Finn Audenaert
Marius alterna la
mirada entre la taza sobre la mesa y la gran pantalla colgada de la pared. Le
irrita que su adversario lo imite. Bart también está ahora mirando fijamente la
pantalla.
El aroma del café le revuelve el
estómago. Tiene las manos sudorosas. En las imágenes ve cómo la superficie del
líquido oscuro comienza a agitarse. La diminuta cámara instalada dentro de la
taza muestra una figura apenas distinguible. En cambio, sobre la mesa, Marius
todavía no percibe movimiento alguno en la superficie.
Vamos, Anton, nada hacia arriba.
El café ya no debe de estar tan caliente.
Una música dramática estalla por
los altavoces del bar. La imagen de la pantalla se amplía varias veces. Un
nuevo filtro acentúa el contraste entre los distintos tonos. Los intentos de
Anton por alcanzar el borde de la taza aparecen ahora con absoluta nitidez. A
Marius le parece que el hombrecito está exhausto. El borde resulta demasiado
empinado. Anton vuelve a resbalar.
¡Ahí está la cucharita! Agárrate
de ella, como practicamos.
Pero el hombrecito no encuentra la
cuchara. Intenta impulsarse en vano sobre el terrón de azúcar que se desmorona
en el fondo de la taza. Marius no soporta más la escena. Se pone de pie.
Enseguida siente la mano fría de Bart sobre su hombro.
Las palabras de su rival suenan
tajantes:
—Si abandonas la mesa antes de
tiempo, tendré que denunciarte ante la federación por infringir el reglamento.
Marius vuelve a sentarse, abatido.
Reglamento o no, apartar la
vista sería una traición. Anton merece que vea cómo termina.
Cuando su hombrecito emerge
flotando, sin vida, Marius reprime un sollozo.
—¡Ya te lo había dicho! —vuelve a
oír la voz estridente de Bart.
El vencedor le sonríe con
suficiencia.
—El tuyo ni siquiera aguantó dos
minutos ahí abajo. Vamos, paga.
Suspirando, Marius abre la
aplicación de transferencias. Mientras envía el dinero, intenta apartar de su
mente la muerte de Anton. Ya ni siquiera se atreve a mirar al hombrecito de
Bart, que hace un momento se secó tranquilamente en el borde de la mesa.
Hoy no es mi día. Perdí tres
apuestas. ¡Tres! En el bolsillo solo me quedan dos hombrecitos. ¿Cómo voy a
llegar alguna vez a la liga profesional? Allí ni siquiera hace falta apostar
para ganarse la vida. Las casas de apuestas te patrocinan. Parece un sueño muy
lejano...
Marius asiente con frialdad hacia
su adversario, se acerca a la barra y pide la cuenta. Para colmo, el perdedor
paga todas las tazas de café. Sale del bar con el ceño profundamente fruncido.
Mientras se dirige a la puerta oye decir a Bart:
—¿Alguien quiere enfrentarse
conmigo? Me sobran hombrecitos y pienso quedarme aquí hasta el mediodía.
En una gran ciudad,
Marius y Bart vuelven a enfrentarse. El marcador indica 1 a 1.
Qué distinto es el escenario al del
campeonato provincial.
Marius pasea la mirada por el
amplio recinto. Unas gruesas cuerdas rojas rodean la plataforma. Detrás de
ellas, una multitud de espectadores contempla fascinada la competición. Marius
da un golpecito al logotipo del patrocinador estampado en su camiseta y luego
se vuelve hacia la cámara. En el teléfono comprueba que la mayoría de los
espectadores apuesta por su rival.
Esperen un poco. Estoy
completamente preparado.
Comienza la segunda ronda.
El público ruge:
—¡Microondas! ¡Microondas!
¡Microondas!
Marius observa la figura encerrada
dentro del electrodoméstico. Espera con ansiedad cuál de los hombrecitos
explotará primero bajo el calor insoportable.
El hombrecito de Bart es muy
musculoso. Permanece erguido con admirable firmeza.
Esa debe de ser su mayor
fortaleza.
El hombrecito de Marius, Alexander,
corre peor suerte. Estalla en mil pedazos de forma espectacular. Salpicaduras
de sangre cubren la parte delantera del horno de microondas.
El marcador señala 2 a 1.
Bart saluda al público enardecido.
Marius permanece imperturbable. Mete la mano en un bolsillo y saca a su último
hombrecito.
Resuena el gong. Comienza la final.
Un oficial sopla un puñado de arena
directamente a los ojos del nuevo hombrecito de Marius. El pequeño Frederik
agita desesperadamente los brazos para protegerse de la tormenta de arena.
Marius asiente con satisfacción.
Así es como te enseñé. Resiste.
Si lo haces, cumpliré mi promesa. Esta noche podrás pasear fuera del terrario,
Frederik.
El hombrecito de Bart no corre la
misma suerte. Cae de rodillas entre toses. Poco después queda completamente
sepultado bajo la arena.
Satisfecho, Marius dirige una
mirada a Bart. El rival recoge apresuradamente a su hombrecito exhausto.
Algunos granos de arena caen sobre el escenario. Bart pone cara de pocos
amigos.
Ja... Ya se imagina lo que
viene.
Mientras tanto, Frederik resiste
admirablemente. Se inclina apenas hacia atrás bajo el cálido soplido del
oficial, pero no cae. La arena le golpea el rostro sin descanso. A Marius le
gusta verlo luchar. Entonces oye la voz del comentarista.
—Cuarenta y ocho... Cuarenta y
nueve... ¡Tiempo! Cuarenta y nueve segundos. Marius, del equipo BetAllUWant,
establece con su hombrecito... veamos... con Frederik, el nuevo récord
provincial. ¡Una sorpresa extraordinaria! A veces un patrocinador sabe asumir
riesgos calculados.
Los aplausos llenan el recinto.
Marius sonríe ampliamente a la cámara y levanta el pulgar.
¡Lo conseguí! Menos mal que
durante las últimas semanas sometí a mi pequeño ejército a un campamento de
entrenamiento tras otro. También fue inteligente entrenarme yo mismo. Me
faltaban paciencia y sangre fría. Me alegro de haber repasado cada noche todos
los escenarios posibles de competición. Todo el esfuerzo valió la pena.
Marius extiende la mano por encima
de la mesa hacia Bart. El derrotado se encoge de hombros antes de
estrechársela.
—Nunca pongas en juego a tu mejor
hombrecito demasiado pronto, Bart. La prueba del microondas es la favorita del
público, pero la final vale el doble de puntos.
Esa noche, Marius
limpia con esmero su trofeo. Lo contempla desde todos los ángulos.
Sea nuevo o no, voy a hacerlo
brillar.
Ha colocado junto a la mesa un
pequeño recinto de recreo, al lado del reluciente trofeo. A través de la
rejilla observa al diminuto Frederik caminar de un lado a otro sobre la gruesa
alfombra. Marius se levanta y abre una ventana. Aspira profundamente el aire de
la noche.
—Lo prometido es deuda, Frederik.
Tendrás un par de horas fuera de tu terrario. ¡Disfruta del aire fresco!
Se vuelve y saluda con la mano al
hombrecito. Frederik da pequeños saltos de alegría y le devuelve el saludo.
Los ganadores descansan poco.
Las rondas clasificatorias para el campeonato nacional comienzan dentro de dos
meses. Mañana compraré nuevos hombrecitos en la tienda de la calle principal.
Frederik podrá recuperar fuerzas mientras entreno a mis nuevos reclutas. La
vida sonríe a mi equipo y a mí. El deporte de élite es maravilloso.

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