miércoles, 3 de junio de 2026

EL HOMBRE CUBO

Ramprasath Rengasamy

 

Esta vez no intenté sujetarme al asiento ajustando mi postura, porque la rápida sucesión de acontecimientos en el laboratorio había destrozado todas mis esperanzas. Como resultado de todo ello, caí al suelo.

Los ambigramas se desplegaron como un globo de agua al estrellarse contra el piso, expandiendo y contrayendo mi cuerpo obeso sobre la superficie plana. Permanecí bamboleándome un rato antes de estabilizarme.

Usando las manos, me arrastré hacia la puerta, tirando de mi cuerpo. Era más fácil revolcarme en mi propio peso y avanzar rodando.

Al llegar a la puerta, mientras intentaba racionalizar la situación, dije:

—No soy más que un indefenso hombre cubo.

Y me reí con amargura.

 

Veo que quieres saber cómo terminé así. Esta es la historia.

—¡Vaya, mírate! —dijo Tony—. Un cubo invertido en lugar de cabeza, signos de interrogación en lugar de orejas, ceros en lugar de ojos, ceros más pequeños en lugar de nariz, un guion flexible en lugar de boca, letras minúsculas «l» en lugar de dedos, letras «L» en lugar de piernas, y letras que parecen querer desprenderse de la tela de tu ropa. Son ideas que hoy en día ni siquiera se les ocurren a los escolares. Nunca pensé que vería una figura humana tridimensional construida con ambigramas tridimensionales de símbolos, letras y números.

Tony estaba claramente divertido.

—Nunca había visto cobrar vida una obra de Adobe Wordle —dijo.

Sentí que se estaba burlando de mí.

—Cuando otros encuentran ambigramas valiosos y significativos, se separan de mí —dije.

—Entonces, ¿te encoges a medida que los ambigramas te abandonan? —preguntó Tony, abriendo mucho los ojos bajo sus cejas de plástico.

—Los ambigramas que me abandonan actúan como constructores musculares. La realidad cambia con esos ambigramas que se desprenden; expanden la realidad, añadiendo posibilidades adicionales que producen nuevos ambigramas.

Tony asintió, comprendiendo.

—¡Interesante! Yo solo puedo ayudar a automatizar las cosas. Para combatir la obesidad, necesitas ir al gimnasio.

Sus ojos biónicos me recorrieron de arriba abajo, haciéndome sentir incómodo.

—Ayúdame a perder ambigramas significativos a una velocidad mucho mayor que aquella a la que la realidad se expande. Las computadoras son mejores que los monos, ¿no?

Tony asintió.

—¡Ah! Nunca había visto a nadie utilizar el teorema de los monos infinitos para combatir la obesidad, profesor.

Le expliqué el algoritmo en lenguaje sencillo.

—Primero, busca una oración con significado. Si encuentras una, comprueba si forma parte de un párrafo con significado. Si es así, verifica si está dentro de una página con significado. Sigue ampliando la búsqueda a capítulos, volúmenes, libros y series. En cada etapa, comprueba si la humanidad ya conoce ese contenido; si lo conoce, ignóralo y pasa al siguiente.

En la pantalla principal apareció una serie de ventanas; en una de ellas vi a Tony escribiendo el código correspondiente a la lógica que le había dictado.

Poco después de que aprobara el diseño, Tony anunció a través de sus diminutos altavoces:

—¡Código implementado y en ejecución!

Vi una nueva colección de pantallas en el monitor principal: una contaba el número de monos virtuales y otra mostraba las palabras que iban produciendo. Había otras, pero eran pantallas de listado de procesos. A medida que transcurrían los minutos y observaba el aumento gradual de la producción, pregunté:

—¿No puede acelerarse esto?

Me di cuenta de que me había vuelto impaciente.

Tony anunció a través de sus diminutos altavoces:

—Como pidió. He añadido otro millón de monos virtuales. Ahora debería ser aún más rápido.

Nos quedamos allí, observando la pantalla principal en un silencio adormecedor. El programa de simulación seguía generando palabras mientras el contador de monos virtuales aumentaba a un ritmo vertiginoso.

Lo que me pareció extraño fue el gráfico de rendimiento del programa de extracción. Crecía mucho más lentamente que el gráfico de salida del módulo generador de palabras.

—Después de tanto tiempo transcurrido en la simulación, ya deberías haber perdido una cantidad considerable. ¿No es así?

Sus ojos biónicos se clavaron en mi cuerpo obeso. Yo estudié los gráficos de salida del programa de extracción.

—Me preocupa que el programa de extracción esté tardando tanto. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde el inicio de la prueba?

Tony tradujo las cifras de los registros:

—Cuatro mil doscientos dieciséis billones de años-mono dentro de la simulación, y los programas siguen ejecutándose.

Reflexioné profundamente durante un instante y asentí.

—Viéndote a ti —dijo Tony—, y considerando que apenas has perdido ambigramas desde que comenzó la simulación, esto es lo que concluyo. Dividamos todas las posibilidades en dos cubos. El primero contendrá el conjunto finito: un rico repertorio de combinaciones de palabras que los monos virtuales podrían escribir durante un tiempo extraordinariamente largo. El segundo cubo contendrá todas las combinaciones distintas de ese conjunto finito. Lo más probable es que tú seas ese segundo cubo que incluye todo lo demás.

Estuve a punto de desplomarme. Me sentí mortificado; una parte de mi cuerpo obeso se desinfló.

Fue entonces cuando Tony se burló de mí y yo dije lo que había dicho antes.

Continué:

—Toda empresa intelectual aspira a arrancarme un pedazo; aun así, seguiría siendo un inmenso «todo lo demás». Me alegraría haber entregado mis elementos útiles para una causa noble. Esperaba convertirme algún día en un montón delgado de elementos inútiles después de haber cedido todos los útiles.

Seguí hablando mientras me arrastraba hacia la puerta:

—Cuando somos viejos, débiles, agotados y exhaustos, lo que importa es cuánto hemos logrado al desprendernos de nuestros elementos útiles y significativos. ¿No es así? Me doy cuenta de que soy una pila inmensa, desordenada e interminable de todo lo demás. Las necesidades humanas garantizan el orden; prescindir de ellas equivale a saltarse órdenes total o parcialmente. Con tantas distracciones ralentizando el progreso humano y multiplicando las probabilidades de extinción de la humanidad, temo llegar a viejo con elementos útiles y significativos aún dentro de mí, como una solterona envejecida; me pregunto si todo eso acabaría convirtiéndome en un monstruo enormemente obeso. Si ocurriera, ¡qué absurda preservación de ambigramas útiles y significativos sería esa!

Ramprasath Rengasamy es consultor informático de profesión y escritor de ciencia ficción por pasión. Vive y trabaja como consultor de software en Atlanta, Georgia, EE. UU., con una visa H1B desde 2014. Originario de la India, ha escrito 15 libros en tamil e inglés. Es un autor bilingüe conocido por sus obras de ciencia ficción y ficción matemática. Además, es miembro de la SFWA (Asociación de Escritores de Ciencia Ficción y Fantasía) y ha sido galardonado con el Premio del Gobierno del Estado de Tamil Nadu. Sus obras han aparecido en Protocolized, AntipodeanSF, Aphelion, Metastellar, Alternate Reality, Allegory, L. Ron Hubbard Writers of the Future, Boston Literary Magazine, Readomania, Literary Yard y muchas otras publicaciones. Ha recibido menciones honoríficas en L. Ron Hubbard y Allegory. Su obra «Mismatch» figura actualmente en la lista de lecturas recomendadas de los Premios Nebula.

 

EN VIVO DESDE TRANSILVANIA

Gabriel Moldovan

 

La oscuridad se posa sobre el complejo abandonado, recortando sombras extrañas contra un cielo otoñal de color púrpura. Un silencio cristalino llena las habitaciones vacías, empujando el frío hasta lo más profundo de los huesos. Los ladrillos y el hormigón son reclamados lentamente por la vegetación. Valeria sostiene el teléfono frente a sí. La luz de la pantalla tiñe sus mejillas de un tono amarillento, excavando profundas ojeras alrededor de sus ojos. Sonríe ampliamente –“como una loca”, diría su hermana– con un entusiasmo que palpita en cada una de sus palabras.

—¡Hola, gente! Bienvenidos a una nueva aventura... una que seguro les pondrá la piel de gallina —dice a la cámara, lanzando una rápida mirada por encima del hombro—. No estoy bromeando: estamos en Transilvania, el lugar donde los fantasmas cobran vida y... quién sabe, tal vez incluso los vampiros.

En la pantalla, el número de seguidores aumenta vertiginosamente: 213, 305 personas en apenas unos segundos. Los comentarios llegan en ráfagas: “¡Estoy muerto de miedo!”, “¿De verdad hay algo ahí?”. Valeria se alimenta de la adrenalina del momento. Su sonrisa se ensancha.

A su lado, Mara se abraza el cuerpo. Tiene los dedos fríos y la respiración rápida, superficial. Se obliga a sonreír, pero el corazón le golpea el pecho con cada sonido que surge de la nada. Cada crujido le suena al llanto de un niño. Se muerde el labio hasta hacerlo sangrar, pero permanece callada.

Valeria lo nota y, con una breve carcajada, gira la cámara.

—Pero bueno, Mara, ¿qué te pasa? ¿Lista para hacer algunos... nuevos amigos? ¡Gente, ya conocen a mi hermana! ¡Mara, saluda!

Mara no responde enseguida, aunque finalmente hace un gesto mecánico. Traga saliva y mira a su hermana a los ojos, buscando un rastro de sensatez. Una notificación roja parpadea en la pantalla: Battery 15%. Valeria la descarta instintivamente con el dedo. La audiencia es demasiado valiosa para dejarse interrumpir por cuestiones técnicas.

—¿Estás segura de que no nos va a pasar nada? —susurra apenas Mara—. La batería está por acabarse, Valy. Deberíamos detenernos.

Valeria se encoge de hombros, ignorando la advertencia. Vuelve la cámara hacia sí misma, reforzando el misterio.

—Es solo una leyenda... o quizá no. No vinimos hasta aquí para mirar porcentajes, ¿verdad?

Los seguidores siguen aumentando. “¡Eres la chica más valiente del mundo!”, “¿Hay alguien con ustedes?”.

—¿Qué dicen? ¿Entramos más adentro? ¡Voten: 1 para “sí”, 2 para “no”!

Sin esperar el resultado, Valeria toma a Mara de la mano. Cruzan la pesada entrada del edificio de oficinas, el antiguo cerebro del complejo industrial. El yeso desprendido cruje bajo sus pasos, produciendo un eco amplificado que rebota contra las paredes heladas. Valeria hace girar la cámara en un ángulo de 360°: puertas oxidadas, ventanas rotas, bocas de oscuridad abiertas donde antes hubo marcos. En un rincón, una mancha oscura de líquido seco parece señalar un camino. Mara se sobresalta.

Valeria acerca el teléfono a su rostro y susurra con tono conspirativo:

—Estamos siguiendo el rastro de una leyenda urbana. La gente dice que aquí... todavía ronda algo. Algo que no pertenece a este mundo... pero que se niega a marcharse.

Los comentarios explotan. “¡No puede ser!”, “¡De verdad están haciendo esto!” y “¡Cuídense, chicas!”. Con un gesto teatral, saca del bolsillo una bolsa transparente llena de un líquido rojizo, de la que cuelga un tubo de transfusión. Mara se queda paralizada.

—¡Valeria! ¿Qué... qué es eso?

Su hermana sonríe a la cámara con una mirada febril.

—El sacrificio necesario, Mara. No puedes atraer una historia de vampiros sin un poco de “postre”, ¿no? Además, aquí resulta más útil que dentro de mis venas.

Mara siente náuseas. Se pasa la mano por el cabello, buscando una explicación racional para el espectáculo de su hermana. Antes de que pueda decir una palabra, una niebla densa empieza a deslizarse desde el umbral de una puerta, extendiéndose como una ola húmeda. Un olor pesado y estancado les adormece los sentidos.

Valeria observa fascinada. Los mensajes: “¿Qué está pasando?” “¡Gira la cámara para que podamos ver!”… acompañados de emojis de corazones, rostros aterrados y carcajadas, se suceden a una velocidad alucinante.

—Oh, Dios mío... mira, Mara. ¿No es increíble?

Mara ya no puede contener el temblor. Sus ojos permanecen fijos en la forma que comienza a condensarse dentro del velo blanco, una silueta imposible que aplasta toda lógica. Luego, presa de una convulsión incontrolable, baja la mirada hacia la seguridad banal de las puntas de goma de sus zapatillas.

—Es solo... niebla, ¿verdad? —murmura, aunque su voz la traiciona.

Valeria levanta el teléfono. 432 personas observan en vivo cómo, en medio de la blancura, se enciende una débil luz. La silueta es humanoide, pero antinaturalmente alargada. Sus movimientos son lentos, dotados de una extraña elegancia. Levanta los brazos. No dos, sino cuatro extremidades largas y delgadas que se despliegan como alas de insecto en cámara lenta. El movimiento parece una danza muda, un ritual de miles de años.

Solo entonces Valeria siente un escalofrío helado recorriéndole la espalda, pero la fascinación la mantiene inmóvil. Más de 500 personas observan en tiempo real. “¡OMG!”, “Sí, claro... excelentes efectos especiales” y “¡Salgan de ahí, chicas!”.

—Es... es real —susurra, atrapada por una epifanía morbosa.

Mara le agarra la mano y tira de ella hacia atrás. En ese instante, un sonido agudo y metálico azota el aire. El teléfono resbala de las manos de Valeria y cae sobre el cemento agrietado. La cámara filma desde el suelo, captando apenas las puntas de sus zapatillas y la sombra de la figura de cuatro brazos que avanza con pasos iguales, como un metrónomo.

—¡Valeria, nos vamos ahora mismo! —grita Mara con la voz quebrada—. ¡Va... Valeria, por favooor!

El aire se vuelve denso, irrespirable. La niebla las envuelve, absorbiendo sus gritos. La sombra se balancea sobre ellas, con las extremidades alzadas como un espectro protector o un depredador. Las respiraciones de las muchachas se transforman en largos suspiros ahogados por la atmósfera húmeda.

Justo cuando alcanzan los 517 seguidores, la pantalla se vuelve negra.

Gabriel Moldovan nació en Sibiu, Rumania, en 1980. Se ha especializado en la intersección del thriller de espías, el romance psicológico y la ficción ciberpunk oscura. Su estilo es cinematográfico e introspectivo, lo que le permite explorar temas de identidad, poder y vulnerabilidad emocional a través del realismo de Europa del Este. Coordina el círculo de escritura creativa InkSpiration en Sibiu, apoyando voces emergentes y el diálogo auténtico. Ha publicado un libro de poesía y prosa breve, La mujer con alas (2003). Ha participado con sus obras en antologías y revistas como Catharsis, Everyday Adventures (2021), Tracus Arte, antología a cargo de Florin Iaru y más de cuarenta de sus textos han sido seleccionados LiterNet.ro entre 2025 y 2026 y en las revistas Helion y Toplitera entre 2024 y 2026.

 


 

EL OJO DEL SEÑOR

Cristian Mitelman

 

Lo llamaban Juan de Cárdenas, aunque es un falso apellido originado por el accidente que padeció en el sitio de Arras, una tarde de junio de 1640, cuando el bichero de un soldado francés le arrancó el ojo izquierdo y tanta era la sangre en su rostro que el médico de la guardia española reseñó en su libro: “un soldado con el rostro cárdeno y un vacío perfecto en la cuenca, vacío del que manaba aquel torrente que olía a hierro y que al llegar a tierra ya comenzaba a coagular”: así anotó en el libro y “el cárdeno” se convirtió en el modo en que empezaron a llamarlo, aunque también existía el apodo meno poético de el “Tuerto de Arras”.

Durante catorce días la fiebre lo consumió y periódicamente lo visitaba un sacerdote para administrar la Extremaunción. Llegaba un poco antes de la medianoche: el resto del día la pasaba en los entierros de los militares españoles que, perseguidos por la desgracia o por la mejor estrategia de los franceses aliados a los blasfemos protestantes, desfilaban al otro mundo para engrosar las tropas celestes del verdadero Dios de los Ejércitos. Juan el Cárdeno, más tarde Juan de Cárdenas, parecía aferrado a la vida desde esa única cuenca sobre la que se derramaba la luz de un velón que apenas iluminaba el camastro, el poyo junto a la ventana y el cuenco de agua con un gusto levemente salobre. Había también sobre el lecho del moribundo una pintura de la Virgen, pero la imagen se fundía en la penumbra y el herido apenas entreveía los pies de una señora cuyo calcañar aplastaba a una serpiente y, ya fuera por la locura, por el dolor de la herida (escaseaba el láudano en aquellas tierras donde las fuerzas del infierno parecían dar la victoria a los sublevados) o por la ausencia de mujer, lo cierto es que antes de adormecerse y caer en algún tipo de pesadilla aquellos pies femeninos eran el único recuerdo de Venus que pasaba por el ojo de Juan de Cárdenas. Eran sueños confusos: aquellos pequeños dedos descendían del cuadro y tocaban los labios del enfermo, que al principio los besaba devotamente y luego se iba enardeciendo hasta pasar a los amores imperfectos de la materia, pero una voz lo detenía, y no era un reproche ni la profética lengua de los que están en el Cielo o el Infierno; no era nada de eso, sino la voz de una muchacha que reía y le decía: debes levantarte, Juan, y llegar a tu aldea: te están esperando.

Por la mañana, cuando el mundo reestablecía su orden, sentía miedo de aquellos sueños. Sentía culpa. Aquel secreto no podía salir de sus labios cuando el cura intentaba confesarlo. Sabía de los Tribunales y los juicios eclesiásticos. Como buen soldado, intuía que la mejor forma de sobrevivir, ya fuera en los tercios borbónicos o en la vida fuera de la milicia, consistía en el silencio.

El sueño no se repetía siempre. Con los días empezó a ver un paisaje que lentamente se iba oscureciendo. También miraba los árboles desde abajo y el modo en que las nubes y las estrellas pasaban entre las ramas llevados por el viento. Podía ver las patas de los galgos de caza y a veces sentía la leve inclinación de las briznas que seguía la ruta solar cuando el cielo parecía un largo escudo de gules y luego sobrevenía, en la heráldica del mundo, la noche atezada. No obstante, las tinieblas fueron cubriendo aquellos colores que venían de un lugar que Cárdenas sentía conocido y extraño a la vez. Una mañana en que la fiebre comenzó a desvanecerse y sintió que podría pararse, entendió lo que le había ocurrido: lo que había soñado eran las últimas proyecciones que el ojo arrancado de su cara había visto. Aquellas tinieblas finales correspondían a la fusión de la cuenca con la tierra que la iba devorando.

Volvió a su pueblo en la Isla de los Faisanes y con algún resquemor aceptó el Tratado de los Pirineos, por lo que durante seis meses era súbdito francés y los otros seis meses súbdito español. Con un ojo vacío y el otro pleno, con dos nacionalidades a cuestas y con una guerra perdida, Juan de Cárdenas trabajó en el viejo molino familiar viendo en las cambiantes nubes del norte una imagen bastante certera de su propia existencia. Para no generar tanta impresión en los niños y en los ancianos, debió tapar su rostro con un parche que él mismo hizo con el cuero discado de un cerdo.

Una mañana de mayo, un viajero que venía del reino de Holanda le habló de cierto joven hebreo que había aprendido a pulir cristales para que la gente viera mejor y que esta ciencia la había aprendido de un trabajo hecho en Francia por un señor llamado Descartes, quien se dedicaba al estudio de lo que hay debajo del cráneo, sabio que no dudaba en abrir animales para comparar lo que el Señor había hecho en ellos con nuestra humana naturaleza. Y le había dicho también que de aquellas abominaciones parecía surgir un nuevo conocimiento del mundo que no cuadraba con el saber antiguo, ya que la patrología prohibía claramente eso de andar hurgando en los vivos y en los muertos.

Juan de Cárdenas emprendió entonces el viaje a las tierras del norte. Sentía que volver a tener algo que simulara un ojo en la cara podría devolverle no la vista (ni las imágenes de aquella pupila que se había ido oscureciendo) sino la sensación de ser un hombre como todos los demás. Hacía tiempo que deseaba hablar con la hija de un molinero con el que su familia mantenía trato por tres generaciones, pero aquella oquedad en su rostro le había hundido una lenta tristeza en el espíritu que le impedía relacionarse con el mundo. Se había convertido en un hombre taciturno y algunos creían que en la batalla, además de perder el ojo, le habían cercenado parte de la lengua.

El viajero le aseguró que el hebreo, cuya familia era de origen hispánico, hablaba perfectamente el castellano, además del latín, el holandés, el francés y la lengua de Adán, ya que el hebreo sólo podía ser la lengua que se había hablada dentro del Edén y luego fuera del jardín, una vez que los primeros padres fueron expulsados por aquel asunto de una serpiente y un pomar.

Durante tres años juntó los maravedíes que lo separaban de la nave que lo llevaría a las brumosas tierras del norte. Cuando partió de la aldea, casi nadie notó su ausencia. Cuando llegó al puerto de Llanes, era menos que una sombra fugitiva en las paredes.

Pernoctó en las afueras de la Iglesia de Santa María Magdalena y por primera vez en mucho tiempo se descubrió a sí mismo rezando. Volvieron a su mente aquellas difusas noches de agonía en que los pies de la mujer rozaban su frente. (Con dolor habrá pensado en la hija del molinero.) Hay momentos en los que todos deseamos alguna revelación. Nada de eso ocurrió en la vida de Juan de Cárdenas: se adormeció reclinado en el muro meridional del templo para protegerse de la cellisca y un perro orinó en su pierna. Fuera de eso, no hubo ningún otro hecho significativo.

Las jornadas en el mar tuvieron mucho de aquellos antiguos combates en las tierras flamencas: la nave de pronto empezaba a mecerse y el maderamen se convertía en un crujido permanente bajo ese cielo que oscilaba entre la oscuridad y unos rojos momentáneos. Y el mar era algo extraño, casi invisible. Cárdenas pensó que debajo de ese extraño revoltijo de salmuera y espuma estaba el mar verdadero, pero la nave nunca llegaba a alcanzarlo tal como en la guerra la tierra que debe conquistarse siempre está un poco más allá. Pero a pesar de todo, extrañamente un día la guerra termina. Lo mismo sucedió con aquel viaje: aun con la borrasca que no dejó de perseguirlos, una mañana vieron las torres de Veerhaven y supieron que la providencia los había llevado a destino.

El camino a Ámsterdam fue todavía más difícil, porque el aspecto mal entrazado del tuerto de Arras y las memorias de la vieja contienda no hacían más que dificultar el acercamiento a la ciudad. Algunas veces le dieron mal las indicaciones, por lo que Cárdenas debió retroceder y perderse en campos amarillos cuyos cuervos eran pequeños puntos negros en el cielo. Pero en casi todos los casos la gente no le respondía con la excusa de no entender su jerga, hasta que tuvo la suerte de dar con un judío que, más acostumbrado a la tolerancia, logró explicarle en un ladino desdibujado cómo llegar no sólo a la ciudad, sino al barrio donde podría dar con el tallador de cristales. Le aseguró que el joven, además, parecía dedicarse a raras sofisticaciones teológicas.

Durmió en los aleros de las casas; pernoctó en los graneros; varias iglesias y alguna sinagoga fueron el improvisado dormitorio. Se descubrió haciendo la vida de un vagabundo. Pasados varios días supo que era un vagabundo. En la pequeña talega conservaba los maravedíes que serían suficientes como para pagar el nuevo ojo que lo reintegrara al mundo de los hombres que son semejantes a los otros hombres.

Una noche tocó la aldaba de una puerta que estaba en el medio de tres. El muro sombrío se extendía hasta un sitio al que su única pupila no lograba acceder. Lo recibió un hombre que, pese a la juventud, tenía en la mirada un antiguo cansancio. Era un español extraño el que manejaba: estaba formado en los libros y en la memoria de los suyos. No era la lengua viva, la lengua de la calle, la que está viva en los intercambios cotidianos: en el precio de vino, en el chiste sobre los cuernos de un marido, en la canción de rima fácil y el insulto; no era la lengua maliciosa de las mujeres ni la germanía de los pícaros. No. Era ese idioma que se condensa como la arena que pasada por el fuego y las sales se transforma en las cuentas de vidrio de un collar.

El judío lo escuchó. ¿Qué habrá comprendido de las razones del tuerto de Arras? Lo cierto es que lo llevó a una pequeña habitación en la que, dentro de especieros con un líquido ambarino, había unas pequeñas bolitas de cristal que parecían contemplar el mundo desde la dimensión de los objetos. Juan de Cárdenas sintió que aquellas falsa cuencas lo escudriñaban desde un lugar extraño al que hasta entonces no había accedido.

El hebreo lo llevó hasta otra pequeña habitación. Aunque no había ninguna pequeña oquedad por donde pudiera filtrarse la luz, no podía decirse que no estuviera iluminada. Unos espejos convexos duplicaban la iluminación que brotaba de los pabilos y cuando el dueño de casa le pidió a Cárdenas que le alcanzara una vela determinada, este se asombró al tocar una cera incorpórea, como si fuera el alma de una vela o la imagen que cada cual acuñaba en su mente acerca de lo que es una vela cuando arde y sobre ella fermentan las pequeñas polillas que giran en derredor de la claridad. El tuerto pensó en una especie de magia oscura. La mirada triste del hombre lo hizo desistir.

—Es sólo un reflejo —le dijo su anfitrión.

Luego se acercó al viejo soldado y se quedó observando su ojo sano. Se excusó al salir de la habitación y regresó unos minutos después. Le mostró la pieza que había seleccionado para que reemplazara al ojo perdido. Antes de pedirle que se quitara el parche de cuero, tomó un escoplo y del lado oculto del vidrio talló tres caracteres. Los espejos invirtieron la imagen y el soldado vio ע.[1]

—En la espalda de tu ojo coloco una respuesta; es todo lo que puedo ofrecerte.

Cuando Juan de Cárdenas extrajo las quince monedas que llevaba, sólo le aceptó tres; una por cada letra que le había dibujado. Y luego le alcanzó un pañuelo embebido de una solución alcanforada. El muchacho cambió ciertos hábitos tímidos por una mayor firmeza.

—Respire —le dijo.

Acostumbrado a las órdenes en sus días de milicia, el tuerto cumplió sin cuestionarse demasiado. Lo cierto es que se dejó llevar por un sueño que hasta entonces no había conocido. El cuerpo se le desvaneció sin conciencia ni ensoñaciones. Y entonces no hubo nada: fue como volver a una especie de vacío primario que estaba en el límite de la misma existencia.

Al despertar sintió algunas náuseas, pero el pulidor de cristales le acercó un cántaro para que pudiera beber. Le dijo que la cara iba a estar inflamada un par de días, que hasta entonces no se moviese de la casa. Luego le acercó un espejo y Juan de Cárdenas pudo ver su rostro completo. Su ojo de carne y nervios lloró; su ojo de vidrio quedó quieto. Pero había algo en ese ojo que, más allá de su dureza, tenía vida y de alguna manera parecía imitar al otro. No en los movimientos, no en la secreta lubricidad y mucho menos en el llanto; aunque Cárdenas supo que había algo más que hasta entonces le iba a resultar indescifrable.

Tres días estuvo en aquella habitación atestada de libros y de inescrutables caracteres que parecían cuñas en las hojas.

El joven de mirada triste entraba en el cuarto con té o alguna pequeña vianda de pan y queso. El dolor fue intenso la primera jornada. No pudo dormir: sentía que el falso ojo iba a saltarle de la cara. Pensó que mejor le hubiera sido quedarse en la pequeña isla, seis meses súbdito del rey de España, al que aborrecía; seis meses súbdito del rey de Francia, al que aborrecía aún más; eternamente súbdito de la hija del molinero, a la que amaba y, para su amargura, le provocaba un claro temor cada vez que lo veía con el parche de cuero que se había ido cuarteando, tal como su rostro también había envejecido.

Al segundo día se sintió mejor y antes de que fuera la primera estrella del viernes se puso de nuevo en camino.

Fue entonces que las visiones empezaron. No aparecían en el momento del sueño, única circunstancia en que a los hombres les es permitido adentrarse en los designios de la divinidad. La mitad derecha de su rostro seguía percibiendo el mundo común de los hombres: las ferias, los caminos de barro, las antorchas en medio de la noche. Podía oír los regateos en los mercados y esa mezcla de lenguaje que vive en los puertos. En cambio, el otro lado de su cara se adentraba en imágenes sin sentido. La primera vez vio una especie de ínfima criatura unida con un cordón a un lugar invisible. La criatura, al igual que los ojos del judío, flotaba en un líquido sin tiempo.

En la embarcación de regreso oyó a una joven canturrear una vieja nana de infancia. El ojo de vidrio veía la mano de la joven sobre el regazo.

Cuando aparecían aquellas visiones, Juan de Cárdenas, conocedor de la perfidia humana, prefería quedarse en silencio atendiendo (o haciendo que atendía) al ocasional mundo de los otros hombres. Sabía que si hablaba de aquello que miraba desde el cristal lo llevaría al banquillo de la Inquisición. Lo mejor era estarse así, quieto o caminando; atento a los ruidos del universo cotidiano, pero observando de refilón aquella otra realidad que se le abría de un modo fragmentario.

Una mañana vio una flor blanca que empezaba a deshacerse en las manos de un viajero, aunque no sabía quién era aquel hombre y de dónde podía provenir aquella flor. Otra vez dio con una puerta en un muro y un hombre que pasaba frente a ella sin animarse a entrar. Otra noche sintió el arrastrarse de un animal espantoso que se movía sobre dos patas que eran círculos unidos por cadenas. La bestia hablaba el idioma de las lombardas que había oído en sus viejos días de combate.

Las visiones eran inconexas: podían ir desde el vuelo de una abeja hasta los pasos furtivos de un hombre a través de una calle estrecha cuyas casas de un lado y otro de la acera estaban separadas por un brazo de distancia

Se acostumbró a aquellas iluminaciones sin sentido como los hombres que viven en una aldea un día aceptan que hay guerra o peste y no hay nada que pueda hacer al respecto.

Juan de Cárdenas llegó a su aldea. Esa semana se enteró de que la hija del molinero se había casado con un joven negociante de telas. Sabemos que dio a luz a los ocho meses y que murió en el parto. El niño sobrevivió.

El viejo soldado lloró secretamente a lo largo de los ocho meses de embarazo y también lloró en secreto la muerte de aquella mujer que había amado. Con su mano rozó el ojo de cristal. Le llamó la atención que también se hubiera humedecido levemente.


Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

 



[1] La “Ayin” en hebreo representa al Ojo.

martes, 2 de junio de 2026

LA HIJA QUE SANGRA

Shweta Taneja

 

—¡Hermano, eres el hombre del momento! —Sardar Singh golpeó a Asim en el hombro, haciéndolo tambalear y toser—. ¡Qué suerte, yaar! Yo he tenido siete hijas, siete perras costosas. Mi Lalli es una yegua fértil, pero no, ni una sola ha heredado lo suyo ni ha derramado una gota de sangre. Pero tú, ¡diste en el blanco con la primera, eh! ¡Maldito suertudo! —Sardar le guiñó un ojo.

Asim miró alrededor con desconfianza, esperando desesperadamente que nadie hubiera oído. Justo cuando su suerte parecía haber cambiado, iba y se encontraba con el mayor chismoso del distrito.

—¿Cómo supiste…? —Asim se interrumpió. Sacó su pañuelo bordado, cuidadosamente doblado, y se secó el sudor de la frente, acomodándose el cabello engominado mientras se alejaba un poco de su ruidoso compatriota—. Mira, aquí no, por favor.

Sardar arrastró a Asim hacia un rincón, apartándolos del mar burbujeante de humanidad que hacía fila para entrar al mercado de fertilidad.

—¡Eres una auténtica bestia escondida! —el susurro de Sardar resonó con fuerza junto a su oído.

Asim era un hombre bajo y delgado, con una pequeña barba puntiaguda destinada a ocultar un mentón poco notable. Sardar, en cambio, era enorme: alto, ancho y gordo, con una abundante barba salpicada de canas.

—Francamente, cuando te casaste con esa Alia pensé: qué desperdicio de una raza perfecta. Ella es una campeona, claro, todo el mundo lo sabía. Todas las mujeres de su familia habían parido hijas sangrantes. ¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que hubo sangre en tu familia, eh? —Sardar le clavó el codo en las costillas, haciéndolo encogerse—. Pero tú demostraste ser un lobo disfrazado de oveja, ¿eh? ¿Cuántas hijas tienes ahora?

—Cuatro —respondió, frotándose la costilla dolorida.

—¿Doce años y ya cuatro hijas? ¿Y todas menores que la sangrante? ¿Cuántos años tiene ella? ¿La hija que sangra?

—Once.

—¿Sangrando a los once? Bueno, bueno, bueno. ¿Estás usando Fertible…?

—¡Jamás! —Los labios de Asim se torcieron con disgusto.

—Entonces estás tomando esa poción de Hanif Hakeem, ¿eh? Cuéntanos también a nosotros, yaara, queremos conocer el secreto. A nuestra Lalli todavía le quedan algunos años de sangrado. Tal vez podamos humedecer también nuestras tierras estériles.

—¡Sardar!

—Escucha, hermano —Sardar le pasó el brazo por los hombros, con las cejas brillantes de sudor—. Como sabes, mi hijo Karkat ya está listo para una sangrante. Nosotros, los hombres del distrito, tenemos un entendimiento entre nosotros, ¿verdad? No querrás que tu hija vaya a la casa de un extraño donde Alia ya no pueda verla, ¿no? ¿Quién sabe qué costumbres perversas tienen los de otros distritos? Si es alguien del distrito cuatro podrían incluso…

Asim apretó el asa de su preciosa conservadora y contuvo una respuesta mordaz. Todo el distrito conocía al simple hijo de Sardar. Llevaba meses ofreciendo a su primogénito en el mercado para conseguir una sangrante. ¿Quién en su sano juicio entregaría una hija sangrante, y además virgen, a ese idiota? Asim tenía grandes esperanzas para su Gaia. Quería que tuviera tantos hijos como fuera posible. Necesitaba un semental fértil para ella. No el hijo de Sardar, que no parecía tener ni semen en los testículos ni cerebro en la cabeza.

—Mira, tengo que irme. Tengo un turno en la subasta…

—¿Hora de subasta? ¿Conseguiste entrar? —Sardar le dio una palmada en la espalda que casi hizo caer la conservadora—. ¡Eso sí que son buenas noticias, hermano! ¡Imagínate! ¡Uno de mi propio distrito convertido en un auténtico subastador! ¿Por qué no lo dijiste antes?

Le arrebató la conservadora de las manos.

—Mira, Sardar —intentó recuperarla Asim—, seguramente tendrás otras cosas que hacer. No quiero molestarte…

—¡Ajee, no te preocupes! ¿Quién va a ayudar si no es un hermano? ¿A qué hora dijiste que era tu subasta?

—A las cinco.

—¡Eso es dentro de unas pocas horas! Vamos, vamos, tenemos que apresurarnos.

Lo arrastró de nuevo hacia la multitud que avanzaba hacia el mercado de fertilidad.

—Ahora que eres subastador tendrás a toda clase de buitres revoloteando sobre tu cabeza, listos para falsificar tu nombre y quitarte el puesto. Debes estar alerta y… ¡Fuera! ¡Fuera! —Sardar apartó a empujones a un par de vendedores ambulantes que se acercaban con amuletos—. ¡Es un auténtico subastador, con sangre auténtica! ¡Mantengan esas porquerías lejos de él, sanguijuelas hambrientas!

Asim lo siguió sin alternativa.

—…y nunca sonrías a los compradores —gritaba Sardar sobre el estrépito, avanzando por el centro del pasillo como un elefante—. Ellos no te están haciendo un favor; eres tú quien les hace un favor al considerar sus ofertas por tu sangrante. Mejor todavía: déjame hablar a mí. Mi tío Bunny Chacha, ¿lo conoces, verdad?

Asim asintió de mala gana.

Todo el mundo conocía al tío de Sardar, un respetado Anciano. Todos acudían a Bunny Chacha para pedir consejo sobre la venta de muchachas sangrantes. Corría el rumor de que una vez había vendido una muchacha a un jeque.

—Lo he ayudado muchas veces… incluso pensé en dedicarme a ser agente para todos esos padres que acudían a él, pero no, no hay suficiente gente que confíe en uno… no como en ti, hermano… ni siquiera mires a los otros subastadores. Así es como consigues…

Asim maldijo entre dientes. Apenas una hora antes, cuando el funcionario finalmente le había entregado un turno, había creído que su suerte cambiaba. Había besado el relicario de sangre que había comprado el día anterior, se había puesto su mejor ropa y había corrido a buscar un buen lugar en la subasta para exhibir sus muestras de sangre. Y ahora estaba atrapado con Sardar.

—¿Oyes eso, Dada? —gritó Sardar, dirigiéndose a un anciano encorvado, cuyos brazos parecían ramas secas cubiertas de talismanes y amuletos—. ¡Un hombre de mi propio distrito! ¡La primera hija sangrando a los once!

El viejo miró a Asim mientras movía la boca como si rumiara.

—Ajee, en nuestros tiempos había muchas más sangrantes. Podías casarte con cualquier muchacha y ella te daba más sangrantes.

—¿Sin subasta? Eso es imposible —bufó Asim, incapaz de contenerse.

Presumidos. Había muchos últimamente. Estériles fanfarrones con hijas secas o, peor aún, sin hijas.

—Subasta, subasta —el anciano hizo una mueca—. Todas esas son cosas nuevas. ¡Ramu! —llamó a un hombre que, si era posible, parecía aún más viejo, con el rostro derretido como una vela—. Cuéntales cómo nos casábamos en nuestros tiempos. ¿Pedíamos todas estas muestras de sangre y tonterías?

—No, ji —gritó el derretido Ramu—. Antes de las bioguerras no necesitábamos análisis de sangre. En nuestros tiempos podías casarte con cualquier mujer, ¡con cualquiera!, y ella te daba hijas sanas y sangrantes durante toda su vida fértil. Ahora ya no queda calidad. ¡Las muchachas son más estériles que el centro del desierto de Gobi!

Escupió en el suelo, dejando una larga estela roja de paan sobre el pijama de alguien.

—Yo les digo: si quieren una muchacha fértil, compren mi surma. Así nací yo y mi padre antes que yo. Este surma es mágico, ji. Hace que una muchacha sangre más rápido de lo que uno tarda en ir al baño después de un banquete.

—¿De verdad? Dame una muestra —dijo Sardar.

Se apartó de la fila. Asim recuperó su conservadora y avanzó rápidamente, esperando haberse librado para siempre de su compatriota. El tiempo era esencial.

Le había tomado un mes entero, angustioso y lleno de pánico, llegar hasta allí. Primero, esperar mes tras mes a que el ciclo menstrual de su hija apareciera. Correr al laboratorio con una muestra de sangre. Rezar.

Muchas muchachas del distrito, después de las bioguerras, sangraban uno o dos meses y luego dejaban de hacerlo.

—Sangrado psicológico —decían los médicos—. Eso no significa que sea fértil.

Su bendita Gaia había sangrado durante cinco meses completos antes de que él corriera al Banco Estatal de Subastas para registrarse en una subasta nacional.

Alia le había dicho que no se molestara y que vendiera a Gaia en el mercado del distrito, pero él había insistido. Gaia era su primera hija. Le debía algo mejor que terminar en una familia como la de Sardar. Merecía a alguien educado y rico. Alguien que pudiera darle hijos hermosos y amarlos a todos. Alguien como un jeque.

Por eso Asim había pedido un enorme préstamo a un prestamista y había internado a Gaia en el Centro de Fertilidad de la Ciudad mientras esperaba que el Banco Estatal le asignara un turno.

El Centro de Fertilidad era terriblemente caro, pero no podía arriesgarse. Había oído historias espantosas sobre bandas que secuestraban muchachas sangrantes y a sus madres, asesinaban a los hombres de la familia y luego vendían a las mujeres a compradores privados en el extranjero.

Y tampoco confiaba en el Estado para proteger a las muchachas ni a él de los depredadores.

Tenía que vender a su hija ese mismo día. Si no lo lograba tendría que regresar, conseguir nuevas muestras de sangre, volver a solicitar turno al Banco Estatal y esperar otra vez. O peor aún: vender a su hija en el mercado negro para conseguir dinero.

—Jamás —susurró—. Mi sangre es auténtica. Mi hija sangra de verdad.

No como ese Sardar Singh y aquellos vendedores geriátricos. Desocupados que acudían al mercado día tras día arrastrando a sus hijas estériles, obligándolas a probar métodos quirúrgicos, pociones o medicinas en un intento desesperado por volverlas fértiles.

¡Idiotas infértiles y sin dinero!

Sí, hoy concretaría una venta, costara lo que costase.

Una cacofonía de conversaciones, discusiones acaloradas y gritos anunció el Mercado Fértil antes incluso de que pudiera verlo. Un único torniquete permitía el ingreso de las personas mientras los guardias verificaban las tarjetas de identificación.

Como de costumbre, el aire acondicionado del bazar no funcionaba, de modo que el espacio sellado por paredes de vidrio resultaba sofocante y abrasador.

Asim avanzó entre los pasillos llenos de vendedores que exhibían sus mercancías sobre alfombras o toallas, y compradores que revolvían, escogían muestras, las examinaban, regateaban o negaban con la cabeza.

Al fondo del salón, frente a las filas de puestos, estaba la sección de Subastas, separada del bazar principal por una bruma de aire frío.

El bazar de la élite.

Asim caminó hacia allí con el corazón golpeándole el pecho.

—¡Hermano! —Sardar apareció detrás y le aferró el hombro—. ¡Vamos a conseguirle un jeque a tu hija, yaara!

Jeque.

La idea casi hizo tropezar a Asim.

Si conseguía un jeque podría… tener una casa propia, mantener a toda su familia con comodidad, incluso comprar gasolina para la moto y llevar a Alia a la feria de primavera. ¡Su hija vestiría joyas y sus nietos recibirían educación!

Un jeque sería…

—¿Viene contigo? —preguntó un guardia, señalando a Sardar mientras Asim mostraba su tarjeta de subasta.

Era el momento. Un simple movimiento negativo de cabeza y Sardar desaparecería de encima como caspa.

Sin embargo, algo hizo que Asim asintiera.

Sardar le dio una palmada en la espalda mientras entraban.

—¿Preparaste tu discurso? —preguntó—. Eso es lo primero para atraerlos hacia tus muestras de sangre. Puedes tener las muestras de la yegua más rara del mundo, pero ¿de qué sirve si nadie se acerca?

La zona de subastas tenía cubículos más amplios para cada vendedor, con rincones destinados a las negociaciones.

Los padres ya estaban abriendo sus conservadoras y acomodando las muestras de sangre sobre los escritorios asignados. Daban instrucciones a amigos, familiares o compatriotas que habían llevado consigo; colgaban carteles sobre el historial familiar y de fertilidad tanto del padre como de la madre; exhibían el certificado de probabilidad que otorgaba el Estado, indicando qué tan probable era que la muchacha reprodujera futuras hijas sangrantes.

El puesto asignado a Asim estaba en diagonal frente al escenario. Al fondo del escenario se encontraba la zona acordonada para los compradores VIP.

Jeques, susurró una voz melosa en su cabeza.

—¿Cómo se convierte uno en comprador? —preguntó mientras miraba a uno de los jeques.

—Hay que ser rico, hermano —respondió Sardar, quitándose el turbante para limpiar la mesa—. Al menos diez cajas bancarias del tamaño de nuestras casas, llenas hasta el borde de monedas. ¿Trajiste carteles? ¿O alguna foto de tu hija sangrante?

—No.

—¡Mira a los demás! —Sardar agitó la mano a su alrededor mientras volvía a colocarse el turbante—. ¡Hasta trajeron a sus hijas, exhibiéndolas como si esto fuera un mercado de camellos! —escupió—. ¿Y tú? ¿Ni siquiera una foto? ¿Cómo atraerás compradores, eh? ¿Con el olor de su sangre?

Asim apretó los labios y comenzó a sacar las muestras cuidadosamente, acomodándolas con pulcritud sobre la mesa.

—No exhibiré a mi hija como si fuera un animal —dijo.

—Tú, el testarudo del distrito…

Un hombre se acercó al puesto.

—¿Es auténtico ese rojo? —preguntó. Vestía un elegante traje negro.

—Cien por ciento auténtico, ji —respondió Sardar antes de que Asim pudiera abrir la boca—. Pero antes dinos quién eres, eh. No pareces comprador.

—Sardar —susurró Asim, pero Sardar continuó.

—¿Quién eres para preguntar por la sangrante? ¿Tienes siquiera monedas suficientes para formular la pregunta?

El hombre se alejó cabizbajo.

—No conoces a estos tipos —continuó Sardar, ignorando el ceño de Asim—. Desperdician sangre valiosa oliéndola o tragándola, y se hacen llamar agentes. Voy a conseguirnos compradores.

Salió al pasillo y comenzó a hablar con la gente. Cada pocos minutos regresaba acompañado de alguien, susurrando:

—¡Muestras frescas y auténticas de una virgen sangrante, ji! ¡Solo once años!

Pronto se formó una fila de compradores que pedían gotas de sangre para probarlas con sus flamantes hemoglins y registrar los resultados en sus tabletas. Algunos preferían degustarla, tocando la gota roja con la punta de la lengua antes de asentir o negar con la cabeza.

Un par de horas desaparecieron en un aturdimiento.

Asim miró la lista que había preparado. Ochenta y cinco personas habían probado la muestra.

—¿Puedo tener una muestra, por favor? —preguntó una voz suave.

Asim levantó la vista. Era una mujer de unos veinte años, vestida con un sari estampado. Tragó saliva.

—Represento al jeque Numansin —dijo ella con voz ronca mientras Asim presionaba el tubo para dejar caer una gota de sangre sobre la palma de la mujer.

Ella lamió la gota con su pequeña lengua sin dejar de mirarlo.

—Poderosa —susurró, dedicándole una suave sonrisa.

—¡No eres bienvenida aquí! —bramó Sardar, que acababa de regresar con otro comprador.

—¡Sardar! —exclamó Asim.

—Hemos oído historias sobre tu jeque. No nos interesa —dijo él, despidiéndola.

La mujer se alejó guiñándole un ojo a Sardar.

—Asim, ¡es hora de impresionarlos con tu discurso!

Asim caminó hacia el escenario, nervioso, manoseando el papel que Alia le había dado, esperando recordar todo.

Deseó que su esposa estuviera allí. Alia tenía experiencia en esas cosas. Después de todo, había asistido a muchas subastas antes de que su padre aceptara vendérsela a él en el bazar local, y solo porque la suerte de Asim había cambiado el día que encontró una caja de naranjas frescas abandonada durante su turno como vigilante nocturno.

¿Él?

Aquella había sido su primera y última vez en una subasta, y encima en un bazar local. Era la primera vez que participaba en una subasta de ciudad.

Se secó el sudor de la frente y pensó si no sería mejor pedirle a Sardar que hablara en su lugar. Él sí parecía seguro y fuerte, un macho alfa capaz de criar hijas sangrantes como moscas.

El registrador pronunció su nombre y Asim subió al escenario trastabillando.

Contempló un mar de rostros: hombres de largas barbas, turbantes, cabellos largos, bigotes amenazantes.

Comenzó a recitar torpemente las líneas aprendidas de memoria. Algo sobre la familia de su esposa, la suya propia y su hija virgen de apenas once años, que llevaba ya seis meses sangrando.

Todo el tiempo fue dolorosamente consciente de que estaba arruinándolo.

Y cuanto más desesperado se sentía, más se equivocaba.

El público –un grupo de hombres urbanos, elegantes y refinados– pronto perdió el interés.

Una risita. Un bostezo. Un murmullo en voz alta.

¿Sonaba demasiado simple? ¿Demasiado campesino?

La mujer que había pasado antes por su puesto le susurró algo al hombre sentado junto a ella en la sección VIP.

El jeque.

Asim siguió murmurando mientras desordenaba sus papeles, intentando contar un chiste que Alia había preparado y olvidándolo a mitad de camino.

—¡Es de mi distrito! —gritó Sardar desde abajo del escenario, mientras se golpeaba el pecho—. ¡Distrito cuatro! —Su voz retumbó por toda la sala—. ¡Tenemos las muchachas más hermosas del país! ¡Tiene once años y es virgen!

—¿Y para qué queremos belleza si son estériles como un mar de arena? —gritó un hombre del público.

Las risas estallaron.

—¿Dónde está tu hija? ¿Cómo sabemos si es bonita?

—¿Cómo sabemos que es virgen?

—Nosotros no exhibimos a nuestras hijas de donde venimos —gritó Sardar.

—¿Quién compra una verdura sin tocarla un poco antes? —gritó otro.

—Tenemos la sangre —murmuró Asim, sintiendo que el corazón le subía a la garganta.

El público empezó a abuchear y reír.

—¡Idiotas de pueblo!

—No parece capaz de fecundar ni una mosca, mucho menos una muchacha sangrante.

Las carcajadas fueron seguidas por un rugido de Sardar.

—¡¿Quién dijo eso?!

Sardar saltó hacia la zona VIP.

—¡Sardar! ¡No!

Asim bajó apresuradamente del escenario.

Los guardias estatales uniformados se movieron de inmediato, abalanzándose sobre Sardar y descargándole bastonazos eléctricos. Él se retorció y golpeó a uno de los guardias con su pesado brazo.

—¡Basta! —dijo una voz atravesando el tumulto.

Los guardias quedaron inmóviles.

Los ojos de Asim parecieron salirse de las órbitas.

Era la misma mujer de antes.

—El jeque Numansin comprará a esta muchacha —anunció con suavidad.

La mujer condujo a un aturdido Asim hacia un rincón.

—Está interesado —dijo.

Asim miró al jeque sentado en la primera fila de la sección VIP, mordiendo una manzana.

Un jeque auténtico. Tan auténtico como la manzana que comía.

Era la primera vez que veía un jeque, y una manzana.

Tragó saliva.

—Eres realmente afortunado —dijo ella, advirtiendo su expresión—. Pero tiene una condición.

—¿Cuál?

—Quiere firmar un contrato contigo. Esta muchacha y todas las futuras muchachas sangrantes.

—Eso no…

—No está dispuesto a esperar. Puedes pedir cualquier suma, cualquier…

Se detuvo mientras él calculaba mentalmente.

—Será bueno con ella, Asim —dijo suavemente—. Créeme.

—¡No lo hagas, hermano! —Sardar llegó rengueando—. ¡He oído historias sobre este jeque! ¡Lo llaman el Jeque Coleccionista!

La mujer le dedicó una sonrisa sombría y se volvió.

—Estaremos quince minutos más en la sección VIP —dijo mirando a Asim—. Es una buena vida.

—Encontraremos otro comprador —gritó Sardar—. Uno mejor, alguien con…

—¿Mejor que un jeque? —exclamó Asim, temblando de ira—. ¿Te escuchas a ti mismo, Sardar? Te respeto, pero ¿qué demonios te pasa?

—Escúchame, ese hombre no está bien. No lo está. ¡Tu hija viviría una media vida! Dámela a mí. Tú y Alia nos conocen. Ella vivirá con mi hijo, con mi familia. Podrán verla todos los días.

—¿Y cuántas monedas tienes, Sardar?

—¡Las suficientes para que vivas una vida normal, hermano!

—Es un jeque, Sardar. Y tú… tú eres un patán comparado con él.

—¡No dejaré que desperdicies una muchacha sangrante de nuestro distrito!

—¡Es mía! ¿Entiendes? ¡Mía! ¡Mía para venderla o no, como yo quiera! Y no voy a vendértela a ti, Sardar. Ni en un millón de años secos. ¡Ni aunque tu hijo fuera el último muchacho con esperma sobre la Tierra!

Sardar retrocedió como si lo hubieran golpeado físicamente.

—¡La maldición de Banjar caerá sobre ella! —dijo antes de alejarse.

Asim se estremeció.

Maldito padre estéril, sin hijas sangrantes que vender. Queriendo darle órdenes a él, un padre de una muchacha sangrante.

A Alia todavía le quedaban algunos años fértiles. Tal vez tendrían otra sangrante, tal vez no. Pero él ya estaba recibiendo dinero adelantado por todas las futuras.

No más subastas.

Todo lo que tendría que hacer sería llamar y obtendría un jeque para cualquier futura hija sangrante.

Y podría darle una buena vida a su familia.

Demonios, incluso podría convertirse en el jefe del distrito, un hombre respetado e influyente. ¡Un Anciano como Bunny Chacha! Un hombre al que todos acudían para pedir consejo sobre cómo vender hijas sangrantes.

Todo lo que tenía que hacer era firmar un papel.

¿Qué había de malo en eso?

Sardar solo estaba celoso.

Caminó hacia la sección VIP envuelto en una bruma de sueños y firmó donde la mujer le indicó.

Ya estaba hecho.

No había marcha atrás.

—Iré a buscarla al Centro de Fertilidad de la Ciudad —dijo al jeque.

El hombre no le había dirigido ni una sola palabra. Aunque tampoco tenía por qué hacerlo. Pero habría sido agradable.

—No hace falta —dijo la mujer, apoyándole una mano en el hombro y sonriendo con cortesía—. Podemos llevárnosla ahora que los documentos de propiedad están firmados.

—Pero… ¿la boda…?

Miró al jeque.

—Al jeque le gustan las cosas discretas. Nada de caballos ni bailes.

—Pero… ella es mía.

—Ya no —dijo la mujer con suavidad.

—La cuidarán, ¿verdad? —preguntó Asim, dirigiéndose al jeque. De hombre a hombre.

El jeque miró a Asim como alguien que repara en una lagartija en una esquina del cuarto.

—El distrito cuatro es muy raro —respondió.

La mujer entregó a Asim una caja llena de monedas.

—Este es el primer pago. Le enviaremos una mensualidad durante el resto de su vida. Llámenos si vuelve a haber una sangrante en su familia. Haré que alguien recoja a la muchacha en su aldea. Ni siquiera tendrá que venir a la ciudad.

—Lo harán, ¿verdad? —preguntó otra vez.

—Mi colección necesitaba un espécimen del distrito cuatro —raspó el jeque.

—Pero la amarán y educarán a los niños, ¿no? —preguntó Asim mientras ellos se levantaban para marcharse.

La mujer se inclinó y acomodó los pliegues de la túnica del jeque.

—¿Niños? —frunció el ceño el jeque mientras se alejaba.

—¡Ahora sí lo arruinó todo! —exclamó la mujer con voz cortante—. ¿Cómo pudo ser tan insensible?

Y se apresuró detrás de él, dejando a Asim solo con su caja de oro. 

Shweta Taneja es una autora y periodista india galardonada, conocida principalmente por su exitoso libro de ciencia para niños, ¿Qué hicieron? ¿Qué encontraron?, y por la aclamada serie de fantasía, Los misterios tántricos de Anantya. A través de sus obras, que abarcan desde la no ficción hasta la ficción especulativa, explora la relación en constante evolución entre la ciencia, el alma y la sociedad moderna. Fue finalista del prestigioso premio francés Grand Prix de l’Imaginaire, becaria de escritura de Charles Wallace y ha impartido charlas sobre ciencia y ficción en China, Reino Unido e Irlanda. Su obra ha sido traducida al chino, bengalí, francés, rumano, kannada y neerlandés. Como periodista, escribe sobre tecnología avanzada, ciencia e inteligencia artificial para el Hindustan Times. Cuando no está escribiendo, pasea por los bosques, hace senderismo y observa aves con binoculares. Pueden encontrarla en línea con su nombre de usuario @shwetawrites.

 

EL RÍO