Cristian Mitelman
Lo
llamaban Juan de Cárdenas, aunque es un falso apellido originado por el
accidente que padeció en el sitio de Arras, una tarde de junio de 1640, cuando
el bichero de un soldado francés le arrancó el ojo izquierdo y tanta era la
sangre en su rostro que el médico de la guardia española reseñó en su libro:
“un soldado con el rostro cárdeno y un vacío perfecto en la cuenca, vacío del
que manaba aquel torrente que olía a hierro y que al llegar a tierra ya
comenzaba a coagular”: así anotó en el libro y “el cárdeno” se convirtió en el
modo en que empezaron a llamarlo, aunque también existía el apodo meno poético
de el “Tuerto de Arras”.
Durante catorce días la fiebre lo consumió y periódicamente
lo visitaba un sacerdote para administrar la Extremaunción. Llegaba un poco
antes de la medianoche: el resto del día la pasaba en los entierros de los
militares españoles que, perseguidos por la desgracia o por la mejor estrategia
de los franceses aliados a los blasfemos protestantes, desfilaban al otro mundo
para engrosar las tropas celestes del verdadero Dios de los Ejércitos. Juan el
Cárdeno, más tarde Juan de Cárdenas, parecía aferrado a la vida desde esa única
cuenca sobre la que se derramaba la luz de un velón que apenas iluminaba el
camastro, el poyo junto a la ventana y el cuenco de agua con un gusto levemente
salobre. Había también sobre el lecho del moribundo una pintura de la Virgen,
pero la imagen se fundía en la penumbra y el herido apenas entreveía los pies
de una señora cuyo calcañar aplastaba a una serpiente y, ya fuera por la
locura, por el dolor de la herida (escaseaba el láudano en aquellas tierras
donde las fuerzas del infierno parecían dar la victoria a los sublevados) o por
la ausencia de mujer, lo cierto es que antes de adormecerse y caer en algún tipo
de pesadilla aquellos pies femeninos eran el único recuerdo de Venus que pasaba
por el ojo de Juan de Cárdenas. Eran sueños confusos: aquellos pequeños dedos
descendían del cuadro y tocaban los labios del enfermo, que al principio los
besaba devotamente y luego se iba enardeciendo hasta pasar a los amores
imperfectos de la materia, pero una voz lo detenía, y no era un reproche ni la
profética lengua de los que están en el Cielo o el Infierno; no era nada de
eso, sino la voz de una muchacha que reía y le decía: debes levantarte, Juan, y
llegar a tu aldea: te están esperando.
Por la mañana, cuando el mundo reestablecía su orden,
sentía miedo de aquellos sueños. Sentía culpa. Aquel secreto no podía salir de
sus labios cuando el cura intentaba confesarlo. Sabía de los Tribunales y los
juicios eclesiásticos. Como buen soldado, intuía que la mejor forma de
sobrevivir, ya fuera en los tercios borbónicos o en la vida fuera de la
milicia, consistía en el silencio.
El sueño no se repetía siempre. Con los días empezó a ver
un paisaje que lentamente se iba oscureciendo. También miraba los árboles desde
abajo y el modo en que las nubes y las estrellas pasaban entre las ramas
llevados por el viento. Podía ver las patas de los galgos de caza y a veces
sentía la leve inclinación de las briznas que seguía la ruta solar cuando el
cielo parecía un largo escudo de gules y luego sobrevenía, en la heráldica del
mundo, la noche atezada. No obstante, las tinieblas fueron cubriendo aquellos
colores que venían de un lugar que Cárdenas sentía conocido y extraño a la vez.
Una mañana en que la fiebre comenzó a desvanecerse y sintió que podría pararse,
entendió lo que le había ocurrido: lo que había soñado eran las últimas
proyecciones que el ojo arrancado de su cara había visto. Aquellas tinieblas
finales correspondían a la fusión de la cuenca con la tierra que la iba
devorando.
Volvió a su pueblo en la Isla de los Faisanes y con algún
resquemor aceptó el Tratado de los
Pirineos, por lo que durante seis meses era súbdito francés y los otros
seis meses súbdito español. Con un ojo vacío y el otro pleno, con dos
nacionalidades a cuestas y con una guerra perdida, Juan de Cárdenas trabajó en
el viejo molino familiar viendo en las cambiantes nubes del norte una imagen
bastante certera de su propia existencia. Para no generar tanta impresión en
los niños y en los ancianos, debió tapar su rostro con un parche que él mismo
hizo con el cuero discado de un cerdo.
Una mañana de mayo, un viajero que venía del reino de
Holanda le habló de cierto joven hebreo que había aprendido a pulir cristales
para que la gente viera mejor y que esta ciencia la había aprendido de un
trabajo hecho en Francia por un señor llamado Descartes, quien se dedicaba al
estudio de lo que hay debajo del cráneo, sabio que no dudaba en abrir animales
para comparar lo que el Señor había hecho en ellos con nuestra humana
naturaleza. Y le había dicho también que de aquellas abominaciones parecía surgir
un nuevo conocimiento del mundo que no cuadraba con el saber antiguo, ya que la
patrología prohibía claramente eso de andar hurgando en los vivos y en los
muertos.
Juan de Cárdenas emprendió entonces el viaje a las tierras
del norte. Sentía que volver a tener algo que simulara un ojo en la cara podría
devolverle no la vista (ni las imágenes de aquella pupila que se había ido
oscureciendo) sino la sensación de ser un hombre como todos los demás. Hacía
tiempo que deseaba hablar con la hija de un molinero con el que su familia
mantenía trato por tres generaciones, pero aquella oquedad en su rostro le
había hundido una lenta tristeza en el espíritu que le impedía relacionarse con
el mundo. Se había convertido en un hombre taciturno y algunos creían que en la
batalla, además de perder el ojo, le habían cercenado parte de la lengua.
El viajero le aseguró que el hebreo, cuya familia era de
origen hispánico, hablaba perfectamente el castellano, además del latín, el
holandés, el francés y la lengua de Adán, ya que el hebreo sólo podía ser la
lengua que se había hablada dentro del Edén y luego fuera del jardín, una vez
que los primeros padres fueron expulsados por aquel asunto de una serpiente y
un pomar.
Durante tres años juntó los maravedíes que lo separaban de
la nave que lo llevaría a las brumosas tierras del norte. Cuando partió de la
aldea, casi nadie notó su ausencia. Cuando llegó al puerto de Llanes, era menos
que una sombra fugitiva en las paredes.
Pernoctó en las afueras de la Iglesia de Santa María
Magdalena y por primera vez en mucho tiempo se descubrió a sí mismo rezando.
Volvieron a su mente aquellas difusas noches de agonía en que los pies de la
mujer rozaban su frente. (Con dolor habrá pensado en la hija del molinero.) Hay
momentos en los que todos deseamos alguna revelación. Nada de eso ocurrió en la
vida de Juan de Cárdenas: se adormeció reclinado en el muro meridional del
templo para protegerse de la cellisca y un perro orinó en su pierna. Fuera de
eso, no hubo ningún otro hecho significativo.
Las jornadas en el mar tuvieron mucho de aquellos antiguos
combates en las tierras flamencas: la nave de pronto empezaba a mecerse y el
maderamen se convertía en un crujido permanente bajo ese cielo que oscilaba
entre la oscuridad y unos rojos momentáneos. Y el mar era algo extraño, casi
invisible. Cárdenas pensó que debajo de ese extraño revoltijo de salmuera y
espuma estaba el mar verdadero, pero la nave nunca llegaba a alcanzarlo tal
como en la guerra la tierra que debe conquistarse siempre está un poco más
allá. Pero a pesar de todo, extrañamente un día la guerra termina. Lo mismo
sucedió con aquel viaje: aun con la borrasca que no dejó de perseguirlos, una
mañana vieron las torres de Veerhaven y supieron que la providencia los había
llevado a destino.
El camino a Ámsterdam fue todavía más difícil, porque el
aspecto mal entrazado del tuerto de Arras y las memorias de la vieja contienda
no hacían más que dificultar el acercamiento a la ciudad. Algunas veces le
dieron mal las indicaciones, por lo que Cárdenas debió retroceder y perderse en
campos amarillos cuyos cuervos eran pequeños puntos negros en el cielo. Pero en
casi todos los casos la gente no le respondía con la excusa de no entender su
jerga, hasta que tuvo la suerte de dar con un judío que, más acostumbrado a la
tolerancia, logró explicarle en un ladino desdibujado cómo llegar no sólo a la
ciudad, sino al barrio donde podría dar con el tallador de cristales. Le
aseguró que el joven, además, parecía dedicarse a raras sofisticaciones
teológicas.
Durmió en los aleros de las casas; pernoctó en los
graneros; varias iglesias y alguna sinagoga fueron el improvisado dormitorio.
Se descubrió haciendo la vida de un vagabundo. Pasados varios días supo que era
un vagabundo. En la pequeña talega conservaba los maravedíes que serían
suficientes como para pagar el nuevo ojo que lo reintegrara al mundo de los
hombres que son semejantes a los otros hombres.
Una noche tocó la aldaba de una puerta que estaba en el
medio de tres. El muro sombrío se extendía hasta un sitio al que su única
pupila no lograba acceder. Lo recibió un hombre que, pese a la juventud, tenía
en la mirada un antiguo cansancio. Era un español extraño el que manejaba:
estaba formado en los libros y en la memoria de los suyos. No era la lengua
viva, la lengua de la calle, la que está viva en los intercambios cotidianos:
en el precio de vino, en el chiste sobre los cuernos de un marido, en la canción
de rima fácil y el insulto; no era la lengua maliciosa de las mujeres ni la
germanía de los pícaros. No. Era ese idioma que se condensa como la arena que
pasada por el fuego y las sales se transforma en las cuentas de vidrio de un
collar.
El judío lo escuchó. ¿Qué habrá comprendido de las razones
del tuerto de Arras? Lo cierto es que lo llevó a una pequeña habitación en la
que, dentro de especieros con un líquido ambarino, había unas pequeñas bolitas
de cristal que parecían contemplar el mundo desde la dimensión de los objetos.
Juan de Cárdenas sintió que aquellas falsa cuencas lo escudriñaban desde un
lugar extraño al que hasta entonces no había accedido.
El hebreo lo llevó hasta otra pequeña habitación. Aunque no
había ninguna pequeña oquedad por donde pudiera filtrarse la luz, no podía
decirse que no estuviera iluminada. Unos espejos convexos duplicaban la
iluminación que brotaba de los pabilos y cuando el dueño de casa le pidió a
Cárdenas que le alcanzara una vela determinada, este se asombró al tocar una
cera incorpórea, como si fuera el alma de una vela o la imagen que cada cual
acuñaba en su mente acerca de lo que es una vela cuando arde y sobre ella fermentan
las pequeñas polillas que giran en derredor de la claridad. El tuerto pensó en
una especie de magia oscura. La mirada triste del hombre lo hizo desistir.
—Es sólo un reflejo —le dijo su anfitrión.
Luego se acercó al viejo soldado y se quedó observando su
ojo sano. Se excusó al salir de la habitación y regresó unos minutos después.
Le mostró la pieza que había seleccionado para que reemplazara al ojo perdido.
Antes de pedirle que se quitara el parche de cuero, tomó un escoplo y del lado
oculto del vidrio talló tres caracteres. Los espejos invirtieron la imagen y el
soldado vio ע.[1]
—En la espalda de tu ojo coloco una respuesta; es todo lo que
puedo ofrecerte.
Cuando Juan de Cárdenas extrajo las quince monedas que
llevaba, sólo le aceptó tres; una por cada letra que le había dibujado. Y luego
le alcanzó un pañuelo embebido de una solución alcanforada. El muchacho cambió
ciertos hábitos tímidos por una mayor firmeza.
—Respire —le dijo.
Acostumbrado a las órdenes en sus días de milicia, el
tuerto cumplió sin cuestionarse demasiado. Lo cierto es que se dejó llevar por
un sueño que hasta entonces no había conocido. El cuerpo se le desvaneció sin
conciencia ni ensoñaciones. Y entonces no hubo nada: fue como volver a una
especie de vacío primario que estaba en el límite de la misma existencia.
Al despertar sintió algunas náuseas, pero el pulidor de
cristales le acercó un cántaro para que pudiera beber. Le dijo que la cara iba
a estar inflamada un par de días, que hasta entonces no se moviese de la casa.
Luego le acercó un espejo y Juan de Cárdenas pudo ver su rostro completo. Su
ojo de carne y nervios lloró; su ojo de vidrio quedó quieto. Pero había algo en
ese ojo que, más allá de su dureza, tenía vida y de alguna manera parecía
imitar al otro. No en los movimientos, no en la secreta lubricidad y mucho
menos en el llanto; aunque Cárdenas supo que había algo más que hasta entonces
le iba a resultar indescifrable.
Tres días estuvo en aquella habitación atestada de libros y
de inescrutables caracteres que parecían cuñas en las hojas.
El joven de mirada triste entraba en el cuarto con té o
alguna pequeña vianda de pan y queso. El dolor fue intenso la primera jornada.
No pudo dormir: sentía que el falso ojo iba a saltarle de la cara. Pensó que
mejor le hubiera sido quedarse en la pequeña isla, seis meses súbdito del rey
de España, al que aborrecía; seis meses súbdito del rey de Francia, al que
aborrecía aún más; eternamente súbdito de la hija del molinero, a la que amaba
y, para su amargura, le provocaba un claro temor cada vez que lo veía con el
parche de cuero que se había ido cuarteando, tal como su rostro también había
envejecido.
Al segundo día se sintió mejor y antes de que fuera la
primera estrella del viernes se puso de nuevo en camino.
Fue entonces que las visiones empezaron. No aparecían en el
momento del sueño, única circunstancia en que a los hombres les es permitido
adentrarse en los designios de la divinidad. La mitad derecha de su rostro
seguía percibiendo el mundo común de los hombres: las ferias, los caminos de
barro, las antorchas en medio de la noche. Podía oír los regateos en los
mercados y esa mezcla de lenguaje que vive en los puertos. En cambio, el otro
lado de su cara se adentraba en imágenes sin sentido. La primera vez vio una
especie de ínfima criatura unida con un cordón a un lugar invisible. La
criatura, al igual que los ojos del judío, flotaba en un líquido sin tiempo.
En la embarcación de regreso oyó a una joven canturrear una
vieja nana de infancia. El ojo de vidrio veía la mano de la joven sobre el
regazo.
Cuando aparecían aquellas visiones, Juan de Cárdenas,
conocedor de la perfidia humana, prefería quedarse en silencio atendiendo (o
haciendo que atendía) al ocasional mundo de los otros hombres. Sabía que si
hablaba de aquello que miraba desde el cristal lo llevaría al banquillo de la
Inquisición. Lo mejor era estarse así, quieto o caminando; atento a los ruidos
del universo cotidiano, pero observando de refilón aquella otra realidad que se
le abría de un modo fragmentario.
Una mañana vio una flor blanca que empezaba a deshacerse en
las manos de un viajero, aunque no sabía quién era aquel hombre y de dónde
podía provenir aquella flor. Otra vez dio con una puerta en un muro y un hombre
que pasaba frente a ella sin animarse a entrar. Otra noche sintió el
arrastrarse de un animal espantoso que se movía sobre dos patas que eran
círculos unidos por cadenas. La bestia hablaba el idioma de las lombardas que
había oído en sus viejos días de combate.
Las visiones eran inconexas: podían ir desde el vuelo de
una abeja hasta los pasos furtivos de un hombre a través de una calle estrecha
cuyas casas de un lado y otro de la acera estaban separadas por un brazo de
distancia
Se acostumbró a aquellas iluminaciones sin sentido como los
hombres que viven en una aldea un día aceptan que hay guerra o peste y no hay
nada que pueda hacer al respecto.
Juan de Cárdenas llegó a su aldea. Esa semana se enteró de
que la hija del molinero se había casado con un joven negociante de telas.
Sabemos que dio a luz a los ocho meses y que murió en el parto. El niño
sobrevivió.
El viejo soldado lloró secretamente a lo largo de los ocho
meses de embarazo y también lloró en secreto la muerte de aquella mujer que
había amado. Con su mano rozó el ojo de cristal. Le llamó la atención que
también se hubiera humedecido levemente.

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