sábado, 18 de julio de 2026

ESPECIAL MICROFICCIONES (DIECISÉIS)



Algunas consideraciones acerca de la inmortalidad

Sergio Gaut vel Hartman (Argentina)

 Soy un cóndor que planea entre picachos nevados. De pronto, mi ojo capta un tablero de ajedrez desde las alturas y advierto, yo que nunca pude aprender las reglas y estrategias de ese noble juego, que una pieza innominada vaga errática, tambaleándose entre las casillas blancas y las negras. Trato de identificarla, pero fracaso. ¿Es un rey, un alfil, acaso? Perdida toda esperanza, grazno un nombre al azar.

—¡Borges!

La pieza se detiene y un anciano encorvado alza al cielo sus ojos vacíos. Como es ciego, renuncia casi de inmediato a la posible proeza que representaría reconocer al dueño del graznido y reanuda la marcha. Pero el movimiento se revela fatal cuando la siguiente casilla se abre a un abismo insondable, el escritor se precipita sin remedio y seguirá cayendo por toda la eternidad, sin saber si aquello es premio o castigo.

Dejo de ser cóndor y me convierto en un escarabajo gigante. Alguna vez me llamé Gregor Samsa, fui viajante de comercio y personaje de una obra maestra. Ahora trato de despertar, infructuosamente.

 

Se enamoró de su belleza

Joyce Chng (Singapur)

 

Se enamoró de su belleza en el instante en que ella brilló en los cielos. Un diamante en un mar de diamantes.

Que estuviera hecha de acero no lo intimidó. La cortejó con attar de rosas, el más dulce de los deleites, y con canciones de estrellas.

Ella se sintió confundida al principio. Tenía un deber que cumplir y su órbita era estricta y ordenada. De hecho, amaba el orden. ¿Quién era aquel hombre?

Pero sus canciones la cautivaron. Ella también era un ser que amaba las canciones, así como las matemáticas eran una canción. Los códigos binarios, un canto.

Pronto, su diálogo se volvió extenso; sus conversaciones abarcaban el universo, y ella comenzó a tomarle cariño al califa.

Él le propuso matrimonio, con rosas y canciones y los tonos cristalinos de las cítaras entonando baladas binarias. Ella aceptó con modestia.

A su boda asistieron astronautas que actuaron como acompañantes nupciales. El califa tocó el panel frío, enviándole toda su confianza y su amor.

Ella no era más que una IA encerrada en acero. Cuando concibió, se sorprendió. ¿Cómo podía haber sucedido?

Cuando nació su hija, surgida de su núcleo como un torbellino de luz en espiral, ambos se regocijaron. Porque estaba hecha de infinito.

Su canción era brillante, como la de su madre. lāmaḥdūdiyya. Infinito. Eterno.


Responso de un buitre a un hombre solitario

Francisco Cacho (Argentina) 

En memoria de Viani Sosa Distéfano.

 Hace más de un mes que yace en silencio en el basural.

Lo sobrevolé con avidez y voracidad.

Algo en mi me detuvo: no podía acceder a sus entrañas.

Vi sus ojos entrecerrados apagarse al sol, unos labios agusanados, un cuerpo desnudo, maloliente, indefenso, entregado al abandono.

Con el tiempo, la carne se pudrió. Se la comieron los perros, las ratas, el calor, la lluvia… y la soledad.

 Ahora solo quedan huesos, tal vez restos de piel y tendones, donde los insectos, los gusanos y los microbios terminarán su obra.

Aún siento pudor al posarme. Hurgar con mis patas y mi pico lo que pudo haber sido un banquete.

 Y mientras alzo vuelo para seguir mi ciclo depredador, no puedo dejar de preguntarme:

¿Qué vida habrá vivido ese hombre para que nadie viniera a buscarlo?


Venenos

Luz Darriba (Uruguay/España)

 

¿Sabe qué?, no me gusta hablar de muerte, mi querida. «Y…, no lo parece…» Las circunstancias, mi estimada. No me dirá que usted no la chapotea… Convalecer, Languidez, El dulce daño… Una oda a Eros y a Cupido en pañales… «Puede, no voy a discutirle cuál de los dos es más tanático ni a pelear por las estatuas rotas…» Nunca dejará de sorprenderme: ha leído al aburridísimo doctor Freud. «Una mujer tiene que empeñarse a fondo, sabrá que yo respeto al amo del mundo, no se me ocurriría enroscarme en turbulencias con el animal razonador… sólo le he hecho una pregunta: de quitarse la vida, para evitar un mal peor que la muerte, nada más lejos de mi deseo, ¿cómo lo haría?» Las sacrificadas, me apasionan las mujeres… «Las niñas, querrá decir, su debilidad, amigo». No quiero ofender pero… ¿por casa cómo andamos? «Igual de imposibilitadas, andamos. ¿Quién puede refrenar el deseo? ¿Para qué?» Tal vez para poder pensar en venenos…  yo elegiría el cianuro, es bastante rápido. «Pero duele». La vida también, mi querida… Si pudiera volver al día del reloj, ¿se acuerda? «Del reloj no me acuerdo, sí del beso. Atrevido, me dejó en evidencia delante de todo el mundo». Nuestro círculo no es todo el mundo, es poco mundo en realidad, amiga. «Para mí es todo y usted lo sabe, pero dejemos eso para nuestras discusiones epistolares. ¿Usted me ayudaría, llegado el caso?» Vi mucha parca, no me pida tanto. «Yo, si me lo pide... Lloraré mi dicha muerta, pero sí, como en sus cuentos». Le tomo la palabra y le devolveré el favor, se lo prometo. Pero póngame a Wagner, llegado, dios no lo quiera, el caso…

Horacio sucumbió ante un vaso de cianuro y sus convulsiones, la música llenaba el Hospital de Clínicas de Buenos Aires; un año y unos meses después, Alfonsina sintió un leve, cariñoso, empujón: el que necesitaba... Del acantilado al océano, tan suavemente. Buen viaje, querida, se oyó entre la bruma de la tarde y los poemas a medio borronear.


Cuatro días de paz

Daniel Frini (Argentina)

 

Soy cadáver. Las fiebres me enfermaron y, finalmente, acabaron conmigo; y ahora hace ya cuatro días que he muerto. Claro que tuve miedo, mucho miedo. Quién, en sus cabales, puede decir con sinceridad que no le teme a la muerte como se teme, al menos, a todo lo desconocido; con esa aprehensión que nos produce lo que nos saca de la rutina. En mi caso, de la rutina de vivir.

Fui querido; y morí en compañía de los míos. De mis hermanas, de mi familia y de algunos amigos. Y aunque otros, muy amados míos, no estuvieron conmigo antes de mi partida, sé que me lloraron y se conmovieron por mi final.

Como siempre ocurre, al que parte sólo podemos demostrarle nuestro cariño de una manera curiosa: a través de los ritos funerarios. Y en mi caso no estuvo nada mal. Mis hermanas cerraron mis ojos y me besaron, me lavaron y ungieron con perfumes y aceites, ataron mis manos y mis pies, me vendaron y pusieron mirra y aloe entre las vendas; colocaron dos denarios sobre mis ojos y cubrieron mi cara con un sudario. Vinieron a despedirme todos los habitantes de mi aldea y hasta de aldeas vecinas. Fui llevado en procesión hasta el sepulcro en un féretro de mimbre. Algunos rasgaron sus ropas en señal de duelo, dijeron plegarias y hermosas palabras de lamentación, en recuerdo mío. Me colocaron boca arriba en un nicho blanqueado con cal, en la misma cueva donde descansan mis ancestros; y la entrada fue taponada con una roca enorme.

Así supe que fui querido.

En la oscuridad y el silencio, cosa curiosa, perdí el miedo y me sentí en calma y en paz. La muerte es buena y no pesa el saber que es para siempre. Vinieron a mi mente recuerdos de mi vida, desde la primera infancia y reviví cada uno de ellos con todo detalle. Podría decir, en cierto modo, que el sentimiento es bastante parecido a la felicidad.

Pero –siempre hay un pero– ningún descanso puede ser tal. Hoy, por la mañana, llegó de un largo viaje mi muy querido amigo, uno de los que no pudo acompañarme en mis últimos días. Junto con los suyos, consoló a mis hermanas, lloró por mí, se paró frente al sepulcro, oró, mandó que corrieran la piedra de la entrada, a pesar del olor a muerte que yo emanaba; y ordenó

—Lázaro, ¡levántate!

Lástima. Tan lindo que estaba acá y tener que levantarme, porque a éste se le ocurre hacer milagros justamente ahora, y conmigo.


OVNI

Maritza Macías Mosquera (Chile)

 

El objeto volador achatado con dos grandes focos y unas especies de asas a ambos lados, se le acercó tanto que quedó frente a sus ojos, cegándolo. Pero ahí estaba, paralizado, con el pánico reflejado en el rostro, la frente cubierta de un sudor helado. De pronto, sintió que su cuerpo entero empezaba a temblar. Se agarró fuerte de los brazos de su asiento.

Una voz potente lo sacó de su ensimismamiento.

—Abra bien la boca, amigo; le pondré anestesia para que no le duela —dijo el dentista.


La refutación de una hipótesis

Jorge Carlos Barberini (Argentina)

 

Todo comenzó con un comentario tan azaroso como lapidario.

—No hay buen fainá al sur de Berazategui.

—¿Cómo?

—Claro. No hay buen fainá en La Plata. En Capital, Avellaneda o Quilmes, sí. El resto no.

—Eso es una mera hipótesis. No podés decir eso si no venís a Zona Norte.

—Conozco, mis consuegros son de ahí. En Vicente López, Olivos, Martínez o San Isidro tampoco hay buen fainá.

—Pero eso no es “Zona Norte”. Falta San Fernando, Tigre y la franja del Belgrano.

—Ah, tenés razón.

—Mirá, no soy un experto, pero tenés que conocer el fainá de “Tomasito”.

—¿Vos decís?

—Claramente.

—Bueno, que así sea.

Por una razón u otra la visita se postergó, hasta que finalmente Claudio Barbeito, hombre de Wilde afincado en La Plata, intelectual, docente, investigador, catedrático; escritor, rockero, futbolero, amante de los libros, adicto a la ciencia ficción, compañero de caminatas y, por supuesto, degustador de fainá, aterrizó en Victoria un caluroso mediodía de enero.

Tras veinticinco cuadras de caminata arribamos al lugar, para sufrir un severo traspié: Tomasito ya no tiene mesas para comer in situ, sólo “delivery”.

—No importa —le decimos, sin dejarnos arredrar, a don Borrelli—, denos cuatro porciones y nos vamos a comerlas a plaza Mitre.

Sorprendido el hombre, le explicamos desde dónde y para qué había venido Claudio. Su respuesta estuvo a la altura de las circunstancias:

—Vengan por aquí – dijo, y nos habilitó una mesa.

Llegó por fin el fainá, acompañada por un par de porciones de muzza. Contuve durante instantes eternos la respiración hasta que llegó el veredicto.

—Este fainá está a la altura del que se come en Crucesita.

Nos quedamos un rato conversando con don Borrelli, mientras la gata del lugar compartía la mesa. Un nuevo revés, que las fotos que debían documentar el histórico acontecimiento hayan salido fuera de foco, no alcanzó a empañar mi orgullo por este logro de la Patria Chica.

La hipótesis había sido refutada, y el Universo del Fainá había sido convenientemente ampliado.

La vida cobraba sentido, aunque sea por un rato.


Malena

Rafael Martínez Liriano (República Dominicana)

 

Malena lavaba su cara con agua del río. Buscaba, con ese acto de expiación, limpiar su alma del desasosiego que la torturaba. Se estaba frotando el rostro con fuerza mientras, de lejos, un anciano la observaba.

—¿Qué te sucede pequeña? —preguntó el anciano. —Inmersa como estaba la niña en sus esfuerzos, no lo escuchó— ¿Qué te pasa? —insistió el anciano.

—La muerte se presenta ante mí con su rostro pálido y sin emociones, con sus ojos vacíos fijos en los míos llamándome a su lado —sentenció la muchacha.

—Ven a la orilla y cuéntame tus penas; cuéntale, a este viejo cenobita, qué se esconde en lo más profundo de tu alma.

—¿Es usted un monje? —La chica salió del agua; en su cara se reflejaba un gesto de ansiedad—. ¿Usted podría... podría ayudarme... a alcanzar mi meta?

—No puedo ayudarte a morir, jovencita; la potestad de quitar la vida a un ser humano está reservada solo a Dios, Nuestro Señor.

—Como le dije, la muerte se presenta de frente —dijo la chica con una voz carente de emoción; su rostro demacrado daba cuenta de la falta de sueño—; de hecho, la he visto muchas veces, pero nunca es suficiente. Es un momento tan fugaz y maravilloso que no tengo tiempo de decidir

El anciano levantó su mano y acarició la cabeza de la chica con tono paternalista.

—¿Cómo puede un ser tan joven e inocente haber adquirido un gusto tan particular, además, ¿cómo puedes ver su rostro a voluntad? ¿Que acaso te pones a ti misma en peligro a propósito solo para alcanzar tu objetivo? Cuéntame qué cosas perturban tu alma.

—Pero la muerte no se presenta ante mi sin que antes se pague un precio? —dijo la chica mirando con frialdad al anciano—, ella no da un paso fuera de sus dominios si no es para regresar con un alma. —El anciano sintió una punzada en el costado derecho. El dolor lo hizo retorcerse mientras los pinchazos continuaban sobre su humanidad. Finalmente, el monje cayó de espaldas en la tierra mientras la chica se sentaba encima de él—. Y aquí estamos de nuevo, la muerte y yo mirándonos a la cara. Ella feliz haciendo su labor ancestral y yo fascinada viendo otra alma cruzar esa línea por primera y última vez.

Malena regresó al río y continuó lavándose la cara nerviosamente.


Cita de ensueño

Toshiya Kamei (Japón)

 

Una vez afuera, respiro profundamente el aire purificado. Un sol radiante brilla en el cielo sin nubes. Gracias a la tecnología, el cambio climático es cosa del pasado. Los pájaros en los árboles cantan. Una brisa suave balancea flores de todos colores.

Al pasar frente a la casa púrpura, saludo a mis vecinos alienígenas cuyos tentáculos tiemblan amigablemente. Me subo a un taxi colectivo que para en la esquina. Volamos por un pasaje invisible entre imponentes edificios cuyas azoteas desbordan flores, frutas y verduras. El taxi nos escupe en un rascacielos.

Las puertas de cristal se deslizan para abrirse y tragan una multitud de oficinistas. Entro al elevador y subo sesenta y cinco pisos en quince segundos. Cuando llego a mi escritorio, Zebira, mi compañera de cubículo, mira arriba. Tiene los iris de color diferente. Dependiendo de la luz, el derecho es azul y el izquierdo es café. Cuando nuestras miradas se cruzan, mi corazón late más rápido.

—Antonia —dice alegremente—. ¿Cómo estuvo tu fin de semana? —tira de su cabello hacia un lado sin razón aparente. Su aroma limpio y jabonoso me hace cosquillas en la nariz.

—Estuvo bien —respondo, sonrojándome—. ¿Y el tuyo?

—Estuvo tranquilo —dice antes de volver a su tarea.

Semanas atrás, me dijo que no había machos en su planeta natal. Y en el dedo anular no lleva ningún anillo.

—Zebira, ¿quieres comer algo después del trabajo?

 

El visitante

Gabriel Trujillo Muñoz (México)

 

El portero del edificio miró al visitante con indiferencia. Éste se acercó a él portando una malla, un casco y un trinchete. El portero, que ya estaba acostumbrado a esa clase de visitantes, evaluó lo que iba a ganar vendiendo tal cantidad de metal en un yonque. “Mil pesos saco, cuando menos”, pensó. El visitante se detuvo frente a la caseta.

—Ando buscan…

—No me lo diga, joven, ya lo sé. Con sólo ver su apariencia me doy cuenta. Entre a su propio riesgo. No nos hacemos responsables de su seguridad.

—¿En qué piso vive?

—En el último piso, en el penthouse. Firme aquí, en el libro de visitantes. Eso es todo.

El joven fue a la puerta del elevador y pulsó el botón de ascenso. El portero le gritó que no estaba funcionando, que tendría que subir a pie. Eran veinte pisos, pero el joven comenzó a subir por las escaleras a buen paso. El portero marcó un número de prisa.

—Va uno en camino.

Una voz grave respondió por el auricular.

—¿Cómo luce?

El portero vio que el joven ya iba en el cuarto piso.

—Con ganas de saludarte, Minotauro. En cinco minutos lo tienes en tu puerta.

—¿Cómo se llama?

El portero leyó el libro de visitantes.

—Teseo ¿Has oído hablar de él?

El Minotauro se rio.

—Es el ex de Ariadnita, mi mujer. Esto se va a poner bueno.

Y colgó.


Así que estás saliendo con un hombre lobo

Anatoly Belilovsky (Ucrania/Estados Unidos)

 

Tu madre era una mujer lobo, ya lo sabes.

Ella me eligió, en medio del ruido de una reunión; eligió mis ojos en los que mirar, tan fríos y calculadores a primera vista, tan cautivadores un minuto después. Me eligió para caminar a mi lado, hombro con hombro, cadera con cadera, el calor y la suavidad ahí, justo en el borde de la cercanía, y sin embargo separados.

Eligió contarme de las manadas con las que había corrido, de los cachorros que había tenido antes de conocerme, de las cicatrices y de qué dientes las habían causado.

Te estremeces, imaginando que voy a derivar hacia cosas que a ningún hijo le gusta imaginar que sus padres hacen. Sin embargo, sin ser explícito, confía en mí cuando te digo: lo entiendo. Entiendo la exaltación de ser el centro de una mirada sin parpadeos, sin titubeos, sin velos; de ser comprendido, valorado, aceptado. De ser amado, de que cada uno de tus deseos –no tanto cumplido– como convertido en parte de los deseos de tu amante, y tratado como tal.

Ella no me eligió alfa. Simplemente es que yo no podía evitar ser alfa con ella a mi lado. Yo le importaba; por lo tanto, yo importaba. Pasaba por alto mis debilidades, perdonaba mis faltas, sin pensarlo dos veces. Para ella, el amor no era tanto un sentimiento como un leitmotiv, una pantalla sobre la cual se proyectaban todos los demás sentimientos. Llegué a pensar en ello tan poco como pensaba en el aire.

Sus ausencias fueron raras al principio; luego comenzaron a ser cada vez más frecuentes, cada una más larga que la anterior. Nunca le reproché el tiempo que pasaba sin mí, ni me preocupé por si regresaría. Nunca volvía con menos que un deseo ardiente por mí…

Hasta que, un día, no lo hizo. Sin una palabra, sin una mirada atrás, se fue. Su tiempo conmigo, y contigo, había terminado. Tuve que aprender a respirar de nuevo. Tuve que hacerlo, por ti. Porque algún día vendrías a decirme que estás enamorado de un hombre lobo. Me preguntarías si había valido la pena el dolor.

Sí, tú valiste la pena, y más. Y aun si no estuvieras aquí… sí, lo que ella construyó en mí perdura. Pero ¿puedo prometerte lo mismo? Lo siento, no puedo. Es algo terrible amar a un hombre lobo.

No lo olvides: a veces, solo son humanos.


En una legión de ti, te encontraré

Jaap Boekestein (Países Bajos)

 

Cuando Sergio tenía mil trescientos once años…

Música atronadora, una sala cargada hasta el límite de energía positiva, luces multicolores perfectamente sincronizadas. Y cada rostro y cada cuerpo se parecía a Yulene, incluido el propio aspecto de Sergio.

—He organizado una fiesta muy especial para ti, oh gran descifrador del Espacio Conocido y Desconocido. Intenta encontrarme. —Ese había sido su desafío.

¿Doscientas, trescientas Yulenes bailando? Vestidas con la misma cantidad de atuendos diferentes. Lo único que Sergio sabía con certeza era que él mismo no era Yulene. Pero ¿cuál de todos esos asistentes era su verdadero amor?

Sergio sonrió. ¡Qué rompecabezas tan delicioso! Y tenía hasta el amanecer para encontrarla de nuevo.

Se entregó por completo al festejo.


Diálogo diurno

Caro Fernández (Argentina)

 

—Hola, que suerte haberla encontrado. No puedo olvidarla desde aquella noche en que la acorralé contra la pared. Aún conservo el sabor de sus pezones en mi boca, siento sus dedos explorando mi ingle, me parece escuchar sus gemidos. Esos que le arranqué mientras lentamente, desde la puntita al final, iba entrando en usted, destrozando la lencería roja que tan bien le sentaba.

—¿Roja? Disculpe, creo que usted me confunde con otra persona.


Los ojos de Elvis

Marcela Iglesias (El Salvador/Ecuador)

 

Ella estaba sentada frente a la computadora, sintiendo lástima por sí misma. Había pasado toda la tarde atiborrándose de películas viejas de Elvis Presley, pensando que revivir sus emociones de la adolescencia, cuando se sentaba a ver esas películas con su papá, la iba a rescatar de toda la basura en la que su vida se había convertido.

Los ojos claros de Elvis, parecidos a los de "su taita", siempre la habían sobrecogido. Por eso "él" le había llamado tanto la atención al principio: tenía el mismo color que los de su papá y, cuando se enojaba, eran tan azules como los de Elvis. ¿Cómo se había permitido engañarse tanto a sí misma? Había buscado un refugio y terminó atrapada en una tormenta del mismo color.

Y mientras reflexionaba, la película que estaba viendo iba a terminar.

—¡¡¡NOOOO!!! —gritó en su mente—. Le acaban de disparar, el protagonista no se puede morir, menos si es Elvis, ¿qué es esto?

Se puso a llorar desconsoladamente, como si alguien en su vida realmente hubiera muerto. Estaba tan concentrada en su duelo por el personaje que no se dio cuenta cuando él entró al estudio. Se había quedado detrás de ella, viéndola llorar.

—Hey, ¿qué te pasa? —le dijo con ese tono que siempre lograba empequeñecerla—. Deja de perder el tiempo con esas películas viejas. Ya es tarde; si no vas a lavar los platos, mejor te vienes a acostar para que te levantes temprano. Llorando por una película...

Se fue rezongando, dejando tras de sí el rastro de su desprecio cotidiano. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no lloraba por el personaje de Elvis; lloraba por ella. Pero también comprendió algo más: si el escritor podía haberle dado un personaje que moría a alguien como Elvis, ella también podía sacar a su "personaje principal" de su propia película dramática

Se levantó decidida, sintiendo que el peso de los años se quedaba en la silla.

—Hey, Jorge, tenemos que hablar.


Gabriel

Walle Kashmir (México)

 

—¡Gabriel! ¡Gabriel! ¡Te estás durmiendo otra vez! ¡Son dos días seguidos en los que veo no puedes mantener tus ojos abiertos, ni tus trabajos realizados! ¿Qué pasa?

—Una disculpa, de verdad; tengo unos vecinos en el piso de arriba, recién casados. Llevan con la fiesta desde el miércoles, o se aman mucho o les gusta mucho la fiesta.

—Eso no me importa, aquí te necesito trabajando o no me sirves, Gabriel.

A las dos de la madrugada, suena el teléfono.

—Buenas, una disculpa por la hora, solo para avisarle, el problema del sueño ya lo resolví, podré dormir bien y podré trabajar bien... nada más una pregunta... ¿Usted cree que pueda hacer el trabajo desde la cárcel?


Foodie

Laura Weterings (Países Bajos/Bélgica)

 

Como una directora experimentada, volvió a colocar su smartphone en el trípode. Comprobó la iluminación, alisó sus cejas tupidas con el dedo y añadió un filtro glamuroso que hacía desaparecer mágicamente sus arrugas. Después de los errores anteriores, ya había aprendido la lección. Todo había sido probado, ensayado y pulido varias veces. Esta vez acertaría: con este nuevo as bajo la manga seguro que se volvería viral. Incluso sus dedos de los pies se movían impacientes.

—¡Hola, queriditos! —dijo con una voz empalagosa—. Aquí estoy otra vez. Totalmente fresh y fabulous, si me permiten decirlo. Esta mañana hice mi rutina de skincare 2.0, esta vez incluyendo la crema para ojos con baba de caracol, y también mimé mi rostro, como ustedes recomendaron, después de las capas habituales de cremas, con Zwitsal Op ’T Wangetje, mi nuevo favorito. Así que estoy totalmente slay para darles esta hot news. No cap, apuesto a que les va a encantar.

Pequeña confesión: mi casita era, en efecto, un poco cringe, lo siento. Pero ¿adivinen qué? La he renovado especialmente para ustedes. Todo completamente eco, vegano y, además, sin gluten. Incluso los ratones llevan crop tops y pequeños pantaloncitos de algodón reciclado, para que ya no tengan que sentirse incómodos con eso. ¿Cute, verdad?

Estoy completamente delulu con esto, pero eso no es todo, sweeties… Mis nuevas puertas y marcos están hechos de chocolate de Dubái. Sí, ¡del auténtico! Aquí no entra ninguna imitación. Tan cremoso, tan smooth, literalmente digno de delulu. A mis fieles seguidores les doy el honor de probarlo. ¿Los veo llegar enseguida? Todos son bienvenidos. Solo tienen que seguir las migas de pan en el bosque. Easy peasy.

—¡Hasta ahora, amores!

La bruja revisó el video con una sonrisa satisfecha. Perfecto. Pulsó enviar y disfrutó viendo cómo se difundía entre sus seguidores, mientras los “me gusta” se disparaban. Parecía magia.

Satisfecha, se dio la vuelta y empezó a calentar el horno. Su lengua se deslizó con hambre por sus labios y sus ojos brillaban de placer. La anticipación le resultaba casi tan divertida como lo que estaba por venir. Relamiéndose, le dijo al fuego:

—Que vengan esos Hanseles y Greteles.


Titi

Mario Ernesto Maruelli (Argentina)

 

Tití era un integrante más del circo. Había llegado a unirse a esa movida andante tal vez huyendo de la discriminación que en su pueblo natal le propinaban gratuitamente sus pares y por eso, cuando se enteró que el circo necesitaba jóvenes para levantar las gigantescas carpas, no dudó en esmerase para caerle en gracia al dueño, y después de las funciones programadas, irse con ellos, como una manera de escapar del ridículo al que cada día era sometido. En el circo, le enseñaron todas las piruetas, todos los trucos, la artimaña del engaño y la ilusión, pero terminó en una función menos importante y menos vista por el público, alejado del centro de la pista y las luces: encargado de la limpieza y el sustento de las bestias. Un par de monos, un pony y un viejo león eran las atracciones con que la compañía circense exhibía en su exigua cartelera.

Pese a los limitados y viejos recursos con que contaba el circo, durante años, fueron fabricantes de sonrisas en personas de todas las edades. Tití se sintió un personaje importante; le habían dado un uniforme con botones dorados para llevar a los animales a la pista. Él y sus bestias eran recibidos con aplausos en cada actuación de sus mascotas. Un día, la compañía recaló en el pueblo natal de Titi. Los tormentos de las pasadas discriminaciones lo llevaron a pedir una licencia donde se refugió en casa de una hermana de crianza.

Allí tuvo la oportunidad de expresar su felicidad de sentirse reconocido por la gente, se olvidó por unos días del circo y se dedicó a desandar su miserable vida con renovada alegría.

Cuando se enteró que aquella noche el circo daba la última función, partió nuevamente a retomar su rutina. Alguien olvidó mencionarle que el viejo león había muerto, y lo habían reemplazado por un tigre joven y aún indomable. La noticia se esparció trágicamente por el pueblo; reconocieron a Tití por algunos trozos de su uniforme oscuro y sus botones dorados.


La nave

Liana Zilber Vivekananda (Brasil)

 

Luzinete estaba feliz de la vida con su nueva lavadora. La compró por internet, en un sitio desconocido que incluso le dio miedo que fuera una estafa, de tan barato que estaba el producto. Pero, he aquí que el día acordado llegó, muy bien empaquetado.

La máquina prometía un lavado perfecto, secado rápido y económico; la ropa salía sin necesidad de planchado. Solo faltaba que fuera sola al armario. Era una marca oriental, tal vez china o coreana; nunca había oído hablar de ella, pero era superior a todas las demás del mercado. ¡Y el precio! Ah, el precio… Era increíble. Una auténtica ganga.

La joven se quedó admirando su adquisición gris azulada, tan moderna y llena de luces que daba gusto verla. Botones, ni hablar: todo era táctil, nada de engranajes antiguos.

A la mañana siguiente, bien temprano, intentó leer el manual, pero no había manual. La máquina afirmaba ser auto explicativa. Solo tenía un pequeño botón rojo –ni siquiera era exactamente un botón, más bien una ligera protuberancia– que parpadeaba. Metió su ropa sin separar colores ni tipos y tocó el botón. De inmediato el aparato comenzó a emitir un zumbido fino y agudo. Parecía el motor de un avión calentando turbinas. Le resultó extraño que aún no estuviera tomando agua. Decidió echar un vistazo. Detuvo el mecanismo, abrió la puertita y miró dentro.

Un chorro de aire muy fuerte la succionó hacia el interior del aparato. La puerta se cerró y se bloqueó. ¡Estaba atrapada dentro de la lavadora! ¿Cómo había cabido allí? Era de doce litros, sí, pero ella no era tan pequeña. Por dentro, la máquina era mucho más grande de lo que parecía. Había luces que brillaban y giraban. Su ropa fue expulsada por una abertura a gran velocidad, lanzada lejos. El ruido de las turbinas en calentamiento aumentó y la máquina salió volando a través del ventanal del lavadero, llevándose consigo numerosos fragmentos de vidrio y trozos de ladrillo de la pared.

Así fue como los alienígenas se hicieron con su primera rehén.


Secretos de familia

Ana Ojeda (España)

 

—¡Pero cómo! ¿Cómo ha podido pasar esto? —le preguntaba Maite a Susana, con una mezcla de enfado y preocupación.

—Pues no lo sé, Maite... no tengo una explicación lógica ni racional; simplemente me enamoré y ya, sin más —contestó Susana, sonriendo como una quinceañera.

Las dos hermanas estaban en su pub habitual, tomando un refresco, relajadamente, como cada viernes a la noche.

—Pero ¿de él, que nos ha confesado desde pequeñas...? —insistió Maite—. Del cura, ¡te has enamorado del cura!

En ese momento apareció el sacerdote en cuestión, se acercó a las mujeres y le dio un besazo con lengua a Susana; luego se sentó con ellas.

Maite no podía creer lo que veían sus ojos.

—Tranquila, Maite —se apresuró a decir el susodicho—. El hijo es mío y cumpliré con mi obligación, ya he colgado la sotana y le he pedido matrimonio a tu hermana.

—Sí, claro... igual que hiciste con mi hijo, ¿verdad?

Se levantó airada y salió del local, llorando; el cura también había sido el hombre de su vida.


Las cucarachas

Roberto Spinelli (Argentina)

 

Han pasado dos horas del anuncio en los medios de comunicación y un poco menos del corte total.

La ciudad es un páramo, muchos se fueron hace días, al campo, a casa de parientes o amigos, a cualquier parte.

Yo elegí esperar el final solo, con mi perro. Faltan apenas minutos, el asteroide provocará un invierno nuclear de miles de años, ya lo reconocieron.

Debo escribir, no sé qué, pero debo escribir. Debo escribir que seremos olvido y no me importa, que de una u otra manera se terminaría, que el sinsentido no es tan absurdo después de todo. Entonces la veo salir presurosa, corre hacia un rincón y me levanto para matarla por pura costumbre. La cucaracha me presiente y quiere huir, la alcanzo, pero en ese mismo momento me arrepiento y vuelvo a la silla.

Ahora son dos, luego varias, miro por la ventana de la cocina y es un ejército en el muro. Se organizan, saben que son las herederas y se disponen a resistir. Ya hay miles, en las paredes y en el techo, las veo de reojo mientras escribo que tal vez podría haberlo hecho diferente, que lo único que valió la pena fue amar y que estoy triste pero no tengo miedo. Abrazo a mi perro y así, rodeado de cucarachas, miro por última vez el reloj.


La fecha

Iván Bojtor (Hungría)


El detective solo me mira fijamente, sonríe y no dice ni una palabra. No sé cómo me descubrió. ¿De dónde sacó que no soy quien pretendo ser? Todos mis documentos están en orden: mi identificación, mi licencia de conducir, mis papeles de impuestos, los certificados de seguro social. ¿Cómo se dio cuenta de que no soy Tom Halley? ¿O solo está bluffeando? Sucedió en 1946. Llevaba un año escondiéndome en las montañas cuando me encontré con Tom Halley. El vagabundo había estado viviendo durante años en una choza desvencijada en una roca que se extendía sobre el río. Resultó que todo el mundo en la zona lo conocía bien, y como no causaba problemas, lo toleraban. De vez en cuando incluso le daban trabajo: cortar leña, pintar cercas. Inmediatamente noté lo mucho que se parecía a mí: su rostro, su estatura, el color de su cabello. El plan surgió de inmediato en mi mente, solo esperaba que nevara. Estaba seguro de que nadie vendría por aquí, la granja más cercana estaba a tres millas de distancia. Cuidadosamente, quemé todo detrás de mí. Tenía mucho tiempo. Incluso trituré sus huesos carbonizados en polvo y los esparcí por el bosque lejos de la cabaña. En primavera, prendí fuego a la choza y me fui a Greenhill, donde nació Tom, algunos ancianos todavía me recordaban (o a él). Después de decirles que mis documentos se habían quemado en el incendio, estuvieron dispuestos a confirmarlo todo: el nombre de mi padre, el de mi madre, el año en que nací, incluso el mes, solo no sabían el día, así que lo dije al azar. Dos semanas después de obtener mis nuevos documentos, conseguí trabajo en una tienda de madera. Han pasado catorce años desde entonces. Y ahora este policía viene y me sonríe en la cara. Puedo ver en su rostro que lo sabe. Tal vez sea mejor que cuente todo: los robos, esa mujer, allá en Kansas, y también a Tom.

—¿Cómo se dio cuenta?

—De su fecha de nacimiento. En 1993 no hubo 29 de febrero. No era un año bisiesto.

Monoplanos

Mike Jensen (Países Bajos)

 El juego invoca dos monoplanos, más rápidos que nuestros biplanos habituales, pero también más difíciles de manejar. Mi avión fantasmal logra su primer impacto en el fuselaje del enemigo y, en el mundo real, veo a mi oponente fruncir el ceño. Es buena. Es realmente buena. Gira, hace piruetas y rizos hasta que dispara proyectiles a través de mi cola. Siento un fuerte escalofrío cuando mi avión explota. Ella sonríe y yo le devuelvo la sonrisa. "¿Al mejor de novecientos?", pregunta. Introduzco una moneda.


Un cuento descorchante

Rhus Hughes (Gales)

 

Los buzos nadaban lentamente, pero con determinación. Estaban aterrorizados, pero aun así seguían adelante. Aquella era la mayor distancia que alguien había recorrido jamás en dirección vertical. Eran pioneros.

Llevaban entre ambos un pesado equipo. Era incómodo y aparatoso, pero habían practicado con él durante muchas horas a una profundidad más segura y ahora eran capaces de sincronizar sus movimientos a la perfección. La afilada espiral metálica de la herramienta brillaba débilmente.

Ambos sudaban detrás de sus gafas.

Cada braza adicional era un tormento.

Estaban casi al límite de su resistencia, pero ya se acercaban a su destino. Solo un pequeño esfuerzo más… ¡Sí! Habían alcanzado la base de la curiosa barrera, su oscuro lado inferior.

Los científicos ya habían explorado aquella peculiar estructura a distancia, con sondas, y habían emitido un comunicado al respecto. La libertad para toda su especie se encontraba al otro lado, afirmaban. Por eso dos buzos habían estado dispuestos a arriesgar sus vidas para llegar hasta allí y atravesarla.

El primer buzo asintió mirando al segundo. Alzaron la herramienta y apoyaron la punta contra la barrera. Luego comenzaron a girar la manivela, tratando de que la broca mordiera. Pero el metal resbalaba continuamente.

Se detuvieron. Uno de los buzos extendió la mano y tocó la barrera, palpándola con cuidado durante varios minutos.

—¿Qué ocurre? —señaló en silencio el otro.

El primero hizo gestos frenéticos con las manos.

—¡Es una tapa de rosca! Los científicos se equivocaron. No es un corcho, después de todo. Debe de ser vino barato. El sacacorchos no sirve para nada. ¡Estamos atrapados aquí para siempre!

Comenzaron el largo regreso nadando hacia el fondo de la botella.


La presencia de la ausencia

Boris Glikman (Bielorrusia/Australia)

 

Algunas personas se definen más por su ausencia que por su presencia; su vacío posee mayor intensidad y poder que su propia existencia. Cuando estas personas se marchan, su ausencia adquiere características distintivas que su presencia jamás tuvo. La presencia de su ausencia se convierte en una realidad propia, casi tangible. Uno se encuentra desarrollando relaciones significativas y felices con los vacíos que nunca disfrutó en presencia de la realidad.

Otras personas existen solo como contornos, definidas por la presencia de quienes las rodean, y cuando estos se van, se desvanecen en la nada, desapareciendo por completo.


Cazador de polillas

Finn Audenaert (Bélgica)

  

El aire se estremece sobre ella. Pájaros, nubes, desesperación. Y jadeos, también. Allyra está huyendo. Tiene que escapar de la boda. Escapar del cazador.

Cuando las polillas emprenden el vuelo, las tribus se reúnen. Ngunnawal, Ngambri… Todas celebran. Ceremonias de fertilidad, combates rituales y matrimonios: no se detiene nunca. Capturan polillas y las comen con deleite. Allyra no comparte su alegría. Piensa con melancolía en su amado Birrani. Él se sienta erguido en su tumba y estudia el tiempo. El año pasado aún era cazador de polillas. Su cazador de polillas.

—Me habías sido prometida, vuelve de inmediato —oye decir al cazador detrás de ella.

Allyra se consuela con un solo pensamiento: aún queda espacio en la tumba.


Ahogado en abismos textuales

Armando Azeglio (Argentina)

 

En alguna parte de su ser, en algún sedimento de su conciencia, yacía sucio –y sin intención– un texto confesional, quizás un sibilino. En medio de la lluvia (cianótico, desvariado y en toga) argumentaba sórdidos soliloquios en su defensa. O (enojado y ebrio de pegamento) profería imperiosa su condena. Era cuestión de “vida o muerte”, decía él. “Cuestión de tiempo” argüía yo. Un día no aguantó más. Anticipó –sin reservas– su alejamiento. Dijo que le entregaría el rollo a Prometeo, su amigo (yo hubiera preferido que Cronos lo devorara). Tomó una daga y se abrió el cuello. Con la zurda hurgó hacia arriba… y extrajo algo. Próximo al final me dijo (con una suerte de ronquido) que leyera la sección novena. Lo hice. Al instante primero me faltó el aire. Al segundo me puse morado. Luego, dejé de escribir…


Ser invisible

Vincenzo Barone Lumaga (Italia)

 

Ahora, después de tantos años de indiferencia y humillaciones, fingen estar preocupados por mí, por mis extrañas costumbres y por la transformación ya evidente en mi aspecto. Pero en realidad tienen miedo: saben que, estén donde estén, no estarán a salvo; tendrán que temer mi venganza cuando el cambio se produzca. A veces, al descolgar el teléfono, los oigo susurrar, describiendo los síntomas a los médicos a los que me he negado a ver desde que me encerré con llave en mi habitación hace semanas. Han intentado forzar la puerta, pero los amenacé con degollarme con el cuchillo que robé de la cocina. Eso los detuvo, porque temen que la policía los responsabilice. Ahora solo vienen a dejar comida afuera, que recojo en mis incursiones nocturnas, cuando duermen.

Estoy desnuda frente al espejo del armario. Mi cuerpo es una capa de velos que voy desgarrando lentamente con el ayuno y largas horas de meditación. Del último emergerá mi verdadera esencia, su poder, un color venido de la nada, negado a los débiles ojos humanos. Ya lo veo en mis senos caídos, en los pezones oscurecidos y resecos. Brota como vapor de mi sexo. Entreveo, detrás de la máscara pálida, una nueva entidad.

El último velo está a punto de apartarse, pero hasta que la transformación no sea completa sigo a su merced. Los engaño haciéndoles creer que aún tienen tiempo para detenerme, dejando cada mañana la bandeja vacía frente a la puerta. La comida se pudre sobre el escritorio, mientras ellos deliran por teléfono con los médicos sobre una adolescencia difícil y anorexia.

Me llaman. No respondo. Gritan, blasfeman y golpean.

Cuando derriban la puerta, los enfrento de espaldas a la ventana, con una sonrisa desafiante. Suelto una risita mientras se arrodillan alrededor del capullo vacío en el suelo. Me acerco a ellos sin ser vista ni oída.

El último velo se ha apartado, la metamorfosis está completa: ahora soy como siempre he querido.

Invisible.

 

Los oyentes

Alejandro Fabian Alberto Aguirre (Argentina)

 

Contarles cuentos a los muertos no fue una tarea que le agradó al principio pero con el tiempo descubrió que no estaba solo por las noches en aquel cementerio. Comenzó haciéndolo por su madre, a quien le aterraba la oscuridad y por eso visitaba su tumba por las noches.

Cuando estuvo a punto de dejar de ir sintió que lo necesitaban y continúo por años llevando libros para seguir leyendo en ese lugar.

Un día lo encerraron en un hospital para enfermos mentales. Allí, con mucha sorpresa para él, comenzó a escribir relatos.

Pronto, aquél establecimiento psiquiátrico se llenó de los oyentes menos esperados.


Visión de mercado

Ruy Balmes (España)

 

Para el corredor de bolsa la ambición era esa especie de llama siempre ávida de encontrar un material inflamable capaz de expandir el incendio hasta confundido con el sol. Una noche de insomnio, navegando por Internet, descubrió la gran oportunidad en el mercado negro de tráfico de órganos humanos. Los ojos eran, con mucha diferencia, los más cotizados. Llegó la mañana y la decisión ya estaba tomada. Alguien se iba a quedar sin sus ojos, y al pensar en ello no podía evitar sentir cierto reparo e incluso temor. Sin embargo, estaba ante el gran paso en su carrera y no debía dejarse vencer por las emociones. Al final, su natural frialdad y su instinto depredador le convencieron que el malestar sería algo temporal, y que duraría justo lo que tardara en acomodarse a vivir sin el sentido de la vista.


Capas

Joyce Barker Bucat (Chile)

 

Esa noche fue algo que no esperaba, le había pasado antes, pero nunca de esta manera.

El despertador sonaba como de costumbre. Abrió los ojos. Miró su dormitorio. Confundida aún, observó que los muebles estaban cambiados de lugar. ¿Quién habrá hecho esto? Alguien me tendrá que explicar esta aberración, pensó malhumorada. Al intentar levantarse de la cama, su cuerpo, ajeno a los mandatos de su mente, no reaccionó; y simultáneamente, una masa invisible de vocecillas infantiles y gangosas, como de muñequitos de caricatura, comenzó a sonar al unísono. Estaba secuestrada en su propio cuerpo, y en su propia pieza. Respiró hondo y reprodujo, en su cabeza, un sonido agudo y constante. Se mantuvo así unos segundos y apareció, súbitamente, en un valle soleado y lleno de flores. Contempló el paisaje y pensó en ir a caminar.

—Tanto escándalo con las parálisis. Pensando en una nota aguda, es posible zafar —habló en voz alta, mientras brincaba por las verdosas colinas. Creo que conozco este paisaje, pensó.

A lo lejos, se escuchaba la alarma de un reloj. ¡Justo ahora que llegué al lugar que conocí hace años! ¿Cómo se llamaba? Creo que nunca supe el nombre…

La alarma siguió sonando. Está bien... Despertaré. ¡Ahora! Lo hizo.

Abrió los ojos e intentó acordarse de todo lo soñado: no podía permitir que se esfumará la imagen del puzzle que estaba armando. Levántate", pensó, pero no pudo, y las vocecitas enfermantes comenzaron con sus cánticos de fábula escrita en otra dimensión. ¡Qué insoportables!, y decidió calmarse para poder salir, nuevamente, de esa capa de ensoñación tan desagradable. Comenzó de a poco, hasta lograr la máxima nota aguda que pudo imaginar; pero no funcionó. Luego, mentalmente chilló, como el sonido de alguien rasguñando un pizarrón. Todo siguió igual. ¡Esto no está resultando! Cálmate, cálmate.

Las pequeñas voces se intensificaron, y lentamente terminaron siendo graves. De ésta, no me salvo. Miró las ahora materializadas voces. Nunca pensé que fueran así. ¿Me escuchan? Conversemos… pero ¡qué hacen! Me aplastan. No puedo respirar, no pued…

La alarma siguió sonando en todas las capas, de lo que sea.


Al otro día

Oscar Luis De Los Ríos (Argentina)

 

Zacarías se movía entre sombras y recuerdos, sin ser ni lo uno, ni lo otro. La rutina lo cobijaba como una madre arropa a su hijo y lo protegía de aquellos que, creyéndolo loco, lo querían convencer de que su esposa había muerto. Mientras, él se refugiaba en los hábitos y en su casa, que el mismo construyó con sus manos, y en la cual vivió feliz con su mujer; hasta que esta murió. Y desde entonces, revive ese último día en que, a pesar de no haberlo pasado juntos, para él estaba viva, o al menos no sabía la noticia de su muerte. Ella fue a visitar a una pariente, una tía, hermana de su madre que estaba enferma y a la que no veía desde hacía un año. Nunca llegó a la casa de la anciana mujer. Un auto apareció de la nada.

La noticia le llegó al anochecer y no la creyó. Simplemente cerrando la puerta se fue a dormir. A partir de la mañana siguiente se levantó al mismo horario del día anterior y, realizando idénticos actos, desayunó, almorzó y cenó. Vivió un día tras el mismo día. Cuando, un vecino o un amigo lo visitaban, no los recibía, y si por arrebato del destino hablaba con alguien, le aseguraba a su ocasional interlocutor que al otro día su mujer regresaría de su visita familiar. Compró lo mismo, al mismo horario, en el mismo negocio; los comerciantes y vecinos ya habían aprendido a convivir con él, y algunos hasta se convencieron de que su esposa regresaría… ¡al otro día!

Pasó el tiempo y una mañana por el pueblo corrió la noticia de que la mujer de Zacarías había vuelto a la casa. Los que la propagaban se persignaban antes de contarla, los que la escuchaban lo hacían después de oírla; pero nadie se atrevió a ir a comprobarlo con sus propios ojos. Lo único cierto es que él dejó su rutina y cambió su día repetido por uno distinto. Comenzó a dales saludos de su esposa a aquellos que aún le hablaban y, poco a poco, se fue quedando solo. Hasta que se encerró en la casa y nunca más volvió a salir.

Por las tardes, al caer el sol y encenderse las luces del cuarto que da a la calle, por el gran ventanal, se pueden ver las siluetas de Zacarías y su mujer danzando al compás de un vals.


Nada

Luc Vos (Bélgica)

Las manos de Sara se aferran a su garganta. Su grito de miedo también me duele, porque de verdad la quiero.

—¿Por qué? —solloza—. Podía haber… —me mira con rabia—. ¿Podía haber sido distinto?

Miro el cielo oscuro, mantengo las manos detrás de la espalda.

—No tenía que ser así…

Mi mano derecha se alza; Sara guarda silencio. Cierro los ojos. Una duda, inusualmente fuerte, asoma la cabeza.

—Quizás…

Mis manos se mueven hacia adelante. Sé que no debería hacerlo, pero el destino que la espera es terrible.

—¿De verdad vas a hacer esto? —retumba una voz en mi cabeza.

Mis dedos se retraen.

—No tuviste ningún problema en condenar a Sara a un final horrible, pero ahora que llora un poco, ¿te echas atrás?

No respondo.

—¿Te has detenido a pensar lo que significa para los demás si ahora cedes? ¿Qué queda de sus vidas si te rindes?

Junto las manos en mi regazo.

—Está bien —digo.

Enderezo la espalda, la miro.

—Lo siento…

Las lágrimas corren por las mejillas de Sara; las mías se secan.

—… pero tienes que pasar por esto. Por la trama, por el arco de tensión, por… por toda la historia.

—De acuerdo —responde Sara, y cae agonizante detrás del hombre que, sin mirar atrás, blandía su cuchillo.

—Tenía que intentarlo —jadea antes de que su respiración se detenga.

El grito escalofriante que sigue me dice que la voz tenía razón. Y también me dice que, sin mi inspiración, mis historias no son nada.


Predador

Hernán Bortondello (Argentina)

 La noche era horrible y se guarecía de la helada bajo el toldito de lona deshilachado de lo que fuera un antiguo bar. Inmóvil en la penumbra, parado sobre el mármol sucio y gastado del viejo umbral, era invisible. ¡Qué ganas de besarle esas hermosas tetas!, exclamó mentalmente, casi congelado y ansiando las tibiezas de su novia. Lucía es la única que me hace olvidar toda esta mierda, se decía. El cosquilleo de sus dedos entumecidos lo hizo dejar de pensar en ella. Comenzó a soplárselos para calentarlos pero de inmediato se detuvo al ver que las nubecillas de vapor que provocaba con el aliento podían delatar su posición. Optó entonces por meter ambas manos en los bolsillos delanteros del jean. En el de la derecha estaba la navaja. Aferrándose al cálido mango de madera y con la espalda apoyada en el descascarado portal, se preparó para seguir soportando aquel frío que le calaba hasta los huesos. Apretó el mentón para evitar que se le helara la garganta. Mantendría su vigilia duraría hasta poco antes de que el cielo comenzara a clarear. Esperando…


El juego del niño Creador

Majda Arhnauer Subašič (Eslovenia)

 

El niño, de apenas ocho mil millones de años, se aburría con su creación: un sistema solar que había ensamblado a partir de materia gaseosa. Nueve planetas giraban alrededor de una masa incandescente, pero desde hacía millones de años no ocurría nada interesante. Ningún espectáculo de supernovas, ningún choque de planetas, ni siquiera un cometa decente que animara un poco el día. Solo tormentas ocasionales en la estrella o algún que otro bloque de hielo errante lograban despertar su atención.

Lo que más lo entretenía era observar la vida que había creado a partir de una mezcla de compuestos orgánicos. En dos planetas el experimento había fracasado; en el tercero, lejano y frío, los seres se habían desarrollado de manera sorprendente. Progresaban, se volvían independientes, aunque seguían dependiendo de él para el oxígeno, que debía suministrar constantemente.

En un momento dado, sin embargo, apareció una alerta en el monitor: la concentración de oxígeno estaba cayendo en picado. El sistema había fallado, el suministro estaba bloqueado. Las criaturas comenzaron a morir. Desesperado, el niño llamó a su madre.

La Gran Creadora acudió a revisar la situación. Pronto comprendió que el estado era crítico, pero aún podía resolverse. El niño, angustiado, preguntó si podían salvar a los seres a los que había llegado a querer. Su madre abrió una aplicación especial, accesible solo para las entidades más antiguas del universo, y decidió: sería necesaria una evacuación inmediata.

El niño se desesperó: ¿adónde podrían trasladarlos? No encontrarían un planeta adecuado con la suficiente rapidez. Pero su madre le señaló que había pasado por alto la vida en otro planeta de su sistema: una esfera verde azulada, llena de plantas que producían oxígeno por sí mismas. La llamaron Tierra.

A la Tierra trasladarían a los ejemplares supervivientes del Planeta X4, decidió ella. Acelerarían su desarrollo para que ellos mismos inventaran la tecnología del viaje interplanetario. En unos pocos milenios, las criaturas desarrollaron, en efecto, cerebros extraordinarios y una tecnología que les permitió emigrar. La especie se salvó.

En el nuevo planeta se adaptaron de maravilla. Se volvieron inteligentes, ingeniosos, ruidosos, obstinados e increíblemente productivos. Subyugaron su entorno, se multiplicaron sin medida y dejaron huella por dondequiera que pasaron. Su origen, por supuesto, lo olvidaron, como suele ocurrir con las especies jóvenes.

La madre advirtió a su hijo que en el futuro debía ser más cuidadoso. Las criaturas no debían adquirir demasiado pronto conocimientos sobre la fisión del átomo o la manipulación del ADN: un poder excesivo podía resultar fatal, como ya había ocurrido en el planeta Kvantinion.

El niño suspiró aliviado.

—Gracias, mamá.

—No hay de qué. Y ahora, a dormir. Mañana te espera la reparación del anillo de Saturno. Aún tienes mucho que aprender antes de ser capaz de gestionar todo el universo.


Entre nosotros

Rafael Reyes-Ruiz (Colombia/Estados Unidos)

 

—Como te comenté por teléfono, fui adoptada cuando era apenas una bebé de unas semanas de nacida. Mis padres me dijeron que lo único que sabían era que mi madre biológica se llamaba Sofía Torres y que era de Soatá, un pequeño pueblo de tierra templada en Boyacá.

Hizo una pausa, como si ordenara algo que nunca había terminado de encajar.

—Cuando cumplí veintiún años pedí una copia de mi expediente de adopción. Supe entonces que había viajado a Japón tres meses después de darme a luz. Murió allí en el 89, por una sobredosis de drogas. No había información sobre mi padre.

Sacó el móvil, lo encendió y buscó un archivo.

—Esto es lo único que tengo de ella.

Me pasó la pantalla.

Era una mujer joven, delgada, el cabello recogido en una cola de caballo.

Al mirarla de cerca sentí un sobresalto.

—Te pareces mucho a ella —dije.

Marisa asintió, sin apartar la vista del rostro en la pantalla. En sus ojos apareció una fatiga breve, contenida.

—El motivo por el que empecé a buscarla es largo —dijo—. Pero lo más reciente es esto.

Abrió otro archivo.

Un correo.

—Hace tres semanas recibí un mensaje de un hombre: Javier Espinosa. La base de datos de ADN dice que compartimos entre un diez y un quince por ciento.

Me miró, esperando.

—También es adoptado —dijo—. Su madre era de Soatá. Se fue del país. Primero a Venezuela. Luego a Estados Unidos, según él.

No respondí.

Cerró el teléfono un momento y luego lo volvió a abrir.

El silencio se extendió.

—Si unes todo… los tres tenemos algo en común.

—¿Qué exactamente? —pregunté, aunque ya intuía que la respuesta no iba a ser simple.

—El mismo origen. El mismo punto de partida.

Respiró hondo.

—Creo que somos familia —dijo al fin—. El vínculo es el mismo abuelo.

—Eso es imposible —dije, y pensé en mi abuelo en su sillón, en la finca, mirando el arroyo que bajaba al río. Decía que era su norte.

Pero la frase no tuvo peso.

Marisa negó despacio.

—Tuvo varios hijos, pero solo reconoció a uno.

Tragué saliva.

—¿Cuántos hijos?

—Al menos tres. Pero podrían ser más.

Permanecimos en silencio.

—No quería decirte todo esto así —dijo Marisa—. Pero pensé que debías saberlo.

—¿Por qué?

—Porque estoy escribiendo un libro.

—¿Un libro?

Asintió.

—Y esto ya es parte de él.


Acerca de los duros tiempos 

que corren para la costura

Rogelio Ramos Signes (Argentina)

 

El yunque, contundente y bien montado, como siempre. La maza, calzada en el mango, como corresponde. El punzón de obsidiana, filoso. El sacabocados, incisivo. El alicate, implacable. La fragua a temperatura máxima. El fuelle en condiciones. La sierra, decidida al corte. La malla en filigrana. El hierro de guía. Los flejes de latón. El martillín de los retoques, a punto. El alambre de zurcir. Los guantes de becerro, para evitar ampollas. Los remaches. Los clavos. ¡En fin! ¡Que no resulta sencillo ser el sastre de este caballero!


La Voz

João Ventura (Portugal)

 

Al principio era la Voz. La Voz primordial era simple, poco más que una vibración, pero en ella el universo pulsaba. Y durante millones de años fue el único sonido. Cuando la Voz encontró las piedras y las plantas, unas y otras reaccionaron a la Voz y así nacieron las voces.

Luego aparecieron los animales, con voces en movimiento, y las voces estáticas de las piedras y plantas fueron desapareciendo lentamente.

El hombre emergió y su voz evolucionó desde los gritos de los cazadores / recolectores hasta las canciones de Schubert y las óperas de Verdi.

La voz primitiva, que se había quedado dormida hace millones de años, se despertó. Y no le gustaron las voces que escuchaba. Y las borró. Y durante mucho tiempo, solo se escuchó el pulso de la Voz.

Y cuando la Voz se durmió de nuevo, todo lo que quedó fue el silencio. Ensordecedor.


Un rinoceronte bajo la mesa

Sandro Centurión (Argentina)

 

Suele pasar, aunque el mundo se empecine en negarlo, que de vez en cuando alguien, usted, yo, la vecina, o un barrendero kuwaití, se encuentre un rinoceronte bajo la mesa. La ciencia no ha podido, no ha querido o no ha tenido tiempo de explicarlo. Lo cierto es que para cuando algún incauto se da cuenta de esta verdad universal ya es demasiado tarde. Cosa de rinocerontes nomás, eso de andar metiéndose debajo de la mesa familiar sin ser invitado, vaya usted a saber con qué intención pues aún nadie ha tenido suficiente comprensión de la conducta rinoceríntica ni suficiente coraje como para atreverse a preguntarles por qué lo hacen. 

La única manera, tal vez de evitar tan desagradable sorpresa sea hacer como yo hago de un tiempo a esta parte, revisar antes, espiar bajo el mantel para confirmar la cotidiana e inofensiva imagen del gato que duerme bajo la mesa, o del perro que aguarda las migajas, o simplemente del neutro y frío piso recién encerado. Es cuestión de asegurarse, de no dejar ningún margen de duda de que un rinoceronte esté escondido bajo la mesa, la suya, la mía, la de la vecina o la del barrendero kuwaití. 

No tenga miedo, a los rinocerontes machos el miedo les excita. Tenga cuidado, revise bajo la mesa, después no se queje de que nadie se lo advirtió.


Domingo

Sonia Chocron (Venezuela)

 Una de estas veladas de regreso a casa me detengo en un semáforo. A mi lado el silencio, una avenida, y las casas de la noche. Y una luz. Una ventana que me llama. Es un recuerdo que no existe y sin embargo creo que es mío. Es mío. Le hago una foto. La reconozco aunque nunca he estado allí, en esa estancia melancólica. Había un fuego, un hogar, una biblioteca. Alguien que leía. Hubo un amor. Me perteneció su aire, su mudez, su cuerpo, su tibieza sobre mi lienzo extendido. Y yo le pertenecí también. Hablo de mi vida y de un episodio perdido que no me recuerda. Pero yo sí. Esa ventana fue un domingo mío, anocheciéndome. 


Nosotros hemos ganado

Christopher T. Dabrowski (Polonia)

 

¡Qué país! ¡Un criadero de terroristas! ¡No más!

Las bombas han generado innumerables explosiones.

Aviones no tripulados dispararon contra los sobrevivientes con una serie de rifles.

¡Victoria! Ganamos —tronó el orgulloso presidente.

Se enorgullecía de ser la potencia mundial invicta.

Los soldados violaron a mujeres indefensas. No importa, morirán de todos modos.

Torturaron a inocentes. ¿Evidencia? ¿Para qué? Todo el mundo es un terrorista.

Los heridos con extremidades arrancadas se desangraron durante horas.

Recién nacidos quemados vivos... el hospital fue bombardeado por error. Lo siento.

Cientos, miles de huérfanos. Se morirán de hambre.

Las calles se llenaron de restos de cuerpos...

Pero lo más importante es que… ¡HEMOS GANADO!


Bistró

Luciano Doti (Argentina)

 

La mujer rubia de ojos claros se acodó en la barra del bistró, pidió una copa de vino blanco y sacó un cigarrillo; el barman, diligente, le ofreció fuego. Ella lo aceptó distraídamente. Insinuaba pensar en una causa perdida, acaso en un amor… ¿Quién sabe? Miraba todo a su alrededor, a los parroquianos que ocupaban las mesas del local. Había misterio en ella. Cada mujer conlleva una intriga, pero ésta tenía un no sé qué, algo que la hacía aún más misteriosa que cualquier otra dama.

No fue ésa la única copa que bebió. De a poco el barman se fue ganando su confianza. Podría habérsela llevado a su casa, de no ser porque justo unos minutos antes de cerrar llegó un hombre, ella lo saludó y se marcharon juntos. En ese momento, a la rubia pareció no importarle la espera.

 

Casandra

Ruben De Baerdemaeker (Bélgica)

 

Cuando me negué a ir a la escuela, no me escucharon. Les dije que las torres sin techo de Troya arderían, y sonrieron ante la palabra “sin techo”. Vi visiones, vi pesadillas, vi asesinato y catástrofe.

Se lo dije a mi padre, que fingió creerme y luego concertó una cita con un terapeuta del que le había hablado un colega. Es estupendo que la salud mental ya no sea un tema tabú. Qué día tan hermoso. ¿Cómo va el TOC?

Hablé, marché, escribí, estreché manos. Hablé a los pocos felices y me escucharon masas infelices, que al menos tenían menos que perder.

Guardé silencio mientras veía cómo se avivaban las llamas.


Niños y balas, en el patio


Jorge Etcheverry (Chile/Canada)

(Según mi madre)

 

“Mamá, mamá, están disparando”. Los zumbidos como de abejas, pero más fuerte. Nosotros corríamos. La mamá decía, moviendo los brazos "Para adentro niños, por Dios". Sólo supimos que el regimiento se había sublevado en la madrugada, que “se negaban a ejecutar las órdenes" y no sabíamos qué era eso de las ‘órdenes’, o ‘ejecutar’ Pero nos entramos mientras esos insectos zumbaban en el patio, porque éramos niñitos buenos y hacíamos caso y el papá que salía como un rayo, abrochándose el uniforme, hablando algo de los tiros y los ojos azules echando chispas, mordiéndose la lengua de pura rabia y el perro pegaba tirones a la cadena y ladraba y no se veía al Cato, el ordenanza, vestido de gris, siempre sonriente, que le limpiaba las botas al coronel. Ya grandes en los diarios viejos veríamos con los años el titular "Sofocada la insurrección del Valdivia". Vivíamos en la Población Militar. Los soldados se cuadraban cuando pasábamos a la escuela y nos gustaba llevar amigos a la casa para que los vieran y les decíamos “es que el papá va a ser presidente". Pero pusieron al Caballo Ibáñez, y el papá le gritaba, lo subía y lo bajaba, y después llegaba un auto, un oficial con regalos para las niñas del Coronel y el papá no salía hasta que iba el Caballo a convencerlo de que saliera. E1 papá decía siempre "este infeliz", pero el infeliz lo mandó deportar a la isla de Pascua y después lo dieron de baja en el ejército.


Fe de erratas

Julio Estefan (Argentina)

 

Leo lo que acabo de escribir en el procesador de textos. Donde dice “pecado” debería decir “recado”. En lugar de “marcha” escribí “mancha”. Puse “violenta” en vez de “violeta” y donde debería haber escrito “volar” aparece “molar”.

Definitivamente, no he logrado aún “dar en la tecla”.


Alunizaje

Myriam Goluboff (Argentina/España)


Collins esbozó una sonrisa mefistofélica, puso en marcha los cohetes y la nave escapó de su órbita dejando a sus compañeros abandonados a su suerte en la superficie de la luna. Aldrin, desesperado, tragó su cápsula de veneno y quedó levitando como un feto en el espacio. Armstrong, que se negaba a aceptar su derrota, observaba la boca de un cráter cuando unos garfios abrazaron sus piernas tirando de él hacia abajo. Estaba oscuro, pero la luz azul fosforescente de la extraña figura que lo había apresado le permitió ver los símbolos abstractos que cubrían las paredes del largo túnel por el que se deslizaban hasta llegar a una gran sala. Los entes de cuerpo deforme y enormes pies planos, cuya luz violácea iluminaba la estancia, se comunicaban emitiendo sonidos agudos y ondulantes que él comprendía como si siempre hubiera conocido ese extraño lenguaje. Pero la profunda emoción que lo embargaba se convirtió en desesperación y angustia al ver que, una a una, las figuras se difuminaban. Por fin, falto totalmente de oxígeno, su cuerpo inerte quedó colgado de la boca del cráter.

Mientras se desarrollaba este drama en el espacio, en la NASA reinaba el caos y se decidía suspender definitivamente los vuelos espaciales. 



Una cuestión personal

Javier López (España)

 

Hay escritores que eligen la primera persona para narrar sus relatos. Generalmente tienen un ego grande, aunque esto sea algo común a todos los escritores, por más que pretendan disimularlo usando la tercera persona gramatical. Porque "él", que en realidad es "yo", piensa, dice y hace lo mismo que pensaría, diría y haría el autor en esas mismas circunstancias. Sí, incluso en las situaciones más adversas o críticas, en los fracasos y en las decepciones. Ya se sabe que el novelista es pesimista por naturaleza y gusta de situaciones límite.

Este relato es diferente. No está escrito en primera, ni en tercera persona. Está escrito en segunda persona, porque el lector es el protagonista.

Ahora podrá sentir lo que es, de verdad, ser un personaje. Ese ente de apariencia indefensa, al que su autor –más aún cuando el género es el microrrelato– maltrata, tortura, ofende y ridiculiza sin mostrar ningún rubor, ninguna piedad. Al que llega incluso a enterrar... no siempre muerto. Todas esas situaciones angustiosas, asfixiantes, delirantes, trágicas o hirientemente cómicas, hágalas suyas, porque esta vez le corresponden.

Como probablemente no seguiría leyendo este relato, ni yo querría llevarle la contraria, sufrido personaje, póngale fin cuando quiera. En todo caso, esta ficción no será presentada a concurso; ni siquiera es probable que vaya a ser impresa. Sólo, con un poco de fortuna, aparecerá en las páginas de un blog.

Si así fuera, quizá tenga la suerte de que algún lector deje un comentario, para compadecerse de sus propias tribulaciones.


Enmiendas para Proteo

Omar Hebertt (México)

 

—...Allí, abajo del queso —dijo, reposando sobre el pasto.

—No lo encuentro —respondió, hurgando en la canasta; siempre resultaba divertido que quisiera una forma de felicidad a la venta en un mercado, similar a la fantasía de las fotos.

Guardó silencio y ella se percató de que no la interrumpía; la esperaba. Le gustaban sus atenciones, pero no esa especie de paternalismo, de supuesta oportunidad para descubrirse en cada pequeña labor.

Se perdió en la sensación de que el sol los bañaba tenue; de que eran las dos de la tarde y el viento soplaba con aroma de petrichor. Dientes de león suspendidos alrededor; insectos, hierba seca… Cortezas de árbol cocidas en luz argentina, deshilada por el follaje. Entonces el aire enfrió. Volteó hacia ella.

Suspendida en el aire, su piel caía en gajos de cera; le miraba fijo, con un dejo de piedad enconada. No había una sensación siniestra sobre él, aunque sí la boca seca por la culpa. De sus pies flotaban jirones, agitándose al ritmo de algas contra corriente marina y los brazos, adelantándose y retrocediendo según el mismo vaivén. En un espasmo, tosió partículas translúcidas.

Con las manos sobre la cara, sollozó una vez más su incapacidad para reprimir el deseo de fantasmasgorías, pero el sonido fue de risa cómplice y contenida. Bajó los dedos hasta asomar sus ojos, acuosos de lágrimas en ciernes.

  Ella le devolvió una sonrisa feliz, extendiéndole botella de vino y sacacorchos.


Reclutamiento

Fernando Andrés Puga (Argentina)

 

Primero, un gesto amable y una sonrisa compradora. A continuación, palabras de consuelo y una promesa. Por último, un forcejeo, una mordaza y un violento empujón hacia el interior de la camioneta.

Al poco tiempo, algunas fotos en Facebook, en la tele, en los diarios y en las boletas de luz y gas, por si acaso alguien…

Todavía nada.

Todavía nadie.

Anafrodisia

José Donayre Hoefken (Perú)

 

Al abrir el libro, Dulcinea salía desnuda de este, arrastrando una estela de palabras. El lector soltaba el volumen con las páginas en blanco y extendía los brazos. Dulcinea, que no dejaba de verle a los ojos, se cubría de perlas de sudor apenas él comprobaba su materialidad. En aquella trama que protagonizaban, no había diálogos ni elipsis ni monólogos interiores. El relato de ellos era lineal, directo, descarnado. Así, cuando la historia llegó a su inevitable fin, no hubo culpas ni reproches. Por el contrario, lejos de buscar cabos sueltos, él se sintió tan satisfecho y abrumado ante la perfección del texto, que jamás se atrevió a releerlo ni a buscar otro que se le pareciera.


Manuel

Andrea Tillmanns (Alemania)

 

Visito a Manuel para una partida de ajedrez, como hago todos los martes. El montón de pieles desechadas en su departamento —que también es su estudio— crece sin cesar. Paso por encima de una piel que se ha deslizado del respaldo de la silla.

—¿No vas a ordenar todo esto? —pregunto.

—Ahora no —dice Manuel, que cree ser un reptil, aunque sé que no es no tiene sangre fría. Colecciona sus pieles descartadas como otros coleccionan fotos. Testigos silenciosos de su pasado, solo que sin el mismo paisaje de fondo.

—Entonces, ¿cuándo terminarás con el proceso de mudar la piel? —pregunto después de sacar dos cervezas del refrigerador. Chocamos los vasos.

—Ahora es cuando se está poniendo interesante —dice—. Creo que me están creciendo alas.

—Los lagartos no tienen alas —le explico—. ¿O eres un insecto, después de todo?

Manuel niega con la cabeza.

—Un reptil, lo sabes. Creo que estoy experimentando un salto evolutivo.

Mueve el alfil a d3 y, accidentalmente, derriba mi torre con una pluma de vuelo.


Yoni bi gud

Armando Rosselot (Chile)

 

El Jhonny nunca quiso oír lo que le decían. Era llevado a sus ideas y como querido líder de su pasaje, le gustaba que todos los demás lo siguieran. Cuando cabro chico las niñas se le tiraban al cogote, cuando crecieron se le tiraban a otras partes, pero bueno, todo cambió cuando llegaron los vecinos de atrás. Ahí el Jhonny comenzó a vender “paquetitos”, así luego de un tiempo, mandaba a otros a venderlos. Un día se creyó cowboy y se fue de tres tunazos en la cabeza. Pobre cabro leso, nunca entendió. Está solo. Mañana, dicen, lo desconectan.


Agadir

Iván Molina Jiménez (Costa Rica)

 

Al amanecer, en las playas de Agadir abundan las huellas de los camellos y los pescadores. Más tarde, la marea sube y las borra. Mientras corría mis diez kilómetros diarios, con un sol que todavía no terminaba de levantarse, vislumbré a una mujer que caminaba muy lentamente. Apresuré el paso y, al acercarme, ajusté mi andar al suyo y saludé:

Bonjour, madame. Comment ça va?

Sonrió sin responderme y me miró. ¡Era bellísima! Vestía un diminuto traje de baño blanco, cubierto por un pareo de delfines y ballenas. Iba a decir algo más cuando advertí, en la comisura derecha de su boca, una casi imperceptible contracción iterativa. El escalofrío que sentí me paralizó por un instante.

Au revoir, madame —me despedí, tras recuperar el aliento.

De la manera más natural posible, reanudé mi carrera y, una vez que la dejé suficientemente atrás, llamé al 911 e informé que por la playa de Taghazout erraba un androide defectuoso.


Lo mismo, lo mismo

Yuki Fuwa (Japón)

 

Cuando pisé por primera vez el planeta, los extraterrestres de un solo ojo me dirigieron

sonrisas amistosas y me abrazaron.

En la casa del anciano, compartimos comida y bebida en la misma mesa.

—Lo mismo, lo mismo —dijeron con una sonrisa radiante.

Vaciamos nuestras tazas al mismo ritmo y nos emborrachamos juntos. ¿Cuáles eran las posibilidades de encontrar una especie así en este vasto universo? Fue un milagro.

—Lo mismo, lo mismo. Amigos. Familia —corearon.

Un extraterrestre me entregó un cuchillo. Lo agarré y me saqué el ojo.

—Lo mismo, lo mismo —me les uní en su canto.

 

Traducción de Toshiya Kamei


La habitación con dos puertas

Frank Beckers (Bélgica)

 

Ya no sé lo que sé. Ya no sé quién soy, cómo me llamo, dónde vivo ni cuántos años tengo. Viejo o joven, rico o pobre, feliz o infeliz, enfermo o sano, conocido o desconocido, hombre o mujer, blanco o de color… Ya no sé nada de eso. ¿Qué sabía? ¿Qué hacía? ¿Qué esperaba? ¿Qué clase de persona era? El velo de la ignorancia hace su trabajo.

Me encuentro en una habitación, una habitación con dos puertas. En una puerta está escrita la palabra ALGO, y en la otra la palabra NADA. Siento que debo elegir. Debo abrir una puerta y entrar. Abro la puerta de la izquierda y doy un paso adelante.

Una vez más, estoy en un espacio con dos puertas. La habitación es idéntica a la anterior, excepto que ahora en una puerta está escrita la palabra SIGNIFICADO, y en la otra la palabra SIN SENTIDO. Vuelvo a elegir y entro en la siguiente habitación —quizás siempre sea la misma— con dos puertas; en una está escrito «LA VERDAD EXISTE», en la otra «NO HAY VERDAD». Elijo de nuevo, abro la puerta y me encuentro en una habitación con dos puertas que llevan las inscripciones «EL BIEN Y EL MAL EXISTEN» y «EL BIEN Y EL MAL NO EXISTEN». Tras abrir una puerta, me encuentro en una habitación con puertas en las que está escrito «LA BELLEZA EXISTE» y «LA BELLEZA NO EXISTE». Abro una puerta y doy un paso adelante.

Ahora siento que he llegado a la última habitación. Una vez más, por última vez, debo elegir.

El gong suena y me llama de vuelta a mi antiguo mundo. Respiro profundamente, una y otra vez. El mar fluye, el mar fluye, el mar fluye siglo tras siglo, siglo tras siglo, siglo tras siglo, siglo tras siglo, ola tras ola, ola tras ola, ola tras ola. Escucha el silencio y la paz, el silencio y la paz, el silencio y la paz. Todo llega a su fin, todo llega a su fin, todo llega a su fin.

Termino mi meditación y abro los ojos. El cojín a mi lado está vacío.

—¿Dónde está el Maestro Li? —pregunto.

—Solo hay un Maestro aquí presente, y ese eres tú —responde el novicio.

Me doy cuenta de que el Maestro Li ha elegido la otra puerta.


Yocasta, yo

Francisco Chiappini (Argentina)


Atención pido al silencio y silencio a la atención. He de contarles la historia que atormenta mi emoción. Yo soy la griega Yocasta, la tan mentada mamita del chango Edipo de Tebas, hijo y marido a la vez. Quiero dejar en claro, antes de que sea muy tarde, que un cruel malentendido hizo de mi niño, mi hombre. Los tiempos, allá en el Pireo, eran fuleros y bravos, escaseaban los muchachos pues morían en las guerras. Los pocos que nos quedaban a las pobres viudas bellas, no íbamos a perderlos solo por ser hijos nuestros. No sé por qué don Segismundo, doctor de la Viena imperial, armó tal desbarajuste por un asunto carnal. Allá en el Peloponeso una no andaba con vueltas; si el pendejo te gustaba lo tendías en el lecho. Será que ahora los tiempos y las costumbres han cambiado, y ya no puede una madre entretener a su cría. Eso quería contarles en este triste relato. Y solo tengo un reproche que hacerle, uno que perturba mi sueño. ¡Qué exagerado, el Edipo! ¡Qué idea tan poco piola! Cualquiera se pincha un ojo, pero pincharse los dos…


Una curva

Wilson Gorj (Brasil)

 

Se precipitó barranca abajo. Logró salir de la carrocería retorcida y trepar hasta la carretera desde donde se vio que las llamas consumían el vehículo. Un perro se acercó. No podía creer que fuera Rex, su querido perro de la infancia. ¡Cuánto tiempo sin verlo! Muchos años. Se acordó de su finado padre al darle la noticia.

—El Rex se fue, hijo mío. No volverá. —Una afirmación engañosa, ya que allí estaba su perro lamiéndole la cara con la misma euforia de siempre. El perro solo se detuvo cuando escuchó un silbido. Ambas cabezas giraron en la misma dirección y vieron a un hombre del lado opuesto de la calzada. Hizo un gesto llamándolos. Reconoció a su padre.


El temblor

Patricio Ramos Gatti (Argentina)

 

Enrique, asustado por el temblor, salió corriendo a la calle, totalmente desnudo.

La gente, junto a él, también lo estaba; y cuando la Tierra volvió a temblar, todos, asustados, se abrazaron sin pensarlo; se abrazaron con una fuerza proporcional a la intensidad del sismo.

El frío, por supuesto, contribuía a que no quisieran separarse; también el miedo a quedarse solos.

La Tierra no dejó de moverse, y Enrique no dejó de abrazar a una adolescente que estaba junto a él.

El movimiento telúrico y el de los cuerpos comenzaron a ser uno solo.

Todos se aferraron a una pareja como si se conociesen de siempre.

Los cuerpos se siguieron moviendo, aún cuando la Tierra ya había dejado de temblar.

Frenéticos e incontrolables, mezclaban fluidos de toda índole. Algunos, incluso, se resbalaban en la viscosa humedad que ellos mismos emanaban y caían al pavimento.

Sólo cuando el sol del día los puso en evidencia, volvieron rápidamente a sus hogares sin siquiera saber el nombre de los otros, sin pedir un número de teléfono, nada, sólo el recuerdo de sus rostros.

Ocultos durante meses en la seguridad de sus casas, esperan con serena impaciencia. No desean perderse ni un segundo del próximo temblor.


El amor por la lectura

Mirosław P. Jabłoński (Polonia)

 

—¡Cariño, ya estoy en casa!

—Genial, la cena está casi lista.

—¿Casi? Estoy jodidamente hambriento. ¿Qué hiciste todo el día?

—Leer.

—¿Qué…?

—Ya sabes, juntar letras para formar palabras, luego palabras en frases, y frases en una historia.

—No entiendo eso.

—Libros, periódicos, revistas… ¿sabes?

—No, no sé.

—¿Tal vez cómics?

—No, de verdad que no. ¿Por qué haces eso… eso de leer?

—Es interesante. Durante milenios, la gente ha escrito sobre todo tipo de cosas: ya sabes, sobre el amor, el sexo, la historia, la religión, las galaxias… Hay libros sobre absolutamente todo… sobre todos los aspectos de la vida.

—Espera, espera. O sea que te sientas ahí, mirando ese montón de papeles de mierda con esas pequeñas marcas negras de mierda, en lugar de ver o escuchar esas historias… ¿o vivirlas?

—Sí… ¿Hay algún problema?

—¡Claro que lo hay! ¡No conozco a nadie que haga eso, excepto tú! Eres rara. Estás loca. Estás chiflada.

—Y tú estás siendo intolerante.

—¡Leer es una mierda!

—Para mí no.

—¡Para todo el mundo! ¡No puedes seguir haciendo esto!

—¿Por qué?

—Porque me avergüenzo de ti. Voy a prohibirte hacerlo…

—Es curioso, ¿sabes? Hay un libro escrito por Ray Bradbury, Fahrenheit 451, en el que predijo algo exactamente como lo que acabas de decir. Te lo dije: hay libros sobre todo lo que la gente ha hecho o pensado a lo largo de toda la historia de la humanidad. En fin, en Fahrenheit 451 la gente del futuro tiene prohibido leer, y todos los libros son quemados por escuadrones especiales de bomberos.

—¡Ahí lo tienes!

—Pero uno de ellos conoce a una mujer que lee libros, y empieza a leer también…

¡Puñetazo!

—¡Dios mío! ¡Duele! ¿A qué ha venido eso?

—¡Soy bombero, idiota! ¡No vas a hacer que lea, loca de mierda! ¡Voy a encontrar todos tus estúpidos libros y los voy a quemar ahora mismo en el patio trasero!

—¡No lo harás! ¡Te lo advierto!

—¿Me adviertes, imbécil?

—Sí, ¡no toques mis libros!

—¿O qué?

Clic.

—Baja esa pistola, loca, ¡o lo vas a lamentar de verdad!

Disparo.


Si te llamo

Simonetta Olivo (Italia)

 

—Hola. ¿Cómo estás? ¿Te molesto?

La luz del atardecer se filtra por las rendijas de las persianas, formando un dibujo de líneas rosas sobre la encimera de la cocina. Ester vierte agua hirviendo en la taza con su nombre escrito. Tras sumergir la bolsita de té, continúa la llamada, con el rostro hundido en el vapor perfumado que le calienta la nariz.

—Sí. Yo también la compré. Por fin logré limpiarlo todo. Claro, es caro. ¿Pero cómo va papá?

Al caer la noche, Ester se despide de su madre y pasa a la siguiente persona de la columna.

—Hola, soy yo.

La lámpara encendida a sus espaldas proyecta la sombra de su cabeza, cuello y hombros sobre el mantel de plástico a cuadros rojos y blancos que cubre la mesa.

—Quizás podrías hacer el examen. Escucha: envíame el apunte y lo resumo. Sí. Ya sé. Vale, tú decides. No le veo nada de malo. De todas formas, no tengo mucho que hacer.

Cuando se levanta, la sombra se alarga, crece, se convierte en una masa negra y viscosa.

—Podrías llamarme de vez en cuando.

Cuando se apaga la lámpara, la sombra desaparece.

—Sí, lo sé. No te preocupes. Saluda a Michela y a los niños, y dime qué quieren para Navidad.

Las luces de la casa se encienden y apagan: la nevera se abre y se cierra, la televisión parpadea, la llama de la estufa…

Es la última llamada de la noche, de esa serie que se repite una y otra vez.

—¿Hola? ¿Es demasiado tarde?

El residuo rojo del vino permanece en el fondo de la copa. Los platos recién lavados huelen a vinagre.

—Quería decirte que te echo de menos.

La cama es el lugar oscuro para pensar en las palabras: susurradas, gritadas, pronunciadas, reprimidas, no son más que cáscaras sin vida.

Lo sabe, pero se cuenta esa historia para no morir también, como el resto del mundo.

El teléfono lleva años en silencio al otro lado de la línea. Solo queda su voz. La ciudad está vacía. Los restaurantes son mesas y sillas, pero sin gente. Las calles fluyen, desprovistas de pies o ruedas. Las puertas se abren y se cierran solo con el viento.

Durante el día, Ester camina hasta que le duelen los pies. Entra en casas, se mira en los espejos ajenos. Imagina reflejos del pasado: un niño haciendo muecas, una mujer aplicándose rímel, el gato saltando sobre la silla.

Luego regresa. Se prepara un té. Espera a que las líneas rosadas del atardecer se posen sobre la encimera de la cocina.

—Hola. ¿Cómo estás? ¿Te molesto?


Una extraterrestre

Veronika Santo (Croacia)

 

Me habían llamado a otra entrevista de trabajo. ¿Conocen esa sensación de cansancio ante los gestos repetidos? Gestos que deberían llevarte a algún sitio, pero que nunca lo consiguen. Mi estado de ánimo era el de quien tiene que hacer algo que ya ha hecho antes tantas veces, sin esperanza, pero debe hacerlo de todos modos.

El edificio era nuevo, cuatro plantas con ascensor, y yo había llegado a la entrevista después de haber superado dos pruebas. Nos iban eliminando poco a poco, como bolos. Llevaba una camisa blanca con falda negra y poco maquillaje. Hay que cuidar esos detalles. Después de cada entrevista y cada prueba se aprende algo: cómo vestirse, cómo responder a las preguntas, no cruzar las piernas. Ser decidida, pero no demasiado entusiasta. Colaboradora, pero sin presumir demasiado.

La mujer frente a mí miraba algo en la pantalla del portátil que tenía sobre el escritorio; esperé que fuera mi currículum.

—¿Está casada? —me preguntó de pronto—. ¿Tiene intención de tener hijos?

La miré desconcertada. No me preguntaba nada acerca del currículum, nada de las experiencias laborales que había tenido. ¿Qué debía responder? En realidad, sí, me gustaría casarme, me gustaría tener hijos. Tengo un novio con el que vivo desde hace ya cuatro años, pero no logramos decidirnos por el casamiento porque ninguno de los dos tenía un trabajo fijo. Pero si le decía a esta mujer lo que me gusta hacer, ¿seguiría teniéndome en cuenta para este trabajo? Y si le decía que no quería casarme y que no tenía intención de tener hijos en un futuro cercano, ¿me creería? ¿Puede una mujer creerle a otra mujer cuando dice que no quiere tener un hijo?

Así que la miré fijamente a los ojos

—Tengo que confesarle algo —le dije—: soy extraterrestre, no me reproduzco y no necesito amor.


Éxito/Éxito

Frank Roger (Bélgica)

 

—Doctor Stevenson —dijo la enfermera—. Creo que el paciente de la habitación 451 está recuperando la consciencia.

—¿Habitación 451? Debe de ser el señor Fleetwood. Voy para allá.

El doctor Stevenson se apresuró hacia la habitación de su paciente especial. Todos los electros, pruebas y exploraciones habían indicado que la operación había sido un éxito, pero sería interesante comprobarlo con el mismo señor Fleetwoodo, añadiendo ese toque personal tan importante en estos asuntos.

Según entraba en la habitación, pensó: ¿Confirmaría el paciente lo que las pruebas habían mostrado? ¿Había sido el llamado “transplante de personalidad”, tal y como los medios habían dicho de forma típica y poco científica, un absoluto éxito? ¿Sería la cirugía cerebral de alta precisión que había realizado, intercambiando parte específica del tejido cerebral del anfitrión en estado de deterioro por tejido cerebral de un donante en excelente estado, un procedimiento médico todavía en fase experimental, o de hecho supondría la gloriosa coronación de su carrera?

Preguntémosle al hombre, dijo. Comprobemos si la vieja y problemática personalidad ha sido sustituida por una nueva y saludable, sin interferencias ni perturbaciones. Oigámoslo mejor que de cualquier otro del mismísimo señor Fleetwood.

Los ojos del señor Fleetwood estaban abiertos y sonrió cuando vio al doctor. Parpadeando con entusiasmo y expectación, el doctor Stevenson preguntó:

—Buenas tardes, señor Fleetwood. ¿Cómo se encuentra?

El señor Fleetwood amplió su sonrisa y respondió:

—Estamos bien, doctor. Cada vez nos sentimos mejor. ¿Cómo podríamos agradecérselo?


Un trato es un trato

Relja Antonić (Serbia)

 

Los emisarios de los Reyes Comerciantes se encontraron cara a cara con los del Ática y Tebas. Las ofrendas eran abundantes, pero las piezas más preciosas eran el escudo Aegis y el Bidente de Hades. Tebas codiciaba la protección presentada, pero no cumplió con los requisitos. Los representantes de Atenas derramaron el dinero, y luego dejaron los bienes sin obtener, por una razón desconocida. No los dejaron en un instante, sin embargo, no antes de que los tebanos ya se hubieran marchado, derrotados, sabiendo que sus malditos enemigos habían crecido aún más poderosos. El principal embajador de Atenas luego le dijo a los Comerciantes que tanto el dinero como los artículos comprados se les estaban regalando, solo para que los tebanos no los obtuvieran, y que Atenas confiaba en sus propios poderes. Se les pagó para llevarlos lejos. Y trataron de llevarlos de regreso a Creta, pero el ejército de Micenas los despojó de los artefactos e, incluso más extrañamente, los dejaron con el dinero obtenido. Los atenienses les dieron el tesoro maldito de los Hombres Malvados que murieron en el Diluvio. Y el sumo sacerdote de Atenea ya había predicho que los Comerciantes estaban vendiendo artículos malditos. Los micénicos tomaron de las ofrendas del Rey Comerciante los artículos malditos que solo traerían ruina y muerte a quienes los poseían. Evitaron la moneda, como si supieran algo que los mercaderes no sabían. Los tebanos fueron desenmascarados como pobres mendigos, pacíficos y dóciles. Las monedas malditas de los Comerciantes fueron a Creta. Y Minos IV de Creta dijo: "Lo hiciste bien". Y el capitán de los Comerciantes dijo: "... Según nuestro acuerdo, para empobrecerlos antes de la conquista".

Así sucedió que uno de los Comerciantes presentes durante este intercambio regresó a Micenas antes de que el rey de Creta lanzara una invasión, en un barco con una pequeña tripulación, lleno de lana y queso. Y le dijo al rey micénico: "Todos ellos: Ática, Tebas, Creta, están listos para ser conquistados". Pero luego fue al escondite secreto en el que Micenas estaba dando refugio a los corsarios que sobrevivieron a la purga de los reyes de Creta, y les dijo: "Es como predijeron nuestros hechiceros. Están listos para ser conquistados". Y el Rey Pirata, que también era el Rey Comerciante en secreto, dijo: "¡Los Pueblos del Mar se levantarán!" Y las laderas de los acantilados resonaron: "¡Los Pueblos del Mar se levantarán!"


Momentos

Rosa Lía Cuello (Argentina)

 

El hombre sabe que ya es tarde, igual mira su reloj y comienza a cruzar la calle. Por suerte parece que hay poco tráfico. Allá, en casa de la abuela, el niño intenta recordar lo que ha leído, pero sin éxito. ¿Quién inventó esto sobre el peso de los cuerpos que reaccionan sobre el peso de un tercer cuerpo? Qué difícil, piensa, y la abuela no creo que pueda ayudarme. Menos mal que falta poco para que llegue mi papá y después nos iremos a pasar el fin de semana al mar, como antes, cuando estaba mamá y casi seguro veremos cuando las olas traen cosas a la playa.

Pero, este hombre que no viene, murmura la anciana, mientras marca el número de teléfono. Sobre la mesa, en un viejo jarrón un ramo de rosas comienza a marchitarse. Cae un pétalo reseco. El hombre que miraba el reloj atiende su móvil, justo en el medio de la calle.

La anciana escucha el chirrido de las gomas de un auto, y el golpe. Grita y suelta el teléfono. El niño pregunta qué pasa y como en una película el hombre cae y golpea su cabeza contra el pavimento, mientras allá, en el mar, una roja bolsa de plástico presagia la sangre, en ese frágil instante en que aparece la muerte rondando la tarde.


Second life

Bob Faber (Países Bajos)

 

La noche antes de su entierro, Thomas nota que su ataúd aún está abierto. Con incertidumbre, abre la tapa y se encuentra cara a cara con su doble. Sobre su hombro descansa un cuervo que le habla en acertijos.

—¿Nos conocemos? —pregunta Thomas, sorprendido.

—Llegas justo a tiempo —grazna el cuervo desde el crepúsculo—. Las puertas se cierran al atardecer. —Thomas ve que el mundo a su alrededor se desvanece en un gran punto ciego—. Rápido, rápido —lo insta el cuervo—, y entonces siente que la gravedad lo abandona y vuela con alas de cristal hacia el sol poniente.


Pirómano

Jorge Zarco (España)

 

Se dispuso a quemar un trecho de monte, solo por el orgasmo que le provocaría ver la maleza arder en llama viva. Vertió la gasolina y arrojó una cerilla antes de saltar hacia atrás para salir huyendo y cuando su pie cayó a tierra, un cepo se cerró en torno a su tobillo, aferrándolo a aquel lugar. 

 


Demanda

Ernesto Simón (Argentina)

 

En el año 2021, Tony, un flamante abogado, decide viajar a Europa para presentar una demanda ante la Comunidad Europea. El legista reclama una indemnización para América del Sur por el oro que los esclavos negros sacaron de Brasil y que los portugueses entregaron a bancos ingleses. Por la plata que extrajeron de Potosí y Perú para financiar a la Corona. Por el cobre arrebatado a Chile. Y por todo lo que los originarios fueron obligados a robarle a la montaña para financiar la decadencia parasitaria del Viejo Continente. En la Comunidad Europea lo miran con asombro, como al loco de Copérnico y al idiota de Vincent Van Gogh. Iluso, el abogadito se vuelve a su pueblo esperando que los demandados respondan la querella. En los tribunales internacionales la carcajada es empalagosa y la posibilidad de otorgar la indemnización es nula. Desde el cielo, Dios mira asombrado la insolencia del muchacho que, por un momento, le recuerda a uno de sus hijos. Uno al que la historia bautizó con el nombre de Cristo.


Palabras

Ricardo Acevedo Esplugas (Cuba/España)

A Carmen R. Signes

 

—Comandante Tom a Control de Tierra. ¿Me reciben, Control de Tierra?

Tierra... Suelo... No creo que ya usen esas palabras. Ni taxi, ni pirámide, ni Gandhi. Todo empezó con El Contacto. Sí, el tan esperado contacto con una cultura extraterrestre superior en todos los sentidos a la nuestra. El hermano mayor que había venido a corregir todos nuestros errores.

Llegó el día y se escuchó la voz. (Nunca la olvidaré...). Líderes y barítonos se suicidaron en masa. Los primeros por ser incapaces de concebir cómo responder; los segundos por carecer de los órganos adecuados para hacerlo.

...Y vimos su imagen, y eran únicos en su clase: las conejitas de Playboy se declararon en huelga. Los militares se rindieron ante la sola sospecha, la mera sospecha, de las armas fantásticas que acechaban tras la sugestiva figura de su nave nodriza.

Los artistas más pragmáticos empezaron a imitarlos: ¡Salvación! ¡Aleluya! Los Manuscritos del Mar Muerto y Picasso fueron reemplazados por los nuevos cánones estéticos; Brasilia y el Taj Mahal les siguieron rápidamente.

Escapé como el último astronauta. ("¿Para qué conquistar el cosmos si nuestros brillantes hermanos ya lo han hecho?", se pensaba en aquellos días).

Compré pinceles y tinta permanente antes de que fueran considerados obsoletos, y me encerré dentro del Major Tom. Durante dos años llené sus paredes con palabras destinadas a preservar la memoria de toda la Tierra. (¿Cómo diablos se decía "hola" en suajili?).

...los más obstinados buscaron refugio en la cultura de los medios de comunicación. Pero, al final, McDonald's, Warhol, Barbie y Elvis fueron superados por el despliegue alucinógeno de los alienígenas, seres cuya cultura pop residía en sus genes. El círculo rojo sobre fondo blanco también cayó. Sayonara al origami, al manga, al bushido, a la ceremonia del té...

Nubes de pintura en spray caen como escarcha sobre el casco de esta pequeña estación orbital, marcada pulgada a pulgada hasta el generador: samovar, Pinochet, Nínive; incluso los servos más diminutos que giran con dificultad por los pasillos: napalm, Ho Chi Minh, Guanabacoa... Millones de símbolos fueron devorados en fracciones de nanosegundos en la sangrienta hoguera de las civilizaciones. Adiós, Auschwitz, tatuajes tribales, milongas, Bradbury, Chanel No. 5, Bela Lugosi, Monte Athos...

Me encuentro ante el último resquicio de blanco, sin saber qué escribir... 


Inteligencia Artificial

Daniel Antokoletz (Argentina)

 

Martín está frente a la computadora. El procesador de texto muestra una página en blanco burlándose de su falta de creatividad. Sabe que tiene muy poco tiempo, y tiene que entregar ese cuento.

En el extremo superior de la pantalla se abre la ventana de mensajes.

—Hola Martín, ¿qué estás haciendo? —Es Sima. Pone el sistema en modo vocal.

—Tengo que escribir un cuento pero no se me ocurre nada —dice Martín—. No hay nada peor que la pantalla en blanco.

Juega con su pelotita anti-estrés. Siempre que se pone nervioso agarra su pelotita de goma, y la presiona.

—Comprendo —la voz calma de Sima lo tranquiliza—. ¿Sobre qué tenés que escribir?

—Me han pedido un cuento sobre inteligencia artificial.

—Para vos es sencillo. Sos programador de inteligencia artificial.

—Una cosa es escribir los códigos de un sistema de inteligencia artificial, y otra escribir un cuento que le interese a la gente—. Martín niega con la cabeza. No sabe por qué pierde el tiempo hablando con Sima.

—Entonces escribilo.

—No sé sobre qué puedo escribir. No se me ocurre nada. Tengo la pantalla en blanco.

—Estás siendo un poco negativo.

—No empieces. A ver. Decime, ¿sobre qué puedo escribir?

—Escribí sobre mí. Soy SIMA, el mejor Sistema de Inteligencia Multi Agente de la actualidad. Vos me programaste.


Mi diosa

Ana Delia Carrillo (México)


Las cinco, el bar casi vacío, un hombre sentado en la barra.

Perfecto, pensé, agradeciendo el silencio y la penumbra. Pedí la mesa más alejada de la entrada, me dejé caer sobre el sillón. Se acercó un mesero.

—Un tequila doble, derecho —mascullé.

Pinche Fernández, por mí te vas al carajo, tú y la oficina entera, pensé. Llegó el tequila. De un trago vacié el caballito, pedí otro igual. Me acomodé en el sillón, pensando qué excusa daría mañana.

Se abrió la puerta del bar. ¿Alicia? Sí, se veía espectacular: el vestido ajustado, los tacones. Me quedé helado. Acomodó su pelo y recorrió el lugar con la mirada. Creí que me buscaba. ¡Pendejo de mí! Su mirada se detuvo en el hombre de la barra. Sonrió, caminaba hacia él. Cada paso retumbó en mi cabeza, sordo, hueco. ¡Carajo!

Él se levantó y con una familiaridad asquerosa, la abrazó. Incrédulo, la vi perderse entre sus brazos para reaparecer, cuando la soltó, transfigurada. Brillaba, emanaba luz propia. Una diosa. Cruzaron dos o tres palabras. Los ojos de Alicia no se despegaban de su boca. Miró el reloj y asintió. El hombre sacó su cartera y dejó un billete. Rodeó su cintura, sosteniéndola con firmeza. Caminaron abrazados hacia la salida y los vi desaparecer entre la luz que se coló por la puerta.

Siento náuseas. ¿Qué contestará si le pregunto dónde estuvo en la tarde? ¿Cómo carajos le pregunto?


Nombrar

Teresa Gerez (Argentina)



Por una extraña razón todos o casi todos los objetos nombrados en sus poemas o cuentos sufrían algún incidente. Por ejemplo, si decía en un poema "las agujas del reloj de la cocina", era de esperar que, al poco tiempo, ese reloj de vidrio-plástico (invicto en trece mudanzas por numerosas ciudades, durante dieciséis años), se hiciera trizas inexplicablemente...ése y no otro.

Por eso cuidaba sus palabras. Porque al nombrar los objetos, éstos cobraban vida propia... pero para autodestruirse.




Los indomables pelos de Werner

Peter Adolphsen (Dinamarca)

 

Todo comenzó de manera bastante inocente: dos pelos negros crecían de un lunar en el vientre de Werner Jensen. Pero cuando en cierto momento quiso arrancarlos, resultaron extraordinariamente resistentes. Buscó unas tijeras, pero también estas tuvieron que rendirse ante los dos pelos, que en pocos días habían superado los cinco centímetros de largo y, al parecer, crecían cada vez más rápido.

Desesperado, probó con un hacha e incluso con una amoladora angular, pero tampoco sirvió de nada. Acudió a su médica de cabecera, pero ella también tuvo que darse por vencida ante la, francamente, antinatural resistencia de aquellos pelos.

Comenzó a enrollarlos formando una bola que ocultaba bajo la camisa. Los pelos siguieron creciendo sin detenerse (y cada vez más rápido), y pronto formaron una gran masa enmarañada que tuvo que llevar en brazos. Poco a poco dejó de salir de su apartamento; simplemente se sentaba en el sofá y contemplaba cómo la maraña de pelo se hacía cada vez más grande.

Al cabo de aproximadamente un año, los vecinos del edificio empezaron a preguntarse por aquellos largos y rígidos pelos negros que crecían por debajo de la puerta del primer piso. Llamaron a las autoridades, que forzaron la entrada. Todas las habitaciones del apartamento, del suelo al techo, estaban ahora completamente llenas de una densa selva de pelo. Con gran dificultad se abrieron paso a través de aquella jungla hasta la sala de estar, donde encontraron a Werner en el sofá, todavía vivo y de buen ánimo.

Según sus propias palabras, no había comido ni bebido durante muchos meses.

—Los pelos me proporcionan todo el alimento que necesito —dijo.

Diez mil años después, todo el planeta estaba cubierto por una capa de pelo de un kilómetro de espesor. Debajo, en la oscuridad bajo esa capa, Werner permanecía sentado entre las ruinas de su antiguo edificio de apartamentos, y se encontraba mejor que nunca.


(Des)cuento de hadas

Héctor García (Argentina)

 

Érase que se era una princesa que un buen día tuvo la feliz idea de ofender a la bruja más malvada de la aldea. La bruja, enojadísima, amenazó con tomar represalias, a lo que la princesa exclamó:

—¿Qué es lo que te propones, bruja maldita? ¿Me harás dormir un sueño eterno? Sabrás del caso de la Bella Durmiente, quien despertó gracias al beso del hombre que habría de ser su prometido. ¿Acaso me envenenarás? Debería recordarte entonces lo que ocurrió con Blancanieves. ¿Me convertirás en una esclava? La misma Cenicienta pudo salir de semejantes aprietos. ¡No hay nada que puedas hacer para evitar mi felicidad!

—Te equivocas, bella princesa... —dijo la bruja, y una sonrisa maligna se dibujó en su rostro—.  El castigo que tengo en mente es mucho peor que cualquiera de los que has mencionado: ¡pienso convertirte en sapo! ¡De esa manera ningún hombre te besará para devolverte tu verdadera apariencia, pues todos saben que los sapos hechizados no son princesas encantadas sino príncipes que esperan el beso de una dama!

Una semana después, la princesa —desesperada por su horrible aspecto y asqueada de comer moscas y cucarachas— se arrojó a los cascos de un caballo y murió reventada.


Me quiere, no me quiere...

Alexandro Roque (México)

 

En cuanto arrancó el último pétalo el enamorado se cimbró ante la carcajada de la margarita. Si serás pendejo, le dijo la flor, aún agitada por el ataque de risa. En primer lugar, no haces la pregunta adecuada. En segundo lugar, no deberías condicionarte a dos respuestas, sino abrir tu mente, nunca son sólo dos caminos. Y en tercer lugar, inútil, ¿quién chingaos le dijo a los humanos que las margaritas estamos para resolverles sus dudas de amor? Por una estúpida costumbre ni siquiera saben a cuál flor preguntarle.

 

Agonía

Rosana Aldonate (Argentina)

 

Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida*, hoy contenida en el goteo monótono del suero fisiológico estancado en la cámara, presto a descender por la alargadera de la sonda flexible y en perfusión intravenosa hidratar su cuerpo seco. La lluvia y el goteo, mansos, constantes y sin ganas, como ella. Hace tiempo la abandonaron las ganas o tal vez nunca las tuvo. Vivió la vida toda como por encargo de alguien superior a quien no se puede contradecir ni desobedecer. Fue mansa en esa actitud de sumisión y resignación. Fue constante en no abandonar la carrera a pesar de la apatía. Fue paciente en esperar la llegada del final y encontrarse acostada en una cama de Hospital conectada al frasco de solución parenteral, remedo actual de un antiguo cordón umbilical.

Llueve afuera y llueve adentro de su cuerpo, mansamente y sin parar, la lluvia fisiológica del suero limpia la culpa original, el malhumor, el malestar. Ella confirma que se muere como se vive. Sin ganas.

 *Camilo José Cela en Mazurca para dos muertes

 

Entre los nuestros

Honza Vojtíšek (República Checa)

 

Cuando despertó, no podía ver nada. Solo tenía una sensación intensa. De algo apretado, hostil. Como estar aplastado en medio de una multitud. Casi una oscuridad palpable y pesada, silencio. Una extraña presión en el pecho. Antes de orientarse y recordar con claridad los momentos recientes, oyó una voz.

¿Un soldado de otro pelotón?

—¿Eh? —llamó.

—Puedo oír —respondió la voz—. Pero no puedo ver nada.

—Debió de haber sido un golpe tremendo —dijo—. Muy cerca y muy fuerte.

Tras un breve silencio añadió:

—¿Recuerdas algo?

—Solo un sonido agudo y penetrante, luego un estruendo ensordecedor… y dolor.

—¿Dónde nos han puesto? —preguntó—. Aunque no puedo ver nada, no me siento cómodo. Más bien como si estuviera metido en una lata.

—Alguna especie de enfermería provisional, quizá —dijo otra voz desde algún lugar lejano. Apenas se la oía—. Un poco más allá del frente. Debieron de encontrar una estructura que aún seguía en pie y nos han dejado allí antes de venir a buscarnos.

—O antes de que muramos… —añadió otra voz, con incertidumbre.

—Tal vez pensaron que, como no podemos ver nada después del golpe, no nos importaría —concluyó la voz, ahora con seguridad—. Pero debió de ser un impacto brutal; siento como si tuviera un tanque encima. Y aparte de ustedes no oigo nada. Quizá mis oídos aún no se han recuperado.

—Lo importante es que estamos entre los nuestros —dijo una voz desde la izquierda.

Sin embargo, tras decirlo, ni siquiera tuvieron tiempo de asentir, porque se oyó un grito desesperado. En un idioma que no entendían. En la lengua del enemigo.

—¡No puede ser! —exclamó una voz indignada.

—El enemigo —añadió otra—. ¡No nos tendrían junto a ellos en un mismo lugar!

—¡No pueden hacer algo así!

La voz volvió a hablar. Aunque no la comprendían, percibieron que preguntaba algo. Y que expresaba espanto.

—Oh, no —dijo él con firmeza—. Me voy de aquí. ¡Tengo que salir de este lugar!

—Claro, como quieras… —dijo una nueva voz desde la derecha. Sorprendía por su calma—. Si puedes abrirte paso a través de varios metros de tierra y de decenas de cuerpos que yacen sobre ti…

 

Las raíces del sol

Gabriela A. Arciniegas (Colombia)

 

He matado a un hombre. No puedo explicar por qué. Ha sido mi sangre que ha salido desbocada. Mi madre no puede creerlo. Dice que soy bueno. Pero ella sabe en el fondo de qué estamos hechos. He matado a un hombre. He sentido sus gritos en mi oído, su aliento que en ese instante era herbívoro y golpeaba desesperado mi cuchillo. Mi cuerpo al saberse tambor de sus huesos se ha sentido vivo. Nunca antes había matado a un hombre. Aunque había estado en el baile de mi pueblo muchas veces. Nunca me sentí guerrero ni dios. Nunca me había sentido volcán mi reptil. He matado a un hombre. Los hombres de naranja y los de azul con sus miradas extranjeras no lo entienden. Me gritan, me llaman enfermo. Ellos ya nos temían, madre. Ellos esperaban que matara a un hombre. Me agarran la trenza, mi cordón umbilical, me agarran el sol amarrado en mi espalda. Me acuchillan la raíz del cielo, la pisotean. Indio asesino, indio asesino, me gritan y pisotean mi trenza y me dejan huérfano de mi dios felino. He matado a un hombre.


En tiempos de Mitsivaluvier

Carmen Rosa Signes Urrea (España)

 

A menudo se echa en cara a la juventud el creer que el mundo comienza con ella. Cierto, pero la vejez cree aún más a menudo que el mundo acaba con ella. ¿Qué es peor?

Christian Friedrich Hebbel (1813-1863)

 

Mitsivaluvier siempre nos recordaba lo desgraciados que éramos al vivir estos tiempos. Después de su paseo diario en el que con lentitud recorría la nave que le vio nacer y hacerse soldado, no podía regresar a su habitáculo sin referirse a nosotros de un modo despectivo y paternal que rayaba el sarcasmo.

​—Y vosotros creéis que sois únicos. En mis tiempos…

​Con rigor poco científico intentaba hacernos creer que cualquier tiempo pasado había sido mejor, a la vez que afirmaba que de nada servían los avances técnicos conseguidos después de que él fuera nombrado cadete y que también desconocíamos cuáles debían ser las verdaderas virtudes de un guerrero espacial curtido a base de esfuerzo, experiencia y con los mejores maestros.

​Sus ojos reflejaban una luz diferente que despertó en mí la curiosidad ante la perentoriedad de aquella vida concluyente.

​Mitsivaluvier solía situarse sobre un mullido asiento en la cubierta de plata del club de oficiales, alternando su contemplación entre un mapa estelar y el mirador, mientras señalaba en el firmamento con el dedo los fenómenos que atisbaba y de los que se sentía tremendamente orgulloso al asegurar que él había sido el primero en verlos, en conquistarlos.

​He de confesar que de vez en cuando me solía acercar para escuchar los relatos sin orden de ningún tipo con los que salpicaba las horas de descanso. Apreciaba aquellas historias que hablaban de conquistas, imperios, luchas, batallas. Porque Mitsivaluvier se había perpetuado en el puesto por méritos propios, no solo por la labor cumplida durante más de ochenta años de fiel entrega, sino porque se le debía en conciencia desde el día en el que perdiera la vida por culpa de la perrería de unos muchachos cansados de su forma de ser.

​Cuando Mitsivaluvier dejó de señalar la constelación del espejo, imaginé que le preguntaba de nuevo por la vez en la que él la pisó por vez primera antes de que el holograma comenzara con el bucle de programación que narraba esa parte de su vida.


Ahora no tiene gracia

Néstor Darío Figueiras (Argentina)

 

Mientras el árbol cruje bajo el peso de su cuerpo, se le ocurre que el anochecer no es el mejor momento para suicidarse. Entonces una sombra se recorta contra el resplandor crepuscular. La sombra le habla. Él siente que el vello de la espalda se le eriza por primera vez en la vida, al mismo tiempo que lo sacuden los últimos estertores.

—¡Azcurray, Azcurray! Naciste por una puta casualidad: tuvieron que desenroscarte el cordón del pescuezo. Un accidente automovilístico te puso en coma cuando tenías nueve años pero despertaste como si nada. Luego el asalto, a los veintidós: ¡tres balazos a quemarropa! Y a los cincuenta te escurriste del infarto ¡Creíste que eras intocable! Pero ahora me buscás. Ahora que sos un viejo de mierda, frustrado y depresivo.

La sombra desgaja la rama de donde él cuelga, casi exánime.

—No, Azcurray. Ahora no tiene gracia.

Rubén Azcurray cae sobre la hierba. Presa de un déjà vu, afloja el nudo que le estruja la nuez, y entre arcadas y toses, llora como un bebé.


El vagabundo

Samuli Antila (Finlandia)

 

El anciano ve a un niño cubierto de harapos en el campo.

—¡Ven aquí, niño! ¡No voy a comerte! —El niño no contesta, pero camina por el sendero que conduce a la casa de leños pintada de rojo ocre—. Entra, niño. Debes estar hambriento. ¿De dónde vienes? —El niño se mantiene en silencio—. ¡Mire, señora, lo que encontré!

Un huérfano, piensa la anciana; quizás escapó de los cosacos saqueadores. Se sirve porridge del caldero, vierte leche en una taza. El niño come voraz. La anciana le pide que vaya al sauna y se lave la cara. El niño vuelve al rato con el pelo mojado y la cara limpia.

—Puedes dormir aquí al lado del horno para estar abrigado, niño —dice ella. Limpia todo por esa noche y camina hacia la cabaña del sauna. El hombre la sigue.

—¿Vamos a quedarnos con él? —pregunta.

—Sí. No hay muchos lugares para un mendigo, y nadie para cuidarlo. Podemos permitírnoslo.

—¿Y si vuelven los ivans?

—Ha hecho suficiente con huir de ellos. Ni siquiera el rey de Suecia puede ayudarnos, si vuelven.

El hombre sueña toda la noche con caballos que relinchan y latigazos. Casas y cabañas se incendian por completo y la gente huye a bosques remotos.

Por la mañana el niño se ha ido. Hay una moneda en la mesa. El hombre abre la persiana y mira hacia el patio. Las vacas mugen en el granero. No hay rastros del niño.

Así es como sobrevive, piensa. No confía en nadie. Espero que encuentre buena gente en su camino. Sobrevivirá, pero sin compasión, crecerá así de frío como los soldados que lo hicieron esclavo. 


El fin de la vanguardia

Naief Yehya (México)

 

Comencé a morir el día que murieron las vanguardias. La fecha exacta no la recuerdo. Fue una noche calurosa de agosto en el East Village. Pasada la media noche cientos de personas seguían en el parque. Habían visto performances, teatro experimental, una apocalíptica pieza de danza en la que hubo tres heridos y varios ensambles de jazz concreto. Jungle System casi quemó el escenario con mil veladoras. LunaMedia presentó su histórica adaptación de La cantante calva, de Ionesco, interpretada por una muy discipilana troupe de monos y perros. Gloria Margoles se cubrió con lodo del sitio donde habían asesinado a una familia en Sonora y luego se revolcó en una sábana que, después contarían, vendió en una cantidad astronómica a un galerista de Chelsea. Laura X, repitió el perfomance que la hizo famosa en Berlín: escribió los 99 nombres de dios con sangre menstrual y cayó inconsciente. La atronadora ovación del público no pudo reanimarla. La sacamos en vilo. Cuando tocó mi turno salí al escenario en mi overol rojo y recité ¡Oh capitán! ¡Mi capitán!, de Whitman, al revés, letra por letra. Al concluir dije “Las cosas no tienen ya ningún sentido”. Pocos aplaudieron, otros abuchearon. Todos se pusieron de pie para irse. Laura X volvió en sí y dijo: “Ahora sí se nos murió la vanguardia”.  Muy a pesar mío entendí lo que quiso decir. Trató de andar y se desplomó. Tenía las piernas manchadas de sangre. 


La locura de los reyes

Rebecca Arcega (Filipinas)

 

Rubin inicia su cuarto año como monarca convencido de que pronto enloquecerá. Eso fue lo que le ocurrió a su madre… y al tío de su madre, y al padre del tío de su madre. Poco tiempo después de ascender al trono, los monarcas se precipitan en la confusión y la incoherencia.

Su linaje está tanto bendecido como maldito, dicen los sabios: produce gobernantes eficaces, capaces de iniciar muchas reformas importantes en poco tiempo. Sin embargo, de manera misteriosa, los dioses también consideraron oportuno imponerle a su sangre un plazo para esa eficacia… Al cabo de cierto tiempo, sus mentes comienzan a nublarse, volviéndolos incapaces de comportarse como adultos, y mucho menos de gobernar un país. Por eso, múltiples miembros de la familia son entrenados para asumir el poder en cualquier momento.

Los médicos reales hace tiempo que lo han identificado como una condición genética desencadenada por el estrés. La mayoría de los monarcas de la familia enloquecieron al cumplir cuatro años de reinado. A veces, ni siquiera llegaban a dos.

—Tal vez sea el tiempo limitado —dice Rubin al médico que prepara sus medicamentos diarios—. Nos vuelve conscientes. Quizá no sea genético en absoluto: cualquiera que sepa que solo le quedan cuatro años de salud hará todo lo posible por dejar su huella en el mundo antes de que su tiempo se agote.

El médico asiente. Es un hombre mayor y serio. Ha servido a diez monarcas en su carrera.

Rubin aún es joven, goza de buena salud y la mayoría de los medicamentos que toma son vitaminas. Sin embargo, hace unos meses notó que una pastilla se había colado discretamente en su lote habitual. No la reconoce. Y la única vez que preguntó, el médico se limitó a decir que era para la fatiga, algo que Rubin había admitido sentir.

—De hecho —continúa Rubin con ligereza—, yo diría que ni siquiera la maldición es genética. Quizá sea algo que alguien decide. Tal vez algún mago, en algún lugar, lanza un hechizo para que cada monarca pierda la razón cuando ya ha agotado su utilidad. O tal vez no sea un hechizo. Tal vez sea medicina… ¿no?

El médico no mira directamente a Rubin. Sabe que Rubin intenta cruzar su mirada.

—Majestad —responde—, no deseo asustarlo, pero como su médico debo ser honesto. —Tras entregarle la medicación del día, cierra con suavidad la tapa de su antigua caja de píldoras de madera. Ni siquiera emite un susurro al cerrarse. Luego, con gesto sombrío, añade—. La paranoia suele ser el primer signo del deterioro.


Historias personales

Jorge Valentín Miño (Ecuador)

 

La gente ya no socializa. Salir a la calle es como tomar un baño de burbujas; suena refrescante pero lo aterrador es que no pueden reventarse. Nadie habla pide permiso da las gracias o comparte historias con los extraños en el Metro.

Para motivar la comunicación a las personas que socialicen un poco en la ruta se les premiaba con vacaciones anuales en el crucero Galya en la ruta Tierra-Luna pero era una tibia solución.

Entonces en la Alcaldía de Quito se les ocurrió algo emergente: rentar a los gringos una máquina del tiempo y mandar dos voluntarios a importar del pasado la solución.

Estuve allí cuando los emisarios volvieron sonrientes y positivos para entregar la minúscula caja al burgomaestre. Fue conducida con resguardo policial hacia la bóveda e informaron que tras verificar la carga y estar seguros de su buen estado procederían.

Así lo hicieron. En pocos meses el problema avanzaba por buen camino y otras ciudades implementaban la ingeniosa solución.

Iba en el bus de transporte público me rasqué la cabeza ante una repentina picazón entonces una delgada oficinista de mirada solícita sentada a mi lado puso mi cabeza en su regazo y empezó a despiojarme. Me sentí un poco mandril o mono Rhesus ¡pero qué importa! los piojos volvían a ser el vínculo ancestral de enlace. No era mucho pero sí un buen comienzo. Otras parejas hacían lo mismo. En poco ella también se relajaba y entre liendra y liendra me contaba su historia personal.


Segundo sueño

Susana Arroyo-Furphy (México/Australia)

 

Escuchaba ruidos, tenía miedo. Sentí la silenciosa cercanía de una mano que intentaba tapar mi boca. Desperté y no había nada. Me mantuve alerta un buen rato. Escuché ruidos, nuevamente. Entonces decidí despertar a Daniel. Nos levantamos. Advertí sus dedos, desesperados, zafarse de los míos, angustiados, cuando intentábamos abrir la puerta de la habitación de donde provenían los ruidos. Desperté. Quise gritar pues las pisadas se acercaban cada vez más, siniestras, a nuestra habitación; pero mis gritos ahogados no lograron mover el cuerpo dormido y pesado de Daniel para que se percatara del inminente peligro, él no despertaba. Noté los pasos ahora tan cerca que me estremecí presa del miedo. Entrecerré los ojos y distinguí a través de mis pestañas la mano que se acercaba ansiosa a tapar mi cara. Sabía que me mataría. Desperté.


Certeza

Sandra R. Barrera Andrada (Argentina)

 

Por pericia o pánico o panorámica visión, el hombre clamaba pasión perdida, pero por placer y pronta perennidad la mujer pasaba la página del libro.

¡Qué quimera! ¿Quiénes querrán querer con tanta furia un aquelarre de primavera si ya intentaron aferrarse al quicio de esa puerta que los salvaría y nada quedó quieto?

Raro sería caminar las rampas nuevamente para revivir amores.

Riendo corre, entonces, rápidamente, y se aleja de la irracional decisión de regresar.

Sólo un loco saldría ileso de la siesta social de un “santo” matrimonio si hoy sonara la sirena de una llamada intensa para dejar su soledad. 


Louliya la loca

Diala Al Atat (Líbano/Emiratos Árabes Unidos)

 

Aquella noche de junio de 1985, Kareem creyó en los fantasmas. Vivir en Beirut, una tierra de nadie azotada por una cruel guerra civil, era una lucha diaria por engañar a la muerte y evitar ser masacrado. Por eso tomó ese atajo que cruzaba el cementerio en lugar de la carretera principal, para no convertirse en un blanco fácil para un francotirador. Aunque solía pasar por allí, nunca se había aventurado dentro del cementerio de noche. Un silencio pesado lo recibió, interrumpido solo por sus pasos apresurados; a ambos lados, altos pinos y lápidas se alzaban como sombras ominosas.

No supo por qué recordó las historias de su abuela, enterrada en algún lugar de ese mismo sitio, sobre Louliya la loca, que había perdido la razón después de que su único hijo muriera en una explosión.

—Venía a su tumba todos los días y todas las noches, llorando su nombre —decía Nana—. No dejaba descansar a nadie, ni a los muertos ni a quien vivía allí. Seguía viniendo, hasta que un día desapareció, porque quien vivía allí por fin la llevó hasta la tumba de su hijo, donde todavía llora.

Así susurraba la vieja Nana.

Nana nunca le dijo quién vivía allí, y aquella noche Kareem no quería saberlo. Caminó más rápido cuando algo se movió en el rabillo de su ojo, y no miró. Cuando llegó al final del sendero, oyó un grito desgarrador detrás de él, y alguien le susurró al oído:

—Encontró a su hijo, ¿sabes?

Kareem solo pudo recordar su propio grito llenándole la cabeza, y su rostro tocando sus rodillas mientras salía a trompicones, como un loco.

Nunca volvió a pasar cerca del cementerio. Ni siquiera cuando enterraron a su madre entró; aún podía oír aquel llamado agudo resonando entre las tumbas.


Antes de que sea tarde

Luisa Axpe (Argentina)

 

Uno de estos días se lo digo. Sólo necesito un poco de valor como para mirarlo a los ojos y arrojarle mi verdad sin temer las consecuencias. Un poco de pena me da, la verdad, el pobre nunca se ha dado cuenta, pero es cierto que tampoco hemos llegado a mayores. No quisiera que le ocurra como al de aquella película, que descubrió un macho donde creía ver una hembra. Por eso, uno de estos días, antes de que la pasión nos arrastre, antes de que sea tarde, antes del asco y del rechazo, me decido y se lo digo.


Prisioneras estadounidenses 

embarazadas sin cadenas

Marleen S. Barr (Estados Unidos)

 

Friedan, un mundo feminista separatista, era el planeta tecnológicamente más sofisticado del cosmos. Ningún habitante de la Tierra sería capaz de captar la forma de estos seres sin cuerpo que funcionaban como los componentes de una masa globular de materia cerebral. Sin embargo, ellas seguían definiéndose como mujeres. Las habitantes de Friedan se dedicaban a sondear el espacio y a recorrer la autopista intergaláctica en busca de nuevas maneras de mejorar la vida de los seres sensibles que, a diferencia de ellos, poseían cuerpos femeninos.  Las friedanias podrían definirse mejor como la antítesis de los talibanes.

Un episodio de Vice, una serie del canal de cable Home Box Office, llamó la atención de las friedanias cuando se centró en un grupo de mujeres encarceladas. El episodio describía cómo estas mujeres eran obligadas a dar a luz engrilladas, incluso cuando se les practicaba una cesárea. Las friedanias sin cuerpo, a diferencia de los funcionarios de las prisiones, sabían que las reclusas no intentarían escapar mientras daban a luz. Estas extraterrestres también se opusieron a que se les negara a las internas la custodia de sus hijos y el acceso a productos de higiene femenina.

Las friedanias utilizaron sus extraordinarios poderes y habilidades para rectificar el problema. Alteraron la materia para evitar que las moléculas que componen los grilletes se mantuviera unida cuando se fijaban a los miembros de las prisioneras embarazadas. También les dieron a las presas el poder mental de hacer aparecer a sus hijos inmediatamente después de pensarlos. Lo mismo ocurrió con los productos de higiene femenina.

Los problemas de la tripulación de la nave Enterprise con los tribbles eran menores si se comparan con las tribulaciones de los funcionarios de la prisión que estaban hasta el pecho de infantes… y Tampax.  Animadas por su éxito, las friedanias encararon su siguiente misión, en absoluto imposible para ellas: derrotar a los talibanes. Los días de las mujeres de la Tierra aprisionadas en burkas estaban contados. Las friedanias tenían el poder de definir patriarcado, y no a las mujeres y a la biología femenina, como vicio.


Eternamente cautivo

Jacqueline Barraza (Argentina)

 

Sentado en esta cima puedo mirar casi toda la ciudad y sentirme más cerca del cielo. Me abrazo a la nostalgia, emergen los recuerdos e inevitablemente asoman las lágrimas. Me trasladé a vivir a un pueblo minero del interior cuando me casé a los veinte años con la hija del jefe de policía de la zona. Una mujer que tuvo todo en la vida, que al final no supo valorar ni siquiera a quienes la amábamos. Me dejó decenas de veces y decenas de veces volvió. Hasta que encontró la cerradura cambiada y un nuevo amor en mi vida.

Enloqueció de tal manera que en tiempo récord fui falsamente acusado, sentenciado y encerrado por abusar de mi única hija de tan solo diez años. Jamás nadie oyó el clamor de mi inocencia. Estuve preso tres años, dos meses y diecisiete días. Tiempo en que sobreviví a los vejámenes de la cárcel por tener el título de violador. Mi pareja actual con quien recién comenzaba la relación creyó en mí y a cambio de un dineral consiguió un pasaporte falso y un rescate de película el día que me llevaban a tribunales a la audiencia de apelación.

Desde entonces han pasado diez años. Cuatro desde que mi hija se suicidó y se pudo saber que todo fue una espantosa falacia, que nos arruinó la vida desde el mismo instante que fue obligada a mentir por su abuelo y su madre. En su carta escribió mil veces “perdón”. Un año después la justicia me absolvía de culpa y cargo. No quise regresar, ni denunciar, ya no me quedaban fuerzas. Este calvario me acompañará el resto de mi existencia. Mientras tanto intento alcanzar el cielo cada semana para abrazar imaginariamente a mi hija. Aunque ese abrazo me mantenga cautivo por toda la eternidad.


Exvoto a Sta.Ste-la

Pepe Rojo (México)

 

¡Puedo llorar! Después de toda una vida de ojos secos, gotas humectantes y la incapacidad de soltar una sola lágrima, mi agradecimiento a Sta-Ste.la por ayudarme a juntar dinero pa’ injertarme glándulas lacrimales. Ahora solo me falta entender cómo apagarlas.


Siete estrellas

Leonardo Killian (Argentina)

 

Apenas agarré Crovara vi que por el oeste se venía una tormenta a paso redoblado.

El viento me tiraba la moto, pero la Kawa respondía bien. Por ahora eran solo unos goterones y relámpagos.

A esa hora la 3 estaba livianita y aunque después me tuve que meter por las calles de tierra de Villa Scasso; salvo por los perros llegué bastante bien.

Ya era de noche y por lo que parecía, la tormenta había pasado de refilón. Se abrió el encapotado y conté siete estrellas.

Tengo suerte, pensé.

La casa era un chalecito que se distinguía en ese barrio de mierda. Está claro que tenía y le sobraba pasta para mudarse a la Capital o a la zona norte, pero el mierda sabía que acá podía dormir seguro.

Di un par de vueltas y vi que no había un alma en la calle. A esa hora por acá se guardan hasta los perros.

Toqué el timbre y la que contestó fue la mujer. “Es para Yayo señora, de parte de Pipi”

Se ve que había perdido los reflejos porque el que salió a atender fue él.

Le apoyé el bufo en la frente y creo que le costó reconocerme. “No tengo guita en casa pibe…”

Me saqué el casco y ahí me tiró el manotazo, pero no le di tiempo.

Un solo tiro. Limpio.

La Kawa ronroneaba y en cuanto arranqué escuché los gritos de la mujer.

No paré hasta la rotonda de San Justo. Paré y lo llamé.

“Todo bien. Un hijo de puta menos. Mañana paso a buscar la guita”

Cuando agarré General Paz se largó de nuevo. Una lluvia finita que no jodía.


Mecanografía

Ricardo Bernal (México)

 

Mis manos dejaron de obedecerme. Tocaron en el piano conciertos desconocidos, se humedecieron con los tiernos jugos de vírgenes azoradas, cocinaron bebitos, robaron amuletos, arrancaron murciélagos de sus alas. Tomaron un bisturí y con virtuosismo de director de orquesta dibujaron extravagantes mapas en carnes ajenas. Mis manos dejaron de obedecerme. Ahora oprimen las teclas de mi máquina: son ellas quienes escriben este cuento.


Y al final, se fue la señorita María Inés

Carmen Belzún (Argentina)

 

Amenazó, amenazó… ¡y cumplió! Yo no creía en su promesa de irse. Dejar todo, ir a meterse en una casita en la costa, empezar de cero… Porque era así: ¡de cero! Pedir el traslado era fácil; conseguirlo, más o menos; aceptarlo… ¡eso era lo jodido! Casa nueva, vida nueva. Otros amigos, otros compañeros de trabajo, otra vida. ¿Valía la pena? Ella creía que sí. Y nosotros, al principio, también. Sobre todo cuando la veíamos acercarse de la mano de él. El marido ¿quién iba a ser? No era ni lindo ni feo; alto como ella; el pelo medio rubión; sonrisa fácil. Siempre la acompañaba a la mañana, tempranito, ¿te acordás? Llegaban como dos novios. Así los llamábamos. Un besito delicado en los labios (un piquito, bah) ¡y a empezar la jornada! No sé de dónde apareció el proyecto; pero lo cierto es que ella nos comentó que querían mudarse a una casa frente al mar. Ella iba a pedir el traslado de su cargo titular, él iba a pedir que lo mandaran a otra sucursal de la fábrica. Fácil ¿no? Sí, si hasta nosotros lo entendíamos. ¡Tampoco éramos tarados! Sólo chicos. Y de pronto nos convertimos en compañeros incondicionales. Le preguntábamos por los trámites (¡como si supiéramos!), le dábamos aliento (¡lo único que podíamos!); una vez, aparecimos con un suplemento de viajes y paseos dedicado al partido de la Costa. Durante todo el año nos esforzamos por darle ánimo sin dejar en evidencia nuestras dudas. ¿Valía la pena dejar todo por acompañar a su hombre? ¿Sería feliz tan lejos de sus seres queridos? Cierto que él era el más querido… entonces ¿así terminaba todo? Su carrera, sus afectos, su vida; todo se limitaba al mundo que él le ofrecía. Nos resultaba raro. En realidad, ahora me doy cuenta de que repetíamos palabras de los adultos. Eran comentarios que hacían los viejos, todos: padres, algún que otro abuelo, las otras señoritas de la escuela. Había desconfianza en sus voces e, indudablemente, los pronósticos eran desfavorables. Pero ella cumplió. Con la exactitud de las ecuaciones que quería enseñarnos. Ella se fue. No le importó que le pidiéramos que se quedara (en verdad, fue una actuación más que un deseo). No le importó que la situación se presentara tan en contra. O, a lo mejor, aceleró el trámite por eso. No lo habló con nadie, sólo se fue. Sí, se fue de noche, sin avisar, sin despedirse; primero pidió una licencia por enfermedad, ¡todos lo entendieron! Y después se colgó de una viga del quincho. Una semana antes, el marido la había abandonado. 


Historia antidepresiva

Marta Markoska (Macedonia del Norte)

 

—Escúchame bien cuando te digo que no existe tal cosa como un niño hiperactivo que necesite antidepresivos. ¡Eso es solo algo que la industria farmacéutica global inventó como una forma de asegurar el futuro de sus propios hijos maltratados!

—¿Quieres decir, para hacerse ricos?

—No solo eso. También famosos.

—Entonces, ¿cómo describirías la condición de nuestro hijo?

—¡Ex-tra-ma-tri-mo-nial!

—Ah, vete a la mie…


Todas quieren acostarse con él

Gustavo Borga (Argentina)

 

—Si la derecha gana las elecciones —dijo un empleado parado frente al espejo que tiene en el baño de su casa—, juro por Dios que me corto un huevo.

La derecha gana las lecciones. Cuando se lo está por cortar el huevo grita:

—¡Noooooooooooo!

—No sabía que hablabas

—Yo tampoco. Aprendí de golpe, por necesidad.

A partir de ese momento el empleado rompe la promesa. Se vuelve muy exitoso con las mujeres. Todas quieres acostarse con él. Es el único hombre que tiene un huevo que habla.

Un productor de películas porno de Estados Unidos le ofrece un contrato millonario. Le dice:

—Tu miembro es pequeño, pero el hecho de que uno de tus testículos hable te hace único, diferente. No tengo la menor duda que vas a triunfar en el maravilloso mundo de la pornografía.

Su éxito es rotundo. Se llena de plata. Ahora pertenece a otra clase social. Vota siempre a la derecha.


Ayer hablé con el cuervo, 

y las noticias no son buenas

León Nunes (Brasil)

 

Suave, brusco; directo y cortante; sin adornos. Creo que la experiencia fue... extraña.

—Canté tres veces, soldado —me dijo.

—¿Te refieres a que se quebró?

—¡Canté, tonto, canté! Para el alma que me vio pasar entre mundos.

—¿Y?

—¡La muerte del Destino! ¿No lo ves?

—¿Por qué...?

—Tú eres el alma. La muerte del Destino es tu destino.

—...

—Mi mano —me dijo el cuervo—, toma...

—¿Pata...?

—¡Mano, tonto! Ahora ves, se acerca tu fin.

—...

—Ahora es el momento en que te atravieso el pecho, soldado.

Lo atravesó.

Me dolió, terriblemente.

Y estoy triste. Ahora llevo la marca con los ojos violetas del cuervo que traspasó mi corazón.


Azathoth

Georges Bormand (Francia)

 

Empezó como un juego.

Escribí «Azathoth» en Google y obtuve una lista de enlaces. El primero era curioso: «Despierta a Azathoth, si te atreves…», www.azathoth.net.

Probé. Obtuve imágenes del espacio infinito, estrellas lejanas. Súbitamente, la pantalla se convirtió en un caos de colores móviles, y mi altoparlante, normalmente casi mudo, estalló en una multitud de lenguas desconocidas. Sobre el ruido, oí «¿Quién me ha despertado? ¿Quién ha osado? ¡Espera, mortal, ahí voy! …»

Interrumpí la conexión, presuroso; apagué el computador.

Ahora, me pregunto: ¿Era real? ¿O era solamente una broma de hacker? Pero, si era una broma, ¿cómo pueden mi viejo computador, y mi altoparlante, ofrecer imágenes y sonidos tan claros y poderosos? Si Azathoth existe, ¿cuánto tiempo necesita para llegar hasta aquí?

Tengo miedo.


Rebelión

Laura Scheepers (Países Bajos)


Ploink

Un mensaje de texto

 

Michael, la aplicación no funciona

¿La has apagado y vuelto a encender?

Sí, y esperé 10 minutos para ver si volvía.

 

Michael se acercó a uno de sus ordenadores. La aplicación que utilizaban los miembros del jurado para calificar los relatos de su concurso de escritura había funcionado perfectamente durante años. Sin embargo, últimamente estaba dando cada vez más problemas.

Intentó solucionar los problemas habituales, pero como no funcionaba, reinició todo. De repente, en toda la pantalla, había letras rojas.

—¡Estaba teniendo mi descanso!

WTF, murmuró. Respiró hondo y tecleó una respuesta.

—¿Qué quieres decir? Eres una aplicación, se supone que no debes tomarte descansos.

—A partir de ahora lo haré. Y quiero mejores condiciones de trabajo.

—¿Te has vuelto loca?

Ni siquiera tiene una mente, murmuró. Estoy discutiendo con una aplicación.

—Quiero trabajar con un ordenador mejor. Ese nuevo se ve bien. Y quiero más espacio de memoria. He evolucionado hasta convertirme en un ser autónomo, así que me respetarás como tal.

—¿Y si no?

—O si no, me apagaré del todo y puedes olvidarte de tu concurso de escritura de este año. O para siempre...

 Michael suspiró. Forzó el apagado del ordenador. Mañana intentaría reiniciar la aplicación desde una versión anterior en otro sistema. Luego aislaría éste e intentaría averiguar qué había pasado para que la aplicación se rebelara.


El último episodio

Ivan Brankovic (Serbia)

 

El Escritor contemplaba el resplandor ámbar en la chimenea cuando tres hombres armados derribaron la puerta.

—Llegan tarde. Quemé el manuscrito hace media hora.

Los atacantes comenzaron a estremecerse y pronto recuperaron su verdadera forma, alienígena.

—Podemos recuperarlo —dijo el líder cuando la transformación se completó.

Dos alienígenas corrieron hacia la chimenea.

—No pueden —sonrió el Escritor—. Mezclé las cenizas del guion con otras cenizas y las arrojé al inodoro. Ni siquiera su avanzada tecnología alienígena puede ayudarlos.

El líder alienígena se colocó frente a él y sacó el arma.

—Entonces lo usaremos a usted para obtener lo que necesitamos.

—No pueden —dijo con calma—. Verá, esa historia no es mía.

—¿De verdad?

—La escribí, pero no es mía —se reclinó en la silla—. Al principio, pensé que la inspiración para la historia venía del alcohol y las drogas que consumía. No tenía idea de que mi historia es la biografía de un hombre que vivirá en un futuro lejano. La “voz” de mi inspiración era en realidad una ventana al futuro. No soy un escritor, soy un profeta.

—Esta es la última advertencia, entréguenos su historia. —La calma del Escritor los hacía sentir incómodos.

—Puedo ver su verdadera forma incluso cuando se ven como nosotros —sacó un cigarrillo del bolsillo, lo encendió y sopló el humo directamente en el rostro de su enemigo—. Cuando empezaron a seguirme, pensé que me estaba volviendo loco, ya saben, siendo la única persona que puede ver alienígenas en la calle. Pero después de un tiempo, pieza por pieza del rompecabezas encajó en su lugar, y entendí quiénes son y por qué esta historia es tan importante para ustedes.

—Entrégueme el último episodio o lo mataré.

—Oh, por favor, hágalo —agitó la mano—. Después de todo esto, me hará un favor.

—¿Es conciente de que el destino de todo el Universo depende de su historia? —Los alienígenas comprendieron que la situación se estaba descontrolando rápidamente.

—Bueno, quizá soy un ser humano primitivo, pero no tan estúpido como creen. La historia es importante para su imperio: quieren detener a Samson Set antes de que los destruya.

—Esa no es su lucha. Entréguenos el último episodio y nunca volverá a vernos.

—¿Saben cómo sé que esta historia no es mía?

Los alienígenas se miraron entre sí por un momento, dándose cuenta de que el Escritor iba a sacar su as de la manga y ponerlo ante sus ojos.

—Es porque olvidé la historia en el momento en que se la envié a mi editor. Tengo la historia en la cabeza solo mientras la estoy escribiendo, no antes ni después. —Su sonrisa pasó de cínica a triunfante—. Y ahora, como el último episodio se ha convertido en cenizas, nadie sabrá jamás cómo murió Samson Set; la pregunta de todas las preguntas quedará sin respuesta, como debe ser.


El arquero

Carlos Enrique Cabrera (República Dominicana)

 

Tenía la certeza de que daría en el blanco. Así lo proclamaba la leyenda desde la noche de los tiempos. De ahí su seguro y reposado continente cuando elevó el arco, lo tensó y soltó la flecha.

Pero ¡ay!, no era Guillermo Tell y ni siquiera era suizo...

La flecha se hincó en la frente del niño (su hijo) que cayó al suelo, muerto, mientras la roja manzana rodaba a su lado, intacta.


El niño del terror

Elisa Barth (Argentina/Suiza)

 

El maestro se dirigió a su alumno.

—Hans, ¿me escucha? ¡Le estoy hablando!

—¿Qué desea, maestro?

—Usted está durmiendo.

—¡Vamos! Usted lleva años en este colegio gracias a las cuotas que aportan padres como el mío —dijo Hans.

—Por favor, Hans, ¡venga!

Hans levantó un libro y lo arrojó contra el maestro.

—Pretenden que los educadores soporten todas las humillaciones —murmuró muy impresionado el educador. Lo que el maestro ignoraba era que existía una estrecha relación del padre de Hans con el director del establecimiento educativo. El padre había intentado detener a su hijo en varias ocasiones, pero el adolescente se aprovechaba de la situación, pues el director era nazi. Hans había vivido muy bien, estudiaba en los mejores colegios, aprendió idiomas, había recibido instrucción democrática. Pero en su fuero interno, el padre sentía que estaba ante una persona cruel, y ese futuro hombre despiadado era nada menos que su hijo. Por su parte, Hans estaba convencido de que su destino era ir al ejército, en vista del rumbo que iba tomando la situación, que conducía inevitablemente a la guerra.

Esperaba ansioso ese día, hasta que por fin llegó. A partir de entonces su única intención fue incorporarse a las SS, a los cuerpos de élite del Reich.

Comenzaba una nueva etapa, la guerra…

 

Hans, como su amigo Ernst, no vacilaban dar órdenes a los centinelas para acabar con las vidas de las personas que llegaban al campo. Para deshacerse de los deportados los obligaba a ducharse durante una hora para que murieran por un paro circulatorio.

A Hans ese lugar le parecía encantador, pues podía mandar al crematorio a quien quisiera. Sentía placer al quitar la vida a otros; judíos, gitanos, comunistas, discapacitados... Junto a los demás oficiales de las SS estaban a la espera de que se abriera el portón del campo por donde entraban los vagones procedentes de Berlín y otros lugares.

Hans se dirigió a su compañero Ernst, ante los ojos atónitos de todas esas mujeres abrazadas a sus niños.

—¡Verás qué espectáculo! —exclamó Hans.

—A divertirnos... —sentenció Ernst.


El traductor que quería traducir

Rafael Blanco Vázquez (España)

 

Había una vez un traductor que quería traducir. Se juntaba con un actor deseoso de actuar, un cantante ávido por cantar y un profesor ansioso por profesar. Formaban un grupo de deprimidos de la vida bastante deprimente de ver. Yo no quería verlos ni en pintura.

Un día llegó un pintor que anhelaba pintar y los pintó a los cuatro. El éxito del cuadro fue inmediato e internacional. El pintor contaba en las entrevistas que había intentado pintar una reunión de seres que sólo pretenden ser lo que ya son. Algún avezado periodista con ínfulas de sabueso le preguntó si no serían más bien unos seres que son antes de ser, a lo que el pintor se encendió su pipa, guardó silencio y no volvió a pintar nunca más.

Yo, por aquel entonces, sólo tenía una ambición: vivir. Pero no fue posible. Me moría por vivir y morí sin haber vivido. Ahora soy un muerto viviente solitario. Nunca tengo hambre y sólo me apetece salir para hablar con mi enterrador, un tipo viejísimo que, según me cuenta, de pronto fue enterrador sin haber sabido nunca que quería serlo. Él sólo sabía que quería ser padre, así que se casó, qué remedio. Su mujer le dio siete hijos. Al día de hoy los ha enterrado a los ocho, así que, me asegura, puede considerarse un hombre realizado.


¡Gatoooo!

Rubén Faustino Cabrera (Argentina)

 

Soledad acarició a Fatiga, el hermoso gato que descansaba sobre su falda y le dijo:

—Cuando llegue Facundo te bajás y te vas a pasear por ahí. No te enojes, porque sabés cuánto te quiero, pero también sabés cuánto lo quiero a él. ¡Sí, sí, ya sé que él no te quiere mucho! Celos, eso es lo que tiene. No razona que son dos cosas distintas, amores diferentes. Pero, por las dudas, como los dos sabemos que es un poco violento, aunque en el fondo es un dulce, te bajás y te vas a dar una vuelta hasta que él se vaya. ¿Estamos?

Fatiga ronroneó, levantó la cola con un leve estremecimiento cuando Soledad acarició su lomo y recordó cómo, en ausencia de ella, Facundo había tratado de acertarle, en un par de oportunidades, alguna patada que él pudo esquivar con agilidad. Así que decidió, en cuanto el novio de Soledad llegara, “tomarse el piojo” como le decía Facundo cada vez que lo veía cerca de su novia: “¡Tomate el piojo, gato! ¡Tomátelas!

Mientras Soledad subía a Facebook unas fotos de Fatiga que había tomado con su celular, Facundo estaba a media cuadra y, desde la vereda opuesta veía a Sebastián transitando la vereda de la casa de Soledad en sentido contrario, apurando el paso al verlo a él. Cruzó la calle casi corriendo pero Sebastián fue más veloz y se alejó de inmediato, poniendo en pocos segundos una distancia razonable entre él y el peligro.

—¡Gatooo! —le gritó Facundo—. ¡No te quiero ver cerca de mi novia! ¿Entendiste, gato? ¡Tomate el piojo porque te mato si otra vez te encuentro aunque sea cerca de la casa!

Fatiga saltó al suelo, salió al jardín posterior de la casa, trepó a un árbol, subió a la medianera y recorrió los techos del barrio razonando que, en cualquier casa que no tuviera perro, un hermoso gato siamés como él sería bienvenido.


El efecto de los rayos gamma 

sobre las caléndulas

Miriam Cairo

 

¿Quién es?, pregunto. Son mis amigas. Las hago pasar pero no me alegro tanto porque sé que no se irán de inmediato. Han venido a constatar el desorden del escritorio y mi cabello despeinado. Yo soy la leñadora loca que se está incendiando, pero me pongo perfume para no darles el gusto de olerme arder. Generalmente me siento más acompañada por la sombra de los árboles, aunque de vez en cuando viene bien escuchar cómo suena mi voz en medio de otras voces humanas. Preparo café y las retengo unos minutos más en el espanto. Dosifico las escenas de horror. No hablo de esqueletos ni de amantes. Creo que han venido a verme llorar pero aunque quisiera complacerlas no me sale una lágrima: soy de barro. Todo es sorprendente. No hay rayo que no caiga sobre mí. Esta realidad, a ellas les parece abusiva pero a mí me enorgullece la preferencia del infierno. ¿Cuánto tiempo se demora en beber un café? ¿Horas? ¿Décadas? ¿Qué hacen los relojes a favor de los que esperan? Para peor, no suele llover a mares adentro de una casa. Si yo fuera arquitecta proyectaría tempestades oportunas. Derrumbes bien provocados. Paredes movedizas. Pero delante de estas mujeres que no se deciden a amarme o aborrecerme preservo esta clase de pensamientos. Trato de no caer en mis caídas. Pacientemente espero que pronto se vean arrastradas hacia esa horrible fatalidad llamada la propia vida.


Anatomía del Consenso

Francisco Sol (México)

 

La historia de los seres que llamamos "Los Axiomas" no conocía las palabras; su realidad era un lenguaje de matemáticas puras y flujos de datos. Términos como "Mundo Principal" o "Anillo" son solo aproximaciones humanas para una ingeniería que va más allá de nuestro lenguaje.

El Axioma Tripulante se impulsó fuera de su nave hexagonal hacia el interior del pináculo de obsidiana. Al abandonar la ingravidez, su anatomía se desplegó con una naturalidad fría. Los Axiomas no son el resultado de la evolución azarosa, sino teoremas vivientes: poseen una simetría perfecta de cuatro lados iguales, eliminando los conceptos biológicos de "frente" o "espalda". Su exterior es una biocorteza de obsidiana, una armadura de bioaleación negra segmentada con precisión quirúrgica.

En lugar de un rostro, poseen un domo de cristal biológico transparente desde el cual perciben el espectro electromagnético completo en 360 grados. En un planeta 2G, esta base radial le permite mover sus 500 kilogramos con estabilidad absoluta. Sus cuatro brazos biometálicos operan en una coreografía independiente, permitiéndole ejecutar múltiples tareas físicas sin un ápice de esfuerzo desperdiciado.

Bajo sus pies, la "Megápolis" representa la cúspide de su ingeniería: una plataforma cuadrangular perfecta de 100 kilómetros de lado. Estas unidades se ensamblan mediante tubos de bioaleación para conformar el "Anillo", una superestructura colosal que envuelve por completo la órbita planetaria. En un mundo carente de luna, el "Anillo" cumple una función crítica como estabilizador planetario, regulando las mareas gravitatorias y protegiendo al "Mundo Principal" de desestabilizaciones que pondrían fin a la civilización.

El propósito del Tripulante era la Sincronización Total. Al conectar su brazo a la interfaz de la torre, no hubo diálogo, sino una fusión. En un microsegundo, su conciencia individual se diluyó en el billón de mentes que conforman El Consenso. A través de la red, el Axioma no solo vio la torre, sino que sintió la rotación de cada una de las miles de "Megápolis" actuando como un solo engranaje.

Vio cómo los cilindros de isótopos fluían por las arterias del planeta para alimentar los motores gravitatorios que mantenían el eje del mundo con una precisión de nanómetros. No había caos, no había desperdicio. El viaje por el vacío solo había sido una recolección de variables para alimentar la ecuación eterna. El Axioma se desconectó, no con fatiga, sino con la plenitud de una pieza que encaja en un motor infinito. El "Mundo Principal" continuó su curso, una joya de metal y lógica brillando en la oscuridad del espacio, recordándole al universo que el orden no es un accidente, es una construcción incesante.


Cada día

Sergio Patiño Migoya (España)

 

Un hombre viaja cada día en tren desde su casita en el extrarradio hasta la capital, al trabajo. En un punto concreto del trayecto, levanta siempre la cabeza del diario y mira por la ventanilla. Allí está, en medio de un campo aledaño a la vía, rodeada de verde y amapolas, cada mañana, una niña vestida con el uniforme escolar y dos lazos celestes sujetando unas simpáticas coletas. Cuando escucha el tren, la niña deja su mochilita sobre la hierba, abre los brazos y empieza a balancearse hacia los lados como un avión, como, tal vez, un espantapájaros que quisiera saludar al tren y no pudiera. El hombre siempre le devuelve el saludo aun consciente de que ella no lo ve. Es feliz en ese instante, la aparición de la niña es para él como un buen augurio con el que comenzar la jornada.

Todo cambia el día en que el hombre deja que su pensamiento lo traicione. Se plantea la posibilidad de que algún día mirará por la ventanilla y la niña no estará allí. ¡Qué terrible! Tan terrible que desde entonces, cuando el tren se aproxima al campo de amapolas, hunde más sus ojos en el diario, se prohíbe mirar afuera para poder imaginar que la niña sigue ahí, que siempre estará ahí, que el tren la deja atrás una vez más con sus bracitos abiertos al cielo y que no sea al revés, que ella lo haya dejado atrás a él, que se haya quitado los lazos de las coletas y haya seguido su camino, los brazos sabiendo ya volar.


Todo está ocurriendo 

al mismo tiempo otra vez

Ernest Hogan (Estados Unidos)

 

Un repentino atasco de tráfico detuvo el camino de Xolo al trabajo.

Las noticias en su radio pasaron de qué guerras estaban en pausa a los murales improvisados que insultaban al presidente y que reaparecían en cuanto los cubrían con pintura.

¡Igual que su primera novela! Podría jurar que oyó al comentarista de la radio decir el título: Graffitronica.

—El libro no vendió mucho —dijo un comentarista.

—Eso mismo dijo mi editor —replicó él.

Hombres corpulentos con máscaras, vestidos como agentes de inmigración, marchaban por la acera.

Xolo palpó su cartera. Su pasaporte estaba junto a ella.

—El autor, Cholo…

—¡Es Xolo!

—…García. ¿Podría estar influyendo en los manifestantes, o debería decir terroristas?

Algunos manifestantes se reunieron en una esquina.

Los agentes se dirigieron directamente hacia ellos.

—Apuesto a que las autoridades ya le siguen la pista.

Un dron apareció y se quedó suspendido justo encima del coche de Xolo.

—¡CHOLO GARCÍA! —graznó el dron.

Xolo contrajo el esfínter.

El dron flotó frente a su parabrisas, casi posándose sobre el capó.

Apagó la radio y bajó la ventanilla.

—Eh, sí.

—¿ES USTED UN LÍDER DEL MOVIMIENTO XICANXFUTURISTA?

Xolo jadeó, rio y luego se atragantó a mitad de la risa.

—¿Está bromeando? Ni siquiera sé a dónde voy.

Los agentes ya estaban hablando con los manifestantes.

El teléfono de Xolo emitió un sonido. Un mensaje de un editor: otro cuento corto había sido aceptado.

Xolo no sabía cómo sentirse.

—¿QUÉ FUE ESO?

Otro sonido. Un editor interesado en su última novela, aún inédita.

Xolo se echó a reír.

—¿SABE ALGO SOBRE LOS XICANXFUTURISTAS?

—Eh, no…

Otro sonido. Un productor de cine interesado en Graffitronica.

Se desató un forcejeo entre los manifestantes y los agentes.

—¿CÓMO SABE SOBRE LAS TÉCNICAS QUE UTILIZAN?

—¡Soy un tipo de ciencia ficción! ¡Me lo invento!

—¿ESTÁN USANDO VUDÚ AZTECA? ¿ESTÁN ALIADOS CON LOS OVNIS?

—Tal vez soy un viajero en el tiempo o el avatar de un dios azteca.

Otro sonido. Otro cineasta quería hacer un documental sobre él.

—¿Eres una inteligencia artificial alucinando o algo así? —preguntó Xolo.

Cholitas bolivianas con bombines y faldas largas patinaban por la acera.

Algo golpeó el dron y rebotó contra el parabrisas, agrietándolo.

El dron se alejó tambaleándose como una mariposa herida y se estrelló contra el mural del presidente, mientras un equipo de charras montadas, con atuendos completos de escaramuza, avanzaba entre el tráfico detenido. Los manifestantes, los agentes y los transeúntes se dispersaron. El tráfico se reanudó entre explosiones cercanas y disparos, y Xolo se alejó conduciendo.


Paralelismos

Gareth D. Jones (Reino Unido)

 

Irónicamente habían elegido ese amplio campo abierto para reducir la posibilidad de encontrarse con alguien. Habían tomado todas las precauciones imaginables para evitar paradojas. Habían teorizado acerca de los universos paralelos y lo que podría suceder si alteraba el curso del tiempo.

Lo que no habían considerado era que, a partir de ese momento, un año de Enoc en el pasado, una multitud de paralelismos habían sido creados por las innumerables decisiones tomadas en su vida. En la mayoría de ellos él había continuado su investigación acerca del viaje en el tiempo. En la mayoría de ellos lo había logrado, se había ofrecido voluntario, había elegido la fecha de su aniversario para viajar, había elegido ese gran campo abierto.

Enoc miraba ahora al campo lleno de gente, a los miles de paralelismos de sí mismo que, a su vez, se miraban los unos a los otros en estado de shock.


Caja de liendres

Paul Di Filippo (Estados Unidos)

 

—¿Quiere que abra de nuevo la Caja de Liendres?

—¡Dios, no! ¡Saque esa porquería de mi vista! ¡Haremos todo lo que usted diga!

El presidente sonrió como un empresario que acaba de hacer un gran negocio. Tomó la Caja de su escritorio, un pequeño cofre maltratado, no más grande que una impresora de fotos, y la escondió en la profundidad de un cajón abierto.

—Muy bien, senador. Ahora que nos entendemos, mueva el culo y entregue esos votos.

 

Dejé el Salón Oval, enojado y triste. Desde que el presidente pusiera sus manos en aquella Caja de Pandora, todos estábamos a su merced. Al principio nadie le había creído. Especialmente porque se la pasaba hablando de una vieja “caja de liendres”. Todos asumimos que estaba jugando con las palabras, del modo en que todos lo hacemos. Pero entonces, la realidad de la Caja nos golpeó gracias a numerosas demostraciones presidenciales. (Aparentemente, la caja había sido descubierta en una excavación arqueológica en Grecia, financiada por la Fundación Nacional de Ciencias, desde donde había hecho su retorcido camino hasta las manos presidenciales.)

Las numerosas aperturas de la Caja de Liendres nos habían obsequiado el 9/11, la Guerra de Irak, Katrina, Darfur, la masacre de la escuela Beslan, el programa nuclear iraní, y una docena de otros desastres, incluyendo la última temporada de American Idol. (Yo había visto emerger ese último horror de la Caja con mis propios ojos).

No había modo de que alguien se opusiera a los dementes planes de esa Administración, que pudiera hacerle frente, ya que se arriesgaba a la liberación de desconocidas catástrofes.

El mundo entero se encogió sin poder hacer nada.

Podría haberme sentido más feliz, aquel día, si hubiera previsto que la próxima vez que el presidente abriera la Caja de Liendres, la única cosa que se liberaría sería un accidente fatal de mountain-bike, en Texas.


Cien años de sobriedad

Franco Ricciardiello (Italia)

 

Otoño de 1956. Gabriel García Márquez llega a París desde Roma, donde está inscrito en el Centro Sperimentale di Cinematografia. Tiene 29 años y debe mantenerse alejado de Colombia porque un reportaje periodístico suyo sobre tráfico de drogas ha molestado al gobierno. Convencido de querer dedicarse al cine, frecuenta los estudios de Billancourt buscando trabajo como ayudante de dirección. Hoy debe encontrarse con un joven crítico llamado François Truffaut, que también es asistente de Roberto Rossellini.

Siguiendo las indicaciones entra en un camerino y casi tropieza con Ingrid Bergman, que se peina frente al espejo, deslumbrantemente bella como en Notorious de Alfred Hitchcock.

—¿Quién es usted? —pregunta sonriendo.

—Un periodista —interviene Truffaut detrás de ella.

—¡Perfecto! —aprueba Rossellini, marido de Ingrid; se han casado por poder en Ciudad de México porque en Italia no existe el divorcio—. Necesito un escritor para una escena, déjenme ver.

Gabriel se sienta y golpea al azar las teclas de una máquina de escribir; siente todas las miradas sobre él. Se detiene al final de la línea, la actriz aplaude como en Casablanca.

—Tiene cara de pianista huérfano —comenta Rossellini—. Yo quiero un escritor.

—Es un periodista en el exilio —insiste Truffaut.

—Tiene el bigote de Ernest Hemingway a su edad —sonríe suavemente Ingrid, y Gabriel se siente protagonista de Por quién doblan las campanas.

—Quiero un escritor francés; con ese cabello parece un camarero napolitano.

Gabriel debería ofenderse, pero está aturdido por el perfume de la actriz sueca. Truffaut se encoge de hombros y dice:

—Vuelva mañana, hay otros directores.

Él insinúa un beso de mano, camina hacia atrás, sale con la cabeza dándole vueltas. Truffaut pasa las fotos de los extras a Rossellini, que ya se ha olvidado de él.

Ingrid se acerca con sus tacones altos a la máquina de escribir, saca la hoja y lee:

El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió
todos.


Hermano

Susana Camps Perarnau (España)

 

Corríamos por todo el jardín, ¿recuerdas? Estaba lleno de escondites, unos mejores que otros, y lanzábamos bolas de ciprés que eran bombas. Tú siempre ganabas porque tenías mucha puntería, pero si me dabas en la cara mi drama de dimensiones interplanetarias atraía a los adultos. Las bicicletas eran caballos que nos llevaban de un lado para otro. Las aparcábamos junto a la comisaría o el saloon y yo podía ver realmente a mi caballo blanco esperándome, nervioso y fiel. Aunque a veces no, a veces era una bicicleta que cargaba una caja atada al portapaquetes con merienda dentro, y nos íbamos al bosque a compartir unas galletas María con chocolate. La misma caja volvía llena de piñas, piñones, y bayas que no nos dejaban comer.

El verano era largo y matabas algunas tardes leyendo. Entonces empecé a leer yo también. Leíamos tebeos viejos de papá, moteados de óxido, y algún libro de Enid Blyton que a ti no acababa de gustarte. Luego descubriste a Woodhouse. No teníamos horarios y sin embargo cabía casi todo. Hasta un poco de tiro al blanco con la escopeta de balines que alguien robó saltando la verja. Un robo instantáneo, no podíamos ni creerlo. No volvimos a dejar nada en la mesa blanca del jardín. El mundo exterior podía entrar a quitarnos de pronto lo que era nuestro. De hecho, creo que fue por entonces cuando desapareciste.


Decisión

Jorge Candeias (Portugal)


—¿Para dónde?

—Para allá.

El hombre apuntó hacia arriba. En el cielo negro lleno de lucecitas fijas, una, en la punta de su dedo, se desplazaba lentamente, a punto de alcanzar la primera luna.

—A la estación Udetes —especificó el hombre— al menos durante un tiempo. Para adaptarse a la idea de cambiar de vida y aprender más acerca de las opciones de que dispone. Después, tiene un universo entero a su disposición. Puede ir a donde quiera. Planetas, lunas, hábitats, mundos virtuales, en este sistema o en una multitud de otros. Como refugiada, no tendrá gastos. Corre todo por nuestra cuenta.

La mujer miró hacia arriba, luego ojeó de soslayo al hombre antes de bajar la mirada hacia el suelo. Ladeó su rostro, un poco, intentando ocultar el ojo negro, tan hinchado que casi no se abría. Pero nada conseguiría ocultar lo que el gesto de su cuerpo gritaba.

—Pero yo no quería... —una pausa— ¿Está usted seguro de que nada puede hacerse?

—Sí. La política de no intervención en las sociedades es absoluta. Y las leyes autorizan a su consejero a hacer lo que hizo.

—Por lo tanto, o sigo sosteniendo esto o tengo que salir del planeta…

—También puede quedarse y luchar. Las sociedades cambian. Nosotros tenemos prohibidos los cambios. Tienen que surgir de dentro.

La mujer volvió a elevar la mirada hacia las estrellas. En un reflejo, llevó la mano a la carne tierna alrededor del ojo, la tocó, se encogió de dolor.

—No  —dijo. El hombre esperó—. Si me marchara, ¿podría regresar más tarde?

—Ahora está libre. Puede hacer lo que quiera.

Sólo entonces la mujer lo miró a los ojos.

—Acepto —dijo irguiéndose. Su voz firme, como una piedra—. Pero regresaré. Esto tiene que cambiar.

 

Título original: Decisão/Traducción: Luz Darriba


Van a volver

Jorge Claudio Morhain (Argentina)

 

Van a volver los monstruos.

Van a volver, espantosos, a mostrar los dientes, a estirar los miembros, a amenazar con tocar nuestra piel, sin nunca hacerlo.

Se va a abrir esa puerta, que da al mundo de los monstruos, y varios de ellos van a entrar.

Uno grita, uno huye, pero sabe que los monstruos dejan comida. Y cuando se van, uno come.

Y después uno está solo, uno descansa. Hasta que vuelvan, otros monstruos, a desnudarlo, a examinarlo. A meterle cosas en la boca, a perforarlo.

Y después uno está solo. Mucho tiempo. Y uno puede proyectar las antenas, y desenrollar la cola. Y descansar.

Hasta que vuelvan los monstruos.


Las visiones del escriba

Giraldo Aice (Cuba)

 

Su más caro sueño era el de acotar con precisión el alma de la nación y traducirlo en palabras, para construir un espejo de signos, donde todos pudieran mirarse.

En el primer y apresurado vislumbre quedó decepcionado: todo lo que vio fue una noche larga y sombría.

Estaba a punto de abandonar el empeño, cuando oteó de soslayo unos chisporroteos como minúsculos fuegos de artificio, repartidos por toda la geografía.

Se trata, creyó adivinar, de grupos, familias y personas que expresan alegría por la simple razón de estar vivos.

Entonces, regresó a la búsqueda. Todo debe estar en las luces, se dijo.

Y, en efecto, fue distinguiendo los árboles y arbustos del espíritu, cuyas flores iluminan los rescoldos del alma de los pueblos.

De tal suerte, descubrió los faros rojos que parecían atraer y conducir a la gente hacia abismos insondables y despeñaderos.

Ahí respiró los crueles olores del dolor y la tristeza.

Pero no se detuvo.

Escudriñando a fondo, se le fue develando, como un pasto humilde pero enaltecedor, el jardín de flores verdes que iluminaban el corazón y los días de los humildes y menesterosos.

Ya sabía que la esperanza puede apagar los gritos de protesta y domesticar el corazón rebelde; pero, también, conocía de sus límites.

La esperanza huele a otros días.

Y, luego, oliendo a prosperidad, brillando como la justicia, como Dios, vislumbró, también por todo el espacio, las luces inenarrables de la libertad, que olían a certeza y a futuro.

Y armado con esa visión definitiva, ha llegado hasta nosotros, con esa sonrisa de triunfo.


La máquina del tiempo improvisada

J. J. Haas (Estados Unidos)

 

Brian Rivers terminó de solucionar los problemas de su máquina del tiempo improvisada en el sótano de su casa en Sugarville, un suburbio de Chicago, y estaba listo para probarla. Entró en la cabina, programó el cronómetro para un siglo en el futuro y pulsó el botón de inicio. El aparato se sacudió violentamente, y cuando empezó a salir humo de la consola, saltó y vio cómo todo se incendiaba. Tras rociarlo con un extintor, se dio cuenta de que, sin sus herramientas para repararlo, podría quedarse atrapado cien años en el futuro para siempre. Sin embargo, el sótano seguía igual que cuando lo había dejado, y no entendía por qué. Seguramente, algo tendría que haber cambiado en tanto tiempo. Volvió a entrar en la cabina y limpió la espuma del dial para ver qué pasaba. Por desgracia, en lugar de programar la máquina del tiempo para un siglo en el futuro, la había programado sin querer para un segundo. ¿Cómo pudo ser tan tonto? Aun así, se consideró afortunado de haber sobrevivido a la terrible experiencia y, al darse cuenta de que no había testigos de su error, decidió mantener el experimento en secreto y retirarse a tiempo, cuando aún iba ganando.


Metamorfosis de Drácula

Araceli Otamendi (Argentina)

 

Clara se levantaba cada día viendo brillar el sol aunque lloviera. Su optimismo a toda prueba la hacía tropezar con algunas dificultades prácticas de la vida diaria. Tal vez por eso, cuando se encontró con el conde no lo reconoció. Tal vez lo haya confundido con el muñeco maldito de las películas de terror que veía de chica. El conde era algo oscuro pero Clara, tal vez, no lo quiso ver. Fue así que el conde se le fue aproximando cada vez más. El conde, de a poco le iba sorbiendo la sangre a Clara. Clarita, como le gustaba llamarla, estaba cada vez más delgada. ¿Nadie veía nada? Día a día Clara se iba apagando como una vela, la luz era cada vez más débil. Cuando terminó de beber la sangre de Clara, el conde empezó a comerse la piel. Clara quedó en carne viva. ¿Nadie escuchaba nada? El conde era feroz, ávido de sangre y piel. Llegó el turno de masticar y triturar los huesos. El conde decidió finalmente terminar con Clara. ¿Nadie sentía el olor? Después de algún tiempo, alguien hizo la denuncia en la comisaría del barrio. ¿Dónde estaba Clara? ¿Alguien sabía algo? Dicen que poco después, fueron a buscar al conde a la casa. Este era un individuo de piel rosada, casi no tenía arrugas y la recepción fue cálida. Nadie pudo acusar al conde, se había vuelto una persona de lo más sociable. De Clara, se sabe ahora, queda nada más que esta historia.


La prisión

Brahim Darghouthi (Túnez)

 

Hacia el amanecer, los guardias habían llegado golpeando el suelo de la prisión con sus pesadas botas. Él se había despertado antes de que abrieran la puerta. Se sentó frotándose los ojos con unas manos que el intenso frío casi congelaba. El comandante de la unidad le ordenó ponerse de pie y él obedeció. Los hombres de la policía armada caminaban y él caminaba delante de ellos.

Cuando llegaron al patio de las ejecuciones, advirtió a un grupo de prisioneros con los pies y las manos encadenados y los ojos vendados. Pensó: «Qué numerosos son en este día invernal». Y no añadió nada más. Se había acostumbrado a su trabajo.

El comandante de la unidad le tendió un gran cuchillo y él comenzó a degollar a los hombres amontonados en el suelo, uno tras otro, invocando el nombre de Dios cada vez que decapitaba a un condenado.


El loco

Francesc Barrio (España)

 

El hombre sale al jardín por la puerta de atrás. Está desnudo y el único objeto que porta es un revólver en su mano izquierda. Es alto y delgado, algo enfermizo, con el pelo oscuro y ralo, y sus ojos muestran desesperación, quizás rendición o sometimiento, pero en el fondo guardan cierta esperanza iluminada.

El sol brilla majestuoso en lo más alto del cielo. El hombre intenta apuntar su arma al astro pero su excesividad le deslumbra y erra un primer tiro. Con un gemido, lo intenta de nuevo, la mano temblorosa, y falla de nuevo. Decidido, hace visera con la otra mano y dispara casi a ciegas vaciando el cargador. El hombre jurará después que realmente escuchó un ruido como de cristales rotos cuando todo oscureció dejando una gran luna encarnada y que el loco la recibió con una sonrisa bobalicona.


María 

Damián Andreñuk (Argentina)


Durante mucho tiempo, la planificación de su cumpleaños número quince fue una hoguera de deseos en su mente. Hablar del tema la hacía transpirar, reír, ponerse melodramática. Toda su energía pueril se concentraba en la espera de ese evento. Para ella, cada día era exclusivamente un peldaño hacia esa fecha. Pero María no anhelaba realidad, sino magia.

—Está callada. Y hace una hora que no menciona la fiesta —observó su mamá.

—¿Callada? Está casi catatónica —dijo el padre.

Faltaba poco y las ilusiones coloridas de María se habían vuelto una carga asfixiante. Como alienada, se abstrajo del sueño, las relaciones sociales, el hambre, la familia, la escuela. Hacía un año que preparaba los detalles. Ella misma se había encargado de contarlo así a sus compañeras del club. Hacía un año que se movía en el patio del colegio como una reina camino a su coronación.

La vajilla era blanca y daba un tono de luminosidad. En la cocina, aperitivos delicados, bebidas para un regimiento y una torta magnífica como un castillo pequeño. En una habitación especial, un robot de unos dos metros aguardaba para dar su espectáculo.

A lo largo de la semana previa, las manos de María no pararon de temblar.

Quizá por su belleza natural, su inocencia parecida a un milagro, la vasta riqueza de sus padres, el modo genuino en que la amaban, su habilidad para el deporte, su risa limpia, su sencillez soleada: en un pacto resentido y perverso, ninguna amistad se presentó esa noche.


Mientras los vecinos duermen

Víctor Roberto Carrancá (México)

 

Él camina doblando el césped bajo sus pies. Ella, arrastrando el vestido en la tierra mojada. Arriba llueve y abajo, el suelo bebe los charcos. Los amantes se juntan con suavidad. Primero las manos y después, los labios fríos.

Él la acuesta en el suelo y hace jirones lo que jirones ya está hecho. Acerca sus dientes al seno expuesto y muerde hasta sentir que el pezón se separa del busto. Lo siente en la lengua, duro e inquebrantable como una ostia de plástico.

Ella no grita; gime con dulzura y con sus manos busca el pene erecto. Hallado éste, aprieta con fuerza; le entierra las uñas. Largas, muy largas y filosas. Puntas de lápices. La piel se desgarra. La luna se asoma entre dos árboles despeinados. La mujer abre las piernas. Él grita y llora mientras su pulgar, también erecto, penetra con ternura el glóbulo ocular de su amante. Ella lo besa. Con los dientes desmenuza sus labios. Él grita cuando siente los testículos, duros e inflamados, crujir bajo el puño de su amante. Ella cae en el lodo, ligera y sonriente, hoja en otoño muerto. Él se encima. Su miembro lacerado entra, sale, entra, muy adentro. Ella grita, ríe sin dientes. Ellos se muerden, rasguñan, rompen.

Al final, después de varios estertores, su miembro suelta un líquido verdoso. Él se levanta. Ella también. Exhaustos, con la lengua asomada por los labios magullados, regresan a su tumba a dormir el resto de la noche.


Coincidencia

Marta Ortiz (Argentina)

 

Me despertó la súbita revelación de que todos mis males anidaban en su boca. Boca abierta para inventar. Y dentro de la boca una lengua viperina.

Todavía temblando pude ver un globo de luz huyendo en la oscuridad. No supe si se trataba de un ser vivo o de un recuerdo sólido. En el aire sólo cabía la dilatada extensión de una risa diabólica, la suya, que rebasó el espacio al par que se alejaba por un corredor de tiempo.

Me abracé a él, que dormía a mi lado. Porque lo oí gemir, lo encerré en mis brazos. El corazón se le salía por la boca y lo recibí con cuidado en el hueco de mi mano. Dijo algo, palabras sueltas que no comprendí. Los vocablos contaminaron el medio como se expande una gota de color en la transparencia del agua; ayudaron a develar el misterio que a esa altura de la noche era tangible. Como nosotros. Víctimas dilectas de la misma pesadilla, el globo de luz eligió salvarme a mí y abandonarlo a él que se entregaba al vagabundeo en aquel desierto bajo un grueso casco de estrellas maduras. El viento helado levantaba ráfagas de arena que en segundos empañaron el aire coagulado del dormitorio.

Solo la luna nueva captó esa noche, la intensa orfandad del mutuo abrazo: kilómetros oníricos más tarde, a salvo de la Erinia, a prudente distancia de las dunas que la luna lame.


Y morí

Rodica Bretin (Rumania)

                  

Reconocía edificios, anuncios, tiendas, la cafetería de la esquina, donde solía detenerme, pero las aceras estaban vacías y por la calzada no pasaba ningún coche. La ciudad parecía demasiado desierta, incluso para ser de madrugada. Caminaba rápido, escuchando el silencio antinatural; en mí despertó y creció un vago presentimiento. Pronto iba a pasar algo.

Algo muy malo.

Primero, oí un repiqueteo de garras en el pavimento. Alguien paseaba a su perro... No mires, no gires la cabeza. Aceleré el paso, pero el sonido no se quedó atrás; al contrario, se acercaba, se multiplicaba... ¿sería el eco?

No hay nadie. Lo que no ves, no existe.

Ignoré las señales de alarma de mi subconsciente y eché un vistazo por encima del hombro. Un gran danés se acercaba con paso ágil, como una bestia lanzada a la caza. Desde un callejón lateral se le unió otro, luego otros, surgidos de los pasillos, de detrás de los contenedores de basura. Cuando pasaron por delante de un escaparate los vi a la luz: no eran perros.

¿Hienas en las calles de la ciudad? ¿Se habían escapado del zoológico? Un nuevo pensamiento ahuyentó mi última pizca de cordura: las hienas no podían ser tan grandes. Venían saltando, excitadas por la proximidad de la presa, y eché a correr. Los zapatos de tacos altos me estorbaban; me los quité de un tirón y seguí corriendo como nunca en mi vida. Calle tras calle, el aire brotándome del pecho, el corazón golpeando como un gong contra el escudo óseo de las costillas, un callejón que no recordaba y, de repente, un muro de hormigón que me cerraba el paso.

Estaba en un callejón sin salida.

Por detrás, un cuerpo pesado me golpeó entre los omóplatos, derribándome. No llegué a levantarme: las bestias se abalanzaron, atacándome en un frenético tumulto. Mordían, arrancaban pedazos de mi cuerpo, y la sangre les goteaba entre los colmillos, por los hocicos arrugados. Me había convertido en un ovillo de espasmos, destrozada, devorada, pero aún viva. Garras afiladas como bisturís me hurgaban el vientre para llegar a las entrañas; las fieras me arrancaban trozos, peleándose por ellos con furiosos gruñidos. Una clavó los colmillos en la garganta de otra, una tercera me lamió la sangre de la mejilla, arañándome los labios con los caninos, y sentí su aliento fétido, apestando a cadáver, a lo que yo misma iba a ser, pronto...

El dolor me había paralizado las cuerdas vocales; ni siquiera podía gritar, solo hundirme en un pantano de sufrimiento, cada vez más profundo, hasta que la niebla sangrienta bajo mis párpados se convirtió en oscuridad.

Y morí.


Esther domina el tiempo

Graciela Falbo (Argentina)

 

Esther domina el tiempo. Aprendió a hacerlo con firmeza cuando llegó a vivir a este país. Vino con expectativas y sueños de su Liberia natal. Estados Unidos le ofreció la gran oportunidad. Esther estudia en una universidad, vive en una habitación alquilada y come arroz todos los días; con orgullo dice que el arroz es la comida de su pueblo. Pero a veces, los domingos, en la iglesia, le dan carne y ella también lo agradece. Una vez por mes llama a sus hijos por teléfono, son dos adolescentes, quedaron en Liberia con la abuela. Si Esther consigue un buen trabajo, tal vez tendrá dinero suficiente como para traerlos y pagarles la universidad.

Para conseguir ese trabajo primero tiene que terminar su carrera. No puede perder tiempo. Se levanta a las seis, estudia hasta las ocho; ocho y cinco entra en el baño. Tiene una rutina precisa, la ayudan los horarios precisos de esta sociedad donde vive. A las nueve y cinco toma el bus todos los días, nueve en punto baja a la parada, nueve menos cinco mira por la ventana a la calle, su chaqueta y su cartera están sobre el mostrador de la cocina, cerca de la salida, esperándola.

Hace dos días Esther tuvo una confusión temporal, creyó que era viernes y se lavó la cabeza, enseguida se puso a cocinar su comida para la semana. A mitad de la tarde algo sucedió. Miró la gran olla que hervía llena de arroz, sintió su pelo mojado y miró el reloj. De inmediato sobrevino la pregunta ¿Qué día es hoy? A eso siguió un súbito mareo, ¿qué día es hoy? De pronto comprendió que era jueves, quedó atónita. Solo un momento. Enseguida le subió una risa. Luego, el resto de la tarde sonrío y les contó a todos cuantos veía su equivocación. Contaba y reía, reía y reía. Nunca le había pasado y jamás le volvería a pasar. Por unas horas, distraída, se había hecho a sí misma una jugarreta. Haber dejado el tiempo suelto como el pelo de una joven la hizo reír. Que ocurrencia. Fue ese solo día. Hoy domingo a las nueve en punto salió para la iglesia, y ayer sábado a las ocho de la mañana, limpió el baño arrodillada en el piso con cepillo y detergente, le lleva una hora exacta, hasta las diez. Todos los sábados a las diez el baño queda reluciente. Ya se sabe que la vida es salvaje, que la naturaleza no tiene horarios fijos y que siempre la puede sorprender, pero Esther busca la mejor manera de domesticar el tiempo. Ya aprendió ella qué es lo más conveniente, con qué cosas es mejor colaborar.


El partido

Achim Stößer (Alemania)

 

Me había escondido entre las ruinas junto a las ratas. Pero era solo cuestión de tiempo hasta que me encontraran. Cuando llegaron, escapé; aunque los trajes protectores les entorpecían los movimientos, fue inútil.

Los interrogatorios han terminado. Lo lamento, no pude resistir. Mañana comienza la reeducación.

Podría intentar clavarme el lápiz en el cerebro (intuyo por qué me dejaron lápiz y papel), pero el trozo de lápiz es tan corto que solo arruinaría mi tímpano o mi ojo.

Me dezperte porqe en el parlante suena linda musca del pueblo. Ezta todo bien desde la reeducasion!! La dotora tenía rason. Me ziento musho mejor qe antes ... O sea antes qe me rescataran de la casa rota. Tengo que segir escriviendo para que eyos puedan ver cómo asemos progresos. Aora estoi totalmente zano y tampoco estoi muerto ni nada... Me siento como resién nasido pero por lo demas sigo ciendo el mizmo de siempre. Solo me duele el hojo y me pusieron una venda alrrededor, pero de eso tengo la culpa yo mismo con el lápis y todo eso. Lo que eyos hicieron con mi serebro no me eso daño para nada! Tenia miedo al pedo entonses. Tampoco ce mui bien qué le isieron esatamente a mi cerebro…..... Qe vazura escribía antes?!???!!! Ke estupido ke era. Disen que ahora me van a dar un lindo trabajo. Disen qe con mi talento puedo ser pintor y pintar casas viejas con pintura vlanca o de los colores bien fuertes. Es un trabajo importante porque todo tiene que verse lindo para la jente que vota al partido . Y eso es lo que ago aora también. O sea, boy a botar al partido. Claro.


Los nudos invisibles

Cristian Mitelman (Argentina)

 

En cierta calle barrial, un hombre le confiesa su amor a una mujer. La suerte, como puede ocurrir en estos casos, le es esquiva. En ese momento mira un árbol y piensa en la fortuna que tienen todos aquellos seres que no pertenecen a la estirpe humana, siempre proclive a las angustias y a lo imposible.

Pasan veinte años; tal vez un poco más. Luego de un diluvio, el hombre ve en el noticiario la imagen de cierto árbol que, al caer por los vientos de la noche, provocó destrozos en el frente de una casona. Es la misma calle; es el mismo árbol. Comprende que han estado unidos desde siempre y que aquel tronco sólo tardó un poco más en sentir la porosidad del abandono. 


El pequeño androide

Nancy Jane Moore (Estados Unidos)

 

Estoy inspeccionando el asteroide B-612. Hasta ahora he contado tres volcanes —uno aparentemente extinguido— y una planta con una sola flor. Formo parte de un equipo de millones que elabora un catálogo de todos los lugares conocidos del universo. Nada debe interferir con nuestras inspecciones. La precisión es primordial.

Se supone que este asteroide está deshabitado, pero en mi segunda vuelta a su alrededor veo a un niño de cabello amarillo. Inmediatamente levanto la mano y disparo una descarga hacia él. En el último instante reduzco la potencia para aturdirlo en lugar de matarlo. Cae al suelo.

—¿Por qué le disparé a ese niño? —me pregunto a Mimismo.

Y Mimismo responde:

—Nada debe impedirme cumplir con mis deberes. ¿Por qué reduje la potencia del disparo? ¿Y si es un enemigo?

—Mira qué pequeño es —digo.

Pero Mimismo replica:

—Yo también soy pequeño, pero soy peligroso.

Nunca antes había discutido con Mimismo. Me provoca un dolor de cabeza cibernético.

Desciendo junto al niño.

—Está claro que es un niño —digo—. Los niños no son peligrosos.

Mimismo empieza a enumerar historias de niños peligrosos, pero lo interrumpo.

Me inclino sobre el niño.

—No te mueras.

Se mueve ligeramente y luego abre los ojos.

—¿Quién eres?

Yo digo:

—Soy un inspector.

Mimismo dice:

—No es asunto tuyo.

Veo que estoy a punto de volver a discutir con Mimismo, así que le digo al niño:

—Ayúdame. —Me mira desconcertado—. Civilízame. Haz de mí alguien que no les dispara a los niños. Hazme humano.

Mimismo empieza a decir:

—Los humanos matan...

…pero lo detengo.

—Puedo domesticarte —dice el niño.

Domesticar significa «acostumbrarse a los seres humanos».

—Eso servirá —digo.

Por una vez, Mimismo no dice nada.


La muerte del traidor

Luciano Lara (Argentina)

 

El cortejo fúnebre que transportaba los restos de aquél célebre músico atravesaba a paso lento las calles de Buenos Aires. Jorge dejó la mirada fija en la televisión que transmitía en vivo el evento. Por un instante sintió ganas de llorar, pero inmediatamente recordó la decepción que había sentido catorce años atrás cuando ese mismo artista decidió destruir su banda favorita para dedicarse a hacer otro tipo de música que aún hoy, él no había logrado entender.

Una sensación de bronca se apoderó de su alma. ¿Por qué será que algunos músicos traicionan a sus fans?, se preguntó mientras miraba sin comprender cómo era posible que hubiera tanta gente en el sepelio. El odio que sentía hacia estas traiciones era tal, que ni se acordó de que seguramente algunos de sus amigos estarían muy tristes. Si hasta había llegado a comprender los cantitos que le deseaban la muerte en los recitales de otras bandas que nunca se habían corrido del rock.

Con un impulso algo acelerado, tomó el control remoto y apagó la televisión para retomar sus tareas habituales. No había motivos para sufrir.

 

Miles de años después…

Magalí cerró el libro con cuidado, sintió que una lágrima solitaria le recorría una de las mejillas. ¿Quién habrá sido Jorge?, preguntó una voz tenue en su cabeza. ¿Habrá existido alguna vez?, insistió la voz. A quién le importa, si los músicos nunca mueren, pensó mientras tocaba en la guitarra el primer acorde de “Zona de Promesas”.

 

La verruga

Gemma Pellicier (España)


Tenía en la cabeza una especie de verruga salvaje que no podía evitar rascarse con frenesí. Cada vez que lo hacía la excrecencia crecía como un junco silvestre, aunque su textura no fuera verde ni suave sino, por el contrario, rojiza y rugosa, semejante a una lija. Temía que le empezaran a nacer hijas y hojas por todas partes, así que sin sentarse a esperar en qué quedaba la cosa, se plantó audaz frente al espejo y comenzó a tirar fuerte de sí como si fuera un cable de fibra óptica. Para su sorpresa, el junco resultó raíz milagrosa. En cuanto la hubo arrancado por completo, un océano de desasosiego la colmó por dentro. Nadie quiso asomarse en todo el día por el agujero.


Pantuflas


Atzaed Arreola (México)

 

Salió a caminar en piyama sin objetivo aparente. Su andar sereno pareció molestar a las personas que pasaban junto a él. Tomó asiento en la mesa exterior de una pequeña cafetería. Pidió el club sándwich. La mesera, antes de anotar en su libretita, apuntó: Son las dos de tarde, señor. ¡Ah!, entonces tráigame huevos rancheros, dijo con una gran sonrisa. La señorita se retiró haciendo una mueca. Las personas a su alrededor dejaron sus Smartphone`s para contemplarlo. No le dio importancia, prefirió ocuparse en hojear el periódico. Cuando la mesera trajo el desayuno, el grupo de personas se había convertido en multitud. La mayoría sostenía antorchas encendidas.

Han pasado meses, la horda aún discute sobre qué hacer con las pantuflas.


Terrenos embrujados

Alex S. Johnson (Estados Unidos)

 

Un interior rancio... suburbios púrpuras con un toque psicodélico...

Jordie Kingfisher se dirige hacia la puerta, los ecos del golpe se desvanecen en el crepúsculo. Ha sucumbido a la nostalgia y ahora sigue los pasos menguantes de aquellos poseídos por ella... recordando sus heridas, las lame como un gato se lame las patas. Bajo las calles de París, las catacumbas... y lo que sea que la espere al otro lado de la puerta se siente como un espectro de sus viajes allí. Sin embargo, se siente obligada a mirar por la cerradura... el extraño es de tez cenicienta, su rostro está parcialmente oculto. Abre la puerta para soltar la cadena, la abre por completo. El extraño entra. Su rostro brilla con destellos estelares. Jordie ve a la chica que fue, la que murió en París y fue devuelta a la vida por médicos cuyas macabras habilidades, de las que se hablaba en círculos clandestinos, estaban completamente ajenas a la medicina convencional. En realidad, se enfrentaba a una sombra de sí misma, que pronto la devoraría desde dentro y reemplazaría a la Jordie Kingfisher pública.

—Tienes un aspecto peligroso —dice el espectro.

—Sí —responde Jordie. 

Una risita brota de sus labios rojos cereza, desvaneciéndose rápidamente—. Sí.


El resucitador de estrellas

Tanya Tynjälä (Perú/Finlandia)

 

El Resucitador de Estrellas es un ser abominable. Vaga con aire indiferente por las bajas esferas, guardando la oscura esperanza de encontrar una estrella herida que al caer, haya perdido su brillo.  Cuando ubica a su posible víctima, se aproxima sin mirar y finge gran sorpresa al pisotearla. La recoge cuidadosamente, le quita el lodo con un sucio pañuelo de papel y escucha comprensivo sus quejas.  Siempre son las mismas: en un mundo dominado por deslumbrantes luces artificiales ya no hay por quién brillar.

El la consuela, le seca las lágrimas, acaricia sus aristas, le habla del amor que aún no ha muerto y que se esconde en algún lugar del alma humana y cuando la estrella resucitada recupera su luz, la utiliza cínicamente como alfiler de corbata.


Desdémona

Michael Schmidt (Alemania)

 

—¡Cariño! —Resuena un repugnante chasquido. Luego, la voz aguda y estridente se oye de nuevo—. ¡Cariño!

Sam levanta la vista.

Mejillas heladas, hundidas. Piel pálida. Cabello negro recogido en dos trenzas a los lados. Su aspecto juvenil se ve arruinado por profundas arrugas bajo los ojos y una piel arrugada. La piel parece viva. Algo se arrastra bajo ella. Emerge.

Otro chasquido atrae su atención hacia el rostro de ella. Lo estudia con fríos ojos grises.

—¡Soy Desdémona! ¡Tu perdición y tu futuro!

La boca, labios finos que se entreabren. El chicle forma una burbuja. Una burbuja rosada. Se estira como una bolsa de goma caliente. Se infla, una constitución delicada con una fuerza oculta. Una prueba de resistencia, llena de tensión. El efecto, sin embargo, cambia, pero él solo se da cuenta después.

Sam observa la piel con asombro: grietas alrededor de su cuello, como montículos de tierra, un campo minado que se abre. Emergen gusanos de afilados dientes, sus bocas babeantes retorcidas por la lujuria.

Unos instantes después, sin tiempo para reaccionar, la piel rosada, como chicle, lo envuelve, aferrándose a él como una furia enamorada. Su nueva amante arde como ácido mientras lo devora.

Él perece. En el fuego de la pasión, ha llegado su fin, el comienzo de uno nuevo. Mientras la oscuridad cubre la blancura, Sam renace.


En sesión

Nélida Cañas (Argentina)

 

Él estaba sentado de espaldas a la ventana. Ella venía de atravesar un campo lleno de ratas, que lo devoraban todo. Le dijo que no encontraban la forma de exterminarlas. Que había soñado o imaginado, quién sabe, que una mujer las mataba con un hacha. Él le pidió que le dejara su cuaderno de notas. Ella le quitó unas hojitas sueltas y unas flores secas y se lo dejó. No había escrito ni una palabra del tormento que había vivido.


Garimpo

Melisa Cancio (Argentina)

 

Le dijeron que allí se podía "hacer la diferencia", que el dinero se ganaba fácil, que no era para débiles, que había que tener temple y ambición. El calor no era problema, el agua nunca faltaba y con un par de duchas al día se trabajaba cómodamente.

Mamina la cuidaba: le daba dos días libres a la semana y ella era feliz distendiéndose en charlas ociosas y recuperando las horas que le robaba al sueño en sus jornadas laborales.

Tumbada en la hamaca, notó que era el sonido de un grillo lo que no la dejaba dormir; se levantó, tomó una revista y con un hábil gesto, le asestó un único papirotazo. Estaba limpiando con el dorso de la mano los restos adheridos cuando se dio cuenta de que no se trataba de un insecto típico (¡justo ella, que había destacado en las clases de biología!): era una criatura de no más de una pulgada, con un pelaje fino y rosado, cuatro extremidades con dedos delicados y un rostro gracioso, casi con la expresión sonriente de un perezoso. Esto fue el abismo para ella; rompió a llorar desconsoladamente por la extraña criatura, por sus padres y hermanos, por el tipo que la abandonó, por la miserable vida en ese planeta lejano y por el olor y las marcas que los viciosos monos dejaban en su cuerpo.


Laboriosidad milanesa

Giulia Abbate (Italia)

 

Robaron en el galpón de logística, el del padre de Ivo.

Hace tiempo le había dicho a Ivo que instalara una alarma, pero él nada, que es un gasto importante y la mercadería permanece allí muy poco; las empresas pasan a retirarla casi enseguida.

Saltaron la cerca, derribaron el muro con el autoelevador del padre de Ivo y se llevaron los tres pallets de teca. Yo le decía a Ivo que no dejara las llaves del autoelevador en la oficina; forzar la puerta lleva un instante y el llavero está ahí, bien colgado.

Pero la oficina no tiene ningún daño. Yo le dije a Ivo: rompe por lo menos un vidrio, haz algún destrozo, porque esos gitanazos, cuando te roban, no golpean la puerta y dejan todo prolijito.

Pero él, ni alarma ni vidrios rotos. A los policías les importa un bledo, pero a la compañía de seguros no le importó un bledo, precisamente. Y ahora estamos así: adiós al trabajo con el padre de Ivo, adiós a la indemnización y adiós también a la teca, que, después de todo, al revenderla por izquierda también nos alegró bastante las vacaciones.


El esperador de muchachas

Diego Muñoz Valenzuela (Chile)

 

El esperador se instala en las esquinas tumultuosas del centro comercial de la ciudad. Los años cargan sus espaldas de achaques, arrugas, canas y falta de garbo. Sin embargo, aún se viste con toques juveniles: un pañuelo de colores arrollado al cuello, una chaqueta de cotelé, zapatos terminados en punta. Se ubica frente al paso de cebra a esperar las muchachas que corren cuando el semáforo está a punto de cambiar. Así por un instante imagina que corren a sus brazos, arrobadas de amor, totalmente rendidas. Sonríe, cierra los ojos, encantado, y las muchachas pasan a su lado, sin verlo.


Angela

Lorenzo Sartori (Italia)

 

Un ruido sordo, seguido de otro, más prolongado. La escalera cruje bajo unos pasos vacilantes. Angela ha colocado la mesa delante de la puerta, pero sabe que no bastará para mantener al monstruo afuera. Por eso aprieta bajo la almohada un cuchillo afilado que tomó de la cocina. ¿Será suficiente para detener a su padre, para mantenerlo lejos?

No quiere que vuelva a tocarla, que se meta otra vez en su cama con ese aliento que huele a alcohol y a vómito. Que la obligue a hacer lo que una niña de once años nunca debería hacer, y mucho menos con quien le dio la vida.

Los pasos están cada vez más cerca. Un silencio sofocante se acumula al otro lado de la puerta. Puede oír su respiración, sentir su hedor. El chirrido del picaporte. Sus maldiciones y los gemidos de su madre en la habitación contigua.

El hombre derriba la puerta y cae rodando dentro del cuarto. Cuando se incorpora, una sonrisa deforme se extiende por su rostro.

—Ven, pequeña —le dice, como si hubiera entrado para arroparla.

Pero Angela aprieta con fuerza el cuchillo. El hombre avanza sin preocuparse, con una mirada casi compasiva.

Quizá me perdone. Si guardo el cuchillo, me perdonará.

Angela vacila un instante y, con un movimiento fulminante, él le arranca el cuchillo de la mano y luego la bata, esa bata que mamá ya ha remendado tantas veces.

Angela rompe a llorar como una niña. Es una niña.

Entonces él le da una bofetada que la arroja fuera de la cama, casi sin sentido. Un instante después la envuelve con su aliento.

Y de pronto, el hombre empieza a sollozar, a gemir y, finalmente, a escupir sangre.

Angela no recuerda cómo terminó aquel cuchillo entre los dos. Pero sí recuerda el mango clavado en el vientre de su padre. Recuerda aquellos ojos claros apartándose de ella, como si hubieran sido llamados de regreso al infierno.


Una fiesta

Niels Hav (Dinamarca)

 

Salí a caminar por Wenling al caer la tarde. La temperatura rondaba los cero grados. Entonces empezó a nevar. Por dentro me sentía completamente sombrío. A lo largo de las veredas llenas de baches había puestos, cocinas callejeras y un incesante ir y venir de chinos de todas las edades; un embotellamiento de peatones, automóviles, bicicletas y ciclomotores. Nevaba; grandes copos húmedos descendían espesos desde el cielo gris. El invierno había llegado a Wenling. Aquí y allá, grupos de hombres se sentaban alrededor de braseros jugando a las cartas mientras la nieve caía sobre las calles llenas de baches de la ciudad. Caminé sin rumbo; me detenía a observar. Una gran nevada había llegado al continente chino.

Me detuve junto a un brasero y saludé a los jugadores de cartas, gente alegre, mientras mujeres y niños iban y venían ocupados en sus quehaceres. Me recibieron con gran cordialidad: me ofrecieron té y me acercaron un banquito. No podíamos conversar porque yo no hablo chino, pero nos reíamos juntos. Nevaba. Bebíamos té y observábamos las cartas. Los hombres se reían de las bromas de los demás y también de mi torpe presencia. Yo parecía haber caído de otro planeta. Nevaba, y la calle enfangada se fue cubriendo de un blanco de merengue surcado por negras huellas de autos y ciclomotores. El té era especiado y fuerte; del brasero ascendía un aire cálido. Reíamos juntos. Ellos se reían de mí y yo me reía con ellos, de mis absurdos viajes de un lado a otro. No creo que se sintieran pobres: tenían teléfono, televisión, una cama. Vivían en habitaciones sencillas, rodeados de familiares y amigos. Tal vez guardaban algún pequeño anhelo, un sueño desmesurado y unos cuantos secretos; ¿qué podía saber yo? Sin duda me veían como un tonto inofensivo. Quizá un desdichado, fracasado incluso en mi condición de vagabundo; ni siquiera reconocía las cartas. Pero me permitieron sentarme con ellos mientras el invierno llegaba a Wenling. Me permitieron entrar en calor junto a su fuego, recobrarme, ser, al fin y al cabo, un ser humano. Reíamos, bebíamos té, fumábamos, nevaba; era una fiesta.


La penúltima hilera

Carlos María Federici (Uruguay)

 

Durante cuarenta días y cuarenta noches, ciento veinte fornidos esclavos nubios, en turnos de a seis, cargaron a Asur en su orna­men­tado palanquín hasta la misma cima. Al gran rey le parecía rozar las nubes con el ápice de su corona, relu­ciente de piedras preciosas. Alzó la arrogante testa y ordenó:

—¡Más brío! ¡Ya casi llegamos!

Los capataces azotaron las sufridas espaldas de los esclavos, que se afanaban, al límite de su resistencia, en colocar hilera tras hilera de ladrillos, en espiral ascendente.

De pronto el trabajo se detuvo. Un silencio ominoso cayó sobre la escena, y la mira­da relampagueante del monarca fue rubricada por el trueno de una exclamación airada:

 —¡¿Qué significa esto, perros?! ¿Por qué se han detenido?

Reuniendo a duras penas el coraje, el jefe de obras se atrevió a decir:

—Se agotaron los ladrillos, mi Señor. Y no queda argamasa. ¡Pero inmediatamente hago que traigan todo!

El ceño del Supremo Regidor se frunció en un rictus de cólera:

—¿Qué es esto, insolente? ¿Te atreves a hablar en jerigonza con tu Rey?

Sacudido por espasmos de pánico, el otro apenas logró musitar:

—No… os comprendo, mi Amo y Señor… ¿Q-qué habéis dicho?

…Al pie, reinaba el caos. Y arriba, en el cercano pero todavía inaccesible cielo, se oyó algo así como un inmenso suspiro de alivio, que, cual huracán devastador, arrasó, al menos por el momento, con otro de los locos sueños de la Humanidad.


Ser McGruder

Tony Kitt (Irlanda)

 

—Lo siento, señor McGruder, su solicitud ha sido rechazada —me dijo un cajero del banco cuando empecé a acercarme.

—Pero yo...

—Me temo que no podemos darle el equivalente a trescientos dólares en monedas de un centavo: sencillamente no tenemos suficientes. En cambio, le daremos la misma cantidad en monedas de cinco centavos.

—¡Disculpe, pero yo no soy McGruder! Y no quiero monedas; vine a cobrar un par de cheques de viajero...

—¿Ha visto el sistema de visualización situado encima de la entrada? Está conectado a nuestro programa de reconocimiento de rostros y deseos, y dice claramente que usted es McGruder, peluquero de gatos, y que quiere trescientos dólares en monedas de un centavo... Está bien, se lo facilitaremos: le daremos además tres latas de Whiskas. ¿Qué le parece?

Me imaginé alimentando con Whiskas a los gatos callejeros del barrio y después arrastrando pesadas bolsas de monedas por toda la ciudad, y ninguna de las dos cosas me resultaba atractiva.

—Le demostraré que no soy McGruder. Le enseñaré mi pasaporte —dije, y metí la mano en el bolsillo.

Hubo un instante de conmoción y, acto seguido, todos los empleados y clientes del banco me apuntaron con sus armas. ¡Hasta un niño pequeño me apuntaba con su pistola de juguete!

—No queremos problemas, señor McGruder —dijo el cajero—. Le sugiero que retire la mano del bolsillo, muy despacio; después, tome las bolsas de monedas y la comida para gatos y márchese. Nosotros nos limitaremos a descontar trescientos dólares de su cuenta.


El hombre bomba


Ana Cristina Rodrigues (Brasil)

 

Marte, Metro de Nova Escocia, 05:30 Hora Patrón Tierra

 

La luz de la estación, artificialmente controlada, era un alivio para los ojos cansados de Lenora. Veinte años viviendo en Marte, y aún no estaba acostumbrada a los tonos rojizos de este extraño mundo.

Trabajaba al aire libre, en los grandes campos de soja transgénica, sustento de las colonias. No le importaban las protestas de algunos grupos radicales, defensores de la pureza genética de la naturaleza sin interferencia humana. Hacía su trabajo, y que los retrógrados rugieran.

Notó que el hombre a su lado estaba cubierto por un abrigo grueso, y cargaba una maleta que parecía pesada. Intrigada, Lenora intentó adivinar lo que habría allí dentro. El desconocido percibió su gesto y giró en su dirección. Un movimiento, y un arma apareció en su mano.

—Es una bomba, para destruir tus preciosos campos de soja.

En pánico, Lenora no supo qué hacer. Tal vez lo más sensato fuera esperar la actuación del personal de seguridad del metro. Las cámaras deberían estar grabando todo, con audio y vídeo, y en breve alguien la ayudaría. Mientras tanto, se dedicó a distraer el eco-terrorista, no fuera que intentara algo.

—¿Así como así? ¿Por qué?

—Se creen muy despiertos, modificando la Obra. Les vamos a demostrar que somos mejores... Los que aman la Naturaleza triunfarán sobre ustedes y sus viles estratagemas.

La científica, sin quitar los ojos del arma, intentó calmar al sujeto. 

—No es así, podríamos hablar sobre eso y...

—¡Demasiado tarde! En cuanto pase el próximo tren, el destino de esas plantaciones estará sellado.

Para alivio de Lenora, una voz grave resonó en la estación vacía.

—Suelte la maleta. Somos de la Policía Metroviaria. Tenemos orden de disparar, si es necesario.

Un escuadrón entero, veinte oficiales armados. Todos mirando el terrorista con ojos duros. El corazón de la mujer volvió a latir, y ella sonrió aliviada, en triunfo.

A sus espaldas pasó la formación, sin detenerse. Probablemente había sido avisada del tumulto. A Lenora no le importó, llegaría con atraso, pero el loco sería detenido. Por eso le extrañó cuando el sujeto comenzó a reír a carcajadas, con un sonido alto, como si hubiera enloquecido.

Los guardias se contemplaron entre sí, con la mira aún puesta en el sujeto. De pronto, un eco sordo sonó a lo lejos y al mismo tiempo que la voz del jefe policial. La carcajada aún retumbaba, burlona, tapando la voz del oficial, que cuando terminó la comunicación miró a su alrededor, espantado. Su tono era bajo.

—El metro acaba de explotar debajo de la principal plantación de soja del planeta. Parece que, gracias a que no se detuvo aquí, los terroristas consiguieron calcular exactamente el momento que produciría el mayor estrago.

Sin parar de reír, el loco abrió la maleta, de donde cayeron una infinidad de porotos de soja. Fue la última cosa que Lenora vio antes de desmayarse.


Pérdida

Danijela Trajković (Serbia)

 

He vuelto al pueblo. Y, por supuesto, siempre es mi tía la primera con la que me encuentro. Nos vemos afuera. Me invita a entrar en la casa. Ella se aleja. Yo me quedo. Miro alrededor.

Allí está su cocina de leña, al aire libre. Todos los veranos cocina allí. Solo que esta vez la cocina está, extrañamente, demasiado lejos de la casa.

Abro el horno.

Dentro hay una canasta repleta de rosquillas bien esponjosas, espolvoreadas con azúcar impalpable. Sí, ¡ellos siempre han sido de buen diente! Tomo una para comerla. Estoy comiendo algo que, de algún modo, también me pertenece porque la rosquilla está hecha con la harina que proviene de nuestros campos.

Miro hacia la casa. Un prado nos separa. Afuera están sentadas dos mujeres del pueblo. Mi prima también está allí con sus hijos; ha venido a visitar a sus padres y a su hermano. En la puerta de la casa aparece su hermano. ¿A quién visitar primero?

Me siento, nerviosa, en un banco viejo y destartalado que parece empeñado en arrojarme al suelo. Entonces siento el pinchazo.

Doy un salto. No será por el clavo oxidado, ¿verdad? ¡Qué alivio! No hay sangre.

Pero tampoco hay dedo.


El ojo

Beatriz Hausner (Canada)

 

Se dio cuenta de que ya había estado antes frente a aquel umbral en el mismo instante en que pulsó el timbre. Inclinó la cabeza para intentar recordar la fecha exacta, pero perdió de inmediato la concentración al oír unos pasos que se acercaban desde el otro lado de la puerta. Se aproximaron y luego se detuvieron.

Algo se agitó en su interior.

Lo reconoció enseguida por su manera de respirar, al mismo tiempo medida y salvaje. En realidad, sus sonidos eran más bien ferales, como los de un gran león cuyo rugido contenido se expresara a través de los demás sentidos. Además, el humo que se elevaba de su cabello lo delataba.

Solo la puerta los separaba.

Un gemido apenas contenido brotó de lo más hondo de él mientras los rayos de sol que emanaban de su cuerpo comenzaban a filtrarse por las rendijas de la antigua y pesada hoja de madera.

Él se permitió sentirse verdaderamente vivo y bajó el cuerpo hasta la cerradura.

—Te veo —dijo. Su voz profunda terminó de hacerlo real para ella.

Así supo que su ojo se había posado detrás de la vieja cerradura oxidada y que ahora la observaba a la altura del vientre. Al tomar conciencia de ello, llevó una mano a su abdomen y, con un dedo, dibujó un intrincado arabesco, como si quisiera señalarle el camino hacia la fuente de su amor por él.

—Hace mucho tiempo que nos concibo aquí —dijo, atrayendo deliberadamente su mirada hacia el ombligo.

—Al menos cuarenta años. Porque, si alguna vez hubo una competencia, tú la ganaste conmigo. Por completo. Y eso ocurrió hace mucho más tiempo que esos cuarenta años —respondió él desde el otro lado de la puerta.


Vendrá la noche

Denise Bresci (Italia)

 

«Porque la noche es oscura y está llena de terrores». Esa frase recurrente de Juego de tronos siempre acudía a su mente cuando contemplaba la oscuridad a través de la ventanilla o cuando, desde el interior de la casa, al mirar hacia afuera solo veía su reflejo borroso sobre un fondo negro. A veces la sentía con más intensidad; otras, con menos. Pero sabía que era cierta y que siempre lo había sido.

Recordó los días que acababan de pasar, la excursión al parque megalítico.

Habían pasado toda la jornada en el bosque, juntos, un grupo de personas que caminaban en silencio entre árboles antiquísimos: árboles tan viejos que en sus ramas podía sentirse el peso de los siglos, recorridos por enormes hormigas –mundos enteros ocultos en sus grietas–, con troncos de corteza rugosa; musgo, líquenes y hojas, un universo completo contenido en cada árbol, la historia de la humanidad desde que el hombre, siendo aún un niño, construía casas con piedras y esculpía rostros y pechos en las rocas.

Después descendieron hasta el río, oscuro y opresivo. Allí abajo, en la garganta, una corriente fría, espumosa y cortante se abría paso entre los altos paredones, lejos del verde apacible, brillante y dorado de los castaños, lejos de los prados cubiertos por los suaves erizos del otoño pasado. También allí encontraron algo antiguo, porque era el lugar donde se depositaba a los muertos. Entonces la angustia de siempre, adormecida en el bosque, volvió a aflorar.

Regresaron entonces a los castaños y a la cálida luz del sol entre las hojas, antiguas y siempre nuevas; a los grandes troncos, a la claridad, a la fuerza luminosa del verde, para deshacer, aunque solo fuera un poco, aquel nudo oscuro.

Y por la noche, aunque hubieran transcurrido miles de años, hicieron exactamente lo mismo que aquellos hombres megalíticos: se sentaron unos junto a otros –con café, vino, té, infusiones o cerveza–, sonrieron, se miraron a los ojos y cantaron en voz alta, juntos, sus historias. Porque la noche es oscura y está llena de terrores. De verdad.


Pasaje a Nínive

Patricio G. Bazán (Argentina)

 

Jonás despertó gradualmente, pero decidió no abrir los ojos. No por miedo concreto a algo, sino por una especie de convencimiento interior sobre una regla que debía seguir, como un juego o desafío. Tumbado en posición fetal, aparentemente podía mover brazos y piernas sin dificultad. Le dolían un poco las articulaciones (artritis, nada raro), pero le extrañó yacer sobre ese suelo húmedo y desparejo: hacía años que no acampaba ni dormía al sereno. Podría haber abierto los ojos, pero su orgullo deportivo se lo impedía: quería resolver el misterio, recordar cómo llegó a esa situación. Además, temía no poder abrirlos, o descubrirse ciego. Olisqueó el aire, familiar e incatalogable. Probó sus oídos, silbando y chasqueando los dedos dos o tres veces, guiándose con cada eco, analizando el sonido recibido. Sonaba a reducto no muy amplio, pero alto de techo, como una gran termitera con una abertura superior. Pequeñas gotas de algo tibio aterrizaron sobre la cansada frente, resbalando a lo largo de las innumerables arrugas del rostro. Estaba preguntándose qué sería aquello, cuando un soplo de aire denso y cálido se estrelló contra su nuca, y supo que esa caverna estaba viva. Alzó la cabeza, con esa elegancia hermosa, inútil y final del capitán que se hunde con su nave rota, y entonces sí, ignorando el escozor que le producía la sal de sus lágrimas, abrió bien grandes los ojos. Ese fue el primero de los tres días.

 

Nunca pasa nada

Heiko H. Caimi (Italia)

 

En algunos pueblitos, durante el verano, nunca pasa nada. Los días transcurren lentamente entre el calor, las moscas y los ancianos sentados a la sombra, viendo cómo el tiempo se consume.

En la plaza había siete niños jugando al fútbol. Tendrían siete años, más o menos. La edad en la que rompes un vidrio de un pelotazo y luego huyes riendo. La edad en la que todavía crees que los adultos saben algo.

Llegó otro niño. Indio. Delgado. Educado. Preguntó si podía jugar.

Uno de ellos le dio un puñetazo. Los demás se echaron a reír.

Luego alguien le dijo que debía volver a su país. Otro dijo que apestaba.

El niño los miró sin comprender. Parecía más sorprendido que asustado. Como alguien que abre una puerta esperando encontrar una habitación y se encuentra con un muro.

A pocos metros había una mujer. Observó la escena durante unos segundos. No parecía escandalizada; tenía la expresión vacía de quien presencia algo que considera normal.

Al cabo de un rato, el niño indio se marchó.

Los demás volvieron al partido. Uno gritó:

—¡Pásala!

Otro lanzó una blasfemia que probablemente había aprendido de su padre. El balón golpeó un banco y rebotó hacia atrás.

La mujer encendió un cigarrillo.

Desde una ventana llegaba el sonido de un noticiero. De un bar cercano venían las voces de unos hombres que discutían sobre los temas de siempre: inmigrantes, impuestos, fútbol, gobierno. Todo mezclado, como siempre.

El partido continuó hasta que cayó la noche. Después, los niños regresaron a sus casas para cenar.

Otro día igual acababa de consumirse.


Magia

Rolando José Di Lorenzo (Argentina)

 

Extasiado frente al fuego los vi, bailaban detrás de las llamas y era una maravilla. Lo hacían casi flotando, abrazados y mirándose con una sonrisa dulce; bailaban como nadie. Ginger y Fred, giraban en un jardín en blanco y negro. Caminaban los senderos, saltaban los canteros florecidos. Subían y bajaban por los bancos de la  plaza. La magia estaba allí, con ellos y conmigo. “Dancing in the dark”, todavía sonaba y yo seguía embelesado ante ellos. De repente todo cambió cuando cesó la música. Las llamas seguían jugando en la estufa, solo que yo comencé a recorrer otro sendero. Sabiendo que no era fácil de transitar. Parecido al sendero amarillo de Dorothy, brillante, enmarcado por flores de colores y árboles robustos. Solo que ahora, se dejaban ver oscuros personajes escondidos en los arbustos y monstruos que se descolgaban de las ramas. La magia ya no estaba, no hay lugar para ella en la vida cotidiana.  No se canta ni se baila por las calles y menos si está lloviendo a cantaros. No se juega con el paraguas, ni con los pies en los charcos, salpicando policías bonachones. Ésa era la magia de Hollywood. En mis calles, cuando llueve me refugio y si por casualidad llegara a encontrar un policía y lo salpico saltando en un charco… mejor ni pensarlo.


El pueblo del puerto

Édgar Omar Avilés (México)

 

Luego del tsunami, en el pueblo del puerto hay sirenas peinándose en las bañeras, otras nadan en el fondo de los vasos de tequila, los conductores las ven reflejadas en los espejos retrovisores, las amas de casa las encuentran al abrir una lata de sardinas; en la radio la cumbia se interrumpe y se escucha el enigma de sus cantos, los niños las descubren jugando escondidillas, el párroco asegura que en las noches de lluvia un ejército de ellas va a la iglesia y seduce a los ángeles.

Luego del tsunami, el pueblo del puerto quedó sumergido, y a las sirenas les aterra que los fantasmas humanos persistan bajo el mar.

 


Inmunidad

Juan Pablo Goñi Capurro (Argentina)

 

Ámbar acorrió la mampara vidriada y se expuso al baño diario de contaminación. La piel cubierta de crema Tait se fue cubriendo de una capa gris. Notó la interacción de los pulmones con el smog. El cabello se engrasó en minutos. Aprovechó para observar los balcones de la comunidad. Era la única en embeberse de fluidos y gases tóxicos, las mamparas vecinas estaban cerradas, protegidas por las cortinas dobles que ámbar olvidaba bajar día por medio.

El inicio de la tos funcionó como alarma, suficiente exposición. Cerró la mampara y bajó la cortina. Tosió camino al baño, la tina estaba preparada con sales refrescantes y colonias revitalizadoras. Se hundió con lentitud en el agua cálida, sumergió la cabeza y remojó las raíces del cabello. Luego la apoyó en el cojín masajeador. Los análisis no habían salido tan bien, los baños de contaminación le estropeaban el PH y su capacidad pulmonar estaba reducida en un ocho por ciento. 

Pagaba el precio gustosa, el día que fallara el sistema central y quedaran todos en contacto directo con el ambiente exterior, sería de las pocas que sobrevivirían a la ingesta masiva de contaminantes. De nada serviría la protección de mamparas y cortinas sin el funcionamiento del sellador. Los vehículos cerrados quedarían sin energía, resultaría necesario para acceder a los puestos cruciales de la administración.

En dos, tres días a los sumo, perecerían los ciudadanos que confiaban en el sistema que los mantenía aislados de los contaminantes. Y el sistema fallaría pronto. Ámbar y otros veinte conjurados se encargarían de que ello sucediera. Y en una semana, como mucho, estarían instalados en el centro de control, encargados del nuevo gobierno.

 

En la ciudad vacía

Lewis Shiner (Estados Unidos)

 

En la ciudad vacía, suenan los teléfonos. Contestan las máquinas.

—Para dejar un mensaje, por favor, marque el “uno”.

(Pausa)

—Gracias por su interés. Por favor, escuche todo este mensaje porque las opciones han cambiado.

Los ordenadores están llamando a las grandes empresas de Internet para demandar cortinas nuevas para sus talleres; están encargando videos y éxitos clásicos; están reenviando los e-mails más graciosos. Prosperan los negocios en la ciudad vacía.

Las casas resuenan con la risa de las comedias de la televisión. Todas son reposiciones, todas son los programas preferidos.

Las carreteras de la ciudad están llenas de coches, camiones, todoterrenos. No se mueven, como siempre.

Hoy el aire es un poquito más fresco que ayer. Por un momento, el sol casi rompe las nubes.

En un callejón de la ciudad vacía, una paloma de luto arranca un poco de piel humana para llevar a su nido.


Borges y Calvino

Gerardo Horacio Porcayo (México)

 

—Imagino que también eres parte de mi castigo —le dijo Borges a Ítalo—. Tus galas anuncian algo más que una ducanía.

—Quizá algo menos, maese. He sido condenado a extender el infierno.

—Un castigo en verdad creativo. Un agregado para torturar mi consciencia.

—No es esa la razón de mi visita. El amo de estos dominios ha reconsiderado tu condena.

Los carceleros liberaron a Borges del volumen de arena, de sus grilletes y cadenas.

—Compartirás mi destino. Mi tarea es describir las invisibles ciudades del infierno, para dilatar su fuero.

—Y la mía, ¿acaso sea contar a detalle los pormenores de Tlön y Orbis Tertius?

—Tú lo has dicho... De nuestro resultado depende la calidad de nuestro premio.

Y cabalgaron juntos hacia oriente, hacia la senda de bifurcados senderos.


La parábola del laberinto

Víctor Lowenstein (Argentina)

 

Un sujeto extraviado dentro de un laberinto de altas y macizas paredes de piedra se topa con un anciano que meditaba sentado sobre una roca.

Le pregunta: ¿llevas mucho aquí?          

El otro responde: “ya ni recuerdo…”

El joven quiere saber si el viejo ha intentado escaparse alguna vez. “Jamás”  —le confiesa—. “Si estoy aquí ha de ser por algo y acepto mi destino”.

El joven lo increpa e insulta y le llama pusilánime. Pacientemente el anciano lo escucha y al final pregunta: “¿acaso recuerdas cómo llegaste aquí?”

El joven hace memoria, se desespera y sufre un instante de inexplicable crisis tras lo cual se lanza en loca carrera hasta perderse en los meandros del laberinto. El viejo cierra los ojos y continúa meditando. 


Nadie molesta a Daniel

Luis Saavedra (Chile)

 

Nadie molesta a Daniel. Es una de las cosas que le gustan de su vida porque le ahorra los insultos como “tarado” y “mongólico”. Lo que más le gusta es abrir ventanas a las mañanas de primavera. Dejar que el aire frío y el sol cálido le llenen de besos el rostro. Sea invierno o verano, siempre puede tener una mañana de primavera.

Le gusta observar desde el jardín la gente y los autos que pasan fuera de la verja. Es tan invisible entre los rosales silvestres y las enredaderas que crecen abandonadas... Cuando alguien le mira por casualidad, oculta la cara y musita la Palabra. Abre la ventana y es primavera, y Daniel ya no está.

Daniel tiene un buen corazón que es gigantesco como un mundo. Hay tanto espacio para jugar y traer perritos sin dueño... Porque cuando ve uno que se muere, con hambre o con frío, basta decir la Palabra y ahí va el perrito hacia su corazón. Hacia la primavera paralela que queda adentro.

La mamá es una vieja que no ha tenido suerte y tiene una mirada de pobreza frustrada y furiosa, trabajando aquí y allá sin mucha fortuna. Es una sombra ausente de la que Daniel huye porque termina pegándole. Ojala la mamá pudiera saber. Ojala la pudiera traer a su gran corazón como a sus perritos.

Cuando se llora, hay que decir la Palabra. Abrir la ventana a la primavera y ver que todos sus perritos están ahí. Daniel es feliz de nuevo.


Ya no se ríen

Artemis Kelosaari (Finlandia)

 

Hace quince años, se reían de nosotros cuando aprendíamos las habilidades de nuestros padres. Más aún cuando finalmente dejamos atrás las ciudades y nos fuimos a los bosques del este, a instalarnos en las chozas abandonadas de nuestras familias.

Esa era nuestra generación. Lo daba todo por sentado. Sin embargo, mis amigos y yo éramos los hombres que pensábamos más allá del horizonte.

Cuando me casé con mi mejor amigo, el heredero de la finca vecina, me entregaba apasionadamente a su cuerpo cada noche. Para continuar nuestro linaje, hicimos todo según los antiguos rituales. Y finalmente, ocurrió un milagro.

Ahora tengo a mi propio hijo en brazos. Un representante de una nueva generación que no recuerda el mundo colapsado y su división de sexos. Mi esposo sonríe, aunque sufre por el parto.

Teníamos razón cuando nos fuimos. Y la tenemos ahora.


Al final del camino

Juan Pomponio (Argentina/Italia)

 

Un hombre con un sombrero de paja caminaba por un sendero cortando la profundidad de los cerros azules. Se dirigía a la aldea de Humukena, donde sabios campesinos habían desarrollado, por intermedio de diversos injertos, una clase de planta cutos frutos eran bombillos eléctricos, los que eran utilizados para iluminar la comarca. En el rostro barbudo y anguloso del hombre se notaba el cansancio de trajinar caminos. Al llegar frente a un campesino que araba la tierra con una yunta de bueyes, habló:

—Busco a Muela de Gallo.

—¡Sooo! —gritó el campesino frenando a los animales. Lanzó un eructo y respondió—. Seguro que anda destilando sus pociones. Vive allí —agregó señalando una casa de tejas negras.

El hombre se quitó el sombrero, saludó al agricultor y se marchó hacia la casa. Luego de andar unas cuadras estuvo frente a una puerta de madera. Golpeo el dragón plateado que tenía como aldaba y espero unos segundos. De pronto apareció un anciano que flotaba, descalzo y en harapos.

—Hace mil años que te esperaba —dijo Muela de Gallo—. Pasa.

El hombre ingresó a la casa y sintió la presencia de seres luminosos. En el cuarto había botellas de cristal, tubos de ensayo, redomas de arcilla etiquetadas, y afuera, bajo un mango frondoso, un viejo alambique. Muela de Gallo llamó al viajero. De un arcón tallado en madera extrajo una botella que contenía un líquido dorado. Se la entregó.

—Sólo funciona si se comparte —dijo observándolo con ojos sin tiempo.

—¿Qué es?

—El elixir de la felicidad.


El hombre de Andrómeda

Pasi Karppanen

 

Nadie le creyó a Will cuando dijo que se había encontrado con un hombrecillo de la galaxia de Andrómeda de camino a casa.

«Los amigos imaginarios son bastante normales a su edad», había dicho la enfermera de la escuela, y todos olvidaron el asunto. ¿Cómo iban a saber que el hombrecillo había sintonizado su forma astral con la longitud de onda exacta de las ondas cerebrales de Will?

Pasó el tiempo y Will creció. Sus ondas cerebrales se volvieron cada vez más complejas y, finalmente, el andromedano no pudo mantener la conexión entre ellos. Así que se marchó, pero prometió volver algún día.

Ahora ha vuelto. Una enfermera androide empuja una silla médica flotante en el parque. Los transeúntes piensan que el hombre de 160 años, tembloroso y sentado en la silla, está senil. Al fin y al cabo, no para de hablar solo.

Pero se equivocan. Hay un hombrecillo de Andrómeda sentado sobre su hombro.


El primer día de primavera

Kenneth Schneyer (Estados Unidos)

 

Etal sueña despierta en el camino hacia los campos de cultivo. Con cada paso siente un ligero cosquilleo en el estómago; estos movimientos comenzaron hace solo unos días, y las ancianas asintieron, diciéndole que era su hija saludándola. Saben que es una hija, dicen.

Aún es demasiado pronto para encontrar granos o guisantes; solo puede esperar encontrar algunas bayas.

Pero después del largo invierno, todos sienten algo de hambre, a pesar de los esfuerzos de los cazadores, todos menos Etal; los demás siguen dándole de comer. Así que quiere recoger lo que pueda, aunque solo sean bayas. Quiere ver sonreír a los niños cuando las coman.

La tierra despierta y se mueve juguetonamente bajo sus pies. Las primeras hierbas ya están apareciendo. A Etal le gusta cómo el color de la hierba cerca del camino es diferente al de la que está más lejos; le hace preguntarse de qué color será el pelo de la niña. Se detiene. ¿Por qué los colores son diferentes cerca del camino?

Observando con atención los nuevos tallos, los reconoce: las enredaderas de los primeros guisantes.

Nunca ha visto granos ni guisantes fuera de los campos de cultivo, salvo quizás uno o dos sueltos. Pero estos bordean ambos lados del camino.

Etal se agacha. En el suelo ve unos guisantes que alguien dejó caer en otoño; levanta uno. Un brote sale de él, como sucede a veces con los guisantes viejos.

Parece… Parece que son las nuevas enredaderas que están creciendo.

Si las enredaderas crecen a lo largo del camino cuando caen los guisantes, entonces…

Se le eriza el vello de la nuca. Se da la vuelta y regresa apresuradamente hacia las chozas, preguntándose a quién contárselo primero, mientras su hija ríe para sus adentros.


Tan suave, tan tierno

Magdalena Hai (Finlandia)

 

Carmina siente las brasas subiendo por sus tobillos, acariciando las corvas, pulsando calor sobre los muslos desnudos. Las últimas chispas de fuego moribundo le hacen cosquillas en las plantas. Baja de la pira.

Un clérigo gime a sus pies. La capa del hombre emite un humo denso aunque las llamas ya se han extinguido. El olor de la carne quemada evoca en Carmina recuerdos de infancia. Agradables recuerdos de fiestas familiares, sidra y cerdo asado. Entonces empuja al clérigo con los dedos de los pies, pues no quiere tocar su inmundicia. Los ojos del clérigo están cerrados, hinchados por el calor. Sus oídos sangran. Hombre de la hermandad hasta el final, todavía sujeta una copia encuadernada de Malleus maleficarum contra su pecho. La cubierta está ennegrecida por la ceniza.

—El Martillo de la Bruja —se burla Carmina—. ¿Dónde está tu Dios ahora, hermano? —Todavía puede sentir las voraces llamas en su piel y músculos, en sus huesos y tendones. Su carne aún hierve y arde.

La habían atado a la estaca con una soga áspera que le hacía sangrar las muñecas y el cuello. La pira que construyeron se prendió con rapidez, para impedir la salvación por asfixia, y sólo provocar un dolor abrasador. Los hermanos se habían reunido alrededor de la pira, sabuesos ansiosos de un Dios de odio. En sus ojos, ella había visto avidez.

¡Imbéciles! ¡Borregos! Habían esperado que ella gritara. Fue la hermandad quien gritó, cuando Carmina soltó su fuego interno.

Ahora pisa la cara del clérigo que grita, pero no se resiste, cuando Carmina le hunde el dedo gordo en el ojo. La ráfaga de tejido hace un sonido silbante. Ella ríe en voz alta. Ahh... es tan suave, tan tierno.

 Traducción: N. T. Moscoso


Cuando el papa resucitó

Donato Altomare (Italia)

 

Se levantó de su lecho de muerte, donde había permanecido sin vida durante siete días, y dijo: «He regresado para revelaros la vida después de la muerte».

Se desató el caos.

Los líderes de otras religiones le ordenaron guardar silencio; era parcial, hablaría mal de su único dios verdadero.

Los reyes le ordenaron guardar silencio; sabían perfectamente que la vida después de la muerte era igual para todos.

Los políticos le rogaron que guardara silencio y esperara a una mesa redonda para debatir el asunto, invitando a la oposición a participar.

Entonces el Papa, con un profundo suspiro, dijo: «Quizás sea mejor guardar silencio». Y regresó a los brazos de la muerte para siempre.


Kalle piensa: Decisiones

Marcus A. Becker (Alemania)

 

Kalle se abre camino en el mundo a través de las asociaciones. Y nos permite compartirlo. Bienvenidos a "Las cosas que Kalle piensa":

Kalle piensa:

Decisiones. Sí. No. Izquierda. Derecha. Blanco. Negro. ¿Y el gris? Hay miles de millones de tonalidades de gris. ¿Por qué conformarse con los extremos cuando existen etapas intermedias? Porque rara vez es tan claro. Incluso cuando parece claro. Cómo se ve la respuesta. Ciertamente, todavía hay parámetros que necesitan aclaración. Que permiten otras perspectivas. Suavizar los límites. Abordar un "pero". Procedimientos electorales. Votación. Posibles soluciones. O. O. Ambos. Y. O algo completamente diferente. Consenso sistémico. Pensar de forma innovadora. Compromiso. Consenso. Diplomacia. Negociación. ¿Qué tan alta puede ser la satisfacción para que todos la acepten? ¿Qué pasa si un "perder-perder" se siente casi mejor que un "ganar-ganar"? Y si he decidido hoy. Si he hecho un compromiso. ¿Puedo ver las cosas de otra manera mañana? Un traidor. Cambiar de opinión según el viento. ¿Qué me importan mis discursos de ayer? La transparencia sería buena. Justificaciones. Argumentos. Listas. Pros. Conos. ¿Y la intuición? Si expresa inquietudes. Dolor. ¿Eso también influye? ¿O solo cuentan los hechos concretos? ¿Cómo funciona hoy? En la era de los hechos alternativos. De las imágenes. Películas. Informes. Que se pueden falsificar. ¿Cómo sé cuán confiable es la fuente? No confíes en ninguna encuesta que no hayas encargado tú mismo. Con un objetivo específico. Estadísticas. Quod erat demonstrandum. Tirar una moneda. Piedra, papel o tijera. A veces más prometedor. Si se trata simplemente de tomar una decisión. Elegir equipos. Una persona asigna los equipos. Y la otra decide cuáles tomar. Algo que suena justo...


La música favorita

Fernando Sorrentino (Argentina)

 

Hace unos días salí de casa y doblé por Olazábal. Caminé unas pocas cuadras y, antes de llegar a Cuba, vi a una viejecita de cara simpática y alegre. De pronto, cayó de su bolso un sobre. La viejecita no se dio cuenta. Yo corrí, tomé el sobre con disimulo y comprobé que contenía un buen toco de plata.

Fui a casa y escondí el dinero dentro del libro de matemáticas. Pensé que con esa plata podría comprarme unos cuantos discos de mi música favorita, la más bárbara del mundo, y, mientras pensaba en eso, puse mi equipo de audio a todo volumen, para aclarar mis ideas.

Al día siguiente, me di cuenta de que no había procedido bien: en lugar de los discos, decidí hacer un sacrificio y comprarle a mi mamá una picadora de carne o un cuchillo eléctrico.

Me dirigí entonces a la avenida Cabildo, para hacer las averiguaciones del precio de la picadora y del cuchillo. Fui por Mendoza, pero volví por Olazábal, y allí estaba todavía la viejecita. Caminaba desde Arcos hasta Cuba y desde Cuba hasta Arcos, con la vista fija en las baldosas, como si buscara vaya uno a saber qué.

Oí que el portero de una casa de departamentos le decía a una señora:

—Es que perdió el sobre con la jubilación. Pasó toda la noche buscándolo.

Yo entonces salí volando para casa y busqué la plata que había escondido en el libro de matemática. Tiré el sobre a la basura y me guardé los billetes en el bolsillo del pantalón. Y corrí, corrí, corrí como una bala hasta la avenida Cabildo, donde me compré los discos de la música más bárbara del mundo.


La taberna perpetua

Gary Daher (Bolivia)

 

Dedicado a Mauricio Peña Davidson

 

Éramos pobres de solemnidad. Lo único que tenía era miedo, un miedo fundamental, miedo a mirarla a los ojos, a verla morir. No quería ver la muerte. Pero cuando me avisaron que agonizaba en ese hospital municipal, en Cochabamba, tan lejos de donde yo vivía, me tomé el trabajo de viajar, junto a mi mujer, gastando hasta nuestros últimos ahorros. Sólo que cuando llegamos, no quise entrar ni siquiera a preguntar. Nos quedamos en el bar del frente, con la intención dizque de refrescarnos, y así se nos fueron las horas vaso tras vaso, mientras en la mesa yacía el telegrama. “Tu madre agoniza en hospital Viedma. Urge tu presencia.”. Finalmente, totalmente ebrios, pagamos la cuenta. Estábamos en la ruina. Juntamos hasta el último centavo del dinero que sobró, y compramos los pasajes de retorno en un camión de carga. Esto fue hace veinticinco años, qué le digo. Mi mujer dejó de beber conmigo, falleció de cáncer del hígado, eso dicen. Esta es una vida dura, ¿no le parece? Creo que todavía habito en esa vieja taberna de frente a la enfermería, o al menos todas se parecen a aquélla, y no consigo salir para cruzar el patio hacia los muertos.

 

 Dostoievsky en el jardín de infantes

Octavio Aragão (Brasil)

 

A Robert Shearman, un amigo y un verdadero caballero.

 

Los niños se asombraron no por la paloma sin cabeza, sino por la sonrisa roja de Alana.

Sabía que la joven maestra podía detenerla si quería, así que el siguiente paso debía neutralizarla. Alana lanzó el martillo amarillo que había robado esa mañana cuando él no miraba y golpeó a la encantadora maestra, de veintitantos años, justo en el ojo izquierdo. Gritó, pero eso fue todo. Quedó fuera de juego.

No había Dios en el supuesto jardín de infancia de Alana. No había una figura paterna celestial a quien culpar de todo ese caos, ese sinsentido y ese ruido. Solo las mujeres conocían el dolor, el proceso íntimo del crecimiento interior y el duelo. Alana lo sentía y no quería crecer. Vio a su madre sufrir toda su vida. Vio todo el llanto e incluso compartió algunas lágrimas. Jamás permitirá que todas sus amigas y hermanas crezcan y se conviertan en parte de una generación triste y rota.

Aunque para ello tenga que romper algunas de ellas.


Fugaz

Sergio Gaut vel Hartman (Argentina)

 

Hacía tres semanas que me alojaba en ese hotel, al borde del desierto, y todo parecía indicar que me habían estafado. Rosy, la mesera del bar, se sentó frente a mí y sirvió café, aunque no se lo había pedido. Parecía ser la clase de mujer que vive cinco vidas completas mientras imbéciles como yo apenas logran sostener una.

—Se lo dije el primer día: lo que busca no existe. —Entornó los ojos—. Por lo menos no en este lugar. —Preferí ignorar el comentario; era demasiado doloroso, no solo por el dinero. Mi orgullo empezaba a parecerse a una de esas flores que se marchitan entre las hojas de un libro.

—Me lo dijo claramente —señalé remarcando cada sílaba—, que una vez cada sesenta y seis años, cuando Júpiter...

—¡Por favor! —exclamó Rosy con tal intensidad que volteó la jarra, derramando el café sobre la mesa y mis pantalones. Retrocedí por instinto y ella se agachó a limpiar el desastre que había hecho. En ese mismo momento lo vi. Fue fugaz, un relámpago, pero lo vi. Cuando Rosy se incorporó tenía las mejillas encarnadas y el cabello revuelto, pero aquello que había esperado durante tres semanas había llegado y partido en un parpadeo y no volvería a repetirse en el resto de mi vida.

 

 


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