viernes, 12 de junio de 2026

ENTRE NOSOTROS

Taleb Alrefai

 

Yusuf, amigo mío:

Estás sentado solo frente al mar. El café que tienes delante ya se ha enfriado.

Contemplas las olas. Desde la distancia se empujan a sí mismas hacia la orilla. Y, en el instante en que llegan, entregan a la arena los secretos que esta esperaba.

Y entonces te tranquilizas.

 

Yo estoy sentado frente a la pantalla.

En mi despacho. Los estantes llenos de libros me rodean.

Y un silencio que me conoce y que yo conozco se posa sobre el borde de mi escritorio.

De vez en cuando me observa.

Palabra a palabra, se escriben los momentos de Yusuf.

 

Lo sé, no buscabas esto. Aún estabas sentado detrás de tu escritorio en los últimos minutos de la jornada laboral.

Llamó la directora de la oficina del presidente del consejo de administración:

—El presidente quiere verle.

Rara vez te mandaba llamar. De camino a su despacho intentaste recordar algún error o descuido que hubieras cometido.

Entraste. Saludaste. Te sentaste.

Como siempre lo habías conocido: tranquilo, reservado y enigmático. Encendió un cigarrillo. Dio una calada. Expulsó el humo.

Te miró. Como si leyera algo en tu rostro.

Tú bajaste la vista hacia tus manos.

—Señor Yusuf, es usted un empleado diligente, y tengo la intención de proponer a los señores miembros del consejo que sea el nuevo director general.

Sus palabras te sorprendieron. Una sonrisa tenue se dibujó en tu rostro, pero no dijiste nada.

Deseaste que repitiera la frase. Pero él siguió mirándote, y tú solo alcanzaste a decir:

—Es un honor para mí.

—No quiero que nadie lo sepa... —te advirtió—. Yo mismo me pondré en contacto con usted. Eso es todo.

Y dio por terminada la reunión.

Cuando regresaste a tu despacho, la habitación ya no parecía tuya.

Te quedaste de pie en el centro. Miraste el cielo lejano y no supiste dónde poner las manos. «¡director general!».

Pensaste en llamar a Lulua, tu esposa, pero recordaste la advertencia del presidente.

Te susurraste a ti mismo:

«Guardaré el secreto yo solo».

 

—Adelante, Yusuf. Me has preocupado.

—Señor Taleb, ha pasado una semana.

—Lo sé.

—Usted es el escritor de esta historia. Me eligió a mí, así que no me deje suspendido.

—Perdón, yo escribo las escenas según la experiencia de lo vivido.

—Entonces ayúdeme acelerando el ascenso.

—No puedo.

—¿Por qué?

Su pregunta me tomó por sorpresa. Mis dedos se apartaron del teclado.

—No soy como usted cree.

—¿Cómo?

Su pregunta quedó flotando frente a mí.

No sabía qué responder. Y para enviarle al menos un poco de esperanza escribí:

—Lo intentaré.

—Quiero ver adónde me llevará.

Levanté los dedos del teclado.

No escribí nada.

 

Aquella noche, en el momento en que entraste en casa, tus ojos se cruzaron con los de tu esposa, Lulua.

Sentiste que había visto aquello que no querías que viera.

—Estás cansado —dijo enseguida.

—Es un dolor de cabeza —respondiste, llevándote la mano a la sien para convencerte incluso a ti mismo.

Os sentasteis a la mesa. Comiste en silencio.

Pero tu mente y tu corazón estaban pendientes de una llamada cuyo sonido soñabas escuchar.

Volvió a mirarte, pero no dijo nada.

Bajó la cabeza hacia su plato.

Quizá lo había comprendido.

 

—Señor Taleb, han pasado dos semanas.

—Perdón, yo no controlo las fechas del consejo de administración.

—Usted es el escritor de la historia. Una sola frase y todo termina.

—No está en mis manos.

—Estoy agotado. Duermo con el teléfono debajo de la almohada. Lo llevo conmigo a todas partes. Escucho el timbre, aunque no suene.

Eché la silla un poco hacia atrás.

La pantalla estaba frente a mí, y los libros me observaban.

Él permanecía en silencio. Y yo seguía sin escribir nada.

—Señor Taleb, escriba el final.

Mis dedos permanecían inmóviles sobre el teclado.

No se movían.

Miré la pantalla.

Y tú me miraste a mí.

 

Intentaste retomar tu vida tal como era, y fracasaste.

La espera de la llamada seguía habitándote. Y también el ascenso a director general. Más de una vez comprobaste que el número del presidente estaba guardado en tu teléfono. Ayer no pudiste esperar en tu despacho. Subiste al piso superior sin un motivo claro. La secretaria te encontró y la saludaste.

Ella respondió:

—Buenos días, señor Yusuf.

No encontraste qué decir.

Entonces añadió, sorprendiéndote:

—El señor presidente viajó ayer.

Te tragaste la decepción.

No preguntaste cuándo regresaría.

Volviste a tu despacho y cerraste la puerta.

Te quedaste de pie en el centro de la habitación, igual que la primera vez.

Escuchaste el zumbido del aire acondicionado. Comenzaste a caminar contando los pasos. Y cuando te detuviste, no supiste cómo sentarte. Ni por qué seguías de pie.

 

—Señor Taleb, pongámonos de acuerdo: ya no quiero el ascenso.

—No puedes retractarte de aquello que deseaste.

—Fue usted quien sembró ese deseo en mí.

Me aparté un poco de la pantalla.

—Y tú aceptaste y desempeñaste el papel.

—Entonces escriba el final y termine la historia.

—La historia no terminará.

—¡Dios mío! —resoplaste.

Mis dedos se quedaron congelados sobre el teclado.

Miré la pantalla.

Tú no me miraste.

Solo quedamos el silencio del despacho y yo.

No hablamos.

 

Sigues sentado frente al mar.

El café se ha vuelto a enfriar.

Dejas el teléfono sobre la mesa y lo miras fijamente.

Mientras él te da la espalda.

Las olas del mar se retiran lentamente de la orilla.

Ha comenzado la marea baja.

Extiendes la mano hacia el teléfono.

Luego la retiras.

Y yo también retiro la mía.

No escribo nada.

Taleb Alrefai (Kuwait, 1958) es uno de los narradores contemporáneos más destacados del mundo árabe. Ingeniero civil por la Universidad de Kuwait y Máster en Escritura Creativa (MFA) por la Universidad de Kingston de Londres, comenzó a publicar en la década de 1970. Su obra, que abarca la novela, el cuento, el teatro y el ensayo, ha sido traducida a varios idiomas, entre ellos el inglés, el francés y el alemán. Entre sus novelas más reconocidas figuran El olor del mar, Al-Najdi, Habi y El secuestro del amado. En 2010 presidió el jurado del Premio Internacional de Novela Árabe (Arab Booker Prize). Es fundador y director del Foro Cultural Al Multaqa y del Premio Al Multaqa para el Cuento Árabe, dos de las iniciativas culturales más importantes de Kuwait. Asimismo, ejerce como profesor visitante de Escritura Creativa en la Universidad Americana de Kuwait. En 2002 recibió el Premio Estatal de Literatura por El olor del mar, y en 2021 fue distinguido como Personalidad Cultural del Año en la Feria Internacional del Libro de Sharjah.

 

(Kuwait, 30 de diciembre de 2025)

Traducción: Abdul Hadi Sadoun

 

jueves, 11 de junio de 2026

EL TIEMPO DE LA MÁQUINA DE VAPOR

Lewis Shiner

 

El Chico subió la intensidad de la lámpara de gas de su habitación. El papel pintado de lino rosado se seguía viendo un poco deslucido. Desde que J. L. Driskill había inaugurado su nuevo establecimiento en diciembre del 86, el Hotel Avenue había ido cuesta abajo.

Había un cuadro enmarcado en la pared y el Chico llevaba una hora mirándolo. Era un grabado de un indio pawnee. El indio tenía la cabeza afeitada, salvo una franja de cabello que corría por el centro. Llevaba plumas en el pelo que le quedaba, y este le caía sobre la frente.

Lo comparó con lo que veía en el espejo. Tenía una resaca terrible por la hierba loca y el whisky sin etiqueta de la noche anterior. Su fino cabello rubio apuntaba en todas direcciones y sus ojos estaban casi completamente enrojecidos. Sacó su navaja de afeitar, la asentó un par de veces contra la bota y agarró un mechón de pelo.

Qué demonios, pensó.

Resultó más difícil de lo que había imaginado y terminó con un montón de pequeños cortes por toda la cabeza. Cuando acabó, tomó la navaja y la utilizó para cortar la parte inferior de su guardapolvo negro de cuero. Lo cercenó justo por debajo de la cintura. Durante un par de segundos se preguntó por qué demonios lo estaba haciendo, se preguntó si había perdido la razón. Luego se lo puso y volvió a mirarse al espejo, y esta vez le gustó lo que vio.

Era exactamente lo correcto.

 

Había habido una taberna en la esquina de Congress Avenue y Pecan Street prácticamente desde la época en que Austin dejó de llamarse Waterloo y se convirtió en la capital de Texas. Por aquellos días se llamaba Crystal Bar. Un alero rodeaba todo el edificio y, en el lado de Pecan Street, había un anuncio pintado sobre los ladrillos que promocionaba los cigarros de diez centavos de Tom Moore. Las cubiertas de tela de los carruajes estacionados junto a la acera se inflaban con la suave brisa otoñal.

Los tranvías tirados por mulas habían desaparecido y ahora los tranvías eran eléctricos, gracias a la presa inaugurada en mayo del año anterior. Decían que Austin era «el futuro gran centro manufacturero del Suroeste». Era la primera gran ciudad que conocía el Chico. Los cables eléctricos y telegráficos tendidos por todo el centro parecían la historia del futuro impresa en bloques sobre el cielo.

El Chico llegó media hora tarde a una cita fijada para las dos con el gerente del Crystal. El gerente se llamaba Matthews y llevaba corbatín, cuello almidonado y un traje hecho a medida.

—¿Conoces «Grand-Father's Clock is Too Tall for the Shelf»? —preguntó Matthews.

El Chico no se había quitado el sombrero.

—Claro que sí.

Sacó de su estuche una guitarra Martin de cuerdas de acero y tocó suavemente con los dedos.

—«Fue comprada en la mañana del día en que nació / y siempre fue su tesoro y su orgullo / pero se detuvo —para siempre— sin volver a andar / cuando murió el anciano».

Voy a vomitar, pensó el Chico.

—No tienes gran voz —dijo Matthews.

—Lo único que quiero es pasar el sombrero —dijo el Chico—. Señor.

—Tampoco tienes gran sombrero. Está bien, muchacho, puedes intentarlo. Pero si al público no le gusta, estás fuera. ¿Entendido?

—Sí, señor —respondió el Chico—. Entendido.

 

El Chico regresó aquella noche a las nueve. Le había comprado unas hojas de cáñamo a un muchacho mexicano y las había fumado, pero no parecían ayudarlo con los nervios. Sentía como si Gentleman Jim Corbett estuviera intentando abrirse paso a puñetazos desde el interior de su pecho.

El techo debía de estar a unos nueve metros de altura. La mitad superior de la sala era blanca por el humo de los cigarros y la mitad inferior olía a flatulencias y cerveza derramada. Más de la mitad de las mesas estaban ocupadas y solo quedaban un par de asientos libres en la barra. Todos los clientes eran hombres, por supuesto. Hombres blancos. Decían que ninguna dama se atrevía a caminar por el lado este de la Avenida.

Nadie le prestó mucha atención, y menos que nadie las camareras. Contó tres. Una de ellas no parecía tan vieja ni tan gastada.

Un gordo descomunal con sujetamangas aporreaba en un piano con la caja de resonancia rota «The Little Old Cabin in the Lane». El Chico conocía la letra. Hablaba de los tiempos en que «los negritos se reunían junto a la puerta / y bailaban y cantaban por las noches». Si había algo capaz de impedir que se acobardara y regresara al hotel, tenía que ser aquello.

Al fondo de la sala había un escenario de madera de apenas un metro de ancho y poco más de un metro de alto. Lo justo para que alguna cantante entrada en carnes se paseara por él levantándose la falda por detrás. El Chico colocó sobre el escenario el último taburete libre de la barra y apoyó junto a él el estuche de la guitarra. Subió y se sentó. Aquello lo elevó lo suficiente para quedar justo dentro de la nube de humo.

El pianista terminó o se rindió. En cualquier caso, dejó de tocar y se acercó a la barra.

El Chico sacó la guitarra. Tenía una correa con un gancho que pasaba por detrás y le permitía sostener el peso del instrumento sobre el cuello. Era lo que llamaban una guitarra de salón, la más grande que fabricaba C. F. Martin and Sons. Con su plectro de cobre y aquellas cuerdas de acero sonaba tan fuerte como el regreso de Jesucristo. Aun así, al Chico le habría gustado una caja de resonancia más grande. Habría sonado todavía más fuerte.

Alguien en la barra dijo:

—¿Conoces «Grand-Father's Clock»?

—¿Qué tal «Ta-ra-ra-boom-de-ay»? —gritó alguien más allá.

El hombre estaba borracho y empezó a cantarla él mismo.

—¡No, «Grand-Father's Clock»! —dijo otro—. ¡«Grand-Father's Clock»!

El Chico se quitó el sombrero.

Quizá no fue todo el bar el que quedó en silencio, pero sí un círculo de unos diez o doce metros a su alrededor. El Chico miró aquellos rostros y comprendió que había cometido un error. Era el tipo de error que uno podía no sobrevivir.

Más de cincuenta hombres lo observaban.

Todos llevaban sombreros de ala estrecha, trajes oscuros y esos espesos bigotes que parecían diseñados para ocultarles la boca por si alguna vez sonreían por accidente.

Ninguno sonreía ahora.

El Chico no vio armas.

Pero tampoco parecía que alguno de ellos las necesitara.

Tocó una frase descendente sobre las cuerdas graves y golpeó un mi séptima con toda la fuerza de su plectro de cobre.

—«Rodé y di tumbos» —cantó—, «lloré durante toda la larga noche».

Estaba tan asustado que sentía la garganta hinchada y la voz le salió convertida en un graznido. Pero su mano siguió moviéndose, marcando el ritmo a golpes sobre la guitarra. La locura empezó a crecer dentro de él al escuchar aquel sonido, al tocar esa música allí, delante de aquella gente, restregándosela por la cara quisieran o no.

—«Rodé y di tumbos, Señor» —cantó—, «lloré durante toda la larga noche».

Saltó del taburete y marcó el tiempo con el tacón de la bota.

—«Me desperté esta mañana y ya no sabía distinguir el bien del mal».

Volvió a recorrer los acordes dos veces más.

No podía quedarse quieto.

Había visto que la música provocaba aquello en otras personas. Había convivido con ello toda su vida, trabajando como aparcero en un condado de población negra, rodeado de familias que apenas estaban a una generación de distancia de la esclavitud. Los había visto junto a sus hogueras los sábados por la noche y en sus iglesias los domingos por la mañana.

Pero era la primera vez que le ocurría a él.

Llegó el momento de una estrofa y estaba tan fuera de sí que solo pudo cantar:

—Na na na na... —siguiendo la melodía. Cuando la vuelta llegó de nuevo, cantó—. «Bueno, la locomotora silba llamando al Día del Juicio. / Oigo a ese tren silbar llamando al Día del Juicio. / Cuando ese tren pase por aquí, se llevará todo lo que tengo».

Otra vez los acordes. Era tocar o morir, o quizá ambas cosas. La canción descarriló rugiendo y explotó sobre un si novena. Las últimas notas permanecieron suspendidas en el aire durante largo rato. Había tanto silencio que el Chico podía oír cómo crujía la acera de madera cuando alguien pasaba caminando por la calle.

—Gracias —dijo.

Uno a uno, los hombres apartaron la vista y volvieron a hablar entre ellos.

Un hombre con traje a cuadros y ojos azul pálido lo observó unos segundos más y luego carraspeó y escupió al suelo.

—Gracias —repitió el Chico—. Ahora me gustaría interpretar una canción compuesta por mí. Se llama «Hombre del siglo veinte». Habla de cómo debemos cambiar con los tiempos y no limitarnos a dejar que el tiempo nos deje atrás. Suena más o menos así.

Intentó atacar el primer acorde, pero su mano derecha no se movió.

Miró hacia abajo.

Matthews la tenía agarrada.

—Fuera —dijo Matthews.

—Solo estaba empezando a animarlos —protestó el Chico.

—Lárgate de una vez —dijo Matthews—, o por todos los truenos del cielo, si ellos no te matan, lo haré yo mismo.

—Supongo que eso significa que no voy a pasar el sombrero.

 

Se sentó en la acera de tablas y secó el sudor de las cuerdas de la guitarra.

Cuando levantó la vista, la camarera que no parecía tan vieja estaba apoyada contra las puertas batientes, observándolo.

—¿Se suponía que era algún tipo de canción de juglares? —preguntó—. ¿Algo como los Ethiopian Serenaders?

—No —respondió el Chico—. No era ninguna canción de juglares.

—Nunca había oído nada parecido.

—No se supone que lo hayas oído. Las cosas que todo el mundo ha oído antes son basura. «The Little Old Cabin in the Lane». Canciones así son las que hacen que la gente sea como es.

—¿Y cómo es la gente?

—Ignorante.

—¿Qué te pasó en el cabello?

—Me lo corté.

—¿Por qué?

—Para que fuera diferente.

—¿Y lo mismo con el abrigo?

—Exacto.

—De verdad te gustan las cosas diferentes.

—Supongo que sí.

—¿De dónde salió tu canción?

—De mi tierra.

—¿Y dónde queda eso?

—Mississipi.

—Bueno —dijo ella—. A mí me gustó un poco.

El Chico guardó la guitarra en el estuche. Cerró la tapa y ajustó los cierres.

—Gracias —dijo—. ¿Quieres acostarte conmigo?

Ella lo miró como si fuera un perro que acabara de intentar orinarle sobre el zapato.

Hizo que las puertas batientes chocaran con fuerza al girarse y se alejó atravesando el salón a grandes pasos.

 

Habían trazado Austin como un cuadrado. Las calles con nombres de ríos texanos corrían de norte a sur, y las que llevaban nombres de árboles, de este a oeste. El lado sur del cuadrado bordeaba el río Colorado, por eso se llamaba Water Avenue. También estaban West Avenue, North Avenue y East Avenue.

Al este de East Avenue comenzaba el barrio de la población negra.

El Chico cargó su guitarra por Bois d'Arc Street, que en Texas pronunciaban «BO-dark». Más allá de East Avenue ya no había alumbrado público. Había bebés descalzos sentados en la calle y se escuchaba música, aunque parecía no provenir de ningún lugar concreto. El aire olía a grasa quemada.

Finalmente divisó una taberna y entró. Esta vez el silencio llegó inmediatamente.

—Hijo —dijo el hombre detrás de la barra—, creo que estás en la parte equivocada de la ciudad.

—Quiero tocar música —dijo el Chico.

—Aquí no hay música.

—La llaman «música azul». ¿Ha oído hablar de ella?

El hombre sonrió.

—No sabía que la música tuviera colores. Ahora será mejor que te marches antes de cometer un error y salir lastimado.

 

Volvió a su hotel el tiempo justo para hacer el equipaje y luego se dirigió a la estación de tren.

Se sentó en un banco y leyó un periódico que alguien había dejado olvidado. Se llamaba The Rolling Stone. Parecía estar lleno de artículos escritos por listillos sobre libros y artistas. Había un relato firmado por alguien que se hacía llamar O. Henry.

El Chico no encontró nada sobre música.

Aunque, pensándolo bien, ¿qué podía escribirse sobre una canción como «Grand-Father's Clock» o «The Little Old Cabin in the Lane»?

Un anciano negro empujaba una escoba de un lado a otro, observando al Chico de vez en cuando.

—¿Esperando un tren? —preguntó finalmente.

—Así es.

—No pasa ninguno en dos horas.

—Lo sé.

El hombre siguió barriendo.

—¿Es tu gui-tarra? —preguntó al cabo de un rato.

—Lo es.

—¿Te importa si le echo un vistazo?

El Chico la sacó del estuche y se la entregó.

El anciano se sentó junto a él en el banco.

—Es hermosa, ¿verdad?

—¿Toca usted? —preguntó el Chico.

—No —dijo el anciano—. Bueno... quizá antes. Un poco. Hace años que no toco una.

Sostenía la guitarra como si estuviera hecha de jabón y pudiera escurrírsele de las manos si la apretaba demasiado.

—Adelante —dijo el Chico.

El anciano negó con la cabeza e intentó devolverle el instrumento.

El Chico no lo aceptó.

—Creo que todavía podría tocar algo.

—¿Tú crees? —dijo el anciano—. Bueno, tal vez.

Apoyó el pulgar derecho sobre la cuerda mi grave y lo dejó allí.

Después de un rato colocó la mano izquierda alrededor del mástil y presionó ligeramente las cuerdas.

—Uuuuuh —dijo—. Cuerdas de acero.

—Así es.

El anciano cerró los ojos.

La cabeza comenzó a inclinarse hacia atrás y, por un instante, el Chico pensó que estaba borracho y a punto de desmayarse.

Entonces el anciano sacó una navaja del bolsillo y la colocó sobre la rodilla de sus pantalones. Aquello inquietó al Chico. No creía que el hombre fuera a apuñalarlo para quedarse con la guitarra. Pero tampoco veía otra razón para sacar la navaja. El anciano no abrió la hoja. En lugar de eso, encajó el mango entre el dedo anular y el meñique de la mano izquierda. Luego lo deslizó arriba y abajo sobre las cuerdas. Produjo un sonido extraño, fantasmal, como el lamento de un animal moribundo o el silbido de una locomotora que hubiera perdido la razón. Entonces empezó a tocar.

El Chico jamás había oído nada semejante.

Las notas aullaban, gritaban y clamaban como si estuvieran siendo asesinadas. El anciano tocó hasta que le sangraron los dedos y la cuerda mi aguda se rompió. Cuando terminó, permaneció sentado unos segundos, respirando con dificultad.

Luego le devolvió la guitarra.

—Perdona por la cuerda, hijo.

—Tengo otra.

Las lágrimas corrían por el rostro del Chico. No quería secárselas. Pensó que quizá, si las dejaba allí, el anciano no las notaría.

—¿Dónde... dónde aprendió a hacer eso?

—Solo es algo que descubrí por mi cuenta. No significa nada.

—¿No significa nada? ¡Pero si es lo más hermoso que he oído en toda mi vida!

—¿Sabes algo sobre las máquinas de vapor?

El Chico lo miró fijamente.

Pasaron unos segundos.

—¿Qué?

—Las máquinas de vapor. Como la locomotora en la que vas a viajar.

El Chico negó con la cabeza.

—Bueno, todas las piezas de una máquina de vapor llevaban siglos existiendo. Estaban ahí, dispersas por todas partes. Nadie sabía qué hacer con ellas. Y entonces, un día, cinco o seis personas inventaron la máquina de vapor al mismo tiempo. No hay explicación para eso. Simplemente había llegado el momento de la máquina de vapor.

—No lo entiendo —dijo el Chico—. ¿Qué intenta decirme?

El anciano se puso de pie y señaló la guitarra.

—Solo que te espera una vida de sufrimiento, muchacho. Porque el momento de eso todavía no ha llegado.

 

Poco antes del amanecer, mientras el tren avanzaba hacia el oeste en dirección a Nuevo México, empezó a llover. El Chico despertó al ver relámpagos cosidos sobre el cielo. Eso le hizo pensar en los tranvías eléctricos y en las luces eléctricas. Si la electricidad podía hacer que una lámpara brillara más, ¿por qué no podía hacer que una guitarra sonara más fuerte? Entonces tendrían que escuchar. Volvió a quedarse dormido.

Y soñó con guitarras eléctricas.

Lewis Shiner nació el 30 de diciembre de 1950 en Eugene, Oregón, Estados Unidos. Residió durante algún tiempo en Texas para luego radicarse en Carolina del Norte. Comenzó su carrera en el campo de la ciencia ficción y luego se identificó con el movimiento ciberpunk. Posteriormente escribió novelas más convencionales, aunque a menudo incursionando en el realismo mágico con elementos fantásticos. Entre sus obras se pueden citar Ciudades desiertas del corazón (1988), Slam (1990) Los límites de las cosas (1991), Vistazos (1993), Di adiós (1999), Blanco y negro (2008), Dark Tangos (2011) Y Más allá de las puertas del Edén (2019).


 

SI LLORAS

Luc Vos

 

El firmamento parece hermoso desde donde estoy: el azul más puro, interrumpido de vez en cuando por masas blancas y esponjosas, me hace sentir como si estuviera en el séptimo cielo. Miro a mi alrededor con asombro y absorbo toda esa belleza.

Nuestro mundo es realmente hermoso.

He visto demasiado poco de él.

¿He estado aquí antes?

No lo recuerdo, aunque prevalece la sensación de que eso no importa.

Intento moverme, pero parece que me balanceo.

Qué extraño.

Miro hacia abajo y me sobresalto al no ver casi nada. Un inmenso vacío me rodea, apenas perturbado por aquellas masas blancas y, a lo lejos, una forma oscura.

¿Se está acercando?

¿Dónde estoy?

La duda me golpea como un relámpago. Siento una creciente inquietud a mi alrededor, como si la electricidad recorriera el aire.

Eso no puede ser.

El balanceo aumenta y los colores claros desaparecen. Con una rapidez aterradora todo se vuelve oscuro y, de pronto, estoy rodeado por un grupo de... No sé qué es, qué son. Siento que me observan con ojos llenos de ira, pero ellos... ellos no tienen ojos, tienen...

¡Despierta!

No estoy dormido.

¿Entonces qué es esto?

Un destello cegador aparece a mi lado; una nueva sacudida me atraviesa. Una fuerte explosión sigue unos segundos después; luego ya no queda nada. A mi alrededor reina un silencio absoluto. Busco, algo tira de mí. Intento resistirme, pero fuerzas desconocidas me arrastran hacia algo que no puedo ver. La oscuridad, que devora toda la luz, ha reemplazado al azul brillante. Durante mucho tiempo no se oye ningún sonido, hasta que se produce una nueva explosión que ilumina brevemente el entorno para volver a dar paso a una negrura de una profundidad que jamás había contemplado. Me estremezco e intento mantener la calma. Crezco y me encojo; siento como si aquello que me rodea me estuviera absorbiendo.

¿Qué está ocurriendo?

Vuelvo a estar solo. La claridad regresa. La mancha oscura que hay debajo de mí, tan distinta de todo lo que la rodea, vuelve a ser visible. Soy yo otra vez, creo, aunque no por mucho tiempo. Doy tumbos y soy arrastrado hacia lo que hay abajo. Intento comprender dónde estoy; en algún lugar de mi mente siento que ya lo sé. Llega otro golpe y tiemblo. La velocidad con la que viajo hacia esa textura sólida, esa mancha oscura que se vuelve cada vez más nítida, es vertiginosa.

—¡No! —grito.

No sé si mi voz es escuchada. Intento volver a gritar. Miro hacia arriba. El conocimiento de mi destino crece y un recuerdo me golpea como un rayo. Veo... los veo a ellos, me veo a mí mismo. Voy a...

La velocidad aumenta, igual que las imágenes en mi cabeza.

—Tengo un último deseo —me oigo susurrar mientras miro los ojos llorosos de mis hijos.

Parece que no me oyen, aunque sé que sí lo hicieron.

—Espero volver como una gota de agua.

Sus ojos se agrandan; sus mejillas están mojadas. Me miran sin comprender.

—Entonces nunca moriré de verdad.

Sollozan un poco menos.

—Entonces podré ser una gota de lluvia sobre sus rostros. Los acariciaré para que sientan menos dolor cuando lloren.

No sé si me creyeron. Solo sé, con una certeza cada vez mayor, que el suelo que me hará añicos se acerca más y más rápido. La duda de si aquel fue el deseo correcto surge con fuerza, pero también la certeza de que ya es demasiado tarde. Solo puedo esperar que mi sueño se haga realidad, que vuelva a elevarme hasta poder estar junto a ellos y consolar sus mejillas con mi suave humedad. La esperanza crece, junto con la certeza de que ya no tengo control sobre mi destino.

Ha llegado el momento.

¿Lo dije yo? ¿Lo dijeron ellos?

Ya no importa. Estoy casi allí. Reúno mis recuerdos y...

Luc Vos nació en Herk-de-Stad, Bélgica en 1968. Criado en el campo y tras trabajar en la ciudad durante algunos años, comenzó a escribir en 2003. Actualmente vive en Heultje-Westerlo, Bélgica. Empezó escribiendo historias de fantasía, pero luego empezó a explorar múltiples géneros: thrillers, historias juveniles, historias románticas y algunos thrillers psicológicos. Finalmente descubrió su género favorito: el thriller. Asesinos en serie y personas con problemas, descubriendo qué las motiva y por qué hacen lo que hacen. Entre sus obras publicadas más recientes merecen destacarse ZEVEN (2022). La novela corta de suspense Spijt? (2023), y poco después una colección de cuentos ultracortos, Bläckkoekjes, 009 en 75 andere ultra-short stories. Paternoster, un nuevo thriller de la serie "Anne Verelst", se publicó en 2023.

 

 

¿GLITCH?

Alejandro Aguilar R.

  

En esta sala del museo podrán conocer de primera mano un ritual chamánico. Basta, como en las otras ocasiones, que sincronicen sus cascos visores para sumergirse en esta experiencia. Tengan presente que las luces intermitentes rápidas o los patrones de alto contraste pueden sobreestimular el cerebro, por lo que con este botón azul en su mano derecha, siempre podrán contar con una salida del emulador si lo requieren. Recuerden que el programa utilizado para esta experiencia es tecnología de última generación, lo que quiere decir, que el sistema crea escenarios diferentes en cada inmersión. En grupo, nos colocamos y encendimos los cascos y de pronto, me vi de pie sobre una ladera de montaña rocosa, con escasa vegetación y noté a mi alrededor que todos éramos hombres, vestíamos traje, usábamos corbatas y portábamos maletín en nuestra mano derecha. ¿Dónde habrían quedado las mujeres que entraron también a la sala? Uno comenzó a caminar cuesta arriba hasta el lindero de la loma, giró su mirada hacia todos y nos indicó con un gesto que subiéramos. ¿Por qué todos vestíamos igual? Nos congregamos alrededor de una mujer chamán, que sostenía un humeante cuenco alzado entre sus manos hacia el cielo, sobre un tapete modesto de telas. Impasibles observábamos a la mujer. El sol despuntaba, no corría viento pero el humo serpenteaba. Ningún hombre se movía. Rígidos, fijos, petrificados mirando al humo volar y la mujer deslizarse en un ritual de danza, dando pequeños brincos con un pie, luego el otro. Vibraban los cascabeles en sus tobillos, sus manos giraban ondulantes sobre sus muñecas. Gozaba, sonriendo, luego sufría, gimiendo. Y declamó. Soy la fuerza que vislumbra el equilibrio de los ciclos del bosque, de la armonía, soy la fuente de sabiduría y emociones, la fuerza que camina, que descansa y que no descansa, que caza, la garra, la familia, pero soy también la divina luna, hermosa, radiante, atracción que impulsa, soy el rostro visible y la sombra que desea y aspira y embellece. Soy la libélula, pequeño pétalo de la Madre Dios, soy el beso de las estrellas en la mejilla Tierra que infunde una nueva vida, soy el padre y la madre unidos en amor por el futuro, el mar desbordante que sala la playa azufrosa en un eterno vaivén. Soy también el pasado, el eterno hielo que congela y en cuyo deshielo germina la primavera y toda la energía cósmica. Soy también lo fijo, la personalidad, el destino, el origen y el fin que me fue dado al nacer. Soy el pasado que salvará mi futuro. Soy el alba, el punto más hermoso de la noche y desde allí baño en oro las cumbres de todo lo existente como el sol que soy. Elfego. Yaunvir. Yar. Huy. Val. Bun. Yiomunb. Depntre. Das. Be. Mon. Kwe. Un señor interrumpió el canto, abrió su maletín de cuero y extrajo unos archivos azules que repasó con aplomo. Frunció el ceño, se dio media vuelta y se marchó, desapareciendo al instante. Otro más se acomodó su corbata, carraspeó su garganta y desapareció. Insuficiente, dijo otro. Pérdida de tiempo. Sin sentido. Charlatana. Falsa. Mentira. Inviable. Imposible. Inimaginable. Huraña. Hereje. Ofensiva. Subjetiva. Sugestiva. Taruga. Incrédula. Pordiosera. Insulsa. Ocurrente. Subnormal. Sentí lástima por la mujer. ¿Quién era? ¿Será reproducción sobre un hecho real, sobre una persona verdadera? Los hombres, uno tras otro, observaban, criticaban y se marchaban. Me sentí incómodo, angustiado. Un creciente nudo en mi garganta apretaba mi corbata contra mi cuello. Maldita. Inservible. Desgraciada. Olvidada. Despreciable. Odiosa. ¡Basta! grité. El remanente del grupo se me quedó viendo, yo creo que no sabían si aquello había sido un genuino ruido emitido por mí o un producto de la emulación. Descuidado. Fachoso. Inútil. Holgazán. Decepción. Los hombres me acosaban ahora a mí, no a ella. ¡Ayuda! ¡Auxilio! Débil. Impotente. Cobarde. El peso de las injurias me sofocaba, pero ella continuaba. Bailaba a pesar de que la ofendían, de que me agredían, danzaba a pesar de que el sol transcurría sobre el cielo, disfrutaba a pesar de las circunstancias. Dejé caer mi maletín sin querer, el cual, al golpear el suelo rodó por la montaña hasta que se atoró, no muy lejos, en unos matorrales. ¡Perdí mi salida! ¿Qué hacer? Improductivo. Lastre. Rufián. La mujer pareció notar mi presencia, quien lentamente, comenzó a caminar bailando hacia mí, mirándome, mientras yo respiraba profusamente, porque estaba asustado. ¿Cuándo fue la última vez que bailaste? me preguntó la mujer. No respondí. ¿Era esto parte de la emulación o un glitch? Sonrió dándose cuenta de mi nerviosismo y tomó de su oreja una pequeña florecita margarita roja, la cual me ofreció con su mano izquierda. ¿Cuándo fue la última vez que viste un amanecer, que disfrutaste de un momento simple, de un paseo al aire libre? Retrasado. Demente. Donnadie. Ignorante. Supersticioso. Por impulso me di media vuelta, descendí como pude hasta llegar a mi maletín, lo abrí y desperté en la seguridad de la cápsula, sudando, agitado. Me tomó unos minutos recuperar el aliento, quizás había sufrido una de esas sobrecargas de las que advertían en las instrucciones. Me bajé del emulador mientras notaba otros curiosos espectadores entrando y saliendo de la experiencia, indiferentes. ¿Habría alguno de ellos vivido algo parecido a lo que me tocó a mí? No lo sé, ni lo pregunté. Tomé mis cosas de los casilleros y me fui. Al salir del edificio, noté, como no me di cuenta antes cuando llegué, unas bellas jardineras de florecitas rojas en los costados de la entrada. Las bañaba el atardecer en un cálido sol. La imagen me pareció diluir el tiempo, hasta que el claxon de un auto pasando me asustó y aturdido y molesto, como a quien levantan de un sueño profundo, continué mi camino al hotel.

Alejandro Aguilar R. (Querétaro, México, 1991). Peregrino descubriendo entre montañas y letras que el plomo siempre fue oro.

 

 

miércoles, 10 de junio de 2026

HIJOS DEL POLVO ROJO

Daniel Antokoletz

 

En la base arqueológica Ares 7, en el valle Marineris de Marte, se levantaba una serie de domos interconectados que sus habitantes llaman base. Se acercaba el atardecer del sol 214 de la primera expedición de investigación de anomalías en Marte, a mediados del año 2187 tiempo de la Tierra.

El detector de partículas emitió tres pitidos cortos. La doctora María Ricco dejó la taza a medio terminar, un mejunje de proteínas con un sabor que intentaba, sin éxito, de imitar al café. Esos tres pitidos era la alarma para algo que nadie en la base quería escuchar: problemas en los filtros de recirculación de aire. Y lo peor, esa no era la primera vez que sucedía.

Se asomó al panel de control y leyó los números dos veces. Luego una tercera.

—Ingeniero Gorialoff —dijo con una calma que no sentía—, necesito que vengas a la sala de monitoreo.

Martín Gorialoff llegó en cuarenta segundos, aun secándose las manos con un trapo de taller. Miró la pantalla. No dijo nada durante un momento.

—El pulso gamma —murmuró al fin sin mostrar ninguna reacción.

—Parece.

Veintiséis horas antes, los sensores automáticos de la base habían registrado una explosión de rayos gamma en los bordes del sistema solar. Una detonación de energía tan salvaje que los modelos de impacto la clasificaron como "evento de extinción regional". En ese momento los seis miembros de la expedición la observaron fascinados, tomando notas, sin entender todavía que el frente de onda que viajaba hacia el interior del sistema no discriminaba entre asteroides y planetas pequeños con atmósferas delgadas y débiles escudos magnéticos.

La Tierra recibió el impacto de lleno, estaba en el centro del haz, Marte apenas de manera marginal.

Los últimos mensajes llegaron de manera fragmentada desde una estación de Australia, mezclados con interferencia: ciudades del hemisferio norte incendiadas, sistemas de comunicación caídos, atmósfera consumiéndose, luego algo sobre la base lunar Asimov fuera de línea o destruida. Y al fin, nada. Sólo estática en todas las frecuencias en las que, ahora, nadie respondía.

Diez personas. Dieciocho meses de suministros, si eran cuidadosos. Filtros de aire que no durarían ni la mitad. Mostraban microfracturas en tres de los cinco módulos principales, causadas por la misma tormenta de partículas que había barrido el sistema solar.

Sin repuestos. Sin refuerzos. Sin hogar adonde volver, ni manera de hacerlo. Nadie los vendría a buscar.

 

La arqueóloga Jésica Pareslak llevaba dos semanas obsesionada con la anomalía detectada en el sector C-9. Es una formación geológica que los drones de exploración habían marcado como "posiblemente artificial, origen no determinado". A poca distancia, dos kilómetros al norte del campamento principal y enterrada bajo cuatro metros de regolito, había algo que no debería existir.

Con la crisis del aire, el comandante Rémi Beaumont había prohibido las salidas de campo. Pero Jésica era la clase de persona que interpretaba las prohibiciones como sugerencias, y no siempre aceptaba sugerencias. La tarde de Sol 217 tomó un traje de presión, su escáner de mano y sin decirle nada a nadie salió por la exclusa hacia su rover.

Se mantuvo supervisando a los robots mientras terminaban de excavar con rapidez, despejando el regolito con suavidad y precisión. De pronto, la excavación se detuvo. Los robots, al unísono, se agruparon en formación a metros de la excavación. Habían terminado. Lo que encontró la dejó inmóvil durante más tres minutos.

Era un umbral. Perfectamente rectangular. Tallado en algo parecido al basalto marciano con precisión milimétrica. Ningún proceso natural podría explicar algo como eso y menos en Marte. Los bordes mostraban patrones geométricos que alternaban con lo que podría interpretarse como escritura o como circuitos. O como ambas cosas a la vez.

El escáner detectó una cavidad de aproximadamente ochocientos metros cuadrados del otro lado, bajando lo que podía ser escalera. Temperatura interior: cuatro grados centígrados. Atmósfera interior: dióxido de carbono, nitrógeno, argón, algo de oxígeno y trazas de algo que el equipo no supo clasificar, pero no muy diferente a la atmósfera marciana.

Jésica entró.

El laboratorio –porque era eso, un laboratorio, no un templo, aunque la distinción podía volverse irrelevante– estaba intacto. Los estantes translúcidos brillaban débilmente bajo la luz de su casco, como costillas de cristal. La sorprendió el silencio, apenas roto por el ulular del viento en la superficie. En el centro, la plataforma baja esperaba con unos brazos robóticos plegados, cubiertos de un polvo que parecía respirar.

Jésica dio un paso hacia la plataforma. Sus botas produjeron un crujido suave sobre el polvo acumulado. Dió un paso más, entonces el polvo se despertó. Emitió un susurro seco, de arena deslizándose como una lluvia fina.

No flotó. No fue arrastrado. Se deslizó por el suelo con intención, como un enjambre de diminutas hormigas rojas, convergiendo hacia sus botas. Algunos granos saltaron y se adhirieron al traje, trepando por el tejido con una determinación inquietante. Sintió un cosquilleo cálido en la muñeca izquierda, justo donde el guante se unía al antebrazo. Pensó en la electricidad estática y se lo sacudió apenas, sin ganas. Su excitación fue captada por los sensores del traje y transmitida al campamento base por los sistemas de telemetría.

La voz de Beaumont llegó tensa, notablemente quebrada.

—¿Qué carajos haces afuera? Estamos racionando hasta el último mililitro de oxígenos y te vas de paseo. ¡Regresa ya mismo!

—Rémi, tarde o temprano el oxígeno se acabará. Si voy a morir acá, quiero hacerlo sabiendo qué mierda encontramos. Dame unos minutos.

—¡Regresa de inmediato!

Jésica se tomó unos minutos más y luego emprendió el regreso.

 

Los síntomas comenzaron al sol siguiente.

Primero fue el apetito. Jésica consumió la mitad de su ración sin sentir hambre. Luego el sueño: dormía cuatro horas y despertaba completamente restaurada, con una energía que, ella misma, describió como "eléctrica". Sabrina Adler, la médica de la expedición, le tomó muestras de sangre y pasó varias horas mirando los resultados con la expresión de alguien que está calculando cuánto tiempo le queda de cordura.

—Hay estructuras extrañas en tu torrente sanguíneo —le dijo a Jésica—. Son nanométricas. Se replican.

—¿Nanobots?

—Sí. No, no exactamente. Algo más orgánico que mecánico. Algo... intermedio. —Sabrina no levantaba la vista del microscopio.

Para el sol 220, Jésica podía ver en la oscuridad total. Para el sol 223, su necesidad de consumo de oxígeno había caído un treinta y ocho por ciento. Para el sol 225, el geólogo Marcus Ito, que había entrado al laboratorio con ella un par de soles después a buscar muestras del polvo, comenzó a mostrar los mismos síntomas.

 

El comandante Beaumont convocó la reunión que nadie quería tener.

—Los filtros —dijo Gorialoff, y no necesitó terminar la frase. Todos sabían los números: a la tasa de degradación actual, tendrían aire respirable para otros cuatro meses. Quizás cinco si reducían la actividad física al mínimo.

—Jésica consume menos oxígeno cada sol —dijo Marcus, con una voz que intentaba sonar neutral y no lo lograba del todo—. Yo también. Y si el proceso continúa...

—No sabemos adónde lleva este proceso —interrumpió Sabrina—, ni si podrán sobrevivir a él. Y yo no tengo la cura.

—No, no sabemos —admitió Jésica—. Pero, sé cómo me siento. No me siento enferma. Me siento más...

Hubo un silencio largo.

—¿Más qué? —la apuró Beaumont.

Jésica buscó las palabras durante un momento. Miró por la escotilla triangular. Afuera, el viento marciano arrastraba polvo rojo contra las paredes del módulo con un sonido que a veces parecía respiración.

—Más... adecuada —dijo al fin mirando cómo el polvo rojo se arremolinaba frente a la escotilla—. Como si mi cuerpo se hubiera abandonado y dejado de pelear contra esta planeta, como si comenzara a entenderlo. Anoche soñé con océanos, Rémi. Océanos que nunca vi, olores que nunca sentí.

 

Los soles siguientes fueron los más difíciles.

Rémi y la técnica Amara Diallo se resistieron. Era comprensible: la humanidad acababa de sufrir su mayor catástrofe en la historia registrada, y rendirse a una transformación de origen alienígena se sentía como otra derrota, como la última. Sabrina oscilaba entre la fascinación científica y el terror. Gorialoff simplemente preguntó si la transformación dolía, y cuando Jésica respondió que no, asintió despacio y no dijo más. Se quedó mirando por la escotilla.

El dilema se volvió concreto cuando los filtros del módulo tres fallaron completamente. Cuatro meses de aire se convirtieron en tres. Luego, cuando un micrometeorito abrió una grieta en el módulo dos, dejándolo partido al medio.

Marcus llegó a la reunión de crisis con datos.

—He estado analizando lo que están haciendo los nanobots —dijo—. No solo alteran nuestro metabolismo, alteran el ADN. Están rediseñando la relación entre nuestros organismos y el entorno marciano. El CO2, las temperaturas, la presión, la radiación de fondo. Estamos siendo... adaptados.

—Para vivir aquí —dijo Beaumont.

—Para vivir aquí —confirmó Marcus.

—¿Sin trajes?

—Eventualmente. Sí.

Otro silencio.

—Lo que queda de la humanidad —dijo Amara con una voz tensa—, está en esta habitación. Si hacemos esto, ¿seguiremos siendo humanos?

—Si morimos, tampoco seremos humanos. Lo que quedaba de la humanidad también estaba en la Tierra —dijo Jésica, y no fue un argumento cruel sino simplemente una verdad que dolía—. Y la radiación los mató a todos, y si alguien sobrevivió…

El zumbido agonizante de los filtros de aire llenaba la sala, un sonido grave y entrecortado que recordaba a un animal moribundo. El aire olía a sudor viejo, miedo y metal caliente.

Amara tenía los ojos rojos, pero la voz firme.

—Si hago esto… si me convierto en lo que sea que esa cosa quiere… ¿qué queda de mis padres? ¿De mi hermana? ¿De todo lo que fuimos? —Su respiración entrecortada era perfectamente audible en el silencio pesado.

Jésica no tuvo una respuesta fácil.

—Lo que quedó de la humanidad en la Tierra fue ceniza y silencio —se limitó as decir—. Aquí todavía respiramos.

 

Lo que ninguno de ellos supo hasta el sol 241 fue lo que Sabrina encontró en la plataforma central, después de semanas de análisis paciente de los símbolos grabados en sus paredes.

No era el laboratorio de una civilización marciana. No era marciano en absoluto.

Era un laboratorio de una civilización que había llegado a Marte desde algún otro lugar, hacía aproximadamente ochocientos millones de años, cuando la Tierra todavía era un mundo joven de océanos y microorganismos.

Los nanobots no habían sido diseñados para adaptar a los huéspedes a Marte.

Habían sido diseñados para adaptar a los marcianos, a sus habitantes originales, a un nuevo planeta que acababan de descubrir: uno azul, templado, con una química de carbono prometedora.

La plataforma era un punto de partida. El polvo que había absorbido a Jésica era el archivo genético de una especie que había sobrevivido a su propia catástrofe viajando a otro mundo y convirtiéndose en algo nuevo. En algo nuevo que en el estado actual, no podía sobrevivir.

Sabrina leyó la secuencia completa dos veces antes de entender lo que significaba.

Los nanobots no estaban martizando a Jésica, a Marcus y a los demás.

Estaban restaurándolos.

Afuera, el polvo rojo barría el valle bajo un cielo color óxido, y en algún punto profundo de su nueva biología, Jésica Pareslak sintió algo que no supo nombrar pero que, si hubiera tenido que hacerlo, habría llamado memoria.

 

En el sol 300, Amara Diallo se puso el traje sin decir una palabra.

Caminó sola hacia el laboratorio bajo un amanecer color óxido. Cuando abrió la compuerta exterior, el viento marciano levantó un remolino de polvo rojo que, por un instante, pareció darle la bienvenida. Ese viento marciano produjo un gemido bajo y prolongado.

Y nadie le preguntó por qué.

Ya sabían la respuesta.



Daniel Antokoletz Huerta (Buenos Aires, 1964), es un ingeniero y escritor argentino, dedicado a la investigación científica y tecnológica, ámbitos que conviven con su pasión por la narrativa. Su formación rigurosa en ingeniería se refleja en la precisión de su estilo, mientras que su mirada literaria explora los límites entre lo real y lo imaginario. Ha sido distinguido con premios literarios nacionales e internacionales, reconocimientos a una obra que combina reflexión con atmósferas intensas. En el terreno editorial, publicó dos libros de cuentos con la editorial Bookaholic: 14 cuentos de terror, vida y muerte y Momentos de terror. Su escritura se caracteriza por un lenguaje claro y evocador, capaz de transformar la experiencia cotidiana en materia narrativa. Ha sido traducido a varios idiomas.Publicó en antologías como Grageas 2 y 3, Espacio austral, Latinoamérica en breve, Minimalismos, Extremos y en Metagalaktika, antología de cuentos argentinos en húngaro.

EL RÍO