sábado, 6 de diciembre de 2025

TRICOFOBIA

Robert Gion

 

(…) probablemente también eso formaba parte de algo más importante, pero tengo que reconocer que a Ramona la encontré a finales de mes, una tarde de sábado, tirada en la cocina, con una toalla sucia enrollada alrededor de la cabeza, con los tobillos atados con una cuerda a una de las patas de la mesa y con los pezones perforados por un fino hilo de alambre galvanizado, pasado por debajo del revestimiento del fregadero y luego enganchado a los elementos del radiador. Tenía el cuerpo cubierto de moretones y quemaduras de cigarrillo. En las costillas se veían garabatos hechos con bolígrafo, y todo el tatuaje que le cubría el hombro derecho, subiendo en una espiral llena de hojas por el cuello y enroscándose en la nuca, había sido rasgado con una hoja de afeitar.

Una verdadera red de cortes le cubría la barbilla y la mandíbula. En un muslo, torcido y sujeto con el resto de un elástico, colgaba un pedazo de bombacha hecha jirones, y entre los dedos de los pies apretaba un trozo de tela del que aún colgaba un botón.

—Jesús…

Llamé a Bobu desde el living y entre los dos le desatamos las piernas, luego empujamos la mesa hacia la pared. Incluso a la débil luz que entraba entre las persianas entreabiertas se veía cuánto pelo le había crecido en el cuerpo en las últimas semanas.

En las axilas se extendían grandes mechones, pegoteados de sudor. La piel de los muslos estaba infectada y enrojecida alrededor de los pelos, y en las areolas de los pechos habían surgido varias hileras negras de rizos, manchados de polvo y sangre. Por otra parte, Bobu apenas se tenía en pie de lo borracho que estaba y resbaló un par de veces en la mugre del piso: la heladera, olvidada abierta, se había descongelado, por todas partes no había más que charcos y rebanadas de pan y de tomate caídas de la mesa. El tacho de basura estaba patas para arriba, volcado en la puerta del pasillo que daba a la entrada, y Ramona yacía desnuda, con las piernas abiertas sobre las baldosas, y yo le entreveía el cuerpo a través de una miríada de circulitos y descargas de colores que me fulguraban en el rabillo del ojo.

—¡Hombre!, ¿y ahora qué hacemos? —preguntó Bobu—. No es como la otra vez. O sea… ¡fíjate nomás!

No respondí.

Tomé un vaso de agua de la canilla y luego intenté sacar el alambre galvanizado de los pezones de Ramona. Al final lo desprendí del radiador, se lo enrollé por los hombros, la agarré por la nuca y, con Bobu sujetándola de los tobillos como podía, la arrastramos hasta el sillón cama del living, en medio de los paquetes de papas fritas y las botellas vacías de cerveza.

En la tele hablaban del efecto nocivo de las dietas con sal marina y manzanilla, y eso, también, formaba parte de algo más importante: yo escuchaba con una oreja y miraba los muslos peludos de Ramona, las rodillas golpeadas, los labios atravesados por grietas y los párpados hinchados, llenos de venitas, los mechones enmugrecidos que salían de debajo de la toalla atada con un nudo en la nuca, tirando hacia arriba de la piel de la frente, y luego a Bobu, que se había desplomado en un sillón y casi ni respiraba, con la camisa empapada de sudor, sentado con sus brazos flacos, llenos de pecas, cruzados sobre la panza.

El pubis de Ramona, arañado bajo los pelos, se encharcaba en una sustancia viscosa amarillenta que rezumaba de las pocas heridas que tenía bajo el ombligo. Su cuerpo se arrugó torpemente en el sofá desplegado. Los brazos colgaban sin fuerza, la cabeza estaba torcida hacia un lado, y la piel parecía destilar algo mohoso, hinchado, abarcando lentamente sus huesos, atrapándolos en un cruel y lamentable agarre. Entre sus labios pude ver la punta de su lengua.

—¿Qué hacemos ahora? —dijo Bobu.

Me senté en la alfombra, junto a la estufa fría en la esquina de la habitación. Cerré los ojos, tragándome de a poco el bulto que me subía desde el estómago, y miré por la ventana hacia los árboles de enfrente y los techos de tejas de las casas.

—No podemos hacer otra cosa que esperar —le contesté al cabo de un rato.

Hacia la tarde, sin embargo, el pelo ya había cubierto el sillón, la alfombra, y crecía en un pelaje denso y suave alrededor de las patas de la mesita del televisor.

Lo sentía escabullirse entre los dedos, rodearme las muñecas: subía por los antebrazos en mechones largos, que se fundían a la altura de los hombros, hacía bucles debajo de la remera, saliendo por las mangas, me ceñía la cintura con un grueso cinturón trenzado. Había rodeado el sillón y se había enrollado varias veces alrededor de la biblioteca, inmovilizándola en un punto de apoyo sólido desde donde se desplegaba hacia las cuatro esquinas del cuarto, en franjas anchas y blancuzcas de caspa.

Se había tragado incluso la pierna de Bobu hasta más arriba de la rodilla y trepaba en un mechón castaño, despeinado, frente a la ventana, entre las puntillas de la cortina, arrancando del techo la guía de la cortina.

Bajo el peso de las pestañas enredadas en ramas ásperas a la cabecera de la cama, mezcladas con el pelo del cuero cabelludo y coladas por detrás del revoque de las paredes hasta por encima del marco de la puerta, los párpados de Ramona habían cedido, hundidos en el líquido barroso de las órbitas.

El vello entre las piernas se alargaba ahora, abundante y duro, en las fantasías de un matorral arborescente, como un emparrado sobre el cuerpo envuelto en las cintas de los mechones de las axilas.

Me deshice como pude del enredo de pelos, zarandeé a Bobu y luego, después de ayudarlo a sacarse las medias y los zapatos, nos fuimos a la cocina y nos sentamos a la mesa empujada hacia la alacena por una bola apelmazada, llena de cáscaras, que, después de reunir todas las alfombritas del pasillo, había metido una punta entre las bisagras de la puerta de la cocina.

Las ventanas estaban completamente tapadas. Bobu agarró una botella de vino, se sirvió un vaso y se lo bajó de un trago. Se sirvió otro, luego me echó a mí también en una taza como hasta la mitad, después tiró la botella en la pileta y me miró con unos ojos legañosos, como dos agujeros en un pedazo de hígado podrido.

El pelo se había arrastrado tras él, le había vuelto a agarrar los tobillos. Subía lentamente por las pantorrillas hacia los muslos. Yo agarré un cuchillo del soporte, lo corté y corté también los mechones que empezaban a salir de la carcasa del fregadero. Después me senté en lo que quedaba de una silla, pero sentía vagamente cómo el pelo se me enrollaba en las muñecas: el estómago me latía levemente, memorizaba cada contracción y la repetía sin descanso, el pelo se escurría sibilante por debajo de la puerta de la cocina y yo pensaba en los pechos de Ramona, en los pezones rojos estrangulados en el apretón de los mechones, en la carne agujereada por los pelos duros clavados en las paredes; luego un rayo de luz brilló un instante en una esquina del vidrio, se apagó sobre un rizo negro que descendió hasta encima del hule y empezó a ondularse junto a los platos, retorciéndose y deslizándose por una silla.

Busqué la taza.

En el bolsillo me quedaba un solo cigarrillo. Lo encendí con un encendedor de la alacena y me recosté en el respaldo.

—¡Que me lleve el diablo…!

El pelo había arrancado la puerta de la cocina de las bisagras. La había volcado en el pasillo, junto a la heladera, y ahora se inflaba en bolas espesas debajo de la cocina y cerca de la pileta, por debajo de las sillas y entre las puertitas de la alacena, arrastrando hacia afuera, sobre las baldosas, los platos y los cubiertos.

Con un ojo veía el cigarrillo encendido en la comisura de la boca, con la punta enrojecida bajo las volutas de humo.

Luego se oyó un ruido fuerte de vidrio roto, algo me golpeó en la nuca y Bobu empezó a moverse y a aferrarse a las sillas.

Se le desfiguraba la cara, estiraba brazos y piernas, buscaba todo el tiempo echar los codos hacia atrás. De vez en cuando se lanzaba hacia la puerta, con los ojos desorbitados: yo lo miraba desde la silla, con la punta enrojecida cada vez más cerca de la boca, retorcida como un alambre; Bobu me mostraba las axilas, el pecho, la espalda, sacudía la cabeza, hacía con los labios gestos desordenados, como si quisiera justificar el ritmo con el que llevaba el cuerpo de la mesa a la alacena y a la ventana, ahora rota. Por otra parte, a mí me daban ganas de vomitar, pero ya no me veía las manos, como si importara, y Bobu había estirado una pierna sobre el alfeizar, con la rodilla doblada hacia afuera, y se sujetaba con la otra, atrapada entre la alacena y la pared, esforzándose por mantener el equilibrio.

No sé qué me decía, pero me llegaba su aliento, me pasaba por encima de los hombros: el olor a alcohol y a pescado en conserva y chauchas con ajo, y la tela de la camisa deshilachada, escapándose de delante de mis ojos en esa nube de transpiración y olor a vino, volando por la ventana, en jirones, junto con las macetas y el estante de los cubiertos.

A la derecha, en la pared resquebrajada, había aparecido un bulto erizado de pelo, arrastrándose hacia la pileta. Bobu intentaba refugiarse en el cráter abierto de repente en las baldosas, pinchado por tenedores y con el pelo infiltrado en la piel rota en las articulaciones de los codos. La pierna que quedaba en el marco de la ventana flameaba agitada por los mechones que salían al patio como la hiedra por las paredes. Ambas manos se le habían inmovilizado ahora por encima del pene. El pelo le escalaba el pecho, le tanteaba las fosas nasales, y la piel despellejada de los codos se balanceaba agujereada; la lengua arrancada se le había extendido por las mejillas, tironeada por dos pelos colados tras las manijas del mueblecito de las especias, y la piel había cedido en las caderas, atrapada por un mechón como un gancho, insinuado a lo ancho de los riñones.

Un hueso ensangrentado me pasó de golpe junto a la oreja y se clavó en la tapa levantada de la cocina.

Bobu me miraba ahora desde dos lugares de la cocina al mismo tiempo y, viniendo desde el pasillo, una nube de caspa y costras diminutos casi me dejó ciego, estallando por las grietas de la puerta.

Apreté el cuchillo en la mano y salí disparado por el pasillo de la entrada. Una botella vacía de vino me golpeó la espalda y luego, arrebatada por un soplo invisible, se lanzó contra la heladera hecha pedazos. Pisé los restos del perchero y encima de un montón de cuadros, agarré una manija y me arrastré hacia el living. El patio de la casa había desaparecido entre las ventanas y las puertas, las paredes se habían corrido, la ducha caía con presión sobre la cama del dormitorio y esta hincada con las patas en la estufa que vomitaba bolas de barro y pelo enmugrecido. Avancé un metro más, me detuve.

Un objeto móvil, brillante y deforme me rozó una mano y se escurrió por una cañería que brotaba del parqué, así que di un paso hacia una grieta que pasaba junto a mí y me tiré al otro lado. El pelo me rozó los tobillos. Me abrí paso por un montón de cajas de cartón, esquivando un montón de azadas y rastrillos; luego, con los hombros arañados, me rodé atravesado sobre un caño y junto a una caja vacía, y después eché a correr por un pasillo corto cerrado por una alambrada y doblé a la derecha. El pulso, desbocado, subía y bajaba, desde la cima de mi cabeza hasta la planta de mis pies.

Después de volver a cortar los pelos aferrados a las muñecas, me debatí y salí por el marco de una nueva grieta, por detrás de un trozo de alambrado. Respiraba mucho mejor: cerca de mí apareció una fisura por la que se coló, rugiendo, una madeja de pelo que dejó al descubierto la curva de una manija colgando de lo que quedaba de una puerta. Me agarré enseguida de ella, la apreté y me desplomé, rodeado de una nube de caspa y polvo, sobre el sillón del living, luego salí volando con él en brazos por las puertas abiertas del garaje.

Un instante vi la calle frente a la casa, encorvada como una correa ondulante, después se alzó una ola de mugre, me estalló en la cara y avancé durante unos segundos a ciegas, con la boca llena del gusto del revoque, tropezando con tablas y trozos de cascotes.

—¡Al carajo, al carajo, al carajo!…

Apenas conseguí abrir los ojos, me lancé por el espacio entre las dos puertas y de golpe me encontré afuera, en el caminito frente a la casa. El cerco se había venido abajo. Salté por encima de los restos y un estrépito pavoroso se elevó detrás de mí, acompañado de un ruido de derrumbe, luego un soplo poderoso, ardiente, me golpeó en la nuca y me catapultó a la calle.

Oía a lo lejos gritos, tenía la impresión de ver a veces sombras agitándose entre las casas vecinas, el asfalto recalentado había empezado a resquebrajarse, grietas negras se multiplicaban bajo mis pies a una velocidad increíble. Tropecé y seguí corriendo, arrastrando los harapos de la ropa desgarrada por el soplo de la explosión. El pulso se me había instalado en la garganta, y desde allí los golpes del corazón me retumbaban en la cabeza y en el pecho, tan fuerte que me mareaba y perdía el equilibrio a cada latido.

Poco después vi las casas de las afueras, la estación de servicio, los campos de maíz. Giré y me metí directamente por el sembrado, con las hojas filosas marcándome la cara y los hombros: corría sin detenerme, seguía con la sensación de que la tierra cedía bajo mis pies.

Corrí así hasta quedarme sin aliento, luego, casi sin sentido, me quedé un momento de rodillas, con la frente en las palmas que me ardían.

Había salido del maizal, frente a mí se extendía un campo de trigo y, más allá, se veía un bosquecillo: las siluetas grises de los troncos, las hojas sacudidas por el viento. Me levanté y me senté. La ropa me colgaba en tiras, me irritaba, me la saqué con brusquedad y la tiré a un lado. Desnudo y con el cuerpo lleno de raspones, me acurruqué en una hondonada forrada de pasto y estiré las piernas, con la espalda apoyada en el pequeño talud de tierra. Un segundo me quedé así, pero cuando abrí los ojos estaba saliendo el sol. Había dormido allí toda la noche. Tenía las manos y los muslos entumecidos, pero por lo demás no me dolía nada, el pulso se había calmado, solo me zumbaban un poco los oídos.

Al cabo de un rato, reuní coraje y emprendí el regreso a la ciudad. Llegué frente a la casa casi una hora después. No había un alma en la calle.

Me escurrí desnudo entre los escombros y busqué un hueco por el que entrar, torciéndome los tobillos entre planchas de aglomerado y fragmentos de machimbre. Junto a la puerta rota de la cocina, una lámpara de mesa se había quedado congelada en equilibrio, sostenida por una tostadora y una cacerola roja. La empujé con el pie y entré.

Los destrozos eran tantos que no podía registrarlos todos a la vez, y cada uno por separado me agotaba.

En un rincón, cerca de la pileta volcada, vi un pedazo de Bobu, no sé exactamente qué era, de momento no tenía demasiada importancia, toda mi atención se concentraba en el resto de escalera apoyado en la pared del pasillo. Con gran esfuerzo subí al primer piso y revisé una por una todas las habitaciones.

A Ramona la encontré en el dormitorio pequeño, seca y arrugada, con las piernas abiertas encuadrando una radio. El pelo se había marchitado, se le había desprendido de la cabeza y de las axilas, la vulva estaba fría y pelada, como un pedazo de corteza vieja. Todavía tenía el alambre pasado por los pezones. Cuando me acerqué y la toqué, el cuerpo vibró levemente y soltó un susurro de pasto seco.

Me agaché, agarré el alambre e intenté levantarla. Los pechos cedieron y se desprendieron del tórax, dejando atrás dos agujeros negros, de bordes deshilachados. Las tetas secas se balanceaban en el alambre: el cuerpo de Ramona estaba completamente vacío, sin rastro de órganos ni huesos, una cáscara deshidratada, rígida, surcada de arrugas. Me colgué el alambre con los pechos al cuello, la levanté en brazos y conseguí bajar con ella a la planta baja, dejándola luego en lo que quedaba del living. Empezaba a tener sed y hambre; de camino a la cocina me encontré en el piso un trozo sucio de pan, era suficiente por el momento; entré por una grieta del muro y empecé a buscar a Bobu.

No sé si estaba entero, pero encontré gran parte de él entre los escombros y llevé todo lo que pude encontrar al living, junto a Ramona: cargaba los trozos aun chorreando sangre con una olla agujereada, los transportaba y los volcaba plaf, plaf junto a Ramona, plaf, plaf, plaf. Cuando estuve seguro de que no quedaba nada entre los cascotes, tiré la olla, agarré un cuchillo de carnicero que había visto antes caído detrás del revestimiento del fregadero y volví al living.

—Así… ahora está bien…

El sol entraba por un agujero del techo, iluminando la habitación como en la palma de la mano, los dientes de Ramona brillaban entre los labios partidos, las tripas de Bobu relucían enroscadas.

Clavé el cuchillo en la panza de Ramona, rajé de arriba hacia abajo –se rompía con mucha facilidad–, luego agrandé el hueco y empecé a meter dentro los trozos de Bobu, uno por uno, en la cáscara del cuerpo seco. No me llevó mucho tiempo hacerlo.

En el momento en que miré los pechos ensartados en el alambre, dudé un instante, pero al final decidí dejarlos aparte; después cerré como pude la abertura sobre las tiras de carne y alcé el cuerpo arrugado en brazos. Un velo de neblina humeante se me tendió enseguida sobre los ojos: se disipó lentamente a medida que avanzaba tambaleándome hacia la cocina y luego afuera, al jardín.

Había calentado. El cuerpo entre mis brazos se ablandaba, la sangre se escurría por una fisura en los riñones y me chorreaba por los muslos. Elegí un lugar al pie de un manzano, cavé allí un pozo y con mucho cuidado coloqué el cadáver rellenado con los trozos de carne en el fondo.

—Así… Ahora solo hace falta…

Después de cubrir la fosa, arrastré encima hojas y ramas para que no se viera nada y volví a la casa. Los pechos marchitos de Ramona los metí en una bolsa, y la bolsa la escondí en un placar de arriba, entre camisas y toallas sucias.

En los días siguientes me ocupé de la casa. Hice algunas reparaciones, sobre todo en la cocina y el baño: dormía en el living, en el único sillón que había quedado intacto y una noche soñé algo que olvidé, pero luego lo soñé a Bobu: estaba mirando fijamente hacia mí por los agujeros del pecho de Ramona; me miraba y no decía nada, después, la noche siguiente, soñé algo tan horrible que me desperté a los gritos, pero ya era de día, el sol entraba en la habitación, me daba en la cara y, antes de llegar a despabilarme o a frotarme los ojos, ya había olvidado por qué me había despertado.

De todos modos, en las semanas que siguieron, las pesadillas se diversificaron, se volvieron mucho más claras y vívidas, soñaba la casa tal como era antes de encontrarla a Ramona, cómo me había hecho amigo de Bobu, luego otra vez a Bobu mirándome, colgado con las manos de los agujeros del pecho arrugado de Ramona e intentando, creo, arrastrarse hacia afuera. Arrastrarse hacia mí…

Con el tiempo, sin embargo, me acostumbré: si sueño algo, lo que sea, me despierto, grito un poco y, si ya amaneció –y la mayoría de las veces es así–, voy a la cocina, tomo mi café y me pongo a trabajar. Las pesadillas son como parientes que me visitan de tanto en tanto, por los que no hace falta preocuparse. Además, desde hace un tiempo me esfuerzo por beber cada día la mayor cantidad posible de té de manzanilla con sal marina (…)

Robert Gion nació en 1978 en Tecuci y pasó su juventud viajando por Europa. Vivió un tiempo en Chipre y luego en Grecia. Apasionado de la literatura de terror, es un gran admirador de Serge Brussolo, Graham Masterton y Stephen King. Ha publicado relatos y cuentos en las revistas Gazeta SF, Helion online, Galaxia 42, CSF, Utopiqa, Artzone SF, Ficțiuni.ro y Revista de Suspans. Fue incluido en la Antología de Ficción Policial y de Misterio Rumana (publicada por Paralela 45) y en las antología CSF de 2019, 2020, 2021, 2022, 2023". Debutó con su propio volumen en la colección de relatos Elisa, que recibió el Premio Antares al mejor debut en una novela de ciencia ficción, fantasía y humanidades de 2020. Su segundo volumen de relatos, La oscuridad del mañana, se publicó en noviembre de 2022. El tercero, La segunda F de la felicidad, publicado en octubre de 2023, recibió el Premio Romcon en la categoría de volumen de prosa corta. En septiembre de 2024 se publicó la novela de terror Monstruos en la orilla.

viernes, 5 de diciembre de 2025

CACTUS

Boris Mišić

 

El vendedor ambulante bajó la mirada. Hacía tiempo había aprendido que ante la nobleza había que mostrarse humilde. Los nobles no toleraban las miradas directas ni los ojos demasiado vivos. Un mal presagio, pensó; esto no augura nada bueno. Observó al príncipe Relan y a su séquito, y no le gustó nada lo que vio. Los ojos del príncipe, enrojecidos por el alcohol y el insomnio, lo miraban con malicia. Su ropa estaba arrugada, seguramente por haberse revolcado con alguna cortesana, y el cabello, revuelto y grasoso, anunciaba que el príncipe no estaba en su mejor estado. Era famoso por su temperamento impetuoso, y el vendedor esperaba que todo terminara en insultos y burlas, que no le patearan la mercancía ni tiraran las flores.

El vendedor miró el cactus que llevaba siempre consigo en una pequeña maceta. La mañana era fría y brumosa, y le preocupaba si la planta estaba recibiendo suficiente luz. Le susurró con suavidad, acariciando distraído las diminutas y punzantes espinas.

El príncipe Relan estaba de mal humor. Aquella noche había fallado dos veces, cosa que jamás le había ocurrido antes. Demasiada bebida o demasiada comida grasienta... Esas malditas perras seguramente ya se lo habrían contado a todo el mundo. Antes del mediodía toda la ciudad sabría que el príncipe no había podido… Maldición, ¿qué hace ese campesino? ¿Habla con el cactus?

¿Te burlas de mí, eh?, murmuró para sí. ¿Crees que estoy tan borracho que no me daré cuenta?

El murmullo del agua sacó al vendedor de su ensoñación y de sus susurros al cactus. Por un instante no comprendió de dónde venía el sonido. Abrió los ojos y su rostro adoptó una expresión de horror. El príncipe, con una estúpida sonrisa, estaba orinando directamente en la maceta de su querido cactus.

El príncipe no alcanzó a reaccionar cuando la mano del vendedor, rápida como un rayo, se estrelló contra sus ingles. Un largo y profundo: “Aaaaaaaannnghhhhh” resonó antes de que el príncipe acabara de rodillas, mientras un dolor atroz le atravesaba la hombría. La escolta del príncipe se despejó súbitamente. Desenvainaron sus espadas, listos para hacer pedazos al desdichado.

—¡No! —gritó el príncipe—. Dejen con vida a este desgraciado. Mañana al mediodía, en la Puerta Driria, te desafío a duelo, enano. Tendré el placer de cortarte en pedazos. —El príncipe se puso de pie con gran esfuerzo y pateó la maceta del cactus. El vendedor rugió de rabia, pero de algún modo el cactus no se partió. A disgusto, el príncipe sintió un primer destello de respeto hacia aquel hombre que defendía su mísera propiedad con la vida. Hizo señas a sus guardias para que lo soltaran y añadió—: Mañana… no te atrevas a faltar, o tú y tu maldito cactus acabarán en el Pozo de las Pulgas.

El duelo fue una simple formalidad. Un asesinato frío, o más bien una tortura. El príncipe era joven, fuerte y un espadachín entrenado.

El viejo vendedor, con su miserable abrigo y sus pantalones desgarrados, provocaba burlas. No acostumbrado a una espada, se defendía torpemente, incapaz de evitar un solo ataque del príncipe. Este lo hirió pronto en el brazo derecho y la rodilla izquierda. Luego en el brazo izquierdo y la rodilla derecha. Le hizo varios cortes en el pecho y las costillas. Lo torturaba lentamente, infligiéndole un dolor creciente. Cuando consideró que había cobrado lo suficiente por el golpe en sus partes, lo derribó de un tajo que le cortó las piernas por encima de las rodillas.

La espada cayó de las temblorosas manos del vendedor. La sangre empapó la basta tela hecha jirones. El príncipe le clavó la espada en el vientre y después le cortó la hombría.

A pesar del terrible dolor, el vendedor no gritó ni suplicó, pero sus ojos pedían misericordia. Una misericordia más profunda, no el simple miedo a la muerte que se acercaba. El príncipe sintió incomodidad bajo aquella mirada. Deseó acabar el duelo lo antes posible. Le preguntó, como dictaba la costumbre, si tenía algún deseo o alguna última palabra.

—Por favor, Alteza… apiádese… en el bolsillo de mi abrigo… lea… se lo ruego… el cactus, cuide de mi cactus…

El príncipe atravesó el corazón del vendedor. Debería sentir satisfacción por haber destrozado a ese idiota que había osado atacar a la nobleza, pero solo sintió cansancio e indiferencia.

Maldición… ¿qué lo llevó a morir por un maldito cactus?

 

En algún momento de aburrimiento, saturado de orgías interminables e intrigas de palacio, el príncipe abrió el pequeño diario que había encontrado en el abrigo del vendedor. Las primeras páginas estaban llenas de dibujos, unos a carboncillo, otros a pluma. Todos representaban lo mismo: una hermosa joven de largo cabello negro, de rasgos delicados, cuyo rostro irradiaba serenidad y belleza. Su sonrisa melancólica arrancó al príncipe un gesto de admiración. El texto que acompañaba los dibujos era fragmentado, apenas legible, como escrito por alguien perturbado o muy nervioso.

 

Me duele tanto, querida. Te miro cada día y no puedo oír tu voz, ni ver tus lágrimas y alegrías, ni escuchar tus sueños… ¿Tienes frío? ¿Recibes suficiente luz? Esta condena es difícil de soportar… me horrorizan los inviernos. Temo que tú…

 

El príncipe leyó a saltos. El texto lo arrastraba hacia un torbellino oscuro.

 

Maldito sea el día en que no quise tragarme mi orgullo. Los hechiceros son gentuza, y Traganijan en especial. Dijana, hija mía. Eras la niña más hermosa del reino. Si no hubiera rechazado a ese maldito pretendiente, esto no habría ocurrido. Ay. Un padre orgulloso no quiso darte a un viejo calvo y feo. Lo pagué caro. Me castigó terriblemente, hija mía. Transformar a alguien en otra forma de vida es el nivel más alto de magia, y no hay hechizo que pueda revertirlo. Te veo, sé que existes, absorbes los rayos del sol y te alegras de su luz. A tu padre eso le basta. Pero me duele no poder oír tu voz. Mucho.

 

Pronto hubo cambios importantes en el palacio.

El primero visible fue la cabeza del hechicero Traganijan clavada en una pica, dejada allí para mirar desde las almenas a los visitantes con sus ojos muertos.

Se decía que los hombres del príncipe lo habían sorprendido dormido, cuando el poder de un hechicero es más débil. Cesaron las borracheras del príncipe, y sus revolcones con prostitutas, y se volvió más indulgente con los pobres.

Sin embargo, el cambio más sorprendente, del que murmuraba toda la ciudad, tenía que ver con el cactus. La planta fue llevada al palacio poco después del duelo. Los cortesanos no salían de su asombro ante la atención y el cariño con los que el cruel príncipe cuidaba la planta. No se separaba de ella, ni siquiera en presencia de embajadores, reyes y generales.

Los cortesanos y los habitantes de la ciudad fueron testigos de otro cambio inesperado: el príncipe prohibió los duelos.

Boris Mišić nació el 6 de mayo de 1974. Vive y trabaja en Novi Sad, Serbia, donde se graduó de la Facultad de Derecho. Sus relatos de fantasía, ciencia ficción y terror se han publicado en varias colecciones y revistas de Serbia y la región: Iron Gate, Guardians of the Golden Fleece 2, Something Breathes in my Cake, Shades of Evil, Shades of Time, Besan, Maksim, Omaja, UBIQ, Regia fantastica. Varios de sus relatos fueron traducidos al esloveno y publicados en la revista eslovena de ciencia ficción Supernova. También publicó tres colecciones independientes de relatos de fantasía y terror: Šatorica Fairy, Bells of Heaven y Heart of Dinara.

EL ANCIANO JUNTO AL FUEGO

Cristian Carstoiu

 

Lo encontré al amanecer, acurrucado junto a un fuego que apenas titilaba, tratando de hacer hervir una tetera desvencijada. Parecía cualquier viejo vagabundo: frágil, envuelto en pieles raídas, los labios agrietados por el viento, las manos manchadas del color de la tinta vieja. Su caballo, un semental ceniciento, flaco y con los ojos demasiado brillantes, sacudía la cabeza con nerviosismo y golpeaba la arena helada. El anciano tarareaba algo sin melodía mientras se ocupaba del té, pero en su murmullo había un ritmo, como si estuviera hablando con los bordes del tiempo.

«Que no te engañe el viejo Orrinval», me había advertido un cazador dos noches antes, en una taberna del paso de montaña. Se había inclinado hacia mí, con los dedos largos aferrados a una jarra de barro, y había bajado la voz hasta que apenas podía oírlo. «Parece un anciano chiflado. En una noche sin estrellas me había perdido en el espesor del bosque y me topé con él en un claro. De pronto, ¡paf!, las nubes se rompieron y Velis brilló en el cielo como una linterna. Encontré el camino gracias a su luz. Es un hombre muy extraño.»

Cuando me acerqué, el anciano inclinó lentamente la cabeza. Tenía los ojos turbios, pero la mirada afilada. Soltó una risita seca, como el crujir de una hoja marchita. Señaló el amanecer, una línea delgada de oro pálido derramándose sobre el horizonte como aceite.

—Hermoso, ¿verdad? —dijo—. Nada mal, si se me permite opinar.

Detrás de él, el caballo resopló, enviando al aire de la mañana un denso penacho de vapor. Su bastón estaba apoyado en una roca cercana. Me parecía que atrapaba la luz del alba y la retenía en su interior, emanando un resplandor íntimo, como brasas bajo la ceniza. Al principio creí que era solo un juego de luces. Luego noté una pulsación sutil bajo el resplandor: latidos finos, precisos, como los de un corazón.

Orrinval sirvió el té de la tetera con manos temblorosas, pero sin torpeza. Me ofreció una taza y bebimos en silencio, como dos compañeros de viaje, mientras el mundo se llenaba de luz.

—La primera luz antes era más veloz —murmuró, más para sí que para mí—. La primera luz corría como una criatura con carácter. —Entonces sonrió, como si recordara un viejo chiste que solo él conocía.

Había algo en su manera de ser que me inquietaba, más incluso que aquel extraño bastón. Hablaba del amanecer con la gravedad nostálgica de alguien que estuvo allí cuando el mundo aprendió a darle un nombre a la luz. Me dije que solo era una manifestación de la melancolía propia de la vejez. Aun así, tomé nota de todo –por costumbre, por oficio, por superstición–, porque el deber de un cronista es reunir las rarezas antes de que se disipen.

 

Orrinval dijo que se dirigía hacia el este, a un lugar al que llamaban las dunas de Surael, murmuró.

—Voy a donde se cruzan las lunas —dijo, alzando la vista hacia el cielo.

Dos formas pálidas colgaban arriba: Velis, plateada y llena, y la otra, Marru, un disco rojizo, como una vena. Las dos se deslizaban por el firmamento en una danza silenciosa y lenta.

—Ahí duermen los viejos observatorios. Solía… trabajar allí.

—¿Fuiste astrónomo? —pregunté, y la palabra me pareció pequeña y simple frente a lo que él insinuaba.

—Lo fui —respondió—. Antes de que la luz se volviera lenta.

No tenía ninguna medida sencilla para calibrar la verdad de aquella frase. ¿Qué significa ya la verdad en un mundo en el que la memoria misma es heredera del polvo? Y sin embargo, lo seguí. No pretendo haber sido valiente; la curiosidad y la costumbre del cronista de coleccionar rumores han sido siempre mi vocación. Al fin y al cabo, si un hombre sostiene que la propia luz ha sido cambiada, ¿quién no querría ver eso con sus propios ojos?

Montamos juntos sobre Murr, su caballo, y emprendimos el camino. Decía que el animal era «medio mortal», nacido bajo ambas lunas. Tenía nombres para todas las cosas pequeñas, como si les regalará un árbol genealógico.

Las dunas nos recibieron primero como una ondulación suave de ocre y rojizo, luego como olas gigantes, más altas y duras que los tejados de las casas. El horizonte se transformó en un muro de luz y sombra.

El viento traía un sonido cuyo origen, al principio, no supe identificar: un murmullo bajo y continuo que parecía venir no del aire, sino de la propia arena. Se te metía en los huesos, haciendo el sueño fino y frágil. Orrinval escuchaba y sonreía sin alegría.

—Cantan —dijo—. Cada grano de arena recuerda el primer amanecer. Lo tararean, como brasas que no quieren morir.

Lo había dicho con naturalidad, como si hablara de la lluvia. Tomé nota e intenté sentir la vibración en el pecho, captar su ritmo. Tenía la sensación de que el mundo aquí llevaba a cuestas un recuerdo cuya carga producía esas vibraciones.

Aquella noche, el cielo estuvo irrealmente claro: Velis colgaba como una moneda perfecta, fría y plateada; Marru, más pequeña y amoratada, sangraba una luz apagada cerca del horizonte. Mantuve el fuego bajo. La luz de la luna proyectaba sombras largas y extrañas, como manos extendidas buscando algo oculto en la arena.

 

Al tercer día, las dunas se volvieron violentas. Una tormenta que yo no hubiera sabido nombrar se alzó desde el horizonte. Llegó como un muro: un viento como un cuchillo, la arena golpeando con el sonido de piedra contra piedra. El mundo se redujo a un solo acorde de ruido y aspereza.

Descendimos a toda prisa por la vertiente resguardada de una duna y apreté la mochila contra el pecho hasta que se me entumecieron los dedos. El viento desgarraba la tela y arañaba la piel. A través del aullido de la tormenta vi a Orrinval, solo y erguido, con el bastón clavado en la arena. Su resplandor era una lanza constante contra el caos. La tormenta cambiaba de forma a su alrededor, plegándose como una vela en torno a un mástil.

Hubo un momento en que el sonido cambió: dejó de ser el grito caótico del viento para convertirse en un murmullo bajo, estratificado, como si muchas voces hablaran al mismo tiempo. Los granos de arena parecían susurrar y, en aquel susurro, creí oír la gramática del mundo: pequeñas sílabas repetidas que podrían haber sido nombres.

Orrinval alzó la mano; nada dramático, ni siquiera muy alto. Su gesto era el de alguien que sabe de antemano cómo termina una disputa. El viento pasó de largo junto a él como si alguien le hubiera tallado un sendero. Allí donde se retiró, quedó una quietud profunda, como la ausencia que sigue al final de un acorde prolongado.

Cuando la tormenta pasó, el aire olía a metal quemado y a agua fría. Ni un solo grano de arena se había posado en el cabello o en la ropa de Orrinval. Se sentó y se frotó las manos.

—Solo le he recordado adónde tenía que ir —dijo, como si hablara de una olla que se resiste a hervir—. El viento olvida, a veces.

Se durmió enseguida después de eso, acurrucado junto a Murr.

Yo permanecí despierto hasta que murieron las últimas chispas y me quedé mirando el bastón. Latía. Al principio, su ritmo coincidía con el de mi corazón; luego, con una lentitud arrogante, como algo que decide su propia medida, empezó a imponerme el suyo. Dejé de contar en el momento en que sentí que comenzaba a obedecerle.

 

Al mediodía, las dunas cedieron ante el basalto. La arena interminable se transformó en una cuenca de piedra negra, lisa como un mar congelado. En medio de aquella extensión lustrosa se alzaban ruinas: círculos, torres desmoronadas y un vasto núcleo vacío donde antaño un observatorio entero se alzaba hacia el cielo.

Or-Thain, así lo habían llamado los hombres, en un mapa que había visto una vez en Thalmeron. El Último Observador. Las ruinas tenían la dignidad de un lugar abandonado a propósito; ninguna de las piedras esparcidas parecía estar allí por azar. Esculturas en espiral giraban como galaxias sobre la superficie del basalto, talladas tan hondo que atrapaban la sombra y la dejaban vivir dentro de ellas.

Orrinval se movía entre ellas como un hombre que vuelve a casa tras un exilio demasiado largo. Tocaba las runas como un sacerdote toca los altares. Yo lo seguía con una libreta y un lápiz, con la inútil seguridad de que el lenguaje pudiera ser un talismán.

Encontramos un espejo enorme, medio enterrado en un pedestal quebrado. Su superficie no era vidrio como lo conocemos nosotros; había profundidad allí donde el vidrio no la tiene. Bajo la gruesa capa de polvo, la superficie desprendía una tenue luz azul, que se movía como si algo nadara dentro. No reflejaba el cielo de arriba, sino una duplicación estratificada de este: dos lunas girando en torno a una oscuridad invisible.

—No mires demasiado —me advirtió Orrinval, despacio.

Desde luego, miré. No pude evitarlo. El reflejo parecía mirarme a su vez y, por un instante cegador, las lunas abandonaron su movimiento natural y se enroscaron alrededor de un eje invisible. Se me revolvió el estómago, se me aflojaron las rodillas. La cabeza se me llenó de un sabor antiguo, como de hierro. Extendí la mano y el mundo se inclinó.

Cuando abrí los ojos, la noche se había posado con su acostumbrada paciencia. Orrinval estaba junto a mí, con su rostro impenetrable bajo la luz tenue.

—Has tocado la memoria del cielo —dijo—. Pocos pueden soportarla. Es una carga pesada, demasiado pesada para quienes necesitan dormir.

Su voz tenía un matiz de compasión y algo más: una camaradería antigua que ya no pertenece a los hombres.

 

Al día siguiente, Orrinval trabajó con la paciencia de la piedra para enderezar un gran armilar formado por anillos de cobre tan grandes como una casa, mascullando algo ininteligible mientras encajaba dientes gastados y fijaba en su lugar un perno corroído.

—Velis lleva la memoria de la creación —dijo sin volverse hacia mí, mientras sus manos seguían trabajando—. Marru lleva lo que debe ser olvidado. Tienen que danzar juntas. Si Marru se ralentiza, Velis recuerda demasiado.

—¿Y qué ocurre si Marru se detiene? —pregunté, porque mi costumbre es hacer preguntas.

Se detuvo; sus manos quedaron suspendidas sobre una rueda que ya no movía nada. El anciano que había en él se recogió en otra forma: un guardián, un veterano de largas conversaciones con la verdad.

—Entonces el mundo se ahoga en su propio pasado —dijo—. Imagínate todos los errores, todos los dolores y todas las alegrías repitiéndose a la vez: una memoria sin piedad. Sería como vivir en el centro de una herida.

Me habló de otro tiempo, de los primeros albores, cuando la luz era líquida y veloz, atravesando los vacíos sin vacilar; cuando la curiosidad era el motor y el miedo, el freno.

—La curiosidad ralentizó la luz —dijo—. Y el miedo también. Le enseñamos a ser precavida. Le enseñamos a demorarse. Las fuerzas la obligaron a detenerse en lugares donde no debía.

Me habló de su trabajo en los observatorios: de cómo alineaba los espejos y anotaba las respiraciones de las lunas. Dijo que su título había sido una vez Guardián de la Primera Luz, aunque sospecho que ese título había vivido muchas otras vidas antes de que yo lo escribiera. Hablaba de los nombres como de herramientas finas: que el nombre adecuado para una estrella puede hacer que recuerde su propósito.

Esa noche, Velis y Marru parecían más cercanas que nunca. Su brillo unido hacía que la arena reluciera apagada, como monedas viejas bajo el agua. Las ruinas proyectaban nuevas sombras y el murmullo de la arena crecía hasta convertirse en un susurro que rozaba los huesos. Cuando me quedé solo junto al fuego, me sentí observado por cosas pacientes y me sentí pequeño, muy pequeño, pero cerca de todo.

 

Bajo una losa rota encontré una escalera. Descendía cada vez más fría, hasta que el mundo de arriba se volvió difuso y lejano. El aire bajo el observatorio olía a antigüedad y hierro, a tormentas encerradas y a respiraciones contenidas demasiado tiempo.

Al final de la escalera se abría una sala tan vasta que la mente tropezaba al verla. El techo reflejaba una noche que no era la nuestra: las constelaciones se movían como peces lentos bajo cristal. En el centro del suelo había una pileta de vidrio negro, calma como un ojo. A su alrededor, montaban guardia estatuas de piedra, vestidas con ropajes esculpidos; sus rostros eran lisos, como si hubieran sido tallados antes de que el cincel aprendiera a nombrar un rostro.

—Aquí convocaban a las lunas —dijo Orrinval—. Un lugar de encuentro entre la memoria y el olvido.

Alzó el bastón. La pileta respondió: finas arrugas surcaron su superficie mientras las constelaciones se movían y se reordenaban en nuevas formas: ojos, puertas, la sugerencia de una boca. El aire se espesó, como si la sala aspirara profundamente.

Por un instante olvidé cómo pensar en términos humanos. Los símbolos se ordenaban como un lenguaje que casi conocía. En mi interior brotaron imágenes: orígenes, migraciones de la luz, un tiempo en que Velis y Marru estaban más cerca que los amantes y eran más jóvenes que los niños.

El reflejo de Orrinval también cambió. Ya no era solo un anciano. A la luz de la pileta recuperaba una postura perdida: los hombros rectos, la mirada encendida. Uno de sus ojos parecía circundado de plata, el otro de brasas.

—No eres humano —me oí decir.

Él sonrió con ironía.

—No en el sentido en que tú lo dices. Puede que alguna vez lo haya sido. Puede que todos lo hayamos sido: barro y aliento. Pero hicimos juramentos que nos cambiaron. Yo juré ralentizar la luz. Aprendimos cómo encerrar el amanecer en un espejo.

Abandoné aquella cámara con el sabor de antiguas tormentas en la lengua y con un eco extraño de pensamientos que me hacía vibrar los dientes. Sentí, de un modo nuevo, lo que significan los pactos que sobreviven al cuerpo.

 

La noche cayó como un manto empapado. Orrinval recogió los restos de la comida: huesos limpios, una lámpara que parpadeaba con una llama azulada y una pequeña urna ennegrecida.

—El tiempo no dará marcha atrás en círculos —dijo—. Siento que la arena se detiene en el reloj de las mundos. Cuando eso ocurre, el fuego debe reavivarse en su propio núcleo.

Puso ceniza en la palma de la mano, sopló sobre ella y, de aquella ceniza, se alzó una llama sin color, como un recuerdo de luz. No daba calor, pero cortaba el aire como una hoja.

—Este es el fuego que no quema —dijo—. Solo lo usamos cuando queremos que el mundo recuerde el principio. Para los hombres, se parece a la muerte; para mí, es solo el retorno del primer aliento.

Cuando levantó la llama, las sombras de las ruinas se quebraron y se inclinaron hacia él. Alrededor, la arena comenzó a girar lentamente, arrastrada en círculos concéntricos, como si obedeciera una orden antigua. En los ojos de Orrinval se reflejaron ambas lunas –Velis y Marru– y, por un instante, vi a través de ellas: dos espejos en los que se reflejaban todas las vidas posibles.

 

Las ruinas empezaron a vibrar. Desde bajo nuestras plantas ascendían palabras: no dichas, sino grabadas en la propia estructura de la piedra. Las sentía a través de las plantas de los pies, de la piel, de los huesos. Era un lenguaje de cimientos, hablado por las montañas y escuchado por los mares.

Orrinval se arrodilló y apoyó la frente en el suelo.

—Aquí me senté por primera vez —me dijo—. Aquí hice el pacto de vigilar el paso entre la memoria y el olvido. Pero ya ves, nada se guarda para siempre. Hasta la luz olvida el camino de regreso a sí misma.

Le pregunté qué sería del mundo si él se marchaba.

—¿Yo? No me voy a ninguna parte —respondió, soltando una risita—. Me transformo. La vigilancia pasa a otra forma. Quizá a ti, quizá a otro que sepa escuchar con paciencia.

Y entonces las piedras se iluminaron desde dentro. No eran ruinas, sino un corazón enorme que aún latía.

 

La mañana llegó sin cielo. Una niebla blanca envolvía el mundo, como si la luz se hubiera dispersado dentro de sí misma. Orrinval estaba sentado al borde del despeñadero, y la llama sin color flotaba entre sus palmas. Me miró.

—Si he hecho bien lo que había que hacer, el mar aprenderá de nuevo a cantar, y la luz volverá a ir despacio, no por miedo, sino por compasión. Tú contarás la historia. Esa es tu parte del juramento. Cada mundo necesita un testigo.

Luego lanzó la llama al aire. El cielo se abrió como una almeja y, por un instante, lo vi todo: las lunas, las ciudades sumergidas, los rostros de todos los que velaron antes que nosotros. Cuando parpadeé, Orrinval había desaparecido. Solo quedaba su bastón, medio carbonizado, aun temblando de vida.

Permanecí largo rato junto al fuego apagado. El viento se calmó y las ruinas dejaron de susurrar.

He escrito todo esto en piel de pergamino, para que no se pierda cuando mi memoria flaquee. A veces, por la noche, miro las dos lunas. Siguen danzando, más despacio ahora, pero juntas. Y a veces, en el intervalo entre latidos, oigo la voz de Orrinval: «Vigila el paso entre la memoria y el olvido. No por gloria, sino por sosiego.»

Así termina la historia del anciano junto al fuego. Pero el fuego, creo, no se ha apagado de verdad.

Solo ha elegido otro sueño en el que arder.

Cristian Carstoiu debutó en la literatura de ciencia ficción con una colección de cuentos titulado Noopali (2020), seguida de las novelas Discontinuum (2022), La extraña luz del eclipse (2023), El cielo de Sirio B (2024) y El hombre sin cara (2025). Cristian es médico y tuvo una exitosa carrera en el mundo editorial rumano antes de mudarse a Estados Unidos con su mujer y su hijo. Vive en Atlanta, Georgia, le encanta leer, especialmente ciencia ficción y thrillers, realizar actividades al aire libre (ciclismo y esquí), jugar a videojuegos con su hijo y tomar café espresso. 

 

 

EN LA TERMINAL

Myriam Goluboff

 

El silencio: eso es lo que más le gustaba. Estar en medio de toda aquella gente y sentir el silencio. Solo ocurría allí, en el edificio del aeropuerto. Apenas oía, a veces, un murmullo sordo. Y no era porque estuviera solo, ni porque faltaran las conversaciones. No, era porque ese espacio se tragaba los sonidos.

Esa fue la razón para quedarse. Odiaba el ruido ensordecedor de la autopista, los camiones que lo adelantaban tocando la bocina, la señora del cuarto izquierda que gritaba a su hijo, los vítores que llegaban desde el bar en las noches de partido.

Cuando cerró la persiana de la librería, ese viernes, supo que no iba a salir más de ahí adentro.

Deambuló por la gran nave, se montó en las cintas transportadoras, corrió tras un carrito y caminó con calma. Dio vueltas por los free shops hasta encontrar lo necesario para armar un campamento. Luego tomó una ensalada y un café con crema en el bar donde acostumbraba a parar antes de ir a su casa, donde le atendía la rubia de falda estrecha y generoso cuerpo.

Volvió dando un paseo y contando una a una las columnas: cinco amarillas, siete naranjas…, hasta estar de vuelta en su flamante hogar. Llevaba en su mano una gran bolsa con la compra, abrió con sigilo la puerta y entró rápidamente; allí estaban las estanterías con los libros y con los diarios y revistas, y el suelo de madera que se diferenciaba de la piedra que dominaba en el aeropuerto. Se echó a dormir bajo una de las mantas que había comprado y usó la otra como almohada. Así pasó la noche, hasta que sonó la alarma de su teléfono móvil.

Eran las ocho de la mañana y tenía aún mucho tiempo hasta la hora de abrir el local, a las nueve.

Descubrió que no había pensado en el baño, pero ya no había marcha atrás posible. Tenía que salir afuera de la librería, a los aseos cercanos. Entró al de minusválidos; era grande, cómodo, individual, y casi nunca se usaba, podría hacerlo suyo, asearse con tranquilidad, sin problemas. También tendría que comprar ropa nueva y mantenerla cuidada. Recordó la lavandería del hotel y supo que encontraría la solución.

Al volver apoyó las manos y los pies sobre el suelo con firmeza, y comenzó los ejercicios de cada mañana: arriba, abajo, arriba, abajo, arriba, abajo…Al terminar su gimnasia, le gustaba tocar sus brazos fuertes, musculosos. Para él, eso era la vida; moverse, sentir la sangre corriendo por las venas. Luego iría a desayunar y por la tarde saldría a recorrer los locales vecinos para buscar una buena camisa. Vivía en un aeropuerto, tenía que estar elegante, como si viajara en primera. Así quería que lo imaginaran los que lo vieran dando vueltas por las puertas de embarque, los que no lo hubieran visto en el mostrador, cobrando los libros.

Pensó que durante las horas de trabajo debía quitarse las lentillas. Usaría unas gafas estrechas, de marco de color, que había visto en la boutique. Tenía que elegir bien el tono,  llamativo pero austero al mismo tiempo, de vendedor de periódicos y revistas de moda, como personaje del Hola.

Así fue como Agustín Robles, a las ocho y veintidós de la mañana, salió por la puerta de la librería y se mezcló con los escasos viajeros que a esa hora caminaban por el aeropuerto.

Ese sería siempre su paisaje. Lo miró con atención: la imagen de la amplia nave hablaba de limpieza, eficiencia, velocidad; las suaves curvas revestidas de bambú creaban un ambiente acogedor. Todo tenía que ser impecable, allí no había dramas.

Algunas veces se producía un caos, pero ese caos no podía ser una variable cotidiana.

La terminal era una enorme puerta que recibía y despedía a los viajeros. Y él no se movería de esa puerta, no le gustaba el mundo exterior. Vivir en esa frontera era lo mejor que podía hacer. Tenía que conseguir un ordenador portátil y esa puerta de la ciudad sería también la puerta del mundo.

Revivió su cuarto, el que había dejado en el apartamento de Tres Cantos, la estrecha escalera por la que subía cuando volvía del aeropuerto, la puerta con el Jesús pequeño y dorado que había encontrado al mudarse –un talismán puesto por los antiguos dueños– y que no había atinado a quitar, aunque él, a una iglesia, hacía ya muchos años que no entraba. Y luego el diminuto hall al que abría; en un lateral, la cocina y al frente la sala pequeña pero acogedora, con su mesa a un lado y al otro los sillones.

Y se vio ahí, sentado, la morena cabeza de Laura apoyando sobre sus muslos y él acariciándola durante horas mientras miraban películas de terror, las que su novia disfrutaba tanto.

Pero, ¿por qué se acordaba de todo eso ahora? Cada vez que le aparecía una imagen, era Laura en el baño, Laura en la cocina, Laura en la cama...

Laura en la cama: tres años en que nunca había rescatado ni una imagen de ella dormida, cuando acurrucaba su cuerpo contra el de él buscando el brazo que la rodeara y la mano que se apoyara mansa sobre su pezón aún virgen. Otras Laura habían ocupado ese espacio, unos días, o unos meses, pero entonces no había recuerdos, solo había ese presente, hasta que otro presente se superponía y lo desplazaba. Pero ahora, solo, frente a ese escenario casi vacío, sus recuerdos lo llenaban de Laura. Ahí podía rescatarla, la atrapaba, la tenía otra vez consigo.

Los días pasaban rápidamente, uno tras otro, siempre sonriendo a los clientes que se acercaban al mostrador. En estos años había aprendido algunas palabras en todos los idiomas. Su oído fino retenía las expresiones y podía luego repetirlas. Así, aunque solo en ese instante, establecía un vínculo de empatía con su cliente. Ese era su mundo; y el bar, y la camarera. Palabras sueltas, sonrisas, y luego el adiós.

Relaciones, atracciones, repulsiones, hasta algún sentimiento súbito de deseo inalcanzable. Todo ocurría en esos segundos o escasos minutos, en ese micro-tiempo del paso por la tienda, o cuando le cobraba la rubia del bar, apurada por la llamada de otros clientes.

 A la semana de estar allí, comenzaron a suceder las desapariciones. Por los altavoces llamaban a pasajeras que habían facturado pero que no aparecían a la hora del vuelo. Eso producía enormes complicaciones, bajaban todas las maletas nuevamente para separar las suyas y se retrasaban las salidas.

Era el misterio del aeropuerto, su agujero negro. Ocupaba páginas y páginas de los periódicos, que desarrollaban distintas hipótesis.

Agustín Robles estaba angustiado, su situación irregular podía hacerlo blanco de sospechas. Hasta ahora nadie parecía saber qué quedaba allí, tras las mamparas que separaban su mundo privado del hall de la terminal. Por las noches soñaba las desapariciones. Se veía a sí mismo acechando hasta que aparecía Laura, la melena hasta el hombro, acercándose desde el final del largo pasillo, cimbreando su cuerpo mientras avanzaba. Y luego la veía pasar y desaparecer diluyéndose en el espacio. Porque Laura desaparecía en cada una de las mujeres que desoían las llamadas a embarque y que tampoco volvían a sus casas. La soñaba cada noche, y cada noche en sus sueños volvía a esfumarse.

La policía privada tenía prácticamente ocupado el aeropuerto. Interrogaban a todos los empleados para buscar algún indicio. Dos o tres veces, distintas personas le preguntaron por su horario, si no había visto nada raro, si recordaba alguien que acosara a alguna de las mujeres desaparecidas. Le mostraron retratos para ver si podía identificar a alguna. Él miraba con temor, pero ninguna era Laura.

Estaba cada vez más preocupado, se sentía cada vez más culpable. No reconocía a las mujeres que le mostraban, pero se sabía débil, pensaba que si descubrían su refugio lo considerarían sospechoso. Así que, apenas cerraba el local, repetía los gestos habituales de cuando vivía en la ciudad: pasaba por el mismo bar y allí tomaba su café o comía su ensalada ligera.

Lo que había soñado, el sentirse seguro y libre por el aeropuerto, se había terminado. Y cuanto más permanente era su angustia, más lo perseguía el recuerdo de Laura y más veía su cara en todos los carteles que aparecían por el hall del aeropuerto.

No sabía cómo desaparecer sin que nadie se diera cuenta. No podía abandonar su trabajo, eso llamaría más la atención.

Pero debía salir de allí en alguno de los aviones para ir… ¿a dónde? ¿Dónde podría estar tranquilo y sentirse libre?

Tenía aún derecho a una semana de vacaciones y no dudó en pedirla. Buscó las ofertas y decidió que iría a Gambia: las playas y el mar azul, con los árboles tropicales detrás. La tranquilidad que rezumaban las fotografías que aparecían en Internet lo habían subyugado. Compró su pasaje y comenzó a pensar en los días que tendría de tranquilidad y de paz. Y así fue como logró, sentado en el asiento del avión, mirando desde arriba el colchón blanco de nubes, olvidar sus inquietudes, olvidarse de Laura, olvidarse de sí mismo y dormir tranquilo.

Pensaba que ese lugar, donde la gente hablaba una jerga incomprensible lo mantendría aislado y a salvo. Estaría tranquilo en su habitación, mirando la playa y el mar desde la ventana, sin conversar con nadie, sin que nadie lo molestara. Comería allí mismo y quizás, cuando viera que la arena se extendía infinita sin que nadie paseara por ella, bajaría a caminar por la orilla del mar.

Al llegar a Gambia salió inmediatamente del aeropuerto y tomó un taxi. Como en todas las ciudades del mundo, los taxistas se entendían en cualquier idioma y lo llevaron rápidamente a su hotel en la costa.

La habitación era tal como la había imaginado, con una amplia ventana desde donde se veía nítidamente dibujada la franja curva de arena blanca y se podía contemplar y escuchar el romper de las olas cuando la mordían.

Se sintió seguro y pensó que esa paz lo iba a salvar. Se tiró sobre la cama pensando en dormir sin límite y eso hizo ese primer día hasta que, por la noche, cuando se había puesto el sol, bajó a caminar por la orilla en la absoluta soledad de las sombras. Sintió la tibieza del aire en el cuerpo, y se relajó zambulléndose en la rompiente.

Cuando volvió al hotel se sentía nuevo y se apoyó sobre el mostrador del bar para tomar una cerveza. El camarero era alto, grueso, de pelo enrulado y gran conversador políglota.

Estaba hablando animadamente con unos ingleses, cuando le dijo en un español bastante claro: ¿vio lo que pasó en el aeropuerto? ¿Se enteró al bajar del avión?

Él no tenía idea de nada. Su viaje había sido tranquilo y más aún la llegada. Decididamente, no había visto nada extraño.

—No sé qué puede haber pasado —contestó.

—Desapareció una pasajera. Había salido muy temprano del hotel. El taxi la dejó en el aeropuerto, pero no subió al avión. Estamos preocupados. Toda la policía está investigando lo que puede haber pasado.

Agustín Robles sintió una opresión en el pecho. Ahora no podría quedarse tranquilo en su habitación. Un turista debe hacer excursiones y no podría salir por la noche porque eso también resultaría extraño. ¿Qué podía hacer un visitante solitario, cuando no hay ya nadie en la playa, agazapado tras las brumas de la noche? Sabía que eso podía resultar sospechoso, y pensó que era necesario huir de ese lugar. Pero ya no era posible, allí tendría que quedarse, pasara lo que pasara.

Pensó que era inevitable que relacionaran su nombre con los dos aeropuertos donde ocurrían esas cosas extrañas. Era como un denominador común, el enlace que necesitaban los investigadores. Sería blanco inmediato de sospechas. Y él se sentía culpable, no lo podía evitar y eso se notaría en los interrogatorios y pensarían que escondía algo.

Ya no se sentía seguro, había perdido la tranquilidad de la vida en la terminal, y la semana que se tomó para separarse de la tensión de las investigaciones estaba resultando mucho peor. No estaba a gusto en el mundo real, le molestaba la gente.

No estaba dispuesto a hacer una vida de turista normal.

Se quedaría en su habitación como había planeado, aunque con la angustia de la espera de unos golpes en la puerta, unos golpes que vinieran a interrogarlo, o quizás a buscarlo.

Y en ese estado de espíritu, cuando encendió la TV para relajarse antes de dormir, vio que estaban proyectando una película de las que compartía con Laura y se dispuso a mirarla tendido sobre la cama.

Entonces vio la escena, tan clara como si estuviera sucediendo delante de sus ojos: Él persiguiendo a Laura cuando iba al trabajo desde la casa de sus padres. Y ella, negándose a hablar con él, escapando. Él frenando el coche y metiéndola adentro. Él llevándola a un descampado. Él bajándola con fuerza del coche y pegándole con una rama en la cabeza. Él viéndola caer y cómo no se levantaba. Él corriendo hacia el coche. Él saliendo a toda velocidad por las calles, subiendo a su casa, sentándose en el sillón, encendiendo la TV y mirando, una tras otra, las películas de terror que a ella tanto le gustaban.

Miró la pantalla. Un hombre, sentado en el sillón, acariciaba a una mujer que apoyaba la cabeza sobre sus rodillas, mientras en la pantalla del televisor se veía un personaje desencajado con un palo en la mano, pegándole a la mujer hasta que ella caía al suelo sin fuerzas.

Aquella mañana fue la última vez que la había visto, tirada, sobre la hierba. Tenía que encontrarla otra vez, tenía que ver cómo se acercaba moviendo su cabeza, su melena ondulante. Ella tenía que ir a buscarlo a la terminal para llevarlo a casa.

La semana se le hizo interminable, esperando cada día que otra mujer desapareciera y buscando excusas para no salir a la calle, o hacía demasiado calor, o le había hecho mal esa comida que nunca había probado antes. Y así solo salía al atardecer, y deambulaba hasta entrada la noche en que volvía a tomar su cervecita y a buscar sus temores y sus sueños reflejados en la pantalla del televisor.

Por fin llegó el día de la partida. Estaba tan tenso y cansado como cuando arribó a esa tierra paradisíaca que no pudo disfrutar. Llamó a un taxi y enfiló hacia el aeropuerto, deseando que allá, por arte de magia, todo se hubiera acabado.

Por los altavoces llamaban insistentemente a una mujer que debía presentarse en la puerta de embarque. Todo el aeropuerto estaba expectante, todos los de su vuelo temían el inevitable atraso. La inquietud se podía leer en los ojos de las mujeres. Los baños estaban vacíos, en las confiterías se miraban los unos a los otros.

Pero con su avión no hubo problemas, salió justo en hora y tomó rumbo hacia Madrid. Allí se sintió seguro. Pensó que tendría que trabajar en los aviones, salir del aeropuerto y sentir siempre la paz de ese lugar, suspendido a mil metros sobre el suelo. Quizás esa era la solución. Conocía a algunos pilotos, hablaría con ellos.

El viaje resultó tranquilo. Entre comidas, películas anodinas, y algunos sueños, llegó el momento en que escuchó las palabras siempre tan esperadas: «Dentro de diez minutos aterrizaremos en el aeropuerto de Madrid, abróchense los cinturones, pongan vertical el respaldo del asiento, la temperatura es de veinte grados».

Estaba llegando.

Con su pequeña maleta de mano, enfiló hacia la salida.

Y cuando estaba llegando a la puerta vio, tras los cristales, un coche que partía y en su interior, en el asiento de adelante, la inconfundible cabeza de Laura, su sonrisa, su pelo que ondulaba aun sin el viento. Pero no podía estar seguro, quizás la había confundido, la había imaginado. Pero quizás también era ella, y entonces, no había desaparecido...

Respiró el aire puro, miró a lo lejos el horizonte nítido de la sierra, dio media vuelta y entró nuevamente al aeropuerto hacia el local de libros y periódicos, su oficina.

Cuando llegó allí dos hombres estaban hablando con el empleado. Al acercarse, lo miraron y escuchó una voz sonora que le decía:

—¿Agustín Robles, verdad?

—Sí, ese soy yo.

—Cuerpo especial de policía de la terminal. Tiene que acompañarnos.

—¿...? —preguntó con la mirada.

—Hemos encontrado pertenencias de las mujeres desaparecidas en este local. Tiene que contarnos dónde estaba el....

Agustín Robles se puso pálido, sintió que se oprimía su garganta y le faltaba el aire en los pulmones. Su estómago se retorcía y el corazón amenazaba con estallar. La comida que le habían servido en el avión pugnaba por salir, las piernas le temblaban y deseaba, más que nada en el mundo, correr hacia el baño.

Los miró fijamente, esbozó una helada sonrisa y los siguió con la convicción de que, por fin, todo había terminado.

Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.


UN DÍA DE INVIERNO

Heiko H. Caimi


Nueva York, diciembre de 1948

 

Las calles alrededor del Princeton Club estaban cubiertas por una nieve acuosa que se aferraba a los zapatos y a los párpados como un peso suave, lento. Hemingway había llegado con diez minutos de adelanto, lo que para él ya era una pequeña derrota. Llevaba en el bolsillo una libreta gastada, llena de garabatos con preguntas que nunca haría. Había aceptado ese encargo para el New Yorker más por curiosidad que por entusiasmo. Entrevistar a Einstein –el físico, el pacifista, el cerebro que había firmado la carta a Roosevelt sobre la bomba– no le parecía exactamente su oficio. Pero al final, se dijo, todos los hombres son soldados después de la guerra, incluso aquellos que solo han usado la pluma, o una fórmula.

Albert Einstein estaba sentado en una sala reservada, las manos entrelazadas sobre la mesa como si estuviera rezando o esperando un diagnóstico. Vestía un suéter informe, los cabellos ralos como nubes estreñidas. Cuando vio a Hemingway, se levantó despacio y esbozó una sonrisa cansada.

—Señor Hemingway —dijo con un acento marcado, pero voz amable.

—Profesor —respondió Hemingway, estrechándole la mano con una fuerza contenida, como se haría con un hombre frágil pero no derrotado.

Se sentaron uno frente al otro. Entre ellos, solo un cenicero, dos vasos de agua y el silencio tenue de quienes están acostumbrados a ver el mundo derrumbarse desde ángulos distintos.

—¿Usted fuma, profesor?

—Solo cuando me siento optimista.

—Entonces le ofrezco uno de todas maneras.

Hemingway encendió un cigarro y se lo pasó, luego encendió el suyo.

—No sé por dónde empezar —dijo, observando las venas azuladas de su propia muñeca—. No soy bueno con los hombres de ciencia. Prefiero los tipos que disparan, beben y luego se confiesan. En ese orden.

Einstein alzó ligeramente los hombros.

—Yo también prefiero a quien se confiesa. Pero hoy se prefiere a quien calla.

Hemingway hizo medio gesto de sonrisa.

—Usted dijo una vez que la guerra no puede ser humanizada, solo puede ser abolida.

—Es cierto. Aún lo creo.

—Entonces, ¿por qué le escribió a Roosevelt para construir la bomba?

El científico bajó la mirada. Su cigarro se consumía en el cenicero. Aspiró levemente el humo. El tiempo pareció espesarse en la habitación.

—Por miedo. —Suspiró—. No de la bomba, sino de los alemanes que la estaban construyendo. De esa ciencia. Aún no era ciudadano estadounidense. Era judío. Había perdido amigos, familiares. Alemania se había convertido en una fábrica de muerte.

—¿Y después?

—Después, comprendí que con mi… ciencia había contribuido a crear un monstruo que nadie podía ya controlar. ¿Ha disparado usted alguna vez contra un hombre que le pedía piedad?

Hemingway miró el cristal empañado de la ventana.

—No. Solo contra aquellos que disparaban primero. Pero a veces los soñaba pidiéndome piedad. Y entonces yo… no disparaba. En los sueños nunca soy tan valiente como en la realidad.

Einstein asintió lentamente.

—Entonces usted es más honesto que muchos generales.

El escritor hizo una pausa, dio una larga calada a su cigarro y luego dijo:

—Quien aprieta el gatillo siempre está más cerca de la muerte. Pero usted, profesor, lo tocó de todos modos.

Einstein entornó los ojos.

—Sí. Y la diferencia entre la teoría y la sangre, en cierto punto, se vuelve muy fina.

Hemingway se recostó en el respaldo.

—Usted dijo también: no había previsto Hiroshima. Nadie puede prever el coraje de un hombre que ha dejado de temer a Dios.

—Es una frase que ya no consigo pronunciar en voz alta —murmuró el científico.

—Yo, en cambio —dijo Hemingway—, prefiero a los que tienen miedo. En la guerra he visto hombres con el corazón abierto que aún intentaban fumar. Pero nunca a nadie con la mirada tan vacía como la suya cuando dice la palabra ciencia.

Einstein no respondió enseguida. Luego dijo:

—Quizá porque ciencia se ha convertido en una palabra militar.

El silencio volvió a posarse entre ellos. Hemingway tomó la libreta y la hojeó, luego la cerró.

—Esta entrevista no saldrá nunca.

—¿Por qué no?

—Porque usted es demasiado lúcido, y yo estoy demasiado borracho como para escribir algo que esté a la altura. Y además, este es un diálogo entre dos hombres que tienen miedo, no un artículo para una revista.

—Temo que incluso el New Yorker prefiera las certezas. —Einstein se levantó para servirse un vaso de agua—. ¿Qué escribirá, entonces?

—Tal vez nada. Tal vez un cuento en el que un viejo científico habla con un soldado que ya no puede matar, y juntos descubren que el mundo ha cambiado demasiado rápido. Demasiado rápido para cualquiera que tenga un alma… o un cerebro.

Einstein sonrió apenas.

—Si lo escribe, lo leeré.

—Si lo escribo, lo quemaré.

—¿Por qué?

—Algunas cosas es mejor mantenerlas vivas solo en la memoria.

—O en la conciencia.

Se despidieron con otro apretón de manos, esta vez más breve. Cuando Hemingway salió, la nieve se había convertido en lluvia. Se detuvo bajo un soportal, encendió otro cigarro y miró el reloj. Aún tenía tiempo para un trago. Luego, quizá, escribiría un relato que nadie publicaría, pero que le permitiría, al menos por una noche, dormir sin sueños.

 

Posdata

del llamado “Manuscrito encontrado de Ernest Hemingway” – cuaderno Moleskine, borde rojo, hallado en la finca cubana después de 1961. Anotación sin título, tinta azul, corregida a lápiz en el margen.

 

No era un hombre de guerra. Eso me impresionó de inmediato. Tenía la mirada de alguien que solo ha visto la guerra desde detrás de un escritorio. Y, sin embargo, le temblaban las manos como a un veterano. No el temblor de los cobardes, sino el de quien ha hecho algo que no consigue olvidar. Hay una diferencia. Los cobardes olvidan rápido.

Nos encontramos en una habitación en la planta baja, con cortinas pesadas que olían a naftalina y a papel viejo. Yo tenía en el bolsillo una lista de preguntas, cosas de revista, del estilo “¿Qué piensa de la relatividad aplicada a la moral?”, o alguna otra estupidez buena para un intelectual de cóctel.

Él no estaba interesado en hablar de fórmulas. Quería hablar de la bomba. No de la ciencia que había llevado a construir la bomba, sino del ruido que hace cuando cae. De la piel que se derrite, del niño que camina sin rostro. Hablaba despacio, pero cada palabra le pesaba en la boca como plomo fundido.

Me dijo que le había escrito a Roosevelt para impulsar el proyecto, pero que luego Truman había hecho lo que nadie quería decir en voz alta: usarla de verdad. Lo dijo casi en un susurro: «No había previsto Hiroshima. Nadie puede prever el coraje de un hombre que ha dejado de temer a Dios».

Yo no dije nada. En la guerra he visto hombres con el corazón abierto que aún intentaban fumar. Pero nunca a nadie que tuviera la mirada tan vacía como él cuando pronunciaba la palabra ciencia. Parecía que cada sílaba fuese un golpe asestado a la memoria.

En un momento me preguntó:

«Usted que ha combatido, ¿cree que matar a un hombre es diferente de construir el arma para hacerlo?».

Yo respondí:

«Quien aprieta el gatillo es siempre quien está más cerca de la muerte. Pero usted, profesor, la tocó igualmente».

Nadie rio. Ni siquiera yo.

Tenía hambre y frío. Él tenía algo peor: lucidez.

Aquella noche escribí unas pocas líneas. Nunca hice un artículo. Era una conversación entre dos hombres que sabían demasiadas cosas y habían olvidado demasiado pocas.

Y además, ¿quién diablos habría querido leerlo?

(En el margen, a lápiz: «Reescribir sin la última frase. Es demasiado verdadera»).

Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

  

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO