miércoles, 3 de junio de 2026

EN VIVO DESDE TRANSILVANIA

Gabriel Moldovan

 

La oscuridad se posa sobre el complejo abandonado, recortando sombras extrañas contra un cielo otoñal de color púrpura. Un silencio cristalino llena las habitaciones vacías, empujando el frío hasta lo más profundo de los huesos. Los ladrillos y el hormigón son reclamados lentamente por la vegetación. Valeria sostiene el teléfono frente a sí. La luz de la pantalla tiñe sus mejillas de un tono amarillento, excavando profundas ojeras alrededor de sus ojos. Sonríe ampliamente –“como una loca”, diría su hermana– con un entusiasmo que palpita en cada una de sus palabras.

—¡Hola, gente! Bienvenidos a una nueva aventura... una que seguro les pondrá la piel de gallina —dice a la cámara, lanzando una rápida mirada por encima del hombro—. No estoy bromeando: estamos en Transilvania, el lugar donde los fantasmas cobran vida y... quién sabe, tal vez incluso los vampiros.

En la pantalla, el número de seguidores aumenta vertiginosamente: 213, 305 personas en apenas unos segundos. Los comentarios llegan en ráfagas: “¡Estoy muerto de miedo!”, “¿De verdad hay algo ahí?”. Valeria se alimenta de la adrenalina del momento. Su sonrisa se ensancha.

A su lado, Mara se abraza el cuerpo. Tiene los dedos fríos y la respiración rápida, superficial. Se obliga a sonreír, pero el corazón le golpea el pecho con cada sonido que surge de la nada. Cada crujido le suena al llanto de un niño. Se muerde el labio hasta hacerlo sangrar, pero permanece callada.

Valeria lo nota y, con una breve carcajada, gira la cámara.

—Pero bueno, Mara, ¿qué te pasa? ¿Lista para hacer algunos... nuevos amigos? ¡Gente, ya conocen a mi hermana! ¡Mara, saluda!

Mara no responde enseguida, aunque finalmente hace un gesto mecánico. Traga saliva y mira a su hermana a los ojos, buscando un rastro de sensatez. Una notificación roja parpadea en la pantalla: Battery 15%. Valeria la descarta instintivamente con el dedo. La audiencia es demasiado valiosa para dejarse interrumpir por cuestiones técnicas.

—¿Estás segura de que no nos va a pasar nada? —susurra apenas Mara—. La batería está por acabarse, Valy. Deberíamos detenernos.

Valeria se encoge de hombros, ignorando la advertencia. Vuelve la cámara hacia sí misma, reforzando el misterio.

—Es solo una leyenda... o quizá no. No vinimos hasta aquí para mirar porcentajes, ¿verdad?

Los seguidores siguen aumentando. “¡Eres la chica más valiente del mundo!”, “¿Hay alguien con ustedes?”.

—¿Qué dicen? ¿Entramos más adentro? ¡Voten: 1 para “sí”, 2 para “no”!

Sin esperar el resultado, Valeria toma a Mara de la mano. Cruzan la pesada entrada del edificio de oficinas, el antiguo cerebro del complejo industrial. El yeso desprendido cruje bajo sus pasos, produciendo un eco amplificado que rebota contra las paredes heladas. Valeria hace girar la cámara en un ángulo de 360°: puertas oxidadas, ventanas rotas, bocas de oscuridad abiertas donde antes hubo marcos. En un rincón, una mancha oscura de líquido seco parece señalar un camino. Mara se sobresalta.

Valeria acerca el teléfono a su rostro y susurra con tono conspirativo:

—Estamos siguiendo el rastro de una leyenda urbana. La gente dice que aquí... todavía ronda algo. Algo que no pertenece a este mundo... pero que se niega a marcharse.

Los comentarios explotan. “¡No puede ser!”, “¡De verdad están haciendo esto!” y “¡Cuídense, chicas!”. Con un gesto teatral, saca del bolsillo una bolsa transparente llena de un líquido rojizo, de la que cuelga un tubo de transfusión. Mara se queda paralizada.

—¡Valeria! ¿Qué... qué es eso?

Su hermana sonríe a la cámara con una mirada febril.

—El sacrificio necesario, Mara. No puedes atraer una historia de vampiros sin un poco de “postre”, ¿no? Además, aquí resulta más útil que dentro de mis venas.

Mara siente náuseas. Se pasa la mano por el cabello, buscando una explicación racional para el espectáculo de su hermana. Antes de que pueda decir una palabra, una niebla densa empieza a deslizarse desde el umbral de una puerta, extendiéndose como una ola húmeda. Un olor pesado y estancado les adormece los sentidos.

Valeria observa fascinada. Los mensajes: “¿Qué está pasando?” “¡Gira la cámara para que podamos ver!”… acompañados de emojis de corazones, rostros aterrados y carcajadas, se suceden a una velocidad alucinante.

—Oh, Dios mío... mira, Mara. ¿No es increíble?

Mara ya no puede contener el temblor. Sus ojos permanecen fijos en la forma que comienza a condensarse dentro del velo blanco, una silueta imposible que aplasta toda lógica. Luego, presa de una convulsión incontrolable, baja la mirada hacia la seguridad banal de las puntas de goma de sus zapatillas.

—Es solo... niebla, ¿verdad? —murmura, aunque su voz la traiciona.

Valeria levanta el teléfono. 432 personas observan en vivo cómo, en medio de la blancura, se enciende una débil luz. La silueta es humanoide, pero antinaturalmente alargada. Sus movimientos son lentos, dotados de una extraña elegancia. Levanta los brazos. No dos, sino cuatro extremidades largas y delgadas que se despliegan como alas de insecto en cámara lenta. El movimiento parece una danza muda, un ritual de miles de años.

Solo entonces Valeria siente un escalofrío helado recorriéndole la espalda, pero la fascinación la mantiene inmóvil. Más de 500 personas observan en tiempo real. “¡OMG!”, “Sí, claro... excelentes efectos especiales” y “¡Salgan de ahí, chicas!”.

—Es... es real —susurra, atrapada por una epifanía morbosa.

Mara le agarra la mano y tira de ella hacia atrás. En ese instante, un sonido agudo y metálico azota el aire. El teléfono resbala de las manos de Valeria y cae sobre el cemento agrietado. La cámara filma desde el suelo, captando apenas las puntas de sus zapatillas y la sombra de la figura de cuatro brazos que avanza con pasos iguales, como un metrónomo.

—¡Valeria, nos vamos ahora mismo! —grita Mara con la voz quebrada—. ¡Va... Valeria, por favooor!

El aire se vuelve denso, irrespirable. La niebla las envuelve, absorbiendo sus gritos. La sombra se balancea sobre ellas, con las extremidades alzadas como un espectro protector o un depredador. Las respiraciones de las muchachas se transforman en largos suspiros ahogados por la atmósfera húmeda.

Justo cuando alcanzan los 517 seguidores, la pantalla se vuelve negra.

Gabriel Moldovan nació en Sibiu, Rumania, en 1980. Se ha especializado en la intersección del thriller de espías, el romance psicológico y la ficción ciberpunk oscura. Su estilo es cinematográfico e introspectivo, lo que le permite explorar temas de identidad, poder y vulnerabilidad emocional a través del realismo de Europa del Este. Coordina el círculo de escritura creativa InkSpiration en Sibiu, apoyando voces emergentes y el diálogo auténtico. Ha publicado un libro de poesía y prosa breve, La mujer con alas (2003). Ha participado con sus obras en antologías y revistas como Catharsis, Everyday Adventures (2021), Tracus Arte, antología a cargo de Florin Iaru y más de cuarenta de sus textos han sido seleccionados LiterNet.ro entre 2025 y 2026 y en las revistas Helion y Toplitera entre 2024 y 2026.

 


 

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