lunes, 8 de diciembre de 2025

DALÍ EN EL CASTILLO DE GALA

Mahmud Al Rimawi 

Llegaron a oídos de Salvador Dalí unos ruidos de jarana y diversión desde el castillo de Gala, que él le regaló por amor y docilidad. Aquello no le extrañó en demasía, tras percatarse que su esposa, una mujer bellísima, después de cumplir los ochenta comenzó a inclinarse, poco a poco, luego más y más, al alboroto y, entregada a la música y a la bebida, odiaba la atmósfera sombría y oscura… desbordante de significados para poetas y pintores. Sí le llamó un tanto la atención que fingiera ignorar invitarle a las fiestas nocturnas. «Habría sido suficiente, por mera decencia, dirigirme una invitación manuscrita como de costumbre; yo me habría disculpado, naturalmente, por no aceptar la invitación falsa, y ella habría aceptado mis disculpas con agrado y premura, y el asunto habría acabado sin más». Cuando al día siguiente le mostró su extrañeza, ella frunció el entrecejo diciendo con un tono seco y antipático: «Vives alegre en el reino feliz de tu imaginación y nunca te ha atraído el ambiente de la juventud alborotadora. Te conozco mucho mejor de lo que te conoces tú mismo. Por favor, no vuelvas a sacar estos temas conmigo… con la Gala que ignoras. Las veladas de música no son buenas para tu salud. Pregúntale a tu médico y escucharás esto mismo que te digo.

Al atender a la reprobación sincera de su amada, Dalí sintió que ya no era Dalí, que se había vuelto un figurante reprobable. Recordó entonces como era con seis años, cuando aspiraba a convertirse en cocinero, y a los siete, cuando quiso ser Napoleón. Después escogió, gradualmente, ser él mismo. Ser Dalí y nada más. Y ahí estaba ahora, perdida su particularidad de genio, que estallaba como una pompa de jabón, y a razón de ello, Gala estaba más loca que él. No sería exagerado decir que Dalí sintió entonces que una muerte se cernía, es más, que tapaba su endospermo, su garganta, sus dedos y sus dientes, su ropa, su colchón, también sus pipas, sus cuadros, sus zapatos, su bastón curvo de madera de ébano y hasta sus finos bigotes hilados hacia arriba con elegancia… Vaciló sobre quién había muerto. ¿Él o Gala?, o ¿acaso el extraño amor pragmático cargado de deseos románticos ininteligibles y de intenciones realistas desnudas? Dalí entraba en conflicto con algunas impresiones sobre él. Detestaba ponerse en el vaivén de la incertidumbre o rendirse a la espiral de la compulsión, especialmente después de que le susurraba un pajarito que aquello no eran solo conciertos que se prolongaban y alargaban hasta los pies del alba, y que Gala, la indignada exigente, no se conformaba con el papel de oyente que diera las órdenes a los camareros y siguiera a la distancia las voces del grupo de música o las oscilaciones de los cuerpos de aquellos individuos, adherida a su asiento, sumamente confortable. Otras veces le susurraba su pajarito: olvida a su primer esposo Paul Éluard. El nuevo afortunado tiene veintidós años, es uno de los miembros de la banda desconocida de músicos, y le llamó la atención el número 22. Se preguntó si acaso ese número era algo real, o si unos espíritus perversos lo rodeaban, y de él emanaban olores sulfúricos, sin embargo, tras un examen detenido y pormenorizado no sintió que el número tuviera nada malo, pues Lorca, su íntimo amigo, tenía esa edad en el apogeo de la amistad compartida.

Por algún motivo, Dalí no se alteró. Simplemente sintió que el asunto no guardaba relación con él, sino con otra persona que no era él. Había escuchado historias como esta que ocurrían en estos lugares en los siglos XVIII y XIX, pero él vivía en el siglo siguiente como poco, el siglo XXI. Esas historias ya no tenían demasiado interés. Nosotros estamos en un castillo del siglo pasado, y en él suceden historias como esa, futuro Dalí. Se dijo a sí mismo, y luego, dirigiéndose a Gala, preguntó:

—¿Qué pasa? ¿Amaste, querida, a un niño?

Dalí la previno con la pregunta, y aceptó su invitación manuscrita para el almuerzo.

—En mi vida solo he amado niños, Dalí. Niños de edades diferentes y tú fuiste mi niño mimado durante cincuenta años. Pero ¿qué se puede hacer con la ingratitud? Juan, ven aquí, Juan.

Emanó, efectivamente, un hombre en la flor de la juventud, con indumentaria principesca y un rostro alargado que desbordaba lozanía. Se inclinó hacia Dalí, que extendió con frialdad la mano temblorosa, mientras abría los ojos y la boca, exclamando: ¡Cómo se parece a Lorca!

Juan se volvió hacia Gala pidiendo una aclaración a lo que decía Dalí. No le respondió, pero, interpelando a Dalí comentó que a Juan le gustaba cantar y cocinar… «Esa comida que tienes delante la han hecho esas dos hermosas manos. —Dalí miró de soslayo el pescado que había en el plato, que le respondió con la misma mirada torva—. No perturbes su inocencia con la charla sobre los fantasmas, los muertos y el desvarío. Vuelve a tu descanso, Juan. Tomaremos el almuerzo juntos después de conversar un rato con Dalí.

—¡No te retrases! —exclamó el joven, y Gala rio con timidez y coquetería, al tiempo que le decía a Dalí: «Tengo un dormitorio arreglado para ti en el primer piso por si te apetece tomar una siesta larga y reconfortante. Se ocupará de ti la ama de llaves del castillo». La mujer, nada más oír a su señora mentarla, emanó allí de pie, con ropa oscura, una cofia blanca festoneada decorando la parte delantera del cabello y un delantal blanco que le llegaba a las rodillas. Se inclinó hacia la señora del palacio, después hacia el visitante distinguido, diciendo: «Le ruego me disculpe, señora, pero el venerable señor aún no me ha pagado el sueldo del mes pasado».

—Te pintaré un retrato —le respondió Dalí agachando la cabeza.

La ama de llaves temía que el señor solo pretendiera de engañarla, pero Gala la tranquilizó.

—Está todo bien. No seas inoportuna. No me gusta este tipo de empleadas.

Dalí, sin prestar cuidado a la conversación, le explicó a Gala:

—No necesito la cama. Dormiré aquí mismo, en esta cómoda silla. Solo quiero una cuchara que me ayude a dormir y a despertar.

—Los congrios no se comen con cuchara, Dalí. Se comen con cucharón.

—Dame lo que sea, si me haces el favor —dijo Dalí, admirando su sagacidad y a toda ella—. Como siempre, pondré el plato en mi regazo, cogeré el pico, ¿qué dijiste? ¿cucharón?, lo cogeré con la mano y me quedaré frito. No has olvidado mis costumbres. Cuando lo cojo y se me cae de la mano al dormirme, me despierto con el ruido y salgo corriendo a pintar la pesadilla que provoca el ruido del impacto de algo metálico en el plato. Eso me alegra y me carga de energía extra. Por cierto, la comida está deliciosa, pero ante tu hechizo rebelde pierdo la memoria y el apetito.

Dalí se quedó dormido como los niños por un tiempo indeterminado. Despertó alarmado, pero no por el sonido de la cuchara, que no cayó en el plato, sino debido a un incendio que se declaró en el comedor donde reposaba. Se despertó sintiendo que una disposición precisa de origen ambiguo estaba detrás de aquella acción. Abrió los ojos con esfuerzo en medio del humo. Se incorporó, pese a ello, y atravesó el camino en cuesta hasta llegar a las escaleras, ayudándose de su aguda intuición; luego prosiguió hacia la puerta principal gigante del castillo, sin volverse en ningún momento ni encontrarse con nadie durante el recorrido. Salió al espacio abierto, donde el sol emitía con amabilidad sus cálidos rayos dorados, y las palomas daban saltitos a su alrededor, saciadas y embriagadas. Emitió un suspiro profundo mientras balbucía: «Se trata de la pesadilla que presagié. La próxima vez, pensaré en algo mejor». Hubo de detenerse por un momento y volverse rápidamente al recordar que había olvidado dentro su bastón negro brillante, pero no pudo recuperarlo y siguió su camino murmurando… «Muchos intrusos me conocen por mi bastón y me fastidian con sus miradas maliciosas. Ahora no podrán saber quién soy sin mi señal distintiva».

 

§  Nota del autor: El relato se inspira en hechos, reales en algunos casos, tomados de la vida del pintor español Salvador Dalí (1904-1989), con el toque de mi imaginación al servicio de la secuencia de los hechos y su contenido.

 

 Traducción del árabe al español: Noemí Fierro


Mahmud Al Rimawi es un escritor y periodista palestino-jordano nacido en 1948 en Palestina, pero que reside en Amán, Jordania. Ha trabajado como editor jefe del periódico jordano Al Rai. Comenzó su carrera literaria publicando su primera colección de cuentos cortos en 1972 y, desde entonces, ha lanzado varias obras más, destacándose su colección titulada Missed Appointment en 2002. Al Rimawi es conocido por sus contribuciones tanto a la literatura árabe como al periodismo, con un enfoque particular en los relatos cortos. Su estilo mezcla observaciones sociales con introspecciones personales, logrando captar las complejidades de la vida cotidiana y las emociones humanas. Sus obras suelen estar impregnadas de un sentido de melancolía y reflexión, características que lo han convertido en una figura notable en la literatura moderna árabe. Entre otros logros, ha contribuido a la promoción de la literatura árabe a nivel internacional y es mencionado en publicaciones como Banipal, que destaca a escritores árabes contemporáneos.  

 

 

 

  

domingo, 7 de diciembre de 2025

EL HOMBRE QUE VENDÍA QUIJOTES

Abdul Hadi Sadoun

 

Todos los lugares de Madrid me recuerdan a las mujeres, excepto Malasaña.

 

Sucedió que conocí el barrio de Malasaña en el que hacía, tal vez, mi tercer año en Madrid, finales de los setenta, “dejando Bagdad un poco más lejos de lo que estaba”, como dije en uno de mis viejos poemas (sin ganas de volver al cuaderno de los recuerdos lejanos, apoyándome en el misericorde olvido de lo que soporté en mi país). Fui conociendo Madrid y sus barrios, paseando sin descanso cada día de un lugar a otro, como un beduino sediento de las luces de una ciudad sin igual para él. Luego tomé al pie de la letra el consejo de un árabe instruido (lo llamaban “el sostén de los exiliados árabes”), al que conocí en un restaurante marroquí, que cuando me encontró vacilando con el español y disimulando mi vergüenza, cortado y retraído, captó mi atención (tras un plato de cuscús grasiento) diciéndome: «Estás en una ciudad abierta, es un pecado que te cierres… No vas a conocerla, a menos que conozcas a sus mujeres. El beso y la cama son la clave para que se te suelte la lengua». En mí caso, lo aprendí a pie juntillas, pero cada vez que lo intentaba, me veía enamorado de una extranjera como yo, sin ninguna esperanza en la española madrileña, como fue el caso de mi última amiga, de nacionalidad búlgara, estudiante de máster como un servidor, a la que conocí en un curso sobre la novela latinoamericana contemporánea, ambos enamorados de la gran Remedios, que voló con las sábanas un fabuloso día de cien años de soledad. Nuestra relación fue a más hasta parecer un matrimonio de extraños en un país extraño. Nos apoyábamos el uno en el otro, sin olvidar o dejar fuera, eso sí, la idea de conocer a una española cada vez que salía de casa, algo de lo que se percató mi compañera, por lo que me vigilaba con acritud por si meneaba la colita o movía las cejas piropeando el trasero de una mujer.

La idea fue suya. Me llamó y me dijo que quería que nos viéramos ese día en Malasaña, en la plaza Dos de Mayo, concretamente. Vivíamos separados, cada uno en su apartamento y en barrios alejados uno del otro. Solíamos quedar los fines de semana para echar un polvo y pasarlo bien, algo así como un programa concretado y aceptado por ambas partes. Yo no había oído hablar de Malasaña y hasta me extrañé y no entendí lo que significaba. Recuerdo que repetí el nombre con mi acento bagdadí y mi vocabulario español renqueante, Mala Seña, Maña Seña…, ¿dónde podía encontrarla?, me pregunté como un estúpido sin tener la menor idea. Ella se echó a reír y sus carcajadas me atravesaron el oído, que tenía pegado al auricular del teléfono, para acabar oyéndola deglutir amablemente su acento para decirme finalmente: «No te preocupes, pardillo lindo, hay mucha gente malvada que sabrá indicarte el lugar». Me dejó con mi confusión después de acordar que nos veríamos a las ocho de la tarde de ese mismo día, un viernes soleado y maravilloso que yo esperaba con ansiedad tras dos semanas de ayuno.

Llegué a la plaza más de media hora antes que mi amiga, como era habitual en mí, por miedo a no saber llegar a la hora acordada, y al haber llegado temprano, me encontró en medio de la plaza, sentado en la terraza de una cafetería, observando el mundo, el tumulto, ruidoso, tomándome mi cerveza helada tras la fatiga y las innumerables preguntas para poder dar con Malasaña, que no Mala Seña, como pensé y por lo que se rio de mí mi amiga y todo aquel al que consulté después, sin que nadie me corrigiera, como si me subestimaran o les hiciera gracia mi retorcido juego lingüístico.

Estaba como quien, desacostumbrado del juego de la observación, lo hubieran hecho volver a él, de tal modo que no me daba cuenta de nada de lo que ocurría en la plaza, excepto cuando me llamaba la atención alguna cosa, pero así tal cual, sin precisar nada en concreto ni con un fin predecible. Observaba y sonreía, feliz de lo que me rodeaba, como si al fin hubiera encontrado mi lugar en una ciudad enorme como Madrid. Y en el instante exacto en el que levantaba el vaso para verter la cerveza en mi panza, serena ante la certeza de una grata velada, lo oí preguntarme si me apetecía conseguir un Don Quijote.

Al volverme hacia el lado de donde salió aquella seductora frase no distinguí más que la apariencia de un joven ataviado con ropa estampada y ancha que ondeaba con la brisa. Llevaba la cara pintada con todos los colores conocidos del arcoíris, y con el pelo se había fabricado una masa que se le quedaba de pie y parecía la cresta de un gallo de pelea de un rojo chillón.

—Antes de responder a mi pregunta, ¿me dejas que te acompañe unos minutos? Con tu permiso, me pediré una cerveza y te explicaré la clase de Don Quijotes que vendo.

Para ser preciso refiriendo la cuestión, todo el tiempo que pasó sentado conmigo, permanecí hipnotizado, inmerso en su persona y en sus palabras. No recuerdo haber participado en la conversación más que con un movimiento de cabeza o una sonrisa, el resto fue cosa suya. No calló ni un segundo, hablándome de la plaza, y que él y sus amigos, que ocupaban Malasaña desde por la tarde hasta que se hacía de noche, saldrían antes o después para ayudar a los oprimidos en cualquier momento, “exactamente como Don Quijote”.

—¿Sabes? En cuanto te vi asomar por la plaza, me dije: Este extraño que mira a todas partes no conoce Malasaña ni sus secretos. Por eso me he acercado, presentándome voluntario en lugar de mis compañeros, para acompañarte y explicarte todo lo que quieras. Pero, antes de nada, no entenderás lo que te rodea sin obsequiarte primero con una lámina dibujada especialmente para ti. ¿Y qué dibujo es ese? Pues Don Quijote, nuestro caballero de la triste figura como tú, el combatiente al que temen los caballeros como yo, el hombre sediento de justicia, el rompecorazones de las doncellas y el que desbarata las miradas de las princesas y las señoras de los castillos. Mira mi mano, observa mis dedos grabando para ti este noble rostro al que no le falta, naturalmente, su ayudante y escudero, guía de sus pasos, el buen y prudente Sancho… Pero, mira bien lo que hago, mi dibujo no se parece a ningún otro.

Luego apartó de la mesa su equipo con un golpe mágico y ocurrió que se llenó con los papeles y los colores. A continuación, me ordenó que disfrutara con el espectáculo de la plaza sin mover la cabeza a derecha e izquierda, para que él pudiera personificar mi aspecto en su dibujo. Me contó que el suyo era especial, y se diferenciaba de los dibujos de las otras mesas, algo en lo que ponía tesón, para no ser un farsante que vendiera Don Quijotes iguales. Entonces se puso a tatarear una balada mientras esparcía sus colores sobre la hoja y sus finos dedos pasaban sus huellas coloreadas sobre el blanco.

No le quité ojo en todo el tiempo, y de no ser por la nuez que le atravesaba la faringe y la ronquera adolescente de su voz rajada, no habría dudado ni por un segundo de que era la mujer más hermosa del mundo: labios finos, nariz ligeramente alargada, frente despejada y prominente y manos delgadas de artista. Mientras movía sus dedos teñidos, yo atendía al tintineo de los aros de sus largas orejas, brillantes como dos lunas vecinas.

No tardó mucho en mostrármelo, como si tuviera el dibujo grabado en su imaginación, y me pidió que esperara. Le dio un trago a la cerveza que le quedaba en el vaso y entonces se levantó. Me pareció una estatua gigante, delgada, con largos ropajes que arrastraban por el suelo, en lo que parecía una cola que lo acompañaba como un apéndice allá donde iba.

Instantes después, sacó de su maletín granate una bolsa de color azul, metió la mano derecha por su abertura para extraer lo que parecía harina morena y se puso a recitarme al oído el conjuro de los caballeros de la primera parte de Don Quijote, mientras esparcía la harina, la tierra, la ceniza, o lo que fuera, sobre la hoja del dibujo, mezclándose todo y desapareciendo los rasgos y las líneas. Con la última frase me proclamó “caballero ambulante”, como la mayoría de los caballeros de Malasaña, desplegados, en secreto o públicamente, por sus calles, apartamentos, esquinas y rebeldes grietas. Cogió la hoja y sopló como un genio que acabara de salir de la lámpara mágica de Aladino, expulsando lo que se extendía sobre la hoja, para acabar volando y difuminándose sobre las mesas, los corros de gente y las cabezas apiñadas de las criaturas que ocupaban la plaza por todos los flancos.

Solo entonces, y con una sonrisa similar a esa sonrisa de las bellas mujeres tímidas, me entregó mi dibujo al tiempo que me daba dos besos en las mejillas, despidiéndose con la esperanza de vernos pronto. «No me olvides, rey moro», dijo y echó a andar dándose la vuelta hasta alcanzar la última esquina por detrás de mí, quizás para probar suerte en otras cafeterías.

Por un poder mágico, hallé entre mis manos mi lámina de Don Quijote, especial para mí: Yo aparecía con mi rostro, subido en Rocinante, con cara gorda y vientre hinchado, y detrás de mí, Sancho, también con mis facciones y flaco como un palo. Caminábamos por una calle abarrotada de Bagdad, de las que dejé atrás y pensé haber olvidado.

Suspiré profundamente y los ojos se me llenaron de lágrimas. Francamente, no pude sobreponerme a la sorpresa, e inconscientemente me giré buscándolo, pero no di con él. Le perdí la pista por completo.

Desapareció por detrás de un montón de mesas, repletas de gente de todo tipo. Tuvo que haber entrado en una de las calles laterales hasta desaparecer de mi vista, pero mientras me giraba buscando su rastro, ocurrió algo que no podría retratar, ni yo mismo ni un fotógrafo experto en festejos.  De repente, vislumbré cómo las esquinas de las calles de frente a donde yo estaba sentado se abrían cual bocas gigantes para propulsar un huracán en forma de confeti multicolor, seguido de una multitud de toda clase, sexo y profesión imaginable.

La nube gigante avanzó hacia nosotros, hacia la plaza Dos de Mayo, guiada por hombres y mujeres recitando, bailando y cantando al son de tambores africanos. Luego, con el golpe de un mago hábil, se trasformó todo lo que había a mi alrededor en lo que parecía la plaza Fna de Marrakech: encantadores de serpientes, vendedores de gominolas y bebidas, vendedores de rosas, vendedores de comida, carros engalanados con bailarinas de la danza del vientre, payasos, acróbatas, mujeres con trajes victorianos, andalusíes esbeltas con ropajes inequívocos, gitanos, rubios, morenos, negros, esclavas, afeminados, enanos y niños en el papel de enanos, tintoreros, médicos, maestros, escribanos, cocineros, y muchos más, maquillados o sin maquillaje, en cueros o medio en cueros y con trajes de época, algunos se remontaban a los tiempos de Mohámmad I, el fundador de Mayrit, y otros imitaban a los hippies y esa etapa de los pantalones de campana, y muchas otras más sobre las que no me alcanza la memoria. Y después vino la traca final: Se abrió la nube blanca sobre el vendedor de Quijotes y se quitó de su cuerpo escuálido las guirnaldas de papel que me habían hecho compañía minutos antes, llevando al extremo su disfraz de caballero de la triste figura. Avanzó hacia mí, hacia mí concretamente, girando y girando como un derviche en una sesión sufí. Estaba relajado, absorto, a pesar de la danza y el desenfreno. Todo daba vueltas a su alrededor, a nuestro alrededor, a mi alrededor, como si solo él estuviera a mi lado. Después me vi imitar al caballero triste, girando entre ellos y con ellos en la danza de los tambores, moviendo mi cuerpo y ladeándolo como ellos, bamboleo que creo que me duró hasta la madrugada. Yo era una copia de aquella lámina suya en la que me dibujó como Sancho con un cuerpo delgado en pos del que iba él, con el aspecto de un Don Quijote grueso y rechoncho.

   No hace falta que os anuncie que mi amiga la búlgara me desterró de su paraíso porque en realidad había sido testigo de mi encuentro y me vio en compañía de aquella mujer adornada con cientos de colores chillones, así que volvió por donde vino pensando que en su ausencia había estado echándole los tejos a una fémina. No le di importancia. Siempre había mantenido la esperanza de hallarme en la ventana de una madrileña, una gata de verdad, que es lo que me ocurrió muchos años después.

La cuestión es que no volví a Malasaña más que en contadas ocasiones, y cada vez que eso sucedía, sentía la sacudida de aquellos tambores, mi cuerpo se sobresaltaba y me mecía entre su humo, su gente y sus calles, aunque después de aquel día no volví a ver a mi amigo, el hombre con ropa estampada que vendía los Don Quijotes, cuya lámina sigo conservando hasta la fecha y que, como una cruz, ha decorado cada cuarto que he alquilado y casa en la que he vivido en Madrid, de norte a sur.

Debo reconoceros ahora, tantos años después, que todos los lugares de Madrid me recuerdan a las mujeres y Malasaña, la primera.

Abdul Hadi Sadoun (Bagdad – Irak, 1968). Es escritor, hispanista, y editor. Es profesor de lengua y literatura árabes en la universidad Complutense de Madrid. Como autor participó desde el año 2000 hasta hoy en muchos festivales y encuentros literarios en el mundo árabe, España, Latinoamérica y Europa. Su trabajo poético ha sido reconocido de diversas maneras: II Beca Antonio Machado (Fundación Antonio Machado, Soria, España, 2009), Huésped distinguido de ciudad de salamanca (2016), y IX Distinción Poetas de otros mundos (Fondo Poético Internacional, 2016). Es autor de una larga lista tanto en árabe como en castellano, entre ellos se destacan: Siempre Todavía (2010) Campos del extraño (2011), Memorias de un perro iraquí (2016), Sencillo equilibrillo (2022), y País portátil (2023).

MUNDO AL REVÉS

Silvio Sosio

 

Se llamaba Cosmico Spaziale, y era un escritor frustrado.

Permanecía sentado ante el escritorio, con los codos clavados en la fría superficie de vidrio de la mesa y el mentón sostenido con desaliento por las palmas de las manos. Fijaba la vista en el monitor de su fiel PC con Windows y en la ventana del procesador de textos, desesperadamente en blanco, con el cursor parpadeante que parecía repetir en un tic-tac obsesivo: «¿Y bien? ¿Qué esperas?».

Prácticamente toda la tarde había transcurrido así, y aún no tenía una idea. Las únicas palabras que había escrito eran Estación 9 – relato de Cósmico Espacial. El título, y después el nombre del autor, ese nombre que tanto detestaba y que sin embargo era el suyo, una burlesca alianza entre un destino cruel –que le había dado aquel apellido– y la escasa fantasía de sus padres, que le habían impuesto el nombre. Estaba destinado a ser escritor de ciencia ficción; eso parecía escrito en su destino registral.

Pero él odiaba la ciencia ficción.

Levantó la mano derecha y quedó allí, inmóvil, con el dedo índice suspendido sin saber sobre qué tecla dejarlo caer. No se le ocurría ninguna idea. Cuando escribió el título tenía en mente un vago argumento sobre una estación en un planeta inexplorado y un monstruo tipo Alien que eliminaba a unas cuantas personas, pero todo era nebuloso. No sabía cómo comenzar.

Resopló, tomó el mando a distancia y encendió la televisión. Hizo un poco de zapping y al final cayó en Retequattro. Reconoció enseguida, muy a su pesar, un episodio de Espacio 1999. Odiaba aquel canal, que transmitía todo el día series y seriales de ciencia ficción. Star Trek en todas sus encarnaciones, Espacio 1999, UFO, En los límites de la realidad, Doctor Who, Visitors, Los sobrevivientes, El prisionero, La nave espacial Orión, Highlander, Mork & Mindy, Thunderbirds, Crónicas marcianas, Zafiro y Acero, Cuarta dimensión, y todas esas innobles adaptaciones brasileñas por episodios sacadas de best sellers como Fundación, Dune, El mundo del río, Los desposeídos del otro planeta. Repuestas cada día, con múltiples repeticiones, y la gente en casa devorándolas como si fueran la Biblia y comentándolas en la barbería, en las tiendas, en el trabajo, con las vecinas. Un serial basado en Los príncipes demonio había atraído, el año anterior, a más de treinta millones de espectadores solo en Italia. Escalofriante.

Apagó la televisión, disgustado, y volvió al escritorio. Acarició con melancolía el perfil severo, anguloso, de su PC, otra de esas manías que lo hacían sentir extraño. Cada vez que entregaba un relato a un editor tenía que convertir el texto al formato estándar AppleWorks y guardarlo en un disquete para Macintosh, porque nadie conseguía abrir sus archivos de Microsoft Office. Cada vez que salía un nuevo programa o un nuevo juego debía esperar meses antes de que alguien hiciera una versión para Windows. Y siempre costaba más caro.

Para consolarse abrió el cajón del escritorio. Bajo un par de guantes de portero de fútbol sacó un pequeño cuadernillo fotocopiado, de formato reducido, en cuya portada en blanco y negro destacaba, con caracteres elegantes y ligeramente art nouveau, el encabezado: El Otro Beautiful, y más abajo: Fanzine de literatura rosa. Tratándolo con cariño, lo abrió en las primeras páginas, donde, después de su editorial, estaban impresos dos relatos: uno suyo y otro de un amigo que firmaba como Claretta Bellisari. Mantenía la revistita escondida, lejos del alcance de “los otros”. Su novia, por ejemplo, se burlaba de él sin piedad: decía que su insana pasión por la narrativa rosa era un signo de infantilismo, y que las cosas importantes en la vida eran otras: los contactos con extraterrestres, o anticipar el futuro de la humanidad, o imaginar “qué pasaría si…”. Era eso, según ella, lo que hacía la vida maravillosa y digna de ser vivida.

Con un nudo en la garganta volvió a guardar el fascículo en el cajón y, por enésima vez, se preguntó por qué no era posible vivir escribiendo aquello que realmente deseaba escribir: historias de amor, de sentimientos, donde pudiera expresar toda la dulzura y la ternura de su frágil alma. Historias donde los protagonistas no fueran naves espaciales y viajes en el tiempo, sino delicadas relaciones entre hombres románticos y mujeres fascinantes.

Lamentablemente, había que mirar la realidad de frente. Años antes, cuando era más joven, él y un grupito de otros apasionados habían intentado la aventura del quiosco: habían propuesto una revistilla, que bautizaron Lo que el viento se llevó, en homenaje a una vieja y olvidada obra maestra del cine. Fue un desastre. Así que, también para recuperar el dinero perdido en aquella aventura, Cósmico tuvo que ponerse a escribir ciencia ficción para revistas que pagaban bien, como Intimidad, dedicada a los viajes de micronautas dentro del cuerpo humano, y Confidencias, un rotativo que abordaba el tema de la telepatía. Pero cada vez que tocaba el teclado del ordenador para escribir un relato, se sentía sucio, le parecía estar prostituyéndose, vendiendo su alma de escritor por vil dinero.

Por un momento se dejó dominar por la rabia. Luego una sonrisa maligna se dibujó en su rostro. ¿Qué pasaría si…?

Tomó el mouse y borró el título que había escrito, sustituyéndolo por otro: Mundo al revés, de Cósmico Espacial. Ahora tenía una idea. Escribiría un relato sobre un universo paralelo. Un universo paralelo donde Jules Verne y H. G. Wells hubieran quedado como pobres escritores populares, y donde, en cambio, Goethe y Manzoni hubieran sido reconocidos por la crítica y forjado su época; donde la ciencia ficción fuese leída solo por unos pocos fanáticos excéntricos, y la narrativa rosa, en cambio, tuviera éxito: películas, seriales, telenovelas programadas en las cadenas más importantes durante todo el día. Y relatos bien pagados y leídos por un vasto público.

El dedo quedó suspendido aún sobre el teclado, mientras la sonrisa demencial se extinguía poco a poco en su rostro y se transformaba en una mueca de tristeza.

Nadie le publicaría un relato semejante. Era verdaderamente demasiado, demasiado inverosímil.

Escribió entonces un relato en el que los lunes, en lugar de comentar torneos de ajedrez, se hablaba solamente de fútbol.

 Silvio Sosio nació en Milán, Italia, el 5 de octubre de 1963. Es un periodista, editor y antólogo. Su actividad en el campo de la ciencia ficción comenzó en la década de 1980 con el fanzine La spada spezzata (ganador del Premio de la European Science Fiction Society al mejor fanzine europeo de ciencia ficción en 1986). En 1994 fundó, junto con Luigi Pachì, la revista en línea Delos Science Fiction. En 1996 fundó el portal Fantascienza.com. Entre 1999 y 2020 ganó diez veces el Premio Italia. Desde 1993 se dedica a la difusión de la ciencia ficción por vía telemática, primero en el mundo de las BBS con la conferencia dedicada al fantástico Fantatalk en la red OneNet (que sobrevivió hasta 2003 en la Rete Civica Milanese). Además de su actividad periodística, Silvio Sosio también ha escrito algunos relatos, uno de los cuales, “Ketama”, ganó el premio Courmayeur en 1996 y se publicó en Italia y Francia, mientras que otros se han publicado en Urania.

LA PELOTA

Khancho Kojouharov

 

Alegría.

El aire es cálido y seco y, a cada bote, la pelota se raspa ásperamente contra mi palma antes de aquietarse. Todos mis compañeros están marcados, pero no se preocupan demasiado, porque saben que el que me defiende es flojo. Ahí está: con las piernas bien abiertas y los brazos extendidos, como si quisiera esconder su inseguridad detrás de la espalda.

Tum, tum, tum-tum. A propósito, dribleo demasiado cerca de él. No se atreve a meter la mano. Sigue ahí, inconmovible. Bueno, vamos a ver ahora. Amago, un paso hacia la izquierda y luego cambio bruscamente de dirección. Mi marcador se traga el engaño y trastabilla. Lo dejo atrás sin mirarlo: ahora me va a perseguir con heroísmo, sin conseguir alcanzarme. Entro en la zona en paralelo con su pívot y salto. Él me saca media cabeza, ha sincronizado sus pasos con los míos y el tapón parece casi seguro. Ni pensar en pasar: mis queridos compañeros no se han movido ni un milímetro.

Estiro el salto todo lo que puedo y al mismo tiempo, giro. En el instante en que quedo de espaldas al aro y a centímetros del suelo, tiro. El brazo del pívot se agita inútilmente a un lado y él cae pesadamente. Los dos rotamos la cabeza al mismo tiempo.

La pelota llega perezosa al tablero, chilla por el fuerte efecto y se lanza hacia el aro. Ya sé que va a entrar. Medio segundo más tarde también lo entiende el público y estalla de satisfacción: la pelota da dos vueltas sobre el aro antes de colarse en la red. Un tiro hermoso.

Empiezo a trotar de vuelta despacio, dos de los nuestros me dan unas palmadas aprobatorias en el hombro. Ganamos también este partido. Unos minutos más y nos clasificamos para la final.

 

Magia.

En la curva de la avenida principal se separaron y el chico siguió solo, en diagonal, a través del parque. El sol moteaba parte de las hojas de los árboles; en algún lugar un pájaro carpintero tamborileaba sobre la madera, los mirlos cantaban. Hacía un calor agradable y el cansancio se acomodaba de forma acogedora en su cuerpo y en sus pensamientos, desplazando poco a poco la alegría del juego.

Casi había pasado ya el matorral cuando algo se movió y fue captado por el rabillo del ojo. Por un instante, la pelota y el chico se quedaron mirándose fijamente. Él apartó las ramas, se inclinó y la rozó con los dedos. La pelota botó y quedó obediente en su mano: completamente nueva, con un emblema desconocido y un texto como en árabe. Parecía imposible que alguien se la hubiera olvidado o se le hubiera caído en los arbustos, y sin embargo ahí estaba.

El chico sonrió a su buena suerte: la pelota lo atraía sin medida. Le pareció que también ella estaba contenta con su propia suerte. Era como un tomate maduro, como unos labios frescos, como un sol poniente.

 

El padre.

Entró al patio haciendo girar la pelota sobre su dedo. En la mesa bajo la parra, su padre dejó con cuidado la enorme taza y se volvió hacia él.

—Hola, campeón —dijo luego de tragar lentamente el café. El chico le lanzó la pelota.

—Hola. Mira lo que encontré.

Sin levantarse, el hombre la atrapó y empezó a botarla sentado. Su mano bajó hasta casi tocar el suelo y los botes se hicieron más rápidos, como un redoble de tambor. Luego, con un solo movimiento de la muñeca, se la devolvió al hijo.

—Es magnífica. ¿Es el premio?

—No. La final es el domingo —dijo el chico mientras se sentaba—. ¿Cómo sabes que ganamos?

El padre empujó la cafetera hacia él.

—Sírvete una taza.

—No quiero —el chico siguió lanzando la pelota al aire y haciéndola girar sobre el dedo—. ¿Se me nota tanto?

—No diría tanto. Es más bien deformación profesional. Al fin y al cabo, tengo veinte años de práctica.

—Si estás tan deformado, ven el domingo a observar al público. Se desboca tanto que te puedes morir de risa. Psicología de la multitud, ¿así se llamaba?

Una sonrisa de satisfacción.

—Voy a ir, claro. Pero no por el público.

 

El público.

—¡Gri-sha! ¡Gri-sha!

Cien pares de piernas tostadas por el sol saltan al mismo ritmo a lo largo de la cancha. Cien gargantas corean con entusiasmo el nombre de su hijo. Ha valido la pena venir, entre otras cosas por esas dos chiquilinas que, tras el pitido del árbitro, se colgaron del cuello de su hijo, a los gritos.

El padre se pone de pie y se escabulle con calma en la confusión.

 

El hijo.

—¿Por qué te fuiste?

—Vi que iban a festejar y decidí que podía felicitarte más tarde.

—¿Te gustó?

—Fuiste el mejor.

—No te pregunto por mí.

—¿Ah, el público? Estuvo muy lindo. Hace mucho que no sentía una vibración tan limpia. Sólo alegría, sin emociones negativas. Qué envidia. No tienen ningún problema.

Algo en el tono del padre pone al chico en guardia.

—¿Y yo?

—Ya te dije, fuiste el mejor. Eso es un gran problema.

—No entiendo.

—En el otoño vas a estar en la facultad. Por lo que te conozco, vas a aprobar los exámenes. Para eso sos bastante bueno. Por lo que te conozco, vas a querer entrar en el equipo universitario. Puede que no te acepten.

—Pero dijiste...

—Que fuiste el mejor. Acá. Sobre el fondo de los demás. Estás un nivel por encima de todas las estrellitas locales en potencia y eso puede costarte caro. No te compares con los que tienes a mano. Ni siquiera con los mejores. Si te interesa llegar algún día a la cima lo mejor es no fabricar ídolos.

—Igual tengo que compararme con alguien.

—De vez en cuando, puede ser. Pero, en general, sólo contigo mismo. Hoy tienes que ser mejor que ayer. Mañana, mejor que hoy. Eso es todo. Muy simple, pero requiere mucho trabajo.

Silencio. Las mejillas del chico se han enrojecido un poco. Aprieta los labios con obstinación.

—Hoy fui mejor que ayer. Y ayer, mejor que antes de ayer. —El hombre alza interrogativamente las cejas—. Desde que encontré la pelota, entreno todos los días. Es un placer increíble tocarla. Siento como si estuviera viva —el chico sonríe con inseguridad—. Como si fuera una princesa encantada.

—Me alegra oírlo —dice el padre muy serio, y su mirada se desliza pensativa hacia un lado.

 

Magia.

Los demás salen de los vestuarios y se dirigen hacia la salida, ya subiéndose las capuchas o encajándose las gorras: diciembre ha resultado bastante crudo.

—Adiós, Grisha —me despide un coro desafinado justo cuando tiro desde la línea de tres.

—Adiós —levanto la mano en señal de saludo al caer. La pelota termina su vuelo en la red y yo me lanzo hacia adelante para atraparla en el rebote e intentar enterrarla en el aro. Como siempre, me faltan dos centímetros y ella vuelve a salir despedida. La alcanzo por la zona del centro y, a toda velocidad, ataco el aro contrario, esta vez con éxito.

—¿Cuándo empiezan los exámenes? —el entrenador acomoda cuidadosamente, uno por uno, los dedos dentro de los guantes.

—El miércoles rindo matemáticas.

—No te queda mucho tiempo. —El hombre intenta aparentar preocupación mientras yo me quedo quieto, haciendo girar la pelota en las manos. Curioso: después de un año y medio de juego ininterrumpido, sigue pareciendo completamente nueva. Sólo el texto se ha borrado un poco y difícilmente alguien podría descifrar las curvas desdibujadas que quedan.

—Voy a aprobar, profe —lo tranquilizo—. Ya no soy un conejito, sé estudiar.

—Bueno, bueno. Que tengas buena noche —y mientras camina hacia la puerta, lanza por encima del hombro—: Igual no te exijas demasiado. Sabes que no eres lo bastante alto como para encestar sin saltar.

Ahora va a dar un portazo a la puerta exterior, va a volver sobre la punta de los pies y va a observar desde detrás de la cortina cómo voy de un aro al otro para entrenar mi salto. Después se irá, orgulloso de haber logrado motivar a su jugador más prometedor para que trabaje una hora entera más, cuando los otros ya se han ido, luchando contra la soledad y el cansancio.

¿Qué cansancio ni qué ocho cuartos? Desde que encontré la pelota no me he sentido cansado. Es a la vez amiga y rival. Me excita y me inspira. Es como un premio soñado, como el rugido entusiasta del público, como una nueva amante.

El público.

El pabellón retumba, las paredes vibran, las puertas hacia el vestíbulo muestran lenguas azuladas de humo. En la tercera fila, un fanático regordete y enrojecido, a un pelo del infarto, le da la espalda a la cancha y dirige al compacto grupo de fans de uno de los equipos, que a voz en cuello celebra la canasta del empate en los últimos segundos. ¡Habrá prórroga!

El padre saca un pañuelo y se seca el sudor de la frente y del cuello. Al guardarlo, observa sorprendido que le tiemblan las manos.

 

Profesionalismo.

Sami me hace un bloqueo perfecto. Paso a su lado y, detrás de mi espalda, le encajo la pelota en las manos. Freno en seco y mi defensor se va sin control hacia fuera de la cancha. El hombre de Sami, que no ha visto el pase, lo abandona y se lanza hacia mí. Prolongo su engaño saltando con indiferencia aparente y luego lo contemplo con gusto mientras vuela como una araña gigante recortada contra el techo, con los ojos desorbitados por el vacío de mis manos.

Un rugido ensordecedor me informa de que Sami ha anotado.

Por fin algo alegre en este día: ganamos el partido.

 

El hijo

—¿Qué fue de esa pelota? ¿Todavía entrenas con ella?

—De vez en cuando. Si no, la llevo a todas las giras. Es mi talismán.

He empezado mal. Tengo que cambiar de estrategia, se dice el padre y calibra bien el tono para que le salga una media constatación, media pregunta.

—No parecés muy contento.

—No tengo motivo.

—¿Cómo que no hay motivos? Ganaron, jugaste magníficamente... —Encogimiento de hombros—. ¿Ya no te da placer jugar?

—Muy pocas veces. Después de tres años jugando como profesional, sólo puedes pensar en la victoria. Lo demás no importa.

—¿Ni siquiera el público? Te adora.

—Trato de no fijarme en él. Por cierto, ya no es el mismo. Es como si lo hubieran cambiado. Se ha vuelto como un remolino. Intenta tragarme y tengo que luchar con todas mis fuerzas para mantenerme a flote. Cuando termina el partido, me doy cuenta de que me ha chupado la alegría, la maestría e incluso el cansancio, y que no me he hundido sólo porque me ha dejado vacío como una vaina seca.

—Así que tú también lo sentiste —dice lentamente el padre, y los ojos del hijo se clavan en los suyos como dos hojas negras—. Las caras son las mismas, a algunas las recuerdo desde hace años, pero la gente ha cambiado. Cuando sus favoritos ganan, ya no se alegran, sino que se regodean. Se alegran con signo negativo: porque el jugador del otro equipo no anotó, o se lesionó, o lo expulsaron. Eso no es público. Al menos no uno por el que valga la pena jugar. ¿No pensaste en dejarlo?

—No puedo. No juego sólo por el público, juego también por mí.

—Pero ya no te aporta nada.

—No es así. Dejando de lado la plata, es una cuestión de orgullo. El juego es lo que mejor sé hacer. Quizás mejor que nadie. Voy a tener que pelearla.

 

El hijo.

La mitad de la audiencia que me adora me abuchea, la otra mitad abuchea al árbitro. El entrenador me llama al banquillo de suplentes; acumulé cuatro faltas y al final del partido me necesitará.

Se sienta, saca la inmortal pelota de su bolso y la sostiene en sus manos. De repente, siente que todo le es ajeno, incluso la pelota. La mira con disgusto. Era como un huevo de una araña gigante, como una mina mortal, como un ojo sangrante de un gigante.

Mi padre tenía razón: ya no pueden alegrarse, solo regocijarse. Aquí están de nuevo: silban, burlándose y riéndose. Seguramente alguien intentó disparar desde lejos y no acertó. Que silben, me importa poco.

Apoyó la pelota detrás de la nuca y se echó hacia atrás. Luego cerró los ojos, cansado.

 

Magia.

¿Dónde estoy, Dios mío? ¿De dónde salió esta sala redonda, estas pantallas, estas criaturas extrañas e imperturbables? ¿Por qué no me ven, por qué no puedo moverme? No, no son pantallas, son ventanas, ventanas con vidrios a través de los que probablemente sólo se ve en una dirección. Porque detrás de ellas está el pabellón deportivo, con el público enloquecido y mis compañeros. Y nadie nota nada. A la derecha, detrás de un ventanal, está el masajista que se sentaba a mi lado y, a la izquierda, el entrenador. Otra vez están uno a cada lado, pero separados veinte metros.

¿Y de quién es esa cabeza justo enfrente? Qué lástima, uno de esos seres extraños me tapa el número de la camiseta. Menos mal que se levanta. Qué cara tan desagradable tiene. Sin vida, como un busto de yeso. ¡Dios, el diez! ¡Mi número! Si ese soy yo, ¿dónde diablos entró toda esta esfera de vidrio? La pared estaba detrás de mi espalda. Me voy a volver loco.

Vamos, muchacho, tranquilo, ¡tranquilo! Toma aire, suéltalo despacio y piensa. ¡Piensa! Primero: ¿son fantasmas o personas? Son personas, si nos guiamos por cómo se dobló la silla bajo aquel que se levantó. Aunque puede que no sean exactamente personas, sino algún tipo de extraterrestres. ¿Qué estarán haciendo?... ¿Observando? Observan, sólo que no el partido, sino al público.

¿Qué puede haber de tan interesante en el público? Mmm, no lo entiendo. Así que observadores. Observadores es la palabra exacta. Sus ojos son ávidos, sus ojos son como un remolino que quiere absorberlo todo. ¿Qué se puede sacar del público? Qué curioso, la pelota viene hacia acá y va a caer justo sobre el techo de la sala acristalada. ¿Lo atravesará?

La sala tembló en sus manos, él se tensó y la arrojó hacia el árbitro. El árbitro atrapó la pelota sin notar el cambio y se la pasó al jugador a su lado.

 

Alegría.

Al principio se rio bajito, pero luego se imaginó con toda claridad cómo esas criaturas de la sala de vidrio botaban como locas junto con la pelota por toda la cancha, y su risa se mezcló con los gritos del público, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. El entrenador lo miró desconcertado –el equipo perdía sin remedio–, pero luego se contagió y, entre hipidos, le hizo una seña al árbitro para pedir el cambio. Así, a dos minutos del final, él volvió a entrar en juego, sonriente de oreja a oreja, con un registro de cuatro faltas personales y un déficit –para todo el equipo– de nueve puntos.

El tiempo empezó a fluir lento como la miel y el hombre alcanzó a saborear todas esas cosas descoloridas y hundidas en su memoria que de pronto resucitaron y recuperaron sus antiguos colores: el dribbling infalible y los pases vertiginosos, la hermosa parábola que terminaba en el aro, los amagues perfectos y la euforia creciente del público, que enloquecía en las tribunas y no podía creer lo que veía.

Y en los últimos segundos, cuando logró robarle la pelota al rival y se lanzó hacia el aro, el entusiasmo de la multitud le dio fuerzas para aquel salto increíble desde la línea de libres, en el que por un instante vio el aro desde arriba, justo antes de clavar con las dos manos la canasta de la victoria. El público estalló, y la pelota también.

Deslumbrantes arruguitas recorrieron su superficie y, con los ojos cerrados, él sintió un soplo cálido en el rostro. Sus compañeros estaban demasiado exaltados como para reparar en sus lágrimas, aunque algunos se sorprendieron bastante de la manera en que recogía los jirones de goma roja del piso: con un cuidado infinito, como si se tratara de los fragmentos de un hermoso jarrón de cristal.

Khancho «Khanev» Kojouharov (Bulgaria/Reino Unido) es un galardonado escritor, periodista de investigación y traductor. Sus novelas, relatos, análisis y artículos científicos se han publicado en búlgaro, inglés, francés, alemán, polaco, ruso y ucraniano. Kojouharov ha traducido unos 60 libros del inglés, que abarcan una amplia gama de temas: física, astrofísica y cosmología; filosofía y religión; sociología, psicología y psicoanálisis; historia y biografías; economía y ciencias políticas; memoria y tests de inteligencia; novela negra, de espionaje y de ciencia ficción. Es miembro de la Asociación Internacional de Escritores de Novela Negra, la Unión de Escritores Búlgaros y la Unión de Periodistas Búlgaros.

 

EL PÁJARO

Lidia Nicolai

 

Abrí los ojos y me incorporé en el banco del parque en el que había pasado la noche. Estiré las piernas y los brazos y miré el reloj: cuatro y media de la madrugada. Entonces vi al pájaro volar desde una de las ramas del árbol que estaba frente a mí, cruzando el sendero. El pájaro, plumas renegridas, pico amarillo, vino a ubicarse sobre mi banco de plaza y se quedó mirándome. Se acomodó sobre las tablas verdes del banco en la posición que usan las aves para empollar los huevos. Estuve segura de que él me veía como yo a él, es decir, yo ya había vuelto a ser visible. No tengo explicación para lo que voy a contarle al lector de estas notas, pero lo cierto es que me puse a hablar con el recién llegado como si lo conociera de toda la vida; es más, como si fuera un congénere con el tuviera la confianza suficiente para contarle cosas de mí que yo misma no terminaba de entender. Y lo más raro de todo: desde el vamos, di por sentado que me iba a entender.

Después que pasó todo –es decir que terminó esa noche–, no supe darle racionalidad a mi proceder.

Lo primero que le dije a mi inesperado compañero de banco fue que seguro que él conocía el Parque de los Patricios desde hacía mucho tiempo y por toda respuesta obtuve un gesto de asentimiento. A riesgo de verme a mí misma como una ridícula o como una mujer que perdió el juicio, le dije al pájaro (unos días más tarde supe que se trataba de un estornino), que era preciso, necesario, diría yo, que le contara qué me había ocurrido esa noche que ahora estaba a punto de terminar: su punto de vista, tan diferente al mío, sería muy interesante. Asintió, y creí comprender que la idea le gustaba.

El parque se halla inmerso en plena ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, posee rincones alejados de toda contaminación urbana, teñidos de la placidez que ofrecen diferentes colores de verde y el pasto salpicado por las florecillas amarillas caídas desde las copas de las tipas. Lo que yo no sabía, y nunca habría osado afirmar, es que es un lugar mágico. Para mí, la presencia del estornino y mi comportamiento frente a él formaron parte de esa magia. Así se lo dije a mi oyente. Él meneó su cabeza negra a los costados alegremente.

—Mágico —insistí—, como se lo digo. Ya le voy a contar cómo sucedieron las cosas y usted juzgará por sí mismo (en ningún momento dejé de tratar de usted al pájaro, sentí que así debía ser).

Si mal no recuerdo este fue mi relato.

Anoche salí de mi casa con la cabeza hecha un remolino de vacilaciones. En los últimos tiempos, la casa se había transformado en un lugar de incomodidad. Pero, tampoco sabía en qué lugar deseaba estar. Por primera vez en la vida me pregunté si necesariamente debía elegir un lugar. Mientras cavilaba, mantenía un paso firme hacia la avenida Caseros. En los últimos tiempos algo había cambiado, algo imperceptible o, mejor dicho, casi imperceptible: de hecho, es muy posible que la incomodidad que me llevaba ahora a querer alejarme, fuera un signo de que “algo” había atravesado las fronteras de mi conocimiento. Ese algo –si bien se me presentaba inaccesible por la vía de la razón–, había logrado afectar mi realidad.

En definitiva, mientras intentaba vanamente encontrar una respuesta. caminé unas cuantas cuadras. Llegué a la conclusión de que no quería estar en ninguna parte. Pero, ¿se podía estar en ninguna parte? Entonces una idea tomó fuerza en mi pensamiento: conseguiría estar en ninguna parte haciéndome invisible al resto del mundo.

Crucé la calle Pepirí y me encontré frente a una de las entradas del Parque de los Patricios. Atravesé la verja me adentré por un sendero. El silencio del lugar me tranquilizó. Y entonces mi idea tomó forma e intensidad suficientes como para creerla de posible realización. Miré la luna llena entre las copas de los árboles y me di cuenta que el cansancio estaba por vencerme.

Decidí no volver a casa esa noche. Debía inventar algo. Saqué el celular del bolsillo de mi campera y llamé a Ernesto. Inventé que estaba en casa de Irina y, como ella no se sentía bien, me quedaría a pasar la noche en su casa. Colgué, y llamé a Irina, para asegurarme de que si llamaba Ernesto por alguna razón (no veía ninguna posible, pero era mejor prevenir), le dijera que yo estaba dormida. Le dije que se quedara tranquila, que todo estaba bien, al día siguiente le explicaría todo el asunto.

Hacerme invisible y dormir toda la noche sobre uno de los bancos de la plaza me pareció una idea tan maravillosa como posible. Me concentraría en la idea de ser invisible. Tengo una amiga que me dice que soy capaz de pensar tan fuerte que a veces hasta ella me escucha. Una vez lo hizo de verdad y el corazón me dio un salto. Ahora debo pensar fuerte en que es posible ser invisible. Daría así forma al estar en ninguna parte. “Quiero poder pasar la noche en este banco del parque sin que nadie me vea; constituirme en un no lugar”, repetí diez o más veces con intensidad creciente. De esta manera nadie conocería mi ubicación; no estaría en ninguna parte.

Entonces me concentré en mi máximo deseo: ser invisible para el mundo, que ese lugar se convirtiera en un no-lugar con mi transformación en invisible.

Sentada en el banco del Parque, me concentré en la idea de hacer me invisible. Como si eso fuera posible. En verdad, en ese momento, a medio camino entre el sueño y la vigilia, para mí, por momentos ese deseo era de realización factible. Me concentré deseando ser invisible para poder dormir sobre el banco de la plaza sin que nadie me viera.

Y cuál sería mi sorpresa cuando comprobé que había logrado mi objetivo. ¡Y de qué manera! Le dije esto al estornino que había adoptado una pose reclinada sobre el respaldo del banco. Tenía sus ojos fijos en los míos y, de haber sido una persona, yo hubiera pensado que estaba muy interesado en mi relato. No soslayé la mirada que me lanzó, creí ver en ella algo parecido a la satisfacción.

Continué mi relato.

No había leído más de dos o tres páginas cuando creí oír voces que venían del camino.

Estaba yo reclinada sobre el banco, el libro sobre la falda, con los ojos entrecerrados, el sueño a punto de lograr que bajara del todo los párpados, cuando vi a los dueños de las voces: se acercaban. Pronto distinguí que se trababa de pareja en plena discusión, las voces al filo de los gritos. Y mis ojos se abrieron de par en par cuando reconocí al hombre: Ernesto, mi marido.

Ella, una mujer que tendrá más o menos mi edad, parecía furiosa.

Nuestra relación se termina hoy, Pamela. No va más, nunca debería haber sido, decía él, cuando se detuvo frente al banco en el que yo ya había dejado la posición reclinada y estaba sentada tan tiesa como un maniquí.

En un primer momento pensé que Ernesto fingía no verme. Un par de segundos después pensé que él sería incapaz de algo así. Y ella –no la conozco–, no creo que se sentara en el banco donde ve a otra mujer, para llorar ante el amante que la está abandonando. Es decir, tuve que decirme todo esto para convencerme de que ninguno de los dos me veía, vaya a saber por qué caminos misteriosos de este universo que habitamos me había hecho invisible.

Y cuál sería mi sorpresa cuando ella se sentó en el otro extremo del banco y pasó de la furia al llanto desconsolado. Ernesto permaneció parado frente a ella y yo me corrí bien al otro extremo del banco pensando en que tal vez él fuera a sentarse. Pero no lo hizo, aunque había una marcada indecisión en su gesto. La misma expresión de indecisión que yo le veía todos los días ante cualquier nimiedad cotidiana. Pensé en qué suerte de arrebato lo habría llevado a encarar una relación amorosa con esta mujer. Y me descubrí pensando esto tomando la distancia, sin ningún rencor. Hasta diría que podría ponerme en el lugar de Ernesto, un hombre inteligente, sencillo y cálido que siempre había sido obediente ante las leyes sociales. No llores, sabías que yo era casado y que amo a mi mujer. Ahora, que le he sido infiel, lo siento en el alma y también siento que la amo más aún de lo que yo pensaba. No puedo seguir con nuestra relación. Es así de simple. Ya no sé más cómo decírtelo.

Después de que la mujer se hubo calmado, él le dijo que la llevaría a su casa en el auto. Y se alejaron.

Ahí terminé mi relato.

Le dije a mi oyente –que permanecía callado–, que mientras hablaba con él había recordado a mi abuela Rosalía. Ella solía decir “de noche se me vuelan los pájaros”. Y un día quise saber qué quería decir con esa expresión y si eso de que se le volaran los pájaros era algo bueno o malo. Me contestó que con esa frase ella quería decir que de noche sus ideas remontaban vuelo, se hacían más claras, y eso era algo muy bueno para sus tejidos al crochet. La imaginación se iba por las nubes, como los pájaros, y cosas que de día eran imposibles dejaban de serlo. Me acuerdo qué sorpresa me llevé con esta respuesta y que ella debe haber visto mi perplejidad reflejada en mis gestos porque me aclaró que, muchas veces estaba días tratando de idear un punto nuevo o de que sus agujas tejieran lo que se le había ocurrido sólo a medias y no lograba llevar a la práctica. Pues bien, en esos casos era cuestión de que se quedase despierta hasta tarde, tan tarde como pudiera, desvelarse, si era posible. Y en esos momentos insomnes podía resolver lo que de día había sido imposible. Tal vez anoche a mí se me volaron los pájaros en cierto sentido, y pude volverme invisible cosa que jamás pensé que podría realizar. Y también pude resolver algo que tenía entre manos sin siquiera conocerlo.

Mi oyente meneó la cabeza hacia adelante tantas veces que pensé que se le iba a romper el cuello. Imaginé que estaba contento, como una persona que se alegrara de todo corazón ante lo que yo había dicho y que dijera una y mil veces sí. Sí, sí, sí, síes al infinito hubo en esos cabeceos. Después de esto, remontó vuelo.

Una vez que se hubo posado sobre una rama de una tipa gigantesca con sus flores amarillas brillando a la luz de la luna, el pájaro emitió un sonido agudo. Para mi sorpresa, una bandada de sus congéneres abandonó el árbol remontó vuelo sacudiendo las ramas. Miles de florcitas amarillas cayeron y mis ojos se llenaron de lágrimas. Recordé a mi abuela y sus pájaros volados, tal vez yo algo de eso había heredado.

Me puse de pie.

Ya sabía en qué lugar quería estar.

Lidia Nicolai nació en Buenos Aires el 3 de setiembre de 1951. Se formó en las escuelas y la universidad públicas de Argentina, obteniendo las licenciaturas en Física y en Psicología de la UBA. Escribe y pinta. Es autora de artículos científicos y de divulgación en Física y en Psicología. Fue docente de universidades públicas y privadas e investigadora de la CNEA y La UBA. Como escritora publicó cuentos en diversas antologías, recibió menciones y premios en concursos literarios nacionales y de España. Participó y participa en grupos literarios. Reside en Buenos Aires. Este cuento recibió el Primer Premio en el Concurso V Aniversario de la SADE, Delegación Bernal Quilmes, 2010.

 

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO