Carlos
María Federici
Quién sabe, si supieras
que nunca te he olvidado,
volviendo a tu pasado,
¡te acordarás de mí!
Contursi y Maroni, “La
Cumparsita”
(Siglo
XXI. En cualquier lugar del mundo. Un hombre y una mujer.)
Cuando la criada, una
mujercita menuda y anodina, lo hizo pasar, no demoró en captar la esencia de
aquel ambiente. Pese a su edad, sus percepciones se mantenían extraordinariamente
agudas. Arrestos de lujo, pero oliendo a rancio, concluyó. Aunque todo eso
carecía de importancia frente al acelerado ritmo de los latidos de su corazón.
—Por
aquí —dijo la fámula.
Le
pareció que la madera del piso crujía desusadamente cuando penetró en el dormitorio
de ella, pero con seguridad era una ilusión de sus sentidos, bastante sobreexcitados.
No
pudo reprimir un parpadeo al enfrentarla. Reclinada en su lecho, sus sesenta y
pico de años parecían veinte más, debido a la cruel enfermedad que la consumía.
¡Qué diferencia con la imagen que él había atesorado –y manipulado en secreto–
desde aquellos años!
La
mujer se irguió un poco para mirarlo. Una semisonrisa se esbozó en sus labios
marchitos.
—Tienes
peluca —lo acusó.
—Para
quedar más lindo, ¿viste? —repuso él, lanzándole la socorrida respuesta.
Cayó
una cortina de silencio incómodo entre ambos. Hasta que ella dijo:
—¿Cómo
estás? —y, sin darle tiempo a contestar—: Suprime el “¿y tú?”. Ya ves cómo
estoy yo.
Luego
le indicó que se sentase, y él obedeció. Trató de acomodarse en la silla;
carraspeó. No sabía cómo continuar. Estaba sumamente intrigado. No se explicaba
por qué la mujer lo había mandado llamar por aquel abogado calvo, de gruesos
anteojos y tono de voz neutro, después de todos aquellos años. Él siempre había
supuesto que no abultaba siquiera como recuerdo casual en la seguramente
poblada memoria de ella, cuya agitada vida ya se manifestaba a los veintidós,
cuando se conocieron en la agencia publicitaria donde él era diseñador gráfico
y ella, modelo contratada.
Ella
permaneció largos instantes en silencio. Pero en su mente, la protesta gritaba:
Sueños.
¡Esos sueños recurrentes, noche tras noche; sueños removedores, intensos,
absorbentes, perturbadores…, inexplicables! Sueños que le sacudían fibras largo
tiempo adormecidas, forzándola, casi violándola. Sueños con él. Como los dos
habían sido una vez, mucho tiempo atrás, pero en forma distinta. Lo que nunca
había sido, ahora intentaba ser.
No
podía decírselo. No encontraba cómo. Pero sabía que finalmente iba a tener que
hacerlo; de lo contrario, ¿cómo descubrir lo que le estaba pasando?
Respiró
agitada, y se dio cuenta de que su conmoción era perceptible, al punto que él
se incorporó en la silla, extendiendo un brazo hacia ella. Lo detuvo levantando
una mano (una de aquellas manos cuyo roce, en un tiempo, él había ansiado
tanto); una mano ahora delgada y venosa, pero determinada.
—No
es nada —dijo—. Estoy un poco nerviosa, pero no es nada. Es que tengo que
preguntarte algo… algo que te puede sonar a locura o extravío… y no hallo la
manera de expresarlo. Es…
—Yo
también tengo que preguntarte algo, y lo haré sin rodeos; es mejor así. ¿Qué te
impulsó a llamarme, después de cuarenta años? Te confieso —y no pudo frenar el
enrojecimiento de sus mejillas de octogenario—, que siempre estuviste en mi
pensamiento; de hecho, te nombraba todos los días… hasta componía poemas con tu
nombre. Pero creía que por tu parte… —y bajó la vista, retorciéndose las manos.
La
mujer se volvió de lado, apoyándose en un codo huesudo, para enfrentarlo mejor.
—Tus
recuerdos de aquellos días, ¿siguen frescos, entonces?
Él
suspiró.
—Me
gustaría decir que no… pero mentiría. Aunque poco y nada pasó entre nosotros,
¿sabes?, siempre esperé que algún día… Pero los años se me echaron encima; quedé
solo con mi vida gris y monótona, hasta que… —y se detuvo abruptamente.
No
era tiempo aún. Palpó el bulto del teléfono celular en el bolsillo del saco,
pero no era el momento aún de sacarlo y mostrárselo. Tal vez no tuviera que
hacerlo. Tal vez…
—Sí
—dijo ella—. Los años nos aplastaron a los dos, cada uno por su lado. El mundo,
además, cambió tanto… No me pude adaptar. Después de que mi marido murió, me
recluí en esta casa. Tengo millones en el banco, pero no me sirven más que para
mantener a unos cuantos parásitos, entre ellos el abogado que te fue a buscar.
¡Ah, sí! Protestaba. Que cómo iba a hacer para encontrarte, si yo —vaciló un
poco— ni tu nombre recordaba… Lo siento, no puedo mentirte ahora. No lo
recordaba. Pero con lo que le pagué, ¡claro que sí!, el vejete inútil no podía
defraudarme... —Se detuvo. Era evidente que el habla la fatigaba. Pero él notó
que la sostenía una extraña excitación, capaz de sobreponerse a la debilidad de
su cuerpo. Continuó—: Te estarás quebrando la cabeza para comprender mis
motivos. No te critico. Ni yo misma los entiendo… No sé cómo explicarme… Verás.
En los últimos tiempos —y el rubor se apoderó de su rostro— tuve unos sueños
que… Sueños raros, que…, ¡ay, Dios!, me da vergüenza decírtelo, pero tengo que
hacerlo…
Él
alzó una mano, interrumpiéndola:
—¿Sueños
de nosotros dos? ¿Nosotros dos… como nunca estuvimos?
—¡Sí!
¡Sí! —gimió la mujer—. Besándonos…, ardientemente. Más y más, y… —Sus ojos se
abrieron, incrédulos—. ¿Cómo lo sabes? ¿Acaso…?
El
viejo asintió con la cabeza. Varias veces. Luego extrajo el celular del
bolsillo. Y en voz estrangulada:
—Tengo
que hacerte una confesión —musitó—. Posiblemente me odies después. Pero es mi
deber decirte todo.
Debió
aspirar profundamente un par de veces, antes de que le fuese dable proseguir:
—Como
dijiste antes… el mundo ha cambiado. ¡Oh, sí! ¡Y cómo ha cambiado! Vivimos en
un contexto que…, ¿cómo expresarlo?... podría tomarse como la “ciencia ficción”
de otros tiempos. Hoy existen cosas sorprendentes… jamás imaginadas incluso por
los mejores autores de ese género. ¡Y mira que he leído a muchos! —Hizo una
pausa, y luego continuó—. Posiblemente tú no sepas, o no te hayas enterado de
lo que es la “IA”. Esto es un acrónimo…, una abreviatura, para ponerlo en
palabras simples, de “Inteligencia Artificial”.
—Ni
idea —repuso la anciana, con voz levente fastidiada. No lograba discernir
adónde iba él con esa perorata.
—Te
explico: es un programa de informática que permite manipular imágenes…
convertirlas incluso en vídeos, a capricho del diseñador. Es decir: que puede obligar
a dos o más personas…, ¿cómo te diré?... a hacer algo que nunca hicieron…
en forma virtual, claro, aunque muy realista—. Encogió un poco los hombros,
insinuando una trémula sonrisa de disculpa—. Y yo…
No
pudo continuar. Ella había palidecido intensamente, los ojos muy abiertos.
—No
me dirás que…
Asintió,
confuso. En su interior, deseaba no haber venido nunca. Pero al punto que
habían llegado, comprendió, era imposible retroceder.
—Sí.
Lo hice. —Levantó el pequeño y poderoso adminículo que tenía en la mano—. El
resultado está aquí. ¡Y no tienes idea de cómo me abrasó la mente! ¡No te lo
imaginas! —Y, tras corta vacilación, murmuró—: No podía…, no puedo dejar de
mirarlos, una y otra vez…, una y otra…
La
mujer estiró un brazo hacia él.
—Muéstramelo.
—Ehh…
Mira, no me parece conveniente que lo veas. Tal vez…
—Quiero
verlo.
Él
vio que no cabía discutir. Tecleó en el diminuto aparato, y ella notó que terminaba
muy pronto. Como si fuese algo a lo que accedía con mucha frecuencia; varias
veces al día, quizás.
Se
sorprendió al ver una fotografía totalmente “inofensiva”, tomada décadas atrás,
cuando trabajaban juntos. Él le mostraba unos dibujos, y ella los miraba con
expresión aprobatoria. Levantó los ojos hacia él, en demanda de una
explicación.
—Toca
ese triangulito… en el medio de la imagen. Así.
Y
entonces —mágicamente, pensó la mujer—, las figuras cobraron vida, se aproximaron
una a la otra y…
Apartó
la vista. Era imposible para él, todavía, descifrar la expresión de ella.
—¿Hay
más? —fue la pregunta de la anciana.
—Muchos…
más. Y cada uno… —enrojeció violentamente, pasando revista mental a aquellas
escenas, de intensidad in crescendo…—. ¡No las mires! —exclamó.
—Tengo
que verlas. Ahora ya no puedo detenerme por escrúpulos.
Fue
una ordalía para ambos. Finalmente, el celular se desprendió de los dedos
flojos de ella, cayendo sobre el lecho. Y el hombre vio aquel dedo, largo y
artrítico, acusándolo.
—Tú…
¡me robaste el alma!
Él
inclinó la cabeza hasta sumirla entre los flacos hombros. Sentía que el mundo
entero, y el tiempo, pasado, presente, futuro, giraban en remolino mareante en
su cerebro. Pero se recompuso. Alzó el rostro, y mirándola directamente a los
ojos, aún asombrosamente azules, respondió:
—Es verdad. ¿Pero sabes por qué lo hice? ¡Porque en aquellos años no me dejaste que te robase ni siquiera un triste beso!
Carlos María Federici nació en Montevideo en 1941. Diecinueve años después publica su primer cuento llamado “El secreto”, en la revista Mundo uruguayo. En 1968 debutó en la historieta con Barry Coal, una tira diaria donde los lectores debían descubrir al asesino. Desde entonces su labor en ese campo no se detuvo y actualmente es considerado un clásico del comic y de la ciencia ficción en Uruguay. En 1972 debuta como novelista con La orilla roja (Ed. Acme, de Buenos Aires, colección Rastros), donde aparece el detective Dorteros, protagonista de otras dos novelas. Al año siguiente, Federici crea Dinkenstein, una historieta de terror originalmente destinada a los E.E.U.U. pero que finalmente se publicó en Bélgica, Argentina y Uruguay. En 1974, aparece la novela Mi trabajo es el crimen y dos años después el libro Avoir du chien et être au parfum, editado en Bélgica por Bernard Goorden. Su obra literaria aparece en varias antologías de su país y del exterior. En la década de 1980 publicó los libros Dos caras para un crimen y Los ejecutivos de Dios. En 1980 lanza la historieta Jet Galvez, que vuelve a publicarse en 1984. En 1985 publica, en forma de folletín en El Diario, El umbral de las tinieblas, que reaparecerá, en formato libro, en sendas ediciones de 1990 y 1995. Tiempo después aparece El asesino no las quiere rubias, en 1991, Cuentos policiales, El nexo de Maeterlinck en 1993 y Llegar a Khordoora al año siguiente. Se lo considera uno de los pioneros de la ciencia ficción y el relato policial en Uruguay. Federici reconoce como influencias a Ellery Queen, Edgar Wallace, Ray Bradbury y John Dickson Carr.

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