficie, allí se quedaba. No había sobrevivientes.

Y aquí tampoco los habrá.

El sargento Trakdrak, suboficial superior del 172.º escuadrón xeno de la Guardia de la Muerte, presionó entre los dientes un grito mientras exprimía un puñado de metal líquido desde un esbelto cilindro de uranio sobre el agujero humeante y de bordes carbonizados de su pechera.

—Debió de ser algún tipo de láser —murmuró Drex Trakorax, el soldado más fuerte del escuadrón. “Trako” estaba en el borde del cráter y escudriñaba las ruinas con el buscador de su láser de asalto.

—¿Qué demonios hacemos aquí? —gemía un soldado moribundo a sus espaldas—. Los cabezones nos están aplastando… Nadie sabrá dónde está nuestra tumba. Sin gloria…

La herida en el pecho de Trakdrak se cerró. El sargento se incorporó con cuidado y echó un vistazo rápido al telescopio portátil. Se estremeció al ver la lectura del termómetro. Si antes de la misión no les hubieran bombeado litros de agentes metamorfogénicos, los xenos habrían ardido hacía rato bajo la atmósfera infernal del planeta.

—980 grados xare, o sea, menos 5 Celsius. ¡Esto sitio es más caliente que el infierno, incluso sin el enemigo!

Allá arriba, en la órbita del planeta, también rugía la batalla. Los pilotos del gobernador corrupto y cobarde –mal equipados y peor entrenados– intentaban enfrentar a las naves robóticas zarg. Si la Guardia de la Muerte no hubiera llegado, los habitantes locales estarían muertos desde hacía mucho.

El escuadrón llevaba un día resistiendo en la superficie, entre las ruinas de lo que alguna vez fue una gran ciudad insectoide, bajo la Cúpula del Gran Silencio y el Gran Cegamiento. Los atacantes usaron este campo de fuerza dual para envolver los cuerpos celestes que pretendían no solo ocupar, sino mantener a largo plazo. ¿Por qué este planeta en particular? Nadie lo sabía.

El Gran Cegamiento generaba oscuridad absoluta, donde ni los aumentos visuales artificiales ni los radares oculares servían. No era un escudo en forma de cúpula, sino una especie de esfera compacta de fuerza. Las naves imperiales que llegaban por encima del planeta “cegado” no podían ver a través de la capa protectora. Era posible desgarrarla, sí, pero solo disparando con los cañones espinales de potencia gigantesca. El problema era que tras el impacto del rayo… ya no quedaba nada que observar.

Las fuerzas imperiales acababan de descubrir la existencia del Gran Silencio. Abajo, en la superficie, resultó que no había posibilidad de comunicación acústica. Los soldados de asalto quedaron impactados por el silencio absoluto. Su conexión con las unidades que luchaban en órbita se perdió por completo.

Afortunadamente, pronto se descubrió que el Gran Silencio podía romperse con relativa facilidad. El aullido de las turbinas de los transportes, las granadas, los torpedos volcánicos, el aire desintegrándose en sus moléculas por plasma ardiente… todo ello agrietó el escudo zarg. De un instante al otro, los soldados volvieron a oír el estruendo habitual de los campos de batalla.

Se sintieron un poco mejor.

Y la visión regresó por casualidad. Un misil disparado con un destello cegador impactó en algo que hirió gravemente a los zarg. La explosión iluminó suavemente el entorno del escuadrón de Trakdrak. Con algo de luz, podían al menos intentar combatir a las fuerzas de superficie del enemigo.

Ola tras ola llegó el ataque. Los infantes zarg emergían de sus refugios subterráneos con una determinación inquebrantable. Su armadura repelía la mayoría de los disparos, y en combate cercano solo eran ligeramente inferiores a los xenos de élite.

Dieciocho horas. Un día local completo. Eso fue todo lo que necesitó el escuadrón de Trakdrak para perder el noventa por ciento de sus fuerzas. Había cadáveres xeno mutilados por todas partes. Cierto, al menos habían caído luchando, a diferencia de los desafortunados que no pudieron con la oscuridad. Fueron fácilmente rematados por el bullicioso ejército enemigo.

—¿Qué demonios hacemos aquí? ¿Por qué dejamos que nos masacren por un mundo ajeno? ¿Por qué no hay cerebritos o tiburones estelares aquí con nosotros? —Trakdrak se odiaba por siquiera formular esas preguntas. Un xeno no duda. Un xeno lucha.

Pero aun así, quería respuestas.

Frente al cráter que les servía de base –originado por una gigantesca bomba Cornelius Maximus lanzada por un caza interplanetario en desintegración– se alzaba la gran máquina zarg. De sus heridas aún emanaba un brillo verde allí donde la “afortunada” explosión la había alcanzado. Trakdrak la observó con un viejo visor óptico. No se atrevía a usar equipos electrónicos: los zarg detectaban instantáneamente la señal y disparaban al punto. Así habían perdido a todos los oficiales en la primera hora.

Si aquello era un generador del Gran Cegamiento –y todo indicaba que sí– capturarlo podría proporcionar información invaluable a quienes luchaban por la libertad de la galaxia. Podría cambiar por completo la guerra en superficie.

El tesoro estaba allí, a un salto. Pero era imposible acercarse. Quien salía de entre los escombros irradiados, moría. Quien se quedaba, era rematado por los zarg. Se oyó un estruendo lejano, pero cada vez más fuerte. Nunca habían oído algo así.

—¡Viene algo grande! —gritó Trako—. Directo hacia nosotros. ¡Y vienen los gusanos también!

Apretó el láser de asalto y abrió fuego. Los demás hicieron lo mismo. El ataque fue breve pero feroz. Una vez más lograron repelerlos… pero los zarg avanzaron unos metros más. Y en el horizonte ya no se alzaba un solo gigante, sino dos.

—¡Han enviado un monstruo nuevo! —gritó Trakorax—. ¡Pronto volverá la oscuridad! ¡No!

Miró desesperado a su sargento, luego aferró el láser, saltó al descubierto y corrió hacia el enemigo disparando. Los rayos golpearon la torre… sin efecto alguno. La superficie negra absorbía la energía.

Un frío destello verde recorrió los rayos y alcanzó el arma. El láser explotó. Y con él, Trakorax.

—¡Necesitamos refuerzos! —rugió Trakdrak por radio—. ¡Si no, la oscuridad volverá!

Un crujido fue la única respuesta. Luego apareció un punto rojo en su pantalla: un mensaje comprimido. ¡Había recibido un mensaje condensado en un micropunto! Un mensaje estrictamente secreto.

Activó el decodificador. El escudo imperial parpadeó y apareció el rostro de un oficial cerebrito herido.

—Sargento, gracias por su resistencia. El descubrimiento que han hecho… es muy importante. Quizá decisivo. Hay que destruir los generadores del Gran Cegamiento. No tenemos tropas.

—¿No tienen tropas? ¿Entonces cómo…?

—Hay alguien aquí —continuó el cerebrito—. Un Especialista. Se lo enviaré. Ayúdenlo a completar la misión.

Trakdrak frunció el ceño. Justo lo que necesitaba. No es que los Especialistas –la Nueva Guardia Imperial– no tuvieran fama. Miles de leyendas circulaban sobre ellos. El sargento nunca había visto uno en acción y no creía en poderes mágicos… pero estaba dispuesto a dejar de lado sus prejuicios. Si aquel alguien podía tener éxito donde ellos no… merecía apoyo.

Desde el cuartel general llegaba un vehículo pequeño y rapidísimo. Usaba los restos como cobertura, serpenteaba entre naves destruidas, y se acercaba veloz al frente xeno.

Los zarg lo detectaron de inmediato. El resplandor verde volvió a encenderse, el aire vibró. El vehículo pareció arrugarse. Las puertas saltaron y dos figuras cayeron al exterior. Una, un xeno envuelto en llamas, cayó al suelo gritando. El vehículo se estrelló contra un muro carbonizado. La explosión cegó a Trakdrak.

La otra figura desapareció entre el humo.

—Si eso era la ayuda, volvemos a estar solos —gruñó Trakdrak—. Prepárense. Intentaremos derribar al nuevo monstruo. Aunque muramos todos.

—No hará falta, sargento —dijo una voz suave a su espalda.

Cuatro láseres apuntaron al recién llegado.

—¡Un humano! —exclamaron los xenos—. ¿Cómo llegaste aquí? ¿Dónde está tu armadura, humano? ¿Te perdiste?

—¿No serás tú el Especialista? —preguntó Trakdrak con suspicacia.

—¿Esperabas a un héroe de tu especie? —respondió el humano. Tenía acento, hablaba demasiado suave, pero en perfecto xeno. No llevaba armadura ni traje protector. Se agachó en el borde del cráter y estudió la gran máquina.

—Ponte algo. ¡Te va a arder la sangre! No tenemos equipamiento para humanos.

El Especialista ignoró la advertencia. Observaba, fascinado.

—Podemos atraparla —dijo de pronto—. Si logro llegar hasta ella la eliminaré.

Los xenos lo miraron con incredulidad. Era débil comparado con ellos, pero emanaba una calma helada, una seguridad inquietante.

—¿Cómo piensas hacerlo? —preguntó Trakdrak.

—Ustedes los distraen. Yo me acerco por un lado y acabo con ella. Eso es todo.

—¿Y cómo piensas acabar con ella? ¡No tienes armas!

El humano sonrió con amargura. Parecía agotado, roto.

—Quizá yo mismo sea el arma. De los cerebritos se aprenden cosas curiosas. Confía en mí, cabeza de hierro. Si llego allí, esa máquina morirá. Y volverá la luz.

—Como quieras. Habríamos atacado de todos modos.

Trakdrak dio la señal. Los xenos se miraron entre sí y tomaron posiciones. A la orden, los efectivos de flanco saltaron del refugio y corrieron. Uno sobrevivió. Al otro le desapareció el torso. Un francotirador zarg acechaba cerca.

Los xenos avanzaron disparando y gritando su canto de guerra ancestral. El Especialista desapareció.

Lograron avanzar unos metros hasta que el fuego enemigo los aplastó contra el suelo. Quedaban pocos.

En el salón de la gloria del clan Trakdrak tendrían que grabar otra pared entera con nombres.

Mientras tanto, el generador dañado fue reemplazado por el nuevo. Un zumbido creciente llenó el aire. La oscuridad empezaba a espesarse de nuevo.

Trakdrak levantó la cabeza del barro. Entonces lo vio.

El Especialista estaba a pocos metros de la máquina. No buscaba cobertura. Caminaba erguido, con las manos colgando… y brillando tenuemente.

—Magia —pensó—. ¡Entonces las historias eran verdad!

El humano alzó la mano. La luz era visible para todos.

Pero… algo se movió detrás de Trakdrak.

El sargento giró. Un zarg emergía de los escombros. Cuerpo metálico segmentado, ojos enormes, un arma.

¡El francotirador!

Apuntó al Especialista. El humano no lo percibió, o no le importó. Ya trepaba la máquina.

El zarg cambió de arma. Guardó el plasma pesado y sacó un tubo fino y largo.

—¡Está demasiado cerca del generador! —comprendió Trakdrak—. No se atreve a usar el arma grande.

Saltó en pie. El barro explotó bajo su pecho. Se lanzó hacia el zarg. Este giró y disparó. El rayo blanco penetró en el xeno, pero no detuvo su carga. Trakdrak lo agarró y descargó un golpe devastador en su enorme ojo. El zarg cayó… pero sus garfios arrastraron al xeno con él mientras seguía intentando causar daño programado.

Trakdrak se sintió dominado por salvaje furia de su clan. Sabía, en lo profundo, que era un error, pero no podía controlarse. Rugiendo, despedazó el cuerpo del zarg. Cuando le arrancó la cabeza, creyó haber vencido. La alzó como trofeo y lanzó un grito triunfal hacia el Especialista.

Los soldados vitorearon… pero el humano no les prestó atención.

Estaba encima del generador nuevo. La máquina ardía. Grietas incandescentes se abrían, luego explosiones sacudieron la tierra.

Fue entonces cuando Trakdrak oyó un clic suave.

Un lanzador de plasma emergió del zarg decapitado que yacía a sus pies. La criatura metálica disparó a ciegas. El sargento nunca había sentido un dolor tan insoportable.

Cuando Trakdrak recuperó el sentido, rostros desconocidos –xenos e insectoides– se inclinaban sobre él. Había luz.

—Hicimos todo lo posible para… —expresó una voz grave y chirriante.

—Ha despertado —interrumpió alguien—. Sargento Trakdrak, ¿me entiende?

Trakdrak quiso responder pero no pudo. Apenas gimió. Una gota metálica apareció en el rincón de su ojo.

Sintió un toque en el brazo. Supo inmediatamente que era el Especialista. La mano del humano estaba abrasadoramente caliente… pero reconfortaba.

La voz del Especialista resonó en su mente agonizante:

—Salvaste mi vida, xeno. Y salvaste a todos los que participaron en esta operación. Eres un auténtico héroe. Haré que tu nombre llegue al bastión del clan Trakdrak.

“Qué extraño —pensó el sargento—. Ahora habla tan claro. Como un xeno.”

Entonces recordó algo.

—¿Voy a morir? —preguntó interiormente.

—Sí —respondió el Especialista—. Ese es el destino de los héroes. Pero no temas. No estarás solo mucho tiempo. Pronto te seguiré, y entonces podrás contarme tus gestas.

Trakdrak, sargento del 172.º escuadrón xeno de la Guardia de la Muerte, apretó los dientes. Podía oír cómo se desvanecían los murmullos y fragmentos de palabras de los camaradas que lo rodeaban. Los salvó, salvó un planeta entero y quizás la galaxia misma, que merecía un destino mejor. Hizo todo lo que pudo. Su nación, todos los que amó, quienes lo amaron, lo recordarían con orgullo.

El Especialista rezó en silencio a su lado. Trakdrak esperaba que fuera por él.

Su sufrimiento no duró mucho. Se despidió del mundo en silencio y cerró los ojos. El dolor se había ido. Pronto el silencio lo invadió, la paz lo invadió.

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

TRICOFOBIA

Robert Gion

 

(…) probablemente también eso formaba parte de algo más importante, pero tengo que reconocer que a Ramona la encontré a finales de mes, una tarde de sábado, tirada en la cocina, con una toalla sucia enrollada alrededor de la cabeza, con los tobillos atados con una cuerda a una de las patas de la mesa y con los pezones perforados por un fino hilo de alambre galvanizado, pasado por debajo del revestimiento del fregadero y luego enganchado a los elementos del radiador. Tenía el cuerpo cubierto de moretones y quemaduras de cigarrillo. En las costillas se veían garabatos hechos con bolígrafo, y todo el tatuaje que le cubría el hombro derecho, subiendo en una espiral llena de hojas por el cuello y enroscándose en la nuca, había sido rasgado con una hoja de afeitar.

Una verdadera red de cortes le cubría la barbilla y la mandíbula. En un muslo, torcido y sujeto con el resto de un elástico, colgaba un pedazo de bombacha hecha jirones, y entre los dedos de los pies apretaba un trozo de tela del que aún colgaba un botón.

—Jesús…

Llamé a Bobu desde el living y entre los dos le desatamos las piernas, luego empujamos la mesa hacia la pared. Incluso a la débil luz que entraba entre las persianas entreabiertas se veía cuánto pelo le había crecido en el cuerpo en las últimas semanas.

En las axilas se extendían grandes mechones, pegoteados de sudor. La piel de los muslos estaba infectada y enrojecida alrededor de los pelos, y en las areolas de los pechos habían surgido varias hileras negras de rizos, manchados de polvo y sangre. Por otra parte, Bobu apenas se tenía en pie de lo borracho que estaba y resbaló un par de veces en la mugre del piso: la heladera, olvidada abierta, se había descongelado, por todas partes no había más que charcos y rebanadas de pan y de tomate caídas de la mesa. El tacho de basura estaba patas para arriba, volcado en la puerta del pasillo que daba a la entrada, y Ramona yacía desnuda, con las piernas abiertas sobre las baldosas, y yo le entreveía el cuerpo a través de una miríada de circulitos y descargas de colores que me fulguraban en el rabillo del ojo.

—¡Hombre!, ¿y ahora qué hacemos? —preguntó Bobu—. No es como la otra vez. O sea… ¡fíjate nomás!

No respondí.

Tomé un vaso de agua de la canilla y luego intenté sacar el alambre galvanizado de los pezones de Ramona. Al final lo desprendí del radiador, se lo enrollé por los hombros, la agarré por la nuca y, con Bobu sujetándola de los tobillos como podía, la arrastramos hasta el sillón cama del living, en medio de los paquetes de papas fritas y las botellas vacías de cerveza.

En la tele hablaban del efecto nocivo de las dietas con sal marina y manzanilla, y eso, también, formaba parte de algo más importante: yo escuchaba con una oreja y miraba los muslos peludos de Ramona, las rodillas golpeadas, los labios atravesados por grietas y los párpados hinchados, llenos de venitas, los mechones enmugrecidos que salían de debajo de la toalla atada con un nudo en la nuca, tirando hacia arriba de la piel de la frente, y luego a Bobu, que se había desplomado en un sillón y casi ni respiraba, con la camisa empapada de sudor, sentado con sus brazos flacos, llenos de pecas, cruzados sobre la panza.

El pubis de Ramona, arañado bajo los pelos, se encharcaba en una sustancia viscosa amarillenta que rezumaba de las pocas heridas que tenía bajo el ombligo. Su cuerpo se arrugó torpemente en el sofá desplegado. Los brazos colgaban sin fuerza, la cabeza estaba torcida hacia un lado, y la piel parecía destilar algo mohoso, hinchado, abarcando lentamente sus huesos, atrapándolos en un cruel y lamentable agarre. Entre sus labios pude ver la punta de su lengua.

—¿Qué hacemos ahora? —dijo Bobu.

Me senté en la alfombra, junto a la estufa fría en la esquina de la habitación. Cerré los ojos, tragándome de a poco el bulto que me subía desde el estómago, y miré por la ventana hacia los árboles de enfrente y los techos de tejas de las casas.

—No podemos hacer otra cosa que esperar —le contesté al cabo de un rato.

Hacia la tarde, sin embargo, el pelo ya había cubierto el sillón, la alfombra, y crecía en un pelaje denso y suave alrededor de las patas de la mesita del televisor.

Lo sentía escabullirse entre los dedos, rodearme las muñecas: subía por los antebrazos en mechones largos, que se fundían a la altura de los hombros, hacía bucles debajo de la remera, saliendo por las mangas, me ceñía la cintura con un grueso cinturón trenzado. Había rodeado el sillón y se había enrollado varias veces alrededor de la biblioteca, inmovilizándola en un punto de apoyo sólido desde donde se desplegaba hacia las cuatro esquinas del cuarto, en franjas anchas y blancuzcas de caspa.

Se había tragado incluso la pierna de Bobu hasta más arriba de la rodilla y trepaba en un mechón castaño, despeinado, frente a la ventana, entre las puntillas de la cortina, arrancando del techo la guía de la cortina.

Bajo el peso de las pestañas enredadas en ramas ásperas a la cabecera de la cama, mezcladas con el pelo del cuero cabelludo y coladas por detrás del revoque de las paredes hasta por encima del marco de la puerta, los párpados de Ramona habían cedido, hundidos en el líquido barroso de las órbitas.

El vello entre las piernas se alargaba ahora, abundante y duro, en las fantasías de un matorral arborescente, como un emparrado sobre el cuerpo envuelto en las cintas de los mechones de las axilas.

Me deshice como pude del enredo de pelos, zarandeé a Bobu y luego, después de ayudarlo a sacarse las medias y los zapatos, nos fuimos a la cocina y nos sentamos a la mesa empujada hacia la alacena por una bola apelmazada, llena de cáscaras, que, después de reunir todas las alfombritas del pasillo, había metido una punta entre las bisagras de la puerta de la cocina.

Las ventanas estaban completamente tapadas. Bobu agarró una botella de vino, se sirvió un vaso y se lo bajó de un trago. Se sirvió otro, luego me echó a mí también en una taza como hasta la mitad, después tiró la botella en la pileta y me miró con unos ojos legañosos, como dos agujeros en un pedazo de hígado podrido.

El pelo se había arrastrado tras él, le había vuelto a agarrar los tobillos. Subía lentamente por las pantorrillas hacia los muslos. Yo agarré un cuchillo del soporte, lo corté y corté también los mechones que empezaban a salir de la carcasa del fregadero. Después me senté en lo que quedaba de una silla, pero sentía vagamente cómo el pelo se me enrollaba en las muñecas: el estómago me latía levemente, memorizaba cada contracción y la repetía sin descanso, el pelo se escurría sibilante por debajo de la puerta de la cocina y yo pensaba en los pechos de Ramona, en los pezones rojos estrangulados en el apretón de los mechones, en la carne agujereada por los pelos duros clavados en las paredes; luego un rayo de luz brilló un instante en una esquina del vidrio, se apagó sobre un rizo negro que descendió hasta encima del hule y empezó a ondularse junto a los platos, retorciéndose y deslizándose por una silla.

Busqué la taza.

En el bolsillo me quedaba un solo cigarrillo. Lo encendí con un encendedor de la alacena y me recosté en el respaldo.

—¡Que me lleve el diablo…!

El pelo había arrancado la puerta de la cocina de las bisagras. La había volcado en el pasillo, junto a la heladera, y ahora se inflaba en bolas espesas debajo de la cocina y cerca de la pileta, por debajo de las sillas y entre las puertitas de la alacena, arrastrando hacia afuera, sobre las baldosas, los platos y los cubiertos.

Con un ojo veía el cigarrillo encendido en la comisura de la boca, con la punta enrojecida bajo las volutas de humo.

Luego se oyó un ruido fuerte de vidrio roto, algo me golpeó en la nuca y Bobu empezó a moverse y a aferrarse a las sillas.

Se le desfiguraba la cara, estiraba brazos y piernas, buscaba todo el tiempo echar los codos hacia atrás. De vez en cuando se lanzaba hacia la puerta, con los ojos desorbitados: yo lo miraba desde la silla, con la punta enrojecida cada vez más cerca de la boca, retorcida como un alambre; Bobu me mostraba las axilas, el pecho, la espalda, sacudía la cabeza, hacía con los labios gestos desordenados, como si quisiera justificar el ritmo con el que llevaba el cuerpo de la mesa a la alacena y a la ventana, ahora rota. Por otra parte, a mí me daban ganas de vomitar, pero ya no me veía las manos, como si importara, y Bobu había estirado una pierna sobre el alfeizar, con la rodilla doblada hacia afuera, y se sujetaba con la otra, atrapada entre la alacena y la pared, esforzándose por mantener el equilibrio.

No sé qué me decía, pero me llegaba su aliento, me pasaba por encima de los hombros: el olor a alcohol y a pescado en conserva y chauchas con ajo, y la tela de la camisa deshilachada, escapándose de delante de mis ojos en esa nube de transpiración y olor a vino, volando por la ventana, en jirones, junto con las macetas y el estante de los cubiertos.

A la derecha, en la pared resquebrajada, había aparecido un bulto erizado de pelo, arrastrándose hacia la pileta. Bobu intentaba refugiarse en el cráter abierto de repente en las baldosas, pinchado por tenedores y con el pelo infiltrado en la piel rota en las articulaciones de los codos. La pierna que quedaba en el marco de la ventana flameaba agitada por los mechones que salían al patio como la hiedra por las paredes. Ambas manos se le habían inmovilizado ahora por encima del pene. El pelo le escalaba el pecho, le tanteaba las fosas nasales, y la piel despellejada de los codos se balanceaba agujereada; la lengua arrancada se le había extendido por las mejillas, tironeada por dos pelos colados tras las manijas del mueblecito de las especias, y la piel había cedido en las caderas, atrapada por un mechón como un gancho, insinuado a lo ancho de los riñones.

Un hueso ensangrentado me pasó de golpe junto a la oreja y se clavó en la tapa levantada de la cocina.

Bobu me miraba ahora desde dos lugares de la cocina al mismo tiempo y, viniendo desde el pasillo, una nube de caspa y costras diminutos casi me dejó ciego, estallando por las grietas de la puerta.

Apreté el cuchillo en la mano y salí disparado por el pasillo de la entrada. Una botella vacía de vino me golpeó la espalda y luego, arrebatada por un soplo invisible, se lanzó contra la heladera hecha pedazos. Pisé los restos del perchero y encima de un montón de cuadros, agarré una manija y me arrastré hacia el living. El patio de la casa había desaparecido entre las ventanas y las puertas, las paredes se habían corrido, la ducha caía con presión sobre la cama del dormitorio y esta hincada con las patas en la estufa que vomitaba bolas de barro y pelo enmugrecido. Avancé un metro más, me detuve.

Un objeto móvil, brillante y deforme me rozó una mano y se escurrió por una cañería que brotaba del parqué, así que di un paso hacia una grieta que pasaba junto a mí y me tiré al otro lado. El pelo me rozó los tobillos. Me abrí paso por un montón de cajas de cartón, esquivando un montón de azadas y rastrillos; luego, con los hombros arañados, me rodé atravesado sobre un caño y junto a una caja vacía, y después eché a correr por un pasillo corto cerrado por una alambrada y doblé a la derecha. El pulso, desbocado, subía y bajaba, desde la cima de mi cabeza hasta la planta de mis pies.

Después de volver a cortar los pelos aferrados a las muñecas, me debatí y salí por el marco de una nueva grieta, por detrás de un trozo de alambrado. Respiraba mucho mejor: cerca de mí apareció una fisura por la que se coló, rugiendo, una madeja de pelo que dejó al descubierto la curva de una manija colgando de lo que quedaba de una puerta. Me agarré enseguida de ella, la apreté y me desplomé, rodeado de una nube de caspa y polvo, sobre el sillón del living, luego salí volando con él en brazos por las puertas abiertas del garaje.

Un instante vi la calle frente a la casa, encorvada como una correa ondulante, después se alzó una ola de mugre, me estalló en la cara y avancé durante unos segundos a ciegas, con la boca llena del gusto del revoque, tropezando con tablas y trozos de cascotes.

—¡Al carajo, al carajo, al carajo!…

Apenas conseguí abrir los ojos, me lancé por el espacio entre las dos puertas y de golpe me encontré afuera, en el caminito frente a la casa. El cerco se había venido abajo. Salté por encima de los restos y un estrépito pavoroso se elevó detrás de mí, acompañado de un ruido de derrumbe, luego un soplo poderoso, ardiente, me golpeó en la nuca y me catapultó a la calle.

Oía a lo lejos gritos, tenía la impresión de ver a veces sombras agitándose entre las casas vecinas, el asfalto recalentado había empezado a resquebrajarse, grietas negras se multiplicaban bajo mis pies a una velocidad increíble. Tropecé y seguí corriendo, arrastrando los harapos de la ropa desgarrada por el soplo de la explosión. El pulso se me había instalado en la garganta, y desde allí los golpes del corazón me retumbaban en la cabeza y en el pecho, tan fuerte que me mareaba y perdía el equilibrio a cada latido.

Poco después vi las casas de las afueras, la estación de servicio, los campos de maíz. Giré y me metí directamente por el sembrado, con las hojas filosas marcándome la cara y los hombros: corría sin detenerme, seguía con la sensación de que la tierra cedía bajo mis pies.

Corrí así hasta quedarme sin aliento, luego, casi sin sentido, me quedé un momento de rodillas, con la frente en las palmas que me ardían.

Había salido del maizal, frente a mí se extendía un campo de trigo y, más allá, se veía un bosquecillo: las siluetas grises de los troncos, las hojas sacudidas por el viento. Me levanté y me senté. La ropa me colgaba en tiras, me irritaba, me la saqué con brusquedad y la tiré a un lado. Desnudo y con el cuerpo lleno de raspones, me acurruqué en una hondonada forrada de pasto y estiré las piernas, con la espalda apoyada en el pequeño talud de tierra. Un segundo me quedé así, pero cuando abrí los ojos estaba saliendo el sol. Había dormido allí toda la noche. Tenía las manos y los muslos entumecidos, pero por lo demás no me dolía nada, el pulso se había calmado, solo me zumbaban un poco los oídos.

Al cabo de un rato, reuní coraje y emprendí el regreso a la ciudad. Llegué frente a la casa casi una hora después. No había un alma en la calle.

Me escurrí desnudo entre los escombros y busqué un hueco por el que entrar, torciéndome los tobillos entre planchas de aglomerado y fragmentos de machimbre. Junto a la puerta rota de la cocina, una lámpara de mesa se había quedado congelada en equilibrio, sostenida por una tostadora y una cacerola roja. La empujé con el pie y entré.

Los destrozos eran tantos que no podía registrarlos todos a la vez, y cada uno por separado me agotaba.

En un rincón, cerca de la pileta volcada, vi un pedazo de Bobu, no sé exactamente qué era, de momento no tenía demasiada importancia, toda mi atención se concentraba en el resto de escalera apoyado en la pared del pasillo. Con gran esfuerzo subí al primer piso y revisé una por una todas las habitaciones.

A Ramona la encontré en el dormitorio pequeño, seca y arrugada, con las piernas abiertas encuadrando una radio. El pelo se había marchitado, se le había desprendido de la cabeza y de las axilas, la vulva estaba fría y pelada, como un pedazo de corteza vieja. Todavía tenía el alambre pasado por los pezones. Cuando me acerqué y la toqué, el cuerpo vibró levemente y soltó un susurro de pasto seco.

Me agaché, agarré el alambre e intenté levantarla. Los pechos cedieron y se desprendieron del tórax, dejando atrás dos agujeros negros, de bordes deshilachados. Las tetas secas se balanceaban en el alambre: el cuerpo de Ramona estaba completamente vacío, sin rastro de órganos ni huesos, una cáscara deshidratada, rígida, surcada de arrugas. Me colgué el alambre con los pechos al cuello, la levanté en brazos y conseguí bajar con ella a la planta baja, dejándola luego en lo que quedaba del living. Empezaba a tener sed y hambre; de camino a la cocina me encontré en el piso un trozo sucio de pan, era suficiente por el momento; entré por una grieta del muro y empecé a buscar a Bobu.

No sé si estaba entero, pero encontré gran parte de él entre los escombros y llevé todo lo que pude encontrar al living, junto a Ramona: cargaba los trozos aun chorreando sangre con una olla agujereada, los transportaba y los volcaba plaf, plaf junto a Ramona, plaf, plaf, plaf. Cuando estuve seguro de que no quedaba nada entre los cascotes, tiré la olla, agarré un cuchillo de carnicero que había visto antes caído detrás del revestimiento del fregadero y volví al living.

—Así… ahora está bien…

El sol entraba por un agujero del techo, iluminando la habitación como en la palma de la mano, los dientes de Ramona brillaban entre los labios partidos, las tripas de Bobu relucían enroscadas.

Clavé el cuchillo en la panza de Ramona, rajé de arriba hacia abajo –se rompía con mucha facilidad–, luego agrandé el hueco y empecé a meter dentro los trozos de Bobu, uno por uno, en la cáscara del cuerpo seco. No me llevó mucho tiempo hacerlo.

En el momento en que miré los pechos ensartados en el alambre, dudé un instante, pero al final decidí dejarlos aparte; después cerré como pude la abertura sobre las tiras de carne y alcé el cuerpo arrugado en brazos. Un velo de neblina humeante se me tendió enseguida sobre los ojos: se disipó lentamente a medida que avanzaba tambaleándome hacia la cocina y luego afuera, al jardín.

Había calentado. El cuerpo entre mis brazos se ablandaba, la sangre se escurría por una fisura en los riñones y me chorreaba por los muslos. Elegí un lugar al pie de un manzano, cavé allí un pozo y con mucho cuidado coloqué el cadáver rellenado con los trozos de carne en el fondo.

—Así… Ahora solo hace falta…

Después de cubrir la fosa, arrastré encima hojas y ramas para que no se viera nada y volví a la casa. Los pechos marchitos de Ramona los metí en una bolsa, y la bolsa la escondí en un placar de arriba, entre camisas y toallas sucias.

En los días siguientes me ocupé de la casa. Hice algunas reparaciones, sobre todo en la cocina y el baño: dormía en el living, en el único sillón que había quedado intacto y una noche soñé algo que olvidé, pero luego lo soñé a Bobu: estaba mirando fijamente hacia mí por los agujeros del pecho de Ramona; me miraba y no decía nada, después, la noche siguiente, soñé algo tan horrible que me desperté a los gritos, pero ya era de día, el sol entraba en la habitación, me daba en la cara y, antes de llegar a despabilarme o a frotarme los ojos, ya había olvidado por qué me había despertado.

De todos modos, en las semanas que siguieron, las pesadillas se diversificaron, se volvieron mucho más claras y vívidas, soñaba la casa tal como era antes de encontrarla a Ramona, cómo me había hecho amigo de Bobu, luego otra vez a Bobu mirándome, colgado con las manos de los agujeros del pecho arrugado de Ramona e intentando, creo, arrastrarse hacia afuera. Arrastrarse hacia mí…

Con el tiempo, sin embargo, me acostumbré: si sueño algo, lo que sea, me despierto, grito un poco y, si ya amaneció –y la mayoría de las veces es así–, voy a la cocina, tomo mi café y me pongo a trabajar. Las pesadillas son como parientes que me visitan de tanto en tanto, por los que no hace falta preocuparse. Además, desde hace un tiempo me esfuerzo por beber cada día la mayor cantidad posible de té de manzanilla con sal marina (…)

Robert Gion nació en 1978 en Tecuci y pasó su juventud viajando por Europa. Vivió un tiempo en Chipre y luego en Grecia. Apasionado de la literatura de terror, es un gran admirador de Serge Brussolo, Graham Masterton y Stephen King. Ha publicado relatos y cuentos en las revistas Gazeta SF, Helion online, Galaxia 42, CSF, Utopiqa, Artzone SF, Ficțiuni.ro y Revista de Suspans. Fue incluido en la Antología de Ficción Policial y de Misterio Rumana (publicada por Paralela 45) y en las antología CSF de 2019, 2020, 2021, 2022, 2023". Debutó con su propio volumen en la colección de relatos Elisa, que recibió el Premio Antares al mejor debut en una novela de ciencia ficción, fantasía y humanidades de 2020. Su segundo volumen de relatos, La oscuridad del mañana, se publicó en noviembre de 2022. El tercero, La segunda F de la felicidad, publicado en octubre de 2023, recibió el Premio Romcon en la categoría de volumen de prosa corta. En septiembre de 2024 se publicó la novela de terror Monstruos en la orilla.

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO