viernes, 10 de julio de 2026

CLAUSTROFOBIA

Tihomir Jovanović

 

Bajé del autobús en Autokomanda. Algunos pasajeros más descendieron, recogieron su equipaje del compartimiento y siguieron su camino. Yo no llevaba equipaje. Había salido de mi casa, en la provincia, sin más que unos cuantos billetes rojos y arrugados en el bolsillo para comida y otros gastos mientras estuviera en casa de mi amigo Lazar. Se suponía que debía esperarme en la estación, pero no estaba.

Bueno... algo lo habría retrasado. Llegaría en cualquier momento.

Pero, a medida que pasaba el tiempo, estaba cada vez menos convencido de ello. Mis intentos de comunicarme con él por teléfono móvil fueron inútiles. Una voz femenina robotizada repetía:

—El usuario llamado no se encuentra disponible en este momento. Por favor, inténtelo más tarde.

Miraba en vano la pantalla esperando que apareciera el mensaje: «El usuario llamado vuelve a estar disponible».

La noche era cada vez más oscura y fría. Cada vez quedaba menos gente. Se marchaban en los autobuses urbanos hacia el centro, rumbo a bares, cafeterías y clubes. Era viernes por la noche...

Y yo, qué idiota. Nunca se me ocurrió pedirle a Lazar la dirección. En mi pueblo todos se conocen y nadie necesita una dirección para encontrar a alguien. Belgrado está lleno de Lazar Petrović.

Caminé bajo el distribuidor vial, entre los edificios. Si no aparecía, tendría que encontrar algún sitio donde pasar la noche y regresar al pueblo al día siguiente. Era evidente que Lazar me había dejado plantado, como dicen aquí, en la ciudad. Había apagado el teléfono porque había cambiado de idea. Podría habérmelo dicho, en lugar de hacerme esto.

Estaba furioso. Más conmigo mismo que con él. Al fin y al cabo, era un imbécil por confiar en alguien con quien apenas había compartido un par de cervezas sentado en la escalinata de la tienda del pueblo...

Ahora solo buscaba un rincón tranquilo, un lugar donde pudiera esconderme para dormir. Mientras vagaba, apenas veía alguna muchacha que había sacado a pasear al perro para que hiciera sus necesidades. En mi pueblo los perros se ocupaban solos de eso y nosotros dormíamos.

Dormíamos...

Como si el cielo hubiera escuchado mis deseos, vi un viejo camión junto a una hilera de casas ruinosas. Me pareció que ya no estaba en Belgrado, o al menos no en el Belgrado moderno... Basta alejarse unos pocos cientos de metros de las avenidas principales para encontrarse con chozas miserables y montones de automóviles destrozados.

El camión era una especie de furgón. En la parrilla del motor llevaba un emblema que parecía un cohete. Probé la puerta de la cabina, pero estaba cerrada con llave.

Maldición.

Fui hacia la parte trasera del vehículo. Tenía una puerta de dos hojas. La palpé y comprobé que no estaba cerrada. La abrí y me metí dentro.

No parecía un lugar tan malo. El piso estaba cubierto con rejillas de madera y las paredes interiores eran de chapa lisa. No era precisamente un hotel, pero sí un sitio aceptable para resguardarme de la calle y pasar la noche.

Me acurruqué sobre el piso e intenté llenar mi mente de buenos recuerdos, de algo que me alejara de aquella desagradable realidad. Y cuando ya me parecía que estaba a punto de dormirme, oí golpes en la puerta, gritos y, enseguida, cómo la abrían.

Primero entró una ráfaga del aire helado de la noche y después una multitud de personas.

Me puse de pie, desconcertado, y me refugié en un rincón.

La gente seguía entrando y entrando.

Estaban aterrados, desesperados.

Llevaban brazaletes amarillos sobre las mangas.

Desde afuera llegaban gritos:

—Schnell! Schnell!

Y ladridos de perros.

Al diablo, pensé. Me metí en un camión que forma parte del rodaje de alguna película sobre campos de concentración.

Pero desde afuera no llegaba la luz de los reflectores. Solo la pálida claridad de la luna y una mezcla de voces, gritos, lamentos y sollozos.

—¡Despacio, por favor! —grité cuando terminaron por aplastarme contra un rincón de la caja—. ¡Van a asfixiarme!

Pero seguían entrando, como si no me oyeran, como si yo no existiera, empujados por los culatazos de hombres vestidos con uniformes alemanes.

Durante un instante, un rostro bajo un casco apareció en el marco de la puerta mientras seguía empujando gente hacia el interior.

Entonces las puertas se cerraron de golpe y las aseguraron. Varios hombres intentaron abrirlas empujándolas, pero fue inútil. Respiraba con dificultad. Había demasiada gente para un espacio tan reducido. Poco después se oyó el rugido del motor y el camión comenzó a sacudirse sobre el camino. Demasiados saltos para circular sobre asfalto.

¿Qué demonios está pasando?, pensé. Aunque fuera para una película, ¿no bastaba con empujarlos dentro y luego hacerlos salir? Qué mala suerte la mía... Y qué estafador Lazar.

Pero entonces percibí otra cosa. El olor del humo. Dentro del vehículo. El camión era viejo y por algún sitio se filtraban los gases del escape. La gente comenzó a agitarse. Apretados unos contra otros, empujaban desesperadamente hacia las puertas. El camión dio un fuerte salto al pasar sobre una piedra, o eso supuse.

Las mujeres y los niños empezaron a gritar y a llorar. Se empujaban y se arañaban unos a otros luchando por un poco de aire. Aquella escena era demasiado convincente. Demasiado real para ser una actuación. Aquellas personas se estaban asfixiando de verdad.

Estaban muriendo.

La mujer que estaba a mi lado apretaba a su hijo contra el pecho, como si pudiera protegerlo de los vapores venenosos con su propio cuerpo. La gente luchaba, forcejeaba. Unas manos me arañaron la cara. Otras tiraban de mi ropa hasta desgarrarla. Con el tiempo todo se fue calmando. Dentro de la caja había tan poco espacio que incluso los muertos permanecían de pie. El camión siguió avanzando, dando tumbos por el camino irregular, hasta que por fin se detuvo. El motor se apagó. Unos instantes después oí a alguien manipular la cerradura desde afuera y las puertas se abrieron de par en par. Una bocanada de aire fresco irrumpió en el interior y la aspiré con avidez.

En el umbral volvió a aparecer un soldado alemán, seguido por otro. Comenzaron a sacar los cadáveres y a arrojarlos al suelo como si fueran sacos. Mientras tanto hablaban en aquel idioma gutural suyo y se reían, como si todo aquello les divirtiera.

Uno de ellos entró en la caja del camión y empezó a empujar los cuerpos hacia afuera, mientras el otro los recibía y los arrastraba. Rostros muertos, deformados por muecas de agonía. Ojos abiertos. Ojos que habían visto la muerte.

Mis propios ojos también estaban abiertos, y yo contemplaba toda aquella muerte. Esperaba que el soldado alemán me descubriera, me sacara de allí y me rematara con un disparo de su Luger. Pero eso no ocurrió. La luz de una linterna recorrió el interior del vehículo y el soldado salió refunfuñando. Permanecí acurrucado en un rincón, temiendo que al final terminara por verme. En mi cabeza solo daba vueltas una idea.

—Todo esto es un sueño... Todo esto es solo un sueño... —susurraba, como si por fin hubiera comprendido—. Es solo una pesadilla. Me despertaré y todo volverá a estar bien...

Pero ¿quién es consciente, mientras sueña, de que solo está soñando? Esperé un poco más y luego me asomé con cautela por la rendija de la puerta. No había nadie. Ni alemanes. Ni cadáveres. Salí del camión, miré a mi alrededor y eché a correr por el camino en dirección a las luces de la ciudad, alejándome de aquel bosque, alejándome de todo. Mientras corría sentí vibrar el teléfono en el bolsillo. Lo saqué y vi en la pantalla el número de Lazar.

—¡Pero dónde estás, hombre! —oí su voz, alterada.

—¿Dónde estoy yo? —grité—. ¡¿Y dónde demonios estás tú?!

—Perdóname. Tuve un accidente de tráfico... ¿Dónde estás ahora?

—¿Dónde estoy...? No tengo la menor idea. Ni siquiera sé qué me ha pasado —respondí—. Espera... veo algo conocido... el estadio del JNA...

—¡Hombre, qué haces tan lejos! Espérame debajo de la tribuna sur y no te muevas. Voy a buscarte.

 

Por fin vi los faros de un automóvil.

Hizo un cambio de luces al reconocerme y me acerqué.

El capó estaba abollado, seguramente a causa del accidente que Lazar había mencionado.

Abrió la puerta y salió para saludarme, pero se quedó inmóvil al verme.

—¡Pero qué aspecto tienes! Estás lleno de arañazos y la ropa hecha jirones...

Instintivamente me llevé los dedos a la cara y sentí las heridas y la sangre reseca. Entonces yo mismo me quedé desconcertado. Si por un instante había pensado que todo aquello había sido solo una pesadilla o que había estado vagando dormido, las dudas desaparecieron. A menos que hubiera atravesado algún matorral. Así que eso fue lo primero que le dije a Lazar.

Él solo negó con la cabeza y me hizo subir al coche.

Cuando llegamos a su edificio, pulsó el botón para llamar al ascensor. En cuanto las puertas se abrieron y dejaron ver la cabina, sentí una oleada de angustia y de miedo.

Y un intenso olor a mi propio sudor.

—No... No puedo subir en ascensor. Vamos por las escaleras.

—Vamos... ¿Subir andando hasta el quinto piso? —me miró sin dar crédito a lo que oía.

—Te lo explicaré después.

Se limitó a encogerse de hombros, como diciendo «qué tipo tan raro», y empezamos a subir.

Más tarde, ya en su apartamento, mientras compartíamos un vaso de rakia y un cigarrillo, le conté todo lo que realmente me había ocurrido. Me escuchó incrédulo. Sacudió la cabeza y dijo:

—Parece una historia de La dimensión desconocida.

Asentí.

Entonces continuó:

—¿Sabes? En Autokomanda existió un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial: Topovske Šupe. Allí reunían a judíos, gitanos y comunistas antes de trasladarlos a Banjica, donde ya sabes cómo terminaban.

—¿Y aquel extraño camión?

—Una dušegupka. Seguro que has oído esa palabra alguna vez, aunque no supieras de dónde viene. Era precisamente ese tipo de camión. Un invento alemán para matar de forma barata. Utilizaban camiones Saurer y todo fue concebido por Heinrich Himmler —explicaba Lazar como si estuviera leyendo una enciclopedia o Wikipedia—. Los fabricaba la empresa Gaubschat Fahrzeugwerke GmbH y los llamaban Gaswagen. Bajo las rejillas de madera del piso había tubos perforados por los que se conducían los gases del escape del motor: dióxido y monóxido de carbono...

—Es espantoso... —murmuré.

Y seguía sin comprender por qué, ni cómo, había terminado allí; por qué ni los alemanes ni los prisioneros parecían verme y, sin embargo, sobre mi cuerpo habían quedado las huellas de su desesperación; ni cómo era posible que yo no hubiera muerto envenenado por aquellos gases. Se lo dije a Lazar.

—No tengo una explicación racional... Tal vez, de algún modo, tú no formabas parte de aquella realidad. Quizá atravesaste una especie de fisura temporal... Aunque, cuando leía sobre cosas así, nunca les creía. Me parecían solo lecturas entretenidas.

—Sí. A mí también... Pero ahora...

Callé y apuré de un trago el resto de la rakia.

—Ahora ve a dormir —dijo Lazar—. Mañana será otro día.

Asentí.

Me preparé para acostarme y, todavía con cierta inseguridad, me metí en la cama, temiendo lo que pudiera traerme el sueño: una mañana cualquiera, el regreso de la pesadilla... o cualquier otra cosa que hubiera sido aquello que me ocurrió.

Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas Sirius, Galaksija, Orbis, Signali, Kikindske novine, Naši traži, Omaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

 

 

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