Ainur Kumarjánova
"El
bien que haces a tu madre es un jardín que plantas para ti mismo.
El
daño que le haces es una mancha que dejas en tu propio corazón."
En el extremo más
alejado del pueblo había una vieja casa.
El revoque de las paredes se
desprendía y los vidrios de las ventanas estaban opacos. Al caer la tarde,
aquella casa quedaba sumida en la oscuridad. Pero había una tristeza más
profunda que esa oscuridad. En aquella casa vivía sola una anciana ciega.
Tenía dos hijos. Los dos habían
caído en el alcohol.
Comprendieron demasiado tarde que
el alcohol no solo roba la razón, sino también la dignidad. Y cuando lo
comprendieron, ya era demasiado tarde.
—Oye, ¿qué queda todavía en la
casa? —preguntó el hijo mayor.
—Vendamos ese baúl. Hasta el hierro
vale dinero —respondió el menor.
—¿Y qué dirá mamá?
—¿Qué más da? Total, no puede ver.
Después de esas palabras, la casa
comenzó a vaciarse poco a poco. Se llevaron el baúl. Se llevaron la alfombra. Se
llevaron la vajilla. Hasta desapareció la vieja silla que estaba junto a la
estufa.
La anciana no veía nada, pero lo
percibía todo.
—Hijo... la casa está demasiado
silenciosa...
—¿Qué importa? Usted no puede verla
—dijo uno de sus hijos antes de cerrar la puerta de un portazo.
La anciana guardó silencio.
No es la ceguera de los ojos la
verdadera desgracia. La verdadera desgracia es la ceguera del corazón,
murmuró para sí.
También tenía dos hijas. Ellas la llamaban
por teléfono de vez en cuando.
—Mamá, ¿cómo estás?
—Estoy bien, hija.
—Ahora estoy muy ocupada. Iré más
adelante.
—Está bien, querida...
Ese "más adelante"
terminó convirtiéndose en años. La anciana nunca reprochaba nada.
Por las noches permanecía sentada
en la habitación oscura, levantaba las manos en oración.
—Señor, protege a mis hijos —decía—.
Ojalá nunca olviden el bien que recibieron de mí...
Un día su cuerpo comenzó a
fallarle. Ya no pudo levantarse.
—Hijo... agua...
Su voz apenas era un susurro. No
había nadie que la oyera. La casa quedó envuelta en un silencio absoluto. La
noche era larga. La oscuridad era más densa que nunca.
Y en medio de aquella oscuridad, el
corazón de la anciana madre latió por última vez.
Al día siguiente
llegaron sus hijos. Pero no para acariciar el rostro de su madre.
—¿Dónde están sus pendientes de
oro?
—Quítale ese anillo.
—Puede servirnos más adelante.
Durante un instante reinó el
silencio. La anciana permanecía inmóvil. Aquel corazón que había vivido
pronunciando la palabra "hijo" ya no pedía nada. La anciana vecina se
secó las lágrimas.
—Ay, hijos míos... —dijo—: Una
madre solo se recibe una vez en la vida. Su bendición no puede comprarse con
dinero.
Pero aquellas palabras tampoco
lograron atravesar sus corazones de piedra. Tomaron las joyas y se marcharon.
Y la madre, sola en aquella casa
oscura, emprendió en silencio su viaje hacia la eternidad.
La verdadera orfandad no
consiste en perder a los padres.
La verdadera orfandad es perder
su cariño mientras aún viven.
La peor enfermedad
de la vejez no es el dolor ni la enfermedad. Es la soledad. Las lágrimas
derramadas sobre la tumba por un hijo que nunca llamó a la puerta mientras sus
padres vivían no tienen ningún valor.
Esta no es una historia inventada. Es
una amarga verdad tomada de la vida. Porque hay casas cuya luz no la mantiene
encendida la electricidad, sino el amor de una madre. Y el día en que esa luz
se apaga, no solo la casa queda sumida en la oscuridad: también la humanidad.
Ainur Serikkyzy Kumarjánova es poeta
y traductora literaria. Nació el 10 de marzo de 1983 en la aldea de Semiyar,
distrito de Beskaragái, región de Abai. Es autora de los libros de poesía Sueño
precioso, Mis golondrinas, Pirámide, La caravana del alma
y La brisa de Beskaragái. Es miembro de la Unión de Escritores de
América del Norte, vicepresidenta para Kazajistán de la Asociación Literaria
Internacional CESART y miembro de la Academia de Literatura y Comunicación LiK
de Alemania. Ha sido galardonada en numerosas ocasiones en concursos literarios
internacionales. Sus poemas han aparecido en revistas literarias y antologías
internacionales de numerosos países. Actualmente dirige un taller literario en
la Casa de la Creatividad Infantil y Juvenil de la ciudad de Kurchátov, en la
región de Abai.

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