miércoles, 3 de junio de 2026

EL OJO DEL SEÑOR

Cristian Mitelman

 

Lo llamaban Juan de Cárdenas, aunque es un falso apellido originado por el accidente que padeció en el sitio de Arras, una tarde de junio de 1640, cuando el bichero de un soldado francés le arrancó el ojo izquierdo y tanta era la sangre en su rostro que el médico de la guardia española reseñó en su libro: “un soldado con el rostro cárdeno y un vacío perfecto en la cuenca, vacío del que manaba aquel torrente que olía a hierro y que al llegar a tierra ya comenzaba a coagular”: así anotó en el libro y “el cárdeno” se convirtió en el modo en que empezaron a llamarlo, aunque también existía el apodo meno poético de el “Tuerto de Arras”.

Durante catorce días la fiebre lo consumió y periódicamente lo visitaba un sacerdote para administrar la Extremaunción. Llegaba un poco antes de la medianoche: el resto del día la pasaba en los entierros de los militares españoles que, perseguidos por la desgracia o por la mejor estrategia de los franceses aliados a los blasfemos protestantes, desfilaban al otro mundo para engrosar las tropas celestes del verdadero Dios de los Ejércitos. Juan el Cárdeno, más tarde Juan de Cárdenas, parecía aferrado a la vida desde esa única cuenca sobre la que se derramaba la luz de un velón que apenas iluminaba el camastro, el poyo junto a la ventana y el cuenco de agua con un gusto levemente salobre. Había también sobre el lecho del moribundo una pintura de la Virgen, pero la imagen se fundía en la penumbra y el herido apenas entreveía los pies de una señora cuyo calcañar aplastaba a una serpiente y, ya fuera por la locura, por el dolor de la herida (escaseaba el láudano en aquellas tierras donde las fuerzas del infierno parecían dar la victoria a los sublevados) o por la ausencia de mujer, lo cierto es que antes de adormecerse y caer en algún tipo de pesadilla aquellos pies femeninos eran el único recuerdo de Venus que pasaba por el ojo de Juan de Cárdenas. Eran sueños confusos: aquellos pequeños dedos descendían del cuadro y tocaban los labios del enfermo, que al principio los besaba devotamente y luego se iba enardeciendo hasta pasar a los amores imperfectos de la materia, pero una voz lo detenía, y no era un reproche ni la profética lengua de los que están en el Cielo o el Infierno; no era nada de eso, sino la voz de una muchacha que reía y le decía: debes levantarte, Juan, y llegar a tu aldea: te están esperando.

Por la mañana, cuando el mundo reestablecía su orden, sentía miedo de aquellos sueños. Sentía culpa. Aquel secreto no podía salir de sus labios cuando el cura intentaba confesarlo. Sabía de los Tribunales y los juicios eclesiásticos. Como buen soldado, intuía que la mejor forma de sobrevivir, ya fuera en los tercios borbónicos o en la vida fuera de la milicia, consistía en el silencio.

El sueño no se repetía siempre. Con los días empezó a ver un paisaje que lentamente se iba oscureciendo. También miraba los árboles desde abajo y el modo en que las nubes y las estrellas pasaban entre las ramas llevados por el viento. Podía ver las patas de los galgos de caza y a veces sentía la leve inclinación de las briznas que seguía la ruta solar cuando el cielo parecía un largo escudo de gules y luego sobrevenía, en la heráldica del mundo, la noche atezada. No obstante, las tinieblas fueron cubriendo aquellos colores que venían de un lugar que Cárdenas sentía conocido y extraño a la vez. Una mañana en que la fiebre comenzó a desvanecerse y sintió que podría pararse, entendió lo que le había ocurrido: lo que había soñado eran las últimas proyecciones que el ojo arrancado de su cara había visto. Aquellas tinieblas finales correspondían a la fusión de la cuenca con la tierra que la iba devorando.

Volvió a su pueblo en la Isla de los Faisanes y con algún resquemor aceptó el Tratado de los Pirineos, por lo que durante seis meses era súbdito francés y los otros seis meses súbdito español. Con un ojo vacío y el otro pleno, con dos nacionalidades a cuestas y con una guerra perdida, Juan de Cárdenas trabajó en el viejo molino familiar viendo en las cambiantes nubes del norte una imagen bastante certera de su propia existencia. Para no generar tanta impresión en los niños y en los ancianos, debió tapar su rostro con un parche que él mismo hizo con el cuero discado de un cerdo.

Una mañana de mayo, un viajero que venía del reino de Holanda le habló de cierto joven hebreo que había aprendido a pulir cristales para que la gente viera mejor y que esta ciencia la había aprendido de un trabajo hecho en Francia por un señor llamado Descartes, quien se dedicaba al estudio de lo que hay debajo del cráneo, sabio que no dudaba en abrir animales para comparar lo que el Señor había hecho en ellos con nuestra humana naturaleza. Y le había dicho también que de aquellas abominaciones parecía surgir un nuevo conocimiento del mundo que no cuadraba con el saber antiguo, ya que la patrología prohibía claramente eso de andar hurgando en los vivos y en los muertos.

Juan de Cárdenas emprendió entonces el viaje a las tierras del norte. Sentía que volver a tener algo que simulara un ojo en la cara podría devolverle no la vista (ni las imágenes de aquella pupila que se había ido oscureciendo) sino la sensación de ser un hombre como todos los demás. Hacía tiempo que deseaba hablar con la hija de un molinero con el que su familia mantenía trato por tres generaciones, pero aquella oquedad en su rostro le había hundido una lenta tristeza en el espíritu que le impedía relacionarse con el mundo. Se había convertido en un hombre taciturno y algunos creían que en la batalla, además de perder el ojo, le habían cercenado parte de la lengua.

El viajero le aseguró que el hebreo, cuya familia era de origen hispánico, hablaba perfectamente el castellano, además del latín, el holandés, el francés y la lengua de Adán, ya que el hebreo sólo podía ser la lengua que se había hablada dentro del Edén y luego fuera del jardín, una vez que los primeros padres fueron expulsados por aquel asunto de una serpiente y un pomar.

Durante tres años juntó los maravedíes que lo separaban de la nave que lo llevaría a las brumosas tierras del norte. Cuando partió de la aldea, casi nadie notó su ausencia. Cuando llegó al puerto de Llanes, era menos que una sombra fugitiva en las paredes.

Pernoctó en las afueras de la Iglesia de Santa María Magdalena y por primera vez en mucho tiempo se descubrió a sí mismo rezando. Volvieron a su mente aquellas difusas noches de agonía en que los pies de la mujer rozaban su frente. (Con dolor habrá pensado en la hija del molinero.) Hay momentos en los que todos deseamos alguna revelación. Nada de eso ocurrió en la vida de Juan de Cárdenas: se adormeció reclinado en el muro meridional del templo para protegerse de la cellisca y un perro orinó en su pierna. Fuera de eso, no hubo ningún otro hecho significativo.

Las jornadas en el mar tuvieron mucho de aquellos antiguos combates en las tierras flamencas: la nave de pronto empezaba a mecerse y el maderamen se convertía en un crujido permanente bajo ese cielo que oscilaba entre la oscuridad y unos rojos momentáneos. Y el mar era algo extraño, casi invisible. Cárdenas pensó que debajo de ese extraño revoltijo de salmuera y espuma estaba el mar verdadero, pero la nave nunca llegaba a alcanzarlo tal como en la guerra la tierra que debe conquistarse siempre está un poco más allá. Pero a pesar de todo, extrañamente un día la guerra termina. Lo mismo sucedió con aquel viaje: aun con la borrasca que no dejó de perseguirlos, una mañana vieron las torres de Veerhaven y supieron que la providencia los había llevado a destino.

El camino a Ámsterdam fue todavía más difícil, porque el aspecto mal entrazado del tuerto de Arras y las memorias de la vieja contienda no hacían más que dificultar el acercamiento a la ciudad. Algunas veces le dieron mal las indicaciones, por lo que Cárdenas debió retroceder y perderse en campos amarillos cuyos cuervos eran pequeños puntos negros en el cielo. Pero en casi todos los casos la gente no le respondía con la excusa de no entender su jerga, hasta que tuvo la suerte de dar con un judío que, más acostumbrado a la tolerancia, logró explicarle en un ladino desdibujado cómo llegar no sólo a la ciudad, sino al barrio donde podría dar con el tallador de cristales. Le aseguró que el joven, además, parecía dedicarse a raras sofisticaciones teológicas.

Durmió en los aleros de las casas; pernoctó en los graneros; varias iglesias y alguna sinagoga fueron el improvisado dormitorio. Se descubrió haciendo la vida de un vagabundo. Pasados varios días supo que era un vagabundo. En la pequeña talega conservaba los maravedíes que serían suficientes como para pagar el nuevo ojo que lo reintegrara al mundo de los hombres que son semejantes a los otros hombres.

Una noche tocó la aldaba de una puerta que estaba en el medio de tres. El muro sombrío se extendía hasta un sitio al que su única pupila no lograba acceder. Lo recibió un hombre que, pese a la juventud, tenía en la mirada un antiguo cansancio. Era un español extraño el que manejaba: estaba formado en los libros y en la memoria de los suyos. No era la lengua viva, la lengua de la calle, la que está viva en los intercambios cotidianos: en el precio de vino, en el chiste sobre los cuernos de un marido, en la canción de rima fácil y el insulto; no era la lengua maliciosa de las mujeres ni la germanía de los pícaros. No. Era ese idioma que se condensa como la arena que pasada por el fuego y las sales se transforma en las cuentas de vidrio de un collar.

El judío lo escuchó. ¿Qué habrá comprendido de las razones del tuerto de Arras? Lo cierto es que lo llevó a una pequeña habitación en la que, dentro de especieros con un líquido ambarino, había unas pequeñas bolitas de cristal que parecían contemplar el mundo desde la dimensión de los objetos. Juan de Cárdenas sintió que aquellas falsa cuencas lo escudriñaban desde un lugar extraño al que hasta entonces no había accedido.

El hebreo lo llevó hasta otra pequeña habitación. Aunque no había ninguna pequeña oquedad por donde pudiera filtrarse la luz, no podía decirse que no estuviera iluminada. Unos espejos convexos duplicaban la iluminación que brotaba de los pabilos y cuando el dueño de casa le pidió a Cárdenas que le alcanzara una vela determinada, este se asombró al tocar una cera incorpórea, como si fuera el alma de una vela o la imagen que cada cual acuñaba en su mente acerca de lo que es una vela cuando arde y sobre ella fermentan las pequeñas polillas que giran en derredor de la claridad. El tuerto pensó en una especie de magia oscura. La mirada triste del hombre lo hizo desistir.

—Es sólo un reflejo —le dijo su anfitrión.

Luego se acercó al viejo soldado y se quedó observando su ojo sano. Se excusó al salir de la habitación y regresó unos minutos después. Le mostró la pieza que había seleccionado para que reemplazara al ojo perdido. Antes de pedirle que se quitara el parche de cuero, tomó un escoplo y del lado oculto del vidrio talló tres caracteres. Los espejos invirtieron la imagen y el soldado vio ע.[1]

—En la espalda de tu ojo coloco una respuesta; es todo lo que puedo ofrecerte.

Cuando Juan de Cárdenas extrajo las quince monedas que llevaba, sólo le aceptó tres; una por cada letra que le había dibujado. Y luego le alcanzó un pañuelo embebido de una solución alcanforada. El muchacho cambió ciertos hábitos tímidos por una mayor firmeza.

—Respire —le dijo.

Acostumbrado a las órdenes en sus días de milicia, el tuerto cumplió sin cuestionarse demasiado. Lo cierto es que se dejó llevar por un sueño que hasta entonces no había conocido. El cuerpo se le desvaneció sin conciencia ni ensoñaciones. Y entonces no hubo nada: fue como volver a una especie de vacío primario que estaba en el límite de la misma existencia.

Al despertar sintió algunas náuseas, pero el pulidor de cristales le acercó un cántaro para que pudiera beber. Le dijo que la cara iba a estar inflamada un par de días, que hasta entonces no se moviese de la casa. Luego le acercó un espejo y Juan de Cárdenas pudo ver su rostro completo. Su ojo de carne y nervios lloró; su ojo de vidrio quedó quieto. Pero había algo en ese ojo que, más allá de su dureza, tenía vida y de alguna manera parecía imitar al otro. No en los movimientos, no en la secreta lubricidad y mucho menos en el llanto; aunque Cárdenas supo que había algo más que hasta entonces le iba a resultar indescifrable.

Tres días estuvo en aquella habitación atestada de libros y de inescrutables caracteres que parecían cuñas en las hojas.

El joven de mirada triste entraba en el cuarto con té o alguna pequeña vianda de pan y queso. El dolor fue intenso la primera jornada. No pudo dormir: sentía que el falso ojo iba a saltarle de la cara. Pensó que mejor le hubiera sido quedarse en la pequeña isla, seis meses súbdito del rey de España, al que aborrecía; seis meses súbdito del rey de Francia, al que aborrecía aún más; eternamente súbdito de la hija del molinero, a la que amaba y, para su amargura, le provocaba un claro temor cada vez que lo veía con el parche de cuero que se había ido cuarteando, tal como su rostro también había envejecido.

Al segundo día se sintió mejor y antes de que fuera la primera estrella del viernes se puso de nuevo en camino.

Fue entonces que las visiones empezaron. No aparecían en el momento del sueño, única circunstancia en que a los hombres les es permitido adentrarse en los designios de la divinidad. La mitad derecha de su rostro seguía percibiendo el mundo común de los hombres: las ferias, los caminos de barro, las antorchas en medio de la noche. Podía oír los regateos en los mercados y esa mezcla de lenguaje que vive en los puertos. En cambio, el otro lado de su cara se adentraba en imágenes sin sentido. La primera vez vio una especie de ínfima criatura unida con un cordón a un lugar invisible. La criatura, al igual que los ojos del judío, flotaba en un líquido sin tiempo.

En la embarcación de regreso oyó a una joven canturrear una vieja nana de infancia. El ojo de vidrio veía la mano de la joven sobre el regazo.

Cuando aparecían aquellas visiones, Juan de Cárdenas, conocedor de la perfidia humana, prefería quedarse en silencio atendiendo (o haciendo que atendía) al ocasional mundo de los otros hombres. Sabía que si hablaba de aquello que miraba desde el cristal lo llevaría al banquillo de la Inquisición. Lo mejor era estarse así, quieto o caminando; atento a los ruidos del universo cotidiano, pero observando de refilón aquella otra realidad que se le abría de un modo fragmentario.

Una mañana vio una flor blanca que empezaba a deshacerse en las manos de un viajero, aunque no sabía quién era aquel hombre y de dónde podía provenir aquella flor. Otra vez dio con una puerta en un muro y un hombre que pasaba frente a ella sin animarse a entrar. Otra noche sintió el arrastrarse de un animal espantoso que se movía sobre dos patas que eran círculos unidos por cadenas. La bestia hablaba el idioma de las lombardas que había oído en sus viejos días de combate.

Las visiones eran inconexas: podían ir desde el vuelo de una abeja hasta los pasos furtivos de un hombre a través de una calle estrecha cuyas casas de un lado y otro de la acera estaban separadas por un brazo de distancia

Se acostumbró a aquellas iluminaciones sin sentido como los hombres que viven en una aldea un día aceptan que hay guerra o peste y no hay nada que pueda hacer al respecto.

Juan de Cárdenas llegó a su aldea. Esa semana se enteró de que la hija del molinero se había casado con un joven negociante de telas. Sabemos que dio a luz a los ocho meses y que murió en el parto. El niño sobrevivió.

El viejo soldado lloró secretamente a lo largo de los ocho meses de embarazo y también lloró en secreto la muerte de aquella mujer que había amado. Con su mano rozó el ojo de cristal. Le llamó la atención que también se hubiera humedecido levemente.


Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

 



[1] La “Ayin” en hebreo representa al Ojo.

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