viernes, 10 de julio de 2026

ME ROBASTE EL ALMA

Carlos María Federici

Quién sabe, si supieras

que nunca te he olvidado,

volviendo a tu pasado,

¡te acordarás de mí!

Contursi y Maroni, “La Cumparsita”

 

(Siglo XXI. En cualquier lugar del mundo. Un hombre y una mujer.)

Cuando la criada, una mujercita menuda y anodina, lo hizo pasar, no demo­ró en cap­tar la esencia de aquel ambiente. Pese a su edad, sus percep­cio­nes se mantenían extraordina­riamente agudas. Arrestos de lujo, pero oliendo a rancio, con­clu­yó. Aunque todo eso carecía de importancia frente al acelerado ritmo de los latidos de su corazón.

—Por aquí —dijo la fámula.

Le pareció que la madera del piso crujía desusadamente cuando penetró en el dormitorio de ella, pero con seguridad era una ilusión de sus sentidos, bastante sobreexci­tados.

No pudo reprimir un parpadeo al enfrentarla. Reclinada en su lecho, sus sesenta y pico de años parecían veinte más, debido a la cruel enfermedad que la consumía. ¡Qué diferencia con la imagen que él había atesorado –y manipulado en secreto– desde aquellos años!

La mujer se irguió un poco para mirarlo. Una semisonrisa se esbozó en sus labios marchitos.

—Tienes peluca —lo acusó.

—Para quedar más lindo, ¿viste? ­—repuso él, lanzándole la socorrida respuesta.

Cayó una cortina de silencio incómodo entre ambos. Hasta que ella dijo:

—¿Cómo estás? —y, sin darle tiempo a contestar—: Suprime el “¿y tú?”. Ya ves cómo estoy yo.

Luego le indicó que se sentase, y él obedeció. Trató de acomodarse en la silla; carraspeó. No sabía cómo continuar. Estaba sumamente intrigado. No se explicaba por qué la mujer lo había mandado llamar por aquel abogado calvo, de gruesos anteojos y tono de voz neutro, después de todos aquellos años. Él siempre había supuesto que no abult­aba siquiera como recuerdo casual en la seguramente poblada memoria de ella, cuya agitada vida ya se manifestaba a los veintidós, cuando se conocieron en la agencia publicitaria donde él era diseñador gráfico y ella, modelo contratada.

Ella permaneció largos instantes en silencio. Pero en su mente, la protesta gritaba:

Sueños. ¡Esos sueños recurrentes, noche tras noche; sueños removedores, intensos, absorbentes, perturbadores…, inexplicables! Sueños que le sacudían fibras largo tiempo adormecidas, forzándola, casi violándola. Sueños con él. Como los dos habían sido una vez, mucho tiempo atrás, pero en forma distinta. Lo que nunca había sido, ahora intentaba ser.

No podía decírselo. No encontraba cómo. Pero sabía que finalmente iba a tener que hacerlo; de lo contrario, ¿cómo descubrir lo que le estaba pasando?

Respiró agitada, y se dio cuenta de que su conmoción era perceptible, al punto que él se incorporó en la silla, extendiendo un brazo hacia ella. Lo detuvo levantando una mano (una de aquellas manos cuyo roce, en un tiempo, él había ansiado tanto); una mano ahora delgada y venosa, pero determinada.

—No es nada —dijo—. Estoy un poco nerviosa, pero no es nada. Es que tengo que preguntarte algo… algo que te puede sonar a locura o extravío… y no hallo la manera de expresarlo. Es…

—Yo también tengo que preguntarte algo, y lo haré sin rodeos; es mejor así. ¿Qué te impulsó a llamarme, después de cuarenta años? Te confieso —y no pudo frenar el enroje­cimiento de sus mejillas de octogenario—, que siempre estuviste en mi pensamiento; de hecho, te nombraba todos los días… hasta componía poemas con tu nombre. Pero creía que por tu parte… —y bajó la vista, retorciéndose las manos.

La mujer se volvió de lado, apoyándose en un codo huesudo, para enfrentarlo mejor.

—Tus recuerdos de aquellos días, ¿siguen frescos, entonces?

Él suspiró.

—Me gustaría decir que no… pero mentiría. Aunque poco y nada pasó entre nosotros, ¿sabes?, siempre esperé que algún día… Pero los años se me echaron encima; que­dé solo con mi vida gris y monótona, hasta que… —y se detuvo abruptamente.

No era tiempo aún. Palpó el bulto del teléfono celular en el bolsillo del saco, pero no era el momento aún de sacarlo y mostrárselo. Tal vez no tuviera que hacerlo. Tal vez…

—Sí —dijo ella—. Los años nos aplastaron a los dos, cada uno por su lado. El mundo, además, cambió tanto… No me pude adaptar. Después de que mi marido murió, me recluí en esta casa. Tengo millones en el banco, pero no me sirven más que para mantener a unos cuantos parásitos, entre ellos el abogado que te fue a buscar. ¡Ah, sí! Protestaba. Que cómo iba a hacer para encontrarte, si yo —vaciló un poco— ni tu nombre recordaba… Lo siento, no puedo mentirte ahora. No lo recordaba. Pero con lo que le pagué, ¡claro que sí!, el vejete inútil no podía defraudarme... —Se detuvo. Era evidente que el habla la fatigaba. Pero él notó que la sostenía una extraña excitación, capaz de sobreponerse a la debilidad de su cuerpo. Continuó—: Te estarás quebrando la cabeza para comprender mis motivos. No te critico. Ni yo misma los entiendo… No sé cómo explicarme… Verás. En los últimos tiempos —y el rubor se apoderó de su rostro— tuve unos sueños que… Sueños raros, que…, ¡ay, Dios!, me da vergüenza decírtelo, pero tengo que hacerlo…

Él alzó una mano, interrumpiéndola:

—¿Sueños de nosotros dos? ¿Nosotros dos… como nunca estuvimos?

—¡Sí! ¡Sí! —gimió la mujer—. Besándonos…, ardientemente. Más y más, y… —Sus ojos se abrieron, incrédulos—. ¿Cómo lo sabes? ¿Acaso…?

El viejo asintió con la cabeza. Varias veces. Luego extrajo el celular del bolsillo. Y en voz estrangulada:

—Tengo que hacerte una confesión —musitó—. Posiblemente me odies después. Pero es mi deber decirte todo.

Debió aspirar profundamente un par de veces, antes de que le fuese dable proseguir:

—Como dijiste antes… el mundo ha cambiado. ¡Oh, sí! ¡Y cómo ha cambiado! Vivimos en un contexto que…, ¿cómo expresarlo?... podría tomarse como la “ciencia ficción” de otros tiempos. Hoy existen cosas sorprendentes… jamás imaginadas incluso por los mejores autores de ese género. ¡Y mira que he leído a muchos! —Hizo una pausa, y luego continuó—. Posiblemente tú no sepas, o no te hayas enterado de lo que es la “IA”. Esto es un acrónimo…, una abreviatura, para ponerlo en palabras simples, de “Inteligencia Artifi­cial”.

—Ni idea —repuso la anciana, con voz levente fastidiada. No lograba discernir adónde iba él con esa perorata.

—Te explico: es un programa de informática que permite manipular imágenes… convertirlas incluso en vídeos, a capricho del diseñador. Es decir: que puede obligar a dos o más personas…, ¿cómo te diré?... a hacer algo que nunca hicieron… en forma virtual, claro, aunque muy realista—. Encogió un poco los hombros, insinuando una trémula sonrisa de disculpa—. Y yo…

No pudo continuar. Ella había palidecido intensamente, los ojos muy abiertos.

—No me dirás que…

Asintió, confuso. En su interior, deseaba no haber venido nunca. Pero al punto que habían llegado, comprendió, era imposible retroceder.

—Sí. Lo hice. —Levantó el pequeño y poderoso adminículo que tenía en la mano—. El resultado está aquí. ¡Y no tienes idea de cómo me abrasó la mente! ¡No te lo imaginas! —Y, tras corta vacilación, murmuró—: No podía…, no puedo dejar de mirarlos, una y otra vez…, una y otra…

La mujer estiró un brazo hacia él.

—Muéstramelo.

—Ehh… Mira, no me parece conveniente que lo veas. Tal vez…

Quiero verlo.

Él vio que no cabía discutir. Tecleó en el diminuto aparato, y ella notó que ter­minaba muy pronto. Como si fuese algo a lo que accedía con mucha frecuencia; varias veces al día, quizás.

Se sorprendió al ver una fotografía totalmente “inofensiva”, tomada décadas atrás, cuando trabajaban juntos. Él le mostraba unos dibujos, y ella los miraba con expre­sión aprobatoria. Levantó los ojos hacia él, en demanda de una explicación.

—Toca ese triangulito… en el medio de la imagen. Así.

Y entonces —mágicamente, pensó la mujer—, las figuras cobraron vida, se aproximaron una a la otra y…

Apartó la vista. Era imposible para él, todavía, descifrar la expresión de ella.

—¿Hay más? —fue la pregunta de la anciana.

—Muchos… más. Y cada uno… —enrojeció violentamente, pasando revista mental a aquellas escenas, de intensidad in crescendo…—. ¡No las mires! —exclamó.

—Tengo que verlas. Ahora ya no puedo detenerme por escrúpulos.

Fue una ordalía para ambos. Finalmente, el celular se desprendió de los dedos flojos de ella, cayendo sobre el lecho. Y el hombre vio aquel dedo, largo y artrítico, acusándolo.

—Tú… ¡me robaste el alma!

Él inclinó la cabeza hasta sumirla entre los flacos hombros. Sentía que el mundo entero, y el tiempo, pasado, presente, futuro, giraban en remolino mareante en su cerebro. Pero se recompuso. Alzó el rostro, y mirándola directamente a los ojos, aún asombrosamente azules, respondió:

—Es verdad. ¿Pero sabes por qué lo hice? ¡Porque en aquellos años no me dejas­te que te robase ni siquiera un triste beso!

Carlos María Federici nació en Montevideo en 1941. Diecinueve años después publica su primer cuento llamado “El secreto”, en la revista Mundo uruguayo. En 1968 debutó en la historieta con Barry Coal, una tira diaria donde los lectores debían descubrir al asesino. Desde entonces su labor en ese campo no se detuvo y actualmente es considerado un clásico del comic y de la ciencia ficción en Uruguay. En 1972 debuta como novelista con La orilla roja (Ed. Acme, de Buenos Aires, colección Rastros), donde aparece el detective Dorteros, protagonista de otras dos novelas. Al año siguiente, Federici crea Dinkenstein, una historieta de terror originalmente destinada a los E.E.U.U. pero que finalmente se publicó en Bélgica, Argentina y Uruguay. En 1974, aparece la novela Mi trabajo es el crimen y dos años después el libro Avoir du chien et être au parfum, editado en Bélgica por Bernard Goorden. Su obra literaria aparece en varias antologías de su país y del exterior. En la década de 1980 publicó los libros Dos caras para un crimen y Los ejecutivos de Dios. En 1980 lanza la historieta Jet Galvez, que vuelve a publicarse en 1984. En 1985 publica, en forma de folletín en El Diario, El umbral de las tinieblas, que reaparecerá, en formato libro, en sendas ediciones de 1990 y 1995. Tiempo después aparece El asesino no las quiere rubias, en 1991, Cuentos policiales, El nexo de Maeterlinck en 1993 y Llegar a Khordoora al año siguiente. Se lo considera uno de los pioneros de la ciencia ficción y el relato policial en Uruguay. Federici reconoce como influencias a Ellery Queen, Edgar Wallace, Ray Bradbury y John Dickson Carr.


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