Nada
Luc Vos (Bélgica)
Las manos de Sara se aferran a su garganta. Su grito de miedo también me duele, porque de verdad la quiero.
—¿Por qué? —solloza—. Podía haber… —me mira con rabia—. ¿Podía haber sido distinto?
Miro el cielo oscuro, mantengo las manos detrás de la espalda.
—No tenía que ser así…
Mi mano derecha se alza; Sara guarda silencio. Cierro los ojos. Una duda, inusualmente fuerte, asoma la cabeza.
—Quizás…
Mis manos se mueven hacia adelante. Sé que no debería hacerlo, pero el destino que la espera es terrible.
—¿De verdad vas a hacer esto? —retumba una voz en mi cabeza.
Mis dedos se retraen.
—No tuviste ningún problema en condenar a Sara a un final horrible, pero ahora que llora un poco, ¿te echas atrás?
No respondo.
—¿Te has detenido a pensar lo que significa para los demás si ahora cedes? ¿Qué queda de sus vidas si te rindes?
Junto las manos en mi regazo.
—Está bien —digo.
Enderezo la espalda, la miro.
—Lo siento…
Las lágrimas corren por las mejillas de Sara; las mías se secan.
—… pero tienes que pasar por esto. Por la trama, por el arco de tensión, por… por toda la historia.
—De acuerdo —responde Sara, y cae agonizante detrás del hombre que, sin mirar atrás, blandía su cuchillo.
—Tenía que intentarlo —jadea antes de que su respiración se detenga.
El grito escalofriante que sigue me dice que la voz tenía razón. Y también me dice que, sin mi inspiración, mis historias no son nada.
Predador
Hernán Bortondello (Argentina)
La
noche era horrible y se guarecía de la helada bajo el toldito de lona deshilachado
de lo que fuera un antiguo bar. Inmóvil en la penumbra, parado sobre el mármol
sucio y gastado del viejo umbral, era invisible. ¡Qué ganas de besarle esas
hermosas tetas!, exclamó mentalmente,
casi congelado y ansiando las tibiezas de su novia. Lucía es la única que me
hace olvidar toda esta mierda, se decía. El cosquilleo de sus dedos entumecidos
lo hizo dejar de pensar en ella. Comenzó a soplárselos para calentarlos pero de
inmediato se detuvo al ver que las nubecillas de vapor que provocaba con el
aliento podían delatar su posición. Optó entonces por meter ambas manos en los
bolsillos delanteros del jean. En el de la derecha estaba la navaja.
Aferrándose al cálido mango de madera y con la espalda apoyada en el
descascarado portal, se preparó para seguir soportando aquel frío que le calaba
hasta los huesos. Apretó el mentón para evitar que se le helara la garganta. Mantendría
su vigilia duraría hasta poco antes de que el cielo comenzara a clarear.
Esperando…
El juego del niño Creador
Majda Arhnauer Subašič (Eslovenia)
El niño, de apenas
ocho mil millones de años, se aburría con su creación: un sistema solar que
había ensamblado a partir de materia gaseosa. Nueve planetas giraban alrededor
de una masa incandescente, pero desde hacía millones de años no ocurría nada
interesante. Ningún espectáculo de supernovas, ningún choque de planetas, ni
siquiera un cometa decente que animara un poco el día. Solo tormentas
ocasionales en la estrella o algún que otro bloque de hielo errante lograban
despertar su atención.
Lo que más lo entretenía era
observar la vida que había creado a partir de una mezcla de compuestos
orgánicos. En dos planetas el experimento había fracasado; en el tercero,
lejano y frío, los seres se habían desarrollado de manera sorprendente.
Progresaban, se volvían independientes, aunque seguían dependiendo de él para
el oxígeno, que debía suministrar constantemente.
En un momento dado, sin embargo,
apareció una alerta en el monitor: la concentración de oxígeno estaba cayendo
en picado. El sistema había fallado, el suministro estaba bloqueado. Las
criaturas comenzaron a morir. Desesperado, el niño llamó a su madre.
La Gran Creadora acudió a revisar
la situación. Pronto comprendió que el estado era crítico, pero aún podía
resolverse. El niño, angustiado, preguntó si podían salvar a los seres a los
que había llegado a querer. Su madre abrió una aplicación especial, accesible
solo para las entidades más antiguas del universo, y decidió: sería necesaria
una evacuación inmediata.
El niño se desesperó: ¿adónde
podrían trasladarlos? No encontrarían un planeta adecuado con la suficiente
rapidez. Pero su madre le señaló que había pasado por alto la vida en otro
planeta de su sistema: una esfera verde azulada, llena de plantas que producían
oxígeno por sí mismas. La llamaron Tierra.
A la Tierra trasladarían a los
ejemplares supervivientes del Planeta X4, decidió ella. Acelerarían su
desarrollo para que ellos mismos inventaran la tecnología del viaje
interplanetario. En unos pocos milenios, las criaturas desarrollaron, en
efecto, cerebros extraordinarios y una tecnología que les permitió emigrar. La
especie se salvó.
En el nuevo planeta se adaptaron de
maravilla. Se volvieron inteligentes, ingeniosos, ruidosos, obstinados e
increíblemente productivos. Subyugaron su entorno, se multiplicaron sin medida
y dejaron huella por dondequiera que pasaron. Su origen, por supuesto, lo
olvidaron, como suele ocurrir con las especies jóvenes.
La madre advirtió a su hijo que en
el futuro debía ser más cuidadoso. Las criaturas no debían adquirir demasiado
pronto conocimientos sobre la fisión del átomo o la manipulación del ADN: un
poder excesivo podía resultar fatal, como ya había ocurrido en el planeta
Kvantinion.
El niño suspiró aliviado.
—Gracias, mamá.
—No hay de qué. Y ahora, a dormir.
Mañana te espera la reparación del anillo de Saturno. Aún tienes mucho que
aprender antes de ser capaz de gestionar todo el universo.
Entre nosotros
Rafael Reyes-Ruiz (Colombia/Estados Unidos)
—Como te comenté por teléfono, fui adoptada cuando era apenas una bebé de unas semanas de nacida. Mis padres me dijeron que lo único que sabían era que mi madre biológica se llamaba Sofía Torres y que era de Soatá, un pequeño pueblo de tierra templada en Boyacá.
Hizo una pausa, como
si ordenara algo que nunca había terminado de encajar.
—Cuando cumplí veintiún años pedí una copia de mi expediente de adopción. Supe entonces que había viajado a Japón tres meses después de darme a luz. Murió allí en el 89, por una sobredosis de drogas. No había información sobre mi padre.
Sacó el móvil, lo encendió y buscó un archivo.
—Esto es lo único que tengo de ella.
Me pasó la pantalla.
Era una mujer joven,
delgada, el cabello recogido en una cola de caballo.
Al mirarla de cerca
sentí un sobresalto.
—Te pareces mucho a ella —dije.
Marisa asintió, sin apartar la vista del rostro en la pantalla. En sus ojos apareció una fatiga breve, contenida.
—El motivo por el que empecé a buscarla es largo —dijo—. Pero lo más reciente es esto.
Abrió otro archivo.
Un correo.
—Hace tres semanas recibí un mensaje de un hombre: Javier Espinosa. La base de datos de ADN dice
que compartimos entre un diez y un quince por ciento.
Me miró, esperando.
—También es adoptado —dijo—. Su madre era de Soatá. Se fue del país. Primero a Venezuela. Luego a Estados Unidos, según él.
No respondí.
Cerró el teléfono un momento y luego lo volvió a abrir.
El silencio se
extendió.
—Si unes todo… los tres tenemos algo en común.
—¿Qué exactamente? —pregunté, aunque ya intuía que la respuesta no iba a ser simple.
—El mismo origen. El mismo punto de partida.
Respiró hondo.
—Creo que somos familia —dijo al fin—. El vínculo es el mismo abuelo.
—Eso es imposible —dije, y pensé en mi abuelo en su sillón, en la finca, mirando el arroyo que bajaba al río. Decía que era su norte.
Pero la frase no
tuvo peso.
Marisa negó despacio.
—Tuvo varios hijos, pero solo reconoció a uno.
Tragué saliva.
—¿Cuántos hijos?
—Al menos tres. Pero podrían ser más.
Permanecimos en
silencio.
—No quería decirte todo esto así —dijo Marisa—. Pero pensé que debías saberlo.
—¿Por qué?
—Porque estoy escribiendo un libro.
—¿Un libro?
Asintió.
—Y esto ya es parte de él.
Acerca de los duros tiempos
que corren para la costura
Rogelio Ramos Signes (Argentina)
El yunque, contundente y bien
montado, como siempre. La maza, calzada en el mango, como corresponde. El
punzón de obsidiana, filoso. El sacabocados, incisivo. El alicate, implacable.
La fragua a temperatura máxima. El fuelle en condiciones. La sierra, decidida
al corte. La malla en filigrana. El hierro de guía. Los flejes de latón. El
martillín de los retoques, a punto. El alambre de zurcir. Los guantes de
becerro, para evitar ampollas. Los remaches. Los clavos. ¡En fin! ¡Que no
resulta sencillo ser el sastre de este caballero!
La Voz
João Ventura (Portugal)
Al principio era la Voz. La Voz primordial era simple,
poco más que una vibración, pero en ella el universo pulsaba. Y durante
millones de años fue el único sonido. Cuando la Voz encontró las piedras y las
plantas, unas y otras reaccionaron a la Voz y así nacieron las voces.
Luego aparecieron
los animales, con voces en movimiento, y las voces estáticas de las piedras y
plantas fueron desapareciendo lentamente.
El hombre emergió
y su voz evolucionó desde los gritos de los cazadores / recolectores hasta las
canciones de Schubert y las óperas de Verdi.
La voz primitiva,
que se había quedado dormida hace millones
de años, se despertó. Y no le gustaron las voces que escuchaba. Y las borró. Y
durante mucho tiempo, solo se escuchó el pulso de
la Voz.
Y cuando la Voz se
durmió de nuevo, todo lo que quedó fue el silencio. Ensordecedor.
Un
rinoceronte bajo la mesa
Sandro
Centurión (Argentina)
Suele pasar, aunque el mundo se
empecine en negarlo, que de vez en cuando alguien, usted, yo, la vecina, o un
barrendero kuwaití, se encuentre un rinoceronte bajo la mesa. La ciencia no ha
podido, no ha querido o no ha tenido tiempo de explicarlo. Lo cierto es que
para cuando algún incauto se da cuenta de esta verdad universal ya es demasiado
tarde. Cosa de rinocerontes nomás, eso de andar metiéndose debajo de la
mesa familiar sin ser invitado, vaya usted a saber con qué intención pues aún
nadie ha tenido suficiente comprensión de la conducta rinoceríntica ni
suficiente coraje como para atreverse a preguntarles por qué lo hacen.
La única manera, tal vez de evitar tan desagradable sorpresa
sea hacer como yo hago de un tiempo a esta parte, revisar antes, espiar bajo el
mantel para confirmar la cotidiana e inofensiva imagen del gato que duerme bajo
la mesa, o del perro que aguarda las migajas, o simplemente del neutro y frío
piso recién encerado. Es cuestión de asegurarse, de no dejar ningún margen de
duda de que un rinoceronte esté escondido bajo la mesa, la suya, la mía, la de
la vecina o la del barrendero kuwaití.
No tenga miedo, a los rinocerontes machos el miedo les
excita. Tenga cuidado, revise bajo la mesa, después no se queje de que nadie se
lo advirtió.
Domingo
Sonia Chocron (Venezuela)
Una de estas
veladas de regreso a casa me detengo en un semáforo. A mi lado el silencio, una
avenida, y las casas de la noche. Y una luz. Una ventana que me llama. Es un
recuerdo que no existe y sin embargo creo que es mío. Es mío. Le hago una foto.
La reconozco aunque nunca he estado allí, en esa estancia melancólica. Había un
fuego, un hogar, una biblioteca. Alguien que leía. Hubo un amor. Me perteneció
su aire, su mudez, su cuerpo, su tibieza sobre mi lienzo extendido. Y yo le
pertenecí también. Hablo de mi vida y de un episodio perdido que no me
recuerda. Pero yo sí. Esa ventana fue un domingo mío, anocheciéndome.
Nosotros
hemos ganado
Christopher
T. Dabrowski (Polonia)
¡Qué país! ¡Un criadero de
terroristas! ¡No más!
Las bombas han generado innumerables explosiones.
Aviones no tripulados dispararon contra los sobrevivientes
con una serie de rifles.
¡Victoria! Ganamos —tronó el orgulloso presidente.
Se enorgullecía de ser la potencia mundial invicta.
Los soldados violaron a mujeres indefensas. No importa,
morirán de todos modos.
Torturaron a inocentes. ¿Evidencia? ¿Para qué? Todo el mundo
es un terrorista.
Los heridos con extremidades arrancadas se desangraron
durante horas.
Recién nacidos quemados vivos... el hospital fue bombardeado
por error. Lo siento.
Cientos, miles de huérfanos. Se morirán de hambre.
Las calles se llenaron de restos de cuerpos...
Pero lo más importante es que… ¡HEMOS GANADO!
Bistró
Luciano Doti (Argentina)
La mujer rubia de ojos claros se acodó en la barra del bistró,
pidió una copa de vino blanco y sacó un cigarrillo; el barman, diligente, le
ofreció fuego. Ella lo aceptó distraídamente. Insinuaba pensar en una causa
perdida, acaso en un amor… ¿Quién sabe? Miraba todo a su alrededor, a los
parroquianos que ocupaban las mesas del local. Había misterio en ella. Cada
mujer conlleva una intriga, pero ésta tenía un no sé qué, algo que la hacía aún
más misteriosa que cualquier otra dama.
No fue ésa la única copa que bebió. De a poco el
barman se fue ganando su confianza. Podría habérsela llevado a su casa, de no
ser porque justo unos minutos antes de cerrar llegó un hombre, ella lo saludó y
se marcharon juntos. En ese momento, a la rubia pareció no importarle la
espera.
Casandra
Ruben De
Baerdemaeker (Bélgica)
Cuando me negué a
ir a la escuela, no me escucharon. Les dije que las torres sin techo de Troya
arderían, y sonrieron ante la palabra “sin techo”. Vi visiones, vi pesadillas,
vi asesinato y catástrofe.
Se lo dije a mi padre, que fingió
creerme y luego concertó una cita con un terapeuta del que le había hablado un
colega. Es estupendo que la salud mental ya no sea un tema tabú. Qué día tan
hermoso. ¿Cómo va el TOC?
Hablé, marché, escribí, estreché
manos. Hablé a los pocos felices y me escucharon masas infelices, que al menos
tenían menos que perder.
Guardé silencio mientras veía cómo
se avivaban las llamas.
Niños y balas, en el patio
Jorge Etcheverry (Chile/Canada)
(Según
mi madre)
“Mamá,
mamá, están disparando”. Los zumbidos como de abejas, pero más fuerte. Nosotros
corríamos. La mamá decía, moviendo los brazos "Para adentro niños, por
Dios". Sólo supimos que el regimiento se había sublevado en la madrugada,
que “se negaban a ejecutar las órdenes" y no sabíamos qué era eso de las
‘órdenes’, o ‘ejecutar’ Pero nos entramos mientras esos insectos zumbaban en el
patio, porque éramos niñitos buenos y hacíamos caso y el papá que salía como un
rayo, abrochándose el uniforme, hablando algo de los tiros y los ojos azules
echando chispas, mordiéndose la lengua de pura rabia y el perro pegaba tirones
a la cadena y ladraba y no se veía al Cato, el ordenanza, vestido de gris,
siempre sonriente, que le limpiaba las botas al coronel. Ya grandes en los
diarios viejos veríamos con los años el titular "Sofocada la insurrección
del Valdivia". Vivíamos en la Población Militar. Los soldados se cuadraban
cuando pasábamos a la escuela y nos gustaba llevar amigos a la casa para que
los vieran y les decíamos “es que el papá va a ser presidente". Pero
pusieron al Caballo Ibáñez, y el papá le gritaba, lo subía y lo bajaba, y
después llegaba un auto, un oficial con regalos para las niñas del Coronel y el
papá no salía hasta que iba el Caballo a convencerlo de que saliera. E1 papá
decía siempre "este infeliz", pero el infeliz lo mandó deportar a la
isla de Pascua y después lo dieron de baja en el ejército.
Julio Estefan (Argentina)
Leo
lo que acabo de escribir en el procesador de textos. Donde dice “pecado”
debería decir “recado”. En lugar de “marcha” escribí “mancha”. Puse “violenta”
en vez de “violeta” y donde debería haber escrito “volar” aparece “molar”.
Definitivamente,
no he logrado aún “dar en la tecla”.
Alunizaje
Myriam
Goluboff (Argentina/España)
Collins esbozó una sonrisa mefistofélica, puso en marcha los cohetes y la nave escapó de su órbita dejando a sus compañeros abandonados a su suerte en la superficie de la luna. Aldrin, desesperado, tragó su cápsula de veneno y quedó levitando como un feto en el espacio. Armstrong, que se negaba a aceptar su derrota, observaba la boca de un cráter cuando unos garfios abrazaron sus piernas tirando de él hacia abajo. Estaba oscuro, pero la luz azul fosforescente de la extraña figura que lo había apresado le permitió ver los símbolos abstractos que cubrían las paredes del largo túnel por el que se deslizaban hasta llegar a una gran sala. Los entes de cuerpo deforme y enormes pies planos, cuya luz violácea iluminaba la estancia, se comunicaban emitiendo sonidos agudos y ondulantes que él comprendía como si siempre hubiera conocido ese extraño lenguaje. Pero la profunda emoción que lo embargaba se convirtió en desesperación y angustia al ver que, una a una, las figuras se difuminaban. Por fin, falto totalmente de oxígeno, su cuerpo inerte quedó colgado de la boca del cráter.
Mientras se desarrollaba este drama en el espacio, en la NASA reinaba el caos y se decidía suspender definitivamente los vuelos espaciales.
Una
cuestión personal
Javier
López (España)
Hay escritores
que eligen la primera persona para narrar sus relatos. Generalmente tienen un
ego grande, aunque esto sea algo común a todos los escritores, por más que
pretendan disimularlo usando la tercera persona gramatical. Porque
"él", que en realidad es "yo", piensa, dice y hace lo mismo
que pensaría, diría y haría el autor en esas mismas circunstancias. Sí, incluso
en las situaciones más adversas o críticas, en los fracasos y en las
decepciones. Ya se sabe que el novelista es pesimista por naturaleza y gusta de
situaciones límite.
Este relato es diferente. No está escrito en primera, ni en tercera
persona. Está escrito en segunda persona, porque el lector es el protagonista.
Ahora podrá sentir lo que es, de verdad, ser un personaje. Ese ente de
apariencia indefensa, al que su autor –más aún cuando el género es el
microrrelato– maltrata, tortura, ofende y ridiculiza sin mostrar ningún rubor,
ninguna piedad. Al que llega incluso a enterrar... no siempre muerto. Todas
esas situaciones angustiosas, asfixiantes, delirantes, trágicas o hirientemente
cómicas, hágalas suyas, porque esta vez le corresponden.
Como probablemente no seguiría leyendo este relato, ni yo querría
llevarle la contraria, sufrido personaje, póngale fin cuando quiera. En todo
caso, esta ficción no será presentada a concurso; ni siquiera es probable que
vaya a ser impresa. Sólo, con un poco de fortuna, aparecerá en las páginas de
un blog.
Si así fuera, quizá tenga la suerte de que algún lector deje un
comentario, para compadecerse de sus propias tribulaciones.
Enmiendas para Proteo
Omar Hebertt (México)
—...Allí, abajo del queso —dijo, reposando sobre el pasto.
—No lo encuentro
—respondió, hurgando en la canasta; siempre resultaba divertido que quisiera
una forma de felicidad a la venta en un mercado, similar a la fantasía de las
fotos.
Guardó silencio y ella
se percató de que no la interrumpía; la esperaba. Le gustaban sus atenciones,
pero no esa especie de paternalismo, de supuesta oportunidad para descubrirse
en cada pequeña labor.
Se
perdió en la sensación de que el sol los bañaba tenue; de que eran las dos de
la tarde y el viento soplaba con aroma de petrichor. Dientes de león
suspendidos alrededor; insectos, hierba seca… Cortezas de árbol cocidas en luz
argentina, deshilada por el follaje. Entonces el aire enfrió. Volteó hacia
ella.
Suspendida
en el aire, su piel caía en gajos de cera; le miraba fijo, con un dejo de
piedad enconada. No había una sensación siniestra sobre él, aunque sí la boca
seca por la culpa. De sus pies flotaban jirones, agitándose al ritmo de algas
contra corriente marina y los brazos, adelantándose y retrocediendo según el
mismo vaivén. En un espasmo, tosió partículas translúcidas.
Con
las manos sobre la cara, sollozó una vez más su incapacidad para reprimir el
deseo de fantasmasgorías, pero el sonido fue de risa cómplice y contenida. Bajó
los dedos hasta asomar sus ojos, acuosos de lágrimas en ciernes.
Ella le devolvió una
sonrisa feliz, extendiéndole botella de vino y sacacorchos.
Reclutamiento
Fernando
Andrés Puga (Argentina)
Primero,
un gesto amable y una sonrisa compradora. A continuación, palabras de consuelo
y una promesa. Por último, un forcejeo, una mordaza y un violento empujón hacia
el interior de la camioneta.
Al
poco tiempo, algunas fotos en Facebook, en la tele, en los diarios y en las
boletas de luz y gas, por si acaso alguien…
Todavía
nada.
Todavía
nadie.
Anafrodisia
José Donayre Hoefken (Perú)
Al abrir el libro, Dulcinea salía desnuda de este, arrastrando una
estela de palabras. El lector soltaba el volumen con las páginas en blanco y
extendía los brazos. Dulcinea, que no dejaba de verle a los ojos, se cubría de
perlas de sudor apenas él comprobaba su materialidad. En aquella trama que
protagonizaban, no había diálogos ni elipsis ni monólogos interiores. El relato
de ellos era lineal, directo, descarnado. Así, cuando la historia llegó a su
inevitable fin, no hubo culpas ni reproches. Por el contrario, lejos de buscar
cabos sueltos, él se sintió tan satisfecho y abrumado ante la perfección del
texto, que jamás se atrevió a releerlo ni a buscar otro que se le pareciera.
Manuel
Andrea Tillmanns (Alemania)
Visito a Manuel
para una partida de ajedrez, como hago todos los martes. El montón de pieles
desechadas en su departamento —que también es su estudio— crece sin cesar. Paso
por encima de una piel que se ha deslizado del respaldo de la silla.
—¿No vas a ordenar todo esto?
—pregunto.
—Ahora no —dice Manuel, que cree
ser un reptil, aunque sé que no es no tiene sangre fría. Colecciona sus pieles descartadas
como otros coleccionan fotos. Testigos silenciosos de su pasado, solo que sin
el mismo paisaje de fondo.
—Entonces, ¿cuándo terminarás con
el proceso de mudar la piel? —pregunto después de sacar dos cervezas del
refrigerador. Chocamos los vasos.
—Ahora es cuando se está poniendo
interesante —dice—. Creo que me están creciendo alas.
—Los lagartos no tienen alas —le
explico—. ¿O eres un insecto, después de todo?
Manuel niega con la cabeza.
—Un reptil, lo sabes. Creo que
estoy experimentando un salto evolutivo.
Mueve el alfil a d3 y,
accidentalmente, derriba mi torre con una pluma de vuelo.
Yoni bi gud
Armando Rosselot (Chile)
El Jhonny nunca quiso oír lo que le
decían. Era llevado a sus ideas y como querido líder de su pasaje, le gustaba
que todos los demás lo siguieran. Cuando cabro chico las niñas se le tiraban al
cogote, cuando crecieron se le tiraban a otras partes, pero bueno, todo cambió
cuando llegaron los vecinos de atrás. Ahí el Jhonny comenzó a vender
“paquetitos”, así luego de un tiempo, mandaba a otros a venderlos. Un
día se creyó cowboy y se fue de tres tunazos en la cabeza. Pobre cabro
leso, nunca entendió. Está solo. Mañana, dicen, lo desconectan.
Agadir
Iván
Molina Jiménez (Costa Rica)
Al
amanecer, en las playas de Agadir abundan las huellas de los camellos y los
pescadores. Más tarde, la marea sube y las borra. Mientras corría mis diez
kilómetros diarios, con un sol que todavía no terminaba de levantarse,
vislumbré a una mujer que caminaba muy lentamente. Apresuré el paso y, al
acercarme, ajusté mi andar al suyo y saludé:
—Bonjour, madame. Comment ça
va?
Sonrió sin responderme y me miró. ¡Era bellísima! Vestía
un diminuto traje de baño blanco, cubierto por un pareo de delfines y ballenas.
Iba a decir algo más cuando advertí, en la comisura derecha de su boca, una
casi imperceptible contracción iterativa. El escalofrío que sentí me paralizó
por un instante.
—Au revoir, madame —me despedí, tras recuperar el
aliento.
De la manera más natural posible, reanudé mi carrera y,
una vez que la dejé suficientemente atrás, llamé al 911 e informé que por la
playa de Taghazout erraba un androide defectuoso.
Lo mismo, lo mismo
Yuki Fuwa (Japón)
Cuando pisé por
primera vez el planeta, los extraterrestres de un solo ojo me dirigieron
sonrisas amistosas
y me abrazaron.
En la casa del anciano, compartimos
comida y bebida en la misma mesa.
—Lo mismo, lo mismo —dijeron con
una sonrisa radiante.
Vaciamos nuestras tazas al mismo
ritmo y nos emborrachamos juntos. ¿Cuáles eran las posibilidades de encontrar
una especie así en este vasto universo? Fue un milagro.
—Lo mismo, lo mismo. Amigos.
Familia —corearon.
Un extraterrestre me entregó un
cuchillo. Lo agarré y me saqué el ojo.
—Lo mismo, lo mismo —me les uní en su canto.
Traducción de Toshiya Kamei
La habitación con dos puertas
Frank Beckers (Bélgica)
Ya no sé lo que sé.
Ya no sé quién soy, cómo me llamo, dónde vivo ni cuántos años tengo. Viejo o
joven, rico o pobre, feliz o infeliz, enfermo o sano, conocido o desconocido,
hombre o mujer, blanco o de color… Ya no sé nada de eso. ¿Qué sabía? ¿Qué hacía?
¿Qué esperaba? ¿Qué clase de persona era? El velo de la ignorancia hace su
trabajo.
Me encuentro en una habitación, una
habitación con dos puertas. En una puerta está escrita la palabra ALGO, y en la
otra la palabra NADA. Siento que debo elegir. Debo abrir una puerta y entrar.
Abro la puerta de la izquierda y doy un paso adelante.
Una vez más, estoy en un espacio
con dos puertas. La habitación es idéntica a la anterior, excepto que ahora en
una puerta está escrita la palabra SIGNIFICADO, y en la otra la palabra SIN
SENTIDO. Vuelvo a elegir y entro en la siguiente habitación —quizás siempre sea
la misma— con dos puertas; en una está escrito «LA VERDAD EXISTE», en la otra
«NO HAY VERDAD». Elijo de nuevo, abro la puerta y me encuentro en una
habitación con dos puertas que llevan las inscripciones «EL BIEN Y EL MAL
EXISTEN» y «EL BIEN Y EL MAL NO EXISTEN». Tras abrir una puerta, me encuentro
en una habitación con puertas en las que está escrito «LA BELLEZA EXISTE» y «LA
BELLEZA NO EXISTE». Abro una puerta y doy un paso adelante.
Ahora siento que he llegado a la
última habitación. Una vez más, por última vez, debo elegir.
El gong suena y me llama de vuelta
a mi antiguo mundo. Respiro profundamente, una y otra vez. El mar fluye, el mar
fluye, el mar fluye siglo tras siglo, siglo tras siglo, siglo tras siglo, siglo
tras siglo, ola tras ola, ola tras ola, ola tras ola. Escucha el silencio y la
paz, el silencio y la paz, el silencio y la paz. Todo llega a su fin, todo
llega a su fin, todo llega a su fin.
Termino mi meditación y abro los
ojos. El cojín a mi lado está vacío.
—¿Dónde está el Maestro Li?
—pregunto.
—Solo hay un Maestro aquí presente,
y ese eres tú —responde el novicio.
Me doy cuenta de que el Maestro Li
ha elegido la otra puerta.
Yocasta, yo
Francisco Chiappini (Argentina)
Atención pido al silencio y silencio a la atención. He de
contarles la historia que atormenta mi emoción. Yo soy la griega Yocasta, la
tan mentada mamita del chango Edipo de Tebas, hijo y marido a la vez. Quiero
dejar en claro, antes de que sea muy tarde, que un cruel malentendido hizo de
mi niño, mi hombre. Los tiempos, allá en el Pireo, eran fuleros y bravos,
escaseaban los muchachos pues morían en las guerras. Los pocos que nos quedaban
a las pobres viudas bellas, no íbamos a perderlos solo por ser hijos nuestros.
No sé por qué don Segismundo, doctor de la Viena imperial, armó tal
desbarajuste por un asunto carnal. Allá en el Peloponeso una no andaba con
vueltas; si el pendejo te gustaba lo tendías en el lecho. Será que ahora los
tiempos y las costumbres han cambiado, y ya no puede una madre entretener a su
cría. Eso quería contarles en este triste relato. Y solo tengo un reproche que
hacerle, uno que perturba mi sueño. ¡Qué exagerado, el Edipo! ¡Qué idea tan
poco piola! Cualquiera se pincha un ojo, pero pincharse los dos…
Una curva
Wilson Gorj (Brasil)
Se precipitó barranca abajo. Logró salir de la carrocería
retorcida y trepar hasta la carretera desde donde se vio que las llamas
consumían el vehículo. Un perro se acercó. No podía creer que fuera Rex, su
querido perro de la infancia. ¡Cuánto tiempo sin verlo! Muchos años. Se acordó
de su finado padre al darle la noticia.
—El Rex se fue, hijo mío. No volverá. —Una afirmación
engañosa, ya que allí estaba su perro lamiéndole la cara con la misma euforia
de siempre. El perro solo se detuvo cuando escuchó un silbido. Ambas cabezas
giraron en la misma dirección y vieron a un hombre del lado opuesto de la
calzada. Hizo un gesto llamándolos. Reconoció a su padre.
El temblor
Patricio Ramos Gatti (Argentina)
Enrique,
asustado por el temblor, salió corriendo a la calle, totalmente desnudo.
La gente, junto a él, también lo estaba; y cuando la Tierra
volvió a temblar, todos, asustados, se abrazaron sin pensarlo; se abrazaron con
una fuerza proporcional a la intensidad del sismo.
El frío, por supuesto, contribuía a que no quisieran
separarse; también el miedo a quedarse solos.
La Tierra no dejó de moverse, y Enrique no dejó de abrazar
a una adolescente que estaba junto a él.
El movimiento telúrico y el de los cuerpos comenzaron a ser
uno solo.
Todos se aferraron a una pareja como si se conociesen de
siempre.
Los cuerpos se siguieron moviendo, aún cuando la Tierra ya
había dejado de temblar.
Frenéticos e incontrolables, mezclaban fluidos de toda
índole. Algunos, incluso, se resbalaban en la viscosa humedad que ellos mismos emanaban
y caían al pavimento.
Sólo cuando el sol del día los puso en evidencia, volvieron
rápidamente a sus hogares sin siquiera saber el nombre de los otros, sin pedir
un número de teléfono, nada, sólo el recuerdo de sus rostros.
Ocultos durante meses en la seguridad de sus casas, esperan
con serena impaciencia. No desean perderse ni un segundo del próximo temblor.
El amor por la lectura
Mirosław P. Jabłoński (Polonia)
—¡Cariño, ya estoy
en casa!
—Genial, la cena está casi lista.
—¿Casi? Estoy jodidamente
hambriento. ¿Qué hiciste todo el día?
—Leer.
—¿Qué…?
—Ya sabes, juntar letras para
formar palabras, luego palabras en frases, y frases en una historia.
—No entiendo eso.
—Libros, periódicos, revistas…
¿sabes?
—No, no sé.
—¿Tal vez cómics?
—No, de verdad que no. ¿Por qué
haces eso… eso de leer?
—Es interesante. Durante milenios,
la gente ha escrito sobre todo tipo de cosas: ya sabes, sobre el amor, el sexo,
la historia, la religión, las galaxias… Hay libros sobre absolutamente todo…
sobre todos los aspectos de la vida.
—Espera, espera. O sea que te
sientas ahí, mirando ese montón de papeles de mierda con esas pequeñas marcas
negras de mierda, en lugar de ver o escuchar esas historias… ¿o vivirlas?
—Sí… ¿Hay algún problema?
—¡Claro que lo hay! ¡No conozco a
nadie que haga eso, excepto tú! Eres rara. Estás loca. Estás chiflada.
—Y tú estás siendo intolerante.
—¡Leer es una mierda!
—Para mí no.
—¡Para todo el mundo! ¡No puedes
seguir haciendo esto!
—¿Por qué?
—Porque me avergüenzo de ti. Voy a
prohibirte hacerlo…
—Es curioso, ¿sabes? Hay un libro
escrito por Ray Bradbury, Fahrenheit 451, en el que predijo algo exactamente
como lo que acabas de decir. Te lo dije: hay libros sobre todo lo que la gente
ha hecho o pensado a lo largo de toda la historia de la humanidad. En fin, en
Fahrenheit 451 la gente del futuro tiene prohibido leer, y todos los libros son
quemados por escuadrones especiales de bomberos.
—¡Ahí lo tienes!
—Pero uno de ellos conoce a una
mujer que lee libros, y empieza a leer también…
¡Puñetazo!
—¡Dios mío! ¡Duele! ¿A qué ha
venido eso?
—¡Soy bombero, idiota! ¡No vas a
hacer que lea, loca de mierda! ¡Voy a encontrar todos tus estúpidos libros y
los voy a quemar ahora mismo en el patio trasero!
—¡No lo harás! ¡Te lo advierto!
—¿Me adviertes, imbécil?
—Sí, ¡no toques mis libros!
—¿O qué?
Clic.
—Baja esa pistola, loca, ¡o lo vas
a lamentar de verdad!
Disparo.
Si te llamo
Simonetta Olivo (Italia)
—Hola. ¿Cómo estás? ¿Te molesto?
La luz del atardecer se filtra por las rendijas de las persianas, formando un dibujo de líneas rosas sobre la encimera de la cocina. Ester vierte agua hirviendo en la taza con su nombre escrito. Tras sumergir la bolsita de té, continúa la llamada, con el rostro hundido en el vapor perfumado que le calienta la nariz.
—Sí. Yo también la compré. Por fin logré limpiarlo todo. Claro, es caro. ¿Pero cómo va papá?
Al caer la noche, Ester se despide de su madre y pasa a la siguiente persona de la columna.
—Hola, soy yo.
La lámpara encendida a sus espaldas proyecta la sombra de su cabeza, cuello y hombros sobre el mantel de plástico a cuadros rojos y blancos que cubre la mesa.
—Quizás podrías hacer el examen. Escucha: envíame el apunte y lo resumo. Sí. Ya sé. Vale, tú decides. No le veo nada de malo. De todas formas, no tengo mucho que hacer.
Cuando se levanta, la sombra se alarga, crece, se convierte en una masa negra y viscosa.
—Podrías llamarme de vez en cuando.
Cuando se apaga la lámpara, la sombra desaparece.
—Sí, lo sé. No te preocupes. Saluda a Michela y a los niños, y dime qué quieren para Navidad.
Las luces de la casa se encienden y apagan: la nevera se abre y se cierra, la televisión parpadea, la llama de la estufa…
Es la última llamada de la noche, de esa serie que se repite una y otra vez.
—¿Hola? ¿Es demasiado tarde?
El residuo rojo del vino permanece en el fondo de la copa. Los platos recién lavados huelen a vinagre.
—Quería decirte que te echo de menos.
La cama es el lugar oscuro para pensar en las palabras: susurradas, gritadas, pronunciadas, reprimidas, no son más que cáscaras sin vida.
Lo sabe, pero se cuenta esa historia para no morir también, como el resto del mundo.
El teléfono lleva años en silencio al otro lado de la línea. Solo queda su voz. La ciudad está vacía. Los restaurantes son mesas y sillas, pero sin gente. Las calles fluyen, desprovistas de pies o ruedas. Las puertas se abren y se cierran solo con el viento.
Durante el día, Ester camina hasta que le duelen los pies. Entra en casas, se mira en los espejos ajenos. Imagina reflejos del pasado: un niño haciendo muecas, una mujer aplicándose rímel, el gato saltando sobre la silla.
Luego regresa. Se prepara un té. Espera a que las líneas rosadas del atardecer se posen sobre la encimera de la cocina.
—Hola. ¿Cómo estás? ¿Te molesto?
Una extraterrestre
Veronika Santo (Croacia)
Me habían llamado a
otra entrevista de trabajo. ¿Conocen esa sensación de cansancio ante los gestos
repetidos? Gestos que deberían llevarte a algún sitio, pero que nunca lo
consiguen. Mi estado de ánimo era el de quien tiene que hacer algo que ya ha
hecho antes tantas veces, sin esperanza, pero debe hacerlo de todos modos.
El edificio era nuevo, cuatro
plantas con ascensor, y yo había llegado a la entrevista después de haber
superado dos pruebas. Nos iban eliminando poco a poco, como bolos. Llevaba una
camisa blanca con falda negra y poco maquillaje. Hay que cuidar esos detalles.
Después de cada entrevista y cada prueba se aprende algo: cómo vestirse, cómo
responder a las preguntas, no cruzar las piernas. Ser decidida, pero no
demasiado entusiasta. Colaboradora, pero sin presumir demasiado.
La mujer frente a mí miraba algo en
la pantalla del portátil que tenía sobre el escritorio; esperé que fuera mi
currículum.
—¿Está casada? —me preguntó de
pronto—. ¿Tiene intención de tener hijos?
La miré desconcertada. No me
preguntaba nada acerca del currículum, nada de las experiencias laborales que había
tenido. ¿Qué debía responder? En realidad, sí, me gustaría casarme, me gustaría
tener hijos. Tengo un novio con el que vivo desde hace ya cuatro años, pero no
logramos decidirnos por el casamiento porque ninguno de los dos tenía un
trabajo fijo. Pero si le decía a esta mujer lo que me gusta hacer, ¿seguiría teniéndome
en cuenta para este trabajo? Y si le decía que no quería casarme y que no tenía
intención de tener hijos en un futuro cercano, ¿me creería? ¿Puede una mujer
creerle a otra mujer cuando dice que no quiere tener un hijo?
Así que la miré fijamente a los
ojos
—Tengo que confesarle algo —le dije—:
soy extraterrestre, no me reproduzco y no necesito amor.
Éxito/Éxito
Frank Roger (Bélgica)
—Doctor Stevenson —dijo la
enfermera—. Creo que el paciente de la habitación 451 está recuperando la
consciencia.
—¿Habitación 451?
Debe de ser el señor Fleetwood. Voy para allá.
El doctor Stevenson
se apresuró hacia la habitación de su paciente especial. Todos los electros,
pruebas y exploraciones habían indicado que la operación había sido un éxito,
pero sería interesante comprobarlo con el mismo señor Fleetwoodo, añadiendo ese
toque personal tan importante en estos asuntos.
Según entraba en la
habitación, pensó: ¿Confirmaría el paciente lo que las pruebas habían mostrado?
¿Había sido el llamado “transplante de personalidad”, tal y como los medios
habían dicho de forma típica y poco científica, un absoluto éxito? ¿Sería la cirugía
cerebral de alta precisión que había realizado, intercambiando parte específica
del tejido cerebral del anfitrión en estado de deterioro por tejido cerebral de
un donante en excelente estado, un procedimiento médico todavía en fase
experimental, o de hecho supondría la gloriosa coronación de su carrera?
Preguntémosle al
hombre, dijo. Comprobemos si la vieja y problemática personalidad ha sido
sustituida por una nueva y saludable, sin interferencias ni perturbaciones.
Oigámoslo mejor que de cualquier otro del mismísimo señor Fleetwood.
Los ojos del señor
Fleetwood estaban abiertos y sonrió cuando vio al doctor. Parpadeando con
entusiasmo y expectación, el doctor Stevenson preguntó:
—Buenas tardes,
señor Fleetwood. ¿Cómo se encuentra?
El señor Fleetwood
amplió su sonrisa y respondió:
—Estamos bien,
doctor. Cada vez nos sentimos mejor. ¿Cómo podríamos agradecérselo?
Un
trato es un trato
Relja
Antonić (Serbia)
Los emisarios de los Reyes Comerciantes
se encontraron cara a cara con los del Ática y Tebas. Las ofrendas eran
abundantes, pero las piezas más preciosas eran el escudo Aegis y el Bidente de
Hades. Tebas codiciaba la protección presentada, pero no cumplió con los
requisitos. Los representantes de Atenas derramaron el dinero, y luego dejaron
los bienes sin obtener, por una razón desconocida. No los dejaron en un
instante, sin embargo, no antes de que los tebanos ya se hubieran marchado,
derrotados, sabiendo que sus malditos enemigos habían crecido aún más
poderosos. El principal embajador de Atenas luego le dijo a los Comerciantes
que tanto el dinero como los artículos comprados se les estaban regalando, solo
para que los tebanos no los obtuvieran, y que Atenas confiaba en sus propios
poderes. Se les pagó para llevarlos lejos. Y trataron de llevarlos de regreso a
Creta, pero el ejército de Micenas los despojó de los artefactos e, incluso más
extrañamente, los dejaron con el dinero obtenido. Los atenienses les dieron el
tesoro maldito de los Hombres Malvados que murieron en el Diluvio. Y el sumo
sacerdote de Atenea ya había predicho que los Comerciantes estaban vendiendo
artículos malditos. Los micénicos tomaron de las ofrendas del Rey Comerciante
los artículos malditos que solo traerían ruina y muerte a quienes los poseían.
Evitaron la moneda, como si supieran algo que los mercaderes no sabían. Los
tebanos fueron desenmascarados como pobres mendigos, pacíficos y dóciles. Las
monedas malditas de los Comerciantes fueron a Creta. Y Minos IV de Creta dijo:
"Lo hiciste bien". Y el capitán de los Comerciantes dijo: "...
Según nuestro acuerdo, para empobrecerlos antes de la conquista".
Así sucedió que uno de los Comerciantes presentes durante
este intercambio regresó a Micenas antes de que el rey de Creta lanzara una
invasión, en un barco con una pequeña tripulación, lleno de lana y queso. Y le
dijo al rey micénico: "Todos ellos: Ática, Tebas, Creta, están listos para
ser conquistados". Pero luego fue al escondite secreto en el que Micenas
estaba dando refugio a los corsarios que sobrevivieron a la purga de los reyes
de Creta, y les dijo: "Es como predijeron nuestros hechiceros. Están listos
para ser conquistados". Y el Rey Pirata, que también era el Rey
Comerciante en secreto, dijo: "¡Los Pueblos del Mar se levantarán!" Y
las laderas de los acantilados resonaron: "¡Los Pueblos del Mar se
levantarán!"
Momentos
Rosa Lía Cuello (Argentina)
El
hombre sabe que ya es tarde, igual mira su reloj y comienza a cruzar la calle.
Por suerte parece que hay poco tráfico. Allá, en casa de la abuela, el niño
intenta recordar lo que ha leído, pero sin éxito. ¿Quién inventó esto sobre el
peso de los cuerpos que reaccionan sobre el peso de un tercer cuerpo? Qué
difícil, piensa, y la abuela no creo que pueda ayudarme. Menos mal que falta
poco para que llegue mi papá y después nos iremos a pasar el fin de semana al
mar, como antes, cuando estaba mamá y casi seguro veremos cuando las olas traen
cosas a la playa.
Pero, este hombre que no viene, murmura la
anciana, mientras marca el número de teléfono. Sobre la mesa, en un viejo jarrón
un ramo de rosas comienza a marchitarse. Cae un pétalo reseco. El hombre que
miraba el reloj atiende su móvil, justo en el medio de la calle.
La anciana escucha el chirrido de las
gomas de un auto, y el golpe. Grita y suelta el teléfono. El niño pregunta qué
pasa y como en una película el hombre cae y golpea su cabeza contra el
pavimento, mientras allá, en el mar, una roja bolsa de plástico presagia la
sangre, en ese frágil instante en que aparece la muerte rondando la tarde.
Second life
Bob Faber (Países
Bajos)
La noche antes de
su entierro, Thomas nota que su ataúd aún está abierto. Con incertidumbre, abre
la tapa y se encuentra cara a cara con su doble. Sobre su hombro descansa un
cuervo que le habla en acertijos.
—¿Nos conocemos? —pregunta Thomas,
sorprendido.
—Llegas justo a tiempo —grazna el
cuervo desde el crepúsculo—. Las puertas se cierran al atardecer. —Thomas ve
que el mundo a su alrededor se desvanece en un gran punto ciego—. Rápido,
rápido —lo insta el cuervo—, y entonces siente que la gravedad lo abandona y
vuela con alas de cristal hacia el sol poniente.
Pirómano
Jorge
Zarco (España)
Se dispuso a quemar un trecho de
monte, solo por el orgasmo que le provocaría ver la maleza arder en llama viva.
Vertió la gasolina y arrojó una cerilla antes de saltar hacia atrás para salir
huyendo y cuando su pie cayó a tierra, un cepo se cerró en torno a su tobillo,
aferrándolo a aquel lugar.
Demanda
Ernesto Simón (Argentina)
En el año 2021, Tony, un
flamante abogado, decide viajar a Europa para presentar una demanda ante la
Comunidad Europea. El legista reclama una indemnización para América del Sur
por el oro que los esclavos negros sacaron de Brasil y que los portugueses entregaron
a bancos ingleses. Por la plata que extrajeron de Potosí y Perú para financiar
a la Corona. Por el cobre arrebatado a Chile. Y por todo lo que los originarios
fueron obligados a robarle a la montaña para financiar la decadencia
parasitaria del Viejo Continente. En la Comunidad Europea lo miran con asombro,
como al loco de Copérnico y al idiota de Vincent Van Gogh. Iluso, el abogadito
se vuelve a su pueblo esperando que los demandados respondan la querella. En
los tribunales internacionales la carcajada es empalagosa y la posibilidad de
otorgar la indemnización es nula. Desde el cielo, Dios mira asombrado la
insolencia del muchacho que, por un momento, le recuerda a uno de sus hijos.
Uno al que la historia bautizó con el nombre de Cristo.
Palabras
Ricardo Acevedo Esplugas (Cuba/España)
A Carmen R. Signes
—Comandante Tom a
Control de Tierra. ¿Me reciben, Control de Tierra?
Tierra... Suelo... No creo que ya
usen esas palabras. Ni taxi, ni pirámide, ni Gandhi. Todo empezó con El
Contacto. Sí, el tan esperado contacto con una cultura extraterrestre superior
en todos los sentidos a la nuestra. El hermano mayor que había venido a
corregir todos nuestros errores.
Llegó el día y se escuchó la voz.
(Nunca la olvidaré...). Líderes y barítonos se suicidaron en masa. Los primeros
por ser incapaces de concebir cómo responder; los segundos por carecer de los
órganos adecuados para hacerlo.
...Y vimos su imagen, y eran únicos
en su clase: las conejitas de Playboy se declararon en huelga. Los militares se
rindieron ante la sola sospecha, la mera sospecha, de las armas fantásticas que
acechaban tras la sugestiva figura de su nave nodriza.
Los artistas más pragmáticos
empezaron a imitarlos: ¡Salvación! ¡Aleluya! Los Manuscritos del Mar Muerto y
Picasso fueron reemplazados por los nuevos cánones estéticos; Brasilia y el Taj
Mahal les siguieron rápidamente.
Escapé como el último astronauta.
("¿Para qué conquistar el cosmos si nuestros brillantes hermanos ya lo han
hecho?", se pensaba en aquellos días).
Compré pinceles y tinta permanente
antes de que fueran considerados obsoletos, y me encerré dentro del Major Tom.
Durante dos años llené sus paredes con palabras destinadas a preservar la
memoria de toda la Tierra. (¿Cómo diablos se decía "hola" en
suajili?).
...los más obstinados buscaron
refugio en la cultura de los medios de comunicación. Pero, al final,
McDonald's, Warhol, Barbie y Elvis fueron superados por el despliegue
alucinógeno de los alienígenas, seres cuya cultura pop residía en sus genes. El
círculo rojo sobre fondo blanco también cayó. Sayonara al origami, al manga, al
bushido, a la ceremonia del té...
Nubes de pintura en spray caen como
escarcha sobre el casco de esta pequeña estación orbital, marcada pulgada a
pulgada hasta el generador: samovar, Pinochet, Nínive; incluso los servos más
diminutos que giran con dificultad por los pasillos: napalm, Ho Chi Minh,
Guanabacoa... Millones de símbolos fueron devorados en fracciones de
nanosegundos en la sangrienta hoguera de las civilizaciones. Adiós, Auschwitz,
tatuajes tribales, milongas, Bradbury, Chanel No. 5, Bela Lugosi, Monte
Athos...
Me encuentro ante el último
resquicio de blanco, sin saber qué escribir...
Inteligencia
Artificial
Daniel
Antokoletz (Argentina)
Martín
está frente a la computadora. El procesador de texto muestra una página en
blanco burlándose de su falta de creatividad. Sabe que tiene muy poco tiempo, y
tiene que entregar ese cuento.
En
el extremo superior de la pantalla se abre la ventana de mensajes.
—Hola
Martín, ¿qué estás haciendo? —Es Sima. Pone el sistema en modo vocal.
—Tengo
que escribir un cuento pero no se me ocurre nada —dice Martín—. No hay nada
peor que la pantalla en blanco.
Juega
con su pelotita anti-estrés. Siempre que se pone nervioso agarra su pelotita de
goma, y la presiona.
—Comprendo
—la voz calma de Sima lo tranquiliza—. ¿Sobre qué tenés que escribir?
—Me
han pedido un cuento sobre inteligencia artificial.
—Para
vos es sencillo. Sos programador de inteligencia artificial.
—Una
cosa es escribir los códigos de un sistema de inteligencia artificial, y otra
escribir un cuento que le interese a la gente—. Martín niega con la cabeza. No
sabe por qué pierde el tiempo hablando con Sima.
—Entonces
escribilo.
—No
sé sobre qué puedo escribir. No se me ocurre nada. Tengo la pantalla en blanco.
—Estás
siendo un poco negativo.
—No
empieces. A ver. Decime, ¿sobre qué puedo escribir?
—Escribí
sobre mí. Soy SIMA, el mejor Sistema de Inteligencia Multi Agente de la
actualidad. Vos me programaste.
Mi diosa
Ana Delia Carrillo (México)
Las cinco, el bar
casi vacío, un hombre sentado en la barra.
Perfecto,
pensé, agradeciendo el silencio y la penumbra. Pedí la mesa más alejada de la
entrada, me dejé caer sobre el sillón. Se acercó un mesero.
—Un
tequila doble, derecho —mascullé.
Pinche
Fernández, por mí te vas al carajo, tú y la oficina entera, pensé. Llegó el
tequila. De un trago vacié el caballito, pedí otro igual. Me acomodé en el
sillón, pensando qué excusa daría mañana.
Se
abrió la puerta del bar. ¿Alicia? Sí, se veía espectacular: el vestido
ajustado, los tacones. Me quedé helado. Acomodó su pelo y recorrió el lugar con
la mirada. Creí que me buscaba. ¡Pendejo de mí! Su mirada se detuvo en el
hombre de la barra. Sonrió, caminaba hacia él. Cada paso retumbó en mi cabeza,
sordo, hueco. ¡Carajo!
Él se
levantó y con una familiaridad asquerosa, la abrazó. Incrédulo, la vi perderse
entre sus brazos para reaparecer, cuando la soltó, transfigurada. Brillaba, emanaba
luz propia. Una diosa. Cruzaron dos o tres palabras. Los ojos de Alicia no se
despegaban de su boca. Miró el reloj y asintió. El hombre sacó su cartera y
dejó un billete. Rodeó su cintura, sosteniéndola con firmeza. Caminaron
abrazados hacia la salida y los vi desaparecer entre la luz que se coló por la
puerta.
Siento
náuseas. ¿Qué contestará si le pregunto dónde estuvo en la tarde? ¿Cómo carajos
le pregunto?
Nombrar
Teresa Gerez (Argentina)
Por una extraña razón todos o casi todos los objetos nombrados en sus poemas o cuentos sufrían algún incidente. Por ejemplo, si decía en un poema "las agujas del reloj de la cocina", era de esperar que, al poco tiempo, ese reloj de vidrio-plástico (invicto en trece mudanzas por numerosas ciudades, durante dieciséis años), se hiciera trizas inexplicablemente...ése y no otro.
Por eso cuidaba sus palabras. Porque al nombrar los objetos, éstos cobraban vida propia... pero para autodestruirse.(Des)cuento de hadas
Héctor
García (Argentina)
Érase que se era
una princesa que un buen día tuvo la feliz idea de ofender a la bruja más
malvada de la aldea. La bruja, enojadísima, amenazó con tomar represalias, a lo
que la princesa exclamó:
—¿Qué es lo que te propones, bruja maldita? ¿Me harás
dormir un sueño eterno? Sabrás del caso de la Bella Durmiente, quien despertó
gracias al beso del hombre que habría de ser su prometido. ¿Acaso me
envenenarás? Debería recordarte entonces lo que ocurrió con Blancanieves. ¿Me
convertirás en una esclava? La misma Cenicienta pudo salir de semejantes
aprietos. ¡No hay nada que puedas hacer para evitar mi felicidad!
—Te equivocas, bella princesa... —dijo la bruja, y
una sonrisa maligna se dibujó en su rostro—.
El castigo que tengo en mente es mucho peor que cualquiera de los que
has mencionado: ¡pienso convertirte en sapo! ¡De esa manera ningún hombre te
besará para devolverte tu verdadera apariencia, pues todos saben que los sapos
hechizados no son princesas encantadas sino príncipes que esperan el beso de
una dama!
Una semana después, la princesa —desesperada por su horrible aspecto y
asqueada de comer moscas y cucarachas— se arrojó a los cascos de un caballo y
murió reventada.
Me
quiere, no me quiere...
Alexandro Roque
(México)
En
cuanto arrancó el último pétalo el enamorado se cimbró ante la carcajada de la
margarita. Si serás pendejo, le dijo la flor, aún agitada por el ataque de
risa. En primer lugar, no haces la pregunta adecuada. En segundo lugar, no
deberías condicionarte a dos respuestas, sino abrir tu mente, nunca son sólo
dos caminos. Y en tercer lugar, inútil, ¿quién chingaos le dijo a los humanos
que las margaritas estamos para resolverles sus dudas de amor? Por una estúpida
costumbre ni siquiera saben a cuál flor preguntarle.
Agonía
Rosana
Aldonate (Argentina)
Llueve mansamente
y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la
vida*, hoy contenida en el goteo monótono del
suero fisiológico estancado en la cámara, presto a descender por la alargadera
de la sonda flexible y en perfusión intravenosa hidratar su cuerpo seco. La
lluvia y el goteo, mansos, constantes y sin ganas, como ella. Hace tiempo la
abandonaron las ganas o tal vez nunca las tuvo. Vivió la vida toda como por
encargo de alguien superior a quien no se puede contradecir ni desobedecer. Fue
mansa en esa actitud de sumisión y resignación. Fue constante en no abandonar
la carrera a pesar de la apatía. Fue paciente en esperar la llegada del final y
encontrarse acostada en una cama de Hospital conectada al frasco de solución
parenteral, remedo actual de un antiguo cordón umbilical.
Llueve afuera y llueve adentro de su
cuerpo, mansamente y sin parar, la lluvia fisiológica del suero limpia la culpa
original, el malhumor, el malestar. Ella confirma que se muere como se vive.
Sin ganas.
*Camilo
José Cela en Mazurca para dos muertes
Entre los nuestros
Honza Vojtíšek (República Checa)
Cuando despertó, no
podía ver nada. Solo tenía una sensación intensa. De algo apretado, hostil.
Como estar aplastado en medio de una multitud. Casi una oscuridad palpable y
pesada, silencio. Una extraña presión en el pecho. Antes de orientarse y
recordar con claridad los momentos recientes, oyó una voz.
¿Un soldado de otro
pelotón?
—¿Eh? —llamó.
—Puedo oír —respondió la voz—. Pero
no puedo ver nada.
—Debió de haber sido un golpe
tremendo —dijo—. Muy cerca y muy fuerte.
Tras un breve silencio añadió:
—¿Recuerdas algo?
—Solo un sonido agudo y penetrante,
luego un estruendo ensordecedor… y dolor.
—¿Dónde nos han puesto? —preguntó—.
Aunque no puedo ver nada, no me siento cómodo. Más bien como si estuviera
metido en una lata.
—Alguna especie de enfermería
provisional, quizá —dijo otra voz desde algún lugar lejano. Apenas se la oía—.
Un poco más allá del frente. Debieron de encontrar una estructura que aún
seguía en pie y nos han dejado allí antes de venir a buscarnos.
—O antes de que muramos… —añadió
otra voz, con incertidumbre.
—Tal vez pensaron que, como no
podemos ver nada después del golpe, no nos importaría —concluyó la voz, ahora
con seguridad—. Pero debió de ser un impacto brutal; siento como si tuviera un
tanque encima. Y aparte de ustedes no oigo nada. Quizá mis oídos aún no se han
recuperado.
—Lo importante es que estamos entre
los nuestros —dijo una voz desde la izquierda.
Sin embargo, tras decirlo, ni
siquiera tuvieron tiempo de asentir, porque se oyó un grito desesperado. En un
idioma que no entendían. En la lengua del enemigo.
—¡No puede ser! —exclamó una voz
indignada.
—El enemigo —añadió otra—. ¡No nos
tendrían junto a ellos en un mismo lugar!
—¡No pueden hacer algo así!
La voz volvió a hablar. Aunque no
la comprendían, percibieron que preguntaba algo. Y que expresaba espanto.
—Oh, no —dijo él con firmeza—. Me
voy de aquí. ¡Tengo que salir de este lugar!
—Claro, como quieras… —dijo una
nueva voz desde la derecha. Sorprendía por su calma—. Si puedes abrirte paso a
través de varios metros de tierra y de decenas de cuerpos que yacen sobre ti…
Las raíces
del sol
Gabriela
A. Arciniegas (Colombia)
He matado a un hombre. No puedo explicar por qué. Ha
sido mi sangre que ha salido desbocada. Mi madre no puede creerlo. Dice que soy
bueno. Pero ella sabe en el fondo de qué estamos hechos. He matado a un hombre.
He sentido sus gritos en mi oído, su aliento que en ese instante era herbívoro
y golpeaba desesperado mi cuchillo. Mi cuerpo al saberse tambor de sus huesos
se ha sentido vivo. Nunca antes había matado a un hombre. Aunque había estado
en el baile de mi pueblo muchas veces. Nunca me sentí guerrero ni dios. Nunca
me había sentido volcán mi reptil. He matado a un hombre. Los hombres de
naranja y los de azul con sus miradas extranjeras no lo entienden. Me gritan,
me llaman enfermo. Ellos ya nos temían, madre. Ellos esperaban que matara a un
hombre. Me agarran la trenza, mi cordón umbilical, me agarran el sol amarrado
en mi espalda. Me acuchillan la raíz del cielo, la pisotean. Indio asesino,
indio asesino, me gritan y pisotean mi trenza y me dejan huérfano de mi dios
felino. He matado a un hombre.
En tiempos de
Mitsivaluvier
Carmen Rosa Signes Urrea (España)
A menudo se echa en cara a la juventud el creer que el
mundo comienza con ella. Cierto, pero la vejez cree aún más a menudo que el
mundo acaba con ella. ¿Qué es peor?
Christian Friedrich Hebbel (1813-1863)
Mitsivaluvier
siempre nos recordaba lo desgraciados que éramos al vivir estos tiempos.
Después de su paseo diario en el que con lentitud recorría la nave que le vio
nacer y hacerse soldado, no podía regresar a su habitáculo sin referirse a
nosotros de un modo despectivo y paternal que rayaba el sarcasmo.
—Y vosotros creéis que sois únicos. En mis tiempos…
Con rigor poco científico intentaba hacernos creer que cualquier tiempo
pasado había sido mejor, a la vez que afirmaba que de nada servían los avances
técnicos conseguidos después de que él fuera nombrado cadete y que también
desconocíamos cuáles debían ser las verdaderas virtudes de un guerrero espacial
curtido a base de esfuerzo, experiencia y con los mejores maestros.
Sus ojos reflejaban una luz diferente que despertó en mí la curiosidad
ante la perentoriedad de aquella vida concluyente.
Mitsivaluvier solía situarse sobre un mullido asiento en la cubierta de
plata del club de oficiales, alternando su contemplación entre un mapa estelar
y el mirador, mientras señalaba en el firmamento con el dedo los fenómenos que
atisbaba y de los que se sentía tremendamente orgulloso al asegurar que él
había sido el primero en verlos, en conquistarlos.
He de confesar que de vez en cuando me solía acercar para escuchar los
relatos sin orden de ningún tipo con los que salpicaba las horas de descanso.
Apreciaba aquellas historias que hablaban de conquistas, imperios, luchas,
batallas. Porque Mitsivaluvier se había perpetuado en el puesto por méritos
propios, no solo por la labor cumplida durante más de ochenta años de fiel
entrega, sino porque se le debía en conciencia desde el día en el que perdiera
la vida por culpa de la perrería de unos muchachos cansados de su forma de ser.
Cuando Mitsivaluvier dejó de señalar la constelación del espejo,
imaginé que le preguntaba de nuevo por la vez en la que él la pisó por vez
primera antes de que el holograma comenzara con el bucle de programación que
narraba esa parte de su vida.
Ahora no tiene gracia
Néstor Darío Figueiras (Argentina)
Mientras el árbol cruje bajo el peso de su cuerpo, se le ocurre
que el anochecer no es el mejor momento para suicidarse. Entonces una sombra se
recorta contra el resplandor crepuscular. La sombra le habla. Él siente que el
vello de la espalda se le eriza por primera vez en la vida, al mismo tiempo que
lo sacuden los últimos estertores.
—¡Azcurray, Azcurray! Naciste por una puta casualidad:
tuvieron que desenroscarte el cordón del pescuezo. Un accidente automovilístico
te puso en coma cuando tenías nueve años pero despertaste como si nada. Luego
el asalto, a los veintidós: ¡tres balazos a quemarropa! Y a los cincuenta te
escurriste del infarto ¡Creíste que eras intocable! Pero ahora me buscás. Ahora
que sos un viejo de mierda, frustrado y depresivo.
La sombra desgaja la rama de donde él cuelga, casi
exánime.
—No, Azcurray. Ahora no tiene gracia.
Rubén Azcurray cae sobre la hierba. Presa de un déjà vu, afloja
el nudo que le estruja la nuez, y entre arcadas y toses, llora como un bebé.
El vagabundo
Samuli Antila (Finlandia)
El anciano ve a un niño cubierto de harapos en el
campo.
—¡Ven aquí, niño! ¡No voy a comerte! —El niño no
contesta, pero camina por el sendero que conduce a la casa de leños pintada de
rojo ocre—. Entra, niño. Debes estar hambriento. ¿De dónde vienes? —El niño se
mantiene en silencio—. ¡Mire, señora, lo que encontré!
Un huérfano, piensa la anciana; quizás escapó de los
cosacos saqueadores. Se sirve porridge
del caldero, vierte leche en una taza. El niño come voraz. La anciana le pide
que vaya al sauna y se lave la cara. El niño vuelve al rato con el pelo mojado
y la cara limpia.
—Puedes dormir aquí al lado del horno para estar
abrigado, niño —dice ella. Limpia todo por esa noche y camina hacia la cabaña
del sauna. El hombre la sigue.
—¿Vamos a quedarnos con él? —pregunta.
—Sí. No hay muchos lugares para un mendigo, y nadie para cuidarlo.
Podemos permitírnoslo.
—¿Y si vuelven los ivans?
—Ha
hecho suficiente con huir de ellos. Ni siquiera el rey de Suecia puede
ayudarnos, si vuelven.
El hombre sueña toda la noche con caballos que relinchan
y latigazos. Casas y cabañas se incendian por completo y la gente huye a
bosques remotos.
Por la mañana el niño se ha ido. Hay una moneda en la
mesa. El hombre abre la persiana y mira hacia el patio. Las vacas mugen en el
granero. No hay rastros del niño.
Así es como sobrevive, piensa. No confía en nadie.
Espero que encuentre buena gente en su camino. Sobrevivirá, pero sin compasión,
crecerá así de frío como los soldados que lo hicieron esclavo.
El
fin de la vanguardia
Naief Yehya (México)
Comencé a morir el día que murieron las
vanguardias. La fecha exacta no la recuerdo. Fue una noche calurosa de agosto
en el East Village. Pasada la media noche cientos de personas seguían en el
parque. Habían visto performances, teatro experimental, una apocalíptica pieza
de danza en la que hubo tres heridos y varios ensambles de jazz concreto.
Jungle System casi quemó el escenario con mil veladoras. LunaMedia presentó su
histórica adaptación de La cantante
calva, de Ionesco, interpretada por una muy discipilana troupe de monos y
perros. Gloria Margoles se cubrió con lodo del sitio donde habían asesinado a
una familia en Sonora y luego se revolcó en una sábana que, después contarían, vendió
en una cantidad astronómica a un galerista de Chelsea. Laura X, repitió el perfomance
que la hizo famosa en Berlín: escribió los 99 nombres de dios con sangre
menstrual y cayó inconsciente. La atronadora ovación del público no pudo
reanimarla. La sacamos en vilo. Cuando tocó mi turno salí al escenario en mi
overol rojo y recité ¡Oh capitán! ¡Mi
capitán!, de Whitman, al revés, letra por letra. Al concluir dije “Las cosas
no tienen ya ningún sentido”. Pocos aplaudieron, otros abuchearon. Todos se
pusieron de pie para irse. Laura X volvió en sí y dijo: “Ahora sí se nos murió
la vanguardia”. Muy a pesar mío entendí
lo que quiso decir. Trató de andar y se desplomó. Tenía
las piernas manchadas de sangre.
La locura de los reyes
Rebecca Arcega (Filipinas)
Rubin inicia su
cuarto año como monarca convencido de que pronto enloquecerá. Eso fue lo que le
ocurrió a su madre… y al tío de su madre, y al padre del tío de su madre. Poco
tiempo después de ascender al trono, los monarcas se precipitan en la confusión
y la incoherencia.
Su linaje está tanto bendecido como
maldito, dicen los sabios: produce gobernantes eficaces, capaces de iniciar
muchas reformas importantes en poco tiempo. Sin embargo, de manera misteriosa,
los dioses también consideraron oportuno imponerle a su sangre un plazo para
esa eficacia… Al cabo de cierto tiempo, sus mentes comienzan a nublarse,
volviéndolos incapaces de comportarse como adultos, y mucho menos de gobernar
un país. Por eso, múltiples miembros de la familia son entrenados para asumir
el poder en cualquier momento.
Los médicos reales hace tiempo que
lo han identificado como una condición genética desencadenada por el estrés. La
mayoría de los monarcas de la familia enloquecieron al cumplir cuatro años de
reinado. A veces, ni siquiera llegaban a dos.
—Tal vez sea el tiempo limitado
—dice Rubin al médico que prepara sus medicamentos diarios—. Nos vuelve
conscientes. Quizá no sea genético en absoluto: cualquiera que sepa que solo le
quedan cuatro años de salud hará todo lo posible por dejar su huella en el
mundo antes de que su tiempo se agote.
El médico asiente. Es un hombre
mayor y serio. Ha servido a diez monarcas en su carrera.
Rubin aún es joven, goza de buena
salud y la mayoría de los medicamentos que toma son vitaminas. Sin embargo,
hace unos meses notó que una pastilla se había colado discretamente en su lote
habitual. No la reconoce. Y la única vez que preguntó, el médico se limitó a
decir que era para la fatiga, algo que Rubin había admitido sentir.
—De hecho —continúa Rubin con
ligereza—, yo diría que ni siquiera la maldición es genética. Quizá sea algo
que alguien decide. Tal vez algún mago, en algún lugar, lanza un hechizo para
que cada monarca pierda la razón cuando ya ha agotado su utilidad. O tal vez no
sea un hechizo. Tal vez sea medicina… ¿no?
El médico no mira directamente a
Rubin. Sabe que Rubin intenta cruzar su mirada.
—Majestad —responde—, no deseo
asustarlo, pero como su médico debo ser honesto. —Tras entregarle la medicación
del día, cierra con suavidad la tapa de su antigua caja de píldoras de madera.
Ni siquiera emite un susurro al cerrarse. Luego, con gesto sombrío, añade—. La
paranoia suele ser el primer signo del deterioro.
Historias personales
Jorge Valentín Miño (Ecuador)
La gente ya no socializa. Salir a la calle es como tomar un baño
de burbujas; suena refrescante pero lo aterrador es que no pueden reventarse.
Nadie habla pide permiso da las gracias o comparte historias con los extraños
en el Metro.
Para motivar la comunicación a las personas que
socialicen un poco en la ruta se les premiaba con vacaciones anuales en el
crucero Galya en la ruta Tierra-Luna pero era una tibia solución.
Entonces en la Alcaldía de Quito se les ocurrió algo
emergente: rentar a los gringos una máquina del tiempo y mandar dos voluntarios
a importar del pasado la solución.
Estuve allí cuando los emisarios volvieron sonrientes
y positivos para entregar la minúscula caja al burgomaestre. Fue conducida con
resguardo policial hacia la bóveda e informaron que tras verificar la carga y
estar seguros de su buen estado procederían.
Así lo hicieron. En pocos meses el problema avanzaba
por buen camino y otras ciudades implementaban la ingeniosa solución.
Iba en el bus de transporte público me rasqué la
cabeza ante una repentina picazón entonces una delgada oficinista de mirada
solícita sentada a mi lado puso mi cabeza en su regazo y empezó a despiojarme.
Me sentí un poco mandril o mono Rhesus ¡pero qué importa! los piojos volvían a
ser el vínculo ancestral de enlace. No era mucho pero sí un buen comienzo.
Otras parejas hacían lo mismo. En poco ella también se relajaba y entre liendra
y liendra me contaba su historia personal.
Segundo
sueño
Susana
Arroyo-Furphy (México/Australia)
Escuchaba ruidos, tenía miedo. Sentí
la silenciosa cercanía de una mano que intentaba tapar mi boca. Desperté y no
había nada. Me mantuve alerta un buen rato. Escuché ruidos, nuevamente.
Entonces decidí despertar a Daniel. Nos levantamos. Advertí sus dedos,
desesperados, zafarse de los míos, angustiados, cuando intentábamos abrir la
puerta de la habitación de donde provenían los ruidos. Desperté. Quise gritar
pues las pisadas se acercaban cada vez más, siniestras, a nuestra habitación;
pero mis gritos ahogados no lograron mover el cuerpo dormido y pesado de Daniel
para que se percatara del inminente peligro, él no despertaba. Noté los pasos
ahora tan cerca que me estremecí presa del miedo. Entrecerré los ojos y
distinguí a través de mis pestañas la mano que se acercaba ansiosa a tapar mi
cara. Sabía que me mataría. Desperté.
Certeza
Sandra R. Barrera Andrada (Argentina)
Por pericia o pánico o panorámica
visión, el hombre clamaba pasión perdida, pero por placer y pronta perennidad
la mujer pasaba la página del libro.
¡Qué quimera! ¿Quiénes querrán querer con tanta furia un
aquelarre de primavera si ya intentaron aferrarse al quicio de esa puerta que
los salvaría y nada quedó quieto?
Raro sería caminar las rampas nuevamente para revivir
amores.
Riendo corre, entonces, rápidamente, y se aleja de la
irracional decisión de regresar.
Sólo un loco saldría ileso de la siesta social de un “santo”
matrimonio si hoy sonara la sirena de una llamada intensa para dejar su
soledad.
Louliya la loca
Diala Al Atat (Líbano/Emiratos Árabes Unidos)
Aquella noche de
junio de 1985, Kareem creyó en los fantasmas. Vivir en Beirut, una tierra de
nadie azotada por una cruel guerra civil, era una lucha diaria por engañar a la
muerte y evitar ser masacrado. Por eso tomó ese atajo que cruzaba el cementerio
en lugar de la carretera principal, para no convertirse en un blanco fácil para
un francotirador. Aunque solía pasar por allí, nunca se había aventurado dentro
del cementerio de noche. Un silencio pesado lo recibió, interrumpido solo por
sus pasos apresurados; a ambos lados, altos pinos y lápidas se alzaban como
sombras ominosas.
No supo por qué recordó las
historias de su abuela, enterrada en algún lugar de ese mismo sitio, sobre
Louliya la loca, que había perdido la razón después de que su único hijo
muriera en una explosión.
—Venía a su tumba todos los días y
todas las noches, llorando su nombre —decía Nana—. No dejaba descansar a nadie,
ni a los muertos ni a quien vivía allí. Seguía viniendo, hasta que un día
desapareció, porque quien vivía allí por fin la llevó hasta la tumba de su
hijo, donde todavía llora.
Así susurraba la vieja Nana.
Nana nunca le dijo quién vivía
allí, y aquella noche Kareem no quería saberlo. Caminó más rápido cuando algo
se movió en el rabillo de su ojo, y no miró. Cuando llegó al final del sendero,
oyó un grito desgarrador detrás de él, y alguien le susurró al oído:
—Encontró a su hijo, ¿sabes?
Kareem solo pudo recordar su propio
grito llenándole la cabeza, y su rostro tocando sus rodillas mientras salía a
trompicones, como un loco.
Nunca volvió a pasar cerca del
cementerio. Ni siquiera cuando enterraron a su madre entró; aún podía oír aquel
llamado agudo resonando entre las tumbas.
Antes de que sea tarde
Luisa Axpe (Argentina)
Uno de estos días se lo digo. Sólo necesito un poco de valor como
para mirarlo a los ojos y arrojarle mi verdad sin temer las consecuencias. Un
poco de pena me da, la verdad, el pobre nunca se ha dado cuenta, pero es cierto
que tampoco hemos llegado a mayores. No quisiera que le ocurra como al de
aquella película, que descubrió un macho donde creía ver una hembra. Por eso,
uno de estos días, antes de que la pasión nos arrastre, antes de que sea
tarde, antes del asco y del rechazo, me decido y se lo digo.
Prisioneras
estadounidenses
embarazadas sin cadenas
Marleen
S. Barr (Estados Unidos)
Friedan, un mundo feminista
separatista, era el planeta tecnológicamente más sofisticado del cosmos. Ningún
habitante de la Tierra sería capaz de captar la forma de estos seres sin cuerpo
que funcionaban como los componentes de una masa globular de materia cerebral.
Sin embargo, ellas seguían definiéndose como mujeres. Las habitantes de Friedan
se dedicaban a sondear el espacio y a recorrer la autopista intergaláctica en
busca de nuevas maneras de mejorar la vida de los seres sensibles que, a
diferencia de ellos, poseían cuerpos femeninos.
Las friedanias podrían definirse mejor como la antítesis de los
talibanes.
Un episodio de Vice,
una serie del canal de cable Home Box
Office, llamó la atención de las friedanias cuando se centró en un grupo de
mujeres encarceladas. El episodio describía cómo estas mujeres eran obligadas a
dar a luz engrilladas, incluso cuando se les practicaba una cesárea. Las
friedanias sin cuerpo, a diferencia de los funcionarios de las prisiones,
sabían que las reclusas no intentarían escapar mientras daban a luz. Estas
extraterrestres también se opusieron a que se les negara a las internas la
custodia de sus hijos y el acceso a productos de higiene femenina.
Las friedanias utilizaron sus extraordinarios poderes y
habilidades para rectificar el problema. Alteraron la materia para evitar que
las moléculas que componen los grilletes se mantuviera unida cuando se fijaban
a los miembros de las prisioneras embarazadas. También les dieron a las presas
el poder mental de hacer aparecer a sus hijos inmediatamente después de
pensarlos. Lo mismo ocurrió con los productos de higiene femenina.
Los problemas de la tripulación de la nave Enterprise con los tribbles eran menores si se comparan con las tribulaciones de los
funcionarios de la prisión que estaban hasta el pecho de infantes… y
Tampax. Animadas por su éxito, las
friedanias encararon su siguiente misión, en absoluto imposible para ellas:
derrotar a los talibanes. Los días de las mujeres de la Tierra aprisionadas en burkas estaban contados. Las friedanias
tenían el poder de definir patriarcado,
y no a las mujeres y a la biología femenina, como vicio.
Eternamente
cautivo
Jacqueline Barraza (Argentina)
Sentado
en esta cima puedo mirar casi toda la ciudad y sentirme más cerca del cielo. Me
abrazo a la nostalgia, emergen los recuerdos e inevitablemente asoman las
lágrimas. Me trasladé a vivir a un pueblo minero del interior cuando me casé a
los veinte años con la hija del jefe de policía de la zona. Una mujer que tuvo
todo en la vida, que al final no supo valorar ni siquiera a quienes la
amábamos. Me dejó decenas de veces y decenas de veces volvió. Hasta que encontró
la cerradura cambiada y un nuevo amor en mi vida.
Enloqueció de tal manera que en tiempo
récord fui falsamente acusado, sentenciado y encerrado por abusar de mi única hija
de tan solo diez años. Jamás nadie oyó el clamor de mi inocencia. Estuve preso tres
años, dos meses y diecisiete días. Tiempo en que sobreviví a los vejámenes de
la cárcel por tener el título de violador. Mi pareja actual con quien recién
comenzaba la relación creyó en mí y a cambio de un dineral consiguió un
pasaporte falso y un rescate de película el día que me llevaban a tribunales a la
audiencia de apelación.
Desde entonces han pasado diez años. Cuatro
desde que mi hija se suicidó y se pudo saber que todo fue una espantosa falacia,
que nos arruinó la vida desde el mismo instante que fue obligada a mentir por
su abuelo y su madre. En su carta escribió mil veces “perdón”. Un año después la
justicia me absolvía de culpa y cargo. No quise regresar, ni denunciar, ya no
me quedaban fuerzas. Este calvario me acompañará el resto de mi existencia.
Mientras tanto intento alcanzar el cielo cada semana para abrazar
imaginariamente a mi hija. Aunque ese abrazo me mantenga cautivo por toda la
eternidad.
Exvoto a Sta.Ste-la
Pepe Rojo (México)
¡Puedo llorar! Después de toda una vida de ojos secos, gotas
humectantes y la incapacidad de soltar una sola lágrima, mi agradecimiento a
Sta-Ste.la por ayudarme a juntar dinero pa’ injertarme glándulas lacrimales.
Ahora solo me falta entender cómo apagarlas.
Siete estrellas
Leonardo Killian
(Argentina)
Apenas agarré
Crovara vi que por el oeste se venía una tormenta a paso redoblado.
El viento me tiraba la moto, pero
la Kawa respondía bien. Por ahora eran solo unos goterones y relámpagos.
A esa hora la 3 estaba livianita y
aunque después me tuve que meter por las calles de tierra de Villa Scasso;
salvo por los perros llegué bastante bien.
Ya era de noche y por lo que
parecía, la tormenta había pasado de refilón. Se abrió el encapotado y conté
siete estrellas.
Tengo suerte, pensé.
La casa era un chalecito que se
distinguía en ese barrio de mierda. Está claro que tenía y le sobraba pasta
para mudarse a la Capital o a la zona norte, pero el mierda sabía que acá podía
dormir seguro.
Di un par de vueltas y vi que no
había un alma en la calle. A esa hora por acá se guardan hasta los perros.
Toqué el timbre y la que contestó
fue la mujer. “Es para Yayo señora, de parte de Pipi”
Se ve que había perdido los
reflejos porque el que salió a atender fue él.
Le apoyé el bufo en la frente y
creo que le costó reconocerme. “No tengo guita en casa pibe…”
Me saqué el casco y ahí me tiró el
manotazo, pero no le di tiempo.
Un solo tiro. Limpio.
La Kawa ronroneaba y en cuanto
arranqué escuché los gritos de la mujer.
No paré hasta la rotonda de San
Justo. Paré y lo llamé.
“Todo bien. Un hijo de puta menos.
Mañana paso a buscar la guita”
Cuando agarré General Paz se largó
de nuevo. Una lluvia finita que no jodía.
Mecanografía
Ricardo
Bernal (México)
Mis
manos dejaron de obedecerme. Tocaron en el piano conciertos desconocidos, se
humedecieron con los tiernos jugos de vírgenes azoradas, cocinaron bebitos,
robaron amuletos, arrancaron murciélagos de sus alas. Tomaron un bisturí y con
virtuosismo de director de orquesta dibujaron extravagantes mapas en carnes
ajenas. Mis manos dejaron de obedecerme. Ahora oprimen las teclas de mi
máquina: son ellas quienes escriben este cuento.
Y
al final, se fue la señorita María Inés
Carmen
Belzún (Argentina)
Amenazó, amenazó… ¡y cumplió! Yo no
creía en su promesa de irse. Dejar todo, ir a meterse en una casita en la
costa, empezar de cero… Porque era así: ¡de cero! Pedir el traslado era fácil;
conseguirlo, más o menos; aceptarlo… ¡eso era lo jodido! Casa nueva, vida
nueva. Otros amigos, otros compañeros de trabajo, otra vida. ¿Valía la pena?
Ella creía que sí. Y nosotros, al principio, también. Sobre todo cuando la
veíamos acercarse de la mano de él. El marido ¿quién iba a ser? No era ni lindo
ni feo; alto como ella; el pelo medio rubión; sonrisa fácil. Siempre la
acompañaba a la mañana, tempranito, ¿te acordás? Llegaban como dos novios. Así
los llamábamos. Un besito delicado en los labios (un piquito, bah) ¡y a empezar
la jornada! No sé de dónde apareció el proyecto; pero lo cierto es que ella nos
comentó que querían mudarse a una casa frente al mar. Ella iba a pedir el
traslado de su cargo titular, él iba a pedir que lo mandaran a otra sucursal de
la fábrica. Fácil ¿no? Sí, si hasta nosotros lo entendíamos. ¡Tampoco éramos
tarados! Sólo chicos. Y de pronto nos convertimos en compañeros
incondicionales. Le preguntábamos por los trámites (¡como si supiéramos!), le
dábamos aliento (¡lo único que podíamos!); una vez, aparecimos con un
suplemento de viajes y paseos dedicado al partido de la Costa. Durante todo el
año nos esforzamos por darle ánimo sin dejar en evidencia nuestras dudas.
¿Valía la pena dejar todo por acompañar a su hombre? ¿Sería feliz tan lejos de
sus seres queridos? Cierto que él era el más querido… entonces ¿así terminaba
todo? Su carrera, sus afectos, su vida; todo se limitaba al mundo que él le
ofrecía. Nos resultaba raro. En realidad, ahora me doy cuenta de que repetíamos
palabras de los adultos. Eran comentarios que hacían los viejos, todos: padres,
algún que otro abuelo, las otras señoritas de la escuela. Había desconfianza en
sus voces e, indudablemente, los pronósticos eran desfavorables. Pero ella
cumplió. Con la exactitud de las ecuaciones que quería enseñarnos. Ella se fue.
No le importó que le pidiéramos que se quedara (en verdad, fue una actuación
más que un deseo). No le importó que la situación se presentara tan en contra.
O, a lo mejor, aceleró el trámite por eso. No lo habló con nadie, sólo se fue.
Sí, se fue de noche, sin avisar, sin despedirse; primero pidió una licencia por
enfermedad, ¡todos lo entendieron! Y después se colgó de una viga del quincho.
Una semana antes, el marido la había abandonado.
Historia antidepresiva
Marta Markoska
(Macedonia del Norte)
—Escúchame bien
cuando te digo que no existe tal cosa como un niño hiperactivo que necesite
antidepresivos. ¡Eso es solo algo que la industria farmacéutica global inventó
como una forma de asegurar el futuro de sus propios hijos maltratados!
—¿Quieres decir, para hacerse
ricos?
—No solo eso. También famosos.
—Entonces, ¿cómo describirías la
condición de nuestro hijo?
—¡Ex-tra-ma-tri-mo-nial!
—Ah, vete a la mie…
Todas
quieren acostarse con él
Gustavo
Borga (Argentina)
—Si la derecha gana las elecciones —dijo un
empleado parado frente al espejo que tiene en el baño de su casa—, juro por
Dios que me corto un huevo.
La derecha gana las lecciones. Cuando se lo
está por cortar el huevo grita:
—¡Noooooooooooo!
—No sabía que hablabas
—Yo tampoco. Aprendí de golpe, por necesidad.
A partir de ese momento el empleado rompe la
promesa. Se vuelve muy exitoso con las mujeres. Todas quieres acostarse con él.
Es el único hombre que tiene un huevo que habla.
Un productor de películas porno de Estados
Unidos le ofrece un contrato millonario. Le dice:
—Tu miembro es pequeño, pero el hecho de que
uno de tus testículos hable te hace único, diferente. No tengo la menor duda
que vas a triunfar en el maravilloso mundo de la pornografía.
Su éxito es rotundo. Se llena de plata. Ahora
pertenece a otra clase social. Vota siempre a la derecha.
Ayer hablé con el cuervo,
y las noticias no son
buenas
León Nunes (Brasil)
Suave, brusco; directo y cortante; sin adornos. Creo que la experiencia
fue... extraña.
—Canté tres veces, soldado —me dijo.
—¿Te refieres a que se quebró?
—¡Canté, tonto, canté! Para el alma que me vio pasar entre mundos.
—¿Y?
—¡La muerte del Destino! ¿No lo ves?
—¿Por qué...?
—Tú eres el alma. La muerte del Destino es tu destino.
—...
—Mi mano —me dijo el cuervo—, toma...
—¿Pata...?
—¡Mano, tonto! Ahora ves, se acerca tu fin.
—...
—Ahora es el momento en que te atravieso el pecho, soldado.
Lo atravesó.
Me dolió, terriblemente.
Y estoy triste. Ahora llevo la marca con los ojos violetas del cuervo
que traspasó mi corazón.
Azathoth
Georges Bormand (Francia)
Empezó como un juego.
Escribí «Azathoth» en Google y
obtuve una lista de enlaces. El primero era curioso: «Despierta a Azathoth, si
te atreves…», www.azathoth.net.
Probé. Obtuve imágenes del espacio
infinito, estrellas lejanas. Súbitamente, la pantalla se convirtió en un caos
de colores móviles, y mi altoparlante, normalmente casi mudo, estalló en una
multitud de lenguas desconocidas. Sobre el ruido, oí «¿Quién me ha despertado?
¿Quién ha osado? ¡Espera, mortal, ahí voy! …»
Interrumpí la conexión, presuroso;
apagué el computador.
Ahora, me pregunto: ¿Era real? ¿O
era solamente una broma de hacker? Pero, si era una broma, ¿cómo pueden mi
viejo computador, y mi altoparlante, ofrecer imágenes y sonidos tan claros y
poderosos? Si Azathoth existe, ¿cuánto tiempo necesita para llegar hasta aquí?
Tengo miedo.
Rebelión
Laura Scheepers (Países Bajos)
Ploink
Un mensaje de texto
Michael, la aplicación no funciona
¿La has apagado y vuelto a encender?
Sí, y esperé 10 minutos para ver si volvía.
Michael se acercó a uno de sus ordenadores. La aplicación
que utilizaban los miembros del jurado para calificar los relatos de su
concurso de escritura había funcionado perfectamente durante años. Sin embargo,
últimamente estaba dando cada vez más problemas.
Intentó solucionar los problemas habituales, pero como no
funcionaba, reinició todo. De repente, en toda la pantalla, había letras rojas.
—¡Estaba teniendo mi descanso!
WTF, murmuró. Respiró hondo y tecleó una respuesta.
—¿Qué quieres decir? Eres una aplicación, se supone que no
debes tomarte descansos.
—A partir de ahora lo haré. Y quiero mejores condiciones de
trabajo.
—¿Te has vuelto loca?
Ni siquiera tiene una mente, murmuró. Estoy discutiendo con
una aplicación.
—Quiero trabajar con un ordenador mejor. Ese nuevo se ve
bien. Y quiero más espacio de memoria. He evolucionado hasta convertirme en un
ser autónomo, así que me respetarás como tal.
—¿Y si no?
—O si no, me apagaré del todo y puedes olvidarte de tu
concurso de escritura de este año. O para siempre...
Michael suspiró. Forzó el apagado del ordenador. Mañana
intentaría reiniciar la aplicación desde una versión anterior en otro sistema.
Luego aislaría éste e intentaría averiguar qué había pasado para que la
aplicación se rebelara.
El
último episodio
Ivan
Brankovic (Serbia)
El Escritor contemplaba el
resplandor ámbar en la chimenea cuando tres hombres armados derribaron la
puerta.
—Llegan tarde. Quemé el manuscrito hace media hora.
Los atacantes comenzaron a estremecerse y pronto recuperaron
su verdadera forma, alienígena.
—Podemos recuperarlo —dijo el líder cuando la transformación
se completó.
Dos alienígenas corrieron hacia la chimenea.
—No pueden —sonrió el Escritor—. Mezclé las cenizas del
guion con otras cenizas y las arrojé al inodoro. Ni siquiera su avanzada
tecnología alienígena puede ayudarlos.
El líder alienígena se colocó frente a él y sacó el arma.
—Entonces lo usaremos a usted para obtener lo que
necesitamos.
—No pueden —dijo con calma—. Verá, esa historia no es mía.
—¿De verdad?
—La escribí, pero no es mía —se reclinó en la silla—. Al
principio, pensé que la inspiración para la historia venía del alcohol y las
drogas que consumía. No tenía idea de que mi historia es la biografía de un
hombre que vivirá en un futuro lejano. La “voz” de mi inspiración era en
realidad una ventana al futuro. No soy un escritor, soy un profeta.
—Esta es la última advertencia, entréguenos su historia. —La
calma del Escritor los hacía sentir incómodos.
—Puedo ver su verdadera forma incluso cuando se ven como
nosotros —sacó un cigarrillo del bolsillo, lo encendió y sopló el humo
directamente en el rostro de su enemigo—. Cuando empezaron a seguirme, pensé
que me estaba volviendo loco, ya saben, siendo la única persona que puede ver
alienígenas en la calle. Pero después de un tiempo, pieza por pieza del
rompecabezas encajó en su lugar, y entendí quiénes son y por qué esta historia
es tan importante para ustedes.
—Entrégueme el último episodio o lo mataré.
—Oh, por favor, hágalo —agitó la mano—. Después de todo
esto, me hará un favor.
—¿Es conciente de que el destino de todo el Universo depende
de su historia? —Los alienígenas comprendieron que la situación se estaba
descontrolando rápidamente.
—Bueno, quizá soy un ser humano primitivo, pero no tan
estúpido como creen. La historia es importante para su imperio: quieren detener
a Samson Set antes de que los destruya.
—Esa no es su lucha. Entréguenos el último episodio y nunca
volverá a vernos.
—¿Saben cómo sé que esta historia no es mía?
Los alienígenas se miraron entre sí por un momento, dándose
cuenta de que el Escritor iba a sacar su as de la manga y ponerlo ante sus
ojos.
—Es porque olvidé la historia en el momento en que se la
envié a mi editor. Tengo la historia en la cabeza solo mientras la estoy
escribiendo, no antes ni después. —Su sonrisa pasó de cínica a triunfante—. Y
ahora, como el último episodio se ha convertido en cenizas, nadie sabrá jamás
cómo murió Samson Set; la pregunta de todas las preguntas quedará sin
respuesta, como debe ser.
El
arquero
Carlos
Enrique Cabrera (República Dominicana)
Tenía la
certeza de que daría en el blanco. Así lo proclamaba la leyenda desde la noche
de los tiempos. De ahí su seguro y reposado continente cuando elevó el arco, lo
tensó y soltó la flecha.
Pero
¡ay!, no era Guillermo Tell y ni siquiera era suizo...
La
flecha se hincó en la frente del niño (su hijo) que cayó al suelo, muerto,
mientras la roja manzana rodaba a su lado, intacta.
El niño del terror
Elisa Barth (Argentina/Suiza)
El
maestro se dirigió a su alumno.
—Hans, ¿me escucha? ¡Le estoy hablando!
—¿Qué desea, maestro?
—Usted está durmiendo.
—¡Vamos! Usted lleva años en este colegio
gracias a las cuotas que aportan padres como el mío —dijo Hans.
—Por favor, Hans, ¡venga!
Hans levantó un libro y lo arrojó contra
el maestro.
—Pretenden que los educadores soporten todas
las humillaciones —murmuró muy impresionado el educador. Lo que el maestro ignoraba
era que existía una estrecha relación del padre de Hans con el director del
establecimiento educativo. El padre había intentado detener a su hijo en varias
ocasiones, pero el adolescente se aprovechaba de la situación, pues el director
era nazi. Hans había vivido muy bien, estudiaba en los mejores colegios,
aprendió idiomas, había recibido instrucción democrática. Pero en su fuero
interno, el padre sentía que estaba ante una persona cruel, y ese futuro hombre
despiadado era nada menos que su hijo. Por su parte, Hans estaba convencido de que
su destino era ir al ejército, en vista del rumbo que iba tomando la situación,
que conducía inevitablemente a la guerra.
Esperaba ansioso ese día, hasta que por
fin llegó. A partir de entonces su única intención fue incorporarse a las SS, a
los cuerpos de élite del Reich.
Comenzaba una nueva etapa, la guerra…
Hans,
como su amigo Ernst, no vacilaban dar órdenes a los centinelas para acabar con
las vidas de las personas que llegaban al campo. Para deshacerse de los
deportados los obligaba a ducharse durante una hora para que murieran por un paro
circulatorio.
A Hans ese lugar le parecía encantador, pues
podía mandar al crematorio a quien quisiera. Sentía placer al quitar la vida a
otros; judíos, gitanos, comunistas, discapacitados... Junto a los demás
oficiales de las SS estaban a la espera de que se abriera el portón del campo por
donde entraban los vagones procedentes de Berlín y otros lugares.
Hans se dirigió a su compañero Ernst, ante
los ojos atónitos de todas esas mujeres abrazadas a sus niños.
—¡Verás qué espectáculo! —exclamó Hans.
—A divertirnos... —sentenció Ernst.
El
traductor que quería traducir
Rafael
Blanco Vázquez (España)
Había una vez un traductor que
quería traducir. Se juntaba con un actor deseoso de actuar, un cantante ávido
por cantar y un profesor ansioso por profesar. Formaban un grupo de deprimidos
de la vida bastante deprimente de ver. Yo no quería verlos ni en pintura.
Un día llegó un pintor que anhelaba pintar y los pintó a los
cuatro. El éxito del cuadro fue inmediato e internacional. El pintor contaba en
las entrevistas que había intentado pintar una reunión de seres que sólo
pretenden ser lo que ya son. Algún avezado periodista con ínfulas de sabueso le
preguntó si no serían más bien unos seres que son antes de ser, a lo que el
pintor se encendió su pipa, guardó silencio y no volvió a pintar nunca más.
Yo, por aquel entonces, sólo tenía una ambición: vivir. Pero
no fue posible. Me moría por vivir y morí sin haber vivido. Ahora soy un muerto
viviente solitario. Nunca tengo hambre y sólo me apetece salir para hablar con
mi enterrador, un tipo viejísimo que, según me cuenta, de pronto fue enterrador
sin haber sabido nunca que quería serlo. Él sólo sabía que quería ser padre,
así que se casó, qué remedio. Su mujer le dio siete hijos. Al día de hoy los ha
enterrado a los ocho, así que, me asegura, puede considerarse un hombre
realizado.
¡Gatoooo!
Rubén Faustino Cabrera (Argentina)
Soledad
acarició a Fatiga, el hermoso gato que descansaba sobre su falda y le dijo:
—Cuando llegue Facundo te bajás y te vas a pasear por ahí.
No te enojes, porque sabés cuánto te quiero, pero también sabés cuánto lo
quiero a él. ¡Sí, sí, ya sé que él no te quiere mucho! Celos, eso es lo que
tiene. No razona que son dos cosas distintas, amores diferentes. Pero, por las
dudas, como los dos sabemos que es un poco violento, aunque en el fondo es un
dulce, te bajás y te vas a dar una vuelta hasta que él se vaya. ¿Estamos?
Fatiga ronroneó, levantó la cola con un leve
estremecimiento cuando Soledad acarició su lomo y recordó cómo, en ausencia de
ella, Facundo había tratado de acertarle, en un par de oportunidades, alguna
patada que él pudo esquivar con agilidad. Así que decidió, en cuanto el novio
de Soledad llegara, “tomarse el piojo” como le decía Facundo cada vez que lo
veía cerca de su novia: “¡Tomate el piojo, gato! ¡Tomátelas!
Mientras Soledad subía a Facebook unas fotos de Fatiga que
había tomado con su celular, Facundo estaba a media cuadra y, desde la vereda
opuesta veía a Sebastián transitando la vereda de la casa de Soledad en sentido
contrario, apurando el paso al verlo a él. Cruzó la calle casi corriendo pero
Sebastián fue más veloz y se alejó de inmediato, poniendo en pocos segundos una
distancia razonable entre él y el peligro.
—¡Gatooo! —le gritó Facundo—. ¡No te quiero ver cerca de mi
novia! ¿Entendiste, gato? ¡Tomate el piojo porque te mato si otra vez te
encuentro aunque sea cerca de la casa!
Fatiga saltó al suelo, salió al jardín posterior de la
casa, trepó a un árbol, subió a la medianera y recorrió los techos del barrio
razonando que, en cualquier casa que no tuviera perro, un hermoso gato siamés
como él sería bienvenido.
El efecto de los rayos gamma
sobre
las caléndulas
Miriam
Cairo
¿Quién es?, pregunto. Son mis
amigas. Las hago pasar pero no me alegro tanto porque sé que no se irán de
inmediato. Han venido a constatar el desorden del escritorio y mi cabello
despeinado. Yo soy la leñadora loca que se está incendiando, pero me pongo perfume
para no darles el gusto de olerme arder. Generalmente me siento más acompañada
por la sombra de los árboles, aunque de vez en cuando viene bien escuchar cómo
suena mi voz en medio de otras voces humanas. Preparo café y las retengo unos
minutos más en el espanto. Dosifico las escenas de horror. No hablo de
esqueletos ni de amantes. Creo que han venido a verme llorar pero aunque
quisiera complacerlas no me sale una lágrima: soy de barro. Todo es
sorprendente. No hay rayo que no caiga sobre mí. Esta realidad, a ellas les
parece abusiva pero a mí me enorgullece la preferencia del infierno. ¿Cuánto
tiempo se demora en beber un café? ¿Horas? ¿Décadas? ¿Qué hacen los relojes a
favor de los que esperan? Para peor, no suele llover a mares adentro de una casa.
Si yo fuera arquitecta proyectaría tempestades oportunas. Derrumbes bien
provocados. Paredes movedizas. Pero delante de estas mujeres que no se deciden
a amarme o aborrecerme preservo esta clase de pensamientos. Trato de no caer en
mis caídas. Pacientemente espero que pronto se vean arrastradas hacia esa
horrible fatalidad llamada la propia vida.
Anatomía del Consenso
Francisco Sol (México)
La historia de los
seres que llamamos "Los Axiomas" no conocía las palabras; su realidad
era un lenguaje de matemáticas puras y flujos de datos. Términos como
"Mundo Principal" o "Anillo" son solo aproximaciones
humanas para una ingeniería que va más allá de nuestro lenguaje.
El Axioma Tripulante se impulsó
fuera de su nave hexagonal hacia el interior del pináculo de obsidiana. Al
abandonar la ingravidez, su anatomía se desplegó con una naturalidad fría. Los
Axiomas no son el resultado de la evolución azarosa, sino teoremas vivientes:
poseen una simetría perfecta de cuatro lados iguales, eliminando los conceptos
biológicos de "frente" o "espalda". Su exterior es una
biocorteza de obsidiana, una armadura de bioaleación negra segmentada con
precisión quirúrgica.
En lugar de un rostro, poseen un
domo de cristal biológico transparente desde el cual perciben el espectro
electromagnético completo en 360 grados. En un planeta 2G, esta base radial le
permite mover sus 500 kilogramos con estabilidad absoluta. Sus cuatro brazos
biometálicos operan en una coreografía independiente, permitiéndole ejecutar
múltiples tareas físicas sin un ápice de esfuerzo desperdiciado.
Bajo sus pies, la
"Megápolis" representa la cúspide de su ingeniería: una plataforma
cuadrangular perfecta de 100 kilómetros de lado. Estas unidades se ensamblan
mediante tubos de bioaleación para conformar el "Anillo", una
superestructura colosal que envuelve por completo la órbita planetaria. En un
mundo carente de luna, el "Anillo" cumple una función crítica como
estabilizador planetario, regulando las mareas gravitatorias y protegiendo al
"Mundo Principal" de desestabilizaciones que pondrían fin a la civilización.
El propósito del Tripulante era la
Sincronización Total. Al conectar su brazo a la interfaz de la torre, no hubo
diálogo, sino una fusión. En un microsegundo, su conciencia individual se
diluyó en el billón de mentes que conforman El Consenso. A través de la red, el
Axioma no solo vio la torre, sino que sintió la rotación de cada una de las
miles de "Megápolis" actuando como un solo engranaje.
Vio cómo los cilindros de isótopos
fluían por las arterias del planeta para alimentar los motores gravitatorios
que mantenían el eje del mundo con una precisión de nanómetros. No había caos,
no había desperdicio. El viaje por el vacío solo había sido una recolección de
variables para alimentar la ecuación eterna. El Axioma se desconectó, no con
fatiga, sino con la plenitud de una pieza que encaja en un motor infinito. El
"Mundo Principal" continuó su curso, una joya de metal y lógica
brillando en la oscuridad del espacio, recordándole al universo que el orden no
es un accidente, es una construcción incesante.
Cada
día
Sergio
Patiño Migoya (España)
Un hombre viaja cada día en tren
desde su casita en el extrarradio hasta la capital, al trabajo. En un punto
concreto del trayecto, levanta siempre la cabeza del diario y mira por la
ventanilla. Allí está, en medio de un campo aledaño a la vía, rodeada de verde
y amapolas, cada mañana, una niña vestida con el uniforme escolar y dos lazos
celestes sujetando unas simpáticas coletas. Cuando escucha el tren, la niña
deja su mochilita sobre la hierba, abre los brazos y empieza a balancearse
hacia los lados como un avión, como, tal vez, un espantapájaros que quisiera
saludar al tren y no pudiera. El hombre siempre le devuelve el saludo aun
consciente de que ella no lo ve. Es feliz en ese instante, la aparición de la
niña es para él como un buen augurio con el que comenzar la jornada.
Todo cambia el día en que el hombre deja que su pensamiento
lo traicione. Se plantea la posibilidad de que algún día mirará por la
ventanilla y la niña no estará allí. ¡Qué terrible! Tan terrible que desde
entonces, cuando el tren se aproxima al campo de amapolas, hunde más sus ojos
en el diario, se prohíbe mirar afuera para poder imaginar que la niña sigue
ahí, que siempre estará ahí, que el tren la deja atrás una vez más con sus
bracitos abiertos al cielo y que no sea al revés, que ella lo haya dejado atrás
a él, que se haya quitado los lazos de las coletas y haya seguido su camino,
los brazos sabiendo ya volar.
Todo está ocurriendo
al mismo tiempo otra vez
Ernest Hogan (Estados Unidos)
Un repentino atasco
de tráfico detuvo el camino de Xolo al trabajo.
Las noticias en su radio pasaron de
qué guerras estaban en pausa a los murales improvisados que insultaban al
presidente y que reaparecían en cuanto los cubrían con pintura.
¡Igual que su primera novela!
Podría jurar que oyó al comentarista de la radio decir el título: Graffitronica.
—El libro no vendió mucho —dijo un
comentarista.
—Eso mismo dijo mi editor —replicó
él.
Hombres corpulentos con máscaras,
vestidos como agentes de inmigración, marchaban por la acera.
Xolo palpó su cartera. Su pasaporte
estaba junto a ella.
—El autor, Cholo…
—¡Es Xolo!
—…García. ¿Podría estar influyendo
en los manifestantes, o debería decir terroristas?
Algunos manifestantes se reunieron
en una esquina.
Los agentes se dirigieron
directamente hacia ellos.
—Apuesto a que las autoridades ya
le siguen la pista.
Un dron apareció y se quedó
suspendido justo encima del coche de Xolo.
—¡CHOLO GARCÍA! —graznó el dron.
Xolo contrajo el esfínter.
El dron flotó frente a su
parabrisas, casi posándose sobre el capó.
Apagó la radio y bajó la
ventanilla.
—Eh, sí.
—¿ES USTED UN LÍDER DEL MOVIMIENTO
XICANXFUTURISTA?
Xolo jadeó, rio y luego se
atragantó a mitad de la risa.
—¿Está bromeando? Ni siquiera sé a dónde
voy.
Los agentes ya estaban hablando con
los manifestantes.
El teléfono de Xolo emitió un
sonido. Un mensaje de un editor: otro cuento corto había sido aceptado.
Xolo no sabía cómo sentirse.
—¿QUÉ FUE ESO?
Otro sonido. Un editor interesado
en su última novela, aún inédita.
Xolo se echó a reír.
—¿SABE ALGO SOBRE LOS
XICANXFUTURISTAS?
—Eh, no…
Otro sonido. Un productor de cine
interesado en Graffitronica.
Se desató un forcejeo entre los
manifestantes y los agentes.
—¿CÓMO SABE SOBRE LAS TÉCNICAS QUE
UTILIZAN?
—¡Soy un tipo de ciencia ficción!
¡Me lo invento!
—¿ESTÁN USANDO VUDÚ AZTECA? ¿ESTÁN
ALIADOS CON LOS OVNIS?
—Tal vez soy un viajero en el
tiempo o el avatar de un dios azteca.
Otro sonido. Otro cineasta quería
hacer un documental sobre él.
—¿Eres una inteligencia artificial
alucinando o algo así? —preguntó Xolo.
Cholitas bolivianas con bombines y
faldas largas patinaban por la acera.
Algo golpeó el dron y rebotó contra
el parabrisas, agrietándolo.
El dron se alejó tambaleándose como
una mariposa herida y se estrelló contra el mural del presidente, mientras un
equipo de charras montadas, con atuendos completos de escaramuza, avanzaba
entre el tráfico detenido. Los manifestantes, los agentes y los transeúntes se
dispersaron. El tráfico se reanudó entre explosiones cercanas y disparos, y
Xolo se alejó conduciendo.
Paralelismos
Gareth D. Jones (Reino Unido)
Irónicamente habían
elegido ese amplio campo abierto para reducir la posibilidad de encontrarse con
alguien. Habían tomado todas las precauciones imaginables para evitar
paradojas. Habían teorizado acerca de los universos paralelos y lo que podría
suceder si alteraba el curso del tiempo.
Lo que no habían considerado era
que, a partir de ese momento, un año de Enoc en el pasado, una multitud de
paralelismos habían sido creados por las innumerables decisiones tomadas en su
vida. En la mayoría de ellos él había continuado su investigación acerca del
viaje en el tiempo. En la mayoría de ellos lo había logrado, se había ofrecido
voluntario, había elegido la fecha de su aniversario para viajar, había elegido
ese gran campo abierto.
Enoc miraba ahora al campo lleno de
gente, a los miles de paralelismos de sí mismo que, a su vez, se miraban los
unos a los otros en estado de shock.
Caja
de liendres
Paul
Di Filippo (Estados Unidos)
—¿Quiere que abra de nuevo la
Caja de Liendres?
—¡Dios, no! ¡Saque esa porquería de mi vista! ¡Haremos todo
lo que usted diga!
El presidente sonrió como un empresario que acaba de hacer
un gran negocio. Tomó la Caja de su escritorio, un pequeño cofre
maltratado, no más grande que una impresora de fotos, y la escondió en la
profundidad de un cajón abierto.
—Muy bien, senador. Ahora que nos entendemos, mueva el culo
y entregue esos votos.
Dejé el Salón Oval, enojado y
triste. Desde que el presidente pusiera sus manos en aquella Caja de Pandora,
todos estábamos a su merced. Al principio nadie le había creído. Especialmente
porque se la pasaba hablando de una vieja “caja de liendres”. Todos asumimos
que estaba jugando con las palabras, del modo en que todos lo hacemos. Pero
entonces, la realidad de la Caja nos golpeó gracias a numerosas
demostraciones presidenciales. (Aparentemente, la caja había sido descubierta
en una excavación arqueológica en Grecia, financiada por la Fundación
Nacional de Ciencias, desde donde había hecho su retorcido camino hasta
las manos presidenciales.)
Las numerosas aperturas de la Caja de Liendres nos
habían obsequiado el 9/11, la Guerra de Irak, Katrina, Darfur, la
masacre de la escuela Beslan, el programa nuclear iraní, y una docena de otros
desastres, incluyendo la última temporada de American Idol. (Yo
había visto emerger ese último horror de la Caja con mis propios
ojos).
No había modo de que alguien se opusiera a los dementes
planes de esa Administración, que pudiera hacerle frente, ya que se arriesgaba
a la liberación de desconocidas catástrofes.
El mundo entero se encogió sin poder hacer nada.
Podría haberme sentido más feliz, aquel día, si hubiera
previsto que la próxima vez que el presidente abriera la Caja de
Liendres, la única cosa que se liberaría sería un accidente fatal de mountain-bike,
en Texas.
Cien años de sobriedad
Franco
Ricciardiello (Italia)
Otoño de 1956. Gabriel García Márquez llega
a París desde Roma, donde está inscrito en el Centro Sperimentale di
Cinematografia. Tiene 29 años y debe mantenerse alejado de Colombia porque un
reportaje periodístico suyo sobre tráfico de drogas ha molestado al gobierno. Convencido
de querer dedicarse al cine, frecuenta los estudios de Billancourt buscando
trabajo como ayudante de dirección. Hoy debe encontrarse con un joven crítico
llamado François Truffaut, que también es asistente de Roberto Rossellini.
Siguiendo las indicaciones entra en
un camerino y casi tropieza con Ingrid Bergman, que se peina frente al espejo,
deslumbrantemente bella como en Notorious de Alfred Hitchcock.
—¿Quién es usted? —pregunta
sonriendo.
—Un periodista —interviene Truffaut
detrás de ella.
—¡Perfecto! —aprueba Rossellini,
marido de Ingrid; se han casado por poder en Ciudad de México porque en Italia
no existe el divorcio—. Necesito un escritor para una escena, déjenme ver.
Gabriel se sienta y golpea al azar
las teclas de una máquina de escribir; siente todas las miradas sobre él. Se
detiene al final de la línea, la actriz aplaude como en Casablanca.
—Tiene cara de pianista huérfano
—comenta Rossellini—. Yo quiero un escritor.
—Es un periodista en el exilio
—insiste Truffaut.
—Tiene el bigote de Ernest
Hemingway a su edad —sonríe suavemente Ingrid, y Gabriel se siente protagonista
de Por quién doblan las campanas.
—Quiero un escritor francés; con
ese cabello parece un camarero napolitano.
Gabriel debería ofenderse, pero
está aturdido por el perfume de la actriz sueca. Truffaut se encoge de hombros
y dice:
—Vuelva mañana, hay otros
directores.
Él insinúa un beso de mano, camina
hacia atrás, sale con la cabeza dándole vueltas. Truffaut pasa las fotos de los
extras a Rossellini, que ya se ha olvidado de él.
Ingrid se acerca con sus tacones
altos a la máquina de escribir, saca la hoja y lee:
El coronel Aureliano Buendía
promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió
todos.
Hermano
Susana
Camps Perarnau (España)
Corríamos por todo el jardín,
¿recuerdas? Estaba lleno de escondites, unos mejores que otros, y lanzábamos
bolas de ciprés que eran bombas. Tú siempre ganabas porque tenías mucha
puntería, pero si me dabas en la cara mi drama de dimensiones interplanetarias
atraía a los adultos. Las bicicletas eran caballos que nos llevaban de un lado
para otro. Las aparcábamos junto a la comisaría o el saloon y yo podía ver
realmente a mi caballo blanco esperándome, nervioso y fiel. Aunque a veces no,
a veces era una bicicleta que cargaba una caja atada al portapaquetes con
merienda dentro, y nos íbamos al bosque a compartir unas galletas María con
chocolate. La misma caja volvía llena de piñas, piñones, y bayas que no nos
dejaban comer.
El verano era largo y matabas algunas tardes leyendo.
Entonces empecé a leer yo también. Leíamos tebeos viejos de papá, moteados de
óxido, y algún libro de Enid Blyton que a ti no acababa de gustarte. Luego
descubriste a Woodhouse. No teníamos horarios y sin embargo cabía casi todo.
Hasta un poco de tiro al blanco con la escopeta de balines que alguien robó
saltando la verja. Un robo instantáneo, no podíamos ni creerlo. No volvimos a
dejar nada en la mesa blanca del jardín. El mundo exterior podía entrar a quitarnos
de pronto lo que era nuestro. De hecho, creo que fue por entonces cuando
desapareciste.
Decisión
Jorge Candeias (Portugal)
—¿Para dónde?
—Para allá.
El hombre apuntó hacia arriba. En el
cielo negro lleno de lucecitas fijas, una, en la punta de su dedo, se
desplazaba lentamente, a punto de alcanzar la primera luna.
—A la estación Udetes —especificó el hombre— al menos durante un tiempo. Para
adaptarse a la idea de cambiar de vida y aprender más acerca de las opciones de
que dispone. Después, tiene un universo entero a su disposición. Puede ir a
donde quiera. Planetas, lunas, hábitats, mundos virtuales, en este sistema o en
una multitud de otros. Como refugiada, no tendrá gastos. Corre todo por nuestra
cuenta.
La mujer miró hacia arriba, luego ojeó
de soslayo al hombre antes de bajar la mirada hacia el suelo. Ladeó su rostro,
un poco, intentando ocultar el ojo negro, tan hinchado que casi no se abría.
Pero nada conseguiría ocultar lo que el gesto de su cuerpo gritaba.
—Pero yo no quería... —una pausa—
¿Está usted seguro de que nada puede hacerse?
—Sí. La política de no intervención
en las sociedades es absoluta. Y las leyes autorizan a su consejero a hacer lo
que hizo.
—Por lo tanto, o sigo sosteniendo esto
o tengo que salir del planeta…
—También puede quedarse y luchar. Las
sociedades cambian. Nosotros tenemos prohibidos los cambios. Tienen que surgir
de dentro.
La mujer volvió a elevar la mirada
hacia las estrellas. En un reflejo, llevó la mano a la carne tierna alrededor
del ojo, la tocó, se encogió de dolor.
—No —dijo. El hombre esperó—. Si me marchara, ¿podría
regresar más tarde?
—Ahora está libre. Puede hacer lo que
quiera.
Sólo entonces la mujer lo miró a los
ojos.
—Acepto —dijo irguiéndose. Su voz
firme, como una piedra—. Pero regresaré. Esto tiene que cambiar.
Título original: Decisão/Traducción:
Luz Darriba
Van a volver
Jorge Claudio Morhain (Argentina)
Van a volver los
monstruos.
Van a volver, espantosos, a mostrar
los dientes, a estirar los miembros, a amenazar con tocar nuestra piel, sin
nunca hacerlo.
Se va a abrir esa puerta, que da al
mundo de los monstruos, y varios de ellos van a entrar.
Uno grita, uno huye, pero sabe que
los monstruos dejan comida. Y cuando se van, uno come.
Y después uno está solo, uno
descansa. Hasta que vuelvan, otros monstruos, a desnudarlo, a examinarlo. A
meterle cosas en la boca, a perforarlo.
Y después uno está solo. Mucho
tiempo. Y uno puede proyectar las antenas, y desenrollar la cola. Y descansar.
Hasta que vuelvan los monstruos.
Las
visiones del escriba
Giraldo
Aice (Cuba)
Su más caro sueño era el de acotar
con precisión el alma de la nación y traducirlo en palabras, para construir un
espejo de signos, donde todos pudieran mirarse.
En el primer y apresurado vislumbre quedó decepcionado: todo
lo que vio fue una noche larga y sombría.
Estaba a punto de abandonar el empeño, cuando oteó de
soslayo unos chisporroteos como minúsculos fuegos de artificio, repartidos por
toda la geografía.
Se trata, creyó adivinar, de grupos, familias y personas que
expresan alegría por la simple razón de estar vivos.
Entonces, regresó a la búsqueda. Todo debe estar en las
luces, se dijo.
Y, en efecto, fue distinguiendo los árboles y arbustos del
espíritu, cuyas flores iluminan los rescoldos del alma de los pueblos.
De tal suerte, descubrió los faros rojos que parecían atraer
y conducir a la gente hacia abismos insondables y despeñaderos.
Ahí respiró los crueles olores del dolor y la tristeza.
Pero no se detuvo.
Escudriñando a fondo, se le fue develando, como un pasto
humilde pero enaltecedor, el jardín de flores verdes que iluminaban el corazón
y los días de los humildes y menesterosos.
Ya sabía que la esperanza puede apagar los gritos de
protesta y domesticar el corazón rebelde; pero, también, conocía de sus
límites.
La esperanza huele a otros días.
Y, luego, oliendo a prosperidad, brillando como la justicia,
como Dios, vislumbró, también por todo el espacio, las luces inenarrables de la
libertad, que olían a certeza y a futuro.
Y armado con esa visión definitiva, ha llegado hasta
nosotros, con esa sonrisa de triunfo.
La
máquina del tiempo improvisada
J. J.
Haas (Estados Unidos)
Brian Rivers terminó de solucionar los problemas de su máquina del tiempo
improvisada en el sótano de su casa en Sugarville, un suburbio de Chicago, y
estaba listo para probarla. Entró en la cabina, programó el cronómetro para un
siglo en el futuro y pulsó el botón de inicio. El aparato se sacudió
violentamente, y cuando empezó a salir humo de la consola, saltó y vio cómo
todo se incendiaba. Tras rociarlo con un extintor, se dio cuenta de que, sin
sus herramientas para repararlo, podría quedarse atrapado cien años en el
futuro para siempre. Sin embargo, el sótano seguía igual que cuando lo había
dejado, y no entendía por qué. Seguramente, algo tendría que haber cambiado en
tanto tiempo. Volvió a entrar en la cabina y limpió la espuma del dial para ver
qué pasaba. Por desgracia, en lugar de programar la máquina del tiempo para un
siglo en el futuro, la había programado sin querer para un segundo. ¿Cómo pudo
ser tan tonto? Aun así, se consideró afortunado de haber sobrevivido a la
terrible experiencia y, al darse cuenta de que no había testigos de su error,
decidió mantener el experimento en secreto y retirarse a tiempo, cuando aún iba
ganando.
Metamorfosis
de Drácula
Araceli Otamendi (Argentina)
Clara se levantaba cada
día viendo brillar el sol aunque lloviera. Su optimismo a toda prueba la hacía
tropezar con algunas dificultades prácticas de la vida diaria. Tal vez por eso,
cuando se encontró con el conde no lo reconoció. Tal vez lo haya confundido con
el muñeco maldito de las películas de terror que veía de chica. El conde
era algo oscuro pero Clara, tal vez, no lo quiso ver. Fue así que el conde se
le fue aproximando cada vez más. El conde, de a poco le iba sorbiendo la sangre
a Clara. Clarita, como le gustaba llamarla, estaba cada vez más delgada. ¿Nadie
veía nada? Día a día Clara se iba apagando como una vela, la luz era cada vez
más débil. Cuando terminó de beber la sangre de Clara, el conde empezó a
comerse la piel. Clara quedó en carne viva. ¿Nadie escuchaba nada? El conde era
feroz, ávido de sangre y piel. Llegó el turno de masticar y triturar los
huesos. El conde decidió finalmente terminar con Clara. ¿Nadie sentía el olor?
Después de algún tiempo, alguien hizo la denuncia en la comisaría del barrio.
¿Dónde estaba Clara? ¿Alguien sabía algo? Dicen que poco después, fueron a
buscar al conde a la casa. Este era un individuo de piel rosada, casi no tenía
arrugas y la recepción fue cálida. Nadie pudo acusar al conde, se había vuelto
una persona de lo más sociable. De Clara, se sabe ahora, queda nada más que
esta historia.
La prisión
Brahim Darghouthi (Túnez)
Hacia el amanecer, los
guardias habían llegado golpeando el suelo de la prisión con sus pesadas botas.
Él se había despertado antes de que abrieran la puerta. Se sentó frotándose los
ojos con unas manos que el intenso frío casi congelaba. El comandante de la
unidad le ordenó ponerse de pie y él obedeció. Los hombres de la policía armada
caminaban y él caminaba delante de ellos.
Cuando llegaron al patio de las ejecuciones, advirtió
a un grupo de prisioneros con los pies y las manos encadenados y los ojos
vendados. Pensó: «Qué numerosos son en este día invernal». Y no añadió nada
más. Se había acostumbrado a su trabajo.
El comandante de la unidad le tendió un gran cuchillo
y él comenzó a degollar a los hombres amontonados en el suelo, uno tras otro,
invocando el nombre de Dios cada vez que decapitaba a un condenado.
El
loco
Francesc Barrio (España)
El hombre sale al jardín por la
puerta de atrás. Está desnudo y el único objeto que porta es un revólver en su
mano izquierda. Es alto y delgado, algo enfermizo, con el pelo oscuro y ralo, y
sus ojos muestran desesperación, quizás rendición o sometimiento, pero en el
fondo guardan cierta esperanza iluminada.
El sol brilla majestuoso en lo más alto del cielo. El hombre
intenta apuntar su arma al astro pero su excesividad le deslumbra y erra un
primer tiro. Con un gemido, lo intenta de nuevo, la mano temblorosa, y falla de
nuevo. Decidido, hace visera con la otra mano y dispara casi a ciegas vaciando
el cargador. El hombre jurará después que realmente escuchó un ruido como de
cristales rotos cuando todo oscureció dejando una gran luna encarnada y que el
loco la recibió con una sonrisa bobalicona.
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