viernes, 5 de junio de 2026

EL MAR DE LOS SUEÑOS

Mike Jansen

 

Mi primer día en la playa estuvo lleno de asombro. Caminé sin rumbo por la orilla. Adentrarme un poco más tierra adentro solo me mostró más guijarros negros y arena, una llanura desprovista de color, como un profundo pozo de olvido. Definitivamente no invitaba a seguir explorando, así que regresé enseguida al mar.

Oculto tras una cubierta de nubes verdes, el sol azul iluminaba ocasionalmente el mar color limón. Llegó la noche. También el día. Pequeñas olas movían la grava negra de un lado a otro sobre la playa interminable donde había despertado unos dos días antes. Recordaba vagamente un circo. Quizá algunos payasos.

Durante un tiempo, arrojar piedras al agua fue mi único entretenimiento, hasta que un remolino surgió de pronto y de él emergió un brillante ojo púrpura con una pupila roja. ¿Dónde demonios estás, John? Observé la manifestación desde detrás de una gran roca negra que me servía de refugio. Me había escondido allí en cuanto noté que el agua estaba girando. Durante largos minutos, unos tentáculos atravesaron el agua y arrancaron trozos de playa a mordiscos. Dejé de lanzar piedras.

El resto del día contemplé el suave desfile de nubes flotando lentamente, interrumpido de vez en cuando por vistas del firmamento violeta, donde se distinguían grupos de lunas y planetas. Por lo general, aquellas visiones duraban demasiado poco para estar seguro de lo que había visto.

Mi primer espejismo tenía la forma de un joven que me recordó un poco a mi primer amante cerebral. Caminaba sobre el agua como un semidiós desnudo y, cada vez que los dedos de sus pies tocaban las olas, surgían exuberantes enredaderas que extendían hojas de nácar en todas direcciones.

—¿Paul? —susurré con voz ronca.

Quise ponerme de pie, pero antes de haber recorrido la mitad del camino la imagen se desvaneció y las enredaderas se hundieron bajo la superficie. Volví a sentarme. Estaba solo con mis recuerdos, amargos y dulces. Pensando en tiempos pasados, con la cabeza entre las manos, igual que el día en que me informaron de su temprana muerte.

El sol se hundió y durante un tiempo la oscuridad fue absoluta. El mar emitía una enfermiza luz amarillo verdosa hasta que las nubes se abrieron y la luz de varias lunas atravesó el cielo. La magia comenzó lentamente. Aquí un destello. Allí un unicornio del tamaño de un pulgar bailando. Y poco a poco las imágenes fueron ganando consistencia hasta parecer reales.

Obsesionado, observé durante más de una hora a una mujer contemplándose en un espejo. Sus labios formaban números. Sus dedos recorrían las líneas de su rostro hasta que comprendí que estaba contando sus arrugas. Vi a un joven jugando al fútbol con otros jóvenes idénticos a él. La pelota era una cabeza: una versión envejecida de aquellos muchachos. Vi a un anciano en silla de ruedas observando los rostros y espaldas de la gente, cuyas caras estaban absurdamente altas, mientras todos le hablaban únicamente con tono infantil. Una mujer pasó flotando sobre un tronco, seguida por un gorila lujurioso. Automóviles veloces atravesaban el agua levantando nubes de gotas. Un albatros arcoíris extendió las alas hacia un horizonte imaginario y me guiñó un ojo erudito.

Amontoné arena para formar una almohada improvisada y apoyé la cabeza mientras contemplaba las infinitas variaciones y matices que aparecían sobre el mar. No sabía qué los provocaba. Ni qué significaban. Ni si eran peligrosos. Me intrigaban. Me conmovían. Me mostraban mis recuerdos o quizá los de otras personas. Sentí cansancio. Mi último pensamiento fue que me gustaría saber dónde estaba y por qué me encontraba allí.

La alegre música de una banda de metales, procedente de algún lugar lejano, me despertó. No tenía hambre ni sed y me sentía descansado. El mar estaba tranquilo. Ninguna imagen flotaba sobre las olas poco profundas.

Me levanté y miré a mi alrededor. La música seguía sonando a lo lejos. Logré localizar su origen. Avancé en esa dirección a través de la arena negra. Me interné más tierra adentro que nunca hasta llegar a varias colinas bajas. Detrás de una de ellas se alzaba una carpa de circo adornada con símbolos rojos y negros de naipes: corazones, diamantes, tréboles y picas. Un carro con un órgano de vapor producía las melodías que había oído antes. La entrada de la carpa estaba sumida en sombras. A veces me parecía ver movimiento en su interior. Dudé si entrar.

—¿Problemas para encontrar el camino?

La voz provenía de un sombrero de copa apoyado sobre una roca cercana.

—¿Quién está ahí? —Ante mis ojos, el sombrero levitó y, cuando alcanzó aproximadamente un metro de altura, se desplegó un gato de carey azul celeste.

—Encantado —dijo el animal—. Suelo indicar direcciones.

—Esto no es real, ¿verdad? —pregunté.

El gato afiló los bigotes hasta convertirlos en puntas estrechas.

—¿Qué te hace pensar semejante cosa?

Su sonrisa era amplia y siniestra.

—Recuerdo una casa, alguien a quien llamaba esposo, un trabajo de oficina, mascotas. —Miré al gato—. Una gata carey y un Jack Russell.

—Liberace y King —dijo el gato mientras descendía de la roca—. Debo admitir que Liberace me cae bien.

—¿Y este circo?

—Buena pregunta. Los payasos, supongo.

Tragué saliva con incomodidad.

—¿Qué ocurre con los payasos?

—Los payasos saben dónde estás. Te vigilan. Anoche te preguntaste eso, ¿no es cierto?

—¿Y por qué saben dónde estoy?

—Porque están en tus pesadillas. —El gato juntó las patas frente al pecho—. Suena lógico, ¿verdad?

—Esa lógica se me escapa.

—Están dentro. Habla con ellos. Entonces sabrás dónde estás. —El gato hizo una profunda reverencia y se desvaneció. El sombrero cayó al suelo.

Respiré hondo y aparté las pesadas cortinas de la entrada. Adentro reinaban las sombras. Solo la pista central estaba iluminada por una luz verde que descendía desde arriba. Caminé hasta el centro y observé a mi alrededor. Todo estaba inmóvil. Pequeñas partículas de polvo flotaban en el aire. El olor a tierra fresca, como el de una tumba recién excavada, impregnaba el ambiente.

La máscara apareció de la nada en el borde de la pista, medio oculta por las sombras. Era de arcilla y representaba el rostro de un payaso.

—¿Sabes por qué estoy aquí? —pregunté. La máscara se movió suavemente. Unas manos aparecieron y remodelaron el rostro, dándole una expresión aterrorizada—. Sí, a veces esto parece una pesadilla —admití—. Tú tampoco sirves de mucha ayuda.

Lo último que esperaba era una voz aguda de niña.

—¿Qué culpa tengo yo de que este lugar no tenga ubicación?

Parpadeé.

—¿Qué significa eso?

Las manos transformaron de nuevo el rostro, esta vez en un pico de ave con pequeños ojos brillantes.

—En línea recta, tanto la playa como el mar son prácticamente infinitos.

—Imposible.

—Vamos, vamos. ¿Dónde viste un horizonte?

Guardé silencio. Recordaba haber contemplado el mar hasta donde la superficie amarilla se volvía brumosa en la distancia.

—No hay ninguno.

—Los detalles solo distraen —continuó la voz aguda—. Observa el mar y ten cuidado con las tormentas.

La máscara se convirtió en una cabeza demoníaca llena de colmillos.

—¿Recuerdas cuando tu padre te llevó al circo a los ocho años? —preguntó el payaso con una voz oscura y áspera. Retrocedí con cautela.

—Sí.

El payaso avanzó hacia la luz. Sus manos eran largas garras y espolones óseos atravesaban su traje multicolor.

—Fue el momento de mayor miedo de toda tu vida.

Mi corazón comenzó a acelerarse. La náusea ascendió desde mi estómago.

—Tuve pesadillas durante meses.

—Meses durante los cuales bebí tu dulce sangre de las innumerables heridas que cubrían tu cuerpo. —Sacudió la cabeza y oscuros regueros rojos recorrieron sus colmillos, empapando el traje.

Algo se rompió dentro de mí. Grité con todas mis fuerzas. Me di vuelta y corrí fuera de la carpa, de regreso a la playa. Su risa maligna me persiguió durante mucho tiempo. Cuando creí haberme alejado lo suficiente, volví la vista atrás. La carpa había desaparecido. Y el payaso también. ¿Qué es este lugar que no tiene ubicación?

—Muchos han hecho esa misma pregunta. —La voz del gato sonó sobre mí.

Levanté la vista y vi el sombrero de copa, del que asomaban dos ojos felinos.

—¿Y obtuvieron una respuesta?

—Cuando formularon la pregunta adecuada. Pero ¿cuál es la pregunta adecuada?

Una risa múltiple resonó desde el sombrero.

—Supongo que no vas a decírmelo. —Suspiré y me senté junto al mar—. No tengo ganas de jugar.

—Curioso —dijo el gato—. Al parecer tu mente sí. ¿Ni siquiera necesitas una pregunta? Mira.

Sobre el mar apareció nuevamente Paul. Su expresión altiva era inconfundible, llena de indignación ante otro necio incapaz de apreciar sus creaciones. A sus pies yacían innumerables manuscritos atravesados por plumas de acero manchadas de sangre.

Reconocí la escena.

—Sueños y pesadillas. Esa es la respuesta.

—Bienvenido al Mar de los Sueños. —El sombrero desapareció, dejando tras de sí una nube que se disipó rápidamente.

En cuanto comprendí, las representaciones sobre el mar comenzaron de nuevo. Muchas eran hermosas. Sueños. Niños jugando con interminables cajas de bloques de construcción. Una familia feliz recorriendo montañas impresionantes. Un anciano soñando con la época en que su esposa aún vivía y acudía con él a la ópera cada semana. Pero también había pesadillas. Una mujer busca a sus hijos; oye sus risas, pero no logra encontrarlos dentro de la casa. Una muchacha ríe alegremente mientras apuñala una y otra vez la entrepierna de su padrastro inconsciente. Un hombre nada en el mar y de repente ya no puede mover los brazos. Desesperado, se mantiene a flote. Finalmente se agota. Y el agua se cierra sobre su cabeza.

Esa última imagen me impresionó profundamente, aunque no comprendía por qué.

En la lejanía se reunían nubes oscuras. El viento comenzó a levantarse. La brisa se convirtió en vendaval. Rayos blancos brotaban del mar y regresaban a él. Entre los relámpagos se perfilaba una gigantesca figura parcialmente oculta por la niebla, elevándose hasta el cielo. Un escalofrío recorrió mi espalda.

¡Eso no!

Retrocedí lentamente mientras el viento aumentaba hasta alcanzar fuerza de tormenta. El mar se agitó. Las pesadillas chocaban unas con otras y se fusionaban.

Recordé libros que había leído de niño, escondido bajo las mantas con una linterna. Historias de entidades oscuras y horrores monstruosos que alimentaron mis pesadillas y me enseñaron a temer la oscuridad.

¡Es solo un sueño! Entonces ¿por qué estoy aquí?

Seguí alejándome tierra adentro. La arena golpeaba mi cuello y mi rostro. Encontré unas rocas suficientemente grandes para ocultarme. La tormenta de arena bloqueaba mi visión. Entre los remolinos oscuros creí distinguir monstruos llenos de dientes y garras. Me abracé las rodillas y traté de parecer lo más pequeño e insignificante posible.

Compórtate como un hombre, John. Si esto es solo un sueño, deberías poder dominarlo.

Pensé en atrapasueños y ladrones de sueños. Intenté imaginar cómo influir en aquella no-ubicación.

Entonces comprendí que había estado haciendo preguntas inconscientemente y que estas habían sido respondidas, aunque de forma críptica. Necesitaba controlarme. Guiar mi mente consciente.

Si esto es un sueño, o una tierra de sueños, ¿cómo llegué aquí? ¿Estoy dormido en el mundo real? ¿O en coma o algo parecido?

El viento amainó. Las nubes oscuras se alejaron. La luz de la luna iluminó las llanuras.

Salí de mi escondite y regresé al mar. El aire olía fresco.

Sobre el agua apareció una escena familiar. Mi propia sala de estar. Personas preocupadas. Mi esposo. Mis padres. Junto a una cama colocada en la sala reposaba una figura demacrada. Mi esposo vertía pequeños sorbos de jugo de fruta en mi boca abierta y masajeaba mi garganta para ayudarme a tragar. Reconocí mi rostro. Pero mi cuerpo estaba esquelético. ¿Cuánto tiempo llevo aquí realmente? Hay una cama en mi sala. No estoy en un hospital. Marco y mis padres están conmigo. Tengo que regresar. Me estoy muriendo lentamente.

Los pasos detrás de mí eran pesados y huecos. Supe quién se acercaba. Había estado pensando en la Muerte.

—Ha sido una buena carrera, John. He venido por ti.

Tragué saliva. Vi la figura clásica de la Muerte: túnica negra, esqueleto anciano, guadaña en la mano derecha. La izquierda se extendía hacia mí. Retrocedí hasta que las olas tocaron mis talones. No estoy preparado para esto. La Muerte avanzó. Tropecé y caí hacia atrás en el mar. Temía las profundidades. Temía ahogarme. Temía a los monstruos invisibles. Pero la certeza de morir me aterraba todavía más.

—No te comportes de manera tan extraña —dijo la Muerte. Permaneció en la orilla mientras las olas rodeaban suavemente sus pies óseos—. Si no estás listo, basta con decirlo. Te escondes aquí, en las costas de la noche.

—¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo salgo?

—El Mar de los Sueños es un lugar extraño. Está en todas partes y en ninguna. A veces es tumultuoso; otras, una superficie de espejo. Es un estanque de reflejos y un refugio para el alma. Es tentador demorarse aquí. Quienes llegan rara vez recuerdan sus cuerpos mortales...

—¿La imagen que vi? ¿La cama en la sala?

La Muerte extendió la mano casi con ternura.

—Tan cerca...

Me di la vuelta y comencé a nadar mar adentro.

—Tendrás que enfrentarte a tus miedos en algún momento, John —me gritó.

Cada seis brazadas me volvía para mirarlo. Seguía allí. Apoyado en su guadaña. Con sus cuencas vacías clavadas en mí. Hambriento. Resistí durante mucho tiempo. Pero al final mis fuerzas se agotaron. Mis brazos dejaron de responder. Y el agua se cerró sobre mí.

 

Algo suave bajo mi mano. Una vibración. Ruido. ¿Estoy muerto? Abrí lentamente los ojos. El mundo había cambiado. Me sentía perdido y desorientado hasta que apareció un rostro familiar. Mi esposo.

—¿Estás despierto, John? —Parecía preocupado. Creo que sonreí, porque su rostro se iluminó al instante. Giró la cabeza—. ¡Papá, mamá, está despierto! ¡Llamen al médico!

Debajo de mi mano apareció una cabeza de gato atigrado.

—Liberace.

Mi voz era apenas un susurro.

Liberace parecía complacido por mi despertar.

Mis padres entraron en la habitación. Era nuestra sala. Yo estaba en la cama que había visto antes. ¿Era ese mi sueño? ¿O el de mi esposo?

—John, has vuelto. Gracias a Dios.

Mi madre me rodeó el cuello con los brazos y lloró sin reservas.

Mi padre me dio unas suaves palmadas en la rodilla, una rara muestra de afecto.

—Llamé al doctor Jansen. Ya viene.

—¿Cuánto tiempo...? —Mi voz se quebró antes de terminar la pregunta. No hizo falta.

—Sesenta y ocho días —respondió mi esposo—. Durante las últimas semanas estuviste aquí. Un coma inexplicable. Desde la noche en que visitamos el circo. Fue muy duro para nosotros. Nos turnábamos para alimentarte y darte masajes.

El circo. Los payasos.

Tragué con dificultad cuando los recuerdos regresaron.

Aun así logré sonreír.

—He vuelto.

—¿Hay algo que podamos hacer?

—Sí. Tengo hambre.

—Eso es una buena señal —dijo mi madre.

Le dio un codazo a mi padre.

—Prepárale un poco de jugo a tu hijo.

Mi esposo colocó su mano sobre la mía, que descansaba sobre Liberace.

—¿Te quedarás ahora?

—Siempre —respondí—. Solo fue una mala pesadilla.

Sonrió agradecido y me apretó la mano.

O eso creo...


Mike Jansen escribe y publica relatos de SF/F/H desde 1991. Ganador de los premios King Kong 1992, Fantastels 2012, Literary Prize of Baarn, Godijn F/SF award 2020 y Mossy Statue lifetime award 2021. Organizador del Premio EdgeZero, editor de las antologías "En el pólder" de EdgeZero. Autor de varias novelas y antologías. Su sitio es: http://www.meznir.info.

 

 

EL REGALO DE LA MOSCA BRABBLE

Phillip Barcio

 

Eddie caminó hasta las afueras del pueblo, donde crecen los brabbles, antes de que los demás despertaran. Llevaba una taza de café caliente de su casa (de origen único, comercio directo, orgánico, tostado suave) en una taza que le había robado a Eddie #2, y un pączki relleno con los sueños de una planta de arándano silvestre.

Su plan consistía en comerse el pączki en el campo de brabbles, mojándolo en la bebida humeante que había traído para que el líquido sensual empapara los sueños de arándano del interior y liberara su sedoso aroma a arrepentimientos de amantes.

—Da pequeños mordiscos, Eddie —se recordó a sí mismo, tal como había aprendido en la clase de consumo de pączki—. Deja que la masa dulce se deshaga entre el paladar y la lengua, con los ojos cerrados, mientras las moscas brabble despiertan y el aria de su luz matinal te rodea, llenando tu corazón con la sensación de asombro que has perdido.

¿Adónde había ido a parar aquella creencia de que podía hacer cualquier cosa que quisiera?

Llevaba sus jeans negros, los que había conseguido en Crossroads, con los ostentosos desgarrones sobre los bolsillos traseros y los pesados botones de latón grabados con rostros de tigres. Se había demostrado que los jeans negros, por razones aún no completamente comprendidas, resistían las perforaciones de los brabbles.

Los combinó con una camisa amarilla, el color del decimocuarto chakra, el chakra del codo, depósito de la alegría y de la fe en la magia, y un color ampliamente documentado como atractivo para el caprichoso afecto de las moscas brabble.

Por supuesto, iba sin botas. También sin sombrero. Y sin guantes.

Manos desnudas, cabeza desnuda, pies desnudos: un hombre de paz.

El trayecto hasta las afueras del pueblo pareció más largo que la última vez que lo había hecho, y Eddie se preguntó si no estaría encogiéndose.

La impaciencia pudo más que él y se comió el pączki por el camino, directamente de la bolsa. No lo mojó en el café. No lo saboreó. No dejó que se derritiera en su boca. No cerró los ojos.

Simplemente lo devoró: media hora de emoción comprimida en treinta segundos.

Entonces tropezó con una chapa de botella y derramó el café sobre sus pies descalzos.

Soltó una furiosa palabrota.

La palabrota quedó suspendida frente a él, tomando la forma de una mantarraya azul, y luego se lanzó contra Eddie, adhiriéndose a su rostro.

Eddie cayó de rodillas, asfixiándose, sabiendo que no había forma de arrancarse aquella cosa de encima.

Murmuró tres veces el Daggum-vidha hasta que la palabrota aflojó su presa.

La criatura flotó lejos de su cara y lo observó con enojo.

—Lo siento —dijo Eddie.

La palabrota se volvió translúcida y agitó suavemente las alas.

Eddie proyectó pensamientos amables y suaves susurros de deseos sinceros hacia la criatura hasta que finalmente esta revoloteó y regresó de donde había venido: el reino de las promesas rotas y los sueños olvidados.

Eddie recuperó la compostura.

Cerró los ojos y respiró.

Se concentró en su respiración.

Se relajó.

No sintió nada.

Entonces abrió los ojos y vio una luz amarilla suspendida ante él: una única mosca brabble, una diminuta e interminable supernova ardiente de calor amoroso, un mundo dentro de otro mundo.

Eddie le sonrió a la mosca brabble.

La mosca brabble se expandió cien veces, convirtiéndose en un cosmos resplandeciente y giratorio de fuego, un agujero blanco.

Arrastró a Eddie hacia la luz.

Se precipitó profundamente dentro del abismo y allí, entre los secretos del cielo, se encontró cara a cara con sus deseos más profundos.

Eran tres.

Y le hablaron.

—Somos tus deseos más profundos, Eddie #1. Somos el fracaso, la aceptación del fracaso y el deseo de ser libre.

Eddie extendió la mano hacia sus deseos, pero estos se desintegraron.

La mosca brabble era lo único que permanecía ante él.

—Gracias —dijo Eddie.

La mosca brabble le entregó una diminuta nota que él no podía leer porque era demasiado pequeña y porque jamás había aprendido a descifrar los símbolos escritos del mundo brabble; en la escuela siempre estaba demasiado ocupado comiendo pączki y bebiendo café.

Pero en el instante en que tocó la nota, comprendió.

Su significado lo inundó.

Fluyó a través de la caverna de su aorta, recorrió sus venas y llenó su ser interior con una emoción extraña que disipaba la fatalidad, rompía las nubes y parecía venir de otro mundo; una emoción que nunca antes había experimentado, pero que más tarde describió a Eddie #2, Eddie #3, Alexandre y el Hombre Estatua, para explicarles por qué ya no deseaba cometer delitos con ellos.

La describió así:

—Un cosquilleo... una vibración suave, zumbante y extática que recorría mi cuerpo de un extremo al otro y que, temporalmente, me hizo sentir que el mundo no estaba completamente lleno de mierda.

Phillip Barcio es un autor galardonado, periodista, escéptico de las redes sociales, defensor de los animales y aficionado a los sombreros de pescador. Vive en un pequeño pueblo de Indiana con su mejor amigo, un terrier que viste una chaqueta vaquera. Sus escritos se han publicado en Boulevard Magazine, Western Humanities Review, Michigan Quarterly Review, Swamp Ape Review, Space Squid, Grey Sparrow Journal, Antipodean SF y muchas otras publicaciones de prestigio. Siempre está trabajando en algo más pequeño.

 

LA PERVERSIÓN DE DIOS

Luz Moreno

La Tierra era un mundo grato y sublime, que yo disfrutaba de mirar y embellecer desde la torre del firmamento en la que habitaba, hasta que se me ocurrió que la poblaría de criaturas de dulce voz para que me alabaran. Los demás dioses, que tenían experiencia con poblaciones de otros universos en lejanos confines, me aconsejaron que darles razonamiento y sentires los volvería difíciles de dominar, pero a mí me pareció de gran atractivo, porque aprenderían a amarme como si yo fuese un rey. Les di, además, cuerpos en todo hermosos, dividiéndolos en dos sexos para semejarlos a los animales que poblaban aquel planeta. No les di demasiado pelaje, a excepción de las zonas que lo requerían, para poder observarles libremente.

Me di cuenta de mi error cuando, bajo la blancura de la luna, aquel al que le di ubres se colgó del árbol que yo les había prohibido con el mero fin de averiguar si eran obedientes o no. La esbelta criatura tomó una de las dulces frutas coloradas que colgaban de las ramas con una sonrisa que se volvía maldad en sus ojos, creyendo quizás que la noche haría de velo para que yo no descubriera su chanza. No lo hacía por hambre, sino por simple travesura, aunque ni bien comenzó a comer sintió temor de que el hombre la acusara conmigo. A los pocos bocados, llamó y le convidó al que yo le diera falo, inventándose la historia de que una vieja serpiente se las había obsequiado. Sin embargo, el del falo sospechó la mentira, y ambos se sintieron abochornados por la traición. Se tranquilizaron ideando excusas y disculpas para cuando yo les indagara, creyendo que lo hablado haría diferencia en el hecho. Así de perjudicial que les era su capacidad de hablar.

Cuando me presenté ante ellos, encontré que se miraban algunas partes de su cuerpo, las que servían para perpetuar su imagen y su especie. Decidieron que les avergonzaban porque copulaban con ellas y aquello debía solo ser visto en la oscuridad, y las cubrieron para que yo no los viera, cosa que me enfureció terriblemente: amaba su cuerpo desnudo, las curvas de las mamas, el vigor de la extremidad, los vellos ensortijados, que resaltaban su mirada atrevida hacia el cielo en un orgasmo que jamás habían reprimido, pues hasta entonces no conocían la vergüenza. Acariciarlos por la noche, mientras dormían, me provocaba un regocijo divino, y verlos amarme, dedicándome su cantar y endilgándome los oídos sobre mi bondad, me hacían tan feliz como a ningún otro Dios pudo hacer su criatura.

Tuve que castigarlos; comenzaron una vida de miseria, rodeados de hijos entre los que reinaba la discordia y el rencor. Ya no miraban al cielo con atrevimiento, sino con un temor que al principio me inquietó, pero luego encontré agradable, porque al menos me deparaba respeto. Como los amaba, los perdoné, y les permití vivir en La Tierra durante mucho tiempo, para que me consideraran buen creador, con la esperanza de que volvieran a sentirse deseosos de mi amor. Su manera de agradecerme era bastante divertida: dejaban de comer por mucho tiempo, mataban animalillos en mi honor, recitaban largos cánticos reunidos. Todo esto me halagaba mucho, a pesar de que me entristecía de vez en cuando que en su mirada el miedo hubiera reemplazado al amor desenfrenado que hubo en un principio, como si yo no fuera su amante, sino un padre severo. Jamás quise ser juez maligno para ellos, sino un dulce maestro.

Desde que su creación, al mirarlos crecía en mí un arrobamiento celoso y un exceso de admiración. Sin embargo, comenzó a corroerme la pena del amor no correspondido, pues cayeron en la costumbre de adorar a otras deidades y entregarse a ellos con un furor desmedido que antaño me pertenecía. No era culpa de los humanos, sino de los demás dioses que, envidiosos de mi gran creación en La Tierra, acudían desde recónditos sitios del universo para instalarse por allí, con la excusa de aprender sobre estas criaturas. Se presentaban a los humanos y conseguían que estos los creyeran sus padres y creadores. Reconozco que yo no me he encargado de ganarme a la humanidad y recordarle mi existencia muy a menudo, por considerarla incapaz de olvidarme. No soy dios de los tiempos, por lo que no puedo retroceder a la feliz época en la que solo eran dos pequeños que debía mantener seguros en un fragante jardín. En fin, mi disperso rebaño encontró nuevos maestros, falsos, que les prometieron una muerte dulce y cosas por el estilo, aunque cuando se aburrieran de ellos los abandonarían para regresar a sus tareas, dejándolos también dolientes de desamor.

La mirada de mis criaturas al cielo dejó de ser de pasión o de miedo, para impregnarse de desinterés, hiriendo mi orgullo. Hablaban mucho, sí, pero ya muy poco de o hacia mí. Me sentía abandonado, olvidado por todos, y, poco a poco, perdía el interés por mi planeta. Expulsé a todos los ángeles de mi reinado, enviándolos a servir a otros dioses amigos. Los vi partir por la vía láctea, agitando sus alas, nerviosamente, mirando hacia atrás, sorprendidos de que de pronto yo los despreciara. Pero no quería tener a nadie cerca, porque necesitaba pensar, buscar la manera de sentirme a gusto nuevamente. Tuve que encontrar una nueva fuente de inspiración, y se me ocurrió concentrarme en la desgracia de los humanos. Fue entonces que, a escondidas de los dioses mayores (siempre supe que el mal sería castigado), me decidí a enviar insoportables torturas a los que no me amaban, celoso de la devoción que profesaban a otros. Oh, de haber conocido que esto no los haría regresar a mis brazos, sino que los alejaría en la bruma del rencor, jamás hubiera comenzado. Pero luego, cuando casi no me quedaban seguidores, castigarlos me parecía como un exorcismo que ellos merecían, y que me propiciaba mayor placer que el cuidarlos o simplemente dejarme adorar. Sus gritos de labios abiertos de cara al cielo, sus ruegos de piedad, eran repetidos por mí como expresiones de deseo fogoso. Sus lágrimas renacían en mi cuerpo por el orgullo de mis macabros planes. Me volví un apasionado del sufrimiento, que me aliviaba la soledad. Miraba con júbilo como cada vez que ellos construían ciudades, al poco tiempo caían, destruidas por guerras y pestes, y se vaciaban de gente, y yo los miraba, con mi gran ojo. Tanta desesperación y destrucción de todas las cosas humanas, que ellos creaban y yo arruinaba de un pestañeo, me parecía más divertido que mi tarea de antaño, la de crear criaturas en mi el planeta que se me había asignado. Los campos secos no daban ya fruta, así que los niños enfermaban y las madres morían de tristeza, y los hombres, hambrientos, se violentaban y mataban a sus familias. Los hospitales estaban llenos, y no había médicos que atendieran. La gente enloquecía, saqueaba los negocios, lloraba, se tiraban de los balcones y la sangre corría, goteaba, manchaba las calles y la tierra, y yo olfateaba el aroma salado y escarlata y me reía. Esos clamores, esos gritos, esos llantos, múltiples, formaban una melodía que se alzaba por los aires y yo la oía, bailando, haciendo frufrú con mis alas blancas, y palmoteaba alegremente, solo, desde mi torre.

Fue cuando los humanos comenzaron a preguntar a otros dioses por qué la desgracia se ensañaba con ellos, a raíz de lo cual mis colegas averiguaron de dónde provenían las enfermedades, plagas y cataclismos, y se allegaron a mí en vuelo veloz. No los vi venir, ocupado en hacer nacer a los ideadores de la bomba atómica. No los oí, porque reía para mí y meditaba sobre el bien que harían los humanos si comprendieran que al regresar a mi regazo se calmarían todos sus males. Entonces escuché detrás de mí el batir de alas blancas y el susurrar de la palabra “pervertido”, y sentí un filo helado en mis omóplatos. Cortaron mi plumaje alboreado manchando todo mi cuerpo moreno de sangre escarlata. Así sin más, quebrantado de dolor y sin poder mirar a los ojos a mis atacantes, fui conducido a un territorio en las profundidades del cosmos, detrás de la muerte humana, que nombraron como el Infierno. “¿Querías ser rey? Ahora serás Rey de las tinieblas” y allí me dejaron. Otros dioses pequeños había junto a mí, todos malvados con sus creaciones, de los que se me puso al mando. Cuando pregunté qué debíamos hacer, explicaron que los humanos, ahora carentes de Dios, muy pronto se matarían unos a otros y habría que cuidar más almas perecidas que en vida. Desde que tomé el mando en el Gehena he comprobado que los humanos llegan aquí a montones, a convertirse en mis súbditos nuevamente. Nada de devoción hacia mí encuentro en ellos: culpable de todos sus males, me detestan y me llaman Lucifer. Imagínense lo que han enloquecido en la Tierra, que creen ahora que he sido yo esa vieja serpiente que engañó a la inocente Eva, cuando fue la de las tetas exuberantes la que tomó la manzana.


Euge Luz Moreno dice de sí misma: Tengo 19 años y me apasionan la literatura y el teatro. Participé de diversos talleres literarios, finales de concursos como los Juegos Bonaerenses 2022 y el premio José Carlos Capparelli, del que recibí una mención, y antologías como Trazo Lunar 2025. Publiqué un libro de cuentos, Los trece miedos (2023), y otro de poemas, Rosa de los vientos (2025). Actualmente, soy estudiante de Letras en la FFyL de la UBA, formo parte del elenco de la obra “Invocación”, corrijo textos académicos y literarios e incursiono en la escritura de textos teatrales y novelas.

jueves, 4 de junio de 2026

SOCIOS, SOSIAS, ALGO COMO ESO

Sergio Gaut vel Hartman

 

La lluvia caía como si alguien estuviera afilando cuchillos contra el cielo.

Vi al hombre por primera vez a las once y cuarto de la noche, bajo la marquesina del bar Atlantic. Llevaba un sombrero oscuro, un impermeable oscuro y una expresión tan oscura como la ropa y la noche. Pero en esta ciudad eso no lo distinguía de nadie.

Lo que me llamó la atención fue que tenía mi mismo rostro. No facciones parecidas. Mi cara. La misma nariz rota en el mismo combate olvidado, tantos años atrás. La misma cicatriz junto a la oreja izquierda. Las mismas arrugas cavadas por el whisky barato, los cigarrillos turcos y las mujeres equivocadas.

Se quedó mirándome desde la otra vereda. Yo también lo miré. Ninguno de los dos cruzó la calle.

Los automóviles levantaban cortinas de agua entre nosotros. Por momentos desaparecía detrás de los faros y volvía a emerger como una fotografía revelándose en un cuarto oscuro. Pensé en un hermano perdido, en un estafador con máscara, en un loco escapado de algún sanatorio. Incluso pensé que del otro lado de la calle alguien se había olvidado un espejo. La noche invitaba a pensar estupideces... y yo soy especialista.

Entonces el hombre levantó lentamente la mano derecha.

Yo no me moví. Él mostró algo que sostenía entre los dedos. Era una fotografía. Aun desde la distancia reconocí la imagen. Era la imagen de la mujer muerta que había encontrado aquella mañana. Y detrás de ella, sonriendo para la cámara, estábamos él y yo. Juntos. Como viejos amigos. Como socios. Como cómplices.

—¡Oiga! —le grité, dispuesto a romper la estasis.

—Podemos tutearnos —respondió—. No se le escapa que…

—¡No! —lo interrumpí. Mi grito sonó desproporcionado, era consciente de que había algo defectuoso en ese sujeto, ese doble, algo fundamental que se me escapaba, un detalle que invalidaba la copia y anulaba la posibilidad de aceptar que aquello fuera real.

—Aceptemos los datos de los sentidos.

Sonó estúpido. Había encontrado el cadáver de Eloísa Murnau luego de perseguirla durante semanas a pedido del marido, un gángster, Marco Robotti. Pero mi doble no había estado allí, conmigo. ¿Por qué estaba en la foto?

—Si tanto me conoce —logré articular—, sabe que no he probado una gota de alcohol en seis meses. —La mitad de mis palabras fueron arrastradas por el viento y la lluvia, lo que no impidió que mi doble no lanzara una sonora carcajada celebrando la torpeza de mi razonamiento. No obstante, la carcajada misma era un artefacto que se jactaba de su propia tosquedad, de mi propia vulgaridad. Traté de pensar en otra cosa, imaginando que eso serviría para ahuyentar el espejismo; ocurrió todo contrario. De pronto, el tipo estuvo a mi lado y me dio un codazo en las costillas, un doloroso codazo.

—¿De dónde sale tu necesidad de convertir cualquier patrón en una historia. Los médicos quieren una explicación patológica. Los periodistas quieren un escándalo. Los lectores quieren una solución. Los policías quieren un asesino. Pero la naturaleza no está obligada a proporcionar soluciones narrativas.

Retrocedí instintivamente y me apoyé contra una pared descascarada. Una rata pasó entre mis piernas y me produjo un escalofrío tan intenso que, por un momento, la imagen de mi sosias osciló como la llama de una vela. Pero no desapareció.

¿Puede existir un fenómeno real, observable y predecible cuya explicación sea inaccesible para la inteligencia humana?

—A fin de cuentas —dije en voz alta, mientras trataba de serenarme—, una alucinación es una alucinación, no más que eso.

—Por supuesto —dijo mi doble—. El problema es que una alucinación tampoco explica nada. —Encendió un cigarrillo. El fósforo iluminó fugazmente su rostro y tuve la desagradable sensación de verme reflejado en una fotografía tomada dentro de diez años—. Las alucinaciones no conocen cosas que el alucinado ignora —agregó, aprovechándose de mi estupor. Metió la mano en el bolsillo del impermeable y sacó una pequeña libreta negra. Mi libreta negra. La misma que había desaparecido de mi escritorio tres semanas atrás. La abrió por la mitad—. Página cuarenta y siete —dijo.

No respondí. O sí. En ese punto me resultaba imposible asegurar si el que hablaba era él o yo.

—No recuerdo…

—Anotaste que Eloísa Murnau tenía miedo de los ascensores desde los nueve años porque quedó atrapada durante tres horas con el cadáver de su tía. Nunca se lo contaste a nadie. Ni siquiera a Robotti.

La lluvia golpeaba los adoquines con una obstinación mecánica y al mismo tiempo perversa. ¿Podría haber sacado alguna conclusión de esa intransigencia? Tal vez la lluvia haya encontrado una manera de ser sentimental y pragmática a la vez, aunque, como tantas otras cosas, dejando el significado al margen de la comprensión humana.

—Podría haberlo averiguado —dije, tratando de salir de la ciénaga filosófica en la que me había metido.

—Claro que podrías haberlo hecho. Pero no lo hiciste. —Pasó algunas hojas—. También anotaste que pensabas abandonar la ciudad apenas terminaras este trabajo. Montevideo. Una pensión cerca del puerto. Pescar de vez en cuando. Dejar de perseguir maridos infieles, esposas infieles y asesinos mediocres.

Sentí un vacío en el estómago. Jamás había escrito aquello. Lo había pensado, pero no lo había escrito. Y eso era mucho peor. Mi doble cerró la libreta.

—De acuerdo. Objetivo cumplido —dije—. Es hora de que desaparezcas, de que te esfumes.

Mi doble no me prestó atención, o fingió no hacerlo.

—Ahora me gustaría saber algo, estimado socio. Si yo soy una invención de tu mente... ¿por qué soy yo quien conoce los secretos que estás empeñado en ignorar? ¿Qué sucio y maloliente enigma estás tratando de enterrar en el sótano más profundo de tu mente? Estabas en el motel en el que Eloísa Murnau fue asesinada. Huiste como una rata al oír las sirenas de los autos policiales. Pero no pudiste evitar el siniestro impulso de sacarte una foto junto al cadáver. Espero que me expliques eso; soy paciente.

—Quiero ver la foto de nuevo. En estos tiempos que corren se pueden fraguar las imágenes y yo…

No terminé la frase. Mi doble ya me estaba entregando la fotografía. La tomé con la mano izquierda. La lluvia había reblandecido los bordes, pero la imagen seguía siendo perfectamente visible. Allí estaba Eloísa Murnau. Muerta. El cuello torcido en un ángulo imposible. La lámpara del motel proyectaba una sombra oblicua sobre la cama. Y detrás de ella estábamos nosotros. Yo. Y yo de nuevo. Mi socio, mi sosias, mi doble. No temí repetir el pensamiento tercamente, como la lluvia golpeando contra el pavimento, no porque la repetición pudiera modificar algo, sino porque la repetición discutía la razón de ser de aquella escena imposible.

Observé la fotografía durante varios segundos. Después la observé otros varios segundos más. Algo estaba definitivamente mal. No en la foto, en mi memoria.

—¿Lo ves? —preguntó el doble.

No respondí. Porque empezaba a verlo. La habitación del motel tenía una sola ventana. Sin embargo, en la fotografía aparecían dos. Una junto a la cama. La otra detrás de nosotros. Una ventana que yo no recordaba haber visto. Una ventana que, estaba seguro, no existía. Sentí que algo se desplazaba lentamente en mi cabeza. Como un mueble pesado arrastrado en una habitación vacía.

—Ahora estamos llegando a la parte interesante —dijo mi doble.

Y por primera vez desde que apareció en la vereda de enfrente tuve la sospecha de que no estaba tratando de convencerme de nada. Estaba tratando de que recordara algo que nunca había ocurrido. Metí la fotografía en el bolsillo del impermeable, separé los dedos de la mano derecha y los punteé con la izquierda.

—El cadáver de Eloísa, Robotti, nosotros, la foto. ¿Qué es lo que me cosquillea en la palma de la mano?

—Menos mal que solo tenemos cinco dedos en cada una —replicó sonriendo—. Temo que excesivas lecturas de Hammett, Chandler y Cain te pudrieron el cerebro, por lo que te sugiero, sin malicia, que te des un baño de Christie y Simenon; tal vez eso clarifique un poco las imágenes oscuras que supiste pergeñar. Un buen programa de retoque de imágenes no te vendría nada mal. Género negro, ¡por favor! A veces parece que te metiste en una burbuja aún más fantasiosa que la que propone la ciencia ficción. La realidad, amigo, es algo simple… en especial si dejamos de lado todo lo que no comprendemos ni comprenderemos jamás.    

—Muchas gracias por la lección —dije—. ¿Va a ayudarme a resolver el asesinato de Eloísa Murnau o solo piensa seguir insultando mis hábitos de lectura?

Mi doble pareció meditar la respuesta.

—Robotti no te contrató para que encontraras a Eloísa.

—Nunca dije que esa fuera la intención de ese mafioso.

—Precisamente. —La lluvia seguía cayendo entre nosotros. Ya no recordaba si estaba empapado o si el agua formaba parte de la misma pesadilla de la que no lograba despertar—. Robotti te pidió que siguieras a su esposa porque sospechaba que tenía un amante. Eso es cierto. Lo que nunca te preguntaste fue por qué Eloísa parecía empeñada en que la siguieran.

Sentí un pequeño sobresalto. No porque la idea fuera brillante, sino porque era obvia. Demasiado obvia. Recordé a Eloísa entrando en cafeterías donde las ventanas permitían verla desde la calle; recordé los taxis que tomaba y abandonaba a las pocas cuadras; recordé los bruscos cambios de itinerario. Durante semanas interpreté aquellos movimientos como maniobras para despistarme. ¿Y si no intentaba despistarme?

—No —murmuré.

—Sí.

—Eso no prueba nada.

—Prueba que quería que alguien reconstruyera un recorrido. —Mi doble señaló el bolsillo donde yo había guardado la fotografía—. Y aún no has comprendido cuál era el destino de ese recorrido.

Por primera vez desde que comenzó aquella conversación imposible sentí algo peor que el miedo; sentí curiosidad.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

Mi doble me contempló, quizá sorprendido por mi repentino cambio de frente. Había llegado a la conclusión de que esa era la pregunta importante. No el qué, el cómo o el cuándo sino el dónde. Sentí que podría desmontar aquel entramado obtuso y desaliñado si lograba determinar la localización del sueño, delirio o alucinación, lo que fuera aquello que me retenía prisionero de una situación absurda. Y mi sosias se dio cuenta de que yo, por primera vez, estaba apuntando en la dirección correcta.

—Apuntar en la dirección correcta —dijo, como si fuera capaz de leer mis pensamientos—. Apuntar con una pistola o con una conjetura que trata de evolucionar hacia una hipótesis certera.

—¿Quién se las está dando de filósofo, ahora? —Por primera vez creí estar tomando la iniciativa, y una iniciativa constante termina dando frutos. Por lo menos eso creí hasta el momento en que mi doble demostró que estaba equivocado—. ¿Dónde estamos? —repetí, ahora con una energía que habría hecho vacilar al más pintado.

—En el mismo lugar donde estuvo Eloísa durante los últimos tres meses.

—No respondió a mi pregunta.

—Sí la respondí. El problema es que todavía estás muy lejos de comprender la respuesta.

Quise replicar, pero algo se interpuso entre mis pensamientos. Una imagen. Apenas un destello. Eloísa sentada sola en la cafetería Venezia. No estaba leyendo el periódico. No estaba esperando a nadie. Miraba a su alrededor. Eso era lo que hacía. Miraba.

Durante semanas la seguí convencido de que intentaba ocultar encuentros clandestinos. Sin embargo, ahora que rebuscaba en mis recuerdos advertía algo extraño. Eloísa observaba las puertas, las ventanas, los espejos. Observaba a los transeúntes. Observaba los reflejos en los escaparates. Observaba como quien teme ser observado. O como quien espera reconocer algo.

—Empezaste a verlo —dijo mi doble.

La lluvia parecía haber disminuido. O quizá yo había dejado de escucharla, de prestarle atención. ¿Acaso cuando uno deja de percibir algo es lo mismo que decretar su inexistencia?

—Hay algo más —murmuré. Y entonces recordé. La última vez que vi a Eloísa con vida. El motel. La habitación. La ventana. No. Las ventanas. Antes de encontrar el cadáver, antes incluso de abrir la puerta, vi a Eloísa a través del cristal. Estaba de pie. Inmóvil. Mirando hacia afuera. Mirando directamente hacia mí. Y sonriendo. No era la sonrisa de una mujer asustada. Era la sonrisa de alguien que, después de una larga espera, por fin había encontrado aquello que llevaba meses buscando.

—¿Te das cuenta ahora de que la sonrisa de Eloísa transforma retrospectivamente toda la investigación?

—No, no me doy cuenta —dijo. Pero solo para disimular que empezaba a descubrir la verdad, escrita con sangre en el revés de la trama.

—Ya no parece una mujer perseguida por un mafioso celoso; parece alguien que estaba esperando que el narrador llegara exactamente hasta ese punto. Estaba agazapada, observando, esperando; tendiendo una trampa o preparando una revelación.

—Nadie necesita que lo asesinen para demostrar que tiene razón… —Sabía que mi argumento era débil, y mi doble remató la situación con una pocas palabras y un puñado de gestos certeros, perfectos.

—No. Pero algunas personas necesitan morir para que alguien empiece a hacerse las preguntas correctas.

Metió la mano en el bolsillo del impermeable y sacó algo más. No era una fotografía. Era una llave. La reconocí de inmediato. La llave de la habitación 17 del motel. La misma que yo le había entregado aquella mañana al sargento Molina. O que creía haberle entregado.

—Eloísa no te estaba esperando —dijo mi doble. —Miré la llave. Miré la lluvia. Miré mi propia cara reflejada en el rostro de aquella imagen, un desconocido, yo—. Te estaba esperando a ti —repitió. Y comprendí. No de golpe. No como una revelación luminosa. Comprendí del mismo modo en que amanece: lentamente, casi a regañadientes. Eloísa observaba ventanas, espejos y escaparates porque buscaba algo imposible. Alguien imposible. Había descubierto la grieta antes que yo, la duplicación, la presencia invisible. Por eso sonrió al verme detrás del cristal. No me estaba reconociendo. Me estaba confundiendo. Nos estaba confundiendo.

Mi doble lanzó la llave al agua acumulada junto al cordón de la vereda.

—¿Quién la mató? —pregunté.

Por primera vez pareció cansado.

—No te sirve de nada seguir creyendo que esa es la pregunta importante. —Después sonrió. Era mi sonrisa. La que aparece en las fotografías cuando ignoro que me están fotografiando. La auténtica. Y entonces ocurrió algo sencillo. Algo tan sencillo que tardé varios segundos en comprenderlo.

La vereda de enfrente estaba vacía.

Permanecí inmóvil bajo la lluvia durante varios minutos más; una eternidad. Luego metí la mano en el bolsillo para asegurarme de que la fotografía seguía conmigo. No estaba, por supuesto. Solo encontré una libreta negra. La abrí, cauteloso, como esperando que de las páginas emergiera un alacrán. En la página cuarenta y siete había una frase escrita con mi letra. Una frase que no recordaba haber escrito.

"Si alguna vez se produce el encuentro con el otro, preguntar cuál de los dos empezó la historia."

Cerré la libreta. La lluvia seguía cayendo, ¿por qué la lluvia debería cesar en esta historia?

Sergio Gaut vel Hartman (Buenos Aires, Argentina, 1947) es escritor, editor y antólogo. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa.

 

 

LAS GAFAS DEL AMOR, 1966

Alexander Zelenyj

 

—¡Bienvenido, amigo!

Stanley Dufferin se sobresaltó al oír aquella voz estruendosa irrumpiendo en sus confusos pensamientos, y una de las bolsas de plástico que llevaba se le resbaló de las manos enguantadas para caer sobre el suelo embaldosado con un golpe sordo que no logró ocultar el pequeño pero inconfundible crujido que lo acompañó: el pescadorcito de cerámica que encabezaba la lista de regalos navideños de Rebecca, la última pieza que necesitaba para completar su más reciente colección de figurillas de cerámica horrendas; esta basada en un tema a lo Huck Finn: un muchacho desaliñado, descalzo, de cabello revuelto, con una línea de pesca colgando desde el muelle de porcelana hasta unas aguas imaginarias. Y era el último de aquellos malditos engendros sobre la estantería de Sears.

Alzó la vista hacia el origen de la interrupción, concentrando toda su creciente furia, sus niveles de estrés disparados, y pensando también en la decepción que pronto le causaría a su esposa.

Un vendedor le sonreía con la sonrisa más radiante que Stanley hubiera visto jamás. El hombre, de mejillas redondas y rojizas, parecía esperar algo con evidente entusiasmo. Saber que realmente le había hablado a él multiplicó la furia de Stanley por diez.

—¿Qué? —gruñó Stanley. Luego, señalando la bolsa caída a sus pies, añadió—: Gracias. Por gritarme hice caer esto y se rompió el regalo que había dentro.

La sonrisa del vendedor no se desvaneció. De hecho, soltó una carcajada cordial y dijo:

—¡Qué importa eso, amigo! Cuando vea lo que vendo, todos los regalos de este centro comercial... demonios, ¡de este mundo!, le parecerán insignificantes en comparación. ¡Venga a echar un vistazo!

Le hacía señas hacia una pequeña mesa plegable instalada en el corto anexo que conducía al patio de comidas y al conjunto de kioscos de más allá. Allí no había negocios verdaderos, solo una pequeña cabina fotográfica junto a la pared opuesta, cerca de la salida.

La curiosidad hizo avanzar a Stanley. Se abrió paso entre la gente que entraba y salía del centro comercial. Al llegar a la mesa vio una docena de gafas con montura de plástico negro colocadas sobre pequeños soportes de terciopelo. Detrás había varias cajas marrones de cartón; la superior estaba abierta y dejaba ver filas de estuches plásticos negros, probablemente conteniendo un par de gafas cada uno.

—No necesito gafas —dijo Stanley con voz aburrida, recuperando su irritación.

El vendedor soltó otra carcajada.

—¡Estas no son gafas comunes, amigo!

Stanley arqueó una ceja.

—De acuerdo. ¿Y qué hacen estas gafas extraordinarias?

Miró el par más cercano: las lentes ligeramente tintadas reflejaban la intensa iluminación del techo. ¿Gafas de sol graduadas?

El vendedor parecía completamente inmune al escepticismo y al tono sarcástico de Stanley.

—Al ponerse estas gafas, todas las personas a las que mire se transformarán ante sus ojos. Cada persona que vea aparecerá, en todos y cada uno de sus detalles, como... Mila Kunis.

Stanley frunció el ceño.

—¿Quién?

Empezaba a exasperarse. Solo seguía allí por curiosidad. Mila Kunis... el nombre le resultaba vagamente familiar, aunque no conseguía recordar de dónde...

—La actriz, amigo —dijo el vendedor—. Sale en televisión y en el cine. Morena y hermosa.

Esperó sonriente.

—No me suena... Mire, yo...

Entonces la recordó. Solía ver de vez en cuando una comedia donde ella aparecía, sobre un grupo de amigos adolescentes en los años setenta.

—Ah, sí. Ya sé quién es. —Miró al vendedor, que seguía observándolo expectante—. Entonces, ¿qué hacen exactamente? Las gafas.

El vendedor adoptó una expresión paciente.

—Ya se lo dije, amigo. Con estas gafas verá a la señorita Mila Kunis dondequiera que mire. Cada mujer que vea –cada hombre también– aparecerá como la señorita Kunis en todos sus detalles exactos. ¿Está casado? ¿Tiene pareja?

—¿Por qué...? ¿Por qué alguien querría esto?

Oyó lo lejana y pequeña que sonaba su propia voz. Pensó en Rebecca esperándolo en casa: un par de años menor que él, todavía conservaba la figura y, tras once años y medio de matrimonio, seguían llevándose bastante bien, considerando todo. Mila Kunis ciertamente era hermosa, según recordaba, pero...

Una tensión apareció en los ojos del vendedor.

—Porque ninguno de nosotros es feliz, amigo —dijo—. ¿O no lo sabía? ¿Y esa cara? ¿Qué pasa? ¿También se había engañado un poco a sí mismo? Pero en el fondo lo siente, ¿verdad? Esa enorme infelicidad, ese descontento, ese anhelo por algo que, cuando uno lo piensa durante mucho tiempo, comprende que jamás tuvo, aunque siempre lo deseó, y teme –o incluso sabe en su corazón– que nunca llegará a tener. Mire a su alrededor, amigo, y dígame qué ve.

Los ojos del vendedor recorrieron a la gente que pasaba por el concurrido corredor. Stanley hizo lo mismo y vio rostros agotados; miradas apagadas; expresiones de pura determinación forzada, como si los dueños de aquellas caras hicieran todo lo posible por empujarse entre la multitud de compradores para llegar a... ¿dónde? ¿Y para qué? La expresión más cercana a la alegría auténtica que vio fue la de un niño regordete devorando un helado de fresa con concentración maniática mientras su madre lo arrastraba sujetándolo por los hombros como si fuera un autómata sin voluntad.

—Aquí, amigo. Pruébese un par.

El vendedor sostenía un pequeño estuche plástico ante Stanley. La tapa forrada en terciopelo azul estaba abierta y revelaba unas gafas plegadas en su interior.

Stanley las miró con desconfianza.

—No habla en serio.

La sonrisa del vendedor no vaciló.

—Esto es algo muy serio, amigo. Después de todo, negocio con la felicidad. Y últimamente está en niveles críticos.

Stanley no sabía si reír o inquietarse ante la propuesta y las afirmaciones del hombre. Miró en silencio las gafas ofrecidas. Luego soltó una risita y, dejando las bolsas y paquetes a sus pies, tomó las gafas y se las puso. ¿Por qué no seguirle el juego? Después de todo era Navidad y...

Un grito ahogado escapó de su garganta.

Stanley contempló la multitud de Mila Kunis que avanzaba por el centro comercial. Permaneció varios minutos observando en silencio, maravillado por las cálidas sonrisas que tantas mujeres idénticas le dirigían.

Se quitó las gafas.

La sonrisa del vendedor se había vuelto aún más amplia, más extática.

—¿Cuál es el veredicto, amigo?

Stanley volvió a ponerse las gafas.

—¿Cómo...? ¿Cómo lo hace?

Ahora alternaba entre levantarse las gafas para mirar por debajo de las lentes y volver a colocárselas.

—Secreto profesional, amigo —respondió el vendedor—. Soy el inventor. Si revelara mi secreto, aparecerían compañías para explotar mi invento por todas partes de la noche a la mañana, llevándose mi negocio. Y el negocio, aunque sea temporada navideña, no está precisamente en auge. ¡Así que no, gracias!

Stanley miró la mesa. Las filas de estuches y gafas parecían ahora algo milagroso.

—Pero ¿por qué... ella? ¿Qué querría yo con Mila Kunis?

El vendedor soltó una risita y le guiñó un ojo.

—Bueno, para empezar es una mujer joven y hermosa. Pero esta temporada la línea es ecléctica, así que si Mila no le interesa, ¿qué tal... Bruce Willis? ¿No? ¿Meg Ryan? ¿O el gran Lance Henriksen? ¡Ya sé! ¡Kurt Russell! Guapo y duro. ¿Quién no ama a Kurt?

Stanley seguía mirando a la multitud con las gafas puestas, completamente hipnotizado.

—Sí... claro que es hermosa, pero... más allá de eso, ¿qué querría yo de ella en mi vida? Quiero decir, de Mila Kunis.

El vendedor le dedicó su sonrisa imposible.

—¿Por qué no tenerla para compartir sus pensamientos? Sus preocupaciones sobre la vida cotidiana y el mundo. Tener conversaciones con ella que empiecen después de cenar y terminen en las horas insondables de la madrugada, cuando todos duermen y ambos pueden liberarse del peso que cargan día tras día. Tener a alguien... tener algo nuevo y emocionante en su vida, algo que le devuelva la esperanza del mañana. Porque, si es como la mayoría de nosotros, amigo, quizá perdió parte de aquella vieja esperanza en algún punto del camino. Y la esperanza es como una flor: riéguela lo suficiente y crecerá hasta convertirse en el amor que siempre quiso tener, pero quizá nunca tuvo... o que perdió demasiado pronto.

A Stanley le costaba apartar la vista de la marea de Mila Kunis que fluía frente a él. Una parte de él quería reír. Otra, llorar de felicidad. Otra más deseaba gritarle al mundo entero aquel descubrimiento.

Se volvió hacia el vendedor.

—Es usted un gran vendedor.

Mila Kunis le sonrió desde el otro lado.

Inquieto, Stanley se quitó las gafas y volvió a ver al vendedor. Sí, era atractiva. No podía negarlo. Pensó en hacer el amor con su esposa mientras la experimentaba como una celebridad joven y hermosa. Eso sería apenas un añadido frente a la sensación mucho más importante de evasión total que aquel milagro extraño podía darle. Sintió los primeros indicios de excitación y, sobresaltado y avergonzado, sacudió la cabeza y trató de pensar en los aspectos más prácticos de la situación.

—¿Cómo se llama su empresa? —preguntó Stanley, con la voz distante por la fascinación que le producía el objeto temblando entre sus manos.

El vendedor volvió a exhibir su sonrisa felina.

—Soy mi propio jefe, amigo. Autónomo toda la temporada navideña.

—¿Quién fabrica las gafas?

El vendedor levantó las manos.

—Estos son mis socios. Los diez dedos más fieles del mundo.

—¿Las hace todas... usted solo?

Había verdadero asombro en la voz de Stanley. Y al oírlo comprendió que ya había aceptado el milagro de las afirmaciones del vendedor.

—Completamente solo —dijo el hombre con orgullo.

—Pero... ¿cómo? ¿Dónde trabaja?

El vendedor se encogió de hombros.

—Tengo un taller. Paso mucho tiempo allí.

La sonrisa jamás desaparecía. Evidentemente disfrutaba del aire misterioso de sus palabras y del efecto que producían.

—¿Cómo se llama?

—¿Mi nombre? Eso no importa. Piense en mí como el hombre de la visión. ¿Y usted?

—Stanley...

Stanley ya se había puesto de nuevo las gafas y observaba a la gente pasar.

—Todo esto suena... no parece real. Parece inventado.

El vendedor soltó una carcajada.

—Mire a su alrededor. ¿Ve muchas cosas reales aquí, con o sin mis gafas?

Casi contra su voluntad Stanley se quitó otra vez las gafas para examinar a quienes lo rodeaban: hombres y mujeres apresurados, con miradas duras y decididas mientras se abrían paso entre interminables oleadas de compradores cargados de bolsas y paquetes envueltos para regalo, todos con los mismos ojos vacíos avanzando por aquella atmósfera tan característica de los centros comerciales en Navidad: hostilidad apenas contenida envuelta en guirnaldas coloridas.

La música navideña del sistema de sonido le pareció entonces especialmente triste.

Volvió a mirar al vendedor y encontró, por supuesto, aquella expresión de jovialidad perfecta esperándolo. El hombre lo observaba serenamente y Stanley no lograba decidir si en él también había la tristeza que veía en todas partes y que seguramente lo esperaba en el espejo. La idea se le ocurrió de inmediato.

—¿Y si me miro al espejo con ellas puestas?

—Allí estará ella, tan hermosa como siempre. O Kurt Russell, si prefiere esa opción.

—¿Hace lentes de contacto también? ¿O solo gafas?

Stanley se sintió culpable, pero las implicaciones prácticas de la situación acudieron a su mente: hacer el amor con su esposa usando aquellas gafas absurdas...

El vendedor pareció impresionado.

—¡Pensamos igual, usted y yo! —dijo, señalándose la sien—. Están en desarrollo, amigo, pero solo hay una cierta cantidad de horas cada día y un solo par de manos para trabajar toda la noche.

Casi para sí mismo, Stanley murmuró:

—Pero esto parece tan... incorrecto.

El vendedor respondió de inmediato, como si hubiera defendido aquella idea muchas veces.

—¿Pero quién va a saberlo? ¡Es solo fantasía, amigo! ¡Nadie sale herido con mis gafas!

Con cautela, Stanley preguntó:

—Por curiosidad... ¿cuánto cuestan?

—Precio especial navideño: quinientos exactos. Yo me hago cargo de los impuestos. Mi regalo de Navidad para usted.

Los ojos de Stanley se abrieron de par en par. Su mandíbula cayó ligeramente y una sonrisa sardónica apareció en sus labios.

—Eso es un robo a mano armada, amigo.

El vendedor fingió sentirse herido, aunque apenas redujo la sonrisa.

—Hasta los santos tienen que comer, una vez calculados los costos de producción y mano de obra —dijo riendo—. Además, quinientos dólares por felicidad no es mucho, considerando todo.

Una ira súbita e inesperada recorrió a Stanley.

—¿Felicidad? Vamos. ¿Llama felicidad a algo tan superficial como esto? Si es que funciona, porque todavía no estoy cien por ciento convencido. Tal vez haya un truco que no veo. ¿Y aun así llama felicidad a esto?

Por primera vez el rostro del vendedor se tornó serio.

—Es más de lo que tiene la mayoría de ellos.

Stanley lo observó en silencio. Sintió náuseas repentinas, un sudor frío cubriéndole la piel. Una mujer apresurada lo golpeó con el codo al pasar. Un hombre de aspecto hosco lo empujó un instante después. Se sobresaltó al oír el llanto de un niño que una madre maldiciendo arrastraba entre la multitud. De pronto se sintió atrapado, claustrofóbico en aquel corredor abarrotado. Su corazón latía más rápido que antes, y ya latía demasiado rápido desde que se había puesto las gafas.

Con un leve gesto hacia la mesa dijo:

—Me llevo un par. Y también unas de Kurt Russell.

El vendedor sonrió radiante. Sacó dos pares de gafas de detrás de la mesa y los sostuvo contra el pecho mientras extendía la otra mano. Stanley extrajo los billetes de su cartera y los depositó allí. Vio cómo los dedos del vendedor se cerraban sobre ellos y desaparecían dentro de la chaqueta con la habilidad de un mago.

—De nada, Stanley —dijo. Luego añadió con un guiño—: Disfrute esta noche de su cita con su dama, amigo. Porque sin amor este mundo está per-di-do.

Stanley se alejó pensando en Rebecca, sintiendo una culpa extraña y nueva. Claro que lo era: nunca antes había cedido a las perversidades explotadoras de una tecnología así... si es que “tecnología” era la palabra correcta. Tal vez “magia” estuviera más cerca de definir aquello que acababa de comprar...

—¡Stanley!

Stanley se dio vuelta sobresaltado.

El vendedor le hacía señas mientras trotaba hacia él. Stanley se apartó hacia la pared del corredor y esperó, incómodo. Cuando el hombre llegó, jadeando y sonriendo con aquella expresión perfecta de catálogo, dijo:

—Pensé que le daría la primicia, Stan, ahora que ya es un buen cliente. Si le gusta la línea 2024, espere a ver lo que tenemos preparado. La próxima temporada será retro-veraniega. ¿Qué le parecería contagiarse de “fiebre felina” y salir con las Gatúbelas de los años sesenta? Julie Newmar, Eartha Kitt y Lee Meriwether.

Los nombres golpearon a Stanley como un impacto físico. Retrocedió un poco y parpadeó. De pronto estaba de nuevo en 1966, con doce años, escondido en su habitación infantil rodeado de cajas de historietas, novelas pulp y paredes cubiertas con imágenes de héroes y heroínas, villanos y villanas que adoraba; mujeres imposibles por las que estaba condenado a suspirar como si alguna vez hubiese poseído y perdido su amor.

Pensó en la continuación de aquel refugio infantil: la cueva masculina de su adultez donde el niño seguía vivo, saludable y enfermizo al mismo tiempo, mientras su esposa fingía no mirar demasiado.

“Oh, Stanley, ¿alguna vez vas a madurar?”

Y recordó a sus primeros amores secretos ronroneando seductoramente desde la pantalla del televisor, provocándole sus primeras erecciones y sus primeros deseos por la compañía femenina. Sí, Stanley había estado ridícula y desesperadamente enamorado de las tres Gatúbelas entre 1966 y 1967. Y con unas gafas capaces de traerlas a su vida todos los días, en cada mirada... quizá la vida sería mejor que durante todos aquellos años perdidos desde que era un niño sonrojándose de emoción en el sótano de sus padres, adorando la televisión como un ídolo resplandeciente.

Dios, cuánto las había amado. Había sido un amor tan puro, tan inocente y simple, tan agradable...

—Anóteme para los tres pares —dijo Stanley, incapaz de contener la sonrisa.

El vendedor soltó una carcajada y arañó el aire como un gato.

—¡Miaaau! ¡De nada! Aquí tiene mi tarjeta. Súmese a mi lista de correo. Será el primero en la fila para conocer a las Gatúbelas de sus sueños.

Y volvió trotando hacia su improvisada mesa en medio del bullicio del centro comercial, justo a tiempo para recibir a un nuevo grupo de hombres y mujeres reunidos alrededor de sus mercancías demoníacas o milagrosas.

Stanley se abrió paso entre la multitud, con los estuches plásticos y su regalo tan especial acomodados cálidamente dentro del bolsillo de su abrigo. A sus espaldas le llegaba la voz del vendedor, llena de humor y una locura jubilosa que actuaba como un bálsamo contra el desagradable estruendo comercial de las fiestas.

—¡Feliz Navidad! ¡Y todos son bienvenidos!

Alexander Zelenyj es un escritor canadiense de ficción especulativa, conocido por la fusión de géneros en sus relatos, lo que da como resultado un estilo visionario y original que desafía las categorías convencionales. Es autor de Blacker Against The Deep Dark, Songs For The Lost, Ballads To The Burning Twins: The Complete Song Lyrics Of The Deathray Bradburys, Experiments At 3 Billion AM y Black Sunshine. Zelenyj reside en Windsor, Ontario, con su esposa, la escritora Elizabeth J.M. Walker, editora jefa de la revista Litzine 398.

 

 

EL RÍO