miércoles, 10 de diciembre de 2025

UN LOCO PLAN

Marcela Iglesias

 

—Centenares, tal vez millares de vidas, se podrían encauzar por el buen camino; multitud de familias se podrían salvar de la miseria, del vicio, de la corrupción, de la muerte, de los hospitales para enfermedades venéreas... todo con el dinero de esa mujer. Si uno la matase y se apoderara de su dinero para destinarlo al bien de la humanidad, ¿no crees que el crimen, el pequeño crimen, quedaría ampliamente compensado por los millares de buenas acciones del criminal? A cambio de una sola vida, miles de seres salvados de la corrupción. Por una sola muerte, cien vidas. Es una cuestión puramente aritmética.

—Pues, puramente aritmética no es. ¿Has pensado que con toda la tecnología actual te pueden capturar icso fapto?

—Hable bien, por favor. Hable bien. ¿Cuántas veces le he dicho?

—Ay, no te distraigas. Y no me hables de usted, me pones nervioso. Entendiste perfectamente lo que quise decir, ¿no es cierto?

—Sí, está claro. No es cuestión de matar por matar. Pero es que me…

—Sí, yo sé, te enoja que esa mujer disponga de tanto dinero y no lo use de forma inconsciente.

—Otra vez, una parte de ese dinero podría servir para culturizarte. ¡Qué manera de hablar, por Dios!

—Mírenlo, prospecto de asesino hablando de Dios.

—Y ¿de qué otra forma se te ocurre qué podríamos llegar a todo ese dinero sin matarla?

—Mal no te ves, yo creo que podrías enamorarla y…

—¡Estás loco!

—¡Piénsalo! De lo que he sabido, la vieja ha estado muy sola desde que se le murió el marido. Y en realidad no es tan vieja. Debe tener unos cuarenta y cinco años. En su casa tiene picsina, la otra vez la sacaron en un programa de esos de chismosas que ve mi mamá.

—Picsina, picsina. ¡Piscina! Además, ¿esa información de qué me serviría a mí?

—Tú eres el inteligente, dizqué. Piensa para qué te puede servir esa información. Ya me cansas con tus filosofadas que solo se quedan en planes. Por eso eres tan amargado. Ahí te dejo el reto.  Y me voy, mi mamá me mandó por empanadas calientes y estas ya se enfriaron. Ahora me tuestan.

Luciano se despidió, dejando a Simón pensativo, en la puerta de su pieza. Vivían en una de esas casas viejas construidas alrededor de un patio. Los dueños la habían remodelado para convertir cada pieza en un pequeño departamento independiente, que alquilaban por un módico precio.

Simón había crecido en una barriada industrial. De niño había sido un estudiante muy prometedor, curioso e incisivo. Por sus cualidades había conseguido ganarse el cariño y el respeto de sus maestros. Al graduarse de bachillerato, con los más altos honores, le habían conseguido una beca en la universidad más prestigiosa de la ciudad. Dio la mala suerte que su madre falleciera en esa misma época, teniendo Simón que quedarse al cargo de sus hermanos menores. Simón declinó la beca pero obtuvo trabajo de conserje en la biblioteca de la universidad. Todo el conocimiento que ahora tenía Simón lo había obtenido de esos libros. Cada minuto que sus labores le dejaban libre, los había dedicado a leer. Así habían pasado ya diez años. Simón estaba cerca de cumplir los treinta. Sus hermanos habían crecido y como ya no lo necesitaban, se habían alejado de él. Debido a que había tenido que recurrir muchas veces a la caridad pública para atender las insuficiencias familiares, se había convertido en un resentido social. Su situación precaria y múltiples ocupaciones como jefe de familia no le habían permitido hacer muchas amistades y solo conversaba con Luciano, su joven vecino que lo desquiciaba con su manera de hablar pero a quién apreciaba porque lo había visto crecer y quería ofrecerle la oportunidad de aprender que sus hermanos habían despreciado.

Desde el día de la última charla con Luciano, no habían vuelto a detenerse a conversar. El muchacho siempre pasaba apurado o corriendo pero no perdía la ocasión de hacerle acuerdo del reto que le había puesto. Desde lejos le gritaba “galán” o “amargado” y Simón le contestaba con el puño alzado.

Mientras trabajaba, trataba de no recordar la conversación acerca de la mujer adinerada, pero cualquier cosa lo llevaba a ese pensamiento. Como el día aquel que ordenando los periódicos, había visto en la portada de la sección social una foto de la susodicha señora, en la inauguración de un SPA. O cuando al salir a botar la basura en el depósito universitario, aquel camión de mantenimiento de piscinas había pasado y el conductor se había dirigido a él para pedirle indicaciones del campus.  O cuando llegó a visitarlos la antigua directora de la biblioteca y le había dicho que se veía muy bien ahora de adulto.

Y esta última observación lo estaba obsesionando. ¿De verdad era un hombre atractivo? ¿Su aspecto físico le podría ayudar a conquistar a la mentada señora? Él no tenía nada de experiencia. Se había dedicado a sus hermanos en cuerpo y alma. Algo tenía que cambiar si quería aceptar el reto que le habían puesto. Decidió hacer los cambios, tomara el tiempo que tomase.

Aprovechando su trabajo, comenzó a frecuentar la sección de cuidado personal. Aprendió a cortarse el cabello, se hizo tratamientos faciales, trabajó en su musculatura y mejoró su aspecto en general. La transformación externa, fue llevando lentamente a una transformación interna. Llegó a los libros de superación personal. Cayó en la cuenta de que el dinero que destinaba a sus hermanos, ahora lo podía destinar a sí mismo y empezó a comer mejor. Aprovechando los servicios dentales para el personal universitario, que no había utilizado nunca porque se sentía injusto utilizando algo para él que no le podía dar a sus hermanos, se hizo componer la dentadura que tenía muy maltratada por los años de penurias. Ya no le daba vergüenza sonreír.

El cambio no pasó desapercibido por las personas que rodeaban a Simón. Las bibliotecarias jóvenes, que antes lo rehuían, conversaban con él. Los profesores lo saludaban con respeto. Los estudiantes le sonreían.

Esa transformación no fue tan evidente para sus vecinos, pues en la casa seguía siendo taciturno y malhumorado. Hasta ese día que Luciano pasó con su hermana mayor, mientras el limpiaba la entrada de su pieza.

Hey! Simón, ¡‘tas fachito! —comentó un emocionado Luciano.

—No cambias, no cambias, ¿qué es eso de ‘tas fachito?

—Tú tampoco, ¡amargado!

—¿Qué es esa forma de dirigirte al vecino, Luciano —lo reprendió la hermana—. Disculpe vecino, a veces el muchacho es muy impertinente.

—No se preocupe vecina, ya estoy acostumbrado a sus bromas.

Y luego de decir eso, sonrió. A la hermana de Luciano le pareció que toda la casa se había iluminado.

Para Luciano no pasó desapercibido el rubor en la cara de su hermana y al entrar a su pieza le dijo que no se fijara en él porque era buena gente pero tenía ideas locas.

Cada tarde, la hermana de Luciano, salía recoger la ropa tendida esperando volver a encontrarse con Simón. Cada tarde, Simón barría el patio comunal esperando encontrarse con la hermana de Luciano. Solo se sonreían, pero para Simón era más que suficiente.

Una tarde, pasados un par de meses, Simón regresaba en el transporte público hacia su vivienda luego de una jornada corta en la biblioteca. Los habían dejado salir antes porque al día siguiente era festivo. Al llegar a la estación, reparó que por la otra puerta se había bajado la hermana de Luciano cargando un gran bulto de compras. Apurado se acercó a socorrerla, evitando un desparramado accidente.

—Vecina, permítame, le ayudo.

—Ay, muchas gracias, esto está pesado. ¡Qué gusto verlo! ¿Siempre regresa a esta hora? Porque no lo había visto antes por aquí.

—No, suelo llegar más tarde. Hoy nos dieron la tarde libre porque mañana es asueto.

—Ay, vecino, usted es tan culto. Me llama la atención la forma en que habla. ¿Usted cree que yo podría llegar a ser así de culta?

—Es muy fácil, vecina. Solo tiene que leer. Si quiere yo le puedo conseguir libros de la biblioteca. Los empleados tenemos código y nos permiten sacar los libros como si fuéramos estudiantes universitarios.

—¿Usted haría eso por mí?  Yo no soy muy buena estudiando, pero seguro que si me ayuda, puedo aprender bastante.

Simón sintió que se le derretía el corazón. Había encontrado lo que esperó toda su vida: encontrar con quien compartir su pasión por el conocimiento.

—Claro que sí, vecina. Usted dígame con qué empezamos y yo con gusto se lo traigo.

—Ya no me diga vecina, me llamo Beatriz.

—Mucho gusto, Beatriz. Yo me llamo Simón.

—Mucho gusto, Simón.

Cerraron la conversación con un apretón de manos, Simón dejó las compras en la puerta de la pieza de Beatriz y Luciano y se retiró esperanzado a su propia habitación.

Ilusionado, Simón buscaba en la biblioteca los mejores libros para estudiar los temas que Beatriz le solicitaba y luego, en la tarde, se reunían en el patio de la vecindad a estudiar. A la vista de todos, porque Simón, habiendo leído el Manual de Carreño para aprender modales, no quería que su vecina fuera juzgada por la comunidad.

Luciano estaba molesto y ya no se acercaba a Simón. Se sentía preocupado porque todavía tenía miedo de sus ideas locas y creía que su hermana corría cierto peligro. Sin embargo, viendo el cambio en Beatriz y su ilusión por aprender y progresar, se armó de valor para hablar con Simón.

—¿Qué intenciones tienes con mi hermana? ¿Todo tu cambio no fue debido a que querías conquistar a la ricachona para hacerte dueño de su pasta y luego eliminarla?

—No niego que esa idea loca me tentó por un rato, pero luego de haber trabajado en mí pude darme cuenta de que estaba equivocado. Sigo pensando que es una injusticia que solo ciertas personas tengan acceso a la riqueza monetaria, pero conocí una riqueza mayor: poder compartir el conocimiento. Y eso, gracias a tu hermana. En realidad, gracias a ti. Si no me hubieras puesto ese reto hace un año, todo esto que estoy viviendo ahora sería imposible. Ahora me doy cuenta de que con mi amargura y resentimiento alejé a mis hermanos, incluso a ti.

—No te creo. ¿Y lo que hablabas del crimen y matarla y no sé qué? Eres un piscópata.

Psicópata, Luciano, psicópata.

—Ya te vas a distraer otra vez. ¡Las intenciones con mi hermana te estoy diciendo!

—¡Las mejores! He averiguado y en la universidad me permiten acceder a un descuento por ser empleado, para mí y para mi esposa.

—¿Quién es tu esposa? ¿Mi hermana es tu moza?

—Luciano, te estoy diciendo que me quiero casar con tu hermana.

—Ah, explícate pues. Luego dices que el que habla mal soy yo.

Luego de soltar una sonora carcajada, Simón pasó un brazo atrás de la espalda de Luciano y lentamente le fue contando los planes que tenía para pedir la mano de su hermana.

Simón habló con tanta convicción que Luciano, por primera vez desde que lo conocía, se quedó callado. Caminaban por el patio, y aunque la tarde caía, una luz suave parecía acompañarlos. Al llegar a la puerta de la pieza de Luciano, este se detuvo.

—Entonces… ¿ya no quieres hacerte rico de golpe? —preguntó en voz baja, como si temiera despertar al Simón de antes.

Simón sonrió, pero esta vez sin burla ni amargura.

—Luciano… al principio pensé que necesitaba dinero para corregir las injusticias del mundo, o para corregirme a mí mismo. Pero ahora me doy cuenta de que lo que necesitaba era una oportunidad. No para robar, ni para enamorar a nadie por interés. Una oportunidad de ser visto… de ser alguien distinto a lo que la vida me hizo creer que era.

Luciano lo miró con desconfianza, aunque ya no tan firme como antes.

—¿Y entonces para qué necesitabas toda esa plata?

—Para nada —respondió Simón, encogiéndose de hombros—. El loco plan solo sirvió para darme el empujón que necesitaba. Querías que conquistara a la ricachona y terminaste haciéndome conquistarme a mí mismo. Y gracias a eso, encontré algo que ni sabía que buscaba.

En ese momento, la puerta se abrió. Beatriz, con un cuaderno en la mano y un lápiz detrás de la oreja, se quedó sorprendida al verlos.

—Ay, Simón, justo iba a buscarlo —dijo—. ¿Le parece si hoy seguimos con lo de los adjetivos calificativos? Tengo unas dudas que no pude resolver…

—Claro, Beatriz —respondió Simón, y la mirada que intercambiaron no dejó espacio para dudas.

Luciano observó la escena con el ceño fruncido. Luego chasqueó la lengua, derrotado.

—Bueno… —dijo—. Si al final la única vieja rica que terminaste enamorando… es la riqueza de la lectura.

Simón soltó una carcajada sincera, y hasta Beatriz rio sin entender del todo el chiste.

Luciano los señaló con el dedo, amenazante, aunque solo en apariencia:

—Pero eso sí: si lastimas a mi hermana, ahí sí que vas a ver lo que es un crimen aritmético.

Simón, todavía riendo, levantó las manos.

—Ni en mil vidas cometería ese error.

Y mientras los tres entraban al pequeño cuarto para continuar la lección, Simón sintió que por fin, después de años de oscuridad, su vida comenzaba a encauzarse.
No por un asesinato que nunca ocurriría, sino gracias a un plan que, aunque había empezado loco, lo había llevado –inesperadamente– al único destino que siempre había deseado: un futuro posible.

Marcela Iglesias nació en San Salvador el 12 de marzo de 1972. Por causa de la guerra civil desatada en su país emigró a Ecuador, donde reside desde 1988. Profesora de matemáticas desde los 13 años, siempre tuvo el deseo de escribir. Ahora se considera una escritora en construcción.

 

martes, 9 de diciembre de 2025

MARTINGALA

Sergio Gaut vel Hartman

Estaba cansado de ser zurdo y aunque sabía que aún logrando escribir con la mano derecha no probaría nada —tal vez que era un viejo obstinado—, lo entusiasmó el desafío.

Encontró un talonario en desuso y un bolígrafo en el cajón del escritorio. Mientras pensaba qué escribir empuñó el bolígrafo con la mano izquierda; un gesto automático. Lo cambió a la otra mano y se sintió raro: llevaba más de medio siglo escribiendo con la izquierda; probablemente era el zurdo más viejo del mundo, ya que en su época de escolar los maestros eran muy rígidos en lo referente a ese asunto y solían castigar a los que no se corregían. Pero ese no era el punto. ¿Qué escribir?

"Prueba número uno". Subrayó. Hasta subrayar le costaba un gran esfuerzo. "Dextrógiro, por oposición a levógiro, indica una particularidad de la luz polarizada". Observó el resultado: no estaba mal. Lo más difícil había sido inducir a los músculos no entrenados para que efectuaran los giros y espirales que exige la escritura. Habitualmente usaba la derecha para cortar, aferrarse, sostener, rascarse; todos movimientos simples y toscos.

Dominar la técnica de la escritura con la mano inhábil, escribió, involucra a la voluntad del individuo considerada como un conjunto, como una masa homogénea, la misma que se requiere para modificar cualquier otro rasgo de la personalidad, eliminar un vicio, superar una frustración. También subrayó las tres últimas palabras.

En realidad el contenido era lo de menos; escribía para ejercitarse. Sin embargo la intención escondida había salido a la luz: superar una frustración. Ser zurdo lo hacía infeliz; en el pasado había sentido envidia de los otros chicos, aunque se empecinara en ocultarlo. La escritura automática con la mano derecha había desnudado la verdad en el segundo párrafo. También reparó en otras tres palabras, modestas, casi invisibles, forzadas no por uno, sino por muchos deseos insatisfechos: "modificar cualquier rasgo". ¿Se podía modificar tan básico algo con sólo desearlo? Eso era pura fantasía. Había comprobado que podía transformar la torpeza de la mano derecha en una cierta destreza, pero no había más que eso. La paradoja lo hizo sonreír: su mano izquierda era diestra, ¿se volvería siniestra la derecha porque la obligaba a un esfuerzo inusual?

Observó las palabras, satisfecho. Había ganado en soltura y, aunque la caligrafía era claramente diferente, pronto no podría distinguirse al zurdo del diestro. Era tentador explorar otras áreas, especialmente las negativas. Haría una lista de las cosas que merecían ser cambiadas.

Escribió "cambiar" en la parte superior de una hoja en blanco, y al hacerlo notó que acertaba el punto de la i como un experto. Subrayó. Puso "personalidad" debajo de la palabra  subrayada. Escribió "trabajo". Eso caía de maduro, como consecuencia natural de lo anterior. Si cambia mi personalidad no resistiré tres horas en esa cueva de ratas. "Sexualidad". Para un hombre de edad, solitario y tímido, que jamás ha vivido en pareja, ese asunto merecía un cambio radical. "Hijos". Se detuvo. Era una exageración. El mecanismo puede ser el mismo para cambiar la mano, el carácter, el trabajo, soledad por compañía. Pero algunas cosas, la Luna, el premio Nobel, quedan fuera del alcance del aficionado. Descartado. ¿Descartado? No se animó a tachar lo escrito; escribió abajo. Televisor. Heladera. ¿No se estaría equivocando?

Sacudió la mano; la estaba sometiendo a un esfuerzo despiadado. Leyó lo que había escrito. Por primera vez le pareció una rotunda estupidez, aunque el objetivo primario se estuviera cumpliendo satisfactoriamente. Las últimas palabras mostraban una caligrafía sutil, elegante; nadie que conocía era capaz de producir una letra tan bella con la mano inhábil.

—¿Un mate, querido? —La voz, que venía de la cocina, lo arrancó violentamente de sus cavilaciones. ¿Un mate? ¡Quién! ¿Quién era? ¿Quién había hablado? Vivía solo, desde siempre. Un solterón en una gran casa vacía.

—No —contestó con voz trémula, inseguro. Nunca había tomado mate. ¿Quién era esa mujer?

—¿Café, entonces? —La voz sonó más cerca. —¿Té?

—Café, bueno —dijo tragando con dificultad.

La mujer quedó en silencio, aunque era evidente que manejaba los enseres de cocina con la familiaridad de quien lo ha hecho durante años. ¿Años? ¿De dónde había salido? ¿Era posible que los rasgos de la escritura, al nadar contra la corriente, fueran capaces de invocar fuerzas desconocidas, produciendo cambios verdaderos? Debía haber una buena explicación alternativa, algo relacionado con bloqueos o amnesia.

—Está servido, ¿te lo llevo yo?

Tenía que ver a esa criatura fabricada con palabras. ¿Cómo sería? ¿Joven? Un premio excesivo. No lograría llevársela a la cama. O sí, y haría un papelón.

—Voy —dijo sin convicción. La ansiedad lo mataba, y la mano volvía a dolerle.

—¿Dos de azúcar, como siempre? —dijo la mujer cuando él entró a la cocina, sin mirarlo. Debía tener poco más de treinta años; era morena y limpia, tal vez una sirvienta con la que se había terminado juntando por falta de agallas para conseguir algo mejor. Era linda; y cuando lo miró por primera vez a los ojos notó que los de ella eran verdes y grandes, hermosos ojos.

Se despertó a las cinco y media. La mujer, contra todos los pronósticos, no se había desvanecido durante la noche. ¿Quién lo hubiera imaginado? Le dolía cada hueso, cada músculo del cuerpo, y la mano, como si cambiar la realidad demandara un esfuerzo físico análogo al que requiere el acto sexual.

En silencio, para no despertarla, se sentó ante el escritorio y sacó el talonario del cajón. Ahí estaba, intacto, lo que había escrito la noche anterior. ¿Y si lo borraba? ¿Desaparecería la mujer sin dejar más huellas que un hormigueo en los testículos? No se atrevía a correr el riesgo.

La persistencia de la alucinación, escribió, se apoya en las perturbaciones que padece el sujeto y no en cualidades intrínsecas de lo alucinado. Cuanto más creíble sea la alucinación, más profundo será el trauma que la provoca.

¡Santo Dios, estoy loco! ¿Cómo puedo tomarme esto en serio? No obstante, era lo mejor que le podía haber pasado, ya que actuaba como si no lo estuviera.

El fenómeno se oficializaba al fijarlo en el papel, al ser sustentado mediante una teoría. Releyó lo escrito y advirtió que, por primera vez, el contenido se imponía a las palabras. Quizás estaba sumido en una anomalía temporal. En ese caso los cambios durarían lo que tarda en volver una pelota de goma que rebota contra el frontón. ¡Ahí estaba la clave! La entropía se disponía a rebobinarse; durante un período indeterminado la lucha entre el orden y el caos dejaba una cantidad de fenómenos atípicos a la deriva, y en ese lapso todo era posible.

—¿Por qué te levantaste? —dijo la mujer, soñolienta—. Es muy temprano.

Escribió apresuradamente. Cambiar esta sexualidad de viejo...

—¿Te pasa algo? —insistió la mujer.

—Nada, un momento, ya voy. —Lo asustó la posibilidad de perder el control de los cambios, ya que ignoraba cuánto duraría la anomalía, pero la urgencia del deseo lo dominaba. Desde cierto punto de vista estaba conforme con lo obtenido aunque no lograra un sólo cambio más. El ímpetu con que abrazó a la mujer despejó sus últimas dudas.

—No te reconozco —observó la mujer. Él rió en silencio. Soy otro, sí. Le acarició el cuello y olió su perfume natural. Trató de no pensar en la pelota de goma, a punto de abandonar el frontón para iniciar el camino del rebote. Aunque bien mirado: si la entropía había gastado millones de años para llegar hasta ese punto, no veía razones opuestas a su deseo de adherirse a la pared como una lapa.

—Me pasaría el día metido en la cama, con vos —dijo finalmente.

—Pero estás pensando en otra cosa; ¿en qué?

—Es un secreto.

—No deberíamos tener secretos.

—Esto sí. No te metas. –Una pizca de su ordinaria aspereza asomó en las palabras. No estaba dispuesto a dejarse manejar por la mujer, o por los cambios mismos, aunque lo hubiera logrado él, con su propio esfuerzo.

Aceptó quedarse unos minutos más, pero se escapó en cuanto pudo. Se le habían ocurrido nuevos cambios; tenía que modificar la realidad mientras fuera posible. Lo acosaban fantasías de poder; una nueva sensualidad lo tomaba por asalto.

Cambiar, escribió, la inclemencia de los poderosos, la enfermedad por salud; eliminar la hipocresía, incrementar el amor. Lamentablemente no podía verificar el resultado de esos cambios, pero no tenía derecho a detenerse.

Cambiar sueños desmoronados por sueños realizados...

—¿Qué te pasa? —dijo la mujer, sobresaltándolo.

—Estoy mal, y seguiré mal hasta que me digas cómo apareciste. Ayer no existías.

—¿De qué estás hablando? Hace más de veinte años que estamos casados.

—¡Imposible! —Las líneas que por un momento permanecieron cruzadas habían empezado a separarse. No coincidían las edades, la casa se modificaba ante sus ojos, como en los sueños. Pero mientras se sueña es real, sólo deja de serlo al despertar. Encontró algo interesante, al vuelo. —¿Tenemos hijos? —preguntó.

—Claro que tenemos, pero no viven con nosotros. ¿A qué viene esa pregunta? No es posible que los hayas olvidado. —Estaba asustada.

—¿Dónde trabajo? ¿Soy un empleado de mala muerte o un genio? —La mujer no contestó. —¿Te das cuenta que nada encaja? ¿Con qué mano escribo?

—Con la derecha —dijo la mujer.

—¿Siempre escribí con la derecha? ¿No soy zurdo?

—Que yo sepa, no. –Ahora estaba muy asustada.

—Tal vez fui zurdo hasta hace unas horas. Soñé una vida en la que era un viejo solterón, amargado y gris; escribía con la mano izquierda.

—Con intentar escribir con la izquierda... no vas a poder.

—¡No! Podrían ocurrir cosas que no deseo. Quiero quedarme solo por un rato; necesito pensar.

La mujer se fue. No tardó en escuchar los sonidos indicadores de que había empezado a preparar la comida.

Cambiar el humor, escribió. ¿No logré cambiar la personalidad? Era peligroso. A un cambio como ese seguirían otros, menos deseados. Tachó cambiar el humor; seguiría siendo agrio. La mujer, desde la cocina, protestó.

—¿Qué dijiste?

—Que termines con esas listas idiotas y vengas a estar conmigo.

—¡Estuviste revisando los cajones!

—¿Por qué no? ¿Soy la sirvienta acaso?

Cambiar a esta bruja insufrible, escribió, por una dulce soledad. Se detuvo; olió, escuchó, observó. El bolígrafo, suspendido entre el índice y el mayor bailaba una danza tribal. Se levantó bruscamente.

Recorrió la casa de punta a punta. Ni rastros de la mujer. Le estaba tomando la mano. ¡La mano! Sin embargo, volvió a sentir el temor de que los cambios se anularan al restablecerse el equilibrio termodinámico. ¿Y si la pelota quedaba pegada a la pared? Eso podía perjudicarlo a él.

Busquemos, escribió, una manera de estabilizar los cambios, solidificarlos. La realidad se comporta negociando acuerdos, contrayendo compromisos con los hechos. Lo real es si existe un documento que lo pruebe. Son los papeles, y no el aliento, la saliva, las heces, los que demuestran que existieron Newton y Torquemada, Goethe y Parménides, Cleopatra y mi abuelo. Hoy por hoy, ¿es más real Swift que Gulliver, Shakespeare que Hamlet?

Pasó revista a la realidad que había creado con la mano derecha y la encontró satisfactoria. Tal vez fuera posible crear otra con la mano izquierda, pero no arriesgaría el pozo jugando a ciegas. Le restaba coronar la secuencia con un lance tan perfecto como invisible al ojo del profano.

Inspiró y exhaló. Podía ser la última vez que lo hacía, conjeturó. No le preocupaba.

Cambiar, escribió, mi discutible condición de ser humano vivo, consciente de sí mismo, por la más firme y definitiva, de personaje de ficción en un relato que tal vez alguien, algún día, llegue a leer.

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia y dirigió la revista Parsec. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novelas cortas Otro caminoCarne verdadera y Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. En las últimas semanas ha sido finalista en varios concursos literarios, aunque no ganó ninguno de ellos. 


EL VALLE DE LAS MOMIAS DORADAS

Mohamed Al-Ashry

 

Cuando llegó al lugar de trabajo, echó un vistazo rápido al enorme equipo de perforación. Sus ojos buscaban la puerta de su propio tráiler; o más bien, buscaban la placa donde estaba escrito “Geólogo del sitio”. Encontró los armazones de los tráileres polvorientos, tan viejos que le transmitieron enseguida una sensación de incomodidad. Aspiró una bocanada de aire como para un día entero y atribuyó su malestar al resfrío y al goteo nasal que lo habían atacado aquella misma mañana, al salir de viaje. Sin embargo, muchas cosas confirmaban lo que sentía y clavaban en sus pulmones la raíz del fastidio, sobre todo cuando descubrió que sus compañeros sufrían exactamente la misma sensación de incomodidad ante el lugar.

¿Qué es lo que abre de golpe un mar de inquietud, se preguntó, y lanza todas sus olas de una sola vez contra los nervios?

Esa fue la pregunta que se hizo mientras removía con la punta de su pesada bota una masa de madera petrificada, tratando de averiguar sus detalles y límites. Su pie se hundió en la arena sin llegar al final de aquel tronco endurecido por el tiempo, transformado casi en una roca sólida que conservaba las más finas líneas de su textura arbórea. Nada permitía distinguir si aquello que dormía bajo la arena era madera o piedra; sólo el tacto directo de los dedos podía dar la respuesta.

 

El sol se inclinó hacia el oeste, vestido de púrpura. El aire sostenía un pincel gigante del color de las nubes y pintaba en el cielo un lienzo tibio de atardecer que disipaba la desolación del desierto, con su arena y su polvo que se pegaban al paladar cada vez que soplaban los vientos recios.

 

Su garganta se inflamó aún más. Entró en un torbellino de tos y falta de aire; separó los pies, llevó el puño a la boca como una trompeta que espantó los granos de arena con su voz grave y los hizo volar. Lanzó bajo sus pies un chorro caliente de mucosidad nasal. Se secó los ojos y la cara, y exhaló con un quejido, levantando la cabeza. Vio entonces un pajarito acercándose hacia él, empujando sus trinos delante de sí. Su pecho era amarillo dorado; el color de sus plumas se volvió más claro cuando se posó sobre el árbol pétreo: verde con manchas negras, pico rojo. Mientras saltaba sobre la roca, parecía un niño juguetón en presencia de sus padres. El pajarito lo hizo sonreír. Buscó con la mirada otros pájaros, cuando oyó una voz a sus espaldas:

—¿Dónde estás, compañero?

Giró la cabeza, todavía sonriendo.

—Hola, Amr —dijo, señalando al pájaro—. ¿Lo ves?

—Esta zona está llena de pájaros de colores increíbles.

—¿Y qué tiene de raro?

—Raro es que estemos en un desierto desnudo. ¿Cómo pueden vivir aquí?

—Anidan en esos árboles.

—¿Qué árboles?

—Los árboles de piedra dispersos por todos lados.

El asombro se apoderó del rostro de Amr, que terminó sentándose en el suelo, empujado por su cuerpo robusto, intentando seguir la lógica fantástica con la que su compañero conducía la conversación.

 

—No vas a poder dormir, amigo —le dijo Ibrahim Hammouda hablando desde el tráiler.

—¿Y por qué no?

—Espera y lo verás.

—¿Esperar qué? ¿Ver qué?

—Vas a ver a los espíritus a pleno día.

—¿Qué estupidez es esa? ¿Qué te pasa?

—No te burles. Es real. No quiero asustarte, pero lo vas a ver con tus propios ojos.

—¿Y tú los viste, valiente?

—Sigues burlándote… ¿Sabes? Antes de que llegaras, anoche mismo, los perros me agarraban de las extremidades y me tiraban fuera de la cama. Cada vez que intentaba golpear a uno, los demás se abalanzaban sobre mí, hundiendo los colmillos en mi carne, hasta que me despertó un grito salido de mi garganta. Ya no distinguía entre sueño y vigilia, y sólo al tocar mi cuerpo descubrí que estaba intacto. Aun así, estoy convencido de que esto es serio, de que algo peligroso nos rodea en esta zona aislada del desierto. A veces siento que esta perforadora y estos tráileres que habitamos vienen recién de un sitio donde hubo una masacre, o que quienes trabajaban en ellos fueron asesinados en sus puestos. No me mires así: sé que piensas que llevo un recipiente lleno de desvaríos sobre la cabeza, que todo lo que digo son tonterías. Pero no te apresures: cuando duermas solo vas a ver lo que te digo. No te alarmes por la cantidad de ruidos que vas a oír, dominándolo todo, perforándote los oídos y penetrando en tu cerebro… pero por favor, no olvides contarme todo lo que escuches y lo que veas en las pesadillas que te esperan.

 

Lo desconcertó aquel relato extraño sobre criaturas activas que merodeaban de noche. Ya en su cama, levantó la manta, miró debajo y palpó el colchón. Se acostó boca arriba con los ojos abiertos, examinando el techo del tráiler, dibujando arabescos alrededor de la luz de la lámpara. Sintió que el brillo se trasladaba de la bombilla a su cabeza. Apagó la luz. Su pecho seguía caliente, la respiración difícil, ardiente, por el ataque de gripe que lo dominaba por completo. Cuando juntó los labios y trató de respirar por la nariz, el aire no pasaba; abrió la boca rápido, dejando entrar y salir el aire con dificultad. Sabía, no obstante, que en la zona había muchos restos faraónicos enterrados aún sin descubrir. Tal vez era sólo el efecto de la fiebre, alimentado por las historias de la maldición de los faraones que afecta a quienes se acercan a tumbas y momias.

 

El jeque Abdel-Mawgoud golpeó las orejas de su burro varias veces con los pies cuando lo vio negarse a obedecer y a moverse. El animal se plantó en el lugar, las piernas separadas, orinando sobre la arena, extendiendo el cuello para olfatear las gotas sin prestar atención a su dueño, que refunfuñaba sobre su lomo. Cuando terminó, rebuznó fuerte y siguió su camino, dejando al jeque maldiciéndolo a gusto. El burro escuchó el torrente de insultos y quiso darle una lección a su amo: se preparó para lanzar una patada y derribarlo, pero se contuvo al ver una mariposa blanca acompañándolo, acercándose a su nariz para luego adelantarlo unos pasos, esperarlo y volver a volar.

El jeque cerró la vieja puerta de madera sin mirar al burro, sin llenar su cubo de agua. Lo dejó masticando con desgano unos granos de habas desperdigados en el recipiente. El burro los tragó a regañadientes, mientras el enojo crepitaba bajo sus pezuñas. Sus ojos se llenaron de lágrimas calientes por los golpes recibidos, sólo por haber vaciado su vejiga en el camino. Se preguntó por qué su dueño actuaba así, por qué lo humillaba sin motivo. Caminó unos pasos hasta quedar frente al cubo de agua, lo rodeó y lo pateó con fuerza, enviándolo por los aires hasta estrellarse contra la pared. Luego se tumbó, apoyando la cabeza en sus patas delanteras, el labio inferior caído, los ojos nublados de dolor.

Se preguntó: ¿Quién le dijo al ser humano que los burros no tienen sentimientos ni pensamientos? Si no fuera porque están obligados, jamás obedecerían esas órdenes absurdas.

 

La mariposa revoloteó sobre su cabeza, se posó en su nariz. Abrió los ojos ante el aleteo. Ella se dirigió hacia la puerta; él se levantó detrás de ella, abrió el portón con la cabeza y la siguió por los pasajes estrechos del oasis. Lo llevó a las afueras, hacia el desierto, y cada vez que él desfallecía o se retrasaba, ella cambiaba de danza para animarlo: círculos entrelazados, ascensos lentos, espirales que lo distraían de su rabia hacia el jeque. Sin darse cuenta, su cuerpo pesado parecía volverse ligero, casi volando, rozando apenas la arena.

La mariposa lo condujo a una zona de arena fina. Lo sedujo con su batir de alas y él trató de imitarla, de volar detrás de ella, olvidando su peso. De pronto sus extremidades empezaron a hundirse. Sus cuatro patas se clavaron como pilares de cemento, sosteniendo el cuerpo desde arriba, inmovilizándolo. Lo inquietó más aún sentir que sus pezuñas no tocaban nada, como si pendieran sobre un pozo profundo. Se estremeció, luego apoyó la cabeza a un lado y aceptó su destino oculto bajo sus patas. Se calmó un poco al ver la mariposa alejarse rápidamente hacia el oasis. Intuyó que corría para avisar al jeque Abdel-Mawgoud, para que viniera a salvarlo. En el espejismo lejano aparecieron figuras humanas en movimiento, coronadas por mariposas.

El jeque llegó corriendo al oasis, acompañado por varios hombres. Se quedó boquiabierto al ver el cuerpo de su burro hundido en la arena, mostrando sólo la cabeza y el cuello. Comenzaron a retirar arena a su alrededor y lo levantaron. Al sacarlo del pozo arenoso, percibieron un olor extraño que provenía del lugar donde habían quedado las patas enterradas. Atónitos, limpiaron más arena y descubrieron el techo de una habitación que parecía una antigua tumba faraónica. Continuaron excavando hasta revelar la cámara funeraria dejada allí por los antepasados.

 

El jeque fue a ver al director de Antigüedades de las Oasis Bahariya para contarle lo sucedido. Lo que había visto era la máscara de oro que cubría el rostro de una momia. Los arqueólogos realizaron un reconocimiento inicial del sitio y confirmaron la historia del jeque. Se descubrió un enorme número de momias que datan de los siglos I y II d.C., cuando Egipto estaba bajo dominio romano, abarcando también eras anteriores y posteriores: desde antes de la dinastía XVIII hasta los períodos griego, romano y copto.

La noticia del nuevo descubrimiento arqueológico se anunció oficialmente en todas partes y el valle fue llamado “El valle de las momias doradas”. Ibrahim Hammouda contó a sus colegas en el sitio petrolero la historia del burro que, por casualidad, había conducido al mayor hallazgo arqueológico en el oasis. Acordaron ir con el jeque Abdel-Mawgoud y su burro a visitar el lugar, que estaba a pocos kilómetros del área de perforación. Conociendo los detalles, los trabajadores se tranquilizaron mucho y comenzaron a creer que tal vez las pesadillas que los acosaban provenían de aquellos espíritus faraónicos de los antepasados enterrados allí, cuyos restos acababan de salir a la luz tras el hallazgo de más de doscientas cincuenta y cinco momias con máscaras de oro.

Pocas semanas después del hallazgo, la perforación del pozo petrolero alcanzó la profundidad prevista. El “geólogo del sitio”, Ibrahim Hammouda, identificó indicios claros de petróleo mientras perforaban los estratos arenosos del reservorio. Días después, los registros eléctricos y las pruebas confirmaron la presencia de crudo en aquella región rica: sobre la tierra, el agua, el verdor y la vida; bajo la tierra, el oro amarillo y el oro negro.

Esto era conocido por el antiguo egipcio, que conservó y expandió aquel territorio, pese a estar a cuatrocientos kilómetros de El Cairo y a menos de cien kilómetros de la frontera libia. El descubrimiento revelaba una parte importante de la historia del oasis de Bahariya y de la vida cotidiana de sus habitantes a lo largo de épocas muy diversas, hasta la actualidad, con el añadido del reciente descubrimiento de petróleo cerca del lugar, algo que exigía proteger la zona de cualquier peligro proveniente de la frontera libia.

Mohamed Al-Ashry es un escritor egipcio que trabaja como geólogo en exploración y prospección petrolera. Ha publicado cinco novelas: Ghada, los mitos soñadores (1999), La fuente de oro (2000), La manzana del desierto (2001), El halo de luz (2002), Fantasía ardiente (2008). Ha publicado, además, varios libros infantiles, poesía y ensayos, y ha recibido diversos premios por sus novelas.

AGUA MUERTA

Nenad Mitrović

—¡Cuidado! ¡Frena! —gritó el maquinista. Se llamaba Ratko. Ayudó al otro hombre a levantarse de la posición arrodillada. Juntos tiraron de las palancas de freno con todas sus fuerzas. La pesada locomotora diésel-hidráulica de seiscientos caballos rugió, se sacudió hacia adelante y los arrojó contra el panel de control. La frente de Ratko chocó contra la ventanilla lateral, rompiendo el cristal. La sangre le corrió por la herida. Detrás de ellos, los enganches metálicos de los dieciséis vagones cargados con concentrado de cobre rechinaron con un estrépito que parecía protesta.

—¡Joder, Mladen, no tan fuerte!

—Ah, Ratko… ¿qué ha sido eso? —preguntó el joven, sintiendo cómo se le iba el color del rostro.

—Otro de ellos. ¡Otra de esas malditas almas en pena!

Mladen lo entendió al instante. Ratko se refería a los vagabundos sin rumbo que caminaban por las vías como si nada pudiera dañarlos, la pesadilla de cada empleado de Ferrocarriles de Serbia. Ningún maquinista se libraba al final de atropellar a uno. En tres años de trabajo, Mladen había tenido suerte: ningún incidente. Ninguna sangre.

—Siempre hay una primera vez, chico. Una primera vez sangrienta —le había dicho Ratko tres meses atrás, guiñándole un ojo.

—¿Crees que era… un hombre? —preguntó Mladen con voz temblorosa. Le dolía todo el cuerpo, pero no parecía tener nada roto. A sus espaldas, los últimos vagones terminaron de detenerse con un gruñido metálico. Su vista estaba nublada. A través de la ventana astillada distinguió las laderas amarillentas y desnudas de la mina de cobre de RTB Bor a la izquierda. A la derecha se extendía la maleza espinosa: granjas abandonadas, pequeños arbolados tímidos y unas pocas casas dispersas. Un desfiladero oscuro rasgaba el paisaje, antaño excavado por el río Bor.

—Sí, seguro que sí —respondió Ratko—. De él no queda nada ya. No te preocupes, ni para un pastel de carne.

Empujó la desvencijada puerta de la cabina. Mladen se movió despacio, aturdido. Al maquinista le gustaba trabajar con aquel muchacho distante: sus grandes ojos, su pelo espeso y desordenado, y su silencio lo diferenciaban de la manada vulgar del depósito.

—Oh, no… dime que no he matado a un hombre. ¿Lo hice? —lloró Mladen.

—¡Será milagro que no hayamos descarrilado y tirado toda esta mierda negra que llevamos! ¿Sabes lo que cuesta un kilo de concentrado de cobre? ¡Tenemos mil toneladas ahí detrás! ¡Maldita sea!

Ratko parecía más preocupado por la carga que por el hombre que quizá habían matado.

—No, no… aghhh… —gimió Mladen mientras el pánico le subía a la garganta. El peso de lo ocurrido lo aplastaba.

Apenas había comenzado su turno: habían salido media hora antes de la estación Bor-Cargo, rumbo a Zaječar. Y ahora estaban varados en medio de un desierto industrial.

Y los dos iban borrachos.

Las normas exigían investigación tras cualquier incidente: análisis de sangre, pruebas de alcoholemia, evaluación psicológica completa. Y la policía aparecería. Era inevitable.

—¡Estoy jodido! —gritó.

—Vamos, no seas llorón. Ven y ayúdame.

—Yo… no puedo… —Las piernas le flaquearon. Apenas podía mantenerse en pie.

—Eh, eh, amigo… ¿estás bien? —preguntó Ratko, viendo que el joven estaba a punto de quebrarse—. Vamos, no es tan grave. Son cosas que pasan.

Dio un paso hacia él y le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Se había emborrachado a propósito por la mañana, ansioso por comenzar el turno, ansioso por salir a las vías… solo los dos. Como antes.

Sabía que Mladen también lo quería. El chico no encajaba en el depósito: demasiado suave, demasiado gentil. Demasiado suave en los lugares adecuados, decía Ratko.

Mladen parpadeó, de pronto consciente.

—¡Estás herido! —exclamó, mirando la frente ensangrentada de Ratko. Sus ojos verdes, moteados de oro, se abrieron desmesurados por el impacto.

—No es nada —murmuró Ratko, limpiándose la sangre con la mano.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? Hemos matado a un hombre. ¡Tenemos que avisar ya a control!

—Para. No te precipites. No estás pensando con claridad. —Ratko lo agarró el brazo del muchacho—. Miremos primero.

—¿Viste algo? —preguntó Mladen mientras salían—. ¿Lo viste… al hombre?

El calor de julio los golpeó como un muro. El aire vibraba alrededor de la locomotora.

—Solo un vistazo. Un viejo andrajo —dijo Ratko, adelantándose por la vía.

Esa palabra –andrajo– le dio a Mladen un extraño alivio. Lo volvía menos real. Disminuía su culpa.

—Ahí. ¿Lo ves? —indicó Ratko, ubicado unos veinte metros más adelante.

Entre dos rocas yacían los pedazos de un pequeño vehículo destrozado. Mladen reconoció el resto de un triciclo motorizado con una caja metálica, del tipo que usaban los pobres para transportar comida o chatarra. Una bolsa rota estaba derramando un polvo gris oscuro sobre el suelo.

Se inclinó para examinarlo. ¿Cenizas? ¿Qué demonios?

—Iba conduciendo eso sobre las vías. Y lo atropellamos —dijo Mladen en voz baja.

—Exacto, chico. —Ratko le apretó el hombro—. Fue culpa suya. ¿No lo ves? Sus restos están allí. Pero te aviso: no es bonito.

Demasiado tarde. Mladen ya se dirigía hacia ellos.

Los restos del hombre estaban aplastados bajo las ruedas izquierdas del tercer vagón. Un hedor ácido se elevaba del metal torcido. Lo que quedaba de él –o lo que Mladen asumía que había sido un hombre– parecía un saco reventado de carne cocida y ceniza. La cara era de un azul enfermizo, los ojos saliendo grotescamente de las órbitas por la presión del impacto. Olía a heces.

El hombre tenía barba larga y enmarañada, un traje viejo hecho jirones y, alrededor del cuello, cadenas pesadas. Por el color, parecían de cobre.

Andrajo, pensó Mladen, justo antes de que el estómago se le revolviera y vomitara lo que quedaba de su almuerzo, junto con el brandy sin digerir.

Recordó los bloques de viviendas derrumbados cerca de la estación Bor, donde vivían romaníes y otros miserables. Andrajos. Era probable que este fuera otro de los recogedores de materias primas, gente que sobrevivía robando cobre de RTB Bor. Había cientos.

A la policía no le importará mucho uno menos, pensó, avergonzado. ¿O sí?

Pero fuera cual fuese el estatus del muerto, eso no los salvaría de la inspección ferroviaria.

—Toma, límpiate —dijo Ratko, ofreciéndole un pañuelo.

—Ya está claro. Atropellamos a un hombre. Tenemos que avisar a las autoridades — respondió Mladen, volviendo hacia la locomotora para tomar el walkie-talkie.

—¡Alto!

La voz –seca, autoritaria– lo congeló. La había oído antes. Le hacía cosas extrañas al cuerpo. Se le erizó la piel. La sangre le golpeó en las sienes, no solo de miedo. Había algo en ese tono –mandón, adulto– que le removía algo primal y confuso.

—Piensa en lo que haces. Piensa lo que nos hará. Hemos estado bebiendo. Tenemos alcohol en la sangre —dijo Ratko, resumiendo lo que ya atormentaba a Mladen.

En verdad, Ratko estaba muchísimo más borracho. Mladen solo había tomado un vaso de brandy y media cerveza, lo justo para no parecer débil.

—Joder, Ratko… ¿qué más podemos hacer? —gritó Mladen.

Era la primera vez que Ratko lo oía maldecir. Había desafío en su mirada, empañado por el pánico. Eso encendió el hambre en Ratko.

—Sé lo que podemos hacer. Ya lo pensé. ¿Confías en mí? ¡Di que confías en mí! — Ratko dio un paso… pero tropezó, cayendo contra Mladen. Sus labios se encontraron. Se aferraron el uno al otro, desesperados, eléctricos, conspiradores unidos por sangre y silencio.

—Hay un lugar cerca. Lo llevaremos allí. Nadie tiene que saberlo. —Mladen miró alrededor. No había nadie. Solo maleza, vallas oxidadas y un cielo vacío—. ¿Ves? No hay nada. Vamos. Prepara la locomotora. Yo lo sacaré de debajo de las ruedas.

—Ratko… ¿estás seguro?

—Haz lo que digo. Todo saldrá bien.

Liberaron el cuerpo. Ratko lo tomó de las piernas, Mladen de los brazos.

—Ratko… no puedo hacer esto… — sollozó Mladen.

—Puedes… ugh… debes.

Arrastraron el cuerpo deshecho hacia la derecha, atravesando matorrales densos. El camino descendía, hundiéndose en la sombra.

—¿Adónde vamos? —susurró Mladen. Un olor extraño flotaba desde abajo, no desagradable, pero terroso, bestial. Rezó que no fueran hacia eso.

—Hay algo como un pantano ahí abajo —explicó Ratko—. Los árboles lo ocultan desde la vía. Hay una zona de arenas movedizas. Los valacos lo llaman lok morće. Tierra muerta.

Mladen se detuvo. Ratko casi soltó el cadáver.

—¿Cómo sabes de este sitio? No me gusta.

—¡Por el amor de Dios, Mladen! No importa cómo lo sé. ¡No tenemos tiempo! ¡El tren no puede quedarse parado!

Continuaron, arrastrando aquel despojo humano como un saco de patatas podridas. Los árboles se volvieron más gruesos, retorcidos, opresivos.

—Ratko… ¿y las cenizas? —preguntó Mladen.

—¿Qué?

—Las cenizas. Lleva un saco lleno. ¿Por qué?

—Ni idea. Alguna cosa de los valacos.

Pero esa respuesta no significaba nada. Mladen empezaba a sospechar que no habían atropellado a un simple ladrón: aquel hombre iba hacia algo. Una reunión. Un ritual.

—Un poco más. Detrás de esa roca— señaló Ratko.

Había palos torcidos clavados en la tierra, coronados por coronas de flores marchitas. Latas oxidadas formaban un círculo, derramando un líquido rojizo. Marcaban un límite.

Y entonces Mladen notó el silencio. No había pájaros. Ni insectos. Nada. Como si alguien hubiera apagado el mundo.

—No me gusta este sitio, Ratko. Deberíamos volver…

—No volvemos— gruñó. —Lo dejaremos aquí. Nadie lo encontrará.

—¿Pero no dijiste que los valacos conocen este lugar?

—Sí. Por eso lo evitan. No dejan que niños ni animales se acerquen. Te digo que, cuando lo pongamos en el agua…

—¿En el agua? —retrocedió Mladen—. Esto no está bien. ¿Y su familia? Lo echarán de menos. —Estaba al borde del colapso.

—¡Eh! ¡Basta! ¡No es culpa mía que entrara en las vías! Y ahora está muerto. Morće. ¡No es culpa nuestra!

—… Supongo que no.

Ese fue el permiso que Ratko necesitaba. Avanzó. Entraron en la zona de árboles retorcidos; cada rama estabas erizada de espinas. Una de ellas le arañó la cara, haciendo brotar sangre.

La sangre le recordó lo que habían hecho… y el secreto que ahora compartían.

Si no contaban los manoseos apresurados, las masturbaciones toscas y aquel tímido pero ardiente gesto que Mladen había hecho una vez, sí: lo hicieron por primera vez el día que Mladen aprobó su examen de aprendiz.

Ocurrió en el piso ruinoso que alquilaba en Bor. Ratko, su mentor, había hecho una broma como resultado de su borrachera.

—Tus notas dependerán de cómo te portes en la cama—. Se rio al decirlo, pero Mladen no lo tomó como broma. Lo tomó como mandato, una mezcla de miedo, vergüenza y deseo.

Un día, Brokeback Mountain apareció en la tele del despacho del controlador.

—¡Madre mía, miren esto! —gritó uno—. ¡Estos vaqueros le dan con todo!

Carcajadas. Diez hombres apiñados riendo como si vieran un monstruo de feria. Hasta que un viejo operador rugió.

—¡Quiten esa mierda! ¡No quiero ver maricones teniendo sexo en la tele!

Ratko miró a Mladen. Mladen fingió limpiar su uniforme.

Le dan con todo, pensó Mladen. Le gustaba esa frase. Era brusca, sin disculpas. Encajaba.

—No dejes que te rompan —le dijo Ratko más tarde—. Vivir en este sitio primitivo es como ahogarse en agua muerta. Tienes que mantener la cabeza afuera.

Mladen se aferró a esas palabras. Vivía esperando la próxima excusa para estar a solas con Ratko.

Desde aquella noche –desde el examen– lo habían hecho tres veces más.

En el viaje al puerto de Bar, donde descargaban el cobre, tardaban casi dos días. Lo hacían en mitad del trayecto, cuando la vía estaba callada. En las paradas. En el motel ferroviario: un hostal lleno de chinches en Priboj, cerca de Montenegro. Siempre dejaban en las sábanas la misma mezcla: sangre, sudor y semen.

 

Vieron los destellos primero, reflejos temblorosos sobre la superficie grasienta del charco. Pero el silencio… era insoportable. Mladen se detuvo, paralizado, la piel erizada.

Entonces llegó el hedor. Más fuerte. Más denso. Los dos retrocedieron, cubriéndose la cara con las mangas, huyendo de aquel olor a óxido, podredumbre y ruina. Las piernas del muerto chapoteaban sin vida en los charcos rojizos.

Sentían que se abría una puerta oculta, algo antiguo, incorrecto. Una entrada hacia una fosa común bajo tierra, un osario de ganado enfermo y cosas mucho peores.

—Vamos. Ya basta. A la de tres. Una, dos.

—¡Espera! ¿Oyes eso? —Mladen se irguió. El cadáver cayó de sus manos al agua.

—¡¿Qué ahora?! —gruñó Ratko.

—¡Shhh!

Tenía razón.

Un sonido. No uno: muchos. Lejanos. Discordantes. A Ratko se le erizó todo el vello. El ruido no se parecía a nada conocido, como una radio rota chisporroteando, mezclada con lamentos de almas torturadas. Llegaba en oleadas: sollozos distorsionados, chirridos metálicos, aullidos de campos de guerra… y de pronto, extraordinariamente claro, la risa de un niño. Luego todo se disolvía en un sinsentido murmurante.

—¿Qué carajo es esto? —jadeó Ratko. Todo el alcohol se le evaporó del cuerpo. Un dolor martilleante le nubló la vista con un fulgor naranja.

—Tengo que ver —dijo Mladen, con voz vacía, mecánica.

—¡Mladen! ¿A dónde vas? ¡Tenemos que irnos!

Pero los roles se habían invertido. Ahora era Ratko quien quería huir. Mladen avanzó entre arbustos, dejando sangre en las espinas.

Entonces lo vieron.

El Agua Muerta.

Un pozo fétido y oculto, como un templo blasfemo erigido a dioses ctónicos. La superficie era baja, lenta, burbujeando por algo profundo, un géiser o algo peor.

Pero eso no era lo más horrible.

Suspendido –no flotando, suspendido– sobre el agua estaba el cuerpo de un niño. Un niño. No más de diez años. Mutilado, atado. Muñecas y tobillos amarrados con sogas resbaladizas de limo, tensadas hacia los troncos retorcidos. Daba la ilusión de levitar, como si los árboles se negaran a dejarlo hundirse en la ciénaga.

De sus heridas abiertas brotaban juncos del pantano.

El agua parloteó de nuevo. Cada burbuja llevaba voces nuevas.

—Ayúdame…

El olor era insoportable, moho funerario, verduras podridas, algo más antiguo que la muerte.

—Por favor…

Entonces, sombras se movieron al otro lado del pantano.

Figuras. Humanas… casi. Sus rostros deformes, antiguos, ilegibles. Malignos. Una se adelantó: una anciana con pañuelo, joyas de cobre tintineando en su pecho. En la mano tenía una cuchilla curva que brillaba débilmente.

Y entonces… algo cambió.

El horror despertó.

El cadáver que habían dejado caer empezó a moverse.

—¡Mira! —gritó Mladen—. ¡Está vivo! ¡Está… aaagh!

Ese grito lo quebró. Algo se rompió en su mente. Se dio la vuelta y corrió colina arriba hacia las vías.

¿Vivo? No. No después de lo que había sufrido. Ratko lo sabía: aquello no era vida. Era reanimación. Algo en el agua lo controlaba. Lo manejaba.

Ese pantano no era un lugar de muerte, era una cuna de resurrección. De corrupción.

Nada volvería a ser igual. Ratko entendió lo que seguía.

Mladen llegaría a la locomotora. Haría la llamada. La policía llegaría en una hora, con su lentitud habitual. Encontrarían el tren detenido… y la escena de pesadilla en el hueco oculto.

Harían las pruebas. Harían preguntas. Encontrarían la bolsa de Ratko. Dentro: condones. Juguetes. Vaselina. Y revistas. Las revistas equivocadas. Y aun así…

Mientras pensaba en ello, el cuerpo lo traicionó.

Se excitó… tan duro que dolía. Un hierro de vergüenza. Más fuerte que nunca. Pero no iba a importar. Porque estaría muerto antes de que llegaran.

Detrás de él, una mano fría y viscosa surgió del agua y le agarró la cintura. Otra mano. Y otra. Y luego, la mano de un niño, pequeña, suave, casi tierna. Una bendición.

El Agua Muerta lo estaba reclamando.

Ratko exhaló, despacio. Intentó liberar las piernas, pero se hundieron más.

Entonces llegó la voz, suave y final, desde atrás.

—Por favor… quédate conmigo.

Nenad Mitrović  es serbio, autor de cinco novelas, todas escritas en serbio, publicadas en ese mercado. El cuento "Línea 54(4)" ganó el concurso anual de la biblioteca "Mirko Petrović" en Negotin (Serbia Oriental) en 2022. El cuento "El derecho a morir" ganó el concurso anual "Miodrag Borisavljević" (Serbia) en 2024. El cuento "Carnicero de Belgrado" se publicó en la revista estadounidense "Dark Harbor" en 2025. El cuento "Samsara: La casa del dolor" se publicó en la revista Gothic Gazette, revista Pulp, edición "Amor marchito", en 2025. El cuento "Evangelio de las cenizas" se publicó en la publicación Laughing Man House, Smitten Land, número 3, con el tema "El horror del televangelismo", en 2025. El cuento "An Advertisement" se publicó en Horrific Scribblings. Revista, en octubre de 2025.

 

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO