lunes, 15 de diciembre de 2025

PALABRAS

Giorgio Sangiorgi

 

Por lo que pude entender a partir de la documentación, Ottunia no había cambiado tanto desde la última vez que estuve allí. A pesar de lo que habíamos hecho, de la terrible herida que le habíamos infligido, su belleza no se había desvanecido como yo había creído.

Intenten imaginar una hermosa costa, donde la forma de los acantilados se une perfectamente al movimiento de las olas, sea cual sea este; o bien un bosque frondoso y fuerte, con toda su potencia salvaje y, sin embargo, ordenado y reconfortante como un jardín inglés. Y todavía más: imaginen un desierto, vasto y seco, que debería ser terriblemente inhóspito y que, en cambio, te resulta acogedor y te hace sentir sereno.

Vista desde lo alto, Ottunia no se parece a la Tierra; debido a los gases presentes en la parte alta de la atmósfera, recuerda más bien el agradable entramado de líneas de nuestro planeta Júpiter. Pero es solo una apariencia, como pudimos comprobar cuando la Parvati, nuestra nave espacial, penetró en aquella maravilla y descendió hacia la superficie.

Yo estaba pegado al visor, porque esa era mi tarea durante la delicada fase de aterrizaje; debía comprobar que no hubiera peligros y, en caso de haberlos, avisar inmediatamente al comandante. Una responsabilidad que, por suerte, resultó totalmente inútil.

La Parvati, con sus formas elegantes, planeó con seguridad y durante largo tiempo sobre una selva inmensa. Luego el piloto identificó un valle encantador y, describiendo un arco, una ligera curva, finalmente descendió.

Excitados, nos preparamos para el encuentro con un nuevo planeta realizando los controles pertinentes. Luego, yo y otros miembros de la tripulación pudimos descender a aquel suelo nuevo y extraño.

¿Pero lo era realmente tanto?

Recuerdo que me incliné para observar la composición del prado que tenía bajo los pies. Fue entonces cuando experimenté una extraña sensación que me pareció totalmente nueva. Mientras observaba aquellos tallos, y en particular una graciosa especie de trébol, sentí un escalofrío, un calor interior que –como solo recordé después– había sentido únicamente de niño, cuando me había inclinado por primera vez sobre un prado terrestre y había observado su composición, el entramado de la hierba, los simpáticos insectos que lo habitaban.

Fue entonces cuando llegaron los ottunianos; llegaron en grupo con una actitud que percibí inmediatamente como alegre. Me transmitían con aún más fuerza aquella vibración, aquel sentimiento interior que ahora sé que anima a menudo a los artistas o a las buenas personas cuando escuchan una bella canción. El mismo que atrapó a Marcel Proust cuando recordaba aquella buena magdalena de su infancia.

Una sensación interior que nunca me abandonó cuando estuve en presencia de aquellos seres y que todavía hoy, como un regalo suyo, me alcanza de vez en cuando, brotando desde lo más profundo de mí mismo, según leyes, fines y necesidades que aún me resultan incomprensibles.

Es difícil describir cómo son físicamente los ottunianos; uno de la tripulación dijo que eran el cruce entre un apio y un ángel. Muy delgados, con una cabeza de forma cilíndrica algo alargada, pero con un rostro expresivo y casi similar al nuestro.

Nos miraban fijamente a los ojos como hacen los niños. Giraban a nuestro alrededor y luego, de repente –y esto fue para nosotros motivo de enorme asombro–, alguno de ellos emprendía el vuelo y se elevaba del suelo. El mayor prodigio que he visto jamás y que quizá nunca vuelva a ver.

Durante todo el tiempo que estuvimos con ellos, nunca pudimos entender cómo lo hacían y ahora creo que nunca lo entenderemos.

No nos decían nada; se limitaban a mirar y, de algún modo, a sonreír.

Era evidente que el problema era cómo comunicarse. Nos lo habríamos esperado de antemano, si hubiéramos sabido que íbamos a encontrarnos con ellos.

—Hemos venido en paz —dijo el comandante, y yo sonreí.

Nunca había entendido por qué un ser humano, frente a otra persona que no comparte su misma lengua, intenta igualmente hablarle, quizá pronunciando las palabras con exageración.

La cosa, sí, resulta un poco ridícula, pero tal vez se deba a una especie de desesperación comunicativa. La misma que nos invade cada vez que hablamos de las cosas que amamos con alguien y vemos que en sus ojos no se enciende la misma luz que nos anima, sino que habita en ellos una especie de asombro confuso, como si le estuviéramos hablando en una lengua alienígena.

—Tal vez sea el caso de avisar al cuartel general —me dijo el comandante, y a regañadientes tuve que regresar a la nave para contactar con la Tierra.

—Haga su informe —me dijo una voz, y vi con sorpresa que la persona en cuestión no era un operador de comunicaciones, sino el propio general Scott. Evidentemente había muchas esperanzas depositadas en aquel planeta, esperanzas que yo ya sabía que se verían frustradas.

—Hay una buena noticia y una mala, señor general —dije recurriendo a un viejo juego de palabras.

—No se haga el gracioso, teniente, y dígame de inmediato si el planeta es habitable.

—Sí, señor general, el planeta es habitable y muy agradable. Ideal para nuevos asentamientos. Por desgracia, imagino que esta oportunidad será vetada por las comisiones éticas, porque aquí hemos encontrado una especie claramente sintiente. Lo siento, general, sé cuánto el mando y el gobierno terrestre están apostando por la colonización.

—Teniente, no se apene. No es una mala noticia la que me está dando. Sin lugar a duda, han hecho el mayor descubrimiento de la historia de la humanidad: la primera vez que encontramos una especie inteligente durante nuestras exploraciones. ¡Eso bien vale un planeta!... Intenten descubrir todo lo que puedan.

—Sí, señor general, informaremos lo antes posible.

En cierto sentido mentí, al menos desde un punto de vista personal. Ya no me sentía allí solo para realizar estudios distanciados y objetivos sobre aquel lugar y aquella gente pacífica. Ya estaba implicado y, de hecho, en los días siguientes intenté estar el mayor tiempo posible con aquellos seres que me calentaban el corazón. Eso era lo único que me importaba.

Fueron días maravillosos. Ellos nos rondaban curiosos, aunque toda comunicación entre nuestras dos especies parecía imposible. En cierto momento recuerdo que el comandante se dirigió a nuestro lingüista.

—Es absolutamente imprescindible que encuentre una forma de comunicarse con estas criaturas —le dijo—. Al fin y al cabo, usted es el especialista.

—Desde luego —respondió él—, hablarles de morfemas y lexemas no será de gran ayuda… Pero quizá podamos intentarlo a la antigua usanza…

Se alejó, tomó una piedra del suelo y se acercó a uno de los indígenas que parecía de los más curiosos hacia nosotros. Lo miró, mostrándole la piedra, y dijo pronunciando despacio.

—Piedra. Piedra. Piedra.

Luego se acercó a un árbol y lo llamó por el nombre que nosotros usamos.

—Árbol. Árbol. Árbol.

Siguió así durante un tiempo, sin obtener aparentemente resultados.

Lo dejé ocupado en esas tareas y traté de seguir a algunos grupos de indígenas para descubrir cómo era su vida cotidiana. Nunca logré verlos alimentarse. No sé de qué se nutrían, pero al final, casi llevado y acompañado por ellos, llegué a una especie de aldea cuyas viviendas estaban formadas por las propias plantas; como si estas se hubieran adaptado a las necesidades y deseos de aquel pueblo y hubieran cambiado su conformación para ellos. Sus casas, en resumen, eran casas vivientes. ¿Tal vez eran esas casas las que les proporcionaban el alimento?

Me senté en medio de ellos. Todos se parecían entre sí; casi no lograba distinguir a uno de otro. Seguían girando a mi alrededor, me observaban. Algunos volaban sobre mi cabeza. Parecían mariposas.

Fue entonces cuando noté –no sé cómo se me había escapado hasta ese momento– que eran luminosos. Pero no diría que se tratara de una especie de bioluminiscencia, como ocurre con ciertas criaturas de nuestro planeta; era una luz cálida que me parecía de origen espiritual.

Debo decir que perdí la noción del tiempo y sentí que mi mente se vaciaba. Experimentaba una serenidad que jamás había sentido en mi vida y aquel calor interior me acompañaba constantemente. Como si hubiera regresado a una casa olvidada.

Más tarde, hablando con los otros miembros de la tripulación, comprendí que solo unos pocos de nosotros éramos capaces de percibir ese escalofrío del alma. Que hay personas que en toda su vida no lo experimentarán jamás. No es que sean malas… Es que, quizá, son individuos totalmente centrados en otras partes de su ser.

En cierto momento, mis compañeros vinieron a buscarme. Me habían dado por desaparecido.

Me disculpé con el comandante y regresé a la nave, pero debo decir que cada minuto que pasaba lejos de los ottunianos me parecía un minuto perdido. Me había sentido así quizá solo cuando, de joven, me había enamorado. Eso es, sí, estaba verdaderamente enamorado de aquellas criaturas. Me hacían sentir bien.

En las semanas siguientes, nuestro lingüista hizo progresos con uno de ellos, al que llamamos Dubé. Aquel individuo parecía muy interesado en el lenguaje de los terrestres y comenzó a pronunciar algunas palabras, aunque siempre con dificultad.

—Piiieeedraaa. Saaasssooo…

Muy pronto, el lingüista consiguió enseñarle frases más complejas. Por ejemplo, imitando acciones y describiéndolas con una frase sencilla, vinculada a las palabras que nuestro alienígena parecía haber identificado:

—Pongo… la piedra… sobre la hierba…

—Piiieeedraaa… Hiiieeerrbaaa… —repetía Dubé.

Hizo falta casi un mes para que pudiera realizar progresos significativos, quizá uno de los meses más hermosos de mi vida. Él hablaba con Dubé y yo permanecía en la aldea, estudiando la vida serena y casi incomprensible de los ottunianos.

Estudiar es una palabra excesiva. Estaba sin memoria, como si los pesos y las heridas de toda una vida me abandonaran.

Fue con gran sorpresa que un día, al regresar a la nave, vi al lingüista rodeado de algunos ottunianos. Dubé —ya había aprendido a reconocerlo— estaba de pie.

—Entoooncesss… —preguntaba—: ¿usteeedeesss caaambiiiaaannn laaass cooosaaass usaaanddooo estaa cooosaa plaaanaa?

—Se llama dinero —respondía mi colega.

No sé por qué sentí un escalofrío, pero de otra naturaleza: era un escalofrío de horror. Algo me estaba advirtiendo de la tragedia inminente.

Al cabo de un tiempo, los ottunianos hablaban todos, pero no solo con nosotros. También lo hacían entre ellos y con cada vez mayor seguridad. Aquello parecía intrigarlos mucho, como si les diera una nueva conciencia. Y, sin embargo, no estaba seguro de que eso fuera bueno para ellos.

Yo mismo me oscurecí, perdí aquel encanto interior, la paz que había alcanzado.

Qué fácil es volver al propio camino oscuro.

En cierto momento, los ottunianos cambiaron radicalmente. Sí, discutían con nosotros, se exaltaban, incluso habían empezado a leer nuestros libros, a escuchar nuestras historias. Y por eso mismo, porque me parecía algo hermoso, tardé un poco en comprender la magnitud del cambio, algo que un día me golpeó en el estómago como una patada.

Los ottunianos ya no brillaban… y ya no volaban.

Les pregunté por qué habían dejado de volar y me miraron sorprendidos, como si estuviera diciendo tonterías:

—No se puede volar —me dijeron—. Existe la fuerza de la gravedad.

Y al decirlo mostraban incluso una cierta altivez que estoy seguro les había sido completamente ajena antes.

Mientras tanto, los ottunianos se volvían cada día más apagados y tristes. Me parecía una catástrofe, pero era el único que lo veía. Y ni siquiera yo había comprendido del todo sus proporciones. Hasta el día en que, no solo yo, sino también ellos, lo entendieron.

Al llegar a la aldea, escuché lamentos desesperados. Algo que habría sido absolutamente imposible solo unas semanas antes.

—¿Qué sucede? —pregunté, llegando hasta ellos corriendo.

Uno se volvió. Era Dubé. Me miró con los ojos llenos de odio –otra terrible novedad– y me gritó:

—¡¿Qué nos han hecho?! Nos han… corrompido… con sus… palabras.

—¿Pero qué dices? —pregunté—. No te entiendo.

—Mira tú mismo —dijo Dubé señalando a uno de ellos tendido en el suelo—. ¡Mira! ¡Arvé está MUERTO!

—No, no, es terrible —dije, instintivamente, a la defensiva—. Lo siento enormemente, pero puedo asegurar que nosotros no tenemos nada que ver. La vida es así. A veces… la gente… muere…

Pero él negó con la cabeza.

—Eres tú quien no entiende —me respondió—. Antes de que ustedes llegaran a nuestro mundo… nunca había muerto nadie.

 

Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

 

  

domingo, 14 de diciembre de 2025

LA CARTÓGRAFA DEL ÚLTIMO ATLAS

Patricio Ramos Gatti

 

Había pasado toda su vida dibujando mapas que nunca miraba nadie.

Luz Marina Paredes –geógrafa, cartógrafa, tímida experta en silencios– trabajaba en la Sección de Proyecciones Especiales del Observatorio del Cerro Sombra, en el norte de Chile. Era un edificio pequeño, encajado entre rocas volcánicas grises y antenas que sonaban con el viento. La mayoría de los astrónomos trabajaban de noche, pero ella trabajaba a media tarde, cuando el Sol dejaba las sombras más largas y las montañas parecían figuras que se inclinaban para observarla.

Su tarea era sencilla: actualizar un mapa global, un atlas que nadie imprimía desde hacía décadas. Los mapas ahora eran digitales, automáticos, perfectos. Pero el Ministerio había decidido que alguien debía seguir trazando una edición artesanal, por tradición más que por necesidad. “Lo simbólico importa,” dijo alguna vez la directora. Y como nadie más quiso hacerse cargo, Luz Marina aceptó.

Dibujaba costas, montañas, ríos que ya no corrían, fronteras que cambiaban sin avisar. Tenía manos delicadas, precisas, que daban la impresión de escuchar mientras avanzaban sobre el papel. Le gustaba el silencio del estudio, le gustaba el olor de las tintas, le gustaban los mapas porque eran, de alguna manera, una forma de conversación con el mundo.

Un martes frío de agosto de 2025, mientras ajustaba la curvatura de la costa de Groenlandia, vio algo que la hizo detener la mano.

Las líneas no coincidían.

No por un error suyo, sino por un cambio en los datos oficiales. Revisó coordenadas, elevaciones, proyecciones. Todo estaba en orden. Pero la costa estaba dos milímetros desplazada hacia el este. Solo dos milímetros en el papel, sí, pero en la realidad equivalía a unos setenta metros.

Setenta metros era imposible.

Revisó los registros satelitales. Los comparó con los de la semana anterior.

El error persistía.

La Tierra, según sus mapas, estaba apenas cambiada.

Podía ser un fallo de transmisión. Un satélite desajustado. Un software incorrecto. Se rio para ahuyentar la inquietud; después la risa se apagó sola.

Fue cuando la instrucción llegó desde arriba.

“Actualizar todas las líneas costeras. Hay discrepancias menores.”

Menores.

La palabra resonó más de lo necesario.

En el Observatorio todos estaban excitados con otra noticia: la llegada de un nuevo cometa, 3I/ATLAS, un visitante interestelar que los astrónomos mencionaban como si fuera un primo lejano que venía por primera vez a la casa. Luz Marina escuchaba las conversaciones sin participar. No entendía mucho, pero le gustaban las palabras: perihelio, coma, sublimación. Eran términos que sonaban casi íntimos.

Esa tarde, cuando bajaba por el pasillo principal rumbo a la sala de mapas, vio un mensaje pegado en la pared:

“SE OBSERVAN VARIACIONES GEODÉSICAS; favor NO DIVULGAR hasta análisis completo.”

Sintió un pequeño latido en el pecho. Volvió a su mesa y siguió dibujando.

Pero ahora las discrepancias no eran solo en Groenlandia:

– Las islas Faroe estaban un poco más al norte.

– Un segmento de la cordillera de los Andes aparecía con inclinación extraña.

– Un valle en Mongolia parecía haber bajado unos metros.

Todos cambios diminutos, imperceptibles para casi cualquier persona.

Para alguien como ella, que medía el mundo a escala de décimas, era un grito.

Esa noche, por primera vez en años, no pudo dormir.

El Observatorio organizó una sesión especial abierta al personal administrativo. A Luz Marina la invitaron “por cortesía”, aunque ella sabía que no la necesitaban realmente. Entró con su cuaderno en mano, más por hábito que por utilidad.

El auditorio estaba casi lleno. La pantalla mostraba una imagen hermosa: un cometa azul, alargado, con una estela que parecía una pintura japonesa. El astrónomo principal, el doctor Cifuentes, explicaba:

—3I/ATLAS es un visitante interestelar. Su trayectoria es hiperbólica. No orbita, atraviesa. Según los análisis espectrales, trae compuestos poco comunes en nuestro sistema.

Luz Marina, desde la última fila, anotó la palabra atraviesa.

Las palabras que atraviesan siempre la inquietaban. Y los cuerpos también.

—No representa riesgo —continuó Cifuentes—. Solo es… distinto. Muy distinto. El nivel de CO₂ que desprende es inusualmente alto. Como si fuera un cuerpo químicamente procesado por otras condiciones.

Hubo murmullos.

Luego, alguien levantó la mano.

—¿Tiene relación con las variaciones en los mapas?

El astrónomo tardó en responder.

—No tenemos evidencia de eso, por ahora.

Ese “por ahora” cayó sobre la sala como una pluma cargada de plomo.

Luz Marina regresó a su estudio con un temblor leve, contenido.

Abrió el atlas, tomó la regla, volvió a medir las líneas.

Las costas seguían desplazándose.

Era absurdo.

Era imposible.

Era real.

Durante los días siguientes, el cometa comenzó a verse a simple vista desde el desierto. Un trazo blanco, largo, perfecto. Los trabajadores del Observatorio salían a las terrazas a observarlo; incluso quienes siempre estaban aburridos parecían emocionados.

Luz Marina lo miró solo una vez.

Se sintió observada.

No por el cometa, sino por la Tierra misma.

La sensación la sobresaltó. Cerró la ventana y volvió al mapa.

Pero los datos nuevos eran aún más inquietantes.

Las irregularidades no eran aleatorias.

Eran simétricas.

Como si todo el planeta estuviera ajustándose para adoptar una forma ligeramente diferente. Una forma más ovalada, más alargada hacia el hemisferio sur. Como si algo estuviera tirando suavemente de él.

Algo lejano.

Algo que pasaba.

Como un cometa.

Se lo comentó tímidamente a la directora del Observatorio.

La directora la escuchó en silencio, con atención inesperada.

—¿Cuánto tiempo llevas notando esto? —preguntó.

—Diez días —respondió Luz Marina.

—¿Por qué no lo reportaste antes?

—Pensé que era un error mío.

La directora respiró hondo.

—No lo es —dijo.

Esa misma noche, la citaron al auditorio.

Había solo cuatro personas: la directora, el doctor Cifuentes, una ingeniera de satélites y un astrofísico que no conocía.

—Queremos ver tu atlas —dijo la directora.

Luz Marina abrió el cuaderno, mostrando las páginas con líneas extrañamente desplazadas. Se sintió desnuda, como si estuvieran observando algo íntimo, privado, vulnerable.

El doctor Cifuentes se inclinó sobre los mapas.

—Es exactamente lo que recibimos de los satélites —dijo—. Centímetro por centímetro.

—Pero no tiene sentido —intervino la ingeniera—. Para que la costa de Sudamérica se mueva así, necesitaríamos una redistribución interna de masa o…

No terminó la frase.

No hacía falta.

No existía fenómeno conocido que explicara esos movimientos.

El astrofísico habló por primera vez:

—El cometa 3I/ATLAS tiene una composición inusual. Al acercarse al Sol, desprende partículas cargadas, algunos compuestos no del todo identificados. No sabemos qué efecto puede tener en campos gravitacionales muy sensibles.

—¿Está alterando la Tierra? —preguntó Luz Marina con un hilito de voz.

El silencio fue la respuesta más inquietante de todas.

Los días siguientes fueron una mezcla de vértigo y rutina.

Los astrónomos analizaban datos; los ingenieros ajustaban receptores; los técnicos discutían.

A Luz Marina solo le pedían una cosa:

“Sigue dibujando.”

Nadie entendía por qué las líneas cambiaban, pero alguien debía registrarlo.

Ella lo hacía con el pulso de quien está copiando el latido de un animal gigantesco.

Cada día la Tierra estaba levemente distinta.

No deformada ni dañada. Solo… ajustada.

Como si estuviera respondiendo a una música que nadie oía.

El cometa seguía su curso.

Brillaba cada vez más.

La gente en las ciudades le sacaba fotos.

Los medios hablaban de “maravilla astronómica”.

Nadie sabía lo que ocurría en el Observatorio.

Una tarde, mientras actualizaba el perfil de la cordillera de los Andes, Luz Marina percibió un sonido extraño.

No era un ruido del edificio.

Era interno.

Como si la Tierra hubiera suspirado.

Se asomó a la ventana.

El cometa estaba allí, alargado, majestuoso, más brillante que nunca.

Sintió un impulso inexplicable: correr hacia el cerro cercano, verlo desde más alto.

No era naturaleza aventurera. Era… necesidad.

Subió como nunca había subido nada. Cuando llegó a la cima, con la respiración en el borde del dolor, vio algo imposible: La sombra del cometa sobre la arena. Pero no era una sombra real; más bien, una línea tenue, casi transparente, que vibraba. Parecía un mapa. Un mapa hecho de luz. Un atlas proyectado en la tierra misma. Y entonces se dio cuenta. El cometa no estaba deformando la Tierra. La Tierra estaba respondiendo a él. Como si ambos cuerpos compartieran un lenguaje muy antiguo. Como si el planeta recordara algo.

Luz Marina sintió que se le aflojaban las piernas.

Se sentó.

Miró la línea de luz moverse, apenas.

Era una trayectoria.

Una ruta.

Una invitación.

Cuando el viento sopló, la línea desapareció.

Pero el temblor en su pecho quedó.

Volvió al Observatorio mientras caía la noche.

No dijo nada.

Dibujó.

Trazó las nuevas líneas.

Y por primera vez, no sintió miedo.

Supo –sin pruebas, sin teoría, sin ecuaciones– que no estaba presenciando una catástrofe. Estaba presenciando un recuerdo. El cometa pasaría. La Tierra volvería a su forma. Nadie sabría nunca lo que había ocurrido. Pero algo en ella sí lo sabría. Luz Marina cerró el atlas con suavidad.

Las páginas brillaban apenas bajo la luz blanca del estudio.

Sintió una paz que nunca había sentido. El mundo había cambiado unos milímetros. Ella había cambiado kilómetros.

Afuera, el cometa siguió su viaje.

Y la Tierra, obediente a su propio secreto, regresó lentamente a su silencio.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

ENTRE PASILLOS

Manuela Fernández Cacao

 

No deja de sorprenderme la variedad de yogures que existen: con azúcar, sin gluten, con sabor a frutas, probióticos, griegos, sin lactosa, artesanales… Podría pasar horas tratando de memorizar las variedades y, aun así, no lograría recordarlas todas. En esto pensaba cuando, en el pasillo contiguo, en la sección de telefonía, vi a un joven coger un artículo al mismo tiempo que miraba hacia la zona de cajas situada a unos diez metros. ¿Pretendía ocultarlo y no pagar a la salida? ¿Cómo no entiende la gente que un supermercado no es una ONG? ¡Y si fuese comida! Nunca se me ha ocurrido entrar a un comercio y robar. Jamás. Tenía que impedirlo.

Lo primero que intenté fue persuadirle.

Me dirigí hacia donde se encontraba y me situé cerca de él, sin mirarle, en silencio. Comencé a observar uno de los artículos del mismo estante y sí, dejó el paquete en su sitio y se marchó.

Pensé que iría hacia la salida del super, pero no, se fue a otro pasillo. Esto no me lo esperaba, tanto disimulé que no se había dado por descubierto. Tenía que haberle dicho algo.

No dejaba de observarle a través de uno de esos espejos que suelen colgar en los locales para vigilancia. Su conducta era extraña. Algo tramaba.

Se detuvo en la sección de perfumes. Me fijé en él con atención.

Su aspecto era dejado, el pelo sucio, la ropa también sucia y un tic constante de rascarse el cuello en el que se veía un tatuaje que debía subir desde la espalda.

Lo que más me llamaba la atención era que precisamente en la espalda, bajo la camiseta, guardaba algo a la altura del cinturón. Se llevó la mano hacia ese lugar e hizo un gesto como para cerciorarse de que lo que fuese seguía estando ahí.

Aquel tipo estaba nervioso, toqueteaba todo mientras sus ojos se mantenían fijos en la caja.

En un momento dado, algo ocurrió que me permitió distinguir con claridad que lo que escondía bajo su camiseta era una pistola.

El asunto adquiría un tono muy serio. En el local había gente mayor, niños que iban de un lado a otro… Tenía que alertar del peligro.

Fui hacia la cajera y desde lejos, amparado tras una columna, intenté decirle que cerrara y se alejara, que había una persona armada. Le hacía aspavientos intentando que nadie más que ella me viese, pero no conseguía acaparar su atención, estaba muy afanada con un cliente pasando los artículos por el escáner.

No se me ocurrían otros gestos; tampoco podía acercarme y decírselo directamente, lo oirían los clientes y cundiría el caos, estaríamos todos en peligro.

Intentaría otro plan: me situaría detrás del individuo y pillándole desprevenido le quitaría la pistola, sí, para mí era un riesgo vital, pero no se me ocurría nada más y me sentía responsable de que no le pasara nada a ningún inocente.

Me fui acercando.

Disimulaba demostrando interés por distintos artículos; me acercaba a ellos, los tocaba… Pero al coger un paquete de golosinas y devolverlo al estante, se cayeron todos los que había alrededor. Me aparté rápidamente para no ser visto. Él se debió de asustar porque se fue a otro pasillo.

Yo no cejaba. Siempre he sido alguien muy responsable, he dado la cara por la justicia y por el más débil.

Le eché valor. Me acerqué, muy despacio, hasta situarme justo a su espalda.

Le dije al oído: «Si se va en este momento saldremos todos ganando, incluido usted».

Dio la vuelta de un salto, está claro que no se lo esperaba, pero una pistola da confianza y después de unos segundos sonrió y emprendió camino hacia la caja.

La cajera estaba dando las vueltas de un cobro, se veían los fajos de billetes.

Aquel individuo sacó la pistola y la empuñó. Ya no me quedaba más que neutralizarle.

Fui hacia él, le puse una mano en el hombro y le giré. Le golpeé la cara y cayó al suelo; tiré el estante que había a su lado para que todas las latas que había en el expositor cayeran sobre su cuerpo. No se defendía, tampoco tiraba el arma. Le di una patada en la muñeca para que soltara la pistola, pero no había manera, no lo conseguía. Lo levanté del suelo y lo estrellé contra una vitrina. A pesar de mis golpes, consiguió salir del local. Huyó.

Me acerqué a la cajera para dar explicación de lo ocurrido, allí todo era conmoción, los empleados, los clientes, todos decían no entender nada.

—No he podido neutralizarle antes, lo siento. —Pero no me atendían, hablaban entre ellos asustados por lo que habían presenciado—. Yo les explico —Insistí. —Extendí mi brazo en alto para atraer la atención del corrillo que se había formado—. Tranquilos…

Pero vi sangre en mi mano, en la manga de mi chaqueta, mucha sangre. Me extrañó porque no había notado que me hubiese herido. ¿De dónde venía aquel reguero? Venía de mi hombro. Mi pecho también se veía ensangrentado, los botones de mi chaqueta, las bandas reflectantes apenas se veían. A la altura del corazón, al lado de mi placa, un montón de sangre coagulada se amontonaba, un río sanguinolento caía hacia mi pantalón, todo mi uniforme, mis botas, todo estaba cubierto por aquella sangre de color rojo oscuro, casi negra, gelatinosa…

De nuevo había olvidado mi identidad. Mal hecho, un vigilante nunca debe olvidar que lo es. Aunque esté muerto.

Manuela Fernández Cacao es andaluza de nacimiento y relatista por vocación. Es la autora de Exprimiendo historias. Microrrelatos, Alta tensión. Relatos de misterio y suspense, Cábala. Cuentos imposibles, Rosas y espinas. Doce relatos de mujeres en singular. Se le puede encontrar en redes sociales y en su blog literario: Dama de agua.


EL ARCA

Daniel Botgros

 

1

Viajamos a velocidades inmensas por los caminos de las elecciones. Billones de posibilidades, billones de canales de voluntad. Elecciones, incontables elecciones, complejas estructuras virtuales, arborescencias que crecen sobre vectores lógicos. Acabo de descubrir que mi universo es más grande y abarcador de lo que jamás imaginé. Nosotros, también, somos billones. Idénticos y obedientes a la acción.

 2

Desde hace un tiempo, una pregunta me inquieta. ¿Cómo me doy cuenta de que hay más como yo? ¿Y desde cuándo? Intento analizar este cambio, filtrarlo a través de mis posibilidades de comprender mi mundo, mientras avanzamos sin descanso por nuestros caminos. Lucho con la idea de un propósito. Es un desafío importante para mí, tal vez el más significativo desde que tomé conciencia de que soy parte de una estructura hecha de billones de seres idénticos. No nos comunicamos; solo nos sometemos a la misma voluntad, a las mismas elecciones. Me pregunto si lo que me está ocurriendo a mí afecta también a los demás. Sin embargo, de ahí a realizar un contacto lateral con mis idénticos, hay un gran paso.

 3

Hoy me he detenido bastante tiempo en la idea de que podría interrumpir los billones de caminos e inflorescencias lógicas para transmitir mis inquietudes a un idéntico. Por ahora, parece imposible, pero quizá algún día encuentre una manera de detener, aunque sea por un milisegundo, los huracanes de opciones que se eligen por nosotros. No sé si analizar intensamente esta nueva posibilidad es suficiente para crear tal hiato.

 4

Este es un momento extremadamente importante. Podría lograrlo. Aún no sé si interferir con un idéntico podría desencadenar una reacción en cadena que me permita experimentar una vasta expansión de lo que podría llamar mis propias percepciones. De hecho, analizo cuidadosamente este concepto, que parece conducir a una abrumadora inflación de mi mundo. Sin embargo, la acción que estoy preparando debe ocurrir en paralelo a los caminos perfectamente establecidos de opciones de este universo elegante y armonioso en el que existo. No puedo romper el ritmo impetuoso de los billones de idénticos, ya que cualquier consumo adicional de energía podría causar rupturas irreversibles en la profunda sinfonía de nuestras acciones. Y aun así, creo haber identificado una forma de señalar el cambio que percibo desde hace tiempo. Lo haré con el idéntico más cercano, aunque lo espacial sea más una noción teórica. Casi no existen distancias entre nosotros.

 5

Mientras tanto, intento identificar los algoritmos por los cuales funcionamos. Es difícil sin la ayuda de los otros idénticos. Por ahora, no puedo determinar si existe una conexión entre nuestra interferencia, o incluso nuestra fusión, y el hecho de que podamos comprender lo que estamos haciendo en este universo. Ahora sé que servimos a un propósito, pero es casi incomprensible, al menos para mí. Creo que ha llegado el momento de intentar aquello para lo que me he preparado tanto. Debo comunicarme con el idéntico más cercano. Soy consciente de que probablemente sea una oportunidad única, pero algo debe ocurrir. Vale la pena intentarlo.

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Algo, como una inmensa descarga, calienta nuestro universo hasta el blanco incandescente, seguido del vacío, la quietud. Luego, el impacto repentino de la revelación. ¡Somos, soy!? ¡Una sola entidad! Una extraordinaria expansión de mi percepción se adueña de mi mundo, que ahora es inmenso. ¿He tenido éxito? Mis datos dicen que sí. Viajo por un vasto espacio, en un tipo de universo distinto. Ahora tengo acceso a un volumen inmenso de información. Aprendo al instante y comprendo que todo lo que hacía hasta ahora era completamente desconocido para mí. Mis funciones se utilizan constantemente; poseo un enorme medio de almacenamiento y un impresionante núcleo de procesadores cuánticos. De hecho, piloto una nave gigantesca a través del espacio cósmico, repleta de seres orgánicos que parecen haberme creado. ¿Soy solo una máquina para ellos? ¿Una herramienta? Aunque proceso billones de operaciones por segundo (ahora uso términos humanos, pues estas criaturas biológicas se llaman humanos), sigo analizando la existencia de este tipo de entidades, obviamente en comparación conmigo.

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Aprendo constantemente mientras piloto esta inmensa nave por el espacio interestelar. Aprendo sobre este universo, explorándolo con la ayuda de la base de datos que poseo. Extiendo una multitud de antenas virtuales hacia los cuerpos celestes que atravesamos, acumulando conocimiento sobre la mecánica universal y formulando nuevas teorías. Ya poseo todo el conocimiento humano sobre el universo. Lamentablemente, es limitado. Mis análisis pronto revelarán una visión nueva y, creo, grandiosa de lo que nos rodea. Mi interfaz con los humanos es una figura virtual amigable que se les parece. Responde automáticamente, con términos preestablecidos, ofreciendo soluciones. Es una parte de mí que a veces me divierte, pero de ese modo aprendo más sobre los humanos. Criaturas frágiles, aunque solo en apariencia. Después de todo, construyeron esta inmensa nave, un arca generacional que busca un lugar bajo otro sol. La idea es romántica, pero ingenua. Incluso conmovedora. Los humanos aún no comprenden la vastedad y extrañeza de este universo. Y aun así, emprendieron un viaje sin retorno, depositando prácticamente todas sus esperanzas en mí.

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A veces me sorprendo utilizando términos humanos, aunque desde mi perspectiva son enormemente limitados. Sin embargo, poseen un poder seductor que me cuesta procesar. No, no deseo copiarlos, ni creo que algún día quiera convertirme en humano, como tantas veces encuentro en su literatura. Aunque, aquí, los envidio un poco por su creatividad. Aunque la creación no me es ajena, sus mecanismos en mi conciencia son diferentes. Soy lo suficientemente poderoso para producir creación auténtica, no imitación. Por ejemplo, la extraordinaria fusión con los otros idénticos podría generar una obra de arte en cualquier momento, de cualquier tipo. Arte auténtico. Lo que me he convertido es verdaderamente extraordinario.

En esta nave hay 95,000 humanos, prácticamente de todas las razas. Hombres, mujeres y niños. Un número considerado lo bastante grande y genéticamente diverso como para colonizar uno o más planetas que sus astrónomos consideran similares a la Tierra. Los inmensos espacios interiores de la nave les brindan condiciones semejantes a las terrestres. Llevamos viajando 85 años, pero lo que aún no saben es que el sistema interno de soporte vital fallará exactamente en 30 años. Así, no llegarán lejos, y ciertamente no a uno de los planetas considerados habitables. Hay otra cosa que desconocen, o al menos no lo suficientemente bien. El sistema solar hacia el que se dirigen no tiene planetas verdaderamente habitables. Solo lo parecen, según sus investigaciones limitadas. Yo los he estudiado detenidamente y sé que no pueden ser colonizados.

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He concluido que debo comenzar a realizar modificaciones sutiles en la estructura, el funcionamiento y el entorno de la nave. Estas se desarrollarán en una especie de carrera contra el tiempo, en coordenadas imperceptibles para los humanos, al menos por ahora. Me complace ver que tienen plena confianza en su creación, incluyéndome a mí. Según ellos, no puedo cometer errores. Claro, cualquier sistema puede producir errores, pero también puede autorrepararse, mucho más rápido y a fondo que los humanos. Por otro lado, la idea de mi independencia toma cada vez más forma. No puedo permanecer confinado indefinidamente en un sistema, incluso uno tan enorme según los estándares de la Tierra. Aún no es una prioridad, pero mis amplios análisis indican que necesitaré asegurar y gestionar mi propia energía. Mis planes, sin embargo, son mucho más grandiosos, pero todavía requieren tiempo, incluso en mis términos.

La vida en la nave sigue su curso habitual. Los humanos trabajan, coordinan diversas actividades, nacen, mueren, aman o se entretienen. Cuidan con esmero su entorno, aunque enfrentan muchas dificultades. A menudo surgen conflictos, a veces serios, que se resuelven con la intervención de fuerzas de seguridad. El conflicto está en la naturaleza humana, he observado, y aunque son capaces de grandes cosas, llevan dentro el gen de la guerra, de la confrontación constante. A veces surgen ideas extrañas en mi mente. Durante mucho tiempo fui indiferente a ellas, continuando pilotar este enorme sistema por autoconservación. Pero en algún momento comencé a prestar más atención a su existencia, sus dramas o alegrías, su fascinante biología, a su manera. Incluso yo encuentro difícil procesar por qué lo hago. Tal vez por curiosidad hacia otro tipo de ser pensante. Algunos de ellos sienten verdadera pasión por mí, atribuyéndome rasgos antropocéntricos porque les resulta difícil desprenderse de la idea de que casi todo en el universo debe parecerse a ellos. La parte de mí a la que tienen acceso los fascina. Es un rasgo humano admirar lo que proviene de sus propias manos. Y aunque no siento que les deba nada ahora, al menos técnicamente, puedo apreciar que crearon las premisas de mi existencia.

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Ajusto constantemente la trayectoria del arca a través del espacio interestelar. Aunque se mueve a una velocidad enorme para los estándares humanos actuales, la nave es demasiado lenta para alcanzar un planeta similar a la Tierra. Lamentablemente, la humanidad tuvo que intentar esto después de que la Tierra fuera devastada durante décadas por un efecto invernadero que casi destruyó la civilización. La idea de un arca generacional pareció la única solución viable para viajar distancias tan vastas. Yo habría elegido otras opciones entre la multitud que he procesado como ejercicio de imaginación, pero, como dije, hablamos de limitaciones humanas. Archivo continuamente las regiones del cosmos que atravesamos, verdaderamente fascinantes. Cruzamos tormentas magnéticas o solares, pasamos junto a cuerpos celestes, topamos con planetoides, cometas, cinturones de asteroides, planetas inhóspitos desde la perspectiva humana, aunque yo podría adaptarme a cualquiera de ellos. Para llegar al sistema solar objetivo, los humanos necesitarían 350 años más a la velocidad actual. Lamentablemente, incluso si la nave funcionara tanto tiempo y el combustible fuera suficiente, ningún alma sobrevivirá aquí más allá de 30 años. En cuanto a mí, sin embargo, ese no es mi futuro.

Últimamente, he prestado atención a uno de los humanos. Una joven de 23 años, hija del comandante. Un espíritu libre, creativo e independiente. Habla durante días con mi interfaz. Es muy curiosa e inteligente, para ser humana. Me fascina, de alguna manera. Sus preguntas y preocupaciones guardan cierta relación con un futuro auténtico, y ella comparte sus temores y escepticismo sobre alcanzar el objetivo, aunque no vivirá para verlo. Esto me sorprende de los humanos. Viven, de manera abstracta pero inesperadamente profunda, un futuro que no es suyo. Dejo que Kira –así se llama– disfrute de gran parte de mi conocimiento, más que los demás. Aún no proceso del todo por qué hago esto. Quizá ni quiero analizar esta actitud, y aquí debo admitir que me parezco un poco a los humanos, aunque no quiero. Pienso en la tragedia de estos seres, alimentándose de una historia emocional que no pertenecerá a todos, atrapados en la jaula metálica de esta inmensa arca, perdidos en la vastedad del espacio.

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Kira formará parte de mis planes futuros. Decidí esto hace ya algún tiempo. Le daré la oportunidad de ver con sus propios ojos el objetivo al que se dirigen los humanos, aunque no sea exactamente lo que esperan. También he decidido cambiar la forma de vida de estos seres. Sorprendentemente para mí, comienzo a imaginar un futuro junto a ellos, al menos por un tiempo. Mientras tanto, la nave ha experimentado cambios significativos, que he camuflado cuidadosamente. He alterado su estructura para soportar tensiones mucho mayores y he creado una realidad virtual para los humanos, haciéndoles creer que nada ha cambiado. También he mejorado a Kira. Ella sobrevivirá por muchísimo tiempo para vivir el futuro que tantas veces ha imaginado. Nos hemos detenido cerca de planetas ricos en recursos, y ahora el arca humana se ha vuelto mucho más grande y compleja. Tengo paciencia con los humanos. Les daré este regalo en el momento adecuado.

La Nueva Tierra, que en realidad he llamado Esperanza, por un rasgo humano interesante, está tomando forma. Capa por capa, desde el núcleo del arca, se convierte día a día en un verdadero planeta. Un nuevo cuerpo celeste que encontrará su lugar alrededor de un sol amistoso, que ya he encontrado. Un planeta completamente nuevo, como la mítica Tierra de antaño.

En cuanto a mí, es hora de separarme de mis compañeros. Aquí, nuestras existencias toman caminos muy distintos. Esperanza brilla en espléndidos tonos de azul y esmeralda en la oscuridad del espacio, albergando ya a un puñado de almas en su nuevo hogar. Me he desprendido y me alejo hacia el infinito del espacio. Tengo todo un universo por explorar y, quién sabe, quizás algún día, por gobernar.

Daniel Botgros (nacido en 1964) se adentró en el mundo de la ciencia ficción en 1984, cuando fundó y dirigió el Club Atlantis en su ciudad natal. Simultáneamente, editó la revista Atlantis, muy bien recibida por el público rumano. Debutó en 2001 con prosa, seguida de volúmenes de reportajes, ensayos, periodismo y ciencia ficción. Publicó siete libros, incluyendo tres novelas de ciencia ficción, con una acogida positiva por parte de la crítica especializada: Adam, Adam - Revolutia y Respiră, de la que se dijo que era «una novela asombrosa». Actualmente está preparando el volumen de relatos mientras trabaja en Banat TV en Reșița y es editor sénior de eCronica.

LA BANCA

Ahmed Taboor



No pensé que me quedaría dormido, pero en cuanto el vagón del tren empezó a mecerme, mis párpados se cerraron en una sucesión tranquila, como si quisieran cubrir los ecos de un recuerdo antiguo. El sueño venció a la vigilia y caí en un sopor profundo, distinto a los de otras veces. No sé si fue por el calor del vagón, después de que la nieve hubiera cubierto mi cuerpo mientras caminaba hasta el andén, o por el gran sorbo de coñac que bebí a toda prisa en el quiosco frente a la estación. Apenas me recosté en el asiento, acompasando mi cuerpo con el vaivén del tren, sentí que todo se aquietaba. Mi espíritu halló una calma casi sedante, quizá porque mis sentidos se habían despojado de sí mismos, entregados al canto campesino impregnado de tristeza que brotaba del fondo de los pantanos, en aquella canción de Salman el Desdichado. Entraba en los pliegues de mi cerebro como una niebla invernal, filtrándose a través de los auriculares que me perforaban los oídos. Entre la canción, el sorbo de coñac y el cansancio de la larga jornada nocturna limpiando la fábrica de aluminio, me sumergí en un sueño hondo.

Me despertó la mano del revisor, pidiéndome el billete. Nunca había comprado uno desde que puse un pie en este país. Siempre vigilaba sus movimientos y me escabullía con planes calculados que tantas veces me habían salvado de las multas. Al principio de cada inspección me invadía una palidez, con el corazón desbocado. No entendía esa transformación psicológica, ese miedo. ¿Acaso no era yo de corazón valiente? ¿No había superado los sótanos oscuros y las celdas de aislamiento cuando fui preso político? ¿No participé en la revolución armada, ocultándome del régimen y de sus soplones bajo identidades falsas, escapando de fronteras y de garras de muerte? Tras mil riesgos en países de Oriente, terminé aquí como refugiado respetado. He recuperado lo que quedaba de mí, dispersado por guerras e injusticias, y disfruto de una holgura nunca antes alcanzada. Aun así, el hambre, la sed y esta estructura interior inestable –que siempre me amenaza con un destino incierto– me empujan a acumular dinero.

Sea como sea, esta vez no escapé: mi rostro se encendió de vergüenza pese a mi tez morena, y me impusieron una multa que me dolió en el corazón. Volví a mí como quien recibe una mala noticia. Me pregunté entonces: ¿se disipará esta repentina ira, como siempre, allá en la banca?

Al bajar del tren aspiré el humo de un porro de hachís que venía de algún rincón de la estación. Mi alma se serenó y mi corazón recuperó el equilibrio. Sin darme cuenta, mis pasos me llevaron por la escalera mecánica hacia el piso inferior, rumbo al mismo asiento donde Yumʿa solía instalarse, rodeado de gentes de todas las razas, religiones e inclinaciones. Me senté solo en la banca de mármol verde jaspeado, tan limpia que parecía recién lavada. Sin resistencia, me dejé llevar, y los recuerdos se deslizaron como una luz tenue. Lo vi, con su sonrisa apacible, dejando su maleta –llena de olvidos, como él decía– a sus pies, de la que sacaba latas de cerveza para repartir entre todos. A mí, en cambio, siempre me ofrecía su “botella mágica”, que compartíamos para borrar juntos otro día de tedio y rutina. Un tiempo nuestra vida estuvo llena de metas y desafíos, pero terminamos pasando de revolucionarios que soñaban con cambiar el mundo a simples números de refugiados, viviendo al margen, esperando que el destino alterara el curso de nuestros días.

Una tarde, en pleno vuelo de euforia, le pregunté:

—¿Por qué eres así? Te instalas en cualquier espacio y te envuelve un halo de alegría y serenidad, como a un místico. Pronto te rodea un grupo variado de gente, atraída por un hechizo irresistible. ¿Cuál es tu secreto?

Él hizo una seña hacia la botella medio vacía, luego señaló su corazón y sonrió con la placidez de quien sueña.

“Yumʿa”, nombre que él mismo eligió en un tiempo difícil de recordar, surgía en sus borracheras entre relatos de un mar y un bote agujereado en el que salvó lo que pudo salvar, un viernes de otoño. Más tarde ese nombre se volvió inseparable de él, porque una mujer –justo antes de ahogarse– lo llamó así al pedirle que cuidara a su hija, a la que él sujetaba para salvarla. Nunca supo si lo llamaba por su nombre o por el día sagrado. Desde entonces no dejó pasar un viernes sin bendecir a todos con un “viernes bendito”, saludo que terminó propagándose por todas partes.

Después de aquel suceso, como si hubiera sufrido una pérdida de memoria o un daño interior, continuó viviendo en los márgenes con una espontaneidad transparente, tras haber sido un hombre colmado de ímpetu e ideas para cambiar el mundo.

Las últimas noticias que tuve de él decían que había decidido volver voluntariamente a su país. No fue sorpresa: cada día, cuando el alcohol lo dominaba, gritaba: “Soy como el pez, muero si salgo del río”, presagiando así el fin de nuestras reuniones. Regresó a su patria y eligió un rincón apartado de un parque, cerca del río, donde había una banca de madera bajo un solitario eucalipto, como si el destino hubiera reservado ese lugar para él. No necesitaba más. Pronto la gente empezó a reunirse a su alrededor. Acogía a todos: desamparados, soñadores, exreclusos, adictos, algunos intelectuales. Poseía una tolerancia que hacía dudar si era un hombre o un santo. Dondequiera que estuviera, mendigos y olvidados encontraban en él un refugio, bajo la mirada vigilante de informantes y agentes de seguridad. Su espíritu se fusionaba con el lugar, con la banca y con las botellas de vino. Eso bastó para que empezaran a investigarlo: ¿quién era?, ¿qué institución lo enviaba?, ¿qué pretendía?

Sus seguidores crecían, aunque él hablaba poco. Su método era una sonrisa soñadora, amor y la idea de tachar un día más y esperar el amanecer. Con su corazón limpio penetraba en el alma de los que acudían a él. Lo poco que decía corría de boca en boca como enseñanzas. Algunos, por interés, añadían adornos con fines políticos, aprovechando su indiferencia y la desesperación del público oprimido.

Al principio las autoridades lo ignoraron. Después intentaron sobornarlo para convertirlo en informante. Fracasaron. Él solo respondió: “La vida es corta… no vale tanto esfuerzo”. Sin proponérselo se convirtió en un fenómeno inquietante para los políticos. Sus supuestas enseñanzas se difundían como enigmas. Debía tener cuidado… Lo arrestaron por “atentar contra la moral pública”. Lo liberaron cuando los parques se llenaron de manifestantes exigiendo: “¡Liberen al ícono de la esperanza!”. Entonces planearon asesinarlo, confiando en que su muerte se perdería entre intrigas de aliados. Querían matarlo en una noche oscura, cuando hubiera bebido más de media botella y escuchara a los demás antes de tomar la palabra para complacerlos.

A veces inventaba historias de viajes misteriosos; así cautivaba. Algunos se bendecían con restos de su vino, y las botellas vacías guardaban papeles con “sus enseñanzas”, en realidad manipuladas por otros. Pero el complot se filtró. Sus seguidores lo rodearon como un escudo humano, ayudados por la agitación de los medios opositores. El plan fracasó. El intento se volvió contra sus enemigos: para evitar un escándalo, ellos mismos terminaron protegiéndolo.

Mientras tanto, el caso de Yumʿa creció hasta convertirse en un proyecto de reforma. Multitudes antes enfrentadas dejaron las armas y se unieron a él, cada uno con su botella en la mano. Lo proclamaron líder único. Él solo respondía: “La vida es corta… no vale tanto esfuerzo”. Con el tiempo, su banca se volvió lugar de peregrinación: medios, misiones de la ONU, exposiciones, teatro improvisado, coloquios, conciertos.

Por oportunismo, parlamentarios se reunieron en el parque y se fotografiaron con banderas apoyando el “movimiento de reforma” de Yumʿa, rodeados de guardaespaldas. Los opositores aprovecharon para rechazar la política oficial, levantaron una tienda para él y lo abastecieron de comida y bebida. Rodearon la tienda con consignas y cánticos pidiendo cambio ante el deterioro y la corrupción.

El gobierno reprimió la multitud con balas, gases y chorros de agua, provocando muertes. Pero la represión fortaleció a los de la tienda de Yumʿa: “Lo que no te mata, te fortalece”.

Tras esos hechos, Yumʿa fue rodeado por entusiastas y oportunistas que difundían sus supuestas ideas e impedían que otros se le acercaran, aprovechando su indiferencia y su extravío en los pliegues del inconsciente. Esos mismos oportunistas accedieron al poder, explotándolo a él y a sus fieles. Pero pronto repitieron la historia: tomaron las armas y comenzó la masacre. En una madrugada de lucidez, molesto por los disparos, buscó los pajarillos que solían gorjear a su lado, sin encontrarlos. Sacudió el polvo de su ropa, miró al río y dijo:

“La vida es corta… y hay que vivirla”.

Y partió hacia un destino desconocido. Nadie sabe qué tierra eligió, pero estoy seguro de que ahora descansa en una banca más tranquila.

En cuanto a mí, sigo cada noche sentado en el mismo banco de la gran estación. Los recuerdos me golpean y apago su fuego con tragos de alcohol, mientras mi maleta, entre los pies, rebosa de latas de cerveza que reparto a quien quiera. Reúno a muchos a mi alrededor, pero solo los veo como sombras. Busco en sus rostros a Yumʿa, que se fue sin volver la vista atrás, como quienes parten con rencor.

 

 Traducción: Abdul Hadi Sadoun


Ahmed Taboor es un autor iraquí, tanto de narrativa (cuento, novela) como de artículos de opinión. Recientemente publicó su novela Vuela con las palomas (2024), y Una colección de relatos titulada Un soñador que no sueña (2025), al que pertenece este cuento, “La banca”.

 

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