martes, 9 de diciembre de 2025

EL VALLE DE LAS MOMIAS DORADAS

Mohamed Al-Ashry

 

Cuando llegó al lugar de trabajo, echó un vistazo rápido al enorme equipo de perforación. Sus ojos buscaban la puerta de su propio tráiler; o más bien, buscaban la placa donde estaba escrito “Geólogo del sitio”. Encontró los armazones de los tráileres polvorientos, tan viejos que le transmitieron enseguida una sensación de incomodidad. Aspiró una bocanada de aire como para un día entero y atribuyó su malestar al resfrío y al goteo nasal que lo habían atacado aquella misma mañana, al salir de viaje. Sin embargo, muchas cosas confirmaban lo que sentía y clavaban en sus pulmones la raíz del fastidio, sobre todo cuando descubrió que sus compañeros sufrían exactamente la misma sensación de incomodidad ante el lugar.

¿Qué es lo que abre de golpe un mar de inquietud, se preguntó, y lanza todas sus olas de una sola vez contra los nervios?

Esa fue la pregunta que se hizo mientras removía con la punta de su pesada bota una masa de madera petrificada, tratando de averiguar sus detalles y límites. Su pie se hundió en la arena sin llegar al final de aquel tronco endurecido por el tiempo, transformado casi en una roca sólida que conservaba las más finas líneas de su textura arbórea. Nada permitía distinguir si aquello que dormía bajo la arena era madera o piedra; sólo el tacto directo de los dedos podía dar la respuesta.

 

El sol se inclinó hacia el oeste, vestido de púrpura. El aire sostenía un pincel gigante del color de las nubes y pintaba en el cielo un lienzo tibio de atardecer que disipaba la desolación del desierto, con su arena y su polvo que se pegaban al paladar cada vez que soplaban los vientos recios.

 

Su garganta se inflamó aún más. Entró en un torbellino de tos y falta de aire; separó los pies, llevó el puño a la boca como una trompeta que espantó los granos de arena con su voz grave y los hizo volar. Lanzó bajo sus pies un chorro caliente de mucosidad nasal. Se secó los ojos y la cara, y exhaló con un quejido, levantando la cabeza. Vio entonces un pajarito acercándose hacia él, empujando sus trinos delante de sí. Su pecho era amarillo dorado; el color de sus plumas se volvió más claro cuando se posó sobre el árbol pétreo: verde con manchas negras, pico rojo. Mientras saltaba sobre la roca, parecía un niño juguetón en presencia de sus padres. El pajarito lo hizo sonreír. Buscó con la mirada otros pájaros, cuando oyó una voz a sus espaldas:

—¿Dónde estás, compañero?

Giró la cabeza, todavía sonriendo.

—Hola, Amr —dijo, señalando al pájaro—. ¿Lo ves?

—Esta zona está llena de pájaros de colores increíbles.

—¿Y qué tiene de raro?

—Raro es que estemos en un desierto desnudo. ¿Cómo pueden vivir aquí?

—Anidan en esos árboles.

—¿Qué árboles?

—Los árboles de piedra dispersos por todos lados.

El asombro se apoderó del rostro de Amr, que terminó sentándose en el suelo, empujado por su cuerpo robusto, intentando seguir la lógica fantástica con la que su compañero conducía la conversación.

 

—No vas a poder dormir, amigo —le dijo Ibrahim Hammouda hablando desde el tráiler.

—¿Y por qué no?

—Espera y lo verás.

—¿Esperar qué? ¿Ver qué?

—Vas a ver a los espíritus a pleno día.

—¿Qué estupidez es esa? ¿Qué te pasa?

—No te burles. Es real. No quiero asustarte, pero lo vas a ver con tus propios ojos.

—¿Y tú los viste, valiente?

—Sigues burlándote… ¿Sabes? Antes de que llegaras, anoche mismo, los perros me agarraban de las extremidades y me tiraban fuera de la cama. Cada vez que intentaba golpear a uno, los demás se abalanzaban sobre mí, hundiendo los colmillos en mi carne, hasta que me despertó un grito salido de mi garganta. Ya no distinguía entre sueño y vigilia, y sólo al tocar mi cuerpo descubrí que estaba intacto. Aun así, estoy convencido de que esto es serio, de que algo peligroso nos rodea en esta zona aislada del desierto. A veces siento que esta perforadora y estos tráileres que habitamos vienen recién de un sitio donde hubo una masacre, o que quienes trabajaban en ellos fueron asesinados en sus puestos. No me mires así: sé que piensas que llevo un recipiente lleno de desvaríos sobre la cabeza, que todo lo que digo son tonterías. Pero no te apresures: cuando duermas solo vas a ver lo que te digo. No te alarmes por la cantidad de ruidos que vas a oír, dominándolo todo, perforándote los oídos y penetrando en tu cerebro… pero por favor, no olvides contarme todo lo que escuches y lo que veas en las pesadillas que te esperan.

 

Lo desconcertó aquel relato extraño sobre criaturas activas que merodeaban de noche. Ya en su cama, levantó la manta, miró debajo y palpó el colchón. Se acostó boca arriba con los ojos abiertos, examinando el techo del tráiler, dibujando arabescos alrededor de la luz de la lámpara. Sintió que el brillo se trasladaba de la bombilla a su cabeza. Apagó la luz. Su pecho seguía caliente, la respiración difícil, ardiente, por el ataque de gripe que lo dominaba por completo. Cuando juntó los labios y trató de respirar por la nariz, el aire no pasaba; abrió la boca rápido, dejando entrar y salir el aire con dificultad. Sabía, no obstante, que en la zona había muchos restos faraónicos enterrados aún sin descubrir. Tal vez era sólo el efecto de la fiebre, alimentado por las historias de la maldición de los faraones que afecta a quienes se acercan a tumbas y momias.

 

El jeque Abdel-Mawgoud golpeó las orejas de su burro varias veces con los pies cuando lo vio negarse a obedecer y a moverse. El animal se plantó en el lugar, las piernas separadas, orinando sobre la arena, extendiendo el cuello para olfatear las gotas sin prestar atención a su dueño, que refunfuñaba sobre su lomo. Cuando terminó, rebuznó fuerte y siguió su camino, dejando al jeque maldiciéndolo a gusto. El burro escuchó el torrente de insultos y quiso darle una lección a su amo: se preparó para lanzar una patada y derribarlo, pero se contuvo al ver una mariposa blanca acompañándolo, acercándose a su nariz para luego adelantarlo unos pasos, esperarlo y volver a volar.

El jeque cerró la vieja puerta de madera sin mirar al burro, sin llenar su cubo de agua. Lo dejó masticando con desgano unos granos de habas desperdigados en el recipiente. El burro los tragó a regañadientes, mientras el enojo crepitaba bajo sus pezuñas. Sus ojos se llenaron de lágrimas calientes por los golpes recibidos, sólo por haber vaciado su vejiga en el camino. Se preguntó por qué su dueño actuaba así, por qué lo humillaba sin motivo. Caminó unos pasos hasta quedar frente al cubo de agua, lo rodeó y lo pateó con fuerza, enviándolo por los aires hasta estrellarse contra la pared. Luego se tumbó, apoyando la cabeza en sus patas delanteras, el labio inferior caído, los ojos nublados de dolor.

Se preguntó: ¿Quién le dijo al ser humano que los burros no tienen sentimientos ni pensamientos? Si no fuera porque están obligados, jamás obedecerían esas órdenes absurdas.

 

La mariposa revoloteó sobre su cabeza, se posó en su nariz. Abrió los ojos ante el aleteo. Ella se dirigió hacia la puerta; él se levantó detrás de ella, abrió el portón con la cabeza y la siguió por los pasajes estrechos del oasis. Lo llevó a las afueras, hacia el desierto, y cada vez que él desfallecía o se retrasaba, ella cambiaba de danza para animarlo: círculos entrelazados, ascensos lentos, espirales que lo distraían de su rabia hacia el jeque. Sin darse cuenta, su cuerpo pesado parecía volverse ligero, casi volando, rozando apenas la arena.

La mariposa lo condujo a una zona de arena fina. Lo sedujo con su batir de alas y él trató de imitarla, de volar detrás de ella, olvidando su peso. De pronto sus extremidades empezaron a hundirse. Sus cuatro patas se clavaron como pilares de cemento, sosteniendo el cuerpo desde arriba, inmovilizándolo. Lo inquietó más aún sentir que sus pezuñas no tocaban nada, como si pendieran sobre un pozo profundo. Se estremeció, luego apoyó la cabeza a un lado y aceptó su destino oculto bajo sus patas. Se calmó un poco al ver la mariposa alejarse rápidamente hacia el oasis. Intuyó que corría para avisar al jeque Abdel-Mawgoud, para que viniera a salvarlo. En el espejismo lejano aparecieron figuras humanas en movimiento, coronadas por mariposas.

El jeque llegó corriendo al oasis, acompañado por varios hombres. Se quedó boquiabierto al ver el cuerpo de su burro hundido en la arena, mostrando sólo la cabeza y el cuello. Comenzaron a retirar arena a su alrededor y lo levantaron. Al sacarlo del pozo arenoso, percibieron un olor extraño que provenía del lugar donde habían quedado las patas enterradas. Atónitos, limpiaron más arena y descubrieron el techo de una habitación que parecía una antigua tumba faraónica. Continuaron excavando hasta revelar la cámara funeraria dejada allí por los antepasados.

 

El jeque fue a ver al director de Antigüedades de las Oasis Bahariya para contarle lo sucedido. Lo que había visto era la máscara de oro que cubría el rostro de una momia. Los arqueólogos realizaron un reconocimiento inicial del sitio y confirmaron la historia del jeque. Se descubrió un enorme número de momias que datan de los siglos I y II d.C., cuando Egipto estaba bajo dominio romano, abarcando también eras anteriores y posteriores: desde antes de la dinastía XVIII hasta los períodos griego, romano y copto.

La noticia del nuevo descubrimiento arqueológico se anunció oficialmente en todas partes y el valle fue llamado “El valle de las momias doradas”. Ibrahim Hammouda contó a sus colegas en el sitio petrolero la historia del burro que, por casualidad, había conducido al mayor hallazgo arqueológico en el oasis. Acordaron ir con el jeque Abdel-Mawgoud y su burro a visitar el lugar, que estaba a pocos kilómetros del área de perforación. Conociendo los detalles, los trabajadores se tranquilizaron mucho y comenzaron a creer que tal vez las pesadillas que los acosaban provenían de aquellos espíritus faraónicos de los antepasados enterrados allí, cuyos restos acababan de salir a la luz tras el hallazgo de más de doscientas cincuenta y cinco momias con máscaras de oro.

Pocas semanas después del hallazgo, la perforación del pozo petrolero alcanzó la profundidad prevista. El “geólogo del sitio”, Ibrahim Hammouda, identificó indicios claros de petróleo mientras perforaban los estratos arenosos del reservorio. Días después, los registros eléctricos y las pruebas confirmaron la presencia de crudo en aquella región rica: sobre la tierra, el agua, el verdor y la vida; bajo la tierra, el oro amarillo y el oro negro.

Esto era conocido por el antiguo egipcio, que conservó y expandió aquel territorio, pese a estar a cuatrocientos kilómetros de El Cairo y a menos de cien kilómetros de la frontera libia. El descubrimiento revelaba una parte importante de la historia del oasis de Bahariya y de la vida cotidiana de sus habitantes a lo largo de épocas muy diversas, hasta la actualidad, con el añadido del reciente descubrimiento de petróleo cerca del lugar, algo que exigía proteger la zona de cualquier peligro proveniente de la frontera libia.

Mohamed Al-Ashry es un escritor egipcio que trabaja como geólogo en exploración y prospección petrolera. Ha publicado cinco novelas: Ghada, los mitos soñadores (1999), La fuente de oro (2000), La manzana del desierto (2001), El halo de luz (2002), Fantasía ardiente (2008). Ha publicado, además, varios libros infantiles, poesía y ensayos, y ha recibido diversos premios por sus novelas.

AGUA MUERTA

Nenad Mitrović

—¡Cuidado! ¡Frena! —gritó el maquinista. Se llamaba Ratko. Ayudó al otro hombre a levantarse de la posición arrodillada. Juntos tiraron de las palancas de freno con todas sus fuerzas. La pesada locomotora diésel-hidráulica de seiscientos caballos rugió, se sacudió hacia adelante y los arrojó contra el panel de control. La frente de Ratko chocó contra la ventanilla lateral, rompiendo el cristal. La sangre le corrió por la herida. Detrás de ellos, los enganches metálicos de los dieciséis vagones cargados con concentrado de cobre rechinaron con un estrépito que parecía protesta.

—¡Joder, Mladen, no tan fuerte!

—Ah, Ratko… ¿qué ha sido eso? —preguntó el joven, sintiendo cómo se le iba el color del rostro.

—Otro de ellos. ¡Otra de esas malditas almas en pena!

Mladen lo entendió al instante. Ratko se refería a los vagabundos sin rumbo que caminaban por las vías como si nada pudiera dañarlos, la pesadilla de cada empleado de Ferrocarriles de Serbia. Ningún maquinista se libraba al final de atropellar a uno. En tres años de trabajo, Mladen había tenido suerte: ningún incidente. Ninguna sangre.

—Siempre hay una primera vez, chico. Una primera vez sangrienta —le había dicho Ratko tres meses atrás, guiñándole un ojo.

—¿Crees que era… un hombre? —preguntó Mladen con voz temblorosa. Le dolía todo el cuerpo, pero no parecía tener nada roto. A sus espaldas, los últimos vagones terminaron de detenerse con un gruñido metálico. Su vista estaba nublada. A través de la ventana astillada distinguió las laderas amarillentas y desnudas de la mina de cobre de RTB Bor a la izquierda. A la derecha se extendía la maleza espinosa: granjas abandonadas, pequeños arbolados tímidos y unas pocas casas dispersas. Un desfiladero oscuro rasgaba el paisaje, antaño excavado por el río Bor.

—Sí, seguro que sí —respondió Ratko—. De él no queda nada ya. No te preocupes, ni para un pastel de carne.

Empujó la desvencijada puerta de la cabina. Mladen se movió despacio, aturdido. Al maquinista le gustaba trabajar con aquel muchacho distante: sus grandes ojos, su pelo espeso y desordenado, y su silencio lo diferenciaban de la manada vulgar del depósito.

—Oh, no… dime que no he matado a un hombre. ¿Lo hice? —lloró Mladen.

—¡Será milagro que no hayamos descarrilado y tirado toda esta mierda negra que llevamos! ¿Sabes lo que cuesta un kilo de concentrado de cobre? ¡Tenemos mil toneladas ahí detrás! ¡Maldita sea!

Ratko parecía más preocupado por la carga que por el hombre que quizá habían matado.

—No, no… aghhh… —gimió Mladen mientras el pánico le subía a la garganta. El peso de lo ocurrido lo aplastaba.

Apenas había comenzado su turno: habían salido media hora antes de la estación Bor-Cargo, rumbo a Zaječar. Y ahora estaban varados en medio de un desierto industrial.

Y los dos iban borrachos.

Las normas exigían investigación tras cualquier incidente: análisis de sangre, pruebas de alcoholemia, evaluación psicológica completa. Y la policía aparecería. Era inevitable.

—¡Estoy jodido! —gritó.

—Vamos, no seas llorón. Ven y ayúdame.

—Yo… no puedo… —Las piernas le flaquearon. Apenas podía mantenerse en pie.

—Eh, eh, amigo… ¿estás bien? —preguntó Ratko, viendo que el joven estaba a punto de quebrarse—. Vamos, no es tan grave. Son cosas que pasan.

Dio un paso hacia él y le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Se había emborrachado a propósito por la mañana, ansioso por comenzar el turno, ansioso por salir a las vías… solo los dos. Como antes.

Sabía que Mladen también lo quería. El chico no encajaba en el depósito: demasiado suave, demasiado gentil. Demasiado suave en los lugares adecuados, decía Ratko.

Mladen parpadeó, de pronto consciente.

—¡Estás herido! —exclamó, mirando la frente ensangrentada de Ratko. Sus ojos verdes, moteados de oro, se abrieron desmesurados por el impacto.

—No es nada —murmuró Ratko, limpiándose la sangre con la mano.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? Hemos matado a un hombre. ¡Tenemos que avisar ya a control!

—Para. No te precipites. No estás pensando con claridad. —Ratko lo agarró el brazo del muchacho—. Miremos primero.

—¿Viste algo? —preguntó Mladen mientras salían—. ¿Lo viste… al hombre?

El calor de julio los golpeó como un muro. El aire vibraba alrededor de la locomotora.

—Solo un vistazo. Un viejo andrajo —dijo Ratko, adelantándose por la vía.

Esa palabra –andrajo– le dio a Mladen un extraño alivio. Lo volvía menos real. Disminuía su culpa.

—Ahí. ¿Lo ves? —indicó Ratko, ubicado unos veinte metros más adelante.

Entre dos rocas yacían los pedazos de un pequeño vehículo destrozado. Mladen reconoció el resto de un triciclo motorizado con una caja metálica, del tipo que usaban los pobres para transportar comida o chatarra. Una bolsa rota estaba derramando un polvo gris oscuro sobre el suelo.

Se inclinó para examinarlo. ¿Cenizas? ¿Qué demonios?

—Iba conduciendo eso sobre las vías. Y lo atropellamos —dijo Mladen en voz baja.

—Exacto, chico. —Ratko le apretó el hombro—. Fue culpa suya. ¿No lo ves? Sus restos están allí. Pero te aviso: no es bonito.

Demasiado tarde. Mladen ya se dirigía hacia ellos.

Los restos del hombre estaban aplastados bajo las ruedas izquierdas del tercer vagón. Un hedor ácido se elevaba del metal torcido. Lo que quedaba de él –o lo que Mladen asumía que había sido un hombre– parecía un saco reventado de carne cocida y ceniza. La cara era de un azul enfermizo, los ojos saliendo grotescamente de las órbitas por la presión del impacto. Olía a heces.

El hombre tenía barba larga y enmarañada, un traje viejo hecho jirones y, alrededor del cuello, cadenas pesadas. Por el color, parecían de cobre.

Andrajo, pensó Mladen, justo antes de que el estómago se le revolviera y vomitara lo que quedaba de su almuerzo, junto con el brandy sin digerir.

Recordó los bloques de viviendas derrumbados cerca de la estación Bor, donde vivían romaníes y otros miserables. Andrajos. Era probable que este fuera otro de los recogedores de materias primas, gente que sobrevivía robando cobre de RTB Bor. Había cientos.

A la policía no le importará mucho uno menos, pensó, avergonzado. ¿O sí?

Pero fuera cual fuese el estatus del muerto, eso no los salvaría de la inspección ferroviaria.

—Toma, límpiate —dijo Ratko, ofreciéndole un pañuelo.

—Ya está claro. Atropellamos a un hombre. Tenemos que avisar a las autoridades — respondió Mladen, volviendo hacia la locomotora para tomar el walkie-talkie.

—¡Alto!

La voz –seca, autoritaria– lo congeló. La había oído antes. Le hacía cosas extrañas al cuerpo. Se le erizó la piel. La sangre le golpeó en las sienes, no solo de miedo. Había algo en ese tono –mandón, adulto– que le removía algo primal y confuso.

—Piensa en lo que haces. Piensa lo que nos hará. Hemos estado bebiendo. Tenemos alcohol en la sangre —dijo Ratko, resumiendo lo que ya atormentaba a Mladen.

En verdad, Ratko estaba muchísimo más borracho. Mladen solo había tomado un vaso de brandy y media cerveza, lo justo para no parecer débil.

—Joder, Ratko… ¿qué más podemos hacer? —gritó Mladen.

Era la primera vez que Ratko lo oía maldecir. Había desafío en su mirada, empañado por el pánico. Eso encendió el hambre en Ratko.

—Sé lo que podemos hacer. Ya lo pensé. ¿Confías en mí? ¡Di que confías en mí! — Ratko dio un paso… pero tropezó, cayendo contra Mladen. Sus labios se encontraron. Se aferraron el uno al otro, desesperados, eléctricos, conspiradores unidos por sangre y silencio.

—Hay un lugar cerca. Lo llevaremos allí. Nadie tiene que saberlo. —Mladen miró alrededor. No había nadie. Solo maleza, vallas oxidadas y un cielo vacío—. ¿Ves? No hay nada. Vamos. Prepara la locomotora. Yo lo sacaré de debajo de las ruedas.

—Ratko… ¿estás seguro?

—Haz lo que digo. Todo saldrá bien.

Liberaron el cuerpo. Ratko lo tomó de las piernas, Mladen de los brazos.

—Ratko… no puedo hacer esto… — sollozó Mladen.

—Puedes… ugh… debes.

Arrastraron el cuerpo deshecho hacia la derecha, atravesando matorrales densos. El camino descendía, hundiéndose en la sombra.

—¿Adónde vamos? —susurró Mladen. Un olor extraño flotaba desde abajo, no desagradable, pero terroso, bestial. Rezó que no fueran hacia eso.

—Hay algo como un pantano ahí abajo —explicó Ratko—. Los árboles lo ocultan desde la vía. Hay una zona de arenas movedizas. Los valacos lo llaman lok morće. Tierra muerta.

Mladen se detuvo. Ratko casi soltó el cadáver.

—¿Cómo sabes de este sitio? No me gusta.

—¡Por el amor de Dios, Mladen! No importa cómo lo sé. ¡No tenemos tiempo! ¡El tren no puede quedarse parado!

Continuaron, arrastrando aquel despojo humano como un saco de patatas podridas. Los árboles se volvieron más gruesos, retorcidos, opresivos.

—Ratko… ¿y las cenizas? —preguntó Mladen.

—¿Qué?

—Las cenizas. Lleva un saco lleno. ¿Por qué?

—Ni idea. Alguna cosa de los valacos.

Pero esa respuesta no significaba nada. Mladen empezaba a sospechar que no habían atropellado a un simple ladrón: aquel hombre iba hacia algo. Una reunión. Un ritual.

—Un poco más. Detrás de esa roca— señaló Ratko.

Había palos torcidos clavados en la tierra, coronados por coronas de flores marchitas. Latas oxidadas formaban un círculo, derramando un líquido rojizo. Marcaban un límite.

Y entonces Mladen notó el silencio. No había pájaros. Ni insectos. Nada. Como si alguien hubiera apagado el mundo.

—No me gusta este sitio, Ratko. Deberíamos volver…

—No volvemos— gruñó. —Lo dejaremos aquí. Nadie lo encontrará.

—¿Pero no dijiste que los valacos conocen este lugar?

—Sí. Por eso lo evitan. No dejan que niños ni animales se acerquen. Te digo que, cuando lo pongamos en el agua…

—¿En el agua? —retrocedió Mladen—. Esto no está bien. ¿Y su familia? Lo echarán de menos. —Estaba al borde del colapso.

—¡Eh! ¡Basta! ¡No es culpa mía que entrara en las vías! Y ahora está muerto. Morće. ¡No es culpa nuestra!

—… Supongo que no.

Ese fue el permiso que Ratko necesitaba. Avanzó. Entraron en la zona de árboles retorcidos; cada rama estabas erizada de espinas. Una de ellas le arañó la cara, haciendo brotar sangre.

La sangre le recordó lo que habían hecho… y el secreto que ahora compartían.

Si no contaban los manoseos apresurados, las masturbaciones toscas y aquel tímido pero ardiente gesto que Mladen había hecho una vez, sí: lo hicieron por primera vez el día que Mladen aprobó su examen de aprendiz.

Ocurrió en el piso ruinoso que alquilaba en Bor. Ratko, su mentor, había hecho una broma como resultado de su borrachera.

—Tus notas dependerán de cómo te portes en la cama—. Se rio al decirlo, pero Mladen no lo tomó como broma. Lo tomó como mandato, una mezcla de miedo, vergüenza y deseo.

Un día, Brokeback Mountain apareció en la tele del despacho del controlador.

—¡Madre mía, miren esto! —gritó uno—. ¡Estos vaqueros le dan con todo!

Carcajadas. Diez hombres apiñados riendo como si vieran un monstruo de feria. Hasta que un viejo operador rugió.

—¡Quiten esa mierda! ¡No quiero ver maricones teniendo sexo en la tele!

Ratko miró a Mladen. Mladen fingió limpiar su uniforme.

Le dan con todo, pensó Mladen. Le gustaba esa frase. Era brusca, sin disculpas. Encajaba.

—No dejes que te rompan —le dijo Ratko más tarde—. Vivir en este sitio primitivo es como ahogarse en agua muerta. Tienes que mantener la cabeza afuera.

Mladen se aferró a esas palabras. Vivía esperando la próxima excusa para estar a solas con Ratko.

Desde aquella noche –desde el examen– lo habían hecho tres veces más.

En el viaje al puerto de Bar, donde descargaban el cobre, tardaban casi dos días. Lo hacían en mitad del trayecto, cuando la vía estaba callada. En las paradas. En el motel ferroviario: un hostal lleno de chinches en Priboj, cerca de Montenegro. Siempre dejaban en las sábanas la misma mezcla: sangre, sudor y semen.

 

Vieron los destellos primero, reflejos temblorosos sobre la superficie grasienta del charco. Pero el silencio… era insoportable. Mladen se detuvo, paralizado, la piel erizada.

Entonces llegó el hedor. Más fuerte. Más denso. Los dos retrocedieron, cubriéndose la cara con las mangas, huyendo de aquel olor a óxido, podredumbre y ruina. Las piernas del muerto chapoteaban sin vida en los charcos rojizos.

Sentían que se abría una puerta oculta, algo antiguo, incorrecto. Una entrada hacia una fosa común bajo tierra, un osario de ganado enfermo y cosas mucho peores.

—Vamos. Ya basta. A la de tres. Una, dos.

—¡Espera! ¿Oyes eso? —Mladen se irguió. El cadáver cayó de sus manos al agua.

—¡¿Qué ahora?! —gruñó Ratko.

—¡Shhh!

Tenía razón.

Un sonido. No uno: muchos. Lejanos. Discordantes. A Ratko se le erizó todo el vello. El ruido no se parecía a nada conocido, como una radio rota chisporroteando, mezclada con lamentos de almas torturadas. Llegaba en oleadas: sollozos distorsionados, chirridos metálicos, aullidos de campos de guerra… y de pronto, extraordinariamente claro, la risa de un niño. Luego todo se disolvía en un sinsentido murmurante.

—¿Qué carajo es esto? —jadeó Ratko. Todo el alcohol se le evaporó del cuerpo. Un dolor martilleante le nubló la vista con un fulgor naranja.

—Tengo que ver —dijo Mladen, con voz vacía, mecánica.

—¡Mladen! ¿A dónde vas? ¡Tenemos que irnos!

Pero los roles se habían invertido. Ahora era Ratko quien quería huir. Mladen avanzó entre arbustos, dejando sangre en las espinas.

Entonces lo vieron.

El Agua Muerta.

Un pozo fétido y oculto, como un templo blasfemo erigido a dioses ctónicos. La superficie era baja, lenta, burbujeando por algo profundo, un géiser o algo peor.

Pero eso no era lo más horrible.

Suspendido –no flotando, suspendido– sobre el agua estaba el cuerpo de un niño. Un niño. No más de diez años. Mutilado, atado. Muñecas y tobillos amarrados con sogas resbaladizas de limo, tensadas hacia los troncos retorcidos. Daba la ilusión de levitar, como si los árboles se negaran a dejarlo hundirse en la ciénaga.

De sus heridas abiertas brotaban juncos del pantano.

El agua parloteó de nuevo. Cada burbuja llevaba voces nuevas.

—Ayúdame…

El olor era insoportable, moho funerario, verduras podridas, algo más antiguo que la muerte.

—Por favor…

Entonces, sombras se movieron al otro lado del pantano.

Figuras. Humanas… casi. Sus rostros deformes, antiguos, ilegibles. Malignos. Una se adelantó: una anciana con pañuelo, joyas de cobre tintineando en su pecho. En la mano tenía una cuchilla curva que brillaba débilmente.

Y entonces… algo cambió.

El horror despertó.

El cadáver que habían dejado caer empezó a moverse.

—¡Mira! —gritó Mladen—. ¡Está vivo! ¡Está… aaagh!

Ese grito lo quebró. Algo se rompió en su mente. Se dio la vuelta y corrió colina arriba hacia las vías.

¿Vivo? No. No después de lo que había sufrido. Ratko lo sabía: aquello no era vida. Era reanimación. Algo en el agua lo controlaba. Lo manejaba.

Ese pantano no era un lugar de muerte, era una cuna de resurrección. De corrupción.

Nada volvería a ser igual. Ratko entendió lo que seguía.

Mladen llegaría a la locomotora. Haría la llamada. La policía llegaría en una hora, con su lentitud habitual. Encontrarían el tren detenido… y la escena de pesadilla en el hueco oculto.

Harían las pruebas. Harían preguntas. Encontrarían la bolsa de Ratko. Dentro: condones. Juguetes. Vaselina. Y revistas. Las revistas equivocadas. Y aun así…

Mientras pensaba en ello, el cuerpo lo traicionó.

Se excitó… tan duro que dolía. Un hierro de vergüenza. Más fuerte que nunca. Pero no iba a importar. Porque estaría muerto antes de que llegaran.

Detrás de él, una mano fría y viscosa surgió del agua y le agarró la cintura. Otra mano. Y otra. Y luego, la mano de un niño, pequeña, suave, casi tierna. Una bendición.

El Agua Muerta lo estaba reclamando.

Ratko exhaló, despacio. Intentó liberar las piernas, pero se hundieron más.

Entonces llegó la voz, suave y final, desde atrás.

—Por favor… quédate conmigo.

Nenad Mitrović  es serbio, autor de cinco novelas, todas escritas en serbio, publicadas en ese mercado. El cuento "Línea 54(4)" ganó el concurso anual de la biblioteca "Mirko Petrović" en Negotin (Serbia Oriental) en 2022. El cuento "El derecho a morir" ganó el concurso anual "Miodrag Borisavljević" (Serbia) en 2024. El cuento "Carnicero de Belgrado" se publicó en la revista estadounidense "Dark Harbor" en 2025. El cuento "Samsara: La casa del dolor" se publicó en la revista Gothic Gazette, revista Pulp, edición "Amor marchito", en 2025. El cuento "Evangelio de las cenizas" se publicó en la publicación Laughing Man House, Smitten Land, número 3, con el tema "El horror del televangelismo", en 2025. El cuento "An Advertisement" se publicó en Horrific Scribblings. Revista, en octubre de 2025.

 

PROMESA CUMPLIDA

Maritza Macías Mosquera

 

Desde tiempos inmemoriales, la promesa religiosa de vida eterna se fue diseminando por la Tierra. Para ello se utilizó el lenguaje hablado primero, a través de la palabra, y escrito después, por medio de los símbolos, a los que se les dio sonido y forma y que las distintas culturas crearon para comunicarse. Las letras en occidente y la escritura cuneiforme en oriente. En la actualidad se usan mayoritariamente letras y el idioma inglés para una comunicación global. Existen también, libros o escrituras para propagar la fe en un ser superior que es distinto, de alguna forma en las diferentes culturas, pero muy similar en su esencia: así podemos encontrar que los cristianos adoran a Dios y a su hijo, Jesús; los judíos a Jehová; los musulmanes lo llaman Alá y reconocen en Mahoma a su profeta. En las culturas asiáticas el Dalai Lama se erige en intérprete de las enseñanzas de Buda. La fe cristiana, nacida con la llegada de Cristo, el momento exacto en el que el mesías hizo su aparición, pretende que la historia se inicie en ese punto, como si el pasado no hubiera existido; es el año cero. Han transcurrido dos mil cuarenta y cinco años desde entonces, desde que fue crucificado. Se les ha prometido a los fieles que regresará a la Tierra a salvar a las personas buenas y que vivirán para siempre; el resto, por supuesto, arderá en la pira eterna del infierno.

 

Los padres de Axel, profundamente cristianos y devotos de la virgen María, de su hijo y de su padre, creían ciegamente en esa promesa. Ejemplo de rectitud en su comunidad, no faltaron jamás a la iglesia. Cada domingo se les veía muy amables y felices en la misa de la mañana, al principio solos y luego con cada uno de los hijos que le fueron llegando por obra, gracia y bendición del señor.

Pero una terrible circunstancia los estaba obligando a replantear su fe. Axel, el más pequeño de los hijos del matrimonio Stuart, estaba en coma inducido hacía exactamente siete días, luego de siete meses de tratamientos infructuosos. Sí, era el día séptimo desde que el tumor en su cerebro parecía haber vencido a todas las oraciones, todas las promesas a la virgen y a todas las cadenas de oración que se habían creado, con la única solicitud de salvar su vida. Conocidos, amistades y familiares, de distintas religiones se unieron para pedir por su recuperación, pero esa fuerza y esperanza que da la fe, no parecía alcanzar para salvar a Axel.

No obstante, había una salida, aunque no era… espiritual. Los avances científicos y tecnológicos del dos mil cuarenta y cinco, permitieron desarrollar un mapa completo del cerebro, con las mismas funciones de un cerebro humano, una mente externa que podía ser programada para continuar el desarrollo normal de cualquier persona. Solo que, en este caso, a diferencia de los demás humanos, Axel no tendría cuerpo, pero no moriría jamás.

He ahí la disyuntiva, porque el cerebro externo no era creación de Dios, era creación humana. ¿Qué diría Dios de nosotros, argumentaba la familia, si permitimos que la personalidad de Axel fuese implantada en un cerebro artificial? ¿Lo autorizaría Su Santidad, el papa? ¿La iglesia accedería siquiera a estudiar el caso con la premura que necesitaban los que estaban listos para realizar el procedimiento? ¿Estaban ellos en condiciones de optar por ese tipo de maniobra sin vulnerar su fe en Dios? ¿No se vería aquello, acaso, como un apartamiento, una forma de poner en duda la omnipotencia divina? Y lo más importante: ¿Axel seguiría siendo Axel cuando todo él habitara en su cerebro artificial?

Llevaban siete largos días discutiendo el tema entre los padres y la familia más cercana. Las posturas eran disímiles, y aunque todos eran muy activos en la iglesia no pensaban del mismo modo. Por un lado estaba la fe; por otro, el deseo de que Axel no dejara de existir en el plano terrenal a una edad tan temprana. El tiempo se agotaba y no habían decidido nada. Habían perdido un tiempo maravilloso. Hasta que Anne, la hija mayor, la más alejada de la iglesia, la díscola de la familia, quien no se había querido casar nunca, que decidió no tener hijos y que disfrutaba de la vida sin más responsabilidades que las de su trabajo, les lanzó un discurso con la más absoluta calma y convencimiento.

—¿Qué podría objetar el Creador? —argumentó Anne, astuta como pocas—. En las Escrituras leemos que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Y bueno, hemos ido evolucionando, desarrollándonos como especie y creando mejores formas de vida para prolongarla; la medicina y la tecnología han evolucionado sin cesar, y en ese afán lograron crear órganos artificiales para que nadie se muera esperando un trasplante, para lo cual es necesario que otro ser humano muera. Llevamos muchos años probando y trasplantando con éxito a personas de todas la edades. ¿Por qué no permitirnos dar el paso siguiente? Yo creo firmemente –y fue enfática en este punto– que Dios solo está cumpliendo con su promesa. ¿A imagen y semejanza? Pues sí, cada día que pasa somos un poco más parecidos a Él. —Pero su discurso no se detuvo en ese punto, y conservando la misma calma, prosiguió—. Si Axel muere, algo de nosotros morirá con él, lo sabemos, porque es parte nuestra, porque es nuestro Axel. Dios no quiere que nos enfermemos, lleva más de dos mil años mostrándonos el camino para mejorar nuestras vidas y ha ido cumpliendo todo. Observemos la historia, la precariedad del mundo en el que nació Jesús y miren ahora, todo el avance, que a pesar de haber sido lento, en cada siglo hemos dado un paso más adelante. Les pregunto: ¿por qué no creer en la inteligencia, el esfuerzo, la dedicación y el estudio de tantos seres humanos, guiados por la mano de Dios para evitar que se pierdan vidas? Creo que Él ha cumplido su palabra y no hemos querido creerle, como hicimos hace dos mil cuarenta y cinco años atrás.

Recorrió a todos con una rápida mirada, tomó su abrigo, su mochila y, haciendo un gesto de despedida, se marchó. Nunca había tenido el coraje de reconocer su ateísmo, sabía que eso significaría el repudio unánime de la familia, amaba a Axel, desde antes de que naciera, Dejó de estudiar durante todo ese año para acompañar a su madre durante el embarazo.

Diez años atrás había decidido convertirse en una mujer estudiosa y aplicar su inteligencia a la búsqueda del conocimiento. Ahora era una científica de renombre, recibida en la universidad con notas sobresalientes y era invitada a cuanto foro o simposio hubiera en cualquier parte del mundo, pero no sabía si su voz sería escuchada en su familia.

Salió de la casa, prendió un cigarrillo y caminó lentamente. Le temblaban las piernas.

Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.

 

lunes, 8 de diciembre de 2025

CIGARRILLO SIN TERMINAR

Víctor Lowenstein

 

La herida en el antebrazo derecho se veía bien fea. Una especie de v corta trazada a estilete, con las puntas lanzando escupitajos de sangre hacia la cara interior del codo. Se la miraba como si ese brazo no fuese el suyo. Lo mismo que el otro; la mano izquierda temblaba, apoyada sobre la pierna. Los dedos cual piernitas ebrias temblorosas.

Y ese cigarrillo, humeando en el piso.

No se sentía en absoluto capaz de moverse. Su atención seguía ocupada en ese cigarrillo rubio, apenas comenzado, que consumía lentamente su brasa y que conservaba en el filtro una marca de rouge. ¿Rouge?

Intentó afinar la vista, pero los ojos le lagrimeaban demasiado para ver bien; si era carmín, bermellón o algún rosa suave. Elvira usaba el rosa suave para que sus labios lucieran como pétalos de rosa. Igual de delicados que ella. Porqué pensar en Elvira; en sus ojos claros, a esas horas de la madrugada cuando había tantas otras cosas de qué preocuparse como el entumecido antebrazo donde la sangre seguía resbalando hacia el porcelanato azul del piso.         

Por lo menos sabía que estaba en su nueva casa. El piso, lo había fijado él mismo losa por losa hasta asegurarse un emparejado perfecto a tabla rasa. Reconocía su mano, aunque ahora no pudiera mover ninguna de las dos. Esa puntillosidad; esa manía por la exactitud era propia de un buen arquitecto. Uno que no concedía en contratar colocadores de pisos porque él, claro, era el más indicado para hacer las cosas bien. “Si quieres hacer algo bien, asegúrate de hacerlo tú mismo” predicaba siempre que podía.

Era una verdad que suele funcionar para todos, excepto para los maníacos.  

La parte racional de su mente aconsejaba reaccionar ante los hechos; tratar de parar la herida, ver la manera de hacer un torniquete. No era su cerebro racional sino un instinto, no el de supervivencia sino otro, más indiscernible, que lo detenía obligando a sus ojos a mirar el inacabado cigarrillo que moría sobre la losa azul del piso. Un pensamiento de fuga pasó por su cabeza. Tan tonto como todo lapsus irracional, que le hizo pensar que la ceniza ensuciaría el porcelanato. Quiso reírse, pero tenía los dientes apretados y el paladar entumecido. Además, quería seguir mirando el pucho. El pucho parecía querer comunicarle algo, algo que necesitaba saber en ese preciso momento en que estaba por morirse. De reojo miró la herida. Un lento coágulo empezaba a formarse en torno a los brazos de la v pero por debajo, un creciente círculo rojo se extendía hasta alcanzar los bordes de la losa del piso. Otra vez pensó que no podría limpiar toda esa sangre sin que quedaran rastros rojizos sobre la pastina azulada que tan prolijamente había alisado a los bordes de los grandes azulejos. La linfa humana posee un componente ferroso que no se quita con facilidad; de ahí que las manchas de sangre sean tan difíciles de sacar en las prendas de vestir o cualquier parte donde caigan unas gotas nomás; las paredes o el piso.

Quiso reír de nuevo pero la intención se agotó en una mueca. Parpadeó lentamente intuyendo que el sueño o el desmayo venían a abrazarlo desde el fondo de su cerebro y desde ese corazón que bombeaba con dificultad hacia arterias que se desangraban. Ya no podía pensar con claridad y hasta de eso se daba cuenta, ferozmente lúcido por unos instantes nada más. El tiempo se agotaba, como ese intento de sonrisa.

Recordó un jardín, el jardín de su infancia. Hermoso, irrecuperable. Como las fotografías mentales de su padre y de su madre, pero no pudo ni quiso recordar más. La realidad se imponía con más fiereza que ninguna auto conmiseración. Y no se perdonaba esa apatía, esa contrición absurda que lo inmovilizaba.

Seguro, en esa situación, otro ya habría reaccionado. Quizá pudiera levantarse, aunque cayera; el golpe de adrenalina del esfuerzo lo ayudaría a arrastrarse para buscar ayuda. La puerta no estaba demasiado lejos, la calle tampoco. Por qué no intentaba al menos arrastrarse, y que el instinto de supervivencia hiciera el resto.

La herida del antebrazo; ¡pucha! Se veía más que fea. La v corta amorataba su vértice en la piel del antebrazo que ya estaba pálida como la leche. Igual que la otra mano, muerta casi en estertores temblorosos que golpeteaban sobre el jean a la altura de su rodilla. Le empezaba a faltar el aire. Y ese cigarrillo humeando en el piso…               

Quizá fue un pensamiento de fuga que lo hizo moverse. Vio un sol, un trofeo, el cuerpo de la mujer que creía amar. Su propio impulso brutal lo proyectó hacia adelante. El dolor en el pecho fue atroz, como lo fue la quemazón en los pulmones. La sensibilidad en el brazo derecho se sintió como un tajo hasta el hueso. Sin embargo, sólo soltó un quejido cuando el cuerpo se le desplomó sobre el piso húmedo de sangre. No era más fácil respirar ahí, y ya no podía moverse en absoluto.

La osadía le sirvió apenas para comprobar, con toda la piel, que el charco de su propia sangre era lo bastante profuso para perder toda esperanza en salvarse. La vida se le iba escapando del cuerpo. Eso razonaba cuando entró Elvira caminando despacio, sin apuro. La vio recoger el cigarrillo del piso. La vio dar dos pitadas con sus labios rosados y la vio mirándolo, mirándolo con sus ojos claros con algo que parecía compasión.

Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.  

EL COSMOS DE LA MANZANA

Boris Glikman

 

A lo largo de toda su carrera académica como astrofísico en el departamento de física de la Universidad de Lublov, al profesor Klekspan lo perseguía una llamativa coincidencia cósmica: que el número de variedades de manzanas coincidía exactamente con el número de tipos de objetos celestes establecidos por el sistema de clasificación espectral Yerkes.

Gracias al lujo del tiempo y de la libertad financiera que le brindó la jubilación, el profesor Klekspan pudo, al fin, dedicar todo su poder intelectual a desarrollar una teoría que explicara este desconcertante fenómeno.

El eje principal de su hipótesis era que los planetas y las estrellas eran, en realidad, manzanas gigantes. Para probar esta suposición, el profesor Klekspan (Emérito) revisó minuciosamente cada variedad de manzana conocida (más de 7.000) y comparó su composición química y sus propiedades físicas con las de los cuerpos celestes, con la esperanza de hallar una correspondencia.

Pasaron años de decepciones y tropiezos mientras luchaba por avanzar con ese enfoque. Los años desperdiciados se apilaban uno sobre otro, cargándolo con su peso muerto.

Habiendo agotado los métodos iniciales para abordar el problema, el profesor Klekspan (Emérito) decidió concentrarse en crear una prueba puramente matemática de su conjetura. Sin embargo, este camino resultó ser igual de intratable y problemático. La desilusión se instaló cuando empezó a perder la esperanza de lograr su objetivo.

Y entonces, justo cuando estaba por abandonarlo todo, una extraordinaria revelación iluminó su mente como una supernova en explosión y disipó sin esfuerzo la confusión y la penumbra de los años precedentes. Para él, era la idea más hermosa de toda su vida, y a menudo recordaría ese momento para recrearse en la cálida memoria de su gloria.

Sí, el profesor Klekspan (Emérito) vio el paso crucial que necesitaba su argumento matemático y, por fin, logró demostrar satisfactoriamente que los planetas y las estrellas son, en efecto, manzanas descomunales. Pero cuando contempló su prueba terminada, las dudas lo asaltaron. La noción de que las manzanas y los cuerpos celestes eran lo mismo resultaba tan extraña que ni siquiera él, el creador de la hipótesis, podía aceptar del todo lo que acababa de demostrar. Porque, pese a haber intentado probar este teorema durante muchos años, nada lo había preparado para la posibilidad de que fuese cierto. Como cualquier científico experimentado, el profesor Klekspan (Emérito) era muy consciente de que existe un enorme abismo entre una hipótesis y su demostración, y que, por más fervientemente que creyera en su idea, esta no tenía verdad ni validez alguna hasta ser demostrada. Y así, ahora que la hipótesis por primera vez había adquirido plena realidad, la contemplaba con asombro e incredulidad.

Sin embargo, la cadena de pasos matemáticos del argumento era incontrovertible. La ecuación final de la prueba tenía a la Tierra en un lado y a una manzana Granny Smith en el otro, y entre ambas un pequeño signo de “igual”. A eso se reducían todos sus años de lucha intelectual: a un diminuto símbolo matemático compuesto por dos líneas paralelas.

Ahora que la ecuación estaba completa y correcta, parecía emitir un suave resplandor propio, como una bombilla correctamente conectada a la red eléctrica. Era como si, tras haberse enlazado con la fuente de las Verdades Eternas, la ecuación brillara con ese resplandor interior especial que poseen todas las verdades, y solo las verdades.

Para saborear la prueba y convencerse de su realidad, el profesor Klekspan (Emérito) escribió una y otra vez su última línea, hasta que no quedó espacio libre en la hoja de papel:

Tierra = Granny Smith

Tierra = Granny Smith

Tierra = Granny Smith

Una ecuación simple, ¡y qué consecuencias se derivaban de ella! Lo verdaderamente milagroso de esta ecuación –y aquello de lo que el profesor Klekspan (Emérito) se sentía más orgulloso– era que sus dos lados provenían de campos aparentemente sin relación alguna: la Astronomía y la Botánica. No igualaba simplemente dos conceptos físicos ni dos cantidades matemáticas, como suelen hacer las ecuaciones normales de la física y la matemática. Por el contrario, de un modo único e inédito, su ecuación conseguía unificar ramas del conocimiento que hasta entonces habían permanecido completamente separadas. De allí en adelante, la Astronomía y la Botánica quedarían subsumidas en una sola entidad indivisible.

Tras ese avance colosal, el profesor Klekspan (Emérito) empleó las mismas herramientas matemáticas para demostrar, en rápida sucesión, la equivalencia entre el Sol y la Golden Delicious, así como la equivalencia entre Marte y la McIntosh Red. También logró mostrar, con base en los datos disponibles, que la estrella gigante roja Betelgeuse era una Red Delicious o una Gala.

Sin embargo, resultó imposible demostrar la equivalencia entre Sirio y una Fuji usando el método matemático original. El profesor Klekspan (Emérito) finalmente comprendió que hacía falta un nuevo enfoque para ese caso particular, y un argumento por reducción al absurdo se reveló como el más adecuado para la tarea. Al mostrar que, si Sirio no equivalía a una Fuji, se produciría una contradicción, pudo concluir que, ipso facto, debía de ser cierto que Sirio era una Fuji.

Su logro supremo fue demostrar que no solo existía una equivalencia entre estrellas y manzanas, sino que la conexión era más profunda e íntima. Es decir, pudo probar que cada vez que se creaba una nueva variedad de manzana en la Tierra, nacía una nueva estrella o planeta en algún lugar del Universo. Así, a través de las manzanas, la humanidad podía ejercer un poder directo sobre el Cosmos.

A pesar de la validez indiscutible de su teoría, surgió una vehemente oposición y un estruendoso ridículo tanto en la comunidad científica como entre el público general. Como forma de disipar las acusaciones de que se trataba simplemente de una teoría disparatada creada por un chiflado, y para demostrar físicamente su veracidad, el profesor Klekspan (Emérito) recurrió a desenterrar y comer tierra, afirmando que sabía mucho a la papilla de manzana que le daban cuando era bebé.

Así que, si ves a un hombre desaliñado caminando por la ciudad con papeles llenos de números y símbolos sobresaliendo de sus bolsillos y terrones de tierra en las manos, por favor no te rías ni te burles de él. Porque ese es el profesor Klekspan (Emérito), el descubridor de la revelación más increíble de toda la historia de la ciencia.


Título original: The apple cosmos

Traducción del inglés. Sergio Gaut vel Hartman

 

Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

 

LOS DIOSES DEL PLANETA AZUL

Ana Lúcia Merege

Probando.

Probando.
(Aún funciona. Adelante.)

Este es el diario de a bordo de la nave espacial Drakar, contando lo que ocurrió después de que aterrizáramos en este planeta azul. No doy las coordenadas, no tengo por qué cambiar las reglas que seguí durante toda mi vida. Y menos aun habiendo tan pocas posibilidades de que alguien encuentre este registro.

Si lo improbable sucede, aquí está el motivo de mi reserva: la Drakar es, o era, una nave pirata. Ni los científicos ni el gobierno de Asgaard tuvieron jamás noticia de nuestros viajes. Todo lo que descubrimos se mantuvo siempre en secreto, para nuestro provecho exclusivo. Esto significa que nos enriquecimos vendiendo por nuestra cuenta gemas, metales, semillas, esclavos, cualquier cosa o ser valioso que pudiéramos poner en nuestras manos. Por otro lado, significa que estamos solos. Nadie conoce nuestras rutas, nadie vendrá a buscarnos, pasaremos el resto de nuestras vidas en el planeta azul. ¿Por qué, en nombre del Fuego, soy incapaz de conformarme con ese destino?

Por una gran ironía, este viaje comenzó precisamente como una misión de rescate. No involucraba al gobierno, claro está. Veníamos por uno de los nuestros, uno de los más importantes, el brazo derecho del Comandante Wothen, que varias veces salvó su vida y las nuestras. La mía, incluso, pese a las muchas peleas y discusiones. Porque en el fondo, lo admito, Donar´r es generoso, un protector, un valiente combatiente. Su coraje está reforzado por la posesión de un arma de rayos supersónicos, robada de un laboratorio oficial del Aglomerado. Fue esa hazaña la que lo convirtió en un fuera de la ley; por causa de ella se unió a nosotros, los piratas de Wothen, bajo la bandera con la lanza y el par de cuervos. Es él quien más contribuye a nuestro botín, además de su actuación siempre decisiva en las batallas. Y cuando, durante la última, su módulo de combate fue alcanzado, obligándolo a un aterrizaje forzoso en el planeta azul, el Comandante no dudó en prometer que vendríamos a buscarlo tan pronto como la vieja y buena Drakar estuviera en condiciones.

Dudo que lo hiciera por mí.

Algún tiempo después, tras hacer las reparaciones necesarias, aterrizamos, por nuestra parte, en el lugar indicado por el comunicador del módulo de combate. Las señales se emitieron en los primeros días; después se extinguieron, como todos los medios posibles de contacto. Aun así, estábamos seguros de que Donar´r había sobrevivido, pese al clima inhóspito que encontró: picos cubiertos de nieve, mares helados, una temperatura que obligaba al uso constante de su vestimenta más abrigada. Pero había un bosque, él había hecho una fogata y pensaba construir un refugio; en la última transmisión contó que saldría tras la pista de un animal de grandes astas. Ocultamos la nave en una caverna y fuimos a buscarlo, las botas hundiéndose en la nieve, ojos y oídos bien abiertos, atentos a cualquier sorpresa del camino.

Y, poco después, la vimos. En ese planeta hasta entonces desconocido, mundos y mundos distante de Asgaard, vimos aparecer a una persona, una mujer de cabellos largos, que vestía un manto hecho con la piel de un animal peludo. No teníamos idea de cómo había ido a parar allí, pero era como nosotros; incluso se parecía a algunas mujeres de la tripulación, salvo por la ropa y por no llevar el escudo de fuerza que ellas casi siempre cargan.

Nos adelantamos, unos bajando las armas, otros levantando las manos vacías para mostrar que no había nada que temer. Dijimos nuestros nombres, de dónde veníamos, e hicimos preguntas, pero la mujer no entendió. Insistimos, ella apenas sacudió la cabeza y replicó en una lengua incomprensible. Entonces, cuando todos estaban exasperados, tuve la idea de preguntar si había encontrado a un viajero de gran barba que se hacía llamar Donar´r.

Bastó oír el nombre para que los ojos de la mujer brillaran. Lo repitió, pronunció un montón de palabras extrañas y gesticuló para que la siguiéramos. Caminamos y caminamos, y al llegar al borde del bosque nos encontramos con una aldea de chozas de madera, entre las cuales había estructuras de varas con carne de caza y peces puestos a secar. El olor era fuerte, no desagradable, pero un aroma orgánico, salvaje, que me puso inquieto.

La misma sensación me sobrevino ante los habitantes de la aldea. En nuestros viajes ya habíamos encontrado especies inteligentes, pero todas eran diferentes a nosotros, mientras que los del planeta azul se parecían en todo al pueblo de Asgaard. No era solo el mismo tipo de cuerpo, era el color de la piel, el iris de los ojos, la textura del cabello. Vinieron a hablar con nosotros en esa torrente de frases sin sentido, y nos preguntábamos qué hacer cuando, entre sus voces, estalló una especie de trueno.

Y sí, allí estaba él. Donar´r, el de las largas barbas, Donar´r del martillo implacable, bien vivo y, por lo que parecía, muy feliz. Yo también, igual que los otros, me alegré al verlo; no me privé de abrazarlo y de ser casi aplastado contra aquel pecho fuerte, cubierto por una ropa de piel maloliente. Nos invitó a comer, y nos sentamos en un espacio abierto, alrededor de un fuego que quemaba madera y excrementos de animal.

Entre mordiscos de carne de caza y puñados de gachas de cereales, Donar´r nos contó cómo había sobrevivido la larga espera en el planeta azul. Larga, porque aquí pasaron tres ciclos de estaciones antes de que regresáramos; sin embargo, no solitaria, como temía. No tardó en encontrar la aldea de los nativos, se entendió con ellos y los fascinó con su fuerza, su poder de lucha –que probó varias veces contra enemigos venidos de las montañas– y claro, los rayos de su martillo. Se recargaban en las frecuentes tormentas, pero los lugareños creían que estaba dotado de magia.

Y fue así como Donar´r, un simple pirata del Aglomerado de Asgaard, pasó a ser visto como un héroe. Con el tiempo, se convencieron de que era más que eso. Ahora todos lo veneraban, cosían sus ropas de piel, traían las mejores partes de la caza y los frutos de la tierra como ofrenda a quien consideraban un poderoso Dios del Trueno.

Mientras narraba, los nativos se mantenían a distancia, los ojos azules muy abiertos, fijos en nosotros. Estaban curiosos, pero percibí que iba más allá: parecía reverencia, como si, por ser compañeros de Donar´r, el Comandante, yo y todos los demás fuésemos también divinidades. Externé esa opinión, y Wothen rio, dijo que hasta le gustaría ser un dios y no solo un viejo pirata tuerto.

Yo también reí, pero ya en ese momento algo me alertaba para tener cautela, y la sensación incómoda aumentó cuando el Comandante anunció que pasaríamos unos días en la aldea antes de partir. No había razón para eso. No teníamos reparaciones que hacer en la Drakar, ni había nada que pudiéramos llevar de allí, salvo esclavos. Nunca esclavizamos a nuestra propia especie, aunque al principio dudé de si ellos eran o no como nosotros. Todo hacía pensar que sí, pero ¿cómo y cuándo habían llegado?

Después de mucho reflexionar y observar, llegué a la conclusión de que teníamos ancestros en común. Los mismos pueblos que colonizaron el Aglomerado deben de haber estado en este sistema y dejado aquí a algunos de los suyos, que durante eras y más eras viviendo entre hielo y nieve se transformaron en esa tribu de cazadores vestidos con pieles. Y lo mismo estaba ocurriendo con Donar´r, tras unas pocas estaciones. Comprendía que, en su caso, la adaptación había sido necesaria, pero no veía por qué prolongar nuestra estadía cuando tantas jornadas y tesoros nos aguardaban en las rutas espaciales.

Solo que mi Comandante no estaba de acuerdo.

Hay en el universo una única fascinación mayor que la riqueza: es el brillo del poder. Unos pocos son indiferentes a él, y esos son los realmente libres, los verdaderos fuera de la ley. La mayoría quiere hacer sus propias leyes y verlas obedecidas, quiere ser admirada y aclamada. Y si Donar´r expresaba su vanidad siendo un héroe a los ojos de la aldea, ¿qué decir de Wothen? Pasaron a adorarlo, a verlo como omnipotente, pues era evidente que se encontraba por encima del propio Dios del Trueno. Al final, lo apodaron Padre de los Dioses. Ningún botín, ninguna fortuna aún por conquistar sería más satisfactoria. Y así, para mi sorpresa e inmediata indignación, Wothen terminó anunciando su intención de permanecer en el planeta azul.

De inmediato pedí la palabra y usé toda mi elocuencia intentando disuadirlo. Este planeta era salvaje, áspero; si nos imponíamos a los elementos era por el uso de artefactos que no tendríamos cómo reponer cuando se estropearan.

—Quizá no sea para siempre —dijo el Comandante; pero percibí en ello un intento de silenciarme, de impedir que influyera en mis compañeros hasta que fuese demasiado tarde. Sabía de lo que era capaz, por eso me amenazó, diciendo que sería expulsado de la aldea y de la tripulación si lo desafiaba.

Queriendo ganar tiempo, callé y fingí acatar su decisión. Mi propósito era hablar con los demás miembros del grupo, saber cuántos pensaban como yo y a cuántos, entre los otros, podría convencer de pasarse a mi lado. Si fueran suficientes para operar la nave, aún podríamos partir. Ya fuera a las claras o en una fuga sigilosa, si era necesario, desearíamos buena suerte al Comandante y a Donar´r y los dejaríamos atrás con su lanza, su martillo y sus adoradores.

Uno a uno, los compañeros con los que hablé frustraron mis planes. Ellos también se habían dejado encantar por la ilusión de ser dioses, se habían acostumbrado a las ofrendas de comida y a los cuerpos fuertes y bellos de las nativas que compartían sus pieles de dormir. No deseaban volver a nuestra antigua vida, por más llena de aventura y emoción que fuera. Intentaron convencerme de lo mismo, pero yo estaba decidido a partir, por eso emprendí un viaje a la caverna donde habíamos dejado la Drakar. Quería ver cómo estaba, si teníamos combustible, si el módulo de combate restante podría usarse para una fuga solitaria hacia el entrepuesto conocido más cercano.

Sí, esos eran mis planes. Pero las cosas salieron mal.

Las cosas salieron muy mal.

En lo alto de la montaña, sobre las cavernas donde estaba la nave, vivía una gente de elevada estatura y cabellos de nieve. Hablaban la misma lengua que los de la aldea, pero eran aún más primitivos, violentos y mucho más fuertes. Para mi desgracia, algunos de esos gigantes me sorprendieron cuando me dirigía a la nave, y solo no me pulverizaron los huesos con sus hachas de piedra porque juré entregarles el martillo de Donar´r. Lo habían visto en batalla, y tanto lo codiciaban como lo temían.

Viendo con qué facilidad prometía aquello, el líder del grupo exigió también una mujer de la aldea para ser su esposa, y eso me ayudó a pensar en una solución. En lugar de la mujer, quien llevé ante él fue el propio Donar´r, cubierto con un velo que ocultaba sus barbas y los ojos teñidos de rabia. Juntos exterminamos a aquellos gigantes albinos, una hazaña más que notable; pero, mientras él volvió a recibir aplausos, a mí, en cambio, se me señaló como traidor y cobarde.

No sirvió argumentar, decir que mi vida estaba en juego y que la estrategia que llevó a la victoria había sido idea mía. No, ahora era un paria, o al menos mirado con desconfianza, el insidioso cuyos planes resultaban en desastre. Así convenía a Wothen que me vieran, pues de ese modo nadie me seguiría, él mantendría a la tripulación de su lado mientras jugaba a ser dios. Y todos parecían felices de tomar parte en la farsa.

Entonces comprendí el papel que me correspondía. Y lo acepté. Durante algunas estaciones, dejé que los ánimos se calmaran, que la masacre de los albinos se convirtiera en otra leyenda sobre las hazañas del Dios del Trueno. Mientras tanto, me acostumbré a estar solo, y todos se habituaron a mis ausencias cada vez más prolongadas. Hoy es solsticio de invierno, la ocasión que elegí para iniciar una gran jornada, comenzando por esta caverna donde la Drakar ya se ha convertido en un montón de metal inútil. Dejo a su lado el diario de a bordo; en él conté mi última historia verdadera antes de echarme el manto sobre los hombros y partir sin mirar atrás.

Sé a dónde debo ir. Lejos de aquí se levantan otras montañas; oí decir que allí viven gigantes de cabello rojo, algunos de los cuales son hechiceros y adivinos. Tal vez uno de ellos me hable sobre el futuro, y así decidiré mis próximos pasos. Ya que no puedo partir, al menos elegiré mi camino, lejos de la sed de poder de quienes se dicen dioses.

Y, en nombre del Fuego, juro: en las eras que vendrán, mi nombre será recordado en todas las leyendas contadas por los ancianos de este planeta azul.

Ana Lúcia Merege nació en 1969 en Río de Janeiro. Es licenciada en Bibliotecología y maestría en Ciencias de la Información. Es autora de varios libros de fantasía, como O Caçador, O Castelo das Águias y Os Pilares de Melkart, todos ellos publicados por la editorial Draco. Organiza y participa en eventos de literatura fantástica. Como investigadora, ha publicado varios artículos y los libros Histórias de Fada: orígenes, história e permanência no mundo moderno (Editorial Claridade) e História do Livro: molduras e transformações (Fundación Biblioteca Nacional). Vive en Niterói, Río de Janeiro, con su marido y sus hijos, trabaja con manuscritos de la Biblioteca Nacional y tiene pasión por los viajes, la mitología y los cuentos de hadas.

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO