Tihomir Jovanović
Bajé del autobús en
Autokomanda. Algunos pasajeros más descendieron, recogieron su equipaje del
compartimiento y siguieron su camino. Yo no llevaba equipaje. Había salido de
mi casa, en la provincia, sin más que unos cuantos billetes rojos y arrugados
en el bolsillo para comida y otros gastos mientras estuviera en casa de mi
amigo Lazar. Se suponía que debía esperarme en la estación, pero no estaba.
Bueno... algo lo habría retrasado.
Llegaría en cualquier momento.
Pero, a medida que pasaba el
tiempo, estaba cada vez menos convencido de ello. Mis intentos de comunicarme
con él por teléfono móvil fueron inútiles. Una voz femenina robotizada repetía:
—El usuario llamado no se encuentra
disponible en este momento. Por favor, inténtelo más tarde.
Miraba en vano la pantalla
esperando que apareciera el mensaje: «El usuario llamado vuelve a estar
disponible».
La noche era cada vez más oscura y
fría. Cada vez quedaba menos gente. Se marchaban en los autobuses urbanos hacia
el centro, rumbo a bares, cafeterías y clubes. Era viernes por la noche...
Y yo, qué idiota. Nunca se me
ocurrió pedirle a Lazar la dirección. En mi pueblo todos se conocen y nadie
necesita una dirección para encontrar a alguien. Belgrado está lleno de Lazar
Petrović.
Caminé bajo el distribuidor vial,
entre los edificios. Si no aparecía, tendría que encontrar algún sitio donde
pasar la noche y regresar al pueblo al día siguiente. Era evidente que Lazar me
había dejado plantado, como dicen aquí, en la ciudad. Había apagado el teléfono
porque había cambiado de idea. Podría habérmelo dicho, en lugar de hacerme
esto.
Estaba furioso. Más conmigo mismo
que con él. Al fin y al cabo, era un imbécil por confiar en alguien con quien
apenas había compartido un par de cervezas sentado en la escalinata de la
tienda del pueblo...
Ahora solo buscaba un rincón
tranquilo, un lugar donde pudiera esconderme para dormir. Mientras vagaba,
apenas veía alguna muchacha que había sacado a pasear al perro para que hiciera
sus necesidades. En mi pueblo los perros se ocupaban solos de eso y nosotros
dormíamos.
Dormíamos...
Como si el cielo hubiera escuchado
mis deseos, vi un viejo camión junto a una hilera de casas ruinosas. Me pareció
que ya no estaba en Belgrado, o al menos no en el Belgrado moderno... Basta
alejarse unos pocos cientos de metros de las avenidas principales para
encontrarse con chozas miserables y montones de automóviles destrozados.
El camión era una especie de
furgón. En la parrilla del motor llevaba un emblema que parecía un cohete.
Probé la puerta de la cabina, pero estaba cerrada con llave.
Maldición.
Fui hacia la parte trasera del
vehículo. Tenía una puerta de dos hojas. La palpé y comprobé que no estaba
cerrada. La abrí y me metí dentro.
No parecía un lugar tan malo. El
piso estaba cubierto con rejillas de madera y las paredes interiores eran de
chapa lisa. No era precisamente un hotel, pero sí un sitio aceptable para
resguardarme de la calle y pasar la noche.
Me acurruqué sobre el piso e
intenté llenar mi mente de buenos recuerdos, de algo que me alejara de aquella
desagradable realidad. Y cuando ya me parecía que estaba a punto de dormirme,
oí golpes en la puerta, gritos y, enseguida, cómo la abrían.
Primero entró una ráfaga del aire
helado de la noche y después una multitud de personas.
Me puse de pie, desconcertado, y me
refugié en un rincón.
La gente seguía entrando y
entrando.
Estaban aterrados, desesperados.
Llevaban brazaletes amarillos sobre
las mangas.
Desde afuera llegaban gritos:
—Schnell! Schnell!
Y ladridos de perros.
Al diablo, pensé. Me metí en un
camión que forma parte del rodaje de alguna película sobre campos de
concentración.
Pero desde afuera no llegaba la luz
de los reflectores. Solo la pálida claridad de la luna y una mezcla de voces,
gritos, lamentos y sollozos.
—¡Despacio, por favor! —grité
cuando terminaron por aplastarme contra un rincón de la caja—. ¡Van a
asfixiarme!
Pero seguían entrando, como si no
me oyeran, como si yo no existiera, empujados por los culatazos de hombres
vestidos con uniformes alemanes.
Durante un instante, un rostro bajo
un casco apareció en el marco de la puerta mientras seguía empujando gente
hacia el interior.
Entonces las puertas se cerraron de
golpe y las aseguraron. Varios hombres intentaron abrirlas empujándolas, pero
fue inútil. Respiraba con dificultad. Había demasiada gente para un espacio tan
reducido. Poco después se oyó el rugido del motor y el camión comenzó a
sacudirse sobre el camino. Demasiados saltos para circular sobre asfalto.
¿Qué demonios está pasando?, pensé.
Aunque fuera para una película, ¿no bastaba con empujarlos dentro y luego
hacerlos salir? Qué mala suerte la mía... Y qué estafador Lazar.
Pero entonces percibí otra cosa. El
olor del humo. Dentro del vehículo. El camión era viejo y por algún sitio se
filtraban los gases del escape. La gente comenzó a agitarse. Apretados unos
contra otros, empujaban desesperadamente hacia las puertas. El camión dio un
fuerte salto al pasar sobre una piedra, o eso supuse.
Las mujeres y los niños empezaron a
gritar y a llorar. Se empujaban y se arañaban unos a otros luchando por un poco
de aire. Aquella escena era demasiado convincente. Demasiado real para ser una
actuación. Aquellas personas se estaban asfixiando de verdad.
Estaban muriendo.
La mujer que estaba a mi lado
apretaba a su hijo contra el pecho, como si pudiera protegerlo de los vapores
venenosos con su propio cuerpo. La gente luchaba, forcejeaba. Unas manos me
arañaron la cara. Otras tiraban de mi ropa hasta desgarrarla. Con el tiempo
todo se fue calmando. Dentro de la caja había tan poco espacio que incluso los
muertos permanecían de pie. El camión siguió avanzando, dando tumbos por el
camino irregular, hasta que por fin se detuvo. El motor se apagó. Unos
instantes después oí a alguien manipular la cerradura desde afuera y las
puertas se abrieron de par en par. Una bocanada de aire fresco irrumpió en el
interior y la aspiré con avidez.
En el umbral volvió a aparecer un
soldado alemán, seguido por otro. Comenzaron a sacar los cadáveres y a
arrojarlos al suelo como si fueran sacos. Mientras tanto hablaban en aquel
idioma gutural suyo y se reían, como si todo aquello les divirtiera.
Uno de ellos entró en la caja del
camión y empezó a empujar los cuerpos hacia afuera, mientras el otro los
recibía y los arrastraba. Rostros muertos, deformados por muecas de agonía.
Ojos abiertos. Ojos que habían visto la muerte.
Mis propios ojos también estaban
abiertos, y yo contemplaba toda aquella muerte. Esperaba que el soldado alemán
me descubriera, me sacara de allí y me rematara con un disparo de su Luger. Pero
eso no ocurrió. La luz de una linterna recorrió el interior del vehículo y el
soldado salió refunfuñando. Permanecí acurrucado en un rincón, temiendo que al
final terminara por verme. En mi cabeza solo daba vueltas una idea.
—Todo esto es un sueño... Todo esto
es solo un sueño... —susurraba, como si por fin hubiera comprendido—. Es solo
una pesadilla. Me despertaré y todo volverá a estar bien...
Pero ¿quién es consciente, mientras
sueña, de que solo está soñando? Esperé un poco más y luego me asomé con
cautela por la rendija de la puerta. No había nadie. Ni alemanes. Ni cadáveres.
Salí del camión, miré a mi alrededor y eché a correr por el camino en dirección
a las luces de la ciudad, alejándome de aquel bosque, alejándome de todo. Mientras
corría sentí vibrar el teléfono en el bolsillo. Lo saqué y vi en la pantalla el
número de Lazar.
—¡Pero dónde estás, hombre! —oí su
voz, alterada.
—¿Dónde estoy yo? —grité—. ¡¿Y
dónde demonios estás tú?!
—Perdóname. Tuve un accidente de
tráfico... ¿Dónde estás ahora?
—¿Dónde estoy...? No tengo la menor
idea. Ni siquiera sé qué me ha pasado —respondí—. Espera... veo algo
conocido... el estadio del JNA...
—¡Hombre, qué haces tan lejos!
Espérame debajo de la tribuna sur y no te muevas. Voy a buscarte.
Por fin vi los
faros de un automóvil.
Hizo un cambio de luces al
reconocerme y me acerqué.
El capó estaba abollado,
seguramente a causa del accidente que Lazar había mencionado.
Abrió la puerta y salió para
saludarme, pero se quedó inmóvil al verme.
—¡Pero qué aspecto tienes! Estás
lleno de arañazos y la ropa hecha jirones...
Instintivamente me llevé los dedos
a la cara y sentí las heridas y la sangre reseca. Entonces yo mismo me quedé
desconcertado. Si por un instante había pensado que todo aquello había sido
solo una pesadilla o que había estado vagando dormido, las dudas
desaparecieron. A menos que hubiera atravesado algún matorral. Así que eso fue
lo primero que le dije a Lazar.
Él solo negó con la cabeza y me
hizo subir al coche.
Cuando llegamos a su edificio,
pulsó el botón para llamar al ascensor. En cuanto las puertas se abrieron y
dejaron ver la cabina, sentí una oleada de angustia y de miedo.
Y un intenso olor a mi propio
sudor.
—No... No puedo subir en ascensor.
Vamos por las escaleras.
—Vamos... ¿Subir andando hasta el
quinto piso? —me miró sin dar crédito a lo que oía.
—Te lo explicaré después.
Se limitó a encogerse de hombros,
como diciendo «qué tipo tan raro», y empezamos a subir.
Más tarde, ya en su apartamento,
mientras compartíamos un vaso de rakia y un cigarrillo, le conté todo lo que
realmente me había ocurrido. Me escuchó incrédulo. Sacudió la cabeza y dijo:
—Parece una historia de La
dimensión desconocida.
Asentí.
Entonces continuó:
—¿Sabes? En Autokomanda existió un
campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial: Topovske Šupe. Allí
reunían a judíos, gitanos y comunistas antes de trasladarlos a Banjica, donde
ya sabes cómo terminaban.
—¿Y aquel extraño camión?
—Una dušegupka. Seguro que
has oído esa palabra alguna vez, aunque no supieras de dónde viene. Era
precisamente ese tipo de camión. Un invento alemán para matar de forma barata.
Utilizaban camiones Saurer y todo fue concebido por Heinrich Himmler —explicaba
Lazar como si estuviera leyendo una enciclopedia o Wikipedia—. Los fabricaba la
empresa Gaubschat Fahrzeugwerke GmbH y los llamaban Gaswagen.
Bajo las rejillas de madera del piso había tubos perforados por los que se
conducían los gases del escape del motor: dióxido y monóxido de carbono...
—Es espantoso... —murmuré.
Y seguía sin comprender por qué, ni
cómo, había terminado allí; por qué ni los alemanes ni los prisioneros parecían
verme y, sin embargo, sobre mi cuerpo habían quedado las huellas de su
desesperación; ni cómo era posible que yo no hubiera muerto envenenado por
aquellos gases. Se lo dije a Lazar.
—No tengo una explicación
racional... Tal vez, de algún modo, tú no formabas parte de aquella realidad.
Quizá atravesaste una especie de fisura temporal... Aunque, cuando leía sobre
cosas así, nunca les creía. Me parecían solo lecturas entretenidas.
—Sí. A mí también... Pero ahora...
Callé y apuré de un trago el resto
de la rakia.
—Ahora ve a dormir —dijo Lazar—.
Mañana será otro día.
Asentí.
Me preparé para acostarme y, todavía con cierta inseguridad, me metí en la cama, temiendo lo que pudiera traerme el sueño: una mañana cualquiera, el regreso de la pesadilla... o cualquier otra cosa que hubiera sido aquello que me ocurrió.

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